Nadia García Porras y Maraya Shells: En Cuba todo es aparentar

Maraya Shells. Imagen tomada de Havana Cultura. Cortesía de Lillian Guerra.

Maraya Shells. Imagen tomada de Havana Cultura.

En Havana Culturasobre Maraya Shells:

One morning on a quiet residential street in Havana’s Vedado district, a woman emerges from her apartment building and stands at the entrance, posing. She wears a lacy black top and neon red spandex leggings tucked into black high-heeled boots. The colour of her lipstick and nail polish match her leggings, which also match what are those things in her hair?– oh yes, extra-large, extra-red curlers. “My clothes,” she says by way of introduction, gesturing with slow, elegant hand movements from boots to curlers, “are my life!”

Meet Maraya Shells (“the one and only!”). She speaks in aphorisms usually followed by exclamation marks (“Everyone has the right to shop!” and “We are beautiful and precious, but we have time for nothing!”). She looks like she has been styled by Pedro Almodovar to star in a John Waters movie set in some imaginary Cuban Las Vegas. In fact she is the alter ego and fantasy creation of Nadia García Porras, easily one of the most fascinating and inventive artists working in Havana today.

Not that all this is immediately apparent to Havana Cultura’s film crew, of course. We’ve shown up to interview Porras. Instead we are greeted by Maraya Shells who insists she is Porras’ sister (“Poor Nadia – she doesn’t have the hands of a princess like I do!”) and who finally agrees to be interviewed herself. But the interview will have to take place in a neighbour’s apartment whose décor is, for some reason, more to her liking.

The reason becomes clear once we’re inside. The apartment, inhabited by a kindly, non-spandex-wearing older lady, houses an extensive gathering of plaster Indian chiefs, huge plastic sunflowers, tiny porcelain figurines of children and caged (real) Budgerigars. Maraya Shells treats us to another of her hand gestures, tracing an approving arc from bird cages to framed reproductions of sunsets and waterfalls: “Todo es perfecto aquil!” We can’t help but agree.

When the interview is over she invites us next door to meet her “sister” – with a warning: “She is crazy, you know– she is an artist!” By the time we reconvene, the spandex, curlers and boots that were Maraya Shells seem to have vanished. In their place we find Nadia Porras reclining in a leather armchair, looking distinctly un-crazy in a white long-sleeved sweater and soft brown trousers. There’s not a plaster Indian in sight.

This flat, with its stunning low-rise view of the Malécon and the surf beyond, belongs to Porras’ mother, an art-history professor. On the coffee table sits the latest issue of the American art magazine “Art in America”. The shelves are lined with expensive art books (“From Baudelaire to Bonnard”, in English). The only thing slightly amiss are the photos scattered on the dining room table, showing Porras and some cohorts lugging something large and plastic around Havana, no doubt in preparation for a recent performance or installation.

So how does Nadia become Maraya, or vice-versa? “I’ve always liked camouflage,” Porras explains. “Plus, here in Cuba, everything is about pretending. I’ve always liked that side of this place.” Where her alter ego is all smiles and exuberance, Porras maintains an air of seriousness so convincing it’s hard to know when she’s joking. Maybe that’s part of the camouflage, too.

h/t Lillian Guerra

On Cuba: El año en que nos comimos los muebles

Foto 2012. Vedado.

Foto 2012. Vedado.

En On Cuba: El año en que nos comimos los muebles:

Un día ya no había con qué cocinar, ni dónde buscar leña. María Cureaux se revolvió en su apartamento. Se revolvieron sus ancestros mambises, sus ancestros francohaitianos. La tabla de planchar se le apareció como tabla de salvación. A la mañana siguiente, miró con picardía una silla que estaba floja. La madera parecía buena…

En aquella cocina improvisada con dos ladrillos y en el pequeño balcón del tercer piso, ardió todo el juego de comedor, una cama, y hasta se vació el librero. El Decamerón y La dama de las camelias sirvieron para ablandar los chícharos.

Dos laticas de arroz, el doble de agua y el efecto del vapor conseguían el milagro de llenar la olla. Aquel procedimiento de emergencia se conocía como arroz microjet. María Cureaux Savigne lo dice con una sonrisa desbordada. Ahora puede, pero a principios de los noventa; con cuatro hijos a su cuidado y un esposo que trabajaba lejos, no tenía ánimos para hilaridad alguna.

El llamado “período especial” sobrevino en esa época tras la caída del campo socialista y la desintegración de la Unión Soviética. La economía tocó fondo. El ingenio del cubano se disparó.

María Cureaux se volvió experta. Cuando ya no hubo zapatos, se procuró unos pedazos de cámaras de neumáticos que cortaba y calaba a la medida. Al regresar de su guardia nocturna, se lavaba el rostro y a dar pedal en su máquina Singer. Fiel e invicta. De allí salieron calzados para la familia… y para la calle.

Había que aprovechar la luz solar. El único bombillo de la casa iba de la cocina a la sala, de la sala al cuarto: un viaje de ida y vuelta. Se transformó en poco menos que un objeto de culto. Era de admirar, el primor con que se quitaba y se volvía a enroscar; mas todo empezó a tornarse inútil ante los largos apagones.

La alergia de los hijos lo complicaba todo, pero María Cureaux no conocía la rendición. Se ahorró la larga cola del queroseno, y tuvo que arreglárselas con unas velas fabricadas de panal, con unos mecheros alimentados de aceite comestible, aceite de ricino, brillantina para el pelo, lo que apareciera.

Como tantos otros, redescubrió al maguey. La planta salió de la humildad al estrellato. Sus hojas carnosas y su sustancia blanquecina sustituyeron al jabón… hasta una tarde en que las manos de María salieron inflamadas.

Todavía hay tiempo para explicar cómo aderezaba el picadillo de cáscara de plátano, como convirtió las cortinas en vestidos, como…

María Cureaux vive en el Reparto Rajayoga en Santiago de Cuba y ha visto crecer a sus hijos con orgullo. Intenta explicarlo todo con indulgencia, casi con ternura. Y mientras mece sus libras, hay un destello que no descifro, un ardor en su mirada que no alcanzo.

Diario de Cuba: Una calzada con muletas

Calzada de San Lázaro. Siglo xix. Imagen tomada del muro de Facebook de Francisco Ferro.

Calzada de San Lázaro. Siglo xix. Imagen tomada del muro de Facebook de Francisco Ferro.

En Diario de Cuba: Una calzada con muletas:

Fue uno de los tres viejos caminos que, partiendo de la Puerta de la Punta, continuaba a lo largo del litoral hasta la Caleta de Juan Guillén, que después se denominó de San Lázaro, la cual rodeaba, para seguir por la playa hasta los riscos de Oliver —donde después se construiría el Hotel Nacional—, llegaba a la llamada Punta Brava y seguía la línea de la costa hasta el Monte Vedado, alcanzando el caserío de Pueblo Viejo, donde se asentó la primitiva población de La Habana, al trasladarse desde la costa sur a la desembocadura del río Casiguaguas o de la Chorrera.

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El tramo entre Galiano y Belascoaín se encuentra en mejor estado que el anterior, aunque mostrando el paso del tiempo sin mantenimientos ni reparaciones serias. A partir de Belascoaín, a un lado, el majestuoso monumento al General Antonio Maceo en el parque que lleva su nombre, antes abierto y con un anfiteatro, y hoy cercado (según se dice para evitar accidentes de tránsito peatonales), dentro de cuyo perímetro se encuentra el antiguo Torreón de San Lázaro, utilizado en la colonia como punto de observación para detectar el acercamiento de naves piratas y alertar a la población, mediante un disparo.

Enfrente, el Hospital Hermanos Ameijeiras, en el edificio que fuera construido originalmente para la sede del Banco Nacional de Cuba en los terrenos que antes ocuparan la Casa de Beneficiencia y el Asilo de Mendigos San José. A continuación, en el número 805, el hermoso edificio del antiguo colegio La Inmaculada, construido en 1874, donde radica la Casa Central de las Hijas de la Caridad y, al llegar a la calle Marina, un garaje, más edificios y casas de vivienda.

En la otra acera, el famoso comercio de víveres El 1005, hoy tienda recaudadora de divisas. En el número 1054, el antiguo cine Florencia, después llamado Pionero, hoy en ruinas. Y en la calle Hospital, el bar El Lazo de Oro, que era famoso por sus chayotes rellenos y la ensalada de pollo y, ya en Infanta, donde existían diversos expendios de ostiones, el frío Parque de los Mártires, diseñado con grandes bloques de hormigón que emergen agresivamente de la tierra, construido en los terrenos donde antes levantaba sus carpas el circo Santos y Artigas para sus funciones de fin de año.

Queda enfrente el local de las Lámparas Quesada, hoy convertido en la librería Alma Mater, donde a veces se refugiaba el Caballero de París. En esta zona, hacia la derecha de la actual calzada, en tiempos de la Colonia se encontraban las tristemente célebres canteras de San Lázaro, alturas rocosas donde eran enviados los presos a trabajar, lugar al cual fue enviado también José Martí siendo un adolescente, del cual dejó testimonio en su obra El presidio político en Cuba.

Cruzando Infanta, estaban los antiguos bodegones en sus dos esquinas (hoy comercios de baja calidad), las múltiples casas de huéspedes donde se alojaban los estudiantes universitarios que venían de provincias a realizar sus estudios en el alto centro docente y, al final, el pequeño parque dedicado a Julio Antonio Mella, con su cabeza en bronce que un día fuera mancillada con chapapote, echándosele la culpa al Gobierno, lo que motivó una masiva manifestación estudiantil de repudio, que terminó con la muerte de un estudiante.

Con el tiempo se demostró que en realidad todo había sido una provocación con fines políticos, ordenada por alguien interesado en exacerbar los dormidos ánimos estudiantiles.

Termina la calzada frente a la escalinata de ochenta y ocho pasos de la Universidad de La Habana, lugar al cual se trasladó en 1902, ocupando la Pirotecnia Militar situada en una zona de la llamada Loma de Aróstegui. Entre los años 1906 y 1940 fue ampliándose el centro de altos estudios con la incorporación de nuevas escuelas y facultades. La escultura que representa el Alma Mater, realizada por el escultor Mario Kolber en 1919, fue instalada un año más tarde delante del rectorado y, al construirse la escalinata, trasladada al sitio actual en 1927. Dentro, el recinto posee valiosas pinturas murales de los artistas Domingo Ravenet y Armando Menocal.

San Lázaro nunca fue una calle eminentemente comercial. Más bien era una tranquila calle de residencias de dos pisos cercanas al mar, donde se respiraba un aire fresco con olor a salitre. En su tramo hasta la calle Belascoaín, llamaba la atención su quietud y daba la sensación de que quienes vivían en ella, hacían sus vidas totalmente dentro de sus hogares. Hoy este tramo está prácticamente destruido, con viviendas que parecen haber sido calcinadas por el fuego, balcones desparecidos o a punto de desparecer, derrumbes, apuntalamientos, espacios vacíos donde antes existieron edificaciones, y ruinas y más ruinas.

En el tramo hasta la escalinata de la Universidad, aunque son mayoritarias las viviendas, perduran algunos pocos comercios, principalmente de víveres. Aquí las viviendas, aunque afectadas por el tiempo, no muestran los estragos de las del tramo anterior, tal vez por encontrarse un poco más alejadas de mar y de sus efectos. San Lázaro, con muletas, dejando que le caigan los años encima, espera un milagro que tarda demasiado en llegar.

Leer el artículo completo en Diario de Cuba.

biberón

Biberón. 1973. Foto 2012.

Biberón. 1973. Foto 2012.

Todos nos alimentamos con el mismo biberón, con la tapa azul los varones y con la tapa rosada las niñas. Esa era la única distinción. Cuando se almacenaba o transportaba leche en ellos, el chupete o tetilla se invertía, para poder sellar la salida de la leche con la tapa. En la botella de cristal, a relieve, se indicaban las onzas consumidas o listas para ingerir.

sillas para los salvavidas

Silla salvavidas. 1973. Playa Guanabo, Habana del Este.

Silla salvavidas. 1973. Playa Guanabo, Habana del Este.

Las playas de mi infancia se limitaban a Guanabo y Varadero. Si bien a esta última íbamos ocasionalmente, sólo a pasar el día cuando, estando en nuestra casa de Guanabo, mis padres decidían cambiar de arena y nos dábamos un salto hasta Matanzas, o cuando el trabajo de mi papá lo llevaba a la fábrica de rodenticidas de Amarilla y se llevaba consigo a toda la familia para después pasar la tarde en Varadero, la playa de Guanabo, en cambio, fue nuestro destino habitual de descanso y vacaciones, tanto que logré sentirme allí como en mi casa. Durante muchos años, cada vez que pensaba en Varadero solía pensar en el viaje de dos horas, el puente con el símbolo de la campaña de alfabetización pintado en una de las columnas de la base, y las pizzas de Castel Nuovo, las más gruesas que alguna vez vi en Cuba. Guanabo, en cambio, lo identificaba con lo que el fuego dejó del chalet de madera de mis abuelos maternos, los mosquiteros y el crujir de la madera por las noches, las hojas aciculares de los pinos mezcladas con la arena o amontonadas justo donde se mueren las olas, y las sillas de los salvavidas, imponentes y esbeltas, y muchas veces solitarias. De ellas no queda ya ninguna, como tampoco de los pinos, y a nuestra casa de la playa nadie ha vuelto en muchos años. Pero aquí está la foto de la silla desde donde los salvavidas de Guanabo, que tenían su escuela muy cerca de mi casa, solían cuidar a los bañistas.

Instituto Tecnológico Julio Antonio Mella, juramento

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“Los jóvenes que hoy al término de nuestros estudios cambiamos las aulas y las armas por las herramientas de trabajo y las fábricas . . . juramos renunciar al ejercicio libre de nuestra profesión. . . . juramos trabajar con un alto grado de desinterés, negándonos a erigirle un altar al Dios Dinero y postrarle a sus pies la conciencia de los hombres”.

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Ernesto Juan Castellanos entrevista a Papito Serguera

Años 1960s en El Vedado.

Años 1960s en El Vedado. En la foto, María A. Arús Caraballo y Eda Fonseca.

En Sopa de cabilla: Los Beatles nunca estuvieron prohibidos en Cuba.” Entrevista a Jorge (Papito) Serguera:

A mi casa no entró la televisión hasta 1973. Y no por problemas en la antena ni deficiencias de la transmisión, sino porque fue en ese año cuando mi papá se ganó un Rubin 205 en blanco y negro por sus méritos laborales. Hasta ese momento me había conformado con mirar, sin ver nada en la pantalla, un Phillips de bombillos que solo servía para poner adornos de yeso y búcaros con flores sobre él.

Y cuando se ganó, también por merecimiento sindical, un apartamento de microbrigadas en el reparto Bahía, tuvo la mejor excusa para donarlo a un vecino con iguales necesidades ornamentales. Entonces solo me interesaban los Muñe, las Aventuras, Caritas, Amigo y sus amiguitos, Variedades infantiles, Tía Tata, A jugar y La comedia silente. Por mi exigua cultura radial y televisiva, cuando comencé a investigar cómo funcionaba en Cuba la promoción de lo que se conocía como “música popular”, sobre todo la anglófona, traté de localizar a los promotores musicales de aquellos años. Solo que muchos ya no estaban a mi alcance. Unos porque habían dejado el mundo de los pecadores, y otros porque vivían a 90 millas al norte. Pero aún quedaban algunos con memoria suficiente como para recordar aquellos años bajo el azote de mi acucioso cuestionario. Tuve la gran suerte de localizar a Jorge Serguera. El nombre puede sonar ahora algo insípido y común, pero si aclaro que su nom de pluma es Papito Serguera, el director general del ICR entre 1966 y 1973, quizás comience a tomar matices, aunque sea con un cierto sabor amargo, en la memoria de muchos jóvenes de entonces, ahora cincuentones y sesentones.

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Déjame decirte lo siguiente. Yo oigo a los Beatles y los he oído toda la vida. Ahora bien, había dirigentes nacionales que estaban en contra, no de ellos, sino de la llamada “música moderna”, que había cambiado los timbres y sonoridades de cuando éramos adolescentes. Y había otros que estaban en contra de la música cantada en inglés, porque según ellos deformaba la ideología. ¿Tú me entiendes, verdad? Era gente con mucha autoridad. Era una presión increíble, porque era una presión poderosa.

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¿Pero tanto lío por haber dado una simple opinión sobre los Beatles?

Sí, chico. Si tú estás para cantar, no me des esos criterios. En un tema tan candente como era en esos momentos el de la música moderna, que tú te me bajes con una apología de los Beatles, y a través de un medio masivo, ¡y en vivo…! Si hubiera sido un programa grabado y hubiera tenido tiempo para corregirlo, le hubiera dicho: “se te fue la mano aquí”. Pero para entonces, desafortunadamente, ya existía una enemistad personal entre Silvio y yo.

Alfredo Guevara, por su parte, que estaba en el ICAIC, hizo un grupo experimental de música y se llevó para allá a Leo Brouwer, a Silvio y a dos o tres más. Y parecía el protector frente a la agresividad y violencia cultural de Papito Serguera. No, chico, ni yo soy un violento cultural ni nunca he violentado culturalmente a nadie. Pero además,

el primer hecho cultural en importancia de Cuba en el siglo XX es la Revolución Cubana, y su autor es Fidel Castro. Y yo soy parte activa de esa Revolución y comandante del Ejército Rebelde. Así que si vamos a hablar de cultura vamos a empezar por la Revolución. ¡Y yo estaba ahí desde el inicio, no es que me haya integrado después! Si el problema es la reacción cultural mía, eso estaba determinado por las normas políticas impuestas por el sistema educativo, deficiente o no, que había recibido en la provincia en que, afortunadamente o desafortunadamente, me tocó nacer, que es la del mambisado de Cuba.

El sentido del humor de Papito Serguera desapareció. Su tono y volumen de voz subieron a picos preocupantes. Me incliné ligeramente hacia atrás en mi sillón y realicé un discreto paneo visual en búsqueda de alguna salida de emergencia. Pero su próxima oración fue más suave, por fortuna, porque noté que los muros que rodean el patio de su casa estaban bastante altos.

Que no me vengan con música moderna, ni antigua, ni contemporánea –continuó–, porque yo era un pequeño burguesito que bailaba con Frank Sinatra, Tony Bennet, Artie Shaw, Tommy Dorsey y Duke Ellington…, que era lo que se bailaba en mi época. Lo mismo bailaba un danzón que un son, un mambo, un rock and roll, o una conga en los carnavales. Yo no tengo predilección por ningún timbre musical, pero respeto los gustos de las personas. Así que no soy capaz de imponerte una música.

Creo que fue una visión equivocada del problema por parte de algunos compañeros. Pero bien, uno también tiene que tener en cuenta eso, porque en la política tú no andas solo. Quiero decirte que en el problema mío de la dirección del ICR jamás interfirieron Fidel o Raúl. Ellos siempre respetaron mis puntos de vista, aunque a veces me plantearan algunas preocupaciones. Entonces estaba de moda aquella famosa cosa del diversionismo ideológico.

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¿Y cuando aquello a usted le gustaban el rock and roll y la música en inglés?

¡Pero claro! Mira, yo vivía en Nueva York antes del triunfo de la Revolución y oía mucho rock and roll. Ahora, te estoy diciendo que el problema no se estaba planteando en el terreno de la música, sino de la política. Y yo no tenía nada que ver con eso, pero tenía que responder disciplinadamente a los problemas políticos, porque uno no es revolucionario

impunemente.

Ahora bien, ¿quieren discutir eso conmigo? ¡Pues vamos a discutirlo por la radio, la televisión o con la pluma en la mano si es necesario! ¡Que no me vengan con historias! Es muy fácil polemizar con alguna gente. Conmigo la cosa es diferente, porque ideas como estas las defendí en los tribunales, metido en veinte rollos cuando era abogado en la época de Batista, rodeado por fusiles y armas largas, y no les tuve miedo ni a él ni a sus secuaces, para que sepas cómo era el juego.

¡Así que cómo tú te vas a aparecer aquí con eso de los Beatles! Yo que había hecho gárgaras con puntillas, eso para mí es hacer gárgaras con chocolate. ¿Qué es lo que pretenden: disminuirme, humillarme o desacreditarme? ¡Si persigues alguna de las tres y quieres sancionarme históricamente, vamos para la prensa pública y vamos a la polémica! Abre las páginas y vamos para la calle. Y no me estoy refiriendo a la máxima dirección de la política en Cuba, sino a aquellos que propagaron esos rumores.

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¿Y usted escuchaba a los Beatles mientras estaban prohibidos?

¡Los escuchaba y los sigo escuchando! Y quien te diga que no lo hacía te está diciendo mentiras. Mira, yo no quería usar calificativos para no ofender, pero lo que pasó con los Beatles y la música en inglés fue que el ICR era un medio que estaba monopolizado por gente de la pseudocultura.

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¿Por qué se fue del ICR?

No, en política yo no me voy de ningún lugar; me van.

Bueno, ¿por qué lo fueron?

Me imagino que la presión de todos los intereses que dañé tiene que haber sido muy grande, porque esas cosas no ocurren impunemente. Pero no fue porque hubiera un error en específico.

¿Y qué justificación le dieron para quitarlo de su puesto?

Ninguna, pero tampoco la pedí. Solamente me dijeron que me iban a sustituir. Yo no tengo que discutir eso. Fue una decisión política y yo soy un hombre disciplinado. Nunca pedí una explicación porque a mí no hay que explicarme nada. Te estoy diciendo que si entré en este juego fue porque me lo propuse y acepto una disciplina: no puedo convertirme en un contestatario de algo que yo acepté. Ahora bien, no hay duda de que dirigir un medio masivo es conflictivo, no solamente en Cuba. En cualquier lugar que tú dirijas una emisora de radio y televisión te vas a buscar problemas. Es más fácil transar.

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¿Cómo era la política que definía qué se podía o no poner en la radio y la televisión?

No existía tal política en la COR (Comisión de Orientación Revolucionaria), hoy DOR (Departamento de Orientación Revolucionaria). Esa tuve que elaborarla yo con la gente que me ayudó en la estructura del ICR.

¿Y cuándo comenzó a desmembrarse esa situación?

No lo sé. El problema es que aquello se convirtió en ley, en directiva, a lo mejor de la COR, a lo mejor del Partido Comunista de Cuba. Y hubo sanciones a los jóvenes, y hasta gente separada de la UJC y del PCC. Y ello también valía para el pelo largo. Ahora, ¿por qué me van a echar a mí la culpa del pelo largo, si no tengo nada que ver con eso, porque yo era de los barbudos y peludos de la Sierra Maestra? ¿Por qué la van a coger conmigo? ¿Por qué van a hacer recaer toda esa responsabilidad en Papito Serguera?

¡Pero en el ICR tampoco dejaban que la gente tuviera el pelo largo!

Coño, pero si te lo estoy diciendo. A mí me llamaban: “¡Oye, no puede ser!” ¿Y qué tú quieres que yo haga? Dime, ¿qué hubieras hecho tú? ¡Es increíble! Yo entré a La Habana el 8 de enero de 1959 con un pelo largo que me daba por aquí. Y lo mantuvimos así hasta que nos pelamos. El pelo largo y la barba los inventamos nosotros mismos, los rebeldes. Y de pronto aquello fue una prohibición… ¿Qué tiene que ver el pelo con la gente o con sus ideas? ¿No te das cuenta de que la contradicción era demasiado grande? Mira, yo tampoco perseguí homosexuales ni los mandé para las UMAP. ¿Por qué la van a coger conmigo?

El mundo del arte y la cultura es muy complejo. Yo no creo que tenga carácter para lidiar con eso. Nunca me imaginé lo que era el ICR, porque si lo hubiera sabido, jamás hubiera aceptado su dirección. Pero te digo una cosa. Ni los Beatles, ni ningún grupo musical extranjero, estuvieron prohibidos en Cuba en mi tiempo. ¿Qué ocurrió? Los Beatles eran, de una manera o de otra, representantes de una música cuyas tonalidades habían cambiado en relación con las anteriores. Entonces, objetivamente, como ocurrió esto de Silvio, se me quiso ver a mí como un enemigo de la llamada “música moderna”.

Ahora bien, los rumores no hay quien los detenga. Había instituciones para discutir eso. ¿Por qué no se va a esas instituciones de origen a pedirles una explicación? ¿Por qué van a decir que todo eso dependió de Serguera porque era el director del ICR? ¿Qué tengo yo que ver con eso? Vamos a hablar de manera institucional y a oírle a cada cual sus razones. A lo mejor vas a descubrir que yo era de los que estaba en contra de que se tomaran esas medidas. La música moderna se consideraba diversionismo ideológico. Y yo no inventé esa frase. Yo consideraba que eso era un error, un absurdo, un disparate, que la música no tiene barreras.

Y si no estaba a favor de todo aquel absurdo, ¿por qué no trató de hacer entrar en razón a quienes pensaban que la música en inglés y el pelo largo eran síntomas de debilidad ideológica?

Sí, lo hice, y aún conservo algunas cartas que escribí a altos dirigentes de este país donde yo doy mi opinión sobre el tema.

¿Y le respondieron?

–No. Esas cosas no se responden.

13 de abril de 2001

Leer la entrevista en Sopa de cabilla.

bandeja vietnamita

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Durante todos los años que viví con mis padres jamás se me ocurrió que la bandeja de madera laqueada que mi mamá guardaba en el aparador del comedor y que pocas veces usó era de Viet Nam. Llegué incluso a pensar que era de las cosas de antes, es decir, previas al socialismo en Cuba. Sólo el año pasado, cuando le di la vuelta para fotografiarla para el blog, supe su origen y su productor: My Nghe Viet Nam, traducido por google al inglés como Corporation Bronze Handicrafts Vietnam. Debe haber sido comercializada en los años 1970s, junto con otras artesanías de la misma factura procedentes de este país. Cuando mi mamá recogió sus posesiones de valor después de que emigraran a los Estados Unidos mi papá y mi hermana, las guardó en uno de los closets de su casa, y se marchó a vivir con mis abuelos para poder así alquilar su apartamento del Vedado, incluyó en ellas la bandeja vietnamita. Este verano decidimos hacer una limpieza en el closet, que no se abría prácticamente desde entonces, y allí encontramos la bandeja de madera laqueada.

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bandejas plásticas del Bloque socialista

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Tengo en mi casa de New Jersey la bandeja pequeña y rectangular de aluminio dorado en donde mi abuela solía servir el agua a las visitas. Es una bandeja fabricada en los Estados Unidos de la posguerra, en la época en la que muchos utensilios domésticos se hacían con aluminio pintado de colores, en ocasiones adornado con relieves geométricos (jarras grandes y pequeñas, vasos, bandejas). Cuando me mudé al Nuevo Vedado le pedí a mi abuela su bandejita dorada, y luego me las agencié para traerla a New Jersey.

Cuando aún existía el Bloque del Este, se vendieron en Cuba algunos accesorios domésticos fabricados en un plástico transparente que imitaba los diseños del cristal tallado, en tonos de blanco, azul y verde. Tengo la impresión de que eran fabricados en la Unión Soviética o en China (Verónica Cervera anota que en Miami se venden ahora bandejas parecidas hechas en China), y he visto bandejas, joyeros y portavasos hechos con este material. Mi abuela también compró bandejas de este tipo. Deben haber sido baratas, pues me encontrado al menos tres bandejas similares en su casa. Por un tiempo debo haberlas preferido a la vieja bandejita de aluminio, pero desde que me mudé a Nuevo Vedado a mitad de los 1990s en casa de mi abuela sirven el agua en las bandejas plásticas del Bloque socialista.

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socialismo, transporte, e improvisación

Bicitaxi. La Habana. Foto 2012.

Bicitaxi. La Habana. Foto 2012.

A principios de los años 1960s el ministerio de transporte reportaba más de siete mil roturas al mes. A finales de 1961 cerca de un cuarto de todos los ómnibus se encontraban imposibilitados para prestar servicios, según esta entidad, situación similar a la que sufrieron al año siguiente la mitad de los 1,400 vagones de pasajeros de los ferrocarriles. También para entonces cerca de tres cuartos de los tractores articulados se encontraban inutilizados por falta de piezas de repuesto. La solución a esta crisis se buscó en el “invento”. Comenzaba la época dorada de la improvisación: “improvisation became the hallmark of early Cuban developmental efforts –sometimes with remarkable successes, other times with disastrous setbacks” (Perez 2011:264).

Fuente: Louis A. Perez, Jr. 2011. Cuba, Between Reform and Revolution.

El fogonero: Trenes rigurosamente vigilados

Imagen tomada de internet.

Imagen tomada de internet.

En El fogonero: Trenes rigurosamente vigilados:

En los años 70 del siglo pasado, Cuba aún era el mayor productor mundial de azúcar. Por el Paradero de Camarones pasaban a diario largos cargueros hacia la Terminal de Azúcar a Granel Tricontinental de Cienfuegos. Eran trenes rigurosamente vigilados.

Aunque la producción de azúcar del país rondaba los 8 millones anuales, el régimen de Fidel Castro la mantuvo siempre racionada. Las guayabas y los mangos se podrían en las matas sin que las familias tuvieran la oportunidad de hacer una mermelada.

Por eso, cuando un tolvero se detenía en el pueblo para esperar que la vía estuviera expedita o cruzarse con otro tren, aquellos olorosos vagones se convertían en una tentación. Si era de noche, las posibilidades de tener éxito se multiplicaban.

Ni siquiera los guardias que viajaban en el cabouse, armados con antiguas carabinas, amedrentaban a los asaltantes. Un jarro de cinco libras era suficiente recompensa. Con eso bastaba para hacer un caldero de mermelada y endulzar el café hasta fin de mes.

En Cruces, una anciana abrió una compuerta de una tolva creyendo que estaba vacía; fue aplastada por 60 toneladas de azúcar a granel. En todos los pueblos de la línea, desde Sagua la Grande hasta Palmira, habían mutilados; todos desoyeron la advertencia de que era muy peligroso asaltar trenes en movimiento.

Estaban rigurosamente vigilados, porque con ellos se pretendía pagar la enorme deuda contraída con la Unión Soviética. Pero cada vez más cubanos se las ingeniaban para abordarlos. Solo querían hacer mermelada, destilar ron casero o asegurar la dulzura de su café.

Nada los detuvo. No los asustaba la posibilidad de perder un brazo o una pierna, tampoco morir. Las propias tolvas parecían alentarlos, en muchas de ellas el régimen había pintado una consigna: “¡Azúcar para crecer!”.

proyecto HICCUP

Edificio Amertec. Imagen tomada de HICCUP.

Edificio AmerTec, en Hialeah, ahora abandonado y vacío. Imagen tomada de HICCUP.

El proyecto HICCUP, con sede en la ciudad de Hialeah del condado de Miami Dade, recién se ha estrenado esta semana y se encuentra ya optando por el People’s Choice Award que otorga el Knight Art Challenge. Para ayudar al colectivo de HICCUP a que lo obtenga debemos enviar un mensaje de texto con los caracteres VOTE2 al número +1-747-444-3548. El texto del mensaje, insisto, deberá decir solamente VOTE2.

Sobre este proyecto pueden leer en su página web, de donde he tomado este fragmento que sirve de presentación:

HICCUP es un colectivo y organización que sitúa a las periferias industriales como centros tanto de prácticas creativas como de teoría cultural. A través de generar “hipidos” pretendemos absorber la creatividad latente en los barrios y canalizar la energía creativa hacia el cambio social positivo. Nuestro objetivo es intervenir en la “doble conciencia” de la ciudad, es decir, en el espacio que distancia por un lado, los ideales de comunidad de la realidad cotidiana, y por otro, como una comunidad se ve a si misma y como la ve desde fuera. Nuestros proyectos emergen del profundo conocimiento investigativo y la experiencia directa de la ciudad y tienen el fin de apoyar el potencial creativo y la sociabilidad de específicos grupos de población.

Exposición de diseño, convocatoria

Convocatoria-Exposición-colectiva-Geo-graficas-2015-02

Exposición colectiva Geo-gráficas 2015, convocatoria:
Esta nueva edición, que tendrá lugar en el primer trimestre de 2015 en La Habana reunirá nuevamente a los diseñadores de la Isla y a los emigrados.

En esta ocasión la exposición acogerá, además de los trabajos que los diseñadores emigrados realizan en sus países de adopción, las realizaciones de diseñadores residentes en Cuba destinadas al sector privado emergente del mercado nacional.

Esta convocatoria está dirigida a todos los diseñadores o estudiantes de diseño cubanos, gráficos o industriales, de cualquier sector, latitud o generación. Los diseñadores de otras nacionalidades que hayan realizado sus estudios en Cuba son bienvenidos.

Como parte de la Exposición colectiva Geo-Gráficas 2015 se presentará una selección de carteles tipográficos realizados por diseñadores de todo el mundo e inspirados en La Habana, a partir de la convocatoria lanzada por el proyecto internacional Showusyourtype, con base en España.

Vea las bases de la convocatoria aquí.

El País semanal: Sueños cromados

Foto 2013

Foto 2013

El País semanal: Sueños cromados

Cada mañana, cuando el sol empieza a calentar la explanada frente al Capitolio de La Habana, se repite un desfile singular en el Kilómetro Cero de Cuba. Un día cualquiera, más de una veintena de coches clásicos americanos de los años cincuenta, niquelados y brillantes, aparcan aquí para convertirse en taxis turísticos. Formidables modelos de Chevrolet, Cadillac, Dodge o Mercury pintados de rosa chicle, verde turquesa, naranja, gris o morado. Muchos son descapotables, como el Buick Super Dynaflow de 1950 de William Hernández, que luce un llamativo naranja, llantas cromadas y tapicería blanca. “Sin techo se puede ver todo mucho mejor y el aire alivia el calor”, dice William. Hemos tenido suerte, está esperando a sus próximos clientes y ha respondido el teléfono. A poca velocidad, no más de 30 o 40 kilómetros por hora, suele pasear a los turistas hasta la plaza de la Revolución, el cementerio de Colón, El Bosque de La Habana y el barrio de Miramar para recurvar, siguiendo la majestuosa línea del Malecón, hasta el punto de salida. “Me preguntan mucho sobre el coche y yo les cuento”, dice. A veces sólo acuden al Capitolio para hacerse una foto. A él no le importa. “Hoy se hacen una foto y mañana, quién sabe, puede que vuelvan para darse un paseo”. La tarifa de una hora son 25 pesos convertibles (CUC), unos 20 euros. Y desde los asientos de estas piezas de museo rodantes se despliega la fascinante belleza destartalada de la arquitectura de La Habana. Un viaje en el tiempo.

“La Habana es un gran museo de arquitectura al aire libre con edificios históricos que han preservado sus estructuras originales gracias a que el boom constructivo que arrasó barrios enteros en otras capitales latinoamericanas en los años sesenta y setenta no llegó a Cuba”, explica la arquitecta cubana María Elena Martín Zerquera, coautora de una de las guías más ambiciosas de la arquitectura habanera, editada por la Junta de Andalucía. En ella se incluyen joyas de una de las épocas más destacables, la primera mitad del siglo XX, con obras de estilo Art Decó, Art Nouveau, Eclecticismo y Movimiento Moderno, edificios que uno, si sabe mirar, descubre durante un paseo por las calles de La Habana. “Hay barrios enteros que guardan todavía el urbanismo, el trazado original de aquella época. El Vedado, Miramar o el Nuevo Vedado, que se levantó prácticamente por completo en la década de los cincuenta, son ejemplos. El Malecón, el Paseo del Prado o la calle Reina son auténticas joyas. Un patrimonio arquitectónico de gran valor que necesita urgentemente un plan de rescate”, dice la arquitecta.

Un legado fabuloso que fascinó a un visitante excepcional, el arquitecto británico Norman Foster, quien en sus repetidos viajes a la isla caribeña también se quedó maravillado con las líneas sinuosas de los coches clásicos. Y nació la idea de documentar este binomio congelado en el tiempo en un libro, Havana, autos & architecture, que ve la luz estos días. Coches y arquitectura. Dos elementos que dan título al libro y que desafían toda lógica temporal, que funden el presente y el pasado de la ciudad y encierran historias que sólo podrían contarse en La Habana. El periodista Mauricio Vicent las ha escuchado a lo largo de los 28 años que ha vivido en La Habana y las relata aquí con mucho detalle. Historias como las de William Hernández, cuyo abuelo fue un inmigrante canario que llegó a ser general mambí y congresista, y cuyo padre, dueño de una vaquería y de colonias de caña de azúcar, se compró en 1951 aquel Buick descapotable que fue lo único que quedó de la fortuna familiar tras la revolución. Hoy da de comer a una familia entera.

La vida media de un coche en Europa es de entre diez y 15 años. En Cuba se calcula que actualmente circulan cerca de 70.000 vehículos estadounidenses producidos antes de 1959, o sea, que tienen al menos 55 años. Muchos de ellos se han convertido en taxis colectivos, una especie de transporte público con rutas fijas que alivian la complicada movilidad cotidiana de la ciudad. Los cubanos suelen llamarlos “almendrones”, en referencia a su forma de almendra gigante, o simplemente “cacharros” cuando ya están muy destartalados. Los más exclusivos y cuidados son, simplemente, “clásicos”. La gran mayoría sigue circulando gracias a múltiples adaptaciones e inventos mecánicos varios. Llevan motores rusos o modernas piezas coreanas. Todo vale con tal de seguir rodando y gastar menos combustible. Pero mantienen lo más visible, su estética, rompedora en su tiempo. Son los sueños lúdicos de grandes diseñadores hechos realidad. Salieron al mercado en un tiempo en el que la aerodinámica, el tamaño, el peso o la eficiencia no importaban.

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El fotógrafo Nigel Young, que documenta desde hace dos décadas la arquitectura de Norman Foster, atrapó estas historias habaneras con su objetivo para el libro, que incluye más de 250 fotografías suyas. Lo que más le llamó la atención fue que tanto la arquitectura como los coches sobreviven como bellos y elegantes recordatorios de un tiempo pasado, mientras satisfacen las necesidades más básicas de alojamiento y movilidad. “Ambos son ingeniosamente parcheados y reparados para seguir siendo útiles”, cuenta el fotógrafo. “En un momento quizás enfocaba una carrocería medio desmontada frente a una elegante villa de estilo Art Nouveau o descubría un improvisado taller callejero, cuyas herramientas y partes de motores se dispersaban a lo largo de una elegante calle. Y mientras enfocaba una soberbia obra arquitectónica, no era extraño que sorprendiera al pasar un antiguo convertible cargado de turistas felices de ser el centro de atención en su taxi del sueño americano”.

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El fotógrafo suizo Luc Chessex llegó a La Habana en la primavera de 1961. Una docena de imágenes en blanco y negro de aquella época abren el volumen. “Entonces la ciudad tenía un rostro mucho más politizado que ahora. En cada esquina había un cartel o una pintura con mensajes políticos y consignas anticapitalistas”, recuerda. “Viví 14 años en La Habana, y en este tiempo, aparentemente, la ciudad se fue durmiendo poco a poco a causa de las dificultades económicas. Pero la gente nunca perdió su chispa, es más, las necesidades despertaron el ingenio. Si algo se rompe, no se tira. Se busca una solución. Y casi siempre la hay”.

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La Habana y el poder de la memoria, by Norman Foster

Havana Autos&Architecture tiene su origen en el viaje que realice a Cuba en la primavera de 2012. Se celebraba la XI Bienal de La Habana, y pasamos bastante tiempo con dos amigos artistas, Marco Castillo y Dagoberto Rodríguez, conocidos como Los Carpinteros. Los Carpinteros habían preparado para la Bienal un espectáculo impactante, ‘La Conga irreversible’. Imaginen una multitud de bailarines, todos vestidos de negro riguroso, desfilando por el centro de la ciudad pero no hacia adelante sino hacia atrás. Mientras fotografiaba aquel extraordinario espectáculo me asaltaron dos fuertes sensaciones. En primer lugar, la perspectiva de la cámara me ofrecía un telón de fondo formado por coches y edificios antiguos, en un torbellino de decadencia detenida en el tiempo que sólo puede encontrarse en la isla.

Cuba es un auténtico museo de coches americanos clásicos, sobre todo de esa Edad de Oro que fueron los años 50, y su color y estado de conservación establecen una sintonía especial con los edificios circundantes, pues ambos han desafiado la lógica y los embates del tiempo.

Mientras mi pensamiento se entretenía con estas imágenes, la segunda impresión que tuve, espoleada por las paradojas de la conga, fue la gran sensación de cambio que flotaba en el ambiente. Así, coincidiendo con nuestra visita nos enteramos de que el Gobierno había liberalizado el mercado inmobiliario y que los cubanos podrían comprar propiedades por primera vez desde el triunfo de la Revolución.

Mientras observaba la enorme serpiente humana que danzaba por la calle pensé que no sería extraño que en poco tiempo las cosas en Cuba fueran exactamente igual que en el resto del mundo. Los exóticos vehículos del pasado, esos dinosaurios fabulosos, serían reemplazados por coches modernos, quizá técnicamente superiores pero carentes de alma. Del mismo modo, la riqueza repentina podría acabar de golpe con esa mezcla ecléctica, exótica y única que solemos englobar bajo la etiqueta de arquitectura cubana.

La idea de este libro nació con el propósito de ayudar a las generaciones presentes y futuras, y a los amantes de los coches y de la arquitectura cubana, a apreciar este valioso patrimonio cultural tal y como aparece conservado en una coyuntura tan crítica como la actual. Desde el principio entendí que esta tarea sólo podía recaer en las manos de los mejores. Mi mujer, Elena Ochoa, no sólo apoyó mi idea desde su condición de esposa, sino que además ejerció un papel central en su publicación junto con su equipo de Ivorypress. Desde un inicio formó parte del proyecto el fotógrafo suizo Luc Chessex, que vivió en La Habana en los años sesenta y cuyas imágenes, tomadas entonces, sirven de introducción al libro. También está el Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal, quien me presentó por primera vez el esplendor urbano de La Habana. Y La elección del fotógrafo era casi inevitable. Durante muchos años Nigel Young ha sido un integrante fundamental de mi estudio londinense, empeñando toda su experiencia técnica y su instinto visual en registrar nuestros proyectos. La columna vertebral de este volumen se basa en una poderosa idea propuesta por Mauricio Vicent, nuestro escritor. Tras vivir muchos años en Cuba como corresponsal del diario español El Pais, Mauricio poseía amplias conexiones. Su idea era plantear la estructura literaria a través de la vida y los recuerdos de los propietarios de algunos coches muy especiales, cuyas historias a veces transcurrían a lo largo de varias generaciones. Sus relatos, llenos de color, expresan la fragilidad de la vida humana y son la antítesis de las historias oficiales.

En cierto modo este libro es un testimonio del ingenio cubano que ha permitido que continuara funcionando gran parte de esta vasta flota de vehículos, muchos de los cuales siguen prestando servicio a la comunidad, aunque también existe un puñado de coches clásicos que ha subsistido hasta hoy en un fabuloso mundo paralelo creado por unos propietarios y choferes enamorados de los modelos originales, que han sido fieles a su espíritu y han hecho lo imposible por restaurarlos y devolverlo a su estado primigenio.

En una sociedad en la que la búsqueda utópica de la igualdad absoluta lo tiñe todo de color gris, los brillantes colores de los coches y la arquitectura que le sirve de trasfondo forman un conjunto único y distinto del resto del mundo. A pesar de las limitaciones económicas y de la dura situación de escasez, estos viejos vehículos no sólo han logrado sobrevivir, sino que siguen siendo símbolos de un estatus: unos objetos concebidos para ser exhibidos, de forma que sus detalles más ínfimos logren capturar la imaginación y sean sujeto de discusión y debate entre amigos y vecinos. El marco arquitectónico ofrecido por una calle de La Habana no recuerda demasiado a los arbolados barrios elegidos por la publicidad de los años 50, pero el mensaje que ambos transmiten sigue siendo el mismo. Todo ha cambiado pero todo sigue igual. Porque el primitivo orgullo de la posesión y la necesidad del individuo por sobresalir de la masa siguen estando tan vigentes como el primer día.

Extracto del epílogo de Havana. Autos & Architecture, editado por Ivorypress (2014).

Granma: Los símbolos son sagrados

Pin o broche de homenaje a Salvador Allende.

Pin o broche de homenaje a Salvador Allende.

A propósito del alboroto en torno al anuncio, por Labiofam, de dos nuevas fragancias masculinas denominadas Hugo y Ernesto en honor a las figuras de Hugo Chávez y Ernesto Guevara (Che), el periódico Granma publicó la siguiente nota del Consejo de Ministros de Cuba:

En el Congreso recientemente organizado por LABIOFAM, se incluyó la presentación de dos perfumes que, según declaraciones a la prensa internacional de funcionarios de esa empresa, llevarían como marcas los nombres de “Ernesto” y “Hugo”, en un supuesto “ho­menaje” a los comandantes Ernesto “Che” Guevara y Hugo Chávez Frías.

Los pormenores de esta acción irresponsable fueron analizados a fondo en la noche de ayer, viernes 26 de septiembre, con el director de la empresa y los funcionarios que presentaron el producto, aún en fase de desarrollo, por lo cual no está producido comercialmente ni mucho menos registrado. Quedó esclarecido que no es cierto que los familiares del “Che” y Chávez hubiesen aprobado semejante utilización de sus nombres, como afirmó uno de los funcionarios a la agencia de noticias norteamericana AP.

Por este grave error serán tomadas las medidas disciplinarias que correspondan.

Iniciativas de esta naturaleza no serán aceptadas jamás por nuestro pueblo ni por el Gobierno Revolucionario.

Los símbolos ayer, hoy y siempre, son sagrados.
Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros

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