El fogonero: Trenes rigurosamente vigilados

Imagen tomada de internet.

Imagen tomada de internet.

En El fogonero: Trenes rigurosamente vigilados:

En los años 70 del siglo pasado, Cuba aún era el mayor productor mundial de azúcar. Por el Paradero de Camarones pasaban a diario largos cargueros hacia la Terminal de Azúcar a Granel Tricontinental de Cienfuegos. Eran trenes rigurosamente vigilados.

Aunque la producción de azúcar del país rondaba los 8 millones anuales, el régimen de Fidel Castro la mantuvo siempre racionada. Las guayabas y los mangos se podrían en las matas sin que las familias tuvieran la oportunidad de hacer una mermelada.

Por eso, cuando un tolvero se detenía en el pueblo para esperar que la vía estuviera expedita o cruzarse con otro tren, aquellos olorosos vagones se convertían en una tentación. Si era de noche, las posibilidades de tener éxito se multiplicaban.

Ni siquiera los guardias que viajaban en el cabouse, armados con antiguas carabinas, amedrentaban a los asaltantes. Un jarro de cinco libras era suficiente recompensa. Con eso bastaba para hacer un caldero de mermelada y endulzar el café hasta fin de mes.

En Cruces, una anciana abrió una compuerta de una tolva creyendo que estaba vacía; fue aplastada por 60 toneladas de azúcar a granel. En todos los pueblos de la línea, desde Sagua la Grande hasta Palmira, habían mutilados; todos desoyeron la advertencia de que era muy peligroso asaltar trenes en movimiento.

Estaban rigurosamente vigilados, porque con ellos se pretendía pagar la enorme deuda contraída con la Unión Soviética. Pero cada vez más cubanos se las ingeniaban para abordarlos. Solo querían hacer mermelada, destilar ron casero o asegurar la dulzura de su café.

Nada los detuvo. No los asustaba la posibilidad de perder un brazo o una pierna, tampoco morir. Las propias tolvas parecían alentarlos, en muchas de ellas el régimen había pintado una consigna: “¡Azúcar para crecer!”.

proyecto HICCUP

Edificio Amertec. Imagen tomada de HICCUP.

Edificio AmerTec, en Hialeah, ahora abandonado y vacío. Imagen tomada de HICCUP.

El proyecto HICCUP, con sede en la ciudad de Hialeah del condado de Miami Dade, recién se ha estrenado esta semana y se encuentra ya optando por el People’s Choice Award que otorga el Knight Art Challenge. Para ayudar al colectivo de HICCUP a que lo obtenga debemos enviar un mensaje de texto con los caracteres VOTE2 al número +1-747-444-3548. El texto del mensaje, insisto, deberá decir solamente VOTE2.

Sobre este proyecto pueden leer en su página web, de donde he tomado este fragmento que sirve de presentación:

HICCUP es un colectivo y organización que sitúa a las periferias industriales como centros tanto de prácticas creativas como de teoría cultural. A través de generar “hipidos” pretendemos absorber la creatividad latente en los barrios y canalizar la energía creativa hacia el cambio social positivo. Nuestro objetivo es intervenir en la “doble conciencia” de la ciudad, es decir, en el espacio que distancia por un lado, los ideales de comunidad de la realidad cotidiana, y por otro, como una comunidad se ve a si misma y como la ve desde fuera. Nuestros proyectos emergen del profundo conocimiento investigativo y la experiencia directa de la ciudad y tienen el fin de apoyar el potencial creativo y la sociabilidad de específicos grupos de población.

Exposición de diseño, convocatoria

Convocatoria-Exposición-colectiva-Geo-graficas-2015-02

Exposición colectiva Geo-gráficas 2015, convocatoria:
Esta nueva edición, que tendrá lugar en el primer trimestre de 2015 en La Habana reunirá nuevamente a los diseñadores de la Isla y a los emigrados.

En esta ocasión la exposición acogerá, además de los trabajos que los diseñadores emigrados realizan en sus países de adopción, las realizaciones de diseñadores residentes en Cuba destinadas al sector privado emergente del mercado nacional.

Esta convocatoria está dirigida a todos los diseñadores o estudiantes de diseño cubanos, gráficos o industriales, de cualquier sector, latitud o generación. Los diseñadores de otras nacionalidades que hayan realizado sus estudios en Cuba son bienvenidos.

Como parte de la Exposición colectiva Geo-Gráficas 2015 se presentará una selección de carteles tipográficos realizados por diseñadores de todo el mundo e inspirados en La Habana, a partir de la convocatoria lanzada por el proyecto internacional Showusyourtype, con base en España.

Vea las bases de la convocatoria aquí.

El País semanal: Sueños cromados

Foto 2013

Foto 2013

El País semanal: Sueños cromados

Cada mañana, cuando el sol empieza a calentar la explanada frente al Capitolio de La Habana, se repite un desfile singular en el Kilómetro Cero de Cuba. Un día cualquiera, más de una veintena de coches clásicos americanos de los años cincuenta, niquelados y brillantes, aparcan aquí para convertirse en taxis turísticos. Formidables modelos de Chevrolet, Cadillac, Dodge o Mercury pintados de rosa chicle, verde turquesa, naranja, gris o morado. Muchos son descapotables, como el Buick Super Dynaflow de 1950 de William Hernández, que luce un llamativo naranja, llantas cromadas y tapicería blanca. “Sin techo se puede ver todo mucho mejor y el aire alivia el calor”, dice William. Hemos tenido suerte, está esperando a sus próximos clientes y ha respondido el teléfono. A poca velocidad, no más de 30 o 40 kilómetros por hora, suele pasear a los turistas hasta la plaza de la Revolución, el cementerio de Colón, El Bosque de La Habana y el barrio de Miramar para recurvar, siguiendo la majestuosa línea del Malecón, hasta el punto de salida. “Me preguntan mucho sobre el coche y yo les cuento”, dice. A veces sólo acuden al Capitolio para hacerse una foto. A él no le importa. “Hoy se hacen una foto y mañana, quién sabe, puede que vuelvan para darse un paseo”. La tarifa de una hora son 25 pesos convertibles (CUC), unos 20 euros. Y desde los asientos de estas piezas de museo rodantes se despliega la fascinante belleza destartalada de la arquitectura de La Habana. Un viaje en el tiempo.

“La Habana es un gran museo de arquitectura al aire libre con edificios históricos que han preservado sus estructuras originales gracias a que el boom constructivo que arrasó barrios enteros en otras capitales latinoamericanas en los años sesenta y setenta no llegó a Cuba”, explica la arquitecta cubana María Elena Martín Zerquera, coautora de una de las guías más ambiciosas de la arquitectura habanera, editada por la Junta de Andalucía. En ella se incluyen joyas de una de las épocas más destacables, la primera mitad del siglo XX, con obras de estilo Art Decó, Art Nouveau, Eclecticismo y Movimiento Moderno, edificios que uno, si sabe mirar, descubre durante un paseo por las calles de La Habana. “Hay barrios enteros que guardan todavía el urbanismo, el trazado original de aquella época. El Vedado, Miramar o el Nuevo Vedado, que se levantó prácticamente por completo en la década de los cincuenta, son ejemplos. El Malecón, el Paseo del Prado o la calle Reina son auténticas joyas. Un patrimonio arquitectónico de gran valor que necesita urgentemente un plan de rescate”, dice la arquitecta.

Un legado fabuloso que fascinó a un visitante excepcional, el arquitecto británico Norman Foster, quien en sus repetidos viajes a la isla caribeña también se quedó maravillado con las líneas sinuosas de los coches clásicos. Y nació la idea de documentar este binomio congelado en el tiempo en un libro, Havana, autos & architecture, que ve la luz estos días. Coches y arquitectura. Dos elementos que dan título al libro y que desafían toda lógica temporal, que funden el presente y el pasado de la ciudad y encierran historias que sólo podrían contarse en La Habana. El periodista Mauricio Vicent las ha escuchado a lo largo de los 28 años que ha vivido en La Habana y las relata aquí con mucho detalle. Historias como las de William Hernández, cuyo abuelo fue un inmigrante canario que llegó a ser general mambí y congresista, y cuyo padre, dueño de una vaquería y de colonias de caña de azúcar, se compró en 1951 aquel Buick descapotable que fue lo único que quedó de la fortuna familiar tras la revolución. Hoy da de comer a una familia entera.

La vida media de un coche en Europa es de entre diez y 15 años. En Cuba se calcula que actualmente circulan cerca de 70.000 vehículos estadounidenses producidos antes de 1959, o sea, que tienen al menos 55 años. Muchos de ellos se han convertido en taxis colectivos, una especie de transporte público con rutas fijas que alivian la complicada movilidad cotidiana de la ciudad. Los cubanos suelen llamarlos “almendrones”, en referencia a su forma de almendra gigante, o simplemente “cacharros” cuando ya están muy destartalados. Los más exclusivos y cuidados son, simplemente, “clásicos”. La gran mayoría sigue circulando gracias a múltiples adaptaciones e inventos mecánicos varios. Llevan motores rusos o modernas piezas coreanas. Todo vale con tal de seguir rodando y gastar menos combustible. Pero mantienen lo más visible, su estética, rompedora en su tiempo. Son los sueños lúdicos de grandes diseñadores hechos realidad. Salieron al mercado en un tiempo en el que la aerodinámica, el tamaño, el peso o la eficiencia no importaban.

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El fotógrafo Nigel Young, que documenta desde hace dos décadas la arquitectura de Norman Foster, atrapó estas historias habaneras con su objetivo para el libro, que incluye más de 250 fotografías suyas. Lo que más le llamó la atención fue que tanto la arquitectura como los coches sobreviven como bellos y elegantes recordatorios de un tiempo pasado, mientras satisfacen las necesidades más básicas de alojamiento y movilidad. “Ambos son ingeniosamente parcheados y reparados para seguir siendo útiles”, cuenta el fotógrafo. “En un momento quizás enfocaba una carrocería medio desmontada frente a una elegante villa de estilo Art Nouveau o descubría un improvisado taller callejero, cuyas herramientas y partes de motores se dispersaban a lo largo de una elegante calle. Y mientras enfocaba una soberbia obra arquitectónica, no era extraño que sorprendiera al pasar un antiguo convertible cargado de turistas felices de ser el centro de atención en su taxi del sueño americano”.

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El fotógrafo suizo Luc Chessex llegó a La Habana en la primavera de 1961. Una docena de imágenes en blanco y negro de aquella época abren el volumen. “Entonces la ciudad tenía un rostro mucho más politizado que ahora. En cada esquina había un cartel o una pintura con mensajes políticos y consignas anticapitalistas”, recuerda. “Viví 14 años en La Habana, y en este tiempo, aparentemente, la ciudad se fue durmiendo poco a poco a causa de las dificultades económicas. Pero la gente nunca perdió su chispa, es más, las necesidades despertaron el ingenio. Si algo se rompe, no se tira. Se busca una solución. Y casi siempre la hay”.

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La Habana y el poder de la memoria, by Norman Foster

Havana Autos&Architecture tiene su origen en el viaje que realice a Cuba en la primavera de 2012. Se celebraba la XI Bienal de La Habana, y pasamos bastante tiempo con dos amigos artistas, Marco Castillo y Dagoberto Rodríguez, conocidos como Los Carpinteros. Los Carpinteros habían preparado para la Bienal un espectáculo impactante, ‘La Conga irreversible’. Imaginen una multitud de bailarines, todos vestidos de negro riguroso, desfilando por el centro de la ciudad pero no hacia adelante sino hacia atrás. Mientras fotografiaba aquel extraordinario espectáculo me asaltaron dos fuertes sensaciones. En primer lugar, la perspectiva de la cámara me ofrecía un telón de fondo formado por coches y edificios antiguos, en un torbellino de decadencia detenida en el tiempo que sólo puede encontrarse en la isla.

Cuba es un auténtico museo de coches americanos clásicos, sobre todo de esa Edad de Oro que fueron los años 50, y su color y estado de conservación establecen una sintonía especial con los edificios circundantes, pues ambos han desafiado la lógica y los embates del tiempo.

Mientras mi pensamiento se entretenía con estas imágenes, la segunda impresión que tuve, espoleada por las paradojas de la conga, fue la gran sensación de cambio que flotaba en el ambiente. Así, coincidiendo con nuestra visita nos enteramos de que el Gobierno había liberalizado el mercado inmobiliario y que los cubanos podrían comprar propiedades por primera vez desde el triunfo de la Revolución.

Mientras observaba la enorme serpiente humana que danzaba por la calle pensé que no sería extraño que en poco tiempo las cosas en Cuba fueran exactamente igual que en el resto del mundo. Los exóticos vehículos del pasado, esos dinosaurios fabulosos, serían reemplazados por coches modernos, quizá técnicamente superiores pero carentes de alma. Del mismo modo, la riqueza repentina podría acabar de golpe con esa mezcla ecléctica, exótica y única que solemos englobar bajo la etiqueta de arquitectura cubana.

La idea de este libro nació con el propósito de ayudar a las generaciones presentes y futuras, y a los amantes de los coches y de la arquitectura cubana, a apreciar este valioso patrimonio cultural tal y como aparece conservado en una coyuntura tan crítica como la actual. Desde el principio entendí que esta tarea sólo podía recaer en las manos de los mejores. Mi mujer, Elena Ochoa, no sólo apoyó mi idea desde su condición de esposa, sino que además ejerció un papel central en su publicación junto con su equipo de Ivorypress. Desde un inicio formó parte del proyecto el fotógrafo suizo Luc Chessex, que vivió en La Habana en los años sesenta y cuyas imágenes, tomadas entonces, sirven de introducción al libro. También está el Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal, quien me presentó por primera vez el esplendor urbano de La Habana. Y La elección del fotógrafo era casi inevitable. Durante muchos años Nigel Young ha sido un integrante fundamental de mi estudio londinense, empeñando toda su experiencia técnica y su instinto visual en registrar nuestros proyectos. La columna vertebral de este volumen se basa en una poderosa idea propuesta por Mauricio Vicent, nuestro escritor. Tras vivir muchos años en Cuba como corresponsal del diario español El Pais, Mauricio poseía amplias conexiones. Su idea era plantear la estructura literaria a través de la vida y los recuerdos de los propietarios de algunos coches muy especiales, cuyas historias a veces transcurrían a lo largo de varias generaciones. Sus relatos, llenos de color, expresan la fragilidad de la vida humana y son la antítesis de las historias oficiales.

En cierto modo este libro es un testimonio del ingenio cubano que ha permitido que continuara funcionando gran parte de esta vasta flota de vehículos, muchos de los cuales siguen prestando servicio a la comunidad, aunque también existe un puñado de coches clásicos que ha subsistido hasta hoy en un fabuloso mundo paralelo creado por unos propietarios y choferes enamorados de los modelos originales, que han sido fieles a su espíritu y han hecho lo imposible por restaurarlos y devolverlo a su estado primigenio.

En una sociedad en la que la búsqueda utópica de la igualdad absoluta lo tiñe todo de color gris, los brillantes colores de los coches y la arquitectura que le sirve de trasfondo forman un conjunto único y distinto del resto del mundo. A pesar de las limitaciones económicas y de la dura situación de escasez, estos viejos vehículos no sólo han logrado sobrevivir, sino que siguen siendo símbolos de un estatus: unos objetos concebidos para ser exhibidos, de forma que sus detalles más ínfimos logren capturar la imaginación y sean sujeto de discusión y debate entre amigos y vecinos. El marco arquitectónico ofrecido por una calle de La Habana no recuerda demasiado a los arbolados barrios elegidos por la publicidad de los años 50, pero el mensaje que ambos transmiten sigue siendo el mismo. Todo ha cambiado pero todo sigue igual. Porque el primitivo orgullo de la posesión y la necesidad del individuo por sobresalir de la masa siguen estando tan vigentes como el primer día.

Extracto del epílogo de Havana. Autos & Architecture, editado por Ivorypress (2014).

Granma: Los símbolos son sagrados

Pin o broche de homenaje a Salvador Allende.

Pin o broche de homenaje a Salvador Allende.

A propósito del alboroto en torno al anuncio, por Labiofam, de dos nuevas fragancias masculinas denominadas Hugo y Ernesto en honor a las figuras de Hugo Chávez y Ernesto Guevara (Che), el periódico Granma publicó la siguiente nota del Consejo de Ministros de Cuba:

En el Congreso recientemente organizado por LABIOFAM, se incluyó la presentación de dos perfumes que, según declaraciones a la prensa internacional de funcionarios de esa empresa, llevarían como marcas los nombres de “Ernesto” y “Hugo”, en un supuesto “ho­menaje” a los comandantes Ernesto “Che” Guevara y Hugo Chávez Frías.

Los pormenores de esta acción irresponsable fueron analizados a fondo en la noche de ayer, viernes 26 de septiembre, con el director de la empresa y los funcionarios que presentaron el producto, aún en fase de desarrollo, por lo cual no está producido comercialmente ni mucho menos registrado. Quedó esclarecido que no es cierto que los familiares del “Che” y Chávez hubiesen aprobado semejante utilización de sus nombres, como afirmó uno de los funcionarios a la agencia de noticias norteamericana AP.

Por este grave error serán tomadas las medidas disciplinarias que correspondan.

Iniciativas de esta naturaleza no serán aceptadas jamás por nuestro pueblo ni por el Gobierno Revolucionario.

Los símbolos ayer, hoy y siempre, son sagrados.
Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros

La Habana elegante: Resonancias desde la piel de la manzana roja

Souvenir hecho en la URSS. Comercializado a finales de los años 1980s en Cuba. Foto 2013.

Souvenir hecho en la URSS. Comercializado a finales de los años 1980s en Cuba. Foto 2013.

En La Habana elegante: Resonancias desde la piel de la manzana roja, por Emerio Medina:

Si uno se detiene un poco a examinar lo que nos quedó de la presencia rusa en Cuba, descubriría que estamos rodeados por elementos imprescindibles y variados: medios de transporte, tecnología, vocabulario, nombres propios, cultura cinematográfica, ciertos íconos culturales, abundante literatura impresa (basta revisar los estantes de una biblioteca pública o las colecciones privadas de muchísimos lectores). Para la mayoría de los cubanos de más de 30 años hoy es imposible recordar sus años jóvenes sin evocar un radiorreceptor Rodina o Selena, un televisor Krim o Elektron, una bicicleta Chaika o librosUkrania (más conocida como XBЗ), una cámara fotográfica Zenit o FED, un tocadiscos Ilga, una grabadora VEF o Radiotejnica, las revistas Unión Soviética, Spútnik y Mujer Soviética, un automóvil Lada, Moskvich o Volga, un camión KamAZ, ZIL, GAZ o KpZ, una motocicleta Verjovina, Karpati, Vosjod, Ural, Dniéper o Júpiter, un reloj-pulsera Slava, Raketa o Poljot, un despertador Zariá, una guagua LAZ o PAZ, una lavadora Aurika, una batidora cuya marca nadie nunca supo, un equipo de aire acondicionado BK, una plancha eléctrica de nombre impronunciable, un osito de peluche, una jaba plástica, una escoba del mismo material, un ventilador Orbita inolvidable (se descocotaba, y entonces había que amarrarle el casco del motor con un alambre, y luego se calentaba y el plástico se derretía; se quedaba chamuscado y negruzco pero nunca dejaba de funcionar). Sería imposible privar a la mayoría de los cubanos de una memoria histórica tan fuerte como ésa. (1) Todas las libretas de la escuela se forraban con páginas de la revista Unión Soviética, que eran algo así como el forro ideal por la calidad del papel y los colores de las láminas. . . . El público lector, que tuvo total acceso a las producciones de las editoriales Mir y Progreso en los años setenta y ochenta, recuerda y conserva las colecciones de la época: Ráduga, Planeta. Todavía hoy, a más de veinte años de la caída de Moscú, una gran parte de los cubanos sigue añorando los años en que los dos países compartían un sistema social. Eso es inevitable, si se tiene en cuenta que durante treinta años los cubanos vivimos bajo una influencia total del país soviético. Era imposible, pues, acceder a otra cosa que no fuera un producto de origen ruso: comida (toda clase de enlatados, aceite, granos, arroz, jugos, fórmulas infantiles, harina, pescado, compotas, leche) (3), ropa, efectos eléctricos (prácticamente en exclusiva), publicaciones, películas, series televisivas, automóviles, tecnología en general, materias primas, comunicaciones, equipos de transporte marítimo, aéreo y terrestre. Esa inundación en exclusiva del mercado interno cubano creó una rusomanía tácita que nos dejaría sus huellas para siempre (4). Hoy se puede decir, por ejemplo, que tenemos más de trescientos nombres cubanos modernos que se originan en nombres y sonoridades rusas (5). . . .

Pero hubo un grupo importante de generaciones de cubanos que no solamente recibieron la influencia indirecta de una cultura tan lejana, sino que tuvieron la experiencia de primera mano porque, simplemente, vivieron en la Unión Soviética durante una parte importante de su vida: la primera juventud, esos años imprescindibles de la formación profesional. A ese grupo me referiré, en general, y tomaré mi experiencia personal como ejemplo para ilustrar el impacto que pudo haber causado en un joven de 18 años la exposición a la vida en Rusia o en alguna de las repúblicas que integraban la Unión. Hablaré de eso, y a la vez trataré de hurgar en las posibles influencias de ese impacto en un futuro escritor, como es mi caso.

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The Paris Review: Yanet’s Vintage Emporium

Bombonera de porcelana. Foto tomada en el 2012 en el Vedado.

Bombonera de porcelana. Foto tomada en el 2012 en el Vedado.

En The Paris Review: Yanet’s Vintage Emporium, por Julia Cooke:

. . . every surface in Yanet’s home is coated with objects waiting to be lifted, appraised, perused, felt—at least an afternoon’s worth. So I browse the waist-high tables and rich wood armoires with rows of cut-crystal wine and port glasses, mod carafes with faded metallic polka dots, kitschy ceramic table lamps painted with bright pastoral scenes, and patterned blown-glass globes that once held water and fish. Technically, it’s not legal for any of these objects to be sold. Only the Cuban government can buy and sell goods in Havana. But “Five-cent Yanet,” as she’s known among the city’s connoisseurs of inexpensive antiques, has been operating mostly illegally for more than a decade and, if all goes to plan, will keep at it until she passes the business on to her daughter the way she inherited the trade from her dad.

There’s no sign in front of Yanet’s, nothing to signal that hers isn’t just another apartment. I lived in Havana for a year without visiting Yanet’s; the women I knew who shopped there never shared her address with me. Besides, my desire to visit waned once I learned I wouldn’t be able to take any furniture or design objects out of the country when I left. In bureaucratese, officials call Cuba’s affliction a “scarcity of objects” and limit what leaves the country to two suitcases. Foreigners like me may leave accompanied only by what we brought in and, if we get the right permits, contemporary art. Locals must divest themselves of the accumulation of lifetimes, give to family and neighbors or sell. So Cubans who’ll soon head into the Rest of the World arrive at Yanet’s door cradling cardboard boxes with their 1950s martini glasses, a grandmother’s lamp, the ice-cream dishes that their parents used to serve sundaes in at the Hotel Riviera, all sold to raise money for what waits on the other side of the one-way plane ticket.

Yanet ambles through her apartment as I browse, lifting her flip-flops high off the red and green tile floor as she walks the bare paths through the encroaching cliffs of glasses and lamps on either side of her hallway. She is the duchess in her domain, and based on what you pick out, she can point you toward something else you might like, which is usually buried behind a mountain of mismatched plates. If, that is, she is paying attention, which is infrequent. She opened the door to me and the friend who brought me here and then sat right back down on the stiff sofa just inside the front door, gossiping and smoking cigarette after cigarette with a neighbor who’d stopped by, her short brown ponytail bouncing with every laugh. Then she was in the dining room wrapping just-purchased breakables in scraps of Granma, the Communist Party newspaper. Now that the sale is completed, she’s on the phone in the kitchen, leaning into the doorframe and twisting the cord around her pinkie.

Yanet’s covert customers are Havana’s aesthetes. Owners of upscale paladares, in-home restaurants, pop in for stylish two-dollar daiquiri glasses. Artists and musicians, the cultural elite, pick up birthday gifts for friends. The foreign diplomats who arrive in newish cars, their black license plates marking them as important sorts, park a few blocks away and approach Yanet’s on foot—with their specific, easily legible plates, they don’t want to call attention to Yanet, who hides behind only a sheen of legality. She has a state license to work as a set designer, for which she pays a monthly tax of about ten dollars. “I just design with old things,” she tells me with a shrug. But Yanet hasn’t worked on a play in years, and her job, apartment, and everything in it relies on the discretion of her customers. Attachment to the material and the beautiful is fleeting in Havana, breakable.

And here’s the thing about nearly everyone who shops at Yanet’s: they’re all people who’ve chosen to live in Havana. Her customers are locals who have eked out privilege and chosen to stay, not leave. . . .

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borrador

Borrador de pizarra. Imagen tomada de internet.

Borrador de pizarra del Ministerio de Educación. 1980s. Imagen tomada de internet.

Cuando pienso en el entorno material de la casona neoclásica en la que recibí las primeras lecciones escolares, lo primero que me viene a la mente son los bolígrafos desechables con que nos obligaban a escribir en primer grado, el franelógrafo que los profesores no querían utilizar, el radio que una vez a la semana instalaban a la entrada del aula y desde donde escuchábamos la clase de educación musical con sus odiosos ejercicios de vocalización, la merienda que invariablemente alternaba torticas de morón, masas reales, marquesitas y galleticas dulces siempre acompañados de una botella de refresco, las bandejas de aluminio en que nos entregaban, a través de una mugrienta ventanilla, el almuerzo que nunca me atreví a probar, y el borrador verde con el mapa de Cuba dibujado a relieve, destacado aún más por efecto del polvo de tiza que en él se acumulaba. De todos ellos, el único objeto que siempre me acompañó en mi paso por cada una de las aulas en las que me senté –en la casona neoclásica donde cursé la primaria, en la que luego fue mi secundaria, en el preuniversitario, y aún en la universidad– fue el borrador verde, que sólo dejé de ver cuando en el Aula Magna de la Universidad de La Habana recogí mi título de Licenciada.
Era éste un objeto de construcción bastante simple. La felpa que borraba estaba dividida en franjas, que el encofrado de plástico mantenía apretadas y que, aún así, tendían a abrirse y separarse con el uso, que también hacía que el plástico verde acumulara melladuras. Hace tiempo que abandoné las aulas, pero durante casi dos décadas me acostumbré a los rastros de tiza en forma semicircular que solía dejar en las pizarras, o los nítidos surcos de humedad que producía cada vez que se mojaba.

Cuba soviética

Kikos plásticos. Imagen tomada de Facebook.

Kikos plásticos. Imagen tomada de Facebook.

Recién me tropecé, en el foro de Yahoo, con la pregunta ¿que me dicen de esto los cubanos que ya peinamos canas? Quien hace tres años la publicó, identificándose como davidbosnioagain, acompañó su pregunta con varios ejemplos, cada uno con su consiguiente valoración personal, que por su estrecha relación con la materialidad reproduzco en esta página:

- Las escuelas al campo. (horribles!)

- Las colas para comprar los zapatos en ‘Primor’ con la libreta que era
A, y mi mama A1, o C4, y mi prima B2; y tu qué letra eras?; (de madre!)

- Los turnos por teléfono para comer en el Emperador; La Carreta,
Monsigneur, El Conejito, el restaurant Moscú, La Torre, (tenian su
cosa!)

- La durísima y sin igual Playita de 16; (no, que no?)

- Las vacaciones en Varadero y la posiblidad de ir y virar en el día a
Varadero (fuiste?)

- Y almorzar en el Cochinito y no gastar mas de 6 pesos por persona,
(coño de lo último no me acuerdo)

- O Santa María en el refuerzo de guaguas una detras de otras, pasarte
el dia y gastar 40 ctv. (realmente esto no lo hice nunca, nunca?)

- Las meriendas en el Potín y en el Carmelo de Calzada o de 23 (eso
SIEMPRE…siempre)

- Y aspirando para dar La Vuelta a Cuba, los países socialista por 250
pesos por persona, a los cayos de Cuba, (tu si?)

- Yo conocí la espectacular 190 que traía a las maravillas del mundo en
el piquete de estudiantes de la Cujae; también la 37, la 114, la 24,
la 1, la 85, la 7, la 107, la 98 y la 198. (oye esto a mi no me
gustaba ni un poquito, chico que cosa mas grande caballero!)

- Tomé en el Coppelia, Soldadito de Chocolate y el suero de Vainilla
Chip que tenía en el fondo los trocitos…….., Sunday, Copa Lolita con
flancito y Tres Gracias con barquillitos, sirope y merengueee, y las
ensaladas de 5 bolas grandessssssss. (llegabas con la lengua afuera
despues de tanta cola, pero… que ricooooooooooooo el helado no?)

- Mi mamá me regaló un radio Vespa, ‘y un reloj Poljot, tuve un radio
Meridian.

- Y qué me dicen de las quillas a los pantalones para hacerlos campana.
(quien no los tuvo?)

- Todos van a recordar la camisa de mangas largas que nos dieron en el
módulo para la Escuela al Campo y nos bordaron en la espalda, diciendo
‘…..busca un amor, para tu vida…..’ o ‘…..Anduriña dónde
estás….’, ¿se acuerdan? ¡¡¡¡Qué onda!!!!!

- Y los famososssssss tenissss que hoy son el último grito de la
modaaaaaa viraditos hacia arriba

- Y los zapatos plásticos, los kikos????

- Y qué me dicen de las manhatannnnnn, ñoooooo

- Y del juego de pantalón y chaqueta Jiquí, y de las camisas Yumurí (las
tostenemos).

Sobre los Kikos plásticos, imagen que encabeza este post, he escuchado en Facebook:

kikos plasticos recuerdos de antano para los cubanos fb copy

la propiedad privada, la revolución, y la condesa de Revilla de Camargo

anillo rosita

Cuando hace pocos años llevé a mi hija a visitar el Museo de Artes Decorativas de La Habana, la guía que nos mostró la exhibición (gracias a la gestión personal de su abuela paterna) reprochó a la antigua propietaria del inmueble el que, al verse forzada a abandonar el país en 1959 a causa de los radicales cambios políticos que por entonces acontecían, hubiera escondido en el sótano de su mansión parte de sus joyas y objetos de valor. Se regodeó asimismo esta empleada contándonos la suspicacia de uno de los agentes del gobierno que intervino el inmueble, gracias a la cual los tesoros de la condesa eran ahora exhibidos como parte de la colección del museo. Sentí pena entonces por quien escondió, en medio de la prisa y la inseguridad, parte de su patrimonio, en un fútil intento por salvarlo del pillaje y la desgraciadamente inevitable expropiación.

La semana pasada Antonio José Ponte me hizo llegar la información y copia de una entrevista que la revista Vanity Fair hiciera al modisto Hubert de Givenchi, en donde éste menciona a la condesa cubana. Aparece aquí retratada la señora como una aristócrata excéntrica y avara, que se hacía acompañar en sus visitas al atelier del famoso diseñador por una empleada encargada de cargar dos bolsas con sus joyas personales. No pude dejar de asociar la descripción de Givenchi con la anécdota contada por la empleada del Museo de Artes Decorativas de La Habana, y nuevamente sentí mucha pena por ella.

revolución, turismo y tradición

Diseños de Gonzalo Córdoba exhibidos en Cuba en el 2004.

Diseños de Gonzalo Córdoba exhibidos en Cuba en el 2004.

En Hecho a mano en Trinidad de Cuba, libro de Cristina González Béquer (E&A Editions 2013):

En el año 1959, cuando la Comisión Nacional de Turismo se convirtió en el INIT (Instituto Nacional de la Industria Turística) algunos especialistas fueron a conocer y a valorar la obra de los artesanos trinitarios. Una exposición, que debe haber tenido lugar a inhales de ese año o a inicios del 60, recogió los resultados de la pesquisa y del trabajo directo con los artesanos para conseguir piezas de gran calidad. Por ese tiempo, dos arquitectos, Gonzalo Córdoba y María Victoria Caignet, ambientaron las cabañas del Motel Las Cuevas utilizando piezas de artesanía local. Las bases de las lámparas se hicieron en Los Hornos de Cal y fueron modeladas siguiendo los patrones que, unos años antes, habían aprendido los alfareros trinitarios de Amelia Peláez. Las pantallas fueron tejidas de carey, lo mismo que las empleitas con las que crearon vistosas esteras. Más tarde, por obra y gracia de esos pesquisajes, se mezclaron y se estandarizaron las manualidades en todo el país y se formó una mezcolanza de artesanías que impediría, por largo tiempo, reconocer las tradiciones locales.

A mediados de la década de los años setenta, Córdoba y María Victoria regresaron a Trinidad para realizar la ambientación del hotel que se construía entonces en la playa de María Aguilar y que se llamó Costa Sur. . . . Lorenzo Urbistondo y Aurora Mesa, que fueron los diseñadores designados para esa tarea, . . . recorrieron casas y patios trinitarios, visitaron el taller de alfarería de los Santander y conocieron a mucha gente anónima –que seguía trabajando en pequeña escala– con el propósito de utilizar sus obras en los espacios del hotel. Por ejemplo, los pañuelos de malla de Enriqueta Medina, hermana de Merceditas, iban a ser enmarcados para presidir los dormitorios. Llegaron a realizar el diseño para estampar un tejido, cuyo dibujo imitaba las ensaladillas que habían encontrado en las camas trinitarias. Con ese tejido proyectaron la elaboración de las sobrecamas del hotel.

La premura pro inaugurar el hotel hizo que estos proyectos decorativos nunca llegaran a realizarse. Las sobrecamas definitivas fueron de chenille, como las de todos los hoteles cubanos de esa época. (pp. 71-74)

labores de hilo y estambre

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En Hecho a mano en Trinidad de Cuba, libro de Cristina González Béquer (E&A Editions 2013):

Solamente las dos agujas, que no habían sido tan populares en el pasado, cobraron un protagonismo enorme en los primeros sesentas. Esto se debió, seguramente, a la ausencia de ropas de abrigo en el mercado, que ya comenzaba a limitarse, y a una verdadera arribazón de bolas de estambre chino que, según llegaban, se convertían en chalecos, suéteres y, sobre todo, medias para la escuela. No he olvidado nunca la marca de aquellos estambres: Hilo de lana infantil pareja d e mariposas doradas. (p. 15)

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la política, sus símbolos y el comercio

Brazalete del 26 de julio.

Brazalete del Movimiento 26 de julio. Años 1960s.

Luego de que el registro cubano de la propiedad industrial recibiera”una avalancha de solicitudes para patentar productos que llevaran las insignias revolucionarias” (p. 114), el 4 de marzo de 1959 el periódico Revolución anunció, en la primera página, mediante una nota del Movimiento 26 de Julio, “que no se le concederían derechos de marca registrada sobre los símbolos revolucionarios a ninguna entidad lucrativa” (nota número 5 de la p. 114, en Pérez-Stable, Marifeli. 2008. La revolución cubana. Orígenes, desarrollo y legado. Madrid: Colibrí. Original en inglés publicado en 1993).

Duanel Díaz entrevistado por Gerardo Fernández Fe, fragmentos

Foto 2013.

Foto 2013.

Gerardo Fernández Fe entrevista, en Diario de Cuba (Una daga entre pingüinos congelados) a Duanel Díaz Infante, a propósito de su último libro, La revolución congelada: Dialécticas del castrismo (Verbum, Madrid, 2014). Los dejo con algunos fragmentos:

P: Entre 1959 y 1970, eso que llamas “periodo romántico de la Revolución Cubana”, se genera una fascinación estética hacia el evento revolucionario; “la más acabada obra artística”, según Luis Pavón. Y aquí volvemos al tópico francés y ruso de que la poesía, la belleza, están en la calle…

R: . . . Cuba no fue en eso una excepción. Ya desde antes del corrimiento hacia el comunismo, era obvio que la diferencia entre la democracia representativa del antiguo régimen y la “democracia directa” del nuevo equivalía no solo a la diferencia entre lo formal y lo real, sino también al contraste entre lo ordinario y lo sublime.

Hace poco, hojeando el libro Gobierno revolucionario cubano. Primeros pasos (Editorial de Ciencias Sociales, 2009), descubrí un detalle revelador. Para la concentración popular que se celebró a raíz de los sucesos de Huber Matos, Castro había mandado que se construyera un puente sobre la entrada del túnel de la Bahía, con el propósito de que la multitud reunida ocupara sin interrupciones desde la terraza norte del Palacio hasta el Malecón. Ello requirió los servicios de varias carpinterías de la ciudad, pero la idea de Castro iba más allá.

Cuenta Luis M. Buch que “En la madrugada del domingo 26 de octubre, [Fidel] visitó las obras en un jeep; interrogó sobre la posibilidad de retirar provisionalmente los árboles de la Avenida de las Misiones para lograr una completa visibilidad de la multitud, pero lo convencieron de que eso era muy difícil y pondría en peligro la vida de los árboles” (p. 294).

Buch incluye esto en una nota al pie, como un detalle anecdótico, pero me parece sumamente significativo de ese kitsch revolucionario de 1959 donde la visión sublime de la masa concentrada y la sed de sangre de la “justicia revolucionaria” son inseparables. Ese fue el acto donde Camilo Cienfuegos recitó los versos de Byrne y la masa pidió, una vez más, “Paredón”.

P: Es sintomático que a partir del año 2000 se produzcan los trabajos fotográficos de Polidori, Moore y Eastman, quienes, cada uno a su manera, se centran en edificios viejos, en autos antiguos, en ruinas, todos de la etapa previa a 1959, en una evidente restauración de una estética que se supondría dejada atrás gracias al empuje de la Revolución…

R: En efecto, aunque ya en los noventa salen los primeros catálogos de fotos, algunos estudiados por Ana Dopico en su ensayo “Picturing Havana”. Me parece que esa estética de la ruina comienza de algún modo con el documental Havana de Jana Bokova, de 1990, en los umbrales del “periodo especial”. No es casual que ahí aparezca una entrevista a Arenas; él fue de los primeros que llamaron la atención sobre la decadencia de La Habana, en sus notas y ensayos escritos en el exilio.

Me interesan Polidori, Moore y Eastman porque en ellos es donde mejor se ve la tendencia al desplazamiento de las personas del primer plano: si en los 60 aparecen las multitudes y los retratos de héroes, en los 90 las cosas, humanizadas por los años de uso. No es restauración de una estética, sino una estética nueva, que la revolución ha hecho posible al sacar a Cuba del mercado capitalista cuatro décadas atrás. Un carro americano, por ejemplo, no tiene el mismo valor estético en los 50, cuando era nuevo, que en los 90, cuando es una reliquia. Solo ahora tiene aura, en el sentido de Benjamin; devuelve la mirada.

P: Y ahora, nada menos que en 2014, se tiende a recomponer lo que en 1968, tras la Ofensiva Revolucionaria, se consideró que se debía suprimir para siempre. Y no me refiero solamente a objetos, a oficios, sino a cierta simbología.

R: Por cierto, hace algunos años en un programa de historia del Canal Habana que se llama o se llamaba “Como me lo contaron”, se habló de la Ofensiva en unos términos bastante críticos. Algo así como: “Mira que ocurrírsele a alguien cerrar los bares y los cabarets en este país…”

El año pasado reabrieron el Sloppy Joe’s, que justamente fue cerrado cuando la Ofensiva. Las paredes están llenas de fotos que ilustran la historia del local, los personajes célebres que pasaron por allí. También se detallan los avatares de la célebre barra de caoba, de la que solo consiguieron recuperar uno de los trozos. Hay en esto, me parece, algo simbólico: es imposible recomponer el precioso jarrón que se rompió en 1968: los oficios, las tradiciones, el estilo que aun sobrevivía; no dentro del orden de cosas actual.

En cuanto a simbología, otro buen ejemplo es la restauración del Capitolio, que está en curso. Vicente Echerri ha llamado la atención sobre un pasaje del libro de Aldo Baroni Cuba, país de poca memoria, donde se describe el gobierno de los “cien días” como “una vergonzosa conga de excesos y raterías en la que el Capitolio se vio obligado a calzar alpargatas y a desgarrarse en lúbricas contorsiones los últimos jirones de su toga deshecha”. Cuenta el periodista italiano que “150 de los acólitos de Grau vivían materialmente en el Capitolio, transformando los salones en dormitorios, los divanes en camas y las mesas bellamente talladas en pesebres”.

En 1959, el Capitolio no fue saqueado; peor aún, fue desconocido. La sede de la legislatura se había movido a otro lugar, que no era un lugar porque pretendía ser todo: el pueblo mismo. A fines de 1960, en sus jardines se celebró una “Feria de la Vaca” que comprendía “cientos de pabellones artísticamente decorados, tómbolas, quioscos, exhibiciones fotográficas murales” (Bohemia, 23 de octubre de 1960). En 1976, hubo otra exposición, “Logros de la ciencia y la técnica soviética”, con camiones, tractores y hasta una reproducción de un spútnik.

Como una anciana inútil a la que se encomiendan labores de poca monta, lo que fuera sede del Senado y de la Cámara de Representantes, quedó para museo. Pero no museo de la República, sino de una historia ajena a las leyes y las constituciones: la de la naturaleza. Ahora quieren restaurar el edificio, eliminar las modificaciones que sufrió cuando fue sede de la Academia de Ciencias, para que sesione allí la Asamblea Nacional. Simbólicamente, es una vuelta a la República, pero sin un reconocimiento del desastre que fue su desmontaje. Se vuelve a la forma, no al contenido. Cuando se instale ahí el Parlamento, el edificio estará más vacío que cuando contenía fósiles, esqueletos de dinosaurios y pingüinos disecados.

P: Curiosamente todo confluye en que, con esos “objetos de melancolía” y ese “turismo revolucionario” de nuevo tipo, pasado por agua, desleído, La Habana sea hoy en día una de las capitales más fotogénicas del mundo.

R: Lo fue en 1959, en la aurora revolucionaria, con los barbudos y las grandes concentraciones de masas. Y lo vuelve a ser a partir de los 90, gracias a esa curiosa “simultaneidad de lo no simultáneo” que ha provocado, paradójicamente, la revolución. Aunque, bien mirado, es solo ahora, en el crepúsculo revolucionario, que la ciudad misma está en primer plano. En 1959 no era La Habana lo que atraía la mirada, sino todo aquello que, por así decir, la amenazaba, la eclipsaba, la tapaba: las grandes concentraciones de masas que ocupaban calles y plazas, la invasión de esa rusticidad sobre una ciudad cosmopolita y disipada que recordaba, desde luego, la toma de Roma por los bárbaros.

Penúltimos Días: Dos “riflexiones” de Héctor Zumbado

 

Cucharas plásticas de los años 1980s.

Cucharas plásticas de los años 1980s.

En Penúltimos Días:

Dos “riflexiones” de Héctor Zumbado

La cuchara

Hoy hablaremos de la cuchara. Los datos que tenemos a mano dicen así, textualmente:

“Cuchara viene del latín cloclea, que quiere decir concha. Es un instrumento que se compone de una palita cóncava y un mango y que sirve para tomar la comida y llevar al interior de la boca sustancias líquidas, caldosas, blandas, etcétera.
”La forma ha variado muy poco desde los principios de la civilización. De los tiempos prehistóricos se encontraron ya en los palafitos suizos algunas escudillas de madera, con mango, que pueden ser consideradas como cucharas. También se hallaron en el período neolítico cucharas de barro, con mango corto, a veces arqueadas o con mango largo y puntiagudo. De esta misma forma se descubrieron cucharas en la ciudad de Troya y en Chipre, procedentes de la edad de bronce.
”En la Antigüedad clásica se hicieron cucharas de piedra, de madera, de hueso, de marfil, de toda clase de metales y hasta de cristal. Sus dimensiones variaban según los usos y las había tan pequeñas como las que se usan hoy para tomar la sal del salero.
”En Egipto se encontraron cucharas con mango de forma muy variada. En Tebas se encontró una cuchara de madera que por su ornamentación recuerda un loto. En Cícico se hallaron dos cucharas con el mango en forma de pie de ciervo; otra, que se guarda en el Museo británico, tiene un mango con un delfín enroscado a una rama.
”En la Edad Media las cucharas de madera eran preferiblemente de boj, por su dureza, y de enebro, por su buen olor. Desde el siglo XIV se hicieron cucharas portátiles con mango plegable.
”La Iglesia empleó cucharas con un agujero para purificar el vino destinado a la consagración.
”Existen cucharas para grajeas, para limonadas, sopas, frutas en almíbar, café, compotas, helados, etcétera.
”Hay cucharas, cucharillas, cucharitas y cucharones…”

Hasta ahí los datos, que parecen demostrar dos cosas: primero, que la cuchara es tan vieja como la sopa de ajo; y segundo: que no hay una sola cuchara, sino varias.
En fin, todo esto que ha parecido una densa y espesa conferencia sobre la cuchara, tiene cierta vinculación con un incidente que experimentó hace poco un amigo mío, arqueólogo e historiador por más señas.
Cuenta que estaba disfrutando de sus vacaciones en Guanabo, en trusa, las canillas al aire, la brisa del mar, las refrescantes olitas, el aceite bronceador, la blanca arena, el ardiente sol, los kicos plásticos, la grata compañía, en fin, el vacilón de las vacaciones.
Me dice que a media mañana sintió, de pronto, el urgente deseo de tomarse un yogurt. Que fue hasta una cafetería; que pidió el yogurt; que le dieron uno delicioso, de sabor de fresa, cremoso y rosado, helado y apetitoso. Lindo yogurt.
Dice que el pomito aquel, refrescante, cremoso y sabrosón, estaba casi congelado. Que al llevarlo a la boca no pasó nada, el yogurt no salía. Que abrió de nuevo la boca, esta vez con la cabeza echada hacia atrás, los ojos mirando al cielo, el pomo vertical y nada. Que sacudió el pomo; que le dio por abajo con la palma de la mano; que lo golpeó por los costados; y nada.
Relata que se sentía salivando como los perros de Pavlov ante la señal rosada y refrescante del yogurt. Estaba ansioso y desesperado, frustrado y al borde de la histeria.
Y entonces (porque el hombre se crece ante las situaciones difíciles) pidió una cuchara.

–– ¿Una cuchara? –respondió la dependiente, perpleja ante el insólito pedido y como herida en su sensibilidad– ¿para qué tú quieres una cuchara mi’jito, si el yogurt se toma directo?

–— Porque no sale –dijo él, sacudiendo el pomo bocabajo, en demostración fehaciente de la categoría filosófica de lo objetivo.

Y le trajeron una cuchara, la cual se negó rotundamente a entrar en el pomo porque el ancho de la misma era mayor que el diámetro del mismo. Entonces, cometió un grave error. Pidió otra cuchara.

–– ¡Otra cuchara! –contestó alarmada la dependiente, en tono que hizo temblar a todos los usuarios–. ¡Mi’jito, lo tuyo es mucho! ¿Qué culpa tengo yo de que la cuchara no entre en el pomito?

El vacacionista–arqueólogo–historiador dejó el yogurt sobre el mostrador y se fue hacia el mar, pensativo y silencioso, recordando las cucharas del período neolítico, las halladas en Tebas y en Egipto, la del Museo británico con forma de delfín, las de madera de boj y enebro de la Edad Media, las descubiertas en Troya y en Chipre procedentes de la Edad del Bronce…
Cabizbajo, clavó la mirada en la arena, y se preguntó: ¿Dónde hallaré una cuchara que entre en mi yogurt?

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El vasito infinito

La categoría de infinito es algo difícil de explicar, es una cuestión compleja, una noción que el hombre, desde que empezó a filosofar, ha tratado de atrapar, definir, enmarcar, precisar.
Ya en los tiempos de Aristóteles y Platón en la vieja Grecia, los dos filósofos que tanto aportaron para confundir a la humanidad por unos cuantos siglos, se planteaban el problema de lo infinito y nos imaginamos las caras que pondrían, la mirada perdida en el horizonte, yéndose en blanco hacia las estrellas, mientras se preguntaban ¡ah, lo infinito! ¿qué será lo infinito?
Gracias a los profundos troques iniciales de estos dos grandes filósofos de la Antigüedad, con el tiempo, otros filósofos llegaron a decir cosas como estas: “lo infinito es el intervalo entre el ser y el no ser.”
¿Fácil, verdad? Jamón. El intervalo entre el ser y el no ser. Es decir, la distancia entre lo que es y lo que no es, eso es lo infinito. ¿Fácil? ¡Que lo explique Aristóteles! Primero entiendo el sistema de bonos de la libreta de productos industriales que esa extraña matraca del intervalo entre el ser y el no ser.
En otras áreas del pensamiento humano el concepto de lo infinito también ha sido trajinado. En las matemáticas, por ejemplo, esa ciencia exacta que todo lo precisa con exactitud –y por eso se llama así– la solución que le dieron al problema fue expresarlo nada menos que con un ocho acostado, que viene siendo un signo más o menos así: \infty
¡Geniales que son las matemáticas! A quién, sino a alguien con imaginación matemática, se le podía haber ocurrido una solución tan sencilla para expresar una cosa tan compleja como el infinito. Acostar un ocho y ya. ¿Qué otra cosa puede ser lo infinito, sino un ocho acostado? Eso lo entiende cualquiera. Sobre todo, cuando se da la siguiente explicación:

1 multiplicado por 0 = 0

Pero 1 dividido entre 0 = \infty (un ocho acostado horizontal, dormido, como los frijoles de la Bodeguita del Medio).
La geometría, por su parte, también da su explicación diciendo que “se da por sentado que las líneas paralelas son infinitas”, explicación que se entiende bastante si uno se monta en La Habana, en un tren que vaya hacia Santiago de Cuba. ¡Esas paralelas parecen que no se acaban nunca!
A su vez, los diccionarios –que a veces sirven para lo que fueron diseñados– dicen que lo infinito es “lo que no tiene fin; lo muy numeroso, grande y excesivo en cualquier línea”.
Y partiendo de ahí, que es una definición bastante comprensible, ya podemos reflexionar mejor acerca de lo infinito, yéndonos hacia los planos objetivos del diario acontecer.
Tomemos, por ejemplo, estos vasitos de cristal que andan por ahí. Realmente, son unos vasitos bonitos, de cristal, achataditos y algo gorditos y con un diseño bastante aceptable.
Los vasitos andan por ahí, continuamente, inacabablemente.
Aparecen por ahí en infinidad de contextos. Están como omnipresentes en el tiempo y en el espacio.
Surgen en los bares de lujo, de medio lujo, de poco lujo y de antilujo. Contienen ron collins, cuba libres, martinis, cerveza, agüita mineral Ciego Montero, daiquirís, etcétera. Ahí cabe cualquier coctel del mundo aunque haya sido diseñado para otro vaso o para una copa. Este vasito es all–around, olímpico.
En el mismo vasito que aparece en bares, roneras, pilotos, tiritos, ranchones de la playa. Está presente también en las mesas del restaurante y en el mostrador de la cafetería o de un ten–cent.
Se le ve en oficinas, viceministerios, talleres automotores, centros de cálculo, terminales de ómnibus, secundarias en el campo, cortes de caña, playas, líneas de producción, fábricas de cemento, hospitales, centrales azucareros y albergues INIT.
Asoma por todas partes, es inacabable en su presencia, trasciende hacia el hogar, se cuela en la cocina, sustituye las tacitas de café y los búcaros con malanguitas. Brota encima de un escaparate, ahuyentando las malas influencias; en el baño, con el cepillo de dientes; y en la mesita de noche, con los dientes…
Es lo infinito.

Vaso irrompible hecho en la URSS, conocido como "vaso ruso".

Vaso irrompible hecho en la URSS, conocido como “vaso ruso”.

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