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Camisa Yumurí
Camisa Yumurí

Camisa Yumurí, marca Radar. Hecha en Cuba. 1980s. Colección Cuba Material.

En AlexHENY: The Cool Communist:

O mejor, llamémosle el cécé, el CC, vamos, sucintamente.
Yo conocí un montón de CC. Eran fáciles de reconocer. Primero, por el aspecto.
El CC vestía invariablemente camisita de cuadros. Y, en casos extremos, una chaquetica de cuero negro. En el trópico.
(…)
Yo creía saber de donde salían las chaqueticas.
Lo supe cuando, antes de irme a estudiar al extranjero, recibí una autorización especial, junto con todos los demás estudiantes, para ir a comprar a una mítica tienda en Centro Habana donde, siguiendo una breve lista, se podía comprar ropa de salir, no que fuera uno a parecer un indigente cuando hiciera escala en Barajas, en nuestro camino al Segundo Mundo.
Entonces, pues a comprar algun pulóver, un par de calzoncillos, medias, una maleta de viaje, un traje y zapatos. Y allí estaba también la chaquetica. Pero tuve la mala suerte de que la talla disponible en ese momento fuera adecuada solamente para la complexión y estatura de un niño de sexto grado, o de un hobbit, tipo el Comandante Guillermo García (aunque este parezca mas troll que hobbit)
Por ese fatídico azar de las tallas perdí entonces la oportunidad de parecer un CC, y todo lo que pude comprar fue un espantoso traje del color de los frijoles colorados hechos puré.
Por cierto, esa tradición de la ropa de salir es un elemento folclórico bien arraigado en nuestra cultura. Mi madre y mis hermanas, por ejemplo, siempre tenían un bloomer nuevo listo para el momento de visitar al médico.
El olor de los CC también era peculiar. Olían a algo donde estaban mezclados vapores de gasolina, sudor rancio, y vestigios de alguna colonia o desodorante de tufo barato.
Un ex-colega, ex-sindicatero, ex-sindicaloso, y ciertamente muy escandaloso, más recientemente radicado en Miami, tuvo la oportunidad de estar lo suficientemente cerca del mesiánico en jefe como para después contarle a quién quisiera, y quién no quisiera escucharlo, que este olía a talco Bebito. Pero eso debe sorprender a nadie: el mesías no es cool, nunca lo fue, y ahora mucho menos, cuando seguro que debe oler a alcanfor e impotencia.
El CC entonces se mueve apresuradamante y se sienta a la mesa donde quizás ya hay sentadas dos o tres personas. Le palmea el hombro a alguien, se quita el reloj, lo manipula breve y habilmente, y lo coloca sobre la mesa, la esfera ahora recostada a la manilla como si fuera un minúsculo despertador, dejando claro que su tiempo es precioso y preciado, que otra reunión aguarda y que, entonces, compañeros, vamos a comenzar.

(…)

Si alguien ha tenido la oportunidad de visitar la oficina de un CC, sabe que una foto de Fidel, o de otro comandante favorito, va a estar allí, formando justamente una línea de tres puntos con el ocupante de la oficina y el visitante.
En casos afortunados, el propio CC también estará en la foto, mirando al comandante con el mismo arrobamiento con el que yo miro una teta. Es incluso posible que tenga el brazo del prócer echado sobre el hombro, o que el CC haya tenido la increíble oportunidad de poner su mano sobre el abdómen o el brazo de su ídolo, con delicadeza y familiaridad, arrebatado, extasiado. Ya se sabe, como si se agarrara una teta.
En su casa probablemente el CC tenga una copia de la foto. En la mejor pared de la sala, presidiendo reuniones y convites, justo a un lado de un mueble sobre el que destacarían, entre vasitos con removedores de cocteles y otras botellas de licor vacías, una inmensa botella de Fundador o de Terry Malla Dorada, montadas en un soporte de alambre.
O, como alguien me dijo alguna vez, cuando aun yo sólo conocía de rones y destilados caseros: “Viste, tenía una botella de cuvasié…”, “ ¿Y eso qué es?”, “Oye, estás atrás… ¡Tremendo güisqui, compadre…!”
En fin, curioso especímen el CC. Todo un subproducto de la construcción del socialismo y la forja del hombre nuevo. Pero se quedaron y quedan sólo en eso, en subproducto, en otra cosa más de la cual deshacerse en cuanto haya oportunidad.
Y por supuesto, que cool no son, mucho menos Cool Commnunist, porque no existe tal cosa. Pero CC se puede mantener. Cosa Curiosa. Caso Curioso. Cara de Coco.
Cuarto de baño
Cuarto de baño

Cuarto de baño. Vedado. Foto 2012.

He visto, en Cuba, cuartos de baños recubiertos de mármol, de azulejos y de paredes de cemento; baños con agua fría y caliente y baños sin una gota de agua; baños sin ducha y baños con duchas a donde no sube el agua; baños con indoros que descargan y tienen asentadero y tapa y baños con inodoros que sólo descargan con un cubo de agua; baños grandes como salones de baile y baños pequeños y atestados de cosas; baños para visitantes, antiguos baños de criados y baños colectivos, compartidos por más de una familia; baños con pinturas al fresco, con coquetas y armarios empotrados y con sólo un inodoro y una pila; baños con espejos y sin ellos; baños limpios, mugrientos y apestosos. Nada, quizás, distingue más las diferencias sociales en la Cuba de hoy que las condiciones de los baños. Nunca me imaginé, por ejemplo, que hubiera baños de letrina en capitales de provincia como Victoria de las Tunas.

El de la foto es el baño de la casa de mis abuelos. Cuando yo era niña, aún tenía su bañadera de hierro. Vi cómo, una a una, fue perdiendo las patas y cómo mis abuelos las fueron sustituyendo por ladrillos. Vi también cómo los ahorros de mi abuelo se covirtieron en una nueva poceta y en el repello del techo, que ya soltaba pedazos del revoque. Cuando era niña, el baño tenía una taza de inodoro blanca, reemplazada después por una de porcelana azul, fabricada en Cuba, que no tenía orificios para ponerle una tapa y un asentadero. En algún momento, se rompió su mecanismo de descargue y mi abuelo le amarró un hilito. Hace poco, mi mamá cambió el lavamanos.

H/T: María Paula Gómez Cabrera

Mango (o cabo) de bisturí Smic No. 4
Mango (o cabo) de bisturí Smic No. 4

Mango (o cabo) de bisturí Smic No. 4. Hecho en la República Popular China. Colección Cuba Material.

En La voz del morro, descripción de una unidad hospitalaria del CIMEQ, Objeto 20, donde solo se atienden unos pocos privilegiados que, al parecer, tienen muchos motivos para esconderse:

(…) El cuasi inaccesible, impenetrable y tenebroso “Objeto 20”, enclavado en el laberintico hospital CIMEQ, construido bajo el gusto del gigantismo estalinista.

De audaz ingeniería y espantosa decoración, desde el año 86 el Objeto 20 es un templo a la creencia egipcia de la vida después de la muerte. Una construcción  adjunta al hospital CIMEQ pero con autonomía propia, edificada con el fin de satisfacer el ego y la paranoia del poder y la seguridad (…).

El objeto 20 es una especie de santuario. Cuando entramos por el sótano, vamos directo a un spa diseñado respetando el ridículo gusto de quien guarda la añoranza por las noches del otrora Moscú comunista. Paredes gruesas, insonorizadas y forradas por inmensas lajas de piedra Jaimanita oscurecen la piscina de dimensiones olímpicas, a la que nunca llega el sol; al costado un gimnasio equipado al grito de moda italiana que permanece en desuso y oscuro, sigue un espacio de musicoterapia, dos baños de vapor, un sauna, dos piletas para baños de contraste, un jacuzzi, un equipo para hidromasaje, y un área para solazar tensiones, con una despensa bien surtida. Todo esto es observado por cuatro guardias que permanecen en alerta, frente a las cámaras del circuito cerrado.

Saliendo por la retaguardia se encuentra una cancha de squash; y una pista para atletismo. Como el spa es de puntal muy alto, este lugar no tiene primer piso, en el segundo están situados los salones de terapia intermedia e intensiva. Y en el último y tercer nivel, después de una habitación de escoltas, una sala-enfermería y un pantry, hay 5 cuartos de ingreso desde los cuales, y a través de un amplio cristal (de alto impacto y fabricación alemana) que siempre mantienen impoluto y con visión de un solo lado, se aprecia un lindo paisaje con árboles de yagruma.

consulta
consulta

Habitación que mi abuelo y bisabuelo usaban para consultas médicas. Vedado, Habana. Foto 2012.

Reinaldo Escobar, en Desde aquí, comenta los cambios en La expresión material del ateísmo:

(…) Recuerdo los días en que concluíamos la construcción del edificio “de microbrigada” donde aun vivo. Fui elegido por los trabajadores para integrar una comisión que analizaría el mejor derecho de los aspirantes a ocupar la vivienda. Si mal no recuerdo, yo era el único comisionado que no era militante del partido comunista. Nos entregaron una planilla donde había que anotar cuidadosamente los datos de cada una de las personas aspirantes a vivir en el nuevo inmueble: nombres y apellidos, sexo, edad, centro de trabajo o estudio, nivel escolar, pertenencia a las organizaciones revolucionarias, si algún miembro de la familia había salido del país o si había sido sancionado por algún tribunal. Había que anotar además si se poseían efectos electrodomésticos, los muebles que tenían y otros detalles sobre el estado en que se encontraba la vivienda en el momento de la inspección. Sí, porque los miembros de la comisión teníamos que inspeccionar y al final, dejar por escrito nuestras valoraciones.

En la última página de la planilla, en el inciso B del Punto II, se abría un espacio para mencionar y describir los objetos religiosos que eran visibles en la casa inspeccionada. En el centenar de hogares visitados no apareció ni un solo corazón de Jesús, ni una postalita de la virgen, ni un solo rincón de Elegguá, ninguna cazuela con Oschún.

Han transcurrido 26 años de aquellos sondeos y ahora en el recibidor de nuestro edificio han puesto un cartel para invitar a creyentes y no creyentes a la misa que Benedicto XVI hará el próximo miércoles en La Habana. Por suerte ninguno de los que entonces creían cometió la ingenuidad (la honestidad) de dejar a la vista aquellos “objetos religiosos” que nosotros debíamos pesquisar. Ellos los ocultaron, yo conservé la planilla.

Despensa

Despensa. Casa en El Vedado. Foto 2013.

En Los días no volverán:

(…) Abro una gaveta y me encuentro unos espejuelos sin una pata, y cuando pregunto a mis padres por qué los guardan, me dicen con toda la lógica del mundo: por si el tornillito de la pata que queda se puede usar de repuesto. Los frascos vacíos ni se botan ni se reciclan, se acumulan por si hacen falta; algunas medicinas se atesoranpor si escasean cuando se necesiten.

Una batidora nueva, por muy sofisticada que sea, jamás echará a la basura la batidora rusa con el vaso de aluminio. Cuanto más, la desplazará hacia un lugar menos estratégico en la meseta. Y en efecto, mis padres saben lo que hacen: los equipos rusos parecen eternos, irrompibles. Las lavadoras Aurika continúan funcionando, aunque la mayoría esté mutilada -es preferible exprimir la ropa con las manos a cambio de tener un potente ventilador en casa, hecho con el motor de la centrífuga. Y la Aurika de mis padres no se usa porque otra más moderna hace su trabajo, pero está ahí, como la reina vaga de la casa, por si.

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Cuchilla de afeitar Sputnik
Cuchilla de afeitar Sputnik

Cuchilla de afeitar Sputnik. Hecha en la URSS. Colección Cuba Material.

En La Habana Elegante, “De la materialidad soviética, sus huellas e implicaciones. Apuntes para una reflexión,” por Damaris Puñales-Alpízar:

Pero además de esta presencia subjetiva de lo soviético en Cuba (1), que se ha traducido en una producción cultural cubana pos–noventa donde abundan los referentes soviético–rusos, otra parte importante dellegado soviético está constituida por la permanencia física, después de los noventa, de automóviles, maquinaria pesada, electrodomésticos, libros, juguetes y edificios, principalmente habitacionales y escolares, cuya arquitectura siguió estándares socialistas: la carencia de cualquier ornamento. (…)

En este artículo propongo analizar cómo la permanencia de estos objetos se ha convertido en una poética del fracaso de un proyecto social, y cómo puede entenderse su persistencia en Cuba después del fin de la Unión Soviética. ¿Qué significa tal presencia, cómo proporciona una determinada lectura de la realidad y de cierto grupo social? En este análisis intento establecer un contraste entre esta materialidad específica, y una subjetividad afectiva que se manifiesta a través de la producción cultural.

(…) Presento el término de ‘comunidad sentimental soviético–cubana’ (3) para agrupar a los cubanos educados entre 1960 y 1980, para quienes los referentes soviético–socialistas comunes de la infancia y la educación recibida, facilitaron la creación de un imaginario de comunidad sentimental, que otorga pertenencia y cohesión entre sus miembros, a la vez que la diferencia de otras comunidades también imaginadas, incluso cuando la mayoría de los miembros de esta comunidad sentimental soviético–cubana no comparta el mismo territorio geográfico, ni la misma formación académica y mucho menos, la misma ideología social.

(…) Para las décadas de los setenta y los ochenta, los hogares cubanos parecían copia unos de otros: no sólo se repetían las mismas marcas de electrodomésticos, sino que las decoraciones y los muebles en general también eran similares, cuando no idénticos. Este inventario homogéneo proveyó, durante algunos años, una representación idealizada de la igualdad social, a la vez que otorgó un sentido de estabilidad y de pertenencia subjetiva de los cubanos –o al menos, la gran mayoría de ellos– a una imagen de la nación impulsada desde el gobierno, y sostenida gracias a la ayuda financiera, técnica y humana de la Unión Soviética a Cuba.

(…) La materialidad homogénea de la sociedad cubana permitió el surgimiento de una subjetividad histórica que explica, en conjunción con otros factores que he detallado antes, la conformación de una comunidad sentimental soviético–cubana. Los objetos soviéticos, dada la imposibilidad de su sustitución, se convertían no sólo en parte del hogar, sino también en parte de la familia. Una batidora era “la” batidora y lo sería por ‘siempre’; un ventilador, “el” ventilador. De tal modo, los objetos rusos lograron lo que las imposiciones ideológicas, políticas y culturales no pudieron del todo: la aceptación y su conversión en parte del escenario familiar, diario, de los cubanos. Esta familiaridad de los cubanos con los objetos soviéticos es depositaria de un significado de íntima afección y se convirtió no sólo en uno de los recuerdos más perdurables, sino también más entrañables para los individuos que se acostumbraron a ayudarse en sus labores domésticas con aparatos soviéticos.

(…) La permanencia de equipos soviéticos se convierte en un signo social de exclusión: los que tienen objetos, electrodomésticos soviéticos, son principalmente aquellos que no han podido insertarse en la nueva dinámica mercantil laboral que depende principalmente de una economía capitalista, ya sea a través de la contratación en empresas extranjeras –principalmente turísticas–, mediante las remesas familiares provenientes de Estados Unidos y a partir del VI Congreso del PCC (6), en abril del 2011, del crecimiento de negocios de iniciativa privada. Aunque no hay cifras oficiales que lo confirmen, se estima que el envío de dinero desde Miami, sobre todo, constituye, junto al turismo, el principal sostén de la economía cubana, luego del debilitamiento, hasta la desaparición casi, de la industria más tradicional cubana: la producción de caña de azúcar.
Lo soviético funciona así como una atadura que liga a un segmento de la población al pasado, ante la incapacidad de acceder a otros objetos. Es una doble marca: el recuerdo de un pasado que fue ‘mejor’ –en términos de estabilidad y accesibilidad–, y la constatación de que ese pasado se perpetúa sólo en cierto sector.

H/T Walfrido Dorta.

Cuarto
Cuarto

Cuarto de casa de mis abuelos. Alrededor de 1976.

Cuando era niña, el cuarto de mis abuelos era una ventana a otro mundo. Había cortinas de papel alrededor de la ventana detrás de la cama y una lamparita de leer, de madera, adosada al respaldar de la cama, con dos pequeños tubos de luz fría como si fueran de juguete, que se encendían con un interruptor que colgaba a un lado. Había también una lámpara de noche con base de bronce y pantalla de cristal nevado en forma de helado, de esos que dispensaban las máquinas que todavía existían en los Tent-Cents y Tropic Creams. Dentro, un bombillo verde daba una luz que me parecía tenía sabor a menta. El colchón de la cama era de espuma de goma, no de muelles, y en los escaparates y gavetas podía encontrar, además de las prendas de mi abuela, curiosidades como un pequeño cráneo alrededor del cual se enroscaba una serpiente, plumas de sombreros de noche y chales con lentejuelas. Los domingos y los días de fiesta, mi abuela ponía una sobrecama tejida, bajo la que sobresalía el rosa o el azul de una sábana de satín. En el apartamento Pastorita donde vivía con mis padres, no teníamos nada de eso.