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Perfume Moscú Rojo
Perfume Romeo

Perfume Romeo. Hecho en la URSS. Colección Cuba Material.

El nacionalismo del régimen posrevolucionario dio lugar, en términos comerciales, no solo a la producción de artículos vinculados con la tradición y el folklore local y a un diseño basado en líneas, materiales, formas y estilos más o menos criollos, sino también a logotipos y nombres de marca de alguna manera vinculados a la “cubanidad”. Estos discursos nacionalistas que introdujeron su semiótica en la cotidianidad postrevolucionaria incluyen desde la casa productora de ropa masculina Moda Cubana, creada en los años 1960s, hasta el logotipo inspirado en una mariposa autóctona con que se identificó la marca de trajes de baño Vanessa en los años ochentas.

En On Becoming Cuban (1999), el historiador Louis A. Pérez, Jr. refiere que en noviembre de 1959 el Ministerio de Comercio “mandated the use of Spanish words on all foodstuff packages, wrappers, and labels ‘in oder to guarantee the consumer the best and proper knowledge of the nature, quantity, and other characteristics of the merchandise they purchase” (p. 485). Para finales de la próxima década, sin embargo, se comercializarían en Cuba toda clase de productos con indescifrables caracteres cirílicos, como este frasco de perfume.

Polvo para limpiar los dientes

Polvo para limpiar los dientes. Hecho en la URSS. Colección Cuba Material.

Perfume Moscú Rojo

Perfume Moscú Rojo. Regalo de Mirta Suquet. Colección Cuba Material.

Envase de caramelos surtidos Parque Lenin
Envase de caramelos surtidos Parque Lenin

Envase de caramelos surtidos Parque Lenin. Colección Cuba Material.

Eduardo del Llano: Chucherías:

(…)

No tuvimos chicle. Esa mierdita olorosa venía a ser, para quienes nos educaban, un comprimido de sociedad de consumo, una píldora venenosa que, nada más masticarla, te envenenaba la sangre de capitalismo de alto octanaje. Un recuerdo que habla por sí solo (y que estoy seguro compartirán muchos coetáneos) ha de ser de 1970, año más o menos: la primera vez que tuve un chicle en la boca. Sólo que, antes de llegar a la mía, había pasado por las bocas de una decena de niños del aula, partiendo de una matriz que debió ser el hijo de alguien que viajaba; lo que mastiqué, entonces, fue una cosa insípida, inficionada por restos de comidas ajenas. Luego, ya pasando la secundaria en la Lenin, quien viajó fue mi padre… a la URSS, de donde trajo unos chicles Adams fabricados allá (¡!) que ahorré cuanto pude: inauguraba una tableta el domingo por la noche, a la entrada del pase, y lo conservaba durante toda la semana, pegándola bajo la taquilla, como un moco, a la hora de dormir, y recobrándola a la mañana siguiente.

(…)

Como ocurrió con la utopía, la calidad y la presentación de las golosinas fue decayendo. Los caramelos degeneraron de paquetes de unidades primorosamente envueltas a una masa pringosa que se vendía por el peso. El chocolate dejó de tener una denominación concreta. Aparecieron los Extrusos de maíz (debe ser difícil encontrar un nombre comercial más espantoso, probablemente obra del mismo estro sutil que más tarde creó las Tiendas de Recuperación de Divisas) que la gente bautizó Chicoticos, hasta que terminaron por llamarse así. Pero eso fue bien avanzados los ochenta, y ya yo contaba veinticinco años o más.

Medalla por el aniversario de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR)
Medalla por el aniversario de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR)

Medalla por el aniversario de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR). Colección Cuba Material.

En Generación Y: En venta las medallas:

Grados militares, estrellitas, distinciones de mayor o menor importancia: condecoraciones que remiten a glorias pasadas. Junto a los libros que se venden en la Plaza Vieja -y las postales turísticas con el rostro del Che- tenemos el mayor mercado de medallas de todo el país. Si en Alemania oriental cayó el muro y después el comercio de las insignias ganó la calle, aquí éste ha surgido frente a los ojos de quienes prendieron esas calaminas sobre las solapas. Muchos trabajadores de vanguardia, soldados mutilados y federadas combativas que recibieron tales honores prefieren hoy intercambiarlos por pesos convertibles. Mercadean en moneda fuerte el objeto que los distinguía como modelos sociales a imitar.

Sobre un tapete rojo, carente ya de cualquier sobriedad, se exhiben los emblemas de una nación sofocada entre diplomas y distintivos. La herencia soviética nos dejó esta larguísima fila de órdenes, distinciones, ramas de olivo, laureles de blando metal, certificados de destacado, hoces y martillos pintados en rojo y escudos de la república impresos sobre zinc. Una parafernalia del reconocimiento que calcó el kitsch y la desmesura llegados desde el Kremlin. En aquellos años nadie quería quedarse sin su condecoración, pues esas distinciones se trocaban por prebendas o privilegios. En las asambleas donde se entregaba un refrigerador o una lavadora, los aspirantes al electrodoméstico iban con su ristra de galardones colgada en la camisa. La reunión se convertía así en un ring de méritos, en un carnaval de hazañas exageradas. Pero eso fue hace mucho tiempo…

A estas alturas de tan escéptico 2012, la estética de aquellas insignias nos provoca una mezcla de curiosidad y extrañeza. Algunos vagabundos de la Habana Vieja se las colocan sobre el pecho para que los sonrientes turistas les regalen unas monedas.  También, escondidas en el fondo de innumerables gavetas, yacen muchas de aquellas reliquias por la indiferencia o la decepción de su beneficiario. Otras -sencillamente- tienen un precio. Se venden en el mercado de antigüedades junto a muestras numismáticas del siglo XIX o cámaras Leica octogenarias. Los compradores sopesan las medallas, le regatean al vendedor, para al final descartar o llevarse el frío metal que contiene tanto pompa como fracaso; esplendor y caída.

Detergente para fregar Antek
Detergente para fregar Antek

Detergente para fregar Antek. Hecho en Polonia. 1980s. Colección Cuba Material.

En algún momento de los años 1980s, se comercializó en Cuba un detergente líquido para fregar, hecho en Polonia, bajo la marca Antek. Venía envasado en pomos plásticos de color gris o carmelita oscuro con letras blancas. Cuando nos íbamos de vacaciones a la playa, me cuenta mi mamá que solíamos llevarnos este detergente para lavarnos la cabeza. Con él obteníamos mejor espuma que con cualquier otro champú comercial cuando nos bañábamos con el agua salobre de Guanabo.

En mi casa se guardaban los pomos de Antek para envasar insecticida u otros detergentes de fregar, pues su boca tenía un dispositivo que dejaba salir solamente un delgado chorro de líquido cuando se apretaba el pomo, hecho de plástico flexible.

Sobre con el logo del Carnaval de La Habana
Sobre con el logo del Carnaval de La Habana

Sobre con el logo del Carnaval de La Habana. Años sesentas. Regalo de Juan García. Colección Cuba Material.

Los carnavales que conocí se celebraban a finales de julio. El gobierno cubano los había movido a esta fecha para hacerlos coincidir con los tres días de celebración y recuerdo del asalto al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 llevado a cabo por Fidel Castro y un grupo de compañeros. Para mis abuelos maternos se trataba de una fiesta, los carnavales, de mucha ordinariez y jamás se acercaron al Malecón por esas fechas. A mi papá, sin embargo, le encantaban y nos llevaba a mi hermana y a mí todos los años (vivíamos muy cerca).

De los carnavales recuerdo las serpentinas, los panes con lechón, el enchilado de muelas de cangrejo, las pergas de cerveza, las carrozas, y la tribuna, espacio al que solo se podía acceder con invitación.

El primer Carnaval Socialista se celebró en Febrero de 1962. Para la ocasión, los funcionarios del Instituto Nacional de Cultura planearon erradicar “falsos conceptos” heredados del capitalismo y estimular la interacción entre blancos y negros dentro de espacios más o menos controlados, según la historiadora Lillian Guerra (2012:157). Cuenta Guerra que los flyers promocionales hacían énfasis en la espontaneidad de la concurrencia a aquellos carnavales, pese a que el gobierno había seleccionado de antemano a quienes asistirían a las fiestas.

En los primeros carnavales posrevolucionarios se continuó celebrando el tradicional concurso de belleza. En 1964 se incorporó como requisito para ser elegido estrella o lucero el poseer suficientes cualidades revolucionarias. Según Guerra, las ganadoras de los concursos de belleza realizados entre 1968 y 1971 fueron coronadas “Estrellas de la Cosecha,” cada una en representación de un cultivo diferente (entre ellos el café y los cítricos). La escritora norteamericana feminista Margaret Randall, por entonces residente en Cuba, fue jurado del concurso de 1970.

Carnaval. 26 de Julio de 1972

Ver también en Por el ojo de la aguja Carnaval de La Habana, otra tradición perdida.

Carrozas de los carnavales de 1976. Imagen tomada de internet.

Zapatos plásticos
Zapatos plásticos

Zapatos plásticos hechos en EEUU, comercializados en Cuba en los cincuentas. Regalo de Pilar Fernández. Colección Cuba Material.

Si bien los zapatos plásticos que se comercializan hoy en Cuba nada tienen que ver con los Kikos plásticos de antaño, les dejo un testimonio sobre la venta y consumo de calzado algunas décadas atrás:

En Radio Coco: Kikos plásticos modernos regresan a las zapateras cubanas:

Los kikos plásticos son una leyenda en Cuba. Quienes nacieron en los años 60 del pasado siglo en Cuba los recuerdan con una mezcla extraña de cariño y desprecio: cariño porque para algunos fueron sus únicos zapatos, compañeros de escuela y travesuras en la niñez y con desprecio por lo feos y calurosos que resultaban.

Los kikos que llegué a ver en mi infancia eran unos zapatos negros, con huequitos y cordones, aunque también los había modelo mocasín. Cuentan que se hacían aquí mismo y que fueron una opción a la crisis de aquellos años, cuando escaseaban la ropa y el calzado.

Cuando yo nací a finales de la década del 70 ya los kikos habían pasado a la historia y particularmente no recuerdo haberme puesto nunca un par. Pero mi tío Juancito, 12 años mayor que yo, me contaba que los kikos fueron sus zapatos escolares durante toda la primaria. Me decía cuánto odiaba aquellos zapatos horribles, con los cuales sin embargo se conformaba, “porque eran los que teníamos todos”.

Pero que no haya llevado kikos, no quiere decir que yo no haya sufrido también la escasez de calzado. Tuve mi época de zapatos ortopédicos, después de tenis de campo pintados con tinta negra durante la secundaria, las chancletas de lacito y los zapatos Puccini de charol para mis quince y las zapatillas Yutapai ya en el pre-universitario.

La verdad es que en mi etapa de adolescente (ya tengo 35 años) no había muchas posibilidades de tener los zapatos que queríamos, sino los que se podían, y llegué a la universidad con un par para las clases, otros para salir y para de contar.

No obstante, los de mi generación nos consideramos afortunados porque jamás tuvimos que ponernos un par de esos kikos plásticos de los cuales hablaban nuestros padres y que eran el colmo del mal gusto.

. . .

Al final parece que los cubanos hemos encontrado la manera de reconciliarnos con los kikos. Llevar zapatos plásticos ha dejado de cargar con la mala fama que precedía a los kikos plásticos de los años 60 y 70 del siglo 20 cubano.

Más modernos e ideales para nuestro clima y nuestro bolsillo, los kikos plásticos han vuelto. Bienvenidos a nuestras zapateras.

Leer todo el texto aquí.

* * *

En su libro The Problem of Democracy in Cuba: Between Vision and Reality, Carollee Bengelsdorf (1994) comenta que la Ofensiva Revolucionaria de 1968 redujo los volúmenes de producción de calzado en el país, que hasta ese momento había dependido en gran medida de la producción privada, organizada en pequeños talleres. Según Bengelsdorf, estos talleres fueron sustituidos por una fábrica de zapatos plásticos, adquirida en la República Popular China.

Zapatos plásticos (Kikos)

Zapatos plásticos (Kikos), distribuidos en los setentas como parte del uniforme de las escuelas becadas.

Estuche de jabones 5 PM
Estuche de jabones 5 PM

Estuche de jabones 5 PM. 1980s. Colección Cuba Material.

Tomado del libro de Jatar-Hausmann, Ana Julia (1999) The Cuban Way: Capitalism, Communism and Confrontation, editado por West Hartford, CT: Kumarian Press:

But the ’80s were different. Julio’s wife, Albita, was fortunate to be pregnant in a very different era. Flourishing trade with the socialist bloc and market-oriented reforms had vastly improved life for Cubans. Fruit yogurt with buffalo milk and Coppelia, the best ice cream in Cuba, were sold in food stores; shrimp, crabs, chocolates, Polish pickles, cold cuts, cakes, perfumed soap, and shampoo were among the large variety of products available in pesos at the Amistad  stores. Julio was a university professor. he was making 320 pesos a month and his wife made 280. With the bonus system, he managed to make another 400 pesos by teaching a few more hours a week. Material incentives had also been implemented in the universities. Bonuses were been used to increase productivity and it was working. With a family income of 1,000 pesos, 55 pesos for the libreta, another 100 pesos for rent and transportation, they lived well. And under the new real state law, they could finally buy the apartment they had been living in for the past six years.

Ten years later, the same couple would be earning a salary only fifteen percent higher–without bonuses–while for would be twenty times more expensive. But in those days, Julio was optimistic about the future; he had no reason not to be. (p. 29)

Blúmer
Blúmer

Blúmer. 1980s. Colección Cuba Material.

En Open Cuba: Cuba: Las dos islas:

(…)

El “Louvre”. En el capitalismo era una famosísima joyería y tienda exclusiva de objetos de arte. En los 80 floreció con el mercado paralelo. Es Galeano y San Rafael, a pocos metros de “Fin de Siglo”. Fue aquí donde primero compré un pantalón “decente” en el año 1986, me costó 60 pesos y era “fuera de la libreta” porque esta tienda era del famoso mercado paralelo, la primera que surgió en La Habana  donde se compraba ropa “por la libre”. A algunos les sorprenderá esta nomenclatura socialista, pero en aquella época los cubanos todos estábamos “normados”… por una libreta que nos asignaba desde un simple calzoncillo hasta la prenda más imprescindible de uso personal. Y hablo de imprescindible porque entre un calzoncillo y un pantalón la masculina prenda exterior (el pantalón) cobraba una importancia superior ante la prenda interior, después de todo nadie se enteraba si debajo de ese costosísimo pantalón de 60 pesos mi mas importante posesión del momento era resguardada por un mundano calzoncillo. ¡Cuántas veces no existía ese precioso calzoncillo!
Leer  y ver las imágenes en Open Cuba.
Desodorante líquido Desodoral
Desodorante líquido Desodoral

Desodorante líquido Desodoral. Hecho en Cuba. Colección Cuba Material.

Cuando era niña, mi abuelo mandaba a hacer a la farmacia el desodorante que usaban en su casa. Tenía una fórmula que, me decía, era mejor que cualquiera de los productos que se vendían en las tiendas. Pero, para mi gusto, el desodorante que hacía era muy líquido y costaba trabajo usarlo sin que chorreara por el torso o los brazos, a pesar de que mi abuela lo envasaba en unos pomos plásticos con boca de perilla que, si se apretaban o exprimían, dejaban salir solo un pequeño chorro de desodorante. Aun así, había que esperar a que se secara, aireando las axilas durante unos segundos, para después vestirse.

Eso mismo, sospecho, sucedía con el desodorante líquido industrial que se comercializaba en los años 1970s y 1980s bajo la marca Desodoral. Ambos tenían la misma consistencia aguada y un color aqua similar, aunque el de mi abuelo tiraba más al verde. A ambos había, también, que re-envasarlos para evitar que, al usarlos, el desodorante se despilfarrara.

Envase de cepillo de dientes Ideal
Envase de cepillo de dientes Ideal

Envase de cepillo de dientes Ideal. Hecho en Cuba por la Empresa Consolidada del Plástico y Goma del Ministerio de Industrias. Tempranos 1960s. Colección Cuba Material.

En mi casa, cuando era niña, el cepillo de dientes no se cambiaba cada tres meses, sino cuando se rompía. Tampoco se compraban estos en envases bonitos. En todo caso, los vendían sin envasar.

* * *

Virgilio Piñera, en carta a su amigo Humberto, el 2 de octubre de 1963:

Hoy estoy un poco más animado. Dirás, ¿por qué? Pues recibí desde Londres un cepillo de dientes de nylon. No puedes imaginar el valor que tiene para nosotros cualquier bobería de esas. ¡Un cepillo! Es todo un mundo. El que tenía ¿te acuerdas? comprado en Buenos Aires ya era un fleco, y los que venden acá se rompen al día siguiente. (En Virgilio Piñera, de vuelta y vuelta. Correspondencia 1932-1978, p.235)

Bolsa de papel cartucho del supermercado Centro
Bolsa de papel cartucho del supermercado Centro

Bolsa de papel cartucho del supermercado Centro. Años ochentas. Colección Cuba Material.

En Diario de Cuba Verónica Vega se pregunta si, de verdad, era feliz en los años 1980s:

…Recuerdo que el paradero de Alamar era vanguardia nacional y las guaguas pasaban cada diez minutos. Recuerdo que el supermercado de la Zona 6, ahora abandonado y churroso, era un complejo de comercios que incluía una pizzería donde había pizzas “de verdad”, a precios estatales, no como las actuales láminas de harina semicruda, con queso de quién sabe qué, amargo y viscoso.

Recuerdo el cine de Alamar funcionando, su hermoso, enorme lobby del que me sentía orgullosa antes de que un crítico de cine alertara sobre la urgencia de detener su deterioro. Recuerdo las manzanas búlgaras, jugosas, amarillas, el té negro que no he vuelto a tomar jamás tan fuerte y la ropa “con swing”, que compraba a algunas mujeres rusas.

Pero recuerdo también la expectativa, la certeza de haberme montado en un tren que llegaría a lugares como los descritos por quienes tenían la suerte de ir a los países socialistas, a estudiar o como “cooperantes” en la producción y volvían a los dos años, repletos de deslumbrante pacotilla.

Recuerdo la marea de gente ante el hotel Perla de Cuba, un edificio destartalado en el que viví cuatro años de mi juventud, frente al que se organizaba la cola para comprar en el Mercado Centro. Porque después ya no había dónde adquirir en pesos cubanos aquellas deliciosas confituras y yogurt de sabor, y leche de búfala, y cake de helado… La gente aseguraba que aquello era el paraíso.

Ver los comentarios.

Zapatos plásticos (Kikos)
Zapatos plásticos (Kikos)

Zapatos plásticos (Kikos), distribuidos en los setentas como parte del uniforme de las escuelas becadas.

Notas en línea: Mis zapatos y yo: toda una vida:

I

A partir de ese año comencé a usar la frase «complejo de Imelda Marcos» para referirme a quienes añoraban tener demasiados zapatos, si bien la cifra exacta que determinaba ese «demasiados» era difícil de explicar. El calzado en Cuba, como todo, estaba racionado. Los nacionales teníamos derecho a dos pares al año, o a una cantidad similar que casi nunca llegabas a alcanzar por un motivo o por otro, amén del hecho indiscutible de haber nacido en un país bloqueado.

No imagino cómo sería antes, aunque sí recuerdo que para mi idea sobre la abundancia a finales de los 70, los años anteriores debieron ser más abundantes que los que viví en mi niñez. La evidencia eran los innumerables tacones y elegantes punta-estilete que se acumulaban en una de las mesas de noche del cuarto de mis padres, a la cual casi nunca se podía acceder porque había sido destinada a un rincón inútil. Creo que mi madre los guardaba siguiendo el mismo consejo típico de los tiempos en que escaseaban los productos, o quizá porque tenía la esperanza de que en los años venideros volvieran a ponerse de moda. Y ella tenía tacones blancos, negros, beiges?, grises, combinados; mientras, según me acuerdo, los míos eran siempre negros para la escuela y, con suerte, carmelita oscuro para los días de fiesta.

Recuerdo mis primeros zapatos de color extraño, unas sandalitas rusas que para la todavía machista y revolucionaria Cuba de finales de los 70 no quedaba muy claro si eran de varón o hembra. Sin embargo, a medida que comenzaron a llegar las sandalias, las nociones de masculinidad de los cubanos fueron cambiando ante los imperativos de la escasez. A veces hasta me asustaban un poco cuando las veía en las vidrieras, casi siempre en números enormes que me recordaban más a los cocodrilos tomando sol con la boca abierta, que a los pies apurados de algunos mayores en los que lucirían igual de amenazadoras, acechando por encima de medias a cuadros y rombos. Luego descubrimos que los soviéticos adoraban las sandalias, y camino a la escuela imaginaba que sólo faltaría un kepis y, de fondo, las notas de Que siempre brille el sol (Пусть всегда будет сольце), para figurar en uno de los tantos filmes o documentales cuyo escenario principal era un campamento de pioneros.

A fines de los 70 también las calles se llenaron de modelos diferentes. Habían comenzado a llegar las personas que por diversos motivos —aunque mayormente por temor y angustia ante la escasez— habían abandonado la Isla en la década anterior. Con los maletines enormes de regalos llegaron también los zapatos y, mejor aún, las zapatillas. Se usaban aquellas de marca Adidas de tres franjas laterales, el modelo que un zapatero local se encargó de reproducir cambiando los materiales originales por tela de corduroy. Fue la explosión de zapatillas caseras hechas por Manzanito, si mal no recuerdo, una prueba más de la invención criolla.

Quizá la producción artesanal no fue muy atractiva para mi padre, incansable en aquellos años, siempre apelando a sus «contactos» con las empleadas de comercio. Lo cierto es que un buen día despertamos calzados con un par de nacionales Popis, que bien podría decirse fueron la envidia para tantas zapatillas multicolores de corduroy, aunque siguieran pareciendo vulgares para las azules y enormes Adidas de mi primo, traídas desde Jersey City. Ah, la perenne agrura de nuestro vino, querido José Martí.

1983 fue un año «zapateramente» decisivo para mí. Había logrado entrar a la flamante y enorme Escuela Vocacional (ESVOC) Comandante Ernesto Guevara, y para recorrer sus inmensas plazas de cemento y sus extensos pasillos de granito, había que estar bien equipado. La Escuela, como parte de «todo» lo que la Revolución nos entregaría a lo largo de nuestra vida, nos proporcionaría uniformes, ropa de trabajo y calzado. Para todas las actividades escolares y extraescolares. Lo único que en mi caso, casi acabado de cumplir los doce años, mis proporciones y extremidades distaban mucho de ajustarse a las «existencias» del almacén de la ESVOC. Mediría, si acaso, un metro cincuenta, calzaba la talla estándar de mi edad y hasta tenía ilusión de estirarme un poco; pero cuando vi los que me tocaron, supuse que mi proceso de crecimiento tendría que ser sobrenatural para que algún día mis ahora insignificantes pies llegaran a medir lo suficiente para llenar unos tenis (Matoyos, Boquiperros) talla 8 ½ y unos Kikos plásticos (calzado insignia de las becas cubanas) número 9. Cuando comenzó el curso y mis colegas descubrieron que mis zapatos eran diferentes a los que casi todos lucían en aquella primera semana de clase, quizá advirtieron cierta debilidad pequeño-burguesa por haber rechazado lo que gratuitamente el Estado me había concedido. En realidad, lo que decidieron, luego de tantas veces que relaté mi historia, fue engancharme el mote de «Zapatico», que no duró mucho, por suerte.

II

A finales del 84 me trajeron mis primeros zapatos importados, marca North Star y fabricados en Nicaragua. ¡Bravo por los compas! Ellos sí sabían combinar los materiales y lograr productos de acabado excelente, y eso que estaban en guerra. Eran negros, un poco más altos que lo normal, de puntera asimétrica; en resumen, colosales. Me resistía a probármelos, contemplaba la caja desde encima del escaparate y hasta imaginaba que el brillo del material traspasaba el envoltorio de cartón que los guardaba del polvo. Allí se quedaron durante unos meses hasta que los vendieron o los cambiaron por algún otro artículo más necesario. Antes me los había probado, había intentado caminar y al momento me los había tenido que quitar. Mis pies, decididos a no tolerar el calificativo de insignificantes, habían comenzado a crecer.
Para la nueva talla lo mejor eran unas botas de cañero marca Centauro, que embetunadas y lustrosas combinaban sobriamente con el uniforme azul de la escuela. Eran toscas, aplastadas, con un borde que parecía una rebaba residual del caucho de la suela, pero llegaban a ser cómodas y duraderas. Luego del 85 llegaron las tiendas Amistad llenas de productos del campo socialista: perfumes Moscú Rojo, cremas y productos de belleza Florena (RDA), lápices de colores chinos y una variedad de zapatillas Tomis, Made in Romania.

Mis primeros Tomis resultaron los mejores embajadores de Rumania, país hermano o medio hermano, pues en realidad no sabíamos mucho de él. Se hablaba poco en las clases de Geografía Económica, y casi no aparecían reportajes en las revistas soviéticas, sobre todo Sputnik, que era por esos años casi de obligada lectura y posterior coleccionismo. En el kiosco cercano a mi casa compré una revista Rumania de Hoy, o de un título similar. Pensaba encontrar al menos algún reportaje sobre la fábrica Tomis, sobre la gran cantidad de divisas que ingresaba al país por concepto de exportaciones, pero no. Página tras página sólo había imágenes de Nicolae y Elena Ceaucescu.

Mis Tomis desparecieron una tarde de sábado. Salieron en los pies de mi papá, recorrieron parte de la ciudad y se detuvieron en El Sandino, donde él se decidió por una jarra de cerveza. Luego no se supo más de ellos. Varias jarras después, unos vecinos sospechosamente serviciales trajeron a mi papá medio aturdido, un poco apenado y con los pies hinchados tras haber caminado cuadras y cuadras enfundados en unas extrañas y folclóricas botas. Me resigné a la pérdida, era imposible una investigación policial, pues el principal testigo apenas recordaba al día siguiente qué había ocurrido en el área de la ciudad tan famosa por las fiestas, la cerveza y las puñaladas.

Sin embargo, las botas que trajeron a mi papá de vuelta fueron, durante días, motivo de comentarios. Eran como las mías, marca Centauro, aunque tenían la cualidad única de pasar por artefactos culturales y, por supuesto, constituían otra prueba indiscutible de la inventiva criolla en tiempos de crisis. A diferencia de las mías, en estas el borde de la suela no sobresalía, pues había sido cortado, tenían un tacón extra de unos cinco centímetros y los cordones no sujetaban de un lado a otro a los ojetes, sino que los habían trenzado complicadamente para ocultar la lengua. Las puntas de la trenza terminaban en dos tapas de tubo de pasta dental, de modo que cuando uno caminaba se movían supongo que a ritmo de carnaval.

Y aunque las condené al enmohecimiento en algún olvidado rincón de la casa, el acto en sí no impidió que ese año, y el siguiente, continuara usando botas de cañero. Llegaban a ser un complemento adicional del uniforme y hasta combinaban con los pantalones tubo, pegados a las piernas, que comenzaban a usarse por esa época. Era tan inusual ver a algún condiscípulo sin ellas, que cuando alguien de nuestro grupo estrenó zapatos corte-bajo y de puntera alargada, otro no encontró mejor calificativo que: «Mira, Ñico con tiburones nuevos». Supongo que empezábamos a olvidar que existían diversos tipos de calzado, y que tenían sus nombres. Para reconfortarnos apareció Carlos Varela con su canción Memorias y aquel verso de: «A las fiestas íbamos con botas, cantando una canción de Lennon».

¿Usaría Lennon botas Centauro? Mientras procuraba una respuesta, llegaba la hora de escoger mi futuro, terminaba el grado doce y me esforzaba en aprender ruso. Estaba decidido, yo me iría a estudiar a la Unión Soviética, o a Polonia, o a la RDA o a Checoslovaquia, a cualquier lugar donde me pagaran un estipendio con el que pudiera comprar zapatos, un par nuevo todos los meses. Cuando publicaron la lista de especialidades busqué de arriba abajo, de país en país, de ingenierías a licenciaturas, y terminé con la vista en mis pies. Supongo que en el brillo de mis botas podía reflejarse mi cara de desencanto. Ninguna de las carreras, tan necesarias para el futuro del país, me llamaba la atención, adiós sueños de acumulación, maldita fuera Imelda Marcos y su propensión monárquica al acaparamiento.

III

Mis sueños tenían que esperar, podría optar por una universidad cubana, a cuyas aulas, con suerte, podría seguir yendo en botas. Entonces llegó un proceso de selección agotador y estresante, meses de estudio para pruebas de ingreso, y luego incertidumbre ante la perspectiva de pasar doce meses previos a la vida universitaria cumpliendo el Servicio Militar y calzando más botas. Por suerte llegó la confirmación directa a la Universidad de La Habana. Y para la capital, segundo par de zapatillas Tomis, hermosas, fuertes, resistentes. ¡Quién podía imaginar en julio de 1989 que luego de diciembre de ese año no habría más Ceaucescu y, por ende, exportaciones rumanas para el Caribe!

La fortaleza y resistencia duraron hasta mi segundo año, cuando gracias al turismo internacional, un par de colombianos residentes en Nueva York, amigos de mis familiares en New Jersey, aterrizaron en La Habana con un regalo. Cuando los despedí tenía un par de exóticas y hasta escandalosas «superaltas» Hi-Tec. Los visitantes, sin conocer las necesidades criollas, o los hábitos, o las costumbres, o la realidad de la Isla en el año 92, imaginaron que yo era el único beneficiario del dinero que traían, la moneda del enemigo, todavía ilegal en Cuba. Habían comprado como si se tratara de una rutinaria visita a Bloomingdale’s, sin pensar que se trataba de una simple Tecnitienda y sin conocer que sus precios eran el doble o el triple de lo que acostumbraban ver en los establecimientos neoyorquinos.

Con mis superaltas y mi estampa de estrella de la NBA sin estatura, anduve mucho por La Habana del Período Especial. Ellas resultaron de una tremenda ayuda en los momentos difíciles, cuando ya no existían guaguas y había que zapatear de F y 3ª a la Biblioteca Nacional, y de ahí a la agencia de 21 y 4, y en ocasiones, como en los animados de Elpidio Valdés, de Júcaro a Morón y de Morón a Júcaro.

Dejé la capital en el agotador verano de 1994. Ya no calzaba las superaltas, sino unos «toscos», innovadores zapatos de suela gruesa y alta, y materiales de origen desconocido que no guardaban ninguna relación con José Luis Cortés o NG La Banda, que por esos años causaban furor en los barrios habaneros. Me despedí de tantos lugares memorables con el deseo de no regresar jamás a aquellas tardes desoladas y calurosas, a aquellas caminatas interminables en busca de comida, de esperanza. Me dolía, eso sí, perder uno de los pocos eventos culturales que todavía servían para animar la ciudad y dar la impresión de que todavía era posible la vida en ella: el Festival de Cine.

Volví en las ediciones del 95, 96 y 97. En ese último diciembre vi filmes que me emocionaron y compensaron la terrible certeza de que el evento ya no era el punto de reunión de los amigos, que estos comenzaban a emigrar y la ciudad se estaba llenando de fantasmas. En ese año, además de sin amigos, me quedé sin zapatos. Había llegado con dos pares, unos cuya suela luego de una reparación notable había sido pegada, y otros que además de pegados habían sido reforzados con puntillas. La inventiva criolla me daba esperanzas, aunque tal vez intuía que sería ya mi último Festival y estaba decidido a ver la mayor cantidad posible de películas, por lo que sería también el evento de más caminatas.

Y eran agotadoras, aun cuando en algún cine aparecían milagrosamente algunos de los amigos que quedaban en La Habana, y los breves minutos de conversación mitigaban el agotamiento. A mediados de la segunda semana de Festival descubrí que la destreza de los zapateros no era tal, que las puntillas amenazaban con partir toda la suela y llegar al punto en que me sería imposible caminar, o incluirme en un molote festivalero sin causar heridos. Aminoré el paso y el ritmo de películas, pero como en un verso de Vallejo, el clavo, ay, siguió saliendo. La noche antes de mi viaje de regreso a Santa Clara, poco antes de llegar a la casa donde me quedaba en el exclusivo Miramar, mis corte-bajos, con sus clavos salientes, desaparecieron en el fondo de uno de los latones de basura. Descalzo y algo triste, prometí que cuando tuviera dinero, o mejor, mucho dinero, compararía muchos zapatos, terminaría siendo algo así como el hijo predilecto de doña Imelda Marcos.

El único impedimento técnico para mi promesa era la realidad cubana. No bastaba ahorrar, porque los precios siempre estaban por encima de las posibilidades del profesional medio, y tampoco se podía confiar mucho en la oferta. Así llegó el 2000, un año de terribles sucesos personales, y paradójicamente el de mejor situación financiera y el de mis primeras sandalias Práctica. Parecían el mejor antídoto contra el calor y se me antojaban relajantes y hasta terapéuticas. Sentí mucho que se incluyeran en el botín de un robo con fuerza del que mi casa fue víctima, mas lo tomé como una señal del destino. Había que seguir adelante y seguir caminando. Ya para esa época mis zapatos estaban en la etapa más transgresora posible. Calzado mediante, parecía como si estuviera dispuesto o mejor equipado para dejar atrás las convenciones de una sociedad todavía moralista («las personas decentes no andan con zapatos sucios»), homófoba («no hay cosa más fea que un hombre sin medias») y racista («andar en chancletas es cosa de negros»).

IV

En el 2003 logré comprar mis primeros zuecos, gracias al floreciente mercado de los zapateros trabajando por cuenta propia. Ya no se llamaban zuecos, sino descalzados, y aunque no era ya adolescente, podía decirse que estaba en la última. Mis descalzados asistieron a muchas conversaciones sobre los preparativos de mi viaje al Reino Unido, y a última hora fueron sustituidos por un par de costosos pero necesarios tacos con los que pisaría por primera vez las calles de Londres, y luego las de Cardiff, en Gales.

Todavía hoy cuando paso frente a una tienda de zapatos, no puedo evitar quedar mirándolos allí tranquilos en exhibición. A veces hasta entro, los miro, me los pruebo, y me detengo ante un dilema moral. Me digo que me gustan, pero no los necesito, y no sé si por mi experiencia anterior tengo claros los conceptos de qué es necesidad y qué es lujo. Me consuelo sabiendo que si me fueran necesarios, al menos los podría comprar, ventajas de la sociedad de consumo, digo yo, aunque esa certeza no me libra de soñar con todos los zapatos que amé una vez. Lo que sí no acabo de descifrar, aunque en verdad no es algo que me quite el sueño, es la razón imperiosa que llevó a Imelda Marcos a acumular tantos en sus años de primera dama.

Texto de Iván Darias Alfonso

Puesto de frutas
Vendedor de frutas en el Malecón

Vendedor de frutas en el Malecón, frente al monumento al Maine. 1952.

De niño odiaba las frutas, sobretodo las frutas raras. En Cuba había siempre frutas por donde quiera que miraras. Frutas y más frutas siempre!… Y los fruteros con sus carretillas gritando. Yo odiaba eso. Estaban por todas partes. A veces se aventuraban a las cercanías de donde yo vivía. Los domingos por la mañana, la guagua de la escuela me recogía para ir a misa y era entonces que yo veía y oía a los fruteros gritando, anunciando lo que traían. (ANOOOOONEEEES !!)

El trabajo de los carretilleros de frutas era arduo, pues tenían que empujar su carretilla a uno de los mercados (Plaza Del Vapor, Mercado Único de 4 Caminos, Mercado de Carlos III) y con la carretilla llena, ir a la zona donde iban a vender. Todo eso bajo el sol espantoso, o la lluvia. Es decir, que era un trabajo durísimo. Uno casi les tenía lástima.

De más esta decir que pocos años después comenzaron a gustarme las frutas y cuando (creo alrededor de 1963-1964) desaparecieron los carretilleros de frutas los extrañé mucho pues me había acostumbrado a comprarles naranjas, que ellos pelaban con un aparato de lo más ingenioso.

Ya para 1966  había poquísimos o ningún carretillero de frutas en El Vedado, al menos que yo recuerde. Desaparecieron también los afiladores ambulantes de cuchillos y tijeras que sonaban unos silbatos españoles muy cómicos (éste era otro de esos sonidos raros de La Habana). De golpe desaparecieron cientos de renglones de actividad económica privada.

Y en eso vino en 1968 el golpe final contra toda la actividad económica normal. Le llamaron la “ofensiva revolucionaria ” de 1968 y es una historia que merece su propio espacio, porque tiene mucho que ver con lo que estaba ocurriendo en el Escambray.
Este texto fue enviado por un lector anónimo, junto con todas las imágenes que lo acompañan.
Puesto de frutas frente a la peletería Las Ninfas. 1890s.

Puesto de frutas frente a la peletería Las Ninfas. 1890s.

Puesto de frutas en el Paseo del Prado, frente a la Estación de Villanueva. 1906.

Puesto de frutas en el Paseo del Prado, frente a la Estación de Villanueva. 1906.

Puesto de frutas

Puesto de frutas. 1955.

Puesto de frutas

Puesto de frutas. 1959.

Anuncios en La Habana
Anuncios en la calle Bernaza

Anuncios en la calle Bernaza. 1959.

La Habana de los años 1950 ofrecía, para quienes crecieron en ella, un entretenimiento que tal vez pocos niños de otras ciudades tenían: El de mirar y leer cuanto anuncio de neón se veía, al pasear en auto por las noches con los padres.
Mi prima y yo teníamos más o menos la misma edad y vivíamos muy cerca, por lo que muchas veces ella se sumaba y salía con nosotros en el auto de mis padres a pasear en la noche cuando el clima estaba bueno.
Este no era un hábito sólo de mi familia. Por las noches parecía que toda familia con auto salía a mirar los anuncios y las vidrieras de las tiendas. Eran muchos autos, elegantes o modestos, con niños o sin ellos, todos con los ojos apuntando hacia arriba. A veces se escuchaban “!mira mami, mira…!”.
Era de lo más entretenido para mí mirarlo todo y, además, mirar los otros autos.
Algunas avenidas tenían anuuncios que me gustaban mucho como el de amarillo y rojo de la Phillips en la calle Infanta… Este anuncio era inmenso. La fachada de vidrio traslúcido del cine Astral lo hacía aún más llamativo.
Otros que aún recuerdo bien son el anuncio de la Pan American, en 23 y O, con sus avioncitos que salían volando de Cuba hacia USA, Europa y otros puntos. Los de la calle San Rafael eran una secuencia muy buena, y las vidrieras de El Encanto,  Fin De Siglo, J’Vallés, etc., siempre eran distintas, pues las re-diseñaban frecuentemente.
Era muy bueno pasar por el Rex (“despacio”, le decía a mi padre, “please, para ver qué están poniendo”). El Cinecito nunca me gustó. Mi padre doblaba por una de esas calles y regresaba hasta Galiano por (creo) la calle San Miguel, y entonces veíamos a la derecha la gran vidriera de Los Reyes Magos! una de las dos mejores tiendas de juguetes de La Habana y, en mi mente, del universo. (La otra era La Sección Equis, en Obispo, donde vendían trenes eléctricos alemanes en escala HO). Pero ahora que recuerdo, había un tercer lugar para juguetes: El Encanto. Era para quedarse boquiabierto. Aquí te envío una foto que encontré de un juguete del que me antojé y pataleé y grité hasta que me lo compraron ahí mismo en El Encanto en 1958 (con 10 cajas de fulminante). Se trataba de una ametralladora automática de fulminante, hecha por MATTEL. Cosas así ahora no existen y ni siquiera son legales en esta nueva época donde todo es al revés.
Para compensar a mi prima, quien tambien esa noche se antojó de algo, le compraron un juego completo de vajilla de juguete, hecho en Inglaterra. Total, que cuando crecio jamas le gusto cocinar.
Recuerdo la juguetería de El Encanto muy bien. Tenía una plataforma sobre la cual había 4 mesas dedicadas a modelos a escala de famosos aviones, barcos, submarinos, edificios y cientos de cosas más. Esa sección de la tienda me gustaba mucho, y cada vez que iba me compraba algún modelo.
Recuerdo el anuncio de neón verde brillante de la clínica Marfán, de 17 y 2; el inmenso de neón Art-Deco azul y rojo del cine Manzanares (al cual jamás fui); el gigante anuncio rojo de Sarrá sobre uno de los edificios más altos del Malecón (este anuncio pronto lo cambiaron para que dijera Patria o Muerte en lugar de Sarrá); las decenas de anuncios encima del Hotel Telégrafo, que eran muchísimos y te costaba trabajo leerlos todos. Además, estaba la distracción adicional de la música de las mujeres de la Orquesta Anacaona con sus trompetas y saxofones tocando música en la acera, ahí mismo bajo las columnas del Hotel Telégrafo. Me hubiese gustado que los más jóvenes hubiesen podido ver este espectáculo.
Seguro que se me han olvidado muchos otros anuncios luminicos notables… pero no me quiero extender interminablemente.
Los anuncios lumínicos de neón en La Habana comenzaron a finales de los años 30 y se multiplicaron increíblemente entre 1940 y 1959.  Era algo habitual. Casi toda la ciudad estaba iluminada no sólo por el alumbrado público sino también por las decenas de miles de anuncios lumínicos por toda la ciudad, aún en los barrios mas modestos. Los anuncios lumínicos eran sinónimo de vida, actividad, comercio y compañía humana.
Los anuncios comenzaron a deteriorarse y desaparecer casi de inmediato despues de 1959, pues requieren atención y mantenimiento sostenido. Y en el sistema de después de 1959, el mantenimiento es una quimera. Es casi inexistente.
Para 1970 ya quedaban en La Habana sólo una fracción de los anuncios lumínicos que existían pocos años antes.
Texto e imágenes enviados por un lector.
Calle Consulado y Hotel Lido. 1954.

Calle Consulado y Hotel Lido. 1954.

San Rafael.

San Rafael.

Flogar. 1958.

Flogar. 1958.

La Rampa. 1960.

La Rampa. 1960.

 

Calle Consulado. 1957.

Calle Consulado. 1957.

23 y 12, Vedado. 1959.

23 y 12, Vedado. 1959.

Ver también Walker Evans: Radiografía de La Habana (1933).

Envase de refresco en polvo Tang
Envase de refresco en polvo Tang

Envase de refresco en polvo Tang. 1961. Colección Cuba Material.

En 1961, el gobierno norteamericano envió a Cuba 52 millones de dólares de mercancías a cambio de la liberación de 1.113 exiliados cubanos, miembros de la brigada de asalto 2506 que desembarcó en la Ciénaga de Zapata en abril de ese año para derrocar al gobierno de Fidel Castro y fueron hechos prisioneros por las fuerzas del régimen. Entre los productos canjeados estaba el refresco en polvo Tang, que antes había estado en el cosmos como parte de la dieta de los cosmonautas norteamericanos.

Cuando saqué el pomo plástico de tapa anaranjada de la despensa de casa de mi abuela, mi mamá identificó el envase. “Ese pomo es de refresco Tang”, me dijo, “uno de los productos que cambiaron por los mercenarios de Playa Girón”.

“Lo vendieron en las tiendas”, creo que agregó.

En Adios, mi Habana (Verbum, 2017), Anna Veltfort menciona una anécdota parecida, y dibuja un envase de tapa anaranjada similar al que guardaba mi abuela (p. 57).

refresco en polvo Tang

Escena de Adios, mi Habana (Verbum, 2017), de Anna Vetfort, donde se recrea el “descubrimiento”, por parte de la autora del refresco en polvo Tang. Imagen tomada del libro.

Tapa del envase de refresco en polvo Tang

Tapa del envase de refresco en polvo Tang. 1962. Colección Cuba Material.

Espejuelos de pasta de Leopoldo Arús Gálvez
Espejuelos de pasta de Leopoldo Arús Gálvez

Espejuelos de pasta de Leopoldo Arús Gálvez. Colección Cuba Material.

Ayudando a mi abuelo, quien ya no puede leer a causa de una enfermedad degenerativa de la vista, a arreglar sus gavetas, encontré estas estrofas manuscritas, Dice mi abuelo que se las escuchó a un paciente del Hospital Psiquiátrico de La Habana (Mazorra):

Quise comprar un boniato

y me dijo el del mercado

¨tráigame un certificado,

la libreta, dos retratos

y, de la casa, el contrato

por si fuera necesario¨.

Le dije ¨óigame, Hilario,

dígame con disimulo,

¿le debo enseñar el culo

para el papel sanitario?¨

Envase de leche entera
Envase de leche entera

Envase de leche entera. Circa 1960s – 1970s.

Reduce, re-use, recicle, le enseñan a mi hija en la escuela pública de Weehawken, en New Jersey, y ella me lo repite, y las dos lo practicamos. De vez en cuando, yo le cuento que en Cuba hemos utilizado los litros de leche y de yogurt como floreros, y que mis abuelos han vendido algunos de estos envases de los años 1950s a compradores ambulantes que luego los revenderían a coleccionistas extranjeros.

Según Ecured, ECIL son las siglas de la Empresa del Combinado Industrial Lácteo y del pueblo epónimo del municipio de Morón, en la provincia Ciego de Ávila, también conocido como El Lácteo.

Envase de leche entera

Envase de leche entera. Circa 1960s – 1970s. Regalo de Leonardo Cano. Colección Cuba Material.

Sombrilla
Sombrilla

Sombrilla. Comprada en el mercado paralelo en 1976.

Sombrilla china

Sombrilla china. 1970s. Regalo de María A. Arús Caraballo. Colección Cuba Material.

Las sombrillas reaparecen en las calles de La Habana y, entre ellas, alguna que otra adquirida en los setentas, con flores multicolores y elegantes mangos tallados. Eran una compra suntuaria para muchos, como me ha dicho la señora que cuida y acompaña a mi abuela. Adquirió la suya (foto superior) en la tienda Roseland, en 1976, y pagó por ella 25 de los 138 pesos que ganaba al mes. Casi la quinta parte de su salario. Por eso, y porque luego no las vendieron más, en Cuba nadie bota las sombrillas, ni siquiera cuando se rompen. Hasta hace poco mis abuelos conservaron varios paraguas negros que habían comprado en los cincuentas o, quizás, en décadas anteriores, aun cuando ya estaban rotos y descoloridos.

Sombrilla

Sombrilla. Años setentas. Colección Cuba Material.

Sombrillas chinas

Sombrillas chinas. Colección Cuba Material.

Anuncio
Anuncio

Anuncio. Imagen tomada de internet. 2013.

En Generación Y: Tres parámetros, una casa:

(…) Ahora mismo los parámetros que determinan el costo final de una vivienda son al menos tres: ubicación, estado constructivo y pedigrí. El barrio influye mucho en el monto final del inmueble. En La Habana, las zonas más apetecidas son el Vedado, Miramar, Centro Habana, Víbora y Cerro por su carácter céntrico. Las menos buscadas Alamar, Coronela, Reparto Eléctrico, San Miguel del Padrón y La Lisa. La mala situación del transporte público influye bastante en que la gente prefiera casas que estén cerca de los puntos con mayor fuerza comercial y con abundantes espacios recreativos. Si hay un mercado agrícola en las inmediaciones, la suma a pedir crece; si el Malecón le queda próximo, también. Se rehúye de la periferia, aunque entre los “nuevos ricos” que han alcanzado un poco más de capital –ya sea por vía legal o ilegal- empieza la tendencia de buscar una finca en las afueras. Sin embargo, aún es demasiado temprano para hablar de una tendencia a alejarse hacia zonas más verdes y menos contaminadas. Por el momento, la premisa principal se reduce a mientras más céntrico mejor.

El estado constructivo, se erige como otro de los elementos que definen cuánto costará una vivienda. Si el techo es de viga y loza, los números se caen; mientras que las construcciones de las décadas 40 y 50 del siglo pasado gozan de muy buena reputación y atractivo. Las peor valoradas son las llamadas “obras de microbrigadas” con sus feos edificios de hormigón y sus pequeños apartamentos estilo Europa del Este. La cubierta si es ligera –tejas, zinc, madera, papel de techo- obliga al vendedor a obtener menos. El estado del baño y de la cocina es el otro punto que influye muy directamente en las posibilidades de comercializar el inmueble. La calidad de los pisos, si las ventanas están enrejadas y la puerta es nueva –de cristal y metal- se convierten en puntos a favor. En caso de que no haya vecinos arriba, entonces el propietario se puede sentar a pedir. También están muy valoradas las casas que tiene dos entradas, pensadas para una familia numerosa que busca dividirse e independizarse. Todo cuenta, todo vale.

Hasta aquí parece un mercado inmobiliario como cualquier otro en cualquier lugar del mundo. No obstante, hay una situación que define de manera muy peculiar el valor de las casas en venta. Se trata del pedigrí de las mismas. Con esto se hace referencia a si la vivienda ha pertenecido a una familia desde siempre o si fue confiscada en alguna de las oleadas de expropiaciones que vivió Cuba. Si el anterior dueño se fue cuando la Crisis de los Balseros en 1994 y el Estado entregó la propiedad a una nueva persona, el precio de la misma baja. También puede ocurrir que esto haya sucedido durante las salidas por el Puerto del Mariel en 1980, momento en que la propiedad fue otorgada a otros ante la emigración de quienes la habitaban hasta ese entonces. Pero donde los precios tocan fondo es en aquellos inmuebles confiscados entre 1959 y 1963 cuando las grandes partidas de exiliados. Pocos quieren meterse en el problema de adquirir un sitio que después podría estar en litigio. Aunque hay algunos que aprovechan esta situación para comprar a precio de remate verdaderas mansiones en los barrios más céntricos.

Para lograr comprobar tanto la ubicación, el estado constructivo, como el pasado legal de la casa, los potenciales compradores se auxilian de su propia experiencia, de un buen arquitecto y hasta de un abogado que hurgue en los detalles de la propiedad. Cada elemento pondrá o quitará una cifra, un cero, una centena al precio total que están dispuestos a pagar. (…)

Jugo Taoro
Jugo Taoro

Jugo Taoro para la exportación.

En Los días no volverán: Envasado al vacío:

(…) Ni tan siquiera recuerdo haber visto algún paquete de Cerelac que declarara su composición, pero si lo hubiese habido, tampoco estábamos acostumbrados a escudriñar los envoltorios para leer ingredientes, conservantes o fechas de caducidad, sobre todo porque casi ningún alimento facturado en Cuba estaba envasado. La leche en polvo se vendía a granel: los afortunados que tenían dieta iban a la bodega con una “jabita” para que se la despacharan. El bodeguero abría el saco, se sumergía en él y sacaba con un jarro escachado, como si fuera agua de un pozo, el polvo de leche contaminado con más polvo (ambiental) y cualquier otra impureza que ni nos atrevíamos a imaginar. O el puré de tomate que se almacenaba en aquellos tanques oxidados de 55 galones y que envasábamos en pomos plásticos reciclados, vendidos por un anciano semiindigente que los recogía de la basura; o la cerveza a granel, a la que le echaban cubos de jugo de toronja para aumentarla, según decían por entonces. Y ya ni siquiera me refiero a los productos de reventa, esos que podían venir envueltos en papel de periódico o en cajas de zapatos, sino a los oficiales.

En mi último viaje a la isla compré algunas cajas de jugo que, una vez terminadas, mi madre conservaba para rellenar. Tener aquellos briks de colores en la nevera formaba parte de su fantasía cotidiana que yo no me atrevía a destruir. Así hacía con los potes de helado, con los pomos de cristal que antes habían sido de aceitunas y en los que ahora guardaba ajos pelados o con los geles de ducha, que aunque vacíos ya, seguían ocupando su espacio en la repisa del baño…
En la cómoda, por los siglos de los siglos, unas preciosas cajas de talco heredadas de la abuela (y llenas ahora de botones hasta rebozar), y a su lado, la única de diseño más aceptable que se vendió en los `80: el talco Tú.
Los envases venían a ser como un subproducto capitalista que enmascaraba el producto; un beneficio añadido y prescindible, como la doble moral. (La profesión de diseñador podría ser una de las más obsoletas del Período Especial, e incluso, del Socialismo indigente cubano.)…
Gracias a Axana Álvarez por el enlace.
Carrito de helados
Carrito de helados

Carrito de helados. 1970s. Imagen tomada del grupo de Facebook 3ra y A.

Se anunciaba con La polonesa y, en cuanto la escuchábamos, corríamos a pedirle a nuestros padres dinero para comprar paleticas de helado. Las vendían envueltas en un sobre de papel blanco y fino. También vendían helado en cajas rectangulares de tamaño familiar, siempre en combinación dos sabores, y en pintas y galones de cartón. Ya a finales de los ochentas, se oía poco su música.

Carrito de helados

Carrito de helados. Imagen tomada de internet.

Billete de 10 pesos
Billete de 10 pesos

Billete de 10 pesos. Serie de 1960. Colección Cuba Material.

En Pérez-Stable, Marifeli. 2008. La revolución cubana. Orígenes, desarrollo y legado. Madrid: Colibrí. Original en inglés publicado en 1993):

Según este periódico, en 1959 el poder adquisitivo de la población aumentó en 200 millones de pesos en ocho meses. “Las solicitudes de inversión se multiplicaron por dies y las de licencias para pequeñas empresas crecieron en un 400%” (en Pérez-Stable 2006:116).

Y continúa: “La Asociación Nacional de Industriales de Cuba estuvo de acuerdo en formar parte de las filas revolucionarias, y a pesar de que se quejaba por el aumento de los salarios, respaldaba la industrialización y sometió su propio programa a la consideración del gobierno revolucionario” (p. 117).

“El 1ro de enero de 1960 la ANIC felicitó al gobierno revolucionario en ocasión de su primer aniversario, y elogió el programa de industrialización, la honestidad administrativa, la expansión del mercado nacional y las regulaciones del comercio exterior. De igual manera, los industriales se ofrecieron para lanzar una campaña internacional dirigida a mejorar la imagen de Cuba en el ámbito financiero.” (p. 117)

Esta luna de miel duró mientras el régimen no se radicalizó. “A medida que se definía el carácter del nuevo gobierno, las clases económicas comenzaron a retirar sus inversiones” (p.119).

Feria de la Plaza de la Catedral
Feria de la Plaza de la Catedral

Feria de la Plaza de la Catedral. 1987. Imagen tomada del libro Six Days in Havana.

La Operación adoquín fue un operativo policial del gobierno cubano contra los artesanos y comerciantes que vendían sus productos en la feria de la Plaza de La Catedral, conocida como los Sábados de la plaza. Durante varios años, en los ochentas, los habaneros acudieron cada sábados a este mercado al aire libre para adquirir bisutería, calzado y confecciones de vestir de calidad y diseño mucho mejores que los que se ofrecían en el comercio estatal. Estos sábados constituyeron, para muchos, un evento cultural que sobrepasó los límites estrictamente comerciales que le dieron origen. La calidad y diseño de los productos a la venta atrajo incluso a firmas comerciales alemanas y francesas, interesadas en patrocinar la pujante artesanía local. Un amigo me contó que, para evitar que llegara a manos de artesanos privados, el gobierno ordenó que se quemara la recortería de piel que sobraba en los talleres estatales.

Sobre la Operación Adoquín, ver Emilio Ichikawa:

La Operación Adoquín sale a la luz en la prensa oficial como acción policial que depura de artesanos ilícitos a las plazas de Armas y de la Catedral. La venta de artesanía venía arraigando allí desde la década anterior, cuando carpinteros y herreros, modistas y bordadoras, joyeros y talabarteros, alfareros y otros empezaron a plantar los sábados sus timbiriches frente a la catedral.

Aquello se convirtió en mercado abierto y se extendió a la Plaza de Armas, frente al Palalcio de los Capitanes Generales. Las autoridades dieron pita larga para ver hasta dónde llegaba el ingenio cubiche, porque salvo los basureros no había otro mercado de insumos para hacer artesanías que las propias empresas estatales. Ni otras vías de suministro que robo o cambalache.

Entonces pasó algo que se llevó de pronto a la mayoría de los artesanos, quienes fueron a dar a la cárcel bajo cargos de actividad económica ilícita y otros delitos contra la propiedad social de todo el pueblo. De este modo el casco histórico habanero quedó acendrado para su proclamación (diciembre 14, 1982) como Patrimonio Histórico de la Humanidad. La Oficina del Historiador se encargó de controlar administrativamente el movimiento artesano y hacia diciembre de 2009 sobrevino la mudanza y concentración de los artesanos de la Catedral al Centro Cultural Antiguos Almacenes San José (Avenida del Puerto), restaurados ad hoc. Dizque el trámite de acreditación como artesano se cobra en chavitos y la renta de espacios, en pesos cubanos.

El movimiento artesano había cobrado impulso a fines de la década de 1960 con egresados y defectores de la Escuela Nacional de Arte (ENA), quienes se reorientaron al no consagrarse como artistas plásticos. Así mismo se reanimaron otras muchas tradiciones artesanales, como bordado y deshilado, que darían pie (1979) a las Ferias de Arte Popular.

Tras la Operación Adoquín se creó (1986) la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACAA), como cristalización burocrática de la artesanía redefinida en términos artísticos. El auge del turismo propiciaría que los artesanos se concentraran en obras de carácter único para la venta puntual. Lo funcional artesano cedió a lo artístico profesional y la característica repetitiva de la artesanía deja de ser consustancial.

En Jatar-Hausmann, Ana Julia (1999) The Cuban Way: Capitalism, Communism and Confrontation, editado por West Hartford, CT: Kumarian Press:

Another free market reform during this period was the state’s 1978 decision to allow limited self-employment. Certain professionals such as carpenters, plumbers, electricians, and artisans were allowed to work privately, provided they had first fulfilled their time commitment to the state. Those who were able to buy a state license could essentially go into business for themselves. They charged whatever rate they could get, and payment was often made in kind with goods such as chicken or vegetables. They were not allowed to hire any staff, but they could form business alliances with colleagues.

The 1978  legalization of self-employment was considered an attempt to control what had been occurring for quite some time. Artisans and handymen had seemingly always worked outside the state apparatus, risking detention by the authorities as they attempted to improve their standard of living. Even after the 1978 reforms such work was a potentially dangerous proposition. The state strictly controlled the number of licenses issued for private work, and crackdowns such as the trial of a score of artisans in a public square in Santiago de Cuba in June, 1985, for selling jewelry without a license were common. (p.35)

In 1986, Castro also labeled the thousands of self-employed Cubans “corrupt parasites” on the public sector and curbed their activities with tighter regulations. In an effort to gain greater control over resources, the government imposed a system in which taxi drivers, artisans, street vendors, and private service workers such as plumbers and electricians had to obtain all materials via a state-issued certificate. The number of private wage and self-employed workers fell from 52,100 in 1985 to 43,200 in 1987. In monetary term, private non-farm incomes fell from 102.5 million pesos in the same period. During the Rectification Period, wage incentives for the population were also scaled back. (p. 38)

Ver también la entrevista al actor, director y productor Marcos Miranda, publicada en Cuba Inglesa, sobre las circunstancias que lo convirtieron en artesano y su relación con el movimiento de artesanos de la Plaza de la Catedral:

¿Vienes directamente a Miami o tienes tu “largo viaje” como muchos otros cubanos?

Mi salida definitiva de Cuba no pasó hasta 1984, y lo hice por España, donde viví 7 años. Una experiencia extraordinaria, que me devolvió la fe en la humanidad, que casi pierdo en Cuba. Desde año 1980 hasta el 1984, fue una época muy dura en la isla para todos los que presentamos nuestra salida del país. Nos sacaron del trabajo y sin posibilidades de recuperarlo o encontrar nuevos. Recuérdese que el sistema comunista no permite la actividad laboral privada de manera oficial, y en aquel momento no existían empresas mixtas ni corporaciones extranjeras donde pudiéramos prestar nuestros servicios ni mi esposa ni yo. La única posibilidad o camino a tomar cristalizó en hacernos artesanos (más bien zapateros) y vender nuestra producción en La Plaza de La Catedral.

¿Entonces puedo asumir que te arrestaron en la famosa “Operación Adoquín”, donde muchos artesanos, sin prueba o delito aparente, fueron a parar a los calabozos del DTI en La Habana?

No. Nunca me di a conocer como artesano. Jamás me inscribí como tal. Y aunque lo hubiese querido, como era mi deseo realmente, mi condición de “gusano” que se iba del país, me lo impedía. Mi hermano Carlos, y mi amigo, el actor Mike Romay (e.p.d.), vendían mi producción. Creo que me salvé porque nunca fui a La Plaza, a pesar de que a Norma, mi esposa, y a mí, nos interesaba aquel peculiar movimiento artístico, y también empresarial, donde el arte y la gestión de ventas se pusieron de manifiesto, y de manera muy próspera e independiente, como no había pasado antes del 59. Además, mis pocas apariciones en la calle como cualquier ciudadano de a pie y sin acceso a los medios, que hice luego de mi renuncia al ICRT como director, escritor y actor, bastaron para que fuera llamado nuevamente al Departamento de Seguridad del Estado, donde se me “aconsejó” que no saliera a la calle porque el público me reconocía como El Ingeniero de “En silencio ha tenido que ser” o El Abuelo Paco de “Variedades Infantiles”. Eso, según “ellos”, “ponía en peligro” el permiso para mi salida definitiva de Cuba. De modo que, a partir de ese momento, comenzó mi condena de cuatro años de prisión domiciliaria.

Cafetería El Cayuelo
Cafetería El Cayuelo

Cafetería El Cayuelo. Imagen tomada de Panoramico.

El viaje a Varadero hubiera sido demasiado largo y aburrido de no ser por el puente de Bacunayagua y la cafetería El Cayuelo. Hace unos días, en el confort climatizado de las guaguas de Vía Azul, recorrí la ruta Habana-Varadero-Habana. Apenas alcancé a ver las ruinas de lo que alguna vez fuera una moderna instalación.

Polvo para limpiar los dientes
Polvo para limpiar los dientes

Polvo para limpiar los dientes. Hecho en la URSS. Colección Cuba Material.

Fragmentos del texto de Yoss Lo que dejaron los rusos:

…¿cuántos de nosotros no nos hemos sorprendido en los revueltos años de fin e inicio de milenio, al menos una vez, suspirando de añoranza por algunas de esas cositas Made in URSS que tanto criticábamos antes de 1989?

…La Mujer Soviética, Unión Soviética, El Deporte en la URSS, Panorama Olímpico, Misha, también se leían bastante, además de servir para forrar libretas y libros, por el excelente papel satinado de sus portadas…

Mirando atrás desde el presente, para la más joven generación que creció después del derrumbe del muro de Berlín, y que considera los CD como algo cotidiano y no una maravilla tecnológica, resulta difícil hasta imaginarse lo profundo del desfasaje tecnológico y cultural en que vivíamos entonces aquí en Cuba. Aunque la música y las modas sí entraban. ¿Se acuerdan de los Boney M, los pantalones campana y el espendrum? Lo cierto es que, para nosotros, los crecidos en los 70 y los 80, cuando el último grito de la técnica eran los tocadiscos Radiotécnica y el radio Selena (salvo para aquellos privilegiados hijos de viajeros a las otras partes, que ya le rezaban a los dioses Sony, Sanyo, Philips, Panasonic, TDK, etc.), la cultura rusa fue una influencia subyacente, pero sólida y constante en muchas esferas de la cotidianidad, símbolo contradictorio, a la vez, de modernidad y fealdad, de resistencia extrema y falta de calidad, ambivalencia que moduló por décadas la actitud de los cubanos hacia todo lo ruso, y que está en el origen del término «bolo».

Veamos algunos ejemplos, empezando por el renglón automotor. Los Moskvichs, Volgas, Nivas y Ladas consumían menos gasolina, echaban menos humo, sonaban menos, eran más cómodos y lucían mejor, al menos en teoría; pero tampoco importaba: eran símbolos de estatus, de modernidad, de adelanto. Aunque los viejos carros americanos fueran bombas de humo rodantes, eran para toda la vida, y sus carrocerías mil veces chapisteadas eran de hierro y no de aluminio de tubo de pasta de dientes. Cualquier flamante Lada 1600 que chocara con un tartajeante Plymouth del 49 quedaba para chatarra, lo sabían hasta los niños. Claro, si era un Chaika, ya eran otros cinco pesos.

Las motos Ural, auténticos camiones con sidecar, copiados de las BMW tomadas de trofeo a los nazis en la Gran Guerra Patria, circulan todavía, con bastantes adaptaciones de nuestros Hell Angels insulares. Eran las dos ruedas que había para resolver, y vaya si resolvían. Hasta sofás se cargaban en aquellas heroicas motos. Y cinco pasajeros a bordo de una Ural con sidecar no era record para nada.

De los KP3, Gaz, Kamaz y otros camiones, nuestro gobierno tuvo que confesar en 1990 que eran máquinas muy bien diseñadas para gastar petróleo. Y, hermetizados contra las bajas temperaturas siberianas, eran auténticos hornos rodantes. Pero la fama de «asesinos de choferes» que trajeron de la URSS duró hasta que cayeron en manos de nuestros «paticalientes» ases del volante, que los asesinaron a ellos.

Y si de aeronáutica se trata, nuestra Cubana de Aviación ha surcado, por décadas, los cielos del mundo con aviones soviéticos, relativamente lentos y también muy gastadores, pero seguros (mientras hubo piezas de repuesto). Fue así desde que los vetustos Super Constellation y Bristol Britannia de antes del 59 dejaron de creer en milagros mecánicos y se negaron rotundamente a despegar, al menos enteros. Los An-2 de fumigación vuelan aún, los «paticos» An-24 estuvieron haciendo rutas nacionales hasta hace muy poco, como los primos hermanos Yak 40 y 42, los viejos Tu-154 y el antiquísimo Il-18. Y si bien nunca tuvimos chance de ver aterrizar por Boyeros el supersónico y espigado Tu-144, todavía nuestro presidente recurre a su segurísimo Il-62-M cada vez que tiene que viajar.

Dentro de esta nunca demasiado criticada categoría de los electrodomésticos de producción soviética, estaban las indestructibles lavadoras Aurika y los televisores Electrón, Rubin y Krim, que todavía sirven para ver la novela en no pocos hogares cubanos. Tanto aquellos mastodónticos aires acondicionados que enfriaban con un cierto estruendo, como sus primos menos adelantados, los ventiladores Órbita sin careta (porque originalmente estaban concebidos como una pieza más de ciertos refrigeradores), nos aliviaron tantos tórridos veranos. ¿Feos? Vaya si lo eran todos. Verdaderas monstruosidades de diseño, pero hechas a prueba de bala. ¿Y cuántos no echamos de menos aquel piñazo sobre el televisor cuando los controles vertical u horizontal se desajustaban, o la patada al refrigerador cuando el motor se negaba a arrancar? Gestos que ya pasaron a formar parte del acervo mímico nacional, aunque nuestros electrodomésticos de hoy, japoneses, chinos y coreanos, no agradezcan tan «cariñoso» tratamiento.

En el capítulo de la relojería, vale la pena mencionar aquellos Raketa, Zaria y Poljot que pesaban toneladas en la muñeca, y cuyos cristales se empañaban casi de respirarles cerca. Así como aquellos despertadores titánicos, marca Slava y Sevani, que sonaban cuando les daba la gana y daban la hora que mejor les parecía. Ahora, sentir el pitido electrónico de un moderno radio- despertador digital y saber que es esa la hora, la misma que uno eligió para despertarse, inapelable, sin troque ni factor sorpresa que valga, resulta enervante. Qué aburrido, ¿no?

Bajo el genérico rótulo de la industria ligera se agrupan tantos objetos familiares por décadas, casi amigos, ahora vetustas reliquias domésticas que cada día escasean más y ceden más terreno en nuestras casas a sus cromados, ultramodernos émulos capitalistas. Como aquellos bombillos que duraban años derramando su luz amarilla o esas pilas secas que tan fácilmente se mojaban y sulfataban, o aquellos abridores que se oxidaban al primer mes, o perdían el filo, y los otros, de rosca y estilo pinza, cuyo funcionamiento exacto nadie comprendió jamás del todo. ¿Y qué decir de los juguetes rusos? Feos, toscos, con las uniones de plástico llenas de rebabas. Pero eran baratos, y resolvían. Aquellas pistolas espaciales y escudos, espadas y cascos de plástico rojo aguantaban bastante más que aquellos delicados, bellos y añorados básicos, no básicos y dirigidos Made in Hong Kong y Made in Singapore, que conmocionaban a los fiñes una vez al año, por julio. Todavía algunos de aquellos artilugios eslavos, a prueba de chamacos cubanos, andan dando vueltas por ahí, entizados con esparadrapo o tape, pero en servicio activo tras haber divertido a tres generaciones.

Los mismos cubanos que regresaban contando de la nieve en la Plaza Roja, del lujo increíble de las estaciones del metro moscovita y de las bellas noches blancas de Leningrado, trajeron todo un flamante concepto de decoración doméstica, junto con toneladas de souvenirs de la riquísima artesanía popular rusa. ¿Quién no tuvo o soñó tener en el aparador de su casa una matrioshka de veinte o más muñequitas? Algunos cubanos fueron más allá y cargaron a su regreso al terruño con titánicos samovares de cobre, con teteras eléctricas y juegos de té y todo. Así, la costumbre de tomar la delicada infusión, que hasta el 59 se suponía inglesa y aristocrática, se popularizó entre nosotros, y luego se volvió patrimonio de artistas y bohemios tropicales trasnochadores.

Otros cargaron con enormes afiches del Kremlin, de la policromada catedral de San Basilio y hasta del Mausoleo de Lenin, que aún hoy se aferran tercamente a algunas paredes habaneras, muy desteñidos por la sobredosis de luz de este implacable trópico. Y hubo otras mil chucherías rusas adornando las salas cubanas: desde cucharas campesinas talladas en madera, hasta reproducciones de llaves de las murallas de ciudades medievales del Báltico. En los cuartos de las casas cubanas, las alfombras, unas de grueso fieltro industrial y otras notables piezas de artesanía de los pueblos de Asia Central, resistieron largamente una pelea de mono a león con el polvo, el churre y el calor tropicales. Hubo cuernos lituanos para beber hidromiel junto con astas de ciervo y hasta de alce, y cabezas de jabalí para adornar la pared. Tiubeteikas tradicionales uzbekas se colgaron de nuestras sombrereras junto a la boina gallega y el yarey guajiro. Y cuántos gruesos abrigos enguatados y chapkas de piel peluda no permitieron y permiten aún a su orondo y nostálgico poseedor pasearse con la sensación de invulnerabilidad que da una escafandra cósmica en medio de nuestros más helados frentes fríos.

¡Nada en comparación con los veintipico bajo cero de Moscú en diciembre! Sin contar con esas botas altas de mujer, interiormente forradas de cálida piel de cordero, verdaderas saunas de torturar pies en este clima, que enmohecieron en los escaparates caribeños, entretanto no había una salida de verdad. Del resto de la ropa, mejor ni hablar. Los cubanos hemos tenido siempre una sensibilidad especial para detectar «lo cheo». Y aquellos trajes rusos que parecían cortados a serrucho, y aquellos zapatos tan «bolos», sin duda alguna lo eran, y mucho.

Notas
Montados en la máquina del tiempo y la nostalgia, vale la pena puntualizar que no solo a la URSS acudieron a superarse los cubanos, y no solo de ella vinieron los hermanos del CAME y los productos comestibles e industriales, los dibujos animados y otras formas de cultura. ¿Recuerdan las ventas de discos LP de música clásica en la Casa de la Cultura Checoslovaca, de 23 y O, que hoy es el Centro de Prensa Internacional? ¿Los dibujos animados de Aladar Meszga, de Lolek y Bolek, Mati el guardador de gansos, Juan el Paladín y tantos otros? ¿Las latas de Mesa Slava? ¿Las rosas y los jugos de fruta búlgaros y las sopas polacas de paqueticos? ¿Los ciclos de cine polaco en la Cinemateca, que entonces todavía no era el Chaplin? ¿El excelente musical televisivo alemán Ein Kessel Buntes? ¿La peliculaza histórica de Serge Nicolaescu (sí, el mismo famoso «comisario solo») Los dacios? Tantas cosas. Pero solo el considerar superficialmente las diferencias entre las respectivas versiones del socialismo de Rumania, Checoslovaquia, Yugoslavia, Alemania Democrática, Hungría, Bulgaria, etc., y las influencias y experiencias de los cubanos en y con cada uno, llevaría tanto tiempo y extensión como hacer la historia de la Revolución. Quién sabe si más. Y entonces este trabajo debería titularse «Lo que dejó la Europa del Este socialista». Así que, por simplificar las cosas, consideramos aquí solo las relaciones cubanas con la URSS.

2. El trovador Frank Delgado tal vez no pase a la historia de la música cubana como un sublime creador de metáforas ni un romántico bardo, pero en su condición de irónico cronista de finales de los 80 y todos los 90, resultará probablemente tan insoslayable en la sociología nacional como los Van Van en los 70 y tempranos 80. La siguiente letra prácticamente funciona como resumen de todo el artículo anterior. Y si hay algún error, es 100% de mi mala memoria. Konchalovski hace rato que no monta en Lada Ya no podré leer más ningún libro de esos de Editorial Ráduga, de Editorial Progreso. No podré disfrutar más de aquel Tío Stiopa de estatura increíble y tan horrible ropa. No te puedo negar que los ojos me arden. Maiakovski ya deja reptar a los cobardes y no podré tomar el té negro en las tardes. El teatro Bolshoi aún no ha sido saqueado hay Noches de Moscú y crimen organizado los Estudios Mosfilm seguro que han cerrado. No me volveré a emocionar con Siberiada. Konchalovski hace rato que no monta en Lada. No podré disfrutar de aquellas olimpíadas con los soviets ganando todas las medallas. La Kazánkina grita: no me dejen sola. Serguei Bubka se venga y toma Coca Cola, con Salenko jugando en la Liga Española. Alguien a mí me preguntó si me había leído El Capital: Sí, pero a mí no me gustó, pues la heroína muere al final. En fin, que no me gusta tanta economía novelada que escribió el tal Carlos Marx. Ahora que los censores no pitchean bajito ya podemos burlarnos de sus muñequitos. Ahora que los ministros cambiaron las banderas podemos hablar mal de su industria ligera. Hoy que llevo en la frente el cuño del vencido y me acusan de muros que al fin se han caído puedo ser posmoderno y perder el sentido. Renegar de las utopías en que creo o ensañarme con toda la ley del deseo con la momia de Lenin y su Mausoleo. Hoy que solo del vodka queda la resaca yo me niego amor mío, cambiarme la casaca. Hoy que los konsomoles van pasando de todo abrázame, mi china, y no me dejes solo. Y mientras Fukuyama repite iracundo que estamos ante el fin de la historia del mundo mi amigo Benedetti abre el tomo segundo. Alguien a mí me preguntó si me había leído El Capital: Sí, pero a mí no me gustó, pues la heroína muere al final. En fin, que no me sirven estas novelitas de tres tomos que escribió el tal Carlos Marx.

por Yoss

(publicado en Temas en abril de 2006 y reproducido con permiso del autor)

Leer texto completo aquí.

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Sobre el documental de Enrique Colina Los bolos en Cuba y una eterna amistad, ver en Havana Times, La época de “los bolos” en Cuba, y en Vercuba, Rusias de mi cabeza o las astillas de Los bolos en Cuba.

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En Generación Y: Evocación de los bolos:

La lectura del libro “El séptimo secretario” de Michel Heller me ha traído un montón de recuerdos de la “etapa soviética” de esta islita. En ese entonces, yo no pasaba de los quince años y tengo evocaciones muy sensoriales de aquel coloniaje. Rememoro los caramelos y vituallas adquiridos a través del mercado informal que regentaban las esposas de los técnicos soviéticos. Es curioso que no los llamábamos por el gentilicio de la URSS y mucho menos como “camaradas”, sino que usábamos un sustantivo cuya fonética no permitía los detalles. Ellos eran “los bolos”: informes, toscos, un trozo de barro sin trabajar; macizos y sin gracia; capaces de fabricar una lavadora que gastaba la electricidad destinada a toda una casa, pero que -todavía hoy- funciona en no pocos hogares cubanos.

Muchos de nuestros padres habían estudiado o trabajado en la URSS, pero nosotros no conocíamos la sopa borsht ni nos gustaba el vodka, así que todo lo “soviético” nos parecía pasado de moda, rígido y cheo. Lo que nos paralizaba de ellos era el poder osuno que emanaba de sus gestos, la advertencia velada de que ellos sostenían nuestro “paraíso” caribeño.

Aquella mezcla de temor y burla que nos generaban los bolos todavía se mantiene. Si ahora mismo un turista que pasea por la ciudad no quiere ser molestado por los continuos vendedores de tabacos, sexo y ron, sólo debe musitar algo como “Tavarich”, “Niet ponimayo” y el asustado mercader se esfumará.

Perfume Moscú Rojo
Perfume Moscú Rojo

Perfume Moscú Rojo. Regalo de Mirta Suquet. Colección Cuba Material.

En Granma Internacional, publicado en 1998 por María Elena Capote:

PERO LOS TIEMPOS CAMBIAN:

Algunos especialistas suelen calificar a los años 60 de este siglo, como “la década prodigiosa”. En Cuba, en materia de perfumería, no se puede aplicar tal concepto. Desaparecieron de golpe las producciones de casi todos los cosméticos y perfumes, manteniéndose sólo las indispensables para la higiene más elemental. Esta industria es sumamente cara en materias primas. No se llegó a poner de moda el aceite de patchoulí que pregonaron los hippies frente a los sofisticados perfumes, pero sí se usaron determinados “inventos” criollos que se vendían clandestinamente y a precios de oro por fabricantes privados de pequeñas instalaciones caseras. La mujer cubana no se resignaba a no perfumarse para las múltiples actividades que enfrentaba en su nueva vida social. Ya para los años 70, apareció el histórico Moscú Rojo, con su fuerte olor oriental, y le siguieron otros perfumes de la industria búlgara y polaca. Renacía el consumo y una costumbre que nunca se había perdido del todo.

PERFUMES QUE HICIERON HISTORIA

La década de los 80 fue la época dorada de la perfumería nacional. Aguas de colonias, perfumes, lociones, extractos, aparecieron en los comercios y cautivaron el gusto de hombres y mujeres que nunca antes habían sido consumidores habituales y cuyo alto poder adquisitivo les permitía el acceso a este tipo de producción, calificada hasta entonces por muchos como “secundaria”, y para otros, tan vital y necesaria como la propia alimentación.
Nombres como Linda, Diamante Negro, Fantasía, Impacto, Profesía, Jaque, Deportes, Bermellón, Folklor, Yoruba, Hechizo, Carnaval, Recuérdame, Agua del Trópico, Tú, Onix, Karate, Cid, Jit, Toqui, encabezaron una larga lista de perfumes cubanos que abarcaban líneas florales, aldehídicas y orientales, además de las conocidas aguas de colonia. No hizo falta una publicidad dedicada a mujeres liberadas y conquistadoras sexualmente, como se anunciaban mundialmente los perfumes en esos años. Las cubanas seleccionaban de acuerdo con su ancestral sentido del gusto y establecieron sus preferencias. Respondían a un cierto toque secreto, mezcla de trópico y sensualidad, que los perfumistas cubanos incluyeron dentro de las corrientes internacionales de moda entonces. A partir de ese tiempo, Alicia Alonso, y más tarde, Coral Negro, identificaron a la perfumería nacional.
Sin embargo, no duró mucho la alegría en casa del pobre, como suele decir un refrán popular. Llegaron los 90 con su terrible carga para finales de siglo, la perfumería sufre otro duro golpe: el Período Especial.

* * *

En el blog Los días no volverán, 2010:

Actualmente, mi madre adorna su tocador con dos frascos de perfumes: uno, es el emblema de unos años que no se anima a dejar atrás; el otro, un perfume que siempre deseó tener y que sólo ahora, al precio impagable de la fragmentación familiar, ha podido disfrutar: Moscú Rojo -el perfume anhelado por la mujer cubana de los 80’- junto a Channel, algo que rompe cualquier esquema ideológico y estético. Esto no es representativo de ningún hogar; no creo que muchas personas conserven un Moscú Rojo. Pero mi madre sí lo tiene en ese país caótico que se ha construido y donde es feliz. Cuando le pregunto por qué no lo tira, me responde con orgullo: “aún le queda un poco”. A qué olerá, es algo que no sé, ni quiero saber.

 * * *

Y en mundoanuncio.com/La Habana:

Vendo Radio Juvenil 80 nuevo en su caja, Colección de Matriuskas de 30 piezas, y mucho más. – Bauta

En venta – se ofrece:

Eso mismo. Un Radio Juvenil 80 en 50 cuc. Un juego de Matriuskas Made in Leningrado en 100 cuc. Un televisor Caribe con pantalla de tres bandas de colores pintado a mano en 300 cuc. Un par de kikos plásticos en 20 cuc. Tenis Robin Hood en 22.99 cuc y tres pomos de perfume KAYAC, HIT y MOSCU ROJO en 5 cuc cada uno… Interesados escribir por aquí y preguntar Gorbachov.

Calle del Obispo
Calle del Obispo

Calle del Obispo, a finales del s XIX. Imagen tomada de AAS stereograph collection.

El poeta, filósofo y exprisionero político Jorge Valls me contó que su padre, Alfredo Valls, había sido dueño de una pequeña tienda en Obispo y Villegas a la que había puesto el muy americano nombre de The Quality Shop, donde vendía ropa y confecciones para ambos sexos. Una vez, en los años cincuentas, puso a la venta unas camisas confeccionadas en Guanabacoa, de muy buena hechura y excelente calidad pero que resultaron difíciles de vender. Su padre, ante la necesidad de salir de esa mercancía, mandó a hacer nuevas etiquetas para las camisas que dijeran que habían sido hechas en Brooklyn y no en Guanabacoa, y les aumentó el precio. En poco tiempo, según Valls, se vendieron todas las camisas.

***

Dice Jean Paul Sartre en Huracán sobre el azúcar que, durante su primer viaje a Cuba en 1949, cuando quiso comprar un peine, fue advertido por el dependiente sobre la fabricación doméstica de este. El dependiente había querido ser atento y advertirle que se trataba de un producto de menor calidad.

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En casa de mis abuelos he encontrado etiquetas que dicen “Hecho en Cuba” en el interior de carteras de piel, en el lomo de peines plásticos color vainilla, en corbatas que aún cuelgan de la puerta del chiforrover de mi abuelo, en viejos y desteñidos pomos de perfume.

Sobre de papel cartucho
Sobre de papel cartucho

Sobre de papel cartucho. Años ochentas. Colección Cuba Material.

Los textos de Variedades de Galiano, de Reina María Rodríguez (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2008), quieren dar cuenta de las dimensiones afectivas y materiales de la “devastación”: ese proceso implacable de desgaste, desaparición, arruinamiento, agrietamiento de los espacios y de los sujetos. Si prácticamente todo discurso producido en el campo literario insular pasa por la sobredeterminación ideológica de la Revolución como marco, entonces cabe reconocer que la fuerza de señalamiento de Variedades… tiene una potencia desestabilizadora. El ahora de Variedades… está poblado por los fragmentos desvencijados de una comunidad fantasmal de sujetos que apenas se sostienen en su integridad, porque dependen de los restos, las sobras, las menudencias escasas de la realidad. El aquí de estos textos señala unos espacios donde se superponen las imágenes del tiempo de lo ido para siempre –evocado una y otra vez, como mantra que interroga el destino de eso que se perdió, un deseo de saber a qué región se marcharon las “glorias”, el esplendor, las aristas espesas (por variadas), de lo real, frente a la monotonía y la igualdad castrante del presente-, y las terribles evidencias de lo que queda después de una guerra no sucedida­ –otra dimensión fantasmal, pero al mismo tiempo material, que también se subraya, por ejemplo, en La fiesta vigilada, de Antonio José PonteInteresa también a la voz de algunos textos de Variedades… dejar constancia de la dimensión agónica del discurso que quiere ser de la memoria, pero que se encuentra con la imposibilidad de la nostalgia.

Cuando se podría pensar que el Periodo Especial, y sus extensiones estéticas, fueron de alguna manera “agotados” a nivel de representación por la proliferación de textos sometidos a la estética de la decadencia y la precariedad, vienen La fiesta… y Variedades… a proponer otras miradas posibles. El primero, desde sus atrevimientos ideológicos, su voluntad ensayística. El segundo, desde un cuidado de la escritura y una ética de la literatura frente a la ruina, que sobrepasan con creces el tráfico a veces desquiciado de esa otra literatura cubana.

Una pregunta como esta: “¿Sobre qué posibilidad de sentir, confiar y escrutar el corazón de los objetos se arma una cultura?” (RMR) en Variedades…, bien podría haber presidido, por ejemplo, Las comidas profundas de Ponte. Y estas preocupaciones, que son centrales en la obra de Reina María Rodríguez –cuyos textos de una u otra manera remiten casi siempre a la interrogación del acto de escribir en un contexto de precariedad material, de desolación moral, de falta de ataduras a los rituales felices-, podrían verse como la continuación metaliteraria de algunas preguntas de Las comidas…: “Asustada por las sustituciones hechas [recordar las sustituciones del libro de Ponte] cuyo producto final nunca sabré con qué fue compuesto. ¿Hubiera escrito menos? ¿Hubiera escrito mejor?” (RMR)

En Variedades… se reconoce muchas veces un vínculo innegable del poema con lo real. De tal manera que las preguntas a partir de las cuales se constituye el poema, pasan por interrogar justamente ese vínculo. Esta dimensión agónica es central en la poesía de Reina María Rodríguez, y las respuestas o balbuceos (en el sentido de ensayos sin voluntad definitiva) a estas cuestiones, informan su política de escritura. “El poema, al participar de la propia enfermedad y muerte de cada día en uno, aflora y se expande por las rutinas, ‘murumacas’ y ‘abusos de confianza’ que neutralizan aquello que lo saca a flote y lo provoca a cada rato: la realidad” (RMR).

Walfrido Dorta

*  * *

“La feria del parque Fe” (fragmentos)

(…) Estaba sentada otra vez desde mi mesa (mirador del Info) cuando pasó, frente al cristal, la banda de los niños. Todos venían con sus estandartes, la ropa rayada, las polainas de disímiles materiales (a veces separadas en demasía de los zapatos dejando al aire unas medias variopintas). Todos cantaban y la música, los tambores del redoble y la batuta –a pesar de lo arrugados que estaban los trajes y de la profesora gorda que conducía la comitiva y seguro desentonaba también- me impresionaron. Era una orquesta muy pobre aquella y los estandartes rojos y azules estaban zurcidos por los bordes del satén. Pero me alegraron la mañana, como promesa a la carencia de recursos.

“¿Qué pasará este verano? ¿Cómo se aguantará?” –pregunta un joven que está sentado a mi derecha tomándose una cerveza clara, espumosa.

El humo prieto del cerdo se recalienta en las pailas donde hombres y mujeres uniformados de camareros se disponen a vender comida. Es una feria en el parque Fe. El lugar se va matizando con muchos colores. (…) (Estoy buscando un sentido a mi ubicación dentro del tapiz que acabará por tejerse este domingo). (…)

Las botellas de ron: Puerto Príncipe, Mulata y Niño liberadas de sus etiquetas por cientos de manos que las manosean, brillan entre los reflejos del sol mañanero y después sudan como “marimba de alcohol” en los labios secos. Habrá panes de variados tamaños rellenos “con algo” y peces anaranjados saltarán dentro de enormes peceras donde los niños meten los brazos y sacan “sus peleadores”. (…)

“¿Somos esto?” –pregunta el joven a la dependienta que lo atiende indicando los “tacos” rellenos de diferentes materias (con otoño, invierno, nostalgia), todo lo que nos falta, y vuelven a redoblar los tambores de la banda de los niños. (…)

Hacia una esquina opuesta, hay una improvisada barbería-peluquería donde cortan y tiñen las cabezas. (…) esas sillas de tijeras y con otras tijeras más afiladas que las sillas, cortan, tiñen, ondulan, suben o bajan a picotazos, los promontorios de la mente para lograr un cambio. (…)

Pasa otra señora con un caballo plástico (un juguete) que seguro ha comprado barato y parecería que va montada sobre él, como una mujer que sueña feliz con su infancia, pero cuando se detiene: es una bruja. La dependiente que vende frituras de maíz y otras que imitan ser de bacalao, miente con una sonrisa indulgente sobre las diferencias. (…)

Un desfile de modas hecho con pedazos de materiales sobrantes  (soga, cuero, nailon, pedrería, “tostenemos” –grita alguien) se realiza por detrás de la palma, y los muchachos y las muchachas como bellos exponentes del trópico y de la exposición que este día inauguran, sonríen bajo el entalle perfecto de una colección que se llama Vida.

Todo está tan concurrido que no queda espacio para la soledad.

Me muevo como un ciempiés, fisgoneo entre las carolinas. Por algo de todo esto vale la pena entrar hacia tal confusión de estilos, religiones, pieles y maraña de una vegetación sin podar. Por algo de todo esto. Mañana quedarán los restos de comida, las banderitas caídas y los viejos volverán a tomar su lugar (su asilo) permanente bajo los mismos árboles. Mañana la poesía estará estructurada de los huesos de pollos fritos y mollejas que los perros vagabundos hociquean dejando sobras para un después. Olerá a cosas que fueron calientes, ya calcinadas. A los globos de colores que guindan de tronco en tronco (hechos con preservativos teñidos que se habrán reventado) y a las palomitas de maíz que salpican grasa desde las cacerolas de aluminio. (…)

Otro señor vende recogedores de hojalata y, para probarlos, barre las hojas amarillas. Otro, aguacates morados, pulposos, prietos. No faltan las escobas de guano (amargas) como colas de cometas extraviados.

Cuando la prosa también se ha recalentado en su caldero, no queda otro resquicio que girar y, en el vértigo por tanta luz (donde nada se omite), comer las simples palomitas de maíz sin muchos conceptos o justificaciones. Algo se muerde y cruje. Y en los pechos, azabaches prendidos con alfileres de crianderas (rojo y negro) para los malos ojos. (…)

La mayoría, apretujada, grita, corre, vocifera, revienta, y yo escribo, yo escribo, yo escribo… palabras pisoteadas por las sandalias de otras mujeres de corvas venosas, pero flexibles. (…) De pronto, una fuente que estuvo rota por muchos años, salpica a los jugadores de dominó sobre tablas improvisadas. Salpica a los vendedores de comida frita, a los tamaleros, a los maniceros, a los “merolicos” ¡que esperaron toda la vida por el brote de esa dichosa fuente! El agua reciclada purifica las fichas, el cartón, las chapas de metal oxidadas.

(…) Por eso, en la pose definitiva que tomo dentro del tapiz este domingo, extiendo el cuerpo sobre la hierba que arranco con las uñas (pica demasiado) y reclamo un parque que se llame Fe, aunque la fe no exista.

Reina María Rodríguez

Ver también, en Libros del crepúsculo:

Hay en la poesía de Reina María Rodríguez de los 90 tanta conciencia de una escritura producida a fines del siglo XX como impulso de colección de reliquias de un mundo perdido. Celebración y duelo del naufragio de la utopía, que se manifiestan por medio de una extravagante memorabilia: miniaturas de la Atlántida, muñecas egipcias, retratos de Durero, esculturas de Zadkine, tablillas de terracota, polvo verde del Taj Mahal, flores insectívoras, un vidrio de mar en la ventana.
Podría hacerse una lectura de esa poesía como relicario o museo de la resaca de algún paraíso perdido. Una escritura de la memoria que presta más atención a ciertos desechos del pasado que a la cultura material, archivable y refuncionalizable, heredada del antiguo régimen. No sería imposible leer esa poesía como un discurso de sutil cuestionamiento a las narrativas turísticas e ideológicas que se tejieron en torno a aquella Habana, que se presentaba como escenario de la “muerte real de un pasado imaginario”.

Recibo de compra de la tienda La Época

Apenas comenzado el siglo XXI, Fidel Castro promovió una nueva política energética, la llamada “revolución energética”, como parte de la cual el gobierno reemplazó los refrigeradores soviéticos y norteamericanos que existían en manos privadas por unos más modernos de fabricación china. Para ello, envió inspectores a contabilizar los refrigeradores en existencia y presionar a sus dueños para conseguir que accedieran al cambio que se les proponía, entregando gratuitamente al estado su refrigerador antiguo y comprando el que este les vendía. Casi todos lo hicieron, como puede observarse en una simple visita a los talleres donde se reparan refrigeradores (y yo perdí así la posibilidad de un refrigerador soviético para la colección de Cuba Material). Las hileras de refrigeradores chinos, todos del mismo color blanco y tamaño mediano, delatan la poca calidad de los nuevos equipos, muchos de los cuales dejaron de funcionar antes de que el pago de las mensualidades del préstamo financiero en que sus dueños incurrieron llegara a tener fin.

Sobre la recogida de los refrigeradores norteamericanos y soviéticos y su sustitución por refrigeradores chinos, ver, en Octavo Cerco“la llegada del refrigerador”.

Reemplazo de refrigeradores. Imagen tomada de internet.

Reemplazo de refrigeradores. Imagen tomada de internet.

Reemplazo de refrigeradores. Imagen tomada de internet.

Reemplazo de refrigeradores. Imagen tomada de internet.

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En la revista de artes visuales Heterogénesis: Good-by Rocco, por Jorge Perugorría y Juan Carlos Tabío:

Compañeras y compañeros:

Aquí yace, en contra de su voluntad, el compañero Rocco. Nace en Detroit en agosto de 1952, en la fábrica de la General Motors. En su más tierna infancia fue testigo de las confrontaciones sindicales y de las reivindicaciones raciales que sacudieron su ciudad de nacimiento, forjando así su inclaudicable espíritu de lucha.

Siendo aún muy jóven, junto a 250 hermanos suyos, es obligado a hacinarse en el vapor General Custer (primo del General Motors), arribando a la bahía de La Habana en enero de 1953. Aquí en La Habana es adquirido, como vulgar mercancía, en la tienda “El Encanto” por la familia Orozco, llevando a partir de ese momento una vida burguesa de abundancias durante la cual enfrió los más exquisitos manjares y licores. No es hasta cinco años después, en 1958, cuando Joaquinito, el benjamín de los Orozco, a la sazón estudiante de derecho en la Universidad de La Habana, comienza a esconder entre champanes y langostas, proclamas subversivas del 26 de julio, lo que provoca una retoma de conciencia del compañero Rocco y su inicio en la lucha revolucionaria, llegando incluso a acoger en sus entrañas a un compañero de Joaquinito perseguido por los Tigres de Masferrer.

Ya en 1960, los sobrevivientes de la familia Orozco, (incluyendo a Joaquinito) abandonan el país, y la mansión de los Orozco (y por supuesto el mismo compañero Rocco), pasan a ser propiedad del Estado.

Conectado activamente al voltaje de todos los procesos de transformaciones revolucionarias, el compañero Rocco participa en la Campaña de Alfabetización, Crisis de Octubre, Zafra de los 10 Millones (trabajando en ésta más de 365 días al año). En todos estos años el compañero Rocco, lejos de añorar los filetes y caviares que conservó en su juventud, se dedicó, con ahínco encomiable, a enfriar torticas, masareales, croquetas cosmonautas (las que se pegan al cielo”de la boca”) los refrescos conocidos como “líquido de freno” y agua, mucha agua que calmaron la sed de nuestros estudiantes y milicianos.

Ya a principios de los años 70, con la llegada de sus congéneres soviéticos, el compañero Rocco es confinado a un honroso “plan pijama”, olvidado en un oscuro almacén durante todo un quinquenio gris, hasta que el “inventivo” administrador del almacén lo trueca, en una maniobra “por la izquierda” por un juego de “doce sillas” a una humilde familia proletaria, en el seno de la cual, y con su esfuerzo desinteresado de siempre y con la alegría de sentirse útil nuevamente, el compañero Rocco se apresta a congelar sabrosos “durofríos”, convirtiéndose en el sostén de esa familia y ganándose así el cariño de todos los niños del barrio.

Los 80 son años en los que el compañero Rocco puede vivir del fruto de su trabajo. Con el producto de la venta de estos “durofríos” el compañero Rocco es recompensado con quesitos crema, jamón plástico, pollo a la jardinera, vinos búlgaros y algún que otro cake bombón (de los que costaban 10 pesos cubanos), llegando incluso a enfriar su pedacito de carne de puerco y su cervecita en los días festivos. Y por supuesto, los huevos de siempre. A principios de los años 90, y como consecuencia del “Período Especial”, el compañero Rocco es sometido al zozobrante sistema de apagones que lo llevaron al borde del ataque de nervios. Tan prolongados llegaron a ser estos apagones que cuando se restablecía brevemente el fluído eléctrico, el compañero Rocco llegó a pensar que le estaban aplicando “electro shocks”.

Fue en aquellos difíciles momentos que la humilde morada de la familia que acogió al compañero Rocco como a un pariente más, es escogida por el ICAIC como locación principal de la película “Fresa y Chocolate” en la cual el compañero Rocco, no obstante su deteriorada salud física y mental, asume el rol protagónico que le valió la unánime aclamación de público y crítica como (con mucho) el mejor actor de la película.

Lejos de envanecerse con tan ecuménico triunfo, el compañero Rocco acomete con renovados bríos las perspectivas que le depara su nuevo horizonte de sucesos: Jefe de Frigoríficos del Paladar “La Guarida”, porque en paladar deviene su vivienda no bien terminado el rodaje del susodicho filme.

Ahora vuelve el compañero Rocco a enfriar los manjares y licores olvidados de su juventud. En este paladar, la carismática presencia del compañero Rocco es punto de atención de todos los clientes, llegando incluso a departir con La Reina de España, para la cual sacara de sus gélidas entrañas un rotundo y criollo boniatillo que arrancó los más encomiásticos comentarios de Su Majestad.

Así trancurría la plácida vejez del compañero Rocco, esperando que llegara, como en un sueño la muerte natural con esa paz de espíritu propia de quien ha cumplido a cabalidad y conciencia toda tarea que le haya sido encomendada. Pero no, la muerte del compañero Rocco sobreviene de forma trágica y fulminante cuando es públicamente declarado “Devorador Energético”.

Sus relays y reguladores de voltaje no soportaron la vergüenza y el compañero Rocco estalla en un flamígero y fatal cortocircuito que sonó en todo el barrio como un ¡PLAFF! fatídico.

Compañero Rocco, donde quiera que tú estés ahora, que llegue hasta ti nuestro agradecimiento por todos tus desvelos y nuestro más sentido pésame para que de una vez por todas descanses en paz.