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Trabajos de obras públicas en San Lázaro y M
Trabajos de obras públicas en San Lázaro y M

Trabajos de obras públicas en San Lázaro y M. Años 1940s.

En Architecture of Necessitytexto de Alejo Carpentier La Habana, ciudad sin terminar, publicado en 1940:

(…)

La Habana es la ciudad de lo inacabado, de lo cojo, de lo asimétrico, de lo abandonado. Desde niños estamos habituados a tropezarnos, cada día, con solares yermos, donde se amontonan latas cada vez más seculares, desperdicios cada vez más diversos. Durante años padecimos el desierto en donde habría de alzarse el Capitolio, cubierto de ruinas evocadoras de las primeras grandes “mangaderas” [Manera popular de aludir, en particular, a las sustracciones del erario público por avispados políticos y funcionarios] de nuestra vida republicana. (Al menos tenían un valor histórico). Durante años hemos estado padeciendo aquel erial que se extendía a un costado de la Terminal, ofreciendo al viajero que llegaba de la provincia, un panorama capitalino lleno de acusaciones. Pero aún quedan otros…

(…)

Para desgracia nuestra, el Malecón fue poblado de casas de épocas en que los contratistas catalanes hacían estragos en nuestras avenidas y repartos, con sus columnas compradas al por mayor y balaustradas a tanto el metro. Pero también debe reconocerse que se ha hecho muy poco por embellecer ese “corso” que disfruta del adorno de puestas de sol únicas en el mundo. La explanada de La Punta –remate del Prado- se ha transformado, después de su ensanche, en un pedregal, donde hasta los perros temen aventurarse por miedo a lastimarse las patas. ¡Y no hablemos del extraño sedimento de glorieta, resto de algo informe, que nos hace pensar en ciertas fotos recientes de bombardeos de Londres!… sic transit…

Hay avenidas en el Vedado que, desde hace mucho tiempo, se asemejan a parques reservados americanos, ya que parecen terreno tabú para la mano del hombre de Obras Públicas… ¿O será que con ello pretende impedirse la desaparición de ricas especies de guisasos?…

Transcurre el tiempo y nos habituamos a tropezarnos con los mismos terrenos cercados por las mismas vallas; con las mismas casas a medio construir, con las mismas aceras hundidas en torno a una placa de alcantarilla mohosa… Y creemos recordar que en un yermo situado al costado del Parque Maceo se alzaba, antaño, una iglesia que, por lo menos, tenía un cierto valor histórico… Pero ese edificio cayó bajo la piqueta demoledora y desde entonces, solo florecieron tiovivos y tiros al blanco…

Y no hablemos del hermano bache que nos espera en todas partes, dando muestras de un prodigioso don de ubicuidad… Todos aquellos que tienen a veces la desgracia de guiar un automóvil por las calles de La Habana, se habitúan a esquivar amorosamente ciertos baches, como si quisieran preservarlos de toda lastimadura…

(…)

¿Pero qué queréis?… La Habana es ciudad atendida por coleccionistas. Y, como os decía hace un instante, una obra terminada destruye el placer de aquellos que reúnen, a capricho, edificios, calles y avenidas… Por lo tanto, mucho me temo que La Habana permanezca ciudad inconclusa por mucho tiempo.

En vista de ello, sería oportuno fundar una “Sociedad protectora de baches y yermos” para tener, al menos la soberbia de poder decir a los turistas que estos se encuentran donde se encuentran por nuestra santa y enérgica voluntad.

Revista Cuba
Revista Cuba

Revista Cuba. 1964. Imagen tomada de Arquitectura Cuba.

En Arquitectura Cuba, foto-reportaje publicado en 1964 en la revista Cuba.

***

Texto de Leonardo Padura publicado en Café Fuerte:

Durante diez, quince años, una parte inalienable del espíritu de la época estuvo sintetizado en cinco cuadras, con sus bocacalles adyacentes, de la ciudad de La Habana.

Esos años, que corrieron desde mediados de la década de 1950 hasta la agonía del decenio de 1960 fueron posiblemente los más animados, contradictorios, promotores de cambios (políticos, económicos, morales) que se vivieran en Cuba desde la independencia hasta la llegada del Período Especial. Y todo aquel sentimiento de renovación, de búsqueda de lo nuevo, de exploración de la modernidad, tuvo sus mejores y más nítidos reflejos cubanos en el tramo de calle 23, pendiente entre L y la frontera del Malecón: la emblemática Rampa habanera.

Un estado de ánimo

Tal fue la profundidad de la relación de este espacio urbano con la vida del país que el arquitecto italiano Paolo Gasparini definió a La Rampa no como un sitio, sino como un “estado de ánimo”, como le gusta recordar al también arquitecto Mario Coyula, estudioso de las esencias pasadas y triste presente de este emblemático paseo capitalino.

Diseñada y construida en lo fundamental entre los años finales de la década de 1940 y la mitad de los años 1960 (en el año 1966 se termina la heladería Coppelia, obra de Mario Girona), la Rampa consiguió en sus años de esplendor convertirse en el corazón palpitante de la ciudad, desplazando de ese sitio al centro anterior, esencialmente comercial y mundano, ubicado en el cruce de Galeano y Neptuno, la famosa esquina del pecado. El éxito de La Rampa, sin embargo, tuvo que ver más con su vocación social, cultural, nocturna, gracias a lo cual se fue llenando de cines, restaurantes, estudios de televisión, clubes de jazz, hoteles, galerías, centros de arte y diseño, cafeterías, cuya enumeración sería casi interminable, además de algunos edificios de apartamentos, como el Retiro Médico, y el que llegaría a ser el más emblemático espacio expositivo habanero, el modernísimo y funcional Pabellón Cuba, inaugurado en 1963 precisamente en ocasión de reunirse en La Habana el VII Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos que pretendió renovar con espíritu de vanguardia las por entonces todavía vanguardistas arquitectura y urbanismo cubanos.

Espíritu de la época

Tan acogedor y propicio resultó el espacio físico de La Rampa y la utilidad pública de sus instalaciones que con notable facilidad el espíritu de la época también recaló en la avenida y sus sitios aledaños. La música cubana de aquellos años gloriosos de la década de 1950 y de principios de la siguiente, tuvo en los espacios del entorno su más notables escenarios: desde el restaurant Monsieur, animado por el imprescindible Bola de Nieve, hasta el Rincón del Filing, sobreviviente aun en los años 1980, donde recalaban César Portillo, José Antonio Méndez y otros renovadores de la canción cubana, pasando por los escenarios más sofisticados del Salón Rojo del Capri, El Parisién del Hotel Nacional y los más diversos clubes, como El Gato Tuerto y La Zorra y el Cuervo, donde bolero, jazz y filing se daban la mano y abrían el abanico de opciones. Las exposiciones de artes plásticas también tuvieron hitos en La Rampa, pues desde los mismos mosaicos empotrados en el granito de sus aceras, obras de maestros cubanos, hasta el apoteósico Salón de Mayo, forman parte de la realidad y la memoria gráfica del país. Los dos cines emblemáticos, el Radiocentro (Yara) y La Rampa, convertido en cine de ensayo, son parte de la memoria fílmica de dos generaciones de cubanos, como lo fueron las pequeñas salas teatrales de la zona. Y hasta la literatura, con obras (como Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante, vecino de La Rampa) y la presencia viva en sus inmediaciones, en sus instalaciones y a través de sus evocaciones de los escritores cubanos de aquellos años, tuvieron su espacio en esa misma Rampa donde, en la recién inaugurada Coppelia, solían reunirse los integrantes del primer Caimán Barbudo.

Sin embargo, no solo de creadores y consumidores de cultura, de eventos históricos, de edificios emblemáticos se pobló La Rampa. Su verdadero destino se lo entregó la juventud de aquellos tiempos, en buena parte proveniente de la muy cercana colina y otras facultades universitarias, pero absolutamente variopinta y ansiosa de libertades. La Rampa fue, por ello, el muestrario de las primeras melenas, las primeras minifaldas, los pantalones de tubo y de campana, las muchachas sin brasiers, los homosexuales desprejuiciados, los primeros fans de los Beatles y los Rollings, incluso de los primeros hippies tropicales, todas aquellas especies que, en una época de mayor rigidez política y supuestamente ética, resultarían fumigados con tanto esmero y encono en nombre de la homogeneidad y la prisa por el nacimiento de un hombre nuevo.

Sobreviviente de las ortodoxias

Pero tan fuerte resultó el espíritu encarnado en La Rampa que su aliento incluso sobrevivió a la época del cierre de los clubes nocturnos, a la ofensiva revolucionaria, a las cacerías de brujas de los años finales de 1960 y los años drásticos y aplanadores del decenio de 1970, pletórico de ortodoxias. Fue en época en que la Casa de la Cultura Checa se convirtió en sitio de referencia, al igual que los ciclos cinematográficos de La Rampa. Aquel empuje hasta resucitó en los años 1980, cuando el Festival de Cine se hizo carne de la avenida, con las noches interminables del Hotel Nacional, un tiempo en cual todavía era posible escuchar en el Pico Blanco a César Portillo y hasta a Elena Burke y Omara Portuondo, gastar unas horas en el Coppelia, comprar una ropa diferente en el Centro Experimental de la Moda y sostener el ejercicio tradicional de andar “Rampa arriba, Rampa abajo”, por el simple placer de caminar por el corazón moderno de una ciudad que resistía los embates de una desidia institucional que empezaba a ser alarmante. Quizás el acontecimiento capaz de marcar lo que va siendo el destino trágico de La Rampa, el fin de su esplendor y su providencial glamour cultural, fue el incendio del local del antiguo cabaret Montmartre, reconvertido en el gigantesco restaurant Moscú, convertido desde aquellos días hasta hoy en la ruina dolorosa que encarna físicamente la muestra más alarmante de lo que fue y ya no es.

Porque no solo desidia y falta de recursos han agredido el espíritu de La Rampa hasta llevarlo a su agonía actual. Quizás esos dos elementos se hayan combinado para impedir la resurrección del Montmartre/Moscú, para transformar en pústulas los balcones desconchados del Retiro Médico, para impedir la implosión del edificio Alaska sin que nada nuevo haya crecido en su territorio, para que la vida nocturna haya languidecido y se haya dolarizado (o cuquizado, si es posible llamar así al imperio del CUC)… Porque tal parece que algo mucho más macabro ha rondado sobre el destino de la calle más céntrica de La Habana para que un espacio como el de la tienda Indochina se transforme en control de pases de un ministerio, para que la Casa de la Cultura Checa devenga Centro de Prensa Internacional con escasas funciones culturales, para que las vidrieras de la antigua Ámbar Motors estén casi siempre tapiadas y definitivamente subutilizadas, para que el Centro Experimental de la Moda se convierta en nada, para que el Mandarín haya perdido su encanto y sea un restaurant de mala muerte y peor vida, para que espacios privilegiados se convierten en bancos que se oscurecen a las 3 de la tarde, mientras el Pabellón Cuba muestra unos jardines muchas veces más poblados de desperdicios urbanos que de plantas ornamentales.

No por vejez

Al menos para mí, habanero que paseé La Rampa en mis tiempos de estudiante pre y universitario, es evidente que no solo la economía ha influido para que los bares y cabarets del Habana Libre se hayan convertido en sitios ajenos y sin mayor encanto o para que el Coppelia no conserve nada de sus encantos sociales; para que varios de los clubes nocturnos y restaurantes de la zona hayan perdido su carácter o cerrado sus puertas mientras las amables cafeterías Wakamba y Carabalí ya no se sabe ni qué cosa son; para que, mientras se construye en otras partes de la ciudad, la esquina de 23 y O, y el costado de K entre 23 y 25 sean furnias donde se siembran plátanos y casetas rústicas… Y lo pienso así porque creo que no solo la mala economía le ha robado el espíritu de modernidad, irreverencia, búsqueda de placeres corporales y mentales, de juventud, en fin, que por décadas se deslizó por esta pendiente habanera cuyo fin u origen, es el mar.

Se trata de una agonía por muerte natural o parte de un plan de asesinato con premeditación y alevosía? Quizás pensar en la intencionalidad del crimen resulte algo rebuscado. Pero, con o sin intencionalidad, el resultado está siendo el mismo. La Rampa está muriendo, y no es por vejez.

Infanta y San Lázaro.
Infanta y San Lázaro.

Calzada de Infanta y San Lázaro.


Por Ciro Bianchi, en Juventud Rebelde:

Para los habaneros, la calzada de Infanta siempre ha sido Infanta. Hablo de esa vía tan transitada y recurrida que empieza casi en el mar y va a morir a la Esquina de Tejas. En 1921 se le dio de manera oficial el nombre de Avenida Menocal, sin que nadie la haya llamado nunca de esa forma, y tampoco prosperó, en 1928, la propuesta de la Comisión de Historia, Ornato y Urbanismo del municipio habanero de denominarla Avenida Calixto García. Esta vía es Infanta por la infanta Isabel, la hija de Fernando VII y María Cristina, que, con el nombre de Isabel II, ocuparía el trono de España entre 1843 y 1868, cuando fue derrocada.

(…)

Si exceptuamos el edificio de la esquina de Infanta y Carlos III, acera de los pares, que ocupó durante muchos años la funeraria San José, no hay grandes mansiones en esta calzada. La vivienda en ella es más bien popular, sobre todo las casas individuales, y más de clase media en algunos de los edificios de apartamentos.

Abundaban allí —quedan algunos— los establecimientos de servicio y las fábricas. La Pennino Marble Co., procesadora de mármol y granito, en la esquina con Desagüe. La fábrica de muebles de Orbay y Cerrato, en la esquina de Amenidad. Frente, la Canada Dry S.A., embotelladora de refrescos Ginger Ale, Spur Cola y Naranja, así como el agua carbonatada de esa marca, con casa central en Canadá.

El local, hoy vacío, de las Lámparas Quesada, para la exhibición y venta de objetos del hogar, empresa asentada en La Habana —venía de Santiago de Cuba— en 1928, con sucursales en las capitales de provincia y representaciones en Panamá, Venezuela, República Dominicana y Puerto Rico. En los portales de Quesada, pernoctó durante años el Caballero de París. En el bar de enfrente, si se cruza Infanta en diagonal, se han degustado durante años los mejores ostiones de La Habana.

Estamos en Infanta y San Lázaro, esquina eminentemente estudiantil. Las manifestaciones del alumnado universitario contra las dictaduras de Machado y Batista eran aquí reprimidas con saña. No es casual que en este sitio que marca la frontera entre Centro Habana y el Vedado, se erigiera el Parque-Monumento a los Mártires Universitarios, obra de Mario Coyula, Emilio Escobar, Armando Hernández y Sonia Domínguez, y que no es un monumento en medio de una plaza, sino una plaza que es a su vez el monumento. De ahí la originalidad de este proyecto que resulta, en La Habana, la primera intervención contemporánea en un contexto histórico ecléctico. El Parque-Monumento se inauguró en 1967. Hasta poco antes compartieron ese espacio la carpa del circo Santos y Artigas y una cuartería que, recordaba Eduardo Robreño, era conocida con el nombre de Solar de la Mierdita. Así, en diminutivo.

En la esquina de Benjumeda se halla la funeraria La Nacional. Su propietario —dueño asimismo de la casa mortuoria de Calzada y K— fue, dice Guillermo Jiménez en su libroLos propietarios de Cuba, la figura más destacada del giro funerario en la Isla. Sus intereses abarcaban desde la venta de flores y coronas hasta de panteones, ya que él y sus hijos eran fuertes propietarios de bóvedas y terrenos en el cementerio de Colón. José R. Rivero, que así se llamaba el personaje, comenzó con un modesto negocio de venta de flores en los portales de Diez de Octubre y Concepción, en Lawton. Corrían los años 20 del siglo pasado. Le fue bien y con 500 pesos que pidió prestados abrió el jardín Tosca. Lo demás vendría después.

La revista Carteles, en la esquina de Peñalver, llenó toda una época en la vida cubana. Comenzó a aparecer en junio de 1919 y dio a conocer su último número el 31 de julio de 1960. …

Claro que si de las esquinas de Infanta se trata, ninguna es más famosa que la de Tejas. Sigue siendo un lugar de referencia en La Habana, nudo importante del transporte urbano y punto de coincidencia de las calzadas de Monte, Cerro y Diez de Octubre, con una panadería, que ya no existe, que le hacía la competencia a la de Toyo con su pan caliente cada 15 minutos, y una valla de gallos de la que apenas queda memoria.

Dice Robreño que se dio ese nombre a esta esquina por las numerosas casas de tejas francesas de la zona. El Bodegón de Tejas y la fonda El Globo de Tejas consolidaron el nombre del lugar. El Bodegón fue demolido en 1926 para construir allí un edificio de dos plantas donde se instaló, en los bajos, el bar Moral, hoy una cafetería. En el área que ocupan ahora los edificios de 20 pisos, símbolo de los nuevos tiempos, hubo una casa quinta espaciosa, aunque de bajo puntal. En 1912 la habitó José Trillo, que utilizó los terrenos que rodeaban la vivienda para el cultivo de flores que comercializaba en su acreditado jardín La Gardenia.

En 1914 se arrendó la casona para establecer una sala cinematográfica que tuvo diferentes nombres hasta que quebró. Entonces, ya en 1919, sirvió de escenario a los espectáculos llamados Garden Play, con muchachas vistosas y rollizas que atraían a adolescentes y valetudinarios por la posibilidad que les brindaba de sorprender alguna rodilla desnuda cuando la tenista daba una carrera apresurada para contrarrestar un remate. Con posterioridad se instaló allí el cine Ofelia, destruido por un incendio, y en 1921, el cine Valentino, con cuyo nombre se quiso aprovechar la fama del actor.

Pasando Tejas, pero antes de llegar a la calle Universidad, estuvo la fábrica de chocolate La Española. Apropiado, como otros tantos chocolates, para elaborar la sabrosa bebida, pero que los pequeños de hace medio siglo preferían degustar como golosina. Su envoltura mostraba a una mujer que lucía un traje típico de alguna de las regiones de España. ¿Andalucía, Galicia, Murcia…? ¡Vaya usted a saber a la vuelta del tiempo transcurrido!

Personas cercanas a los 80 años que residieron en la zona recuerdan desde siempre el edificio en ruinas de Infanta y Peñalver como una casa de vecindad. Así debe haber sido desde 1930, más o menos. Con anterioridad es posible que fuera una fábrica de chocolate, bombones, caramelos, galletas y confituras en general. Dice el imprescindible Guillermo Jiménez que dicha industria fue el resultado de fusiones y absorciones que ocurrieron en empresas del giro.

La fábrica original se fundó en 1868, según algunos, y en 1881, según otros. Tenía un departamento especial para la producción de pasta de guayaba. Eran 32 000 libras diarias que se envasaban en frágiles cajitas de madera. Una guayaba más tosca y oscura que las que llegaban al mercado envueltas en papel transparente, y sin la barrita de jalea que era una constante en las guayabas más finas. Pero pocas guayabas más sabrosas que aquella prieta de las cajitas de madera que todavía en 1959 se expendían a siete centavos en el comercio minorista.

En 1900 instalaron esta fábrica de Infanta y Peñalver. Se refundiría con otras marcas de confituras, entre estas La Estrella, hasta que en 1930 se constituye la Cuba Industrial Comercial, que se radicó en la calzada de Buenos Aires y comercializaba sus producciones con el nombre de La Estrella. Repárese en la fachada del caserón ya al borde del colapso: luce una estrella en lo alto.

En la esquina de Neptuno se alza el edificio de los Padres Carmelitas Descalzos; iglesia y convento. Tiene dos campanarios y uno, el de la derecha, alcanza una altura de 63 metros. En lo alto se aprecia una imagen de bulto de la virgen del Carmen, con sus 9,5 toneladas y más de siete metros de alto.

Alguien preguntó en una oportunidad a este escribidor cómo pudo colocarse la virgen en su torre monumento, toda vez que el hecho ocurrió en 1927, dos años después de la construcción de la torre. En torno al suceso giran leyendas y especulaciones. El que más y el que menos parece tener en La Habana una explicación que quieren hacer pasar como verídica.

La imagen de bronce se trajo de Italia, y ya frente a la iglesia debió aguardar un mes hasta que 11 operarios de la ferretería y fábrica de estructuras de acero de Celestino Joaristi, con sede en la calle Monte, construyeran por dentro de la torre un andamiaje de metal que apoyaría el ascenso de la virgen. Una vez montada esa estructura, la imagen, elevada por güinches de vapor, demoró 11 minutos en recorrer los 63 metros del campanario. Hubo aplausos y llantos entre los que, en la calle, esperaban el momento. Una paloma blanca se posó en el hombro de la virgen.

Hubo un inconveniente pronto solucionado. A causa de su brazo izquierdo, que la virgen mantiene extendido hacia fuera, la imagen no cabía en la estructura que se preparó para su ascenso. El ingeniero que encabezaba el grupo de operarios no lo pensó dos veces. Determinó cortar el brazo y soldarlo una vez que la imagen llegara a lo alto de campanario.

La Habana, por Branson DeCou
La Habana, por Branson DeCou

La Habana, por Branson DeCou. 1932. Imagen tomada de El tono de la voz.

El tono de la voz: Branson DeCou y La Habana espectral de 1932:

Las fotografías que tomó DeCou a lo largo de su viaje están imbuidas del evidente pasmo ante el ambiente bucólico que le sugirió la isla. Eso hace que sus fotos resulten apenas distintas de las que llenan el anverso de las tarjetas postales de la Cuba republicana —léase a Gustavo Pérez-Firmat y su magnífico The Havana Habit para el imaginario de los viajeros norteamericanos a Cuba.

Con todo, muchas veces La Habana más genuina es aquella que no se le parece. Y Branson DeCou encontró una fotogenia de La Habana anterior al morboso regodeo entre sus ruinas. Una ciudad entonces en efervescencia política, pero a la vez una urbe ordenada y desierta: un territorio espectral. Más espectral aún, cuando plasmada en fotografías en blanco y negro que eran coloreadas después en un estudio de New Jersey.

Ver todas las fotografías de DeCou en la Universidad de California en Santa Cruz (h/t: El tono de la voz).

Havana. 1932.

Havana. 1932.

Carnavales de 1976

Carnavales de 1976. Imagen tomada de internet.

La Habana viaja hacia el pasado y hacia lo rural, por Leonardo Padura:
En su célebre conferencia dedicada a La Habana (filmada en los años 1970) Alejo Carpentier evocaba los días de su adolescencia, en las primeras décadas del pasado siglo, cuando, a pesar del rápido crecimiento de la capital cubana, los límites entre la rural y lo urbano todavía eran difusos. Por ese entonces el “campo” aun solía meterse en la ciudad de las más disímiles formas, y el novelista recuerda como ejemplo muy notable el de las lecherías, donde se vendía la leche fresca, recién ordeñada de las vacas que, esa misma mañana, habían sido traídas desde los corrales cercanos a la urbe por unos recorridos fáciles de seguir a través del hedor y la presencia física de las deposiciones que los animales iban dejando a su paso.Ya hacia los finales de la época histórica que recorre la evocación carpenteriana (1912-1930), La Habana era una ciudad con las características fundamentales de la capital moderna y “el campo” se había retirado fuera de sus lindes.   Mercados y negocios de diverso tipo, cada vez más adecuados a la vida del siglo fueron surgiendo no solo en las zonas más comerciales, sino en los barrios de la periferia. Incluso, conceptos como el de la tienda por departamentos y lo que hoy se conoce como mall ya tenían una larga presencia habanera (ahí está, aun de pie aunque llena de heridas, La Manzana de Gómez). Surcada por nuevas y cada vez más amplias avenidas, lo urbano se imponía definitivamente y daba la fisonomía que la ciudad mantuvo hasta la década de 1980.La llegada del período especial, al despuntar el último decenio del siglo XX fue una conmoción para toda la sociedad cubana y especialmente para su economía, desde los niveles macros hasta los más individuales. Fue ése un momento en que comenzó un proceso regresivo de lo urbano que ha sido llamado la ruralización de la ciudad que, en ciertas urbes del interior de la república, llegó a alcanzar niveles alarmantes.
Varios signos muy visibles y otros menos evidentes se conjugaron para ir conformando ese proceso. Un elemento sin duda catalizador de todo el fenómeno fueron las migraciones masivas del campo a la ciudad y del interior a la capital, que empujó a grandes masas de personas en busca de unas posibilidades mejores para su existencia (o simple subsistencia), al punto de que el gobierno trató de regular esos desplazamientos internos con leyes que no parecen haber sido especialmente eficaces. Con esas personas, de hábitos específicos, muchas veces marcadamente rurales, y el crecimiento paralelo de una marginalidad citadina provocada por la propia crisis y las múltiples dificultades cotidianas, La Habana fue sorprendida por acciones como la de colocar ollas en las aceras para cocinar con leña, la cría masiva de cerdos incluso en el interior de viviendas con mínimo espacio y la venta callejera de productos agropecuarios. Todas esas manifestaciones, sumadas al deterioro acumulado, y para ese entonces acelerado, del componente físico de la ciudad (edificios, calles, aceras, alcantarillas, espacios públicos), La Habana fue alejándose rápidamente de su anterior esplendor y adquiriendo la imagen de feria de los milagros con un marcado sabor campestre, surcada por arroyuelos de aguas albañales, lagunas en las furnias callejeras, parques convertidos en solares yermos o vertederos. Lo peor de todo fue que ese espíritu de abandono caló en la conciencia de sus moradores ancestrales o recién llegados, hasta profundidades peligrosas.En las últimas semanas, al calor de las primeras medidas ya en práctica para la actualización del modelo económico cubano, La Habana ha recibido un nuevo impulso en su proceso de ruralización: apresuradas construcciones de zinc para la venta de cualquier artículo, esquinas tomadas por vendedores de productos agrícolas que colocan la mercancía directamente en el cajón en que han sido transportadas, el incremento masivo de la cría de cerdos que luego nutrirán mercados y rústicos puestos de ofertas gastronómicas que se van expandiendo por todo el territorio, en un avance geométrico, sin orden ni concierto, sin respeto por el urbanismo ni demasiadas preocupaciones por la salubridad. Esta avalancha de lo rural y lo efímero se suma a la situación ya existente desde los años 1990 y no superada en la mayoría de los casos (calles intransitables, edificios derruidos, casas mal pintadas o jamás pintadas, rejas sin un atisbo de intención estética, criaderos de cerdos en jardines y patios), creando una sensación de retroceso más que de progreso, de vuelta a los orígenes más que de evolución.
Sin lugar a dudas la causa de este fenómeno es en primer término económica, aunque en sus manifestaciones tiene un fuerte componente social y cultural. Si bien la supervivencia y la búsqueda de alternativas es una reacción inmediata con la que los cubanos tienen que luchar, también resulta evidente que la falta de controles, la degradación de las costumbres, la falta de sentido de respeto por el derecho ajeno, la imposición de la ley del más fuerte, el más inculto, el más pícaro, y la filosofía de que “hay que resolver”, al precio que sea, están bullendo en la misma olla callejera donde se deteriora el aspecto y la cultura de la ciudad.
La ruralización de La Habana (algunos llaman al proceso como haitianización, para hacerlo más doloroso y específico) es una realidad con la que ya estamos conviviendo, y tanto que muchas veces ni siquiera reparamos en ella, como si ver un carretón de caballos o un cerdo paseado como un perro fuese lo más natural del mundo en una capital del siglo XXI. Pero si lo miramos con detenimiento, costaría trabajo admitir que en la época de las grandes superficies comerciales, de la lucha por la conservación y el reciclaje, en tiempos en que se sabe que el mantenimiento de la higiene es uno de los elementos esenciales para el buen funcionamiento de un sistema de salud, La Habana y Cuba, en general, se estén moviendo en sentido contrario, como si hubiéramos abordado una máquina del tiempo enganchada en la marcha atrás, sin que se vislumbre un muro de contención para ese proceso de deterioro que afecta por igual lo físico y lo moral, lo material y lo espiritual.
por  Leonardo Padura
Texto enviado por Teresa Valladares y una lectora anónima.
Texto publicado por Inter Press Service en Cuba bajo el título “La máquina del tiempo”.
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El Granma publica hoy una noticia que ha llenado de júbilo a los pobladores de Bejucal, un pueblo que está 27 kilómetros al sur de La Habana: ya pueden viajar en tren a la capital de Cuba, luego de que por fin pudiera rescatarse la línea que los une.
175 años atrás, Bejucal vivió un momento muy parecido. El 19 de noviembre de 1937 fue inaugurado ese mismo tramo, convirtiéndose en el primer ferrocarril de Iberoamérica y en el séptimo del mundo, después de los de Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Alemania, Bélgica y Rusia.
Y concluye El fogonero: “En un país que no se mueve, tres viajes al día de un coche-motor destartalado son noticia de portada. A una velocidad de 13.5 kilómetros por hora, el Bejucal del siglo XXI ha logrado volver en tren a La Habana.”
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En tumiamiblog: ruralización castrista de La Habana: “en lo invisible, la industria y las inversiones colapsan, la mano de obra especializada se empobrece, el planeamiento urbano brilla por su ausencia. en lo visible, el pavimento se hace tierra, las aceras se parten, el piso se quiebra, los edificios se descuartizan lentamente. las hortalizas toman el lugar de los jardines. chivos, perros, gallinas y cerdos pululan las avenidas. el habanero medio vive en medio de una realidad semiagreste y emprobecida.”

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En Mermeladas: Aclarando algunos criterios: “Al hablar de la ruralización, nadie está tratando despectivamente lo rural, sino señalando que tiene muy poco que ver con lo urbano. No es lo mismo vender viandas llenas de tierra y vegetales, y carnes sin refrigeración en una tarima rústica a la entrada o salida de un batey o pueblo, que hacerlo en Galiano, 12 y 17 ó 17 y K, por poner solo algunos ejemplos bien visibles. Esto no solo es rural, sino también medieval. Por eso molesta. La Habana no era así, al igual que no lo eran Santiago de Cuba, Holguín, Camagüey, Sancti Spíritus, Cienfuegos, Santa Clara, Matanzas y Pinar del Río, por citar solo algunas ciudades importantes. Si se agregan las calles destruidas convertidas en vertederos, la falta de higiene generalizada, la destrucción de bancos y áreas verdes en los parques y el cocinar con leña en lo parterres, el espectáculo es francamente caótico. Con todo respeto, esta no era la generalidad, con independencia de que pudiera existir en algún que otro asentamiento marginal.”

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Tweet de Antonio Rodiles: “1/9/13, 7:45 PM Basta recorrer las calles de Centro Habana para comprobar el crecimiento alarmante de la marginalidad y pobreza en#Cuba“.

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Mario Coyula, “En Trinquenio Amargo la ciudad distópica: Autopsia de una utopía”, en Criterios y en Archipiélago, 14(56), aquí con imágenes:

Con ello, el campesino se encontraba con todos los inconvenientes de vivir en plantas altas, de forma muy diferente a la suya habitual, y sin las ventajas de la ciudad. Como resultado, terminó emigrando a una ciudad de verdad. De hecho, se ha producido un reflujo, y la capital se ha ruralizado con ranchones de guano de un vago estilo neo-taíno, platanales y crías de animales en los jardines frontales, cercas de alambre, sopones cocinándose con leña en los parterres, carretones de tiro animal y tractores corriendo por las calles.

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Así justificó Fidel Castro en 1965 el abandono material de La Habana: “A modern city has many expenses,” dijo, “to maintain Havana at the same level as before would be detrimental to what has to be done in the interior of the country. For that reason, for some time Havana must necessarily suffer a little this process of disuse, of deterioration, until enough resources can be provided” (tomado de Louis A. Pérez, Jr. 2011, Cuba: Between Reform and Revolution, cuarta edición, p. 279).

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En Cubanet: Vedado: de la modernidad a la barbarie:

La identidad de El Vedado peligra desde hace mucho tiempo. Esta barriada de la antigua Habana Elegante dejó de ser un museo de arquitectura moderna. Por aquí entró a Cuba la modernidad, la cual fue siempre un acento de su identidad. No solo fue un barrio fundado por familias patricias, fue también un barrio de turismo y prosperidad.

Este barrio, que germinó del bosque, hoy envejece muy mal. Es un trozo de ciudad que ya no está preparada para asimilar grandes golpes, su paisaje ha sido saqueado, deteriorado y desdibujado, dejó de ser un sitio ostentoso, y hoy sus fachadas son apenas un juego de apariencias.

Recuerdo la patria de mi infancia como un lugar habitable, un asentamiento ecológico en cuya manera de vivir se respiraba dignidad. Haber nacido en el Sagrado Corazón y ser de El Vedado impuso una etiqueta de distinción y elegancia, incluso para los más humildes.

Teresa, una guantanamera que nació en la Loma del Chivo, se impuso, desde muy joven, no regresar a su pueblo natal: “Llegué a este barrio en 1962 –testimonia-, y quedé deslumbrada por El Vedado, uno podía distinguir la personalidad propia que tenía este lugar, tenía su propio glamour, era un lugar donde se respiraba decencia. En aquel entonces, el toque de tambor, la brujería y los sacrificios de animales bajo la ceiba era algo ajeno a este lugar. Hoy esa identidad ha desaparecido y se impuso la cultura de la chancleta y el barracón”.

Con el nuevo contrato social impuesto por la inquisición revolucionaria, las costumbres y la cultura de El Vedado, como estilo de vida propio de las élites habaneras, fue amputada por decreto y sustituida por la cultura de la barbarie.

El Hotel Trotcha, los edificios Govea y Alaska, o la casa jardín de los Loynaz, son algunos de los patrimonios locales perdidos. El edificio Alaska, que pudo ser salvado, fue dinamitado, y hoy ocupa su lugar el parqueo del Comité Provincial del Partido Comunista. Es posible que corra la misma suerte el edificio del Retiro Médico, ubicado en N, entre 23 y 25. Se han perdido salas cinematográficas, como el cine Gris, y plazas culturales, como la Casa de la Cultura Checa.

Según Hilda, una habanera nacida en el barrio de Cayo Hueso, hoy muchas mansiones de El Vedado son ciudadelas: “Recuerdo que aquí no había muchos solares, entre ellos estaba el solar de los Chala, conocido actualmente como Blúmer Caliente, y el solar de Guillermina, donde la familia más conflictiva era la de Silvia, conocida como La Cochina, una blanca de cabellos y ojos oscuros que se fue del país en 1980. Pero se impusieron otros lugares, como La Mierdita, El Sopeña, el Hormiguero y el Pentágono. Se acabó la caballerosidad, el buen gusto y una ética de orgulloso sentimiento por este lugar”.

Lugares vinculados al eco de la buena cocina, como los restaurantes Varsovia, Sofía y El Jardín, así como cafeterías, La Cocinita, El Avioncito, La Piragua, La Fuente y Sol Mar, no existen ya. Otros restaurantes, como Rancho Luna, Los Andes, Vita Nuova, El Cochinito, Centro Vasco, Casa Potin, Las Bulerías, El Castillo de Jagua, La Roca, El Mandarín, Siete Mares, donde ya es muy difícil comer mariscos y pescados, o las pizzerías Cinecittá, Buona Sera y Milán. Todos son lugares grises, abandonados a su suerte.

Los pocos espacios en divisas han cancelado oportunidades para la libre diversión de la gente corriente. El Vedado Tennis, hoy círculo social José Antonio Echevarría, es una jungla en la cual la población flotante libera sus represiones e impone la guapería. El Club Sayonara es un triste almacén de viandas administrado por la Dirección Provincial de Gastronomía del Poder Popular del municipio. También desaparecieron los clubes El Escondite de Hernando y el Club Olokkú, transformado en una piloto para el consumo masivo de cervezas. El feeling se esfumó del Pico Blanco. El hospital infantil Pedro Borrás, y el de maternidad, Clodomira Acosta, esperan por ser dinamitados desde hace más de 20 años.

Mientras El Vedado continúa perdiéndose como el barrio Jardín que fue, se imponen nuevos lugares, como parte de la economía emergente: Dulcilandia, La Farándula y La Moraleja. El paseo de la Avenida de los Presidentes es el santuario de las tribus urbanas (emos, rockeros, mikis y repa). La cultura de parques también se derrumba, el Víctor Hugo (H y 21), o Medina y Menocal son hoy cementerios de animales, por las permanentes ofrendas a la ceiba de los orichas.

Desde hace mucho tiempo, El Vedado dejó de ser ese elegante caballero, intelectual, vestido de blanco con faja azul. De sus tradiciones, que constituían toda una cultura, solo nos queda el erotismo de La Rampa y el romanticismo del Malecón.

Por Juan Antonio Madrazo Luna

H/T: Walfrido Dorta, via InCubadora.

Calle del Obispo
Calle del Obispo

Calle del Obispo, a finales del s XIX. Imagen tomada de AAS stereograph collection.

Me cuenta el poeta y ex-prisionero político Jorge Valls que su padre, Alfredo Valls, era dueño de una pequeña tienda en Obispo y Villegas a la que había puesto el nombre The Quality Shop. Allí vendía confecciones variadas, incluidas camisas para hombre. Dice Valls que, en los cincuentas, su padre sacó a la venta unas camisas confeccionadas en Guanabacoa, de muy buena hechura y excelente calidad que, sin embargo, tuvieron muy poca aceptación entre la clientela. Su padre, apremiado por la necesidad de vender la mercancía, mandó a cambiar las etiquetas, decidiendo que, allí donde decía que las camisas habían sido confeccionadas en Guanabacoa, debía decir Brooklyn. Y, para mayor credibilidad, aumentó el precio de venta. En poco tiempo, concluye Valls, se vendieron todas las camisas.

Figura artesanal usada para adornar vidrieras en los ochentas
Figura artesanal usada para adornar vidrieras en los ochentas

Figura artesanal usada para adornar vidrieras en los ochentas. Regalo de Janet Vega. Colección Cuba Material.

Los textos de Variedades de Galiano, de Reina María Rodríguez (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2008), quieren dar cuenta de las dimensiones afectivas y materiales de la “devastación”: ese proceso implacable de desgaste, desaparición, arruinamiento, agrietamiento de los espacios y de los sujetos. Si prácticamente todo discurso producido en el campo literario insular pasa por la sobredeterminación ideológica de la Revolución como marco, entonces cabe reconocer que la fuerza de señalamiento de Variedades… tiene una potencia desestabilizadora. El ahora de Variedades… está poblado por los fragmentos desvencijados de una comunidad fantasmal de sujetos que apenas se sostienen en su integridad, porque dependen de los restos, las sobras, las menudencias escasas de la realidad. El aquí de estos textos señala unos espacios donde se superponen las imágenes del tiempo de lo ido para siempre –evocado una y otra vez, como mantra que interroga el destino de eso que se perdió, un deseo de saber a qué región se marcharon las “glorias”, el esplendor, las aristas espesas (por variadas), de lo real, frente a la monotonía y la igualdad castrante del presente-, y las terribles evidencias de lo que queda después de una guerra no sucedida­ –otra dimensión fantasmal, pero al mismo tiempo material, que también se subraya, por ejemplo, en La fiesta vigilada, de Antonio José PonteInteresa también a la voz de algunos textos de Variedades… dejar constancia de la dimensión agónica del discurso que quiere ser de la memoria, pero que se encuentra con la imposibilidad de la nostalgia.

Cuando se podría pensar que el Periodo Especial, y sus extensiones estéticas, fueron de alguna manera “agotados” a nivel de representación por la proliferación de textos sometidos a la estética de la decadencia y la precariedad, vienen La fiesta… y Variedades… a proponer otras miradas posibles. El primero, desde sus atrevimientos ideológicos, su voluntad ensayística. El segundo, desde un cuidado de la escritura y una ética de la literatura frente a la ruina, que sobrepasan con creces el tráfico a veces desquiciado de esa otra literatura cubana.

Una pregunta como esta: “¿Sobre qué posibilidad de sentir, confiar y escrutar el corazón de los objetos se arma una cultura?” (RMR) en Variedades…, bien podría haber presidido, por ejemplo, Las comidas profundas de Ponte. Y estas preocupaciones, que son centrales en la obra de Reina María Rodríguez –cuyos textos de una u otra manera remiten casi siempre a la interrogación del acto de escribir en un contexto de precariedad material, de desolación moral, de falta de ataduras a los rituales felices-, podrían verse como la continuación metaliteraria de algunas preguntas de Las comidas…: “Asustada por las sustituciones hechas [recordar las sustituciones del libro de Ponte] cuyo producto final nunca sabré con qué fue compuesto. ¿Hubiera escrito menos? ¿Hubiera escrito mejor?” (RMR)

En Variedades… se reconoce muchas veces un vínculo innegable del poema con lo real. De tal manera que las preguntas a partir de las cuales se constituye el poema, pasan por interrogar justamente ese vínculo. Esta dimensión agónica es central en la poesía de Reina María Rodríguez, y las respuestas o balbuceos (en el sentido de ensayos sin voluntad definitiva) a estas cuestiones, informan su política de escritura. “El poema, al participar de la propia enfermedad y muerte de cada día en uno, aflora y se expande por las rutinas, ‘murumacas’ y ‘abusos de confianza’ que neutralizan aquello que lo saca a flote y lo provoca a cada rato: la realidad” (RMR).

Walfrido Dorta

*  * *

“La feria del parque Fe” (fragmentos)

(…) Estaba sentada otra vez desde mi mesa (mirador del Info) cuando pasó, frente al cristal, la banda de los niños. Todos venían con sus estandartes, la ropa rayada, las polainas de disímiles materiales (a veces separadas en demasía de los zapatos dejando al aire unas medias variopintas). Todos cantaban y la música, los tambores del redoble y la batuta –a pesar de lo arrugados que estaban los trajes y de la profesora gorda que conducía la comitiva y seguro desentonaba también- me impresionaron. Era una orquesta muy pobre aquella y los estandartes rojos y azules estaban zurcidos por los bordes del satén. Pero me alegraron la mañana, como promesa a la carencia de recursos.

“¿Qué pasará este verano? ¿Cómo se aguantará?” –pregunta un joven que está sentado a mi derecha tomándose una cerveza clara, espumosa.

El humo prieto del cerdo se recalienta en las pailas donde hombres y mujeres uniformados de camareros se disponen a vender comida. Es una feria en el parque Fe. El lugar se va matizando con muchos colores. (…) (Estoy buscando un sentido a mi ubicación dentro del tapiz que acabará por tejerse este domingo). (…)

Las botellas de ron: Puerto Príncipe, Mulata y Niño liberadas de sus etiquetas por cientos de manos que las manosean, brillan entre los reflejos del sol mañanero y después sudan como “marimba de alcohol” en los labios secos. Habrá panes de variados tamaños rellenos “con algo” y peces anaranjados saltarán dentro de enormes peceras donde los niños meten los brazos y sacan “sus peleadores”. (…)

“¿Somos esto?” –pregunta el joven a la dependienta que lo atiende indicando los “tacos” rellenos de diferentes materias (con otoño, invierno, nostalgia), todo lo que nos falta, y vuelven a redoblar los tambores de la banda de los niños. (…)

Hacia una esquina opuesta, hay una improvisada barbería-peluquería donde cortan y tiñen las cabezas. (…) esas sillas de tijeras y con otras tijeras más afiladas que las sillas, cortan, tiñen, ondulan, suben o bajan a picotazos, los promontorios de la mente para lograr un cambio. (…)

Pasa otra señora con un caballo plástico (un juguete) que seguro ha comprado barato y parecería que va montada sobre él, como una mujer que sueña feliz con su infancia, pero cuando se detiene: es una bruja. La dependiente que vende frituras de maíz y otras que imitan ser de bacalao, miente con una sonrisa indulgente sobre las diferencias. (…)

Un desfile de modas hecho con pedazos de materiales sobrantes  (soga, cuero, nailon, pedrería, “tostenemos” –grita alguien) se realiza por detrás de la palma, y los muchachos y las muchachas como bellos exponentes del trópico y de la exposición que este día inauguran, sonríen bajo el entalle perfecto de una colección que se llama Vida.

Todo está tan concurrido que no queda espacio para la soledad.

Me muevo como un ciempiés, fisgoneo entre las carolinas. Por algo de todo esto vale la pena entrar hacia tal confusión de estilos, religiones, pieles y maraña de una vegetación sin podar. Por algo de todo esto. Mañana quedarán los restos de comida, las banderitas caídas y los viejos volverán a tomar su lugar (su asilo) permanente bajo los mismos árboles. Mañana la poesía estará estructurada de los huesos de pollos fritos y mollejas que los perros vagabundos hociquean dejando sobras para un después. Olerá a cosas que fueron calientes, ya calcinadas. A los globos de colores que guindan de tronco en tronco (hechos con preservativos teñidos que se habrán reventado) y a las palomitas de maíz que salpican grasa desde las cacerolas de aluminio. (…)

Otro señor vende recogedores de hojalata y, para probarlos, barre las hojas amarillas. Otro, aguacates morados, pulposos, prietos. No faltan las escobas de guano (amargas) como colas de cometas extraviados.

Cuando la prosa también se ha recalentado en su caldero, no queda otro resquicio que girar y, en el vértigo por tanta luz (donde nada se omite), comer las simples palomitas de maíz sin muchos conceptos o justificaciones. Algo se muerde y cruje. Y en los pechos, azabaches prendidos con alfileres de crianderas (rojo y negro) para los malos ojos. (…)

La mayoría, apretujada, grita, corre, vocifera, revienta, y yo escribo, yo escribo, yo escribo… palabras pisoteadas por las sandalias de otras mujeres de corvas venosas, pero flexibles. (…) De pronto, una fuente que estuvo rota por muchos años, salpica a los jugadores de dominó sobre tablas improvisadas. Salpica a los vendedores de comida frita, a los tamaleros, a los maniceros, a los “merolicos” ¡que esperaron toda la vida por el brote de esa dichosa fuente! El agua reciclada purifica las fichas, el cartón, las chapas de metal oxidadas.

(…) Por eso, en la pose definitiva que tomo dentro del tapiz este domingo, extiendo el cuerpo sobre la hierba que arranco con las uñas (pica demasiado) y reclamo un parque que se llame Fe, aunque la fe no exista.

Reina María Rodríguez

Ver también, en Libros del crepúsculo:

Hay en la poesía de Reina María Rodríguez de los 90 tanta conciencia de una escritura producida a fines del siglo XX como impulso de colección de reliquias de un mundo perdido. Celebración y duelo del naufragio de la utopía, que se manifiestan por medio de una extravagante memorabilia: miniaturas de la Atlántida, muñecas egipcias, retratos de Durero, esculturas de Zadkine, tablillas de terracota, polvo verde del Taj Mahal, flores insectívoras, un vidrio de mar en la ventana.
Podría hacerse una lectura de esa poesía como relicario o museo de la resaca de algún paraíso perdido. Una escritura de la memoria que presta más atención a ciertos desechos del pasado que a la cultura material, archivable y refuncionalizable, heredada del antiguo régimen. No sería imposible leer esa poesía como un discurso de sutil cuestionamiento a las narrativas turísticas e ideológicas que se tejieron en torno a aquella Habana, que se presentaba como escenario de la “muerte real de un pasado imaginario”.

Hotel Regina
Hotel Regina

Postal promocional del antiguo Hotel Regina, ubicado en la calle Industria en La Habana.

Penúltimos Días traduce el texto de Cristopher Gray Havana´s New York Accentpublicado en The New York Times:

Incluso en Cuba saben que es cuestión de esperar: esperar a que los Castro salgan del escenario y que Cuba se abra. Cuando los americanos lleguen finalmente en masa, los neoyorkinos se darán cuenta de que hay algo familiar en La Habana, debido a que una sucesión de arquitectos de Nueva York encontró allí un terreno fértil hace un siglo.

A principios del siglo XX, la capital cubana era espectacularmente rica, rica como Newport, con un amplio cuadro de diseñadores locales bien entrenados. En 1902 The Real Estate Record and Guide daba ya alguna idea del sofisticado nivel de la regulación; cornisas, balcones, ornamentos e incluso colores requerían aprobación, y el arquitecto debía presentar un diseño elevado de toda la cuadra para asegurar que la casa era estéticamente agradable.

Uno de los primeros edificios de un arquitecto cubano fue la Catedral Episcopal de Bertrand Goodhue, diseñada en 1905 y arquitectónicamente optimista en la muy católica isla. Goodhue, un maestro reconocido de la arquitectura eclesial, era un firme goticista, pero para La Habana desarrolló un diseño churrigueresco, una versión florida del estilo colonial español. Donde se alzó no está del todo claro, pero ahora ya no está.

La sección más vieja de la ciudad, La Habana Vieja se enfrenta a la Bahía de La Habana con calles estrechas, casi medievales. Pero a principios del siglo XX la sección en torno a las calles Obispo y O´Reilly alojó tantas construcciones bancarias que se le llamó la “pequeña Wall Street.” En 1913 Arthur Lobo, nacido en las Indias Occidentales y educado en Columbia, trabajó en una exuberante fachada neoclásica para la sede del Bank of Nova Scotia en las calles O’Reilly y Cuba. Encajonado en un estrecho cruce, el banco de Lobo rodea la esquina, creando un vestíbulo semicircular de doble altura.

En las calles de O´Reilly y Compostela, los arquitectos Walker & Gillette, famosos por el Edificio Fuller de Madison y la 57, diseñaron una impresionante filial para el New York’s National City Bank. Construido en 1925 con coquina, la roca marcada de conchas, el banco tiene una amplia recepción, con corrientes que le dan un aire de aeropuerto tropical.

En 1919 The New York Times informaba que el ferry Key West-Havana estaba “repleto de americanos que iban a desafiar las oportunidades de la fortuna.” Uno de ellos era el hotelero Joseph Bowman, que en 1924 instaló un anexo de diez plantas a un hotel en el Prado, un boulevard considerado como la Quinta Avenida de La Habana. Schultze & Weaver, los especialistas en hoteles que hicieron el Waldorf-Astoria, dieron al hotel Sevilla-Biltmore un gran comedor en la décima planta, con vistas sobre lo que es ante todo una ciudad de cinco pisos.

Sin embargo, Bowman tenía los codos afilados de un neoyorkino y dejó las paredes laterales de sus estructuras desnudas y tristonas. Los neoyorkinos no se hubieran preocupado pero el descuido provocó irritación en La Habana.

Al sur del centro de la ciudad, en un español barroco la estación de ferrocarril de 1912 tiene grandes torres gemelas, medallones de terracota y una amplia sala de espera. Eso es bueno porque el servicio ferroviario es infrecuente, incluso errático, y las aproximadamente cincuenta personas que vi allí sentadas podrían igualmente haber estado esperando el vapor semanal. Fue diseñado por el elegante crítico/arquitecto Kenneth Murchison, que ejecutó la Terminal Erie-Lackawanna en Hoboken, y varios edificios a lo largo de Nueva York.

El oeste de La Habana Vieja está el Vedado, una zona construida durante las décadas del 10 y el 20 con confortables residencias suburbana. Muchas llegan a lo suntuoso, como la casa de 1914 de los Marqueses de Avilés, en la Calle 17. Diseñada por Carrère & Hastings, el interior es mucho más rico que su comparable Frick Mansion de Nueva York, básicamente en estilo neoclásico francés pero con toques de renacentismo español.

Otra casa cercana, incluso más exuberantes, es la del banquero Pablo González de Mendoza, famosa por su adición en 1918 de una piscina cubierta, para la que se trajo al arquitecto neoyorkino John H. Duncan. Este desarrolló una larga habitación con una piscina central; puertas de estilo francés abiertas a los vientos en tres de los lados bajo un techo atado cubierto de pinturas. Hermes Mallea, el autor de Great Houses of Havana, dice que lo llamaron el “Baño romano de los Mendoza.”

Más al oeste, en la sección de la Playa, Schultze & Weaver crearon una serie de clubes playeros, el más elaborado de los cuales era el imaginativo La Concha, con una simple torre por única decoración, algo como la torre de McKim, Mead & White en el viejo Madison Square Garden de Nueva York.

En conjunto, hay más de dos docenas de edificios de arquitectos neoyorkinos en La Habana. La estructura que los turistas probablemente conocen mejor es el Hotel Nacional de 1930, diseñado por McKim, Mead & White en un terreno alto sobre el Malecón y el Monumento al Maine. Tiene un aire renacentista español, pero en realidad es sólo un gran hotel estándar de la época.

Cerca está una espina afilada clavada en el gobierno cubano, el edificio de la Embajada de los Estados Unidos de 1953, masivo, brutalista. Diseñado por Harrison & Abramovitz, en aquel seguro, ortodoxo modernismo que nunca provoco el despido de nadie. En 1963, después de que Estados Unidos rompiese relaciones con Cuba, Fidel Castro ordenó la confiscación del edificio, pero este sigue en manos americanas, aunque su estatus esté sujeto a peleas ocasionales entre ambos países.

Por el momento se trata de esperar y vigilar, pero cuando Cuba se abra podrá haber de nuevo oportunidades para los diseñadores de Nueva York; el comunismo ha robado a los arquitectos de la isla medio siglo de experiencia.

Traducción: Juan Carlos Castillón.