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Cámara de fotos Kiev 4A.
Manual de instrucciones de la cámara Kiev-6C TTL

Manual de instrucciones de la cámara Kiev-6C TTL. Colección Cuba Material.

A mi abuelo siempre le gustó tomar fotos. En muchas fotos familiares a partir de los años cuarenta se le ve con una cámara al cuello. Para entretener su hobby, compró muchas cámaras e implementos de fotografía. Con ellas nos hizo a mi hermana y mi nuestras primeras fotos, y casi todas las tantísimas que hoy dan cuenta de parte de nuestra infancia y juventud en Cuba. Cuando murió el año pasado, a los cien años, aun conservaba algunas cámaras en la gaveta de su cómoda y en su antiguo “cuarto oscuro”, a pesar de que hacía muchos años que se había alejado de la fotografía. Entre sus equipos, encontré esta cámara Kiev, modelo 4A, que compró en 1967. Más tarde, parece que en el año 1982, compró por poco más de 200 pesos una cámara Kiev 6C TTL, pero esa no la he visto y de sus documentos apenas conservo el manual del usuario y el recibo de compra.

Cámara de fotos Kiev 4A.

Cámara de fotos Kiev 4A. 1966. Comprada en Cuba en 1967. Propiedad de Leopoldo Arús Gálvez. Colección Cuba Material.

Manual del usuario de la cámara de fotos Kiev 4A

Manual del usuario de la cámara de fotos Kiev 4A. Colección Cuba Material.

Manual técnico de la cámara de fotos Kiev 4A

Manual técnico de la cámara de fotos Kiev 4A. Colección Cuba Material.

Etiqueta con especificaciones sobre la cámara de fotos Kiev 4A

Etiqueta con especificaciones sobre la cámara de fotos Kiev 4A. 1967. Colección Cuba Material.

Recibo de compra de la cámara de fotos Kiev C6

Recibo de compra de la cámara de fotos Kiev C6. 1982. Colección Cuba Material.

Tarjeta de garantía de la cámara de fotos Kiev 4A

Tarjeta de garantía de la cámara de fotos Kiev 4A. 1967. Colección Cuba Material.

Tarjeta para las reparaciones de cámaras fotográficas

Tarjeta para las reparaciones de cámaras fotográficas, entregada con la compra de una cámara de fotos Kiev 4A. 1967. Colección Cuba Material.

Manual de la cámara Kiev 6-C TTL, comprada  en Cuba en 1982. Precio: 202 pesos.

Manual de la cámara Kiev 4 y 4A y certificado de compra.

Envase de desodorante
Envase de desodorante

Envase de desodorante. 1980s. Colección Cuba Material.

Así les decíamos en los ochenta a los desodorantes sólidos de barra. La industria socialista producía solo un tipo, sin marca comercial, por lo que no había manera de llamarlos mas que por su nombre genérico y su forma, quizás para evitar confusiones con el desodorante líquido que bajo la marca Desodoral también se vendía en frascos de cristal, exactamente iguales a los de los jarabes médicos. El desodorante sólido de barra, o desodorante de tubito, era sin embargo el más usado.

Durante uno de los años en que asistí al Palacio de Pioneros, cerca del Parque Lenin, matriculé en el círculo de interés Perfumería y Cosméticos, en el pabellón de la Industria Ligera. Apadrinado por la Empresa de Perfumería y Cosméticos Suchel, allí aprendimos a hacer, entre otras cosas, desodorante de tubito. Su fabricación requería de pocos ingredientes, entre ellos, además de alcohol, sosa cáustica, que endurecía la preparación. Debía agregarse con cuidado para no precipitar la mezcla o endurecerla demasiado, como nos sucedió más de una vez. Guardé por años la libreta donde anoté las fórmulas del desodorante, de jabones y creyones de labios, hasta que un día, en los noventa, decidí botarla cuando por fin tuve la certeza de que nunca podría volver a fabricarlos, lo que además ya no me interesaba.

Los recuerdo siempre de color azul, con mucho olor a alcohol. El uso volvía romos los bordes de la barra, y cuando esta se dejaba sin tapa se arrugaba y cuarteaba, como un cutis viejo. Una vez agotado el contenido, el plástico de las tapas del envase servía para sustituir los topes traseros de los aretes cuando estos se perdían, y el tubo se usaba como rolo para amoldar el pelo.

Recibo de compra en la cadena de tiendas conocidas como "casas del oro y la plata".
Recibo de compra en la cadena de tiendas conocidas como "casas del oro y la plata".

Recibo de compra en la cadena de tiendas conocidas como “casas del oro y la plata”. 1988. Colección Cuba Material.

Cubaencuentro: La gran estafa del oro y la plata:

Cuando en marzo de 2005 comenzaron a distribuir las ollas arroceras en algunos lugares del interior de la Isla, salió por el noticiero una señora anónima que, después de dar gracias al Comandante por su regalo, dijo: “Esto no se ve en ningún lugar del mundo.” Tenía, qué duda cabe, razón esa ingenua mujer que posiblemente no había estado nunca ni siquiera en La Habana: cosas así no se ven en otro lugar, salvo en los libros que recogen las asombrosas historias de otros caballeros “biencomúnhechores” como Stalin, Mao y Kim Il Sung, señores absolutos de países donde el estado ha pasado de ser el legítimo monopolio de la violencia que dijera Weber a monopolio de todas las cosas, incluidas las personas.

Reveladora evidencia del poder del estado totalitario en la Cuba de Castro fue otra de esas cosas que ciertamente no se ven en ningún otro lugar del mundo: aquella estafa gigantesca que se conoció popularmente como “la Casa del Oro y la Plata”. Quienes vivieron en la Isla a fines de los ochenta seguramente lo recordarán: el estado “compraba” objetos valiosos –joyas de oro, plata y bronce, copas de bacarat, piezas de mármol, lámparas antiguas– en una moneda creada ad hoc con la que podían adquirirse, en tiendas especiales habilitadas para la ocasión, ropa, comida y electrodomésticos que brillaban por su ausencia en las tiendas ordinarias.

Como es de rigor en un auténtico monopolio, los precios de estas mercancías eran mucho mayores que los que alcanzaban más allá de la durísima “cortina de hierro” que ha sido el mar para nosotros, así como era menos lo que el estado ofrecía a cambio de los objetos de valor. No era aquella, en rigor, una operación de compra y venta según las reglas de un libre mercado, sino una suerte de regreso a las prácticas feudales usadas en tiempos de la República por algunos propietarios de centrales que pagaban a los trabajadores con bonos que únicamente servían para comprar en sus propias tiendas. Solo que ahora el señor no era el gran terrateniente, a menudo extranjero y absentista, sino el estado socialista, y los siervos todos los ciudadanos del país.

Fue con semejante “transacción” que el estado socialista completó el despojo de la burguesía cubana iniciado en los primeros años de la Revolución. Si con la Ofensiva Revolucionaria de 1968 las nacionalizaciones habían alcanzando a los pequeños comercios, ahora, dos décadas después, se llegaba hasta el interior de las casas y las alcobas, ya no con la violencia de la expropiación forzosa sino mediante un recurso al individualismo consumista que tan satanizado había sido en los años de radicalismo comunista. Al abrir aquella abusiva posibilidad de acceso a un mundo que hasta entonces solo se dejaba entrever en las maletas llenas de “pacotilla” de los visitantes de la “comunidad”, en las de los marineros que podían comprar en los puertos de países capitalistas o a través del cristal oscuro de alguna “diplotienda” reservada a los privilegiados de la nomenklatura, el estado consiguió apoderarse de muebles y objetos personales que habían sobrevivido a las sucesivas nacionalizaciones socialistas del patrimonio burgués.

Era tanta la tentación y la necesidad que, en la disyuntiva entre el reloj de oro de la abuela, el propio anillo de bodas o la lámpara que siempre estuvo en la sala de la casa, por un lado, y por el otro un televisor en colores, un pantalón nevado o un short reversible, muchos no dudaron en optar por las mercancías, aun a sabiendas de que sus pertenencias valían más de lo que el estado pagaba por ellas. Y no faltaron quienes se entregaron a una suerte de “fiebre del oro” que no buscaba ya, como la histórica de los conquistadores españoles, en los territorios vírgenes del Nuevo Mundo, sino dentro de las antiguas máquinas de coser Singer -que contenían, según se decía, cierta pieza de metal valioso-, y, utilizando detectores del precioso elemento, bajo los suelos de lugares donde se sospechaba pudiera haber algo escondido.

Una cosa está clara, más allá de la anécdota: la Casa del Oro y la Plata marcó el triunfo definitivo de la moda y la frivolidad sobre la austeridad y la uniformidad socialista. Como es de esperar en un contexto tan provinciano como el de toda dictadura comunista, proliferó entonces el mal gusto y la ostentación hortera dentro y fuera de las casas. El entorno urbano se llenó de jeans nevados y prelavados mientas las sesiones fotográficas de las celebraciones de quince tuvieron su gran espaldarazo. Convertidos de la noche a la mañana en “nuevos ricos”, muchos de los afortunados que poseían abundancia de oro y plata para vender compraron unas lámparas ornamentales cuyos fláccidos filamentos, una vez conectado el equipo a la corriente, se estiraban, encendían y coloreaban mientras se oía una musiquita cursilona y el brillante penacho giraba. No era raro encontrar aquellos artefactos, símbolos de un status recién adquirido, en la sala de alguna casona antigua y despintada, cerca de un ventilador Órbita y de un viejo “frigidaire”.

La entrada de aquellos productos “capitalistas” en un entorno doméstico donde los objetos procedentes del campo socialista convivían con los de antes de la revolución conformó ese curioso “estilo sin estilo” que caracteriza los interiores de las casas cubanas de los últimos años, en los que la pintoresca confluencia de objetos de diferentes épocas y orígenes, fotografiada en no pocos de los catálogos sobre La Habana que se publican en Europa, produce a menudo un gracioso efecto surrealista o barroco que en ningún caso deberíamos estetizar, pues esa “simultaneidad de lo no simultáneo” no es sino otra evidencia del lamentable subdesarrollo en que nos ha hundido la dictadura de Castro.

Aun otra reflexión cabe hacer a propósito de aquella controlada implementación estatal del consumismo después de tantos años de forzosa austeridad y racionamientos sin cuento. Si, como señala Agnes Heller, el capitalismo no existe más que en el discurso oficial de los países comunistas que lo maldice con la constancia de un ritual, ese aspecto conceptual persistía de alguna forma en la súbita concreción de la Casa del Oro y la Plata. Algo de simbólico o de abstracto poseían las baratijas en aquella Habana posterior a la llegada del Sputnik y anterior a la caída del muro de Berlín: no se compraba sólo unos zapatos de marca o un televisor en color no soviético, sino también un pedazo de un mundo que, más allá del desahogo inmediato de las muchas estrecheces, aparecía investido de los valores de lo lejano y lo prodigioso.

Muy a contrapelo de la doctrina y de la propaganda, de la escuela y los discursos, el sistema que prometiendo el reino de la libertad no había hecho más que engrosar el de la necesidad hacía evidentes las bondades de la sociedad de consumo, confiriéndole un aura que esta ya no tiene allí donde forma parte natural del paisaje urbano. Se daba así el hecho insólito de que el mundo de las mercancías equiparara o aventajara en aura al mismísimo oro: no solo al metal preciso en sí mismo sino incluso a prendas que poseían además un valor sentimental o familiar. Extravagancia producida, evidentemente, por la artificialidad que significa la supresión del mercado en la sociedad totalitaria.

Claro que valía la pena vender las reliquias familiares, desplazarse hasta La Habana si uno vivía en provincia, ir a Miramar para hacer aquella cola kilométrica en la que, según un chiste del momento, se habían encontrado Mariana Grajales y José Martí, deseosos de tasar el Titán de Bronce y la Edad de Oro, respectivamente. Y hacerla otra vez y aun una tercera en busca de una mejor oferta. Como valía la pena hacer las otras colas larguísimas en Maisí o Tercera y Cero, y dejar fuera los bolsos y los abrigos, mostrarle al vigilante de la entrada aquellos billetes de extraños colores, y, antes de gastarlos todos, quedarse con uno para poder seguir entrando a la tienda aunque sólo fuera para mirar.

Justo en esa transformación de los fungibles en mirabilia que refleja aquel recurso al que no pocos acudieron, consiste la restauración del aura de la que hablo. Aquí se produce, quizás, la última peripecia en la contribución de la Revolución Cubana al realismo mágico: como José Arcadio Buendía no olvida, en la gran novela de García Márquez, el día en que su padre lo llevó a conocer el hielo, muchos niños cubanos podemos recordar el día que de la mano de nuestros mayores entramos a aquellas tiendas maravillosas. Yo recuerdo perfectamente mi rito de pasaje al otro mundo encantado, que culminó con un saldo escaso pero memorable: un prelavado y dos pull-overs, uno de marca Ocean Atlantic y otro que decía El Colony, más unos zapatos de “pega-pega”, también de marca Ocean Atlantic.

Pipa de madera
Pipa de madera

Pipa de madera vendida en Cuba a finales de los ochentas. Colección Cuba Material.

Según mis padres, fue a finales de los ochentas, o quizás durante el cambio de década, cuando compraron esta pipa. Solo consiguen precisar, él, que “fue en La Habana cuando había escasez de cigarrillos”, época que ubica “algunos años antes” de que se fuera del país en 1992, y, ella, desde Cuba, que fue “en la tienda porque entonces no había tiendas especiales para tabaco y ron como ahora”, para a continuación pedirme que le lleve una lámpara recargable porque, agrega, “parece que este año va a haber tormentas”.

En cualquier caso, este objeto permitió que muchos fumadores dieran rienda a su vicio cuando el gobierno cubano no pudo continuar garantizando la venta estable de cigarros. Esta pipa alimentó el vicio de muchos y mantuvo cierto balance en las finanzas internas del país, evitando la inflación que hubiera producido la acumulación de ingresos de la población, toda vez que el gasto en cigarrillos no encontrara salida en el mercado.

Estuche de plumones
Estuche de plumones

Estuche de plumones. Colección Cuba Material.

A los niños de mi generación, nos encantaban los estuches de plumones. Quizás porque, en la Cuba soviética en que nos tocó vivir, escaseaban, y por la calidad de sus colores y trazo, más precisos que los de los lápices y las crayolas. Recuerdo haber tenido un solo estuche de plumones durante toda mi infancia, de la marca Rush-on, fabricada en Japón. En casa de mis abuelos, he encontrado otro estuche de plumones, sin marca comercial alguna, posiblemente producidos por la industria socialista.

Estuche de plumones Rush-on

Estuche de plumones Rush-on. Hechos en Japón. Colección Cuba Material.

Tamborcito artesanal
Tamborcito artesanal

Tamborcito artesanal. 1970s. Colección Cuba Material.

Mucho jugamos con este tambor mi hermana y yo, de pequeñas. No era un juguete. Mi papá lo compró en algún viaje que hizo al interior, por trabajo. Eran los años setentas había poco que comprar, mucho menos juguetes. Tenía una correa de cuero trenzado, blanca y negra, que hace tiempo perdió.

Perfume Romeo
Perfume Moscú Rojo

Perfume Moscú Rojo. Regalo de Mirta Suquet. Colección Cuba Material.

Los setentas trajeron a Cuba toda una gama de perfumes baratos, de esencia sintética, fabricados en la URSS y otros países de Europa del Este. Además del famoso Moscú Rojo, estuvieron a la venta en las tiendas del mercado paralelo, de manera irregular, perfumes como Acacia Blanca, Romeo. Sus nombres, a diferencia de los de muchos otros productos soviéticos, no fueron traducidos al español para el mercado cubano (valdría la pena investigar las derivas de los nombres de marca y su traducibilidad del cirílico al español). Llama la  atención también el hecho de que, con excepción del perfume Moscú Rojo, casi todos los demás frascos de la colección Cuba Material conservan gran parte del contenido original.

Perfume Acacia Blanca

Perfume Acacia Blanca (Biélaia Acatsia). Hecho en la URSS. Colección Cuba Material.

Perfume Violeta

Perfume Violeta. Hecho en la URSS. Colección Cuba Material.

Perfume Romeo

Perfume Romeo. Hecho en la URSS. Colección Cuba Material.

h/t: Tamara Álvarez y Alexis Jardines, quienes tradujeron los nombres.

Crema de afeitar Sah
Agua de colonia en spray Sah

Agua de colonia en spray para después del afeitado Sah. Hecha en Bulgaria. Colección Cuba Material.

La línea de cosméticos para hombres Sah hoy se produce en Macedonia. Antes del desplome del socialismo de estado en Europa del Este se fabricaba en Bulgaria y se exportaba a Cuba, donde se comercializaba en el mercado paralelo. Para el mercado cubano, las instrucciones sobre cómo aplicarse la colonia en spray fueron traducidas al español. Además de la colonia, en Cuba se vendió la crema de afeitar de la misma marca.

Crema de afeitar Sah

Crema de afeitar Sah. Hecha en Bulgaria. Colección Cuba Material.

Rollo de algodón quirúrgico
Algodón absorbente

Algodón absorbente. 1980s. Colección Cuba Material.

No recuerdo que, antes del desplome del socialismo soviético, en Cuba se vendiera el algodón en motas, como se puede comprar ahora en casi todas partes del mundo. El algodón que se vendía en las farmacias se comercializaba en rollos comprimidos. Los más comunes eran importados de la república Popular China, bajo la marca Snowflake. Los rollos más grandes pesaban 25 gramos y la etiqueta los identificaba como fabricados en Shanghai (aunque eso lo decía en mandarín, en inglés y en francés, nunca en español). La etiqueta de esos rollos de algodón también indicaba (esto, solo en francés) que la exportación de este producto corría a cargo de la Sociedad Nacional China de Importación y de Exportación de Productos Químicos.

Rollo de algodón quirúrgico

Rollo de algodón quirúrgico. Hecho en la República Popular China. 1980s. Colección Cuba Material.

Algodón absorbente

Algodón absorbente. Empresa Consolidada de Productos Farmacéuticos. Colección Cuba Material.

Estuche de jabones Aquazul
Estuche de jabones Aquazul

Estuche de jabones Aquazul. 1980s. Colección Cuba Material.

Entre otras cosas, en el mercado paralelo se podían comprar, algunas veces, estuches de jabones de tocador. Algunos eran de fabricación nacional, como los de la línea masculina 5 PM o los de la marca Aquazul. Otros, se importaban de Europa del Este. Tal es el caso de los jabones Nautik, producidos en la RDA.

Estos jabones se compraban, casi siempre, para regalar en ocasiones especiales. A quienes cumplían años, o durante los días de los padres, las madres, o los enamorados, o incluso como detalle de cortesía con un médico a quien se quisiera agradecer.

Por regla general, una vez consumidos los jabones, se guardaban las cajas para almacenar objetos o, incluso, para adornar coquetas y aparadores. La caja de jabones Nautik fotografiada en esta entrada contuvo, hasta hace pocos días, cintas de pelo importadas de la URSS, en un surtido de variados colores.

Estuche de jabones 5 PM

Estuche de jabones 5 PM. 1980s. Colección Cuba Material.

Estuche de jabones Nautik

Estuche de jabones Nautik. Hechos en la RDA. Regalo de Mirta Suquet. Colección Cuba Material.

Jabón Pine Needle
Jabón Palmier

Jabón Palmier. Hecho en Rumanía. 1980s. Colección Cuba Material.

En los ochentas, en algunas tiendas del país se vendieron jabones de tocador en la modalidad de “venta liberada” o “mercado paralelo”, que es el eufemismo con que el gobierno cubano se refería al mercado libre en la Cuba soviética. De mejor calidad y diseño que los jabones Nácar comercializados a través del mercado racionado, su precio era también considerablemente más elevado que el de estos últimos, por lo que muchas familias solo compraban estos jabones para regalar o celebrar ocasiones especiales.

Mis abuelos, seducidos también por la calidad y envase de estos jabones producidos en Europa del Este (RDA y Rumanía), guardaron unos cuantos, y también algunos Nácar de producción nacional, en el fondo de un closet, por tanto tiempo que los olvidaron. Ni siquiera se acordaron de ellos durante el Período Especial, cuando hubo días en que, eso creíamos, ni siquiera tuvimos jabón con qué bañarnos.

Jabón Palmier

Jabón Palmier. Hecho en Rumanía. 1980s. Colección Cuba Material.

 

Jabón Lili

Jabón Lili. Hecho en la RDA. 1980s. Colección Cuba Material.

Jabón Lili

Jabón Lili. Hecho en la RDA. 1980s. Colección Cuba Material.

Jabón Jubileu

Jabón Jubileu. Hecho en Rumanía. 1980s. Colección Cuba Material.

Jabón Eau de Cologne

Jabón Eau de Cologne. Hecho en la RDA. 1980s. Colección Cuba Material.

Jabón Pine Needle

Jabón Pine Needle. Hecho en la RDA. 1980s. Colección Cuba Material.

venta anual de juguetes
venta anual de juguetes

Reconocimiento a trabajadores del MINCIN que participaron en la venta anual de juguetes. 1971. Carné facilitado por Janet Vega Espinosa. Colección Cuba Material.

En 1971, los turnos para la venta anual de juguetes se repartieron por teléfono. Cuentan que en La Habana fueron tantas las llamadas para adquirir un turno que las líneas telefónicas colapsaron. Los llamados “coleros” se dedicaban a llamar por teléfono para conseguir turnos para luego vender. Contra ellos, el gobierno lanzó la campaña ¿Quién mató a ‘Billy’ el colero? En el reconocimiento a los trabajadores que participaron de la gran venta, el tal Billy, de aspecto medio chulampín, con ropa que parece extranjera, como también lo es su nombre, cuelga ajusticiado del cable de un teléfono alcancía.

Armónica Victory
Armónica Victory

Armónica Victory. Hecha en China. Cortesía de Yasiel Pavón. Colección Cuba Material.

Cuando salió de Las Tunas hacia Estados Unidos, en los noventas, tenía muy pocas cosas que llevarse. Entre los dos o tres recuerdos y pertenencias con los que pudo o quiso cargar estaba su vieja armónica. Aunque tenía parte de la pintura gastada y, en algunas esquinas, se veía abollada, conservaba el aura de lo exótico, del blues y el rock & roll, del país en donde viviría.

Yo nunca tuve una, pero me moría de ganas. Tan diferente de la monotonía nacionalista del taburete, las maracas, la guayabera y el sombrero de yarey, tan “de afuera” como los “pitusas” y los “popis”.

artesania cubana
artesania cubana

Figura artesanal. Hecha en Cuba. Colección Cuba Material.

La figurita, hecha con alambre e hilo, se vendió a un precio de cinco pesos en las tiendas cubanas. Tiene, en la base, un cuño que certifica su fabricación nacional y, escrito con lápiz, el precio de venta. Costaba mucho más que la entrada del cine, que toda la literatura que se vendía por entonces, y las blusas y camisas que se ofertaban en el mercado racionado. La encontré en un closet de mi casa. No recuerdo haberla visto nunca como adorno.

club nocturno El Avioncito
Club El avioncito

Club El avioncito. Vedado. Circa 1977. Imagen tomada de Facebook.

Cuando era niña, sentía mucha curiosidad por conocer cómo era por dentro el club nocturno El avioncito. Nunca pude entrar porque, me explicaban mis padres, era menor de edad, y cuando tuve edad para ir a bares ya lo habían desmantelado. Sin embargo, todavía suelo referirme al solar entre las calles B y C donde estuvo por su nombre, y a sus alrededores, a partir de la distancia o cercanía con relación a El avioncito.

Cuentan que el animador del club hacía las veces de piloto y anunciaba el nombre de las ciudades por las que, supuestamente, sobrevolaban, y que una vez uno de los clientes gritó: “¡sigue, y hasta Miami no pares!”. Algunos sospechan que fue por eso por lo que las autoridades decidieron cerrar El avioncito.

Club nocturno El Avioncito. 1975. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández. Colección de Ramiro A. Fernández.

Club nocturno El Avioncito

Club nocturno El Avioncito (al frente, una carroza construida para los carnavales). Imagen tomada del grupo de FB 3ra y A.

Cuchilla de afeitar Admiral

Cuchilla de afeitar Admiral. Hechas en Finlandia. Colección Cuba Material.

En Generación Y: Llévame a navegar por el ancho mar:

En una tierra rodeada de agua, el marinero es un vínculo con el otro lado, el portador de esas imágenes que la insularidad no deja ver. En el caso cubano, quien trabaja en un barco puede, además, comprar en el extranjero muchos productos inexistentes en los mercados locales. Una especie de Ulises, que después de meses navegando, trae su maleta llena de baratijas para la familia. El marino conecta los electrodomésticos trasladados en las barrigas de los buques con el mercado negro; hace que las modas lleguen antes de lo planificado por los burócratas del comercio interior.

Durante varias décadas, ser “marino mercante” era pertenecer a una selecta cofradía que podía ir más allá del horizonte y traer objetos nunca vistos en estas latitudes. Los primeros jeans, grabadoras de cintas y chicles que toqué en mi vida fueron transportados por esos afortunados tripulantes. Lo mismo ocurrió con los relojes digitales, los televisores en colores y algunos autos, que en nada se parecían a los poco atractivos Lada y Moskovich.

Para los parientes de un marinero, los largos meses de ausencia se suavizan con el bálsamo económico que producirá la estancia en puertos con precios más baratos y mejores calidades que las tiendas cubanas. Cuando llega la edad de jubilarse y de echar el ancla, entonces a vivir de lo que se ha podido transportar y de las imágenes que han quedado en la memoria. (…)

Bolsa o jaba de compras hecha con alambres eléctricos
Bolsa o jaba de compras hecha con alambres eléctricos

Bolsa o jaba de compras hecha con alambres eléctricos. 1980s. Colección Cuba Material.

En 1998, la galería de la Biblioteca Pública Rubén Martínez Villena, en la Habana Vieja, presentó la exposición De la jaba al shopping bag. Sobre ella, dice la revista Opus Habana:

(…) A un grupo de diseñadores cubanos les motivó la idea y se enrolaron en el proyecto «De la jaba al shopping bag», presentado en la Galería de la Biblioteca Pública Rubén Martínez Villena, como parte de las actividades del II Salón de Arte Contemporáneo, en noviembre de 1998.
En el aspecto técnico, el soporte abrió su diapasón entre dos extremos opuestos: metal y papel; las dimensiones variaron desde propuestas gigantescas hasta otras pequeñas, más cercanas a la lógica común. Las formas: flexibles, rígidas, insospechadas.
El carácter funcional, en este caso, no se limitó a la capacidad de contener –endémica de las jabas, los bolsos– sino que explotó las posibilidades comunicativas del diseño: el anuncio, la propaganda. El concepto de la exposición abarcó el puente que existe de la jaba al shopping bag, de la esencia a la periferia, de lo asimilado a lo autóctono, de lo convencional al gesto violento de la osadía.
Fiesta de lujo del diseño cubano. Belleza, utilidad y utopía se tomaron las manos en la muestra para sacralizar, burlar, asumir o negar esa costumbre tan humana de envolver. Sabia noción: guardar, almacenar, empaquetar… en fin, poner a salvo los objetos, los elementos tangibles de la vida.

En Opus Habana vol III no. 1 (1999)

Ensalada de pollo
Ensalada de pollo

Ensalada de pollo. Foto cortesía de María L. Pérez.

En Cocina con Cuba: Ensalada de pollo:

Una ensalada de este tipo, o al menos muy similar, se servía en [las tiendas por departamentos] Ten Cent de La Habana. Recuerdo que la servían con una boleadora de helados en un plato con algo de verduras y unas tostadas. Era toda una delicia para ese calor intenso que suele tener La Habana. Los Ten Cent de La Habana fueron para mí el primer encuentro de lo que en los tiempos modernos se denomina cocina abierta. Era todo un lujo ver trabajar a aquellas mujeres –pues fue básicamente el sexo femenino que dominaba sus cocinas– con esos aparatos de color metálico y esas butacas rotatorias que se podían subir a la altura necesaria. Era gracioso hacer la cola detrás de otro cliente y tratar de coincidir con mis hermanos y mi mamá para poder comer juntos.

Ver la receta.

Billete de un peso
billete de un peso

Billete de un peso. Serie de 1960. Colección Cuba Material.

En Navarro Vega, Armando. 2013. Cuba, el socialismo y sus éxodos. Bloomington, IN: Palibrio:

La vida transcurría en las colas. En todas partes se hacía cola. Había colas organizadas, colas desorganizadas y “molotes”. Colas por orden de llegada, colas por números, colas en las que se permitía “rotar” y en las que no, colas en las que se permitía “marcar” por otras personas y en las que no se podía. Colas para los que tenían reserva o número por anticipado, y “colas para los fallos”.

Colas que duraban meses ratificando el número mediante presencia física al menos una vez al día para, por ejemplo, comprar un colchón. En caso de no poder asistir a dicha “ceremonia de reafirmación” se perdía la vez. De todos modos, hacer esa cola no garantizaba en muchos casos que se pudiese adquirir el producto, porque no se sabía con anterioridad la cantidad que se iba a distribuir.

En los restaurantes y cafeterías se hacía cola durante horas, incluso para reservar una mesa para el día siguiente. (P. 97)

billete de un peso

Billete de un peso (reverso). Serie de 1960. Colección Cuba Material.

Toallero expandible
Toallero expandible

Toallero expandible. 1980s. Colección Cuba Material.

Antes del colapso del comunismo en Europa del Este y la desintegración de la URSS, el gobierno cubano repetía que el país marchaba hacia el progreso y la modernización. La prensa, los discursos de los líderes y, sobre todo, una serie de bienes de consumo servían a este propósito. Los toalleros expandibles que, en alguna ocasión durante los ochentas, se vendieron en las tiendas del mercado paralelo eran uno de ellos. Anunciaban una industria más adelantada que la nuestra y un estilo de vida más confortable y moderno. También contribuyeron a resolver el problema de la escasez de espacio en los hogares, debido al incremento del tamaño de los núcleos familiares, que para entonces acomodaban familias de tres generaciones y más de una decena de miembros en viviendas construidas para familias nucleares.

Manual de usuario. Televisor Krim 218
Manual de usuario. Televisor Krim 218

Manual de usuario. Televisor Krim 218. 1981. Colección Cuba Material.

Mis abuelos compraron su televisor Krim-218 en la ferretería Variedades Vedado, el 24 de julio de 1981. Pagaron por él 650 pesos. Junto al equipo, recibieron un manual de usuario y un Certificado de Garantía. Este último especificaba que cubría por un año cualquier desperfecto del tubo de pantalla y por tres meses, los del resto del equipo. Para reparaciones, decía, les correspondía el consolidado de Línea entre 4 y 6, también en el Vedado. Hace unos cinco años, mi abuelo y mi mamá decidieron deshacerse del viejo televisor Krim, en el que apenas se veían sombras.

En el 2012, se encontraban en funcionamiento en Cuba “759,164 televisores en blanco y negro…, todos con más de 25 años de explotación”, según estadísticas publicadas por Café Fuerte.

Para descargar el manual de usuario del Krim-218, presione aquí.

televisor Krim 218

Certificado de propiedad de televisor Krim 218. 1981. Colección Cuba Material.

Adorno de pared artesanal
Adorno de pared artesanal

Adorno de pared artesanal. 1960s-1970s. Colección Cuba Material.

En Zumbado, Héctor. 1988. Kitsch, Kitsch, ¡Bang, Bang! Havana, Cuba: Letras Cubanas (gracias a Enrique del Risco por la fotocopia):

Esos ejemplos que pone Slavov de la producción búlgara nos recuerdan demasiado a la producción cubana con sus temibles animalejos de yeso, las detestables jaretas, vasijas y cazuelas de barro y cerámica, los horribles diablillos y otras obscenidades “folclóricas” que no solamente agreden a los consumidores nativos, sino que también se venden en las tiendas INTUR a turistas extranjeros como exponentes de nuestra artesanía y nuestras cultura; y nos recuerdan también nuestras espantosas flores artificiales y otros adefesios, ¡contra los cuales en Cuba ni siquiera existe una campaña nacional! (p. 32)

Cuchilla de afeitar Venceremos
Cuchillas de afeitar Astra

Cuchillas de afeitar Astra. Hechas en Checoslovaquia. Colección Cuba Material.

Por décadas, mi abuela guardó, en el escaparate de su cuarto, hojas usadas de cuchillas de afeitar. Las usaba, cuando ya no conseguían eliminar la naciente barba de mi abuelo o los pelos de sus piernas, para zafar costuras.

En el libro Guerrillas in Power: The Course of the Cuban Revolution (1970, New York: Hill & Wang), el periodista norteamericano de origen polaco K. S. Karol da fe de la escasez de cuchillas de afeitar que, ya en los sesentas, se vivía y del malestar popular asociado con la mala calidad de aquellas que se importaban del área socialista:

The language used by the Castroists at home was full of phrases reminiscent of Chinese arguments. They used the term revisionism as an obvious reference to the U.S.S.R. and its allies abroad. Even merchandise from Eastern Europe was commonly described by this title. Thus on my first day in Havana [en 1967] I learned that revisionist trucks were of very poor quality, or that anyone using revisionist blades needed no shaving cream—his tears would be quite enough. (Pp. 306-7)

El también periodista norteamericano Jose Yglesias, quien igualmente visitó el país en los sesentas, dice:

El Gallego liked to talk, but he had to go home to shave. I offered him a blade—”if you do not mind accepting it,” I said.

“If I do not mind!” he said. “If you know how I have plotted to ask you for one!”

When I saw him later clean-shaven, he said, “What a difference to the Soviet Astras. I can use it many more times.”

From then on, I would give a blade to men and the response was always the same. I gave a package of five to Dr. Padrón and he was quite thrilled. “I think I can make them last until Christmas if I use them right. Look at the shave I got—I do not think I have to shave for the rest of the week. I even cut myself because my beard was so thrilled that it got goose pimples!” (Yglesias, Jose. 1968. In the Fist of the Revolution: Life in a Cuban Country Town, p.112).

Cuchillas de afeitar Astra

Cuchillas de afeitar Astra. Hechas en Checoslovaquia. Colección Cuba Material.

Cuchillas de afeitar Neva

Cuchillas de afeitar Neva. Hechas en la URSS. Colección Cuba Material.

 

Cuchillas de afeitar Venceremos

Cuchillas de afeitar Venceremos. Hechas en Checoslovaquia. Colección Cuba Material.

Cuchilla de afeitar Venceremos

Cuchilla de afeitar Venceremos. Hecha en Checoslovaquia. Reverso. Colección Cuba Material.

Cuchilla de afeitar Rawa Lux

Cuchilla de afeitar Rawa Lux. Hecha en Polonia. Colección Cuba Material.

cuchillas de afeitar Sputnik

Cuchilla de afeitar Sputnik. Hecha en la URSS. Colección Cuba Material.

Cuchillas de afeitar Regina

Estuche de cuchillas de afeitar Regina con hojas de cuchillas de diferentes marcas coleccionadas por Gertrudis Caraballo Gálvez (mi abuela). Colección Cuba Material.

***

El Código de Defensa Socialista, promulgado en 1961 contra el acaparamiento y la especulación, prohibía, según Díaz Castañón (2004), “la venta callejera de 15 artículos: ‘cuchillas de afeitar, hilo de coser, jabón, sábanas y fundas, pasta dental, papel sanitario, vasos, platos, tazas, juegos de cristal, loza y plástico, pilas, linternas, detergente, tela antiséptica, mosquiteros, bombillos, desodorante, biberones y pezones de goma’.” (p. 169). En Díaz Castañón, María del Pilar. 2004. Ideología y Revolución. Cuba, 1959-1962. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.

Ofensiva Revolucionaria
Cartel de la Ofensiva Revolucionaria. Imagen tomada de dlproject.

Cartel de la Ofensiva Revolucionaria. Imagen tomada de dlproject.

El 13 de marzo de 1968 se inició la Ofensiva Revolucionaria. Comenta Lillian Guerra (2012) en su libro Visions of Power in Cuba:

  • Se nacionalizaron 58,012 negocios. Entre ellos “woodworking factories, private music academies, small stores, beauty salons, mechanic shops, appliance repair stands, thousand of timbiriches, and makers of household products like brooms.”
  • “Unlike the first campaign of nationalizations in 1960, however, the state did not indemnify most owners and summarily confiscated any vehicles or goods acquired by their businesses.”
  • “Officials also froze all related bank accounts, allowing former property-owners to withdraw a maximum of only $200 by the end of March. According to typical press accounts of the interventions, any large reserves of cash that PCC-CDR teams found in the homes of small businessmen were also fair game for confiscation.”
  • “No more would the Cuban postal service allow citizens to receive the packages of “little gifts” that exiled relatives sent to “humiliate” and “provoke” revolutionaries into feelings of envy and doubt.”
  • “INAV would no longer distribute houses and apartments through a lottery.”
  • “The state did not just close all privately owned bars; it closed all state-owned bars, nightclubs, and liquor stands as well. (pp. 300-301)Una gran parte de los negocios nacionalizados había surgido con posterioridad a 1959.
  • Los negocios nacionalizados pasaron a ser administrados por individuos electos por los CDR, entre ellos muchas amas de casa sin conocimientos empresariales. “Leaders declared that this was not a problem. Together with the basic training that a special radio and television program offered, managers were encouraged to analyze the speeches of Fidel with their local CDR in order to morally prepare themselves for the task at hand.” (pp. 302-3)
  • “De acuerdo con datos publicados por el periódico Granma en marzo de aquel año, se confiscaron 55.636 pequeños negocios, muchos operados por una o dos personas. Entre ellos 11.878 comercios de víveres (bodegas), 3.130 carnicerías, 3.198 bares, 8.101 establecimientos de comida (restaurantes, friterías, cafeterías, etc.), 6.653 lavanderías, 3.643 barberías, 1.188 reparadoras de calzado, 4.544 talleres de mecánica automotriz, 1.598 artesanías y 3.345 carpinterías.” (en Cubaencuentro)
Ofensiva Revolucionaria

El pueblo apoya la Ofensiva Revolucionaria. 1968. Foto tomada del libro de Margaret Randall.

* * *

En Karol, K. S. 1970. Guerrillas in Power: The Course of the Cuban Revolution. New York: Hill & Wang:

According to the official figures published late in March 1968,, altogether 58,012 stalls, shops, and private service establishments were nationalized, and large secret stocks of consumer goods were confiscated. In Havana alone, the authorities closed 16,634 private enterprises.

This figure included 9,179 craftsmen working on their own, with and without licenses. They were all invited to take their righful place in the various factories. As for the illegal traders, a large body of them got together and offered to make good their past lapses with a promise of wholehearted collaboration with the authorities. The official figures tell us nothing about the precise number of people released for “more suitable” employment; they simply reveal that more than 50 per cent of the newly nationalized concerns had sprung up after the Revolution. In fact, 27 per cent of them had been started by workers who “have deserted their factories to turn into bourgeois egotists, and to accumulate riches by exploiting the very people from whom they had sprung.” (P.442)

Samples of the confiscated goods were shown on television; they were mostly spare parts for motor cars or television sets, linen, soap, condensed milk, flour, butter, perfumes, deodorants, and other products in short supply. Many of the traders had lived an extremely simple life, for fear that their neighbors would discover their crimes and become jealous of their good fortune. Other had lived off the fat of the land, flaunting their riches. But no matter what their attitude, all of them–according to the leader-writers–had modeled themselves on Julio Lobo. (P.443)

Datos tomados por K. S. Karol del número 12 de Bohemia, correspondiente al 21 de marzo de 1969.

* * *

En el Informe del CC del PCC al Primer Congreso del Partido, publicado en La Habana (1978) (p. 49), y tomado de Rodríguez García, José Luis. 1990. Desarrollo económico de Cuba 1959-1988. Mexico D.F.: Nuestro Tiempo:

Tal medida [la Ofensiva Revolucionaria de marzo de 1968] no era necesariamente una cuestión de principios en la construcción del socialismo en esa etapa, sino el resultado de la situación específica de nuestro país en las condiciones de duro bloqueo económico impuesto por el imperialismo y la necesidad de utilizar de modo óptimo los recursos humanos y financieros, a lo que se sumaba la acción política negativa de una capa de capitalistas urbanos que obstruían el proceso. (p. 58)

Caja de fósforos
Caja de fósforos

Caja de fósforos. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A: Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Dice Anne E. Gorsuch (2000) en Youth in Revolutionary Russia: Enthusiasts, Bohemians, Delinquents. Bloomington: Indiana University Press) que:

. . . one Bolshevik, Mikhail Ostrich, who was traveling on a boat to America for the first time, saw a book of matches with the ship’s name on it, [and] he whispered to his companion, “What a splendid idea! . . . I shall send some of these home. We should adopt this idea. Only we would not use them to advertise private boat companies. We would write on each match: ‘Wash your hands before eating’ . . . ‘Take a bath every day’ . . .  Eat slowly’ . . . ‘Keep your dinning rooms neat.'” (P.9)

Pensé en las cajas de fósforos cubanas que sugerían ahorrar electricidad, agua o dinero o cuidar la limpieza del entorno o la higiene personal.

h/t: Todas las cajas de fotos que se reproducen (menos una) pertenecen a la colección de Ramiro A. Fernández. Ver in Instagram @cuba–then

Caja de fósforos

Caja de fósforos. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos

Caja de fósforos. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos

Caja de fósforos. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos

Caja de fósforos. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos

Caja de fósforos. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos

Caja de fósforos Chispa. Empresa Nacional de Fósforo. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos

Caja de fósforos Chispa. Empresa Nacional de Fósforo. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos

Caja de fósforos Chispa. Empresa Nacional de Fósforo. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos

Caja de fósforos Chispa. Empresa Nacional de Fósforo. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos

Caja de fósforos Chispa. Empresa Nacional de Fósforo. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos

Caja de fósforos. 1984. Imagen tomada de internet.

Caja de fósforos

Caja de fósforos. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos

Caja de fósforos. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos Chispa

Caja de fósforos Chispa. Empresa Nacional de Fósforo. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos

Caja de fósforos. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos

Caja de fósforos. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos

Caja de fósforos. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos

Caja de fósforos. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos

Caja de fósforos. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos

Caja de fósforos. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos

Caja de fósforos. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos

Caja de fósforos. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos

Caja de fósforos. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos

Caja de fósforos. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Caja de fósforos

Caja de fósforos. Años setentas y/o ochentas. Colección de Ramiro A. Fernández. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández.

Silla salvavidas
Silla salvavidas

Silla salvavidas. 1973. Playa Guanabo, Habana del Este. EN la foto, José A. Cabrera Pérez.

Si bien cuando evoco la playa de Varadero la asocio, por lo general, con el viaje de dos horas desde La Habana, el puente con el logotipo inmenso de la campaña de alfabetización de 1961 pintado en una de las columnas de su base y las pizzas de Castel Nuovo, justo a la entrada de la península, las más gruesas que se vendían en toda Cuba, Guanabo me recuerda los mosquiteros que poníamos cada noche, el crujir de la madera de nuestra casa, expandiéndose con el frío nocturno, las hojas de los pinos que ensuciaban la arena de la playa y las sillas de los salvavidas a lo largo del litoral. No queda ya ninguna, como tampoco quedan los pinos que ensuciaban la arena, y a nuestra casa de la playa nadie ha vuelto en muchos años. Pero aquí está la foto de la silla desde donde los salvavidas de Guanabo solían cuidar a los bañistas.

Vaso soviético irrompible
Vaso soviético irrompible

Vaso soviético irrompible. Comercializado en Cuba en los ochentas. Colección Cuba Material.

En Penúltimos Días:

Dos “riflexiones” de Héctor Zumbado

La cuchara

Hoy hablaremos de la cuchara. Los datos que tenemos a mano dicen así, textualmente:

“Cuchara viene del latín cloclea, que quiere decir concha. Es un instrumento que se compone de una palita cóncava y un mango y que sirve para tomar la comida y llevar al interior de la boca sustancias líquidas, caldosas, blandas, etcétera.
”La forma ha variado muy poco desde los principios de la civilización. De los tiempos prehistóricos se encontraron ya en los palafitos suizos algunas escudillas de madera, con mango, que pueden ser consideradas como cucharas. También se hallaron en el período neolítico cucharas de barro, con mango corto, a veces arqueadas o con mango largo y puntiagudo. De esta misma forma se descubrieron cucharas en la ciudad de Troya y en Chipre, procedentes de la edad de bronce.
”En la Antigüedad clásica se hicieron cucharas de piedra, de madera, de hueso, de marfil, de toda clase de metales y hasta de cristal. Sus dimensiones variaban según los usos y las había tan pequeñas como las que se usan hoy para tomar la sal del salero.
”En Egipto se encontraron cucharas con mango de forma muy variada. En Tebas se encontró una cuchara de madera que por su ornamentación recuerda un loto. En Cícico se hallaron dos cucharas con el mango en forma de pie de ciervo; otra, que se guarda en el Museo británico, tiene un mango con un delfín enroscado a una rama.
”En la Edad Media las cucharas de madera eran preferiblemente de boj, por su dureza, y de enebro, por su buen olor. Desde el siglo XIV se hicieron cucharas portátiles con mango plegable.
”La Iglesia empleó cucharas con un agujero para purificar el vino destinado a la consagración.
”Existen cucharas para grajeas, para limonadas, sopas, frutas en almíbar, café, compotas, helados, etcétera.
”Hay cucharas, cucharillas, cucharitas y cucharones…”

Hasta ahí los datos, que parecen demostrar dos cosas: primero, que la cuchara es tan vieja como la sopa de ajo; y segundo: que no hay una sola cuchara, sino varias.
En fin, todo esto que ha parecido una densa y espesa conferencia sobre la cuchara, tiene cierta vinculación con un incidente que experimentó hace poco un amigo mío, arqueólogo e historiador por más señas.
Cuenta que estaba disfrutando de sus vacaciones en Guanabo, en trusa, las canillas al aire, la brisa del mar, las refrescantes olitas, el aceite bronceador, la blanca arena, el ardiente sol, los kicos plásticos, la grata compañía, en fin, el vacilón de las vacaciones.
Me dice que a media mañana sintió, de pronto, el urgente deseo de tomarse un yogurt. Que fue hasta una cafetería; que pidió el yogurt; que le dieron uno delicioso, de sabor de fresa, cremoso y rosado, helado y apetitoso. Lindo yogurt.
Dice que el pomito aquel, refrescante, cremoso y sabrosón, estaba casi congelado. Que al llevarlo a la boca no pasó nada, el yogurt no salía. Que abrió de nuevo la boca, esta vez con la cabeza echada hacia atrás, los ojos mirando al cielo, el pomo vertical y nada. Que sacudió el pomo; que le dio por abajo con la palma de la mano; que lo golpeó por los costados; y nada.
Relata que se sentía salivando como los perros de Pavlov ante la señal rosada y refrescante del yogurt. Estaba ansioso y desesperado, frustrado y al borde de la histeria.
Y entonces (porque el hombre se crece ante las situaciones difíciles) pidió una cuchara.

–– ¿Una cuchara? –respondió la dependiente, perpleja ante el insólito pedido y como herida en su sensibilidad– ¿para qué tú quieres una cuchara mi’jito, si el yogurt se toma directo?

–— Porque no sale –dijo él, sacudiendo el pomo bocabajo, en demostración fehaciente de la categoría filosófica de lo objetivo.

Y le trajeron una cuchara, la cual se negó rotundamente a entrar en el pomo porque el ancho de la misma era mayor que el diámetro del mismo. Entonces, cometió un grave error. Pidió otra cuchara.

–– ¡Otra cuchara! –contestó alarmada la dependiente, en tono que hizo temblar a todos los usuarios–. ¡Mi’jito, lo tuyo es mucho! ¿Qué culpa tengo yo de que la cuchara no entre en el pomito?

El vacacionista–arqueólogo–historiador dejó el yogurt sobre el mostrador y se fue hacia el mar, pensativo y silencioso, recordando las cucharas del período neolítico, las halladas en Tebas y en Egipto, la del Museo británico con forma de delfín, las de madera de boj y enebro de la Edad Media, las descubiertas en Troya y en Chipre procedentes de la Edad del Bronce…
Cabizbajo, clavó la mirada en la arena, y se preguntó: ¿Dónde hallaré una cuchara que entre en mi yogurt?

·

El vasito infinito

La categoría de infinito es algo difícil de explicar, es una cuestión compleja, una noción que el hombre, desde que empezó a filosofar, ha tratado de atrapar, definir, enmarcar, precisar.
Ya en los tiempos de Aristóteles y Platón en la vieja Grecia, los dos filósofos que tanto aportaron para confundir a la humanidad por unos cuantos siglos, se planteaban el problema de lo infinito y nos imaginamos las caras que pondrían, la mirada perdida en el horizonte, yéndose en blanco hacia las estrellas, mientras se preguntaban ¡ah, lo infinito! ¿qué será lo infinito?
Gracias a los profundos troques iniciales de estos dos grandes filósofos de la Antigüedad, con el tiempo, otros filósofos llegaron a decir cosas como estas: “lo infinito es el intervalo entre el ser y el no ser.”
¿Fácil, verdad? Jamón. El intervalo entre el ser y el no ser. Es decir, la distancia entre lo que es y lo que no es, eso es lo infinito. ¿Fácil? ¡Que lo explique Aristóteles! Primero entiendo el sistema de bonos de la libreta de productos industriales que esa extraña matraca del intervalo entre el ser y el no ser.
En otras áreas del pensamiento humano el concepto de lo infinito también ha sido trajinado. En las matemáticas, por ejemplo, esa ciencia exacta que todo lo precisa con exactitud –y por eso se llama así– la solución que le dieron al problema fue expresarlo nada menos que con un ocho acostado, que viene siendo un signo más o menos así: \infty
¡Geniales que son las matemáticas! A quién, sino a alguien con imaginación matemática, se le podía haber ocurrido una solución tan sencilla para expresar una cosa tan compleja como el infinito. Acostar un ocho y ya. ¿Qué otra cosa puede ser lo infinito, sino un ocho acostado? Eso lo entiende cualquiera. Sobre todo, cuando se da la siguiente explicación:

1 multiplicado por 0 = 0

Pero 1 dividido entre 0 = \infty (un ocho acostado horizontal, dormido, como los frijoles de la Bodeguita del Medio).
La geometría, por su parte, también da su explicación diciendo que “se da por sentado que las líneas paralelas son infinitas”, explicación que se entiende bastante si uno se monta en La Habana, en un tren que vaya hacia Santiago de Cuba. ¡Esas paralelas parecen que no se acaban nunca!
A su vez, los diccionarios –que a veces sirven para lo que fueron diseñados– dicen que lo infinito es “lo que no tiene fin; lo muy numeroso, grande y excesivo en cualquier línea”.
Y partiendo de ahí, que es una definición bastante comprensible, ya podemos reflexionar mejor acerca de lo infinito, yéndonos hacia los planos objetivos del diario acontecer.
Tomemos, por ejemplo, estos vasitos de cristal que andan por ahí. Realmente, son unos vasitos bonitos, de cristal, achataditos y algo gorditos y con un diseño bastante aceptable.
Los vasitos andan por ahí, continuamente, inacabablemente.
Aparecen por ahí en infinidad de contextos. Están como omnipresentes en el tiempo y en el espacio.
Surgen en los bares de lujo, de medio lujo, de poco lujo y de antilujo. Contienen ron collins, cuba libres, martinis, cerveza, agüita mineral Ciego Montero, daiquirís, etcétera. Ahí cabe cualquier coctel del mundo aunque haya sido diseñado para otro vaso o para una copa. Este vasito es all–around, olímpico.
En el mismo vasito que aparece en bares, roneras, pilotos, tiritos, ranchones de la playa. Está presente también en las mesas del restaurante y en el mostrador de la cafetería o de un ten–cent.
Se le ve en oficinas, viceministerios, talleres automotores, centros de cálculo, terminales de ómnibus, secundarias en el campo, cortes de caña, playas, líneas de producción, fábricas de cemento, hospitales, centrales azucareros y albergues INIT.
Asoma por todas partes, es inacabable en su presencia, trasciende hacia el hogar, se cuela en la cocina, sustituye las tacitas de café y los búcaros con malanguitas. Brota encima de un escaparate, ahuyentando las malas influencias; en el baño, con el cepillo de dientes; y en la mesita de noche, con los dientes…
Es lo infinito.

Envase de caramelos surtidos Parque Lenin
Envase de caramelos surtidos Parque Lenin

Envase de caramelos surtidos Parque Lenin. Colección Cuba Material.

Eduardo del Llano: Chucherías:

(…)

No tuvimos chicle. Esa mierdita olorosa venía a ser, para quienes nos educaban, un comprimido de sociedad de consumo, una píldora venenosa que, nada más masticarla, te envenenaba la sangre de capitalismo de alto octanaje. Un recuerdo que habla por sí solo (y que estoy seguro compartirán muchos coetáneos) ha de ser de 1970, año más o menos: la primera vez que tuve un chicle en la boca. Sólo que, antes de llegar a la mía, había pasado por las bocas de una decena de niños del aula, partiendo de una matriz que debió ser el hijo de alguien que viajaba; lo que mastiqué, entonces, fue una cosa insípida, inficionada por restos de comidas ajenas. Luego, ya pasando la secundaria en la Lenin, quien viajó fue mi padre… a la URSS, de donde trajo unos chicles Adams fabricados allá (¡!) que ahorré cuanto pude: inauguraba una tableta el domingo por la noche, a la entrada del pase, y lo conservaba durante toda la semana, pegándola bajo la taquilla, como un moco, a la hora de dormir, y recobrándola a la mañana siguiente.

(…)

Como ocurrió con la utopía, la calidad y la presentación de las golosinas fue decayendo. Los caramelos degeneraron de paquetes de unidades primorosamente envueltas a una masa pringosa que se vendía por el peso. El chocolate dejó de tener una denominación concreta. Aparecieron los Extrusos de maíz (debe ser difícil encontrar un nombre comercial más espantoso, probablemente obra del mismo estro sutil que más tarde creó las Tiendas de Recuperación de Divisas) que la gente bautizó Chicoticos, hasta que terminaron por llamarse así. Pero eso fue bien avanzados los ochenta, y ya yo contaba veinticinco años o más.

Medalla por el aniversario de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR)
Medalla por el aniversario de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR)

Medalla por el aniversario de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR). Colección Cuba Material.

En Generación Y: En venta las medallas:

Grados militares, estrellitas, distinciones de mayor o menor importancia: condecoraciones que remiten a glorias pasadas. Junto a los libros que se venden en la Plaza Vieja -y las postales turísticas con el rostro del Che- tenemos el mayor mercado de medallas de todo el país. Si en Alemania oriental cayó el muro y después el comercio de las insignias ganó la calle, aquí éste ha surgido frente a los ojos de quienes prendieron esas calaminas sobre las solapas. Muchos trabajadores de vanguardia, soldados mutilados y federadas combativas que recibieron tales honores prefieren hoy intercambiarlos por pesos convertibles. Mercadean en moneda fuerte el objeto que los distinguía como modelos sociales a imitar.

Sobre un tapete rojo, carente ya de cualquier sobriedad, se exhiben los emblemas de una nación sofocada entre diplomas y distintivos. La herencia soviética nos dejó esta larguísima fila de órdenes, distinciones, ramas de olivo, laureles de blando metal, certificados de destacado, hoces y martillos pintados en rojo y escudos de la república impresos sobre zinc. Una parafernalia del reconocimiento que calcó el kitsch y la desmesura llegados desde el Kremlin. En aquellos años nadie quería quedarse sin su condecoración, pues esas distinciones se trocaban por prebendas o privilegios. En las asambleas donde se entregaba un refrigerador o una lavadora, los aspirantes al electrodoméstico iban con su ristra de galardones colgada en la camisa. La reunión se convertía así en un ring de méritos, en un carnaval de hazañas exageradas. Pero eso fue hace mucho tiempo…

A estas alturas de tan escéptico 2012, la estética de aquellas insignias nos provoca una mezcla de curiosidad y extrañeza. Algunos vagabundos de la Habana Vieja se las colocan sobre el pecho para que los sonrientes turistas les regalen unas monedas.  También, escondidas en el fondo de innumerables gavetas, yacen muchas de aquellas reliquias por la indiferencia o la decepción de su beneficiario. Otras -sencillamente- tienen un precio. Se venden en el mercado de antigüedades junto a muestras numismáticas del siglo XIX o cámaras Leica octogenarias. Los compradores sopesan las medallas, le regatean al vendedor, para al final descartar o llevarse el frío metal que contiene tanto pompa como fracaso; esplendor y caída.

Detergente para fregar Antek
Detergente para fregar Antek

Detergente para fregar Antek. Hecho en Polonia. 1980s. Colección Cuba Material.

En algún momento de los años 1980s, se comercializó en Cuba un detergente líquido para fregar, hecho en Polonia, bajo la marca Antek. Venía envasado en pomos plásticos de color gris o carmelita oscuro con letras blancas. Cuando nos íbamos de vacaciones a la playa, me cuenta mi mamá que solíamos llevarnos este detergente para lavarnos la cabeza. Con él obteníamos mejor espuma que con cualquier otro champú comercial cuando nos bañábamos con el agua salobre de Guanabo.

En mi casa se guardaban los pomos de Antek para envasar insecticida u otros detergentes de fregar, pues su boca tenía un dispositivo que dejaba salir solamente un delgado chorro de líquido cuando se apretaba el pomo, hecho de plástico flexible.

Zapatos plásticos
Zapatos plásticos

Zapatos plásticos hechos en EEUU, comercializados en Cuba en los cincuentas. Regalo de Pilar Fernández. Colección Cuba Material.

Si bien los zapatos plásticos que se comercializan hoy en Cuba nada tienen que ver con los Kikos plásticos de antaño, les dejo un testimonio sobre la venta y consumo de calzado algunas décadas atrás:

En Radio Coco: Kikos plásticos modernos regresan a las zapateras cubanas:

Los kikos plásticos son una leyenda en Cuba. Quienes nacieron en los años 60 del pasado siglo en Cuba los recuerdan con una mezcla extraña de cariño y desprecio: cariño porque para algunos fueron sus únicos zapatos, compañeros de escuela y travesuras en la niñez y con desprecio por lo feos y calurosos que resultaban.

Los kikos que llegué a ver en mi infancia eran unos zapatos negros, con huequitos y cordones, aunque también los había modelo mocasín. Cuentan que se hacían aquí mismo y que fueron una opción a la crisis de aquellos años, cuando escaseaban la ropa y el calzado.

Cuando yo nací a finales de la década del 70 ya los kikos habían pasado a la historia y particularmente no recuerdo haberme puesto nunca un par. Pero mi tío Juancito, 12 años mayor que yo, me contaba que los kikos fueron sus zapatos escolares durante toda la primaria. Me decía cuánto odiaba aquellos zapatos horribles, con los cuales sin embargo se conformaba, “porque eran los que teníamos todos”.

Pero que no haya llevado kikos, no quiere decir que yo no haya sufrido también la escasez de calzado. Tuve mi época de zapatos ortopédicos, después de tenis de campo pintados con tinta negra durante la secundaria, las chancletas de lacito y los zapatos Puccini de charol para mis quince y las zapatillas Yutapai ya en el pre-universitario.

La verdad es que en mi etapa de adolescente (ya tengo 35 años) no había muchas posibilidades de tener los zapatos que queríamos, sino los que se podían, y llegué a la universidad con un par para las clases, otros para salir y para de contar.

No obstante, los de mi generación nos consideramos afortunados porque jamás tuvimos que ponernos un par de esos kikos plásticos de los cuales hablaban nuestros padres y que eran el colmo del mal gusto.

. . .

Al final parece que los cubanos hemos encontrado la manera de reconciliarnos con los kikos. Llevar zapatos plásticos ha dejado de cargar con la mala fama que precedía a los kikos plásticos de los años 60 y 70 del siglo 20 cubano.

Más modernos e ideales para nuestro clima y nuestro bolsillo, los kikos plásticos han vuelto. Bienvenidos a nuestras zapateras.

Leer todo el texto aquí.

* * *

En su libro The Problem of Democracy in Cuba: Between Vision and Reality, Carollee Bengelsdorf (1994) comenta que la Ofensiva Revolucionaria de 1968 redujo los volúmenes de producción de calzado en el país, que hasta ese momento había dependido en gran medida de la producción privada, organizada en pequeños talleres. Según Bengelsdorf, estos talleres fueron sustituidos por una fábrica de zapatos plásticos, adquirida en la República Popular China.

kikos plásticos

Kikos plásticos. Imagen tomada de Facebook.

Estuche de jabones 5 PM
Estuche de jabones 5 PM

Estuche de jabones 5 PM. 1980s. Colección Cuba Material.

Tomado del libro de Jatar-Hausmann, Ana Julia (1999) The Cuban Way: Capitalism, Communism and Confrontation, editado por West Hartford, CT: Kumarian Press:

But the ’80s were different. Julio’s wife, Albita, was fortunate to be pregnant in a very different era. Flourishing trade with the socialist bloc and market-oriented reforms had vastly improved life for Cubans. Fruit yogurt with buffalo milk and Coppelia, the best ice cream in Cuba, were sold in food stores; shrimp, crabs, chocolates, Polish pickles, cold cuts, cakes, perfumed soap, and shampoo were among the large variety of products available in pesos at the Amistad  stores. Julio was a university professor. he was making 320 pesos a month and his wife made 280. With the bonus system, he managed to make another 400 pesos by teaching a few more hours a week. Material incentives had also been implemented in the universities. Bonuses were been used to increase productivity and it was working. With a family income of 1,000 pesos, 55 pesos for the libreta, another 100 pesos for rent and transportation, they lived well. And under the new real state law, they could finally buy the apartment they had been living in for the past six years.

Ten years later, the same couple would be earning a salary only fifteen percent higher–without bonuses–while for would be twenty times more expensive. But in those days, Julio was optimistic about the future; he had no reason not to be. (p. 29)

Desodorante líquido Desodoral
Desodorante líquido Desodoral

Desodorante líquido Desodoral. Hecho en Cuba. Colección Cuba Material.

Cuando era niña, mi abuelo mandaba a hacer a la farmacia el desodorante que usaban en su casa. Tenía una fórmula que, me decía, era mejor que cualquiera de los productos que se vendían en las tiendas. Pero, para mi gusto, el desodorante que hacía era muy líquido y costaba trabajo usarlo sin que chorreara por el torso o los brazos, a pesar de que mi abuela lo envasaba en unos pomos plásticos con boca de perilla que, si se apretaban o exprimían, dejaban salir solo un pequeño chorro de desodorante. Aun así, había que esperar a que se secara, aireando las axilas durante unos segundos, para después vestirse.

Eso mismo, sospecho, sucedía con el desodorante líquido industrial que se comercializaba en los años 1970s y 1980s bajo la marca Desodoral. Ambos tenían la misma consistencia aguada y un color aqua similar, aunque el de mi abuelo tiraba más al verde. A ambos había, también, que re-envasarlos para evitar que, al usarlos, el desodorante se despilfarrara.

Envase de cepillo de dientes Ideal
Envase de cepillo de dientes Ideal

Envase de cepillo de dientes Ideal. Hecho en Cuba por la Empresa Consolidada del Plástico y Goma del Ministerio de Industrias. Tempranos 1960s. Colección Cuba Material.

En mi casa, cuando era niña, el cepillo de dientes no se cambiaba cada tres meses, sino cuando se rompía. Tampoco se compraban estos en envases bonitos. En todo caso, los vendían sin envasar.

* * *

Virgilio Piñera, en carta a su amigo Humberto, el 2 de octubre de 1963:

Hoy estoy un poco más animado. Dirás, ¿por qué? Pues recibí desde Londres un cepillo de dientes de nylon. No puedes imaginar el valor que tiene para nosotros cualquier bobería de esas. ¡Un cepillo! Es todo un mundo. El que tenía ¿te acuerdas? comprado en Buenos Aires ya era un fleco, y los que venden acá se rompen al día siguiente. (En Virgilio Piñera, de vuelta y vuelta. Correspondencia 1932-1978, p.235)

Puesto de frutas
Vendedor de frutas en el Malecón

Vendedor de frutas en el Malecón, frente al monumento al Maine. 1952.

De niño odiaba las frutas, sobretodo las frutas raras. En Cuba había siempre frutas por donde quiera que miraras. Frutas y más frutas siempre!… Y los fruteros con sus carretillas gritando. Yo odiaba eso. Estaban por todas partes. A veces se aventuraban a las cercanías de donde yo vivía. Los domingos por la mañana, la guagua de la escuela me recogía para ir a misa y era entonces que yo veía y oía a los fruteros gritando, anunciando lo que traían. (ANOOOOONEEEES !!)

El trabajo de los carretilleros de frutas era arduo, pues tenían que empujar su carretilla a uno de los mercados (Plaza Del Vapor, Mercado Único de 4 Caminos, Mercado de Carlos III) y con la carretilla llena, ir a la zona donde iban a vender. Todo eso bajo el sol espantoso, o la lluvia. Es decir, que era un trabajo durísimo. Uno casi les tenía lástima.

De más esta decir que pocos años después comenzaron a gustarme las frutas y cuando (creo alrededor de 1963-1964) desaparecieron los carretilleros de frutas los extrañé mucho pues me había acostumbrado a comprarles naranjas, que ellos pelaban con un aparato de lo más ingenioso.

Ya para 1966  había poquísimos o ningún carretillero de frutas en El Vedado, al menos que yo recuerde. Desaparecieron también los afiladores ambulantes de cuchillos y tijeras que sonaban unos silbatos españoles muy cómicos (éste era otro de esos sonidos raros de La Habana). De golpe desaparecieron cientos de renglones de actividad económica privada.

Y en eso vino en 1968 el golpe final contra toda la actividad económica normal. Le llamaron la “ofensiva revolucionaria ” de 1968 y es una historia que merece su propio espacio, porque tiene mucho que ver con lo que estaba ocurriendo en el Escambray.
Este texto fue enviado por un lector anónimo, junto con todas las imágenes que lo acompañan.
Puesto de frutas frente a la peletería Las Ninfas. 1890s.

Puesto de frutas frente a la peletería Las Ninfas. 1890s.

Puesto de frutas en el Paseo del Prado, frente a la Estación de Villanueva. 1906.

Puesto de frutas en el Paseo del Prado, frente a la Estación de Villanueva. 1906.

Puesto de frutas

Puesto de frutas. 1955.

Puesto de frutas

Puesto de frutas. 1959.