Cuarto de baño

Cuarto de baño. Vedado. Foto 2012.

He visto, en Cuba, cuartos de baños recubiertos de mármol, de azulejos y de paredes de cemento; baños con agua fría y caliente y baños sin una gota de agua; baños sin ducha y baños con duchas a donde no sube el agua; baños con indoros que descargan y tienen asentadero y tapa y baños con inodoros que sólo descargan con un cubo de agua; baños grandes como salones de baile y baños pequeños y atestados de cosas; baños para visitantes, antiguos baños de criados y baños colectivos, compartidos por más de una familia; baños con pinturas al fresco, con coquetas y armarios empotrados y con sólo un inodoro y una pila; baños con espejos y sin ellos; baños limpios, mugrientos y apestosos. Nada, quizás, distingue más las diferencias sociales en la Cuba de hoy que las condiciones de los baños. Nunca me imaginé, por ejemplo, que hubiera baños de letrina en capitales de provincia como Victoria de las Tunas.

El de la foto es el baño de la casa de mis abuelos. Cuando yo era niña, aún tenía su bañadera de hierro. Vi cómo, una a una, fue perdiendo las patas y cómo mis abuelos las fueron sustituyendo por ladrillos. Vi también cómo los ahorros de mi abuelo se covirtieron en una nueva poceta y en el repello del techo, que ya soltaba pedazos del revoque. Cuando era niña, el baño tenía una taza de inodoro blanca, reemplazada después por una de porcelana azul, fabricada en Cuba, que no tenía orificios para ponerle una tapa y un asentadero. En algún momento, se rompió su mecanismo de descargue y mi abuelo le amarró un hilito. Hace poco, mi mamá cambió el lavamanos.

H/T: María Paula Gómez Cabrera

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