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esencias de sabores de alimentos

Esencias de sabores de alimentos importados de Checoslovaquia
Esencias de sabores de alimentos importados de Checoslovaquia

Esencias de sabores de alimentos importados de Checoslovaquia. 1980s. Colección Cuba Material.

Cuando era niña, mi abuelo, que antes ya había hecho vino casero, a veces con uvas caletas que recogía en la playa de Jibacoa, heredó de un amigo, psiquiatra del hospital Mazorra donde él también trabajaba, un alambique de cristal. Mi abuelo comenzó entonces a destilar vino, del que obtenía un ron de sabor muy parecido al pisco peruano. Durante la década de los años 1980s fue perfeccionando su pasatiempo, que se convirtió en casi la única fuente de bebidas alcohólicas cuando llegó el Período Especial.

Parte de la mejoría fue posible porque mi tío, que solía viajar con frecuencia a Checoslovaquia, compraba allí esencias de alimentos para, con al aguardiente que mi abuelo obtenía, producir licores y brandies. Mi abuelo guardaba estos estos pequeños frascos, como todo lo relacionado con la producción de ron, como si fueran tesoros. Aún tiene las libretas donde anotaba la cantidad de aguardiente que obtenía de cada botellón de vino y el grado de alcohol que producían.

conjunto de contenedores de alimentos de la República Popular China

Set de contenedores plásticos
Set de contenedores plásticos

Set de contenedores plásticos para alimentos. Hechos en la República Popular China. 1980s. Colección Cuba Material.

En un país en donde las amas de casa acostumbraban a almacenar la comida en envases de alimentos reutilizados como contenedores, a falta de mejores opciones, este set o conjunto de contenedores plásticos de tres tamaños diferentes, fabricados en la República Popular China, representaba todo un lujo y una certeza de la modernidad que el socialismo era capaz de producir y llevar a los espacios domésticos.

A diferencia de otros productos de la industria china destinados a la exportación, cuyos envases e incluso marcas comerciales aparecen glosados en inglés, a los fabricantes de estos contenedores de alimentos no se les ocurrió traducir la información técnica que aparece en la parte inferior, que a continuación reproduzco, en mandarín, por si alguien se anima a traducirla.

Contenedores plásticos para alimentos

Contenedores plásticos para alimentos. Hechos en la República Popular China. 1980s. Colección Cuba Material.

avíos de pesca

Flotadores de pesca Znak
Flotadores de pesca Znak

Flotadores de pesca Znak. Hechos en Checoslovaquia. 1980s. Colección Cuba Material.

Los restos materiales del flujo de personas entre los países miembros del campo socialista y Cuba abarcan todas las esferas de la vida cotidiana. De ello dan cuenta una serie de productos de uso doméstico no suntuario que parecen distinguir estos intercambios de aquellos establecidos con los países del área capitalista. En estos últimos países, los pocos cubanos que tenían la suerte de viajar adquirían principalmente ropa y electrodomésticos. No tenían tiempo ni dinero para comprar otro tipo de artículos menos preciados.

Los técnicos, ingenieros y cuadros políticos cubanos que viajaban a Europa del Este, en cambio, también compraban, siempre que podían, ropa, calzado y electrodomésticos. Sin embargo, en sus maletas venían toda una serie de productos menos suntuarios. Quizás, debido a las mucho más limitadas variedad de la oferta de artículos de ropa y electrodomésticos, su limitada calidad y poca actualización con relación a las últimas tendencias del mercado, y las diferencias de clima. No pudiendo adquirir un buen pitusa Levis, los cubanos gastaban sus pensiones diarias en lo que pudieran conseguir.

Durante sus viajes a Checoslovaquia, mi tío compró avíos de pesca. Entre ellos, unos paquetes de flotadores pequeños, marca Znak, que se vendían por poco más de 4 coronas checas. En sus excursiones de pesquería a la costa del este de La Habana, él y mi abuelo no alcanzaron a utilizarlos todos. Hace poco encontré en su casa uno de estos paquetes sin abrir.

juguetes: granjas y camiones

Juguete Granja
juguete Granja

Juguete Granja, exhibido en la exposición Pioneros: Building Cuba’s Socialista Childhood, curada por Meyken Barreto y María A. Cabrera Arús. 17 de septiembre de 2015 – 1 de octubre de 2015. Arnold and Sheila Aronson Galleries, Sheila C. Johnson Design Center. Parsons School of Design, The New School. New York, NY. Colección Cuba Material.

La granjita era uno de mis juguetes preferidos. Ahora pienso que me gustaba porque me transportaba a un mundo diferente del trópico socialista donde vivía. Uno donde había haciendas y granjeros que tenían tractores, camiones y cosechadoras, animales de corral, estanques y pacas de heno. Y donde vivían en mansiones de dos pisos, bien delimitadas por muros de piedra, de las que sólo conocía por la literatura o la televisión.

La “granjita” me gustaba, además, porque tenía 103 piezas, con las podía entretenerme un largo rato. En mi infancia austera, la granjita fue uno de los mejores juguetes que tuve.

* * *

En Hechos de Hoy: Un camión gallego con volquete, el juguete al que aspiraba todo niño cubano, de Camilo Venegas:

Por estos días, una tres décadas atrás, las tiendas de los pueblos de Cuba se llenaban de juguetes. En su afán por cambiar todas las cosas de lugar, la revolución había removido el Día de Reyes para julio, de manera que coincidiera con la celebración de sus más importantes fechas.
Siguiendo los preceptos del igualitarismo, a cada niño nos correspondían tres juguetes: básico, no básico y dirigido. En el 75 o el 76 (estábamos en 3ro. o 4to. grado), por fin alcancé un camión gallego. Me pasé dos horas mirándolo, sin hacer nada con él.
En el Paradero de Camarones, un camión gallego de volteo -o volquete- era el mejor juguete al que se podía aspirar. El Chiqui tenía uno que llegó a cargar toneladas de fango de la zanja de su casa. Cuando el mío se sumó a las obras, reconstruimos por completo aquella vía fluvial, imprescindible en el desagüe durante los temporales. (…)

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Juguete Granja

Juguete Granja. Foto Geandy Pavón. 2015.

Nota. Una versión anterior de esta entrada se publicó en el 2013.

club nocturno El avioncito

club nocturno El Avioncito
Club El avioncito

Club El avioncito. Vedado. Circa 1977. Imagen tomada de Facebook.

Cuando era niña soñaba con poder al menos asomarme al club El Avioncito. No me dejaban entrar porque, decían mis padres, los menores de edad no podían entrar a ningún centro nocturno y, ya cuando tuve edad para ir a bares, El avioncito había sido desmantelado y retirado del solar entre las calles B y C donde permaneció gran parte de mi infancia.

Durante mi infancia, sin embargo, solía localizar cualquier punto de la geografía de la zona baja del Vedado a partir de su distancia o cercanía con relación a “el avioncito”, aún después de que el club nocturno cerrara y el avión fuera removido del lugar.

Club nocturno El Avioncito. 1975. Foto cortesía de Ramiro Fernández. Colección Ramiro Fernández.

Club nocturno El Avioncito

Club nocturno El Avioncito (al frente, una carroza construida para los carnavales). Imagen tomada del grupo de FB 3ra y A.

Nota: Una versión de este post se publicó originalmente en enero del 2013 en esta misma página.

Estar allí entonces: Recuerdos de Cuba 1969-1983, recuerdos de Gregory Randall

Jabón Jovel.
Jabón Jovel.

Jabón Jovel. 1980s. Colección Cuba Material.

Fragmentos de Estar allí entonces: Recuerdos de Cuba 1969-1983, por Gregory Randall (Edicions Trilce, 2010).

(…) En esa época llegaban a Cuba personas de todas partes del mundo a contribuir solidariamente con la Revolución cubana. Técnicos rusos, de Alemania del este, búlgaros o checos. Compañeros de toda América Latina o de Europa occidental. Ingenieros, agrónomos, matemáticos, biólogos, médicos. Los cubanos decidieron crear una libreta especial para extranjeros. También era una libreta de racionamiento pero daba derecho a algo más que la libreta común. Los cubanos no querían someter a todos esos amigos que dejaban voluntariamente las comodidades de sus países de origen a los mismos sacrificios que estaban asumiendo ellos. Cuando llegamos nos ofrecieron esa «libreta para extranjeros» pero mi madre la rechazó. (…)

(…) Como al resto de los cubanos, y a pesar de los regalos, nos faltaban muchas cosas en la vida diaria, desde jabón hasta comida.

(…) Yo quería mucho tener una pistola de fulminante pero en Cuba en esa época estaba todo racionado. No sólo la comida y la ropa sino también los juguetes. Había un único día en el año en que los niños cubanos tenían derecho a la compra de tres juguetes: uno básico y dos adicionales (el primero se distinguía por un precio mayor). Desde días antes ya se iban llenando las vitrinas y se formaban colas inmensas para conse- guir los primeros lugares para entrar a comprar. A cada quien le tocaba la tienda de su barrio. En cada una había una cantidad limitada de cada juguete. Todos los niños tenían derecho a tres pero no todos eran iguales. Había quizás treinta bicicletas en una tienda dada de modo que uno podía obtener un juguete grande como estaba estipulado pero no necesariamente la deseada bicicleta. Ser el primero en la fila era importante para poder escoger. A lo largo de los años inventaron todo tipo de métodos para evitar esos problemas: probaron otorgar los números alfabéticamente, aleatoriamente o por teléfono, pero siempre fue difícil conciliar escasez con justicia.

(…) En ese tiempo el modelo ideal de las escuelas cubanas eran los internados (que llamábamos «becas»): los niños vivíamos en ellos de lunes a viernes y nos íbamos a casa el viernes de noche para pasar el fin de semana con la familia. En la beca nos repartían libretas y lápices y teníamos acceso a los libros necesarios. Nos daban comida y vestimenta gratis —el uniforme y «ropa de trabajo», incluyendo zapatos— y recibíamos una educación que se iba construyendo con la mejor intención del mundo y con los recursos que había. Muchos niños cubanos estaban «becados», especialmente aquellos que venían de familias más humildes o de zonas de difícil acceso. Esas escuelas eran un espacio colectivo donde se pretendía ir formando el «hombre nuevo» sin el cual no parecía tener futuro la Revolución. Las becas también permitían que los padres «hicieran la Revolución y el amor» mientras el Estado se ocupaba de los niños.

(…) Durante ese año todo el país tensaba sus fuerzas para «la zafra de los 10 millones», la economía estaba en ruinas y no había casi nada en las bodegas pero en las becas cada niño tenía comida, ropa y útiles escolares asegurados. Allí teníamos deporte y estudio, atención dental y médica, cine, ajedrez y ping-pong.

Pronto los cubanos (con esa autocrítica constante que los caracte- riza) se dieron cuenta de que era muy duro para un niño de diez años separarse de la familia tanto tiempo.

(…) Nuestro hogar era ahora muy distinto del que habíamos dejado en México. Ya no había sirvientas que se ocuparan de nuestras cosas y muchas comodidades materiales habían desaparecido de nuestras vidas aunque nuestro apartamento era amplio y estaba en un barrio bello y céntrico. No había agua salvo una hora al día durante la cual llenábamos frenéticamente todo recipiente existente incluyendo la tina de un baño que había quedado destinada a ese fin. El agua debía servir hasta el día siguiente. Los apagones eran frecuentes y ya estábamos habituados a bañarnos con agua fría.

Mis padres habían establecido ciertas reglas en casa. El trabajo doméstico estaba repartido de manera muy estricta e igualitaria. Cuando llegaba de la beca debía lavar mi ropa a mano pues no existía la lavadora. Mis hermanas también lavaban su ropa. Lavar los platos, limpiar la casa, todo estaba repartido de manera que el trabajo doméstico fue- ra colectivamente asumido. Me acostumbré rápidamente a ese nuevo régimen que parecía desprenderse naturalmente de la empresa en que estábamos todos: construir la nueva sociedad con nuestras propias manos. Miro hacia atrás y a veces me doy pena lavando esas sábanas gigantes con nueve o diez años. De vez en cuando mi madre o Robert nos daban la sorpresa de lavar algo de nuestra ropa y ese era como un regalo especial.

(…) Cada apartamento ocupaba un piso entero. El nuestro era el noveno. En el décimo piso vivían Ambrosio Fornet y su familia. Sus hijos tenían edades similares a las nuestras y poseían un tesoro: la colección completa de las historietas de Tintín. También me hice muy amigo de los hijos de Tomás y Alicia, los vecinos del cuarto piso. Él era arquitecto y ella ama de casa. Con ellos fui varias veces de vacaciones a la playa.

En el segundo piso vivían Mercy y Roberto con dos hijas. Él era periodista y ella economista, ambos militantes revolucionarios de muchos años. Trabajaban en el Centro de Estudios sobre América anexo al Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC). Eran inteligentes y sofisticados y formaban parte del grupo de profesionales que contribuía a pensar la línea del Partido. Ella había estado casada con Juan Carretero, uno de los contactos entre el Che y la isla durante la guerrilla en Bolivia. Junto a él, Mercy estuvo vinculada al apoyo que Cuba brindaba al movimiento revolucionario latinoamericano y que se canalizaba a través del Departamento de América del Comité Central del PCC. En esas vueltas había estado también en Chile durante el pe- ríodo de la Unidad Popular.

(…) Miles de personas huyeron de Cuba al triunfo de la Revolución y sus propiedades fueron expropiadas y otorgadas a los que se habían quedado. Muchas de esas viviendas se convirtieron en oficinas públicas. Otras se convirtieron en las becas de Miramar donde estuvimos los primeros años. Otras fueron entregadas a los centros de trabajo para que vivieran allí sus empleados. Así fue como llegamos a ese apartamento. Como toda familia cubana después de la Ley de Reforma Urbana aprobada al principio de la Revolución, pagábamos por concepto de alquiler el 10% del principal ingreso familiar. Cuando Robert se fue y el apartamento quedó a nombre de mi madre, pasamos a pagar 21 pesos por mes de alquiler, pues su salario era de 210 pesos.

Años después fue aprobada una ley que otorgaba esas viviendas en propiedad a los inquilinos que hubieran pagado durante veinte años. Así es como miles y miles de viviendas cubanas tienen ahora legalmente varios dueños: aquellos que se fueron del país y que seguramente esperan algún día tomar posesión nuevamente de esos bienes y los que se han quedado viviendo allí, pagando su mensualidad y finalmente adquiriendo los títulos de propiedad. Mi hermana Sarah siguió allí. Luego de cumplir veinte años en esa vivienda pagando la mensualidad correspondiente —y aprovechando las regalías que le pagaron los cubanos a mi abuela por traducir a José Martí al inglés— se acogió a esa ley y ese apartamento pasó a ser propiedad de la familia a fines de los años ochenta.

A veces tocaba la puerta de nuestra casa un muchacho mal vestido y sucio. Un auténtico loco. Se decía que había sido habitante de nuestro apartamento. En ocasiones le abríamos la puerta y le hablábamos, pero cuando podíamos lo evitábamos. Nunca supe realmente quién era pero me daba la impresión de ser un fantasma del pasado. ¿Sería realmente el hijo de los antiguos dueños? ¿Y quiénes serían los antiguos dueños? ¿Quizás gente que se fue del país al principio de la Revolución y su casa fue expropiada? Pero en ese caso ¿por qué el hijo no se había ido con ellos? Los locos son mensajeros extraños.

(…) Cuando estaba terminando la primaria me enteré de que existía una escuela «vocacional» llamada Vento. Era algo así como una escuela con mayor rigor académico a la que se accedía por expediente y donde se suponía que los niños podían desarrollar mejor sus respectivas vocaciones. La entrada era muy selectiva: había un número pequeño de lugares por región y se concursaba según las calificaciones de primaria para lograr el ingreso. Sarah, que entró un par de años después, fue la única que lo logró en su escuela. Conseguí entrar allí. Era el primer año de mi educación secundaria y seguía becado. Esta escuela estaba también en casas recuperadas como las de mi beca anterior, pero en la zona de Marianao.

Había algunos cambios en la vida cotidiana. Ahora teníamos varios profesores en vez de un maestro y el trabajo manual se convertía en una actividad cotidiana. Me tocó trabajar produciendo artículos deportivos. Ese año hice redes de baloncesto y pelotas de béisbol. Las redes las tejíamos con una cuerda gruesa enrollada en una agujeta que utilizábamos con habilidad para hacer los nudos. En los ratos libres intercambiábamos con algún amigo un nuevo punto de macramé. Las pelotas de béisbol tenían un corazón de trapo que apretábamos con fuerza entre nuestras pequeñas manos mientras enrollábamos una cuerda fina en todas direcciones. Un molde y un martillo de madera nos permitían darle una forma lo más esférica posible antes de coser algo parecido a una piel que las cubría.

(…) Ese año estuvimos en Vento mientras se construía nuestra futura escuela: la escuela Lenin, que sería el buque insignia de la educación cubana. Fue equipada por la URSS que donó laboratorios y mobiliario. En realidad era una verdadera ciudad escolar para 4.500 alumnos, todos becados. Había además cientos de profesores y funcionarios, muchos de los cuales también dormían allí. Estaba formada por nu- merosos edificios dedicados a dormitorios y un conjunto de instala- ciones deportivas y culturales impresionante: decenas de laboratorios de física, química, biología e idiomas; salas acústicamente acondicionadas para el aprendizaje de la música, dos piscinas olímpicas de 50 metros, un tanque de clavados, terrenos de baloncesto y vóleibol, can- chas de béisbol y de tenis, pista de atletismo, tres museos, varias salas de teatro, un gimnasio formidable. La escuela estaba ubicada cerca del nuevo jardín botánico que incluía zonas con plantas típicas de los distintos continentes y cerca también del Parque Lenin formado por 50 hectáreas de pasto ondulado con restaurantes, juegos infantiles, palmeras y bambú y que se iba convirtiendo en uno de los lugares de esparcimiento preferido de los habaneros.

La escuela Lenin incluía a estudiantes desde séptimo hasta terminar la educación media. En ella funcionaban decenas de círculos de interés: desde espeleología hasta astronomía, pasando por química o televisión. Cada círculo de interés poseía equipamiento para que los niños pudieran aprender experimentando. Los que estábamos intere- sados en periodismo teníamos nuestro propio periódico, el Juventud de Acero, que escribíamos, editábamos y publicábamos nosotros mismos. Los muchachos de vela tenían acceso a un velero para navegar en él y los de espeleología tenían el equipamiento necesario y salían en expedición a explorar cavernas.

Para cumplir el principio de la combinación del estudio y el trabajo la escuela contaba con varias facilidades: estaba rodeada de campos sembrados con cítricos, papa, tomates y otras hortalizas que eran cul- tivados y cosechados por los alumnos. El producto de esas huertas formaba parte de nuestra dieta. Se levantaba también una verdadera zona industrial al lado de la escuela donde los alumnos producíamos pilas, radios, centrales telefónicas y las primeras computadoras cuba- nas, las llamadas CID-201-B.

(…) La Lenin funcionaba como una escuela de elite que formaba a la futura clase dirigente del país. La escuela era una mezcla extraña. Por un lado excelentes instalaciones materiales y seguramente la mejor educación a la que se podía aspirar en ese momento en Cuba. Por otro lado un sentimiento de pertenecer a una elite. A la escuela se entraba por expediente donde lo determinante eran las notas aunque estaba claro que no era ese el único mecanismo de ingreso. La concentración de autos durante las reuniones de padres indicaba la cantidad de hijos de jerarcas y profesionales. Seguramente algunos entraban por «palanca» (es decir por el favor de alguien con poder) o quizás era el efecto natural del bagaje cultural que se transmite a los hijos. Había chicos de origen humilde que venían en ocasiones del interior del país y había también unos cuantos «hijitos de papá», que a veces eran los más abusivos e impunes.

(…) Recuerdo la discusión sobre el uniforme escolar, que prácticamente fue diseñado tomando en cuenta la opinión de los chicos que íbamos a usarlo. Se discutía desde el color y el tipo de tela hasta el corte de la ropa. Las niñas exigieron que las faldas tuvieran un cierto largo, no recuerdo si arriba o abajo de la rodilla, y así se hizo. Pero luego cambió la moda y los nuevos uniformes ya estaban siendo distribuidos. No era sencillo conciliar la moda con la democracia participativa en un contexto de escasez.

(…) Las diferencias eran grandes entre esa escuela y la Escuela Lenin que había dejado. Los dormitorios eran similares pero acá no había círculos de interés, museos o piscinas. Al mismo tiempo comparaba ese ambiente con el que había dejado en la Lenin y me parecía que en Río Seco II los muchachos eran más brutales pero en cierto sentido más sinceros. Había códigos de conducta un tanto primitivos pero allí un «amigo era un amigo» y no sentía los dobleces y mezquindades de los «niñitos bien» que había dejado en mi anterior escuela. Había dos grandes bandas: la de los que estaban estudiando para profesorado de inglés eran en su mayoría «pepillos». Estos eran admiradores de la cultura norteamericana, escuchaban rock, vestían con jeans e intentaban copiar el estilo de los jóvenes norteamericanos. Se sentían sofisticados y algunos de ellos hablaban abiertamente de «irse para la Yuma» (o sea para Estados Unidos) como de un sueño. Los que estudiaban para ser profesores de Historia eran en su mayoría «guapos»: cuidaban con esmero la limpieza de sus zapatos blancos y planchaban con almidón sus ropas (o más bien las lavaban con jugo de arroz y las ponían abajo del colchón que era lo que teníamos como sucedáneo).

(…) En una de esas visitas los empleados de un centro de trabajo le plantearon a Fidel el problema de la vivienda. Uno de ellos propuso una solución. La idea era simple: cada centro de trabajo seleccionaría un grupo de personas que construiría un edificio de apartamentos destinados a todos los empleados de ese centro. Mientras unos construyeran el resto los supliría en sus tareas normales de modo que todos harían un esfuerzo suplementario. El Estado pondría la dirección técnica y los materiales. Así se hizo y el que propuso la idea quedó encargado de ponerla en práctica. Se formaron miles de «micro- brigadas», cada una formada por 25 personas. De ellas sólo 19 se dedicaban a construir su edificio, los otros 6 se incorporaban a brigadas que construían las obras de interés común de los barrios que así iban surgiendo: calles, círculos infantiles, supermercados, escuelas.

La gente sentía claramente que ese edificio era de ellos y eso se expresaba de manera muy clara: iban a trabajar allí los fines de semana, en las noches, a toda hora. Cuanto antes se terminara el edificio antes podrían ocuparlo. Los apartamentos terminados eran repartidos en una asamblea y otorgados a aquellos que más habían aportado al esfuerzo colectivo y que más necesidades tenían. Los beneficiados pagaban 5% de su salario durante veinte años y luego el apartamento era de ellos en propiedad.

(…) El modelo se propagó por todo el país en medio de un gran entusiasmo. Un día los microbrigadistas decidieron en asamblea aumentar su jornada laboral a 10 horas diarias sin aumento de salario como una contribución más a la Revolución. Para significarlo decidieron pintarse en el casco blanco la estrella tupamara de 5 puntas con la T en el me- dio que identificaba al admirado Movimiento de Liberación Nacional- Tupamaros (MLN-T) del Uruguay. No sé qué habría pensado un obrero uruguayo si le decían que en Cuba ser Tupamaro era trabajar 10 ho- ras diarias cobrando el salario de 8. Era una fiebre constructiva. Por doquier se veían los cascos blancos con la estrella tupamara. Y fueron surgiendo por todos lados los barrios de microbrigadas. Eran barrios de viviendas humildes pero hechas con amor.

(…) Un juego de sofás viejos pero acogedores llenaba la sala. En seguida estaba el comedor con una gran mesa de madera y luego la cocina, amplia y funcional.

(…) En un clóset guardaba mis más preciados tesoros: un anillo construido con el fuselaje de un avión yan- qui derribado por los vietnamitas que mi madre me trajo de su viaje a Vietnam; varios restos arqueológicos que me regaló Laurette; la pistola de juguete que me regaló Roque; el feto humano en su frasco de formol que me regaló aquella doctora con quien vi la autopsia en Pinar del Río; un manuscrito de poemas que dejó conmigo un compañero boliviano antes de irse a su patria a luchar. Las paredes se fueron cubriendo de fotos de personas que admiraba: Miguel Enríquez, Fidel, el Che, George Jackson, Albert Einstein y fotos de mujeres que había amado.

(…) Para regresar a La Habana esa vez nos tomamos el «tren rápido». Esa era una de las grandes obras de infraestructura que transformaba el país: una carretera de 8 vías que debía atravesar la isla entera pero que llegaba por el momento hasta Las Villas, un tendido de cable coaxial que debía permitir el tráfico de datos y el famoso tren rápido que se decía que hacía el trayecto Holguín-La Habana en sólo 8 horas. Así es que subimos a ese tren con la intención de llegar en poco tiempo. Pero el viaje duró en realidad 24 horas. El tren avanzaba largos trechos a paso de tortuga o paraba por razones inexplicables. Lo más increíble que nos pasó fue cuando sentimos que el tren paraba en seco en medio de un cañaveral. Los pasajeros nos asomamos curiosos y nos encontramos en medio de un océano verde. La caña de azúcar ondeaba al viento en todas direcciones hasta perderse de vista. Atónitos observamos que la locomotora desenganchaba y se iba. Allí quedamos unos cuantos vagones por un par de horas en medio de la inmensidad verde. No hubo ninguna explicación. Un rato después la locomotora volvió, enganchó los vagones y seguimos viaje. La explicación más natural que nos dimos todos era que el maquinista había ido a visitar a una novia que tenía por allí.

(…) Durante los años que viví en Cuba el transporte siempre fue un problema. Era común que las muchachas hicieran dedo y muchas conseguían aventones. Nosotros quedábamos esperando mientras las veíamos alejarse en el auto que las había recogido. Era necesario salir muy temprano de casa para no llegar tarde a clases.

(…) Como parte del esfuerzo por desarrollar la electrónica, los cubanos habían decidido en los años setenta construir computadoras en Cuba y a pesar del bloqueo se las arreglaron para llevar a Cuba una PDP11, la popular computadora de Digital. Esa máquina fue «fusilada» como se decía entonces. La copiaron detalle a detalle y empezó la producción en serie de lo que se llamó «la primera computadora cubana». La llamaron CID-201-B, era una copia fiel de la PDP11. Esa máquina estaba construida con la tecnología de la época, previa a la aparición de los microprocesadores.

(…) Los productos de primera necesidad estaban garantizados y poco a poco iba avanzando la «frontera del lujo». Algún producto antes inexistente aparecía al principio en pequeñas cantidades y era repartido a aquellos compañeros que la asamblea del centro de trabajo seleccionaba como los mejores o más necesitados. Poco después llegaban a las tiendas productos suficientes y entonces ese artículo «se liberaba», es decir que ya todos podían comprarlo. Recuerdo cuando aparecieron los relojes de pulsera. Fui con mi padre a verlos en las vitrinas de una tienda. Un año después serían ya algo banal pero entonces todavía parecían un producto raro y codiciado. Lo mismo pasó con los televisores y las radios portátiles y con productos casi imprescindibles en el calor cubano como las heladeras y los ventiladores.

(…) Una vez fui a Nueva York y un amigo me pidió un favor. Sus padres se habían ido hacía años a Estados Unidos y él no respondía sus cartas. Cuando supo que iba a Nueva York me entregó una nota para su madre y me pidió que la buscara. Eso hice. Fuimos Robert y yo a verla. Me parecía que hacía una obra grande ¿quizás llevaba un mensaje de amor? La mujer vivía en un apartamento humilde en Brooklyn. Me recibió muy emocionada junto a un pariente. Leyó para sí la carta de su hijo. Era quizás la primera carta en muchos años. Nosotros esperábamos en silencio sentados en su pequeña sala. En esa carta mi amigo le pedía que le comprara un reloj Rolex de oro que yo debía llevar a Cuba. La mujer y el hombre se miraron y casi sin darse cuenta de nuestra presencia empezaron a imaginar qué hacer. No pusieron en duda la necesidad de responder positivamente al pedido. Deberían pedir dinero prestado a varios parientes pero lo harían a como diera lugar. Unos días después me entregaron ese reloj que llevé puesto cuando volví a Cuba. La señora me suplicó que le diera a su hijo un mensaje extraño. Debía explicarle que si aprendía inglés ella le enviaría un colchón de regalo. Los años de aislamiento mutuo crearon percepciones absurdamente distorsionadas sobre el otro. La pequeñez humana hizo lo suyo. Ese amigo no respondía las cartas de su madre y ahora le pedía un Rolex de oro y esa señora obsesionada con que su hijo aprendiera inglés le mostraba desde lejos un colchón como señuelo. Cada vez que volvíamos a Cuba, los amigos y conocidos esperaban que les trajéramos algún presente «del otro lado», podía ser un bolígrafo o una tontería cualquiera. Siempre veníamos cargados de muchos regalitos de ese tipo.

Una extraña combinación de circunstancias iba desarrollando en muchos cubanos de la isla un cierto orgullo chovinista por su participación en esa Revolución y a la vez una especie de obsesión con algunos bienes materiales que no tenían al alcance de la mano. Un pantalón vaquero o un reloj de marca, un par de tenis o un bolígrafo, cualquier objeto de ese tipo adquiría un valor desmesurado. A la vez el aislamiento del mundo exterior y la vida «protegida» por un Estado paternalista iban generando una incapacidad profunda para entender ciertas cosas. Un cubano medio suponía que «afuera» era prácticamente gratis obtener muchos bienes materiales y estimaba natural que quien saliera les trajera esas «bobadas» de regalo.

(…) Adela me contó su historia. A lo largo de esos años estuvieron en varios países trabajando y desde hacía un tiempo estaban de nuevo en Cuba. Juan era militante del Partido y dirigente de una empresa. Ha- bía aceptado coimas. En algún momento el Partido decidió hacer una gran campaña contra la corrupción y como correspondía a la tradición cubana castigó con especial dureza a los dirigentes. Juan había sido condenado a seis años de cárcel de los cuales ya llevaba uno cumplido en condiciones muy duras. Estaba junto a otros presos comunes en dormitorios colectivos, trabajando en el campo y con comida escasa y pésima. Adela casi lloraba cuando me contaba que Juan pesaba sólo 50 kilos y que no era justo que estuviera allí. Estaba entre asesinos arriesgando la vida cada día. «Ahora está enfermo y lo tienen internado en el Hospital Fajardo, acá cerca», me dijo.

toallero expandible

toallero expandible
Toallero. 1980s. Foto 2014. Vedado.

Toallero. 1980s. Foto 2014. Vedado. Colección Cuba Material.

Antes de que desapareciera la URSS, el discurso oficial del estado cubano repetía que el país marchaba hacia el progreso y la modernización, y algunos bienes de consumo debieron convencer al pueblo de la veracidad de tal pronunciamiento. Los toalleros expandibles anunciaban una industria mucho más adelantada que la nuestra en detalles tan simples como el acabado industrial o la cobertura de cada uno de los delgados travesaños con un material plástico para evitar la corrosión. También solucionaban parcialmente los problemas de espacio y funcionalidad de los baños causados por el incremento del tamaño de los núcleos familiares, hinchados para acomodar familias de tres generaciones y más de una decena de miembros en viviendas construidas para familias nucleares.

Período Especial, video

 

 

Período Especial fue filmado y producido por Ed Evans, quien visitó la isla en 1993 y estuvo allí dos semanas, con una delegación norteamericana. Todavía circulaban las guaguas Icarus, las farmacias no se habían vaciado del todo, alguna carne y ropa se podía adquirir con los cupones de racionamiento, las pizarras de las aulas tenían casi intacta su pintura verde, y circulaban más automóviles que ahora.

H/T: InCubadora

navidades, consumo, nacionalismo y revolución

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Navidades de 1961. Imagen tomada del muro de FB de EtnoCuba.

Navidades de 1961. Imagen tomada del muro de FB de EthnoCuba.

En Louis A. Pérez. 1999. On Becoming Cuban: Identity, Nationality, and Culture. NC: University of North Carolina Press:

Artist María Luisa Ríos criticized the reproduction of northern scenes as the representation of Christmas. “We Cuban painters do not have need to seek inspiration in foreign motives to create nativity scenes,” asserted Ríos. “In Cuba there exist untapped motives waiting for the magic of lines and color to shape them on the canvas.” (p. 474)

Holidays were transformed. The celebration of Thanksgiving was suspended. Christmas changed. New emphasis was given to the celebration of a “Cuban Christmas,” which signified the revival of Spanish traditions and the consumption of Cuban products. Fifty years earlier, the means of expressing Cuban involved replacing Spanish customs with North American ones. In 1959 the affirmation of Cuban implied rejection of North American practices for Spanish ones. Merchants, retailers, and advertisers were exhorted to emphasize Kings Day (January 6) as more consistent with Cuban customs. . . .  Carpentier called for te rejection of Santa Claus and the Christmas tree as practices “alien to our traditions.” Roberto Fernandez Retamar agreed . . . The time had come to banish Santa Claus –“difficult to pronounce”– from the “Cuban Christmas” and restore the three wise men. (p. 485)

On the occasions where Santa Claus did appear, his beard was often colored black to resemble a barbudo. The Ministry of Commerce discouraged merchants from importing Christmas trees, Christmas decorations, candies, and other merchandise associated with “traditions foreign to the nation.” The only exception to the ban on foreign imports was the Spanish candy turrón , which was permitted, as it formed part of the “true Spanish-Cuban traditions.” (p. 486)

En Llilian Guerra. 2012. Visions of Power in Cuba: Revolution, Redemption, and Resistance, 1959-1971. Chapel Hill: University of North Carolina Press:

Cuba’s National Institute of Culture, headed by former Ortodoxo Party stalwart Dr. Vicentina Antuña, developed plans to “cubanize” Christmas through politically engaged, commercial means. Cubans had made a “consumerist” not a “communist” Revolution, Antuña’s plan appeared to say. Given Cuba’s international context, expressing Christmas joy itself could be considered revolutionary. With this in mind, INRA’s paid advertisements promoted decorative ideas that deliberately politicized the serving of eggs and chicken (which Beef-loving Cubans apparently disdained for not being real “meat”). Now produced by state-managed cooperatives, displaying these products at holiday meals nt only showed one’s revolutionary stripes but also ensured that state ownership would succeed. In nationalizing their tastes, most Cubans needed little encouragement. In December 1959, Cuban families uncorked bottles of Cuban wines rather than imported varieties for the first time in living memory, while poor neighborhoods took up special collections to buy outdoor Christmas decorations to adorn their blocks.

An additional dimension of the National Institute of Culture’s cubanization of Christmas campaign included the publication of Cuba’s first truly national cookbook. Once again, if buying Cuban and giving Cuban made you more Cuba and therefore, more revolutionary, so did eating Cuban. Featuring recipes from all regions, the book was meant for women in the capital who rarely ventured into the campo and therefore had never discovered its culinary delights. Symbolic of their peasant origins, featured recipes in the book had delightfully ironic names, such as three styles of making the desert matahambre (hunger-killer) (two of which are labeled “traditional”), another recipe called matarrabia (rage-killer) as well as a Caibarién fisherman’s favorite dish, salsa de perro (sauce of a dog). Thus, Recetas Cubanas not only represented the national integration and embrace of the campo into the culture, identity, and kitchens of urban Cubans but also demonstrated how the socioeconomic injustices of the past had deprived affluent habaneros of the beauty of rural culture and its rustic customs.

Maximun expression of revolutionary consumerism could be found in the government campaign to influence the nature of holiday gift shopping. As one reporter put it, “The idea of fusing universal celebration of the birth of Christ with cubanía [is] certainly very patriotic.” In November 1959, officials announced a fair to exhibit different gift ideas for Christmas that would be held at Havana’s prestigious Museo de Bellas Artes on El Prado. Although a few foreign-named franchises like Sears and Escarpines Gold Seal were included, organizers focused on soliciting donations of items for a “Cuban Christmas” from all of the capital’s locally owned department stores and they also contacted Cuban-owned manufacturers such as Muñecas Lili, Camisetas Perro, and Bacardí’s Hatuey beer division. All items displayed had to be Cuban-made.

Not originally intended to solicit individual donations, the campaign nonetheless inspired citizens to donate their own handicrafts to the fair. After all, what could be more “Cuban” than a gift not made by a machine but by a real life Cuban? Organizers seemed to agree. (p. 97)

En Cubadebatepor Antonio Núñez Jiménez (tomado de En marcha con Fidel):

Muy lejos de Soplillar, un automóvil sale de la Capital. En él viaja Fidel Castro, Primer Ministro del Gobierno Revolucionario. Atravesamos ciudades y pueblos, todos igualmente engalanados con cubanísimas pencas de palmas reales, las casas con bandera y a lo largo de las calles, una profusión de guirnaldas de colores, adornos navideños. Al paso de Fidel, la gente le extiende su saludo emocionado. Todos quieren estrechar su mano, expresarle su apoyo a la Revolución. Son las primeras Navidades libres de Cuba.

En Cubadebate, del mismo texto: La Nochebuena de Fidel con los carboneros:

. . . Es el día de Nochebuena y hay que preparar la cena y traer las cosas de la bodega. Ademas, Rogelio debe pedir la liquidación a la Cooperativa. Quiere comprarales ropa a los muchachos y a Pilar “para que deje de ponerse ese ripio punzó”.

Juntos abandonan la finca Santa Teresa, antiguo latifundio, ahora propiedad del pueblo carbonero. Atraviesan un trillo hasta el campo de aterrizaje, obra construida por el INRA y, siguen la amplia calzada del aeródromo.Llegan a Soplillar. Pasan la escuelita remozada, pintada de verde claro; las casas de madera, adornadas con papelitos de colores, indican la alegría reinante.

Rogelio y Carlos se abren paso hasta el mostrador de la Tienda del Pueblo para cobrar el dinero que la Cooperativa les adeuda y comprar los víveres de la Nochebuena Carmelo Hernández, el administrador, le extiende a Carlos un cheque. No lo cambie, paga con lo que le ha quedado de meses anteriores y comenta que antes el cobro de los carboneros sólo servía para pagar lo consumido y abonar los abusivos intereses. La lista de precios que cuelga de la pared es elocuente: al aumentar los jornales del carbonero casi al doble y reducirse el costo de la vida, el nivel económico en la ciénaga se eleva en pocos meses.

Una hora después de su entrada en la Tienda del Pueblo, Rogelio y Carlos, con sendos sacos repletos de víveres, turrones y otros dulces para sus hijos, regresan a sus hogares.

. . .

-¡Que diferencia! Hace un año los amarillos vinieron a llevarme la lechona y me mataron a un sobrino que todavía nadie sabe donde lo enterraron. Señores, ¡esto ha vuelto a nacer!.

. . .

-Cuando ustedes luchaban en las montañas, para serles franco, no creía que esta Revolución iba ser tan pura. ¡Eran tantas las decepciones del pasado! Yo conozco como nadie la ciénaga y ahorita no se va a conocer. En Soplillar ya hay ciento cuarenta y ocho cooperativas, en Buenaventura ciento noventa y en Pálpite pasan de ochenta. Y a eso, súmele las carreteras, las playas, las Tiendas del Pueblo.

Antes de las doce de la noche ya todos estamos sentados frente a una mesa de rústicas tablas donde se coloca el lechón asado, una fuente de yuca, la ensalada de lechuga y rábanos y el arroz blanco. El vino es de frutas cubanas y los turrones comprador en la Tienda del Pueblo han sido producidos en el país.

Texto tomado por Cubadebate de Núñez Jiménez, Antonio (1982). En marcha con Fidel. Habana: Letras Cubanas.

Penúltimos Días: Dos “riflexiones” de Héctor Zumbado

Vaso soviético irrompible
Vaso soviético irrompible

Vaso soviético irrompible comercializado en Cuba en los 80s. Colección Cuba Material.

En Penúltimos Días:

Dos “riflexiones” de Héctor Zumbado

La cuchara

Hoy hablaremos de la cuchara. Los datos que tenemos a mano dicen así, textualmente:

“Cuchara viene del latín cloclea, que quiere decir concha. Es un instrumento que se compone de una palita cóncava y un mango y que sirve para tomar la comida y llevar al interior de la boca sustancias líquidas, caldosas, blandas, etcétera.
”La forma ha variado muy poco desde los principios de la civilización. De los tiempos prehistóricos se encontraron ya en los palafitos suizos algunas escudillas de madera, con mango, que pueden ser consideradas como cucharas. También se hallaron en el período neolítico cucharas de barro, con mango corto, a veces arqueadas o con mango largo y puntiagudo. De esta misma forma se descubrieron cucharas en la ciudad de Troya y en Chipre, procedentes de la edad de bronce.
”En la Antigüedad clásica se hicieron cucharas de piedra, de madera, de hueso, de marfil, de toda clase de metales y hasta de cristal. Sus dimensiones variaban según los usos y las había tan pequeñas como las que se usan hoy para tomar la sal del salero.
”En Egipto se encontraron cucharas con mango de forma muy variada. En Tebas se encontró una cuchara de madera que por su ornamentación recuerda un loto. En Cícico se hallaron dos cucharas con el mango en forma de pie de ciervo; otra, que se guarda en el Museo británico, tiene un mango con un delfín enroscado a una rama.
”En la Edad Media las cucharas de madera eran preferiblemente de boj, por su dureza, y de enebro, por su buen olor. Desde el siglo XIV se hicieron cucharas portátiles con mango plegable.
”La Iglesia empleó cucharas con un agujero para purificar el vino destinado a la consagración.
”Existen cucharas para grajeas, para limonadas, sopas, frutas en almíbar, café, compotas, helados, etcétera.
”Hay cucharas, cucharillas, cucharitas y cucharones…”

Hasta ahí los datos, que parecen demostrar dos cosas: primero, que la cuchara es tan vieja como la sopa de ajo; y segundo: que no hay una sola cuchara, sino varias.
En fin, todo esto que ha parecido una densa y espesa conferencia sobre la cuchara, tiene cierta vinculación con un incidente que experimentó hace poco un amigo mío, arqueólogo e historiador por más señas.
Cuenta que estaba disfrutando de sus vacaciones en Guanabo, en trusa, las canillas al aire, la brisa del mar, las refrescantes olitas, el aceite bronceador, la blanca arena, el ardiente sol, los kicos plásticos, la grata compañía, en fin, el vacilón de las vacaciones.
Me dice que a media mañana sintió, de pronto, el urgente deseo de tomarse un yogurt. Que fue hasta una cafetería; que pidió el yogurt; que le dieron uno delicioso, de sabor de fresa, cremoso y rosado, helado y apetitoso. Lindo yogurt.
Dice que el pomito aquel, refrescante, cremoso y sabrosón, estaba casi congelado. Que al llevarlo a la boca no pasó nada, el yogurt no salía. Que abrió de nuevo la boca, esta vez con la cabeza echada hacia atrás, los ojos mirando al cielo, el pomo vertical y nada. Que sacudió el pomo; que le dio por abajo con la palma de la mano; que lo golpeó por los costados; y nada.
Relata que se sentía salivando como los perros de Pavlov ante la señal rosada y refrescante del yogurt. Estaba ansioso y desesperado, frustrado y al borde de la histeria.
Y entonces (porque el hombre se crece ante las situaciones difíciles) pidió una cuchara.

–– ¿Una cuchara? –respondió la dependiente, perpleja ante el insólito pedido y como herida en su sensibilidad– ¿para qué tú quieres una cuchara mi’jito, si el yogurt se toma directo?

–— Porque no sale –dijo él, sacudiendo el pomo bocabajo, en demostración fehaciente de la categoría filosófica de lo objetivo.

Y le trajeron una cuchara, la cual se negó rotundamente a entrar en el pomo porque el ancho de la misma era mayor que el diámetro del mismo. Entonces, cometió un grave error. Pidió otra cuchara.

–– ¡Otra cuchara! –contestó alarmada la dependiente, en tono que hizo temblar a todos los usuarios–. ¡Mi’jito, lo tuyo es mucho! ¿Qué culpa tengo yo de que la cuchara no entre en el pomito?

El vacacionista–arqueólogo–historiador dejó el yogurt sobre el mostrador y se fue hacia el mar, pensativo y silencioso, recordando las cucharas del período neolítico, las halladas en Tebas y en Egipto, la del Museo británico con forma de delfín, las de madera de boj y enebro de la Edad Media, las descubiertas en Troya y en Chipre procedentes de la Edad del Bronce…
Cabizbajo, clavó la mirada en la arena, y se preguntó: ¿Dónde hallaré una cuchara que entre en mi yogurt?

·

El vasito infinito

La categoría de infinito es algo difícil de explicar, es una cuestión compleja, una noción que el hombre, desde que empezó a filosofar, ha tratado de atrapar, definir, enmarcar, precisar.
Ya en los tiempos de Aristóteles y Platón en la vieja Grecia, los dos filósofos que tanto aportaron para confundir a la humanidad por unos cuantos siglos, se planteaban el problema de lo infinito y nos imaginamos las caras que pondrían, la mirada perdida en el horizonte, yéndose en blanco hacia las estrellas, mientras se preguntaban ¡ah, lo infinito! ¿qué será lo infinito?
Gracias a los profundos troques iniciales de estos dos grandes filósofos de la Antigüedad, con el tiempo, otros filósofos llegaron a decir cosas como estas: “lo infinito es el intervalo entre el ser y el no ser.”
¿Fácil, verdad? Jamón. El intervalo entre el ser y el no ser. Es decir, la distancia entre lo que es y lo que no es, eso es lo infinito. ¿Fácil? ¡Que lo explique Aristóteles! Primero entiendo el sistema de bonos de la libreta de productos industriales que esa extraña matraca del intervalo entre el ser y el no ser.
En otras áreas del pensamiento humano el concepto de lo infinito también ha sido trajinado. En las matemáticas, por ejemplo, esa ciencia exacta que todo lo precisa con exactitud –y por eso se llama así– la solución que le dieron al problema fue expresarlo nada menos que con un ocho acostado, que viene siendo un signo más o menos así: \infty
¡Geniales que son las matemáticas! A quién, sino a alguien con imaginación matemática, se le podía haber ocurrido una solución tan sencilla para expresar una cosa tan compleja como el infinito. Acostar un ocho y ya. ¿Qué otra cosa puede ser lo infinito, sino un ocho acostado? Eso lo entiende cualquiera. Sobre todo, cuando se da la siguiente explicación:

1 multiplicado por 0 = 0

Pero 1 dividido entre 0 = \infty (un ocho acostado horizontal, dormido, como los frijoles de la Bodeguita del Medio).
La geometría, por su parte, también da su explicación diciendo que “se da por sentado que las líneas paralelas son infinitas”, explicación que se entiende bastante si uno se monta en La Habana, en un tren que vaya hacia Santiago de Cuba. ¡Esas paralelas parecen que no se acaban nunca!
A su vez, los diccionarios –que a veces sirven para lo que fueron diseñados– dicen que lo infinito es “lo que no tiene fin; lo muy numeroso, grande y excesivo en cualquier línea”.
Y partiendo de ahí, que es una definición bastante comprensible, ya podemos reflexionar mejor acerca de lo infinito, yéndonos hacia los planos objetivos del diario acontecer.
Tomemos, por ejemplo, estos vasitos de cristal que andan por ahí. Realmente, son unos vasitos bonitos, de cristal, achataditos y algo gorditos y con un diseño bastante aceptable.
Los vasitos andan por ahí, continuamente, inacabablemente.
Aparecen por ahí en infinidad de contextos. Están como omnipresentes en el tiempo y en el espacio.
Surgen en los bares de lujo, de medio lujo, de poco lujo y de antilujo. Contienen ron collins, cuba libres, martinis, cerveza, agüita mineral Ciego Montero, daiquirís, etcétera. Ahí cabe cualquier coctel del mundo aunque haya sido diseñado para otro vaso o para una copa. Este vasito es all–around, olímpico.
En el mismo vasito que aparece en bares, roneras, pilotos, tiritos, ranchones de la playa. Está presente también en las mesas del restaurante y en el mostrador de la cafetería o de un ten–cent.
Se le ve en oficinas, viceministerios, talleres automotores, centros de cálculo, terminales de ómnibus, secundarias en el campo, cortes de caña, playas, líneas de producción, fábricas de cemento, hospitales, centrales azucareros y albergues INIT.
Asoma por todas partes, es inacabable en su presencia, trasciende hacia el hogar, se cuela en la cocina, sustituye las tacitas de café y los búcaros con malanguitas. Brota encima de un escaparate, ahuyentando las malas influencias; en el baño, con el cepillo de dientes; y en la mesita de noche, con los dientes…
Es lo infinito.

Fin de Siglo, documental

 

Documental de 1992, realizado por Madelin Waterlet y Simon Saleski.

H/T: Walfrido Dorta.

Frank Delgado: Konchalovski hace rato que no monta en Lada (video)

 

Ya no podré leer más ningún libro de esos
de Editorial Raduga, de Editorial Progreso.
No podré disfrutar más de aquel Tío Stiopa
de estatura increíble y tan horrible ropa.
No te puedo negar que los ojos me arden.
Maiakovski ya deja reptar a los cobardes
y no podré tomar el té negro en las tardes.
El teatro Bolshoi aún no ha sido saqueado
hay Noches de Moscú, crimen organizado
los Estudios Mosfilm seguro que han cerrado.

No me volveré a emocionar con “Siberiada”.
Konchalovski hace rato que no monta en Lada.
No podré disfrutar de aquellas olimpíadas
con los soviets ganando todas las medallas.
La Kasánkina grita: no me dejen sola.
Serguei Bubka se venga, toma Coca Cola
con Salenko, que juega en la Liga Española.

Alguien a mí me preguntó si me había leído “El Capital”:
Sí, pero a mí no me gustó, pues la heroína muere al final.
En fin, que no me gusta tanta economía novelada
que escribió el tal Carlos Marx.

Ahora que los censores no pitchean bajito
ya podemos burlarnos de sus muñequitos.
Ahora que los ministros cambiaron las banderas
podemos hablar mal de su industria ligera.
Hoy que llevo en la frente el cuño del vencido
y me acusan de muros que al fin se han caído
puedo ser post-moderno, perder el sentido.
Renegar de las utopías en que creo
o ensañarme con toda la ley y el deseo
con la momia de Lenin y su Mausoleo.

Hoy que sólo del vodka queda la resaca
yo me niego amor mío, cambiarme la casaca.
Hoy que los Konsomoles van pasando de todo
abrázame mi china, y no me dejes solo.
Y mientras Fukuyama repite iracundo
que estamos ante el fin de la historia del mundo
mi amigo Benedetti abre el tomo segundo.

Alguien a mí me preguntó si me había leído “El Capital”:
Sí, pero a mí no me gustó, pues la heroína muere al final.
En fin, que no me sirven estas novelitas de tres tomos
que escribió el tal Carlos Marx.

Dice Jacqueline Loss (2013): More than any other artistic piece, the 1995 nueva trova song “Konchalovsky hace rato que no monta en Lada” (Konchalovsky Hasen’t Ridden a Lada in a While) . . . captures what it feels like to inhabit the remains of the Soviet Bloc in the Caribbean. (Dreaming in Russian: The Cuban Soviet Imaginary. Austin: University of Texas Press)

símbolos de status

Lada 2105. Foto 1980s. Imagen tomada de Facebook.

Lada 1500 con cortinas en el parabrisas trasero. Foto 1980s. Imagen tomada de Facebook.

En Libreta de apuntes: Labor of love:

Entre 1985 y 1986 yo fui el escritor que más dinero ganó en Cuba. Desde luego, a fines de 1986 todo había sido dilapidado y si tomamos en cuenta que el único vicio que me dominaba entonces era fumar cigarros Populares (o Montecristo, de exportación, cuando se conseguían), nunca más de una cajetilla diaria, y que además, como era un vicio que yo dejaba y volvía a agarrar de vez en vez, pues no puede decirse con exactitud en qué yo boté mi fortuna. Por otro lado, en Cuba no se pagaban impuestos y el whisky me lo suministraba Antonio de la Guardia, el poco que tomaba, y los Rolex son eternos y además hay que comprarlos en dólares; y si empleaba la bolsa negra, era para los Levis, que te podían salir en la enormidad de 150 pesos moneda nacional. ¿Pero cuántos jeans tu gastas en un año? Si acaso dos. Y por último, las compañeras ciudadanas mujeres, que es a lo que más tiempo yo he dedicado en mi vida. Pero en Cuba, realmente, en mi época, lo que le atraía a las ciudadanas no era el dinero. Creo que ni la palabra jinetera se usaba entonces. El Lada, para que tú veas, si ayudaba. Era un buen imán. Pero también deben saber y quiero hacer constar enfáticamente, que mi primer Lada me fue asignado por el compañero Antonio Pérez Herrero, secretario ideológico del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, en 1983, y que hasta esa fecha nunca me faltó una compañerita al lado. Era un Lada 1500 S, color verde pálido, que yo comencé a llenar de los tarecos que me regalaban o que yo traía de mis viajes. Mas aquella época heroica de la infantería es algo para recordar. Un motivo personal de orgullo para Romeo el Peatón. Y en fin, que toda esta historia es para establecer el hecho de que gracias a Hemingway en Cuba yo fui el escritor más rico de Cuba durante un par de años. Agrego ahora que fue un libro hecho con devoción. Los primeros 50 ejemplares de la primera edición me los empaquetó con papel de estraza y cordel encerado, y entregó en la mano Rafael Almeida, que era viceministro de Cultura, en un llamado Combinado Poligráfico “Alfredo López”. Hubo una especie de ceremonia íntima, un ritual, y recuerdo que afuera del Combinado llovía a cántaros. Yo extraje dos ejemplares del paquete y firmé el primero. Para Fidel, por supuesto….

Continuar leyendo.

h/t: Enrique del Risco.

libretas de racionamiento

Libreta de racionamiento de productos alimenticios
Libreta de racionamiento de productos industriales. Imagen tomada de internet.

Libreta de racionamiento de productos industriales. Imagen tomada de internet.

Libreta de racionamiento de productos industriales. Imagen tomada de internet.

Libreta de racionamiento de productos industriales. Imagen tomada de internet.

La libreta de racionamiento pudiera considerarse como una metáfora de la “actitud de la espera” que, según Rafael Rojas, define al totalitarismo cubano (El arte de la espera: Notas al margen de la política cubana. Madrid: Colibrí, 1998). Por décadas, la cotidianidad de los cubanos–desafectos y entusiastas, de origen burgueses tanto como de las clases más humildes, jóvenes y viejos, del campo y de la ciudad–ha sido parcial o totalmente estructurada por los ritmos de la novena de carne, el turno para adquirir los tres juguetes del año, y la alternancia con la cola del plan jaba.

* * *

El 12 de marzo de 1962 fue publicada en la Gaceta Oficial de la República de Cuba la Ley 1015 mediante la cual quedaba constituida la Junta Nacional para la Distribución de los Abastecimientos.

Entre las atribuciones dadas a la entidad naciente estaban las dirigidas a proponer al Consejo de Ministros, la lista de artículos que por razones justificadas debían someterse al racionamiento local o nacional. Además, incluía las potestades para sugerir el régimen de distribución y las cantidades de cada producto a suministrar a la población. Fijar las fórmulas a emplear para el abastecimiento de las industrias privada y estatal, así como de la red comercial, gastronomía y otras, de los productos sujetos a control. La entidad formularía los mecanismos mediante los cuales se controlaría su ejecución; de los órganos estarles y populares que tomarían parte en cumplir lo dispuesto en las cuotas estipuladas para cada artículo sometido a limitaciones de consumo.

La Junta quedó integrada por un representante del Instituto Nacional de la Reforma Agraria (INRA), del Ministerio de Industrias (MININD), del Ministerio de Comercio Interior (MINCIN), del Ministerio del Trabajo (MINTRAB), del Comité Ejecutivo de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) y de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC). El 13 d amarzo de 1962 quedó constituida la Junta.

En su primera reunión este órgano, previa aprobación del Consejo de Ministros, dio a conocer los artículos de consumo sujetos a racionamiento en el territorio nacional, los estipulados para la Gran Habana y las normas fijadas para otras 25 grandes ciudades de la Isla. . . . (p.338)

También se otorgaron cuotas especiales para toda persona de avanzada edad, casos de enfermedad o necesidades de regímenes diferenciados de alimentación. . . . (p.339)

. . . Para la organización del racionamiento se instituyó una Libreta de Control de Abastecimiento que el MINCIN y la Dirección Nacional de los CDR, emitieron para ser entregada a cada cabeza de familia. El carácter de este documento fue afinado, con el tiempo pasó toda su verificación al MINCIN, creándose pro este organismo un Departamento que organizó por zonas en los municipios, secciones de control, para atender lo relacionado con las altas y bajas de los consumidores que se daban en cada núcleo familiar. Los hoteles, casas de huéspedes, fondas, hospitales, clínicas, escuelas con seminternado, etcétera, las atendió directamente el MINCIN.

. . . Quedaron fuera del racionamiento, entre otros muchos comestibles, las conservas de frutas y vegetales, embutidos y conservas cárnicas, azúcar, sal, pan y pastas alimenticias, café, dulces, bebidas, licores, refrescos, caramelos, derivados de los productos lácteos, etcétera. (p.340)

En 1963 son incorporados al racionamiento el calzado, algunas confecciones y otros conjuntos d productos industriales. Aparece, poco tiempo después, la llamada Libreta de Productos Industriales. El MINCIN crea las Oficinas de Control de Abastecimiento (OFICODA) que se encargan a nivel municipal de todo lo concerniente al papeleo burocrático que conlleva todo movimiento para incorporar, dar de baja en el Registro de Consumidores, incluidos los temporales por periodos que pueden oscilar entre uno y tres meses. (pp.340-1)

Para 1970, todos los productos, prácticamente, quedaron sometidos al control normado. Al mismo tiempo, los precios minoristas se mantuvieron congelados hasta inicios de la década de 1980. . . .

Entre 1971 y 1975, ante la acumulación de dinero en poder de la población que, según cálculos de la época rebasó los 4 000 millones de pesos, se llevó a cabo una política de saneamiento financiero con la introducción de un mercado paralelo de tabaco y bebidas a precios diferenciados, aunque manteniendo una cuota básica, la ampliación de los servicios gastronómicos, así como se procedió a estimular a los trabajadores con un sistema que se denominó distribución proletaria.

Esta distribución paralela consistió en otorgar a través de los sindicatos bonos para la adquisición de bienes como: televisores, radios, relojes, planchas, refrigeradores, batidoras, etcétera. Para optar por estos bienes el trabajador o empleado acumulaba un número determinado de méritos o deméritos, de acuerdo con los indicadores previamente determinados en el contexto de la organización sindical, por la emulación socialista.

Al recibirse, cada seis meses o un año por los centros de trabajo el número de artículos que serían objeto de adjudicación, las solicitudes se presentaban ante una comisión creada al efecto por el sindicato con representación de la administración. Los criterios para otorgar los bienes radicaban en el número de méritos cumulados por el obrero. Sólo podía solicitarse un artículo del conjunto de los ofertados, aunque esto sufrió variaciones en el tiempo.

A la vez, los sindicatos y las administraciones, de acuerdo con las prioridades estarles distribuían bonos para la compra de prendas de vestir, ropa de trabajo, calzado, etcétera. Tal como se hacía con los vestuarios de estudiantes y becarios. En el caso de estos últimos, en la beca, se les facilitaba la vestimenta, ropa de cama, artículos de uso personal, alimentación, etcétera, sin pago alguno. (p.341)

. . .

Vale distinguir que clasificaban como productos amparados en cupones anuales o semestrales, aquellos como calzado, prendas de vestir, confecciones, ropa interior, artículos de punto, etcétera, u otros objetos de uso duradero. En tanto, los agrupados en casillas comprendían a variantes que se le ofrecían al comprador, ya fueran artículos de mercería, quincalla, perfumería, etcétera, y que podían, en ocasiones, intercambiarse varias casillas por un objeto determinado o tener alternativas entre géneros. (p.345)

Tomado de Díaz Acosta, Julio C. 2010. “Consumo y distribución normada de alimentos y otros bienes.” Pp. 333-62 in Cincuenta años de la economía cubana, edited by Omar E. Pérez Villanueva. Havana: Ciencias Sociales.

* * *

The new rationing booklet distributed in the second half of 1973 remained unchanged as far as food was concerned, but introduced significant modifications in manufactured goods. Many of the latter were freed from rationing (“liberados”) and could be bought even when travelling to the interior; among them: film, still and motion-picture cameras, projectors, record players, parts for bicycle and kitchen appliances, coffee sets and crystal cups, silver wedding rings, stationary, plastic shoes and slippers, deodorants, and some cosmetics and perfumes (including brands with such exotic names as “Red Moscow” and “Bulgarian Rose”). A number of goods were put on limited distribution. Two or three times a year each consumer has the option to one or more of the following: toothbrushes, handkerchiefs, socks and stockings, underwear, slacks, pajamas, rubber shoes, raincoats, swimsuits, threads, cream cleansers, pots and pans, irons, meat grinders, hoses, and selected furniture. Hotel and vacation resorts were provided with convenient, freed goods such as swimsuits, lifesavers, sunglasses, cosmetics, and stationary. Some twenty manufactured goods remained strictly rationed such as pants, shirts, dresses, skirts, blouses, leather shoes, and fabrics. To facilitate buying, each member of the family received a booklet allowing direct purchases, certain goods (such as toys at Christmas time) were to be sold by appointment to avoid long queues, and specialized stores (e.g., for infants) were opened. (Mesa-Lago 1978:43. 1978. Cuba in the 1970s: Pragmatism and Institutionalization, revised edition. Albuquerque: University of New Mexico Press)

* * *

En Cubanet:

…La cartilla se ha convertido en un documento que forma parte inseparable de cada familia, a tal punto que a cualquier cubano humilde, principalmente del amplio sector de la tercera edad, le preocupa más la pérdida de la cartilla que la de su documento de identidad. Porque no solo se siente parcialmente protegido en sus necesidades de consumo, sino que ésta ha propiciado todo un mecanismo de trueques ideados por la creatividad popular para suplir otras carencias. De esta manera, los productos asignados que algún miembro de la familia no consume son utilizados para intercambiarlos o venderlos y así adquirir otros necesarios. Por demás, también se ha desarrollado un mercado subterráneo, tanto con la certificación ilegal de “dietas” con tarifas fijas como con los productos propiamente dichos, que escapa por completo al control de las autoridades, incapaces de cubrir las necesidades básicas de la población y de eliminar la corrupción que es fuente de subsistencia para la mayoría de los cubanos.

La cartilla además ha dado origen a nuevos vocablos y frases que algún día formarán parte del lexicón socialista que alguien habrá de escribir. Solo los nacidos y crecidos bajo un sistema que tiene el discutible mérito de haber sistematizado la miseria, sembrándola como si de una virtud se tratase en la conciencia de una parte significativa de sus víctimas, conocemos el significado de frases que, en buena lid, resultan ofensivas y humillantes para la dignidad de las personas. Quiénes, si no nosotros, sabrían interpretar el lenguaje cifrado de la pobreza estandarizada: plan jaba, pollo por pescado, pollo de población, picadillo de niño, pescado de dieta, lactoso y para viejitos, café mezclado, arroz adicional… ; o las ya desaparecidas picadillo extendido, carne rusa, fricandel, masa cárnica, perro sin tripa y otras lindezas por el estilo.

* * *

En i-friedegg:

La tarjeta de “productos industriales”, conocida popularmente como “la libreta de la tienda”, era la variante de la cartilla para el calzar, el vestir y adquirir productos para el hogar, no comestibles. Ésta, fue tan o más severa que la de la comida, y también se fue devorando a sí misma. Para 1973 cambió su diseño de casillas a uno más comprensivo de cupones a tirar que ofrecía la compra a través de la disyuntiva. Adquirías con el cupón número tal una camiseta o un pote de pulimento para muebles, y con otro un destornillador o una dulcera de cristal. La gente la bautizó como María La O. Y las combinaciones eran tan alucinantes que parecían escapadas de “El Maestro y Margarita” de Bulgákov.

Al principio se podía comprar cualquier día. Después esta tarjeta fue subdividida en “grupos de compra” identificados con letras y números (A1, A2, A3, A4; B1, B2…), de manera que había que acudir a las tiendas exclusivamente de acuerdo con un calendario que disponía un ventana de tiempo para comprar aquello con lo que se tenía la fortuna de coincidir durante el día que le tocaba a cada quien, según su grupo.

Esta libreta igualmente tenía su glosario de palabras oficiales como “básico” y “no básico” y “dirigido” para el caso de los juguetes; además de producto “adicional” y “convoyado”, éste último un engendro satánico de mercado en que el consumidor para llevarse a casa algo que podría usar —como un cepillo para el cabello— tenía que pagar también por un guante de soldador (como ha relatado el periodista y escritor Andrés Reynaldo que le pasó a su madre).

Libreta de racionamiento de productos alimenticios

Libreta de racionamiento de productos alimenticios. Imagen tomada de internet.

Libreta de racionamiento prenatal e infantil

Libreta de racionamiento prenatal e infantil. 1973. Colección Cuba Material.

Ver también en Cuba Material: OFICODA.

zapatos plásticos

Zapatos plásticos
Zapatos plásticos

Zapatos plásticos hechos en los EEUU, comercializados en Cuba en los años 1950s. Colección Cuba Material.

Si bien los zapatos plásticos –importados– que se comercializan hoy en Cuba nada tienen que ver con los Kikos plásticos de antaño, les dejo el testimonio de la autora sobre la venta y consumo de calzado algunas décadas atrás:

En Radio Coco: Kikos plásticos modernos regresan a las zapateras cubanas:

Los kikos plásticos son una leyenda en Cuba. Quienes nacieron en los años 60 del pasado siglo en Cuba los recuerdan con una mezcla extraña de cariño y desprecio: cariño porque para algunos fueron sus únicos zapatos, compañeros de escuela y travesuras en la niñez y con desprecio por lo feos y calurosos que resultaban.

Los kikos que llegué a ver en mi infancia eran unos zapatos negros, con huequitos y cordones, aunque también los había modelo mocasín. Cuentan que se hacían aquí mismo y que fueron una opción a la crisis de aquellos años, cuando escaseaban la ropa y el calzado.

Cuando yo nací a finales de la década del 70 ya los kikos habían pasado a la historia y particularmente no recuerdo haberme puesto nunca un par. Pero mi tío Juancito, 12 años mayor que yo, me contaba que los kikos fueron sus zapatos escolares durante toda la primaria. Me decía cuánto odiaba aquellos zapatos horribles, con los cuales sin embargo se conformaba, “porque eran los que teníamos todos”.

Pero que no haya llevado kikos, no quiere decir que yo no haya sufrido también la escasez de calzado. Tuve mi época de zapatos ortopédicos, después de tenis de campo pintados con tinta negra durante la secundaria, las chancletas de lacito y los zapatos Puccini de charol para mis quince y las zapatillas Yutapai ya en el pre-universitario.

La verdad es que en mi etapa de adolescente (ya tengo 35 años) no había muchas posibilidades de tener los zapatos que queríamos, sino los que se podían, y llegué a la universidad con un par para las clases, otros para salir y para de contar.

No obstante, los de mi generación nos consideramos afortunados porque jamás tuvimos que ponernos un par de esos kikos plásticos de los cuales hablaban nuestros padres y que eran el colmo del mal gusto.

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Al final parece que los cubanos hemos encontrado la manera de reconciliarnos con los kikos. Llevar zapatos plásticos ha dejado de cargar con la mala fama que precedía a los kikos plásticos de los años 60 y 70 del siglo 20 cubano.

Más modernos e ideales para nuestro clima y nuestro bolsillo, los kikos plásticos han vuelto. Bienvenidos a nuestras zapateras.

Leer todo el texto aquí.

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En su libro The Problem of Democracy in Cuba: Between Vision and Reality, Carollee Bengelsdorf (1994) comenta que la Ofensiva Revolucionaria de 1968 redujo los volúmenes de producción de calzado en el país, la cual dependía grandemente de la producción privada, en pequeños talleres. Según Bengelsdorf, estos talleres fueron sustituidos por una fábrica de zapatos plásticos, adquirida en la República Popular China.

kikos plásticos

Kikos plásticos. Imagen tomada de Facebook.

La Habana no aguanta más (video)

Decían los Van Van que el gobierno cubano había construido nuevas bibliotecas, cines de estreno, y apartamentos bien amueblados en el interior del país y, sin embargo, la migración hacia La Habana estaba a punto de hacerla colapsar.

Escuchar la canción en Spotify.

consumo en los años 1980s

talco Tú
Talco con mota "Tú". Imagen tomada de internet.

Talco con mota “Tú”, producido en Cuba en los años 1980s. Imagen tomada de internet.

Tomado del libro de Jatar-Hausmann, Ana Julia (1999) The Cuban Way: Capitalism, Communism and Confrontation, editado por West Hartford, CT: Kumarian Press:

But the ’80s were different. Julio’s wife, Albita, was fortunate to be pregnant in a very different era. Flourishing trade with the socialist bloc and market-oriented reforms had vastly improved life for Cubans. Fruit yogurt with buffalo milk and Coppelia, the best ice cream in Cuba, were sold in food stores; shrimp, crabs, chocolates, Polish pickles, cold cuts, cakes, perfumed soap, and shampoo were among the large variety of products available in pesos at the Amistad  stores. Julio was a university professor. he was making 320 pesos a month and his wife made 280. With the bonus system, he managed to make another 400 pesos by teaching a few more hours a week. Material incentives had also been implemented in the universities. Bonuses were been used to increase productivity and it was working. With a family income of 1,000 pesos, 55 pesos for the libreta, another 100 pesos for rent and transportation, they lived well. And under the new real state law, they could finally buy the apartment they had been living in for the past six years.

Ten years later, the same couple would be earning a salary only fifteen percent higher–without bonuses–while for would be twenty times more expensive. But in those days, Julio was optimistic about the future; he had no reason not to be. (p. 29)

La magia de Los Reyes Magos, por Vicente Vallejo

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La Magia de Los Reyes Magos

 Creer en Los Tres Reyes Magos fue una de las fantasías maravillosas de mi infancia. Como mi familia pertenecía a una clase media, podíamos darnos el lujo de hacer nuestras cartas todos los años a Gaspar, Melchor o Baltasar pidiéndoles los regalos y juguetes que nos harían felices por unos días, porque en la mayor parte de las ocasiones, después de una semana ya no les hacíamos mucho caso a los juguetes nuevos y regresábamos con mucha frecuencia a los más viejos, que eran, al mismo tiempo, los más queridos. Con esta óptica, los juguetes que nos regalaban en un año adquirían su verdadero valor al año siguiente.

Ya desde los primeros días de diciembre comenzaban las promesas de portarnos bien para poder escribir a Los Reyes con la seguridad de ser merecedores de su atención. Si nos portábamos mal, la terrible amenaza consistía en decirnos que los Reyes nos dejarían un saco de carbón debajo de la cama. En las circunstancias actuales de la Isla valdría la pena portarse mal, porque con la escasez energética que hay en la misma, un saco de carbón puede considerarse un regalo de lujo.

No puedo precisar con exactitud el momento exacto en que sufrí la decepción de saber que “los Reyes son los padres”. Si recuerdo que fue un conocimiento adquirido suave, lenta y casi imperceptiblemente, de manera que no resultó una experiencia traumática. Primero fueron las dudas, cuando los niños mayores de la escuela, para demostrar su superioridad y con esa crueldad inocente característica de la infancia, nos explicaban con aire de sabihondos que los Reyes no podían existir, que era imposible que tres personas montadas en camellos repartieran juguetes por todo el mundo en una noche. Cuando no podían imponer este criterio, decían entonces que se habían hecho los dormidos en años anteriores y habían visto a sus padres colocando los juguetes en los sitios convenidos y otras tonterías por el estilo. Los más pequeños escuchábamos lo que decían, y aunque eran de una lógica aplastante, en mis más íntimos pensamientos me negaba a creer en sus argumentos y me aferraba con mi alma infantil a esa bella fantasía que había crecido conmigo. Cómo si la fantasía y los sueños pudiesen ser racionales!  Cuando, lleno de dudas, regresaba a mi casa, mía padres y abuelos me hablaban de que los muchachos mayores decían esas cosas para mortificarnos y que teníamos que creer en los Reyes, de lo contrario estos se disgustaban y no nos traían nada. Así, con una mezcla rara de amores, dudas, amenazas, sueños, ilusiones y fantasías, hacíamos nuestras cartas con las peticiones y esperábamos ansiosos la llegada de Los Magos del Oriente con su preciosa carga para los que nos habíamos portado bien.

Las cartas a Los Reyes eran precedidas por unos paseos que dábamos por el pueblo para “ver las vidrieras”. Estos se hacían temprano en las noches, habitualmente después de la comida, cuando íbamos a las diferentes tiendas que vendían juguetes y los exhibían en sus vidrieras. Además de los juguetes, se adornaban las tiendas con los tradiciones arbolitos de Navidad y los nacimientos de todos los tamaños y decoraciones donde se simbolizaba la venida al mundo del niño Jesús. Los establecimientos comerciales mostraban una variedad multicolor de las más diversas formas y dimensiones. Desde las muñecas y juegos de cocina y enfermeras para las niñas, y los autos, guantes de baseball y pelotas, ametralladoras, juegos de vaqueros y trenes eléctricos para los niños, entre otros. En aquella época no existían los juguetes electrónicos que hacen la delicia de los chicos actuales y que la mayoría de los padres y casi ningún abuelo son capaces de manipular.

Durante las noches, al regresar del paseo con las imágenes caleidoscópicas de los juguetes en nuestras mentes, salíamos al patio a mirar el cielo estrellado, donde podían verse tres estrellas brillantes dispuestas en una hilera casi vertical y separadas una de otra a la misma distancia, a las que identificábamos con Los Reyes Magos. Todas las noches, con ansiedad no disimulada, buscábamos esas estrellas, y no sé si por un fenómeno de autosugestión o por un capricho astronómico, a medida que transcurrían los días se nos antojaban cada vez más cerca. Todavía hoy no sé si estas estrellas pertenecen a alguna constelación, o han sido colocadas por Alguien para estimular la inagotable imaginación infantil y contribuir a la felicidad de millones de criaturas en el mundo. Hoy, con más de sesenta años, en los días cercanos a la Navidad, acostumbro a mirar al cielo y al ver Los Tres Reyes Magos hacer el mismo recorrido durante decenios, no puedo evitar emocionarme y darles las gracias por los maravillosos regalos que me trajeron en los primeros años de mi vida y por haber aceptado siempre, con mucho amor, mi dulce de guayaba con queso. Después de “ver las vidrieras” un sinnúmero de veces, hacíamos la carta con las peticiones con la “ayuda” de las personas mayores, pues había limitaciones que debíamos tener en cuenta a la hora de pedir. Claro que estas limitaciones no dependían de la economía familiar u otras vulgaridades terrenales (los niños no saben de eso), sino de la consideración que debíamos tener con la capacidad de carga de Los Reyes y sus camellos.

Absortos por este ambiente navideño y festivo esperábamos con mucha ansiedad la noche del 5 de Enero. Excitados, nos íbamos a la cama temprano. Había que dormir porque una de las reglas tácitas decía que los niños no podían ver a Los Reyes, pues estos se disgustaban y no dejaban nada de lo que traían. Con esos pensamientos, mi hermano y yo nos acostábamos temprano, pero no sin cumplir antes con un ritual casi religioso: dejar comida a los esperados visitantes. Nosotros vivíamos, a la sazón, en una casa colonial, de esas que tienen un patio interior con un aljibe en el centro del mismo. El aljibe tenía un brocal de más menos un metro cuadrado y unos treinta centímetros de alto, con una tapa metálica justamente en el centro del brocal. En este sitio dejábamos la comida y el agua para nuestros queridos Reyes y sus camellos. Cada año el menú era el mismo: dulce de guayaba en barra con queso blanco para los Reyes, hierba fresca, que cortábamos nosotros mismos, para los camellos y, desde luego, agua, pues no hay ser humano ni divino que se coma un buen pedazo de dulce de guayaba con queso si no tiene un vaso de agua que le “ayude a bajar” la guayaba. Después de acomodar todo cuidadosamente con los nombres de cada Rey y las respectivas cartas, nos íbamos a dormir. Y como no hay excitación, por grande que sea, capaz de quitarle el sueño a un niño, nuestros padres tenían que despertarnos temprano en la mañana con la feliz noticia de que los Reyes habían venido porque la comida que habíamos dejado en la noche no estaba y había huellas alrededor de las vasijas con agua, así como hierbas sobrantes alrededor del aljibe.

Todavía medio adormecidos nos tirábamos de la cama e íbamos directo al patio a comprobar la veracidad de lo que nos habían dicho nuestros padres. Al verificar que sólo quedaban algunas sobras de lo ofrecido no había dudas de que los Reyes nos habían visitado. Casi sin hablar y desbordantes de una alegría babilónica regresábamos a la habitación y buscábamos nuestros regalos debajo de las camas, que era el sitio tradicional de entrega. Aunque muchas veces los juguetes y regalos no coincidían totalmente con nuestros deseos, en lo más íntimo de nuestra alma infantil y de nuestra fantasía, gozábamos de uno de los momentos más sublimes de nuestras vidas y disfrutábamos hasta el éxtasis aquellos breves pero intensos e imperecederos minutos de, hasta entonces, nuestra corta existencia.

Cuando más sumergidos estábamos dentro de nuestro imaginario mundo, los adultos cometían la imperdonable torpeza de inmiscuirse en el mismo para decirnos barbaridades tales como “…los Reyes les trajeron tantos juguetes porque se portaron bien”, o …”si se hubieran portado mejor a lo mejor les hubieran dejado más juguetes”, o también …”tienen que cuidar lo que le trajeron los Reyes porque ya están más grandes y la pelota que les trajeron el año pasado se les perdió en la calle en el primer juego que echaron”.  Con esa crueldad involuntaria propia de los adultos, se ocupaban de regresarnos inmediatamente al mundo real, donde además de disfrutar de los juguetes teníamos que valorarlos y cuidarlos con una madurez que no se correspondía con nuestra edad.

Después de tomar obligados un apresurado desayuno salíamos a la calle a ver que habían dejado los Reyes en las casas de nuestros amiguitos y vecinos más cercanos e intercambiar los regalos. De esta manera, con los bates de unos los guantes y pelotas de otros se organizaba un juego de pelota (baseball) que duraba unos minutos pues inmediatamente después se intercambiaban bicicletas y patines, ametralladoras, arcos y flechas, pistolas y espadas, y todo lo que nuestra amistad infantil, despojada de todo egoísmo, pudiera concebir. Agotados los intercambios iniciales, al regresar a la casa, empezaban a llegar otros familiares y algunos amigos interesados en saber que nos habían traído los Reyes. Con exclamaciones de sorpresa compartían, entonces, nuestra alegría y excitación. Más tarde, salíamos a mostrar con orgullo parte de los juguetes que podíamos llevar con nosotros. La visita a la casa de los abuelos era también muy excitante, pues los Reyes eran tan generosos que siempre nos dejaban algún regalo deseado en la casa de nuestros abuelos. Así transcurría el día, y la impronta de la visita de aquellos magos del Oriente contribuía a forjar nuestro carácter futuro y a darnos una visión optimista del mundo, sin egoísmos y con un sentimiento, quizás inadvertido entonces, de profundo agradecimiento a todo lo bello, noble y generoso que nos ofrecía el mismo.

Todos mis Días de Reyes fueron excitantes y felices. El último que recuerdo, en 1959 ( también el último que tuve), fue quizás el más excitante y feliz de todos, pero fue también el que precedió a toda la desdicha, infelicidad e infortunio que se adueñó, casi sin darnos cuenta, de todo un país. Lo más premonitorio e irónico de todo lo que aconteció después es que en mis últimos Reyes yo tenía trece años y ya conocía la triste realidad de que los Reyes eran los padres. A alguien podrá parecerle una ingenuidad sin paralelos el hecho de que yo haya descubierto esta injusta realidad tardíamente, pero a fines de la década de los 50, en un pueblo oriental de la Isla, un niño de doce años era justamente eso: un niño. Las semanas previa al día de Reyes del año 1959 fueron días de una enorme tensión en Cuba. La lucha armada contra la dictadura de Batista estaba en su punto más álgido y todo el pueblo rezaba porque la guerra entre hermanos y el luto terminaran de una vez por todas en nuestra sufrida Patria. Nadie pudo imaginar nunca que estas últimas fiestas navideñas serían el desolador comienzo de un sinnúmero de navidades tristes para las familias cubanas que conocerían, a partir de ahora, el dolor y la tristeza de la separación, la división y hasta el odio entre seres de una misma sangre, y que permanece hasta hoy. Después de una nochebuena y una navidad marcadas por el dolor de la guerra, llegó el año nuevo con la inesperada, y entonces feliz noticia, de que el tirano había huido, que la revolución había triunfado, y que después de tanto luto, dolor y sacrificio, parecía que los cubanos íbamos a disfrutar de una vez y para siempre de los ideales de paz, libertad e independencia. Yo no entendía muy bien el alcance de todo esto, pero me sentía muy feliz porque la alegría era contagiosa.

El hecho de tener barba fue una característica importante en los combatientes de la Sierra Maestra (les llamaban barbudos), y se convirtió en un símbolo que sirvió para establecer una analogía entre los combatientes que “bajaban” de la Sierra y los Tres Reyes Magos. Lamentablemente para los cubanos, el símbolo cristiano asociado a los rebeldes de la Sierra fié brutalmente torcido, y el malvado Rey Mago Mayor en un acto de prestidigitación sin precedentes en la historia moderna de la humanidad, con un movimiento de su vara mágica hizo desaparecer los más caros y anhelados sueños de libertad e independencia de todo un país. En su brutal acto de magia desapareció la vergüenza, la ética, los principios, la moral y todas las tradiciones, cristianas o no, que contribuían a exaltar la nobleza, la humildad, la paciencia, la tolerancia y otras virtudes encaminadas a mejorarnos como seres humanos. Insatisfecho con el daño moral y en un acto de traición que haría palidecer de envidia a Judas Iscariote, el mago se propuso hundir en la más terrible miseria al heroico pueblo que lo condujo a la victoria, y utilizando de nuevo esa vara mágica que es la prepotencia y arrogancia combinada con el poder y la ineptitud hizo desaparecer, ante los ojos de todos, las infraestructuras existentes en el país, los alimentos tradicionales y no tradicionales, la ropa, el calzado y todo lo demás que tuviera relación con el bienestar de los cubanos. Al terminar el maquiavélico acto, el tenebroso  Merlín del Caribe enterró su vara y ya no sabe, ni le interesa, como restaurar lo que eliminó con una indolencia sin precedentes. Lo único alentador en toda esta desgracia es que los cubanos encuentren un día la vara enterrada y la recuperen para que en nuestra Patria sea restaurados los valores y bienes temporalmente perdidos.

Para mi y otros muchos, sin embargo, lo mas doloroso de todo lo perdido fueron nuestros sueños. Nunca pude decirle a mis hijos que le escribieran una carta a Gaspar, Melchor o Baltasar, o que en la víspera del Día de Reyes, les dejaran comida y agua a los Reyes y sus camellos, porque cuando ellos nacieron ya hacía muchos (demasiados) años que los Tres Reyes Magos habían muerto para nuestros niños. Habían sido fusilados junto a los mejores sueños de los cubanos.

Vicente Vallejo

Harrison, NJ.

Diciembre, 2013.

comercio (video)

 

Video sobre el comercio normado en la tienda Fin de Siglo, 1994.

h/t Armando Chaguaceda.

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En el Informe del Dr. Ernesto Guevara, Ministro de Industrias en la Reunión Nacional de Producción de 1961 (publicado en Díaz Castañón, María del Pilar. 2004. Ideología y Revolución. Cuba, 1959-1962. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales):

Pero es verdad que al pueblo no le gustan algunas cosas, que desgraciadamente suceden, y para eso nos hemos reunido: para que no sucedan más. No es bueno, por ejemplo, que haya jabón en La Habana si no hay jabón en el campo: si no hay jabón en el campo, no debe haber jabón en La Habana (APLAUSOS). O debe distribuirse el jabón de tal forma que haya en todos lados. (p. 233)

Reportaje a la vinagreta, Noticiero ICAIC

 

Noticiero ICAIC número 1459, de 1989, realizado por Francisco Pufial.

librerías

Libro Cuentos y estampas, de Vladimir Suteiev
Libro Cuentos y estampas, de Vladimir Suteiev

Libro Cuentos y estampas, de Vladimir Suteiev. Colección Cuba Material.

Durante mi infancia, solía ir con mi abuelo a la librería de 23 y L. Íbamos allí porque quedaba cerca de su casa, y lo hacíamos a pie por la avenida 23. Los libros estaban colocados sobre mesas cuadradas y en los libreros que cubrían las paredes del local, es decir, las paredes del fondo, que eran las únicas que no eran de cristal, y que tenían una forma zigzagueante que aumentaba la superficie de estantes. Yo me tomaba todo el tiempo del mundo en escoger los libros, mientras mi abuelo se entretenía con novelas para adultos y manuales científico-técnicos, de los que por entonces se vendían muchos gracias a la “indestructible amistad” que nos unía al pueblo de la URSS, de donde provenían la mayoría de ellos. Luego hacíamos la fila para pagar frente a un mostrador que se me hacía muy alto, en la esquina izquierda al fondo del local. De regreso, con nuestros cartuchos bajo el brazo, mi abuelo me contaba que en su juventud solía comprar libros de segunda mano en la librería de J y 25, muy cerca de la antigua Facultad de Medicina de la Universidad de la Habana, que hoy es de Biología. Yo jamás había estado en una librería de segunda mano, pero los cuentos de mi abuelo me alejaban por momentos de los libros nuevos de carátulas cromadas que me llevaba a casa.

proyecciones económicas

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Planta eléctrica Tallapiedra
Planta eléctrica Tallapiedra. La Habana. Imagen tomada de Havana Retro Cuba.

Planta eléctrica Tallapiedra. La Habana. Imagen tomada de Havana Retro Cuba.

Decía Ernesto Guevara en la Conferencia de Punta del Este, Uruguay, el 8 de agosto de 1961 (publicado en Pérez-Stable, Marifeli. 2008. La revolución cubana. Orígenes, desarrollo y legado. Madrid: Colibrí, original en inglés publicado en 1993):

¿Qué piensa tener Cuba en el año 1980? Pues un ingreso neto per cápita de unos tres mil dólares, más que los Estados Unidos actualmente. Y si no nos creen, perfecto; aquí estamos para la competencia señores. Que se nos deje en paz, que nos dejen desarrollar y que dentro de veinte años vengamos todos de nuevo, a ver si el canto de sirena era el de la Cuba revolucionaria o era otro.

Se les dejó, señores, y se les dio, además, muchísimo dinero.

promesas y garantías de la revolución

chapa de metal Viva Fidel
Chapa de metal, de la misma factura y diseño de las que rezaban "Fidel, esta es tu casa," en uso en 1959. Foto 2013.

Chapa de metal para las puertas. Circa 1959. Colección Cuba Material.

Decía Fidel Castro desde la tribuna de la Universidad Popular en 1961:

La Revolución puede garantizar al pueblo seis cosas fundamentales: ropa, zapatos, comida, educación, recreo, medicinas.

Publicado en Bohemia y citado por María del Pilar Díaz Castañón en su libro Ideología y Revolución. Cuba, 1959-1962. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales (2004).

Desodoral

Desodorante líquido Desodoral

Desodorante líquido Desodoral. Hecho en Cuba. Colección Cuba Material.

Cuando era niña, mi abuelo solía mandar a hacer el desodorante a la farmacia. El compuesto, me decía, era mejor que cualquiera de los productos que se vendían en las tiendas. Sólo que era muy líquido, y costaba trabajo aplicarse aquel desodorante, pese a que mi abuela lo envasaba en unos pomos plásticos con boca de perilla que, si se apretaban o exprimían, dejaban salir un pequeño chorro de desodorante. Debía uno entonces soplarse las exilas o airearlas por un rato para que se secara, antes de vestirse.

Existía muy poca diferencia entre el líquido que mandaba a hacer mi abuelo a la farmacia y el preparado industrial que se vendía en los comercios cubanos en los años 1970s y 1980s bajo la marca Desodoral. Ambos tenían la misma apariencia de mejunje, la misma consistencia aguada. A ambos había que re-envasarlos en otro recipiente con tapa que controlara la cantidad de líquido que dejaba salir, para evitar que, al usarlo, el desodorante se botara.

Zoé Valdés: Los tenicitos viejos de la yuma

calzado dispar
Imagen tomada de Facebook. 2013

Imagen tomada de Facebook. 2013

Zoé Valdés: Los tenicitos viejos de la yuma:

En el año 1979 los “gusanos” … pudieron volver, y lo hacían cargados con regalos para sus parientes perdónandolos por su obligado olvido, también dejaban miles de millones en la isla, y así regresaron una y otra vez, invirtiendo el dinero ganado con su esfuerzo y dolor de exiliado. Un gran negociazo de los Castro.

(…)

En los años ochenta nos visitó también una Comunidad de intelectuales cubanos del exilio, la mayoría eran profesores de universidades norteamericanas, progresistas se hacían llamar varios de ellos, hijos de exiliados que habían crecido lejos de su país, o niños cuyos padres tuvoeron que enviarlos solos al exilio en la Operación Peter Pan para salvarlos del comunismo, y se habían criado y crecido en hogares ajenos al suyo. Niños desgarrados de cuyo desgarro el castrismo se iría a beneficiar una vez más.

Algunos entraron como Maceítos en esa Cuba de la escasez, otros volvieron como rescatados del “imperialismo yanqui”, por varias vías, llámense por Areítos o por componendas de Institutos de Estudios Cubanos en ciudades importantes de los Estados Unidos. (…)

Los cubanos nunca hemos tenido zapatos. Cuando habían no te tocaban y cuando te tocaban no habían. Por la libreta de racionamiento, claro. Los que viajaban a Cuba lucían zapatos que para nosotros significaban mucho, por vergüenza apenas osábamos clavarles la mirada para no parecer indiscretos.

Recuerdo que cuando transcribí los cassettes de una famosa millonaria cubana recibida en Cuba con ciertos honores, para un libro que escribió en conjunto con una ilustre investigadora del patio, me mandó sin que yo se lo pidiera a través de su chofer particular (empleado del Comité Central desde luego) unos tenicitos usados dentro de una caja de otra marca de zapatos de lujo, como agradecimiento a mi trabajo que ella no remuneró nunca. La gran señora, ex propietaria de centrales azucareros, se había enterado en aquel momento de que los cubanos no teníamos con qué calzarnos, y eso que ya llevaba meses en Cuba. Los tenis no eran mi número de pie, y por supuesto estaban gastados, viejos y hasta sucios. Los boté directamente a la basura.

La americana de la galletica de las que les hablé ayer en otro post, al parecer también oyó la bola de que los cubanos no teníamos con qué abrigar nuestros miembros inferiores. Estando yo una vez en la oficina del ICAIC se apareció con un nailon rayado y descolorido que contenían unos tenicitos también usados y viejos, no eran para mí, sino para una joven secretaria que iba a trabajar en chancleticas de goma metededos (en ella me inspiré para describir los pies de la secretaria de Yocandra en La nada cotidiana). En la guagua que tenía que coger cada mañana repleta a más no poder, le habían pisoteado los pies hasta el abuso y había debido de pedir baja médica por fracturas de los dedos en múltiples ocasiones. La muchacha no botó los tenis que le regaló la americana, como hice yo, al contrario, se puso contentísima, y aunque tampoco eran su número, pues la americana caballona usaba como el 45 se los probó metiendo en la punta papel arrugado del Diario Granma, y daba saltos y palmoteaba de alegría. La caballona se ‘venía’ en un orgasmo de felicidad al notar cómo humillaba a esa pobre cubana, o cubana pobre.

En otra oportunidad, una de esas viajantes, llegó de los Estados Unidos con una bolsa repleta de las astillas de jabón que durante un año ella y su familia habían usado hasta dejarlos casi en la nada, se dio a la tarea de repartirlos entre nosotros. Ella sabía que en Cuba carecíamos de jabones. Cuando una de las empleadas de la Cinemateca abrió la bolsa, hasta pelos de fondillo venían pegados a las astillas de jabón apurruñado y maloliente. (…)

ostalgia

Stand de Chamakovic en la feria Arte en la Rampa. 2013. Imagen tomada de OnCuba.

Stand de Chamakovich en la feria Arte en la Rampa. 2013. Imagen tomada de OnCuba.

Se conoce por ostalgia la nostalgia por las cosas de Europa del Este, socialista. Se trata de un acrónimo de Ost, que significa oriente, nombre con que los alemanes occidentales se referían a la Alemania Oriental, y nostalgia. En los últimos años ha venido tomando forma en el imaginario cubano alusiones y referencias, con cierta carga nostálgica, a objetos del pasado socialista. La mayor parte de estos referentes, curiosamente, pertenece al mundo de la infancia.

Stand de Chamakovic en la feria Arte en la Rampa. 2013. Imagen tomada de OnCuba.

Stand de Chamakovich en la feria Arte en la Rampa. 2013. Imagen tomada de OnCuba.

En OnCuba¡Nu, Pogodi! Regresan los Muñequitos Rusos…:

Darwin Fornés no está demasiado seguro de que la creatividad tenga que ver con los tiempos, aunque reconoce que las circunstancias sí influyen, y las actuales le ayudaron a materializar una interesante idea: el Proyecto Chamakovic…

Efectivo neologismo que combina el cubanísimo “chamaco” con el patronímico ruso “kovic”, el nombre mismo del proyecto propone un viaje sentimental a la niñez de varias generaciones de cubanos, en particular los marcados por los vilipendiados –y ahora añorados– “muñequitos rusos”…

Volk y Záyats (El lobo y la liebre), el perro Rex, la insufrible Orejitas a Cuadros, Bólek y Lólek y aquellos dos niños sentados espalda con espalda en nuestras viejas libretas de primaria, saltan de los televisores Krimm y Caribe a los pulóvers y jabas artesanales que vende Chamakovic en la feria comercial Arte en La Rampa.

El taller de serigrafía René Portocarrero produjo esta idea de Darwin, inspirada en la popularidad que aún tienen dichos muñequitos, que no eran todos precisamente rusos. Todo comenzó cuando Darwin se unió a un grupo de Facebook que compartía imágenes de aquellos personajes, y comprobó las emociones que aún provocaban.

Me pareció que esa nostalgia podía funcionar, porque funcionó en mi. Es todo un fenómenos social y generacional, hay blogs, comunidades, íconos, hasta los huevos sorpresas tienen una línea dedicada a esos animados”, contó Darwin a OnCuba, tras la presentación de su proyecto en el Pabellón Cuba.

La plataforma de lanzamiento ha sido más que propicia, porque ninguna feria como Arte en La Rampa tiene tal poder de convocatoria, en el corazón mismo del Vedado habanero, con 80 stands que constituyen todo un bazar contemporáneo de la iniciativa privada. Desde su creación hace 14 años, este espacio veraniego se ha consolidado como un mercado indiscutible del arte más o menos asequible, amén de ser un ágora de intercambio entre poetas, lectores, músicos y artistas de todo tipo.

Entre los sponsors de esta gigantesca feria sobresalen el Ministerio de Cultura, la Casa de las Américas, la Asociación Cubana de Artesanos y Artistas y el Fondo Cubano de Bienes Culturales, con cabida para profesionales e independientes que hacen aquí no solo su agosto, sino también su julio: las colas no merman, las compras tampoco, y la gente por lo menos pasea y disfruta. Definitivamente, a los cubanos parece gustarles el comercio…

Darwin, nacido en 1984 y graduado hace un lustro de diseñador gráfico, cree que son buenos tiempos para los negocios. Al menos está de acuerdo con que la apertura económica que vive Cuba de cierta manera estimula la creatividad, sobre todo en la búsqueda de nuevos nichos para la diversificación de las iniciativas particulares y el auge de los emprendedores.

En su caso, se concentró en un público-meta adulto, particularmente los nacidos en los años 60, 70 y 80 del pasado siglo. De hecho, en su stand no hay tallas infantiles, porque sabe que los niños de ahora no se identifican con esos personajes.

Más allá del imaginario popular y alguna que otra referencia en la música y las artes gráficas, la memorabilia de corte soviético nunca fue explotada como lo hace Chamakovic. Tal merchandising solo se había visto recientemente con la serie animada cubana Fernanda. Darwin va más atrás y recuerda la parafernalia de artículos con el Tocopán, mascota de los XI Juegos Panamericanos Habana-1991.

Entre los principales retos que enfrentó estuvo reinventar las poses de los personajes, o adaptar al plano serigráfico un orejón tridimensional como Cheburaska, filmado con la técnica de stop-motionRevivir aquellos años fue muy bueno, algo emocionalmente intenso, aseguró el creador. Claro, no todo fue por amor al arte…

El Taller Portocarrero tiene un objetivo social: producir y vender, pero con el interés de mantener un estándar de calidad y de vincularse en proyectos culturales. Se quería que Chamakovic aportara valores, pero que se vendiera también, con garantías de éxitos, precisó Darwin, auspiciado además por la Galería Génesis.

Chamakovic nació como proyecto puntual para Arte en La Rampa, pero… ¿se quedará aquí o crecerá para resucitar a otros personajes como Mikrovitsh, el Mago Jotavish, Tusa Kutuza o el combo Los Yoyo…?

Darwin sonríe y se limita responder: Todo dependerá de la aceptación, pero no dudo nada: la nostalgia vende…

En Soviet Cuba: Identities in Transition pueden encontrar mejores imágenes y similar información.

sombrillas

sombrilla
Sombrilla de fabricación china comprada en 1976. Foto 2013.

Sombrilla. Hecha en la República Popular China. Comprada en 1976.

Vuelven a verse en las calles de La Habana mujeres con sombrilla. Las sombrillas que se comercializaron en los años 1970s eran, como las de ahora, de fabricación china, con coloridas flores y, en ocasiones, elegantes mangos tallados, nada que ver con los paraguas de los años 1950s que se conservaban en casa de mis abuelos, algunos rotos y descoloridos. La señora que a diario cuida y acompaña a mi abuela, quien está enferma de Alzheimer, suele andar siempre con una sombrilla china. Dice que la compró en la tienda Roseland en el año 1976 por 25 pesos. Entonces ganaba 138 pesos. Dice que su sombrilla jamás se ha roto.

El accidente, documental

 

 

 

 

Durante los cinco años que pasé en la Facultad de Psicología de la Universidad de la Habana, entre septiembre de 1991 y julio de 1996, las lecciones sobre procesos dinámicos o cognitivos, identidad, y bases biológicas de la psicología estuvieron siempre aderezadas con alguna anécdota del accidente aéreo de Aeroflot, ocurrido en 1982 en Luxemburgo, en el que se vieron envueltos algunos profesores del claustro. En el 2010, la profesora Carolina de la Torre recogió en un documental los testimonios de los colegas que la acompañaron en aquel viaje.

Encontrarán en él una mirada al socialismo cubano y su cotidianidad (incluída la compra de bienes de consumo en la URSS), y una evidencia de la permanencia de las huellas soviéticas en el presente de la isla (ver la enorme matrioska al lado de una de las testimoniantes).

Cubaencuentro: Antonio Castro y sus 18 hoyos

1913.

1913

En Cubaencuentro: Antonio Castro y sus 18 hoyos, por Haroldo Dilla Alfonso:

Cuando leí la noticia sobre la victoria de Antonio Castro en un torneo internacional de golf, no pude evitar pensar en Pierre Bordieu.

Bordieu ha sido uno de esos cientistas sociales imprescindibles que escribió sobre varias temas y siempre dijo cosas interesantes. Entre ellas, escribió sobre lo que llamó “la distinción”. Para Bordieu ésta era una suerte de condensación de hábitos de consumo y comportamientos que enmarcan un estilo de vida clasista.

Todas las élites han cultivado su propia distinción con arreglo a sus historias y sus poderes. Cuando los guerrilleros de la Sierra Maestra se hicieron del poder, comenzaron a construir la suya. En un principio fue basada en un discurso de austeridad plebeya y antiurbanismo que encarnó en la figura de Ernesto Guevara con su innegable estoicismo y su conocida aversión al baño. Luego, sobrepasada la época épico/heroica, la nueva clase política tomó el gusto a las abundancias del poder.

Pero siempre tuvieron que hacerlo guardando ciertas apariencias, a expensas del Estado (nadie tenía bases propias de acumulación) y amenazados por un poder supremo que se encargaba de decapitar a los excedidos, a los escandalosos y a los desleales. Y de cualquier manera, siempre estuvieron limitados por su propia visión del mundo que generalmente confundía la prosperidad con aquello que Marc Bloch llamaba “la abundancia grosera”. Eran gente de grandes comilonas, profundas borracheras, capaces de moverse por el mundo con sus gimnasios personales a cuestas, de llenar aviones con pacotilla madrileña y consumidores incontinentes de sexo, del barato y del caro. Pero eran incapaces de entender la elegancia de un adagio o las diferencias entre los vinos del nuevo y del viejo mundo. No sé si soy excesivamente cruel, pero cuando pienso en ellos siempre me viene a la mente la imagen del último canciller destronado meneando su lipídica humanidad con una botella de cerveza en la mano y los pantalones arremangados, en aquella fiesta campestre cuyo video aún está colgado en internet.

Las reformas económicas desde los 90, y en particular desde 2008, han sido tibias en muchos sentidos. Pero no en abrir espacios de consumo y tolerancia a la acumulación a favor de lo que se perfila como una nueva base social del futuro capitalismo cubano: capos del mercado negro, herederos de fortunas políticas, gerentes invocadores de la competitividad, consultores asalariados y merodeadores de la farándula y de las artes.

Esta nueva élite emergente se distingue de la predecesora por sus medios de vida. Esta última era una clase rentista que medraba como una lamprea sobre el cuerpo productivo. Los emergentes, aunque dependen de la protección y la asignación estatal (sin ello nadie sobrevive en Cuba), sus poderes económicos provienen en buena medida del mercado. Son ellos (y ellas) los que se pueden beneficiar de la asistencia a los hoteles, de la compra de viviendas y autos, de los viajes al extranjero con visas que solo garantizan cuentas bancarias significativas, así como de otros servicios que se adquieren en el mercado negro a precios exorbitantes, internet incluido. Y sólo son ellos —y quizás esto es lo más importante— los que pueden dar continuos saltos desde lo que es privado a lo que es público, desde los CUPs a los CUCs, desde lo que es negocio a lo que es política. Y siempre obteniendo beneficios diferenciales desde los cruces de esas múltiples fronteras que caracterizan la fragmentada realidad nacional.

Y en consecuencia, la nueva élite porta otro conato de distinción burguesa que se impone en las noches de lentejuelas de lugares muy selectos, o en los convites en casas que antes solo poseían los funcionarios consagrados y los embajadores. Es sobre ellos y sus noches de lujo que han escrito varios cronistas de los tiempos, como han sido Lois Parsley y Sandra Weiss. Esta última en un artículo curiosamente titulado “Vuelve el glamour a la Habana” en que describe una hummer anaranjada machacando los baches de las calles de la ciudad.

Y es justamente aquí donde entra la figura de Antonio Castro. La indignación de muchos lectores sobre el probable costo del hobby del hijo de Dalia es lógico. Cuba es un país donde la gente discute un dólar con la misma pasión como Robinson Crusoe cuidaba su corral de cabras esquivas. Pero creo que es un asunto secundario, pues cualquier compañía pudo haberle pagado el entrenamiento y hasta haber teledirigido las peloticas de Antonio para que acertaran en los 18 hoyos disponibles. Pues un ganador tan visible como Antonio Castro vale la pena, y por eso su victoria en un torneo de segunda ha sido repiqueteado con más fuerza que si se tratara de Tiger Woods en un Majors.

A diferencia de sus hermanos —pálidos de diferentes maneras— tiene un rol público visible. Y a diferencia de sus primos, Antonio Castro se perfila como un ser apolítico. No se le ve promoviendo libros antimperialistas ni conduciendo congas LGTBs, sino fumando puros con un jet set internacional amante de la nicotina. No tiene cargos rimbombantes sino una simple vicepresidencia de la federación de béisbol, que, no obstante, le pone en la mano la llave para administrar la apertura del país al profesionalismo. Y eventualmente hacerse de un equipo, como lo han hecho muchos multimillonarios en el mundo, entre ellos Silvio Berlusconi y Sebastián Piñera.

Antonio Castro es definitivamente un hombre de pasarelas, pero eso no lo hace intrascendente. Es una pieza particular de eso que hemos convenido en llamar el Clan Castro. Y como tal, entre hoyo y hoyo, Antonio Castro es parte de un poder fáctico que incidirá en la política cubana por mucho tiempo.

Los días no volverán: Envasado al vacío

Envases de productos cubanos para la exportación
Envases de productos cubanos para la exportación. Publicado en Granma Internacional. 1987.

Envases de productos cubanos para la exportación. Publicado en Granma Internacional. 1987.

En Los días no volverán: Envasado al vacío:

…Ni tan siquiera recuerdo haber visto algún paquete de Cerelac que declarara su composición, pero si lo hubiese habido, tampoco estábamos acostumbrados a escudriñar los envoltorios para leer ingredientes, conservantes o fechas de caducidad, sobre todo porque casi ningún alimento facturado en Cuba estaba envasado. La leche en polvo se vendía a granel: los afortunados que tenían dieta iban a la bodega con una “jabita” para que se la despacharan. El bodeguero abría el saco, se sumergía en él y sacaba con un jarro escachado, como si fuera agua de un pozo, el polvo de leche contaminado con más polvo (ambiental) y cualquier otra impureza que ni nos atrevíamos a imaginar. O el puré de tomate que se almacenaba en aquellos tanques oxidados de 55 galones y que envasábamos en pomos plásticos reciclados, vendidos por un anciano semiindigente que los recogía de la basura; o la cerveza a granel, a la que le echaban cubos de jugo de toronja para aumentarla, según decían por entonces. Y ya ni siquiera me refiero a los productos de reventa, esos que podían venir envueltos en papel de periódico o en cajas de zapatos, sino a los oficiales.

En mi último viaje a la isla compré algunas cajas de jugo que, una vez terminadas, mi madre conservaba para rellenar. Tener aquellos briks de colores en la nevera formaba parte de su fantasía cotidiana que yo no me atrevía a destruir. Así hacía con los potes de helado, con los pomos de cristal que antes habían sido de aceitunas y en los que ahora guardaba ajos pelados o con los geles de ducha, que aunque vacíos ya, seguían ocupando su espacio en la repisa del baño…
En la cómoda, por los siglos de los siglos, unas preciosas cajas de talco heredadas de la abuela (y llenas ahora de botones hasta rebozar), y a su lado, la única de diseño más aceptable que se vendió en los `80: el talco Tú.
Los envases venían a ser como un subproducto capitalista que enmascaraba el producto; un beneficio añadido y prescindible, como la doble moral. (La profesión de diseñador podría ser una de las más obsoletas del Período Especial, e incluso, del Socialismo indigente cubano.)…
Gracias a Axana Álvarez por el enlace.

Emilio García Montiel: Garbanzos y república: Disoluciones y dispersiones, video

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En el evento Cuba por fuera, celebrado en la Universidad de Nueva York el 8 de junio de 2012, el historiador y poeta Emilio García Montiel leyó la ponencia Garbanzos y República: disoluciones y dispersiones. En ella Montiel repasa “la disolución forzada de una cultura material; disolución sostenida no por la cotidiana obsolescencia de objetos (o funciones) paulatinamente reemplazados por otros de mejor calidad o funcionamiento, sino por la desaparición de los primeros y la imposibilidad de los segundos”. Esta disolución, sugiere Emilio, define un hilo temporal dictado por la ineficiencia económica del poder político y no por la obsolescencia natural de las formas de los objetos, y da lugar a unas muy peculiares formas de la nostalgia que se presentan como nostalgias de un casi inmediato aquí y ahora.

electrodomésticos de la república

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Tostadora y plancha
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Plancha para sandwiches de los años 1950s. Colección Cuba Material.

En casa de mis abuelos se conservan algunos equipos electrodomésticos de los años 1950s. Una tostadora, una plancha para hacer sandwiches y una cafetera de café americano cuyas porciones de agua y polvo mi abuela aprendió a dosificar hasta obtener en ella algo muy parecido al café cubano acumulan herrumbre sobre un aparador del comedor. Aunque en algún momento anterior a mi infancia dejaron de funcionar, nadie los movió de sus lugares, pensando en algún día cambiarles la resistencia y volverlos a poner a funcionar.

El año pasado, mientras buscaba en las tiendas en divisas un colchón nuevo para la cama de mis abuelos, vi que de nuevo se vendían en Cuba una diversa gamas de efectos electrodomésticos, en divisas y a precios elevados, aún si se comparan con los estándares de los Estados Unidos. Mis abuelos no pueden adquirir ninguno, pues hace tiempo que gastaron, cuando tuvieron que arreglar el techo, los ahorros que acumularon durante toda su vida. Tampoco han podido reparar  la vieja tostadora, la sandwichera, o la cafetera de café americano en la que alguna vez hicieron el café cubano.

cifras de población y de bienes de consumo

La Habana. 1950s. Imagen tomada de cjaronus blog.

La Habana. 1950s. Imagen tomada de cjaronus blog.

En Diario de Cuba:

Antes de los Castro, la Isla era un imán para atraer inmigrantes de Europa, Medio Oriente, Asia, el Caribe e incluso de Estados Unidos. Estadísticas del antiguo Ministerio de Hacienda de Cuba revelan que solo entre 1902 y 1930 llegaron a nuestro país 1.3 millones de inmigrantes, 261.587 de ellos en los últimos seis años de ese período.

En esos 28 años, encabezaron la lista 774.123 españoles, 190.046 haitianos, 120.046 jamaicanos, 34.462 estadounidenses, 19.769 ingleses, 13.930 puertorriqueños, 12.926 chinos, 10.428 italianos, 10.305 sirios, 8.895 polacos, 6.632 turcos, 6.222 franceses, 4.850 rusos, 3.726 alemanes y 3.569 griegos.

En años posteriores siguieron llegando a Cuba más inmigrantes de las nacionalidades mencionadas, así como también libaneses, judíos, palestinos, rumanos, húngaros, filipinos y mexicanos (sobre todo de Yucatán), etc. En 1958 había en la embajada de Cuba en Italia 12.000 solicitudes de ciudadanos deseosos de emigrar a la Isla.

Pero si en 1958 Cuba era uno de los tres países de Latinoamérica con mayor ingreso per cápita, con 374 dólares —el doble que en España ($180) y casi igual al de Italia—, hoy es uno de los más pobres. Es el único que en vez de avanzar involucionó y presenta ahora un grado menor de desarrollo económico y social que hace media centuria. Ni siquiera Haití sufrió tal retroceso.

Los efectos del castrismo asombran cuando se examinan algunas estadísticas del Anuario Estadístico de Naciones Unidas, el Atlas of Economic Development (1961) de Norton Ginsburg, la FAO, el Departamento de Comercio de EE UU, y el Cuban Center for Cultural Social & Strategic Studies, Inc.

En 1958, como en cualquier nación en desarrollo, había pobreza en la Isla, pero Cuba era el octavo país del mundo con mayor salario promedio en el sector industrial, con $6.00 diarios, por encima de Gran Bretaña ($5.75), Alemania Federal ($4.13) y Francia ($3.26). La lista la encabezaban EE UU ($16.80) y Canadá ($11.73). Cuba, además, ocupaba el séptimo lugar mundial en salario agrícola promedio, con $3 diarios, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

Hace 54 años Cuba registraba la mayor longitud de vías férreas en Latinoamérica, con un kilómetro de vía por cada 8 kilómetros cuadrados. Y era líder en televisores, con 28 habitantes por receptor (tercer lugar en el mundo); la primera señal de TV a color en el mundo fuera de EE UU fue lanzada en La Habana por Gaspar Pumarejo, el 19 de marzo de 1958. El país ocupaba el segundo lugar latinoamericano en número de automóviles, con 40 habitantes por vehículo.

También teníamos la más baja tasa de inflación en Latinoamérica, con 1.4%. Nos autoabastecíamos de carne de res (desde 1940), leche, frutas tropicales, café y tabaco; y éramos casi autosuficientes en pescados y mariscos, carne de cerdo, de pollo, viandas, hortalizas y huevos. Éramos el primer país latinoamericano en consumo de pescado y el tercero en consumo de calorías, con 2.682 diarias. Producíamos el 76% de los alimentos que consumíamos (hoy producimos el 21%), y había una vaca por habitante.

La Isla exportaba más de lo que importaba, y era la tercera economía más solvente de la región por sus reservas de oro y de divisas y por la estabilidad del peso, a la par con el dólar. Era el país latinoamericano con menor mortalidad infantil y el que dedicaba mayor porcentaje del gasto público a la educación, con el 23 %. (Costa Rica, 20%; Argentina, 19.6%; y México, el 14.7%). En 1953, Francia, Gran Bretaña, Holanda y Finlandia contaban proporcionalmente con menos médicos y dentistas que Cuba.

Cuba era también proporcionalmente en 1958 el país latinoamericano con más salas de cine, ostentaba el segundo puesto en cantidad de periódico impresos, con ocho habitantes por ejemplar, luego de Uruguay (seis), y tenía el segundo lugar en teléfonos, con 28 habitantes por aparato.

Conclusión, que la debacle económica cubana no es causa, sino efecto. La verdadera razón que fuerza a emigrar de Cuba es el sistema político que sepultó la libertad económica y transformó la Isla en una ameba gigante que se nutre de subsidios extranjeros.

datos de “antes” y “después”

Tienda Fin de Siglo. Imagen tomada de Contextus.

Tienda Fin de Siglo. Imagen tomada de Contextus.

Cubanidades: El Fin de Siglo que no conocieron:


Los nacidos después del 59… vistieron con ropas generacionales pues pasaban de un familiar a otro, zapatos fuera de moda aunque siempre limpios. Perfumes y desodorantes eran una joya arqueológica y el champú “Fiesta” su única opción.

Noches de Habana, sin el glamour de años anteriores, clubes nada exclusivos. Pocas playas, escasas piscinas y abundante malecón. Un par de zapatos de “Primor” para “los quince de la niña” , una fiesta con reducidas ofertas y mucha demanda. Música hasta pasada la media noche resumiendo la alegría de estar vivos. Cajas de talco a modo de rolos para amoldar el pelo. “Chancletas metedeo”, batecasas, palabras que parecían salidas de un idioma que busca el facilismo mental por lo descriptivas.

……………….
En esos momentos era conocida la ropa soviética en pleno verano, circo soviético, exposición rusa, maestrías y postgrados de cultura hispana en la Unión Soviética. Premios de los 9500 millones a la Repúblicas Socialistas. Calzado preparado para frio mas no resistente al calor. Como idioma universal el ruso, inservible y áspero en las costumbres pero útil para negociar en sus colonias. Cintas de seda con grandes lazos, batas vaporosas. Tanta Europa resumida a un solo país. Muñequitos rusos odiados pero necesarios compitiendo con el exclusivo Elpidio Valdés, palmiche y sus contrarios.

De aquellas famosas tiendas quedaron vagos recuerdos reforzados por el deseo desmesurado de aprender de un pasado que tenía un Encantonatural por más que la Época era diferente. Quizás llegaría el Fin de siglo, con otras expectativas ya no tan pendiente de los Ten cent de salario con pensamiento de miseria. Hoy la generación que toma la vanguardia de la juventud conoce de lo aprendido. Sus recuerdos son tan pobres como las vivencias de sus padres y las remembranzas de los abuelos.

Ahora todo es diferente, las famosas escaleras rodantes que cincuenta años atrás causaron impacto hoy son pirámides esculpidas sobre la inmovilidad. Mostradores que no enseñan sino ocultan la ausencia de productos. Lámparas que dejaron de ser luminarias para ocupar el puesto de espacios oscuros. Los aires acondicionados acaparan la atención en días calurosos porque su uso restringido es muestra de un pasado tan remoto como el pensamiento de querer cambiar la vida con adelantos científicos. Cuba, un país que avanza de marcha atrás, no porque busque sus orígenes sino porque desconoce su futuro.

síndrome del envase vacío

Cantina
 Cantina que circuló en Cuba en los 1980s. Imagen tomada de internet.

Cantina que circuló en Cuba en los 1980s. Imagen tomada de internet.

Es mediodía y pides, frente a la pequeña barra de madera construida a la entrada de un edificio de dos plantas, una ración de arroz frito especial. Es para llevar, pero no tienes que aclararlo pues se trata de un negocio de comida sólo para llevar. Pagas y te vas, dispuesta a regresar en media hora como te sugirió la dependiente. Regresas más tarde y, después de esperar otra media hora, la dependiente, que todo el tiempo ha estado frente a tí, te dirige la palabra para decirte que la comida aún no está lista, pero que saldrá pronto, pues hubo problemas con el gas. Te pide, entonces, el envase donde te llevarás la comida que compraste. Dices, y no mientes, que no tienes un envase, que no sabías que debías llevar uno, y piensas que, cuando minutos antes tu madre te sugirió que llevaras un envase, la tomaste por loca o provinciana. La dependiente te sugiere comprar uno de los contenedores de cartón que se amontonan en una esquina de la barra/mostrador, exactamente iguales a los que te darían en Nueva York o en cualquier parte del mundo. Le dices que no trajiste dinero, pues habías pagado cuando ordenaste la comida, momento en el que nadie te dijo, le dejas saber, que deberías volver con un envase. Para salir del problema, la dependiente te dice que, como la comida tardará aún un poco más, ella te la llevará a casa en los envases de cartón a los que estás acostumbrada y entonces podrás pagarlos. Regresas y le dices a tu madre que ella tenía razón, y que, además, aún deben esperar para comer el arroz frito especial.

El Encanto

Christian Dior en El Encanto de La Habana. Imagen tomada de internet.

En los años 50, si un millonario estadounidense quería comprar un modelo de Christian Dior, tenía que viajar a París o La Habana.

En 1956, el modisto francés, Christian Dior, que padecía de fobia a los aviones, no pudo resistir la tentación y se arriesgó a volar hasta Cuba para visitar aquella famosa tienda que había adquirido la exclusiva de sus modelos.

Ubicada en un edificio de seis pisos, con 65 departamentos, El Encanto fue un templo de la elegancia, frecuentado por grandes estrellas internacionales.

Tyrone Power y César Romero iban buscando corbatas de seda italiana.

Ray Milland, uno de los actores preferidos de Alfred Hitchcock, se surtía de camisas deportivas en el Departamento de Caballeros.

Miroslava, la actriz checa que hizo carrera en el cine mexicano, exigía en los contratos de sus películas que los vestidos fueran de El Encanto.

John Wayne confiaba en las camisas a la medida de su estatura que confeccionaban en la sastrería de la tienda.

María Félix prefería el famoso Salón Francés, decorado a imitación del palacio de Versailles y dedicado a dar una atención exquisita a las damas que venían en busca de los exclusivos modelos de Manet.
“Ella era muy elegante, sabía lo que quería”, afirmó el diseñador Alberto Suárez, ‘‘Manet”, de 88 años, que recuerda como si fuera ayer el vestido de noche, “muy escotado y entallado con un cinturón a imitación de una mariposa” que le hizo a la Doña.

“Uno de los éxitos de El Encanto es que confeccionaba la ropa en sus propios talleres”, indicó Darío Miyares, presidente de la Asociación de Antiguos Empleados de las tiendas El Encanto.

La historia se remonta a fines del siglo XIX, cuando el inmigrante asturiano José Solís “Don Pepe” abrió El Encanto en la esquina de Galiano y San Rafael, en abril de 1888. Al principio, fue una sedería y después se convirtió en almacén. A Don Pepe se le unió su hermano Bernardo y más tarde el también español Aquilino Entrialgo, quienes crearon la sociedad Solís, Entrialgo y Compañía en 1900.

Hubo una magnífica cooperación entre ellostres”, comentó José Antonio Solís, nieto de José Solís. “En un discurso en los años 20, tío Bernardo dijo que los hermanos se complementaban muy bien en los negocios. José era el visionario optimista, y Bernardo, prudente y cauteloso”.

Tanto para José Antonio como para su prima Margarita Solís Alió, hija de Humberto Solís Alió, uno de los artífices de la modernización de la tienda en los años 50, el papel de los empleados en el avance de la empresa fue extraordinario. “Nunca he visto una lealtad másgrande”, comentó Margarita.

Mi abuelo valoraba enormemente la contribución de los empleados. Tuvo una gran visión para escoger a las personas y les dio participación para que sacaran beneficios de lo que la tienda producía. Creo que fueron muy adelantados en lo que hoy se llama justicia social”, añadió José Antonio.

La Asociación de Antiguos Empleados de El Encanto se creó en 1980 para mantener vigente el nombre de la tienda y de la empresa cubana en Estados Unidos.

Todos los años, el último domingo de octubre, se reúnen en Miami numerosos ex empleados de otras ciudades y países.
Es la única reunión de cubanos que citan a las 12 y se aparecen a las 11. A las cuatro tienen que botarnos del salón; no paramos de hablar, comentó divertido Miyares, quien consideraba El Encanto como su segunda casa. Empecé a los 16 años, acabado de graduar de segunda enseñanza, y allí conocí a una muchachita que entró a trabajar en losascensores”, dijo, refiriéndose a Olga, su esposa desde hace 54 años, también ex empleada de El Encanto.

El Encanto fue pionero en ofrecer tarjeta de crédito, certificados de regalos y entregas a domicilio. En 1949, con la edificación del nuevo edificio, comenzó un proceso de modernización. Recibíamos mercancía de todo el mundo. Teníamos oficinas de compra en Londres, París, Nápoles, Barcelona, Madrid y Nueva York”, destacó Miyares, que recuerda una campaña de publicidad en la revista Harper’s Bazaar y una valla en la calle 36 y 32 avenida del noroeste en Miami.

El estricto código de etiqueta en el vestuario y la atención al cliente fueron sello de distinción.Desde que entrabas, tenías que dar unas clases de cómo vestirte. En el verano, de blanco; y en el invierno, de negro, con faja, medias largas, pelo arreglado y bien maquillada”, recordó Julie Arias, quien además de trabajar como secretaria fue modelo.
Teníamos que convencer al cliente con mucho respeto y un trato amable, añadió Arias, que solía viajar al menos dos veces al año para presentar las nuevas colecciones en las sucursales de Camagüey, Santiago de Cuba, Varadero, Cienfuegos, Hol-guín y Santa Clara.
Arias, que vivía a escasas cuadras de su lugar de trabajo, fue una de las testigos del fin de El Encanto en el incendio provocado por la explosión de varias bombas el 13 de abril de 1961.
Fui a levantar a mi hijo de la cuna y vi caer el edificio como si fuera polvo. Fue una impresión tan grande que nunca pude volver a pasar por allí”, recordó Arias, quien junto a otros colegas de El Encanto participó en la recreación del ambiente existente en la tienda para el evento anual de Cuba Nostalgia.
Cuando se inaugure la nueva sede del Museo Cubano, El Encanto tendrá allí un espacio exclusivamente dedicado a la memoria   de la célebre tienda habanera, en cuyos antiguos terrenos hoy existe un parque en La Habana.
Cortesía de Diana Arús.

autos soviéticos

Moskovitch
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Holguín, 2011. Foto Olmis Leyva.

Algunos datos de los automóviles fabricados en la URSS:

El primer Moskovich se comenzó a fabricar en 1946, en la fábrica moscovita MZMA, y salió a la calle un año después. Por entonces la URSS solamente contaba con esta fábrica y una en Gorky (aquí se hacía el GAZ -20 o Pobeda). Hasta ese momento, la producción de ambas era principalmente camiones. Si bien en un inicio los Moskovich eran asignados a trabajadores vanguardias, luego su venta se liberalizó.

El primer Volga (o GAZ-21) se produjo en 1956, en Gorky, y rápidamente se convirtió en el automóvil de la KGB, el Partido, y otros funcionarios importantes, siempre de color negro. Los más poderosos, sin embargo, viajaban en Chaika, una limosina negra con capacidad para siete pasajeros, producida en relativamente pequeñas cantidades, también en Gorky, a partir de 1958. Algunos pocos Volgas fueron vendidos a la población.

En 1960 se comenzó a producir el más pequeño de los automóviles soviéticos, el Zaporozhet, de solo dos velocidades, por el mismo fabricante de Moskovichs.

En 1971 la fábrica MZMA de Moscú fue renombrada Fábrica de Automóviles Konsomol Lenin (AZLK) y se destinó a producir carros para la clase media soviética. El primer Moskovich-412 se fabricó en septiembre de ese año.

En 1970 se creó una nueva fábrica, VAZ, en Togliatti, con tecnología Fiat. El primer VAZ-2101 (Lada Zhiguli) salió a la calle en 1971. Además de los modelos VAZ 2101 al 2107 producidos en Togliatti, otros dos modelos salieron de esta fábrica: el jeep urbano NIVA, y el Lada-Samara (VAZ 2108 and 2109). Este último, producido en los años 80s.

EL VAZ-2101 es la copia más cercana al Fiat, mucho más parecida a éste que los modelos posteriormente producidos, y se mantuvo siempre a la cabeza del mercado de autos en la URSS.

(tomado de Jukka Gronow y Sergei Zhuravlev. 2010. “Soviet Luxuries from Champagne to Private Cars.” Pp. 121-146 in Pleasures in Socialism. Leisure and Luxury in the Eastern Bloc, edited by David Crowley and Susan E. Reid. Evanston, IL: Northwestern University Press)

los automóviles y la república

automóviles

Detalle en el piso de los jardines del Hotel Nacional de Cuba. Foto 2010.

En 1956, una exposición de autos en el estadio de la Tropical atrajo en un solo día más de 40 mil visitantes.

En 1955, existían en Cuba 125 mil automóviles en manos privadas, el 35% de los cuales eran Chevrolets y Fords. Sin embargo, se calcula que la cifra de carros que circulaban por entonces es aún mayor, pues los cubanos solían también viajar a los Estados Unidos a comprar sus automóviles allá.

En la década de los años 1950s, la Habana era la ciudad del mundo con más Cadillacs per cápita.

En 1958, 170 mil automóviles circulaban en Cuba, cifra solamente comparable con la de la ciudad de Nueva York.

(fuente: Louis A. Pérez. 1999. On Becoming Cuban. Identity, Nationality, and Culture. New York: University of North Carolina Press)

Ver también El primer automóvil en Cuba, en el blog Historia del Consejo Cubano del Exterior; Mini-historia del automóvil en Cuba, en Primavera DigitalHistoria de los inicion del automovilismo en Cuba, en Cubaweb; El auto en Cuba, en la web de la Peña Amigos de Fangio.

Enrisco/Doimeadios: Oh, San Zumbado! (video)

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La grabación fue realizada el día del estreno mundial de la obra en el teatro Mella, en el Vedado, durante el festival del humor Aquelarre en su primera edición, en 1993.

Y estas son palabras de Enrisco, autor del texto, quince años después:

En 1993, cuando se iba a inaugurar el primer festival de humor Aquelarre los organizadores me pidieron que le preparara un homenaje a Zumbado. En lugar del collage de los chistes del maestro que era más o menos lo que se esperaba opté por ser fiel a su espíritu, un espíritu inquieto, jodedor e irremediablemente rebencúo. Y eso fue lo que hice: convertirlo en espíritu, en un San Zumbado al que hacía responsable de los horrores del Período Especial. El texto, por supuesto, iba más allá de mencionar aquellas escandalosas miserias. Más bien era un ataque a la nostalgia de los que concebían la década de los 80 como una especie de paraíso, algo que a Zumbado le hubiera parecido una aberración. Y les recordaba a todos (como nunca dejó de hacerlo Zumbado) que Aquello nunca había conseguido organizar un presente más o menos placentero, que la Revolución nunca había cumplido 15.
Como se trataba de un homenaje a nadie se le ocurrió revisar el texto y con menos de 24 horas para prepararlo el actor Osvaldo Doimeadios llevó a las tablas del teatro Mella una interpretación espléndida. Al terminar Zumbado subió al escenario risueño como siempre y tarareando el tema de “Casablanca”. No estoy muy seguro si entendió lo que estaba pasando, si su maltratado cerebro había captado toda la ironía del asunto. Lo cierto es que de inmediato el monólogo se convirtió en parte de la rutina que varios actores repetirían durante años por todo el país sin que se atrevieran a censurarlos. En ese texto yo no había inventado nada nuevo. Apenas sintonicé el espíritu de Zumbado con la nueva época en la que habíamos entrado. Por eso me complació tanto que sin poder escribir una línea, el nombre y los hallazgos de Zumbado se mantuvieran vigentes durante la feroz década del 90 cada vez que algún actor empezara invocándolo con aquél “Oh, San Zumbado, santo patrón de los usuarios, tenaz castigador de administraiciones y/o catástrofes, escudo de los traspapelados en las envolventes aguas de la burocracia ¡auxílianos en esta hora difícil!”. Era un medio de devolverle en parte lo mucho que nos había dado. Su cuerpo no sé por dónde andará. Su espíritu no es difícil de invocar cada vez que un cubano intente entender su realidad (no sé por qué pero así es como insistimos en llamar a una pesadilla de medio siglo: “realidad”) con humor y (valga la redundancia) inteligencia.
Enrique Del Risco
NY 2008