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Distintivo de la Unión de Pioneros Cubanos
Distintivo de la Unión de Pioneros Cubanos

Distintivo de la Unión de Pioneros Cubanos. Principio de los setentas.

Cuando el Instituto de Investigación y Orientación de la Demanda Interna (ICIODI) rediseñó el uniforme de la enseñanza primaria y secundaria media, a mediados de los setentas, ya había diseñado los distintivos que identificaban los diferentes puestos y responsabilidades dentro de la organización y había reglamentado su uso:

  • responsable de cultura
  • responsable del rincón martiano
  • responsable del mural
  • sanitario
  • coleccionista(?) natural
  • responsable de ahorro y mantenimiento escolar
  • responsable de trabajo
  • responsable de filatelia
  • responsable de deportes
  • trabajo docente

Posteriormente, el 4 de abril de 1977, Raúl Castro anunció que la Unión de Pioneros de Cuba (UPC) se llamaría Organización de Pioneros José Martí (OPJM) y llevaría por lema la consigna «seremos como el Che».

 

Alguna vez yo también usé uno. No eran más que un pedacito de papel que había que platicar. El mío lo llevamos a platicar con un señor mayor que operaba un aparato rústico, de factura casera, tras un mostrador en una esquina de avenida 23 y la calle H o I. Mi mamá tuvo, además, que coser un botón en la manga de mi blusa, para que pudiera colgar de él distintivo.

Distintivos de la Unión de Pioneros Cubanos

Distintivos de la Unión de Pioneros Cubanos. Principio de los setentas.

Uso del distintivo de la Unión de Pioneros Cubanos

Uso del distintivo de la Unión de Pioneros Cubanos. Principio de los setentas. Imagen del ICIODI.

***

En Foreign AffairsJorge Domínguez sobre una protesta ocurrida en 1986 en Cuba:

There were reports about overzealous officials who ordered that houses built without state authorization be torn down, leaving people homeless. In northern Holguín province, 17 peasant families were evicted and their homes destroyed. They appealed to the local Roman Catholic bishop, who protected them from further harm. Town citizens gathered in front of party offices to protest. Mothers threw down their children’s emblems from the Young Pioneers’ Union and stepped on them. Some asked how the Batista regime’s evictions differed from these. Other officials eventually intervened and promised to build new housing, giving temporary shelter to those who had lost their homes.

Camisa Yumurí

Camisa Yumurí

Camisa Yumurí, marca Radar. Hecha en Cuba. 1980s. Colección Cuba Material.

En AlexHENY: The Cool Communist:

O mejor, llamémosle el cécé, el CC, vamos, sucintamente.
Yo conocí un montón de CC. Eran fáciles de reconocer. Primero, por el aspecto.
El CC vestía invariablemente camisita de cuadros. Y, en casos extremos, una chaquetica de cuero negro. En el trópico.
(…)
Yo creía saber de donde salían las chaqueticas.
Lo supe cuando, antes de irme a estudiar al extranjero, recibí una autorización especial, junto con todos los demás estudiantes, para ir a comprar a una mítica tienda en Centro Habana donde, siguiendo una breve lista, se podía comprar ropa de salir, no que fuera uno a parecer un indigente cuando hiciera escala en Barajas, en nuestro camino al Segundo Mundo.
Entonces, pues a comprar algun pulóver, un par de calzoncillos, medias, una maleta de viaje, un traje y zapatos. Y allí estaba también la chaquetica. Pero tuve la mala suerte de que la talla disponible en ese momento fuera adecuada solamente para la complexión y estatura de un niño de sexto grado, o de un hobbit, tipo el Comandante Guillermo García (aunque este parezca mas troll que hobbit)
Por ese fatídico azar de las tallas perdí entonces la oportunidad de parecer un CC, y todo lo que pude comprar fue un espantoso traje del color de los frijoles colorados hechos puré.
Por cierto, esa tradición de la ropa de salir es un elemento folclórico bien arraigado en nuestra cultura. Mi madre y mis hermanas, por ejemplo, siempre tenían un bloomer nuevo listo para el momento de visitar al médico.
El olor de los CC también era peculiar. Olían a algo donde estaban mezclados vapores de gasolina, sudor rancio, y vestigios de alguna colonia o desodorante de tufo barato.
Un ex-colega, ex-sindicatero, ex-sindicaloso, y ciertamente muy escandaloso, más recientemente radicado en Miami, tuvo la oportunidad de estar lo suficientemente cerca del mesiánico en jefe como para después contarle a quién quisiera, y quién no quisiera escucharlo, que este olía a talco Bebito. Pero eso debe sorprender a nadie: el mesías no es cool, nunca lo fue, y ahora mucho menos, cuando seguro que debe oler a alcanfor e impotencia.
El CC entonces se mueve apresuradamante y se sienta a la mesa donde quizás ya hay sentadas dos o tres personas. Le palmea el hombro a alguien, se quita el reloj, lo manipula breve y habilmente, y lo coloca sobre la mesa, la esfera ahora recostada a la manilla como si fuera un minúsculo despertador, dejando claro que su tiempo es precioso y preciado, que otra reunión aguarda y que, entonces, compañeros, vamos a comenzar.

(…)

Si alguien ha tenido la oportunidad de visitar la oficina de un CC, sabe que una foto de Fidel, o de otro comandante favorito, va a estar allí, formando justamente una línea de tres puntos con el ocupante de la oficina y el visitante.
En casos afortunados, el propio CC también estará en la foto, mirando al comandante con el mismo arrobamiento con el que yo miro una teta. Es incluso posible que tenga el brazo del prócer echado sobre el hombro, o que el CC haya tenido la increíble oportunidad de poner su mano sobre el abdómen o el brazo de su ídolo, con delicadeza y familiaridad, arrebatado, extasiado. Ya se sabe, como si se agarrara una teta.
En su casa probablemente el CC tenga una copia de la foto. En la mejor pared de la sala, presidiendo reuniones y convites, justo a un lado de un mueble sobre el que destacarían, entre vasitos con removedores de cocteles y otras botellas de licor vacías, una inmensa botella de Fundador o de Terry Malla Dorada, montadas en un soporte de alambre.
O, como alguien me dijo alguna vez, cuando aun yo sólo conocía de rones y destilados caseros: “Viste, tenía una botella de cuvasié…”, “ ¿Y eso qué es?”, “Oye, estás atrás… ¡Tremendo güisqui, compadre…!”
En fin, curioso especímen el CC. Todo un subproducto de la construcción del socialismo y la forja del hombre nuevo. Pero se quedaron y quedan sólo en eso, en subproducto, en otra cosa más de la cual deshacerse en cuanto haya oportunidad.
Y por supuesto, que cool no son, mucho menos Cool Commnunist, porque no existe tal cosa. Pero CC se puede mantener. Cosa Curiosa. Caso Curioso. Cara de Coco.
Life May 5 1958

Publicado en la revista Life el 5 de mayo de 1958. Enviado por Linda Rodríguez.

Reportaje publicado en la revista Life. 5 de mayo de 1958. Cortesía de Linda Rodríguez.

Según el historiador Louis A. Pérez Jr. (On Becoming Cuban: Identity, Nationality and Culture), la moda cubana de los años 1950s comunicaba discursos nacionalistas a través de diseños adaptados a la silueta criolla y colores apropiados al clima de la isla.

Estas imágenes, publicadas en la revista Life el 5 de mayo de 1958, reproducen algunos diseños de los modistos cubanos Adolfo, Luis Estévez, y Miguel Ferreras, radicados en Nueva York. Las fotografías fueron hechas en Trinidad, Cuba.

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Reportaje publicado en la revista Life. 5 de mayo de 1958. Cortesía de Linda Rodríguez.

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Reportaje publicado en la revista Life. 5 de mayo de 1958. Cortesía de Linda Rodríguez.

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Reportaje publicado en la revista Life. 5 de mayo de 1958. Cortesía de Linda Rodríguez.

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Reportaje publicado en la revista Life. 5 de mayo de 1958. Cortesía de Linda Rodríguez.

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Reportaje publicado en la revista Life. 5 de mayo de 1958. Cortesía de Linda Rodríguez.

Reportaje publicado en la revista Life. 5 de mayo de 1958. Cortesía de Linda Rodríguez.

Reportaje publicado en la revista Life. 5 de mayo de 1958. Cortesía de Linda Rodríguez.

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Reportaje publicado en la revista Life. 5 de mayo de 1958. Cortesía de Linda Rodríguez.

Reina del Carnaval de la Reforma Agraria

Reina del Carnaval de la Reforma Agraria

Reina del Carnaval de la Reforma Agraria. 1960. Imagen tomada de internet.

En Granma: Promover el buen vestir:

…Recientemente tuvo lugar la inauguración del Proyecto Modas-Café, en la céntrica esquina habanera de San Rafael y Consulado.

Se trata de un establecimiento destinado a la venta exclusiva de ropa femenina, diseñada y elaborada en el propio lugar por un equipo de reconocidos creadores bajo la guía de Raquel Expósito y Leandro Chacón, quienes gozan de amplia experiencia en la confección de textiles.

En este local, arrendado ahora a las personas mencionadas, radicaba la antigua tienda Guamá que por presentar un deplorable estado constructivo, había sido cerrada hace más de tres años. Tal situación demandó la remodelación completa de la edificación, incluyendo las redes hidráulicas y sanitarias de seis viviendas ubicadas en los altos.

Auspiciado por el Ministerio de Comercio Interior en colaboración con el Fondo de Bienes Culturales (representa a los artistas), la singular experiencia tiene el propósito de contribuir al rescate del buen gusto en el vestir, ofertando piezas caracterizadas por su sello de cubanía y originalidad, en plena correspondencia con las exigencias actuales de la moda y nuestras tradiciones.

Granma pudo conocer que en el taller de corte y costura radicado en el propio inmueble, se harán ropas por encargo de personas con talla extra. Dentro de las perspectivas figura también el ofrecer a los clientes del sector privado y estatal servicios de confecciones para bodas, celebraciones de quince, congresos, y otras ocasiones especiales.

María Cecilia García, económica del Proyecto Modas-Café, indicó que hasta ahora los productos en venta tienen una alta demanda, y el número total de trabajadores en las diferentes áreas asciende a 35.

La tienda abre de lunes a sábado en el horario de 10:00 a.m. a 7:30 p.m., y organiza desfiles de modas los sábados alternos.

Caricatura de Alen Lauzán

Caricatura de Alen Lauzán

Caricatura de Alen Lauzán, tomada de internet.

La guayabera es la prenda de vestir más cubana, equivalente en muebles al taburete, y en políticos, a José Martí. Surgida a mediados del siglo XIX, sin que aún se sepa si debe su nombre al río Yayabo o a las guayabas que supuestamente se guardaban en sus bolsillos, la guayabera es, desde hace dos años, el traje oficial de los diplomáticos cubanos.

Cuando triunfó la Revolución Cubana, la guayabera era tan popular que en 1948 la revista del Liceum Lawn Club consideró necesario publicar un texto definiendo las condiciones de su uso… y abuso. Más tarde, en 1973, la revista Mujeres publicó unos bocetos en los que la tradicional camisa de hombre se presentaba como prenda femenina. Estos modelos fueron después desarrollados, y producidos desde finales de los años 1970s, por la firma CONTEX, fundada y dirigida por Caridad (Cachita) Abrantes, también presidenta de la casa de modas La Maison y hermana de quien fuera jefe de la seguridad personal de Fidel Castro y ministro del interior.

Luego, en los años ochenta, las autoridades del Ministerio de Comercio oInterior instituyeron la guayabera como uniforme de los trabajadores de la gastronomía, quienes se adelantaron así en 20 años a los de la diplomacia.

Primeros diseños de guayabera como prenda femenina, publicados en la revista Mujeres. 1973. Diseñadora Marta Verónica Vera.

Guayabera como prenda femenina, publicados en la revista Mujeres. 1973. Diseñadora Marta Verónica Vera.

Sobre los orígenes de la guayabera, Cubanos por siempre: cubanidades dice: La guayabera cubana:

La historia enseña que estas camisas se originaron en Sancti Spiritus, Cuba, ciudad fundada por don Diego Velázquez en 1514, siendo ésta la sexta villa establecida en esa preciosa isla.

Corría el año 1709 cuando llegaron a dicha ciudad, procedentes de Granada, la bella e histórica ciudad andaluza, don José Pérez Rodríguez y su esposa Encarnación Núñez García. José era de Oficio alfarero y generalmente lo llamaban «Joselillo». Al poco tiempo de haber llegado a Sancti Spiritus, ya se había construido una nave en las márgenes del río Yayabo, el cual cruza la parte sur de la ciudad de oeste a este. Después de estar trabajando un corto tiempo en su alfarería, o tejar como también comúnmente se le llama, recibieron varias piezas de tejidos que sus familiares les enviaron desde España.

Fue inmensa la alegría que ambos experimentaron cuando les fue entregado el paquete de tela, porque Encarnación, como la mayoría de las mujeres en esos tiempos, era costurera. Tiempo más tarde Josélillo dirigiéndose a Encarnación, en su típico «andalucismo» le dice: « Encarnación, estoy pensando que sería muy ‘gúeno’ que me hicieras camisas largas con bolsillos grandes a los lados, ‘asiná’ como gabán, para poder llevar la fuma y otras cosillas al «talle».

No fue fácil, pero después de varias pruebas Encarnación pudo coser una prenda de vestir que fue del agrado de su querido esposo. Josélillo, con mucho orgullo por ser una pieza original de su esposa, comenzó a usarla y al poco tiempo los guajiros -como llaman en Cuba a los campesinos-de la comarca, viendo la comodidad y la economía que resultaba de esta prenda de vestir, también comenzaron a usarla.

En la ciudades, los poblanos lanzaron contra esta nueva vestidura todos los improperios que se les ocurrían; a lo menos decían que era mejor no vestirse; que parecían mamarrachos los que usaban. Ni las clases bajas de los pueblos eran capaces de salir a la calle con esta vestidura. Pero como la historia nos ha enseñado de que tarde o temprano el progreso seguirá avanzando, unos años más tarde los poblanos más humildes se atrevieron a usar la susodicha prenda y despacio, pero a seguros pasos, fue extensamente adoptada posteriormente por gente de la clase media, si bien con ciertos temores de ser criticada.

A los nativos de Sancti Spiritus actualmente se les conoce como espirituanos o espirituanas, pero en aquellos tiempos también se les conocía como «yayaberos» o «yayaberas», nombre que provenía del antes mencionado río Yayabo, y por este motivo a esta vestidura se le indentificaba como «yayabera». Además, alrededor de Sancti Spiritus- mi pueblo-abundaban plantas diversas variedades de esa deliciosa fruta que es la guayaba. Como esta camisas siempre han tenido al frente dos bolsillos bastante grandes, los guajiros acostumbraban llevar guayabas en estos bolsillos y de esta costumbre nació el nombre de «guayabera», sustituyendo el de «yayabera», como le llamaban a las mujeres del pueblo. Así nació la siguiente cuarteta trovadoresca local:

Y la llaman guayabera por su nombre tan sencillo por llenarse los bolsillos con guayabas cotorreras.

El tiempo permitió diversas variaciones, no solamente en su nombre, si no también en su estilo. Se les añadió las muy bien confeccionadas alforcitas y se les agregó una serie de botones por todas partes. Pero la variación más significativa nació durante las guerras de independencia de Cuba, desde 1868 hasta 1898. Cuba está reconocida por haber alcanzado su independencia con las cargas de caballos guiados por los libertadores, machete en mano. Como el machete sobresalía más arriba del cinto, por debajo de la guayabera, la guayabera fue alternada con dos aperturas laterales para facilitar la rapidez para desenfundar el machete.

Nuestros venerables veteranos de esas guerras usaban las guayaberas de hilo porque era un puro símbolo de patriotismo, y en su pecho colgaban la bandera tricolor con la estrella solitaria y la medalla de oro que los distinguía como libertadores. El general Calixto García y sus ayudantes de guerra usaban esta prenda de vestir. La guayabera, por la espalda, muestra el diseño de la bandera cubana.

Durante nuestra luchas libertadoras, los españoles consideraban ejecutor de una tremenda traición, al cubano que usara una guayabera con este diseño en la espalda, y aquellos cubanos capturados usando este tipo de camisas eran inmediatamente fusilados.

El primero de julio fue escogido por el Gobierno de la República de Cuba, para celebrar cada año El Día de la Guayabera, ya que fue en esa fecha el nacimiento del poeta cubano Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, más conocido como « El Cucalambé» (1829-1862), quien escribiera varias décimas cubanas, siendo el primero en mencionar la guayabera en una composición. A continuación reproducimos dos de las muchas «décimas» cubanos dedicadas a la guayabera:

¡ Oh, guayabera ! camisa de alegre botonadura. Cuarto bolsillos, frescura, de caña brava y de brisa. Fuiste guerra mambisa con más de un botón sangriento cuando el heroico alzamiento, y por eso la Bandera tiene algo de guayabera que viste al galán del viento. Invasora espirituana, comenzaste tu invasión y entre Júcaro y Morón te llamaban «La Trochana». Te quiso, «Camagúeyana» el Camagúey noble y bravo, hasta que al fin, desde el Cabo de San Antonio a Maisí, Cuba no viste sin tí,- Onda fresca del Yayabo-.

* * *

Y, sobre el uso y comercio de la guayabera en Miami, ver en WSJ: Rediseñando un clásico cubano:

La guayabera, la tradicional camisa plisada y de cuatro bolsillos que se usa suelta sobre los pantalones, se ha vuelto omnipresente en esta ciudad gracias a los exiliados cubanos que huían de Fidel Castro y sus uniformes verde militar. Ahora que la primera generación de exiliados empieza a morir, algunas tiendas de ropa masculina tratan de adaptar la prenda de varios siglos de existencia a una generación más joven, que busca estar a la vanguardia de la moda. No es una tarea fácil.

Antonio García-Martínez, un hijo de exiliados cubanos criado en Miami, dice que la clásica guayabera de lino tiene sus límites: se arruga con facilidad, es de apariencia cuadrada y demasiado anticuada para su gusto. «Te hace ver como un abuelo cubano en un funeral», dice.

Se cree que la guayabera, prenda muy popular en los países cálidos, desde el Sudeste Asiático hasta el Caribe, tiene su origen en Cuba, donde se expandió hasta convertirse en un símbolo de la elegancia en La Habana. Entre sus fieles seguidores, encontró a figuras internacionales como el escritor Ernest Hemingway.

Actualmente, la mayoría de las guayaberas —de manga corta y larga— son hechas en México o China, principalmente de algodón o telas sintéticas que se secan rápidamente después del lavado.

Sin embargo, todavía quedan algunos sastres en Miami apasionados por esta prenda y deseosos de actualizarla para atraer a los hombres más jóvenes. Algunas empresas están promoviendo versiones extremas de la guayabera, que incluyen colecciones para bebés y ropa para perros. Pero el principal énfasis es captar a los jóvenes, que están entre los principales consumidores de la moda en la ciudad.

Louis Puig, de 52 años, conoce bien a este grupo de consumidores. Su padre, Ramón Puig, un reconocido sastre, ganó fama en Cuba como un mago de la guayabera, una reputación que después lo siguió a Miami, donde pasó a ser «el rey de las guayaberas». Ahora que el rey ha fallecido, Louis Puig—quien ha trabajado como DJ y es propietario de Club Space, una de las discotecas de música electrónica más populares de Miami— intenta tonificar el negocio de la familia al abrir una sucursal en el centro de Miami, lejos de la Pequeña Habana, donde se instaló su padre en 1971.

Costosas guayaberas de lino y algodón a rayas y de colores fuertes cuelgan de los estantes, un cambio radical frente a los tradicionales colores blanco, beige o celeste. También hay vestidos estilo guayabera para las mujeres.

La nueva boutique, denominada «Ramón Puig Guayaberas», tiene retratos de atractivas modelos luciendo sus guayaberas por Ocean Drive, en South Beach. «La guayabera es lo más cool del mundo», dice Puig, «Ya no es simplemente la camisa de tu papá. Es cool al estilo cubano».

Los orígenes de la guayabera siguen siendo un misterio. Lo que está claro es que la prenda permitió a los campesinos y los soldados españoles a soportar mejor el calor de Cuba y pronto se expandió a otras colonias españolas en América Latina y el Sudeste Asiático.

Tras la revolución cubana, la mayor parte de la producción se trasladó a la Península de Yucatán en México, donde los fabricantes le añadieron bordados. La guayabera también se ha convertido en «la camisa mexicana de bodas» y ha ganado adeptos entre los jefes de Estado latinoamericanos, entre ellos el propio Fidel Castro.

En Miami, la guayabera ha tenido problemas para conquistar a los recientes inmigrantes cubanos, quienes vivieron bajo el régimen comunista y tienen una visión menos romántica de muchas tradiciones de su país. Rafael Contreras Jr., cuya marca de guayaberas D’Accord se fabrica en Yucatán y se vende en todo el mundo, dice que el amor por la guayabera pasa por ciclos. En los 80, los jóvenes de Miami las usaban con jeans y botas vaqueras en las discotecas, señala. Ahora algunos jóvenes quieren «guayamisas»— una combinación entre guayabera y camisa de vestir más sencilla.

Los apasionados de las guayaberas creen que, con algunos retoques, la prenda puede tener la misma resistencia que Fidel. «No conozco a ningún cubano en Miami que no tenga al menos una o dos», dice Mike Valdés-Fauli, un ejecutivo de marketing de 33 años de padres cubanos. Él tiene tres, dos que le regaló su abuelo y una que compró por su cuenta. Las usa principalmente en las reuniones de familia.

Zapatos plásticos (Kikos)

Zapatos plásticos (Kikos)

Zapatos plásticos (Kikos), distribuidos en los setentas como parte del uniforme de las escuelas becadas.

Notas en línea: Mis zapatos y yo: toda una vida:

I

A partir de ese año comencé a usar la frase «complejo de Imelda Marcos» para referirme a quienes añoraban tener demasiados zapatos, si bien la cifra exacta que determinaba ese «demasiados» era difícil de explicar. El calzado en Cuba, como todo, estaba racionado. Los nacionales teníamos derecho a dos pares al año, o a una cantidad similar que casi nunca llegabas a alcanzar por un motivo o por otro, amén del hecho indiscutible de haber nacido en un país bloqueado.

No imagino cómo sería antes, aunque sí recuerdo que para mi idea sobre la abundancia a finales de los 70, los años anteriores debieron ser más abundantes que los que viví en mi niñez. La evidencia eran los innumerables tacones y elegantes punta-estilete que se acumulaban en una de las mesas de noche del cuarto de mis padres, a la cual casi nunca se podía acceder porque había sido destinada a un rincón inútil. Creo que mi madre los guardaba siguiendo el mismo consejo típico de los tiempos en que escaseaban los productos, o quizá porque tenía la esperanza de que en los años venideros volvieran a ponerse de moda. Y ella tenía tacones blancos, negros, beiges?, grises, combinados; mientras, según me acuerdo, los míos eran siempre negros para la escuela y, con suerte, carmelita oscuro para los días de fiesta.

Recuerdo mis primeros zapatos de color extraño, unas sandalitas rusas que para la todavía machista y revolucionaria Cuba de finales de los 70 no quedaba muy claro si eran de varón o hembra. Sin embargo, a medida que comenzaron a llegar las sandalias, las nociones de masculinidad de los cubanos fueron cambiando ante los imperativos de la escasez. A veces hasta me asustaban un poco cuando las veía en las vidrieras, casi siempre en números enormes que me recordaban más a los cocodrilos tomando sol con la boca abierta, que a los pies apurados de algunos mayores en los que lucirían igual de amenazadoras, acechando por encima de medias a cuadros y rombos. Luego descubrimos que los soviéticos adoraban las sandalias, y camino a la escuela imaginaba que sólo faltaría un kepis y, de fondo, las notas de Que siempre brille el sol (Пусть всегда будет сольце), para figurar en uno de los tantos filmes o documentales cuyo escenario principal era un campamento de pioneros.

A fines de los 70 también las calles se llenaron de modelos diferentes. Habían comenzado a llegar las personas que por diversos motivos —aunque mayormente por temor y angustia ante la escasez— habían abandonado la Isla en la década anterior. Con los maletines enormes de regalos llegaron también los zapatos y, mejor aún, las zapatillas. Se usaban aquellas de marca Adidas de tres franjas laterales, el modelo que un zapatero local se encargó de reproducir cambiando los materiales originales por tela de corduroy. Fue la explosión de zapatillas caseras hechas por Manzanito, si mal no recuerdo, una prueba más de la invención criolla.

Quizá la producción artesanal no fue muy atractiva para mi padre, incansable en aquellos años, siempre apelando a sus «contactos» con las empleadas de comercio. Lo cierto es que un buen día despertamos calzados con un par de nacionales Popis, que bien podría decirse fueron la envidia para tantas zapatillas multicolores de corduroy, aunque siguieran pareciendo vulgares para las azules y enormes Adidas de mi primo, traídas desde Jersey City. Ah, la perenne agrura de nuestro vino, querido José Martí.

1983 fue un año «zapateramente» decisivo para mí. Había logrado entrar a la flamante y enorme Escuela Vocacional (ESVOC) Comandante Ernesto Guevara, y para recorrer sus inmensas plazas de cemento y sus extensos pasillos de granito, había que estar bien equipado. La Escuela, como parte de «todo» lo que la Revolución nos entregaría a lo largo de nuestra vida, nos proporcionaría uniformes, ropa de trabajo y calzado. Para todas las actividades escolares y extraescolares. Lo único que en mi caso, casi acabado de cumplir los doce años, mis proporciones y extremidades distaban mucho de ajustarse a las «existencias» del almacén de la ESVOC. Mediría, si acaso, un metro cincuenta, calzaba la talla estándar de mi edad y hasta tenía ilusión de estirarme un poco; pero cuando vi los que me tocaron, supuse que mi proceso de crecimiento tendría que ser sobrenatural para que algún día mis ahora insignificantes pies llegaran a medir lo suficiente para llenar unos tenis (Matoyos, Boquiperros) talla 8 ½ y unos Kikos plásticos (calzado insignia de las becas cubanas) número 9. Cuando comenzó el curso y mis colegas descubrieron que mis zapatos eran diferentes a los que casi todos lucían en aquella primera semana de clase, quizá advirtieron cierta debilidad pequeño-burguesa por haber rechazado lo que gratuitamente el Estado me había concedido. En realidad, lo que decidieron, luego de tantas veces que relaté mi historia, fue engancharme el mote de «Zapatico», que no duró mucho, por suerte.

II

A finales del 84 me trajeron mis primeros zapatos importados, marca North Star y fabricados en Nicaragua. ¡Bravo por los compas! Ellos sí sabían combinar los materiales y lograr productos de acabado excelente, y eso que estaban en guerra. Eran negros, un poco más altos que lo normal, de puntera asimétrica; en resumen, colosales. Me resistía a probármelos, contemplaba la caja desde encima del escaparate y hasta imaginaba que el brillo del material traspasaba el envoltorio de cartón que los guardaba del polvo. Allí se quedaron durante unos meses hasta que los vendieron o los cambiaron por algún otro artículo más necesario. Antes me los había probado, había intentado caminar y al momento me los había tenido que quitar. Mis pies, decididos a no tolerar el calificativo de insignificantes, habían comenzado a crecer.
Para la nueva talla lo mejor eran unas botas de cañero marca Centauro, que embetunadas y lustrosas combinaban sobriamente con el uniforme azul de la escuela. Eran toscas, aplastadas, con un borde que parecía una rebaba residual del caucho de la suela, pero llegaban a ser cómodas y duraderas. Luego del 85 llegaron las tiendas Amistad llenas de productos del campo socialista: perfumes Moscú Rojo, cremas y productos de belleza Florena (RDA), lápices de colores chinos y una variedad de zapatillas Tomis, Made in Romania.

Mis primeros Tomis resultaron los mejores embajadores de Rumania, país hermano o medio hermano, pues en realidad no sabíamos mucho de él. Se hablaba poco en las clases de Geografía Económica, y casi no aparecían reportajes en las revistas soviéticas, sobre todo Sputnik, que era por esos años casi de obligada lectura y posterior coleccionismo. En el kiosco cercano a mi casa compré una revista Rumania de Hoy, o de un título similar. Pensaba encontrar al menos algún reportaje sobre la fábrica Tomis, sobre la gran cantidad de divisas que ingresaba al país por concepto de exportaciones, pero no. Página tras página sólo había imágenes de Nicolae y Elena Ceaucescu.

Mis Tomis desparecieron una tarde de sábado. Salieron en los pies de mi papá, recorrieron parte de la ciudad y se detuvieron en El Sandino, donde él se decidió por una jarra de cerveza. Luego no se supo más de ellos. Varias jarras después, unos vecinos sospechosamente serviciales trajeron a mi papá medio aturdido, un poco apenado y con los pies hinchados tras haber caminado cuadras y cuadras enfundados en unas extrañas y folclóricas botas. Me resigné a la pérdida, era imposible una investigación policial, pues el principal testigo apenas recordaba al día siguiente qué había ocurrido en el área de la ciudad tan famosa por las fiestas, la cerveza y las puñaladas.

Sin embargo, las botas que trajeron a mi papá de vuelta fueron, durante días, motivo de comentarios. Eran como las mías, marca Centauro, aunque tenían la cualidad única de pasar por artefactos culturales y, por supuesto, constituían otra prueba indiscutible de la inventiva criolla en tiempos de crisis. A diferencia de las mías, en estas el borde de la suela no sobresalía, pues había sido cortado, tenían un tacón extra de unos cinco centímetros y los cordones no sujetaban de un lado a otro a los ojetes, sino que los habían trenzado complicadamente para ocultar la lengua. Las puntas de la trenza terminaban en dos tapas de tubo de pasta dental, de modo que cuando uno caminaba se movían supongo que a ritmo de carnaval.

Y aunque las condené al enmohecimiento en algún olvidado rincón de la casa, el acto en sí no impidió que ese año, y el siguiente, continuara usando botas de cañero. Llegaban a ser un complemento adicional del uniforme y hasta combinaban con los pantalones tubo, pegados a las piernas, que comenzaban a usarse por esa época. Era tan inusual ver a algún condiscípulo sin ellas, que cuando alguien de nuestro grupo estrenó zapatos corte-bajo y de puntera alargada, otro no encontró mejor calificativo que: «Mira, Ñico con tiburones nuevos». Supongo que empezábamos a olvidar que existían diversos tipos de calzado, y que tenían sus nombres. Para reconfortarnos apareció Carlos Varela con su canción Memorias y aquel verso de: «A las fiestas íbamos con botas, cantando una canción de Lennon».

¿Usaría Lennon botas Centauro? Mientras procuraba una respuesta, llegaba la hora de escoger mi futuro, terminaba el grado doce y me esforzaba en aprender ruso. Estaba decidido, yo me iría a estudiar a la Unión Soviética, o a Polonia, o a la RDA o a Checoslovaquia, a cualquier lugar donde me pagaran un estipendio con el que pudiera comprar zapatos, un par nuevo todos los meses. Cuando publicaron la lista de especialidades busqué de arriba abajo, de país en país, de ingenierías a licenciaturas, y terminé con la vista en mis pies. Supongo que en el brillo de mis botas podía reflejarse mi cara de desencanto. Ninguna de las carreras, tan necesarias para el futuro del país, me llamaba la atención, adiós sueños de acumulación, maldita fuera Imelda Marcos y su propensión monárquica al acaparamiento.

III

Mis sueños tenían que esperar, podría optar por una universidad cubana, a cuyas aulas, con suerte, podría seguir yendo en botas. Entonces llegó un proceso de selección agotador y estresante, meses de estudio para pruebas de ingreso, y luego incertidumbre ante la perspectiva de pasar doce meses previos a la vida universitaria cumpliendo el Servicio Militar y calzando más botas. Por suerte llegó la confirmación directa a la Universidad de La Habana. Y para la capital, segundo par de zapatillas Tomis, hermosas, fuertes, resistentes. ¡Quién podía imaginar en julio de 1989 que luego de diciembre de ese año no habría más Ceaucescu y, por ende, exportaciones rumanas para el Caribe!

La fortaleza y resistencia duraron hasta mi segundo año, cuando gracias al turismo internacional, un par de colombianos residentes en Nueva York, amigos de mis familiares en New Jersey, aterrizaron en La Habana con un regalo. Cuando los despedí tenía un par de exóticas y hasta escandalosas «superaltas» Hi-Tec. Los visitantes, sin conocer las necesidades criollas, o los hábitos, o las costumbres, o la realidad de la Isla en el año 92, imaginaron que yo era el único beneficiario del dinero que traían, la moneda del enemigo, todavía ilegal en Cuba. Habían comprado como si se tratara de una rutinaria visita a Bloomingdale’s, sin pensar que se trataba de una simple Tecnitienda y sin conocer que sus precios eran el doble o el triple de lo que acostumbraban ver en los establecimientos neoyorquinos.

Con mis superaltas y mi estampa de estrella de la NBA sin estatura, anduve mucho por La Habana del Período Especial. Ellas resultaron de una tremenda ayuda en los momentos difíciles, cuando ya no existían guaguas y había que zapatear de F y 3ª a la Biblioteca Nacional, y de ahí a la agencia de 21 y 4, y en ocasiones, como en los animados de Elpidio Valdés, de Júcaro a Morón y de Morón a Júcaro.

Dejé la capital en el agotador verano de 1994. Ya no calzaba las superaltas, sino unos «toscos», innovadores zapatos de suela gruesa y alta, y materiales de origen desconocido que no guardaban ninguna relación con José Luis Cortés o NG La Banda, que por esos años causaban furor en los barrios habaneros. Me despedí de tantos lugares memorables con el deseo de no regresar jamás a aquellas tardes desoladas y calurosas, a aquellas caminatas interminables en busca de comida, de esperanza. Me dolía, eso sí, perder uno de los pocos eventos culturales que todavía servían para animar la ciudad y dar la impresión de que todavía era posible la vida en ella: el Festival de Cine.

Volví en las ediciones del 95, 96 y 97. En ese último diciembre vi filmes que me emocionaron y compensaron la terrible certeza de que el evento ya no era el punto de reunión de los amigos, que estos comenzaban a emigrar y la ciudad se estaba llenando de fantasmas. En ese año, además de sin amigos, me quedé sin zapatos. Había llegado con dos pares, unos cuya suela luego de una reparación notable había sido pegada, y otros que además de pegados habían sido reforzados con puntillas. La inventiva criolla me daba esperanzas, aunque tal vez intuía que sería ya mi último Festival y estaba decidido a ver la mayor cantidad posible de películas, por lo que sería también el evento de más caminatas.

Y eran agotadoras, aun cuando en algún cine aparecían milagrosamente algunos de los amigos que quedaban en La Habana, y los breves minutos de conversación mitigaban el agotamiento. A mediados de la segunda semana de Festival descubrí que la destreza de los zapateros no era tal, que las puntillas amenazaban con partir toda la suela y llegar al punto en que me sería imposible caminar, o incluirme en un molote festivalero sin causar heridos. Aminoré el paso y el ritmo de películas, pero como en un verso de Vallejo, el clavo, ay, siguió saliendo. La noche antes de mi viaje de regreso a Santa Clara, poco antes de llegar a la casa donde me quedaba en el exclusivo Miramar, mis corte-bajos, con sus clavos salientes, desaparecieron en el fondo de uno de los latones de basura. Descalzo y algo triste, prometí que cuando tuviera dinero, o mejor, mucho dinero, compararía muchos zapatos, terminaría siendo algo así como el hijo predilecto de doña Imelda Marcos.

El único impedimento técnico para mi promesa era la realidad cubana. No bastaba ahorrar, porque los precios siempre estaban por encima de las posibilidades del profesional medio, y tampoco se podía confiar mucho en la oferta. Así llegó el 2000, un año de terribles sucesos personales, y paradójicamente el de mejor situación financiera y el de mis primeras sandalias Práctica. Parecían el mejor antídoto contra el calor y se me antojaban relajantes y hasta terapéuticas. Sentí mucho que se incluyeran en el botín de un robo con fuerza del que mi casa fue víctima, mas lo tomé como una señal del destino. Había que seguir adelante y seguir caminando. Ya para esa época mis zapatos estaban en la etapa más transgresora posible. Calzado mediante, parecía como si estuviera dispuesto o mejor equipado para dejar atrás las convenciones de una sociedad todavía moralista («las personas decentes no andan con zapatos sucios»), homófoba («no hay cosa más fea que un hombre sin medias») y racista («andar en chancletas es cosa de negros»).

IV

En el 2003 logré comprar mis primeros zuecos, gracias al floreciente mercado de los zapateros trabajando por cuenta propia. Ya no se llamaban zuecos, sino descalzados, y aunque no era ya adolescente, podía decirse que estaba en la última. Mis descalzados asistieron a muchas conversaciones sobre los preparativos de mi viaje al Reino Unido, y a última hora fueron sustituidos por un par de costosos pero necesarios tacos con los que pisaría por primera vez las calles de Londres, y luego las de Cardiff, en Gales.

Todavía hoy cuando paso frente a una tienda de zapatos, no puedo evitar quedar mirándolos allí tranquilos en exhibición. A veces hasta entro, los miro, me los pruebo, y me detengo ante un dilema moral. Me digo que me gustan, pero no los necesito, y no sé si por mi experiencia anterior tengo claros los conceptos de qué es necesidad y qué es lujo. Me consuelo sabiendo que si me fueran necesarios, al menos los podría comprar, ventajas de la sociedad de consumo, digo yo, aunque esa certeza no me libra de soñar con todos los zapatos que amé una vez. Lo que sí no acabo de descifrar, aunque en verdad no es algo que me quite el sueño, es la razón imperiosa que llevó a Imelda Marcos a acumular tantos en sus años de primera dama.

Texto de Iván Darias Alfonso

Vestido de poliéster estampado. 1976. Se vendió a un precio de 30 pesos en el mercado paralelo. Perteneció a Gertrudis Caraballo Gálvez. Colección Cuba Material.

René [Portocarrero], debido a un accidente, murió tres años después. Una noche, muy bebido, fue a encender una hornilla de gas para calentar café; al inclinarse sobre la llama esta creció de pronto, y su camisa de poliéster se incendió. Murió en el hospital de un infarto provocado por la conmoción. (P. 257)

***

[Servando Cabrera] murió un día al levantarse, cuando se estaba abrochando los zapatos. Así de simple. (P. 332)

Tomado de Yo Publio: Confesiones de Raúl Martínez (Artecubano Ediciones, 2007)

Puertas de Monserrate

Puertas de Monserrate. La Habana. Obra de Federico Mialhe. Cortesía de Diana Fernández.

Puertas de Monserrate. La Habana. Obra de Federico Mialhe. Imagen cortesía de Diana Fernández.

La Habana. 1850. Calle Mercaderes. Toldos multico­lores suavi­zan la intensidad del sol para quienes asisten a realizar sus compras en algunos de los comercios que allí se concentran. Frente a uno de los tantos esta­bleci­mientos se detiene un carrua­je. El arrogante calesero -librea de color bri­llan­te adornada en oro, plata y galones, grandes po­lainas-­ controla, fusta en mano, el paso de las bestias. Las jóvenes -con sus delica­dos vestidos claros, escotados y bellos peina­dos al descubier­to- apenas se mueven de sus asientos; se abanican y sólo miran hacia el interior en busca de la atención del emplea­do. Solícito, éste se acerca y les muestra, en plena calle, sus ofertas: teji­dos varia­dos en género y color, para ser selecciona­dos por sus agraciadas clientas…

Esta escena  – común en la vida de La Habana de mediados del pasado siglo- es posible de reconstruir gracias a cronistas, pintores, grabadores y visitantes a nuestra isla, quienes nos han dejado sus múltiples y detalladas impresiones sobre los diversos aspectos de la vida cotidiana de la Cuba colonial. La vestimenta ha sido descrita –de forma textual o visual- por estos valiosos testigos de la sociedad cubana del siglo XIX, como si intuyeran el valor de la indumentaria, la cual -igual que la arquitectura, la decoración y la alimenta­ción- forma parte de la cultura mate­rial y constituye uno de los aspectos que comple­menta la imagen del hombre dentro de su medio como una manifestación más de la cultura de un pueblo.

En Cuba, la poca tradición artesanal en lo referente a textiles e indumen­taria anterior a la conquista y la casi total destruc­ción de la expresión de la cultura material y espiritual de los indígenas, explica la inexisten­cia de una indumentaria típica que -como en la mayoría de los países latinoamericanos- responda a la evolución del traje precolom­bino y a su mezcla con elementos de la vestimenta occidental y/o africana. A pesar de ello, la imagen del cubano comenzó a perfilar­se en una «manera» de vestir diferenciada del peninsu­lar, proceso que se inició a principios del siglo XIX y que se definió a mediados del mismo. El estudio de dichas peculiaridades vestimentarias en los diversos sectores de la población colonial cubana, constituye un campo fascinante y poco explorado de investigación. Entre las principales fuentes de información para cualquier acercamiento al tema se encuen­tran, sin duda, las artes plásticas. Grabado­res, retratistas e ilustrado­res, cubanos y extranjeros, dejaron sus impresio­nes convertidas en valiosos documentos para el estudio y explora­ción sobre la imagen del hombre durante la colonia.  Sobre estas fuentes y su relación con la vestimenta en Cuba durante la etapa colonial trataremos en los siguientes apuntes.

A la par que se poblaba la isla por los conquistadores y con el traslado de sus instituciones sociales y de clase  y la destrucción de casi la totalidad de los vestigios de la cultura de los indígenas, se inicia­ba la penetración de las formas del vestir europeas, según la moda imperante en España. La poca existencia de referencias –tanto escritas como visuales- del modo de vestir de los pobladores en los primeros siglos de la colonización nos impide detallar el atuendo de funcionarios, colonos y otros habitantes de la isla[i]. Cuando los criollos llegaron a componer una clase económicamente fuerte y al convivir cada día con los comerciantes y funcionarios españoles dentro de la vida social de la colonia, convirtieron en un reto tratar de alcanzar un nivel decoroso en su atuendo a fin de competir con el peninsular. Este sentimiento de competencia surgido por el contacto directo de nuestra oligarquía con los habitan­tes peninsula­res de alta jerarquía propició desde el inicio que ambos vistieran de manera muy similar[ii].

Los retratos de principios del siglo XIX que nos han legado pintores como Vicente Escobar (1757-1834) y Juan Bautista Vermay (1784-1833), nos presentan personajes de la socie­dad cubana, elegantemente vestidos, con alarde de finos encajes y a tono con la moda europea. Los personajes que retratara Vermay para los muros del Templete en 1827, como representación de la Primera misa, reflejan tanto a la jerarquía oficial de la metrópoli, como a las familias adineradas de la oligarquía criolla. Hombres y mujeres son retratados por el artista con una línea de vestir común, reafirmando el señalamiento anterior­mente expues­to: que los criollos adinerados competían en elegancia y ostentación con los miembros de las más ilustres familias europeas. A pesar de las diferencias climáticas, de modo de vida y de la existencia de una identidad nacional en la mayoría de los componentes de nuestra oligar­quía, los hombres sufrieron la incomodidad y el calor que les proporcionaban las prendas que componían el traje masculino en Europa  aquellos años[iii]La mujer, sin embargo, se benefició durante estas décadas con la moda imperante, derivada de la llamada «moda a la antigüedad clásica», manifestada durante el breve período del Directorio francés[iv]. Tal como se observa en el retrato que hiciera Vermey a La familia Manrique de Lara, la imagen femenina respiraba sencillez y ligereza, mientras que el hombre sufría la incomodidad de un conjunto aún dentro de la línea cortesana del habit à la françoise.

A mediados del siglo XIX, con el poder económico alcanzado, la actividad social y cultural en la isla se incrementa y con ello, el afán de los criollos de ostentar su poder adquisitivo frente a los peninsula­res. Como consecuencia, hombres y mujeres brindaron una mayor atención al cuidado y arreglo de su atuendo y era común que se comentara que “… en los teatros, conciertos,  bailes y reunio­nes  se  observa un buen gusto general y con  placer oímos diariamente a los extranje­ros decir que  el bello sexo habanero puede rivalizar por su elegan­cia con el de la  parte más culta de Europa«[v].

Para informarse sobre las variaciones de los detalles de modas masculinas y femeninas, nuestra oligarquía no se limitaba a copiar de los peninsula­res habitantes de la isla. El aumento de las comunicaciones permitió recoger información mediante los continuos viajes que realizaban las familias pudientes a Europa; asimismo se regularizó la difusión de variadas revistas de modas que lanzara París desde los inicios del siglo. Estas publicaciones contenían ilustracio­nes creadas por verdaderos artistas como: Helene Lelor, Compte Calix y Annais Toodouze, así como comentarios y recomendacio­nes sobre trajes, accesorios y peinados[vi]. En el primer tercio del siglo XIX, con el auge de las publicaciones, se suma a los folletos importados sobre modas el primer semanario editado en Cuba a partir de 1829: «La Moda o el Recreo semanal del Bello Sexo», excelente fuente que nos informa sobre gustos y preferen­cias de nues­tras damas en relación a la moda importada[vii].

Las mujeres poseían variados medios para proveerse de las diversas prendas. La opción de realizar compras en Europa, en el propio París, era una vía. No obstan­te, existían en la isla condiciones adecuadas tanto para la adquisi­ción de gran variedad de géneros textiles como para la confección de la indumenta­ria. Desde el siglo XVIII había en Cuba mulatos y negros libertos que se dedicaban a la sastrería y zapatería[viii]. El oficio de sastre -por tradición y habilidad espe­cial que tenía la raza negra para la artesanía- se concentró en manos de éstos, estable­ciéndose en numerosos talleres en la capital. Algunos de estos sastres se anunciaban en los periódicos ofreciendo sus servi­cios[ix]. La presencia en la capital de una cantidad considera­ble de estableci­mientos comerciales destinados a la venta de tejidos importados y la existencia de numero­sos talleres de sastres y costureras evidencian que nuestra bur­guesía ya no sólo se proveía de ropa comprada en España, sino que vestía con indumen­taria de confección nacional, ya que la mujer cubana desarrolló grandes habilidades en la costura y el bordado como artesanía privada del hogar. Tanto la burguesa, conocedora del oficio a partir de su educación europea, como la de las clases pobres, a través de la enseñanza y costumbres españolas, llega­ron a ejecutar labores de gran calidad y belleza, lo cual se convirtió en tradición mantenida a través de genera­ciones[x].

Es en estos años cuando se iniciaron las pugnas entre las princi­pales corrientes ideológicas como expresión definito­ria de nuestra nacionali­dad, lo cual se expresó también en la vida cultural de la época. Del auto-re­conocimiento caracterís­tico de la etapa anterior se dio paso a la autodefinición de la cultura cubana. Cada corriente, cada tendencia, encontró la vía artística o cultural para materializar su función social. Se empezó a gestar una cultura diferente a la española, se perfiló un modo de vida cubano. Los criollos blancos se distinguían de los peninsulares por sus costumbres y hábitos, la forma de expresarse y hablar, por sus gustos y afinidades. A ello correspondió, lógicamente, un modo diferen­te en el vestir, apareciendo en este período las primeras referen­cias sobre las adaptaciones realizadas por las crio­llas en su vestimenta, con relación a la europea.

Las habilidades de la mujer criolla hacia la costura y su preferencia por la elaboración propia de su vestimenta, marcaron, indudablemente, la imagen de nuestras mujeres y fueron definiéndose ciertas peculiaridades que caracteriza­ron un «modo» de vestir «a la cubana», como revelación de una búsqueda de nacionali­dad en su imagen dentro de la sociedad colonial. La simplificación en los peinados, la preferencia por prescindir del sombre­ro, el uso de vestidos escotados para el diario, el predominio del blanco en el color de los tejidos y la calidad artesanal en la costura y el bordado, resumen esos rasgos que diferenciaban a una dama cubana de la peninsular.

Estas peculiaridades de una manera de vestir diferente pueden ser observadas en la pintura de la época. Tanto en la obra de los retratistas, como en la de los grabadores costumbristas, surgidos por el auge de la industria tabaca­lera y la fundación de la Imprenta Litográfica de La Habana -al organizarse la presenta­ción y envase del tabaco-, se reflejan estas preferencias de la dama criolla.  Los france­ses Hipólito Garnerey (1787-1858), Federico Miahle (1810-1881) y Eduardo Laplante (1818-?), el inglés James Gay Sawskins (1808-1879) y los cubanos Barrera y Barrañano, retratan la vida colonial de la isla; mención aparte merece el vasco Víctor Patricio Landa­luze (1828-1889), quien se destacó, sobre todo, por reflejar con mayor interés toda la sociedad colonial y, en espe­cial, la temática negra. A pesar de que casi la totalidad de estos artistas eran extranjeros y no obstante su evidente visión idílica de la reali­dad cubana, sus obras constituyen una valiosa referen­cia sobre las costum­bres y vesti­menta de gran parte de la población de la sociedad colonial.

La obra de Miahle –El Quitrín– de una de sus escenas costumbristas, puede ser considerada uno de los documentos visuales que con mayor claridad significa el carácter nacional de nuestras criollas. Tanto en la imagen retratada – tres señoritas con sus vestidos claros, escotados y sin sombrero-[xi], hasta la postura y la forma de disfrutar del ocio de las damas, caracterizan aspectos esenciales de la vida colonial cubana[xii].El  predominio del color claro es observado en la mayoría de las representaciones pictóricas de la mujer cubana de la segunda mitad del siglo XIX. El pintor Guillermo Collazo (1850-1896), a través de La siesta, nos muestra la placidez del des­canso de una dama con su clara vestimenta, dentro del entorno de una mansión colonial[xiii].

La moda masculina, cuyas variantes durante el siglo se limitaron a detalles y accesorios, no fue motivo de variacio­nes por parte de los criollos. Casa­cas, fracs y levitas seguían, tanto en sus géneros como en su corte, las orienta­ciones de la moda francesa o ingle­sa. A pesar de que no se evidenciaron adaptaciones en la manera de vestir del criollo con relación a la moda europea, hemos encontrado referencias sobre un acen­tuado gusto por el uso del dril (algodón crudo) para la confección de los conjuntos[xiv]. Bien es sabido que la preferencia por este fresco y claro tejido -reservado en Europa para la confección de prendas de uso deportivo o de campo- fue evidente en el período republi­cano, especialmente en las décadas 40 y 50. Sin embargo, observamos cómo desde mediados del pasado siglo se apuntaba ya lo que sería un peculiaridad del vestir del cubano, rasgo observado por el pintor Walter Goodman en los hombres[xv].

Los diversos géneros textiles eran ofrecidos por los comer­ciantes distribuidos en establecimientos ubicados en su mayoría en la ya célebre calle Mercade­res «…la Broadway de La Habana…», así como en Obispo y la calle de Ricla, mezclándose con sus tiendas de joyería y de abanicos, librerías, mercados de golosi­nas y refrescos. Las estrechas calles se llenaban de toldos a fin de proteger al transeún­te y posible comprador del castigo del sol[xvi]. Estos establecimientos no adoptaban el nombre del dueño, como era costumbre europea, sino que se denomi­naban de manera fantasiosa: Esperanza, Maravilla, La Perla, La Bella Marina, La Delicia de las Damas, El Rayo del Sol, etc., y permitían la compra a crédito por parte de su clientela. En cuanto a la confección de ropa masculina, a media­dos y fines del siglo se multiplicaron los sastres quienes asumieron en gran mayoría la ejecución de la vestimenta masculina[xvii].

Si bien el retrato -como tema más frecuente a lo largo de la pintura del siglo XIX cubano-  cuya función era consagrar a los principales personajes de las familias de alcurnia oficial y económica, nos legó un importante documento sobre las formas de vestir de las clases pudientes de la sociedad colonial, es la obra de los grabadores costumbristas quien reflejaría «…la tipología de nuestro siglo XIX, con extraordi­naria gracia y ligereza[xviii] y, dentro de ésta, a los sectores medios y pobres de la población cubana.

No cabe duda de la existencia de esta capa media negra o mulata que formaba parte importante de la población criolla cuyos patrones, en modas y maneras, eran los de la clase dominante de la sociedad colonial. Sobre la imagen del negro y la población mestiza en general, existe abundante información  -tanto visual como escrita- por el hecho de llamar la atención de los visitantes y de los residentes en la isla como elemento pintoresco, caracterizador del peculiar mosaico étnico-cultural de la isla. Sobre ello, nos detendremos en otra publicación.

Por Diana Fernández González

Texto enviado por la autora. Pueden consultar otros en su blog Vestuario Escénico.

Diana Fernández González es diseñadora de vestuario escénico y profesora de Historia y Teoría del Traje y de Vestuario para la escena de la Escuela de Cinematografía y del Audiovisual de la Comunidad de Madrid (ECAM).

Calle O´Reilly. La Habana.

Calle O´Reilly. La Habana. Imagen cortesía de Diana Fernández.

Calle Obispo. La Habana. 1900.

Calle Obispo. La Habana. 1900. Imagen cortesía de Diana Fernández.

"El quitrín", por Federico Mialhe.

«El quitrín», por Federico Mialhe. Imagen cortesía de Diana Fernández.

32. La moda o el recreo semanal del Bello Sexo

Imagen cortesía de Diana Fernández.

Por Juan Bautista Vermay. Tempranos 1800s.

La familia Manrique de Lara, por Juan Bautista Vermay. Tempranos 1800s. Imagen cortesía de Diana Fernández.

Retrato de Justa de Alto y Bermúdez, por Vicente Escobar. Tempranos 1800s.

Retrato de Justa de Alto y Bermúdez, por Vicente Escobar. Tempranos 1800s. Imagen cortesía de Diana Fernández.

Don Agustín de las Heras, por Vicente Escobar. 1828.

Don Agustín de las Heras, por Vicente Escobar. 1828. Imagen cortesía de Diana Fernández.

 


[i] Como es sabido, las condiciones del país no favorecían el origen de un ambiente cultural que permitiera el crecimiento de las artes; las manifestaciones plásticas se limitaron al dibujo lineal: trazos, planos, esbozos de La Fuerza, La Punta y otras construcciones militares, religiosas o residenciales.

[ii]El traje usual de los hombres y mujeres en esta ciudad es el mis­mo, sin diferen­cias, que el que se estila y usa en los más celebrados salones de España, de don­de se le introducen y comunican inme­diatamente con el frecuente tráfico de los castella­nos a este puerto»  José Martín Félix de Arate. Llave del Nuevo Mundo, antemural de las Indias Occidentales. Comisión Nac. de la UNESCO. La Habana, 1964; págs. 94 y 95.

[iii] La indumentaria masculina en toda Europa Occiden­tal a partir de 1800 había renunciado a la fantasía y el esplendor que la caracterizó durante cuatro siglos de moda aristocrática; quedaron atrás las cintas, los encajes, las decoracio­nes, pelucas y plumas. La austeridad representó la imagen del burgués, financiero, comerciante o políti­co, quien sustituyó la vida cortesana y de armas por la de las tertulias, ópera, carreras y la bolsa. El traje masculino quedó así reducido a un número de prendas,  marcado su uso según la ocasión: el frac, la levita y el chaqué; todas acompañadas por pantalones largos y chalecos cortos. Los géneros usados eran sobrios en textura y color, nada de bordados o incrustaciones, ni de sedas o satines; era la imagen de un burgués cuyo escenario era esencialmente urbano.

[iv] Una total transformación sufrió el traje femenino en menos de cinco años: el talle subió bruscamente y se colocó debajo de los pechos, el pesado vestido sobre el incómodo miriñaque o panier fue sustituido por una túnica simple, que apenas requería ropa interior; los tejidos pesados y excesivamente recarga­dos cedieron su lugar a géneros ligeros y claros (batista, gasa, muselina).

[v] Eliza Ma. Hatton-Ripley. En: Viajeras al Caribe. Colección Nuestros Países. Casa de las Américas. La Habana. 1983; pág. 285

[vi]«Le Beau Monde», «La Belle Assamblés», «Le Fo­llet», «Le Courreier des Salón», «Le Moniteurde les Modes», «Les Modes Parisiennes», «Le Journal des Demoiselles», «Le Petit Courrier des Dames», son algunos títulos de publicaciones, las cuales – en ocasiones traducidas al habla hispana- llegaban a las capitales de varios países del nuevo continente.

[vii] Debemos señalar que antes de llegar a mediados del siglo, contábamos con máquinas de coser tipo industrial y posteriormente las de uso doméstico. En 1857, a pocos años de creada la patente Singer, se estableció en La Habana el primer taller de confección a máquina.

[viii] A partir de la década de los 30, se destacó como sastre preferido por las clases acomodadas de la capital, Francisco Uribe, sargento primero beneficiado del Batallón de Pardos Leales de La Habana. Por sus relaciones sociales y su popularidad entre los elegan­tes de la época, Cirilo Villaverde lo incluyó en su obra Cecilia Valdés, siendo el «sastre de moda» (como lo llamaban sus contemporá­neos) uno de los personajes del cuadro social descrito por el autor en su novela.

[ix] «El subteniente del  Batallón de Morenos Leales de  esta plaza  Eusebio Marrero, ha  traslada­do su  taller de  sastrería de la cuadra de la ciudadela de La guardia, en la calle de Muralla, a la  otra  inmediata­mente  si­guiente  en  la misma calle,  unas  cuantas puertas  antes de la tienda de seda de los señores Velis.   Marrero  corta  a la  última  moda y al gusto de  quien  lo ocupa. Tiene ya hechas  y  de todos los tama­ños, casa­cas, levitas, chupas, chaquetas de librea y de  distin­tos géneros, y es equitativo no menos que puntual,  última­mente  suplica  el mencio­nado oficial Marrero que los  señores  todos  lo honren ocupándolo.» (Diario de La  Habana, 20 de enero de 1827).

[x]«El laborioso dibujo sobre la ropa de hilo fino y el bordado de los dibujos en delica­dos diseños de tela de araña, tan complica­dos que basta mirarlos para que los ojos le duelan a una (…) esa era la ocupación favorita de las señoras cubanas.» Eliza Ma. Hatton-Ripley. En: Viajeras al Caribe. Ob.cit. pág. 285

[xi] Los vestidos que llevan las damas reproducidas por el grabador siguen la línea de la moda europea. La silueta correspondiente a las décadas cuarenta y cincuenta del siglo pasado se caracterizaba por el volumen excesivo de la falda, logrado por el uso de la estructura interior llamada crinolina o jaula (malacov por los cubanos). Innumerables volantes superpuestos decoraban el volumen inferior del cuerpo, estrechísima cintura y corpiños escotados de hombro a hombro para los vestidos de noche. Podemos suponer que el rechazo al uso del tocado por parte de las cubanas se deba al deseo de lucir a sus anchas su tan celebrada cabellera, la cual realzaban únicamente con sencillos pero hermosos peinados. Ya sea ésta u otra la razón, es innegable que constituyó una peculiaridad en el vestir de la criolla la tenden­cia a no cubrirse sus cabellos.

[xii] Una visitante británica a nuestra isla, impresionada por la ausencia del sombrero en las cabezas de las damas cubanas y por el uso de vestidos escotados (reservados, según las normas, para la noche), escribió:» A duras penas uno ve el uso del som­brero aquí y es­toy empezando a andar sin él (…) El primer día pensé que la omisión del sombrero era impo­si­ble, pero la cos­tumbre general pronto lo hace a uno re­conciliar­se con ello y ayer salí en una vo­lanta descapo­tada (…) con un vestido que en Inglaterra sólo lo lleva­ría por la noche.» Amelia Nurray. Carta XX. En: Viajeras al caribe. Ob.cit. pág.216.

[xiii] El predominio del color blanco en la indumentaria de las criollas era mayor que el utilizado por las damas europeas que seguían la moda francesa de la época de Luis Felipe y el Segundo Imperio, la cual desarrolló el gusto por tejidos como la muselina, linón, percal y los algodones estampados en sus tonalidades más sentimentales (pasteles y blanco), pero reservado, fundamentalmente, para los vestidos de noche.

[xiv] El pintor inglés Walter Goodman, de visita a nuestra isla, nos describe la vestimenta de los asistentes al banquete de bienvenida ofrecido a su llegada de Europa: «La  asistencia de varias damas con sus claros trajes de muselina, los caballeros vestidos de dril blanco…» Walter Goodman. Un artista en Cuba. Consejo Nacional de Cultura. La Habana, 1965. pág.15

[xv] Se refiere a los hombres de Santiago de Cuba, zona en la que «…las características cubanas y las costumbres de sus habitantes se observan mejor(…)vestidos de dril blanco, sombrero de jipi-japa y zapatos de la mejor piel españo­la(…) vende almidón, artícu­lo de gran demanda  en  Cuba  para estirar la ropa de dril blan­co…» Ibidem. pág.241

[xvi] Llamaban la atención a quienes visitaban la isla, dos aspectos relacionados con la manera de adquirir sus trajes o tejidos las criollas. Uno de ellos era la costumbre generalizada de realizar las compras desde el coche, cuando más, en la puerta del establecimien­to, pues era común «…ver un dependiente al pié de una volanta mostrando a las bellas ocupantas pieza tras pieza de fino género de lino y de transparente pinta; o probando uno y otro par de zapatos de cabri­tilla y satín en sus delicados pies.» (Louisa Mathilde Houston. Desengaño. En: Viajeras al Caribe. ob.cit, pág.299); así como la confianza que las damas deposi­ta­ban en sus esclavas, a quienes encargaban de trasmitir a modistas y tende­ros las prendas o tejidos que deseaban adquirir.

[xvii] En el censo realizado en 1872 se refleja cómo este oficio ocupó el segundo lugar dentro de todas las profesiones artesanales de la época y estaba concen­trado fundamentalmente en manos de negros y mestizos:  

         blancos      negros y mulatos

    carpinteros        6,226           5,846

    sastres            1,419          11,923

    albañiles          3,726          41,890

[xviii] Adelaida de Juan. Pintura cubana: temas y varia­ciones. Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba. Ciudad de La Habana, 1978. pág. 25

Modas '75

Modas '75

Modas ’75. Suplemento especial de la revista Mujeres. 1975. Colección Cuba Material.

En 1975, para celebrar el segundo congreso de la Federación de Mujeres Cubanas, la revista Mujeres publicó un suplemento de modas con aproximadamente 50 páginas de fotografías e ilustraciones de moda femenina, masculina e infantil, además de accesorios, maquillaje y patrones para confeccionar algunos de los modelos que se muestran. Llaman la atención, en este, la mayoritaria ausencia de líneas o influencias nacionales en los modelos propuestos, y lo que parecen ser imágenes tomadas de publicaciones de Europa del Este o de la URSS.

Este suplemeno especial fue editado por el Taller Escuela Experimental de Diseño de la FMC, la Empresa de Confecciones Textiles, y el Ministerio de la Industrial Ligera

Hebillas que vendían los merolicos

Hebillas para el pelo de fabricación artesanal. Hechas por el merolicos nando. Finales de los años setenta y años ochenta. Colección Cuba Material.

Los merolico, personas que se dedican a la venta ambulante de mercancías, se llaman así por la telenovela mexicana Gotita de gente, producida en 1978 y estrenada en la isla en los años ochenta. La práctica, por supuesto, antecede a la telenovela.

Los merolicos vendían artículos fabricados de manera rudimentaria en talleres clandestinos. Se trataba, por lo general, de bienes de consumo difíciles de adquirir en el mercado estatal. Su modo de producción semiartesanal y el uso de materias primas de poca calidad, sin disponer de la tecnología adecuada para ello, les daba a sus productos un aspecto tosco y chapucero.

Mi abuelo tenía un amigo, Nando, que producía este tipo de mercancía en un taller improvisado en el garage de su casa, en el barrio de El Vedado, justo al lado de Jalisco Park. Nando no era precisamente un merolico, sino que fabricaba las mercancías que estos últimos vendían. Del taller de Nando salían artículos de bisutería de mujer y accesorios para el pelo: hebillas, bolas, y ese tipo de cosas. Las bolas las unía con un elástico blanco de los de costura, atado con un nudo, y a las hebillas, a las que por lo general les sobraba plástico en los bordes, las decoraba a veces con pintura de uñas con brillitos.

Aun así, las hebillas para el pelo que hacía Nando nunca se parecieron a las que tenían mis amiguitas, compradas en el extranjero, pero igual saltaba de alegría cada vez que este visitaba a mis abuelos, pues sabía que siempre iba con algún regalo recién salido de su taller.

Mi abuelo y Nando se conocían desde la infancia. Vivían en el mismo barrio y, aunque mi abuelo se hizo médico y Nando comerciante, mantuvieron la amistad toda la vida. Nando tenía familiares en Miami y alguna vez viajó a esa ciudad a visitarlos, tras el restablecimiento de los vuelos entre Cuba y Estados Unidos a finales de los años setenta. Sin embargo, nunca se decidió a emigrar porque, creo haber escuchado a mis abuelos decir, no quería ser una carga para nadie.

Nando murió ya viejo, en su casa al lado de Jalisco Park. Mi tío, que fue a verlo poco antes, me contó que solo tenía un bombillo, que había que trasladar de habitación. Al morir este, su hija vendió la casa. Quien la compró puso en el garage un negocio de losas de mármol en las que grababan epitafios para las tumbas del vecino Cementerio de Colón.

***

Sobre el trabajo por cuenta propia, dice el informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en su Capítulo X sobre El Derecho al Trabajo:

22. A partir de 1976 y especialmente desde principios de la década del 80 se ha legalizado y liberalizado la práctica privada de oficios como peluqueras, manicuristas, jardineros, choferes de taxi, fotógrafos, electricistas, carpinteros, mecánicos, modistas, sastres, limpiadores de zapatos, así como de las profesiones como médicos, dentistas, arquitectos, etc. Estas personas deben registrarse, recibir una licencia y pagar un impuesto; en ocupaciones en que es difícil encontrar mano de obra, los trabajadores deben tener un empleo estatal y sólo pueden ejercer la actividad privada después de la jornada laboral o en fines de semana y vacaciones. Aunque hay informes que indican que en 1979 había unos 100.000 trabajadores independientes registrados, esta cifra es tres veces mayor a la de la encuesta oficial de 1979.

23. Sin embargo, el futuro de esta nueva actividad privada es incierto pues en 1982 fue objeto de un fuerte ataque oficial por su afán de lucro y las pingües ganancias que estaban obteniendo quienes la ejercían. El Presidente Fidel Castro dio una serie de ejemplos para ilustrar su crítica: (a) ingenieros y arquitectos cargaban 800 y hasta 1000 pesos por diseñar un plan de reparación de viviendas, lo que fue tachado de «prostitución del concepto de empleo por cuenta propia»; (b) administradores estatales contrataban un equipo de técnicos y obreros calificados para hacer un trabajo en tiempo libre, lo que fue tildado de «violación repugnante» de las reglas y un ejemplo de corrupción; (c) médicos y trabajadores de vanguardia que tenían derecho a comprar un automóvil nuevo lo adquirían por 4.500 pesos y lo vendían por 20.000 pesos, otras personas venían autos viejos por 10.000 pesos; (d) granjeros cuasi-privados vendían hasta 50.000 ó 60.000 pesos al año con ganancias de 30.000 a 40.000 pesos; (e) intermediarios en los mercados libres campesinos compraban productos, arrendaban un camión y transportaban la mercancía a las ciudades (donde había escasez) con utilidades de hasta 40.000 pesos; (f) aparceros y ocupantes cultivaban la tierra sin estar registrados con el Estado ni ser miembros de ANAP y vendían sus productos en el mercado libre; (g) artesanos vendían, en el mercado libre de La Habana sus productos manufacturados a mano hasta 10 veces el precio oficial (vr.gr., sandalias a 50 pesos, pantalones por 90 pesos) esto –dijo el Presidente– había que detenerlo para evitar que la ciudad se llenara de puestos, y (h) «coleros profesionales» o bien compraban y luego revendían los artículos con una ganancia o se alquilaban por hora para hacer la fila.

24. Aunque algunas de estas actividades podrían ser calificadas de ilegales, la mayoría no lo eran o, en todo caso, eran una manifestación de la necesidad de estos servicios.

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En Catalejo, el blog de la revista TemasPrecisando hechos y datos. Acerca de los comentarios de Amuchástegui, por Humberto Pérez González:

1) Ya en 1974, durante la experiencia de los órganos locales del Poder Popular en la provincia de Matanzas y como parte de ella, amparados en una Resolución que dictó el Banco Nacional de Cuba (que desde 1965 había asumido las funciones del Ministerio de Hacienda), se experimentó el trabajo por cuenta propia y se 00concedieron licencias para unos 30 oficios o actividades.

Después del Primer Congreso se autorizaron las actividades por cuenta propia por el Decreto Ley No. 14 del 3 de julio de 1978 y fueron posteriormente precisadas y reguladas con más detalle por Resolución Conjunta de los Comités Estatales de Finanzas y Trabajo y Seguridad Social de noviembre de 1982. A su amparo, creo que todos los que tenemos edad para ello recordamos, sobre todo, el funcionamiento del Mercado de Artesanos de la Catedral en La Habana Vieja, entre otros.

Es cierto que poco tiempo después vino la “Operación Adoquín” y una política de reducción y eliminación de dichas actividades sobre lo cual es ilustrativo un reportaje que salió en Juventud Rebelde el 18 de junio de 1986 dando a conocer que, en el IV Encuentro Nacional de Trabajadores de los Servicios Comerciales, se planteó “desarrollar un movimiento masivo para que todos aquellos que posean licencias de trabajo por cuenta propia renuncien a dicho privilegio”. El reportaje se titulaba en mayúsculas: “Una propuesta importante: la renuncia a la licencia de trabajo por cuenta propia”.

2) En 1980 se aprobó legalmente el Mercado Libre Campesino para la venta de productos agropecuarios, a precios de oferta y demanda, por parte de Cooperativas, áreas de autoconsumo de Empresas Estatales y campesinos y dueños de parcelas individuales, después del cumplimiento de los planes de acopio, aunque en 1983 se restringió y limitó ese mercado y en 1985 fue eliminado.

3) En 1982 se promulgó el Decreto Ley 50 que autorizaba la creación de empresas mixtas con la participación de hasta 49% del capital por parte de entidades extranjeras, aunque la política económica seguida solo autorizó su creación 7 u 8 años después, ya en vísperas del Período especial.

4) En 1981, en coordinación con la Oficina de Atención a los Órganos del Poder Popular adjunta al Consejo de Ministros, se realizó un levantamiento en todo el país, provincia por provincia, de todos los oficios y labores que, siendo estatales hasta ese momento, debían ser desestatalizados y pasados a ser operados por trabajadores por cuenta propia y/o cooperativas. La dirección del Partido y la del Órgano Provincial del Poder Popular de la entonces provincia llamada La Habana se ofrecieron para desarrollar una experiencia al respecto en su territorio antes de extender la ejecución de la idea a todo el país. Finalmente dicha idea y la propuesta ya concretada fueron desestimadas y no se realizó ni siquiera la experiencia.

Ir aquí para leer todo el artículo.

Merolicos venden su mercancía en la Plaza de la Catedral. 1987.
Cinturón de cuero, hecho por Carlos Téllez

Cinturón de cuero, hecho por Carlos Téllez

Cinturón de cuero, hecho por Carlos Téllez en los tempranos noventas. Regalo de Eida del Risco. Colección Cuba Material.

En los años ochenta, los mejores zapatos y cinturones que se podían adquirir en Cuba los hacían los artesanos. Como a estos últimos el gobierno no les permitía tener un punto de venta, tienda o boutique –a diferencia de quienes producían ropa y accesorios de vestir en otros países de Europa del Este–, estaban obligados a vendérselos al Fondo de Bienes Culturales, institución estatal que a su vez les vendía a estos la materia prima. Sin embargo, de manera clandestina y a precios más elevados, los artesanos cubanos también satisfacían desde su domicilio los pedidos de una clientela que no dejaba de rendirles pleitesía y favores.

Cuando se fue del país en los tempranos noventas, entre las pocas cosas que mi amiga Eida se llevó consigo estaba un cinturón de cuero que le había comprado poco tiempo antes (quizás en 1993) a Carlos Téllez, uno de los artesanos más famosos de La Habana de entonces. Carlos vivía en la calle D, frente al parque Mariana Grajales, en el Vedado, a un costado del preuniversitaro Saúl Delgado. Cuando conocí a Eida, poco más de 10 años después, aún conservaba el cinturón, no por nostalgia, me dijo, sino por lo que a falta de una definición mejor llamó recuerdo.

Yo estudié en el Saúl y visitaba el taller de Carlos Téllez desde finales de los años ochenta. Allí compré sandalias «romanas» y sandalias «de tiritas» –como les decíamos a las diferentes versiones de guaraches que por entonces se hacían (Carlos solía bromear conque él hacía «guaraches», no «guarachas», y que si alguien quería de las segundas debía ir a ver a Pedro Luis Ferrer, el trovador)–. También le encargué algún que otro modelo copiado de revistas extranjeras que caían en mis manos.

El taller de Carlos Téllez estaba en la azotea de una vieja casona del Vedado donde vivían varias familias. Carlos ocupaba la parte de atrás, sin vista a la calle, y a su casa se llegaba por la antigua entrada de automóviles. La pequeña puerta de entrada, a un costado de la que fuera una mansión, debe haber sido la que daba a la servidumbre acceso a la cocina de la casa. Una sala y una cocina pequeñitas ocupaban el primer piso, decorado al estilo modernista. Desde la sala, una escalera de madera conducía a un segundo piso, donde cabía apenas una sola habitación que servía de cuarto. Estaba aclimatada con aire acondicionado, un BK-2500 de fabricación soviética, y tenía el piso tapizado con una alfombra que, creo recordar, era de color rojo. En una esquina había un tocadiscos y un montón de discos de acetato estaban ordenados sobre el suelo. Una escalera menos sofisticada, de hierro, subía hacia la azotea. Allí, bajo un techo de zinc y rodeados por una cerca pirle (sustantivo genérico que los cubanos adaptamos de la marca Peerlees), Carlos hacía todo tipo de zapatos, cinturones y carteras, asistido por al menos un par de ayudantes, todas mujeres jóvenes y bellas.

Desde el 2009 he viajado a Cuba al menos una vez al año para pasar unos días con mis abuelos y mi mamá. La casa de los primeros, en la calle C del Vedado, queda a apenas dos cuadras de la de Carlos Téllez. En el 2013 fui a visitarlo para saber de él y, de paso, entrevistarlo para mi tesis doctoral, que trataba sobre la moda y la política en la Cuba de la Guerra Fría. Una vecina me dijo que hacía un año ya no vivía allí. Vendió la propiedad y se mudó a provincias, donde creía que había comprado una finca.

Presentación de prototipos de uniformes escolares
Feria de la Plaza de la Catedral

Feria de la Plaza de la Catedral

Feria de la Plaza de la Catedral. 1987. Imagen tomada del libro Six Days in Havana.

La Operación adoquín fue un operativo policial  que el gobierno cubano desplegó contra los artesanos y comerciantes que vendían sus productos en la feria de la Plaza de La Catedral, conocida como los Sábados de la plaza. Durante varios años, en la década los ochenta, los habaneros se congregaron cada sábado en este mercado al aire libre para comprar productos de bisutería, calzado y confecciones de vestir, de calidad y diseño muy superiores a los que se ofrecían en el comercio estatal.

Estos sábados constituyeron, para muchos, un evento cultural que sobrepasó los límites estrictamente comerciales que le dieron origen. La calidad y diseño de los productos a la venta atrajo incluso a firmas comerciales alemanas y francesas, interesadas en patrocinar la pujante artesanía local.

Pero el régimen socialista cubano nunca ha estado interesado en el florecimiento de la iniciativa individual. Un amigo me contó que, para evitar que llegara a manos de artesanos privados, el gobierno ordenó que se quemara la recortería de piel que sobraba en los talleres estatales. La Operación Adoquín fue otra de las escaladas en su contra.

Sobre la Operación Adoquín, ver Emilio Ichikawa:

La Operación Adoquín sale a la luz en la prensa oficial como acción policial que depura de artesanos ilícitos a las plazas de Armas y de la Catedral. La venta de artesanía venía arraigando allí desde la década anterior, cuando carpinteros y herreros, modistas y bordadoras, joyeros y talabarteros, alfareros y otros empezaron a plantar los sábados sus timbiriches frente a la catedral.

Aquello se convirtió en mercado abierto y se extendió a la Plaza de Armas, frente al Palalcio de los Capitanes Generales. Las autoridades dieron pita larga para ver hasta dónde llegaba el ingenio cubiche, porque salvo los basureros no había otro mercado de insumos para hacer artesanías que las propias empresas estatales. Ni otras vías de suministro que robo o cambalache.

Entonces pasó algo que se llevó de pronto a la mayoría de los artesanos, quienes fueron a dar a la cárcel bajo cargos de actividad económica ilícita y otros delitos contra la propiedad social de todo el pueblo. De este modo el casco histórico habanero quedó acendrado para su proclamación (diciembre 14, 1982) como Patrimonio Histórico de la Humanidad. La Oficina del Historiador se encargó de controlar administrativamente el movimiento artesano y hacia diciembre de 2009 sobrevino la mudanza y concentración de los artesanos de la Catedral al Centro Cultural Antiguos Almacenes San José (Avenida del Puerto), restaurados ad hoc. Dizque el trámite de acreditación como artesano se cobra en chavitos y la renta de espacios, en pesos cubanos.

El movimiento artesano había cobrado impulso a fines de la década de 1960 con egresados y defectores de la Escuela Nacional de Arte (ENA), quienes se reorientaron al no consagrarse como artistas plásticos. Así mismo se reanimaron otras muchas tradiciones artesanales, como bordado y deshilado, que darían pie (1979) a las Ferias de Arte Popular.

Tras la Operación Adoquín se creó (1986) la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACAA), como cristalización burocrática de la artesanía redefinida en términos artísticos. El auge del turismo propiciaría que los artesanos se concentraran en obras de carácter único para la venta puntual. Lo funcional artesano cedió a lo artístico profesional y la característica repetitiva de la artesanía deja de ser consustancial.

En Jatar-Hausmann, Ana Julia (1999) The Cuban Way: Capitalism, Communism and Confrontation, editado por West Hartford, CT: Kumarian Press:

Another free market reform during this period was the state’s 1978 decision to allow limited self-employment. Certain professionals such as carpenters, plumbers, electricians, and artisans were allowed to work privately, provided they had first fulfilled their time commitment to the state. Those who were able to buy a state license could essentially go into business for themselves. They charged whatever rate they could get, and payment was often made in kind with goods such as chicken or vegetables. They were not allowed to hire any staff, but they could form business alliances with colleagues.

The 1978  legalization of self-employment was considered an attempt to control what had been occurring for quite some time. Artisans and handymen had seemingly always worked outside the state apparatus, risking detention by the authorities as they attempted to improve their standard of living. Even after the 1978 reforms such work was a potentially dangerous proposition. The state strictly controlled the number of licenses issued for private work, and crackdowns such as the trial of a score of artisans in a public square in Santiago de Cuba in June, 1985, for selling jewelry without a license were common. (p.35)

In 1986, Castro also labeled the thousands of self-employed Cubans «corrupt parasites» on the public sector and curbed their activities with tighter regulations. In an effort to gain greater control over resources, the government imposed a system in which taxi drivers, artisans, street vendors, and private service workers such as plumbers and electricians had to obtain all materials via a state-issued certificate. The number of private wage and self-employed workers fell from 52,100 in 1985 to 43,200 in 1987. In monetary term, private non-farm incomes fell from 102.5 million pesos in the same period. During the Rectification Period, wage incentives for the population were also scaled back. (p. 38)

Ver también la entrevista al actor, director y productor Marcos Miranda, publicada en Cuba Inglesa, sobre las circunstancias que lo convirtieron en artesano y su relación con el movimiento de artesanos de la Plaza de la Catedral:

¿Vienes directamente a Miami o tienes tu “largo viaje” como muchos otros cubanos?

Mi salida definitiva de Cuba no pasó hasta 1984, y lo hice por España, donde viví 7 años. Una experiencia extraordinaria, que me devolvió la fe en la humanidad, que casi pierdo en Cuba. Desde año 1980 hasta el 1984, fue una época muy dura en la isla para todos los que presentamos nuestra salida del país. Nos sacaron del trabajo y sin posibilidades de recuperarlo o encontrar nuevos. Recuérdese que el sistema comunista no permite la actividad laboral privada de manera oficial, y en aquel momento no existían empresas mixtas ni corporaciones extranjeras donde pudiéramos prestar nuestros servicios ni mi esposa ni yo. La única posibilidad o camino a tomar cristalizó en hacernos artesanos (más bien zapateros) y vender nuestra producción en La Plaza de La Catedral.

¿Entonces puedo asumir que te arrestaron en la famosa “Operación Adoquín”, donde muchos artesanos, sin prueba o delito aparente, fueron a parar a los calabozos del DTI en La Habana?

No. Nunca me di a conocer como artesano. Jamás me inscribí como tal. Y aunque lo hubiese querido, como era mi deseo realmente, mi condición de “gusano” que se iba del país, me lo impedía. Mi hermano Carlos, y mi amigo, el actor Mike Romay (e.p.d.), vendían mi producción. Creo que me salvé porque nunca fui a La Plaza, a pesar de que a Norma, mi esposa, y a mí, nos interesaba aquel peculiar movimiento artístico, y también empresarial, donde el arte y la gestión de ventas se pusieron de manifiesto, y de manera muy próspera e independiente, como no había pasado antes del 59. Además, mis pocas apariciones en la calle como cualquier ciudadano de a pie y sin acceso a los medios, que hice luego de mi renuncia al ICRT como director, escritor y actor, bastaron para que fuera llamado nuevamente al Departamento de Seguridad del Estado, donde se me “aconsejó” que no saliera a la calle porque el público me reconocía como El Ingeniero de “En silencio ha tenido que ser” o El Abuelo Paco de “Variedades Infantiles”. Eso, según “ellos”, “ponía en peligro” el permiso para mi salida definitiva de Cuba. De modo que, a partir de ese momento, comenzó mi condena de cuatro años de prisión domiciliaria.

Brazalete de felpa del Movimiento 26 de julio. Colección Cuba Material.

Sobre la ropa que se gastan Hugo Chávez y Fidel Castro, en El tono de la voz: Otra ropa de la decadencia:

La levita de José Martí…, el uniforme de gala de Simón Bolívar y estos dos calamitosos epígonos vestidos como narcos que charlan un domingo cualquiera en una valla de gallos…

En tiempos dominados por la apoteosis visual, ya no se trata de preguntarse si cada pueblo tiene los gobernantes que merece. Más bien de constatar la imagen que transmiten sus líderes. “Revoluciones pujantes”, dicen mientras se muestran como atletas en retiro esos dos fantoches. ¡Vaya pujo!

Etiqueta provisional de camisa de trabajo Nina. Calidad «segunda». Rebajada de 5.08 a 4.96 pesos. 1990. Colección Cuba Material.

El poeta, filósofo y exprisionero político Jorge Valls me contó que su padre, Alfredo Valls, había sido dueño de una pequeña tienda en Obispo y Villegas a la que había puesto el muy americano nombre de The Quality Shop, donde vendía ropa y confecciones para ambos sexos. Una vez, en los años cincuenta, puso a la venta unas camisas confeccionadas en Guanabacoa, de muy buena hechura y excelente calidad, pero de poca venta. Ante la necesidad de salir de esa mercancía, el padre de Valls mandó a hacer nuevas etiquetas para las camisas. Estas decían que las camisas habían sido hechas en Brooklyn, no en Guanabacoa. Además, les aumentó el precio. En poco tiempo, dice Valls, se vendieron.

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Dice Jean Paul Sartre en Huracán sobre el azúcar que, durante su primer viaje a Cuba en 1949, cuando quiso comprar un peine, fue advertido por el dependiente sobre la fabricación doméstica de este. El dependiente había querido ser atento y advertirle que se trataba de un producto de menor calidad.

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En casa de mis abuelos he encontrado etiquetas que dicen «Hecho en Cuba» en el interior de carteras de piel, en el lomo de peines plásticos color vainilla, en corbatas que aún cuelgan de la puerta del chiforrover de mi abuelo, en viejos y desteñidos pomos de perfume. En todos casos se trata de mercancía de la mejor calidad. Nada que ver con las chambonas prendas de vestir que solían traer la marca de «hecho en Cuba» en los comercios de los años ochenta.

Sortijas

Sortijas

Sortijas. Foto tomada de LoreLama.

LoreLama es hija de cubanos de Jaguey Grande que emigraron a Estados Unidos en 1962. Tiene un blog, donde bajo el título «Un poco de nostalgia» publicó estas sortijas, producidas por Santayana Jewelers.

Chancletas de goma

Chancletas de goma

Chancletas de goma.

Odette Alonso, en el blog Parque del Ajedrez:

Mis fotografías con Donna Summer —pensé entonces— son todas mentales. Y son muchas. Las salas a oscuras de las casas de mis amigos y de mi propia casa, la música retumbando en las paredes, Manolito y Vicente, algunas muchachas a quienes no debo mencionar. Escaleras, rincones, sudores de la noche tropical. Pantalones de mezclilla, tennis y camisetas que por primera vez usábamos, muy orondos, gracias a las tías del Norte, ésas que antes habían sido traidoras impronunciables. Discos de los Bee Gees y de Tavares, de la Streisand y Bonnie M, de KC, de “Saturday night fever” y de “Hotel California” que nos regalaron esas tías y los primos a los que por décadas tuvimos prohibido escribirles.
Ni siquiera es que haya muerto Donna Summer, a quien hace años no escuchaba con detenimiento, como tal vez ella tampoco cantara en medio de los dolores del cáncer. No es Donna Summer en sí misma: soy yo, somos nosotros, es nuestra juventud. Aquellos años que hoy no son ni fotografías, porque entonces muy pocos teníamos cámaras y muchos de aquellos papelitos se han perdido.
Peine plástico

Peine plástico

Peine plástico. Hecho en Polonia. 1980s. Colección Cuba Material.

 

Cuando Cuba Material dejó la plataforma blogger, perdí muchos comentarios y entradas. Estos son algunos referidos a las cosas (materiales) que aún hoy se asocian con significados positivos:

  1. Anónimo 

    Los objetos que recuerdo con agrado son los libros de la coleccion Huracan, grandes obras literarias con una encuadernacion tan primitiva que las hojas se despegaban al pasarlas,. pero muy baratos, cualquier estudiante con unos centavos los compraba y formaba su coleccion.
    Otros son las sandalias , llamadas guarachas, con la suela de gomas de camion y entretejido de piel. Muy comodas y sobre todo que duraban muchisimo.
    El jabon Alborozo. Tenia un perfume muy antiguo y delicado que jamas pude encontrar otra vez en otros productos en el extranjero.
    El perfume Alicia Alonso y Gisell. Me gustaban mucho y considerando la escases y la miseria mediante eran un buen logro de nuestros tecnicos perfumistas. Tanto que consegui el telephono de Suchel y los felicite personalmente.
    El helado Copelia de Chocolate al inicio de inaugurada la heladeria .
    La crema hidratante Cirene.
    El refrigerador Westinhouse de mi familia que duro casi 50 años comprado antes de la Revolucion , claro.
    La maquina de cocer Singuer y la maquina de escribir Lettera que duraron casi 60 años.
    Mi madre escribia ya sin cinta utilizando papel carbon.
    La pluma fuente que me regalo mi hermano cuando el estudiaba en la Union Sovietica. Me duro toda la carrera en la Universidad. El peine de plastico de dientes separados comprado en Checoslovaquia , otro regalo que me hizo porque yo tenia el pelo muy largo y se me enredaba. Todavia lo tengo y ha pasado casi 20 años. En Cuba no habia ese tipo de peine en aquellos momentos.

     

  2. Anónimo

    la casa donde nací… tenía un encanto especial, fabricada por mi abuelo español mantenía la tipología de las casas españolas con su patio interior y un patio trasero donde jugaba cuando niña, grandes habitaciones que todas daban a los patios, pisos de losas blancas y negras y persianas francesas y sobre todo el angel de la familia que la habitaba… el día q la cerré porque mis padres venían para Miami y perdíamos mi querido hogar, corté mis raíces con Cuba, pero la extraño y la lloro, la tengo en mi vitrina interior

     

  3. Anónimo

    mi difraz de la Violetera… tenía unos 3 años por el 1958 y nos disfrazaron de la Violetera por la pelicula de igual nombre interpretada por Sarita Montiel, todas las niñas iguales y los niños con los cuales hacíamos pareja con tabaquitos que eran de chocolate, en el Club Campestre de mi pueblo

Disfraces de odalisca

Disfraces de odalisca

Disfraces de odalisca. Casa de los disfraces, Habana. Alrededor de 1980.

Un amigo, profesor de The New School, me comenta sobre Cuba Material:

Me hizo pensar en mi disfraz de carnaval—fui vestido de ‘andaluz,’ fue confeccionado por mi madre, ‘la gallega,’ y ahora (…) entiendo que el disfraz fue parte de una resistencia conservadora y católica a los cambios revolucionarios que se iban imponiendo dentro y fuera de nuestra familia (…) etc. Y ahora que me recuerdo del disfraz y lo que viví durante el carnaval me invade un sentido de…

Yo también tuve disfraces que no olvido. El de odalisca que mi hermana y yo llevamos en la foto, que mis padres rentaron en la casa de los disfraces de Galiano, en La Habana, lo usamos en una actividad de la escuela. Inspirado por estos, mi abuelo organizó después una sesión de fotos en su casa, para la que preparó un set en una esquina de la sala, con cojines y sábanas. Mi abuela nos maquilló y adornó con sus collares. A a hermana y a mí solo nos tocó hacer de odaliscas, lo mejor que pudimos.

Sin embargo, el «disfraz» más memorable de mi infancia fue el de la fiesta de fin de curso de primer grado, cuando hice de reina en la obra El Ratoncito Pérez. Me puse el vestido que mi mamá usó en su primera comunión, y en la cabeza, una estola de seda de mi abuela y la tiara de su boda. Los niños de mi aula no paraban de decirme que era la niña con el disfraz más lindo de la escuela, tan contentos ellos como yo. Pero cuando recogía los caramelos de la piñata de la fiesta que hicimos en el aula, alguien me pisó el vuelo y la tela de la saya, que estaba podrida, y esta se rasgó. Luego llegó a mi aula el rumor de que una niña de otro grado tenía un vestido más bonito que el mío. Se trataba del traje nacional de una de las repúblicas de Europa del Este. Un traje colorido, floreado, exótico y, sobre todo, nuevo.

Disfraces de odalisca

Sesión de fotos con disfraces de odaliscas. Alrededor de 1980.

disfraces infantiles

Vestido de comunión usado como disfraz para representar una reina. 1980.

disfraces infantiles

Vestido de comunión usado como disfraz de reina. Fiesta de fin de curso de la escuela Nicolás Estévanez. 1980.