Entradas

Niño (Ernesto Fumero Ferreiro) con un envase de yogurt. 1979. Foto cortesía de Ernesto Fumero.

Quienes vivimos en Cuba en los años setenta y ochenta, sobre todo quienes fuimos niños en aquellas décadas, tuvimos acceso, entre la no muy abundante oferta de alimentos que el gobierno cubano comercializaba en los establecimientos de consumo y venta de productos gastronómicos, a cierto tipo de yogurt líquido de producción nacional. Del producto en cuestión no recuerdo apenas más que el envase: un recipiente de tamaño poco más grande que las porciones individuales que hoy se venden en los supermercados del mundo bajo marcas como Danone, entre otras. El envase del yogurt de mi infancia (uno de ellos, pues también se vendió en recipientes de cristal con capacidad para un litro y un cuarto de litro) era plástico, como los que conocemos hoy, y su superficie exterior era rugosa —en realidad, estaba cubierta por rayas o líneas a relieve—. Tenía, además, bordes protuberantes hacia afuera, sobre los que se adhería la tapa, que era una lámina de aluminio, creo recordar que con el nombre de la marca, de producción nacional, estampado en letras verdes —es posible que hubiera sido Nela—. Ah, y venían pegados, los vasitos, unos a los otros por este reborde plástico, por lo que para consumir el yogurt había que desprenderlo, doblando y tirando del recipiente.

Hace tiempo ya que Ernesto Fumero Ferreiro me envió desde Suecia esta fotografía, que solo volví a ver cuando el artista Dashel Hernández Guirado me escribió para preguntarme si tenía alguna imagen de estos famosos y ubicuos vasitos de yogurt. (Si alguien tiene uno, ¡le agradecería que me lo donara para Cuba Material!).

Serie de dibujos de Dashel Hernández Guirado En el jardín de la abuela. Serie en preparación. 2019. Foto cortesía del artista.
Serie de dibujos de Dashel Hernández Guirado En el jardín de la abuela. Serie en preparación. 2019. Foto cortesía del artista.
Serie de dibujos de Dashel Hernández Guirado En el jardín de la abuela. Serie en preparación. 2019. Foto cortesía del artista.
Serie de dibujos de Dashel Hernández Guirado En el jardín de la abuela. Serie en preparación. 2019. Foto cortesía del artista.
Serie de dibujos de Dashel Hernández Guirado En el jardín de la abuela. Serie en preparación. 2019. Foto cortesía del artista.

Estas son algunas de las obras de la serie que Hernández Guirado prepara, inspirado, entre otras, en la fotografía del vasito de yogurt donde aparece el niño Fumero Ferreiro. Hernández Guirado es, además de artista visual, escritor, y tiene un título de Licenciado en Estudios Socioculturales por la Universidad de Camagüey (2008), y de Máster en Administración Pública por la Syracuse University, de Nueva York (2018). Ha organizado y participado en varias exposiciones personales y colectivas en Cuba, Estados Unidos y Europa. Su obra artística incluye pintura, dibujo, instalaciones, video y medios mixtos. También es el autor del libro de sonetos Meditaciones (Ácana, 2016).

Hernández Guirado accedió a responder por email estas preguntas, que le envié para Cuba Material:

CM: ¿Cómo surgió la idea de la serie En el jardín de la abuela?

DHG: En el jardín de la abuela surge como un divertimento, especie de juego con mi memoria autobiográfica, a partir del cual exploro parte de la historia de mi primera infancia. Para ello utilizo fragmentos (¿residuos?) del mundo material de la Cuba de los 80: lugares y objetos, la casa, las plantas, mis juguetes, mis primeras pinturas, etc.

De algún modo yo concibo esta serie como un viaje de vuelta (nostos) al hogar familiar. Pero este viaje pasa por el hecho de reconocer y aceptar que mi pasado autobiográfico es irrecuperable. Más que reconstruirlos, me interesa evocar ciertos lugares de mi infancia y las emociones asociadas a esos recuerdos. Por tanto, es un viaje que no busca ni restaurar ni rehabitar el hogar perdido, sino encontrar la mirada del niño: la fascinación de esa primera mirada de la infancia.

Así, el jardín de la abuela es el primer jardín: el “jardín del edén” donde el niño se asoma al mundo, lo descubre y lo nombra. Por eso mi insistencia en titular cada obra de la serie como si fuese la página de un álbum botánico: nombre científico seguido del nombre común. Pero en lugar de la descripción del espécimen representado, incluyo una frase de la abuela. La abuela se asoma al universo del niño interrumpiendo su juego y matiza la historia con dicharachos, consejos y regaños: vislumbres de una realidad otra que da voz a cierta dosis de imaginación colectiva.

En el verso final de su poema “Nostos” la poeta Louise Elisabeth Glück afirma: “We look at the world once, in childhood. / The rest is memory”. Tarkovski también creía que la mirada del niño se queda por siempre con nosotros y es la que nos permite hacer arte. Yo además creo que esa mirada se convierte de algún modo, con los años, en nuestra patria, la única patria.

CM: La abuela de la serie ¿es un personaje ficticio, es decir, creado ad hoc, o se trata de tu propia abuela, en cuyo caso por qué no has nombrado la serie “En el jardín de mi abuela”?

DHG: La abuela es mi propia abuela paterna, quien nos cuidó y educó a mi hermano y a mí. Como gran parte de mi generación, nacida en los 70 del pasado siglo, fui un “niño de abuelos”. Mientras nuestros padres viajaban a estudiar a la URSS o pasaban los domingos en la caña u otras faenas relacionadas con la “construcción de la revolución”, nuestros abuelos ocuparon su lugar.

Utilizo el artículo “la” en lugar del posesivo “mi” porque creo que esta es también una experiencia común para muchos niños de mi generación: la del jardín (que recuerdo en cada casa que visité y que estaba siempre lleno de las mismas plantas y los mismos objetos), la de los padres ocupados en “tareas heroicas” y la de los abuelos ocupando el lugar de los padres.

Si yo fuera a nombrar la serie de un modo más personal la llamaría (y creo que secretamente la llamo así desde que comencé a concebirla) En el jardín de Aba. Aba es el nombre con el que yo rebauticé a mi abuela cuando comencé a hablar. Aba como hipocorístico de abuela. Mi hermano pequeño, al crecer, continuó diciéndole Aba, mis amigos de la escuela comenzaron a llamarla Aba, y finalmente toda la familia se sumó. Así fue como Caridad se convirtió en Aba.

Me interesa mucho que mi jardín personal, el jardín de Aba, se convierta en el jardín de todos. Que cada quien pueda encontrar a su propia abuela, tía o vecina en este jardín, y también que puedan encontrar un pedacito de su propia infancia. Yo trabajo con mi propio pasado, pero con el objetivo de despertar la imaginación y la memoria colectivas. Me interesa mucho la manera en que la exposición de mis recuerdos más personales puede afectar a otros y hacerlos revisitar su propia historia. Por eso también el niño de la serie sigue llamándose Javier Antonio y no Dashel. Que cada uno haga suyo este jardín y lo habite y ría o llore con las ocurrencias de Javier Antonio
y los regaños y consejos de la abuela, no la mía en específico, sino la abuela de cada uno.

CM: La serie combina elementos —más bien residuos— de la materialidad doméstica —en particular, relacionada con la ingestión de alimentos— y del mundo lúdrico infantil. ¿Qué relación ves entre ambos?

DHG: Creo que el reciclaje ya era práctica habitual (o forzada) en Cuba mucho antes de que se hiciera moda primermundista. Mi abuela aprovechaba cualquier envase en que se pudiera sembrar una planta. Recuerdo su colección de cactus en vasitos de yogurt, sus siemprevivas en latas de carne rusa, y su tilo sembrado en viejas cacerolas sin asas.

Encontré el mismo esquema repetido en casa de mis amigos, primos y compañeros de escuela: donde quiera que crecía un jardín se podían encontrar todo tipo de objetos viejos. Aunque la mayoría de esos objetos estaban relacionados con la ingestión y preparación de alimentos (cacerolas en desuso, tazas rotas, vasos y jarras de plástico, envases de yogurt, latas de carne, etc.), también se utilizaban otros sin relación directa con el mundo culinario, como palanganas, orinales viejos y hasta pedazos de juguetes. Recuerdo uno en especial, un casco puntiagudo de plástico que era parte de un disfraz de Bogatyr que vendieron en Cuba a inicios de los 80 (casco, capa, espada y escudo, todo de rojo brillante). Por muchos años el casco rojo, que servía de hogar a los helechos, estuvo colgado de un macramé tejido por mi abuela. En fin, todo aquello que pudiera contener un poco de tierra y que pudiera ser perforado en el fondo para drenar el exceso de agua era (re)utilizado para sembrar plantas.

Los niños también reciclábamos los juguetes, los reinventábamos e imaginábamos: cualquier cosa podía convertirse en un avión, en una pistola, en un barco. La escasez y las restricciones en la compra/acceso a los juguetes espolearon el deseo de imaginar, de buscar lo inalcanzable y de compartir lo poco que teníamos a mano. Pienso ahora en un tipo de “avión” que armábamos con el palito (mango, agarradera) plástico de las paletas de helado. También recuerdo muchos pedazos de juguetes viejos que habían pertenecido a mi padre y que treinta años después eran reutilizados y ensamblados con nuevos juguetes, la mayoría soviéticos.

El mundo material de mi infancia está marcado por lo que podríamos llamar una cultura residual en la que se mezclaban distintas épocas y geografías. Por ejemplo, la taza rota donde se sembraba la mala madre (cinta) había pertenecido a la vajilla del ajuar de mi abuela, a su lado la lengua de vaca crecía en una lata de carne importada de la URSS. El mismo esquema se repite en el interior de la casa y en todo cuanto recuerdo. Los sillones en los que me senté de niño eran los mismos que mi abuela había comprado cuando se casó, cuarenta años atrás, ahora tapizados con vinyl procedente del campo socialista. El refrigerador Westinghouse compartía el comedor con
el TV Krim 218. En el librero coexistían los Sputnik de mi madre con la colección de Reader’s Digest (Selecciones) de mi abuelo. Mis primeras pinturas al óleo estaban hechas sobre el cartón de fondo de las cajas de queso crema (le llamábamos cartón piedra porque tenía una textura peculiar en uno de sus lados; este cartón, creo recordar, venía de los países bálticos) [en La Habana, en cambio, lo conocí como cartón tabla —nota de CM]. Los óleos con los que pinté aquellos cuadros habían pertenecido a mi tía abuela, que estudió pintura por correspondencia en una academia norteamericana en los 50 ¡y todavía servían los dichosos oleos en 1985!

Esa cultura residual, creo yo, estimuló mucho mi imaginación. No sé si estas obras existirían de haber crecido yo en un jardín repleto de vasijas plásticas relucientes y fabricadas en específico para sembrar plantas, o jugando con aquellos robots por control remoto que tanto quise tener.

CM: Los juguetes que recreas en esta serie no son inocuos (en realidad, casi ningún juguete lo es). Tienen todos una connotación violenta y fatal, cuando no guerrista, ya sea por la posición en que aparecen representados, como es el caso del avión, o por la esencia del objeto: por ejemplo, soldaditos. ¿Pudieras explicar la relación que ves entre la fatalidad y violencia que pesa sobre el mundo lúdrico infantil y la domesticidad culinaria característica del socialismo cubano en la era soviética a que aluden tus pinturas?

DHG: La serie está en proceso aún y no puedo definir si todas las obras incluirán objetos con este sentido violento o fatalista. Hay obras en las que también incluyo piezas de legos, bolas (canicas) y yaquis (un juego que era socialmente asignado a las niñas, Jacks game en inglés). Pero sí, por supuesto, muchos de los juguetes que utilizo no son inocuos, ni la manera en que los utilizo es inocua. Hay mucho de ironía en su manejo. Aquel primer jardín donde el niño crece y descubre el mundo no es un jardín impoluto: está lleno de serpientes y de juegos cargados de un sentido ideologizante que escapa totalmente a la comprensión infantil.

El soldadito americano que dispara a un avión soviético caído, el indio que amenaza con un hacha a un dinosaurio rojo, los palitos chinos utilizados como lanzas en la que se han empalado las hojas de la siempreviva, el varón que esconde los yaquis de la prima entre las plantas de la abuela para luego jugar con ellos a escondidas, todo esto dice más —mucho más de lo que yo mismo puedo comprender— de una época y de una fatalidad ¿histórica? pesando sobre nuestra infancia.

Como éramos varones (yo, y casi todos mis vecinos y compañeros de juego), nos regalaban pistolas, soldaditos, legos, bolas, etc. Nos regalaban lo que se podía comprar, que no era siempre lo que queríamos. Como varones, jugábamos a la guerra, a las espadas, a las escondidas, a las bolas, y a los soldaditos. Nos dividíamos siempre en dos bandos: los malos y los buenos; los buenos eran los soviéticos, los malos eran los americanos. Nadie quería estar en el bando de los malos —sería interesante estudiar qué tipo de narrativa permeaba los juegos infantiles de mi generación en otros contextos: ¿Cómo jugaban los niños soviéticos? ¿Cómo jugaban los niños en Estados Unidos o en la RFA? ¿cómo era la división de roles entre buenos y malos? ¿Jugarían a los soldaditos pensando en “rusos vs. americanos”? Esto es un tema que tengo pendiente—. Aunque eran juegos que no implicaban violencia física real —especie de pequeño teatro donde podíamos vencer, sufrir derrota o morir y recomenzar todo de nuevo—, en el fondo una enorme dosis de violencia simbólica lo permeaba todo.

A veces me pregunto si esta violencia simbólica del mundo infantil no tuvo su contraparte en la sustitución ¿obligada? de costumbres y tradiciones culinarias cubanas por otras de Europa del Este: La abuela que aprende a hacer borscht por un libro de recetas en ruso con anotaciones en español escritas a mano por su nuera, la madre que prepara té de la RSS [República Socialista Soviética] de Georgia en un samovar traído de Leningrado, y el abuelo que abre a golpes de cuchillo una lata de carne mientras bromea sobre su contenido: “picadillo de oso siberiano.” ¿Qué sentido tuvo (tiene) todo esto?

Abril de 1983. Mientras crece el ajetreo en casa y todos se apuran en terminar la cena para los colegas rusos de mi madre que vienen esa noche a celebrar un cumpleaños, los abuelos no pueden reprimir su nostalgia: “En Cuba nunca se comió tanta remolacha”. “Mi padre sembraba mucho café en la finca, nunca nos faltó el buen café en casa”. “¿Te acuerdas del picadillo con pasas y aceitunas de la fonda del gallego Ramón? ¡Por cinco centavos te daban un cartucho lleno de pasas (y 5 caramelos de contra)!”. “Apúrate con la carne, viejo, que ahorita llegan los bolos”.

No sospechábamos que en menos de diez años a la nostalgia de los abuelos por las fondas de los ‘50 se sumaría nuestra propia nostalgia por esa carne, ese té, y esas remolachas que entonces despreciábamos. En 1992 ya no jugábamos. Habíamos cambiado nuestros juguetes soviéticos por los cassettes de rock & roll y los t-shirts de Kurt Cobain. Tampoco los abuelos cocinaban. Nos reuníamos en silencio alrededor de la mesa vacía, como espectros, a sorber un poco de agua con azúcar bajo la luz del farol mísero. Ya no nos dividíamos en bandos: todos queríamos ser americanos.

Cámara de fotos Kiev 4A.

Manual de instrucciones de la cámara Kiev-6C TTL

Manual de instrucciones de la cámara Kiev-6C TTL. Colección Cuba Material.

A mi abuelo siempre le gustó tomar fotos. En muchas fotos familiares a partir de los años cuarenta se le ve con una cámara al cuello. Para entretener su hobby, compró muchas cámaras e implementos de fotografía. Con ellas nos hizo a mi hermana y mi nuestras primeras fotos, y casi todas las tantísimas que hoy dan cuenta de parte de nuestra infancia y juventud en Cuba. Cuando murió el año pasado, a los cien años, aun conservaba algunas cámaras en la gaveta de su cómoda y en su antiguo «cuarto oscuro», a pesar de que hacía muchos años que se había alejado de la fotografía. Entre sus equipos, encontré esta cámara Kiev, modelo 4A, que compró en 1967. Más tarde, parece que en el año 1982, compró por poco más de 200 pesos una cámara Kiev 6C TTL, pero esa no la he visto y de sus documentos apenas conservo el manual del usuario y el recibo de compra.

Cámara de fotos Kiev 4A.

Cámara de fotos Kiev 4A. 1966. Comprada en Cuba en 1967. Propiedad de Leopoldo Arús Gálvez. Colección Cuba Material.

Manual del usuario de la cámara de fotos Kiev 4A

Manual del usuario de la cámara de fotos Kiev 4A. Colección Cuba Material.

Manual técnico de la cámara de fotos Kiev 4A

Manual técnico de la cámara de fotos Kiev 4A. Colección Cuba Material.

Etiqueta con especificaciones sobre la cámara de fotos Kiev 4A

Etiqueta con especificaciones sobre la cámara de fotos Kiev 4A. 1967. Colección Cuba Material.

Recibo de compra de la cámara de fotos Kiev C6

Recibo de compra de la cámara de fotos Kiev C6. 1982. Colección Cuba Material.

Tarjeta de garantía de la cámara de fotos Kiev 4A

Tarjeta de garantía de la cámara de fotos Kiev 4A. 1967. Colección Cuba Material.

Tarjeta para las reparaciones de cámaras fotográficas

Tarjeta para las reparaciones de cámaras fotográficas, entregada con la compra de una cámara de fotos Kiev 4A. 1967. Colección Cuba Material.

Manual de la cámara Kiev 6-C TTL, comprada  en Cuba en 1982. Precio: 202 pesos.

Manual de la cámara Kiev 4 y 4A y certificado de compra.

Lata de esmalte tapagoteras

Lata de pintura Siboney

Lata de pintura Siboney. Hecha en Cuba por la Empresa Consolidada de Pinturas. Colección Cuba Material.

En las paredes que forman muchos de los espacios interiores de las viviendas cubanas se puede detectar no solo el impacto del régimen político cubano actual en la cultura material, la arquitectura y la vida cotidiana del país, sino también la propia temporalidad castrista (como los troncos de los árboles o la distancia entre las estrellas) y sus clases sociales. Las paredes blancas serán así la más clara distinción de privilegio, en tanto las latas de pintura, aun aquellas de nombre de raíz nacionalista, nunca estuvieron al alcance de todos. Se requerían amigos, relaciones, influencias y dinero para comprar un lata de esmalte, de barniz o de pintura de aceite, pese a tratarse de productos de la industria local.

Recuerdo claramente una vez cuando, con no más de 16 años de edad, un vecino que era un año menor me regañó porque me recosté a las paredes blancas de su casa. Se ensuciarían, me dijo. Y, ciertamente, la posibilidad de cambiar el color de las habitaciones resultaba tan remota como cambiar el gobierno, por lo que este muchacho aventajado (avejentado) quería cuidar las suyas.

Lata de esmalte tapagoteras

Lata de esmalte tapagoteras. Hecho en Cuba por la Empresa Consolidada de la Química. Colección Cuba Material.

esmalte sintético Duracrom

Etiqueta de la lata de esmalte sintético Duracrom. Producido por la Empresa Consolidada de la Química. Colección Cuba Material.

Imagen tomada del blog Cooking Lessons.

Si repasamos las principales revistas sobre moda editadas en los Estados Unidos y Europa, o si hacemos una búsqueda en internet bajo los criterios «Cuba» y el nombre de cualquiera de estas revistas, encontraremos al menos un reportaje sobre la isla publicado en los últimos años. «Cuba Libre», «Soy Cuba» y «The New Cuba» son algunos títulos, pensados para satisfacer y/o despertar la curiosidad de los lectores. Buscando imágenes de algunos de estos reportajes creados por y para la alta costura internacional, descubro que algunas de las escenas e interiores se repiten de uno a otro, como también se han repetido los automóviles clásicos norteamericanos en muchos otros medios.

Por ejemplo, la cocina que la French Revue des Modes usó como locación para la sesión de fotos que la revista publicó en la primavera de 2010 es la misma que Andrew Moore fotografió para su libro Inside Havana, publicado en 2002. La French Review des Modes usó también la misma habitación de la casa de Josie Alonso, en la calle Calzada del Vedado, en la que en 2015 Annie Leibovitz desnudó a Rihanna para su reportaje «Cuba Libre» publicado en Vanity Fair.

En un país donde pululan las ruinas y espacios interiores otrora fastuosos y hoy venidos a menos, a los directores artísticos de estas revistas no parece interesarles la búsqueda de una locación original para sus photoshoots. Es posible que, entre los muchos trámites burocráticos que el gobierno cubano impone a los productores extranjeros para concederles permiso para trabajar en Cuba, incluya el requisito de que sea alguna institución o funcionario estatal quien «seleccione» y «recomiende» las locaciones, embolsándose con toda seguridad algún pago por ese concepto. De ser así, estaría beneficiándose económicamente no sólo de los ahorros que suponen la falta de mantenimiento del patrimonio construido, sino también de los ingresos devengados por la explotación comercial del dicho resultante.

La poca variedad de locaciones puede deberse, por otra parte, a la gestión personal de los propietarios de las pocas viviendas que aparecen en los fotoreportajes, quienes con toda seguridad han sabido cultivar contactos tanto en el gobierno de la isla como en el extranjero que les garantizan el estar siempre en las listas de los posibles locales en los que la revista sobre moda de turno realizará el próximo photoshoot.

Imagen tomada de Vanity Fair. 2016

Imagen tomada de French Revue des Modes.

Jabonera

Jabonera

Jabonera. Colección Cuba Material.

Las jaboneras se utilizan para guardar el jabón cuando se viaja. En el país de mi niñez, no se salía nunca de viaje, o casi nunca. Los hoteles eran caros y escasos, el transporte, difícil y viajar fuera del país con la normalidad con que se viaja en otras partes del mundo no era siquiera una posibilidad. Solamente algunos profesionales viajaban al interior por gestiones de trabajo o, en algunas ocasiones, y con mucha suerte, al extranjero. Los estudiantes becados en La Habana o en los países del campo socialista y las personas residentes en La Habana o cualquier otra provincia con familiares en el interior eran los otros dos grupos para los que viajar constituía una alternativa real.

Sin embargo, en casi todas las casas existían jaboneras. Se usaban para guardar el jabón cuando las escuelas movilizaban a estudiantes y profesores como parte del programa de Escuela al Campo que el gobierno cubano impuso al Ministerio de Educación (también las usarían, supongo, los movilizados del Servicio Militar y la población penitenciaria).

En los setentas, los cubanos podían comprar jaboneras por un módico precio y a cambio de un cupón de la libreta de racionamiento de canastilla. En mi casa había varias, las rosadas y las azules tenían el mismo diseño y las deben haber comprado cuando mi hermana y yo nacimos. Había también jaboneras más viejas, que mis abuelos o mis padres habrían comprado para cuando viajaran por trabajo o vacaciones a otras regiones del país. O porque sí.

Jabonera

Jabonera. Colección Cuba Material.

Jabonera

Jabonera. Colección Cuba Material.

Certificado Cederista Destacado

Certificado de Familia Destacada

Certificado de Familia Destacada. 1976. Cortesía de Gerardo Fernández Fe. Colección Cuba Material.

En 1976, la Dirección Nacional de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) entregó a las familias habaneras que participaban en las actividades cederistas y eran leales a «la revolución» un certificado de Familia Destacada. Este iba dirigido al «jefe de familia», considerado el principal eslabón de transmisión de la ideología oficial en el hogar.

Pueden ver un certificado similar, emitido en 1975, en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Muy similar a este último es el certificado de Cederista Destacado emitido ese mismo año.

Certificado Cederista Destacado. 1975

Certificado Cederista Destacado. 1975. Cortesía de Gerardo Fernández Fe. Colección Cuba Material.

Manual de usuario. Televisor Krim 218

Manual de usuario. Televisor Krim 218

Manual de usuario. Televisor Krim 218. 1981. Colección Cuba Material.

Mis abuelos compraron su televisor Krim-218 en la ferretería Variedades Vedado, el 24 de julio de 1981. Pagaron por él 650 pesos. Junto al equipo, recibieron un manual de usuario y un Certificado de Garantía. Este último especificaba que cubría por un año cualquier desperfecto del tubo de pantalla y por tres meses, los del resto del equipo. Para reparaciones, decía, les correspondía el consolidado de Línea entre 4 y 6, también en el Vedado. Hace unos cinco años, mi abuelo y mi mamá decidieron deshacerse del viejo televisor Krim, en el que apenas se veían sombras.

En el 2012, se encontraban en funcionamiento en Cuba «759,164 televisores en blanco y negro…, todos con más de 25 años de explotación», según estadísticas publicadas por Café Fuerte.

Para descargar el manual de usuario del Krim-218, presione aquí.

televisor Krim 218

Certificado de propiedad de televisor Krim 218. 1981. Colección Cuba Material.

Cuchilla para pelar Barberito. Colección Cuba Material.

Mucho después de que mi abuelo se retirara, mi abuela comenzó a pelarlo. En un inicio lo hacía con un Barberito, pero pasado un tiempo mi abuelo solo la dejaba usar tijeras.

En el manual de instrucciones con que se vendía este instrumento dice que el objetivo principal del producto es ahorrar visitas al barbero y a la peluquería.

barberito

Barberito. Manual de instrucciones. Colección Cuba Material.

barberito

Barberito. Manual de instrucciones. Colección Cuba Material.

Material World. Cuba.

Material World. Cuba.

Material World. Cuba. Imagen tomada de http://www.teacheroz.com/mwi.htm

El proyecto Material World (1994) es también un archivo sobre la materialidad del espacio doméstico. Documenta las posesiones materiales de cinco familias en diferentes países alrededor del mundo, reuniendo en una fotografía, tomada en el exterior de la vivienda, personas y pertenencias. Para ello, los fotógrafos que participaron en el proyecto debían convivir con cada una de las familias fotografiadas por una semana.

La familia Costa, de La Habana, Cuba, fue una de las escogidas por el fotógrafo Peter Menzel.

El libro Material World: A Global Family Portrait, explica:

In an unprecedented effort, sixteen of the world’s foremost photographers traveled to thirty nations around the globe to live for a week with families that were statistically average for that nation. At the end of each visit, photographer and family collaborated on a remarkable portrait of the family members outside their home, surrounded by all of their possessions—a few jars and jugs for some, an explosion of electronic gadgetry for others. Vividly portraying the look and feel of the human condition everywhere on Earth, this internationally acclaimed bestseller puts a human face on the issues of population, environment, social justice, and consumption as it illuminates the crucial question facing our species today: Can all six billion of us have all the things we want?

Bandeja y portavasos plásticos

Bandeja y portavasos plásticos

Bandeja y portavasos plásticos. 1980s. Colección Cuba Material.

Estas bandejas de plástico que imitaban el cristal tallado se vendieron en Cuba en el mercado paralelo, durante los ochentas. Algunas personas las usaban para adornar las paredes.

Reloj despertador

Reloj despertador

Reloj despertador. Hecho en la URSS. Colección Cuba Material.

En La Habana elegante: Resonancias desde la piel de la manzana roja, por Emerio Medina:

Si uno se detiene un poco a examinar lo que nos quedó de la presencia rusa en Cuba, descubriría que estamos rodeados por elementos imprescindibles y variados: medios de transporte, tecnología, vocabulario, nombres propios, cultura cinematográfica, ciertos íconos culturales, abundante literatura impresa (basta revisar los estantes de una biblioteca pública o las colecciones privadas de muchísimos lectores). Para la mayoría de los cubanos de más de 30 años hoy es imposible recordar sus años jóvenes sin evocar un radiorreceptor Rodina o Selena, un televisor Krim o Elektron, una bicicleta Chaika o librosUkrania (más conocida como XBЗ), una cámara fotográfica Zenit o FED, un tocadiscos Ilga, una grabadora VEF o Radiotejnica, las revistas Unión Soviética, Spútnik y Mujer Soviética, un automóvil Lada, Moskvich o Volga, un camión KamAZ, ZIL, GAZ o KpZ, una motocicleta Verjovina, Karpati, Vosjod, Ural, Dniéper o Júpiter, un reloj-pulsera Slava, Raketa o Poljot, un despertador Zariá, una guagua LAZ o PAZ, una lavadora Aurika, una batidora cuya marca nadie nunca supo, un equipo de aire acondicionado BK, una plancha eléctrica de nombre impronunciable, un osito de peluche, una jaba plástica, una escoba del mismo material, un ventilador Orbita inolvidable (se descocotaba, y entonces había que amarrarle el casco del motor con un alambre, y luego se calentaba y el plástico se derretía; se quedaba chamuscado y negruzco pero nunca dejaba de funcionar). Sería imposible privar a la mayoría de los cubanos de una memoria histórica tan fuerte como ésa. (1) Todas las libretas de la escuela se forraban con páginas de la revista Unión Soviética, que eran algo así como el forro ideal por la calidad del papel y los colores de las láminas. . . . El público lector, que tuvo total acceso a las producciones de las editoriales Mir y Progreso en los años setenta y ochenta, recuerda y conserva las colecciones de la época: Ráduga, Planeta. Todavía hoy, a más de veinte años de la caída de Moscú, una gran parte de los cubanos sigue añorando los años en que los dos países compartían un sistema social. Eso es inevitable, si se tiene en cuenta que durante treinta años los cubanos vivimos bajo una influencia total del país soviético. Era imposible, pues, acceder a otra cosa que no fuera un producto de origen ruso: comida (toda clase de enlatados, aceite, granos, arroz, jugos, fórmulas infantiles, harina, pescado, compotas, leche) (3), ropa, efectos eléctricos (prácticamente en exclusiva), publicaciones, películas, series televisivas, automóviles, tecnología en general, materias primas, comunicaciones, equipos de transporte marítimo, aéreo y terrestre. Esa inundación en exclusiva del mercado interno cubano creó una rusomanía tácita que nos dejaría sus huellas para siempre (4). Hoy se puede decir, por ejemplo, que tenemos más de trescientos nombres cubanos modernos que se originan en nombres y sonoridades rusas (5). . . .

Pero hubo un grupo importante de generaciones de cubanos que no solamente recibieron la influencia indirecta de una cultura tan lejana, sino que tuvieron la experiencia de primera mano porque, simplemente, vivieron en la Unión Soviética durante una parte importante de su vida: la primera juventud, esos años imprescindibles de la formación profesional. A ese grupo me referiré, en general, y tomaré mi experiencia personal como ejemplo para ilustrar el impacto que pudo haber causado en un joven de 18 años la exposición a la vida en Rusia o en alguna de las repúblicas que integraban la Unión. Hablaré de eso, y a la vez trataré de hurgar en las posibles influencias de ese impacto en un futuro escritor, como es mi caso.

Continuar leyendo.

Vaso soviético irrompible

Vaso soviético irrompible

Vaso soviético irrompible. Comercializado en Cuba en los ochentas. Colección Cuba Material.

En Penúltimos Días:

Dos “riflexiones” de Héctor Zumbado

La cuchara

Hoy hablaremos de la cuchara. Los datos que tenemos a mano dicen así, textualmente:

“Cuchara viene del latín cloclea, que quiere decir concha. Es un instrumento que se compone de una palita cóncava y un mango y que sirve para tomar la comida y llevar al interior de la boca sustancias líquidas, caldosas, blandas, etcétera.
”La forma ha variado muy poco desde los principios de la civilización. De los tiempos prehistóricos se encontraron ya en los palafitos suizos algunas escudillas de madera, con mango, que pueden ser consideradas como cucharas. También se hallaron en el período neolítico cucharas de barro, con mango corto, a veces arqueadas o con mango largo y puntiagudo. De esta misma forma se descubrieron cucharas en la ciudad de Troya y en Chipre, procedentes de la edad de bronce.
”En la Antigüedad clásica se hicieron cucharas de piedra, de madera, de hueso, de marfil, de toda clase de metales y hasta de cristal. Sus dimensiones variaban según los usos y las había tan pequeñas como las que se usan hoy para tomar la sal del salero.
”En Egipto se encontraron cucharas con mango de forma muy variada. En Tebas se encontró una cuchara de madera que por su ornamentación recuerda un loto. En Cícico se hallaron dos cucharas con el mango en forma de pie de ciervo; otra, que se guarda en el Museo británico, tiene un mango con un delfín enroscado a una rama.
”En la Edad Media las cucharas de madera eran preferiblemente de boj, por su dureza, y de enebro, por su buen olor. Desde el siglo XIV se hicieron cucharas portátiles con mango plegable.
”La Iglesia empleó cucharas con un agujero para purificar el vino destinado a la consagración.
”Existen cucharas para grajeas, para limonadas, sopas, frutas en almíbar, café, compotas, helados, etcétera.
”Hay cucharas, cucharillas, cucharitas y cucharones…”

Hasta ahí los datos, que parecen demostrar dos cosas: primero, que la cuchara es tan vieja como la sopa de ajo; y segundo: que no hay una sola cuchara, sino varias.
En fin, todo esto que ha parecido una densa y espesa conferencia sobre la cuchara, tiene cierta vinculación con un incidente que experimentó hace poco un amigo mío, arqueólogo e historiador por más señas.
Cuenta que estaba disfrutando de sus vacaciones en Guanabo, en trusa, las canillas al aire, la brisa del mar, las refrescantes olitas, el aceite bronceador, la blanca arena, el ardiente sol, los kicos plásticos, la grata compañía, en fin, el vacilón de las vacaciones.
Me dice que a media mañana sintió, de pronto, el urgente deseo de tomarse un yogurt. Que fue hasta una cafetería; que pidió el yogurt; que le dieron uno delicioso, de sabor de fresa, cremoso y rosado, helado y apetitoso. Lindo yogurt.
Dice que el pomito aquel, refrescante, cremoso y sabrosón, estaba casi congelado. Que al llevarlo a la boca no pasó nada, el yogurt no salía. Que abrió de nuevo la boca, esta vez con la cabeza echada hacia atrás, los ojos mirando al cielo, el pomo vertical y nada. Que sacudió el pomo; que le dio por abajo con la palma de la mano; que lo golpeó por los costados; y nada.
Relata que se sentía salivando como los perros de Pavlov ante la señal rosada y refrescante del yogurt. Estaba ansioso y desesperado, frustrado y al borde de la histeria.
Y entonces (porque el hombre se crece ante las situaciones difíciles) pidió una cuchara.

–– ¿Una cuchara? –respondió la dependiente, perpleja ante el insólito pedido y como herida en su sensibilidad– ¿para qué tú quieres una cuchara mi’jito, si el yogurt se toma directo?

–— Porque no sale –dijo él, sacudiendo el pomo bocabajo, en demostración fehaciente de la categoría filosófica de lo objetivo.

Y le trajeron una cuchara, la cual se negó rotundamente a entrar en el pomo porque el ancho de la misma era mayor que el diámetro del mismo. Entonces, cometió un grave error. Pidió otra cuchara.

–– ¡Otra cuchara! –contestó alarmada la dependiente, en tono que hizo temblar a todos los usuarios–. ¡Mi’jito, lo tuyo es mucho! ¿Qué culpa tengo yo de que la cuchara no entre en el pomito?

El vacacionista–arqueólogo–historiador dejó el yogurt sobre el mostrador y se fue hacia el mar, pensativo y silencioso, recordando las cucharas del período neolítico, las halladas en Tebas y en Egipto, la del Museo británico con forma de delfín, las de madera de boj y enebro de la Edad Media, las descubiertas en Troya y en Chipre procedentes de la Edad del Bronce…
Cabizbajo, clavó la mirada en la arena, y se preguntó: ¿Dónde hallaré una cuchara que entre en mi yogurt?

·

El vasito infinito

La categoría de infinito es algo difícil de explicar, es una cuestión compleja, una noción que el hombre, desde que empezó a filosofar, ha tratado de atrapar, definir, enmarcar, precisar.
Ya en los tiempos de Aristóteles y Platón en la vieja Grecia, los dos filósofos que tanto aportaron para confundir a la humanidad por unos cuantos siglos, se planteaban el problema de lo infinito y nos imaginamos las caras que pondrían, la mirada perdida en el horizonte, yéndose en blanco hacia las estrellas, mientras se preguntaban ¡ah, lo infinito! ¿qué será lo infinito?
Gracias a los profundos troques iniciales de estos dos grandes filósofos de la Antigüedad, con el tiempo, otros filósofos llegaron a decir cosas como estas: “lo infinito es el intervalo entre el ser y el no ser.”
¿Fácil, verdad? Jamón. El intervalo entre el ser y el no ser. Es decir, la distancia entre lo que es y lo que no es, eso es lo infinito. ¿Fácil? ¡Que lo explique Aristóteles! Primero entiendo el sistema de bonos de la libreta de productos industriales que esa extraña matraca del intervalo entre el ser y el no ser.
En otras áreas del pensamiento humano el concepto de lo infinito también ha sido trajinado. En las matemáticas, por ejemplo, esa ciencia exacta que todo lo precisa con exactitud –y por eso se llama así– la solución que le dieron al problema fue expresarlo nada menos que con un ocho acostado, que viene siendo un signo más o menos así: \infty
¡Geniales que son las matemáticas! A quién, sino a alguien con imaginación matemática, se le podía haber ocurrido una solución tan sencilla para expresar una cosa tan compleja como el infinito. Acostar un ocho y ya. ¿Qué otra cosa puede ser lo infinito, sino un ocho acostado? Eso lo entiende cualquiera. Sobre todo, cuando se da la siguiente explicación:

1 multiplicado por 0 = 0

Pero 1 dividido entre 0 = \infty (un ocho acostado horizontal, dormido, como los frijoles de la Bodeguita del Medio).
La geometría, por su parte, también da su explicación diciendo que “se da por sentado que las líneas paralelas son infinitas”, explicación que se entiende bastante si uno se monta en La Habana, en un tren que vaya hacia Santiago de Cuba. ¡Esas paralelas parecen que no se acaban nunca!
A su vez, los diccionarios –que a veces sirven para lo que fueron diseñados– dicen que lo infinito es “lo que no tiene fin; lo muy numeroso, grande y excesivo en cualquier línea”.
Y partiendo de ahí, que es una definición bastante comprensible, ya podemos reflexionar mejor acerca de lo infinito, yéndonos hacia los planos objetivos del diario acontecer.
Tomemos, por ejemplo, estos vasitos de cristal que andan por ahí. Realmente, son unos vasitos bonitos, de cristal, achataditos y algo gorditos y con un diseño bastante aceptable.
Los vasitos andan por ahí, continuamente, inacabablemente.
Aparecen por ahí en infinidad de contextos. Están como omnipresentes en el tiempo y en el espacio.
Surgen en los bares de lujo, de medio lujo, de poco lujo y de antilujo. Contienen ron collins, cuba libres, martinis, cerveza, agüita mineral Ciego Montero, daiquirís, etcétera. Ahí cabe cualquier coctel del mundo aunque haya sido diseñado para otro vaso o para una copa. Este vasito es all–around, olímpico.
En el mismo vasito que aparece en bares, roneras, pilotos, tiritos, ranchones de la playa. Está presente también en las mesas del restaurante y en el mostrador de la cafetería o de un ten–cent.
Se le ve en oficinas, viceministerios, talleres automotores, centros de cálculo, terminales de ómnibus, secundarias en el campo, cortes de caña, playas, líneas de producción, fábricas de cemento, hospitales, centrales azucareros y albergues INIT.
Asoma por todas partes, es inacabable en su presencia, trasciende hacia el hogar, se cuela en la cocina, sustituye las tacitas de café y los búcaros con malanguitas. Brota encima de un escaparate, ahuyentando las malas influencias; en el baño, con el cepillo de dientes; y en la mesita de noche, con los dientes…
Es lo infinito.

Tarjeta del Centro Nacional de Información

Tarjeta del Centro Nacional de Información

Tarjeta del Centro Nacional de Información. Colección Cuba Material.

«Al conocer todo hecho o indicio de actividad enemiga o antisocial debe llamar al Centro Nacional de Información. La información debe ser objetiva, oportuna y completa.» Así fueron instruidos los dirigentes cederistas, institucionalizándose el espionaje vecinal. La clave personal que protegía el anonimato de cada delator habrá servido también para estimular la producción de reportes. ¿No habrán preferido muchos pecar por inexactitud antes que incumplir con el deber que el gobierno les asignaba?

***

Fidel Castro, en 1959:

La sociedad nueva que estamos creando no producirá ni chivatos ni esbirros, porque los hombres crecerán, los hombres vivirán y los hombres se educarán en una mentalidad enteramente nueva.  Como el hombre es en gran parte producto del medio ambiente donde vive, en el futuro ni habrá dictaduras, ni habrá esbirros, ni habrá chivatos, porque la tarea de la Revolución es precisamente reformar ese medio ambiente y poner fin no a la dictadura, sino a las causas que originaron la dictadura; no solo a los esbirros, sino a las causas que originaron a los esbirros; no a los chivatos solamente, sino a las causas que hicieron posible el chivato, que es un ser despreciable que va a desaparecer también de aquí.

Bombones Sans Souci

Bombones Sans Souci

Bombones Sans Souci de Luxe. Hechos en Cuba. Colección Cuba Material.

Tomado del Lewis, Oscar, Lewis, Ruth M. and Rigdon, Susan M. 1978. Neighbors. Living the Revolution. An Oral History of Contemporary Cuba. Urbana: University of Illinois Press:

By the late 1960s, Havana was far from the city of privilege it once had been. The heavy downtown traffic, motor and pedestrian, had disappeared; nightclubs, shops and small businesses, many restaurants, concessions, and vendors had been «intervened» (nationalized) and shut down, or reopened on a part-time basis under state management. Tourism was, of course, greatly curtailed. . . . Hotels, private clubs, and beaches were taken over by the National Institute of the Tourist Industry; clubs and beaches were opened to the public and hotel room rents were lowered by as much as $35 a day, making them available to large number of Cubans. (P. xiv)

In 1960, schools, clinics, and rest homes were established in Miramar’s larger vacated residences. The medium and smaller-sized homes became foreign embassies, administrative offices, and dormitories for boarding students on scholarships. . . . Single-family residences and apartments were assigned to visiting dignitaries, foreign technicians working on agricultural or industrial development programs, and diplomatic personnel. In one part of Miramar a small community was established for the families of counterrevolutionaries who were serving time in prison or on work farms. Brought to the city in 1965 at state expense, these families, once numbering 1,000 people, from rural Pinar del Río and Las Villas provinces, were to be «rehabilitated» and integrated into the Revolution while husbands, sons, and fathers underwent the same process un prison.

For the old residents who remained in Miramar, personal lives were turned upside down. . . . They were no longer able . . . to organize landowners’ associations to maintain the appearance of the community, or a private police force to keep «undesirables» from entering the neighborhood. The «undesirables» had moved next door and had taken over the private beaches and clubs. The scholarship children played in the streets, parks, and yards, picked fruit from private gardens, and marched in formation past their homes, singing and shouting slogans of the Revolution as they went. (Pp. xiv-xv)

El matrimonio Lewis identificó cinco principales áreas de cooperación entre los nuevos y antiguos inquilinos: «(1) borrowing food, household items, and tools, and exchanging foods, (2) running errands, shopping or standing in line for one another, and informing each other of items available in the stores, (3) occasionally taking care of each other’s children, (4) working together in block or neighborhood organizations, (5) sharing items of luxury or privilege, such as telephones, automobiles, refrigerators, and small appliances» (p. xxxvi).

Lavatín del Vedado

Lavatín del Vedado

Lavatín del Vedado. 1980. Imagen tomada del libro de Margaret Randall.

En los ochentas, el gobierno cubano abrió, en los principales barrios de La Habana, lavanderías de autoservicio. En pocas semanas, cerca de casa de mi abuela construyeron un Lavatín, en la avenida 23 entre 2 y 4, en el Vedado.

Mi abuela, que no tenía lavadora en casa desde que la que había comprado antes de 1959 dejó de funcionar, y que, siendo ama de casa, nunca tuvo la posibilidad de comprar una lavadora semiautomática soviética a través del centro de trabajo (vía Plan CTC), iba con regularidad al Lavatín. La acompañé algunas veces hasta la esquina de la avenida 23 y la calle C, donde tomaba un taxi que, por 80 centavos, la dejaba, cinco cuadras después, en su destino.

* * *

En Penúltimos Días: Lavatín, autoservicio, texto de Emilio García Montiel inspirado en la canción Sube espuma de Juana Bacallao:

 Tal vez el momento más simpático de esta versión de “Sube espuma” no le corresponda precisamente a Juana Bacallao —menos excéntrica aquí que lo habitual—, sino al brevísimo coro con que la Ritmo Oriental introduce la pieza. La composición de Obdulio Morales, también cantada por Xiomara Alfaro, Armando Orefiche y Ninón Sevilla, resulta, de ello, temporalmente contextualizada —ocurrencia, a no dudar, de la propia Juana— a partir de lo que, probablemente, debió constituir la “novedad” de turno dentro de las exiguas disponibilidades tecnológicas en servicios y bienes de consumo de la Cuba revolucionaria: el autoservicio de lavandería o Lavatín.

En la música bailable posterior a 1970, el tema de estas novedades industriales —o mejor, su tardía aparición o reaparición en la isla, así como su relativa posibilidad de adquisición o uso— provocó estribillos, ciertamente más recordados que memorables, dedicados a la olla de presión (“cómo hace la olla cuando pita: pi, pi; cuando explota: po, po”), a la televisión en colores (“televisión a colores, qué bien se ve”), y a los ómnibus japoneses Hino (“la Hino es una guagua nueva”).

De considerar el tema en lo que bien podría ser su opuesto —la inventiva doméstica ante la consuetudinaria carencia de bienes necesarios— habría que añadir composiciones como “dime dónde quieres que te ponga la barbacoa”, de Los Van Van (muy lejos, sin dudas, de aquel despreocupado “Cemento, ladrillo y arena”, de José Antonio Méndez); “El palito de la alcancía”, de El Guayabero (tanto por la alcancía como por el palito, que llegarían a alcanzar la categoría de “innovaciones”); o “El mechón”, de La Monumental, símbolo más de apagón que de luz. Todo ello, obviamente, en contraste con las utopías de bienestar social y personal aludidas no sólo en piezas al uso como “La nueva escuela”, de Silvio Rodríguez, sino, igualmente, en la muy bailada “Me voy pa’ La Habana”, de Sergio Rivero e interpretada por Los Latinos, quizás una de las que mejor sintetiza —desde el irresoluble tema de La Habana y sus inmigrantes— lo que la maquinaria “moderna” gubernamental llegaría a convertir en la mayor —y acaso única— aspiración de muchas familias cubanas de la época: poseer un “… apartamento en el reparto Alamar, con frío y televisor…”. . . .

Ver texto completo en Penúltimos Días.

La Yaya

La Yaya. Imagen tomada de On Cuba. 2013.

La Yaya. Imagen tomada de On Cuba. 2013.

Publicado en On Cuba sobre el poblado La Yaya, 240 apartamentos en cinco edificios de microbrigada, inaugurados en 1972 en las montañas del Escambray:

De 61 años, Tiburcia Hernández López: “El 25 de enero fue la primera mudada y ese día vine a conocer el pueblo, y me gustó, y me mudé el 6 de febrero de 1972. Yo vivía en Biajaca, después de aquel valle que ves allá, en una casa de campo. Tenía que pasar el  fango y el río para ir al trabajo. Había viviendas y tierras por esa zona que estaban donde iban a hacer las vaquerías. Estuvimos de acuerdo con venir a vivir aquí. La casa nos la daban con todo. Ya de esas cosas quedan pocas, pero la daban con fogón, juego de muebles, juego de cuarto y, según los miembros del núcleo, daban la cantidad de camas. A mi papá le pagaban una pensión por esa tierra que dejó  y que, cuando  aquello, era de sesenta  y pico de pesos.

“Sí, aquí vivió mucho tiempo Sergio Corrieri y su mamá. Vivieron también la doctora Graziella Pogolotti y Flora Lauten, que fundó un grupo de teatro, La Yaya se llamaba, y en el que  estuvo mi papá. Flora montaba las obras y ellos las hacían. Fueron a La Habana a actuar y cogieron hasta fama por aquí por la zona. Yo vi La Vitrina tonga de veces. Mi esposo tenía un camión y, cuando el grupo Escambray hacía función, nos montábamos y corríamos detrás de ellos para donde fueran”.

De 65 años, Omar Jaime: “Cuando vine en el 72, el pueblo estaba nuevo. Cuando aquello, todo era nuevo, pero al pueblo le pasan los años como a nosotros, que estamos viejos ya. Mira, yo vine aquí porque tenía casa en Las Torres, y  allí iban a hacer una vaquería. Yo no quería venir para acá. Teníamos la tierrita y cuando empezó la empresa La Vitrina, fuimos afectados por las vaquerías. Fíjate que yo ni pago esta casa, ni pienso pagarla, porque yo tenía mi casa allá con todo y no molestaba a nadie. Sí, estos apartamentos hay que pagarlos, pero yo no lo voy a pagar. No estuve de acuerdo con venir. Vine porque decían que mi casa estorbaba. Allá yo criaba y aquí es difícil.

“¿Que te hable del teatro? Habla tú con aquel hombre de la camisa roja que está jugando dominó, Jesús, que él trabajaba en un grupo de teatro”.

De 85 años, Jesús Oliva López: “Yo actuaba en el grupo de teatro La Yaya, que fundó en este pueblo Flora Lauten. Muchos de los actores que estaban ya fallecieron, éramos más o menos 12 personas. El que quisiera podía estar en el grupo. Nosotros aquí hicimos muchas obras, Los dos hermanosLa Vitrina, y más. Había una en que yo era un personaje llamado Iluminado, y mi mujer, que en paz descanse, se llamaba Rosa. Yo me acuerdo que en la obra le decía “Edelmira, cállate que te voy a dar un planazo”. Y fuimos a actuar a La Habana y todo.

“Vivo allí, en la casa 24 del edificio 3. Antes vivía en Los Cocos, eso queda en Barajagua, y nos mudaron para aquí porque el terreno que yo tenía hacía falta para  hacer un plan lechero, y fue una comisión y conversó conmigo para que entregara la tierra. ¿De acuerdo? Sí, estuve de acuerdo”.

La gente vieja de La Yaya recuerda el día en que Fidel se paró en la loma donde ahora está el pueblo y miró el valle, o sea, la parte de Escambray que le quedaba en frente, y dijo que ese era el lugar donde se construiría una empresa para la producción de leche, una empresa tan “transparente como una vitrina” de cristal.

Eso sucedió en el 1970, y dos años después recién se terminaba de construir La Yaya, y la gente que nació en el lugar equivocado, la gente que hoy es gente vieja allí y a la que yo fui buscando, comenzó a mudarse al pueblo.

De acuerdo con la resolución No259/76 del Ministro de La Agricultura, el día  15 de diciembre de 1976 quedó oficialmente constituida la Empresa Pecuaria La Vitrina, cuyo propósito fundamental entonces era la producción de leche.

Las tierras pertenecientes a la empresa serían las tierras donde vivía la gente vieja de La Yaya, y ellos mismos serían los trabajadores de la empresa, y el Escambray empezaría a desarrollarse económicamente como región con uno de sus sectores fundamentales: la ganadería.

Al Escambray se trasladaron grupos de ordeño mecanizado tipo ALFABAL, de procedencia sueca, termos de frío, camiones, cosechadoras. Era esta una empresa pensada para la cría artificial de terneras y la aplicación de inseminación también artificial. Vaquerías por toda esta zona del Escambray. Mucha pangola sembrada, que es adecuada para que el ganado se alimente. Vacas de buenas razas europeas, Holstein y Bronwi Swis, que darían treinta y dos litros de leche diarios cada una.

De 67 años, María Eugenia Álvarez: “Nosotros fuimos de la segunda mudada para acá, hizo el  otro día cuarenta y un años de eso. Yo vivía allá, mira, por aquellas lomas, allá vivíamos nosotros, lejísimo en el campo, en una granja que ahora es una cooperativa. Mi esposo tenía un pedazo de tierra y entonces nos dieron esta casa. Iba una comisión y hablaban con los campesinos, para ver si estaban o no de acuerdo con venir para la  comunidad. Nosotros sí quisimos porque teníamos tres niñas y vivíamos muy lejos en el campo, y la escuela quedaba como a 4 o 5 kilómetros, pero muchos no estaban de acuerdo porque no les gustaba el pueblo. A mí sí, no quería que las niñas pasaran trabajo y le dije a mi esposo “yo me voy”, y nos dieron esta casita con todo dentro, estos muebles, fogones, cama, ropa de cama, todo. Y de aquí no me voy hasta que me saquen para el cementerio.

“Sí, tú dices La Vitrina, la obra, sí, si nosotros fuimos los fundadores de todo eso. Yo y mi esposo trabajábamos en el ordeño mecánico. Esa obra la hizo aquí el grupo Escambray”.   

Cuarto de baño

Cuarto de baño

Cuarto de baño. Vedado. Foto 2012.

He visto, en Cuba, cuartos de baños recubiertos de mármol, de azulejos y de paredes de cemento; baños con agua fría y caliente y baños sin una gota de agua; baños sin ducha y baños con duchas a donde no sube el agua; baños con indoros que descargan y tienen asentadero y tapa y baños con inodoros que sólo descargan con un cubo de agua; baños grandes como salones de baile y baños pequeños y atestados de cosas; baños para visitantes, antiguos baños de criados y baños colectivos, compartidos por más de una familia; baños con pinturas al fresco, con coquetas y armarios empotrados y con sólo un inodoro y una pila; baños con espejos y sin ellos; baños limpios, mugrientos y apestosos. Nada, quizás, distingue más las diferencias sociales en la Cuba de hoy que las condiciones de los baños. Nunca me imaginé, por ejemplo, que hubiera baños de letrina en capitales de provincia como Victoria de las Tunas.

El de la foto es el baño de la casa de mis abuelos. Cuando yo era niña, aún tenía su bañadera de hierro. Vi cómo, una a una, fue perdiendo las patas y cómo mis abuelos las fueron sustituyendo por ladrillos. Vi también cómo los ahorros de mi abuelo se covirtieron en una nueva poceta y en el repello del techo, que ya soltaba pedazos del revoque. Cuando era niña, el baño tenía una taza de inodoro blanca, reemplazada después por una de porcelana azul, fabricada en Cuba, que no tenía orificios para ponerle una tapa y un asentadero. En algún momento, se rompió su mecanismo de descargue y mi abuelo le amarró un hilito. Hace poco, mi mamá cambió el lavamanos.

H/T: María Paula Gómez Cabrera

Plancha eléctrica

Plancha eléctrica

Plancha eléctrica. Hecha en la URSS. Colección Cuba Material.

Los bienes de consumo socialistas que el estado cubano otorgaba a los trabajadores destacados no solamente constituyeron un instrumento de persuasión y propaganda política. También reprodujeron —y crearon— diferencias de género. Las lavadoras y planchas, por ejemplo, fueron a para a manos femeninas, a veces como premio recibido en el centro laboral o como regalo recibido en ocasiones especiales.

Estos electrodomésticos, además, junto a los televisores y los radios, mantuvieron a la mujer ocupada dentro de casa, mientras los hombres disfrutaban de su tiempo libre paseando en automóviles, casi siempre manejados por «ellos», que les daban una desproporcionada libertad de movimiento. Los hombres, además —algunos—, utilizaban su automóvil como medio de conquista, como refleja la canción de los Van Van Titimanía y da cuenta Norberto Fuentes en su libro Dulces guerreros cubanos.

En la Cuba de los años ochenta, un personaje común era el titimaniaco, que paseaba en Lada con su joven amante mientras su esposa echaba a andar la lavadora Aurika y se sentaba a llorar con la película de la Tanda del Domingo que veía en su televisor Krim, o alisaba las camisas del esposo y los uniformes de los hijos con una plancha rusa.

Requisitos para obtener la salida del país

Requisitos para obtener la salida del país

Requisitos para obtener la salida del país. Imagen tomada del blog de Yolanda Farr.

Manuel Zayas, en Diario de Cuba: La isla del nunca jamás:

(…)

Dijo Castro: «Los parásitos que se van a veces traen a un parientico o traen a un amiguito para la casa, y, ¡de eso nada! No señor. Hay que vigilar para cuando ya ustedes los vean vendiendo máquina, muebles, etcétera, y ya se sabe que se van, nosotros tengamos la planilla. Y esa casa —lo advertimos— será para una familia obrera. El que se mude para la casa de un parásito que se vaya, ¡que sepa que después tiene que dejar la casa! (Aplausos), el que se mude para la casa de un parásito, que esas casas son para los obreros».

Las listas negras

Al día siguiente, el 29 de septiembre de 1961, el Ministerio del Interior (MININT) dictó una disposición contraria al Artículo 30 de la Ley Fundamental. Mediante la Resolución No. 454, se implantaba el permiso de salida y los tiempos de estancia que los ciudadanos cubanos podían permanecer en el extranjero, quienes, de no regresar en los términos establecidos, serían considerados emigrantes definitivos y se procedería a confiscar todos sus bienes, sin derecho a indemnización.

Pese a las críticas a esa disposición del MININT, que no era un organismo facultado para ordenar la confiscación de propiedades, el gobierno promulgó un texto más restrictivo, la Ley No. 989 de 5 de diciembre de 1961 (vigente en la actualidad), que reglamenta «las medidas a tomar sobre los muebles o inmuebles, o de cualquier otra clase de valor, etc. a quienes abandonan con imperdonable desdén el territorio nacional».

La nueva norma estableció lo que sería el permiso de salida y el de entrada, y reguló la confiscación de bienes al emigrante definitivo, sin derecho a compensación. Aunque contraria al ordenamiento jurídico, esa ley había levantado un muro infraqueable. Todos los ciudadanos eran rehenes de un sistema totalitario. De golpe, los cubanos en terceros países comenzaron a ostentar una nacionalidad inefectiva, la del apátrida, sin derecho a residencia y tránsito en su propio país.

(…)

En su libro Diario para Uchiram (Verbum, Madrid, 2008), la escritora cubana Julia Miranda relata la odisea que significaba querer emigrar y ofrece un retrato del momento en que llegan a inventariar su casa «cuatro de los más repulsivos personajillos creados especialmente para nosotros»:

«Los intrusos abrieron sus plumas y sus libros y comenzaron a apuntar, dos de ellos en los cuartos principales, deteniéndose en medio de cada habitación para mirar con ojos devoradores cada objeto, cada detalle. (…) Entré directamente hasta la cocina donde mi madre contaba, ayudada por uno de aquellos hombres, cada platico, cada tacita, cada jarro, cada cuchara. Miré sus canas y pensé que no había derecho a obligarla a realizar aquella labor…»

Y sigue la enumeración:

«Comencé, pues, a contar y dar el número exacto de mis vestidos, faldas, blusas, ajustadores, bloomers, medias, etc. Finalmente, y después de haber terminado con todo lo de la niña, hicimos lo mismo con las sábanas, toallas, fundas, almohadas, zapatos, carteras, collares, relojes, sortijas, en fin, con todos aquellos objetos que no constituyen un mueble o aparato, pues estos ya los habían inventariado desde el principio».

Julia Miranda resume:

«Aquel día sufrimos, de modo casi irreparable, la violación de nuestro hogar y las más desagradables horas de nuestra existencia».

El Estado se consumó como institución soberana del pillaje. En un fragmento documental insertado al inicio de la película Memorias del subdesarrollo, de Tomás Gutiérrez Alea, puede contemplarse cómo los funcionarios de emigración obligaban a los que abandonaban el país a dejar sortijas y relojes… Se suponía que esos pequeños objetos irían, también, al Ministerio de Recuperación de Bienes Malversados.

(…)

***

En Sejourné, Laurette and Tatiana Coll, La mujer cubana en el quehacer de la historia (Mexico: Siglo Veintiuno, 1980):

Esto lo hacíamos con inventarios, tan pronto ellos decían que se iban, se iba a hacer el inventario, y cuando se iban había que volver a la casa para ver si todo lo que se había inventariado estaba allí, eso era en el momento de la salida, que a veces era  a las dos, a las tres de la mañana. Entonces uno salía a checar el inventario y si faltaban cosas no se podían ir. Ya al irse la familia, había que sellar la casa hasta que la reforma urbana se la entregara a otra familia. Estas casas selladas había que vigilarlas mucho, pues todos sabían que tenían millones de cosas y se corría el riesgo de robo. (Carmen Pola, p. 211)

En el mismo libro aparece la transcripción de un discurso de Fidel Castro. «Fidel Castro expone por televisión la situación económica de Cuba, 17 de septiembre de 1959 (publicado en Escritos y discursos, Buenos Aires, Editorial Palestra, 1960, pp.324-325)»:

Hay una cosa muy importante en todo esto y es que el pueblo entendió inmediatamente la medida. El pueblo mismo era el que, sabiendo que un hombre o una familia o un negociante había abandonado el país, ponía vigilancia en aquella casa hasta que llegara «Recuperación». «Recuperación» hacía el inventario, eso se entregaba al estado, el estado entraba en posesión de aquellos bienes y creo que a nadie se le ocurría llevarse nada, que nosotros sepamos, eso no sucedió. Pero el hecho es que la medida respondía a una ansiedad del pueblo, porque realmente era un bofetón en la cara: el hambre que había estado pasando el país y ver la ostentación, el lujo, el despilfarro con que vivían. Además se tenía la convicción íntima de que el 90% de los casos eran cosas malhabidas; era el contrabando perfectamente organizado, era el negocio sucio.

(…)

La participación era, no sólo al vigilar aquello, es decir, el pueblo vigilando la casa del que se había ido y del que había salido corriendo, sino la participación de los compañeros revolucionarios en un trabajo paciente de análisis, de búsqueda, hasta llegar a formar un instrumento legal donde se registraban los bienes y propiedades de la gente que se iba y que eran los que hicieron pasar al país a través de todo (…).  (p. 45)

Una amiga que se fue del país con su familia en 1967, me cuenta que tuvieron que permanecer en Cuba por unos cuantos años luego de que solicitaran la salida del país (durante los cuales sus padre fue enviado a un campamento de apátridas por un tiempo). Todo ese tiempo tuvieron que cuidar con mucho esmero cada una de las propiedades que les habían sido inventariadas, incluso las sábanas y manteles de uso diario, para poderse ir cuando les fuera concedido el permiso. Estas piezas se gastaron y se llenaron de agujeros, que su madre se apuraba a zurcir. Niños y adultos sabían al dedillo que no debía faltar ni una cucharita de postre cuando las cederistas encargadas de contabilizar sus pertenencias se presentaran en su casa.

Cojín de flores importado del campo socialista. Foto hecha en La Habana en el 2013.

Mi abuela compró estos cojines de flores en los años ochenta en el mercado paralelo. Desde entonces, y hasta el día de hoy, adornan los sillones de la sala de su casa y el butacón y el sillón del comedor. En ellos aún suelen sentarse mi mamá y mi abuelo. Desteñidos, algunos en jirones, la esponja del relleno es una fina película que apenas les da un poco de estructura.

Portavasos checoslovaco

Portavasos checoslovaco. Mediados de los ochenta. Colección Cuba Material.

Los domingos solían visitar la casa de mis abuelos familiares y amigos de la familia. Muchas veces se quedaban a almorzar, y siempre —aun cuando no comieran— eran invitados a beber uno o dos highball. En medio de la conversación, siempre animada, no faltaba mi abuelo insistiendo en que, por favor, se usara el portavasos para que no se dañaran los muebles, de madera. Decía eso mientras le acercaba uno al infractor.

Muchos de los portavasos de casa de mi abuelo los había traído mi tío Feli de Checoslovaquia a lo largo de los años ochenta, cuando solía viajar a ese país por motivos de trabajo —era especialista de la Unión Eléctrica y tenía a su cargo las plantas generadoras de electricidad (Felton, Guanajay)—. Cuando se acababa el almuerzo y ya habían recogido la mesa, mi abuelo ponía a secar los portavasos sobre el muro de la galería de su casa para evitar que les saliera moho. Algunos todavía conservaban, y unos pocos tienen escrito en el reverso ciertos deseos y aspiraciones que animaban a los técnicos de la Empresa Eléctrica que se reunían en las tabernas de Praga. «No nos fuimos, pero nos iremos», soñaron una tarde de 1984. «De P… queridos amiguitos», se lamentaron en 1986.

En su casa había otros portavasos, pero mi abuelo siempre prefirió el cartón grueso y absorbente de los de las tabernas checoslovacas.

«Democracia de taberna», leo que le llamó Elena Zubkova al periodo de la posguerra, cuando los países de Europa del Este y la URSS abrieron bares, tabernas y cafés, algunos de los cuales cerraban cerca de las 3 am. y, a juzgar por estos protavasos, algo de esa democracia ilusoria llegó a Cuba.

Portavasos checoslovaco

c. Mediados de los ochenta. Colección Cuba Material.

Portavasos checoslovaco

Portavasos checoslovaco. Mediados de los ochenta. Colección Cuba Material.

Portavasos checoslovaco

Portavasos checoslovaco. Mediados de los ochenta. Colección Cuba Material.

Portavasos checoslovaco

Portavasos checoslovaco. Mediados de los ochenta. Colección Cuba Material.

Portavasos checoslovaco

Portavasos checoslovaco. Mediados de los ochenta. Colección Cuba Material.

Portavasos checoslovaco

Portavasos checoslovaco. Mediados de los ochenta. Colección Cuba Material.

Portavasos checoslovaco

Portavasos checoslovaco. Mediados de los ochenta. Colección Cuba Material.

Aspas de ventilador Órbita. Colección Cuba Material.

En casa tuvimos varios ventiladores Órbita, de fabricación soviética. De hecho, fue el único tipo de ventilador que tuvimos, en diferentes modelos. Eran pequeños, livianos y portátiles, y podían utilizarse como ventilador de mesa o de pared. Se vendieron a un costo de 40 pesos.

En casa, debe haber sido mi papá quien colocó un tornillo en los travesaños de madera que dividían las ventanas de cada habitación, para colgar estos ventiladores, uno en cada cuarto. Mi mamá se encargaba de comprar los ventiladores, y las piezas de estos ventiladores que pudiera conseguir, para guardar como repuesto, por si se rompía alguno más allá del punto de cualquier reparación.

Se decía que los ventiladores Órbita venían con los refrigeradores Minsk, para descongelarlos, pero el Manual del usuario no lo menciona. Sin embargo, ciertamente parece más un manual industrial que uno comercial. En cualquier caso, también se usaban para descongelar los refrigeradores.

Todavía se encuentran estos ventiladores en las casas y comercios cubanos, en muchos casos reparados hasta volverlos irreconocibles —el artista Ernesto Oroza ha documentado este proceso, que incluye en la categoría «desobediencia tecnológica»—. Parece que en algún momento se acabaron las piezas de repuesto de ventilador Órbita que mi mamá almacenó, pues he encontrado en casa uno cuya armazón ha sido fabricada con plástico derretido, de manera totalmente artesanal.

Recibo de compra de ventilador Órbita. 1979. Colección Cuba Material.

Ventilador Órbita en una escena doméstica rural. Foto de Guido Paulussen. 1994. Imagen tomada de internet.

Ventilador Órbita con aspas de fabricación artesanal. Imagen tomada de internet.

Ventilador Órbita con aspas de fabricación artesanal. Imagen tomada de internet.

Ventilador Órbita con cuerpo y aspas de fabricación artesanal. Colección Cuba Material

Ventilador Órbita roto abandonado sobre un escaparate.

Pueden ver aquí el Manual del ventilador Órbita.

Billete de la Lotería Nacional. 1960. Colección Cuba Material.

Durante su etapa de fascinación con la Revolución Cubana, Sartre intentó explicársela al mundo. En Huracán sobre el azúcar aplaude el uso de los dineros de la Lotería Nacional por parte del Instituto Nacional de Ahorro y Viviendas (INAV), fundado el 18 de febrero de 1959 bajo la dirección de Pastorita Núñez, para la construcción de viviendas.

Cuenta el francés que, enterados del decreto que abolía el juego y la prostitución en Cuba, croupieres y prostitutas se presentaron en el Habana Libre (todavía Habana Hilton), donde Fidel Castro tenía sus oficinas. Castro les prometió que dejaría los asuntos de moral para más adelante, cuando tuviera un trabajo diferente que ofrecerles a los padres y madres de familia que en ese momento se dedicaban a actividades relacionadas con el juego, limitándose entonces a prohibir solo las máquinas de juego (traga monedas) y el proxenetismo. El Instituo de la Vivienda pasaría así a encargarse de administrar la lotería, y los billetes en los que muchos ansiaban ver la suerte se llamarían desde entonces Bonos de Ahorro y Vivienda.

Con el dinero de la lotería el gobierno financió la construcción de edificios de vivienda, que fueron conocidos como edificios Pastorita. Yo nací y viví en uno de ellos, en El Vedado, muy cerca de las intersecciones de 23 y 12, y de Línea y 12. Estaba construidos con la técnica de prefabricado, y cada apartamento se hallaba equipado con calentador de agua. Las mesetas de la cocina eran de formica. Mi edificio también tenía garage y, a diferencia de los futuros edificios de microbrigada, las paredes de los apartamentos estaban repelladas con yeso, los closets tenían puertas, y en el patiecito había un amplio lavadero y vertedero.

Mis padres se fueron a vivir allí porque mi bisabuela materna decidió cambiar su apartamento de alquiler, de un cuarto, en un edificio que quedaba muy cerca del parque Mariana Grajales, por uno de dos cuartos en los nuevos edificios Pastorita. Cuando lo decidió, el edificio en donde viviría se encontraba en pre-construcción, gracias a lo que consiguió que el closet del cuarto principal abriera hacia el pasillo en lugar de hacia el cuarto, para que así su escaparate de tres puertas cupiera dentro del dormitorio.

Despensa

Despensa. Casa en El Vedado. Foto 2013.

En Los días no volverán:

(…) Abro una gaveta y me encuentro unos espejuelos sin una pata, y cuando pregunto a mis padres por qué los guardan, me dicen con toda la lógica del mundo: por si el tornillito de la pata que queda se puede usar de repuesto. Los frascos vacíos ni se botan ni se reciclan, se acumulan por si hacen falta; algunas medicinas se atesoranpor si escasean cuando se necesiten.

Una batidora nueva, por muy sofisticada que sea, jamás echará a la basura la batidora rusa con el vaso de aluminio. Cuanto más, la desplazará hacia un lugar menos estratégico en la meseta. Y en efecto, mis padres saben lo que hacen: los equipos rusos parecen eternos, irrompibles. Las lavadoras Aurika continúan funcionando, aunque la mayoría esté mutilada -es preferible exprimir la ropa con las manos a cambio de tener un potente ventilador en casa, hecho con el motor de la centrífuga. Y la Aurika de mis padres no se usa porque otra más moderna hace su trabajo, pero está ahí, como la reina vaga de la casa, por si.

Leer toda la entrada.

Botella de licor con texto de propaganda política «Habana en 26», celebrando el 26 de julio. Colección Cuba Material

La otra noche, una amiga trajo a casa una botella de licor de anís Marie Brizard. Lo conocía desde niña, el envase, si bien no su sabor, porque mi mamá coleccionaba botellas de bebida, por supuesto vacías. Durante muchos años «adornaron» el piso de mi casa, primero distribuidas entre un pequeño barcito de madera que la hermana de mi abuela había hecho cuando estudiaba en la Escuela del Hogar, en los años cuarenta, y una alfombra que era la piel de un leopardo, de la que aún queda parte de lo que fuera el cuerpo del animal (mi padre se la tiraba a veces encima, y gateaba tras mi hermana y yo por toda la casa; a veces nos decía que él mismo había cazado ese leopardo en África, y que por eso tenía la herida que tenía en la espalda, fruto en realidad de una intervención quirúrgica); y más tarde en varias de las repisas de un multimuebles de plywood que mi papá construyó y que ocupaba toda la pared de la sala de mi casa.

Una de las botellas más lindas de la colección era la de Marie Brizard, pero no he podido encontrar en la internet ninguna parecida a aquella de mi infancia. No recuerdo los detalles de su diseño, solamente que el rostro de su fundadora, una señora mayor, aparecía enmarcado en un óvalo, más o menos cerca del cuello de la botella, encima de la etiqueta. Luego supe que había fundado la marca de bebidas en 1755.

Mi hermana y yo jugábamos a veces con la colección, reordenándola a nuestro gusto. No tengo idea de cómo se las ingeniaba mi mamá para conseguir las botellas de su colección, todas hermosas y exóticas (entiéndase de bebidas extranjeras). En raras ocasiones conseguía una llena.

Un día, las botellas desaparecieron en el closet de mi madre. Para entonces, la decoración de la sala de nuestro apartamento Pastorita no interesaba nadie. Mi papá y mi hermana vivían ya en Estados Unidos, yo me mudaba a Nuevo Vedado a un recién heredado apartamento, y mi mamá se disponía a alquilar el sitio que por veinte años fuera nuestro hogar.