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club nocturno El Avioncito
Club El avioncito

Club El avioncito. Vedado. Circa 1977. Imagen tomada de Facebook.

Cuando era niña, sentía mucha curiosidad por conocer cómo era por dentro el club nocturno El avioncito. Nunca pude entrar porque, me explicaban mis padres, era menor de edad, y cuando tuve edad para ir a bares ya lo habían desmantelado. Sin embargo, todavía suelo referirme al solar entre las calles B y C donde estuvo por su nombre, y a sus alrededores, a partir de la distancia o cercanía con relación a El avioncito.

Cuentan que el animador del club hacía las veces de piloto y anunciaba el nombre de las ciudades por las que, supuestamente, sobrevolaban, y que una vez uno de los clientes gritó: “¡sigue, y hasta Miami no pares!”. Algunos sospechan que fue por eso por lo que las autoridades decidieron cerrar El avioncito.

Club nocturno El Avioncito. 1975. Foto cortesía de Ramiro A. Fernández. Colección de Ramiro A. Fernández.

Club nocturno El Avioncito

Club nocturno El Avioncito (al frente, una carroza construida para los carnavales). Imagen tomada del grupo de FB 3ra y A.

Trabajos de obras públicas en San Lázaro y M
Trabajos de obras públicas en San Lázaro y M

Trabajos de obras públicas en San Lázaro y M. Años 1940s.

En Architecture of Necessitytexto de Alejo Carpentier La Habana, ciudad sin terminar, publicado en 1940:

(…)

La Habana es la ciudad de lo inacabado, de lo cojo, de lo asimétrico, de lo abandonado. Desde niños estamos habituados a tropezarnos, cada día, con solares yermos, donde se amontonan latas cada vez más seculares, desperdicios cada vez más diversos. Durante años padecimos el desierto en donde habría de alzarse el Capitolio, cubierto de ruinas evocadoras de las primeras grandes “mangaderas” [Manera popular de aludir, en particular, a las sustracciones del erario público por avispados políticos y funcionarios] de nuestra vida republicana. (Al menos tenían un valor histórico). Durante años hemos estado padeciendo aquel erial que se extendía a un costado de la Terminal, ofreciendo al viajero que llegaba de la provincia, un panorama capitalino lleno de acusaciones. Pero aún quedan otros…

(…)

Para desgracia nuestra, el Malecón fue poblado de casas de épocas en que los contratistas catalanes hacían estragos en nuestras avenidas y repartos, con sus columnas compradas al por mayor y balaustradas a tanto el metro. Pero también debe reconocerse que se ha hecho muy poco por embellecer ese “corso” que disfruta del adorno de puestas de sol únicas en el mundo. La explanada de La Punta –remate del Prado- se ha transformado, después de su ensanche, en un pedregal, donde hasta los perros temen aventurarse por miedo a lastimarse las patas. ¡Y no hablemos del extraño sedimento de glorieta, resto de algo informe, que nos hace pensar en ciertas fotos recientes de bombardeos de Londres!… sic transit…

Hay avenidas en el Vedado que, desde hace mucho tiempo, se asemejan a parques reservados americanos, ya que parecen terreno tabú para la mano del hombre de Obras Públicas… ¿O será que con ello pretende impedirse la desaparición de ricas especies de guisasos?…

Transcurre el tiempo y nos habituamos a tropezarnos con los mismos terrenos cercados por las mismas vallas; con las mismas casas a medio construir, con las mismas aceras hundidas en torno a una placa de alcantarilla mohosa… Y creemos recordar que en un yermo situado al costado del Parque Maceo se alzaba, antaño, una iglesia que, por lo menos, tenía un cierto valor histórico… Pero ese edificio cayó bajo la piqueta demoledora y desde entonces, solo florecieron tiovivos y tiros al blanco…

Y no hablemos del hermano bache que nos espera en todas partes, dando muestras de un prodigioso don de ubicuidad… Todos aquellos que tienen a veces la desgracia de guiar un automóvil por las calles de La Habana, se habitúan a esquivar amorosamente ciertos baches, como si quisieran preservarlos de toda lastimadura…

(…)

¿Pero qué queréis?… La Habana es ciudad atendida por coleccionistas. Y, como os decía hace un instante, una obra terminada destruye el placer de aquellos que reúnen, a capricho, edificios, calles y avenidas… Por lo tanto, mucho me temo que La Habana permanezca ciudad inconclusa por mucho tiempo.

En vista de ello, sería oportuno fundar una “Sociedad protectora de baches y yermos” para tener, al menos la soberbia de poder decir a los turistas que estos se encuentran donde se encuentran por nuestra santa y enérgica voluntad.

Cuidad de La Habana
Cuidad de La Habana

Vista aérea de la Cuidad de La Habana en la primera mitad del siglo XX.

En Temas: “Me pongo a disposición de ustedes, han sido elegidos miembros del Comité Central.” Entrevista a Oscar Fernández Mell:

RH: ¿Cómo eran las relaciones entre el gobierno, o sea, el Poder Popular y el Partido en una ciudad como La Habana, en ese período posterior a 1976?

(…) OFM: En los diez años que fui alcalde de La Habana, lo que nos ocupamos de hacer, primero, fue el Plan de desarrollo perspectivo de la ciudad, que se aprobó por el Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros. Después que yo salí, se abandonó un poco, no sé qué ha pasado, no se ha seguido, a pesar de que estaba aprobado por el Consejo de Ministros.

Todas las áreas de la vida de La Habana tratamos de incluirlas en el Plan perspectivo. Por ejemplo, el acueducto. Buscamos la manera de que el acueducto de La Habana, que son varios acueductos, se unieran y hacer uno solo, interconectarlos de manera tal de que las líneas tuvieran presión positiva, que es lo único que evita que se contamine. Si las líneas están siempre llenas de agua, no entra la contaminación. En cuanto tú tienes que estar cerrando para darle agua a otro lado, se produce una presión negativa, y se absorbe todo lo que está alrededor. Y cuando son tantos kilómetros, pues hay mucho chance de que se contamine.

La otra dirección en que trabajamos para mejorar el abasto de agua, que es muy importante, fue en suavizarla. El agua de La Habana es muy dura, tiene muchos carbonatos. De manera que cuando pones una llave nueva, a los seis meses, ya casi no cierra. En los países donde se suaviza el agua, los herrajes duran toda la vida; aquí están todos llenos de sarro, tienes que estarlos zafando, se le echan a perder las zapatillas, y la botadera de agua es muy grande. Hay dos mecanismos que se usan en el mundo. Uno es la planta central para suavizar el agua, que es cara. La vi en la ciudad de Atlanta, en Estados Unidos. El otro es el que se usa en Londres, donde te venden unos aparaticos que tú los pones en la entrada de la casa; cada tres meses, le echas un cartuchito de sales, y te suavizan el agua.

En cada área de necesidades, teníamos un Plan perspectivo. Por ejemplo, cuando yo llegué a hacerme cargo de la alcaldía, para recoger la basura había diez camiones.

RH: ¿Nada más, diez camiones?

OFM: Diez camiones. Y cuando yo me fui, dejé ciento cincuenta. Claro, yo tenía amigos. El alcalde de Berlín era un gran amigo de Cuba, así como el de Praga, y el de Moscú, Prómilov, que nos ayudaban muchísimo. Los primeros contenedores de basura que vinieron, que no eran de plástico, sino de lámina, me los mandaba el alcalde de Berlín. Los camiones de recoger basura, marca Skoda, algunos me los mandaba el alcalde de Praga. Y Prómilov me ayudaba en todo, sobre todo cuando venía aquí a visitarnos y se reunía con los organismos: “La ciudad tiene que tener una organización”. Eso me ayudaba. Porque en la capital todos los ministros querían hacer lo que estimaban pertinente. Porque en todos los países del mundo, el alcalde es el que manda en la ciudad, no el gobierno central. En Moscú, era Prómilov el que mandaba. En Madrid, quien manda es el alcalde o la alcaldesa que hay en este momento, el gobierno central no se mete. Mientras que aquí, los ministros, cada uno quiere hacer lo mejor para su organismo. Y eso no es fácil, las luchas son bastante. Fidel en esto me ayudó.

Nosotros no sólo actuamos, sino teníamos un plan perspectivo de desarrollo de cada una de las cosas. Por ejemplo, en Planificación Física estaba Gina Rey, que era una mujer muy preparada, y también muy valiente. Tenía conmigo a Maximiliano Isoba, el mejor ingeniero calculista que ha dado este país; y el profesor Menéndez, el padre de todos los ingenieros civiles. Además de Mario Coyula, que era el Arquitecto de la ciudad. Ese era el equipo mío de trabajo, en construcción, mientras estuve en La Habana.

Algo que aprendí con el Che fue a rodearme de gente que supiera mucho más que yo. El Che no le tenía temor a eso. Cuando lo nombran presidente del Banco Nacional, sin ser economista, se rodeó de los mejores financieros y economistas. Y empezó a dar clases con [Salvador] Vilaseca. Se hizo economista, y después él y Vilaseca estudiaron matemáticas. Porque acordaron que para ser economistas hacía falta saber matemáticas. Entre los encargados del área jurídica del Poder Popular, algunos llegaron luego a integrar el Tribunal Supremo. Ese era el equipo de trabajo que fuimos desarrollando en el Poder Popular, y que era la alcaldía.

Por ejemplo, llegamos a tener en La Habana dos mil quinientas guaguas, para que trabajaran al ochenta por ciento.

RH: ¿Cuántos habitantes tenía la ciudad en esos momentos?

OFM: Dos millones, más o menos. El jefe de la Empresa de Transporte Urbano era Julio César González, que había nacido arriba de una guagua. Él había sido chofer de las guaguas urbanas. Teníamos 2500 ómnibus.

RH: ¿Esa empresa estaba subordinada al Poder Popular?

OFM: Sí, claro. Y por supuesto, las discusiones eran muy fuertes.

RH: ¿El Ministerio de Transporte cooperaba?

OFM: Cooperaba, sí. Pero no mandaba. El sistema para reparar las calles, todo era nuestro. Había que trasladar 3,5 millones de personas cada día. La única solución era el metro. Creamos el Grupo del Metro de La Habana, con asesores soviéticos de Leningrado (hoy San Petersburgo). Se llegó a hacer el estudio de una línea completa, con estaciones de pasajeros y análisis de suelos, que arrancaba desde los talleres de Naranjito, al sur de la ciudad, pasando por el Vedado, y terminaba en La Habana Vieja.

Por otra parte, llegamos a inaugurar en un año siete mil viviendas, y al siguiente seis mil, al otro cinco mil, y teníamos quince mil en ejecución como Poder Popular.

RH: Aparte de las que construía el Ministerio de la Construcción.

OFM: El Ministerio de la Construcción tenía sus obras grandes. Cuando tenía pocas obras, se dedicaba a la vivienda; y cuando no, se llevaba a los constructores. De manera que nosotros empezamos a hacer nuestras brigadas de construcción de viviendas. El principal problema de la vivienda no es la estructura, sino los muebles sanitarios, la electricidad, los picaportes, las cocinas, el sistema hidráulico, eso es lo duro, lo que más trabajo lleva.

Leer toda la entrevista aquí.

Brochure promocional de un edificio de propiedad horizontal
Brochure promocional de un edificio de propiedad horizontal

Brochure promocional de un edificio de propiedad horizontal. 1950s. Colección Cuba Material.

Algunos de mis amigos de infancia, vivían en apartamentos que habían sido, y aún se les llamaba, de propiedad horizontal. Para mí, se trataba simplemente de apartamentos en edificios mucho más modernos que el pequeño Pastorita en el que yo vivía. Edificios con nombres como Naroca, en cuyos bajos había una peluquería de lujo (Hermanas Giralt) y una oficina de correos; con apartamentos de piso de granito, por lo general de color blanco, colector de basura, ventanas de cristal, instalación de aire acondicionado, cocinas eléctricas y entrada de servicio. Edificios con elevador, amplia entrada de paredes de mármol y canteros menos chapuceros que el de los bajos de mi casa. Comentábamos entonces que los “verdaderos” apartamentos de propiedad horizontal eran aquellos que tenían elevadores que abrían en el recibidor y que ocupaban toda una planta.

Sin embargo, como se explica en uno de los folletos que anunciaban estos apartamentos:

La Propiedad Horizontal en Cuba ha sido creada por el Decreto-Ley número 407 de 16 de septiembre del año 1952 y esto ha proporcionado un gran plan de financiamiento, a tal extremo, que en muchos casos se paga menos comprando la propiedad, que alquilando el apartamento.

Es decir, propiedad horizontal es cualquier unidad habitacional en edificios de viviendas múltiples que pueda adquirirse mediante contrato de compra. Esto, antes de 1952, no era posible en Cuba. Hasta entonces, se era dueño del edificio y del terreno, no de los apartamentos.

El brochure promocional del edificio construido justo en la intersección de las calles Línea, Calzada y 15 anuncia, sin embargo, como “La verdadera Propiedad Horizontal, un solo apartamento en cada piso”, de ahí, quizás, nuestra confusión.

Vea el folleto en pdf del edificio de propiedad horizontal de Línea, Calzada y 15.

***

En Opus Habana: Inventos domésticos contemporáneos: Las casas de departamentos, por Emilio Roig de Leuchsenring:

Al tratar en las Habladurías anteriores de ese prodigioso descubrimiento contemporáneo que es el baño intercalado, me referí, de pasada, a las casas de departamentos, otro no menos sensacional invento de nuestro siglo.
De la antigua y amplísima casona colonial habanera hemos dado en estos últimos tiempos un salto fantástico para venir a caer en las casas de departamentos.
Si quisiéramos dejar gráficamente plasmada la diferencia que existe entre nuestras casas antiguas, o coloniales, y los departamentos modernos, o republicanos, diríamos, casi sin exageración, que por la puerta principal de aquéllas podría entrar cómodamente todo un departamento, o que cualquiera de éstos cabría, sin estrecheces, en un cuarto, o los mayores, en la sala de aquellas casonas.
En efecto, distinguíanse las viejas casonas de San Cristóbal de La Habana por su altísimo puntal, sus grandes puertas y ventanas, la capacidad superabundante del zaguán de entrada, de la sala, del comedor, de los cuartos, del patio, del traspatio y de la cocina y hasta de los cuartos de la servidumbre. Y por si esto fuera poco, cuando la casa era de dos pisos, no faltaba entre ellos el entresuelo, dedicado generalmente a las oficinas del dueño de la vivienda. Respecto a la puerta de entrada, debo agregar que por ella cabía la volanta o el quitrín, que solían guardarse en el zaguán, sin que estorbaran en lo más mínimo el tránsito de los ocupantes y visitantes de la casa, no obstante e1 ancho descomunal que de rueda a rueda tenían volantas y quitrines y la enorme longitud de sus barras.
La influencia norteamericana, el afán de imitación de lo extranjero que siempre ha dominado al criollo, y el deseo de sacarle el máximum de rendimiento al terreno en que se piensa fabricar, nos han trasplantado a esta Habana del trópico, esas caricaturas de rascacielos que hoy afean muchas de nuestras plazas, avenidas y calles.
Y conste que no me pronuncio contra el rascacielo en sí, que es éste susceptible de ser transformado, tanto en los Estados Unidos como en Cuba, en una obra arquitectónica de belleza artística excepcional.
Lo que recojo y critico es la inadaptabilidad a nuestro clima de las casas de departamentos, tentativas de rascacielos. Y es lástima que dada la abundancia de tierra sin fabricar que existe en los suburbios de La Habana, la dificultad de comunicaciones rápidas no permita construir en esos terrenos yermos casas, lo más posible acomodadas a la vida del trópico, de una o dos plantas, en vez de los rascacielos que se están construyendo en el centro de la ciudad, en la misma Habana antigua y en calles estrechísimas, con grave incomodidad para los moradores, a pesar de los altos precios que suelen cobrarse por losdepartamentos–pañuelitos.
Pero la novelería criolla, así como impuso el baño intercalado y el baño de colores, ha impuesto, igualmente, los departamentos, al extremo de que hoy se considera más distinguido, chic y elegante, vivir en un «precioso departamento», aunque apenas puedan en él moverse sus ocupantes, que en una casa fabricada, según diría cualquiera de nuestras abuelas, chapada todavía a la antigua, «como Dios manda».
El departamento puede ser considerado como símbolo de la transformación aguda experimentada por la familia cubana, y por el hogar, en estos últimos tiempos.
La casona antigua permitía la convivencia en ella de toda una familia, por numerosa que ésta fuese, incluyendo, desde luego, a los yernos y nueras, con sus hijos, y hasta a los sirvientes de estas jóvenes familias. Todos almorzaban, comían y hacían la tertulia en la casona, y en ella celebraban también sus fiestas y sus duelos. Allí se nacía y se moría.
En cambio, en la mayor parte de los departamentos de estas modernísimas casas de departamentos habaneras, apenas se puede dormir con comodidad; se come, en el comedorcito, a apretujones, y es de todo punto imposible invitar a la mesa a familiares y amigos. Y tan es esto así que ya se ha introducido otra nueva moda: la de no ofrecer comidas en que los invitados puedan sentarse, como antaño, alrededor de la mesa, sino que, obligados por la fuerza mayor de la limitadísima capacidad del departamento, las comidas y fiestas se celebran en los clubs, en los restaurantes o en los cabarets, o cuando más se hacen esas cenasinformales, en que cada invitado carga con su platico, se sirve personalmente los comestibles que se hallan agrupados en una mesa, y comen de pie, en un rincón, recostados a la pared, o en alguna silla, si hay capacidad para éstas.
El departamento impide que se lleve hoy la antigua vida de hogar de nuestros abuelos, y ha de producir, a la larga, la desaparición completa de lo que fue el hogar criollo de siglos pasados.
Dije antes que en la casona antigua se nacía y se moría. No puedo decir lo mismo de los departamentos modernos. Y ahí está para probarlo el hecho innegable de que hoy, generalmente, se nace en las clínicas o en los hospitales. Se me argüirá, tal vez, que ello tiende a procurar mayor comodidad a la futura madre y sus asistentes y mejor atención facultativa de aquélla y del «tierno infante»; pero yo me inclino a creer que el auge que ha adquirido entre nosotros esta moda de nacer en clínicas y hospitales, se debe principalmente a que en losdepartamentos modernos no caben todas esas personas –médicos, enfermeras, familiares y amigos– que generalmente se agrupan en una casa cuando en ésta ocurre tan señalado y regocijado acontecimiento.
Si la moda de ir a morir fuera del departamento no se ha generalizado tanto como la del nacimiento en clínicas y hospitales, hay que encontrar su causa en que muchos fallecen sin dar tiempo a que se les traslade a la quinta o sociedad de que ya son socios el 90% de los habaneros, o a la imprevisión de aquellos que no han querido inscribirse en alguna de esas instituciones benéficas. (…)

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Anfiteatro del Parque Lenin
Anfiteatro del Parque Lenin

Anfiteatro del Parque Lenin. Alrededor de 1970. Concierto de Joan Manuel Serrat. Foto María A. Arús Caraballo y José A. Cabrera Pérez.

En Insider: My Hidden Life as a Revolutionary in Cuba, libro de José Luis Llovio-Menéndez publicado en 1988 por Bantam Books:

Against all odds the “greatest park in Latin America” was completed too. The installations were put up exactly as they had originally been planned, including the large open-air movie theater, which was a spectacular failure.

For all my skepticism about the project, not even I ever dreamed what a disaster the theatre would prove to be. It was impossible for audiences to sit for more than five minutes on the grass, because a swarm of hungry mosquitoes would attack any human being they came across. At first the administration arranged periodic spraying, but it finally became clear that the number of spectators was not large enough to make the difficult task worthwhile. Surely anyone would prefer the comfort of a traditional movie house, even if the screen was smaller and the environment much less exotic. Finally, after a year, the humidity in the booth ruined the equipment, and the movie theater failed.

(…)

Cubans really had to want to go to the park to get there. Except for those who had a car–the leaders and a very small percentage of the population–you had to spend hours waiting for the park bus, which ran less frequently than busses on other routes. Even if you succeeded in getting to the park, it was a long trek from one side to the other, since the famous little trip sometimes ran and sometimes didn’t, depending on luck. The shows were not performed very often, and they were unappealing, so the greatest incentive for going to the park was the mosquito-infested restaurants–where at least the service was better than in the city–or the treats such as fine caramels or chocolate kisses that were sold only at the park. But these frivolities were too expensive for the workers. Among themselves, the people changed the name from Lenin Park to “Das Kapital,” because of the amount of money needed to enjoy the park.

The most resounding disappointment was the Dry Pass dam, the only hope for the planned lake and its floating scenery. The dam filled up when it rained, but then the water drained out through the cracks into the subsurface. Engineering efforts by the Ministry of Construction were useless; no matter how many thousands of cubic meters of concrete were poured into the cracks, the water continued to leak out. . . .

Thus, there was no water for the lake. As a kind of consolation, it was filled by a well-pumping system. But then the scenery sank, and with it sank the marvelous dream of watching waterborne spectacles in an atmosphere of historical fantasy. The scenery had to be attached to the bottom of the lake and left motionless in front of the coliseum.

Cubans begun to see the park for what it was: an ostentatious display that mocked their real needs. If the project had not been so showy, if so many millions of pesos and so much energy had not been wasted, and if the people’s priorities had been treated with more respect, they surely would have appreciated the park more.

Still, the park partially fulfilled its goal. Lenin Park offered another recreational option as well as more grist for the propaganda mill. Any foreigner who came to Havana was taken to see one of the largest recreational facilities in Latin America.

As for me, I felt that the park was important for the people, who had so few places to relax or take their children. If it had been built more realistically–an amphitheater that wasn’t a Roman imitation, a cinema screen half the size of this custom-built one, aquaria with standard, not specially-treated, glass instead of Caliber–it might have been affordable for more of the country’s citizens. All the cement, iron, imported materials, and labor that had been mobilized toward this luxury park in an underdeveloped country: It was folly. (Pp. 303-304)

Concierto de Joan Manuel Serrat en el anfiteatro del Parque Lenin

Anfiteatro del Parque Lenin. Alrededor de 1970. Concierto de Joan Manuel Serrat. Foto María A. Arús Caraballo y José A. Cabrera Pérez.

anfiteatro del Parque Lenin

Anfiteatro del Parque Lenin. Alrededor de 1973. Foto cortesía Ernesto Fumero.

anfiteatro del Parque Lenin

Mi mamá en el anfiteatro del Parque Lenin en 1972.

Anfiteatro del Parque Lenin

Anfiteatro del Parque Lenin. Alrededor de 1973. Foto cortesía Ernesto Fumero.

Anfiteatro del Parque Lenin

Anfiteatro del Parque Lenin. 2000. Foto Ernesto Fumero.

radio en Calle 23
radio en Calle 23

Calle 23. Vedado, La Habana. 2015.

En una casa en reparaciones, en la avenida 23 del Vedado, encontré una careta de radio empotrada a un muro a medio construir, vacía, sin dial, casi a ras del suelo. Me recordó las cabezas de muñecas que los choferes de camiones colocan en la defensa delantera de sus carros o en el extremo de las antenas de radio de sus vehículos. Constituye, quizás, un precario “cargo cult” que fetichiza una modernidad que solo consigue recrear en apariencia.

 

Edificio López Serrano
Bombones Sans Souci
Bombones Sans Souci

Bombones Sans Souci de Luxe. Hechos en Cuba. Colección Cuba Material.

Tomado del Lewis, Oscar, Lewis, Ruth M. and Rigdon, Susan M. 1978. Neighbors. Living the Revolution. An Oral History of Contemporary Cuba. Urbana: University of Illinois Press:

By the late 1960s, Havana was far from the city of privilege it once had been. The heavy downtown traffic, motor and pedestrian, had disappeared; nightclubs, shops and small businesses, many restaurants, concessions, and vendors had been “intervened” (nationalized) and shut down, or reopened on a part-time basis under state management. Tourism was, of course, greatly curtailed. . . . Hotels, private clubs, and beaches were taken over by the National Institute of the Tourist Industry; clubs and beaches were opened to the public and hotel room rents were lowered by as much as $35 a day, making them available to large number of Cubans. (P. xiv)

In 1960, schools, clinics, and rest homes were established in Miramar’s larger vacated residences. The medium and smaller-sized homes became foreign embassies, administrative offices, and dormitories for boarding students on scholarships. . . . Single-family residences and apartments were assigned to visiting dignitaries, foreign technicians working on agricultural or industrial development programs, and diplomatic personnel. In one part of Miramar a small community was established for the families of counterrevolutionaries who were serving time in prison or on work farms. Brought to the city in 1965 at state expense, these families, once numbering 1,000 people, from rural Pinar del Río and Las Villas provinces, were to be “rehabilitated” and integrated into the Revolution while husbands, sons, and fathers underwent the same process un prison.

For the old residents who remained in Miramar, personal lives were turned upside down. . . . They were no longer able . . . to organize landowners’ associations to maintain the appearance of the community, or a private police force to keep “undesirables” from entering the neighborhood. The “undesirables” had moved next door and had taken over the private beaches and clubs. The scholarship children played in the streets, parks, and yards, picked fruit from private gardens, and marched in formation past their homes, singing and shouting slogans of the Revolution as they went. (Pp. xiv-xv)

El matrimonio Lewis identificó cinco principales áreas de cooperación entre los nuevos y antiguos inquilinos: “(1) borrowing food, household items, and tools, and exchanging foods, (2) running errands, shopping or standing in line for one another, and informing each other of items available in the stores, (3) occasionally taking care of each other’s children, (4) working together in block or neighborhood organizations, (5) sharing items of luxury or privilege, such as telephones, automobiles, refrigerators, and small appliances” (p. xxxvi).

Edificio Girón
Edificio Girón (Malecón y F). Vedado. Imagen tomada de internet.

Edificio Girón (Malecón y F). Vedado. Imagen tomada de internet.

Entrevista en dos partes realizada por Roberto Segre a Mario Coyula, ambos arquitectos, en el año 2004. Tomada de Café de las ciudades:

RS: Una vez iniciado el Gobierno Revolucionario, tus experiencias profesionales iniciales fueron arquitectónicas. ¿Todavía no te sentías atraído por la escala urbana?

Coyula: Realmente no. Me sentía atraído por volúmenes y espacios más tangibles, pudiera decir más escultóricos. Antes del triunfo de la Revolución había trabajado varios años con un arquitecto amigo, Oscar Fernández Tauler, que compartía su estudio con el pintor y escultor Rolando López Dirube. También trabajó allí mi amigo de la infancia, Emilio Escobar. Oscar no pagaba mucho pero nos dejaba experimentar. En aquella época estaba muy de moda el tema de la integración de las artes plásticas con la arquitectura. La mayor parte de los proyectos que allí se hacían –hablo de antes del triunfo de la Revolución– fueron casas individuales con poco presupuesto, pero siempre hicimos cosas interesantes, incluyendo las primeras viviendas con cáscaras de doble curvatura calculadas en Cuba. Recuerdo la casa de Pepe Fernández en Boca Ciega, y la de Tauler, un tío de Oscar, en Celimar. Casi siempre llevaron algún mural o esculturas de Dirube. También colaboramos en el proyecto del edificio de 17 plantas en Calle 23 entre D y E, Vedado, con alusiones wrightianas más que directas, que sería terminado en 1959 con el nombre de Hermanas Giralt. Allí Emilio diseñó un enorme tímpano de hormigón texturado que bloqueaba el sol de la tarde.

Después del triunfo de la Revolución, pero todavía sin graduar, trabajé mucho en viviendas campesinas agrupadas en pequeños poblados rurales. En el departamento de Viviendas Campesinas del INRA estaba como jefe de proyectos Frank Martínez, y participaban otros buenos arquitectos jóvenes como Serafín Leal y Sergio González. Todavía no habían irrumpido los edificios de apartamentos de cinco plantas sembrados en medio del campo… Empecé a jugar con la escala urbana (más bien, diseño urbano) cuando proyecté algunos centros comunales, agrupando varios edificios típicos de servicios sociales alrededor de plazas, y conectándolos con galerías que nunca se llegaron a construir.

Mi primer vuelo solo como recién graduado en 1962 fue una escuelita pre-primaria con vivienda para el maestro en el reparto Fontanar. Usé una estructura típica que había diseñado Eduardo Ecenarro para una nave agropecuaria prefabricada –por cierto muy bien proporcionada– tratando de disfrazarla con algunos muros de sección variable que salían fuera de la edificación… ¡ahora pienso en un Pabellón de Barcelona con artrosis!. Un tiempo después visité la escuelita: el calafateo que decidí emplear en las juntas de las losas de cubierta (asfalto con arena) se derretía con el sol y empegotaba las cabecitas de los niños… Me fui rápidamente para evitar a las enfurecidas madres.

Me sentí más realizado cuando asumimos la tercera fase del proyecto de la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos en Las Mercedes. Ese enorme complejo escolar, previsto inicialmente para agrupar 20 mil niños dispersos en las montañas, quedaba en las estribaciones de la Sierra Maestra, donde se había hecho fuerte la guerrilla de Fidel Castro después del desastroso desembarco del yate Granma en diciembre de 1956. En el equipo, dirigido por Emilio Escobar, estábamos varios amigos como Luis Lápidus, Orestes del Castillo, Antonio Saínz, Arsenio Mata, Marina López y otros. Yo proyecté en 1963 los conjuntos de viviendas para los maestros, que se repitieron en varias de las unidades. Se conformaba una pequeña plaza en cada unidad, definida por dos tipos de viviendas uniplantas de dos dormitorios, pareadas y en tiras; y una edificación biplanta con apartamentos de un dormitorio en planta baja combinados con otros de tres dormitorios en dos niveles.

Esa Casa Duplex tenía acceso por dos fachadas opuestas, para que pudiese funcionar como pivote visual del conjunto. Traté de adecuarme a un clima poco común en Cuba, lejos del mar y bloqueado por montañas: sin brisas, caliente y polvoriento por el día, y fresco por las noches. Fue quizá un pretexto para intentar mi ejercicio à la Le Corbusier: muros lisos con pocos huecos cuidadosamente compuestos, y por supuesto blancos; y loggias para dormir fuera cuando el calor fuese sofocante. El arquitecto Tony Colás proyectó luego la pequeña plaza del conjunto y diseñó una farola de hormigón que ha envejecido muy bien. En cambio, la volumetría de las viviendas está actualmente descompuesta por cuatro colores diferentes (y no precisamente escogidos por Rietveld), que por supuesto incluyen los inevitables rosado y verde.

La ilusión de hacer una ciudad en medio del campo terminó tragada por el campo. Esa Casa Dúplex apareció en el libro Diez Años de Arquitectura en Cuba Revolucionaria que tú escribiste, y recibió mención en 1990 en el Salón SIARIN “30 Años de Arquitectura Revolucionaria”. A partir de esta experiencia tomé conciencia de que había otras cuestiones que forman o deforman cualquier proyecto. Poco a poco fui entrando en otro mundo más coral y menos vedettista.

En 1968, el proyecto del pueblo de Vallegrande me hizo trabajar a la escala completa de un asentamiento de 120 viviendas con su infraestructura técnica y servicios sociales, diseñado y construido en 44 días. Nunca entendí bien por el qué de ese cabalístico 44, probablemente un comentario de alguien importante, tomada inmediatamente como un compromiso. Tuve que usar unos proyectos típicos de casitas aisladas unifamiliares de una planta, con paredes prefabricadas ligeras con el sistema Sandino (antes Novoa). El trazado del pueblo lo hice en unas pocas horas con Mario González. Ingenuamente, las casitas estaban rodeadas de césped y sin cercas, formando unas supermanzanas con placitas para estar y dos cruces peatonales en el sentido más corto. En poco tiempo todas se fueron cercando de manera improvisada y con materiales de desecho.

Por esa misma época proyecté un conjunto de treinta viviendas uniplantas pareadas frente a la Escuela de Artes Plásticas de Cubanacán, con el fondo hacia el aeropuerto de Ciudad Libertad, recientemente desactivado. Era una tira a lo largo de la calle, pero algunas casas estaban retranqueadas para formar unas pequeñas plazas de estar al frente. Cuando ahora paso frente a esas casitas me cuesta mucho reconocerlas. Son muy pocas las que se han mantenido igual a como las proyecté, y algunas han crecido y se han subdividido hasta convertirse casi en pequeños edificios de apartamentos. Inicialmente las casas eran para erradicar moradores del cercano barrio insalubre, que supuestamente eran pobres de solemnidad. Parece que algunos encontraron la manera de aumentar creativamente sus ingresos, y aplicarlos con entusiasmo a desfigurar una arquitectura sin pretensiones pero correcta. Otra vez el medio empuja hacia abajo.

Una experiencia muy interesante de la década de los años setenta fue la reanimación urbanística, un programa de acciones rápidas concentradas en nodos urbanos importantes pero decaídos, que empezamos en la antigua dirección provincial de Arquitectura y Urbanismo de La Habana en 1974. Se hicieron varios proyectos antológicos, como el Bulevar de San Rafael, los Cuatro Caminos y 12 y 23, en El Vedado. Lamentablemente, se abandonó esa práctica; y todavía esperamos por la primera calle-parque o woonerf, proyectada para la calle Aramburu en Centro Habana.

RS: En estos años iniciales, con los cambios radicales acontecidos en la profesión y en la enseñanza, se llevaron a cabo diversos proyectos teóricos y utópicos, asociados al proyecto de construcción de una nueva sociedad. ¿Tú participaste en algunos de ellos?

Coyula: Disfruté mucho otros proyectos urbanos que hice en la Escuela de Arquitectura fuera de currículum, aunque se distorsionaron notablemente durante la ejecución –como el pueblo nuevo de Ceiba del Agua y el pueblo de Valle del Perú– o nunca llegaron a hacerse. Uno fue el proyecto (más bien un manifiesto) para Banao, elaborado en 1967 con dos arquitectos importantes, el español Joaquín Rallo y el italiano Roberto Gottardi. Banao proponía criterios muy adelantados, buscando borrar diferencias entre la ciudad y el campo, imaginando nuevas formas muy radicales de vida en correspondencia a los cambios sociales que estaban sucediendo en Cuba. Planteaba el reciclaje y otros asuntos referentes al equilibrio ecológico: y hasta se adelantaba en la donación de órganos.

Ceiba del Agua seguía la geometría de los vecinos sembrados de cítricos como trama básica para el trazado del pueblo. Usamos proyectos típicos de viviendas biplantas a los que solamente se les hacía un cambio: colocar la escalera al exterior. Eso despejaba el interior de la vivienda y daba un ritmo interesante a la calle, ahora diría que similar (salvando las distancias) a las hileras de brownstones en Manhattan. Pero se nos prohibió sacar la escalera porque se apartaba del proyecto típico aprobado para todo el país.

Algo parecido sucedió con el pueblo de Valle del Perú: en respuesta a la obligación de montar con grúas los edificios de grandes paneles de hormigón que estábamos obligados a usar, optamos por llevar esa restricción al extremo y hacer un pueblo lineal, a lo largo de un malecón frente a un embalse represado. Los edificios se ubicaban en tiras paralelas y se escalonaban en altura subiendo hacia atrás y descendiendo hacia los extremos, usando los techos para bajar al malecón.

En vez de rechazar a la vía, como era usual en todos los proyectos de nuevas comunidades rurales, planteamos que ella era precisamente una de las pocas fuentes de animación en un sitio aislado, por lo que debía incorporarse al pueblo. La seguridad se garantizaba con un par de puentes peatonales para llegar al borde del agua por encima de la vía. También este proyecto quedó desfigurado: los constructores plantearon que el cimiento típico se desperdiciaba al no hacer todos los edificios de cinco pisos, la cantidad de viviendas se redujo drásticamente de 1050 a 150, no se hizo el malecón y se perdió el concepto de pueblo lineal compacto.

En 1966, con la participación de Joaquín Rallo y Roberto Gottardi, elaboré el proyecto de remodelación de la antigua Funeraria Caballero en La Rampa para convertirla en una Casa de Cultura. Fue una experiencia muy interesante. Rallo se acercaba al diseño con una rigurosa visión científica, implacablemente perfecta, que a veces llegaba a parecerme deshumanizada. Roberto luchaba por controlar su creatividad desbordada, muy personal, con un sólido andamiaje teórico gramsciano transferido de la filosofía a la arquitectura. Fue un estudio muy serio de interiores, con énfasis en el color. Su tratamiento fue muy trasgresor; un homenaje a la estética de Los Paraguas de Cherburgo, con una fiesta de magentas, turquesas y verde manzana.

Trabajábamos in situ de forma voluntaria, fuera del horario normal de trabajo. Pocas semanas después de su sonada inauguración, se decidió cerrar la instalación debido a un incidente ocurrido en su interior, con la lógica estrecha del cuento del marido engañado y su venganza arrojando el sofá por la ventana. El público indeseable que iba allí simplemente cruzó la calle y se apostó en la esquina de L y 23.

Integré un equipo con Joaquín, Roberto y el venezolano Fruto Vivas (una máquina de producir ideas) en un programa de construcción de jardines de la infancia, una especie de mini-círculo infantil, que generalmente se ubicaron en espacios verdes de la ciudad. Fui afortunado en colaborar con esos arquitectos, siendo yo joven y poco importante. Cuando pienso en cuanto influyó Rallo en mi formación académica me parece imposible que esa relación durase menos de cinco años. Joaquín murió en 1969 a los 42 años, desterrado a Jagüey Grande para que tomara contacto con la realidad. Había nacido en Ceuta, adonde desterraban a los patriotas cubanos durante las guerras de independencia del siglo XIX.

En un proyecto posterior, para la adaptación del antiguo Palacio Presidencial para Museo de la Revolución, planteé una gran estereocelosía metálica (¿era roja?), que irrumpía desde la fachada del fondo (donde se había producido el ataque revolucionario) y atravesaba el edificio hasta salir por la fachada norte. Eso representaba al Asalto y a los grandes cambios sucedidos en el edificio y en el país. Al yate Granma lo situábamos delante de esa fachada principal, en una gran grieta escultórica en el piso para que apareciera a nivel del agua, identificada por un espejo de acero inoxidable; y con el mar al fondo. El proyecto no prosperó. El edificio de Palacio quedó intocado, sin referencias visibles externas a los cambios por los que pasó; y se embalsamó al Granma en una gigantesca urna de vidrio sin relación con el agua.

Siempre me sentí atraído por los proyectos de monumentos conmemorativos, porque son una rara oportunidad de integrar la arquitectura con el paisajismo, el diseño urbano, la escultura y –si el resultado es bueno– la poesía. Emilio Escobar, Sonia Domínguez, Armando Hernández y yo disfrutamos mucho proyectando por las noches en 1965 y luego construyendo el Parque-Monumento de los Mártires Universitarios, muy cerca de la Colina Universitaria donde habíamos estudiado en los años ‘50. Fue el primer monumento importante después de 1959 y seguimos un concepto innovador: en vez de poner una escultura en el centro de una plaza, formamos la plaza con el monumento, que es un muro de hormigón que cambia de forma según el período de la historia que alude.

El muro lleva formas en bajorrelieve, hechas con sacos de yute y papel de bolsas de cemento, tablas y sogas, clavados por dentro del encofrado. Son representaciones muy abiertas que respetan al observador sin tratar de imponerles un significado concreto. Ellas se vuelven cada vez menos figurativas a medida en que la lucha se hacía más colectiva, y al final se convierten en texturas que se funden con la del hormigón. Para nosotros fue muy importante ganar ese concurso nacional: éramos jóvenes –alrededor de treinta años– amigos y compañeros de estudios y en la lucha contra la dictadura de Batista, que todavía estaba reciente; y le habíamos ganado a muchos arquitectos y plásticos bien conocidos. El monumento en sí ha envejecido bien a pesar de la falta de mantenimiento y de que nunca se completó. Está allí, con una vida propia que ya es independiente de sus creadores.

Igualmente disfruté el proyecto del Mausoleo del 13 de Marzo en el cementerio de Colón, también con Emilio Escobar y ganado en concurso a fines de 1981. Es más sencillo, una gran hilera de banderas en acero inoxidable que funciona como un reloj solar, arrojando cada 13 de Marzo la sombra a lo largo de una franja en el piso, donde se marcan las horas. Cuando llega a las 3:15, hora del Asalto a Palacio, se puede encender una llama en ese punto para empezar la celebración. El piso de la plazuela está adoquinado para recordar la lucha callejera, y tiene unos abombamientos que obligan a caminar mirando al piso. Al bajar la cabeza para mirar donde se pisa, se rinde así homenaje a las tumbas de los caídos. José Villa, un gran escultor entonces muy joven, colaboró en la ejecución de las banderas.

Otro proyecto logrado que no se ejecutó fue el de la Fuente de la Juventud, en Paseo y Malecón, presentado al concurso en 1978. Trabajé con Luis Lápidus, Félix Beltrán, Orestes del Castillo, Sergio Ferro y José Planas. Era una especie de árbol abstracto de hormigón con bandas concéntricas desplazadas que iban girando y ampliándose de abajo hacia arriba, con la forma de la flor de cinco pétalos del Festival. Cada anillo llevaba por fuera delgadas tiras verticales de aluminio anodizado en los colores de la Flor, sujetas de manera que el aire las hiciera vibrar. Al estar muy juntas, la luz reflectaría el color, como sucede con la flor de la buganvilia –o al menos, eso esperábamos. El agua de la fuente debía subir escalonadamente para después caer como un gran cilindro. Así pensamos vencer la fuerza del viento en ese lugar, que siempre dispersaría un chorro lanzado desde abajo. La estructura serviría como pivote visual en la explanada al comienzo de Paseo, tuviera o no tuviera agua…

En 1983 dirigí a dos estudiantes talentosos, Rosendo Mesías y Juan Luis Morales, que con su proyecto de rehabilitación para el Hotel Pasaje ganaron el premio en París de la Sección Española de la UIA en la XI Confrontación Internacional de Proyectos de Estudiantes de Arquitectura. El Pasaje se había desplomado trágicamente poco antes, matando a varias personas. El proyecto conservaba las fachadas neoclásicas, rehabilitadas por una empresa estatal especializada que también asumió el reforzamiento estructural y las instalaciones, hasta el nivel de piso equipado.

El edificio, que al momento el derrumbe ya se había convertido en una cuartería, estaba muy bien situado; y se proponía destinarlo a viviendas, con células mínimas. Ese trabajo lo harían los propios usuarios, con proyecto y dirección técnica apropiada que suministraría el Estado. El diseño de las fachadas hacia los patios interiores quedaba en manos de los propios usuarios. Emilio Escobar y Orestes del Castillo colaboraron en la asesoría a los estudiantes. El proyecto nunca se ejecutó, y en su lugar se decidió hacer una sala deportiva polivalente, cuya cubierta metálica asoma impúdicamente por encima de los frontones neoclásicos.

El monumento a José Antonio Echeverría en su ciudad natal de Cárdenas fue también llamado a concurso, pero solo para estudiantes. Emilio Escobar fue el tutor del proyecto que ganó el concurso, hecho por Oscar Guevara, Claudia Baroni, Ileana Pérez Drago y el estudiante de escultura del Instituto Superior de Arte, David Placeres. Yo colaboré con Emilio. En la plaza frente a la casa natal de José Antonio, el monumento era un gran bloque de mármol con su retrato cortado en lascas desplazadas, de manera que la cara solo se podía ver desde un ángulo preciso, poniéndose en línea con la casa y el trazado de un camino en el piso, pues José Antonio salió de allí, pasó y siguió para entrar en la Historia. Lamentablemente nunca se ejecutó. La ironía es que se realizaron muchos monumentos sin pasar por concursos o incluso contra la recomendación de la Comisión de Esculturas Monumentales (CODEMA), pero varios premiados legítimamente en concurso quedaron en el papel.

RS: ¿Cuál fue tu integración en la intensa dinámica de construcciones que se llevaron a cabo a lo largo de la década de los años sesenta y en la preparación de la zafra de los 10 millones, que implicó la construcción de pueblos agrícolas e infraestructuras territoriales.

Coyula: Yo comencé en enero de 1959 trabajando por un par de meses en el proyecto de La Habana del Este, pero muy pronto pasé al Cuerpo de Ingenieros del Ejército Rebelde, donde participé en proyectos de nuevos pequeños asentamientos rurales. Después de graduado mantuve esta actividad localizando nuevos poblados rurales y obras agropecuarias en Viviendas Campesinas del Instituto Nacional de la Reforma Agraria, dirigida por el Capitán José Ricardo Rabel, quien desertó poco después espectacularmente piloteando una frágil avioneta. En 1962 nos encargaron seguir con el proyecto de la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos, mencionada anteriormente. En 1963-64 estuve al frente de un Taller de proyectos en el Ministerio de la Construcción, donde hicimos varios proyectos de industrias, y después trabajé más de un año como contraparte del equipo polaco que había ganado el Primer Premio en el concurso internacional para el Monumento a la Victoria de Playa Girón. Era un grupo muy joven –excepto el ingeniero estructural, Wieslaw Szymanski– con Marek Budzynski, Andrzej Mrowiec, Andrzej Domanski y Grazyna Boczewska. Aprendí mucho con ellos. En esos años participamos en el concurso de Vivienda por Medios Propios con cuatro proyectos muy interesantes, cuyo primer premio lo obtuvieron Mario González y Julio Baladrón. También estuve por un tiempo trabajando con Tony Cintas en el proyecto de reacondicionamiento del Palacio de Justicia para Palacio de la Revolución. Eso incluyó el proyecto para adaptar el Palacio del Centro Asturiano como Tribunal Supremo. Yo quería romper la monumentalidad fascistoide de la gran fachada de Justicia con unos planos horizontales con vegetación que funcionarían como quiebrasoles; pero la propuesta quedó en el papel. El trabajo era gigantesco y después de estar mucho tiempo pidiendo refuerzos este llegó como una intervención: recuerdo todavía al prestigioso y poderoso Antonio Quintana entrando al frente de un gran equipo “con todos los hierroscomo una operación militar…

Ello coincidió con la reacción anticultural que desató en la Escuela de Arquitectura un decano disfrazado de revolucionario extremista, que con el tiempo cambiaría su inmerecido uniforme verde olivo por el hábito blanco de espiritista. Fueron eliminadas las asignaturas de Plástica y Fundamentos del Diseño, en las que trabajé con Rallo, Gottardi, Emilio Escobar y Rodolfo Fofi Fernández, y a nosotros nos dispersaron. De Palacio salí para la JUCEI de Marianao, donde trabajé como único arquitecto en muchos proyectos sencillos de cafeterías, microparques y conjuntos de viviendas. El sitio era muy alejado, en La Coronela; y las condiciones de trabajo muy duras. Recuerdo una especie de trabajo social que hicimos en Las Martinas –lo último de Pinar del Río–, justo antes de empezar la península de Guanahacabibes, donde solo se oía la radio mexicana. Allí proyecté un pequeño edificio de dos plantas que combinaba tienda, peluquería y unas pocas habitaciones para hotel. . . .

Lea completa la primera parte de esta entrevista aquí.

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Asumí con desconfianza el proyecto de remodelación de Cayo Hueso a principios de los años ‘70s. Inicialmente no me resultó negativo al analizar los planos. Hasta entonces no le había dado mucha importancia al barrio de Centro Habana, quizás por la herencia de mi formación Modernista. Pero cuando vi las primeras torres y pantallas, y lo que se había demolido para poder construirlas, comprendí lo equivocado de ese tipo de intervención. Un día, durante una de las muchas reuniones aburridas a las que debía asistir, me puse a hacer algunos esquemas. Comparé una manzana de Cayo Hueso con dos edificios de 20 plantas, un total de 236 apartamentos, y nada más; con una manzana con edificios de 3, 4 y 5 pisos alineados tradicionalmente respecto a la calle… y permitían más viviendas, sin necesidad de ascensores ni de romper con el carácter de la trama urbana y el modo de vida tradicional de la gente. Luché mucho contra los edificios altos, preparé análisis, informes; busqué partidarios para unirse a la cruzada. Cuando se detuvo su construcción tuve la ingenuidad de pensar que habían tenido éxito nuestras protestas, hasta que percibí que sencillamente era porque no podían continuarlas por el alto costo de las mismas.

Los enormes recursos empleados en las “Microbrigadas” solamente comenzaron a entrar en el área central de La Habana a fines de los ‘80s como proyectos aislados de relleno, y muchas veces pobres en diseño e incluso violando alineaciones, como el especulador más brutal de la etapa capitalista. Alamar aloja ya casi 100 mil habitantes, pero solo tienen el techo sobre su cabeza y algunos servicios básicos; faltan todos los demás componentes quehacen ciudad. La ciudad no se puede diseñar, ni siquiera por talentos fuera de serie como Le Corbusier o Costa y Niemeyer. Hay que crear una trama abierta con unas pocas regulaciones para asegurar la unidad; y luego dejar que se vaya rellenando poco a poco y controladamente con programas, estilos y gentes distintas, para dar variedad. Decían los griegos que combinando la unidad con la variedad se lograba la armonía…

RS: Con la declaración de La Habana Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1982, se produjo un cambio de política respecto a la capital, acelerándose las tareas de recuperación del Centro Histórico. Paralelamente tú actuaste sobre la ciudad desde la Dirección de Arquitectura del Poder Popular. ¿Cuales fueron las iniciativas que se llevaron a cabo y cómo lograste la formación de equipos de arquitectos jóvenes?

Coyula: Yo actué desde la Dirección Provincial de Arquitectura y Urbanismo, (DPAU), y también paralelamente desde la Comisión Provincial de Monumentos (CPM) de la Ciudad de La Habana, que presidí desde su creación en 1978 hasta 1989. Por un tiempo armé en la DPAU un pequeño equipo de proyectos de restauración de monumentos. Ese equipo pasó después a la Oficina del Historiador de La Habana y fue el núcleo inicial del poderoso aparato que pudo construir Eusebio Leal después que demostró ser capaz de hacer mucho sin nada. Opino que el golpe de efecto más importante, que dio un vuelco a la recuperación del centro histórico de La Habana Vieja, fue cuando Leal concentró esfuerzos en la cuadra de Obispo entre Oficios y Mercaderes, y la rescató completa. Mucha gente empezó a darse cuenta del valor de esta arquitectura que antes estaba cubierta por la mugre o deformada por múltiples añadiduras. Para la misma tarea llegaron a coexistir varias instituciones: la Oficina del Historiador, el Centro Nacional de Conservación y Restauración de Monumentos (CENCREM), la Comisión Provincial de Monumentos, la Nacional, el Grupo de Trabajo de La Habana Vieja, el gobierno de La Habana Vieja y el de la Ciudad… Y eran las mismas caras en todas esas comisiones, acumulando títulos nobiliarios sin señorío ni fortuna material.

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RS: La población, ante la carencia de viviendas, resolvió sus apremiantes necesidades por sus propios medios, transgrediendo en la mayoría de los casos, las normas de “decoro” urbano. ¿Qué medidas se tomaron para controlar esta situación, y cómo afectó este proceso en la calidad estética de la ciudad tradicional?

Coyula: Más grave aún que el daño visible producido por estas obras, es que ayudan a conformar una mentalidad brutalmente egoísta, en el sentido de que todo vale si resuelve mi problema; y hablo tanto de la población como de los organismos estatales. Eso refleja una crisis de valores cívicos, y quizás más profunda todavía, éticos. El problema es que hay que darle valor a los valores.

Cuando se construye poco, como ha sucedido desde el desplome del campo socialista europeo, ese poco debe ser lo mejor posible. El culto a la inmediatez y la improvisación, el dedicarse a cumplir metas y directivas – o buscar buenas explicaciones para no hacerlo – todo ello se refleja en la ciudad. Pero peor que unas pocas obras nuevas feas, resulta la proliferación descontrolada de distorsiones de todo tipo en la imagen urbana: cercados, casetas, kioscos, ranchones de guano; portales tapiados, jardines pavimentados o incluso techados; y esos añadidos que brotan como chichones…

Todas las regulaciones están escritas, pero dejaron de imponerse. Lo que el violador realmente teme no es a una multa, sino a que le demuelan lo que hizo. Pero nadie quiere ser el villano de la película. No pienso que sea posible darle marcha atrás, excepto en muy pocos casos. Ha sido una especie de suicidio. Me cuesta trabajo encontrar una cuadra en mi Vedado natal donde no haya al menos una violación importante.

RS: Tú participaste en diferentes proyectos de intervención en diferentes áreas de la ciudad, con equipos internacionales y la participación de alumnos de la Facultad de Arquitectura. ¿Cuál fue el aporte positivo de estos trabajos de proyecto urbano?

Coyula: Lo más importante es abrir la mente a la diversidad de enfoques, incluso los aparentemente más utópicos. Pero ya mucha gente aquí ni siquiera reacciona. Voy a referirme solo a estos últimos años. En el CENCREM se expusieron los proyectos del grupo “Manifestos”, de arquitectos de la vanguardia deconstructivista internacional: Wolf Prix, Eric Owen Moss, Thom Mayne, Carme Pinos, entre otras luminarias. Ellos (y yo) pensábamos que se produciría un ardiente debate. No pasó nada. No hay costumbre de polemizar. Yo aprendí mucho en algunas sesiones en 1995 cuando ese grupo vino la primera vez, aunque a veces las discusiones eran tan sutiles que llegaron a exasperarme. Parece que yo tampoco estaba acostumbrado… Por cierto, Prix presentó una gran maqueta en blanco, una hermosísima escultura que reflejaba su búsqueda de un vocabulario para poder intervenir en una ciudad que no conocía, como La Habana; pero también dijo que lo que más necesitaba La Habana era una nueva infraestructura.

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La maqueta sirvió pare ensayar sobre ella los nuevos proyectos. Así pudieron detenerse algunas intervenciones fatales, como la enorme torre de 42 pisos en la Plaza de la Revolución, que se tragaba al obelisco de José Martí y desbalanceaba la plaza. La alternativa que les propusimos fue descomponer el programa en varios edificios más bajos de 12 o 13 plantas. Eso redistribuía el impacto, ayudaba a mejorar la definición espacial de una plaza que siempre pareció un potrero, y hubiera permitido ir explotando los edificios a medida que se iban construyendo. También daría tiempo para decidir si realmente el programa estaba bien fundamentado. Con la desaparición del campo socialista, la plantilla del ministerio que promovía el edificio se desinfló de 5 mil empleados a menos de 300. Otro éxito apoyado en la maqueta fue cuando se consiguió detener un programa para construir torres en terrenos vacíos a lo largo de Paseo. Mi argumento era: ¿por qué quieren Paseo? Porque es una calle muy bonita. ¿Y por qué es bonita? Porque casi no hay edificios altos. Pero es más fácil usar la maqueta para combatir un proyecto obviamente chocante y malo, que para promover uno bueno, pequeño y contextual, que no se hace notar.

La maqueta debía servir también para crear conciencia en los visitantes cubanos sobre los valores de su ciudad. Pero está ubicada en Miramar, un barrio poco accesible para el habanero promedio. Se trató de usar los locales para seminarios y conferencias, talleres con niños de escuelas cercanas… Una iniciativa que ha prendido son las charlas que titulé La Habana que Va Conmigo. Cada primer viernes de mes llevo a una personalidad invitada para hablar de su Habana, la que lo marcó y acompaña. Ya hay más de setenta, y salió el primer libro que recoge trece intervenciones. Es la historia no escrita de La Habana, una historia menor que crece por la visión del testimonio del invitado.

La maqueta es enorme, impactante. La primera reacción de quien la ve es: ¡esta ciudad no se puede dejar perder! Le falta un sistema de iluminación más teatral, más dramático, que es muy costoso. Y sobre todo, que se hubiese localizado en un lugar céntrico, como La Rampa.

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RS: En los años 90 se permitieron inversiones extranjeras en la ciudad para construir hoteles, oficinas, viviendas. ¿Qué consecuencias, positivas o negativas tuvieron las nuevas obras para la ciudad?

Coyula: Me parece que ya lo contesté antes. Para mí lo más triste fue ver la actitud lacayuna en algunos arquitectos, aceptando las ridiculeces que les pedía el inversionista extranjero, malas reproducciones de le peor arquitectura comercial de Miami. Un caso límite fue la respuesta encontrada por un arquitecto cubano al requerimiento de un importante promotor inmobiliario que pidió una arquitectura para sus edificios que fuera neoclásica, mediterránea y colonial cubana. La solución fue como una ensalada de helados con tres sabores: los primeros piso neoclásicos (¿?), los del medio “mediterráneos”… y los últimos coloniales, con arcos y vitrales de colores (¡!). He oído decir que ese arquitecto recientemente se fue de Cuba: me imagino que buscando beber directamente en su fuente de inspiración.

RS: En Miami existen grupos de estudios sobre La Habana, intentando prever y definir las consecuencias de futuras transformaciones económicas, funcionales y morfológicas de la ciudad. ¿Existe una vinculación y un diálogo entre los especialistas de ambas ciudades preocupados por los problemas presentes y futuros?

Coyula: Pienso que hay que diferenciar la actitud de Duany y su equipo, abiertos al diálogo, a transmitirnos sus experiencias sin querer imponerlas; y compararla con la de otros, que cierran de inicio toda posibilidad de colaboración con Cuba, excepto con individuos sin vínculos institucionales. No sé cómo lo conseguirán, en un país donde la casi totalidad de los arquitectos y urbanistas trabajan para el Estado… Dudo de su capacidad de pensar sobre una ciudad que no han pisado en 45 años. Cuando se ve a los que patrocinan algunas de esas iniciativas, te das cuenta que no es un interés cultural ni patriótico, sino especulativo, poniéndose delante en la fila para cuando llegue el reparto.

Me llama la atención que algunos que allá expresan escrúpulos por involucrarse con una dictadura, sin embargo, colaboraron alegremente con la de Batista, cuando los cadáveres de jóvenes asesinados eran arrojados como escarmiento a la calle. Veo una especie de fanatismo parecido a los autos de fe y los expedientes de limpieza de sangre, cuando había que demostrar que no se tenía antepasados judíos o moros. Para ese tipo de exilio fundamentalista, los únicos limpios serían los batistianos. Comprendo el resentimiento, y lo ha habido de ambas partes; pero así no se llega a nada estable, bueno para todos.

Pero también hay otros en Miami que se preocupan honradamente porque no se repitan aquí los errores que se cometieron allá y en otras ciudades de los Estados Unidos y otras partes del mundo. Lamentablemente, hay importantes ciudades asiáticas donde el desarrollo se identifica con copiar lo peor de Occidente; o lo que ya no quieren más allá donde lo inventaron; y lo confunden con progreso. Se repite el engaño de los Conquistadores, cambiando a los aborígenes espejitos por pepitas de oro. No es solo en Miami donde se piensa en el futuro de Cuba. Hay muchos urbanistas estadounidenses, europeos y latinoamericanos preocupados por la macdonaldización de nuestro patrimonio.

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RS: ¿Cuál es tu visión de los principales problemas que tiene La Habana en la actualidad y que medios reales existen para resolverlos?

Coyula: Es difícil pensar en problemas principales, porque son muchos y están entrelazados. En esencia, todos dependen de la economía y de los mecanismos de gestión. Ya había dicho que hay que fortalecer la economía a todos los niveles. No se puede pensar en mejorar la economía macro si no mejora a la vez la de las ciudades, los barrios y las personas. Y el problema de la economía doble, en pesos y en dólares, no parece tener solución a corto plazo. La reciente sustitución del dólar de Estados Unidos por el peso convertible cubano, a los efectos internos solo cambia el color del billete. Esa dualidad está generando desigualdades marcadas que no existían, y a su vez se refleja en formas de vida y hasta tendencias estéticas mutantes que cambian la imagen de la ciudad.

Indirectamente, influye también en un aumento de la segregación racial. Parece que menos negros están llegando a los estudios superiores. Aunque la matrícula sea gratuita, estudiar una carrera –sobre todo Arquitectura– requiere cada vez más apoyo económico de la familia; y los muy pobres no pueden afrontarlo. Claro que hay un sistema de becas y ayudas, pero la realidad es que para un joven negro que vive en un tugurio, todo resulta más difícil. Paradójicamente, la Ley de Reforma Urbana de 1960 arraigó a cada cual donde vivía, y la única movilidad posible es por permutas, ya que la construcción de nuevas viviendas para la población está de hecho paralizada. El que tuvo la desgracia de nacer en un barrio pobre y habitar en una vivienda infraestándar, es muy posible que arrastre ese problema toda la vida. El gobierno se ha preocupado por darle estudio y empleo a jóvenes que no estaban trabajando ni estudiando, y garantiza el sueldo a los obreros de los centrales azucareros que se han cerrado –la mitad del total– pero eso es una carga más sobre una economía colapsada.

La indisciplina ciudadana crece y puede implicar también en el futuro otro problema peor de seguridad pública. Ya había mencionado antes cómo esa indisciplina empobrece la imagen de la ciudad y anula esfuerzos por mejorarla. Es necesario lograr una participación efectiva de la población desde etapas tempranas en la toma de decisiones, no después que las decisiones se han tomado. Todavía aquí hay que avanzar mucho, y usar mejor la capacidad de movilizar a la población; pero eso tiene que ser alrededor de tareas que sientan como suyas.

La alimentación adecuada sigue siendo un problema serio, especialmente para los jubilados y los de más bajos ingresos, lo que a menudo coincide con quienes no reciben moneda extranjera. Sucede que la mayoría de los que se fueron definitivamente al exterior eran blancos, y envían (o enviaban) dinero a sus familiares en Cuba, también blancos. La agricultura urbana ha tenido mucho desarrollo, crea empleos y evita transportaciones lejanas. Pero hay que evitar que se use agua del acueducto para regar, y proteger a las siembras –sobre todo a los vegetales de hoja – de los residuos tóxicos de los escapes de vehículos que les pasan cerca.

La infraestructura de la capital está destrozada. El acueducto necesita una reconstrucción para evitar la pérdida de casi la mitad del agua antes de que llegue a las casas, pero eso también sucede en Washington DC. Además, es necesario mejorar la calidad del agua potable. El alcantarillado de La Habana data de 1913, diseñado para 600 mil habitantes (el doble de la población entonces), y la ciudad tiene ahora 2,18 millones. Los efluentes se arrojan crudos a la Corriente del Golfo. Las calles son casi intransitables, excepto las vías por donde circulan ómnibus. Eso, unido al calor, la falta de piezas, los accidentes y al aumento de vehículos en las calles, ha hecho retroceder el uso masivo de la bicicleta, que tuvo un crecimiento espectacular a mediados de los ‘90s.

Un problema muy serio es la energía eléctrica. Cuba depende exclusivamente de generación termoeléctrica usando petróleo, que venía casi todo de la URSS. Un logro importante de la Industria Básica fue aumentar la producción nacional en más de cinco veces, hasta 4 millones de toneladas de petróleo y equivalente en gas acompañante. La electricidad se genera totalmente con crudo cubano, pero es un petróleo muy pesado y al parecer agresivo con las turbinas. Es posible que el cierre de la mitad de los centrales azucareros haya influido también, porque muchos se autoabastecían energéticamente quemando el bagazo de la caña, y servían a la población alrededor. A mediados de 2004 se produjo una crisis muy seria que terminó en la destitución del ministro del correspondiente ramo.

El transporte público descansa en ómnibus Diesel y el invento criollo del “camello”, enorme transporte de perfil jorobado donde se compactan 220 personas. Existe un círculo vicioso: como el transporte público es tan deficiente, hay muchos más ómnibus propios de organismos estatales que los de servicio para toda la población. La paradoja es que estamos en la situación ideal para desarrollar un buen transporte público masivo que disuada el empleo de autos individuales; pero la realidad es que cada año crece el número de automóviles. Se ven menos autos americanos de los ‘50s, casi todo convertidos en taxis con motores Diesel muy contaminantes, los llamados “almendrones”; y también menos autos soviéticos que los habían empezado a sustituir. Ahora, sobre todo en la zona privilegiada del oeste, donde se concentran las empresas extranjeras o mixtas que operan en divisas, se ven cada vez más autos japoneses, sudcoreanos y franceses, cruzándose con el Lada resplandeciente de vidrios empapelados en negro y música disco ensordecedora de los “macetas” (nuevos ricos).

La vivienda es un viejo problema. El Estado ha hecho esfuerzos por atenderla, pero descansando siempre en la construcción masiva de nuevos conjuntos de edificios multifamiliares en altura. Las “Microbrigadas” fueron una experiencia interesante de esfuerzo propio con fuerte ayuda estatal, pero con el inconveniente de que los constructores no sabían construir, y para cuando aprendían ya habían terminado su edificio. De hecho, las “Microbrigadas” se paralizaron con el período especial tras la desaparición de la URSS. A pesar de los infinitos debates, no se pudo implantar el concepto de vivienda en crecimiento, porque depende de que el interesado pueda comprar fácilmente los materiales para crecer en el momento en que pueda y quiera.

El mantenimiento del fondo existente siempre fue subvalorado por la prioridad dada a la nueva construcción. Otros programas de construcción de obras sociales –hospitales, escuelas; y en un tiempo industrias – tuvieron mayor atención que la vivienda. Queda flotando el fantasma de cómo resistirá La Habana el paso de un gran huracán como el Iván de septiembre pasado (2004), con vientos de más de 300 kilómetros por hora. La paradoja es que la vida en esta isla depende en gran parte del agua que dejan los ciclones; y la vivienda ideal para todo el año, con grandes aleros y abierta a la brisa por todas partes, es la que peor se comporta ante un gran huracán. Nunca se puede tener todo.

Lea completa la segunda parte de la entrevista aquí.

Restaurante El Conejito
Restaurante El Conejito

Restaurante El Conejito.

Texto tomado de Café de las ciudades:

Arquitectos y administradores

Este proceso social y económico [la institucionalización del socialismo en Cuba] no se reflejó mecánica y simétricamente en la arquitectura y el desarrollo cultural cubano. O sea, si existía una ortodoxia ideológica marxista-leninista, que en el arte coincidió con el “realismo socialista”; a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, éste tuvo escaso seguidores en la isla – fue una excepción la multiplicación de monumentos conmemorativos por el territorio – manteniendo Cuba una actitud independiente respecto a la cultura artística predominante en la URSS (José Ferrater Mora, Diccionario de Filosofía). Desde la visita de Fidel al Colegio de Arquitectos en marzo de 1959 para plantear las nuevas tareas que debían acometer los profesionales – cooperativas campesinas, viviendas obreras, centros de educación y salud en la Sierra Maestra, etc. –, los miembros del jet set arquitectónico, opuestos a renunciar al ejercicio privado de la profesión y a los proyectos de temas suntuarios, emigraron hacia los Estados Unidos (Roberto Segre, “Encrucijadas de la arquitectura en Cuba: realismo mágico, realismo socialista y realismo crítico“) ajenos al principio martiano de que “la arquitectura es el espíritu solidario” (Fernando Salinas, “Prólogo: años de nacimiento“).

Ello creó un vacío generacional, ya que los diseñadores que dominaron el escenario de la década de los años cincuenta, con obras de indiscutible calidad estética, formal y espacial, y que ocupaban los cargos directivos en el Colegio de Arquitectos y en la enseñanza universitaria, no habían formado el relevo, en parte debido a la juventud de sus miembros, así como también por el carácter elitista de la profesión. Los pocos recién graduados – que además de su condición de talentosos profesionales, participaron en las acciones contra la tiranía –, decididos a permanecer en la isla y trabajar para el nuevo régimen integrados al Ministerio de la Construcción – Fernando Salinas, Raúl González Romero, Juan Tosca, Ricardo Porro, Andrés Garrudo, Antonio Quintana, Mario Girona, Hugo Dacosta, Vicente Lanz y otros –, no lograban asumir las crecientes demandas de obras y proyectos, además de los cargos docentes y administrativos indispensables para el funcionamiento de la enseñanza y de la producción.

En consecuencia, aconteció la formación acelerada de cuadros técnicos de precario nivel académico; y a la vez, ingenieros, constructores y arquitectos distantes de la práctica proyectual, afrontaron las tareas organizativas y productivas, distanciándose de los fundamentos estéticos de la arquitectura, al privilegiar los aspectos técnicos y económicos, obsesionados por la normalización y tipificación de los componentes constructivos, supuestos símbolos del progreso social y científico. Ellos fueron responsables de la arquitectura mediocre y masiva que surgió a partir de la década de los años setenta, caracterizada por el uso de elementos prefabricados de escasa calidad de diseño.

Influencias recíprocas: estética y construcción

El período comprendido entre 1959 y 1970, correspondió a la etapa más efervescente de la nueva arquitectura cubana. Aunque en términos económicos y tecnológicos se asumieron las experiencias constructivas y de la planificación territorial de la URSS y de otros países del campo socialista – en particular Alemania Democrática, Polonia, Yugoslavia y Checoslovaquia –, no existió una significativa influencia en el diseño o en las formulaciones teóricas. El primer contacto directo entre los arquitectos cubanos y los homólogos del Este europeo ocurrió en el VII Congreso de la UIA (Unión Internacional de Arquitectos) celebrado en La Habana en 1963. En esta ocasión, el arquitecto Reynaldo Estévez – uno de los profesionales más activos en los vínculos con la URSS –, editó las actas del V Congreso de la UIA celebrado en Moscú en 1958 (V Congreso de la UIA. Moscú, 1958), que resumían las realizaciones urbanísticas y arquitectónicas soviéticas de la segunda posguerra.

Sin embargo, cabe suponer que fueron los arquitectos de la URSS quienes admiraron la libertad creadora evidenciada en las obras cubanas, despertando el entusiasmo de Natalia Filipovskaya, autora de un pequeño libro muy ilustrado publicado en Moscú, con ejemplos de la década del cincuenta y primeros años de los sesenta (Natalia Filipovskaya, Arquitectura de la Revolución Cubana). . . .

El rescate del Constructivismo

La primera ayuda significativa de la URSS ocurrió en 1963 a raíz del ciclón Flora que arrasó con campos y poblaciones de las provincias orientales, destruyendo miles de viviendas. Fue obsequiada a Cuba una planta de prefabricación pesada, capaz de producir 1.700 unidades por año, que se instaló en Santiago de Cuba. Allí se construyó el Distrito “José Martí” para 72 mil habitantes, siguiendo las normas de relación servicios-población establecidas en la Unión Soviética (Roberto Segre, La vivienda en Cuba: República y Revolución). Sin embargo, no se aceptó el diseño original de los paneles, poco apropiados al clima tropical. Un equipo de arquitectos cubanos – Fernando Salinas, Enrique De Jongh Julio Dean, Edmundo Azze, Orlando Cárdenas y otros – proyectaron los nuevos modelos semitransparentes que permitían la ventilación cruzada de las habitaciones. O sea, en la década del sesenta resultaba evidente el avance “estético” de la arquitectura cubana, influenciada por el International Style de origen norteamericano, respecto a la tradición monumental aún presente, o al pragmatismo constructivo que prevalecían en la URSS bajo la orientación de Jruschov.

De allí que pocos arquitectos soviéticos participaron en los equipos de apoyo técnico diseminados en la isla, más vinculados a la planificación económica y a los procesos constructivas. Entre las visitas excepcionales, relacionadas con la cultura arquitectónica y el diseño, podemos citar a M. Soloviev, Director del Departamento de Diseño Industrial y a A. Riabushin, Director del Departamento de Teoría e Historia de la Arquitectura, ambos en Moscú. Sólo una decena de profesionales cubanos se formó en la URSS, sin alcanzar posiciones destacadas en su desarrollo profesional en la isla. En las publicaciones locales el interés estuvo dirigido hacia la experiencia constructivista de los años veinte, y el esclarecimiento de las contradicciones que llevaron a su paralización en los treinta con el fin de evitar que el dogmatismo y el burocratismo arquitectónico se repitiesen en Cuba. En 1968, Fernando Salinas promovió la traducción al español del libro italiano de Vittorio de Feo (Vittorio de Feo, La arquitectura en la URSS 1917-1936); e intenté publicar la emotiva autocrítica de A. K. Burov, miembro de la vanguardia de los “años de fuego”, justificando las concesiones realizadas al historicismo académico en las obras realizadas a partir de 1933 (A.K. Burov, Sobre la Arquitectura).

Regionalismos y folklorismos

El proceso de “institucionalización” del país ocurrido después de la fracasada zafra de los diez millones de toneladas de azúcar de 1970, tuvo su repercusión también en la arquitectura. La autonomía proyectual de los arquitectos quedó doblegada por las estrictas normas establecidas por el Ministerio de la Construcción y la definición de rígidas tipologías planimétricas y compositivas para cada uno de los temas desarrollados, asociadas al empleo de elementos constructivos prefabricados. Cada tema poseía su propia configuración funcional y tecnológica: las industrias, las escuelas, las viviendas, los hospitales, los hoteles, etc.. Proliferaron los folletos técnicos y los libros referidos a la prefabricación y la economía de la construcción (Germán Bode Hernández, Hacia la industrialización del sector de la construcción).

A partir de 1975 la revista Arquitectura Cuba integró en sus páginas la arquitectura y el urbanismo soviéticos, en particular sobre aquellas repúblicas de la URSS que habían desarrollado un lenguaje “regionalista”; también influenciado por las ediciones masivas de los libros de Vladimir Khait sobre la obra de Oscar Niemeyer, demostrativos de la libertad creadora de un diseñador “comunista” latinoamericano (Vladimir Lvovitch Khait, Oskar Nimeeier). Un historicismo acontextuado apareció en la sede de la embajada de la URSS en el barrio residencial de Miramar, cuya alta, compleja y maciza torre era más apropiada para Alma Ata o Krasnoiarsk que para La Habana. Lenguaje formalista de escaso contenido conceptual que incidió localmente en la renovación estética de los años ochenta, al impulsarse nuevamente el turismo en Cuba y construirse algunos conjuntos hoteleros en falso vernáculo indígena.

Un campo ascético y moral

Durante la lucha revolucionaria contra Batista, los planteamientos sociales y económicos contenidos en el “Manifiesto del Moncada”, no estuvieron acompañados de propuestas urbanísticas y arquitectónicas concretas. De allí que las iniciativas ejecutadas desde 1959 se fueron adecuando a las definiciones políticas e ideológicas del momento. Sin embargo, hasta la década de los años ochenta perduró el objetivo de privilegiar el desarrollo del campo y de los asentamientos de los trabajadores rurales sobre las estructuras urbanas. Si por una parte Stalin rechazó el utopismo “urbanista” de Sabsovich y “desurbanista” de Miljutin y fortaleció el desarrollo de Moscú como capital de la URSS; la dirección del nuevo gobierno no se identificó con La Habana, ciudad considerada pecaminosa y representativa de los vicios del capitalismo (Roberto Segre, “Sombres et utopies tropicales de La Havane“), asumiendo un criterio de planificación territorial antiurbano (Felipe J. Prestamo, “City planning in revolution: Cuba, 1959-61“). A finales de los años sesenta, los habitantes de la capital expiaron sus pecados trabajando en el hinterland rural del llamado “Plan del Cordón de La Habana”, de escaso éxito productivo. Surgieron en todo el país las cooperativas rurales, pequeños núcleos de viviendas relacionados con la explotación agrícola y ganadera, equipados con los servicios sociales básicos, que sustituyeron los tradicionales bohíos aislados de los campesinos pobres. Era la aplicación de las tesis de Marx y Engels, quienes imaginaban el fin de la contradicción entre los niveles de vida del campo y la ciudad, con el advenimiento del socialismo. Resultó un modelo paradigmático la Comunidad Forestal “Las Terrazas” en la Sierra del Rosario, Provincia de Pinar del Río (1969).

El objetivo principal de la planificación territorial consistió en crear una estructura homogénea de asentamientos habitacionales y productivos, superando los desequilibrios estructurales profundizados a lo largo de cuatro siglos: por ejemplo en 1958, La Habana moderna y desarrollada concentraba el 30 % de una población de alto nivel de vida, en detrimento de las condiciones precarias existentes en el resto del país. La tecnificación de la producción agrícola y el asentamiento de nuevas industrias crearon “polos” urbanos en las áreas rurales, intercomunicados entre sí por un nuevo sistema vial (Sergio Baroni Bassoni, Hacia una cultura del territorio). Se llevaron a cabo importantes obras de infraestructuras, entre las que predominaron las represas de agua, cuya escasez constituía uno de los principales problemas que confrontaba la isla.

La reorganización del territorio significó también la participación comunitaria en las tareas productivas y en la gestión administrativa, creando una conciencia social del desarrollo económico del Estado, no como consecuencia de directivas del poder distante, sino de las decisiones emanadas de los diferentes niveles políticos del país. El rechazo a la ciudad heredada se manifestó en la construcción de un sistema funcional – escuelas, fábricas, hospitales, centros de investigación, hoteles – en un anillo periférico bordeando las capitales provinciales – Santa Clara, Camagüey, Holguín, etcétera. –, representando lo que se llamó “el mito de lo nuevo”; o sea, el modelo urbano que debía sustituir la ciudad tradicional (Roberto Segre, “La Habana siglo XX: espacio dilatado y tiempo contraído”). Propuesta que fracasó ante la carencia de un tejido conectivo que integrase espacialmente las diferentes funciones y permitiese una vitalidad social similar a la existente en el centro histórico. Cabe señalar también la escasa madurez conceptual de los fundamentos ideológicos del modelo, formulado en otro contexto y otro tiempo histórico, que no fueron adaptados a las condicionantes particulares de la realidad cubana.

La utopía del “hombre nuevo”

Sin lugar a dudas, la organización de la educación en la década del setenta logró la expresión urbanística y arquitectónica más importante del sistema “comunista” cubano. A partir de una tecnología constructiva local – el sistema “Girón” – de elementos prefabricados, fueron realizadas centenares de escuelas de diferentes dimensiones, entre 500 y 5.000 alumnos. A partir del programa definido como “la escuela al campo” para la enseñanza secundaria, se organizaron verdaderas “ciudades” de la educación, sumergidas en el territorio agrícola, con el fin de formar el “hombre nuevo” del siglo XXI caracterizado por el Che Guevara (Ernesto Che Guevara, “El socialismo y el hombre en Cuba”). A pesar de las rígidas normas técnicas y tipológicas imperantes, el equipo de arquitectos del Departamento de Construcciones Escolares del Ministerio de la Construcción, dirigido por Josefina Rebellón, logró combinaciones formales, volumétricas, espaciales y cromáticas que identificaban la particularidad de las composiciones libres y asimétricas, las amplias galerías cubiertas y las plazas interiores de las escuelas.

Entre las más significativas citemos la Escuela Vocacional Lenin (1974) de Andrés Garrudo en La Habana; la Escuela Vocacional Máximo Gómez (1976) en Camaguey y la Escuela Volodia del Parque Lenin (1976) de Heriberto Duverger. Esta tipología constructiva fue aplicada en múltiples obras, entre las que sobresalieron los Palacios de los Pioneros; del Parque Lenin (1978) de Néstor Garmendía, y de Tarará (1975) de Humberto Ramírez, ambos en La Habana. A su vez, el modelo de la Secundaria Básica en el Campo se convirtió en un icono arquitectónico representativo de la nueva pedagogía revolucionaria, siendo exportado a varios países de América Latina y el Caribe: Jamaica, República Dominicana, Nicaragua y Perú.

Las viviendas anónimas

Aunque durante cuarenta años el Estado realizó un promedio de diez mil viviendas anuales, este tema fue el menos exitoso en cuanto al diseño arquitectónico y urbanístico. La Habana del Este (1959-61), primera gran iniciativa de un conjunto habitacional, fue realizado a partir del modelo de la Unidad Vecinal norteamericana y de una tipología de edificios similares a los apartamentos burgueses del barrio del Vedado. Ante el supuesto costo excesivo de esta experiencia – apreciación que se demostró errónea, ya que los edificios se mantienen en perfecto estado de conservación, cosa que no ocurrió con las viviendas de la “Microbrigada” (Mario Coyula, “La ciudad rampante. Cuando éramos jóvenes y hermosos“) –, se comenzaron a construir bloques anónimos de cuatro plantas con elementos prefabricados. Tuvieron mayor calidad constructiva y formal los edificios realizados con las piezas de la fábrica soviética de Santiago de Cuba, aunque la rígida distribución urbanística, creó espacios anónimos y deshumanizados. Otros sistemas importados de Yugoslavia – el IMS – y de Canadá – el LH – también poseían una alto nivel de terminaciones y de combinaciones formales, pero adolecían, en los conjuntos construidos, de los defectos compositivos, rígidos y abstractos, repetidos en todos los países socialistas de Europa del Este.

Las propuestas experimentales de Fernando Salinas – el sistema Multiflex –; del venezolano Fruto Vivas; de las unidades ligeras de Hugo Dacosta; y en los años ochenta, de los jóvenes Juan Luis Morales y Rosendo Mesías para colaborar con la autoconstrucción en la ciudad histórica, no fueron asimiladas por el Ministerio de la Construcción. Cuando en 1970 se inició la construcción de bloques artesanales por el sistema de la “Microbrigada” , la participación popular hubiese permitido una variedad de diseños que no fue implementada: la rígida normativa institucional hizo repetir ad infinitum los bloques de apartamentos. Cierta libertad formal quedó implementada en los años ochenta, al llenarse los vacíos de la ciudad tradicional con edificios atípicos, pero la baja calidad constructiva invalidó cualquier propuesta estética. Al promoverse en los años noventa la realización de viviendas para residentes extranjeros en el aristocrático barrio de Miramar, se utilizaron repertorios historicistas, similares a los utilizados en las viviendas de lujo de los países capitalistas (Joseph L. Scarpaci, Roberto Segre, Mario Coyula, Havana. Two Faces of the Antillean Metrópolis).

La creatividad de los años sesenta

La rigidez característica del estado socialista, implícita en las decisiones emanadas desde el poder central, no pudo doblegar la iniciativa individual de los arquitectos de talento, deseosos de expresar creativamente los contenidos humanistas de la ideología marxista-leninista. Afortunadamente, el sistema cubano de dirección de la construcción no poseía las mismas estructuras burocráticas imperantes en la URSS y los países de Europa del Este. Tampoco fueron promovidas por el gobierno construcciones monumentales de sedes partidarias o de la administración pública, al utilizarse los edificios de la década de los años cincuenta, vaciados al desaparecer la empresa privada. Resultó una excepción el edificio del PCC en Sancti Spíritus, integrando la tribuna para los desfiles patrióticos.

A lo largo de estos cuarenta años existieron algunos pocos grados de libertad que permitieron crear obras arquitectónicas paradigmáticas que caracterizaron la personalidad de las sucesivas décadas. En los años sesenta, la carencia de una clara planificación económica y de una estructura piramidal de decisiones, hizo posible algunos ejemplos de innegable valor estético: en La Habana, el conjunto de las Escuelas Nacionales de Arte, de los arquitectos Ricardo Porro, Vittorio Garatti y Roberto Gottardi (1961-1965), surgió en el bucólico paisaje del Country Club, y sus formas libres, expresivas e inéditas, resumieron las metáforas culturales – la fusión de los códigos de la modernidad, la tradición colonial y el rescate de la cultura negra –, representativas de la etapa “surrealista” de la Revolución (esta obra, difundida mundialmente, en proceso de restauración, luego de décadas de abandono, todavía atrae la atención de las editoras y revistas especializas de Estados Unidos y Europa; ver John Loomis, Revolution of forms. Cuba´s forgotten Art Schools.). La Ciudad Universitaria “José Antonio Echeverría” (1961-1969), también en las afueras de la capital, realizada por un equipo dirigido por Humberto Alonso y posteriormente por Fernando Salinas, demostró la flexibilidad de un sistema de elementos prefabricados – el lift-slab de origen canadiense –, adaptado a la topografía del terreno y a la diversidad de funciones exigidas por el Instituto Politécnico.

También en el céntrico barrio del Vedado – La Rampa –, se quiso demostrar el nuevo uso social de la tierra urbana, en un espacio que en la etapa anterior era reservado para la presencia de costosos edificios de oficinas o hoteles de lujo. La construcción del Pabellón Cuba (1963) de Juan Campos y la heladería Coppelia (1966) de Mario Girona, monumentalizaron dos espacios públicos dedicados a la recreación cotidiana de los habitantes urbanos. En la provincia oriental de Holguín, el arquitecto Walter Betancourt proyectó la Casa de la Cultura de Velasco (1964-1984) por iniciativa del gobierno local, realizada con la participación comunitaria. En ella utilizó un lenguaje regionalista y sincrético, que integró la formación wrightiana del arquitecto con la herencia campesina y los elementos decorativos indígenas de taínos y siboneyes.

Imaginación vs. masividad

En los años setenta, período caracterizado por el dogmatismo ideológico y la rigidez de las normas constructivas aplicadas en las obras sociales de carácter masivo, los símbolos estuvieron relacionados con la naturaleza recuperada y la significación del “diseño ambiental” como síntesis entre las manifestaciones artísticas, el diseño, la arquitectura y el urbanismo. Antonio Quintana (1919-1993) con un equipo de profesionales realiza el centro recreativo del Parque Lenin (1970), identificado por la espacialidad y transparencia del restaurante “La Ruina” de Joaquín Galbán, quien magnifica y monumentaliza los elementos constructivos prefabricados utilizados en las obras anónimas, otorgándoles una particular significación estética. Luego, Quintana proyecta el ligero y transparente Palacio de las Convenciones (1979) de La Habana, cuyos salones quedan circundados de la exuberante vegetación tropical del lujoso y exclusivo barrio de Cubanacán.

Finalmente, Fernando Salinas (1930-1992) construye la Embajada de Cuba en Ciudad México (1976), obra que sintetiza las búsquedas estéticas y culturales de dos décadas de socialismo: una arquitectura sobria y liviana, metáfora de las escuelas en el campo, caracterizada plásticamente por la presencia de gráficos, escultores y pintores, con obras expresivas de la vanguardia cubana. La fuente “Aguas Territoriales” de Luis Martínez Pedro que preside la entrada, identifica los múltiples tonos turquesa del mar del Caribe que circundan la isla.

El regreso a la ciudad

En los años ochenta ocurrió el rescate de la ciudad tradicional, que había sido abandonada durante casi dos décadas. Al obtener La Habana el reconocimiento de la UNESCO de “Patrimonio Cultural de la Humanidad” (1982), la atención de las intervenciones estatales se orientó hacia la recuperación de los monumentos en los centros históricos: las iniciativas de Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad de La Habana, transformaron la imagen decrépita del centro histórico en un espacio de gran vitalidad social, comercial y turística. A su vez, la descentralización de los proyectos, permitió la ejecución de obras atípicas promovidas por los poderes municipales – en La Habana tuvo particular importancia la gestión de Mario Coyula (Mario Coyula, Editor, La Habana que va conmigo) –, facilitando la participación de los arquitectos jóvenes, quienes cuestionaron el anonimato de la arquitectura prefabricada de la década anterior.

Se creó el movimiento de la “Generación de los Ochenta”, constituida por Emilio Castro, Rafael Fornés, Juan Luis Morales, José Antonio Choy, Emma Álvarez Tabío, Eduardo Luis Rodríguez, Teresa Ayuso, Francisco Bedoya y otros. Ellos intervinieron en los vacíos urbanos con obras que resentían la influencia del historicismo contextualista del “posmodernismo”, proveniente del Primer Mundo. Resultó paradigmática de esta etapa el consultorio del médico de la familia en La Habana Vieja (1988) de Eduardo Luis Rodríguez y la gasolinera “Acapulco” en el Vedado, de Heriberto Duverger (1990). Sin embargo, como los procesos históricos sociales y culturales no resultan lineales, en esta década, caracterizada por la apertura ideológica y el apoyo a las manifestaciones artísticas de vanguardia, coexistió un retorno a las expresiones monumentales del “realismo socialista”. En casi todas las provincias fueron erigidos monumentos conmemorativos que asumieron el modelo soviético, ya presente en La Habana en la escultura de Lenin realizada por el artista ruso Kérbel. Citemos el monumento al Che Guevara en Santa Clara y a Antonio Maceo en Santiago de Cuba. Resultaron una excepción el conjunto conmemorativo a la caída en combate de Antonio Maceo en las afueras de La Habana de Fernando Salinas, y la Plaza de la Revolución Mariana Grajales del equipo Rómulo, Villa, Angulo, García Peña (1986) . En los años noventa, el simbolismo de la estatua de Lenin fue sustituido por la figura en bronce de John Lennon, sentando en un parque del Vedado.

Incógnitas y ambigüedades

En los años noventa, la crisis económica producida por la desintegración del mundo socialista y la desaparición de la URSS, paralizó casi totalmente las obras de contenido social. El turismo se convirtió en el motor de la economía y se importaron proyectos extranjeros de carácter comercial y de escasos contenidos culturales y estéticos. Dentro de la precariedad económica del “Período Especial en Tiempos de Paz”, imperante en la última década del siglo XX, sobresalieron los proyectos de José Antonio Choy y su equipo: el hotel Santiago de Cuba (1990) y el Banco Financiero Internacional (2001) en La Habana, obras que intentaron reintegrar a Cuba en el concierto arquitectónico mundial y en el manejo de los códigos de la contemporaneidad, más allá de todo determinismo ideológico. La presencia del dólar como moneda corriente hizo resurgir el tema de los shoppings, abandonado desde la década de los cincuenta, produciéndose edificios banales de corte kitsch.

Ante las incógnitas de un futuro incierto, algunos críticos y arquitectos locales desataron una crítica contestataria de la arquitectura “comunista”, o sea, de las obras masivas construidas entre las décadas de los años sesenta y ochenta, promoviendo el rescate nostálgico – y veladamente ideológico – de las realizaciones de la década de los años cincuenta (Eduardo Luis Rodríguez, The Habana Guide. Modern Architecture 1925-1965). Postura injusta y tergiversadora de la realidad: a lo largo de más de cuatro décadas de socialismo, jamás se rompió el hilo conductor de la cultura arquitectónica cubana – originada en el Movimiento Moderno de la etapa anterior – en las obras paradigmáticas de cada período.

Por otra parte, es lícito afirmar que un estilo “comunista”, de ascendencia soviética, monumental y apologético, nunca existió en Cuba. Pese a las complejas dificultades que afrontó el país desde 1959, no se doblegó la creatividad y originalidad de los profesionales quienes, luchando a contracorriente del pragmatismo hegemónico de los organismos centrales del Estado, buscaron aplicar los principios del humanismo martiano – en antítesis con dogmas y estructuras burocráticas –, manteniendo viva la tradición y la identidad cultural de la arquitectura – estrechamente vinculados a la vanguardia artística (la UNEAC, Unión de Escritores y Artistas de Cuba, jugó un papel fundamental en la defensa del carácter “artístico” de la obra arquitectónica. En 1990, por iniciativa de su presidente, Abel Prieto, el presidente de la Sección de Crítica, Roberto Segre, creó la Sección de Diseño Ambiental, que fue presidida por Fernando Salinas; a esta iniciativa se opuso el Ministerio de la Construcción y la UNAICC, Unión de Arquitectos, Ingenieros y Constructores de Cuba, aduciendo el carácter “elitista” de aquella agrupación) –, representativas de una cubanidad identificada con el sincretismo de su literatura, música y artes plásticas, surgido del mestizaje social, incapaz de ser destruida por los altibajos de los sistemas políticos.

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Interior de restaurante La Faralla
Interior de restaurante La Faralla

Interior de restaurante La Faralla, en el Parque Lenin. Imagen tomada de la revista Arquitectura y Urbanismo. 2013.

Tomado de la revista Arquitectura y Urbanismo vol XXXIV no. 1/2013 (h/t Arquitectura Cuba):

El Parque Lenin fue concebido en 1969, durante una visita que hiciera el presidente Fidel Castro a la vecinapresa Ejército Rebelde, en aquel entonces en fase determinación. Aunque las primeras obras comenzarona funcionar desde 1971, no fue hasta el siguiente añoque quedó fijada su inauguración.El Parque forma parte de un complejo paisajísticopropuesto para el sur de la ciudad de La Habana, con elobjetivo de fomentar la recreación sana de la poblacióny aumentar el escaso índice de áreas verdes per cápitaheredado de épocas anteriores.La zona seleccionada, comprendida entre la calle 100,la Calzada de Bejucal, la carretera de El Globo y la hoycarretera a Expocuba, en el municipio Arroyo Naranjo,abarcaba unas 670 hectáreas, y estaba integrada ensu mayoría -con excepción de dos grandes fincas: PasoSeco y Cacahual-, por pequeñas parcelas dedicadas alautoconsumo de los campesinos de la zona, por algunasvaquerías y por tierras improductivas.El equipo designado para realizar el proyecto estuvodirigido por el arquitecto Antonio Quintana e integradopor los también arquitectos Mario Girona, Juan Tosca,Joaquín Galván, Selma Soto, Hugo D’Acosta, MercedesÁlvarez, Thelma Ascanio, Sara Blumenkranz y Rita MaríaGrau, entre otros.

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Además del diseño naturalista que protagonizabael concepto del parque, fue creado un conjunto deinstalaciones gastronómicas, recreativas y culturalespara complementar el complejo. Entre las gastronómicasse destacan los restaurantes Las Ruinas, La Farallay Los Jagüeyes; las cafeterías Infusiones 1740 y ElGalápago de Oro; así como un total de trece quioscosdiseminados por el parque. Entre las recreativas yculturales son significativos el acuario en forma deespiral y el anfiteatro al aire libre con pista flotantesobre el embalse de agua.

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Restaurante Las Ruinas

Concebido como una instalación de lujo, esterestaurante se levantó sobre los restos de una edificaciónque existía en el área seleccionada. En su arquitecturase destacan los elementos prefabricados de ortogonalgeometría que se superponen unos a otros formandodiversas tramas espaciales, que llega en algunosmomentos a ser más aparatosa que escenográfica(Figura 3). La estructura partió del sistema ideadopara el parque, pero con la adición de una ampliagama de elementos atípicos que permitió la grandezaarquitectónica que se pretendía para esta obra.
Así se mezclan la compleja estructura prefabricada de hormigón armado,con vitrales y rejas de ascendencia tradicional. Posee pisos de mármoles,carpintería de maderas preciosas y un mobiliario de estilo que incluyó variaspiezas extraídas directamente de casas abandonadas por sus propietarios*, así como la reproducción de otras tantas que seguían modelos de probadafrescura y fortaleza. Las barandas del piso alto, las de la escalera y las delos balcones, fueron trabajadas con herrería forjada que, de igual manera,reproducen modelos de la arquitectura colonial.
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En la actualidad, el restaurante funciona solamenteen su planta baja; el nivel superior está desmanteladoy cerrado al público, en espera de una próximarestauración. La exquisita carpintería del edificio,concebida de piso a techo con tablillas francesas, estáen mal estado y para su cierre se emplean objetos ajenosal diseño original, lo que ofrece una imagen inapropiada,de abandono y falta de sensibilidad. El mobiliario delbar, que en sus inicios estaba integrado por mesas contapas de mármol y reproducciones de sillas Thonet,ha sido sustituido por ejemplares plásticos, cubiertoscon manteles baratos que desentonan con el lujo queaun se manifiesta en la instalación. Las lámparas devidrio emplomado que complementaban el área todavíaexisten, pero indudablemente no forman parte del actualdiseño del espacio interior. Las terrazas, donde otrorase exhibían juegos de muebles coloniales de hierrofundido, hoy están desamobladas o poseen mobiliarioplástico.
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Restaurante La Faralla

Esta sugestiva instalación fue diseñada por losarquitectos Juan Tosca y Selma Soto con el empleo delsistema constructivo ya mencionado. Fue concebidacomo un restaurante de autoservicio al cual se accedepor una amplia escalinata de losas prefabricadas…
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En el portal, la presencia de varios juegos demobiliario confeccionados íntegramente con la palmareal como materia prima, le otorgaba al sitio unambiente bucólico y familiar. Los servicios sanitariosfueron ubicados al exterior en cabina independiente,con el objetivo de que pudieran ser usados por otrosvisitantes del parque. Todo el basamento delrestaurante fue recubierto con la piedra local y estabarodeado de áreas verdes, caminos de cemento y murospétreos que alternaban con elementos del mobiliariourbano.
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La Faralla fue un sitio de habitual selección paraaquellos que llegaban al parque. Su peculiar fachada,el contacto con la naturaleza y la excelente ofertagastronómica, hacían del mismo una opción congarantía. En la actualidad, el restaurante y los serviciossanitarios están cerrados y con muestras evidentes dedeterioro; no posee mobiliario y sus áreas exteriorespresentan un notable abandono.

Restaurante Los Jagüeyes
Este restaurante, también de autoservicio, eraotro de los más frecuentados por las familias que enépocas pasadas acudían al Parque Lenin en busca de unalmuerzo dominical. Fue proyectado por Andrés Garrudoy Thelma Ascanio, quienes utilizaron la losa típica delparque tanto para cubiertas como para la estructura ylos cierres verticales. Rodeado de un agradable bosque,levanta su imagen nívea y bien proporcionada sobre unbasamento de la ya mencionada piedra local…
Hoy en día la imagen del restaurante ha cambiadobastante: la estructura del inmueble no ha recibidoatención en muchos años, por lo que presenta manchasde humedad y suciedad; en las luminarias del techo,todavía con su diseño original, no hay ni un solobombillo; los muebles están despintados y adolecen dela falta del mantenimiento general tan necesario en unainstalación gastronómica. Los exteriorestambién están abandonados, y para proteger el edificiocontra el vandalismo se han colocado rejas a ventanas ypuertas con un diseño discordante.La dudosa higiene, la desidia y el descuidado aspectode los empleados, producen un efecto negativo en lospocos usuarios que se arriesgan hoy en día a llegarhasta ese intrincado lugar en busca de una comidarápida y económica.

Cafetería El Galápago de Oro

El arquitecto Mario Girona resolvió el gran techopara esta cafetería de autoservicio con el empleo de laestructura de una antigua vaquería existente en el lugar.Las columnas originales fueron embebidas en pesadospilarotes enchapados en la piedra local y la cubierta fuerodeada de un ancho pretil con gárgolas que jalonan elperímetro de la instalación. La decoracióninterior, en un lenguaje rústico y sencillo, fue resueltacon redes de soga y otros materiales naturales quecomplementaban armónicamente la arquitectura de lainstalación, sin llegar a sobrecargarla.Hoy, el gusto kitsch invade el establecimiento: lassogas, redes y otros materiales rústicos han sidosustituidos por cercas de alambrón y planchuelasornamentales pintadas en vivos colores, y la gráfica yotros elementos decorativos discrepan con el discurso original. Afortunadamente, el simpáticomural exterior que enmascaraba el acceso a las áreasde servicio, obra del artista Reinaldo López Hernández,se mantiene en buen estado, así como la jardinería y loscaminos exteriores.

Quioscos

Los quioscos también fueron diseñados con el empleodel elemento prefabricado que caracteriza el parque, ysu concepción como un objeto abierto, espacioso y de justa proporción, se integraba con acierto al paisajecreado en la zona. Fueron distribuidos equitativamenteen las áreas del parque, entre bosques, cercanos a lasvías y a orillas de senderos, de manera que la ofertagastronómica llegara a los más distantes lugares de lainstalación. En las primeras décadas de vida del ParqueLenin, estos quioscos eran los únicos en toda la ciudadque ofrecían una variada gama de confituras, refrescos,y otras golosinas, los cuales se podían alcanzar despuésde una larga y no siempre bien organizada cola. Tambiénlos quioscos fueron pintados en color blanco para dialogarcon el resto de las construcciones y representaban enmedio del paisaje verde un puesto para el descanso y eldiálogo más cercano. En la actualidad, los quioscos seencuentran prácticamente desiertos. Su imagen originalha cambiado, con un color y una gráfica inadecuados.
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El Acuario

Esta instalación fue concebida para peces de aguadulce, y su diseño original en forma de espiral permitiósu localización en un terreno relativamente pequeño. Eneste sugerente proyecto la arquitecta Thelma Ascaniono empleó el sistema constructivo utilizado en el restode las edificaciones del parque, y en su defecto creó otragama de componentes prefabricados para darle formaal supuesto caracol.El acuario brinda al espectador la posibilidad de unrecorrido largo, pero agradable: las peceras ocupan unapared de la senda mientras que la otra queda matizadapor los colores de luminosos vitrales.
(…)

El Anfiteatro

Quizás una de las edificaciones más atractivas delParque Lenin lo fuera el anfiteatro con un escenarioflotando sobre el embalse de agua que centra elcomplejo. Proyectado por Hugo D´Acosta y MercedesÁlvarez, esta obra constituyó un tributo tropical a losanfiteatros griegos y romanos. Los asientos para elauditorio fueron construidos con bloques de piedracaliza tallada en forma de sillas y butacas, y entreellos crecía la hierba en forma controlada a modo deambientación natural. Se dice que las piedrasutilizadas para esta construcción fueron sobrantesde la construcción del Capitolio Nacional, pero espoco probable que sea cierto, ya que el Capitolio fueconstruido con piedra de Capellanía y las que integranel anfiteatro no lo son.El escenario flotante de esta instalación constituyóen su momento una novedad, ya que era una balsametálica, con tecnología teatral, construida por primeravez en el país. Las funciones nocturnas en este enclavefueron muy acogedoras, descontando el agobio queproducían los siempre impertinentes mosquitos.
En la actualidad, el anfiteatro también ha sido víctimade la desidia. Sus cabinas tecnológicas, serviciossanitarios y otras instalaciones complementarias, todasterminadas en piedra, se encuentran abandonadas,han sido saqueadas y están llenas de desperdicios. La balsa permanece herrumbrosa en susitio original, en el cual el protagonismo de las plantasacuáticas y los desperdicios empaña la transparenciade las aguas.
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Conclusiones

El complejo recreativo cultural Parque Lenin fueun ejemplo notable de arquitectura ligada al paisaje,fiel representante de las aspiraciones de la sociedadcubana a principios de la década de 1970. En su creaciónparticiparon los más destacados profesionales cubanosde la época bajo la orientación precisa de Celia SánchezManduley. Aunque puede ser criticable su conceptoproyectual, en función del automóvil, sin caminos oaceras para la circulación de peatones; y su ubicaciónen las afueras de la ciudad, en una zona de difícil accesopara la mayoría de la población, en su diseño aunó piezasarquitectónicas de gran valor, que aun hoy día constituyenun locuaz testimonio de los tiempos en que fue creado.También es digna de destacar la calidad constructivacon que contaron los edificios y el paisaje artificial, y laelegancia y mesura en la decoración de los interiores,en los cuales se supo caracterizar cada una de lasinstalaciones con un mobiliario adecuado a la funciónque desempeñaban, que incluyó hasta el vestuario delos empleados.Hoy en día el carácter primitivo del parque se ha perdidocasi en su totalidad. Varias de las instalaciones másdemandadas están cerradas, abandonadas o carecende mantenimiento. Las que aun funcionan incorporanun cuestionable lenguaje kitsch en la gráfica y en laambientación general de sus espacios, que desentonancon el lugar y des caracterizan la arquitectura. Por otrolado, el paisaje prístino está contaminado con kioscos,parrilladas y otros servicios de carácter provisional,que sumados a la música que se amplifica y a la ventade cervezas y bebidas similares vulgarizan el entornorecreativo y atentan contra la concepción de uso familiarque tuvo en sus orígenes. (…)
Leer el artículo completo y ver imágenes aquí.
Probetas
Nuevo Vedado, 2013

Nuevo Vedado, 2013

Texto de Ernesto Oroza en La alcancía del artesano:

La probeta de hormigón (concrete test specimens) es un objeto asociado tecnológica e históricamente a la arquitectura moderna. En Cuba se han acumulado cientos de miles por toda la isla en los últimos setenta años y el conjunto de esta totalidad conforma un estrato reposado y abstracto, un sedimento geológico de hormigón que diagrama el suceso de la modernidad y la implementación de la industrialización en la arquitectura cubana.

El objeto se produce para evaluar y controlar la producción del hormigón ya sea en la fábrica o durante la construcción (in situ) de una obra arquitectónica o ingenieril. Cuando se producen durante el proceso de edificación se usan muestras que comparten similares condiciones con el material empleado en la construcción. Para esto se toman porciones de la mezcla preparada y se vierten en los moldes cilíndricos (metálicos) de los cuales resultan las probetas.
Antes de extraer el cilindro resultante del molde se graban en una de sus caras circulares los códigos de la producción y la fecha del día. Estos datos distinguirán por siempre a la probeta de las otras producidas allí ese día o en cualquier otro lugar y tiempo. Las muestras se secan y curan para evaluarlas posteriormente y constatar la calidad del mortero, la homogeneidad, el peso y la potencial resistencia a distintas presiones y factores ambientales. Las probetas producidas en la fábrica se prueban después de dos meses y medio (72 días) de curadas y las creadas en el lugar de una construcción se prueban rápidamente para responder a la inmediatez del proceso productivo.

Se puede pensar que en algunos casos las probetas condensan el material empleado en los edificios, en otros casos, el material discriminado, la mezcla que fue excluida de los inmuebles. …

Creo que las cifras marcadas en los cilindros, las fechas y otros signos en sus caras circulares, completan la función indicativa en la urbe de los procesos constructivos desarrollados en los últimos decenios.  Por un lado estas fechas se consagran a una epifanía. Al instante milagroso de la dosificación perfecta, a proporciones ideales de agua y cemento, a temperaturas precisas de secado, a un clímax inmejorable de homogeneidad y fusión. Por otro lado estas fechas tienen una latencia biográfica. He buscado por años una que tenga mi fecha de nacimiento. Creo que al menos habrá una en toda la isla y esa probeta probable es también un índice de mi resistencia, o de mi falta de esta. He buscado insistentemente en las probetas que rodean los jardines del Ministerio de la Construcción efemérides marcadas en el cemento húmedo de la historia nacional: miércoles 31de diciembre de 1958, el sábado 15 de Abril de 1961, el martes 15 de Abril de 1980. ¿Será que esos días  no se construyó nada?  He encontrado muchas que parecen menos significativas pero resultan igual de inquietantes porque pueden apelar a historiografías no hechas, a eventos oscuros no contados, a días que solo se nombraron en un cilindro de hormigón: ¿que habrá ocurrido el domingo 30 de Julio de 1972 o el miércoles 13 de Mayo de 1981? Creo que este cilindro tiene una potencialidad enorme para fecundar y constituir diversas nociones historiográficas y sugerir nuevos umbrales especulativos.
Sin duda el conjunto de estos cilindros, desde el primero que se fabricó en la isla hasta el más fresco pueden erigir un museo de la arquitectura moderna cubana. …Los hacedores de este museo no deben ser arquitectos, creo ellos no son los versados en el uso de esta materia, los expertos son los vecinos de los edificios hechos por arquitectos. Las amas de casas que adoran sus jardines, los agricultores aficionados, los adornadores de cuadras, los que han construido con probetas los muros de sus baños improvisados. En este sentido el museo será también un índice de todos esos usos que de la probeta se han hecho en la ciudades cubanas y del mundo. Porque este pudiera ser también un museo internacional. …

Ernesto Oroza, Schöneweide, 2011

Vedado, 2013

Vedado, 2013

Revista Cuba
Revista Cuba

Revista Cuba. 1964. Imagen tomada de Arquitectura Cuba.

En Arquitectura Cuba, foto-reportaje publicado en 1964 en la revista Cuba.

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Texto de Leonardo Padura publicado en Café Fuerte:

Durante diez, quince años, una parte inalienable del espíritu de la época estuvo sintetizado en cinco cuadras, con sus bocacalles adyacentes, de la ciudad de La Habana.

Esos años, que corrieron desde mediados de la década de 1950 hasta la agonía del decenio de 1960 fueron posiblemente los más animados, contradictorios, promotores de cambios (políticos, económicos, morales) que se vivieran en Cuba desde la independencia hasta la llegada del Período Especial. Y todo aquel sentimiento de renovación, de búsqueda de lo nuevo, de exploración de la modernidad, tuvo sus mejores y más nítidos reflejos cubanos en el tramo de calle 23, pendiente entre L y la frontera del Malecón: la emblemática Rampa habanera.

Un estado de ánimo

Tal fue la profundidad de la relación de este espacio urbano con la vida del país que el arquitecto italiano Paolo Gasparini definió a La Rampa no como un sitio, sino como un “estado de ánimo”, como le gusta recordar al también arquitecto Mario Coyula, estudioso de las esencias pasadas y triste presente de este emblemático paseo capitalino.

Diseñada y construida en lo fundamental entre los años finales de la década de 1940 y la mitad de los años 1960 (en el año 1966 se termina la heladería Coppelia, obra de Mario Girona), la Rampa consiguió en sus años de esplendor convertirse en el corazón palpitante de la ciudad, desplazando de ese sitio al centro anterior, esencialmente comercial y mundano, ubicado en el cruce de Galeano y Neptuno, la famosa esquina del pecado. El éxito de La Rampa, sin embargo, tuvo que ver más con su vocación social, cultural, nocturna, gracias a lo cual se fue llenando de cines, restaurantes, estudios de televisión, clubes de jazz, hoteles, galerías, centros de arte y diseño, cafeterías, cuya enumeración sería casi interminable, además de algunos edificios de apartamentos, como el Retiro Médico, y el que llegaría a ser el más emblemático espacio expositivo habanero, el modernísimo y funcional Pabellón Cuba, inaugurado en 1963 precisamente en ocasión de reunirse en La Habana el VII Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos que pretendió renovar con espíritu de vanguardia las por entonces todavía vanguardistas arquitectura y urbanismo cubanos.

Espíritu de la época

Tan acogedor y propicio resultó el espacio físico de La Rampa y la utilidad pública de sus instalaciones que con notable facilidad el espíritu de la época también recaló en la avenida y sus sitios aledaños. La música cubana de aquellos años gloriosos de la década de 1950 y de principios de la siguiente, tuvo en los espacios del entorno su más notables escenarios: desde el restaurant Monsieur, animado por el imprescindible Bola de Nieve, hasta el Rincón del Filing, sobreviviente aun en los años 1980, donde recalaban César Portillo, José Antonio Méndez y otros renovadores de la canción cubana, pasando por los escenarios más sofisticados del Salón Rojo del Capri, El Parisién del Hotel Nacional y los más diversos clubes, como El Gato Tuerto y La Zorra y el Cuervo, donde bolero, jazz y filing se daban la mano y abrían el abanico de opciones. Las exposiciones de artes plásticas también tuvieron hitos en La Rampa, pues desde los mismos mosaicos empotrados en el granito de sus aceras, obras de maestros cubanos, hasta el apoteósico Salón de Mayo, forman parte de la realidad y la memoria gráfica del país. Los dos cines emblemáticos, el Radiocentro (Yara) y La Rampa, convertido en cine de ensayo, son parte de la memoria fílmica de dos generaciones de cubanos, como lo fueron las pequeñas salas teatrales de la zona. Y hasta la literatura, con obras (como Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante, vecino de La Rampa) y la presencia viva en sus inmediaciones, en sus instalaciones y a través de sus evocaciones de los escritores cubanos de aquellos años, tuvieron su espacio en esa misma Rampa donde, en la recién inaugurada Coppelia, solían reunirse los integrantes del primer Caimán Barbudo.

Sin embargo, no solo de creadores y consumidores de cultura, de eventos históricos, de edificios emblemáticos se pobló La Rampa. Su verdadero destino se lo entregó la juventud de aquellos tiempos, en buena parte proveniente de la muy cercana colina y otras facultades universitarias, pero absolutamente variopinta y ansiosa de libertades. La Rampa fue, por ello, el muestrario de las primeras melenas, las primeras minifaldas, los pantalones de tubo y de campana, las muchachas sin brasiers, los homosexuales desprejuiciados, los primeros fans de los Beatles y los Rollings, incluso de los primeros hippies tropicales, todas aquellas especies que, en una época de mayor rigidez política y supuestamente ética, resultarían fumigados con tanto esmero y encono en nombre de la homogeneidad y la prisa por el nacimiento de un hombre nuevo.

Sobreviviente de las ortodoxias

Pero tan fuerte resultó el espíritu encarnado en La Rampa que su aliento incluso sobrevivió a la época del cierre de los clubes nocturnos, a la ofensiva revolucionaria, a las cacerías de brujas de los años finales de 1960 y los años drásticos y aplanadores del decenio de 1970, pletórico de ortodoxias. Fue en época en que la Casa de la Cultura Checa se convirtió en sitio de referencia, al igual que los ciclos cinematográficos de La Rampa. Aquel empuje hasta resucitó en los años 1980, cuando el Festival de Cine se hizo carne de la avenida, con las noches interminables del Hotel Nacional, un tiempo en cual todavía era posible escuchar en el Pico Blanco a César Portillo y hasta a Elena Burke y Omara Portuondo, gastar unas horas en el Coppelia, comprar una ropa diferente en el Centro Experimental de la Moda y sostener el ejercicio tradicional de andar “Rampa arriba, Rampa abajo”, por el simple placer de caminar por el corazón moderno de una ciudad que resistía los embates de una desidia institucional que empezaba a ser alarmante. Quizás el acontecimiento capaz de marcar lo que va siendo el destino trágico de La Rampa, el fin de su esplendor y su providencial glamour cultural, fue el incendio del local del antiguo cabaret Montmartre, reconvertido en el gigantesco restaurant Moscú, convertido desde aquellos días hasta hoy en la ruina dolorosa que encarna físicamente la muestra más alarmante de lo que fue y ya no es.

Porque no solo desidia y falta de recursos han agredido el espíritu de La Rampa hasta llevarlo a su agonía actual. Quizás esos dos elementos se hayan combinado para impedir la resurrección del Montmartre/Moscú, para transformar en pústulas los balcones desconchados del Retiro Médico, para impedir la implosión del edificio Alaska sin que nada nuevo haya crecido en su territorio, para que la vida nocturna haya languidecido y se haya dolarizado (o cuquizado, si es posible llamar así al imperio del CUC)… Porque tal parece que algo mucho más macabro ha rondado sobre el destino de la calle más céntrica de La Habana para que un espacio como el de la tienda Indochina se transforme en control de pases de un ministerio, para que la Casa de la Cultura Checa devenga Centro de Prensa Internacional con escasas funciones culturales, para que las vidrieras de la antigua Ámbar Motors estén casi siempre tapiadas y definitivamente subutilizadas, para que el Centro Experimental de la Moda se convierta en nada, para que el Mandarín haya perdido su encanto y sea un restaurant de mala muerte y peor vida, para que espacios privilegiados se convierten en bancos que se oscurecen a las 3 de la tarde, mientras el Pabellón Cuba muestra unos jardines muchas veces más poblados de desperdicios urbanos que de plantas ornamentales.

No por vejez

Al menos para mí, habanero que paseé La Rampa en mis tiempos de estudiante pre y universitario, es evidente que no solo la economía ha influido para que los bares y cabarets del Habana Libre se hayan convertido en sitios ajenos y sin mayor encanto o para que el Coppelia no conserve nada de sus encantos sociales; para que varios de los clubes nocturnos y restaurantes de la zona hayan perdido su carácter o cerrado sus puertas mientras las amables cafeterías Wakamba y Carabalí ya no se sabe ni qué cosa son; para que, mientras se construye en otras partes de la ciudad, la esquina de 23 y O, y el costado de K entre 23 y 25 sean furnias donde se siembran plátanos y casetas rústicas… Y lo pienso así porque creo que no solo la mala economía le ha robado el espíritu de modernidad, irreverencia, búsqueda de placeres corporales y mentales, de juventud, en fin, que por décadas se deslizó por esta pendiente habanera cuyo fin u origen, es el mar.

Se trata de una agonía por muerte natural o parte de un plan de asesinato con premeditación y alevosía? Quizás pensar en la intencionalidad del crimen resulte algo rebuscado. Pero, con o sin intencionalidad, el resultado está siendo el mismo. La Rampa está muriendo, y no es por vejez.

La Yaya
La Yaya. Imagen tomada de On Cuba. 2013.

La Yaya. Imagen tomada de On Cuba. 2013.

Publicado en On Cuba sobre el poblado La Yaya, 240 apartamentos en cinco edificios de microbrigada, inaugurados en 1972 en las montañas del Escambray:

De 61 años, Tiburcia Hernández López: “El 25 de enero fue la primera mudada y ese día vine a conocer el pueblo, y me gustó, y me mudé el 6 de febrero de 1972. Yo vivía en Biajaca, después de aquel valle que ves allá, en una casa de campo. Tenía que pasar el  fango y el río para ir al trabajo. Había viviendas y tierras por esa zona que estaban donde iban a hacer las vaquerías. Estuvimos de acuerdo con venir a vivir aquí. La casa nos la daban con todo. Ya de esas cosas quedan pocas, pero la daban con fogón, juego de muebles, juego de cuarto y, según los miembros del núcleo, daban la cantidad de camas. A mi papá le pagaban una pensión por esa tierra que dejó  y que, cuando  aquello, era de sesenta  y pico de pesos.

“Sí, aquí vivió mucho tiempo Sergio Corrieri y su mamá. Vivieron también la doctora Graziella Pogolotti y Flora Lauten, que fundó un grupo de teatro, La Yaya se llamaba, y en el que  estuvo mi papá. Flora montaba las obras y ellos las hacían. Fueron a La Habana a actuar y cogieron hasta fama por aquí por la zona. Yo vi La Vitrina tonga de veces. Mi esposo tenía un camión y, cuando el grupo Escambray hacía función, nos montábamos y corríamos detrás de ellos para donde fueran”.

De 65 años, Omar Jaime: “Cuando vine en el 72, el pueblo estaba nuevo. Cuando aquello, todo era nuevo, pero al pueblo le pasan los años como a nosotros, que estamos viejos ya. Mira, yo vine aquí porque tenía casa en Las Torres, y  allí iban a hacer una vaquería. Yo no quería venir para acá. Teníamos la tierrita y cuando empezó la empresa La Vitrina, fuimos afectados por las vaquerías. Fíjate que yo ni pago esta casa, ni pienso pagarla, porque yo tenía mi casa allá con todo y no molestaba a nadie. Sí, estos apartamentos hay que pagarlos, pero yo no lo voy a pagar. No estuve de acuerdo con venir. Vine porque decían que mi casa estorbaba. Allá yo criaba y aquí es difícil.

“¿Que te hable del teatro? Habla tú con aquel hombre de la camisa roja que está jugando dominó, Jesús, que él trabajaba en un grupo de teatro”.

De 85 años, Jesús Oliva López: “Yo actuaba en el grupo de teatro La Yaya, que fundó en este pueblo Flora Lauten. Muchos de los actores que estaban ya fallecieron, éramos más o menos 12 personas. El que quisiera podía estar en el grupo. Nosotros aquí hicimos muchas obras, Los dos hermanosLa Vitrina, y más. Había una en que yo era un personaje llamado Iluminado, y mi mujer, que en paz descanse, se llamaba Rosa. Yo me acuerdo que en la obra le decía “Edelmira, cállate que te voy a dar un planazo”. Y fuimos a actuar a La Habana y todo.

“Vivo allí, en la casa 24 del edificio 3. Antes vivía en Los Cocos, eso queda en Barajagua, y nos mudaron para aquí porque el terreno que yo tenía hacía falta para  hacer un plan lechero, y fue una comisión y conversó conmigo para que entregara la tierra. ¿De acuerdo? Sí, estuve de acuerdo”.

La gente vieja de La Yaya recuerda el día en que Fidel se paró en la loma donde ahora está el pueblo y miró el valle, o sea, la parte de Escambray que le quedaba en frente, y dijo que ese era el lugar donde se construiría una empresa para la producción de leche, una empresa tan “transparente como una vitrina” de cristal.

Eso sucedió en el 1970, y dos años después recién se terminaba de construir La Yaya, y la gente que nació en el lugar equivocado, la gente que hoy es gente vieja allí y a la que yo fui buscando, comenzó a mudarse al pueblo.

De acuerdo con la resolución No259/76 del Ministro de La Agricultura, el día  15 de diciembre de 1976 quedó oficialmente constituida la Empresa Pecuaria La Vitrina, cuyo propósito fundamental entonces era la producción de leche.

Las tierras pertenecientes a la empresa serían las tierras donde vivía la gente vieja de La Yaya, y ellos mismos serían los trabajadores de la empresa, y el Escambray empezaría a desarrollarse económicamente como región con uno de sus sectores fundamentales: la ganadería.

Al Escambray se trasladaron grupos de ordeño mecanizado tipo ALFABAL, de procedencia sueca, termos de frío, camiones, cosechadoras. Era esta una empresa pensada para la cría artificial de terneras y la aplicación de inseminación también artificial. Vaquerías por toda esta zona del Escambray. Mucha pangola sembrada, que es adecuada para que el ganado se alimente. Vacas de buenas razas europeas, Holstein y Bronwi Swis, que darían treinta y dos litros de leche diarios cada una.

De 67 años, María Eugenia Álvarez: “Nosotros fuimos de la segunda mudada para acá, hizo el  otro día cuarenta y un años de eso. Yo vivía allá, mira, por aquellas lomas, allá vivíamos nosotros, lejísimo en el campo, en una granja que ahora es una cooperativa. Mi esposo tenía un pedazo de tierra y entonces nos dieron esta casa. Iba una comisión y hablaban con los campesinos, para ver si estaban o no de acuerdo con venir para la  comunidad. Nosotros sí quisimos porque teníamos tres niñas y vivíamos muy lejos en el campo, y la escuela quedaba como a 4 o 5 kilómetros, pero muchos no estaban de acuerdo porque no les gustaba el pueblo. A mí sí, no quería que las niñas pasaran trabajo y le dije a mi esposo “yo me voy”, y nos dieron esta casita con todo dentro, estos muebles, fogones, cama, ropa de cama, todo. Y de aquí no me voy hasta que me saquen para el cementerio.

“Sí, tú dices La Vitrina, la obra, sí, si nosotros fuimos los fundadores de todo eso. Yo y mi esposo trabajábamos en el ordeño mecánico. Esa obra la hizo aquí el grupo Escambray”.   

Monumento a La República
Monumento a La República

Monumento a La República. Salón de los pasos perdidos, Capitolio de La Habana. 1931.

En Diario de Cuba: De Ho Chi Min a los espías atómicos:

Cada vez que transito, y lo hago bastante a menudo, por el Parque Acapulco, en la Avenida 26, me resulta chocante el monumento en honor a Ho Chi Minh, colocado como un emplaste en su esquina con la Calle 37. No es que esté en contra de que exista un espacio que recuerde al líder vietnamita, ya que aquí hay espacios hasta para personajes desconocidos por la mayoría, incluyendo los denominados “espías atómicos”, condenados y ajusticiados durante la Guerra Fría en Estados Unidos, sino que el busto, de dorado brillante, y la pirámide esquelética que lo sostiene, no tienen nada que ver con el diseño del parque, con el entorno en que se encuentran y, mucho menos, con el Nuevo Vedado. Es más, no entiendo qué relación existe entre la pirámide y este país asiático: las pirámides, corresponden, principalmente, a las civilizaciones asentadas en Egipto, México y Centroamérica.

Construido en tiempo record por una brigada de Comunales, con el objetivo de agasajar a un importante dirigente vietnamita que visitaría el país, el diseño y ubicación del busto del camarada Minh respondieron a una decisión eminentemente política de carácter coyuntural, sin tener en cuenta la opinión de especialistas en urbanística ni de los vecinos del lugar, si es que fueron consultados, lo cual, a todas luces, parece improbable.

El hecho recuerda una situación similar, cuando también debido a una coyuntura política se ordenó buscar un oficial de origen chino que hubiera participado en la Guerra de Independencia, y pintar a toda prisa un óleo del mismo, para colocarlo en el salón del antiguo Palacio de los Capitanes Generales, donde se encuentran los de importantes próceres, ante la visita inminente del importante dirigente asiático. La pintura fue colocada, aunque para el momento de la visita no había secado totalmente.

Casos parecidos ocurrieron con el General Carlos Roloff, que aquí se considera de origen polaco, y con el Brigadier Henry Reeve, de origen norteamericano, el cual se sacó del olvido para darle apresuradamente nombre a una brigada médica cuando el huracán Katrina, con el objetivo de enviarla a atender a damnificados en Nueva Orleans, algo que nunca sucedió, pues el gobierno de Estados Unidos ni la solicitó ni la aceptó.

No existen dudas de que nuestras autoridades son adictas a estos homenajes y monumentosad hoc, siempre y cuando reporten algún tipo de ganancias. No debe olvidarse el caso del Parque Lenin, para congratular a los soviéticos, cuando estos eran considerados nuestros “hermanos mayores” y gozaban hasta de espacio propio en la Constitución; el del Teatro Karl Marx, en relación con el movimiento comunista internacional y los alemanes de la extinta RDA; la silla-trono ofrecida durante la ya lejana visita del Rey de España, Don Juan Carlos, no aceptada por éste, también en el Palacio de los Capitanes Generales; y la restauración, en el mismo viaje, del apartamento donde había residido el abuelo del Presidente del Gobierno José María Aznar, en la calle San Lázaro.

También nuestro José Martí ha sufrido estos homenajes, con su busto reproducido en serie, colocado en los lugares más absurdos, desde la entrada de un comercio en moneda libremente convertible (CUC), hasta el lobby de un hotel, un taller de reparación de bicicletas, un club o, simplemente, una esquina llena de malezas de cualquier calle. Esto, sin contar los colocados a la entrada de edificios multifamiliares.

Tampoco deben olvidarse las lamentables esculturas del propio Martí en el “tontódromo” antiimperialista y las de algunos personajes latinoamericanos en la Calle G, la antigua Avenida de los Presidentes, cuando la tradición era la de colocar bustos de mandatarios extranjeros en el Parque de La Fraternidad, a un costado del Capitolio, y no en esa Avenida del Vedado

Siguiendo la costumbre, no deberá sorprendernos la aparición, mucho más temprano que tarde, de algún homenaje dedicado al desaparecido presidente bolivariano Hugo Chávez, considerado por las autoridades “el mejor amigo de Cuba”.

Nada, que cuando el respeto a las figuras históricas se diluye y se les rinde homenaje festinadamente, utilizándolas como una especie de moneda de cambio, según dicten las circunstancias políticas, suceden y sucederán éstas y otras aberraciones.

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En los primeros meses de 1959, cuando la revolución encabezada por Fidel Castro trataba de tomar el control absoluto en Cuba, se destruyeron los símbolos más visibles que había dejado la República. Comenzaron por las máquinas tragamonedas y siguieron por las estatuas.

La Avenida de los Presidentes, una rambla que desciende por todo El Vedado hasta desembocar en el mar, fue una de las principales víctimas de esa euforia revolucionaria. Todas y cada una de las estatuas que se habían sembrado allí a lo largo de 50 años fueron derribadas.

La de Tomás Estrada Palma (quien sustituyó a José Martí como Delegado del Partido Revolucionario Cubano y luego se convirtió en el primer Presidente de la República) tuvo un final tragicómico. Cuando lograron tumbar al hombrecito de bronce, sus zapatos se quedaron asidos al mármol.

Durante medio siglo, los zapatos de Estrada Palma han permanecido allí. Si la estatua entera encarnaba un símbolo, su calzado es aún hoy una metáfora. Mientras las hordas derribaban los símbolos del pasado cubano; en la fortaleza de la Cabaña, un argentino se hacía cargo de los que lo habían defendido.

Según se ha podido documentar, Ernesto Guevara fusiló a 167 cubanos en apenas 3 años. 15 en la Sierra Maestra (entre 1957 y 1958), 17 en Santa Clara (del 1 al 3 de enero de 1959) y 135 en la fortaleza de la Cabaña. Sin embargo, varias estatuas le rinden homenaje por toda la isla, sobre todo en la ciudad que posee la isla en el centro. Allí, es un inmenso mausoleo, dicen que descansan sus restos.

En Venezuela, donde tratan de replicar un régimen similar al de Cuba, acaban de derribar una estatua de Che. Esta vez no fue una horda enardecida sino algún contrabandista de metales. Ya deben haber fundido el cuerpo del Comandante, pero sus botas, como los zapatos de Estrada Palma, se quedaron firmes sobre el pedestal.

Ambos actos se parecen mucho. Además del hecho tragicómico que encierran, representan la lucha del presente contra el pasado. Tanto en Venezuela como en Cuba, el primero derribó al segundo.

* * *
En Desde La Habana: Monumentos extraños:

La solemnidad y el culto ciego a los benefactores de carne y hueso -a los simples mortales- no es, precisamente, una virtud reconocible en los habitantes de América Latina. Allá, con tanta música, tanta claridad, con los huracanes y los terremotos emboscados en el mar y en la tierra, perseguidos por una obscena tradición de dictadores y gorilas, las imágenes que se adoran son las de los antepasados, los santos y los artistas.

Las estatuas que más interesan y llaman la atención de los cubanos, por ejemplo, son una que está en lo alto de una avenida de La Habana en la que se conservan los zapatos del primer presidente, Tomás Estrada Palma. Y otra, en la Isla de Pinos, al sur de la capital, levantada en honor a una vaca lechera.

La de los zapatones solitarios se debe a que un grupo de habaneros derrumbó, a golpe de mandarria, en enero de 1959, el monumento al político porque lo consideraron demasiado amigo de Norteamérica. Como los zapatos eran parte de la base de la escultura no los pudieron destrozar. Y ahí están como un homenaje silencioso a la historia criolla del calzado. O a la estupidez.

La orden de inmortalizar a la vaca Ubre Blanca, un cruce de holstein con cebú, se dio al más alto nivel del Gobierno en 1987. El animal murió en esa fecha, unos meses después de que, según la prensa oficial, aportara a la economía nacional 109,5 litros de leche en un día.

John Lennon, cuya música estuvo prohibida en Cuba durante 40 años, consiguió también que le hicieran una escultura sentado en un parque habanero. Pero al artista inglés han tenido que ponerle una guardia de 24 horas porque, durante su primer mes de eternidad en el Caribe, le robaron dos pares de espejuelos.

No se nota por allá una inclinación por la idolatría al bronce estático y al gesto congelado. Pero hay excepciones. Esta semana se anunció en Caracas que en septiembre desvelarán un busto de Fidel Castro frente al edificio de la Asamblea Nacional de Venezuela.

Para que Castro esté a gusto, en la céntrica zona donde aparecerá su figura se ordenará el cierre de un establecimiento de comida basura propiedad de una transnacional estadounidense.

Hay sitios en el mundo alumbrados por una estrella oscura.

Los antepasados, los santos y los artistas recomiendan hielo, agua fría y muchas flores blancas para esa esquina de Caracas. Cosa de que el espacio se refresque y, poco a poco, pacíficamente, se le abran los caminos.

Raúl Rivero

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En Opus Habana: Dos rostros, dos estatuas habaneras:

La Universidad de La Habana, por ejemplo, una de las instituciones más antiguas y prestigiosas de su tipo en el continente, posee una verdadera joya escultórica y patrimonial, emplazada en la cima de la escalinata que conduce al Rectorado. Desde su colocación en este sitio, en 1927, el Alma Mater ha prevalecido indemne a toda clase de inclemencias y ha sido testigo de acontecimientos definitorios en el curso histórico del país. Con su rostro de madre bondadosa, ella recibe con los brazos abiertos a todos los hijos que deciden ligar su suerte a las vetustas construcciones que conforman el campus universitario.
De igual forma, el Capitolio, epicentro por excelencia, majestuoso edificio que marcó un hito en el decursar de la ingeniería civil de la pasada centuria —inaugurado en 1929 y por muchos años sede del Congreso—, está presidido por la colosal Estatua de la República, que se ubica en el Salón de los Pasos Perdidos, a escasa distancia del diamante que señaliza el kilómetro cero de las carreteras del país.
Sin embargo, transcurrido casi un siglo, y pese a que ambas obras de arte recorren el mundo en revistas, diccionarios, enciclopedias, souvenirs, guías de turismo…, todavía muchos desconocen que los rostros de estas diosas de imitación griega o romana estuvieron inspirados en dos hermosas criollas que fascinaron a  igual número de artistas foráneos. ¿Cómo se nombraron aquellas musas terrenales?; ¿quiénes fueron, y a qué núcleo social pertenecieron?; ¿por qué fueron elegidas para tales desempeños?; ¿trascendió semejante honor más allá del círculo familiar?; ¿cuál o cuáles damas posaron para los cuerpos de ambas esculturas? Partiendo de estas interrogantes, imbricadas mediante lazos casi invisibles, al menos para la esfera pública, este texto se propone reconstruir el apasionante itinerario y, hasta donde es posible,  despejar incógnitas, al tiempo que sugerir otros abordajes.

Leer el artículo.

Puesto de frutas
Vendedor de frutas en el Malecón

Vendedor de frutas en el Malecón, frente al monumento al Maine. 1952.

De niño odiaba las frutas, sobretodo las frutas raras. En Cuba había siempre frutas por donde quiera que miraras. Frutas y más frutas siempre!… Y los fruteros con sus carretillas gritando. Yo odiaba eso. Estaban por todas partes. A veces se aventuraban a las cercanías de donde yo vivía. Los domingos por la mañana, la guagua de la escuela me recogía para ir a misa y era entonces que yo veía y oía a los fruteros gritando, anunciando lo que traían. (ANOOOOONEEEES !!)

El trabajo de los carretilleros de frutas era arduo, pues tenían que empujar su carretilla a uno de los mercados (Plaza Del Vapor, Mercado Único de 4 Caminos, Mercado de Carlos III) y con la carretilla llena, ir a la zona donde iban a vender. Todo eso bajo el sol espantoso, o la lluvia. Es decir, que era un trabajo durísimo. Uno casi les tenía lástima.

De más esta decir que pocos años después comenzaron a gustarme las frutas y cuando (creo alrededor de 1963-1964) desaparecieron los carretilleros de frutas los extrañé mucho pues me había acostumbrado a comprarles naranjas, que ellos pelaban con un aparato de lo más ingenioso.

Ya para 1966  había poquísimos o ningún carretillero de frutas en El Vedado, al menos que yo recuerde. Desaparecieron también los afiladores ambulantes de cuchillos y tijeras que sonaban unos silbatos españoles muy cómicos (éste era otro de esos sonidos raros de La Habana). De golpe desaparecieron cientos de renglones de actividad económica privada.

Y en eso vino en 1968 el golpe final contra toda la actividad económica normal. Le llamaron la “ofensiva revolucionaria ” de 1968 y es una historia que merece su propio espacio, porque tiene mucho que ver con lo que estaba ocurriendo en el Escambray.
Este texto fue enviado por un lector anónimo, junto con todas las imágenes que lo acompañan.
Puesto de frutas frente a la peletería Las Ninfas. 1890s.

Puesto de frutas frente a la peletería Las Ninfas. 1890s.

Puesto de frutas en el Paseo del Prado, frente a la Estación de Villanueva. 1906.

Puesto de frutas en el Paseo del Prado, frente a la Estación de Villanueva. 1906.

Puesto de frutas

Puesto de frutas. 1955.

Puesto de frutas

Puesto de frutas. 1959.

Anuncios en La Habana
Anuncios en la calle Bernaza

Anuncios en la calle Bernaza. 1959.

La Habana de los años 1950 ofrecía, para quienes crecieron en ella, un entretenimiento que tal vez pocos niños de otras ciudades tenían: El de mirar y leer cuanto anuncio de neón se veía, al pasear en auto por las noches con los padres.
Mi prima y yo teníamos más o menos la misma edad y vivíamos muy cerca, por lo que muchas veces ella se sumaba y salía con nosotros en el auto de mis padres a pasear en la noche cuando el clima estaba bueno.
Este no era un hábito sólo de mi familia. Por las noches parecía que toda familia con auto salía a mirar los anuncios y las vidrieras de las tiendas. Eran muchos autos, elegantes o modestos, con niños o sin ellos, todos con los ojos apuntando hacia arriba. A veces se escuchaban “!mira mami, mira…!”.
Era de lo más entretenido para mí mirarlo todo y, además, mirar los otros autos.
Algunas avenidas tenían anuuncios que me gustaban mucho como el de amarillo y rojo de la Phillips en la calle Infanta… Este anuncio era inmenso. La fachada de vidrio traslúcido del cine Astral lo hacía aún más llamativo.
Otros que aún recuerdo bien son el anuncio de la Pan American, en 23 y O, con sus avioncitos que salían volando de Cuba hacia USA, Europa y otros puntos. Los de la calle San Rafael eran una secuencia muy buena, y las vidrieras de El Encanto,  Fin De Siglo, J’Vallés, etc., siempre eran distintas, pues las re-diseñaban frecuentemente.
Era muy bueno pasar por el Rex (“despacio”, le decía a mi padre, “please, para ver qué están poniendo”). El Cinecito nunca me gustó. Mi padre doblaba por una de esas calles y regresaba hasta Galiano por (creo) la calle San Miguel, y entonces veíamos a la derecha la gran vidriera de Los Reyes Magos! una de las dos mejores tiendas de juguetes de La Habana y, en mi mente, del universo. (La otra era La Sección Equis, en Obispo, donde vendían trenes eléctricos alemanes en escala HO). Pero ahora que recuerdo, había un tercer lugar para juguetes: El Encanto. Era para quedarse boquiabierto. Aquí te envío una foto que encontré de un juguete del que me antojé y pataleé y grité hasta que me lo compraron ahí mismo en El Encanto en 1958 (con 10 cajas de fulminante). Se trataba de una ametralladora automática de fulminante, hecha por MATTEL. Cosas así ahora no existen y ni siquiera son legales en esta nueva época donde todo es al revés.
Para compensar a mi prima, quien tambien esa noche se antojó de algo, le compraron un juego completo de vajilla de juguete, hecho en Inglaterra. Total, que cuando crecio jamas le gusto cocinar.
Recuerdo la juguetería de El Encanto muy bien. Tenía una plataforma sobre la cual había 4 mesas dedicadas a modelos a escala de famosos aviones, barcos, submarinos, edificios y cientos de cosas más. Esa sección de la tienda me gustaba mucho, y cada vez que iba me compraba algún modelo.
Recuerdo el anuncio de neón verde brillante de la clínica Marfán, de 17 y 2; el inmenso de neón Art-Deco azul y rojo del cine Manzanares (al cual jamás fui); el gigante anuncio rojo de Sarrá sobre uno de los edificios más altos del Malecón (este anuncio pronto lo cambiaron para que dijera Patria o Muerte en lugar de Sarrá); las decenas de anuncios encima del Hotel Telégrafo, que eran muchísimos y te costaba trabajo leerlos todos. Además, estaba la distracción adicional de la música de las mujeres de la Orquesta Anacaona con sus trompetas y saxofones tocando música en la acera, ahí mismo bajo las columnas del Hotel Telégrafo. Me hubiese gustado que los más jóvenes hubiesen podido ver este espectáculo.
Seguro que se me han olvidado muchos otros anuncios luminicos notables… pero no me quiero extender interminablemente.
Los anuncios lumínicos de neón en La Habana comenzaron a finales de los años 30 y se multiplicaron increíblemente entre 1940 y 1959.  Era algo habitual. Casi toda la ciudad estaba iluminada no sólo por el alumbrado público sino también por las decenas de miles de anuncios lumínicos por toda la ciudad, aún en los barrios mas modestos. Los anuncios lumínicos eran sinónimo de vida, actividad, comercio y compañía humana.
Los anuncios comenzaron a deteriorarse y desaparecer casi de inmediato despues de 1959, pues requieren atención y mantenimiento sostenido. Y en el sistema de después de 1959, el mantenimiento es una quimera. Es casi inexistente.
Para 1970 ya quedaban en La Habana sólo una fracción de los anuncios lumínicos que existían pocos años antes.
Texto e imágenes enviados por un lector.
Calle Consulado y Hotel Lido. 1954.

Calle Consulado y Hotel Lido. 1954.

San Rafael.

San Rafael.

Flogar. 1958.

Flogar. 1958.

La Rampa. 1960.

La Rampa. 1960.

 

Calle Consulado. 1957.

Calle Consulado. 1957.

23 y 12, Vedado. 1959.

23 y 12, Vedado. 1959.

Ver también Walker Evans: Radiografía de La Habana (1933).

Ruinas del restaurante Moscú
Esquina de 23 y P, en el Vedado. 1961 y 1990.

Esquina de 23 y P, en el Vedado. 1961 y 1990.

Un lector me envió estas imágenes de la esquina de 23 y P y del antiguo cabaret Montmartre, renombrado restaurante Moscú. De él sólo recuerdo la larga file de mesas y el bullicio de comedor obrero. Por eso, cuando se quemó no sentí pena.

El edificio del Montmartre había sido antiguamente una agencia de autos y camiones Dodge.  Abatido por el ciclón del 26, fue remodelado  a mediados de los años 40, después de lo cual se convirtió en cabaret Montmartre. En el edificio de enfrente, donde hoy se encuentra el Ministerio del Trabajo y la Seguridad Social, se hallaba la agencia de la Ford.

Edificio de la agencia Dodge en 1926 y 1932.

Edificio de la agencia Dodge en 1926 y 1932.

Tarja en el edificio de la esquina de 12 y 23
Tarja en el edificio de la esquina de 12 y 23

Tarja en el edificio de la esquina de 12 y 23. Vedado.

En Habanemia: El edificio del socialismo:

El edificio Sarrá tenía más o menos la edad actual de la revolución cuando esta llegó al poder en 1959. Dos años más tarde, en abril de 1961, a los pies de este inmueble de cinco pisos, enclavado en Veintitrés y Doce, una de las esquinas más céntricas de El Vedado, fue declarado por Fidel Castro el carácter socialista del proceso revolucionario. …
Tal como se derrumbó el llamado socialismo real por el peso abrumador de la realidad, en estos días corre peligro de desplome este simbólico edificio, que había pertenecido a uno de los mayores casa tenientes de la ciudad y, por tanto, uno de los más grandes expropiados por el nuevo gobierno. Como si de un barco se tratara, hace más de veinte años fue empotrada en su quilla una especie de mascarón de proa, una enorme tarja —o tinglado o tropel— que representa un tumulto encabezado por nuestro particular Gran Timonel del Trópico de Cáncer precisamente rumbo al cementerio. …
Desde que vine para La Habana, muy niño, siempre he vivido cerca de la esquina de Veintitrés y Doce y mi primer recuerdo del Sarrá es borroso: una mole todavía con balcones, con dos pequeñas barberías, una hacia Doce y otra hacia Veintitrés, que pronto serían desmanteladas. Desde lejos, por la calle Doce, podía verse un gran letrero encima de la azotea: SARRA LA MAYOR. Los portales en ángulo recto se convertirían entonces en la antesala de un antro sórdido, sembrado de columnas que sostenían un techo muy elevado y costroso, sobresuelo de lo desconocido. …
Un día, también de pronto, la destartalada edificación comenzó a ser remodelada. Desaparecieron los balcones, fue retirado el letrero de la azotea, se esfumó el antro de los bajos, donde se construyeron una pequeña oficina de correos y una galería de arte bastante amplia y rodeada de cristales. Hubo cambios también en otros costados de Veintitrés y Doce. Empotraron por entonces la pesada y tumultuosa tarja de bronce en la columna esquinera. Remozado y pintado, el edificio lucía mucho mejor que antes, aunque en lugar de los balcones aparecían ahora unas toscas ventanas. Pero toda la esquina tenía un aspecto renacido, se veía más céntrica y funcional, con sus dos cines, su pizzería, sus restaurantes, panaderías, tiendas, cafeterías, situados en cien metros a la redonda.
No sé si fue en esa misma época cuando a los inquilinos les dieron materiales de construcción para que repararan sus casas (y algunas quedaron muy bien), pero no se volvió a hacer un trabajo de mantenimiento estructural en el inmueble durante otro largo período de tiempo, lo cual, según una vecina, demuestra el error cometido por el gobierno al eliminar el puesto de “encargado de edificio”, que era quien se encargaba de asuntos tan fundamentales como ese. Dicen que hace un tiempo el poder popular solicitó más de dos mil pesos no convertibles por cada apartamento para pintar el inmueble, pero ellos se negaron porque, dados los numerosos problemas (entre otros, con el ascensor y la escalera), lo primordial era reparar el edificio, no pintarlo. Luego, cuando aumentó el peligro que corrían los residentes, comenzaron a aparecer letreros de protesta y denuncia.
Hasta que, hace solo unos días, se desplomó la escalera y hubo que sacar a los vecinos y sus pertenencias con grúas de bomberos y dispersarlos por albergues de Cojímar y otras localidades, por centros de trabajo, casas de cultura y quién sabe por dónde más, sin que ninguno sepa la suerte que correrá finalmente. Triste desastre predecible. Ahora las autoridades han soldado herméticamente las rejas de la entrada y la policía monta guardia para que no pueda entrar nadie en el Sarrá.
Algunos creen que, luego de que lo apuntalen y lo rodeen con redes, los funcionarios dejarán que el edificio se vaya cayendo a pedazos para, finalmente, despejar el espacio suficiente para construir un pequeño parque, tal como se ha hecho con tantos otros inmuebles de La Habana. En el centro del césped, acaso, quedará un pedazo de la columna esquinera con la tarja de bronce como un mascarón de proa rescatado de un naufragio.
O como una lápida.
Ernesto Santana
Marzo de 2012
Capitolio de La Habana
Capitolio de La Habana

Capitolio de La Habana. 1936.

Esta semana, el gobierno cubano anunció que devolverá un restaurado Capitolio Nacional a su antiguo uso de sede parlamentaria y que los por décadas abandonados bar Sloppy Joe’s, Teatro Martí, Hotel Packar y Manzana de Gómez volverán a dedicarse a las actividades para las que fueron construidos.

En Cubadebate:

…El historiador de la capital cubana, Eusebio Leal, anunció que el Teatro Martí, sede en el pasado de la comedia vernácula, reabrirá el 15 de noviembre próximo sus puertas luego de su remodelación.

Leal explicó que se ampliará el Parque Central con vista a los festejos del 494 aniversario de la fundación de La Habana (1519), que se celebra el 16 de noviembre.

El Sloopy Joe era muy visitado antes de su cierre por afamados actores, actrices, escritores y deportistas de Estados Unidos, además de renombrados intelectuales cubanos.

El Teatro Martí, inaugurado en junio de 1844 para ofrecer zarzuelas y operetas pero que el paso del tiempo y la desidia fueron deteriorando, contará ahora con aire acondicionado y medios contra siniestros.

El histórico y monumental Capitolio de La Habana, una réplica del de Washington, fue construido en 1929 con un costo de unos 16 millones de dólares, según recordaron historiadores.

Ese edificio, declarado Patrimonio Nacional, fue sede de las dos cámaras del cuerpo legislativo de la República hasta 1959, cuando llegó al poder la Revolución liderada por Fidel Castro, quien disolvió el Congreso.

El Capitolio, con su enorme cúpula de casi 100 metros de altura, es uno de los mayores atractivos para los turistas que visitan con cámara en mano el también histórico Paseo del Prado.

En la confección del edificio se emplearon materiales de excelente calidad, como mármol italiano, los detalles en paredes, techos, puertas y lámparas, la mayoría se fundieron en Francia.

La llamada Manzana de Gómez, que perteneció a una de las familias más adineradas de Cuba, fue en la práctica un Mall tal y como se conoce ahora en Estados Unidos a la aglomeración de tiendas, boutiques y cafeterías en una sola instalación.

Diario de Cuba:

El histórico edificio, anteriormente ocupado por la Academia de Ciencias y el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, está siendo restaurado.

El “parlamento” regresará este año a sesionar al emblemático Capitolio Nacional de La Habana, actualmente en reparaciones, después de más de medio siglo de usar otros edificios, informó AFP.

El remozamiento del Capitolio Nacional “es una obra de suma importancia para la arquitectura y para La Habana, como sede, como lo ha anunciado el general-presidente, del Parlamento Nacional”, dijo el historiador de La Habana, Eusebio Leal.

Estos trabajos son parte del remozamiento del centro de la capital, que data de la primera mitad del siglo XX, en procura de “un renacimiento de la ciudad, un renacimiento de su arquitectura”, con vista al aniversario 594 de la fundación de La Habana, en noviembre, indicó Leal.

Otros sitios emblemáticos actualmente en reparaciones son los teatros Martí y García Lorca, el Paseo del Prado y algunos hoteles.

Inaugurado en 1929 tomando como referencia el edificio del Congreso de Washington, el Capitolio devino símbolo de La Habana, junto al Castillo del Morro, la Catedral y el Malecón.

El edificio tiene 13.484 metros cuadrados y posee una amplia área circundante de jardines.

Al tomar el poder en 1959, Fidel Castro dedicó los edificios públicos monumentales a otros fines. Así, el Palacio Presidencial fue dedicado a Museo de la Revolución, mientras que el gobierno revolucionario y el Comité Central del Partido Comunista (único) ocuparon el antiguo Palacio de Justicia.

En el Capitolio sesionaron las dos Cámaras del Congreso cubano desde 1929 a 1959, cuando triunfó la revolución y se cerró el Congreso.

Desde entonces el edificio fue ocupado por la Academia de Ciencias y luego por el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, que lo abandonó hace unos meses.

Diario de Cuba:

El Sloppy Joe’s, uno de los míticos bares de La Habana en el siglo XX por su bohemia, su larga barra y clientes como Hemingway y Spencer Tracy, reabrió este viernes tras casi medio siglo en ruinas.

Camareros, vestidos de negro con camisa naranja y corbata, se apresuraban a servir ronda tras ronda del Sloppy Joe, un refrescante trago preparado con brandy, oporto, Cointreau y un toque frutal de piña, mientras dos docenas de clientes se tomaban un receso del calor primaveral y probaban platillos como ceviche y camarones marinados, reportó la AP.

“Finalmente, el gran día después de tanto esperar, y creo que ha merecido la pena”, dijo Ernesto Iznaga, gerente del renacido Joe’s. “Muchos de nuestros clientes… al entrar al bar, respiran esa atmósfera de los cincuenta que siempre caracterizó el lugar”.

Fotos históricas que cuelgan de las columnas del bar, ahora administrado por la compañía estatal Habaguanex, son grandes recordatorios de la popularidad del Sloppy Joe’s entre los turistas estadounidenses que visitaban La Habana.

Una imagen muestra a Ernest Hemingway, Noel Coward y Sir Alec Guinness cuando éste último estaba en la ciudad para filmar Nuestro hombre en La Habana, que incluyó una escena filmada en el bar. El viernes, Iznaga mostraba la película en un televisor de pantalla plana, colocado en lo alto del bar.

“Todos tenían que tomarse una foto en el Sloppy Joe’s, lo mismo si eran turistas estadounidenses comunes y corrientes o estrellas de cine”, dijo Barbara Bachman, diseñadora de libros de Nueva York que fue una de las primeras en llegar al bar a pedir un trago.

Bachman, que está en la Isla en su viaje anual para visitar a familiares de su esposo nacido en Cuba, dijo que se enteró de la existencia del bar por fotos que encontró en mercados populares en La Habana. Le picó la curiosidad y se puso a preguntar, hasta que finalmente conoció el lugar hace siete años. Mirando por huecos en la pared, dijo, se veía una montaña de polvo y algunos muebles destrozados.

El bar fue cerrado en 1965, cuando el Gobierno de Fidel Castro nacionalizó los negocios privados, y quedó abandonado a lo largo de las décadas hasta que la estatal Oficina del Historiador de la Ciudad comenzó a estudiar en 2007 la idea de reconstruirlo.

Historiadores, arquitectos y diseñadores repasaron con todo cuidado fotografías de la época y entrevistaron a personas que visitaban el bar en sus buenos tiempos para recrear el lugar con la mayor fidelidad posible, hasta las molduras de yeso, las paredes de madera oscura y las coloridas botellas de alcohol colocadas detrás de vitrinas.

La barra de caoba, de 18 metros, que en un tiempo se consideró la más larga de América Latina, con 59 pies (18 metros), se restauró hasta dejarla reluciente.

Según anécdotas reproducidas dentro del propio bar, la pieza original fue cortada en tres partes, una de ellas se recuperó “de milagro” y a partir de ahí los carpinteros de la Oficina del Historiador construyeron una barra similar, también de caoba, con espacio para 25 banquetas, reportó EFE.

“Es muy agradable. No es lo que uno esperaría en La Habana en lo absoluto”, dijo Nick Clough, de visita desde Newcastle, Inglaterra.

“Así es como era antes”, afirmó su esposa, Joanna Clough. “Una siente que ha dado un viaje al pasado, aunque es claramente nuevo y moderno”.

‘Ningún habanero iba al Sloppy Joe’s porque era un lugar para turistas’

En su novela Nuestro hombre en La Habana, Graham Greene dice: “Ningún habanero iba al Sloppy Joe’s porque era un lugar para turistas”.

Probablemente esa seguirá siendo la norma durante la segunda encarnación del Joe’s.

El bar está ubicado muy cerca del Paseo del Prado, el Museo Nacional de Bellas Artes, el Parque Central y varios hoteles de lujo para turistas. Un sándwich y un trago cuestan unos 13 dólares, además de la propina, demasiado costoso para los cubanos, que tienen que arreglárselas con los salarios del Gobierno, de un promedio de 20 dólares al mes.

Pero los turistas en busca de un sitio histórico probablemente peregrinarán al bar a tomarse una foto en el mismo lugar donde muchas estrellas, desde Frank Sinatra y Ava Gardner, hasta Nat King Cole y Ted Williams, en una época saciaron su sed.

“Tómese una foto en el Sloppy Joe’s, su mejor recuerdo de La Habana”, se lee ahora en algunas columnas interiores del restaurado local, junto las fotografías que rinden homenaje a sus años de gloria y sirven de credencial al negocio.

Pese a ese reclamo y a los precios, el historiador de La Habana, Eusebio Leal, dijo a periodistas que la finalidad de reabrir bar “no es comercial” ni para “aprovechar un nombre”, sino que se trata de “recuperar una memoria importante” para la capital.

Insistió en que el Sloppy Joe’s se ha reabierto “en primer lugar para los habaneros y para los cubanos”, y después para “las personas que vienen de todas partes del mundo y particularmente de los Estados Unidos” .

“Tendrán la posibilidad de darse cuenta de lo importante que es para nosotros la historia”, aseveró Leal, y subrayó que esta obra es “una piedra más” en el actual trabajo de restauración que incluye al Capitolio, el Prado, el Gran Teatro y el antiguo Casino de La Habana.

El espacio inicial del Sloppy Joe’s era un bodegón que el gallego José Abeal compró con sus ahorros y después convirtió en bar.

El nombre del negocio (“sloppy” significa descuidado en inglés) le pudo haber sido sugerido por el propio Hemingway, según algunas anécdotas, pero en todo caso Abeal había pasado años trabajando en Nueva Orleans y Miami antes de establecer su negocio en Cuba y conocía el idioma.

La proclamación de la Ley Seca en Estados Unidos influyó el auge del bar, pues Cuba se convirtió en el centro del éxodo de comerciantes norteamericanos dedicados al tráfico de bebidas alcohólicas en la década de los años 20 del siglo pasado.

El gerente Iznaga expresó su esperanza de que el bar atraiga nuevamente a turistas norteamericanos.

“Ya nos han visitado algunos señores que pertenecen a un club, el del Sloppy Joe’s de la Florida y están muy interesados en venir”, apuntó.

Aquí encontrarán memorabilia del Sloppy Joe´s (H/T Penúltimos Días).

Interior de almendrón
Interior de almendrón

Interior de almendrón. Foto 2013.

En La fiesta vigilada, de Antonio José Ponte (2007, Anagrama, p. 86):

Taxis de color amarillo y negro pertenecían a la Asociación Nacional de Choferes de Alquiler Revolucionarios (ANCHAR, ya que en la nueva sociedad todo adoptaba siglas), y en taxis de color violeta trabajaban las prostitutas reeducadas.

Hacían, de otro modo, la calle. TP eran las siglas de sus vehículos: Transporte Popular.

“Todas Putas”, les llamaba la gente.

Y aquellas conductoras recibieron enseguida, por el color de los autos, el mote popular de “violeteras”.

***

En Misceláneas de Cuba, viñetas de la Cuba Material por Orlando Luis Pardo Lazo:

Frente de batalla:

Los carros americanos siguen siendo una quinta columna clavada en el corazón comunista de la Revolución. Vienen de la prehistoria republicana y, sin embargo, pertenecen al futuro democrático de la nación. Duraron, a pesar de la asfixia y los represivos talleres sin piezas de repuesto, donde los “adaptaron” al cambiarle sus órganos originales. Pero los carros americanos no son un museo ni mucho menos un mausoleo de la memoria, estos “almendrones” de cáscara dura no son sino un plebiscito rodante.

Gulliver en el país de los proletarios:

Pudo ser un performance de la Bienal de Artes Plásticas de La Habana. Pudo ser el primer plano público de un stop-motion cubano desconocido, ese que, por timidez o tristeza, jamás se filmó. Hombrecitos de plastilina que recorren las aceras cutres de la avenida Galiano en Centro Habana (acaso en Contra Habana). Enanitos en peligro de ser pisados por los titanes que van y vienen de la shopping o del agromercado, con sus viandas y electrodomésticos y piltrafas y productos de aseo, todo disimulado en las consuetudinarias jabitas de nylon (la bandera cubana debiera ser sustituida por una jabita de nylon, que resuena más linda al viento y es un objeto menos biodegradable y sin tanta memoria de la muerte nacional). Pudo ser un set para rodar el clímax de un videoclip de reguetón. Pudo ser labor-terapia grupal para los deprimidos anónimos de la patria. Pudo ser de todo. A mí nadie nunca me dijo nada.

Los viejos carros americanos:

Aferrados a un filito. La mano crispada, tensa hasta el último tendón. La marca del uniforme mitad como maleficio y mitad como talismán. Los viejos carros americanos parecen persistir más allá de la Historia y más acá de la Revolución. Sus carrocerías se maquillan de lujo metálico para un nuevo cambio de velocidad. Los viejos carros americanos se alquilan a miserables y a militares sin hacer distingo, son la encarnación rodante de nuestra demacrada democracia de mercado. Dentro de sus hierros cincuentenarios todos somos iguales, expuestos a la misma contaminación carburante. Los viejos carros americanos son ataúdes en tiempo futuro, cunas de fetos en pasado perfecto. InCUBAdoras de un pueblo en trance de movimiento que por ahora aún se aferra a una idea inercial, inmemorial.

¿Huraco o espejo mágico?

No todas las capitales de América cuentan con paisajes así, de guerra per-manente pero artificial, escaramuzas inocuas excepto para la inteligencia. A La Habana le salen más baches que bares y borrachines. Más baches inclu-so que desfiles de botas violentas en alguna efeméride nacional. A ras de asfalto, el espejo de agua masoquistamente duplica nuestra rala realidad: gente mohína asomada al daño de los edificios, a sus ínfulas heroicas de mostrar las cicatrices de un bombardeo. Y, lo más terrible de esta debacle: es aterrorizantemente bella.

Lápidas:

¿Quién sobrevive a quién? ¿La vieja y orgullosa maquinaria de los años cincuenta, que abortó en Cuba junto al final de su década, o la palabra patria más perversamente repetida desde entonces? ¿Quién rueda todavía sobre el asfalto percudido y quién ya no podría permanecer de pie? ¿Chapistería versus chapucería? ¿Slogan comercial versus lema? ¿Aerodinámica retro versus ideología obsoleta? Pero, ¿quién se atrevería a meterle un buen palancazo a la caja de cambios de velocidad? ¿Nos hará falta alguna licencia histórica de conducción?

Ver la entrada completa en Misceláneas de Cuba.

Infanta y San Lázaro.
Infanta y San Lázaro.

Calzada de Infanta y San Lázaro.


Por Ciro Bianchi, en Juventud Rebelde:

Para los habaneros, la calzada de Infanta siempre ha sido Infanta. Hablo de esa vía tan transitada y recurrida que empieza casi en el mar y va a morir a la Esquina de Tejas. En 1921 se le dio de manera oficial el nombre de Avenida Menocal, sin que nadie la haya llamado nunca de esa forma, y tampoco prosperó, en 1928, la propuesta de la Comisión de Historia, Ornato y Urbanismo del municipio habanero de denominarla Avenida Calixto García. Esta vía es Infanta por la infanta Isabel, la hija de Fernando VII y María Cristina, que, con el nombre de Isabel II, ocuparía el trono de España entre 1843 y 1868, cuando fue derrocada.

(…)

Si exceptuamos el edificio de la esquina de Infanta y Carlos III, acera de los pares, que ocupó durante muchos años la funeraria San José, no hay grandes mansiones en esta calzada. La vivienda en ella es más bien popular, sobre todo las casas individuales, y más de clase media en algunos de los edificios de apartamentos.

Abundaban allí —quedan algunos— los establecimientos de servicio y las fábricas. La Pennino Marble Co., procesadora de mármol y granito, en la esquina con Desagüe. La fábrica de muebles de Orbay y Cerrato, en la esquina de Amenidad. Frente, la Canada Dry S.A., embotelladora de refrescos Ginger Ale, Spur Cola y Naranja, así como el agua carbonatada de esa marca, con casa central en Canadá.

El local, hoy vacío, de las Lámparas Quesada, para la exhibición y venta de objetos del hogar, empresa asentada en La Habana —venía de Santiago de Cuba— en 1928, con sucursales en las capitales de provincia y representaciones en Panamá, Venezuela, República Dominicana y Puerto Rico. En los portales de Quesada, pernoctó durante años el Caballero de París. En el bar de enfrente, si se cruza Infanta en diagonal, se han degustado durante años los mejores ostiones de La Habana.

Estamos en Infanta y San Lázaro, esquina eminentemente estudiantil. Las manifestaciones del alumnado universitario contra las dictaduras de Machado y Batista eran aquí reprimidas con saña. No es casual que en este sitio que marca la frontera entre Centro Habana y el Vedado, se erigiera el Parque-Monumento a los Mártires Universitarios, obra de Mario Coyula, Emilio Escobar, Armando Hernández y Sonia Domínguez, y que no es un monumento en medio de una plaza, sino una plaza que es a su vez el monumento. De ahí la originalidad de este proyecto que resulta, en La Habana, la primera intervención contemporánea en un contexto histórico ecléctico. El Parque-Monumento se inauguró en 1967. Hasta poco antes compartieron ese espacio la carpa del circo Santos y Artigas y una cuartería que, recordaba Eduardo Robreño, era conocida con el nombre de Solar de la Mierdita. Así, en diminutivo.

En la esquina de Benjumeda se halla la funeraria La Nacional. Su propietario —dueño asimismo de la casa mortuoria de Calzada y K— fue, dice Guillermo Jiménez en su libroLos propietarios de Cuba, la figura más destacada del giro funerario en la Isla. Sus intereses abarcaban desde la venta de flores y coronas hasta de panteones, ya que él y sus hijos eran fuertes propietarios de bóvedas y terrenos en el cementerio de Colón. José R. Rivero, que así se llamaba el personaje, comenzó con un modesto negocio de venta de flores en los portales de Diez de Octubre y Concepción, en Lawton. Corrían los años 20 del siglo pasado. Le fue bien y con 500 pesos que pidió prestados abrió el jardín Tosca. Lo demás vendría después.

La revista Carteles, en la esquina de Peñalver, llenó toda una época en la vida cubana. Comenzó a aparecer en junio de 1919 y dio a conocer su último número el 31 de julio de 1960. …

Claro que si de las esquinas de Infanta se trata, ninguna es más famosa que la de Tejas. Sigue siendo un lugar de referencia en La Habana, nudo importante del transporte urbano y punto de coincidencia de las calzadas de Monte, Cerro y Diez de Octubre, con una panadería, que ya no existe, que le hacía la competencia a la de Toyo con su pan caliente cada 15 minutos, y una valla de gallos de la que apenas queda memoria.

Dice Robreño que se dio ese nombre a esta esquina por las numerosas casas de tejas francesas de la zona. El Bodegón de Tejas y la fonda El Globo de Tejas consolidaron el nombre del lugar. El Bodegón fue demolido en 1926 para construir allí un edificio de dos plantas donde se instaló, en los bajos, el bar Moral, hoy una cafetería. En el área que ocupan ahora los edificios de 20 pisos, símbolo de los nuevos tiempos, hubo una casa quinta espaciosa, aunque de bajo puntal. En 1912 la habitó José Trillo, que utilizó los terrenos que rodeaban la vivienda para el cultivo de flores que comercializaba en su acreditado jardín La Gardenia.

En 1914 se arrendó la casona para establecer una sala cinematográfica que tuvo diferentes nombres hasta que quebró. Entonces, ya en 1919, sirvió de escenario a los espectáculos llamados Garden Play, con muchachas vistosas y rollizas que atraían a adolescentes y valetudinarios por la posibilidad que les brindaba de sorprender alguna rodilla desnuda cuando la tenista daba una carrera apresurada para contrarrestar un remate. Con posterioridad se instaló allí el cine Ofelia, destruido por un incendio, y en 1921, el cine Valentino, con cuyo nombre se quiso aprovechar la fama del actor.

Pasando Tejas, pero antes de llegar a la calle Universidad, estuvo la fábrica de chocolate La Española. Apropiado, como otros tantos chocolates, para elaborar la sabrosa bebida, pero que los pequeños de hace medio siglo preferían degustar como golosina. Su envoltura mostraba a una mujer que lucía un traje típico de alguna de las regiones de España. ¿Andalucía, Galicia, Murcia…? ¡Vaya usted a saber a la vuelta del tiempo transcurrido!

Personas cercanas a los 80 años que residieron en la zona recuerdan desde siempre el edificio en ruinas de Infanta y Peñalver como una casa de vecindad. Así debe haber sido desde 1930, más o menos. Con anterioridad es posible que fuera una fábrica de chocolate, bombones, caramelos, galletas y confituras en general. Dice el imprescindible Guillermo Jiménez que dicha industria fue el resultado de fusiones y absorciones que ocurrieron en empresas del giro.

La fábrica original se fundó en 1868, según algunos, y en 1881, según otros. Tenía un departamento especial para la producción de pasta de guayaba. Eran 32 000 libras diarias que se envasaban en frágiles cajitas de madera. Una guayaba más tosca y oscura que las que llegaban al mercado envueltas en papel transparente, y sin la barrita de jalea que era una constante en las guayabas más finas. Pero pocas guayabas más sabrosas que aquella prieta de las cajitas de madera que todavía en 1959 se expendían a siete centavos en el comercio minorista.

En 1900 instalaron esta fábrica de Infanta y Peñalver. Se refundiría con otras marcas de confituras, entre estas La Estrella, hasta que en 1930 se constituye la Cuba Industrial Comercial, que se radicó en la calzada de Buenos Aires y comercializaba sus producciones con el nombre de La Estrella. Repárese en la fachada del caserón ya al borde del colapso: luce una estrella en lo alto.

En la esquina de Neptuno se alza el edificio de los Padres Carmelitas Descalzos; iglesia y convento. Tiene dos campanarios y uno, el de la derecha, alcanza una altura de 63 metros. En lo alto se aprecia una imagen de bulto de la virgen del Carmen, con sus 9,5 toneladas y más de siete metros de alto.

Alguien preguntó en una oportunidad a este escribidor cómo pudo colocarse la virgen en su torre monumento, toda vez que el hecho ocurrió en 1927, dos años después de la construcción de la torre. En torno al suceso giran leyendas y especulaciones. El que más y el que menos parece tener en La Habana una explicación que quieren hacer pasar como verídica.

La imagen de bronce se trajo de Italia, y ya frente a la iglesia debió aguardar un mes hasta que 11 operarios de la ferretería y fábrica de estructuras de acero de Celestino Joaristi, con sede en la calle Monte, construyeran por dentro de la torre un andamiaje de metal que apoyaría el ascenso de la virgen. Una vez montada esa estructura, la imagen, elevada por güinches de vapor, demoró 11 minutos en recorrer los 63 metros del campanario. Hubo aplausos y llantos entre los que, en la calle, esperaban el momento. Una paloma blanca se posó en el hombro de la virgen.

Hubo un inconveniente pronto solucionado. A causa de su brazo izquierdo, que la virgen mantiene extendido hacia fuera, la imagen no cabía en la estructura que se preparó para su ascenso. El ingeniero que encabezaba el grupo de operarios no lo pensó dos veces. Determinó cortar el brazo y soldarlo una vez que la imagen llegara a lo alto de campanario.

Ómnibus Ikarus
Ómnibus Ikarus

Ómnibus Ikarus. 1980s. Toma de pantalla.

Sobre los ómnibus cubanos de procedencia socialista, en i-friedegg:

(…) Fue a principios de los años 60 cuando los Skoda llegaron a Cuba. (…)

Es muy probable que el único punto del continente americano en que rodó un autobús Skoda fue Cuba comunista.

La introducción de los Skoda simbolizó la hasta entonces inédita gravitación de Cuba hacia los países de la órbita soviética; los ciudadanos cubanos nunca antes habían visto un producto socialista, en medio siglo de república.

Antecedieron a los Skoda los ómnibus PAZ 672 y ZIL LIAZ 158, autobuses soviéticos más compactos, que pronto se hicieron célebres por su ineficiencia de combustible y, sobre todo —especialmente el LIAZ— por no tolerar las altas temperaturas del trópico.

(…)

Más de una vez en el viaje semanal a Matanzas —una ciudad a un centenar de kilómetros al Este de la capital— que junto a mi familia hacía, o de vuelta a La Habana, el Skoda en que viajé nos dejó a medio camino. Igualmente recuerdo la percepción generalizada de los adultos de que a la travesía por carretera en uno de aquellos ómnibus checos se podía apostar a que se descompondría en la jornada.

Casi todas estas roturas deben haber sido de carácter profundamente mecánico porque siempre terminaban con la imposibilidad de desplazamiento del vehículo. “Esto se rompió. caballeros”, solía exclamar concluyente el chófer del vehículo o, “¡hasta aquí llegó!”, cuando el autobús no podía avanzar más.

(…)

Gracias a estas fallas de los Skodas, los chóferes comenzaron a vestirse mal, con indumentaria obrera; no era práctico lucir camisa banca y corbata —como había sido siempre en el gremio—, si en cualquier momento habría de enfrascarse en una lucha cuerpo a cuerpo con la grasa y tizne para revivir el motor. Ese modo de vestir volvió sólo cuando fueron introducidos en Cuba los autobuses japoneses Hino, con aire acondicionado, después de 1970.

(…)

Los Skoda de carretera duraron más que los urbanos. Probablemente porque como sólo viajaban en ellos pasajeros sentados, no sufrieron el aniquilante castigo del sobrepeso de los de ciudad. De todas maneras hay que recordar que los Skodas urbanos nunca fueron sometidos al exceso de carga que más tarde padecieron los Leyland, y en los 80 y 90 los Ikarus. Ello se debe a que en los primeros años de la Revolución, justamente con el arribo masivo de los Skodas, la frecuencia de a minuto o cada dos de, por ejemplo, rutas como la 22, heredados otrora de la COA, se mantuvo, y pocas veces estos buses se vieron tan sobrecargados como luego ocurrió.

(…)

De todos los Skodas RTO quedó un superviviente antológico, el del INDER (el Instituto Cubano del Deporte) que hasta donde vimos y supimos todavía a principios de la década de los 90 permanecía activo aunque en un estado no tan glorioso como el de sus años mozos, y tras transplantarle varios motores reconstruidos con partes de uso. El vehículo servía sobre todo para transportar al equipo nacional femenino de basketball de Cuba. (…)

De triste recordación es el Skoda de Inmigración, el que trasladaba en medio de un mar de lágrimas a los cubanos que se marchaban al exilio, luego que quedaran establecidos los Vuelos de la Libertad desde el Aeropuerto Internacional de Varadero, a unos 130 km al oriente de La Habana, hasta el de Opalocka al Norte de Miami, en la Florida, Estados Unidos, a partir del 1ro de diciembre de 1965. Este autobús hacia el recorrido a full desde la residencia conocida como “El Laguito” en la exclusiva barrida de Miramar en la capital hasta el mencionado balneario, y luego volvía vacío, a menos que en el propósito de sacarle provecho a su viaje de regreso, a veces recogía pasajeros en Matanzas. Por esa razón lo monté una vez de niño.

A pesar de mi corta edad, ya dentro del vehículo, traté de imaginar cómo me habría sentido si hubiese sido un pasajero típico de aquel Skoda, ya que mi familia estaba marcada por el tatuaje indeleble de la obsesión de escapar de Cuba comunista. Pero también recuerdo la preocupación de algunos pasajeros que temían que sus vecinos o quizás compañeros de trabajo, comunistas, desconocedor de lo fortuito de la situación, les vieran dentro de él y pensaran que se iban del país, un estigma insuperable.

Este Skoda estaba pintado de blanco y decorado con un diseño de franjas azules —el patrón empezaron a aplicárselo a algunos de Ómnibus Nacionales—, lo que les hacia lucir más modernos y no tan aburridos como el esquema común de rojo ladrillo debajo y crema encima. Este RTO en la banderola decía, irónicamente en grandes letras negras en mayúsculas, INMIGRACIÓN. Como no se permitía a los familiares de los que se iban el acceso a El Laguito para la despedida, éstos aguardaban en las calles contiguas al inmueble para ver pasar en silencio a quienes se marchaban… y sólo eso, contemplarlos, porque las autoridades advertían seriamente que si los pasajeros decían adiós a sus familiares en la acera, o éstos a aquellos, cancelarían su salida.

La Habana, por Branson DeCou
La Habana, por Branson DeCou

La Habana, por Branson DeCou. 1932. Imagen tomada de El tono de la voz.

El tono de la voz: Branson DeCou y La Habana espectral de 1932:

Las fotografías que tomó DeCou a lo largo de su viaje están imbuidas del evidente pasmo ante el ambiente bucólico que le sugirió la isla. Eso hace que sus fotos resulten apenas distintas de las que llenan el anverso de las tarjetas postales de la Cuba republicana —léase a Gustavo Pérez-Firmat y su magnífico The Havana Habit para el imaginario de los viajeros norteamericanos a Cuba.

Con todo, muchas veces La Habana más genuina es aquella que no se le parece. Y Branson DeCou encontró una fotogenia de La Habana anterior al morboso regodeo entre sus ruinas. Una ciudad entonces en efervescencia política, pero a la vez una urbe ordenada y desierta: un territorio espectral. Más espectral aún, cuando plasmada en fotografías en blanco y negro que eran coloreadas después en un estudio de New Jersey.

Ver todas las fotografías de DeCou en la Universidad de California en Santa Cruz (h/t: El tono de la voz).

Havana. 1932.

Havana. 1932.

Carnavales de 1976

Carnavales de 1976. Imagen tomada de internet.

La Habana viaja hacia el pasado y hacia lo rural, por Leonardo Padura:
En su célebre conferencia dedicada a La Habana (filmada en los años 1970) Alejo Carpentier evocaba los días de su adolescencia, en las primeras décadas del pasado siglo, cuando, a pesar del rápido crecimiento de la capital cubana, los límites entre la rural y lo urbano todavía eran difusos. Por ese entonces el “campo” aun solía meterse en la ciudad de las más disímiles formas, y el novelista recuerda como ejemplo muy notable el de las lecherías, donde se vendía la leche fresca, recién ordeñada de las vacas que, esa misma mañana, habían sido traídas desde los corrales cercanos a la urbe por unos recorridos fáciles de seguir a través del hedor y la presencia física de las deposiciones que los animales iban dejando a su paso.Ya hacia los finales de la época histórica que recorre la evocación carpenteriana (1912-1930), La Habana era una ciudad con las características fundamentales de la capital moderna y “el campo” se había retirado fuera de sus lindes.   Mercados y negocios de diverso tipo, cada vez más adecuados a la vida del siglo fueron surgiendo no solo en las zonas más comerciales, sino en los barrios de la periferia. Incluso, conceptos como el de la tienda por departamentos y lo que hoy se conoce como mall ya tenían una larga presencia habanera (ahí está, aun de pie aunque llena de heridas, La Manzana de Gómez). Surcada por nuevas y cada vez más amplias avenidas, lo urbano se imponía definitivamente y daba la fisonomía que la ciudad mantuvo hasta la década de 1980.La llegada del período especial, al despuntar el último decenio del siglo XX fue una conmoción para toda la sociedad cubana y especialmente para su economía, desde los niveles macros hasta los más individuales. Fue ése un momento en que comenzó un proceso regresivo de lo urbano que ha sido llamado la ruralización de la ciudad que, en ciertas urbes del interior de la república, llegó a alcanzar niveles alarmantes.
Varios signos muy visibles y otros menos evidentes se conjugaron para ir conformando ese proceso. Un elemento sin duda catalizador de todo el fenómeno fueron las migraciones masivas del campo a la ciudad y del interior a la capital, que empujó a grandes masas de personas en busca de unas posibilidades mejores para su existencia (o simple subsistencia), al punto de que el gobierno trató de regular esos desplazamientos internos con leyes que no parecen haber sido especialmente eficaces. Con esas personas, de hábitos específicos, muchas veces marcadamente rurales, y el crecimiento paralelo de una marginalidad citadina provocada por la propia crisis y las múltiples dificultades cotidianas, La Habana fue sorprendida por acciones como la de colocar ollas en las aceras para cocinar con leña, la cría masiva de cerdos incluso en el interior de viviendas con mínimo espacio y la venta callejera de productos agropecuarios. Todas esas manifestaciones, sumadas al deterioro acumulado, y para ese entonces acelerado, del componente físico de la ciudad (edificios, calles, aceras, alcantarillas, espacios públicos), La Habana fue alejándose rápidamente de su anterior esplendor y adquiriendo la imagen de feria de los milagros con un marcado sabor campestre, surcada por arroyuelos de aguas albañales, lagunas en las furnias callejeras, parques convertidos en solares yermos o vertederos. Lo peor de todo fue que ese espíritu de abandono caló en la conciencia de sus moradores ancestrales o recién llegados, hasta profundidades peligrosas.En las últimas semanas, al calor de las primeras medidas ya en práctica para la actualización del modelo económico cubano, La Habana ha recibido un nuevo impulso en su proceso de ruralización: apresuradas construcciones de zinc para la venta de cualquier artículo, esquinas tomadas por vendedores de productos agrícolas que colocan la mercancía directamente en el cajón en que han sido transportadas, el incremento masivo de la cría de cerdos que luego nutrirán mercados y rústicos puestos de ofertas gastronómicas que se van expandiendo por todo el territorio, en un avance geométrico, sin orden ni concierto, sin respeto por el urbanismo ni demasiadas preocupaciones por la salubridad. Esta avalancha de lo rural y lo efímero se suma a la situación ya existente desde los años 1990 y no superada en la mayoría de los casos (calles intransitables, edificios derruidos, casas mal pintadas o jamás pintadas, rejas sin un atisbo de intención estética, criaderos de cerdos en jardines y patios), creando una sensación de retroceso más que de progreso, de vuelta a los orígenes más que de evolución.
Sin lugar a dudas la causa de este fenómeno es en primer término económica, aunque en sus manifestaciones tiene un fuerte componente social y cultural. Si bien la supervivencia y la búsqueda de alternativas es una reacción inmediata con la que los cubanos tienen que luchar, también resulta evidente que la falta de controles, la degradación de las costumbres, la falta de sentido de respeto por el derecho ajeno, la imposición de la ley del más fuerte, el más inculto, el más pícaro, y la filosofía de que “hay que resolver”, al precio que sea, están bullendo en la misma olla callejera donde se deteriora el aspecto y la cultura de la ciudad.
La ruralización de La Habana (algunos llaman al proceso como haitianización, para hacerlo más doloroso y específico) es una realidad con la que ya estamos conviviendo, y tanto que muchas veces ni siquiera reparamos en ella, como si ver un carretón de caballos o un cerdo paseado como un perro fuese lo más natural del mundo en una capital del siglo XXI. Pero si lo miramos con detenimiento, costaría trabajo admitir que en la época de las grandes superficies comerciales, de la lucha por la conservación y el reciclaje, en tiempos en que se sabe que el mantenimiento de la higiene es uno de los elementos esenciales para el buen funcionamiento de un sistema de salud, La Habana y Cuba, en general, se estén moviendo en sentido contrario, como si hubiéramos abordado una máquina del tiempo enganchada en la marcha atrás, sin que se vislumbre un muro de contención para ese proceso de deterioro que afecta por igual lo físico y lo moral, lo material y lo espiritual.
por  Leonardo Padura
Texto enviado por Teresa Valladares y una lectora anónima.
Texto publicado por Inter Press Service en Cuba bajo el título “La máquina del tiempo”.
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El Granma publica hoy una noticia que ha llenado de júbilo a los pobladores de Bejucal, un pueblo que está 27 kilómetros al sur de La Habana: ya pueden viajar en tren a la capital de Cuba, luego de que por fin pudiera rescatarse la línea que los une.
175 años atrás, Bejucal vivió un momento muy parecido. El 19 de noviembre de 1937 fue inaugurado ese mismo tramo, convirtiéndose en el primer ferrocarril de Iberoamérica y en el séptimo del mundo, después de los de Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Alemania, Bélgica y Rusia.
Y concluye El fogonero: “En un país que no se mueve, tres viajes al día de un coche-motor destartalado son noticia de portada. A una velocidad de 13.5 kilómetros por hora, el Bejucal del siglo XXI ha logrado volver en tren a La Habana.”
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En tumiamiblog: ruralización castrista de La Habana: “en lo invisible, la industria y las inversiones colapsan, la mano de obra especializada se empobrece, el planeamiento urbano brilla por su ausencia. en lo visible, el pavimento se hace tierra, las aceras se parten, el piso se quiebra, los edificios se descuartizan lentamente. las hortalizas toman el lugar de los jardines. chivos, perros, gallinas y cerdos pululan las avenidas. el habanero medio vive en medio de una realidad semiagreste y emprobecida.”

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En Mermeladas: Aclarando algunos criterios: “Al hablar de la ruralización, nadie está tratando despectivamente lo rural, sino señalando que tiene muy poco que ver con lo urbano. No es lo mismo vender viandas llenas de tierra y vegetales, y carnes sin refrigeración en una tarima rústica a la entrada o salida de un batey o pueblo, que hacerlo en Galiano, 12 y 17 ó 17 y K, por poner solo algunos ejemplos bien visibles. Esto no solo es rural, sino también medieval. Por eso molesta. La Habana no era así, al igual que no lo eran Santiago de Cuba, Holguín, Camagüey, Sancti Spíritus, Cienfuegos, Santa Clara, Matanzas y Pinar del Río, por citar solo algunas ciudades importantes. Si se agregan las calles destruidas convertidas en vertederos, la falta de higiene generalizada, la destrucción de bancos y áreas verdes en los parques y el cocinar con leña en lo parterres, el espectáculo es francamente caótico. Con todo respeto, esta no era la generalidad, con independencia de que pudiera existir en algún que otro asentamiento marginal.”

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Tweet de Antonio Rodiles: “1/9/13, 7:45 PM Basta recorrer las calles de Centro Habana para comprobar el crecimiento alarmante de la marginalidad y pobreza en#Cuba“.

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Mario Coyula, “En Trinquenio Amargo la ciudad distópica: Autopsia de una utopía”, en Criterios y en Archipiélago, 14(56), aquí con imágenes:

Con ello, el campesino se encontraba con todos los inconvenientes de vivir en plantas altas, de forma muy diferente a la suya habitual, y sin las ventajas de la ciudad. Como resultado, terminó emigrando a una ciudad de verdad. De hecho, se ha producido un reflujo, y la capital se ha ruralizado con ranchones de guano de un vago estilo neo-taíno, platanales y crías de animales en los jardines frontales, cercas de alambre, sopones cocinándose con leña en los parterres, carretones de tiro animal y tractores corriendo por las calles.

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Así justificó Fidel Castro en 1965 el abandono material de La Habana: “A modern city has many expenses,” dijo, “to maintain Havana at the same level as before would be detrimental to what has to be done in the interior of the country. For that reason, for some time Havana must necessarily suffer a little this process of disuse, of deterioration, until enough resources can be provided” (tomado de Louis A. Pérez, Jr. 2011, Cuba: Between Reform and Revolution, cuarta edición, p. 279).

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En Cubanet: Vedado: de la modernidad a la barbarie:

La identidad de El Vedado peligra desde hace mucho tiempo. Esta barriada de la antigua Habana Elegante dejó de ser un museo de arquitectura moderna. Por aquí entró a Cuba la modernidad, la cual fue siempre un acento de su identidad. No solo fue un barrio fundado por familias patricias, fue también un barrio de turismo y prosperidad.

Este barrio, que germinó del bosque, hoy envejece muy mal. Es un trozo de ciudad que ya no está preparada para asimilar grandes golpes, su paisaje ha sido saqueado, deteriorado y desdibujado, dejó de ser un sitio ostentoso, y hoy sus fachadas son apenas un juego de apariencias.

Recuerdo la patria de mi infancia como un lugar habitable, un asentamiento ecológico en cuya manera de vivir se respiraba dignidad. Haber nacido en el Sagrado Corazón y ser de El Vedado impuso una etiqueta de distinción y elegancia, incluso para los más humildes.

Teresa, una guantanamera que nació en la Loma del Chivo, se impuso, desde muy joven, no regresar a su pueblo natal: “Llegué a este barrio en 1962 –testimonia-, y quedé deslumbrada por El Vedado, uno podía distinguir la personalidad propia que tenía este lugar, tenía su propio glamour, era un lugar donde se respiraba decencia. En aquel entonces, el toque de tambor, la brujería y los sacrificios de animales bajo la ceiba era algo ajeno a este lugar. Hoy esa identidad ha desaparecido y se impuso la cultura de la chancleta y el barracón”.

Con el nuevo contrato social impuesto por la inquisición revolucionaria, las costumbres y la cultura de El Vedado, como estilo de vida propio de las élites habaneras, fue amputada por decreto y sustituida por la cultura de la barbarie.

El Hotel Trotcha, los edificios Govea y Alaska, o la casa jardín de los Loynaz, son algunos de los patrimonios locales perdidos. El edificio Alaska, que pudo ser salvado, fue dinamitado, y hoy ocupa su lugar el parqueo del Comité Provincial del Partido Comunista. Es posible que corra la misma suerte el edificio del Retiro Médico, ubicado en N, entre 23 y 25. Se han perdido salas cinematográficas, como el cine Gris, y plazas culturales, como la Casa de la Cultura Checa.

Según Hilda, una habanera nacida en el barrio de Cayo Hueso, hoy muchas mansiones de El Vedado son ciudadelas: “Recuerdo que aquí no había muchos solares, entre ellos estaba el solar de los Chala, conocido actualmente como Blúmer Caliente, y el solar de Guillermina, donde la familia más conflictiva era la de Silvia, conocida como La Cochina, una blanca de cabellos y ojos oscuros que se fue del país en 1980. Pero se impusieron otros lugares, como La Mierdita, El Sopeña, el Hormiguero y el Pentágono. Se acabó la caballerosidad, el buen gusto y una ética de orgulloso sentimiento por este lugar”.

Lugares vinculados al eco de la buena cocina, como los restaurantes Varsovia, Sofía y El Jardín, así como cafeterías, La Cocinita, El Avioncito, La Piragua, La Fuente y Sol Mar, no existen ya. Otros restaurantes, como Rancho Luna, Los Andes, Vita Nuova, El Cochinito, Centro Vasco, Casa Potin, Las Bulerías, El Castillo de Jagua, La Roca, El Mandarín, Siete Mares, donde ya es muy difícil comer mariscos y pescados, o las pizzerías Cinecittá, Buona Sera y Milán. Todos son lugares grises, abandonados a su suerte.

Los pocos espacios en divisas han cancelado oportunidades para la libre diversión de la gente corriente. El Vedado Tennis, hoy círculo social José Antonio Echevarría, es una jungla en la cual la población flotante libera sus represiones e impone la guapería. El Club Sayonara es un triste almacén de viandas administrado por la Dirección Provincial de Gastronomía del Poder Popular del municipio. También desaparecieron los clubes El Escondite de Hernando y el Club Olokkú, transformado en una piloto para el consumo masivo de cervezas. El feeling se esfumó del Pico Blanco. El hospital infantil Pedro Borrás, y el de maternidad, Clodomira Acosta, esperan por ser dinamitados desde hace más de 20 años.

Mientras El Vedado continúa perdiéndose como el barrio Jardín que fue, se imponen nuevos lugares, como parte de la economía emergente: Dulcilandia, La Farándula y La Moraleja. El paseo de la Avenida de los Presidentes es el santuario de las tribus urbanas (emos, rockeros, mikis y repa). La cultura de parques también se derrumba, el Víctor Hugo (H y 21), o Medina y Menocal son hoy cementerios de animales, por las permanentes ofrendas a la ceiba de los orichas.

Desde hace mucho tiempo, El Vedado dejó de ser ese elegante caballero, intelectual, vestido de blanco con faja azul. De sus tradiciones, que constituían toda una cultura, solo nos queda el erotismo de La Rampa y el romanticismo del Malecón.

Por Juan Antonio Madrazo Luna

H/T: Walfrido Dorta, via InCubadora.

Cartel "Comandante en Jefe: ¡Ordene!"
Cartel "Comandante en Jefe: ¡Ordene!"

Cartel “Comandante en Jefe: ¡Ordene!”. Diseño de Juan Ayús para la UJC. 1962. Imagen tomada de Juventud Rebelde.

Entrevista a Juan Ayús, publicada en Juventud Rebelde: Cincuenta octubres de un cartel:

…Con una foto de Fidel, mochila y fusil al hombro, en la Sierra Maestra, el cartel, de muy buen tamaño, cobró una nueva relevancia en los días de la Crisis de Octubre, porque en la parte superior izquierda decía: Comandante en Jefe: ¡Ordene!

El entonces joven propagandista y diseñador Juan Ayús García, quien fungía como coordinador de Propaganda de la UJC, tuvo la iniciativa de confeccionarlo y resultó ser el primer cartel fotográfico de gran formato de la historia de la Revolución Cubana, a la vista del pueblo, en solo 24 horas.

«Lo importante no es que tuve la idea y concebí el cartel, sino el momento en que se logró, la rapidez con que salió a la calle, y con la foto de Alberto Díaz, “Korda”. Además, recorrió el mundo», recuerda Ayús.

«Si algún valor tuvo mi modesto aporte fue haber logrado un mensaje oportuno que encerró el espíritu masivo en aquel momento de gran efervescencia revolucionaria, en que un pueblo entero estuvo dispuesto a morir antes que arrodillarse», comenta.

—¿Cómo te surgió la idea?

—Vi la expresión que luego empleé en el cartel puesta como un grafiti en una de las paredes del Estadio universitario.

«La pusieron en bruto, en forma rápida, sin mayúsculas, sin los signos de puntuación que llevaba. Pudo haber sido un joven estudiante, un trabajador, un profesional o un soldado. Se me quedó grabada y al llegar a la revista Mella, la anoté para no olvidarla. Le puse la correcta ortografía y los signos que necesitaba: “Comandante en Jefe: ¡Ordene!”.

«Le dije al tipógrafo —que se llamaba Fidel—: “Prepárame en caja este texto para el título con letra Franklin condensada negra, en mayúsculas. Y para la firma, abajo, a la izquierda, el emblema de la UJC y Unión de Jóvenes Comunistas en letra Clarendón, en mayúsculas”.

—¿Y la foto de Fidel?

—Salí enseguida en busca de una imagen: un dibujo, una foto, una ilustración. Porque aquel texto debía acompañarse con «una visual de pegada».

«Tenía buenas relaciones con Korda. Trabajamos juntos en Publicidad, antes de la Revolución. Fui a verlo a su estudio, frente al Hotel Capri.

«Le dije que necesitaba una foto del Comandante. “Tienes mucha suerte, pues le tiré unas cuantas hace poco tiempo, en la Sierra Maestra. Busca los negativos, están en la tercera gaveta y selecciona tú mismo la que más te guste”.

—¿La seleccionaste enseguida?

—Seleccioné la que él hubiera seleccionado: era la mejor, de mucha fuerza, excelente encuadre y una atmósfera muy propia para el momento de la crisis de los cohetes y la amenaza yanqui. Me daba la imagen exacta que necesitaba.

—¿Dónde imprimiste la foto?

—Le pedí a Alberto que la imprimiera. Lo hizo enseguida. Arranqué a la carrera con la foto, convencido de lo que llevaba en mis manos. Te confieso que tuve mi miedo. Pensé que la rapidez del secado podría poner la foto amarilla, que no había recibido el lavado suficiente, pero me tranquilizó el saber que Korda era un perfeccionista de la fotografía y seguramente le había dado algún tiempecito más y había sabido fijar la imagen suficientemente y salvarla.

—¿Qué me puedes decir del diseño que entonces concebiste?

—Primero, que para mí es un honor, a 50 años de aquello, estar vinculado, en una obra como esa, a Korda, que es un símbolo de la fotografía cubana. Ahora, una foto es una cosa y un diseño es otra. Se pueden utilizar varias gráficas de distintos fotógrafos; ilustraciones de diferentes dibujantes o caricaturistas, pero la concepción de un diseño es esencialmente comunicativa. Claro, Korda supo captar una imagen eficaz».

—¿Qué hiciste después?

—Me sentí feliz. Mi acción contribuyó a reforzar el clima de combate del pueblo. Y fui dichoso, porque la Juventud  no poseía muchos recursos. Existía la revista Mella, pero no el periódico que la UJC tuvo tres años después, creado por Fidel. Iba pensando cómo solucionar la impresión del cartel completo. Y hasta lo vi pegado, al decir de los cartelistas: ¡como un grito en la pared!

«No soy especialista en carteles, sino un diseñador de la comunicación social en otras vertientes. Pero entonces propicié la creación y la distribución de aquel cartel, que a la distancia de 50 años conserva aún su encanto original y es para la historia la primera demostración pública del trabajo de propaganda de la UJC, el primer impacto propagandístico, porque salió a la calle en un momento decisivo de la Revolución».

—¿Qué otra reflexión te merece aquel cartel?

—No era usual en Cuba, por sus dimensiones: 0,75 metros de ancho, por 1,50 metros de alto. Y a solo seis meses de crearse la UJC.

«Fue impreso en uno de los talleres de la Empresa Consolidada de Artes Gráficas. Allí decidimos darle el tamaño del pliego completo que admitía la máquina de impresión en offset. Lamentablemente no recuerdo ahora los nombres de los jóvenes comunistas que trabajaron en su impresión, su traslado y su colocación en los comercios y calles céntricas de La Habana. Llevo en mi corazón el haber contribuido en algo a crearlo en uno de los instantes más sagrados de nuestra historia y eso tendrán que recordarlo los futuros militantes de la UJC y mis tres nietos».

¿Quién es Juan Ayús?

Estudió Periodismo en la Escuela Manuel Márquez Sterling, donde fue fundador y jefe de la milicia estudiantil. En 1961-1962 fungió como director artístico de la revista Mella. Asimismo, dirigió artísticamente Juventud Rebelde, El Caimán Barbudo, Moncada y Avanzada. A fines de la década de los 80 asumió también la dirección artística del periódico Granma. Se responsabilizó con la implementación de nuevas tecnologías en la prensa. Ha impartido clases de Periodismo y en la Facultad de Comunicación. Se destaca su labor como dirigente de la Asociación de Comunicadores Sociales. A lo largo de su carrera ha obtenido numerosas distinciones».

Lo que dicen los libros

Entre los libros que han retomado esta historia figuran La imagen constanteEl cartel cubano del siglo XX, de Jorge R. Bermúdez, Editorial Letras Cubanas, 2000, y Cuba, Arte e Historia desde 1868 hasta nuestros días, publicado por Lunwerg Editores, The Montreal Museums of Five Arts, 2008. En el primero se afirma: «Al cartel diseñado a partir de la imagen fotográfica, le siguió el cartel fotográfico o cartel-foto. El hecho tan lógico, dictado por la inmediatez de una acción gráfica de tiempos de guerra, contaba ya con un antecedente de interés en el cartelismo cinematográfico. El de Muñoz Bachs en el filme Historia de la Revolución, 1960. Dentro de esta tendencia el cartel Comandante en Jefe: ¡Ordene!, de Juan Ayús, es el más logrado y representativo de la Crisis de Octubre. Para su concepción se seleccionó la foto de Fidel hecha por Alberto Díaz —Korda— en el primero de los recorridos que realizara después del triunfo insurreccional el Jefe de la Revolución por la Sierra Maestra (…) La ausencia de retoques o de manipulación alguna del negativo demostró (…) la autosuficiencia de la imagen fotográfica como retrato para expresar la dramática del momento, sin quiebra de su acuerdo con el texto, sintético y conclusivo, en el cual el color rojo de la tipografía sobre blanco y negro de la foto —tal como lo hacía el periódico Revolución— asume un valor simbólico (…) el mensaje verbal cristalizó una significación entre todas las significaciones posibles del cartel-foto: la ilimitada confianza del pueblo en el hombre que, con su equipo de campaña al hombro y desde un picacho serrano, expresa su voluntad de reiniciar la lucha guerrillera, ante cualquier amenaza interna o externa que atente contra la existencia misma de la Revolución. Comandante en Jefe, ¡Ordene! resultó un cartel excepcional».

La foto de Korda que dio origen al cartel fue reproducida luego en pins, calcomanías y otros soportes gráficos. En 2016, fue la imagen ante la cual los cubanos rindieron tributo a Fidel Castro tras anunciarse su muerte, en ausencia del cadáver.

Pin de metal

Pin de metal que reproduce una foto de Korda utilizada en el cartel Comandante en jefe: ¡ordene!

Feria de la Plaza de la Catedral
Feria de la Plaza de la Catedral

Feria de la Plaza de la Catedral. 1987. Imagen tomada del libro Six Days in Havana.

La Operación adoquín fue un operativo policial del gobierno cubano contra los artesanos y comerciantes que vendían sus productos en la feria de la Plaza de La Catedral, conocida como los Sábados de la plaza. Durante varios años, en los ochentas, los habaneros acudieron cada sábados a este mercado al aire libre para adquirir bisutería, calzado y confecciones de vestir de calidad y diseño mucho mejores que los que se ofrecían en el comercio estatal. Estos sábados constituyeron, para muchos, un evento cultural que sobrepasó los límites estrictamente comerciales que le dieron origen. La calidad y diseño de los productos a la venta atrajo incluso a firmas comerciales alemanas y francesas, interesadas en patrocinar la pujante artesanía local. Un amigo me contó que, para evitar que llegara a manos de artesanos privados, el gobierno ordenó que se quemara la recortería de piel que sobraba en los talleres estatales.

Sobre la Operación Adoquín, ver Emilio Ichikawa:

La Operación Adoquín sale a la luz en la prensa oficial como acción policial que depura de artesanos ilícitos a las plazas de Armas y de la Catedral. La venta de artesanía venía arraigando allí desde la década anterior, cuando carpinteros y herreros, modistas y bordadoras, joyeros y talabarteros, alfareros y otros empezaron a plantar los sábados sus timbiriches frente a la catedral.

Aquello se convirtió en mercado abierto y se extendió a la Plaza de Armas, frente al Palalcio de los Capitanes Generales. Las autoridades dieron pita larga para ver hasta dónde llegaba el ingenio cubiche, porque salvo los basureros no había otro mercado de insumos para hacer artesanías que las propias empresas estatales. Ni otras vías de suministro que robo o cambalache.

Entonces pasó algo que se llevó de pronto a la mayoría de los artesanos, quienes fueron a dar a la cárcel bajo cargos de actividad económica ilícita y otros delitos contra la propiedad social de todo el pueblo. De este modo el casco histórico habanero quedó acendrado para su proclamación (diciembre 14, 1982) como Patrimonio Histórico de la Humanidad. La Oficina del Historiador se encargó de controlar administrativamente el movimiento artesano y hacia diciembre de 2009 sobrevino la mudanza y concentración de los artesanos de la Catedral al Centro Cultural Antiguos Almacenes San José (Avenida del Puerto), restaurados ad hoc. Dizque el trámite de acreditación como artesano se cobra en chavitos y la renta de espacios, en pesos cubanos.

El movimiento artesano había cobrado impulso a fines de la década de 1960 con egresados y defectores de la Escuela Nacional de Arte (ENA), quienes se reorientaron al no consagrarse como artistas plásticos. Así mismo se reanimaron otras muchas tradiciones artesanales, como bordado y deshilado, que darían pie (1979) a las Ferias de Arte Popular.

Tras la Operación Adoquín se creó (1986) la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACAA), como cristalización burocrática de la artesanía redefinida en términos artísticos. El auge del turismo propiciaría que los artesanos se concentraran en obras de carácter único para la venta puntual. Lo funcional artesano cedió a lo artístico profesional y la característica repetitiva de la artesanía deja de ser consustancial.

En Jatar-Hausmann, Ana Julia (1999) The Cuban Way: Capitalism, Communism and Confrontation, editado por West Hartford, CT: Kumarian Press:

Another free market reform during this period was the state’s 1978 decision to allow limited self-employment. Certain professionals such as carpenters, plumbers, electricians, and artisans were allowed to work privately, provided they had first fulfilled their time commitment to the state. Those who were able to buy a state license could essentially go into business for themselves. They charged whatever rate they could get, and payment was often made in kind with goods such as chicken or vegetables. They were not allowed to hire any staff, but they could form business alliances with colleagues.

The 1978  legalization of self-employment was considered an attempt to control what had been occurring for quite some time. Artisans and handymen had seemingly always worked outside the state apparatus, risking detention by the authorities as they attempted to improve their standard of living. Even after the 1978 reforms such work was a potentially dangerous proposition. The state strictly controlled the number of licenses issued for private work, and crackdowns such as the trial of a score of artisans in a public square in Santiago de Cuba in June, 1985, for selling jewelry without a license were common. (p.35)

In 1986, Castro also labeled the thousands of self-employed Cubans “corrupt parasites” on the public sector and curbed their activities with tighter regulations. In an effort to gain greater control over resources, the government imposed a system in which taxi drivers, artisans, street vendors, and private service workers such as plumbers and electricians had to obtain all materials via a state-issued certificate. The number of private wage and self-employed workers fell from 52,100 in 1985 to 43,200 in 1987. In monetary term, private non-farm incomes fell from 102.5 million pesos in the same period. During the Rectification Period, wage incentives for the population were also scaled back. (p. 38)

Ver también la entrevista al actor, director y productor Marcos Miranda, publicada en Cuba Inglesa, sobre las circunstancias que lo convirtieron en artesano y su relación con el movimiento de artesanos de la Plaza de la Catedral:

¿Vienes directamente a Miami o tienes tu “largo viaje” como muchos otros cubanos?

Mi salida definitiva de Cuba no pasó hasta 1984, y lo hice por España, donde viví 7 años. Una experiencia extraordinaria, que me devolvió la fe en la humanidad, que casi pierdo en Cuba. Desde año 1980 hasta el 1984, fue una época muy dura en la isla para todos los que presentamos nuestra salida del país. Nos sacaron del trabajo y sin posibilidades de recuperarlo o encontrar nuevos. Recuérdese que el sistema comunista no permite la actividad laboral privada de manera oficial, y en aquel momento no existían empresas mixtas ni corporaciones extranjeras donde pudiéramos prestar nuestros servicios ni mi esposa ni yo. La única posibilidad o camino a tomar cristalizó en hacernos artesanos (más bien zapateros) y vender nuestra producción en La Plaza de La Catedral.

¿Entonces puedo asumir que te arrestaron en la famosa “Operación Adoquín”, donde muchos artesanos, sin prueba o delito aparente, fueron a parar a los calabozos del DTI en La Habana?

No. Nunca me di a conocer como artesano. Jamás me inscribí como tal. Y aunque lo hubiese querido, como era mi deseo realmente, mi condición de “gusano” que se iba del país, me lo impedía. Mi hermano Carlos, y mi amigo, el actor Mike Romay (e.p.d.), vendían mi producción. Creo que me salvé porque nunca fui a La Plaza, a pesar de que a Norma, mi esposa, y a mí, nos interesaba aquel peculiar movimiento artístico, y también empresarial, donde el arte y la gestión de ventas se pusieron de manifiesto, y de manera muy próspera e independiente, como no había pasado antes del 59. Además, mis pocas apariciones en la calle como cualquier ciudadano de a pie y sin acceso a los medios, que hice luego de mi renuncia al ICRT como director, escritor y actor, bastaron para que fuera llamado nuevamente al Departamento de Seguridad del Estado, donde se me “aconsejó” que no saliera a la calle porque el público me reconocía como El Ingeniero de “En silencio ha tenido que ser” o El Abuelo Paco de “Variedades Infantiles”. Eso, según “ellos”, “ponía en peligro” el permiso para mi salida definitiva de Cuba. De modo que, a partir de ese momento, comenzó mi condena de cuatro años de prisión domiciliaria.

Cafetería El Cayuelo
Cafetería El Cayuelo

Cafetería El Cayuelo. Imagen tomada de Panoramico.

El viaje a Varadero hubiera sido demasiado largo y aburrido de no ser por el puente de Bacunayagua y la cafetería El Cayuelo. Hace unos días, en el confort climatizado de las guaguas de Vía Azul, recorrí la ruta Habana-Varadero-Habana. Apenas alcancé a ver las ruinas de lo que alguna vez fuera una moderna instalación.

escuela La Salle
escuela La Salle

Costado que da a la calle C del antiguo colegio de La Salle, construido en 1910. Vedado, La Habana. Foto de 2012.

Ocupando toda la manzana que forman las calles 11, 13, C y B, está la escuela La Salle. Construida en 1910, allí estudió mi abuelo la enseñanza elemental, durante los años treinta. Poco después de graduarse de medicina en la Universidad de La Habana en 1943, se casó también allí con mi abuela. Para mí, siempre fue una escuela secundaria tecnológica, poca cosa en el escalafón educativo de los años ochenta, el lugar a donde iban a estudiar los niños “brutos”. Jamás entré a esa La Salle socialista, pero me costaba trabajo compaginar las historias de mi abuelo con lo que veía cuando caminaba por esas calles, ruta frecuente en mi juventud, que trataba de evitar para evitarme los piropos soeces de los muchachos que asistían a esa escuela. Mucho más difícil me era aun concebir que mis abuelos hubieran querido casarse en ese sitio. Sin embargo, el vestido de novia de mi abuela, su tiara, la invitación de bodas y los recortes de periódico de entonces no mienten. La Salle que yo conocía era muy diferente.

El niño que una vez fue Manuel Calviño, también estudió allí, y escribió:

Mi escuela

(…) La barriada del Vedado se privilegiaba con aquella edificación que se levantaba sólida y resplandeciente. Orgullo de un poderío económico de clase media ascendente, pero sobre todo de un poderío educativo, intelectual, formativo. Los Hermanos “De La Salle” habían consagrado, inequívocamente, su vida a la Educación. Con una profunda convicción católica, y avanzadas ideas acerca del modo de “preparar hombres para la vida”, ejercitaban su vocación para el magisterio de manera excepcional, con compromiso cívico, cultivando el alma cubana.

(…) Tengo un gran vacío documentario sobre lo que sucedió. Mi vocación no es de historiador. Solo soy un narrador de sentimientos. Mis vivencias las llevo al papel. De modo que lo que conservo es que en abril de 1961 fue mi última salida del Edificio de mi Escuela. Fue por la puerta trasera. Nos llevaron apresuradamente al sótano a tomar los ómnibus. Una vez adentro nos instaron a agacharnos en nuestros asientos, a no exponernos en las ventanillas que deberíamos tener cerradas. Se sentía el nerviosismo de los hermanos, ecuánimes en apariencia, pero muy preocupados. Cuando salimos a la calle 11, atemorizados por la inusual emergencia y el desconocimiento de lo que pasaba, alcanzamos a oír gritos que venían de la calle: “Pin Pon fuera. Abajo la gusanera”, “Que se vayan los bitongos”, “Curas asesinos”, “Nacionalización”. Una rápida mirada desobediente tropezó con carteles enarbolados por un grupo numeroso de personas que, parapetados en la calle, obstaculizaban el paso de las “guaguas”, e inundaban el silencio de la tarde con la misma expresión: “Curas asesinos”. No podía, ni podré entender nunca, aquellas palabras.

(…) La Escuela quedó un largo tiempo abandonada. Habitada quizás por ecos de su historia, quizás por espectros de sotanas negras, camisas azules, pantalones de caqui beige. La erosión se imponía sobre sus fachadas. La acción destructiva sin contraposición constructiva laceraba desde todas partes las estructuras y fachadas del edificio. Mi Escuela no era una prioridad para los que definían lo que sí y lo que no. Probablemente, para muchos, ella representaba un pasado que lejos de ser historia a recuperar, se pensaba, equívocamente, como una suerte de ignominia a olvidar. “Todo al fuego” en una pésima interpretación de la sabía afirmación martiana. Ninguna Escuela católica se salvó del pie forzado. Ninguna Escuela privada.

(…) ¿Cómo no entendimos que la historia no es el cuento que los doctos o los profanos hacen, sino los sucesos reales que dejan marcas indelebles en la vida real de las personas, de las ciudades, de las naciones?…

(…) Así cómo “la diferencia entre el desierto y un jardín, no está en el agua, sino en el hombre”, la diferencia entre el edificio de mi Escuela, aquél que glamoroso ilustraba la producción cultural de una época con aciertos y desaciertos, y el destruido inmueble que a duras penas se mantenía allí en pie, no estaba en el tiempo, sino en el hombre. No fue el tiempo quien convirtió en semi ruina lo que parecía ser una irreductible edificación. Fue el hombre.

Las paredes del Edificio ya gemían cuando una sabia decisión reconvertiría al gigante en una edificación con fines educativos. Tocaría el turno a un centro de enseñanza técnica. Se podrían aprovechar condiciones propias del inmueble. El sótano trasero se transformaría en taller de mecánica. El patio lateral, con vista a la Calle C, sería techado para tener más espacio protegido de la inclemencia de las lluvias tropicales. Le llegó también el turno a la Capilla. Allí donde buena parte de los lasallistas habaneros hicimos nuestra Primera Comunión, y algunos hasta la Confirmación, los nuevos estudiantes harían su primera disección de un motor. Donde otrora, junto al magnífico coro escolar, yo entonaba el “Cristus Vinci”, ahora resonarían ensordecedores choques de metales, de instrumentos de labor, contra la maciza construcción de estructuras férreas y armazones de hormigón de todo tipo. Cada época se construye a sí misma. En altares, en talleres. En cualquier lugar. En todos los lugares. Pero siempre el gran constructor: El ser humano. Con una vocación u otra. Cuando son buenas, cuando son auténticas, se interconectan. Y solo cuando son falsas, se excluyen.

(…) Desde cuando se viene gestando una ruptura de ciertas normas elementales de conducta ciudadana, cívica, es algo que no logro precisar. Inicialmente me preocupó, luego me dolió y ahora me molesta. Los modelos relacionales se han desvirtuado. Tanto en las dimensiones espirituales, en el ámbito de las relaciones interpersonales, cuanto en lo que se refiere al respeto y cuidado del mundo material. Desde este desastre planetario que amenaza con precipitar al mito del Armagedón, hasta la falta de cuidado para con la expresión material de cualquier tipo de creación espiritual humana: una ciudad, un libro, una escultura, un jardín, un veterano edificio, una joya de la cultura nacional. No hay consciencia del esfuerzo humano objetivado en cosas que más que material, son riqueza espiritual objetivada. No hay consciencia de la necesidad de cuidar la obra humana, porque es así que se cuida lo humano en nosotros mismos. El alma cubana corre el riesgo de aparecer amancillada por la falla educativa. También mi Escuela cae en las redes inhóspitas de tal desidia. (…)

Manuel Calviño

Diciembre de 2010

(Texto enviado por el autor)

escuela La Salle

Costado que da a la calle C del antiguo colegio La Salle. Foto de 2012.

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Ver también la página de la Asociación de Antiguos Alumnos de los Colegios de La Salle en Cuba.

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En Diario de CubaLos colegios fantasmas:

Algunos, irremediablemente perdidos, unos pocos dedicados a otros fines con mejor suerte, otros en situación de derrumbe, y la mayoría en avanzado estado de deterioro acumulado, los grandes colegios privados de La Habana, tanto religiosos como laicos, existentes antes del año 1959, constituyen una prueba irrefutable de irresponsabilidad y desidia, con respecto al cuidado de los bienes nacionales.

La Salle del Vedado, los Maristas de la Víbora, los Escolapios de Guanabacoa, de La Habana y de la Víbora, Baldor, el Instituto Edison, las Ursulinas, St. George’s, Arturo Montori, Nuestra Señora del Rosario, Nuestra Señora del Pilar y otros, tanto de varones como de hembras o mixtos, sin años de mantenimientos ni de reparaciones o con reparaciones de mala calidad y un poco de “colorete” en sus fachadas, son tristes malos ejemplos a la vista de todos. Y algo similar ocurre con los existentes en otras provincias.

Dedicados los principales recursos financieros a la construcción de escuelas secundarias y preuniversitarios en el campo, y no una parte a la preservación del fondo arquitectónico-docente existente, durante los años de la fiebre por vincular a toda costa el trabajo agrícola y el estudio, en una estrecha interpretación de un precepto martiano, los grandes colegios privados, diseñados y construidos con todas las exigencias docentes, son ahora viejos fantasmas dispersos por nuestras ciudades. Fracasado el experimento agrícola-educativo, tanto desde el punto de vista docente como productivo y económico, hoy también la mayoría de esas secundarias y preuniversitarios en el campo se encuentran abandonadas y en estado deplorable, o en proceso de adaptación como viviendas y albergues para campesinos y obreros agrícolas.

Despojados los grandes colegios privados de sus nombres originales, rebautizados utilizando el santoral ideológico oficial y transformados totalmente, no precisamente para bien, en instituciones grises, han perdido su personalidad y tradiciones, logradas en años de ejercicio de la docencia. Además de estas pérdidas, también ha desaparecido el vínculo generacional donde abuelos y abuelas, padres y madres, hijos e hijas y nietos y nietas estudiaban en el mismo centro, convirtiéndose profesores y alumnos en una gran familia, a la que se pertenecía de por vida. Ser graduado de La Salle, de los Maristas, del Edison, de Belén o de las Ursulinas, por citar solo unos pocos ejemplos, formaba parte de la identidad personal y se proclamaba con sano orgullo.

Continuar leyendo.

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En Martí Noticias, Wilfredo Cancio Isla: Histórico Colegio de La Salle se cae a pedazos en céntrico barrio de La Habana:

La restauración capital que amerita la instalación, construida en 1910, asciende a millones de dólares y ocuparía años de minuciosa labor, porque el desmoronamiento constructivo y la devaluación patrimonial del lugar comenzaron desde el mismo momento de su confiscación a los Hermanos de La Salle por el régimen de Fidel Castro, en 1961.

Invitación de bodas

Invitación de bodas de Gertrudis Caraballo Gálvez y Leopoldo Arús Gálvez, en la capilla de La Salle. 1943.

Calle del Obispo
Calle del Obispo

Calle del Obispo, a finales del s XIX. Imagen tomada de AAS stereograph collection.

Me cuenta el poeta y ex-prisionero político Jorge Valls que su padre, Alfredo Valls, era dueño de una pequeña tienda en Obispo y Villegas a la que había puesto el nombre The Quality Shop. Allí vendía confecciones variadas, incluidas camisas para hombre. Dice Valls que, en los cincuentas, su padre sacó a la venta unas camisas confeccionadas en Guanabacoa, de muy buena hechura y excelente calidad que, sin embargo, tuvieron muy poca aceptación entre la clientela. Su padre, apremiado por la necesidad de vender la mercancía, mandó a cambiar las etiquetas, decidiendo que, allí donde decía que las camisas habían sido confeccionadas en Guanabacoa, debía decir Brooklyn. Y, para mayor credibilidad, aumentó el precio de venta. En poco tiempo, concluye Valls, se vendieron todas las camisas.