Cultura material del socialismo cubano: 1961-1989.

vendas de gasa

venda de gasa
venda de gasa

Envase para venda de gasa. Hecha en Cuba por el Grupo Especial de Materiales de Curación. Colección Cuba Material.

Durante la era soviética, en las farmacias cubanas se vendía venda de gasa de fabricación cubana, comercializada por el Grupo Especial de Materiales de Curación. Los rollos de gasa de 5 x 550 centímetros costaban 15 centavos y los de 10 x 914 centímetros, 40 centavos.

venda de gasa

Envase para venda de gasa. Hecha en Cuba. Colección Cuba Material.

orinales

Orinal
Orinal

Orinal. Hecho en Cuba. 1973-1974. Colección Cuba Material.

Los orinales infantiles que el gobierno cubano vendió durante los setentas eran estrictamente utilitarios, carentes de todo adorno o accesorio superfluo. Un orinal rojo o verde servía, además, lo mismo para una niña que para un niño, abaratando así costos de producción y complicaciones en la distribución y comercio.

Orinal

Orinal. Hecho en Cuba. 1973-1974. Colección Cuba Material.

pinturas

Lata de esmalte tapagoteras
Lata de pintura Siboney

Lata de pintura Siboney. Hecha en Cuba por la Empresa Consolidada de Pinturas. Colección Cuba Material.

En su lento, constante desteñimiento hacia el gris, la pérdida de pigmentación, churre y desconchados visibles en las paredes interiores de las viviendas cubanas no solo dan cuenta del impacto del régimen político cubano actual en la vida cotidiana en el país. También, como los troncos de los árboles o la distancia entre las estrellas, permiten determinar la temporalidad castrista.

En la Cuba posrevolucionaria, las paredes blancas han sido un signo de privilegio y un claro marcador de distinción. Nunca fue fácil acceder a una lata de pintura, por muy nacionalista que se escribiera su nombre. Se requerían amigos, relaciones, influencias y dinero para comprar un lata de esmalte, de barniz o de pintura de aceite, todos ellos producidos por la industria nacional.

Cuando teníamos 16 años, un vecino me regañó alguna vez porque me recosté a las paredes blancas de su casa. Se ensuciarían, me dijo. Y, ciertamente, la posibilidad de cambiar el color de las habitaciones resultaba tan remota como cambiar el gobierno. Eran de aquellas cosas que no valía la pena siquiera formularse, a menos que se estuviera dispuesto a invertir mucho talento.

Lata de esmalte tapagoteras

Lata de esmalte tapagoteras. Hecho en Cuba por la Empresa Consolidada de la Química. Colección Cuba Material.

cigarros negros 1er Congreso PCC

Cajetilla de cigarros negros 1975 1er Congreso PCC
Cajetilla de cigarros negros 1975 1er Congreso PCC

Cajetilla de cigarros negros 1975 1er Congreso PCC. 1975. Colección Cuba Material. regalo de Ernesto Celis.

Cuando el gobierno cubano convocó al primer congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) en 1975, comercializó una edición especial de cigarrillos de picadura de tabaco negro para celebrarlo. El envase, sin marca comercial más que la de la casa productora, la Empresa Cubana del Tabaco, es de mejor calidad que los que se vendían regularmente en los establecimientos minoristas nacionales. Es muy posible que haya sido producido en el extranjero.

El logotipo del congreso es un diseño de Orlando Hernández Yanes (h/t César Beltrán).

Cajetilla de cigarros negros 1975 1er Congreso PCC

Cajetilla de cigarros negros 1975 1er Congreso PCC. Regalo de Ernesto Celis. Colección Cuba Material.

h/t. Gracias a Ernesto Celis, por el regalo de la caja de cigarros 1er. Congreso del PCC.

pin “III aniversario de la Revolución”

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Pin "III aniversario de la Revolución"
Pin "III aniversario de la Revolución"

Pin “III aniversario de la Revolución”. 1960/61. Colección Cuba Material.

Dos años se cumplieron el 1 de enero de 1961 de que Fulgencio Batista abandonara el país ante la inminencia del triunfo de las tropas rebeldes. Durante ese tiempo, Fidel Castro había estado decidiendo, con más o menos libertad y suerte, los destinos cubanos, y lo seguiría haciendo durante medio siglo. Para celebrar ese segundo aniversario, el gobierno diseñó este pin o broche. Debe haber sido distribuido ya a finales de 1960, año en que Fidel Castro pronunció, por primera vez, su célebre “¡Patria o Muerte!”, en homenaje a las víctimas de la explosión del barco francés La Coubre —frase incluida en el pin. Sin embargo, la estética soviética quizás denote una fecha más tardía, ya entrado el año 1961, cuando el mismo Fidel Castro proclamó la ideología socialista de su gobierno y del estado.

camisa safari

Camisa safari Ultra
Camisa safari Ultra

Camisa safari Ultra. 1980s. Colección Cuba Material.

Como las guayaberas, la camisa safari tiene cuatro bolsillos, pero carece de alforzas y está confeccionada con un tejido mucho más grueso, de polyester. Se ha dicho que fue Celia Sánchez quien encargó esta prenda, dando instrucciones de que se combinara el estilo de las guayaberas con el del traje formal. También, que Sánchez la presentó ante el Buró Político, en una pasarela sorpresa. Allí estaba el Ministro de Relaciones Exteriores Raúl Roa, a quien se cuenta que le gustó el diseño y se dispuso a usar las camisas safaris. No sé cuándo ocurrieron estos hechos, pero el Buró Político se creó en 1975 Celia Sánchez murió en 1980, por lo que tiene por fuerza que haber sido durante la segunda mitad de los setentas.

Se dice también que Celia Sánchez encargó una prenda similar, inspirada asimismo en la guayabera, que se llamó guayahabana.

saleros

Salero de cerámica
Salero de cerámica

Salero de cerámica. Hecho en Cuba, en la Isla de la Juventud. 1980s. Colección Cuba Material.

Las fábricas de cerámica cubanas estaban en la Isla de la Juventud. Allí se producía desde inodoros hasta vajillas. El color gris que, por lo general, caracterizaba a estos productos se debe a la composición de la arcilla empleada en su fabricación. El gobierno vendió el salero de la foto a través de las tiendas minoristas y, además, lo distribuyó a los restaurantes. Parece un chiste, pero no tiene más que un orificio para que salga la sal.

En los ochentas, el gobierno también vendió un salero plástico de importación. En casa nunca lo utilizamos, pero sus colores, material y factura son mucho más atractivos que los del salero de arcilla gris que se fabricaba en Cuba. Sus orificios, de tan pequeños, se tupían con la gruesa sal que el estado vendía.

Salero plástico

Salero plástico. 1980s. Colección Cuba Material.

fundas para carnés

Estuche para carné
Estuche para carné

Estuche para carné. 1970s y/o 1980s. Colección Cuba Material.

Cuando comencé la escuela, en los ochentas, fui con mi abuelo a plasticar mi distintivo escolar. Caminamos, rumbo al mar, por la avenida 23 hasta la esquina, creo, de 23 e I. Allí, al lado de una barbería que aún conservaba la espiral giratoria azul, blanca y roja que identifica este tipo de negocios, un señor mayor se dedicaba a plasticar documentos. Los ponía dentro de un nylon que desaparecía bajo una plancha rústica que, en cuestión de minutos, transformaba el papel en un objeto plástico, rígido e impermeable, de superficie corrugada y bordes romos.

Una versión de aquellos carneses plasticados, un poco más tosca, eran las fundas hechas con acetato de radiografías y bordes de tela, plástico o tape (cinta adhesiva), muy parecidas a las que se fabricaban para proteger las libretas de racionamiento o los cuadernos escolares. Muchos años después de que se retirara en los ochentas, incluso avanzado el siglo xxi, mi abuelo continuaba guardando sus carnés de salud e identidad en una de esas fundas. Por las tardes, cuando se bañaba y entalcaba, se ponía una camisa de algodón sobre una camiseta y se echaba en el bolsillo un peine, un pañuelo, un bolígrafo y la funda de los carnés.

Estuche para carné

Estuche para carné. 1970s y/o 1980s. Colección Cuba Material.

regadera

Regadera plástica
Regadera plástica

Regadera plástica. Hecha en la URSS. 1980s. Colección Cuba Material.

Cuando visitaba a mis abuelos, a veces los ayudaba a regar las plantas con esta regadera.  La compramos en el sorteo anual de juguetes. El agua salía por un plato en forma de girasol, de color amarillo. Mis abuelos tenían su propia regadera, mucho más grande, de metal verde y pico que terminaba en un plato con muchos orificios, como los de las duchas.

Mi regadera plástica era más linda y moderna que la de metal de mis abuelos, pero no creo que haya sido ese el motivo por el que decidieron conservarla cuando se rompió.

balsas y salvavidas

Salvavidas
balsa

Balsa. Alrededor de 1981.

Cuba, se ha dicho, es un país de corcho. La frase se refiere, en realidad, a su gobierno, el de los últimos casi sesenta años, y en especial al hecho de que, durante todo ese tiempo, este se haya mantenido a flote a pesar de su pésima gestión económica y de crisis políticas tan graves como el Mariel o las Causas 1 y 2 de 1989. Se mantuvo a flote, incluso, tras la desaparición de la Unión Soviética y del bloque regional que ese país lidereaba.

Cuba Material despide el 2017 con balsas y salvavidas, todos comercializados en los setentas y ochentas en la isla, cuando la patana sobre la que flotaba su gobierno parecía bastante más segura. Después, durante la década siguiente, no se vendieron más. Desde entonces, los cubanos hemos intentado permanecer con la cabeza más o menos alejada del agua. Algunos, construyendo embarcaciones rústicas para llegar, con suerte, a Estados Unidos. Otros, pataleando con más o menos suerte en la isla.

balsa

Balsa. Guanabo, La Habana. 1975.

Salvavidas

Salvavidas. Alrededor de 1970. Cortesía Eida del Risco.

Salvavidas en forma de pulpo

Salvavidas en forma de pulpo. 1979. Foto cortesía de Ernesto Fumero.

Beyond the Sugar Curtain: Un museo del socialismo material

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Exposición Pioneros: Building Cuba's Socialist Childhood
Exposición Pioneros: Building Cuba's Socialist Childhood

Exposición Pioneros: Building Cuba’s Socialist Childhood, inaugurada el 17 de septiembre de 2015 en la Arnold and Sheila Aronson Galleries de Parsons School of Design, curada por María A. Cabrera Arús y Meyken Barreto.

Fragmento del texto que escribí imaginando un futuro museo del socialismo cubano para Beyond the Sugar Curtain: Tracing Cuba-Us Connections Since 1959. ¡Anímense a donar objetos o documentos desde ahora mismo!

Todos los recuerdos que poseo de la casa de mis abuelos, la que fuera a inicios de siglo una casona de arquitectura ecléctica en el barrio El Vedado, se relacionan con la increíble cantidad de trastos que guardaba. Mi generación, la que nació en la década de los años setenta, y todas las que le siguieron, creció en un entorno material doméstico que, antes de volverse ruinas, se había llenado de tarecos. Objetos en desuso, rotos, inservibles, gastados, mutilados, se guardaban en espera de una “segunda vuelta” en que pudieran servir para reemplazar, completar, reparar o simplemente “inventar” una nueva materialidad, solución temporal a la siempre predominante escasez.

La relación de los cubanos con el mundo material comenzó a cambiar en el mismo año 1959, cuando el nuevo gobierno impuso un arancel a las importaciones de artículos de lujo. Un giro de tuercas mucho más dramático lo constituyó, sin dudas, el racionamiento de una serie de artículos alimenticios de primera necesidad decretado en 1962 para hacer frente a la escasez que resultó de la mala administración socialista. Al año siguiente, se crearon las Oficinas de Control de Abastecimientos, conocidas como OFICODAs, y se decretó el racionamiento de una serie de productos no alimenticios, de factura industrial, que pasaron a adquirirse mediante cupones distribuidos en los centros de trabajo o, en su defecto, por los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) que existían ya en cada vecindad.

Desde entonces, con el mismo entusiasmo con que se habían dado a celebrar el triunfo de la Revolución Cubana, la Concentración Campesina del 26 de julio de 1959, la victoria de Playa Girón el 21 de abril de 1961, los carnavales que cada año reciclaban carrozas y serpentinas; el mismo entusiasmo con que celebrarían también la inauguración del Pabellón Cuba y de los mosaicos de La Rampa en 1963, el Salón De Mayo en 1967, el primer Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) en 1975 o el regreso a tierra, el 10 de octubre de 1980, del módulo de aterrizaje de la nave espacial Soyuz-38, tripulada por el primer cosmonauta cubano, los residentes de la isla se dedicaron a guardar todo lo que creían que en algún otro momento podrían necesitar. Tres décadas bastaron para almacenar una considerable cantidad de objetos antes de que la crisis económica causada por la caída del campo socialista a partir de 1989 y la desintegración de la Unión Soviética en 1992 obligara a echar mano de estas reservas materiales.

Desde el año 2012, la colección Cuba Material y el archivo digital homónimo se dedican a recuperar y preservar la cultura material que sobrevivió al período postsoviético, en el que los habitantes de la isla consumieron casi todo lo que habían guardado durante las décadas previas. Se trata de una colección de objetos que fueron guardados por su valor sentimental o aval político, porque aún continuaban en funcionamiento o porque de tanto atesorarlos para cuando las cosas se pusieran peor—así de avieso se presentaba el futuro—terminaron perdidos o sepultados entre otros tarecos, en los rincones más remotos de los closets y barbacoas. . . .

Leer texto completo en la edición no. 3 de Beyond the Sugar Curtain: Tracing Cuba-Us Connections Since 1959.

cantimploras militares

cantimplora militar
cantimplora militar

Cantimplora militar. Colección Cuba Material.

En parte por escasez, en parte por contagio tras la militarización de las prácticas de vestir y la vida cotidiana en Cuba a partir de 1959, algunos accesorios militares se pusieron de moda entre la juventud en los años ochentas. El cinturón tipo zambrán, por ejemplo, reemplazó a los anchos cinturones de las estrellas del pop y a los de fibra textil y colores entre arena y verde olivo que la publicidad capitalista generalmente combinaba con shorts o pantalones de caqui. Las botas militares de fabricación soviética o cubana fueron, a falta de otras alternativas, el calzado de preferencia de varias generaciones de trovadores, rockeros y otros inconformes con los discursos santorales que la élite política cubana intentó promover entre la juventud. Las cantimploras, por último, también estuvieron entre las preferencias de muchos.

La cantimplora de la foto, que encontré en casa de mis abuelos, es norteamericana. Su marca, Palco, producida por Worcester Pressed Aluminum Co. de Worcester, Massachusetts, era la del reglamento del ejército norteamericano. Los Boyscouts y Girlscouts of America también usaban estas cantimploras. No sé si fue mi abuelo quien la compró antes de 1959, para mi mamá o mi tío, o si mi tío la obtuvo en alguna movilización militar.

h/t Gracias a la labor de detective de Jorge Gautier, he podido saber la marca de esta cantimplora.

bolsas de suero

Bolsa de sueros
Bolsa de sueros

Bolsa para extracción de sangre. Colección Cuba Material.

En la consulta de mi abuelo, había un palo de madera de color verdoso, bordes cuadrados y puntas torneadas que se usaba para sostener las bolsas de los sueros. Por su aspecto, estoy segura de que estaba allí desde antes de la revolución, cuando mi abuelo y su papá daban consultas en la casa.

Una vez que los sueros habían sido administrados, mi abuelo reutilizaba sus nylons para proteger las cajas de las jeringuillas o cualquier otro instrumento. Por eso, se han conservado hasta hoy.

estuches de plumones

Estuche de plumones
Estuche de plumones

Estuche de plumones. Colección Cuba Material.

A los niños de mi generación, nos encantaban los estuches de plumones. Quizás porque, en la Cuba soviética en que nos tocó vivir, escaseaban, y por la calidad de sus colores y trazo, más precisos que los de los lápices y las crayolas. Recuerdo haber tenido un solo estuche de plumones durante toda mi infancia, de la marca Rush-on, fabricada en Japón. En casa de mis abuelos, he encontrado otro estuche de plumones, sin marca comercial alguna, posiblemente producidos por la industria socialista.

Estuche de plumones Rush-on

Estuche de plumones Rush-on. Hechos en Japón. Colección Cuba Material.

una Habana doméstica para los photoshoots

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Imagen tomada del blog Cooking Lessons.

Si repasamos las principales revistas sobre moda editadas en los Estados Unidos y Europa, o si hacemos una búsqueda en internet bajo los criterios “Cuba” y el nombre de cualquiera de estas revistas, encontraremos al menos un reportaje sobre la isla publicado en los últimos años. “Cuba Libre”, “Soy Cuba” y “The New Cuba” son algunos títulos, pensados para satisfacer y/o despertar la curiosidad de los lectores. Buscando imágenes de algunos de estos reportajes creados por y para la alta costura internacional, descubro que algunas de las escenas e interiores se repiten de uno a otro, como también se han repetido los automóviles clásicos norteamericanos en muchos otros medios.

Por ejemplo, la cocina que la French Revue des Modes usó como locación para la sesión de fotos que la revista publicó en la primavera de 2010 es la misma que Andrew Moore fotografió para su libro Inside Havana, publicado en 2002. La French Review des Modes usó también la misma habitación de la casa de Josie Alonso, en la calle Calzada del Vedado, en la que en 2015 Annie Leibovitz desnudó a Rihanna para su reportaje “Cuba Libre” publicado en Vanity Fair.

En un país donde pululan las ruinas y espacios interiores otrora fastuosos y hoy venidos a menos, a los directores artísticos de estas revistas no parece interesarles la búsqueda de una locación original para sus photoshoots. Es posible que, entre los muchos trámites burocráticos que el gobierno cubano impone a los productores extranjeros para concederles permiso para trabajar en Cuba, incluya el requisito de que sea alguna institución o funcionario estatal quien “seleccione” y “recomiende” las locaciones, embolsándose con toda seguridad algún pago por ese concepto. De ser así, estaría beneficiándose económicamente no sólo de los ahorros que suponen la falta de mantenimiento del patrimonio construido, sino también de los ingresos devengados por la explotación comercial del dicho resultante.

La poca variedad de locaciones puede deberse, por otra parte, a la gestión personal de los propietarios de las pocas viviendas que aparecen en los fotoreportajes, quienes con toda seguridad han sabido cultivar contactos tanto en el gobierno de la isla como en el extranjero que les garantizan el estar siempre en las listas de los posibles locales en los que la revista sobre moda de turno realizará el próximo photoshoot.

Imagen tomada de Vanity Fair. 2016

Imagen tomada de French Revue des Modes.

aceite ricino aromatizado

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aceite ricino aromatizado
aceite ricino aromatizado

Frasco de aceite ricino aromatizado. Comercializado por el MINSAP, Cuba. 1980s. Colección Cuba Material.

La primera vez que escuché mencionar el aceite ricino, fue en la escuela primaria. De vez en cuando, alguien lo traía a cuento para referirse a su sabor desagradable, siempre agregándole la preposición “de” a su nombre: aceite de ricino.

Este purgante se utilizaba en Cuba, también, para suavizar el pelo y, según la cronología de historia y política cubanas de Leopoldo Fornés Bonavia (publicada por Verbum en el 2008), el Servicio de Inteligencia Militar (SIM) durante el gobierno provisional de Carlos Mendieta lo utilizó como método de tortura. Le fue administrado así a los periodistas del diario Acción, dirigido por Jorge Mañach, el 12 de diciembre de 1934. Entre ellos se encontraban Francisco Ichaso, Jess Losada y Eduardo Héctor Alonso.

En su historia de Cuba, Hugh Thomas refiere que, “en mayo de 1939, Felipe Rivero, editor del semanario Jorobemos, quien había criticado al gobierno [de Federico Laredo Bru], fue obligado a beberse el contenido de una botella de aceite de ricino por cuatro matones no identificados, sin duda a sueldo del gobierno” (p. 534). También, según Thomas, en su alocución del 5 de agosto de 1951, transmitida por la CMQ, el político y líder del Partido Ortodoxo Eduardo Chibás se refirió a “los coroneles del aceite de ricino” (p. 585) minutos antes de dispararse el tiro fatal en el abdomen.

Wikipedia confirma que el aceite ricino, en efecto, se ha utilizado como método de tortura, ya que en elevadas dosis produce vómitos, diarreas agudas, náuseas y cólicos.

El aceite ricino, uno de los más antiguos que se producen, se conoce también como Palmacristi.

lecciones de idioma ruso de Novedades de Moscú

lecciones de idioma ruso
lecciones de idioma ruso

Discos de acetato con lecciones de idioma ruso, editadas por el semanario Novedades de Moscú. 1975-1976. Donación de Mirta Suquet. Colección Cuba Material.

Era bonito el diseño psicodélico de estos discos que enseñaban el vocabulario del casi psicodélico idioma ruso. En la contracubierta, en ruso, inglés, francés, español y árabe, se lee:

El semanario NOVEDADES DE MOSCÚ publicará en los años 1976-1976 una guía de conversación de idioma ruso. Las lecciones correspondientes irán en 6 grabaciones.

Las suscripciones pueden formalizarse a través de las respectivas firmas de su país que mantienen contactos con “Mezhdunaródnaya Kniga” y se encargan de distribuir las publicaciones periódicas soviéticas.

Dirección del semanario Calle Gorki  16/2 Moscú K-9, URSS

h/t: Gracias a Tamara Álvarez por la traducción del título.

juego de mesa Estrategia Militar

Juego de mesa Estrategia Militar
Juego de mesa Estrategia Militar

Juego de mesa Estrategia Militar. Hecho en Cuba por la Industria Ligera. 1980s. Regalo de Mirta Suquet. Colección Cuba Material.

En el Círculo de Interés de la Sociedad de Educación Patriótico Militar (SEPMI) del Palacio de Pioneros de Pinar del Río, se estudiaba el juego de mesa Estrategia Militar. Fundada el 28 de enero de 1980, la SEPMI desapareció en 1992. Según Diario de Cuba, la SEPMI, “que tuvo entre sus instructores, para formar pilotos de aviación, a René González, uno de “los Cinco”[,] reclutaba a adolescentes, bajo el eufemismo de “la guerra de todo el pueblo”, con el fin de adoctrinar a los futuros paracaidistas, especialistas en telecomunicaciones, choferes profesionales, francotiradores, ingenieros militares de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR)”.

Hubo quien se matriculó en este Círculo de Interés para estar cerca de un muchacho de quien estaba enamorada.

cosméticos Sah

Crema de afeitar Sah
Agua de colonia en spray Sah

Agua de colonia en spray para después del afeitado Sah. Hecha en Bulgaria. Colección Cuba Material.

La línea de cosméticos para hombres Sah hoy se produce en Macedonia. Antes del desplome del socialismo de estado en Europa del Este se fabricaba en Bulgaria y se exportaba a Cuba, donde se comercializaba en el mercado paralelo. Para el mercado cubano, las instrucciones sobre cómo aplicarse la colonia en spray fueron traducidas al español. Además de la colonia, en Cuba se vendió la crema de afeitar de la misma marca.

Crema de afeitar Sah

Crema de afeitar Sah. Hecha en Bulgaria. Colección Cuba Material.

bonos de gasolina

Bono de gasolina especial
Bono de gasolina especial

Bono de gasolina especial. Imagen tomada del blog Libreta de apuntes.

El 2 de enero de 1968, el gobierno cubano decretó el racionamiento de la gasolina. A los choferes de autos europeos se les asignó 8 galones al mes, mientras que a los dueños de automóviles norteamericanos se les asignó 20 galones. En Libreta de apuntesel blog de Norberto Fuentes:

. . . El buen amigo Rafael del Pino, Rafa el Infalible, me hace llegar un bono de gasolina para que pueda enfrentar la eventualidad de que el tanque se me quede seco en el camino. Es el bono que traía en su billetera cuando se montó con toda su familia en el Cessna que lo trajo a los Estados Unidos. A tenor de que para un lector extranjero o muy joven resulta una incógnita el bono y su uso durante largos años del proceso, sí les puedo asegurar que este es un buen bono. Por lo menos Del Pino no tuvo que deshacerse de él ante la exigente mano del pistero mediante el cual confirmaba que él, el general Rafael del Pino, héroe de la aviación revolucionaria, con un número certificado de derribos en la batalla de Bahía de Cochinos y un sinfín de misiones internacionalistas, estaba autorizado a recibir en el tanque de su coche Lada la cantidad prevista de cinco litros de gasolina. No hubo necesidad de gastarlo y Del Pino ha recorrido miles de kilómetros con el documentito en el bolsillo desde que despegó para siempre —en 1987— de una pista habanera, la de Ciudad Libertad. Cinco litros que nunca se consumieron. ¿O Rafael los donó exprofeso a la patria antes de su partida?

Día de las Madres, sin flores

día de las madres
día de las madres

Foto tomada el día de las madres, circa 1980.

En esta foto, tomada, creo, un día de las madres más o menos cercano a 1980, mi hermana y yo, sonrientes, sostenemos un jarrón y una postal con flores, de las que Correos de Cuba ponía en circulación cuando se acercaba el día de las madres. Dos búcaros de vidrio y dos postales de felicitación con flores. En lugar de flores de verdad, las madres de mi familia tuvieron que conformarse, ese día, con una representación.

Los vestidos de mi hermana y mío son también una alternativa frente a la escasez. Los hizo mi mamá con lienzo, adornado con cintas bordadas que, por el diseño, parecen importadas de la URSS. Yo calzo “popis” o tenis deportivos, casi seguro de fabricación cubana. Mi hermana, zapatos ortopédicos estilo “Mary Jane”, hechos en Cuba.

Así celebrábamos el día de las madres alrededor de 1980.

algodón quirúrgico

Rollo de algodón quirúrgico
Algodón absorbente

Algodón absorbente. 1980s. Colección Cuba Material.

No recuerdo que, antes del desplome del socialismo soviético, en Cuba se vendiera el algodón en motas, como se puede comprar ahora en casi todas partes del mundo. El algodón que se vendía en las farmacias se comercializaba en rollos comprimidos. Los más comunes eran importados de la república Popular China, bajo la marca Snowflake. Los rollos más grandes pesaban 25 gramos y la etiqueta los identificaba como fabricados en Shanghai (aunque eso lo decía en mandarín, en inglés y en francés, nunca en español). La etiqueta de esos rollos de algodón también indicaba (esto, solo en francés) que la exportación de este producto corría a cargo de la Sociedad Nacional China de Importación y de Exportación de Productos Químicos.

Rollo de algodón quirúrgico

Rollo de algodón quirúrgico. Hecho en la República Popular China. 1980s. Colección Cuba Material.

Algodón absorbente

Algodón absorbente. Empresa Consolidada de Productos Farmacéuticos. Colección Cuba Material.

juguetes cubanos: plastilina para modelar Tainito

Plastilina para modelar Tainito
Plastilina para modelar Tainito

Plastilina para modelar Tainito. Colección Cuba Material.

Por lo general, cuando era niña, los juguetes cubanos eran los más feos, los de peor terminación o factura, los menos codiciados por los niños, los que se vendían como “dirigidos”, el menos atractivo de los grupos en que el Ministerio de Comercio Interior separaba los juguetes cuando organizaba la venta anual de juguetes.

No sucedía así con la plastilina Taínito. Su caja, de bonito diseño, contenía varias barras de plastilina de diferentes colores, cada una envuelta en papel encerado. Traía, además, un instrumento de madera con una de las puntas en forma de paleta para modelar la plastilina, y un manual con instrucciones e ideas sobre cómo y qué hacer.

Se trata, además, de un “juguete” muy nacionalista. Lleva el nombre de una de las culturas aborígenes que habitaban la isla antes de la colonización y un niño Taíno aparece reproducido en el manual de instrucciones, donde se enseña a modelar utensilios y objetos relacionados con el modo de vida de esta tribu. Todo ello apunta a un interés en promover “lo nacional”, “lo cubano”, asociado en este caso con la cultura aborigen y no con la criolla u otras prácticas modernas.

En la obra On Becoming Cuban: Identity, Nationality, and Culture, el historiador Louis A. Pérez (1999) observaba que:

In October 1959 the Agricultural and Industrial Development Bank of Cuba (BANFAIC) sponsored an “Exposition of Cuban Toys,” designed “to exhort the public to buy toys produced in Cuba.” The organizers affirmed: “In addition, the social function of the toy must be stressed, for from the most distant past to the present this has been one of the principal means to promote in the child knowledge of the civilization in which he develops.” (p. 483)

Pinche aquí para ver el manual en pdf de la Plastilina para modelar Tainito.

(nota: Esta entrada es una actualización de una entrada publicada el 3 de septiembre de 2014)

estuches de jabones de tocador

Estuche de jabones Aquazul
Estuche de jabones Aquazul

Estuche de jabones Aquazul. 1980s. Colección Cuba Material.

Entre otras cosas, en el mercado paralelo se podían comprar, algunas veces, estuches de jabones de tocador. Algunos eran de fabricación nacional, como los de la línea masculina 5 PM o los de la marca Aquazul. Otros, se importaban de Europa del Este. Tal es el caso de los jabones Nautik, producidos en la RDA.

Estos jabones se compraban, casi siempre, para regalar en ocasiones especiales. A quienes cumplían años, o durante los días de los padres, las madres, o los enamorados, o incluso como detalle de cortesía con un médico a quien se quisiera agradecer.

Por regla general, una vez consumidos los jabones, se guardaban las cajas para almacenar objetos o, incluso, para adornar coquetas y aparadores. La caja de jabones Nautik fotografiada en esta entrada contuvo, hasta hace pocos días, cintas de pelo importadas de la URSS, en un surtido de variados colores.

Estuche de jabones 5 PM

Estuche de jabones 5 PM. 1980s. Colección Cuba Material.

Estuche de jabones Nautik

Estuche de jabones Nautik. Hechos en la RDA. Regalo de Mirta Suquet. Colección Cuba Material.

avíos de pesca

Flotadores de pesca Znak
Flotadores de pesca Znak

Flotadores de pesca Znak. Hechos en Checoslovaquia. 1980s. Colección Cuba Material.

Los restos materiales del flujo de personas entre Cuba y los países del campo socialista abarcan todas las esferas de la vida cotidiana y se distinguen en calidad y estética de los pocos productos de uso doméstico no suntuario adquiridos por quienes visitaban los países del área capitalista —en este último caso, solía adquirirse principalmente ropa y electrodomésticos.

Sin embargo, los técnicos, ingenieros y cuadros políticos que viajaban a Europa del Este compraban, además de ropa, calzado y electrodomésticos, cuando se podía y valía la pena, una serie de productos menos apetecibles pero igualmente atractivos en el contexto cubano. Mi tío viajaba todos los años a Checoslovaquia. Allí, entre otras muchas cosas, solía comprar avíos de pesca.

calcomanía de la Asociación de Amistad Cubano China

calcomania Asociacion de Amistad Cuba China
Calcomanía propagandística de la Asociación Cultural Cubano China

Calcomanía propagandística de la Asociación Cultural Cubano China. 1960s. Foto 2017, Vedado, Ciudad de la Habana.

La Asociación de Amistad Cubano China fue fundada en 1959 con el nombre de Asociación Cultural China-Cuba. Estuvo dirigida por el general retirado Moisés Sio Wong hasta que falleció en el 2010. Desde niña, esta calcomanía adorna una de las alas de la puerta del “cuarto de los tarecos” de casa de mis abuelos. En la otra, cuelga una pequeña placa con un mensaje revolucionario, también de los tempranos 1960s. Por dentro, cuelga de una de las alas de la puerta una imagen de bronce de un Sagrado Corazón de Jesús. Herramientas y quincallas cubren casi toda la superficie de la otra ala y casi sepultan un cuadro con la imagen de José Martí.

crayolas Arcoiris

Estuche de crayolas Arcoiris
Estuche de crayolas Arcoiris

Estuche de crayolas Arcoiris. Hecho en Cuba. 1980s. Regalo de Meyken Barreto. Colección Cuba Material.

En Cuba, a los crayones para colorear se les llama crayola, como la marca norteamericana (igual pasa con el detergente de lavar, al que llamamos Fab y los refrigeradores, a los que decimos Frigidaire). Se les llamó así, incluso, durante el período de socialismo de estado, a pesar de la ruptura de relaciones diplomáticas y comerciales con los Estados Unidos, del embargo norteamericano y de la sovietización de la sociedad y la economía cubanas. La marca local Arcoiris llama a las crayolas crayones para colorear, pero utiliza el cubanismo creyones, no reconocido por la RAE.

jabones de tocador del campo socialista

Jabón Pine Needle
Jabón Palmier

Jabón Palmier. Hecho en Rumanía. 1980s. Colección Cuba Material.

En los ochentas, en algunas tiendas del país se vendieron jabones de tocador en la modalidad de “venta liberada” o “mercado paralelo”, que es el eufemismo con que el gobierno cubano se refería al mercado libre en la Cuba soviética. De mejor calidad y diseño que los jabones Nácar comercializados a través del mercado racionado, su precio era también considerablemente más elevado que el de estos últimos, por lo que muchas familias solo compraban estos jabones para regalar o celebrar ocasiones especiales.

Mis abuelos, seducidos también por la calidad y envase de estos jabones producidos en Europa del Este (RDA y Rumanía), guardaron unos cuantos, y también algunos Nácar de producción nacional, en el fondo de un closet, por tanto tiempo que los olvidaron. Ni siquiera se acordaron de ellos durante el Período Especial, cuando hubo días en que, eso creíamos, ni siquiera tuvimos jabón con qué bañarnos.

Jabón Palmier

Jabón Palmier. Hecho en Rumanía. 1980s. Colección Cuba Material.

 

Jabón Lili

Jabón Lili. Hecho en la RDA. 1980s. Colección Cuba Material.

Jabón Lili

Jabón Lili. Hecho en la RDA. 1980s. Colección Cuba Material.

Jabón Jubileu

Jabón Jubileu. Hecho en Rumanía. 1980s. Colección Cuba Material.

Jabón Eau de Cologne

Jabón Eau de Cologne. Hecho en la RDA. 1980s. Colección Cuba Material.

Jabón Pine Needle

Jabón Pine Needle. Hecho en la RDA. 1980s. Colección Cuba Material.

radio Agrícola II, el radio de la profesora invisible

Radio Agrícola II
Radio Agrícola II

Radio Agrícola II. 1970s. Regalo de Pablo Argüelles. Colección Cuba Material.

A los 99 años, murió en Cuba Juana Rivero Casteleiro, conocida como Cuca Rivero o “la profesora invisible”, de quien varias generaciones de cubanos recibimos clases de música entre preescolar y cuarto grado. Dos veces por semana, las maestras y auxiliares pedagógicas traían a las aulas un radio Agrícola (el de mi escuela era de color anaranjado) y sintonizaban el programa de Educación Musical que se transmitía por la frecuencia de Radio Rebelde. En sus clases “invisibles”, Cuca Rivero orientaba ejercicios de vocalización y enseñaba a los niños canciones, casi siempre de contenido patriótico y “revolucionario”.

Fue a partir del curso escolar 1975-1976 que el Ministerio de Educación incorporó el programa  Educación Musical en el plan de estudios nacional como una asignatura.

En una entrevista publicada en el blog Desde Cuba, Cuca Rivero explica:

—Sí, durante 26 años ininterrumpidos impartí clases por radio en un programa llamado Educación Musical de Radio Rebelde, a los niños de toda Cuba, desde preescolar hasta cuarto grado. Tuve una etapa experimental de 1962 a 1974 y después comencé en 1975, hasta 1993. Un total de 376 escuelas del país oían ese espacio. Yo no olvido la experiencia de haberle impartido clases a maestros de música en ejercicio de las escuelas públicas, ¡gratis!, antes de 1959. Ellos solo habían estudiado piano, pero dirección coral, no. Fue algo hermoso, pero esta vivencia de mis clases por radio superaron todo lo vivido por mí en ese sentido profesoral y educativo.

“Esos programas se grababan en la EGREM. Yo dirigía un equipo excepcional de profesionales que me ayudaron en eso: la asesora literaria era Mirta Aguirre, las compositoras, Gisela Hernández y Olga de Blanck; el ilustrador, Nelson Castro; la cantante, Bertha González, y el pianista, Mario Romeu, todos estrellas. Se transmitían en mi voz, a las tres de la tarde, dos veces a la semana.

“Tampoco olvidaré que subimos al Pico Turquino, y estando allá, ante el busto de José Martí, cuando me dirigí a los niños presentes, uno de ellos gritó: ¡Esta es la profesora invisible! Le pregunté por qué lo sabía y me dijo: ‘Por su voz, porque yo oigo sus clases por el radio de mi casa’. Y es que en aquel programa siempre decía: ‘Llegó la hora de cantar y aquí estamos los profesores invisibles para enseñar a cantar, jugando’. ¡Se me salieron las lágrimas en la montaña más alta de Cuba, mirando al niño y a la vez la imagen del Apóstol que escribió La Edad de Oro! para muchachos como él”.

trabajo voluntario por la quincena de la Victoria de Girón

Carné de participación en la jornada de trabajo voluntario "quincena de la Victoria de Girón"
Carné de participación en la jornada de trabajo voluntario "quincena de la Victoria de Girón"

Carné de participación en la jornada de trabajo voluntario “quincena de la Victoria de Girón”. 1966. Colección Cuba Material.

Otro de los carnés entregados para dejar constancia y registro de la participación en el trabajo voluntario. En este caso, una movilización de apoyo a la “sexta zafra del pueblo”, en la que mi tío Leopoldo Arús Caraballo se sumó a cortar caña.

los coleros y la venta anual de juguetes

venta anual de juguetes
venta anual de juguetes

Reconocimiento a trabajadores del MINCIN que participaron en la venta anual de juguetes. 1971. Carné facilitado por Janet Vega Espinosa. Colección Cuba Material.

En 1971, los turnos para la venta anual de juguetes se repartieron por teléfono. Cuentan que en La Habana fueron tantas las llamadas para adquirir un turno que las líneas telefónicas colapsaron. Los llamados “coleros” se dedicaban a llamar por teléfono para conseguir turnos para luego vender. Contra ellos, el gobierno lanzó la campaña ¿Quién mató a ‘Billy’ el colero? En el reconocimiento a los trabajadores que participaron de la gran venta, el tal Billy, de aspecto medio chulampín, con ropa que parece extranjera, como también lo es su nombre, cuelga ajusticiado del cable de un teléfono alcancía.

canicas

Canicas
Canicas

Canicas. circa 1980. Colección Cuba Material.

¿Dónde se fabricaban las canicas con que jugaban los niños cubanos en los sesentas y hasta los ochentas? ¿Se importaban de China? ¿De la URSS?

Se compraban una vez al año, durante la venta anual de juguetes que el gobierno organizaba en el país durante varios días, única oportunidad para adquirirlos. Como era niña, nunca se me antojó comprar canicas con una de las escasas tres posibilidades de juguetes a que tenía derecho.

certificados de trabajador de avanzada

Diploma de trabajador de avanzada
Diploma de trabajador de avanzada

Diploma de trabajador de avanzada. 1969-1970. Donación de Ricardo Hernández. Colección Cuba Material.

El movimiento de trabajadores de avanzada era un grupo de trabajadores de élite. Dice la historiadora Linda Fuller (1992, “Cuban Unions and Workers Control,” pp. 54-75 in Cuba: A Different America, editado por Wilber A. Chaffee y Gary Prevost) que sus miembros, elegidos en asambleas laborales, sumaban en 1969 235,000 individuos, lo que representaba el 12 porciento de la fuerza de trabajo del país (muchos más que los miembros del Partido Comunista). De 1969 es el más antiguo de los diplomas de trabajador de avanzada que conservo, gracias a Ricardo Hernández, quien donó a Cuba Material su colección de memorabilia política.

Diploma de trabajador de avanzada

Diploma de trabajador de avanzada. 1970-1971. Donación de Ricardo Hernández. Colección Cuba Material.

Diploma de trabajador de avanzada

Diploma de trabajador de avanzada. 1971-1972. Donación de Ricardo Hernández. Colección Cuba Material.

Diploma de trabajador de avanzada

Diploma de trabajador de avanzada. 1972-1973. Donación de Ricardo Hernández. Colección Cuba Material.

Diploma de trabajador de avanzada

Diploma de trabajador de avanzada. 1976. Donación de Ricardo Hernández. Colección Cuba Material.

Diploma de trabajador de avanzada

Diploma de trabajador de avanzada. 1979. Donación de Ricardo Hernández. Colección Cuba Material.

juguetes básicos, no básicos y dirigidos

Muñecos de goma
Muñecos de goma

Muñecos de goma exhibidos en la exposición Pioneros: Building Cuba’s Socialista Childhood, curada por Meyken Barreto y María A. Cabrera Arús. 17 de septiembre de 2015 – 1 de octubre de 2015. Sheila C. Johnson Galleries. Parsons School of Design, The New School. New York, NY.

Algunos comentarios sobre el sistema de venta de juguetes en la Cuba socialista:

En El fogonero: Básico, no básico y dirigido:

Ni Santa Claus ni los Tres Reyes Magos tenían permiso de entrada al Paradero de Camarones, por eso el que nos traía los juguetes era el camión del MINCIN (Ministerio de Comercio Interior). La fecha de entrega tampoco era el 6 de enero, sino un día de julio en el que siempre llovía y las horas se estiraban como si tuvieran un muelle en cada minuto. Una semana antes se hacía un sorteo.
Aracelia y su hijas, Nancy y Aracelita, echaba todos los números de los núcleos (que es el nombre por el que se llamaba a las familias en el borde superior de la Libreta de Abastecimiento) y los iban sacando de uno en uno. Con ese mismo orden consecutivo los niños podíamos pasar a comprar los juguetes. Mi suerte siempre fue pésima, pero en los dos últimos años me tocaron el 4 y el 2.
Con el cuatro alcancé un tren enorme, con estaciones, puentes, túneles, pasos a nivel y una locomotora con la luz encendida que pitaba al cambiar de vía. Con el 2, me compré una bicicleta de hembra (había ido una sola de varón y le tocó al 1). Básico, no básico y dirigido. Teníamos derecho a tres juguetes. El primero con un costo superior a los 6 pesos, el segundo de 2 a 6 pesos y el último, que sólo costaban centavos, era el que te dieran, de ahí su nombre tan preciso.  (…)
* * *
En esto de vivir es del carajo: Los Reyes Magos:
(…) Un día, de pronto, gracias a nuestro gran líder, los juguetes desaparecieron de las tiendas, así como la comida, que era mucho peor y se implantaron las así llamadas ¨libretas de racionamiento¨, desde ése momento, desaparecieron los Reyes Magos y los juguetes que llegaban al país, exclusivamente por esas fechas, se dividían en ¨básicos, no básicos y adicionales¨, a cada familia, según dónde viviera, la metían en una lista, que supuestamente, sorteaban a ver a quienes correspondía comprar el primer día, a quién el segundo y así, la clasificación de los juguetes la determinaba alguna oculta persona de ¨arriba¨, que decidía cuál era un juguete básico y cuál no. En general, se suponía que los básicos eran los más lindos y llamativos, los no básicos, los siguientes en el gusto y los adicionales la pura caca que sobrara.
A mi, en los dos años o tres, que participé en éste sistema, creo que el límite de edad era 12 años, después de eso, dejabas de ser niño a todos los efectos, jamás me tocó el primer día, mi mamá recorría con nosotros la tienda y nos decía que miráramos y decidiéramos qué queríamos, total, por gusto, porque al quinto día, cuando nos tocaba comprar, ya no quedaba nada que sirviera, mi año más afortunado fué uno en el que quedaba un muñequito de lo más chulo, que se suponía venía en pareja con la hembrita, pero que a esas alturas, habían divorciado sin más preámbulos, así que a mi me tocó el machito y a Ade, mi prima, la hembrita.
En esas lides, metían cualquier cosa que se les ocurriera, así que un año me tocó un tocadiscos portátil alemán de maletica, que no sería ningún juguete ni cosa parecida, y que cuando lo recibí me morí de desilusión, pero que en años subsiguientes fué uno de los objetos más útiles de la casa y una de las maravillas más recordadas por mi familia.
Roto entonces, el encanto de la infancia, las cosas se volvían más prácticas, y la gente negociaba en las calles juguetes de un tipo por otro y se hacían tratos de todo tipo.
Y no debería lamentarme, porque en años subsiguientes, los juguetes, sencillamente, desaparecieron, casi hasta hace poco, en los que los empezaron a vender de nuevo a precios prohibitivos, sin necesidad de libreta de racionamiento, pero sólo a aquellos que pudieran pagar semejante extravío. (…)
* * *
EN Baracutey cubano: Los Tres Reyes Magos. La Epifanía del Señor, por Zoé Valdés:
(…) Mamá empezó a pasar noches haciendo cola para un teléfono público. La cola para poder conseguir una llamada desde aquel aparato negro triplicaba la vuelta a la manzana. El teléfono se hallaba situado bajo las arcadas frente al Parque Habana, en la calle Muralla, junto a mi escuela primaria (hoy Fondo de Bienes Culturales, después mudaron mi escuela para la calle San Ignacio). Tampoco era fácil comunicar con el Centro desde donde se repartían los turnos que daban el derecho a comprar los juguetes del Día de Reyes, había que discar y discar, una y otra vez. A mi madre se le hinchaba el dedo de tanto meterlo en el disco descascarado. Tenía el derecho a veinte intentos, si en esos veinte intentos no lo conseguía debía volver al final de la cola, coger otro turno, dormir noches y madrugadas para que no le quitaran el puesto. A veces pagaba al de atrás de ella para que la dejara llamar hasta cincuenta veces. Todo eso sucedía tres meses antes o más, no recuerdo bien, al Día de Reyes, durante el castrismo, claro, y mientras hubo Día de Reyes.
Las madres debían dar el apellido del niño. A mí siempre me tocaba el último día, por lo de la V de Valdés, y entonces había que navegar con suerte para que en ese último día nos concedieran uno de los primeros números. Lo que nunca fue el caso. En consecuencia, año tras año, las opciones a las que pude acceder, eran las mismas, o casi…
Sólo teníamos derecho a tres juguetes por niño. El básico, el no básico, y el dirigido. El básico era el juguete más importante y caro, el no básico era el de menor importancia y menos caro, el dirigido era el impuesto por el gobierno, el que había que comprar obligatoriamente, y por supuesto, el más barato. Yo soñaba con una bicicleta y con patines, esos eran juguetes básicos, preferencialmente para varones. A las niñas nos tocaban juguetes “de niñas”, muñecas, juegos de tocadores, cocinitas, en ese orden… Cuando nos llegaba el turno de compra a mi madre y a mi ya sólo quedaban muñecas de las más baratuchas, juegos de tocadores plásticos (un espejo, un peine y un cepillo), y una cocinita de lata. Para el no básico sólo podía elegir entre el juego de parchís o el dominó, rara vez alcanzaba el de ajedrez. Y en el dirigido siempre escogía lo mismo: un juego de yaquis.
Aclaro que sólo se podía comprar en una tienda indicada por el gobierno. A nosotros nos dieron La Ferretería La Mina, junto a la casa, pero como era un lugar perdido en La Habana Vieja, los peores juguetes llegaban a esa tienda.
Una vez me tocó una muñeca española, de las que mandó el dictador Franco, para congraciarse con Castro. En otra ocasión mi madre compró el derecho a un juguete básico a la madre de Los Muchos, que no tenía dinero para gastárselo en juguetes, o se lo cambiaba por comida. En esa época debía elegir entre desayunar con leche condensada o tener una bicicleta. Por fin la tuve, me costó no sé cuántos, infinidad de desayunos, porque mi madre sacrificó la cuota de latas de leches condensada de varios meses para que la madre de Los Muchos le diera el derecho al juguete básico de uno de sus hijos. Así logré hacerme de la bicicleta, era azul y blanca, y todavía hoy sueño con ella. Con esa bicicleta recorrí La Habana Vieja completa. Incluso cuando me perdía la gente me localizaba por la bicicleta azul y blanca. Mi madre preguntaba de calle en calle: “¿No han visto a una chiquita menudita ella montada en una bicicleta blanca y azul?” Lo mismo hacían mi abuela y mi tía, cada una por su lado. Las respuestas eran siempre las mismas: “Pasó por aquí como una salación en dirección a Egido”. Egido era mi límite.
La bicicleta me fue quedando chiquita, y se fue poniendo mohosa, herrumbrosa, y entonces la heredó Pepito Landa Lora. Su padre la volvió a pintar y a engrasar. Y mi madre volvió a sacrificar otras cuotas de comida para que yo tuviera los patines. Tuve aquellos patines rusos que pesaban una enormidad, y cuando se les fastidió la caja de bolas, Cheo me construyó una chivichana, y luego una carriola, cuando la chivichana se partió en dos.
Maritza Landa Lora y yo cogimos vicio de parchís y de yaquis, con los yaquis éramos unas expertas. Armamos competencias de barrio donde nadie podía ganarnos porque tirábamos la pelota altísimo y hacíamos unas figuras y maniobras estelares con las manos, parecíamos más bien malabaristas.
De más está contarles –muchos de ustedes habrán pasado por lo mismo- que los cambalaches y el mercado negro de juguetes se acentuó a unos niveles grotescos. Entonces cambiaron el sistema por unos bombos o tómbolas a los que había que asistir masivamente, y los papelitos dando vueltas dentro de aquel aparato, eran repartidos al azar. Aunque el azar también se negociaba. A nosotros nos tocó el bombo o tómbola de la iglesia del Parque Cristo, pero ese día mi madre se había hecho Testigo de Jehová y no quería renunciar al teque de la que la había reclutado en eso, por ir a lo del maldito bombo. A mí me dio una especie de perreta, porque se trataba de mis últimos Reyes, o sea ya con catorce años nadie tenía más derecho a los juguetes. Y mi madre sacó el palo de trapear y me hizo ver las estrellas y los luceros del universo. La Testigo de Jehová ni se inmutó, por eso no creo en ellos ni en ninguno. Hasta que a mi madre se le pasaron los tragos y dejó de ser testigo de Jehová para pertenecer a otra secta, creo que la de Adventista del Séptimo Día; ella cambiaba de religión en dependencia de cómo le dieran los tragos mezclados con el Meprobamato. Total, que para mis últimos Reyes me tocaron los peores juguetes, que ya de por sí todos eran malos, porque para la época ya apenas llegaban juguetes de España ni de ninguna parte del mundo: Un juego de tocador, un dominó, y una muñequita plástica negra, que mi madre sentó en el sofá, o sea, la puso de adorno, y la que yo encontraba horrenda hasta que fui encariñándome con ella.
Después se acabaron los Juguetes del 6 de enero, también el concepto de Reyes Magos se había extinguido desde hacía ratón y queso; lo sustituyeron por dos eventos: los Planes de la Calle, aquellas recholatas festivas e ideológicas entre pioneros comunistas, y por el Día de los Niños, el 6 de julio, lo que lo aproximaba al día escogido por Castro para el Asalto al Cuartel Moncada, un 26 de julio, fecha intocable en la Cuba de los Castro. (…)
* * *
(…) El Básico, que era el juguete principal o el mejorcito, el No básico, era el juguete con menos importancia en cuanto a calidad o no sé qué, y el Dirigido, no era más que, si acaso, un juego de yakis, una suiza o algo menos que ésos dos mencionados.
El derecho a comprar los juguetes para el extinto Día de los Reyes en Cuba llegaba en forma de sorteo. Había varios días en los que tenías la posibilidad de comprarlos, pero cuando te tocara, que podía ser desde el primer día hasta el quinto o sexto. En fin, que el primer día, quizás, pudieras comprar hasta una bicicleta rusa, si es que te tocaba el número uno en la lista, pues solo llegaba una bicicleta por tienda. Luego eran otros tipos de juguetes como son: los bebés, las muñecas, los disfraces de vikingos para los varones, patines, etc. Si te tocaba el segundo día, al menos, podías soñar con algún juguete que valiera la pena, pero a partir del tercero, todo lo que quedaba eran juguetitos que no llenaban la imaginación de ningún niño.
De todas formas ya sabíamos que los Reyes Magos no existían. Habían sido expulsados de nuestros sueños, habían tenido que partir al exilio en busca de la libertad que necesitaban para repartir juguetes sin racionamiento, sin temor a la represión y sin que los llevaran a la cárcel con camellos y todo.
Pero la benevolente revolución tenía para nosotros, los niños de antaño, una forma de vender esos juguetes importados de la Unión Soviética y China, de la mejor manera que saben hacerlo: controlado, limitado y basados en la llamada igualdad social para el pueblo. Al final, todos éramos iguales, pero había otros más iguales que nosotros.
Y era así como siempre nos tocaba, a mi hermana y a mí, comprar casi el último día de la famosa venta de juguetes, donde teníamos que conformarnos con algo parecido a un juguetito que pudiera costar ahora el precio de noventa y nueve centavos en cualquier tienda de Miami. Por supuesto, aquellos estaban por debajo de la calidad de cualquiera de éstos ahora.
Y era así como “celebrábamos” el Día de los Reyes Magos, que ya no llamaban así, porque los Reyes Magos se habían convertido en opositores al régimen y cabalgaban por otras partes del mundo llevando sus sueños en bolsas cargadas al hombro, repartiendo ilusiones a otros niños que no tenían que usar pañoletas de pioneros comunistas, ni gritar consignas arcaicas llenas de odio. Nosotros, seguíamos siendo los niños cubanos que la revolución magnánimamente nos hacía llegar sus limosnas, mientras que los hijos de los dirigentes, o los “hijos de papá”, como se les conocía, tenían los mejores juguetes comprados en países capitalistas que los demás mirábamos como algo lejano e imposible y, boquiabiertos y estupefactos, no entendíamos entonces esa “igualdad social” de la que nos hablaban. (…)

incentivos laborales

Carné de emulación CTC
Carné de emulación CTC "Año 26 de la Revolución".

Carné de emulación CTC “Año 26 de la Revolución”. 1985. Colección Cuba Material.

Durante el decimotercer congreso de la CTC, celebrado en 1973, se aprobó la combinación de incentivos morales y materiales a individuos y colectivos laborales destacados con el objetivo de estimular la producción. Los estímulos morales incluían broches y diplomas individuales y estandartes, estos últimos para premiar a los colectivos laborales que obtenían altos índices de productividad. El mayor incentivo moral era el título de Héroe del Trabajo o Colectivo Vanguardia.

En cuanto a los incentivos materiales, distribuidos mediante el Plan CTC-CI, se trataba de bienes de consumo como refrigeradores, televisores, lavadoras, radios, bicicletas, máquinas de cocer, ollas de presión y relojes de pulsera que el Ministerio de Comercio Interior entregaba a las empresas, donde los sindicatos los distribuían. Las empresas publicaban la lista de los bienes disponibles en el mural del centro y los trabajadores interesados en competir por alguno de los estímulos en oferta llenaban una planilla en donde debían enumerar sus méritos laborales y políticos durante el período. Un comité de trabajadores del centro confeccionaba una lista con los trabajadores que competirían por el estímulo, en cuya jerarquía se tenía en cuenta los méritos acumulados.

Carné de emulación CTC "Año 26 de la Revolución".

Carné de emulación CTC “Año 26 de la Revolución” (interior). 1985. Colección Cuba Material.

Carné de emulación individual "15 congreso CTC".

Carné de emulación individual “15 congreso CTC”. 1984. Donación de Meyken Barreto. Colección Cuba Material.

Carné de emulación individual "15 congreso CTC".

Carné de emulación individual “15 congreso CTC” (Interior). 1984. Donación de Meyken Barreto. Colección Cuba Material.

Carné de emulación CTC "Cuba, primer país socialista de América"

Carné de emulación CTC “Cuba, primer país socialista de América”, en conmemoración de la celebración del X congreso de la Federación Sindical Mundial. 1982. Donación de Meyken Barreto. Colección Cuba Material.

Carné de emulación CTC "Cuba, primer país socialista de América"

Carné de emulación CTC “Cuba, primer país socialista de América”, en conmemoración de la celebración del X congreso de la Federación Sindical Mundial (espacio interior). 1982. Donación de Meyken Barreto. Colección Cuba Material.

Sellos de la Emulación Especial "XX aniversario"

Sellos de la Emulación Especial “XX aniversario”. Colección Cuba Material.

Sellos de emulación sindical.

Sellos de emulación sindical. Colección Cuba Material.

fotómetro Leningrad 7

Fotómetro Leningrad
Fotómetro Leningrad

Fotómetro Leningrad 7. Hecho en la URSS. Colección Cuba Material.

Mi abuelo tomó fotos durante casi toda su vida adulta, por placer. Ahora que, a sus 99 años, ya no puede hacer fotos, me ha regalado sus equipos, folletos y químicas. Revisándolos, he encontrado los manuales y comprobantes de compra de varias cámaras y accesorios fotográficos, entre ellos un fotómetro japonés Walz Coronet BII de 1956 y uno inglés Weston, modelo Master III, cuya producción data de 1956 a 1960. Para mediados de los ochentas, no tuvo más remedio que adquirir el fotómetro soviético Leningrad 7, cuya producción comenzó en 1984, pese a que la tecnología de la serie 7 resultó más imperfecta que la de versiones anteriores de la misma marca.

Manual del fotómetro Coronet

Manual del fotómetro Walz Coronet BII. Hecho en Japón Colección Cuba Material.

 

Manual del fotómetro Weston

Manual del fotómetro Weston, modelo Master III. Hecho en el Reino Unido. Colección Cuba Material.

No tenemos recetas para los alimentos del futuro, lectura de Antonio José Ponte en NYU

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jarro plastico
jarro plastico

Jarro plástico, producido por la empresa del plástico (EPSA). 1960s/1970s. Colección Cuba Material.

En el enlace siguiente puede descargarse el texto que el escritor y ensayista Antonio José Ponte leyó en la Universidad de Nueva York (NYU) en el 2013, cuando ocupaba la cátedra Andrés Bello del King Juan Carlos I of Spain Center. El texto, del que he copiado unos fragmentos, fue publicado por la revista EmisféricaNo tenemos recetas para los alimentos del futuro:

“Muy buenas, amigos televidentes. Con ustedes una vez más, como siempre, ‘Cocina al minuto’ con recetas fáciles y rápidas de hacer”. Este saludo no es mío. Pertenece al comienzo de un longevo espacio de la televisión en Cuba. Lo pronunciaba Nitza Villapol. Pero ya dicho, puedo darles a ustedes las buenas tardes, y agradecerles que estén aquí. Y agradecer, una vez más, al King Juan Carlos I de Spain Center por darme la oportunidad de hablar ante ustedes.

En 1997, la publicación de un libro me hizo viajar por primera vez desde La Habana a Miami. Mi libro se ocupaba de la gastronomía cubana, aunque extendía los ejemplos más allá del caso nacional, hasta sociedades que atravesaban escasez y racionamientos de víveres, países en guerra o en posguerra. No se ocupaba exclusivamente de secretos nacionales, puesto que en la Cuba bajo régimen revolucionario habíamos llegado a preparados semejantes a los del París sitiado de la guerra franco-prusiana o a los de la Barcelona de la guerra civil. Las carencias cubanas podían encontrar semejanzas en ejemplos de los diarios de Virginia Woolf durante los bombardeos o en un apunte londinense del poeta italiano Eugenio Montale ante el escaparate de un comercio, durante las restricciones de posguerra.

Las comidas profundas era un librito sobre la imaginación cubana al comer, acerca de la imaginación puesta en aprietos a la hora en que faltan los ingredientes. No se trataba de un libro de recetas (aunque aparecen las instrucciones para fabricar un bistec de frazada) sino, más bien, un recuento de forrajeos y trapicheos, acerca de cómo el cubano sustituía con tal de comer. De cómo no encontraba un ingrediente y lo suplía por otro, de cómo fabricaba por aproximación.

Editado por el pintor Ramón Alejandro y con dibujos suyos, en sus páginas cabía la nostalgia, el anhelo por las comidas perdidas, y eso fue lo primero que percibieron los amigos y conocidos a los que me fui encontrando. De manera que me llovieron las invitaciones a restaurantes y fondas miamenses. Y no solo por el tema del libro, sino también porque también yo llegaba de Cuba y había que calmarme a toda costa el hambre vieja.

Así que emprendimos, mis viejos y nuevos amigos y yo, excursiones antropológicas hasta la friturita de malanga o el batido de anón. Y un mediodía me encontré almorzando en unos bancos rústicos a la sombra de unos árboles, alrededor de una casa semejante a un bohío pero que llevaba el nombre de “Palacio de los Jugos”. Aquel palacio se alzaba junto a una autopista y entre los árboles podían distinguirse las cúpulas de una iglesia ortodoxa rusa. El lugar, con todas aquellas intersecciones, parecía quedar en un sueño o en un párrafo novelístico de Severo Sarduy. En él se intersectaban tantas líneas de la historia cubana: la choza de los primeros pobladores, la idea de un dios estadounidense—la carretera—y la idea de otro dios, eslavo, al que apelaban aquellas cúpulas en forma de cebolla.

Tantas intersecciones habían producido allí un punto de altísima concentración donde podían encontrarse todas o casi todas las comidas que hubiéramos dado por perdidas. Allí estaban, a un centenar de millas del país, las comidas con que soñaban los cubanos de la Isla. El exilio era, entre muchas otras cosas, una reserva gastronómica: la tierra de los ingredientes salvados y de las recetas que no se olvidan.

En Miami, entre cubanos, cualquier visitante habría estado expuesto a hospitalidades semejantes, más aun el autor de un libro dedicado a la cocina nacional. Y, puesto que en las sobremesas hablábamos de platos y llegábamos a detallar su modo de confección, no tardó en mencionarse el nombre de Nitza Villapol, que había cocinado delante de las cámaras de televisión, antes y después de 1959, en la abundancia pero también en la escasez. Y me hicieron ver en muchas casas, entre los potes de especias o encima de un refrigerador, las copias de Cocina al minuto que atesoraban.

A partir de aquellos ejemplares del recetario de Nitza Villapol habría podido fecharse la salida al exilio de cada uno de esos amigos y conocidos. No es que hubieran cargado con el libro como Eneas cargó con Anquises y los penates al salir de Troya, sino que, lejos ya de Troya, se dieron a la búsqueda de un ejemplar que fuese exactamente la misma edición por la que alguna vez se guiaran. Pues Nitza había publicado sus recetas bajo ese mismo título durante más de cuatro décadas, y mientras unos cocinaban guiándose por la primera edición de su obra, que era puntillosa en especificidades, otros lo hacían por las menos exigentes ediciones posteriores.

Cada cubano metido a cocinero tenía en Miami su Nitza Villapol. Aquellos ejemplares eran, en su mayoría, ediciones piratas o simples fotocopias. De manera que si dentro del país sustituíamos para comer, en el exilio se fotocopiaban instrucciones. La cocina cubana se salvaba gracias a la sustitución y la fotocopia.

(…)

“Las cosas empezaron a faltar”, recordó en Con pura magia satisfechos. El documental, dirigido por Constante Diego, Adriano Moreno, Iván Arcocha y otros, es de 1983. Antes de que terminara esa década Nitza Villapol aprendería a no hablar de carencias en pasado y volvería a testimoniar desapariciones. “Las cosas empezaron a faltar”: la frase podría ser el comienzo de una historia de terror, de una novela de fantasmas. “Unas faltaron de pronto”, se le escucha en el documental, “y otras faltaron poco a poco. Lo primero, así, notable, que faltó, fue la manteca, la grasa”.

Permanecer en Cuba la hizo única. Se esfumaron sus competidoras: habría que rastrear cada una de esas historias personales. “Yo no cambio el privilegio de haber trabajado en estos últimos 22 años por nada en el mundo”, reconoció en 1983. Escritora, directora, guionista y conductora televisiva, se vio obligada entonces a una cocina despojada, frugal y sin adornos. Intentó componer, a partir de muy pocas existencias, el rancho más sabroso.

Nitza Villapol hizo tres cuartos de su carrera profesional en puro páramo. Fue ascética, pero también imaginativa. Abogó por un régimen de sustituciones, dado a las metáforas, y emprendió un arte hecho de atajos y de trucos. Los nuevos tiempos la hicieron cambiar su método de trabajo. “Sencillamente, invertí los términos”, confesó. “En lugar de preguntarme cuáles ingredientes hacían falta para hacer tal o cual receta, empecé por preguntarme cuáles eran las recetas realizables con los productos disponibles.”

Hizo la cocina por la que abogan hoy tantos maestros: cocina de estación. Aunque con la salvedad de que ella trabajaba en una estación única e interminable: no verano o primavera, otoño o invierno, sino estación de la crisis.

Debió soportar, junto a la economía estatal centralizada, los prejuicios del cubano al comer. Que pueden ser numerosos, como reconocieron tantos visitantes extranjeros y como puede leerse, por ejemplo, en un libro que escribiera Ernesto Cardenal luego de su visita a Cuba en 1970. El poeta y sacerdote nicaragüense hizo notar cuántos frutos eran desaprovechados al no entenderlos como alimentos para el hombre. Mientras el país vivía una crisis de abastecimiento, mucho de lo que se comía en tierras vecinas no era considerado comible por los cubanos.

“Cocina al minuto” enseñó a la teleaudiencia lo que ciertas cocinas latinoamericanas hacen con las cáscaras del plátano verde: una suerte de ropa vieja vegetal o falsa vaca frita. Dio a conocer nuevas adquisiciones de la acuicultura, como la tilapia. Recurrió al sofrito con agua en lugar de grasa, al picadillo de gofio y no de carne, a los huevos fritos en agua o leche o tomate. Insistió en la tortilla de yogurt porque no había otra cosa que echarle a los huevos batidos. Pero es falso que Nitza Villapol enseñara a hacer bistec de una frazada de limpiar el piso, y tampoco es suya la receta de la pizza de condones derretidos en lugar de queso. Las aberraciones de su culinaria, si las tuvo, no llegaron a lo indigerible.

Se ha dicho que ella integró la comisión que estableció las dosificaciones de la libreta de racionamiento. La acusación (porque se trata de una acusación) tiene base: Nitza debió ser consultada en tanto nutricionista. Ella pudo entender como justa aquella solución: las carestías no iban a significar desigualdades sociales, y con el esfuerzo de todos iba a alcanzarse la prosperidad que prometían los clásicos del marxismo.

La mayor parte de su vida profesional transcurrió bajo sospecha de apuntalar al régimen revolucionario y de justificarlo con la confección de sus platos. Conformista como fue (todo cocinero de estación es conformista), la acusaron de complicidad con el desabastecimiento. Aunque en este punto ella demostró mayor responsabilidad que las autoridades políticas.

Cierto que compartió el optimismo de la propaganda oficial, pero no trampeó. Quien quisiera hacerse por aquellos años una idea exacta de la economía del país habría hecho mejor en atender a “Cocina al minuto” que a los noticieros televisivos y cinematográficos. Pues, mientras estos últimos mostraban cosechas exitosas que muy dudosamente llegarían a los mercados, Nitza ponía al fuego estrictamente aquello que su ayudante Margot Bacallao veía descargar de los camiones de distribución.

(…)

Resulta interesante comparar las distintas ediciones del recetario Cocina al minuto. Comparar, por ejemplo, una edición prerrevolucionaria y una posterior a 1959. Salta enseguida a la vista que la economía del nuevo régimen simplifica o hace imposibles las maneras anteriores. De una a otra edición desaparecen las especificidades, las marcas y los patrocinadores. Los huevos que exigen las recetas dejan de ser de La Dichosa, el arroz no es Gallo, el aceite no va a ser más de El Cocinero. Unos años después de 1959 no existe más que un productor y una marca: el Estado. Huevos, arroz y aceite cobran la calidad de los arquetipos. Y, dada su inalcanzabilidad, la calidad de los arquetipos platónicos.

A juzgar por el lenguaje utilizado, en esta nueva época ningún producto parecería obtenible mediante compraventa. Lo dan por la libreta de racionamiento, viene a la bodega. Lo dan: como si no fuera en venta, sino una donación benevolente. Viene a la bodega, como si el artículo tuviese autonomía de movimientos. La nueva economía logra que la comida entre en el ámbito de lo milagroso. Un litro de aceite comienza a ser algo así como un dios rubio que baja a la tierra. El país parece abastecerse en un tiempo desprovisto de conexión con el dinero. Es la emulación socialista entre brigadas lo que crea la comida, es el trabajo sin retribución alguna, voluntario, el que va a construir el socialismo.

Después de 1959, muchos ingredientes de aquellas primeras ediciones de Cocina al minuto parecían escritos en una lengua muerta indescifrable. Nitza debió desprenderse de ellos como si se tratara de detalles accesorios, de majaderías de la erudición culinaria. Tachó, con tal de reeditarse. Y agregó a las reimpresiones de sus recetas un ingrediente con el que antes no contaban: la ideología política. El lugar de la publicidad comercial empezó a ser ocupado por la propaganda de Estado. Y dispuso como epígrafe de las nuevas ediciones esta frase de Friedrich Engels: “trasguean las tradiciones en la mente de los hombres”.

Se trata de un Engels oblicuo, no muy canónico, un Friedrich Engels casi hermanos Grimm, que habla de duendes hogareños. Pero lo importante (como sabía todo el mundo) era traer a cuento, por la razón que fuera, a tan pesante autoridad. La frase de Engels era como el sellito de Kim Il Sung en la solapa del traje que se vistiera. Que quien entrara a la cocina distinguiera a la entrada la inscripción de ese nombre. A lo que habría que añadir las declaraciones políticas puestas en el prólogo del libro.

Las ediciones prerrevolucionarias de Cocina al minuto se abren con páginas de publicidad comercial. Contienen dibujos de Raúl Martínez, quien luego será traductor de la iconografía revolucionaria al pop art, cultivador de un despecífico pop en el que figuran los retratos seriales de Fidel Castro o de Ernesto Guevara. La introducción en esas ediciones anteriores a 1959 brinda consejos acerca de cómo combinar un menú y ofrece propuestas de menús para dos semanas.

La edición de 1980 conserva ese prólogo, aunque le antepone uno más extenso e historicista y suprime las propuestas de menús. Evidentemente, a comienzos de la tercera década de la era revolucionaria resulta arriesgado ofrecer pronósticos económicos incluso para un par de semanas. Y un listado de menús dejaría ver la pobreza y monotonía reinante. Descartados las propuestas de menú y los reclamos comerciales, iban a suprimirse también los dibujos de Raúl Martínez entre receta y receta. Cocinar y comer se había hecho un ejercicio grave, de adustez.

Los libros de recetas culinarias tratan, no importa cuál sea su fecha de publicación, de seducir a los sentidos. Prometen delicias, abren el apetito, empujan al consumo. Si un eufemismo llama a las obras de literatura erótica “libros de una sola mano”, los libros de culinaria podrían ser llamados “libros de las muchas puertas”. Porque hojearlos inclina a abrir estantes, anaqueles, despensas, refrigeradores, neveras, hornos y microwaves.

Desde sus inicios, Nitza Villapol se preocupó poco de lo placentero. Fáciles y rápidas de hacer, avisaba de sus recetas al inicio de cada emisión televisiva. No apetitosas, no sabrosas. No había adjetivo alguno que apuntara al apetito. Las fórmulas de Cocina al minuto se preciaban de velocidad y viabilidad. Como si el móvil en sus comienzos, la necesidad de comprarse de un automóvil, dictase aquellas obsesiones. Como si el disgusto por tener que cocinar hiciera apurar el paso y salir pronto de allí.

Incluso las ediciones prerrevolucionarias de su recetario apelaban, antes que a una vida de goce, a una vida de correcta nutrición. Nitza no dejó por escrito demasiadas muestras de su entusiasmo por la comida. Si algún júbilo tuvo venía de un equilibrio vitamínico antes que de una consistencia o un sabor. Fue una maestra severa, había en ella poco de gustosa. Y en sus introducciones y recetas no hay que buscar más que simple prosa comunicativa: Nitza Villapol no es M. F. K. Fisher.

De todo lo anterior puede conjeturarse que no le costara demasiado pasarse al sermón político. En la edición de 1980, su libro agrega razones históricas a las razones nutricionistas. Una nueva introducción recorre la historia nacional de los alimentos. Y comienza por la afirmación de que los primeros habitantes del país habían alcanzado una cultura elevada en materia de alimentos, cultura que los conquistadores españoles no supieron aquilatar. Cocina al minuto se hacía, pues, anticolonialista. Con tal de acusar al imperio español, su autora inventaba para Cuba los refinamientos de un imperio azteca o inca. Para hacer ver la tremenda soberbia de los conquistadores, adjudicaba a siboneyes y taínos la cultura que no tuvieron nunca.

Cocina al minuto se hacía antimperialista al detallar los males del intercambio económico con Estados Unidos. La industria porcina yanqui (así la llama Nitza Villapol) separaba la carne de cerdo y sus derivados para la población estadounidense y dejaba a los cubanos la manteca. “Éstos”, dice Nitza de los estadounidenses, “conocedores del valor de la carne de puerco como fuente de proteína, de alta calidad, y de vitamina B-1, vendían a Cuba, un pueblo casi analfabeto y por lo tanto en gran medida desconocedor de estas cuestiones de alimentación, y a sus gobernantes de turno nada interesados en la salud popular, una buena parte de la manteca que no consumían. Así, sin saberlo, el cubano contribuía a que sus explotadores pudieran comerse la carne de puerco y sus derivados como perros calientes, jamón, jamonada, etcétera”.

En este esquema histórico, los cubanos comían sobras como esclavos domésticos, y la economía estadounidense invadía el país con manteca de cerdo, como si se tratara del agente naranja. Nitza Villapol responsabilizaba al bloqueo (por embargo) estadounidense de todas de las carencias que existían en Cuba.

Cocina al minuto se hacía antimperialista, aunque sabía distinguir entre imperios. Condenaba al español y al estadounidense, pero cantaba las alabanzas de la harina de trigo y la amistad soviética. “Símbolo de alimento desde que el hombre comenzó a cultivar cereales, es para nosotros también una parte de la eterna deuda de gratitud hacia el pueblo de la Unión Soviética y otros países de la comunidad socialista que en los momentos más difíciles tendió su mano amiga”.

Todo el que haya frecuentado recetarios sabe que, en su mayoría, son organizados a la manera de un menú, desde los aperitivos y entrantes hasta los postres y licores. El orden de un recetario es el mismo de una carta de restaurante, aunque más frondoso. Cocina al minuto, que en sus primeras ediciones podía leerse de esa manera, presenta luego una ordenación muy diferente. Comienza, no por los aperitivos, sino por las recetas de arroz, el plato base del comer cubano, y concluye, no en los postres, sino en diversas recetas de ajiaco. Se trata de una muy extraña cena, capaz de servir un sopón a continuación de lo almibarado.

La explicación de estas transformaciones reposa en ese nuevo ingrediente con que cocina Nitza Villapol, la ideología. Friedrich Engels y la alabanza soviética, el discurso tercermundista y la teleología nacional. El ajiaco, pieza central en ese discurso de la nación que se conforma, viene de una conferencia de 1939 de Fernando Ortiz, Los factores humanos de la cubanidad. En ella Ortiz había sostenido que Cuba era, como nación, un ajiaco:

La imagen del ajiaco criollo nos simboliza bien la formación del pueblo cubano. Sigamos la metáfora. Ante todo una cazuela abierta. Esa es Cuba, la isla, la olla puesta al fuego de los trópicos… Cazuela singular la de nuestra tierra, como la de nuestro ajiaco, que ha de ser de barro y muy abierta. Luego, fuego de llama ardiente, y fuego de ascua y lento, para dividir en dos la cocedura… Y ahí van las sustancias de los más diversos géneros y procedencias. La indiada nos dio el maíz, la papa, la malanga, el boniato, la yuca, el ají que lo condimenta y el blanco xaoxao del casabe… Los castellanos desecharon esas carnes indias y pusieron las suyas. Ellos trajeron, con sus calabazas y nabos, las carnes frescas de res, los tasajos, las cecinas y el lacón… Con los blancos de Europa llegaron los negros de África y éstos nos aportaron guineas, plátanos, ñames y su técnica cocinera. Y luego, los asiáticos, con sus misteriosas especies de Oriente… Con todo ello se ha hecho nuestro ajiaco… Mestizaje de cocinas, mestizaje de razas, mestizaje de culturas. Caldo denso de civilización que borbollea en el fogón del Caribe.

Siguiendo esta observación, Nitza Villapol fija el nacimiento de la cocina cubana en el momento en que el cocido español pierde en Cuba los garbanzos y se convierte en ajiaco. Fernando Ortiz propone una metáfora y Nitza la data históricamente. Según ella, existe una cocina cubana desde que existe ajiaco, desde que el cocido español pierde sus garbanzos. El ajiaco es, en los fogones, el grito independentista de La Demajagua.

Cocina al minuto reserva sitio de culminación al ajiaco porque es recetario interesado en justificar un nacionalismo, no en planear simples cenas. En sus reencarnaciones posteriores a 1959, el libro de Nitza Villapol intenta una teleología no muy distinta a la de Cien años de lucha, el discurso que Fidel Castro pronunciara el 10 de octubre de 1968. Teleología no muy distinta a la de Ese sol del mundo moral, el volumen donde Cintio Vitier historiara una ética de la nación. (…)

El fogonero entrevista a Mario Coyula

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Edificio Naroca
Edificio Naroca

Publicidad del edificio Naroca (calle Línea y avenida Paseo, Vedado). 1953. Publicidad publicada en el periódico El Mundo. Colección Cuba Material.

En 1999, Camilo Venegas entrevistó al arquitecto Mario Coyula, quien entre otras cosas fue subdirector del Grupo para el Desarrollo Integral de la Capital. La entrevista fue originalmente publicada en La Gaceta de Cuba. Hace poco, Venegas la publicó en su blog, El Fogonero: MARIO COYULA: “Mis amores con La Habana”:

Empecemos por trazar un límite, una línea de partida: ¿qué importancia tenía como conjunto arquitectónico La Habana en 1959?

Yo creo que esta ciudad tenía una gran importancia, lo que no estoy seguro es de que si todos estábamos conscientes de esa importancia. Después del triunfo de la Revolución en la mayoría de los arquitectos primaba la idea de que había que seguir modernizando la ciudad con el mismo impulso que se hizo en la década del 50.

Nosotros despreciábamos muchos de los edificios que se consideraban monumentos. En aquel entonces, por ejemplo, yo veía al Capitolio como una gran vaca echada que no nos dejaba pasar, como un desastre, como antiarquitectura. En general creo que menospreciábamos a esa arquitectura ecléctica que es la que marcó a La Habana y a todas las ciudades de Cuba en el boom constructivo de la Danza de los Millones.

Sin embargo, ahora —ahora quiere decir hace veinte años—, es que podemos ver lo valiosa que es toda esa masa construida que cubre varias épocas y donde se distinguen estilos, sectores sociales y niveles de ingreso muy diferentes, pero a veces muy bien mezclados.

Una de las cosas que tenían muchos barrios de La Habana es que si bien había una homogeneidad física, visual, sin embargo había una mezcla social al interior del barrio. El Vedado es quizás en esto un paradigma; un sitio que siempre tuvo un aura aristocrática, de suma elegancia, y que sin embargo desde sus primeros momentos estaba muy mezclado socialmente.

Un buen ejemplo es que al lado de la casa de un hombre tan rico como Ernesto Sarrá, que ocupa más de media hectárea, podía estar la de un médico de éxito, luego la de un empleado público y al doblar una ciudadela. Todo coexistía y la expresión hacia el exterior de esas diferencias sociales no se veía. La clase dominante impuso sus patrones culturales hacia los espacios públicos y esa sucesión de máscaras era más que todo un problema elemental de economía, porque ellas impedían que el barrio se devaluara.

La mayoría de las veces sólo se insiste en el valor de La Habana Vieja y entonces se corre el riesgo de que por pensamiento inverso se piense que el resto de la ciudad no tiene valor. Por eso te decía que para mí lo valioso al final de los 50 era esa gran masa construida que comienza en La Habana Vieja, pero que es también El Cerro, Centro Habana, El Vedado, Miramar, La Sierra, Ampliación de Almendares, Nicanor del Campo, Santos Suárez, La Víbora, Casino Deportivo, Lawton, Guanabacoa, Regla, Casablanca, Santa Fe, Santa María del Rosario, Santiago de las Vegas…

Yo diría que más de la mitad de la ciudad tiene valor, porque en ella aparecen estilos y tendencias de todas las épocas, desde el prebarroco con influencia mudéjar del sur de España —que son algunas de las casas que nos quedan del siglo XVII—, el barroco del siglo XVIII —que no es sólo la Catedral, aunque ella es nuestra gran fachada barroca—.

El neogótico, el neoclásico —gran parte de El Cerro es neoclásico—, el art nouveau de principios de este siglo —que más que art nouveau belga o francés, fue el modernista catalán el que se impuso aquí, porque eran maestros de obra catalanes los que lo hacían—.

Luego el gran empuje de la arquitectura ecléctica —que yo siempre trato de separar el eclecticismo mayor de los grandes edificios como el Palacio Presidencial, el Capitolio, el Centro Asturiano, el Centro Gallego o de las mansiones de la gente de más dinero; del eclecticismo menor, que se extendió por todos esos barrios antes mencionados y que a mi juicio es más importante todavía, porque le dio forma y masa a toda la ciudad—, después vino el art deco de los 30 y luego el protorracionalismo —como el stadium de la Universidad y muchos edificios que surgen con la gran explosión constructiva que hubo en la ciudad después de la Segunda Guerra Mundial, donde surgieron más de cincuenta nuevos repartos.

Creo que los dos estilos que más marcaron a La Habana y sobre los que descansa gran parte de su importancia son el eclecticismo entre el año 10 y los 30, y el movimiento moderno en los 50, que lo extiendo hasta los 60; a partir de ahí comienza la decadencia de nuestra arquitectura.

¿En qué se diferencia La Habana de La Habana cuarenta años después?

Los cambios sociales y económicos marcaron a la ciudad, pero no la cambiaron.. La mayoría de las construcciones se hicieron para bien y para mal en la periferia, fuera de la ciudad y muy pocas se integran a ella, como es el caso de Alamar que es la anticiudad o la no-ciudad.

Una vez se proyectó borrar Centro Habana y llenar todo aquel espacio con pantallas y torres; no me imagino qué hubiera sucedido, eso hubiera sido un desastre; al menos Alamar está lejos y sembrándole árboles se puede tapar un poco.

Lamentablemente no fuimos capaces de crear una nueva arquitectura que fuera cubana y que reflejara la revolución y todos los cambios de otro orden que ella propuso; apenas hay algunas obras de mucha calidad, como islas, que se destacan dentro de ese panorama tan pobre. En estos años también muchos arquitectos, de una manera equivocada, han ido a lo más superficial, creyendo que hacer algo cubano es ponerle tejas, rejas y vidrios de colores.

La arquitectura cubana contemporánea está por hacerse, porque un movimiento arquitectónico no lo hacen obras aisladas, si no la masa generalizada. Piensa que eso fue lo que le dio a esta ciudad el valor que tiene; no eran veinte, treinta o cien edificios espectaculares, sino era una masa de decena de miles de edificaciones, una al lado de la otra, muy bien organizadas; con sus portales, sus fachadas, sus columnas…

Eso es todavía, por fortuna, lo que de mucha calidad La Habana ha logrado salvar de La Habana.

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armónica

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Armónica Victory
Armónica Victory

Armónica Victory. Hecha en China. Cortesía de Yasiel Pavón. Colección Cuba Material.

Cuando salió de Las Tunas hacia Estados Unidos, en los noventas, tenía muy pocas cosas que llevarse. Entre los dos o tres recuerdos y pertenencias con los que pudo o quiso cargar estaba su vieja armónica. Aunque tenía parte de la pintura gastada y, en algunas esquinas, se veía abollada, conservaba el aura de lo exótico, del blues y el rock & roll, del país en donde viviría.

Yo nunca tuve una, pero me moría de ganas. Tan diferente de la monotonía nacionalista del taburete, las maracas, la guayabera y el sombrero de yarey, tan “de afuera” como los “pitusas” y los “popis”.

el negrito, artesanía decorativa cubana

artesania cubana
artesania cubana

Figura artesanal. Hecha en Cuba. Colección Cuba Material.

La figurita, hecha con alambre e hilo, se vendió a un precio de cinco pesos en las tiendas cubanas. Tiene, en la base, un cuño que certifica su fabricación nacional y, escrito con lápiz, el precio de venta. Costaba mucho más que la entrada del cine, que toda la literatura que se vendía por entonces, y las blusas y camisas que se ofertaban en el mercado racionado. La encontré en un closet de mi casa. No recuerdo haberla visto nunca como adorno.