Representaciones de la materialidad en la literatura.

jarro plastico
jarro plastico

Jarro plástico, producido por la empresa del plástico (EPSA). 1960s/1970s. Colección Cuba Material.

En el enlace siguiente puede descargarse el texto que el escritor y ensayista Antonio José Ponte leyó en la Universidad de Nueva York (NYU) en el 2013, cuando ocupaba la cátedra Andrés Bello del King Juan Carlos I of Spain Center. El texto, del que he copiado unos fragmentos, fue publicado por la revista EmisféricaNo tenemos recetas para los alimentos del futuro:

“Muy buenas, amigos televidentes. Con ustedes una vez más, como siempre, ‘Cocina al minuto’ con recetas fáciles y rápidas de hacer”. Este saludo no es mío. Pertenece al comienzo de un longevo espacio de la televisión en Cuba. Lo pronunciaba Nitza Villapol. Pero ya dicho, puedo darles a ustedes las buenas tardes, y agradecerles que estén aquí. Y agradecer, una vez más, al King Juan Carlos I de Spain Center por darme la oportunidad de hablar ante ustedes.

En 1997, la publicación de un libro me hizo viajar por primera vez desde La Habana a Miami. Mi libro se ocupaba de la gastronomía cubana, aunque extendía los ejemplos más allá del caso nacional, hasta sociedades que atravesaban escasez y racionamientos de víveres, países en guerra o en posguerra. No se ocupaba exclusivamente de secretos nacionales, puesto que en la Cuba bajo régimen revolucionario habíamos llegado a preparados semejantes a los del París sitiado de la guerra franco-prusiana o a los de la Barcelona de la guerra civil. Las carencias cubanas podían encontrar semejanzas en ejemplos de los diarios de Virginia Woolf durante los bombardeos o en un apunte londinense del poeta italiano Eugenio Montale ante el escaparate de un comercio, durante las restricciones de posguerra.

Las comidas profundas era un librito sobre la imaginación cubana al comer, acerca de la imaginación puesta en aprietos a la hora en que faltan los ingredientes. No se trataba de un libro de recetas (aunque aparecen las instrucciones para fabricar un bistec de frazada) sino, más bien, un recuento de forrajeos y trapicheos, acerca de cómo el cubano sustituía con tal de comer. De cómo no encontraba un ingrediente y lo suplía por otro, de cómo fabricaba por aproximación.

Editado por el pintor Ramón Alejandro y con dibujos suyos, en sus páginas cabía la nostalgia, el anhelo por las comidas perdidas, y eso fue lo primero que percibieron los amigos y conocidos a los que me fui encontrando. De manera que me llovieron las invitaciones a restaurantes y fondas miamenses. Y no solo por el tema del libro, sino también porque también yo llegaba de Cuba y había que calmarme a toda costa el hambre vieja.

Así que emprendimos, mis viejos y nuevos amigos y yo, excursiones antropológicas hasta la friturita de malanga o el batido de anón. Y un mediodía me encontré almorzando en unos bancos rústicos a la sombra de unos árboles, alrededor de una casa semejante a un bohío pero que llevaba el nombre de “Palacio de los Jugos”. Aquel palacio se alzaba junto a una autopista y entre los árboles podían distinguirse las cúpulas de una iglesia ortodoxa rusa. El lugar, con todas aquellas intersecciones, parecía quedar en un sueño o en un párrafo novelístico de Severo Sarduy. En él se intersectaban tantas líneas de la historia cubana: la choza de los primeros pobladores, la idea de un dios estadounidense—la carretera—y la idea de otro dios, eslavo, al que apelaban aquellas cúpulas en forma de cebolla.

Tantas intersecciones habían producido allí un punto de altísima concentración donde podían encontrarse todas o casi todas las comidas que hubiéramos dado por perdidas. Allí estaban, a un centenar de millas del país, las comidas con que soñaban los cubanos de la Isla. El exilio era, entre muchas otras cosas, una reserva gastronómica: la tierra de los ingredientes salvados y de las recetas que no se olvidan.

En Miami, entre cubanos, cualquier visitante habría estado expuesto a hospitalidades semejantes, más aun el autor de un libro dedicado a la cocina nacional. Y, puesto que en las sobremesas hablábamos de platos y llegábamos a detallar su modo de confección, no tardó en mencionarse el nombre de Nitza Villapol, que había cocinado delante de las cámaras de televisión, antes y después de 1959, en la abundancia pero también en la escasez. Y me hicieron ver en muchas casas, entre los potes de especias o encima de un refrigerador, las copias de Cocina al minuto que atesoraban.

A partir de aquellos ejemplares del recetario de Nitza Villapol habría podido fecharse la salida al exilio de cada uno de esos amigos y conocidos. No es que hubieran cargado con el libro como Eneas cargó con Anquises y los penates al salir de Troya, sino que, lejos ya de Troya, se dieron a la búsqueda de un ejemplar que fuese exactamente la misma edición por la que alguna vez se guiaran. Pues Nitza había publicado sus recetas bajo ese mismo título durante más de cuatro décadas, y mientras unos cocinaban guiándose por la primera edición de su obra, que era puntillosa en especificidades, otros lo hacían por las menos exigentes ediciones posteriores.

Cada cubano metido a cocinero tenía en Miami su Nitza Villapol. Aquellos ejemplares eran, en su mayoría, ediciones piratas o simples fotocopias. De manera que si dentro del país sustituíamos para comer, en el exilio se fotocopiaban instrucciones. La cocina cubana se salvaba gracias a la sustitución y la fotocopia.

(…)

“Las cosas empezaron a faltar”, recordó en Con pura magia satisfechos. El documental, dirigido por Constante Diego, Adriano Moreno, Iván Arcocha y otros, es de 1983. Antes de que terminara esa década Nitza Villapol aprendería a no hablar de carencias en pasado y volvería a testimoniar desapariciones. “Las cosas empezaron a faltar”: la frase podría ser el comienzo de una historia de terror, de una novela de fantasmas. “Unas faltaron de pronto”, se le escucha en el documental, “y otras faltaron poco a poco. Lo primero, así, notable, que faltó, fue la manteca, la grasa”.

Permanecer en Cuba la hizo única. Se esfumaron sus competidoras: habría que rastrear cada una de esas historias personales. “Yo no cambio el privilegio de haber trabajado en estos últimos 22 años por nada en el mundo”, reconoció en 1983. Escritora, directora, guionista y conductora televisiva, se vio obligada entonces a una cocina despojada, frugal y sin adornos. Intentó componer, a partir de muy pocas existencias, el rancho más sabroso.

Nitza Villapol hizo tres cuartos de su carrera profesional en puro páramo. Fue ascética, pero también imaginativa. Abogó por un régimen de sustituciones, dado a las metáforas, y emprendió un arte hecho de atajos y de trucos. Los nuevos tiempos la hicieron cambiar su método de trabajo. “Sencillamente, invertí los términos”, confesó. “En lugar de preguntarme cuáles ingredientes hacían falta para hacer tal o cual receta, empecé por preguntarme cuáles eran las recetas realizables con los productos disponibles.”

Hizo la cocina por la que abogan hoy tantos maestros: cocina de estación. Aunque con la salvedad de que ella trabajaba en una estación única e interminable: no verano o primavera, otoño o invierno, sino estación de la crisis.

Debió soportar, junto a la economía estatal centralizada, los prejuicios del cubano al comer. Que pueden ser numerosos, como reconocieron tantos visitantes extranjeros y como puede leerse, por ejemplo, en un libro que escribiera Ernesto Cardenal luego de su visita a Cuba en 1970. El poeta y sacerdote nicaragüense hizo notar cuántos frutos eran desaprovechados al no entenderlos como alimentos para el hombre. Mientras el país vivía una crisis de abastecimiento, mucho de lo que se comía en tierras vecinas no era considerado comible por los cubanos.

“Cocina al minuto” enseñó a la teleaudiencia lo que ciertas cocinas latinoamericanas hacen con las cáscaras del plátano verde: una suerte de ropa vieja vegetal o falsa vaca frita. Dio a conocer nuevas adquisiciones de la acuicultura, como la tilapia. Recurrió al sofrito con agua en lugar de grasa, al picadillo de gofio y no de carne, a los huevos fritos en agua o leche o tomate. Insistió en la tortilla de yogurt porque no había otra cosa que echarle a los huevos batidos. Pero es falso que Nitza Villapol enseñara a hacer bistec de una frazada de limpiar el piso, y tampoco es suya la receta de la pizza de condones derretidos en lugar de queso. Las aberraciones de su culinaria, si las tuvo, no llegaron a lo indigerible.

Se ha dicho que ella integró la comisión que estableció las dosificaciones de la libreta de racionamiento. La acusación (porque se trata de una acusación) tiene base: Nitza debió ser consultada en tanto nutricionista. Ella pudo entender como justa aquella solución: las carestías no iban a significar desigualdades sociales, y con el esfuerzo de todos iba a alcanzarse la prosperidad que prometían los clásicos del marxismo.

La mayor parte de su vida profesional transcurrió bajo sospecha de apuntalar al régimen revolucionario y de justificarlo con la confección de sus platos. Conformista como fue (todo cocinero de estación es conformista), la acusaron de complicidad con el desabastecimiento. Aunque en este punto ella demostró mayor responsabilidad que las autoridades políticas.

Cierto que compartió el optimismo de la propaganda oficial, pero no trampeó. Quien quisiera hacerse por aquellos años una idea exacta de la economía del país habría hecho mejor en atender a “Cocina al minuto” que a los noticieros televisivos y cinematográficos. Pues, mientras estos últimos mostraban cosechas exitosas que muy dudosamente llegarían a los mercados, Nitza ponía al fuego estrictamente aquello que su ayudante Margot Bacallao veía descargar de los camiones de distribución.

(…)

Resulta interesante comparar las distintas ediciones del recetario Cocina al minuto. Comparar, por ejemplo, una edición prerrevolucionaria y una posterior a 1959. Salta enseguida a la vista que la economía del nuevo régimen simplifica o hace imposibles las maneras anteriores. De una a otra edición desaparecen las especificidades, las marcas y los patrocinadores. Los huevos que exigen las recetas dejan de ser de La Dichosa, el arroz no es Gallo, el aceite no va a ser más de El Cocinero. Unos años después de 1959 no existe más que un productor y una marca: el Estado. Huevos, arroz y aceite cobran la calidad de los arquetipos. Y, dada su inalcanzabilidad, la calidad de los arquetipos platónicos.

A juzgar por el lenguaje utilizado, en esta nueva época ningún producto parecería obtenible mediante compraventa. Lo dan por la libreta de racionamiento, viene a la bodega. Lo dan: como si no fuera en venta, sino una donación benevolente. Viene a la bodega, como si el artículo tuviese autonomía de movimientos. La nueva economía logra que la comida entre en el ámbito de lo milagroso. Un litro de aceite comienza a ser algo así como un dios rubio que baja a la tierra. El país parece abastecerse en un tiempo desprovisto de conexión con el dinero. Es la emulación socialista entre brigadas lo que crea la comida, es el trabajo sin retribución alguna, voluntario, el que va a construir el socialismo.

Después de 1959, muchos ingredientes de aquellas primeras ediciones de Cocina al minuto parecían escritos en una lengua muerta indescifrable. Nitza debió desprenderse de ellos como si se tratara de detalles accesorios, de majaderías de la erudición culinaria. Tachó, con tal de reeditarse. Y agregó a las reimpresiones de sus recetas un ingrediente con el que antes no contaban: la ideología política. El lugar de la publicidad comercial empezó a ser ocupado por la propaganda de Estado. Y dispuso como epígrafe de las nuevas ediciones esta frase de Friedrich Engels: “trasguean las tradiciones en la mente de los hombres”.

Se trata de un Engels oblicuo, no muy canónico, un Friedrich Engels casi hermanos Grimm, que habla de duendes hogareños. Pero lo importante (como sabía todo el mundo) era traer a cuento, por la razón que fuera, a tan pesante autoridad. La frase de Engels era como el sellito de Kim Il Sung en la solapa del traje que se vistiera. Que quien entrara a la cocina distinguiera a la entrada la inscripción de ese nombre. A lo que habría que añadir las declaraciones políticas puestas en el prólogo del libro.

Las ediciones prerrevolucionarias de Cocina al minuto se abren con páginas de publicidad comercial. Contienen dibujos de Raúl Martínez, quien luego será traductor de la iconografía revolucionaria al pop art, cultivador de un despecífico pop en el que figuran los retratos seriales de Fidel Castro o de Ernesto Guevara. La introducción en esas ediciones anteriores a 1959 brinda consejos acerca de cómo combinar un menú y ofrece propuestas de menús para dos semanas.

La edición de 1980 conserva ese prólogo, aunque le antepone uno más extenso e historicista y suprime las propuestas de menús. Evidentemente, a comienzos de la tercera década de la era revolucionaria resulta arriesgado ofrecer pronósticos económicos incluso para un par de semanas. Y un listado de menús dejaría ver la pobreza y monotonía reinante. Descartados las propuestas de menú y los reclamos comerciales, iban a suprimirse también los dibujos de Raúl Martínez entre receta y receta. Cocinar y comer se había hecho un ejercicio grave, de adustez.

Los libros de recetas culinarias tratan, no importa cuál sea su fecha de publicación, de seducir a los sentidos. Prometen delicias, abren el apetito, empujan al consumo. Si un eufemismo llama a las obras de literatura erótica “libros de una sola mano”, los libros de culinaria podrían ser llamados “libros de las muchas puertas”. Porque hojearlos inclina a abrir estantes, anaqueles, despensas, refrigeradores, neveras, hornos y microwaves.

Desde sus inicios, Nitza Villapol se preocupó poco de lo placentero. Fáciles y rápidas de hacer, avisaba de sus recetas al inicio de cada emisión televisiva. No apetitosas, no sabrosas. No había adjetivo alguno que apuntara al apetito. Las fórmulas de Cocina al minuto se preciaban de velocidad y viabilidad. Como si el móvil en sus comienzos, la necesidad de comprarse de un automóvil, dictase aquellas obsesiones. Como si el disgusto por tener que cocinar hiciera apurar el paso y salir pronto de allí.

Incluso las ediciones prerrevolucionarias de su recetario apelaban, antes que a una vida de goce, a una vida de correcta nutrición. Nitza no dejó por escrito demasiadas muestras de su entusiasmo por la comida. Si algún júbilo tuvo venía de un equilibrio vitamínico antes que de una consistencia o un sabor. Fue una maestra severa, había en ella poco de gustosa. Y en sus introducciones y recetas no hay que buscar más que simple prosa comunicativa: Nitza Villapol no es M. F. K. Fisher.

De todo lo anterior puede conjeturarse que no le costara demasiado pasarse al sermón político. En la edición de 1980, su libro agrega razones históricas a las razones nutricionistas. Una nueva introducción recorre la historia nacional de los alimentos. Y comienza por la afirmación de que los primeros habitantes del país habían alcanzado una cultura elevada en materia de alimentos, cultura que los conquistadores españoles no supieron aquilatar. Cocina al minuto se hacía, pues, anticolonialista. Con tal de acusar al imperio español, su autora inventaba para Cuba los refinamientos de un imperio azteca o inca. Para hacer ver la tremenda soberbia de los conquistadores, adjudicaba a siboneyes y taínos la cultura que no tuvieron nunca.

Cocina al minuto se hacía antimperialista al detallar los males del intercambio económico con Estados Unidos. La industria porcina yanqui (así la llama Nitza Villapol) separaba la carne de cerdo y sus derivados para la población estadounidense y dejaba a los cubanos la manteca. “Éstos”, dice Nitza de los estadounidenses, “conocedores del valor de la carne de puerco como fuente de proteína, de alta calidad, y de vitamina B-1, vendían a Cuba, un pueblo casi analfabeto y por lo tanto en gran medida desconocedor de estas cuestiones de alimentación, y a sus gobernantes de turno nada interesados en la salud popular, una buena parte de la manteca que no consumían. Así, sin saberlo, el cubano contribuía a que sus explotadores pudieran comerse la carne de puerco y sus derivados como perros calientes, jamón, jamonada, etcétera”.

En este esquema histórico, los cubanos comían sobras como esclavos domésticos, y la economía estadounidense invadía el país con manteca de cerdo, como si se tratara del agente naranja. Nitza Villapol responsabilizaba al bloqueo (por embargo) estadounidense de todas de las carencias que existían en Cuba.

Cocina al minuto se hacía antimperialista, aunque sabía distinguir entre imperios. Condenaba al español y al estadounidense, pero cantaba las alabanzas de la harina de trigo y la amistad soviética. “Símbolo de alimento desde que el hombre comenzó a cultivar cereales, es para nosotros también una parte de la eterna deuda de gratitud hacia el pueblo de la Unión Soviética y otros países de la comunidad socialista que en los momentos más difíciles tendió su mano amiga”.

Todo el que haya frecuentado recetarios sabe que, en su mayoría, son organizados a la manera de un menú, desde los aperitivos y entrantes hasta los postres y licores. El orden de un recetario es el mismo de una carta de restaurante, aunque más frondoso. Cocina al minuto, que en sus primeras ediciones podía leerse de esa manera, presenta luego una ordenación muy diferente. Comienza, no por los aperitivos, sino por las recetas de arroz, el plato base del comer cubano, y concluye, no en los postres, sino en diversas recetas de ajiaco. Se trata de una muy extraña cena, capaz de servir un sopón a continuación de lo almibarado.

La explicación de estas transformaciones reposa en ese nuevo ingrediente con que cocina Nitza Villapol, la ideología. Friedrich Engels y la alabanza soviética, el discurso tercermundista y la teleología nacional. El ajiaco, pieza central en ese discurso de la nación que se conforma, viene de una conferencia de 1939 de Fernando Ortiz, Los factores humanos de la cubanidad. En ella Ortiz había sostenido que Cuba era, como nación, un ajiaco:

La imagen del ajiaco criollo nos simboliza bien la formación del pueblo cubano. Sigamos la metáfora. Ante todo una cazuela abierta. Esa es Cuba, la isla, la olla puesta al fuego de los trópicos… Cazuela singular la de nuestra tierra, como la de nuestro ajiaco, que ha de ser de barro y muy abierta. Luego, fuego de llama ardiente, y fuego de ascua y lento, para dividir en dos la cocedura… Y ahí van las sustancias de los más diversos géneros y procedencias. La indiada nos dio el maíz, la papa, la malanga, el boniato, la yuca, el ají que lo condimenta y el blanco xaoxao del casabe… Los castellanos desecharon esas carnes indias y pusieron las suyas. Ellos trajeron, con sus calabazas y nabos, las carnes frescas de res, los tasajos, las cecinas y el lacón… Con los blancos de Europa llegaron los negros de África y éstos nos aportaron guineas, plátanos, ñames y su técnica cocinera. Y luego, los asiáticos, con sus misteriosas especies de Oriente… Con todo ello se ha hecho nuestro ajiaco… Mestizaje de cocinas, mestizaje de razas, mestizaje de culturas. Caldo denso de civilización que borbollea en el fogón del Caribe.

Siguiendo esta observación, Nitza Villapol fija el nacimiento de la cocina cubana en el momento en que el cocido español pierde en Cuba los garbanzos y se convierte en ajiaco. Fernando Ortiz propone una metáfora y Nitza la data históricamente. Según ella, existe una cocina cubana desde que existe ajiaco, desde que el cocido español pierde sus garbanzos. El ajiaco es, en los fogones, el grito independentista de La Demajagua.

Cocina al minuto reserva sitio de culminación al ajiaco porque es recetario interesado en justificar un nacionalismo, no en planear simples cenas. En sus reencarnaciones posteriores a 1959, el libro de Nitza Villapol intenta una teleología no muy distinta a la de Cien años de lucha, el discurso que Fidel Castro pronunciara el 10 de octubre de 1968. Teleología no muy distinta a la de Ese sol del mundo moral, el volumen donde Cintio Vitier historiara una ética de la nación. (…)

Taza de café Duralex
Taza de café Duralex

Taza de café Duralex. Hecha en Francia. 1970s-1980s. Colección Cuba Material.

Publicado en Cuba Contemporánea: Ausencia no quiere decir olvido:

(…) Una tacita de café para comenzar. Porque a mi memoria esta fue la primera imagen que arribó: para la colada en la cafetera INPUD, poner en el embudo, donde va la mezcla de un polvo a base de café y chícharos, aquellas canicas de cristal con aletas de colores en su interior -esas bolas con que los niños jugábamos “a la mentira” o “la verdad”-. En el siglo XX nuestro alguien comenzó a utilizarlas no bajo el concepto de ingredientes, sino con la estrategia de hacer más con menos. Y al parecer algo en verdad sucedía, porque fue un método extendido. Sí, es exagerado. Olvídenlo.

Antes de ir a la cocina a por el café, una mujer se calza sus chancletas de goma. Coloridas, por capas, bordes corrugados. Un modelo similar a las hawaianas. Pero gordas. Chancletas gordas que por el uso y la malformación del pie, y las complicaciones a la hora del recambio por otras nuevas, se desgastaban. ¿La solución?: ponerlas en agua caliente. Y casi se recuperaban -dicen- del fuerte desgaste.

Antes de ir para la escuela o a la jornada laboral, la Revista de la mañana. Noticias y muñequitos en blanco y negro mientras en la mesa estaba la taza de café, o el café con leche, galletas y pan con algo… Por entonces no era “La Habana a todo color” si de televisores se trata. El reinado del Caribe, el Krim 218 y otras pocas marcas. De bombillos fueron en una época, de transistores (creo) más adelante. Un adelantado puso manos a la obra y con una muy pequeña inversión tuvo lo que para él fue su primer TV a color: pintar la pantalla en los bordes con los colores primarios permitiendo siempre la transparencia.

Las guarachas eran unas sandalias que se hacían con neumáticos desechados. En el gusto o en el apartado de los gratos recuerdos de no pocas amigas cuarentonas y cincuentonas que tengo en mi haber, persiste o pervive la imagen del pie calzando aquellos modelos. Incluso, algunas quisieran tener un par flamante para los días de verano y largas caminatas.

Por cierto, si tienes un Lada, los tornillos del chasis de una PC en desuso te pueden servir para resolver, en estos días que corren, problemas de ajuste de la aceleración en el carburador. Y el muelle de cualquier fotocopiadora vieja -es un muelle largo y grueso-, te servirá para arreglar el embrague.

Las etiquetas zurcidas en las patas o el trasero del jean alargaban su vida útil. Cualquier etiqueta servía. Si era grande, colorida, si era una etiqueta de alguna marca bien dura en el ranking internacional, su valor ascendía. El pitusa seguiría sirviendo para el cine, la pizzería, la fiesta, la oficina y la escuela, las salidas con la novia o el novio…

El Período especial en tiempos de paz fue una verdadera guerra. No una guerra a muerte aunque las bajas no fueran pocas. Parece que en ese punto de nuestro pasado cercano no pocos sueños quedaron a la vera del camino, liquidados. Y también cierta ilusión o realidad parecida a la candidez. Una crisis saca lo peor, también lo mejor del individuo en el proceso de adaptación.

Mientras se producía ese proceso de rotación y cambio en la perspectiva y el actuar de los individuos bajo nuevas reglas en el juego, entre nosotros se instauró la orinoterapia -creo haber leído en la prensa un texto para rebatir los supuestos beneficios-. Algo parecido ocurrió con el noni -de la prensa y el noni: recuerdo haber leído acerca de los beneficios, pero de aquella maravilla solo quedan arbustos que paren unos frutos de dudoso aspecto.

Antes de caer en las variantes culinarias a lo largo y ancho de apagones bajo el reinado de… (antes de que lo olvide: los almendrones rodaron en las calles de Qva con luz brillante o queroseno en el tanque)… Hablaba de un terrible reinado y los apagones. El reinado de tú sabes quién: el calor.

Perdí el hilo de este discurrir. Entonces tomo la madeja por este punto anterior al Período especial: hubo un día en que apareció la Casa del Oro y la Plata. Las gentes vieron allí la posibilidad de mejorar cuanto había colgado en su ropero y/o el calzado. También cabrían allí los deseos de tener una videocasetera o una grabadora -citar solo dos electrodomésticos a modo de ilustración- que antes solo eran posibles si te ganabas el bono otorgado por la CTC (por ejemplo) para llegar al ventilador, la lavadora, la batidora y… Las gentes dieron sus tesoros, nimios o en verdad significativos -un tesoro es un tesoro, da igual cómo lo mires-, por lo que había en esas tiendas. Y lo que había allí solo era un “tesoro” si se comparaba con la necesidad. Por cierto, en ese tiempo corría la leyenda de que en un viejo modelo de máquinas de coser del fabricante Singer los mecanismos eran de platino, un metal precioso que también podías cambiar por los “chavitos” necesarios para el trueque.

Mencioné las artes o la magia culinaria de aquel tiempo dolorosamente humano en tiempos de paz. Rara alquimia para confeccionar un plato; sucedáneos por lo que una vez fue común en la mesa: las fibras de la cáscara o la corteza de vegetales y viandas, molidas o en grandes trozos, adobadas, para simular la añorada carne. Dejemos aquí este párrafo, la sumatoria de ejemplos lo volvería demasiado largo.

Existía el gel de papas o clara de huevos para mantener el cabello engominado.

Existía el ventilador fabricado con el motor de las lavadoras Aurika. Aquellos ventiladores parecían tener alma propia: con la vibración podían desplazarse según el largo del cable mientras no reinara el apagón. Y aparecieron las cocinas eléctricas cuya base era una piedra siporex y un alambre enrollado a manera de resistencia, y las cocinas de luz brillante armadas con trozos reciclados o “conseguidos” Dios o el Diablo mediante, y los calentadores que el ingenio popular resolvió a partir de una vieja lata de leche condensada Nela o las soviéticas, y…

Esos aparatejos no tenían una verdadera ingeniería detrás, consumían a más no poder. Fueron criticados y sustituidos por otros fabricados en serie (y supuestamente en serio), la mitad igual de gastadores. Para muchos aquella crítica en la TV casi fue una burla. Sí, dolió. Muchísimo. Pero “la gente sabe bien lo que no quiere” -como dice Vanito Brown en su disco Vendiéndolo todo-, ante aquella batalla energética hizo lo de siempre: rotación y cambio. Adaptación o muerte -según Ch. Darwin-. Se las seguirán ingeniando, porque, a propósito de la lucha del día a día, “la gente nunca pierde la ilusión”.

Por cierto, ¿también debemos poner como ejemplo el Paquete semanal?

La breve lista anunciada en el inicio de este discurrir es en realidad muy larga. Tan larga como ejemplos desempolvemos de la memoria. Ausencia, en este caso, no quiere decir olvido.

Ahmel Echevaria

Camisa marca Futura
Camisa marca Futura

Camisa marca Futura. Colección Cuba Material.

En Libreta de apuntes, Norberto Fuentes transcribe un poema de Luis Rogelio Nogueras (no se precisa la fecha):

CÓMO SERÁ EL COMUNISMO

Por Luis Rogelio Nogueras

Habrá inviernos y veranos
otoños y primaveras,
habrá cobas extranjeras
para todos los cubanos.
Se acabarán los gusanos,
habrá jama en abundancia,
se podrá viajar a Francia,
manejar un maquinón
y meterse a maricón
sin perder la militancia.

Broche 1959 año de la libertad
Broche 1959 año de la libertad

Broche 1959 año de la libertad. 1959. Colección Cuba Material.

En Cuba Contemporánea: De los objetos y la memoria:

Tómate un respiro, o mejor, detén ese agitado ritmo que te impone la vida -el trabajo, los hijos o tus padres, incluso tu pareja; para qué hablar de los arreglos en la casa, la desazón ante la tarima donde aguardan los vegetales, las frutas “listas” para el bocado gracias a los maduradores químicos, o los trozos de carne bajo el azote del sol, el polvo y las moscas.

Invéntate un paréntesis entre tanto estrés.

Inhala.

Exhala.

Dentro de las cuatro paredes de tu casa, ¿qué ves?

A veces pasan desapercibidos los objetos acumulados a lo largo de la vida; sí, la vida de tus padres, de los padres de tus padres. El de algún familiar cercano que carenó durante un tiempo bajo el mismo techo. Esos objetos ya son parte de ti; incluso están los que “habitan” tu cuarto o la sala y gracias a ti han llegado a la casa -que bien puede ser la casa de tus padres, abuelos, o la tuya, de tu propiedad.

De puro adorno, en un cuarto de desahogo o listos para el uso están los adornos, la cubertería, los efectos electrodomésticos, muebles u otros enseres. Solo a la hora de desecharlos o tras una ruptura en los afectos con la pareja o demás familiares sale a flote la otra parte de la historia de esos objetos, la que no está relacionada específicamente con el uso y las prestaciones. La cafetera y la olla de presión INPUD y el VHS Toshiba. El radio VEF, el Selena y el ventilador Órbita 5. La lavadora Aurika y el televisor Caribe. El reloj Poljot y la máquina de coser Singer. El refrigerador General Electric, Philco y las cocinas de gas INPUD.

Sí, ya lo notas. La mayoría están ahí, sobreviviendo y funcionando. Eran objetos cuya ingeniería interna no estaba asociada al concepto de obsolescencia programada. Han pasado de una generación a otra; si algunos ya no están entre nosotros se debe a planes energéticos de ahorro a nivel nacional, también debido al fin de una era (la casi total ausencia de piezas de recambio, la tecnología digital y de alta definición en las señales de TV, el imperio digital para la reproducción de música y audiovisuales), al afán de hacer más amable y grata la vida si de tareas domésticas se trata.

Me gustaría que pensaras en esos objetos de súbito entrañables, ese del que no quisieras deshacerte porque ya no da más, o del que deseas regalar a un familiar o amigo.

Me gustaría que recordaras la historia agazapada tras el plástico de la carcasa del viejo ventilador y la TV, una historia prendida como el polvo en las ranuras.

Son historias mínimas. En ellas no está contenido el destino de una nación, sino el devenir de un pequeño grupo de mujeres y hombres cohabitando bajo un mismo techo. Afuera la geopolítica, el ajedrez a nivel de Estado y Gobierno, tensiones y pactos entre naciones mientras que puertas adentro se hace la magia de la comida para luego llevarla a la mesa, la de la ropa en el closet, los malabares para las vacaciones de verano o las fiestas de fin de año.

Ante mí el Órbita 5. Pequeño ventilador, de plástico, ruso (soviético debería decir), irrompible. Llegaron a Cuba, dicen, con un lote de refrigeradores. Si la información es cierta, fueron diseñados y construidos para descongelar, porque hubo un tiempo en que los refrigeradores creaban un gruesa capa de hielo; una buena cantidad de tiempo se debía invertir para limpiarlos casi siempre los domingos. ¿Se construyeron solo para eso?

No puedo consignar que el Órbita viniera convoyado con el refrigerador hecho en la antigua URSS. Lo cierto es el pequeño ventilador irrompible. Empezaba mis estudios en la secundaria cuando mis padres me lo regalaron. Tenía tres velocidades, misteriosamente la menor (la posición última hacia la derecha) no funcionaba. Entonces digamos que mi ventilador tiene (porque todavía existe y funciona) dos posiciones de apagado. Por cierto, mis padres y mis amigos me recomendaban no utilizar el selector de velocidades para apagarlo, la operación debía hacerse (des)enchufando la espiga en la toma de corriente.

El motor… las prestaciones de su motor. Si en la madrugada se les trababan las aspas al caerle encima una camisa o un pulóver, no se quemaban. Solo se derretía la cubierta del motor. Bastaba quitarle la carcasa. Seguían funcionando.

Ese pequeño ventilador puesto en la tercera velocidad me cogió varias veces los dedos mientras yo trastabillaba medio fuera de foco en una primera historia de romance y tropiezos en mi habitación, en la madrugada, a cinco pisos de altura sobre el asfalto. O cuando en mis días de universidad y alumbrones en los duros 90 descubrí a Kundera.

Debería buscar en Internet cuánto hay del Órbita 5, un ventilador bien ajustado a los rigores de la vida en este breve y tórrido archipiélago.

Pienso en otras anécdotas relacionadas con mi ventilador. Y me sonrojo. Esas historias las guardo para mí.

Miro a mi alrededor, elijo otros objetos y hago un salto hacia mí, hacia mi memoria, justo hacia el momento en que por alguna razón se hizo significativo, por ejemplo, el quinqué, el viejo despertador de cuerdas, la radio de mi madre.

Si miraras a tu alrededor, de todos los objetos, para contar una historia cuál elegirías tú.

Ver también VercubaInventario de espacios citadinos: La cuentística de Ahmel Echevarría:

La literatura cubana actual presenta una gran diversidad de voces y heterogeneidad de formas, estilos y temas. Sin embargo, ciertos asuntos y preocupaciones se destacan como constantes en la producción de la isla hasta hoy. Uno de ellos es el tópico de la ciudad. La Habana ha fascinado a artistas, escritores, científicos, políticos, exploradores, sacerdotes, historiadores y tantos otros. En esta ocasión, vuelve a ser uno de los protagonistas de las historias de un narrador contemporáneo, quien entreabre las puertas de una Habana cansada, gris, de pérdidas y reencuentros, mientras sobrevive a las interrogantes de una nueva era. Los dos libros de Ahmel Echevarría Peré —Inventario (Ediciones UNION, 2007) y Esquirlas (Editorial Letras Cubanas, 2006) —, sumergen al lector en el cuerpo abierto de las calles citadinas y lo enfrentan a su mejor enemigo: él mismo. El hombre y la urbe miden fuerzas. El saldo: la compleja urdimbre de un texto narrativo que gana por apostar a la sobriedad, a la emoción contenida, el guiño de lo lúdico y por adentrarse sin miedos en lo recóndito del ser humano.

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Es este un inventario de aquello que forma parte de su vida, ya sea presente o pasado. En él, la ciudad retumba en los oídos y golpea en los ojos como el límite posible a lo diferente. Las calles capitalinas se apropian del libro para representar un espectáculo, para condicionarlo. Se muestran en su plenitud dialéctica y le obligan al narrador a preguntarse sobre la condición de vivir en la Cuba de principios del siglo XXI….

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En el texto se pueden distinguir tres tipos de espacios fundamentales pero íntimamente relacionados: el físico —concentrado sobre todo a partir de la propia ciudad habanera, con su arquitectura y áreas urbanas— el de la memoria y el del cuerpo. Los dos últimos elementos de esta tríada, junto a las impresiones y sensaciones del narrador, irán descubriendo la urbe. “Bastaron dos palabras: Habana,desmemoria. Con ellas, Ahmel logró evadir la realidad —aquella, incómoda, caliente; un obligado viaje en ómnibus desde la periferia al centro de La Habana— para adentrarse en otra Habana que se levantaba tras sus párpados. Ahmel cree que ha vivido en dos ciudades al mismo tiempo (…) Imaginaba la ciudad como un inmenso retablo. Un escenario repleto de cuerpos cansados, armado a retazos, sobre una lasca de piedra a la deriva (…)”

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La condición geográfica y física de la isla es igualmente sometida a varias interrogantes, en las cuales se pueden ver las reminiscencias de un Piñera —con su maldita circunstancia del agua por todas partes—, o lezamianas —pues vivir aquí es una fiesta innombrable—. Para el narrador no hay contradicción entre ambas, sino que desde la posición de observador y cuestionador de su entorno llega a cierto consenso. Ello se da sobre todo en la obra a partir de la imagen de la capital enfocada desde el Malecón, la bahía de La Habana o la colina donde se levanta El Cristo.

“— ¿Por qué te torturas? —Dije.

—No es un castigo. Desde el mar, La Habana no parece la misma. Las ruinas, la mala vida y toda la mierda no se ven desde el agua.

—La Habana siempre será la misma (…)

—La ciudad tiene una máscara. No me interesa ver nada más (…) Esta bahía es la máscara o el disfraz para dar la bienvenida. Me subo en la lancha y todo me parece nuevo. Desde aquí tengo una ciudad nueva o una nueva ciudad frente a mí (…)”

La construcción citadina surge paralelamente a la reconstrucción de la memoria, de esos hechos y personajes que la habitan. El narrador protagonista desanda las calles y crea su mundo percibido. A través de un espacio físico real, elabora el dibujo de una (ir)realidad para el lector. Cuidadosamente ha seleccionado los elementos que componen la urbe. Se abren las puertas entonces a la suciedad y la decadencia. En ella es mejor mantenerse enajenado porque es esta en realidad, la verdadera condición del ser humano.

“Tengo la sensación de que camino y no avanzo. Todo me resulta repetido. La ciudad tiene un mismo color, parejo, sucio; es una vieja enferma, de miembros mutilados por tanta ruina y remiendos. Parece no estar sembrada en el trópico. ¿A dónde habrán ido a parar sus colores? Dos tipos —una mujer y un hombre— caminan delante de mí. Cargan mochilas, agua embotellada en pomos desechables y toman fotos. ¿Qué será lo que yo no alcanzo a ver?”

El narrador edifica su ciudad a partir de las relaciones con los sucesos que tienen lugar en Cuba, como el robo de la lancha Habana-Casablanca, el triunfo de la Revolución, el Período Especial. La capital es mucho más que un entramado urbanístico o arquitectónico. Reúne las características y complejidades de una sociedad que ha sufrido y sufre importantes cambios. Aparecen el Boulevard de San Rafael y sus gentes, las calles Belascoaín y Zanja, las paradas de la ya antigua ruta 298, el Vedado como polo opuesto a una compleja Centro Habana, los aromas, la mugre de las calles: “La Habana parece un clip, pero es más que eso (…) Corro. Entro al metrobus tras la gente que forcejea y trata de subir. Una señora y un señor pelean por su lugar en la fila, por su sitio en el pasillo y porque él no tiene otro remedio que pegarse demasiado a su fondillo aunque viaje de espaldas a ella. En la acera una mujer se seca el sudor (…) Hay demasiado calor y mucha humedad. Desfallece (…) Una caravana atraviesa la calle, la patrulla ordenó que se detuviera el tráfico. Ómnibus amarillos para escolares, ómnibus amarillos con franjas negras, ómnibus amarillos repletos de estudiantes extranjeros (…)”

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Los espacios en Esquirlas coinciden en gran medida con los de Inventario: el cuerpo, la memoria y la ciudad. Sin embargo, la diferencia fundamental que se observa entre ambos libros, en relación con el espacio, está dada sobre todo por la manera narrar. Constantemente se cruzan los límites de la realidad/irrealidad en las historias. El contexto ficcionalizado se permea también de lo fantástico y de lo absurdo para dar un mundo que sólo existe tangencialmente. El narrador se adentra más en el espacio de la memoria y va uniendo cada fragmento con un fuerte hilo de dolor, de rabia contenida, de rencor tal vez. Esquirlas está por encima de lo visto o lo palpable. Si en Inventario el espacio existía en la piel del sujeto, ahora es el sujeto el que inunda todos los espacios. El desandar las calles de las memorias del primer libro conduce, en el segundo, al encuentro con aquello innombrable que se encuentra en lo más íntimo de nuestro ser.

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La ciudad, aunque sigue siendo la capital habanera, se extiende y alcanza otras significaciones. Está presente físicamente también de manera fragmentada, sin embargo, más que verse, se siente. Se han seleccionado de tal manera los lugares, que la imagen construida es distante e irreal. Predominan aquellas zonas enfocadas hacia el afuera, desde lejos. Se trata de huir de ella. Tanto la ciudad como la isla, se construyen cuales fantasmas. “El tren se alejó dando tumbos. No tenía sentido llegar a Matanzas. Con algo de comida, poco dinero y ron, bastaba Hershey…”

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Litografía de Federico Mialhe
Litografía de Federico Mialhe

Litografía de Federico Mialhe. Imagen tomada de Cuba Profunda.

En Hernández Gómez, Ángel R. 1984. “Características y dinámica de la moda en Cuba.” Demanda 6(1): 3-43:

Es a Cirilo Villaverde en su novela “El Guajiro” a quien se deben las siguientes descripciones de las formas de vestir de la clase campesina: “Sus pantalones eran de rusia [lienzo] con grandes bolsillos a los lados, camisas de listado azul, en la cabeza en vez de sombrero traían un pañuelo atado, en la espalda una talega de maíz desgranado, a la cintura la hoja y en los pies zapatos de berraco [sic] . . . “; la descripción de la campesina es: “El traje y adornos de la joven eran tan sencillos como sus pensamientos. Componíase de un túnico que entonces llamaban yocó, especie de lana de algodón con listones encarnados y blancos, un pañuelo de seda en los hombros y varias maravillas y moyas en la cabeza.” (p. 20)

Envase de caramelos surtidos Parque Lenin
Envase de caramelos surtidos Parque Lenin

Envase de caramelos surtidos Parque Lenin. Colección Cuba Material.

Eduardo del Llano: Chucherías:

(…)

No tuvimos chicle. Esa mierdita olorosa venía a ser, para quienes nos educaban, un comprimido de sociedad de consumo, una píldora venenosa que, nada más masticarla, te envenenaba la sangre de capitalismo de alto octanaje. Un recuerdo que habla por sí solo (y que estoy seguro compartirán muchos coetáneos) ha de ser de 1970, año más o menos: la primera vez que tuve un chicle en la boca. Sólo que, antes de llegar a la mía, había pasado por las bocas de una decena de niños del aula, partiendo de una matriz que debió ser el hijo de alguien que viajaba; lo que mastiqué, entonces, fue una cosa insípida, inficionada por restos de comidas ajenas. Luego, ya pasando la secundaria en la Lenin, quien viajó fue mi padre… a la URSS, de donde trajo unos chicles Adams fabricados allá (¡!) que ahorré cuanto pude: inauguraba una tableta el domingo por la noche, a la entrada del pase, y lo conservaba durante toda la semana, pegándola bajo la taquilla, como un moco, a la hora de dormir, y recobrándola a la mañana siguiente.

(…)

Como ocurrió con la utopía, la calidad y la presentación de las golosinas fue decayendo. Los caramelos degeneraron de paquetes de unidades primorosamente envueltas a una masa pringosa que se vendía por el peso. El chocolate dejó de tener una denominación concreta. Aparecieron los Extrusos de maíz (debe ser difícil encontrar un nombre comercial más espantoso, probablemente obra del mismo estro sutil que más tarde creó las Tiendas de Recuperación de Divisas) que la gente bautizó Chicoticos, hasta que terminaron por llamarse así. Pero eso fue bien avanzados los ochenta, y ya yo contaba veinticinco años o más.

Literas en un albergue de escuela en el campo
Literas en un albergue de escuela en el campo

Literas en un albergue de escuela en el campo. Captura de pantalla del documental de Jorge Fraga “La nueva escuela”. 1973.

En La Jiribilla¿Somos los becados una especie en peligro de extinción?, por Laidi Fernández de Juan:

Entre la sorpresa (por lo inesperado) y la gratitud, por todo lo que significa para varias generaciones de cubanos y cubanas, me dispongo a comentar los dos volúmenes de narraciones que bajo el título de País con literas; cuentos cubanos sobre becas, aparecen en nuestro panorama literario con el sello de la Editorial Unicornio (ArtemisaCuba), en su colección Montecallado.

Ignoro por qué ha pasado tanto tiempo desde la publicación de estos cuentos hasta el presente, cuando llegan a mis manos —regalo de amigos generosos—, sin que ninguna noticia al respecto haya circulado antes en nuestras revistas culturales. Sea como fuera, siento la imperiosa necesidad de darlos a conocer, de promocionarlos, y de estimular —en lo posible— a los antologadores, en aras de continuar la línea de rescate de asuntos de nuestro pasado inmediato y sus varias formas de abordarlo.

El tema de la selección que nos ocupa: las becas, cala hondo no solo para quienes hoy rondamos la cincuentena, sino para muchos (y muchas) que nos anteceden, y también para varias generaciones integradas por nuestros hijos. Sin ánimo de adentrarme en los momentos en que se convirtió la beca como única opción para alcanzar el máximo grado de preuniversitario, y que considero un error, me gustaría señalar que mucho antes de esa imposición,  muchos de nosotros integramos con entusiasmo las primeras hornadas de becados y becadas de Cuba en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado. No niego que me revolotea la emoción al hablar de las becas, y que ello podría nublar la objetividad de este comentario, ya que pasé seis años de mi vida en dicho régimen educacional. Sin embargo, le confiero una importancia especial a País con literas, más allá de mi propia nostalgia.

La idea de agrupar a varios escritores (y a muy pocas mujeres, reconozco con pesar, por parte de Roberto Ginebra Palenzuela y de Josué Pérez Rodríguez, responsables de esta feliz iniciativa) que en un momento de sus carreras literarias abordaron el universo que gira alrededor del hecho de estudiar, enamorarse, sentir por primera vez el peso de la añoranza hacia el hogar, y casi todo el resto de los descubrimientos de la vida cuando apenas se comienza a salir de la niñez, resulta francamente loable.

Más de treinta reconocidos narradores ofrecieron textos para integrar la antología, cuyo prólogo resalta por la originalidad y eficacia, ya que están allí explicitadas todas las circunstancias, las dificultades y los aciertos al momento de la selección. A través de los correos electrónicos intercambiados por los ya mencionados antologadores, entre  los meses de agosto del año 2008 y marzo del año siguiente, se conforma la introducción al tema, de manera que el lector(a) conoce de antemano a qué se enfrentará en las páginas subsiguientes; casi sin derecho a reclamar ausencias. Allí, en esas primeras diez cuartillas está todo. Con un carácter ensayístico, salpicado con chispas de humor, los autores de la idea original nos permiten entender los motivos de esta afortunadísima selección, que, efectivamente, tiene tal validez futura e histórica que hace que valga la pena salvar en la memoria para varias generaciones de cubanos.(p.23).

Por motivos de espacio, no es posible comentar la totalidad de las narraciones. Me limitaré solo a la tercera parte de ellas, no sin antes advertir que todas cumplen con el objetivo primordial de resaltar la trascendencia de esos momentos peculiares de nuestras vidas, cuando se nos abre el mundo y no sabemos cómo enfrentar las posibles consecuencias de nuestros actos juveniles.

Alberto Guerra, con su comentado y excelente cuento “Disparos en el aula”, nos adentra en el mundo escolar desde la perspectiva de la enseñanza de la Historia frente a un grupo hasta entonces indiferente por la gloria pasada. Leonardo Padura, con su “Según pasan los años”, cuya trama se desarrolla (al igual que en el cuento anterior) no precisamente en una beca o internado, pero sí entre alumnos que comparten la misma edad, inicia el subtema de la muerte, presente en la mayoría del resto de las narraciones. La muerte, que impresiona sobremanera cuando ocurre en la juventud, porque es antinatural, inesperada y por tanto inconcebible, signa también los textos de Elizabeth Álvarez Hernández (“Círculo de silencio”) y de Dagoberto José Valdés Rodríguez ( “Réquiem por Marielita”), en los cuales aparecen críticas obvias o sutiles a ciertos dogmáticos criterios que se cumplían en las becas. Fui testigo lejana de un acto de suicidio cuando apenas tenía 13 o 14 años, en la Lenin de los primeros años, cuando se inauguró de forma oficial dicho enorme y aún prestigioso plantel, de modo que comprendo a la perfección el raro sentimiento culposo que envuelve a los adolescentes, y que resulta imborrable.

Otro elemento común que enlaza de forma inevitable a los cuentos, es la música. No solo en el televisado y clásico “Escuchando a Little Richard” de López Sacha, sino en “Mensaje azul para un día sin papel” (Carlo Calcines), en “Réquiem por Marielita”, en “Círculo de silencio” y en “Según pasan los años”, ya mencionados, la memoria musical desempeña un papel fundamental. Curiosamente, no se evocan melodías cubanas, sino inglesas o norteamericanas, muy al estilo de los gustos predominantes en la época. Siempre he considerado que, al margen de las modas, no era de buen gusto seguir los pasos de nuestra música, no se consideraba glamoroso en ese entonces. Por fortuna, no sucede exactamente así hoy,  aunque este asunto merece ser analizado por expertos, que no es mi caso. El amor, o más bien el sexo, no puede faltar cuando de jóvenes se está hablando. Porque de eso se trata: aun cuando los narradores o sus voces no pertenezcan a la juventud, se aborda el cosmos juvenil desde su justa perspectiva. Así, resalta “No le digas que la quieres”, de Senel Paz, maravillosa narración sin los visos que rozan la violencia de “Muchachos felices” (Yunier Riquenes García) —con el recurso añadido y bien logrado de imágenes fotográficas—, cruelmente bromista de “Pas de Deux inconcluso para bailarines enamorados” (Miguel Cañellas)  o las relaciones homoeróticas trasladadas hábilmente a un guión cinematográfico “En la hoja de un árbol” (Arturo Arango).

No encuentro otra forma de estimular la lectura de estos imprescindibles cuentos que poniendo mi mano sobre el fuego (a pesar de que resulte excesivamente dramático, lo sé) para dejarles saber a los más jóvenes que sí, así fueron las cosas; así éramos; así pudieron ser ellos mismos, aunque nos contemplen ahora con la mezcla de burla y de suspicaz duda con que solemos tratar a los ancianos.

h/t: Sandra Álvarez, La negra cubana.

Bandeja de comedor escolar con cuchara de calamina
Bandeja de comedor escolar con cuchara de calamina

Bandeja de comedor escolar con cuchara de calamina. Colección Cuba Material.

Publicado por Encuentro en la Red, en La columna de Ramón:

Lejana cuchara de calamina:

Mira que ha pasado el tiempo, tú, y todavía, algunas noches en esta ciudad, por encima de la esencia picantona del chorizo gallego o de los pimientos de Padrón que son unos cabronazos indecentes, me brota limpio, incólume, medio inocente, tu frío sabor, una mezcla metálica y abrumadora parecida a la que debe dejar en la lengua haberse pasado la noche chupando un Colt 38 o haber practicado uncunnilingus pantanoso y vegetal con un manatí. Y no con un manatí cualquiera, sino uno de mediana edad, de la ribera derecha del río Cauto.

Qué sensación, qué rubor, qué estremecido estremecimiento. Porque no imaginas la constancia que tiene la calamina en la memoria de un cubanete como yo, que te encontré siempre en todas partes: en escuelas al campo, meriendas campestres, pizzerías, safaris ideológicos, bodas, almuerzos familiares, velorios campesinos, internados militares, cumpleaños, becas.

Sobre todo en las becas, con tu inseparable bandeja de aluminio, heroína de mil batallas, abollada, maltratada, grasienta. Hubo un tiempo, incluso, en que llegué a pensar que el futuro luminoso del que siempre nos hablaban, olía igual y estaba completamente forrado de bandejas de aluminio. Más nuevas, por supuesto. Y que todos avanzábamos alegres, sonrientes, con la cabeza erguida, sosteniendo victoriosos una bandeja de ésas entre las proletarias manos. Y la recompensa por nuestro sacrificio nos la echaban en el huequito del postre. Claro que entonces yo era bajito y medio comemierda y por eso tal vez pensaba así. Ahora sigo siendo bajito y medio comemierda, pero me acerqué a la porcelana por si acaso.

Te hablaba de las becas. Tú en las becas, madre mía, qué nostalgia. Tú sumergida, lenta y golosa, en el agüita transparente del potaje, con esos destellos de manjúa en Guanabo, tropezando con los cuatro o cinco fijoles de artillería yugoslava que nadaban junto a tu cuerpo de movimientos ágiles. Y luego tú, haciendo las funciones de martillo neumático en la blancura de aquel arroz tan bien organizado, tan militar él, tan firme en sus convicciones, impenetrable, compacto, ideológicamente indivisible. Había que pensar en Ichi, el masajista ciego para poder cortarlo. O llamar al gentil Toshiro Mifune para que nos ayudara a abrirnos paso entre las bolas blancas y echarle algo a la paila. Claro que te jorobabas un poco por el esfuerzo, hacías tus contorsiones y creo que hasta sudabas ligeramente. Salían chispas de tu palidez cuando chocabas con los gorgojos de elegante tersura, y los machos abundantes con que condimentaban aquel manjar.

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Pero tú nunca te quejaste. Firme ahí, irreductible. Uno te enderezaba a ojo de buen cubero y de nuevo a la guerra. Cuando único te vi flaquear, darte por vencida, rajarte, tirar la toalla en una beca y recostarte en la esquina azul con cara deyo no puedo con eso, fue al enfrentarte a la guarnición. Con el boniato no podías. Y eso que se suponía que era boniato sancochado, pero siempre sospeché que no lo hervían, sino que lo asustaban en la cocina para no perder tiempo. Y a un boniato asustado no le mete el diente ni un indio caribe, acostumbrado a merendar siboneyes de edad diversa. Todavía no he encontrado al genio de la dietética, a ese Maquiavelo gastronómico que ordenó complementar el rancho con aquellos boniatos blindados sabiendo que había que zampárselos, abrirles la gandinga, llegarles al meollo con la nobleza de tu hechura.

Claro que en la mayor parte de los casos eras menuda y talla usable. Pero en algunos lugares alguien había fabricado un modelo superior, de una anchura caucásica, como si hubieran usado como molde la jaiba de un cocodrilo con mal genio. Uno no se daba cuenta en el acto de que con esas dimensiones era mejor echarle carbón a la caldera de un tren carguero con destino a Novossibirsk y que era imposible que cupieras en la boca estándar de un muchacho becado, capaz de comerse un búfalo en movimiento. Creo que es de las torturas más finas que se han inventado: intentar introducir aquella pala de cementerio, cargada y humeante, en una boca que saliva desesperadamente. Una boca normal, de dimensiones típicas, anatómicamente dentro de la media, y no de majá de Santa María. Ahí se la comieron. La partieron. Se le fue la musa a Manolo. La recostaron a la cerca.

Eso también pasaba cuando había que embutirse un jarabe. Una benadrilina. Un bicomplex. Una sulfaguanidina para “trancar”. Un aceite de hígado de bacalao. En esos casos, con osadía e ingenio, con determinación ante la anchura, resonaba una voz en mi cabeza que decía: “en la inmensidad del mar, en lo infinito de los cielos, el hombre se enfrenta a su destino y surrrrgen: Laaaas Aventuuuuraaaas”. Y uno abría al máximo la boca, cerraba los ojos y ladeaba ligeramente la cabeza. Y si alguien me hubiera tirado una foto en ese momento, por mi madre que podía pasar por el primo del león de la Metro. Pero se terminaba el trabajo con picardía, arrimándose al borde izquierdo del estanque y absorbiendo como un camión de la Conaca, con el mismo grato sonido con el que los guapos tenemos que tomarnos la sopa en público. Ahí uno aprendía también una lección filosófica: “Si no puedes comerte el asunto de frente, éntrale de lao, y liquídalo”, muy útil para convivir en santa paz en becas, círculos infantiles, prisiones y aglomeraciones sociales similares.

En aquellos tiempos yo te tenía hasta cariño. Era como si hubiéramos estado hechos el uno para el otro. Daba por sentado que mi porvenir se estaba fabricando en algún lugar, igualmente de calamina, liviano, gris, manuable como tú. Un arma ligera para entrarle a la vida.

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Hasta la noche en que te encontré, prisionera de un cordelito bastante corto e indecente, en la Cinecittá, la pizzería de 12 y 23, curiosamente ubicada a las puertas del cementerio de Colón. Te blandí, blanda, fría: Te esgrimí para despachar una lasaña novedosa, de las que se hacían con la receta del tocinillo del cielo y que iban derritiéndose, cobardes, sobre unos tímidos cimientos, como edificio de Alamar construido por una brigada de presos políticos. Y, por encima del sabor de la maicena –que nunca supe qué tenía que ver con la lasaña–, ganándole terreno a la Vitanova, brotaba inalterable por los años el manatí, es decir, tu sabor limpio y puro. Casi como lo que sentiría una tribu de Nueva Guinea después de merendarse a un General bolo de antes del desmerengamiento.

Te escribo porque hoy el día está gris y salió a flote tu color en mi memoria. Me he puesto a recoger pita y me ha sorprendido lo injustos que hemos sido contigo. Ni un monumento, ni una mala canción, ni una orden oficial, ni un círculo de interés, ni una sociedad de amigos, ni una sala de hospital… Nada que te recuerde, con lo bien ubicada que has estado siempre. Claro que eso debía partir de las autoridades. Pero qué se puede esperar de un gobierno que no ha sido capaz de poner nunca un invierno que valga la pena. Que a lo más que ha llegado ha sido a un frente donado por alguien. Un fricandó de ONG. Con tanto bronce desparramado por las ciudades. Con tanto mármol tirado a mondongo. Con tanto yeso en valles y montañas, y ni una sola alusión memorable que te perpetue.

Puede que lo hayan hecho por olvido involuntario. O por castigo a tu liviandad, que te hace sospechosa, idelógicamente favorable a ceder a cualquier empuje. Por blandita y popular. O porque simbolizas, precisamente, todo un fracaso. Mira tú el relajo que llevan en sí los metales. Para triunfar, toca el oro. Para matar a un vampiro, una bala de plata. Y para una vida de pacotilla, de peíto sin peste, de burundanga: una cuchara de calamina.

Y, por supuesto, como sólo sirves para cargar. Que ni pinchas ni cortas, huele a quemao hacerte un monumento. Porque los monumentos reflejan algo. Y en eso de ni pinchar ni cortar nuestra vida nacional, menos uno que yo me sé, el resto.

Así que desisto de mi propuesta. Yo que iba a hacer campaña para que aparecieras en el Escudo, al lado de las palmitas. Entre un campo de gules, y por encima de la llave ésa de portalón de la Habana Vieja, una cuchara. Y con restos de chícharo, para no exagerar.

Calaminoso y aviejentado,
Ramón

Poema Cantar de la Escuela al Campo
Poema Cantar de la Escuela al Campo

Poema Cantar de la Escuela al Campo. Publicado en el reverso de la contraportada de la revista Bohemia. 1970s. Colección Cuba Material.

Sobre la escuela al campo, dice la historiadora Lillian Guerra (2010): “By the mid-1960s, combining manual labour with mental work by performing unpaid, often gruelling agricultural tasks under a hot sun while living in military-style barracks for months at a time became the most unifying experience for island youth from early adolescence to their mid-twenties. By 1967, the policy of sending middle school and high school students to study and work in the countryside became permanent: over 150,000 attended escuelas al campo in that year alone. The figure represented 84.68 per cent of the total number enrolled” (p. 274)

Interior de almendrón
Interior de almendrón

Interior de almendrón. Foto 2013.

En La fiesta vigilada, de Antonio José Ponte (2007, Anagrama, p. 86):

Taxis de color amarillo y negro pertenecían a la Asociación Nacional de Choferes de Alquiler Revolucionarios (ANCHAR, ya que en la nueva sociedad todo adoptaba siglas), y en taxis de color violeta trabajaban las prostitutas reeducadas.

Hacían, de otro modo, la calle. TP eran las siglas de sus vehículos: Transporte Popular.

“Todas Putas”, les llamaba la gente.

Y aquellas conductoras recibieron enseguida, por el color de los autos, el mote popular de “violeteras”.

***

En Misceláneas de Cuba, viñetas de la Cuba Material por Orlando Luis Pardo Lazo:

Frente de batalla:

Los carros americanos siguen siendo una quinta columna clavada en el corazón comunista de la Revolución. Vienen de la prehistoria republicana y, sin embargo, pertenecen al futuro democrático de la nación. Duraron, a pesar de la asfixia y los represivos talleres sin piezas de repuesto, donde los “adaptaron” al cambiarle sus órganos originales. Pero los carros americanos no son un museo ni mucho menos un mausoleo de la memoria, estos “almendrones” de cáscara dura no son sino un plebiscito rodante.

Gulliver en el país de los proletarios:

Pudo ser un performance de la Bienal de Artes Plásticas de La Habana. Pudo ser el primer plano público de un stop-motion cubano desconocido, ese que, por timidez o tristeza, jamás se filmó. Hombrecitos de plastilina que recorren las aceras cutres de la avenida Galiano en Centro Habana (acaso en Contra Habana). Enanitos en peligro de ser pisados por los titanes que van y vienen de la shopping o del agromercado, con sus viandas y electrodomésticos y piltrafas y productos de aseo, todo disimulado en las consuetudinarias jabitas de nylon (la bandera cubana debiera ser sustituida por una jabita de nylon, que resuena más linda al viento y es un objeto menos biodegradable y sin tanta memoria de la muerte nacional). Pudo ser un set para rodar el clímax de un videoclip de reguetón. Pudo ser labor-terapia grupal para los deprimidos anónimos de la patria. Pudo ser de todo. A mí nadie nunca me dijo nada.

Los viejos carros americanos:

Aferrados a un filito. La mano crispada, tensa hasta el último tendón. La marca del uniforme mitad como maleficio y mitad como talismán. Los viejos carros americanos parecen persistir más allá de la Historia y más acá de la Revolución. Sus carrocerías se maquillan de lujo metálico para un nuevo cambio de velocidad. Los viejos carros americanos se alquilan a miserables y a militares sin hacer distingo, son la encarnación rodante de nuestra demacrada democracia de mercado. Dentro de sus hierros cincuentenarios todos somos iguales, expuestos a la misma contaminación carburante. Los viejos carros americanos son ataúdes en tiempo futuro, cunas de fetos en pasado perfecto. InCUBAdoras de un pueblo en trance de movimiento que por ahora aún se aferra a una idea inercial, inmemorial.

¿Huraco o espejo mágico?

No todas las capitales de América cuentan con paisajes así, de guerra per-manente pero artificial, escaramuzas inocuas excepto para la inteligencia. A La Habana le salen más baches que bares y borrachines. Más baches inclu-so que desfiles de botas violentas en alguna efeméride nacional. A ras de asfalto, el espejo de agua masoquistamente duplica nuestra rala realidad: gente mohína asomada al daño de los edificios, a sus ínfulas heroicas de mostrar las cicatrices de un bombardeo. Y, lo más terrible de esta debacle: es aterrorizantemente bella.

Lápidas:

¿Quién sobrevive a quién? ¿La vieja y orgullosa maquinaria de los años cincuenta, que abortó en Cuba junto al final de su década, o la palabra patria más perversamente repetida desde entonces? ¿Quién rueda todavía sobre el asfalto percudido y quién ya no podría permanecer de pie? ¿Chapistería versus chapucería? ¿Slogan comercial versus lema? ¿Aerodinámica retro versus ideología obsoleta? Pero, ¿quién se atrevería a meterle un buen palancazo a la caja de cambios de velocidad? ¿Nos hará falta alguna licencia histórica de conducción?

Ver la entrada completa en Misceláneas de Cuba.

Caja de fósforos
Siempre nos quedará Madrid

Siempre nos quedará Madrid, de Enrique del Risco. Publicado por Sudaquia Editores en el 2012.

En Siempre nos quedará Madrid, libro de memorias de Enrique del Risco:

Ahora –en aquel apartamento del barrio más tranquilo y silencioso en el que hubiera vivido nunca– empezaban a aparecer los detalles. Y los detalles, los de mi vida o los de mis circunstancias, se infiltraban continuamente en las historias. Como si mi mundo hasta entonces sólo habitado por el miedo y su vasta descendencia empezara a poblarse de materia. De hecho, uno de los cuentos era una descripción detallada de un día que para mí había sido especialmente feliz. Y ahí está lo curioso. La imagen abstracta que me había hecho de aquello cuando lo tenía cerca se iba haciendo más precisa a medida que me alejaba. Como si sólo la distancia –y el contraste con la prolija materialidad de la vida española- permitiese que me fijara en los detalles. Como si sólo lejos de mi país natal las formas concretas de lo que había sido mi vida empezasen a adquirir sentido. Con el fin de la complicidad con mis lectores naturales, esos que cuando escribía “león”, “zorra”, “conejo”, “presidente” o “hijo de puta” comprendían exactamente a lo que me estaba refiriendo, comenzó mi viaje al interior de los elementos que antes había pasado por alto. La realidad había cambiado y debía reajustarme a ella si no quería que se me escapara completamente de las manos.
* * *
Al aeropuerto fuimos en el que había sido el coche de la familia durante más de quince años. Un Fiat argentino comprado nuevo por mi padre en 1977 y que había vendido dos años atrás. Mil quinientos dólares le dieron por él. No era mal negocio si se pensaba que lo había comprado por el equivalente a unos quince sueldos suyos y lo había vendido tres lustros después por un precio que correspondía a 75. El viejo pensaba que con los dólares iba a poder comprar comida durante cinco años, pero apenas le alcanzó para año y medio. Setenta y cinco sueldos extras esfumados en dieciocho meses. Para él, vender el símbolo más visible de su condición de científico respetado en el país, el artefacto que le había permitido a él y a su familia elevarse sobre la martirizada raza de los peatones, debió ser un golpe duro. El máximo sacrificio que podía hacer por la familia descontando la venta de un riñón. La venta fue ilegal, por supuesto. Me refiero al coche, no al riñón. Los coches que el gobierno vendía sólo podían ser comprados por el propio gobierno, de manera que las partes de una transacción ilícita quedaban atadas entre sí hasta que la muerte o algún sucedáneo los separara. El comprador en este caso era un miembro connotado de la mafia del barrio así que cada vez que la policía lo detenía en el coche mi padre, todavía dueño legal, debía presentarse en la estación para explicar que era un amigo a quien se lo había prestado. No creo que le creyesen pero al menos no era ilegal prestar el carro a un amigo. Así que el nuevo dueño le debía la suficiente cantidad de favores a mi padre como para negárselo en una ocasión tan especial. Volvíamos pues a estar juntos por última vez en aquel coche mi padre, mi madre, mi hermano y yo. Como cuando íbamos a la playa o recorríamos la isla durante el verano. Lo diferente era que ahora –incluidas nuestras respectivas mujeres– cabíamos a duras penas: uno no se hace adulto impunemente. Quiero pensar que ese día mi padre disfrutó el estar una vez más al timón de su antiguo FIAT.
Figura artesanal usada para adornar vidrieras en los ochentas
Figura artesanal usada para adornar vidrieras en los ochentas

Figura artesanal usada para adornar vidrieras en los ochentas. Regalo de Janet Vega. Colección Cuba Material.

Los textos de Variedades de Galiano, de Reina María Rodríguez (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2008), quieren dar cuenta de las dimensiones afectivas y materiales de la “devastación”: ese proceso implacable de desgaste, desaparición, arruinamiento, agrietamiento de los espacios y de los sujetos. Si prácticamente todo discurso producido en el campo literario insular pasa por la sobredeterminación ideológica de la Revolución como marco, entonces cabe reconocer que la fuerza de señalamiento de Variedades… tiene una potencia desestabilizadora. El ahora de Variedades… está poblado por los fragmentos desvencijados de una comunidad fantasmal de sujetos que apenas se sostienen en su integridad, porque dependen de los restos, las sobras, las menudencias escasas de la realidad. El aquí de estos textos señala unos espacios donde se superponen las imágenes del tiempo de lo ido para siempre –evocado una y otra vez, como mantra que interroga el destino de eso que se perdió, un deseo de saber a qué región se marcharon las “glorias”, el esplendor, las aristas espesas (por variadas), de lo real, frente a la monotonía y la igualdad castrante del presente-, y las terribles evidencias de lo que queda después de una guerra no sucedida­ –otra dimensión fantasmal, pero al mismo tiempo material, que también se subraya, por ejemplo, en La fiesta vigilada, de Antonio José PonteInteresa también a la voz de algunos textos de Variedades… dejar constancia de la dimensión agónica del discurso que quiere ser de la memoria, pero que se encuentra con la imposibilidad de la nostalgia.

Cuando se podría pensar que el Periodo Especial, y sus extensiones estéticas, fueron de alguna manera “agotados” a nivel de representación por la proliferación de textos sometidos a la estética de la decadencia y la precariedad, vienen La fiesta… y Variedades… a proponer otras miradas posibles. El primero, desde sus atrevimientos ideológicos, su voluntad ensayística. El segundo, desde un cuidado de la escritura y una ética de la literatura frente a la ruina, que sobrepasan con creces el tráfico a veces desquiciado de esa otra literatura cubana.

Una pregunta como esta: “¿Sobre qué posibilidad de sentir, confiar y escrutar el corazón de los objetos se arma una cultura?” (RMR) en Variedades…, bien podría haber presidido, por ejemplo, Las comidas profundas de Ponte. Y estas preocupaciones, que son centrales en la obra de Reina María Rodríguez –cuyos textos de una u otra manera remiten casi siempre a la interrogación del acto de escribir en un contexto de precariedad material, de desolación moral, de falta de ataduras a los rituales felices-, podrían verse como la continuación metaliteraria de algunas preguntas de Las comidas…: “Asustada por las sustituciones hechas [recordar las sustituciones del libro de Ponte] cuyo producto final nunca sabré con qué fue compuesto. ¿Hubiera escrito menos? ¿Hubiera escrito mejor?” (RMR)

En Variedades… se reconoce muchas veces un vínculo innegable del poema con lo real. De tal manera que las preguntas a partir de las cuales se constituye el poema, pasan por interrogar justamente ese vínculo. Esta dimensión agónica es central en la poesía de Reina María Rodríguez, y las respuestas o balbuceos (en el sentido de ensayos sin voluntad definitiva) a estas cuestiones, informan su política de escritura. “El poema, al participar de la propia enfermedad y muerte de cada día en uno, aflora y se expande por las rutinas, ‘murumacas’ y ‘abusos de confianza’ que neutralizan aquello que lo saca a flote y lo provoca a cada rato: la realidad” (RMR).

Walfrido Dorta

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“La feria del parque Fe” (fragmentos)

(…) Estaba sentada otra vez desde mi mesa (mirador del Info) cuando pasó, frente al cristal, la banda de los niños. Todos venían con sus estandartes, la ropa rayada, las polainas de disímiles materiales (a veces separadas en demasía de los zapatos dejando al aire unas medias variopintas). Todos cantaban y la música, los tambores del redoble y la batuta –a pesar de lo arrugados que estaban los trajes y de la profesora gorda que conducía la comitiva y seguro desentonaba también- me impresionaron. Era una orquesta muy pobre aquella y los estandartes rojos y azules estaban zurcidos por los bordes del satén. Pero me alegraron la mañana, como promesa a la carencia de recursos.

“¿Qué pasará este verano? ¿Cómo se aguantará?” –pregunta un joven que está sentado a mi derecha tomándose una cerveza clara, espumosa.

El humo prieto del cerdo se recalienta en las pailas donde hombres y mujeres uniformados de camareros se disponen a vender comida. Es una feria en el parque Fe. El lugar se va matizando con muchos colores. (…) (Estoy buscando un sentido a mi ubicación dentro del tapiz que acabará por tejerse este domingo). (…)

Las botellas de ron: Puerto Príncipe, Mulata y Niño liberadas de sus etiquetas por cientos de manos que las manosean, brillan entre los reflejos del sol mañanero y después sudan como “marimba de alcohol” en los labios secos. Habrá panes de variados tamaños rellenos “con algo” y peces anaranjados saltarán dentro de enormes peceras donde los niños meten los brazos y sacan “sus peleadores”. (…)

“¿Somos esto?” –pregunta el joven a la dependienta que lo atiende indicando los “tacos” rellenos de diferentes materias (con otoño, invierno, nostalgia), todo lo que nos falta, y vuelven a redoblar los tambores de la banda de los niños. (…)

Hacia una esquina opuesta, hay una improvisada barbería-peluquería donde cortan y tiñen las cabezas. (…) esas sillas de tijeras y con otras tijeras más afiladas que las sillas, cortan, tiñen, ondulan, suben o bajan a picotazos, los promontorios de la mente para lograr un cambio. (…)

Pasa otra señora con un caballo plástico (un juguete) que seguro ha comprado barato y parecería que va montada sobre él, como una mujer que sueña feliz con su infancia, pero cuando se detiene: es una bruja. La dependiente que vende frituras de maíz y otras que imitan ser de bacalao, miente con una sonrisa indulgente sobre las diferencias. (…)

Un desfile de modas hecho con pedazos de materiales sobrantes  (soga, cuero, nailon, pedrería, “tostenemos” –grita alguien) se realiza por detrás de la palma, y los muchachos y las muchachas como bellos exponentes del trópico y de la exposición que este día inauguran, sonríen bajo el entalle perfecto de una colección que se llama Vida.

Todo está tan concurrido que no queda espacio para la soledad.

Me muevo como un ciempiés, fisgoneo entre las carolinas. Por algo de todo esto vale la pena entrar hacia tal confusión de estilos, religiones, pieles y maraña de una vegetación sin podar. Por algo de todo esto. Mañana quedarán los restos de comida, las banderitas caídas y los viejos volverán a tomar su lugar (su asilo) permanente bajo los mismos árboles. Mañana la poesía estará estructurada de los huesos de pollos fritos y mollejas que los perros vagabundos hociquean dejando sobras para un después. Olerá a cosas que fueron calientes, ya calcinadas. A los globos de colores que guindan de tronco en tronco (hechos con preservativos teñidos que se habrán reventado) y a las palomitas de maíz que salpican grasa desde las cacerolas de aluminio. (…)

Otro señor vende recogedores de hojalata y, para probarlos, barre las hojas amarillas. Otro, aguacates morados, pulposos, prietos. No faltan las escobas de guano (amargas) como colas de cometas extraviados.

Cuando la prosa también se ha recalentado en su caldero, no queda otro resquicio que girar y, en el vértigo por tanta luz (donde nada se omite), comer las simples palomitas de maíz sin muchos conceptos o justificaciones. Algo se muerde y cruje. Y en los pechos, azabaches prendidos con alfileres de crianderas (rojo y negro) para los malos ojos. (…)

La mayoría, apretujada, grita, corre, vocifera, revienta, y yo escribo, yo escribo, yo escribo… palabras pisoteadas por las sandalias de otras mujeres de corvas venosas, pero flexibles. (…) De pronto, una fuente que estuvo rota por muchos años, salpica a los jugadores de dominó sobre tablas improvisadas. Salpica a los vendedores de comida frita, a los tamaleros, a los maniceros, a los “merolicos” ¡que esperaron toda la vida por el brote de esa dichosa fuente! El agua reciclada purifica las fichas, el cartón, las chapas de metal oxidadas.

(…) Por eso, en la pose definitiva que tomo dentro del tapiz este domingo, extiendo el cuerpo sobre la hierba que arranco con las uñas (pica demasiado) y reclamo un parque que se llame Fe, aunque la fe no exista.

Reina María Rodríguez

Ver también, en Libros del crepúsculo:

Hay en la poesía de Reina María Rodríguez de los 90 tanta conciencia de una escritura producida a fines del siglo XX como impulso de colección de reliquias de un mundo perdido. Celebración y duelo del naufragio de la utopía, que se manifiestan por medio de una extravagante memorabilia: miniaturas de la Atlántida, muñecas egipcias, retratos de Durero, esculturas de Zadkine, tablillas de terracota, polvo verde del Taj Mahal, flores insectívoras, un vidrio de mar en la ventana.
Podría hacerse una lectura de esa poesía como relicario o museo de la resaca de algún paraíso perdido. Una escritura de la memoria que presta más atención a ciertos desechos del pasado que a la cultura material, archivable y refuncionalizable, heredada del antiguo régimen. No sería imposible leer esa poesía como un discurso de sutil cuestionamiento a las narrativas turísticas e ideológicas que se tejieron en torno a aquella Habana, que se presentaba como escenario de la “muerte real de un pasado imaginario”.

Cantar de rana y sapito
Cantar de rana y sapito

Contraportada de la revista Bohemia con el poema “Cantar de rana y sapito”. Colección Cuba Material.

Durante años, mis padres y abuelos recortaron y guardaron “los versitos” que aparecían en el reverso de la contraportada de la revista Bohemia. Cuando éramos pequeñas, mi hermana y yo nos los aprendíamos de memoria y, a veces, los recitábamos en la escuela o en las actividades del Comité de Defensa de la Revolución (CDR) de casa de mi abuela.

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Muchos de esos versitos fueron exhibidos, en el 2015, en la exposición Pioneros: Building Cuba’s Socialista Childhood, curada por Meyken Barreto y por mí, que estuvo abierta al público entre el 17 de septiembre y 1 de octubre de 2015 en la Arnold and Sheila Aronson Galleries, Sheila C. Johnson Design Center, Parsons School of Design, The New School, New York, NY. Para ello contamos con el financiamiento parcial del premio New Challenge Award for Social Innovation que otorga The New School.

Vista de la exposición Pioneros: Building Cuba’s Socialista Childhood

Vista de la exposición Pioneros: Building Cuba’s Socialista Childhood, curada por Meyken Barreto y María A. Cabrera Arús, que estuvo abierta al público entre el 17 de septiembre de 2015 y 1 de octubre de 2015 en la Arnold and Sheila Aronson Galleries, Sheila C. Johnson Design Center, Parsons School of Design, The New School, New York, NY.