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teléfonos fijos

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Teléfono de disco TA-68
Teléfono de disco TA-68

Teléfono de disco TA-68, fabricado en la URSS. 1978. Colección Cuba Material.

En 1958 en Cuba había un teléfono por cada 28 habitantes. En 1960, cuando el gobierno nacionalizó la Cuban Telephone Company (CTC), existían 2,17 aparatos telefónicos por cada cien habitantes, lo que ubicaba a Cuba en el cuarto lugar del ranking latinoamericano y el 46vo. en el raking mundial en cuanto a esta tecnología. Desde entonces, en muchos hogares coexistieron los sobrios teléfonos norteamericanos que había instalado la CTC, por lo general de color negro, con los escandalosos y livianos teléfonos fabricados en la URSS, generalmente de color rojo y de fabricación posterior —data de los setenta.

En casa de mis abuelos había, en el comedor, un teléfono Kellogg norteamericano, sólido y pesado, en torno a cuyo disco estaban inscritas, al lado de cada número del dial, tres (o dos) letras del abecedario, pues antiguamente los números telefónicos locales se escribían con una letra inicial seguida por una corta serie numérica. En la consulta de mi abuelo, en el otro extremo de la casa, había encontrado cambio, desde los ochenta, un moderno teléfono rojo de fabricación soviética. Por el manual del usuario (escrito en ruso con apenas el nombre en ingles y francés, además de este idioma), me entero de que se trata del modelo TA-68, fabricado en 1978.

Leo también en el libro Designed in the USSR 1950-1989 que existía un modelo similar al teléfono rojo de mis abuelos, un poco más ancho, diseñado especialmente para el Kremlin. Se trata del STA-2, y su disco de marcado estaba adornado por el escudo de la URSS. Este teléfono estaba protegido, además, contra escuchas y cualquier otra interferencia, gracias a un revestimiento interior a base de grafito.

Según Foresight Cuba:

La primera conversación telefónica en castellano se realiza en La Habana, en octubre de 1877 . Alexander Bell patenta el teléfono 7 meses después con los aparatos usados en La Habana en el año 1878. El primer servicio telefónico fue inaugurado en la Habana el 6 de marzo de 1882. En el 1899 había 1500 teléfonos en La Habana. El 18 de julio de 1909, (Durante La Segunda Ocupación Norteamericana) se le concedieron los derechos de explotación a la Cuban Telephone Company, la cual instaló una central automática por primera vez en la historia. En este año había ya 4077 teléfonos instalados. Muchos de ellos servían como medio de comunicación entre los centrales azucareros.

En 1994, cuando la compañía estatal de teléfonos de Cuba se convirtió en ETECSA luego de asociarse con una empresa de telecomunicaciones italiana, regresaron a Cuba los modelos Kellogg, esta vez de la serie 500. Para entonces, el resto del mundo había evolucionado a la tecnología digital. ETECSA logró aumentar diez veces la cantidad de teléfonos fijos en la isla, dice hicuba.com, ascendiendo esta en 2017 a cerca de 16 aparatos por cada cien habitantes, según mis cálculos. Según estas cifras, antes de ETECSA, tras treinta años de economía socialista, Cuba habría incrementado la tenencia de teléfonos de 2,17 a cerca de apenas seis aparatos por cada cien habitantes.

Teléfono de disco TA-68

Teléfono de disco TA-68, fabricado en la URSS. Manual del usuario. 1978. Colección Cuba Material.

bicicletas rusas (soviéticas)

Manual de usuario de las bicicletas soviéticas
Manual de usuario de las bicicletas soviéticas

Manual de usuario de las bicicletas soviéticas (en ruso). 1972. Colección Cuba Material.

En 1972, Cuba ingresó oficialmente en el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), la organización de cooperación económica de los países del bloque soviético. A través de este organismo, el país obtuvo préstamos y ayudas económicas para el desarrollo. Cuba pudo importar, además, una serie de bienes de consumo que no se producían en la isla, y la tecnología para fabricar algunos de ellos. Entre estos últimos, bicicletas.

Ya en 1972 se comenzaron a vender en Cuba bicicletas soviéticas. Aquí pueden descargar el manual del usuario, en ruso.

Los soviéticos producían también bicicletas “dobles”, es decir, de dos sillines, y algunas de ellas llegaron a la isla. Solo recuerdo haberlas visto alguna vez en Varadero, en la villa Kaguama, a la entrada de la península. Allí las alquilaban a los huéspedes y, una vez que fuimos a visitar a unos amigos de mis padres, mi hermana y yo montamos una.

lecciones de idioma ruso de Novedades de Moscú

lecciones de idioma ruso
lecciones de idioma ruso

Discos de acetato con lecciones de idioma ruso, editadas por el semanario Novedades de Moscú. 1975-1976. Donación de Mirta Suquet. Colección Cuba Material.

Era bonito el diseño psicodélico de estos discos que enseñaban el vocabulario del casi psicodélico idioma ruso. En la contracubierta, en ruso, inglés, francés, español y árabe, se lee:

El semanario NOVEDADES DE MOSCÚ publicará en los años 1976-1976 una guía de conversación de idioma ruso. Las lecciones correspondientes irán en 6 grabaciones.

Las suscripciones pueden formalizarse a través de las respectivas firmas de su país que mantienen contactos con “Mezhdunaródnaya Kniga” y se encargan de distribuir las publicaciones periódicas soviéticas.

Dirección del semanario Calle Gorki  16/2 Moscú K-9, URSS

h/t: Gracias a Tamara Álvarez por la traducción del título.

perfumes soviéticos

Perfume Romeo
Perfume Moscú Rojo

Perfume Moscú Rojo. Regalo de Mirta Suquet. Colección Cuba Material.

Los setentas trajeron a Cuba toda una gama de perfumes baratos, de esencia sintética, fabricados en la URSS y otros países de Europa del Este. Además del famoso Moscú Rojo, estuvieron a la venta en las tiendas del mercado paralelo, de manera irregular, perfumes como Acacia Blanca, Romeo. Sus nombres, a diferencia de los de muchos otros productos soviéticos, no fueron traducidos al español para el mercado cubano (valdría la pena investigar las derivas de los nombres de marca y su traducibilidad del cirílico al español). Llama la  atención también el hecho de que, con excepción del perfume Moscú Rojo, casi todos los demás frascos de la colección Cuba Material conservan gran parte del contenido original.

Perfume Acacia Blanca

Perfume Acacia Blanca (Biélaia Acatsia). Hecho en la URSS. Colección Cuba Material.

Perfume Violeta

Perfume Violeta. Hecho en la URSS. Colección Cuba Material.

Perfume Romeo

Perfume Romeo. Hecho en la URSS. Colección Cuba Material.

h/t: Tamara Álvarez y Alexis Jardines, quienes tradujeron los nombres.

fotómetro Leningrad 7

Fotómetro Leningrad
Fotómetro Leningrad

Fotómetro Leningrad 7. Hecho en la URSS. Colección Cuba Material.

Mi abuelo tomó fotos durante casi toda su vida adulta, por placer. Ahora que, a sus 99 años, ya no puede hacer fotos, me ha regalado sus equipos, folletos y químicas. Revisándolos, he encontrado los manuales y comprobantes de compra de varias cámaras y accesorios fotográficos, entre ellos un fotómetro japonés Walz Coronet BII de 1956 y uno inglés Weston, modelo Master III, cuya producción data de 1956 a 1960. Para mediados de los ochentas, no tuvo más remedio que adquirir el fotómetro soviético Leningrad 7, cuya producción comenzó en 1984, pese a que la tecnología de la serie 7 resultó más imperfecta que la de versiones anteriores de la misma marca.

Manual del fotómetro Coronet

Manual del fotómetro Walz Coronet BII. Hecho en Japón Colección Cuba Material.

 

Manual del fotómetro Weston

Manual del fotómetro Weston, modelo Master III. Hecho en el Reino Unido. Colección Cuba Material.

cuchillas de afeitar

Cuchilla de afeitar Venceremos
Cuchillas de afeitar Astra

Cuchillas de afeitar Astra. Hechas en Checoslovaquia. Colección Cuba Material.

Por décadas, mi abuela guardó, en el escaparate de su cuarto, hojas usadas de cuchillas de afeitar. Las usaba, cuando ya no conseguían eliminar la naciente barba de mi abuelo o los pelos de sus piernas, para zafar costuras.

En el libro Guerrillas in Power: The Course of the Cuban Revolution (1970, New York: Hill & Wang), el periodista norteamericano de origen polaco K. S. Karol da fe de la escasez de cuchillas de afeitar que, ya en los sesentas, se vivía y del malestar popular asociado con la mala calidad de aquellas que se importaban del área socialista:

The language used by the Castroists at home was full of phrases reminiscent of Chinese arguments. They used the term revisionism as an obvious reference to the U.S.S.R. and its allies abroad. Even merchandise from Eastern Europe was commonly described by this title. Thus on my first day in Havana [en 1967] I learned that revisionist trucks were of very poor quality, or that anyone using revisionist blades needed no shaving cream—his tears would be quite enough. (Pp. 306-7)

El también periodista norteamericano Jose Yglesias, quien igualmente visitó el país en los sesentas, dice:

El Gallego liked to talk, but he had to go home to shave. I offered him a blade—”if you do not mind accepting it,” I said.

“If I do not mind!” he said. “If you know how I have plotted to ask you for one!”

When I saw him later clean-shaven, he said, “What a difference to the Soviet Astras. I can use it many more times.”

From then on, I would give a blade to men and the response was always the same. I gave a package of five to Dr. Padrón and he was quite thrilled. “I think I can make them last until Christmas if I use them right. Look at the shave I got—I do not think I have to shave for the rest of the week. I even cut myself because my beard was so thrilled that it got goose pimples!” (Yglesias, Jose. 1968. In the Fist of the Revolution: Life in a Cuban Country Town, p.112).

Cuchillas de afeitar Astra

Cuchillas de afeitar Astra. Hechas en Checoslovaquia. Colección Cuba Material.

Cuchillas de afeitar Neva

Cuchillas de afeitar Neva. Hechas en la URSS. Colección Cuba Material.

 

Cuchillas de afeitar Venceremos

Cuchillas de afeitar Venceremos. Hechas en Checoslovaquia. Colección Cuba Material.

Cuchilla de afeitar Venceremos

Cuchilla de afeitar Venceremos. Hecha en Checoslovaquia. Reverso. Colección Cuba Material.

Cuchilla de afeitar Rawa Lux

Cuchilla de afeitar Rawa Lux. Hecha en Polonia. Colección Cuba Material.

cuchillas de afeitar Sputnik

Cuchilla de afeitar Sputnik. Hecha en la URSS. Colección Cuba Material.

Cuchillas de afeitar Regina

Estuche de cuchillas de afeitar Regina con hojas de cuchillas de diferentes marcas coleccionadas por Gertrudis Caraballo Gálvez (mi abuela). Colección Cuba Material.

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El Código de Defensa Socialista, promulgado en 1961 contra el acaparamiento y la especulación, prohibía, según Díaz Castañón (2004), “la venta callejera de 15 artículos: ‘cuchillas de afeitar, hilo de coser, jabón, sábanas y fundas, pasta dental, papel sanitario, vasos, platos, tazas, juegos de cristal, loza y plástico, pilas, linternas, detergente, tela antiséptica, mosquiteros, bombillos, desodorante, biberones y pezones de goma’.” (p. 169). En Díaz Castañón, María del Pilar. 2004. Ideología y Revolución. Cuba, 1959-1962. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.

bandejas plásticas

Bandeja y portavasos plásticos
bandeja plastica

Bandeja plástica de fabricación en el Bloque Socialista. 1980s. Colección Cuba Material.

Estas bandejas de plástico que imitaban el cristal tallado se vendieron en Cuba en el mercado paralelo, durante los ochentas. Recuerdo haberlas visto en algunas cosas adornando las paredes.

Verónica Cervera, la autora del libro La cocina cubana de Vero, dice que en Miami se pueden comprar unas bandejas similares, fabricadas en China.

Bandeja y portavasos plásticos

Bandeja y portavasos plásticos. 1980s. Colección Cuba Material.

La Habana elegante: Resonancias desde la piel de la manzana roja

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Reloj despertador
Reloj despertador

Reloj despertador. Hecho en la URSS. Colección Cuba Material.

En La Habana elegante: Resonancias desde la piel de la manzana roja, por Emerio Medina:

Si uno se detiene un poco a examinar lo que nos quedó de la presencia rusa en Cuba, descubriría que estamos rodeados por elementos imprescindibles y variados: medios de transporte, tecnología, vocabulario, nombres propios, cultura cinematográfica, ciertos íconos culturales, abundante literatura impresa (basta revisar los estantes de una biblioteca pública o las colecciones privadas de muchísimos lectores). Para la mayoría de los cubanos de más de 30 años hoy es imposible recordar sus años jóvenes sin evocar un radiorreceptor Rodina o Selena, un televisor Krim o Elektron, una bicicleta Chaika o librosUkrania (más conocida como XBЗ), una cámara fotográfica Zenit o FED, un tocadiscos Ilga, una grabadora VEF o Radiotejnica, las revistas Unión Soviética, Spútnik y Mujer Soviética, un automóvil Lada, Moskvich o Volga, un camión KamAZ, ZIL, GAZ o KpZ, una motocicleta Verjovina, Karpati, Vosjod, Ural, Dniéper o Júpiter, un reloj-pulsera Slava, Raketa o Poljot, un despertador Zariá, una guagua LAZ o PAZ, una lavadora Aurika, una batidora cuya marca nadie nunca supo, un equipo de aire acondicionado BK, una plancha eléctrica de nombre impronunciable, un osito de peluche, una jaba plástica, una escoba del mismo material, un ventilador Orbita inolvidable (se descocotaba, y entonces había que amarrarle el casco del motor con un alambre, y luego se calentaba y el plástico se derretía; se quedaba chamuscado y negruzco pero nunca dejaba de funcionar). Sería imposible privar a la mayoría de los cubanos de una memoria histórica tan fuerte como ésa. (1) Todas las libretas de la escuela se forraban con páginas de la revista Unión Soviética, que eran algo así como el forro ideal por la calidad del papel y los colores de las láminas. . . . El público lector, que tuvo total acceso a las producciones de las editoriales Mir y Progreso en los años setenta y ochenta, recuerda y conserva las colecciones de la época: Ráduga, Planeta. Todavía hoy, a más de veinte años de la caída de Moscú, una gran parte de los cubanos sigue añorando los años en que los dos países compartían un sistema social. Eso es inevitable, si se tiene en cuenta que durante treinta años los cubanos vivimos bajo una influencia total del país soviético. Era imposible, pues, acceder a otra cosa que no fuera un producto de origen ruso: comida (toda clase de enlatados, aceite, granos, arroz, jugos, fórmulas infantiles, harina, pescado, compotas, leche) (3), ropa, efectos eléctricos (prácticamente en exclusiva), publicaciones, películas, series televisivas, automóviles, tecnología en general, materias primas, comunicaciones, equipos de transporte marítimo, aéreo y terrestre. Esa inundación en exclusiva del mercado interno cubano creó una rusomanía tácita que nos dejaría sus huellas para siempre (4). Hoy se puede decir, por ejemplo, que tenemos más de trescientos nombres cubanos modernos que se originan en nombres y sonoridades rusas (5). . . .

Pero hubo un grupo importante de generaciones de cubanos que no solamente recibieron la influencia indirecta de una cultura tan lejana, sino que tuvieron la experiencia de primera mano porque, simplemente, vivieron en la Unión Soviética durante una parte importante de su vida: la primera juventud, esos años imprescindibles de la formación profesional. A ese grupo me referiré, en general, y tomaré mi experiencia personal como ejemplo para ilustrar el impacto que pudo haber causado en un joven de 18 años la exposición a la vida en Rusia o en alguna de las repúblicas que integraban la Unión. Hablaré de eso, y a la vez trataré de hurgar en las posibles influencias de ese impacto en un futuro escritor, como es mi caso.

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Generación Y: En venta las medallas

Medalla por el aniversario de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR)
Medalla por el aniversario de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR)

Medalla por el aniversario de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR). Colección Cuba Material.

En Generación Y: En venta las medallas:

Grados militares, estrellitas, distinciones de mayor o menor importancia: condecoraciones que remiten a glorias pasadas. Junto a los libros que se venden en la Plaza Vieja -y las postales turísticas con el rostro del Che- tenemos el mayor mercado de medallas de todo el país. Si en Alemania oriental cayó el muro y después el comercio de las insignias ganó la calle, aquí éste ha surgido frente a los ojos de quienes prendieron esas calaminas sobre las solapas. Muchos trabajadores de vanguardia, soldados mutilados y federadas combativas que recibieron tales honores prefieren hoy intercambiarlos por pesos convertibles. Mercadean en moneda fuerte el objeto que los distinguía como modelos sociales a imitar.

Sobre un tapete rojo, carente ya de cualquier sobriedad, se exhiben los emblemas de una nación sofocada entre diplomas y distintivos. La herencia soviética nos dejó esta larguísima fila de órdenes, distinciones, ramas de olivo, laureles de blando metal, certificados de destacado, hoces y martillos pintados en rojo y escudos de la república impresos sobre zinc. Una parafernalia del reconocimiento que calcó el kitsch y la desmesura llegados desde el Kremlin. En aquellos años nadie quería quedarse sin su condecoración, pues esas distinciones se trocaban por prebendas o privilegios. En las asambleas donde se entregaba un refrigerador o una lavadora, los aspirantes al electrodoméstico iban con su ristra de galardones colgada en la camisa. La reunión se convertía así en un ring de méritos, en un carnaval de hazañas exageradas. Pero eso fue hace mucho tiempo…

A estas alturas de tan escéptico 2012, la estética de aquellas insignias nos provoca una mezcla de curiosidad y extrañeza. Algunos vagabundos de la Habana Vieja se las colocan sobre el pecho para que los sonrientes turistas les regalen unas monedas.  También, escondidas en el fondo de innumerables gavetas, yacen muchas de aquellas reliquias por la indiferencia o la decepción de su beneficiario. Otras -sencillamente- tienen un precio. Se venden en el mercado de antigüedades junto a muestras numismáticas del siglo XIX o cámaras Leica octogenarias. Los compradores sopesan las medallas, le regatean al vendedor, para al final descartar o llevarse el frío metal que contiene tanto pompa como fracaso; esplendor y caída.

Medio siglo de arquitectura cubana, por Roberto Segre

Restaurante El Conejito
Restaurante El Conejito

Restaurante El Conejito.

Texto tomado de Café de las ciudades:

Arquitectos y administradores

Este proceso social y económico [la institucionalización del socialismo en Cuba] no se reflejó mecánica y simétricamente en la arquitectura y el desarrollo cultural cubano. O sea, si existía una ortodoxia ideológica marxista-leninista, que en el arte coincidió con el “realismo socialista”; a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, éste tuvo escaso seguidores en la isla – fue una excepción la multiplicación de monumentos conmemorativos por el territorio – manteniendo Cuba una actitud independiente respecto a la cultura artística predominante en la URSS (José Ferrater Mora, Diccionario de Filosofía). Desde la visita de Fidel al Colegio de Arquitectos en marzo de 1959 para plantear las nuevas tareas que debían acometer los profesionales – cooperativas campesinas, viviendas obreras, centros de educación y salud en la Sierra Maestra, etc. –, los miembros del jet set arquitectónico, opuestos a renunciar al ejercicio privado de la profesión y a los proyectos de temas suntuarios, emigraron hacia los Estados Unidos (Roberto Segre, “Encrucijadas de la arquitectura en Cuba: realismo mágico, realismo socialista y realismo crítico“) ajenos al principio martiano de que “la arquitectura es el espíritu solidario” (Fernando Salinas, “Prólogo: años de nacimiento“).

Ello creó un vacío generacional, ya que los diseñadores que dominaron el escenario de la década de los años cincuenta, con obras de indiscutible calidad estética, formal y espacial, y que ocupaban los cargos directivos en el Colegio de Arquitectos y en la enseñanza universitaria, no habían formado el relevo, en parte debido a la juventud de sus miembros, así como también por el carácter elitista de la profesión. Los pocos recién graduados – que además de su condición de talentosos profesionales, participaron en las acciones contra la tiranía –, decididos a permanecer en la isla y trabajar para el nuevo régimen integrados al Ministerio de la Construcción – Fernando Salinas, Raúl González Romero, Juan Tosca, Ricardo Porro, Andrés Garrudo, Antonio Quintana, Mario Girona, Hugo Dacosta, Vicente Lanz y otros –, no lograban asumir las crecientes demandas de obras y proyectos, además de los cargos docentes y administrativos indispensables para el funcionamiento de la enseñanza y de la producción.

En consecuencia, aconteció la formación acelerada de cuadros técnicos de precario nivel académico; y a la vez, ingenieros, constructores y arquitectos distantes de la práctica proyectual, afrontaron las tareas organizativas y productivas, distanciándose de los fundamentos estéticos de la arquitectura, al privilegiar los aspectos técnicos y económicos, obsesionados por la normalización y tipificación de los componentes constructivos, supuestos símbolos del progreso social y científico. Ellos fueron responsables de la arquitectura mediocre y masiva que surgió a partir de la década de los años setenta, caracterizada por el uso de elementos prefabricados de escasa calidad de diseño.

Influencias recíprocas: estética y construcción

El período comprendido entre 1959 y 1970, correspondió a la etapa más efervescente de la nueva arquitectura cubana. Aunque en términos económicos y tecnológicos se asumieron las experiencias constructivas y de la planificación territorial de la URSS y de otros países del campo socialista – en particular Alemania Democrática, Polonia, Yugoslavia y Checoslovaquia –, no existió una significativa influencia en el diseño o en las formulaciones teóricas. El primer contacto directo entre los arquitectos cubanos y los homólogos del Este europeo ocurrió en el VII Congreso de la UIA (Unión Internacional de Arquitectos) celebrado en La Habana en 1963. En esta ocasión, el arquitecto Reynaldo Estévez – uno de los profesionales más activos en los vínculos con la URSS –, editó las actas del V Congreso de la UIA celebrado en Moscú en 1958 (V Congreso de la UIA. Moscú, 1958), que resumían las realizaciones urbanísticas y arquitectónicas soviéticas de la segunda posguerra.

Sin embargo, cabe suponer que fueron los arquitectos de la URSS quienes admiraron la libertad creadora evidenciada en las obras cubanas, despertando el entusiasmo de Natalia Filipovskaya, autora de un pequeño libro muy ilustrado publicado en Moscú, con ejemplos de la década del cincuenta y primeros años de los sesenta (Natalia Filipovskaya, Arquitectura de la Revolución Cubana). . . .

El rescate del Constructivismo

La primera ayuda significativa de la URSS ocurrió en 1963 a raíz del ciclón Flora que arrasó con campos y poblaciones de las provincias orientales, destruyendo miles de viviendas. Fue obsequiada a Cuba una planta de prefabricación pesada, capaz de producir 1.700 unidades por año, que se instaló en Santiago de Cuba. Allí se construyó el Distrito “José Martí” para 72 mil habitantes, siguiendo las normas de relación servicios-población establecidas en la Unión Soviética (Roberto Segre, La vivienda en Cuba: República y Revolución). Sin embargo, no se aceptó el diseño original de los paneles, poco apropiados al clima tropical. Un equipo de arquitectos cubanos – Fernando Salinas, Enrique De Jongh Julio Dean, Edmundo Azze, Orlando Cárdenas y otros – proyectaron los nuevos modelos semitransparentes que permitían la ventilación cruzada de las habitaciones. O sea, en la década del sesenta resultaba evidente el avance “estético” de la arquitectura cubana, influenciada por el International Style de origen norteamericano, respecto a la tradición monumental aún presente, o al pragmatismo constructivo que prevalecían en la URSS bajo la orientación de Jruschov.

De allí que pocos arquitectos soviéticos participaron en los equipos de apoyo técnico diseminados en la isla, más vinculados a la planificación económica y a los procesos constructivas. Entre las visitas excepcionales, relacionadas con la cultura arquitectónica y el diseño, podemos citar a M. Soloviev, Director del Departamento de Diseño Industrial y a A. Riabushin, Director del Departamento de Teoría e Historia de la Arquitectura, ambos en Moscú. Sólo una decena de profesionales cubanos se formó en la URSS, sin alcanzar posiciones destacadas en su desarrollo profesional en la isla. En las publicaciones locales el interés estuvo dirigido hacia la experiencia constructivista de los años veinte, y el esclarecimiento de las contradicciones que llevaron a su paralización en los treinta con el fin de evitar que el dogmatismo y el burocratismo arquitectónico se repitiesen en Cuba. En 1968, Fernando Salinas promovió la traducción al español del libro italiano de Vittorio de Feo (Vittorio de Feo, La arquitectura en la URSS 1917-1936); e intenté publicar la emotiva autocrítica de A. K. Burov, miembro de la vanguardia de los “años de fuego”, justificando las concesiones realizadas al historicismo académico en las obras realizadas a partir de 1933 (A.K. Burov, Sobre la Arquitectura).

Regionalismos y folklorismos

El proceso de “institucionalización” del país ocurrido después de la fracasada zafra de los diez millones de toneladas de azúcar de 1970, tuvo su repercusión también en la arquitectura. La autonomía proyectual de los arquitectos quedó doblegada por las estrictas normas establecidas por el Ministerio de la Construcción y la definición de rígidas tipologías planimétricas y compositivas para cada uno de los temas desarrollados, asociadas al empleo de elementos constructivos prefabricados. Cada tema poseía su propia configuración funcional y tecnológica: las industrias, las escuelas, las viviendas, los hospitales, los hoteles, etc.. Proliferaron los folletos técnicos y los libros referidos a la prefabricación y la economía de la construcción (Germán Bode Hernández, Hacia la industrialización del sector de la construcción).

A partir de 1975 la revista Arquitectura Cuba integró en sus páginas la arquitectura y el urbanismo soviéticos, en particular sobre aquellas repúblicas de la URSS que habían desarrollado un lenguaje “regionalista”; también influenciado por las ediciones masivas de los libros de Vladimir Khait sobre la obra de Oscar Niemeyer, demostrativos de la libertad creadora de un diseñador “comunista” latinoamericano (Vladimir Lvovitch Khait, Oskar Nimeeier). Un historicismo acontextuado apareció en la sede de la embajada de la URSS en el barrio residencial de Miramar, cuya alta, compleja y maciza torre era más apropiada para Alma Ata o Krasnoiarsk que para La Habana. Lenguaje formalista de escaso contenido conceptual que incidió localmente en la renovación estética de los años ochenta, al impulsarse nuevamente el turismo en Cuba y construirse algunos conjuntos hoteleros en falso vernáculo indígena.

Un campo ascético y moral

Durante la lucha revolucionaria contra Batista, los planteamientos sociales y económicos contenidos en el “Manifiesto del Moncada”, no estuvieron acompañados de propuestas urbanísticas y arquitectónicas concretas. De allí que las iniciativas ejecutadas desde 1959 se fueron adecuando a las definiciones políticas e ideológicas del momento. Sin embargo, hasta la década de los años ochenta perduró el objetivo de privilegiar el desarrollo del campo y de los asentamientos de los trabajadores rurales sobre las estructuras urbanas. Si por una parte Stalin rechazó el utopismo “urbanista” de Sabsovich y “desurbanista” de Miljutin y fortaleció el desarrollo de Moscú como capital de la URSS; la dirección del nuevo gobierno no se identificó con La Habana, ciudad considerada pecaminosa y representativa de los vicios del capitalismo (Roberto Segre, “Sombres et utopies tropicales de La Havane“), asumiendo un criterio de planificación territorial antiurbano (Felipe J. Prestamo, “City planning in revolution: Cuba, 1959-61“). A finales de los años sesenta, los habitantes de la capital expiaron sus pecados trabajando en el hinterland rural del llamado “Plan del Cordón de La Habana”, de escaso éxito productivo. Surgieron en todo el país las cooperativas rurales, pequeños núcleos de viviendas relacionados con la explotación agrícola y ganadera, equipados con los servicios sociales básicos, que sustituyeron los tradicionales bohíos aislados de los campesinos pobres. Era la aplicación de las tesis de Marx y Engels, quienes imaginaban el fin de la contradicción entre los niveles de vida del campo y la ciudad, con el advenimiento del socialismo. Resultó un modelo paradigmático la Comunidad Forestal “Las Terrazas” en la Sierra del Rosario, Provincia de Pinar del Río (1969).

El objetivo principal de la planificación territorial consistió en crear una estructura homogénea de asentamientos habitacionales y productivos, superando los desequilibrios estructurales profundizados a lo largo de cuatro siglos: por ejemplo en 1958, La Habana moderna y desarrollada concentraba el 30 % de una población de alto nivel de vida, en detrimento de las condiciones precarias existentes en el resto del país. La tecnificación de la producción agrícola y el asentamiento de nuevas industrias crearon “polos” urbanos en las áreas rurales, intercomunicados entre sí por un nuevo sistema vial (Sergio Baroni Bassoni, Hacia una cultura del territorio). Se llevaron a cabo importantes obras de infraestructuras, entre las que predominaron las represas de agua, cuya escasez constituía uno de los principales problemas que confrontaba la isla.

La reorganización del territorio significó también la participación comunitaria en las tareas productivas y en la gestión administrativa, creando una conciencia social del desarrollo económico del Estado, no como consecuencia de directivas del poder distante, sino de las decisiones emanadas de los diferentes niveles políticos del país. El rechazo a la ciudad heredada se manifestó en la construcción de un sistema funcional – escuelas, fábricas, hospitales, centros de investigación, hoteles – en un anillo periférico bordeando las capitales provinciales – Santa Clara, Camagüey, Holguín, etcétera. –, representando lo que se llamó “el mito de lo nuevo”; o sea, el modelo urbano que debía sustituir la ciudad tradicional (Roberto Segre, “La Habana siglo XX: espacio dilatado y tiempo contraído”). Propuesta que fracasó ante la carencia de un tejido conectivo que integrase espacialmente las diferentes funciones y permitiese una vitalidad social similar a la existente en el centro histórico. Cabe señalar también la escasa madurez conceptual de los fundamentos ideológicos del modelo, formulado en otro contexto y otro tiempo histórico, que no fueron adaptados a las condicionantes particulares de la realidad cubana.

La utopía del “hombre nuevo”

Sin lugar a dudas, la organización de la educación en la década del setenta logró la expresión urbanística y arquitectónica más importante del sistema “comunista” cubano. A partir de una tecnología constructiva local – el sistema “Girón” – de elementos prefabricados, fueron realizadas centenares de escuelas de diferentes dimensiones, entre 500 y 5.000 alumnos. A partir del programa definido como “la escuela al campo” para la enseñanza secundaria, se organizaron verdaderas “ciudades” de la educación, sumergidas en el territorio agrícola, con el fin de formar el “hombre nuevo” del siglo XXI caracterizado por el Che Guevara (Ernesto Che Guevara, “El socialismo y el hombre en Cuba”). A pesar de las rígidas normas técnicas y tipológicas imperantes, el equipo de arquitectos del Departamento de Construcciones Escolares del Ministerio de la Construcción, dirigido por Josefina Rebellón, logró combinaciones formales, volumétricas, espaciales y cromáticas que identificaban la particularidad de las composiciones libres y asimétricas, las amplias galerías cubiertas y las plazas interiores de las escuelas.

Entre las más significativas citemos la Escuela Vocacional Lenin (1974) de Andrés Garrudo en La Habana; la Escuela Vocacional Máximo Gómez (1976) en Camaguey y la Escuela Volodia del Parque Lenin (1976) de Heriberto Duverger. Esta tipología constructiva fue aplicada en múltiples obras, entre las que sobresalieron los Palacios de los Pioneros; del Parque Lenin (1978) de Néstor Garmendía, y de Tarará (1975) de Humberto Ramírez, ambos en La Habana. A su vez, el modelo de la Secundaria Básica en el Campo se convirtió en un icono arquitectónico representativo de la nueva pedagogía revolucionaria, siendo exportado a varios países de América Latina y el Caribe: Jamaica, República Dominicana, Nicaragua y Perú.

Las viviendas anónimas

Aunque durante cuarenta años el Estado realizó un promedio de diez mil viviendas anuales, este tema fue el menos exitoso en cuanto al diseño arquitectónico y urbanístico. La Habana del Este (1959-61), primera gran iniciativa de un conjunto habitacional, fue realizado a partir del modelo de la Unidad Vecinal norteamericana y de una tipología de edificios similares a los apartamentos burgueses del barrio del Vedado. Ante el supuesto costo excesivo de esta experiencia – apreciación que se demostró errónea, ya que los edificios se mantienen en perfecto estado de conservación, cosa que no ocurrió con las viviendas de la “Microbrigada” (Mario Coyula, “La ciudad rampante. Cuando éramos jóvenes y hermosos“) –, se comenzaron a construir bloques anónimos de cuatro plantas con elementos prefabricados. Tuvieron mayor calidad constructiva y formal los edificios realizados con las piezas de la fábrica soviética de Santiago de Cuba, aunque la rígida distribución urbanística, creó espacios anónimos y deshumanizados. Otros sistemas importados de Yugoslavia – el IMS – y de Canadá – el LH – también poseían una alto nivel de terminaciones y de combinaciones formales, pero adolecían, en los conjuntos construidos, de los defectos compositivos, rígidos y abstractos, repetidos en todos los países socialistas de Europa del Este.

Las propuestas experimentales de Fernando Salinas – el sistema Multiflex –; del venezolano Fruto Vivas; de las unidades ligeras de Hugo Dacosta; y en los años ochenta, de los jóvenes Juan Luis Morales y Rosendo Mesías para colaborar con la autoconstrucción en la ciudad histórica, no fueron asimiladas por el Ministerio de la Construcción. Cuando en 1970 se inició la construcción de bloques artesanales por el sistema de la “Microbrigada” , la participación popular hubiese permitido una variedad de diseños que no fue implementada: la rígida normativa institucional hizo repetir ad infinitum los bloques de apartamentos. Cierta libertad formal quedó implementada en los años ochenta, al llenarse los vacíos de la ciudad tradicional con edificios atípicos, pero la baja calidad constructiva invalidó cualquier propuesta estética. Al promoverse en los años noventa la realización de viviendas para residentes extranjeros en el aristocrático barrio de Miramar, se utilizaron repertorios historicistas, similares a los utilizados en las viviendas de lujo de los países capitalistas (Joseph L. Scarpaci, Roberto Segre, Mario Coyula, Havana. Two Faces of the Antillean Metrópolis).

La creatividad de los años sesenta

La rigidez característica del estado socialista, implícita en las decisiones emanadas desde el poder central, no pudo doblegar la iniciativa individual de los arquitectos de talento, deseosos de expresar creativamente los contenidos humanistas de la ideología marxista-leninista. Afortunadamente, el sistema cubano de dirección de la construcción no poseía las mismas estructuras burocráticas imperantes en la URSS y los países de Europa del Este. Tampoco fueron promovidas por el gobierno construcciones monumentales de sedes partidarias o de la administración pública, al utilizarse los edificios de la década de los años cincuenta, vaciados al desaparecer la empresa privada. Resultó una excepción el edificio del PCC en Sancti Spíritus, integrando la tribuna para los desfiles patrióticos.

A lo largo de estos cuarenta años existieron algunos pocos grados de libertad que permitieron crear obras arquitectónicas paradigmáticas que caracterizaron la personalidad de las sucesivas décadas. En los años sesenta, la carencia de una clara planificación económica y de una estructura piramidal de decisiones, hizo posible algunos ejemplos de innegable valor estético: en La Habana, el conjunto de las Escuelas Nacionales de Arte, de los arquitectos Ricardo Porro, Vittorio Garatti y Roberto Gottardi (1961-1965), surgió en el bucólico paisaje del Country Club, y sus formas libres, expresivas e inéditas, resumieron las metáforas culturales – la fusión de los códigos de la modernidad, la tradición colonial y el rescate de la cultura negra –, representativas de la etapa “surrealista” de la Revolución (esta obra, difundida mundialmente, en proceso de restauración, luego de décadas de abandono, todavía atrae la atención de las editoras y revistas especializas de Estados Unidos y Europa; ver John Loomis, Revolution of forms. Cuba´s forgotten Art Schools.). La Ciudad Universitaria “José Antonio Echeverría” (1961-1969), también en las afueras de la capital, realizada por un equipo dirigido por Humberto Alonso y posteriormente por Fernando Salinas, demostró la flexibilidad de un sistema de elementos prefabricados – el lift-slab de origen canadiense –, adaptado a la topografía del terreno y a la diversidad de funciones exigidas por el Instituto Politécnico.

También en el céntrico barrio del Vedado – La Rampa –, se quiso demostrar el nuevo uso social de la tierra urbana, en un espacio que en la etapa anterior era reservado para la presencia de costosos edificios de oficinas o hoteles de lujo. La construcción del Pabellón Cuba (1963) de Juan Campos y la heladería Coppelia (1966) de Mario Girona, monumentalizaron dos espacios públicos dedicados a la recreación cotidiana de los habitantes urbanos. En la provincia oriental de Holguín, el arquitecto Walter Betancourt proyectó la Casa de la Cultura de Velasco (1964-1984) por iniciativa del gobierno local, realizada con la participación comunitaria. En ella utilizó un lenguaje regionalista y sincrético, que integró la formación wrightiana del arquitecto con la herencia campesina y los elementos decorativos indígenas de taínos y siboneyes.

Imaginación vs. masividad

En los años setenta, período caracterizado por el dogmatismo ideológico y la rigidez de las normas constructivas aplicadas en las obras sociales de carácter masivo, los símbolos estuvieron relacionados con la naturaleza recuperada y la significación del “diseño ambiental” como síntesis entre las manifestaciones artísticas, el diseño, la arquitectura y el urbanismo. Antonio Quintana (1919-1993) con un equipo de profesionales realiza el centro recreativo del Parque Lenin (1970), identificado por la espacialidad y transparencia del restaurante “La Ruina” de Joaquín Galbán, quien magnifica y monumentaliza los elementos constructivos prefabricados utilizados en las obras anónimas, otorgándoles una particular significación estética. Luego, Quintana proyecta el ligero y transparente Palacio de las Convenciones (1979) de La Habana, cuyos salones quedan circundados de la exuberante vegetación tropical del lujoso y exclusivo barrio de Cubanacán.

Finalmente, Fernando Salinas (1930-1992) construye la Embajada de Cuba en Ciudad México (1976), obra que sintetiza las búsquedas estéticas y culturales de dos décadas de socialismo: una arquitectura sobria y liviana, metáfora de las escuelas en el campo, caracterizada plásticamente por la presencia de gráficos, escultores y pintores, con obras expresivas de la vanguardia cubana. La fuente “Aguas Territoriales” de Luis Martínez Pedro que preside la entrada, identifica los múltiples tonos turquesa del mar del Caribe que circundan la isla.

El regreso a la ciudad

En los años ochenta ocurrió el rescate de la ciudad tradicional, que había sido abandonada durante casi dos décadas. Al obtener La Habana el reconocimiento de la UNESCO de “Patrimonio Cultural de la Humanidad” (1982), la atención de las intervenciones estatales se orientó hacia la recuperación de los monumentos en los centros históricos: las iniciativas de Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad de La Habana, transformaron la imagen decrépita del centro histórico en un espacio de gran vitalidad social, comercial y turística. A su vez, la descentralización de los proyectos, permitió la ejecución de obras atípicas promovidas por los poderes municipales – en La Habana tuvo particular importancia la gestión de Mario Coyula (Mario Coyula, Editor, La Habana que va conmigo) –, facilitando la participación de los arquitectos jóvenes, quienes cuestionaron el anonimato de la arquitectura prefabricada de la década anterior.

Se creó el movimiento de la “Generación de los Ochenta”, constituida por Emilio Castro, Rafael Fornés, Juan Luis Morales, José Antonio Choy, Emma Álvarez Tabío, Eduardo Luis Rodríguez, Teresa Ayuso, Francisco Bedoya y otros. Ellos intervinieron en los vacíos urbanos con obras que resentían la influencia del historicismo contextualista del “posmodernismo”, proveniente del Primer Mundo. Resultó paradigmática de esta etapa el consultorio del médico de la familia en La Habana Vieja (1988) de Eduardo Luis Rodríguez y la gasolinera “Acapulco” en el Vedado, de Heriberto Duverger (1990). Sin embargo, como los procesos históricos sociales y culturales no resultan lineales, en esta década, caracterizada por la apertura ideológica y el apoyo a las manifestaciones artísticas de vanguardia, coexistió un retorno a las expresiones monumentales del “realismo socialista”. En casi todas las provincias fueron erigidos monumentos conmemorativos que asumieron el modelo soviético, ya presente en La Habana en la escultura de Lenin realizada por el artista ruso Kérbel. Citemos el monumento al Che Guevara en Santa Clara y a Antonio Maceo en Santiago de Cuba. Resultaron una excepción el conjunto conmemorativo a la caída en combate de Antonio Maceo en las afueras de La Habana de Fernando Salinas, y la Plaza de la Revolución Mariana Grajales del equipo Rómulo, Villa, Angulo, García Peña (1986) . En los años noventa, el simbolismo de la estatua de Lenin fue sustituido por la figura en bronce de John Lennon, sentando en un parque del Vedado.

Incógnitas y ambigüedades

En los años noventa, la crisis económica producida por la desintegración del mundo socialista y la desaparición de la URSS, paralizó casi totalmente las obras de contenido social. El turismo se convirtió en el motor de la economía y se importaron proyectos extranjeros de carácter comercial y de escasos contenidos culturales y estéticos. Dentro de la precariedad económica del “Período Especial en Tiempos de Paz”, imperante en la última década del siglo XX, sobresalieron los proyectos de José Antonio Choy y su equipo: el hotel Santiago de Cuba (1990) y el Banco Financiero Internacional (2001) en La Habana, obras que intentaron reintegrar a Cuba en el concierto arquitectónico mundial y en el manejo de los códigos de la contemporaneidad, más allá de todo determinismo ideológico. La presencia del dólar como moneda corriente hizo resurgir el tema de los shoppings, abandonado desde la década de los cincuenta, produciéndose edificios banales de corte kitsch.

Ante las incógnitas de un futuro incierto, algunos críticos y arquitectos locales desataron una crítica contestataria de la arquitectura “comunista”, o sea, de las obras masivas construidas entre las décadas de los años sesenta y ochenta, promoviendo el rescate nostálgico – y veladamente ideológico – de las realizaciones de la década de los años cincuenta (Eduardo Luis Rodríguez, The Habana Guide. Modern Architecture 1925-1965). Postura injusta y tergiversadora de la realidad: a lo largo de más de cuatro décadas de socialismo, jamás se rompió el hilo conductor de la cultura arquitectónica cubana – originada en el Movimiento Moderno de la etapa anterior – en las obras paradigmáticas de cada período.

Por otra parte, es lícito afirmar que un estilo “comunista”, de ascendencia soviética, monumental y apologético, nunca existió en Cuba. Pese a las complejas dificultades que afrontó el país desde 1959, no se doblegó la creatividad y originalidad de los profesionales quienes, luchando a contracorriente del pragmatismo hegemónico de los organismos centrales del Estado, buscaron aplicar los principios del humanismo martiano – en antítesis con dogmas y estructuras burocráticas –, manteniendo viva la tradición y la identidad cultural de la arquitectura – estrechamente vinculados a la vanguardia artística (la UNEAC, Unión de Escritores y Artistas de Cuba, jugó un papel fundamental en la defensa del carácter “artístico” de la obra arquitectónica. En 1990, por iniciativa de su presidente, Abel Prieto, el presidente de la Sección de Crítica, Roberto Segre, creó la Sección de Diseño Ambiental, que fue presidida por Fernando Salinas; a esta iniciativa se opuso el Ministerio de la Construcción y la UNAICC, Unión de Arquitectos, Ingenieros y Constructores de Cuba, aduciendo el carácter “elitista” de aquella agrupación) –, representativas de una cubanidad identificada con el sincretismo de su literatura, música y artes plásticas, surgido del mestizaje social, incapaz de ser destruida por los altibajos de los sistemas políticos.

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Caviar con ron, por Jacqueline Loss y José Manuel Prieto

Caviar con ron.
Caviar con ron.

Caviar con ron. Libro editado por Jacqueline Loss y José Manuel Prieto.

En Diario de Cuba:

Caviar with Rum es un nuevo volumen de ensayos compilado por Jacqueline Loss y José Manuel Prieto, dedicado a la historia y el legado de la relación entre la antigua URSS y Cuba, desde sus primeras aproximaciones hasta más allá de su desenlace tras la disolución de la URSS en 1990, para incluso comprender varias formas de nostalgia contemporánea ante tal pasado. Pero el libro no trata de la complicada política, o de la historia de grandes figuras de estos países: aborda, más bien, las memorias cubanas de tal relación, memorias íntimas, subjetivas, reveladoras, dulceamargas.

(…)

Los ensayos aquí reunidos ofrecen, sin embargo, varias metáforas alternativas a las del título. La relación entre la isla caribeña y el imperio euroasiático es, no pocas veces, de índole sexual, y los resultados demasiado literales de esta unión sexual son tachados de aguastibias, hijos nacidos de una mezcla de climas fríos y calientes. Pero al retratar la relación, los autores de este volumen recurren también a otras figuras: ya a un catálogo de productos desaparecidos (carne rusa, el perfume Moscú Rojo),  ya a una cosmología en la que Cuba es satélite, o, trocando lo espacial por lo temporal, a temporalidades disyuntivas en las que la URSS representaba un inminente futuro al que la Isla llegaría dentro de poco y al que, sin embargo, nunca llegó.

(…)

Gracias a este volumen, tenemos noticia de otros vestigios de la influencia soviética: la importancia del arte de la Perestroika; el destino de jóvenes rusos-cubanos decididos a honrar su doble herencia; el legado material de tantos Ladas, televisores Krim, alarmas Sevani, carne rusa, Stolichnaya… Pero lejos de recuperar estos productos soviéticos como meras curiosidades para ser parodiadas o anheladas, estas memorias confirman la permanencia de la Guerra Fría tres décadas después del supuesto fin de la historia.

Lo que dejaron los rusos y su evocación

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Polvo para limpiar los dientes
Polvo para limpiar los dientes

Polvo para limpiar los dientes. Hecho en la URSS. Colección Cuba Material.

Fragmentos del texto de Yoss Lo que dejaron los rusos:

…¿cuántos de nosotros no nos hemos sorprendido en los revueltos años de fin e inicio de milenio, al menos una vez, suspirando de añoranza por algunas de esas cositas Made in URSS que tanto criticábamos antes de 1989?

…La Mujer Soviética, Unión Soviética, El Deporte en la URSS, Panorama Olímpico, Misha, también se leían bastante, además de servir para forrar libretas y libros, por el excelente papel satinado de sus portadas…

Mirando atrás desde el presente, para la más joven generación que creció después del derrumbe del muro de Berlín, y que considera los CD como algo cotidiano y no una maravilla tecnológica, resulta difícil hasta imaginarse lo profundo del desfasaje tecnológico y cultural en que vivíamos entonces aquí en Cuba. Aunque la música y las modas sí entraban. ¿Se acuerdan de los Boney M, los pantalones campana y el espendrum? Lo cierto es que, para nosotros, los crecidos en los 70 y los 80, cuando el último grito de la técnica eran los tocadiscos Radiotécnica y el radio Selena (salvo para aquellos privilegiados hijos de viajeros a las otras partes, que ya le rezaban a los dioses Sony, Sanyo, Philips, Panasonic, TDK, etc.), la cultura rusa fue una influencia subyacente, pero sólida y constante en muchas esferas de la cotidianidad, símbolo contradictorio, a la vez, de modernidad y fealdad, de resistencia extrema y falta de calidad, ambivalencia que moduló por décadas la actitud de los cubanos hacia todo lo ruso, y que está en el origen del término «bolo».

Veamos algunos ejemplos, empezando por el renglón automotor. Los Moskvichs, Volgas, Nivas y Ladas consumían menos gasolina, echaban menos humo, sonaban menos, eran más cómodos y lucían mejor, al menos en teoría; pero tampoco importaba: eran símbolos de estatus, de modernidad, de adelanto. Aunque los viejos carros americanos fueran bombas de humo rodantes, eran para toda la vida, y sus carrocerías mil veces chapisteadas eran de hierro y no de aluminio de tubo de pasta de dientes. Cualquier flamante Lada 1600 que chocara con un tartajeante Plymouth del 49 quedaba para chatarra, lo sabían hasta los niños. Claro, si era un Chaika, ya eran otros cinco pesos.

Las motos Ural, auténticos camiones con sidecar, copiados de las BMW tomadas de trofeo a los nazis en la Gran Guerra Patria, circulan todavía, con bastantes adaptaciones de nuestros Hell Angels insulares. Eran las dos ruedas que había para resolver, y vaya si resolvían. Hasta sofás se cargaban en aquellas heroicas motos. Y cinco pasajeros a bordo de una Ural con sidecar no era record para nada.

De los KP3, Gaz, Kamaz y otros camiones, nuestro gobierno tuvo que confesar en 1990 que eran máquinas muy bien diseñadas para gastar petróleo. Y, hermetizados contra las bajas temperaturas siberianas, eran auténticos hornos rodantes. Pero la fama de «asesinos de choferes» que trajeron de la URSS duró hasta que cayeron en manos de nuestros «paticalientes» ases del volante, que los asesinaron a ellos.

Y si de aeronáutica se trata, nuestra Cubana de Aviación ha surcado, por décadas, los cielos del mundo con aviones soviéticos, relativamente lentos y también muy gastadores, pero seguros (mientras hubo piezas de repuesto). Fue así desde que los vetustos Super Constellation y Bristol Britannia de antes del 59 dejaron de creer en milagros mecánicos y se negaron rotundamente a despegar, al menos enteros. Los An-2 de fumigación vuelan aún, los «paticos» An-24 estuvieron haciendo rutas nacionales hasta hace muy poco, como los primos hermanos Yak 40 y 42, los viejos Tu-154 y el antiquísimo Il-18. Y si bien nunca tuvimos chance de ver aterrizar por Boyeros el supersónico y espigado Tu-144, todavía nuestro presidente recurre a su segurísimo Il-62-M cada vez que tiene que viajar.

Dentro de esta nunca demasiado criticada categoría de los electrodomésticos de producción soviética, estaban las indestructibles lavadoras Aurika y los televisores Electrón, Rubin y Krim, que todavía sirven para ver la novela en no pocos hogares cubanos. Tanto aquellos mastodónticos aires acondicionados que enfriaban con un cierto estruendo, como sus primos menos adelantados, los ventiladores Órbita sin careta (porque originalmente estaban concebidos como una pieza más de ciertos refrigeradores), nos aliviaron tantos tórridos veranos. ¿Feos? Vaya si lo eran todos. Verdaderas monstruosidades de diseño, pero hechas a prueba de bala. ¿Y cuántos no echamos de menos aquel piñazo sobre el televisor cuando los controles vertical u horizontal se desajustaban, o la patada al refrigerador cuando el motor se negaba a arrancar? Gestos que ya pasaron a formar parte del acervo mímico nacional, aunque nuestros electrodomésticos de hoy, japoneses, chinos y coreanos, no agradezcan tan «cariñoso» tratamiento.

En el capítulo de la relojería, vale la pena mencionar aquellos Raketa, Zaria y Poljot que pesaban toneladas en la muñeca, y cuyos cristales se empañaban casi de respirarles cerca. Así como aquellos despertadores titánicos, marca Slava y Sevani, que sonaban cuando les daba la gana y daban la hora que mejor les parecía. Ahora, sentir el pitido electrónico de un moderno radio- despertador digital y saber que es esa la hora, la misma que uno eligió para despertarse, inapelable, sin troque ni factor sorpresa que valga, resulta enervante. Qué aburrido, ¿no?

Bajo el genérico rótulo de la industria ligera se agrupan tantos objetos familiares por décadas, casi amigos, ahora vetustas reliquias domésticas que cada día escasean más y ceden más terreno en nuestras casas a sus cromados, ultramodernos émulos capitalistas. Como aquellos bombillos que duraban años derramando su luz amarilla o esas pilas secas que tan fácilmente se mojaban y sulfataban, o aquellos abridores que se oxidaban al primer mes, o perdían el filo, y los otros, de rosca y estilo pinza, cuyo funcionamiento exacto nadie comprendió jamás del todo. ¿Y qué decir de los juguetes rusos? Feos, toscos, con las uniones de plástico llenas de rebabas. Pero eran baratos, y resolvían. Aquellas pistolas espaciales y escudos, espadas y cascos de plástico rojo aguantaban bastante más que aquellos delicados, bellos y añorados básicos, no básicos y dirigidos Made in Hong Kong y Made in Singapore, que conmocionaban a los fiñes una vez al año, por julio. Todavía algunos de aquellos artilugios eslavos, a prueba de chamacos cubanos, andan dando vueltas por ahí, entizados con esparadrapo o tape, pero en servicio activo tras haber divertido a tres generaciones.

Los mismos cubanos que regresaban contando de la nieve en la Plaza Roja, del lujo increíble de las estaciones del metro moscovita y de las bellas noches blancas de Leningrado, trajeron todo un flamante concepto de decoración doméstica, junto con toneladas de souvenirs de la riquísima artesanía popular rusa. ¿Quién no tuvo o soñó tener en el aparador de su casa una matrioshka de veinte o más muñequitas? Algunos cubanos fueron más allá y cargaron a su regreso al terruño con titánicos samovares de cobre, con teteras eléctricas y juegos de té y todo. Así, la costumbre de tomar la delicada infusión, que hasta el 59 se suponía inglesa y aristocrática, se popularizó entre nosotros, y luego se volvió patrimonio de artistas y bohemios tropicales trasnochadores.

Otros cargaron con enormes afiches del Kremlin, de la policromada catedral de San Basilio y hasta del Mausoleo de Lenin, que aún hoy se aferran tercamente a algunas paredes habaneras, muy desteñidos por la sobredosis de luz de este implacable trópico. Y hubo otras mil chucherías rusas adornando las salas cubanas: desde cucharas campesinas talladas en madera, hasta reproducciones de llaves de las murallas de ciudades medievales del Báltico. En los cuartos de las casas cubanas, las alfombras, unas de grueso fieltro industrial y otras notables piezas de artesanía de los pueblos de Asia Central, resistieron largamente una pelea de mono a león con el polvo, el churre y el calor tropicales. Hubo cuernos lituanos para beber hidromiel junto con astas de ciervo y hasta de alce, y cabezas de jabalí para adornar la pared. Tiubeteikas tradicionales uzbekas se colgaron de nuestras sombrereras junto a la boina gallega y el yarey guajiro. Y cuántos gruesos abrigos enguatados y chapkas de piel peluda no permitieron y permiten aún a su orondo y nostálgico poseedor pasearse con la sensación de invulnerabilidad que da una escafandra cósmica en medio de nuestros más helados frentes fríos.

¡Nada en comparación con los veintipico bajo cero de Moscú en diciembre! Sin contar con esas botas altas de mujer, interiormente forradas de cálida piel de cordero, verdaderas saunas de torturar pies en este clima, que enmohecieron en los escaparates caribeños, entretanto no había una salida de verdad. Del resto de la ropa, mejor ni hablar. Los cubanos hemos tenido siempre una sensibilidad especial para detectar «lo cheo». Y aquellos trajes rusos que parecían cortados a serrucho, y aquellos zapatos tan «bolos», sin duda alguna lo eran, y mucho.

Notas
Montados en la máquina del tiempo y la nostalgia, vale la pena puntualizar que no solo a la URSS acudieron a superarse los cubanos, y no solo de ella vinieron los hermanos del CAME y los productos comestibles e industriales, los dibujos animados y otras formas de cultura. ¿Recuerdan las ventas de discos LP de música clásica en la Casa de la Cultura Checoslovaca, de 23 y O, que hoy es el Centro de Prensa Internacional? ¿Los dibujos animados de Aladar Meszga, de Lolek y Bolek, Mati el guardador de gansos, Juan el Paladín y tantos otros? ¿Las latas de Mesa Slava? ¿Las rosas y los jugos de fruta búlgaros y las sopas polacas de paqueticos? ¿Los ciclos de cine polaco en la Cinemateca, que entonces todavía no era el Chaplin? ¿El excelente musical televisivo alemán Ein Kessel Buntes? ¿La peliculaza histórica de Serge Nicolaescu (sí, el mismo famoso «comisario solo») Los dacios? Tantas cosas. Pero solo el considerar superficialmente las diferencias entre las respectivas versiones del socialismo de Rumania, Checoslovaquia, Yugoslavia, Alemania Democrática, Hungría, Bulgaria, etc., y las influencias y experiencias de los cubanos en y con cada uno, llevaría tanto tiempo y extensión como hacer la historia de la Revolución. Quién sabe si más. Y entonces este trabajo debería titularse «Lo que dejó la Europa del Este socialista». Así que, por simplificar las cosas, consideramos aquí solo las relaciones cubanas con la URSS.

2. El trovador Frank Delgado tal vez no pase a la historia de la música cubana como un sublime creador de metáforas ni un romántico bardo, pero en su condición de irónico cronista de finales de los 80 y todos los 90, resultará probablemente tan insoslayable en la sociología nacional como los Van Van en los 70 y tempranos 80. La siguiente letra prácticamente funciona como resumen de todo el artículo anterior. Y si hay algún error, es 100% de mi mala memoria. Konchalovski hace rato que no monta en Lada Ya no podré leer más ningún libro de esos de Editorial Ráduga, de Editorial Progreso. No podré disfrutar más de aquel Tío Stiopa de estatura increíble y tan horrible ropa. No te puedo negar que los ojos me arden. Maiakovski ya deja reptar a los cobardes y no podré tomar el té negro en las tardes. El teatro Bolshoi aún no ha sido saqueado hay Noches de Moscú y crimen organizado los Estudios Mosfilm seguro que han cerrado. No me volveré a emocionar con Siberiada. Konchalovski hace rato que no monta en Lada. No podré disfrutar de aquellas olimpíadas con los soviets ganando todas las medallas. La Kazánkina grita: no me dejen sola. Serguei Bubka se venga y toma Coca Cola, con Salenko jugando en la Liga Española. Alguien a mí me preguntó si me había leído El Capital: Sí, pero a mí no me gustó, pues la heroína muere al final. En fin, que no me gusta tanta economía novelada que escribió el tal Carlos Marx. Ahora que los censores no pitchean bajito ya podemos burlarnos de sus muñequitos. Ahora que los ministros cambiaron las banderas podemos hablar mal de su industria ligera. Hoy que llevo en la frente el cuño del vencido y me acusan de muros que al fin se han caído puedo ser posmoderno y perder el sentido. Renegar de las utopías en que creo o ensañarme con toda la ley del deseo con la momia de Lenin y su Mausoleo. Hoy que solo del vodka queda la resaca yo me niego amor mío, cambiarme la casaca. Hoy que los konsomoles van pasando de todo abrázame, mi china, y no me dejes solo. Y mientras Fukuyama repite iracundo que estamos ante el fin de la historia del mundo mi amigo Benedetti abre el tomo segundo. Alguien a mí me preguntó si me había leído El Capital: Sí, pero a mí no me gustó, pues la heroína muere al final. En fin, que no me sirven estas novelitas de tres tomos que escribió el tal Carlos Marx.

por Yoss

(publicado en Temas en abril de 2006 y reproducido con permiso del autor)

Leer texto completo aquí.

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Sobre el documental de Enrique Colina Los bolos en Cuba y una eterna amistad, ver en Havana Times, La época de “los bolos” en Cuba, y en Vercuba, Rusias de mi cabeza o las astillas de Los bolos en Cuba.

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En Generación Y: Evocación de los bolos:

La lectura del libro “El séptimo secretario” de Michel Heller me ha traído un montón de recuerdos de la “etapa soviética” de esta islita. En ese entonces, yo no pasaba de los quince años y tengo evocaciones muy sensoriales de aquel coloniaje. Rememoro los caramelos y vituallas adquiridos a través del mercado informal que regentaban las esposas de los técnicos soviéticos. Es curioso que no los llamábamos por el gentilicio de la URSS y mucho menos como “camaradas”, sino que usábamos un sustantivo cuya fonética no permitía los detalles. Ellos eran “los bolos”: informes, toscos, un trozo de barro sin trabajar; macizos y sin gracia; capaces de fabricar una lavadora que gastaba la electricidad destinada a toda una casa, pero que -todavía hoy- funciona en no pocos hogares cubanos.

Muchos de nuestros padres habían estudiado o trabajado en la URSS, pero nosotros no conocíamos la sopa borsht ni nos gustaba el vodka, así que todo lo “soviético” nos parecía pasado de moda, rígido y cheo. Lo que nos paralizaba de ellos era el poder osuno que emanaba de sus gestos, la advertencia velada de que ellos sostenían nuestro “paraíso” caribeño.

Aquella mezcla de temor y burla que nos generaban los bolos todavía se mantiene. Si ahora mismo un turista que pasea por la ciudad no quiere ser molestado por los continuos vendedores de tabacos, sexo y ron, sólo debe musitar algo como “Tavarich”, “Niet ponimayo” y el asustado mercader se esfumará.

Moscú rojo, perfume

Perfume Moscú Rojo
Perfume Moscú Rojo

Perfume Moscú Rojo. Regalo de Mirta Suquet. Colección Cuba Material.

En Granma Internacional, publicado en 1998 por María Elena Capote:

PERO LOS TIEMPOS CAMBIAN:

Algunos especialistas suelen calificar a los años 60 de este siglo, como “la década prodigiosa”. En Cuba, en materia de perfumería, no se puede aplicar tal concepto. Desaparecieron de golpe las producciones de casi todos los cosméticos y perfumes, manteniéndose sólo las indispensables para la higiene más elemental. Esta industria es sumamente cara en materias primas. No se llegó a poner de moda el aceite de patchoulí que pregonaron los hippies frente a los sofisticados perfumes, pero sí se usaron determinados “inventos” criollos que se vendían clandestinamente y a precios de oro por fabricantes privados de pequeñas instalaciones caseras. La mujer cubana no se resignaba a no perfumarse para las múltiples actividades que enfrentaba en su nueva vida social. Ya para los años 70, apareció el histórico Moscú Rojo, con su fuerte olor oriental, y le siguieron otros perfumes de la industria búlgara y polaca. Renacía el consumo y una costumbre que nunca se había perdido del todo.

PERFUMES QUE HICIERON HISTORIA

La década de los 80 fue la época dorada de la perfumería nacional. Aguas de colonias, perfumes, lociones, extractos, aparecieron en los comercios y cautivaron el gusto de hombres y mujeres que nunca antes habían sido consumidores habituales y cuyo alto poder adquisitivo les permitía el acceso a este tipo de producción, calificada hasta entonces por muchos como “secundaria”, y para otros, tan vital y necesaria como la propia alimentación.
Nombres como Linda, Diamante Negro, Fantasía, Impacto, Profesía, Jaque, Deportes, Bermellón, Folklor, Yoruba, Hechizo, Carnaval, Recuérdame, Agua del Trópico, Tú, Onix, Karate, Cid, Jit, Toqui, encabezaron una larga lista de perfumes cubanos que abarcaban líneas florales, aldehídicas y orientales, además de las conocidas aguas de colonia. No hizo falta una publicidad dedicada a mujeres liberadas y conquistadoras sexualmente, como se anunciaban mundialmente los perfumes en esos años. Las cubanas seleccionaban de acuerdo con su ancestral sentido del gusto y establecieron sus preferencias. Respondían a un cierto toque secreto, mezcla de trópico y sensualidad, que los perfumistas cubanos incluyeron dentro de las corrientes internacionales de moda entonces. A partir de ese tiempo, Alicia Alonso, y más tarde, Coral Negro, identificaron a la perfumería nacional.
Sin embargo, no duró mucho la alegría en casa del pobre, como suele decir un refrán popular. Llegaron los 90 con su terrible carga para finales de siglo, la perfumería sufre otro duro golpe: el Período Especial.

* * *

En el blog Los días no volverán, 2010:

Actualmente, mi madre adorna su tocador con dos frascos de perfumes: uno, es el emblema de unos años que no se anima a dejar atrás; el otro, un perfume que siempre deseó tener y que sólo ahora, al precio impagable de la fragmentación familiar, ha podido disfrutar: Moscú Rojo -el perfume anhelado por la mujer cubana de los 80’- junto a Channel, algo que rompe cualquier esquema ideológico y estético. Esto no es representativo de ningún hogar; no creo que muchas personas conserven un Moscú Rojo. Pero mi madre sí lo tiene en ese país caótico que se ha construido y donde es feliz. Cuando le pregunto por qué no lo tira, me responde con orgullo: “aún le queda un poco”. A qué olerá, es algo que no sé, ni quiero saber.

 * * *

Y en mundoanuncio.com/La Habana:

Vendo Radio Juvenil 80 nuevo en su caja, Colección de Matriuskas de 30 piezas, y mucho más. – Bauta

En venta – se ofrece:

Eso mismo. Un Radio Juvenil 80 en 50 cuc. Un juego de Matriuskas Made in Leningrado en 100 cuc. Un televisor Caribe con pantalla de tres bandas de colores pintado a mano en 300 cuc. Un par de kikos plásticos en 20 cuc. Tenis Robin Hood en 22.99 cuc y tres pomos de perfume KAYAC, HIT y MOSCU ROJO en 5 cuc cada uno… Interesados escribir por aquí y preguntar Gorbachov.

De la materialidad soviética, sus huellas e implicaciones, por Damaris Puñales-Alpízar

Cuchilla de afeitar Sputnik
Cuchilla de afeitar Sputnik

Cuchilla de afeitar Sputnik. Hecha en la Unión Soviética. Colección Cuba Material.

En La Habana Elegante, “De la materialidad soviética, sus huellas e implicaciones. Apuntes para una reflexión,” por Damaris Puñales-Alpízar:

Pero además de esta presencia subjetiva de lo soviético en Cuba (1), que se ha traducido en una producción cultural cubana pos–noventa donde abundan los referentes soviético–rusos, otra parte importante dellegado soviético está constituida por la permanencia física, después de los noventa, de automóviles, maquinaria pesada, electrodomésticos, libros, juguetes y edificios, principalmente habitacionales y escolares, cuya arquitectura siguió estándares socialistas: la carencia de cualquier ornamento. (…)

En este artículo propongo analizar cómo la permanencia de estos objetos se ha convertido en una poética del fracaso de un proyecto social, y cómo puede entenderse su persistencia en Cuba después del fin de la Unión Soviética. ¿Qué significa tal presencia, cómo proporciona una determinada lectura de la realidad y de cierto grupo social? En este análisis intento establecer un contraste entre esta materialidad específica, y una subjetividad afectiva que se manifiesta a través de la producción cultural.

(…) Presento el término de ‘comunidad sentimental soviético–cubana’ (3) para agrupar a los cubanos educados entre 1960 y 1980, para quienes los referentes soviético–socialistas comunes de la infancia y la educación recibida, facilitaron la creación de un imaginario de comunidad sentimental, que otorga pertenencia y cohesión entre sus miembros, a la vez que la diferencia de otras comunidades también imaginadas, incluso cuando la mayoría de los miembros de esta comunidad sentimental soviético–cubana no comparta el mismo territorio geográfico, ni la misma formación académica y mucho menos, la misma ideología social.

(…) Para las décadas de los setenta y los ochenta, los hogares cubanos parecían copia unos de otros: no sólo se repetían las mismas marcas de electrodomésticos, sino que las decoraciones y los muebles en general también eran similares, cuando no idénticos. Este inventario homogéneo proveyó, durante algunos años, una representación idealizada de la igualdad social, a la vez que otorgó un sentido de estabilidad y de pertenencia subjetiva de los cubanos –o al menos, la gran mayoría de ellos– a una imagen de la nación impulsada desde el gobierno, y sostenida gracias a la ayuda financiera, técnica y humana de la Unión Soviética a Cuba.

(…) La materialidad homogénea de la sociedad cubana permitió el surgimiento de una subjetividad histórica que explica, en conjunción con otros factores que he detallado antes, la conformación de una comunidad sentimental soviético–cubana. Los objetos soviéticos, dada la imposibilidad de su sustitución, se convertían no sólo en parte del hogar, sino también en parte de la familia. Una batidora era “la” batidora y lo sería por ‘siempre’; un ventilador, “el” ventilador. De tal modo, los objetos rusos lograron lo que las imposiciones ideológicas, políticas y culturales no pudieron del todo: la aceptación y su conversión en parte del escenario familiar, diario, de los cubanos. Esta familiaridad de los cubanos con los objetos soviéticos es depositaria de un significado de íntima afección y se convirtió no sólo en uno de los recuerdos más perdurables, sino también más entrañables para los individuos que se acostumbraron a ayudarse en sus labores domésticas con aparatos soviéticos.

(…) La permanencia de equipos soviéticos se convierte en un signo social de exclusión: los que tienen objetos, electrodomésticos soviéticos, son principalmente aquellos que no han podido insertarse en la nueva dinámica mercantil laboral que depende principalmente de una economía capitalista, ya sea a través de la contratación en empresas extranjeras –principalmente turísticas–, mediante las remesas familiares provenientes de Estados Unidos y a partir del VI Congreso del PCC (6), en abril del 2011, del crecimiento de negocios de iniciativa privada. Aunque no hay cifras oficiales que lo confirmen, se estima que el envío de dinero desde Miami, sobre todo, constituye, junto al turismo, el principal sostén de la economía cubana, luego del debilitamiento, hasta la desaparición casi, de la industria más tradicional cubana: la producción de caña de azúcar.
Lo soviético funciona así como una atadura que liga a un segmento de la población al pasado, ante la incapacidad de acceder a otros objetos. Es una doble marca: el recuerdo de un pasado que fue ‘mejor’ –en términos de estabilidad y accesibilidad–, y la constatación de que ese pasado se perpetúa sólo en cierto sector.

H/T Walfrido Dorta.

broche de graduado de la Universidad Estatal de Leningrado, por Alexis Jardines

Broche de graduado de la Universidad Estatal de Leningrado.
Broche de graduado de la Universidad Estatal de Leningrado.

Broche de graduado de la Universidad Estatal de Leningrado.

Alexis Jardines sobre su broche de graduado de la Universidad Estatal de Leningrado, ahora San Petersburgo:

Hará unos cuatro años decidí sacar de su estuche un pequeño objeto que todavía no he podido clasificar. Me preguntaba qué hacer con aquello que dormitaba casi tres décadas en una gaveta. No es una medalla, no es un broche ni un prendedor. Se encuentra en la misma situación de los invertebrados, grupo que ―en opinión de los cladistas como C. Patterson― al ser definido únicamente por rasgos negativos no existe en la naturaleza (ya sea por el solo hecho que también abarca a las peras y a los puentes). Lo cierto es que me lo gané como se ganan las medallas y también es obvio que se prende en las solapas. Aquél día (estoy en el Vedado, en 23 y 26) no supe finalmente qué hacer con él. Lo llevé conmigo en el bolsillo hasta el garaje de 28, donde algo compré y me regresé enseguida. Sentía vergüenza de lucirlo porque tenía a relieve una hoz y un martillo, pero, al propio tiempo, experimentaba cierto orgullo ya que no eran muchos los cubanos que atesoraban algo semejante (tomando en cuenta que con el paso de los años no pocos lo habrían extraviado). De modo que volvió a su caja. Solo hoy salió de nuevo a la luz (ya en Puerto Rico) y fue para tomarle la foto que acompaña el presente texto. ¿Qué es? Todavía no puedo definirlo, solo sé que lo tienen todos los que se graduaron en universidades soviéticas por aquellos años grises que solo la nostalgia es capaz de matizar, pero que a pesar de todo fueron años felices.

Alexis Jardines