Fuente Luminosa

Fuente Luminosa. Rotonda de Boyeros y Avenida 26. Al fondo, la Ciudad Deportiva.

La Habana de mi infancia, la de los tardíos años setenta y tempranos ochenta, no era una ciudad presumida, y lo hacía saber de muchísimas maneras. Sus espacios públicos coexistían con edificios desteñidos y sucios, y con adornos urbanos que alguna vez fueron hermosos, ya venidos a menos, como los paragüitas del ICAIC que salpicaban la avenida 23, y las obras de arte reproducidas en granito en las aceras de La Rampa.

Mi Habana no era una ciudad coqueta. Si se repasa su inventario escultórico, da la idea más bien de una ciudad ultrajada. Muy distinta de la que ahora ahora se inventa una nueva utilería, pensada como trasfondo de fotos de turistas. Parte de ella se alza, como figuras troqueladas, en las plazas y lugares públicos del casco histórico: estatuas de John Lennon, del Caballero de París, de la Madre Teresa de Calcuta. Han llegado incluso hasta El Vedado, donde también se restaura el viejo y olvidado monumento al Maine, de mano de un refulgente Berlioz y un cobrizo Benito Juárez.

Muy distinta de esta, La Habana de mi infancia era una ciudad de monumentos mutilados y pedestales vacíos.

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