Cultura material del socialismo cubano: 1961-1989.

Medalla de la Alfabetización
Medalla de la Alfabetización

Medalla de alfabetizador. 1986. Archivo de José A. Cabrera Pérez.

Solía admirar, de niña, los pechos de los generales cubanos, llenos de medallas y gafetes. Mis padres no tenían ninguna, hasta que recibieron la medalla de la alfabetización en 1986. Sobre esta, mi papá me dice:

Haber participado en la Campaña de Alfabetización en el año 1961 y recibir la medalla 25 años más tarde han sido hechos totalmente separados, no solamente en el tiempo, sino también en sus significados. El acto de participar en la campaña fue puro, deseado y enaltecedor para un adolescente que en ese momento era miembro de la Asociación de Jóvenes Rebeldes (AJR) y de las Brigadas de Alfabetización Conrado Benítez. El acto de recibir la medalla fue un camuflaje político de mi parte y una complicidad del gobierno que la concedía. Entre ambos hechos, concretamente en los 25 años que los separan, yo había sido, entre muchas otras cosas, cadete de aviación en la base aérea Libertad, controlador de tráfico aéreo, preso político sancionado a cinco años de prisión en el año 1966, hipócritamente «rehabilitado» para vivir en la Cuba de los años 70, casado y padre de dos hijas encantadoras y licenciado en economía por la Universidad de La Habana.

Vivo en Puerto Rico desde el año 1992 y un colega miembro del claustro de profesores de la UPR en Cayey, en una de sus visitas a Cuba, me trajo la medalla. No fue algo muy deseado que traje de Cuba en mi maleta, pero cuando me la entregó le di un significado académico que correspondía un poco con la actividad que realizaba. Hoy en día, el único y verdadero significado que le doy es que cuando tenía 13 años prácticamente no regresé más a mi casa, se acabó mi adolescencia y todas las decisiones que tomé en lo adelante, buenas o malas, fueron mías.

José A. Cabrera

Imágenes y cifras sobre la campaña de alfabetización aquí y aquí, publicadas por el periódico Granma.

Ana y la estrellita, por Werner Heiduczek. Editorial Gente Nueva, 1977. Impreso en la RDA. Colección Cuba Material.

Cuando se celebró en La Habana la Concentración Campesina de 1959, mis abuelos le regalaron, a uno de los campesinos que el gobierno trasladó a La Habana para participar en el acto y que ellos alojaban en su casa, una muñeca que cantaba, caminaba y tenía un surtido ropero. La muñeca era de mi mamá, pero esta por entonces ya tenía doce años y, habrán pensado mis abuelos, debería demostrar su generosidad. Las hijas de mi mamá, como las de aquel campesino, nunca tuvieron una muñeca así.

Posiblemente haya sido por eso por lo que mi mamá guardó casi todos los libros y juguetes infantiles de mi hermana y míos, y porque para entonces se sabía que sus futuros nietos tampoco tendrían una muñeca como aquella.

Ana y la estrellita fue siempre uno de mis libros preferidos. No solo por la calidad de la edición —empastada, con cubierta cromada y dimensiones poco comunes—, sino también por el tema. De niña, quería ser cosmonauta. Quizás, entre otras cosas, inspirada en historias como la de Ana y su estrellita.

Disfraces de odalisca
Disfraces de odalisca

Disfraces de odalisca. Casa de los disfraces, Habana. Alrededor de 1980.

Un amigo, profesor de The New School, me comenta sobre Cuba Material:

Me hizo pensar en mi disfraz de carnaval—fui vestido de ‘andaluz,’ fue confeccionado por mi madre, ‘la gallega,’ y ahora (…) entiendo que el disfraz fue parte de una resistencia conservadora y católica a los cambios revolucionarios que se iban imponiendo dentro y fuera de nuestra familia (…) etc. Y ahora que me recuerdo del disfraz y lo que viví durante el carnaval me invade un sentido de…

Yo también tuve disfraces que no olvido. El de odalisca que mi hermana y yo llevamos en la foto, que mis padres rentaron en la casa de los disfraces de Galiano, en La Habana, lo usamos en una actividad de la escuela. Inspirado por estos, mi abuelo organizó después una sesión de fotos en su casa, para la que preparó un set en una esquina de la sala, con cojines y sábanas. Mi abuela nos maquilló y adornó con sus collares. A a hermana y a mí solo nos tocó hacer de odaliscas, lo mejor que pudimos.

Sin embargo, el «disfraz» más memorable de mi infancia fue el de la fiesta de fin de curso de primer grado, cuando hice de reina en la obra El Ratoncito Pérez. Me puse el vestido que mi mamá usó en su primera comunión, y en la cabeza, una estola de seda de mi abuela y la tiara de su boda. Los niños de mi aula no paraban de decirme que era la niña con el disfraz más lindo de la escuela, tan contentos ellos como yo. Pero cuando recogía los caramelos de la piñata de la fiesta que hicimos en el aula, alguien me pisó el vuelo y la tela de la saya, que estaba podrida, y esta se rasgó. Luego llegó a mi aula el rumor de que una niña de otro grado tenía un vestido más bonito que el mío. Se trataba del traje nacional de una de las repúblicas de Europa del Este. Un traje colorido, floreado, exótico y, sobre todo, nuevo.

Disfraces de odalisca

Sesión de fotos con disfraces de odaliscas. Alrededor de 1980.

disfraces infantiles

Vestido de comunión usado como disfraz para representar una reina. 1980.

disfraces infantiles

Vestido de comunión usado como disfraz de reina. Fiesta de fin de curso de la escuela Nicolás Estévanez. 1980.

Fidel Castro sentado sobre un Alfa Romeo
Fidel Castro sentado sobre un Alfa Romeo

Fidel Castro sentado sobre un Alfa Romeo. 1960s. Imagen tomada de internet.

La apertura al turismo de los años noventas trajo consigo una revalorización de los automóviles norteamericanos de la primera mitad del siglo XX, para entonces cotizados en los Estados Unidos y en el resto del mundo por su estética vintage. Se pusieron de moda, y se veían con más frecuencia en las bodas y las fotos de quince, y más de un músico y artista que antes hubiera dado cualquier cosa por un moderno Lada invirtió sus ahorros en automóviles antiguos.

Si algún objeto ha constituido un claro marcador de las diferencias de clase en la Cuba socialista ha sido el automóvil. Ello no ha sido del todo culpa del castrismo, aunque sí es su entera responsabilidad el haber politizado los significados en los que tales diferencias se sostienen. Durante los setentas y ochentas, el Rambler de mi abuelo y el Opel de su hermano en que mi prima se negaba a ir a su escuela de Nuevo Vedado, más que aportar, restaban prestigio social en los confines del municipio Plaza de la Revolución, mayoritariamente ocupado por las nuevas élites profesionales socialistas. El Lada, en cambio, sí era un claro marcador de pertenencia a esta clase.

Cuarto
Cuarto

Cuarto de casa de mis abuelos. Alrededor de 1976.

Crecí en el barrio habanero de El Vedado, en un edificio Pastorita amueblado con sillones de mimbre de la época colonial que pronto fueron reemplazados por lo que me pareció entonces un hermoso juego de sala de estructuras modulares de plywood; juego de comedor de diseño modernista, de moda en los años cincuenta, y juegos de cuarto de los que llamaban «de estilo». Mis abuelos, en cambio, vivían a doce cuadras en una casona de arquitectura ecléctica de las que abundan en ese vecindario, con techos de viga y losa y puntal alto, y pisos de losas que formaban diseños de colores. No es de extrañar entonces que, de niña, la casa entera de mis abuelos, y sobre todo el cuarto, me parecieran de otro mundo. Este tenía cortinas de papel alrededor de la ventana de detrás de la cama matrimonial,  y una lamparita de leer, de madera, adosada al respaldar de esta, cuyos pequeños tubos de luz fría parecían de juguete. La lámpara se encendía con un interruptor que colgaba a un lado, también sobre el respaldar de la cama. A su lado, la lámpara de noche de mi abuela, de base de bronce, tenía una pantalla de cristal nevado en forma de helado, de los que dispensaban las máquinas que todavía existían en los Tent-Cents y Tropic Creams del barrio. Dentro, un bombillo verde daba una luz que me parecía sabría a menta. El colchón de la cama era de espuma de goma, no de muelles como los que siempre había visto, y en los escaparates y gavetas podía encontrar, además de la ropa que usualmente vestían mis abuelos, plumas de sombreros de noche ya desaparecidos, chales con lentejuelas, estolas de piel de zorro, una larga trenza de pelo que fue de mi mamá, y trajes, corsets y guayaberas de hilo —de vez en cuando, mis abuelos vendían algunos de estos al Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT)—. Los domingos y los días de fiesta, mi abuela ponía una sobrecama tejida, bajo la que sobresalía el rosa o el azul de una sábana de satín. En el apartamento Pastorita donde vivía con mis padres, no teníamos nada de eso.

Broche
Broche

Broche. Años 1950s. Colección Cuba Material.

Cuando me fui de Cuba, el 6 de enero de 2006, tuve que hacerlo con salida definitiva, pues viajaba con mi hija menor de edad y la ley no permitía que estos (los menores) salieran del país por motivo de turismo u otro de interés personal. Fui forzada así a un exilio que no hubiera escogido. Interesada en llevarme algunas prendas de valor que habían pertenecido a mi familia por varias generaciones, llamé a las oficinas de Aduanas para saber qué objetos personales me estaba permitido llevar. 20 libras de equipaje y no más de 200 pesos en prendas, me dijeron, sin aclararme en qué moneda (por entonces circulaban en Cuba el peso cubano y el CUC) ni según qué tasación (pues una cosa era el precio de venta que el estado cubano asignaba a todo bien cuya propiedad se atribuía y otra el de los bienes a la venta en el circuito estatal o en el mercado negro). El día de la salida me puse los aretes de brillante con que se habían casado mi mamá, mi abuela, mi bisabuela, mi hermana, mi prima y hasta yo misma, además de una sortija que había sido de mi abuela y que desde entonces uso, sobre todo cuando me enfrento a retos difíciles, así sea la evaluación de una clase, y alguna que otra prenda de valor, y me fui al aeropuerto, donde no tuve el menor percance.

Quienes abandonaron el país en los años sesenta corrieron otra suerte. En su blog, la actriz Yolanda Farr ha hecho público el listado de documentos que, por disposición de la Aduana General de la República de Cuba, debía presentarse entonces a las autoridades antes de abandonar el país, en donde se incluye una relación de joyas y cuentas bancarias. También entonces el gobierno cubano solo autorizaba a los exiliados a sacar del país hasta 200 pesos en prendas, pero, a diferencia del presente, quienes abandonaban el país eran, con regularidad, despojados de esos bienes en el aeropuerto.

Relación de documentos a presentar en el aeropuerto de La Habana antes de abandonar el país. 1960s. Imagen tomada del blog de Yolanda Farr.

Tengo amigos que no poseen ni una sola foto de su juventud porque los funcionarios de la aduana se las decomisaron (para acto seguido destruirlas y quedarse con los álbumes y marcos), o que fueron despojados de sus anillos de bodas. Sé incluso de quienes, siendo niños y partiendo solos al exilio, fueron obligados a entregar objetos cargados de valor sentimental, único recuerdo que les acompañaría de la familia que dejaban atrás.

Muchos de los objetos que componen la colección de Cuba Material los he traído en sucesivos viajes, en los que he regresado a Cuba para visitar a mis abuelos y a mi madre. En cada una de esas ocasiones mi equipaje de regreso ha pesado mucho más que las 200 libras reglamentadas por la aduana, pero nadie se ha detenido a cuestionarme. En sucesivos posts compartiré la particular cultura material del socialismo cubano que me acompañó en mi infancia y que ahora estudio. Verán que se trata de una historia muy particular.