comercio de la nostalgia

museo historico cubano (2)

Estuve muy poco tiempo en LASA 2014. Apenas llegué el viernes en la tarde para presentar una ponencia sobre la cultura material y el discurso político cubano muy temprano en la mañana del sábado –con lo que aprovecho para agradecer a quienes casi madrugaron para asistir– en un panel organizado por Jessica Gordon-Burroughs y Walfrido Dorta y luego, al mediodía, participar del workshop que Lillian Manzor e Iraida López tuvieron la gentileza de organizar, dedicado a las “nuevas voces” en la historiografía cubana –y aquí también agradezco a las organizadoras por la nutrida concurrencia y a mis co-panelistas por sus excelentes perspectivas. Y es precisamente de la propuesta de uno de ellos que quiero hablar.

En los 10 minutos de que dispusimos para presentar nuestros trabajos, Albert Laguna tuvo tiempo para hacernos saber que, en efecto, las relaciones entre el exilio y la isla han cambiado muchísimo, tanto como el propio exilio y la isla, aunque no exactamente de la manera que muchos habían imaginado y aún quisieran. Según Albert, casi el 90 por ciento de los objetos de nostalgia que se comercializan en Miami son importados por nuevos inmigrantes, quienes antes de abandonar Cuba se informan mediante una simple búsqueda en la web sobre lo que, como diría un salsero cubano en los años 1990s, “se vende como pan caliente” en Miami, es decir, los objetos más codiciados por los compradores miamenses. Así ilustrados, estos nuevos inmigrantes se las ingenian para conseguir lo que imaginan les traerá alguna ganancia en su recién estrenado exilio, y cargan con la mayor cantidad de cosas que pueden conseguir, con cuya venta obtienen cierto dinero de bolsillo –tiempo no tuvo Albert para precisar la naturaleza de estos objetos, sin embargo.

Mientras Albert hablaba, pensaba en un coleccionista y vendedor de antigüedades de Miami, a quien tuve el placer de visitar el verano pasado. Este octogenario señor posee la más extensa colección de objetos de la república cubana que jamás he visto, incluidas dos de las cuatro ruletas del casino del cabaret Tropicana –entre col y col, puede uno encontrar allí también algo de la cultura material del socialismo cubano, aunque es poco, en realidad, lo que posee de este periodo, principalmente objetos de índole militar. Según el muy bien informado coleccionista, gran parte de su colección la ha construido gracias a las “mulas” que llevan paquetes a la isla y que, en virtud del bizarro interés de este señor de Coral Way, obtienen beneficios económicos con el viaje de regreso, que se convierte también una buena oportunidad de hacer negocio, aunque últimamente, he sabido, es poco lo que queda por comprar en Cuba.

premios ONDI de diseño 2014

Imagen tomada de Cubahora.

Premio de diseño 2014. Imagen tomada de Cubahora.

Acaban de entregarse los premios ONDI de diseño que, desde 1989, otorga la Oficina Nacional de Diseño Industrial a los diseñadores que concibieron los mejores diseños producidos durante el año precedente –desde 1997 este concurso tiene una frecuencia bianual. Sobre los mismos dice Cubahora:

En ceremonia oficial celebrada en el salón Vedado del Hotel Nacional de Cuba, la Oficina Nacional de Diseño (ONDi) premió a los ganadores en las distintas categorías propuestas para el Premio ONDi de Diseño 2014, alto reconocimiento que valora los proyectos, productos o sistemas de productos con aportes significativos de índole económico y/o social, desarrollados y concluidos en los dos años previos al evento, tanto por profesionales como por estudiantes de Diseño o carreras afines.

El jurado estuvo integrado por Miriam Abreu Oramas, Milvia Pérez Pérezy Roberto Chavéz Miranda como presidentes, además de Jesús Frías Báez, Carlos Labori, Sulumi Sánchez, AnniaAtta Peña, Evil Ramosy, y Richard Velázquez, prestigiosos profesionales con altos reconocimientos y desempeño en el gremio. Los premios y las menciones fueron evaluados de acuerdo con las distintas categorías propuestas por las bases del concurso, y que comprendían el Diseño de Comunicación Visual, el Diseño Industrial, tanto de Mobiliario como de Vestuario, además del Premio Proyecto de Diseño.

De igual modo se evaluó tanto la calidad de los trabajos como el significado económico y social, el nivel de innovación para las soluciones de los diversos componentes del propio diseño y el resultado final. Todo justipreciado a través del análisis de las oportunidades asociadas al mercado, la utilidad, la producción y el respeto a la ecología.

Se les otorgó Mención  a Arianna Cabrera Piña, Olga Aylén García Fernández, Alejandro Romero Rosell, y Claudia Hernández Colomer por el Diseño de la multimedia de desastres en Cuba, en el que se recopilan y organizan contenidos que se encontraban dispersos y que resultan de gran utilidad para la Defensa Civil.

De igual modo les fue otorgada una Mención a Alicia Fernández y Martha R Llorente Fernández por el Motocultor para organopónicos por su alta utilidad en la agricultura urbana.

Merecida Mención tuvieron Darlyn Robert Errasti y Anamary Rodríguez Arias  quienes desde su primer año presentaron el proyecto Anímate Anímame que propicia, además del conocimiento del mundo natural, el desarrollo de habilidades manuales así como el intercambio familiar durante el juego para los que comienzan el camino del Diseño.

Especial, útil diseño de contenedores para especias, que contribuye a mejorar las condiciones  ambientales y de trabajo de la cocina de la vivienda cubana, también obtuvo mención y estuvo a cargo de Ernesto Iglesias Díaz.

Uno de los premios Ondi de Diseño 2014 fue concedido al proyecto de Identidad Visual Pautas de interfaz gráfica para el portal de la salud Infomed, por Yondainer Gutiérrez Fernández y Yelene Béquer Crespo, quienes en su rediseño han ayudado a elevar la calidad de la interfaz gráfica de este valioso portal dedicado a la salud cubana y que tiene una amplia visibilidad nacional e internacional.

Otro de los Premios fue otorgado a Cultura entre las manos, por Maité Fundora Iglesias, que responde a una solicitud de la Oficina del Historiador de la Ciudad a través de Habana Radio. Este depurado y minucioso trabajo es de gran interés y actualidad y refleja además la alta dedicación al mismo por su autora.

También se le otorgó Premio a Adriana Horta Ramos y a Eduardo Velazco Álvarez por el Sistema de juguetes de madera para niños de 3 a 6 años, producto altamente demandado y de gran necesidad que se ajusta a las posibilidades productivas y de recursos del país y que, de igual modo, da respuesta a la doble función del juego y el almacenaje.

El Diseño de espacios interiores: “Nuevo Hotel Varadero Internacional” llevado a cabo por Carla Oraá Calzadilla se alzó con otro de los premios por su alta calidad y estudio minucioso en cuanto al diseño en pos de la iluminación, pantallas divisorias, aprovechamiento del espacio, mobiliario, y como cuidadosa respuesta al lamentable hecho de tener que prescindir del mundialmente conocido Hotel “Internacional de Varadero”.

Alicia Fernández y Martha R. Llorente Fernández fueron merecedoras de otro de los Premios por la propuesta ONBIKE. Alternativa ecológica para el transporte, que aborda el problema de la transportación personal diaria y combina el empleo de ciclos con transporte colectivo para distancias cortas y largas. Se trata de un ciclo concebido para su plegado y porte al abordar el transporte colectivo, además de que elimina el problema del parqueo.

En la categoría de trabajos profesionales de Diseño Industrial, el jurado concedió una Mención a David Rodríguez y Adrián Miranda por el  Proyecto de Diseño de la identidad e interiores de la Casa del Queso “Le Marriage”, así como a Raúl Francisco Vázquez por el Sistema de identificadores y uniformes infantiles de béisbol de La Habana.

El Diseñador Industrial Luis Ramírez se alzó con el Premio Ondi 2014 en esta categoría por su Sistema de luminarias y piezas utilitarias  móviles para el hogar, por la calidad de sus propuestas.

En la categoría de trabajos profesionales de Diseño de Comunicación Visual se otorgaron dos menciones, al Diseño editorial para libros de Ediciones Boloña, elaborado por Themis García Ojeda, y al Sistema de Identidad Pablo Milanés (Obra musical y oficina artística) por Laura Cuendia y Yosvenky Camiña, así como a la  Campaña “Protejamos las playas del Este”, por los autores Carlos Mesa Vera, Alejandro Escobar y Alfredo Aguilera Torralba. La Revista de literatura y arte UNIÓN también fue merecedora de una Mención que se les otorgó a los autores Viviana Caballero Carrasco, Alejandro Rodríguez Fornés y Yusell Marín Gutiérrez.

En esta categoría de Comunicación Visual el premio Ondi 2014 lo ganó la  Campaña para el premio “Casa Víctor Hugo 2013”, por su discurso de elevada identidad , coherencia y calidad gráfica y  artística, además del uso adecuado de los colores representativos de Cuba y Francia. El trabajo fue presentado por Darwin Fornés y Michel Faz Fajés.

La velada se caracterizó por un espíritu alegre y de camaradería en la que compartieron concursantes, jurado, familiares y amigos de los premiados, así como periodistas de los distintos medios que dieron cobertura al evento. Luego de la premiación en el Salón Vedado del Hotel Nacional se dio paso a una muestra expositiva de las obras premiadas en el Cine La Rampa, en la que se pudieron apreciar imágenes de dichos trabajos.

Sin dudas, esto es una demostración del estímulo e inserción del Diseño Industrial y la Comunicación Visual en la economía y la cultura cubanas que fomenta el desarrollo de esta actividad en los sectores productivos y de los servicios, como parte de los objetivos principales de la ONDi, organizadora y promotora del evento.

El concurso fue convocado en diciembre pasado. Ver la convocatoria aquí.

Imprenta Nacional de Cuba

Edición del Quijote de 1959. Ediciones Revolucionarias Imagen tomada de Cubahora.

Edición del Quijote de 1959. Ediciones Revolucionarias Imagen tomada de Cubahora.

En Cubahora:

El 31 de marzo del 1959 se fundó la Imprenta Nacional de Cuba a través de la Ley 187 del Gobierno Revolucionario. . . .

El primer libro impreso fue una de las obras cumbres de la literatura hispana: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, dividido en cuatro tomos y con ilustraciones de Gustavo Doré y Pablo Picasso. Su precio: 25 centavos. Con esta, se inauguró la colección Biblioteca del Pueblo, destinada a los clásicos de la literatura universal.

Alejo Carpentier estuvo al frente de la institución durante los primeros años e impulsó la publicación masiva de libros. Después del Quijote, se imprimieron antologías de poéticas de Rubén Darío, César Vallejo, Pablo Neruda y Nicolás Guillén, tres tomos de la Antología de Poesía Cubana, a cargo de Lezama Lima, además de las novelas Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, A sangre fría, de Truman Capote y Un amor de Swan, de Marcel Proust.

En 1962 la Imprenta Nacional de Cuba se convirtió en la Editora Nacional y Carpentier se mantuvo en la dirección de esta institución durante cuatro años. Cinco años después se creó el Instituto Cubano del Libro y se conformó un sistema de editoriales nacionales y provinciales para cubrir tanto las necesidades de los lectores como para dar cabida a los escritores de diferentes provincias y a los distintos géneros literarios.

. . . En total, cerca de 70 mil títulos de escritores cubanos y de otras nacionalidades han sido publicados en el país después del triunfo de la Revolución. En 1981 fue declarado el 31 de marzo el Día el Libro Cubano como homenaje a la creación de la Imprenta Nacional de Cuba en 1959.

Reboiro. Carteles. Cine. Posters, el libro

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Cartel. 1973. Imagen tomada de Cubaencuentro.

La editorial madrileña El Gran Caíd SL ha publicado, en formato digital, el libro Reboiro. Carteles. Cine. Posters (2014, 272 páginas), reseñado por Carlos Espinosa Domínguez en Cubaencuentro. Sobre el mismo, dice Espinosa:

El hermoso libro cuenta con edición de Antonio García Rayo y diseño de Alberto Jiménez García. Para acompañar la reproducción de sus afiches, Fernández Reboiro redactó un texto titulado “Mi pasión: el diseño”. Creo que es la primera vez que él se refiere extensamente a su trabajo. Eso hace que esas páginas resulten muy valiosas, por toda la información que proporcionan. En ellas narra sus inicios como diseñador de carteles cinematográficos, y sobre ello apunta:
“En 1963, supe por unos amigos que el ICAIC quería formar un nuevo equipo para diseñar carteles de cine. No conocía a nadie allí. Así que me presenté y de ahí empezó mi colaboración. Es el momento en que comienza el fenómeno cultural del cartel de cine cubano, al tiempo que el gobierno controlará y dirigirá la propaganda de todas las películas que se proyectarán en Cuba. Realizábamos nuestro trabajo como freelance. Había muchos diseñadores en Cuba, pero no todos querían colaborar con el nuevo régimen, así que tomaron la decisión de marcharse. Quedamos [Eduardo] Muñoz Bachs y yo. Luego se incorporaron Ñico, Dimas y Julio Eloy. Como invitados llegaron Alfredo Rostgaard, Raúl Oliva, Umberto Peña, Yanes, Navarro y otros. Años más tarde se unirán Luis Vega, Damián y Oliverio. Por último, algunos pintores como Antonio Saura, René Portocarrero, Servando Cabrera Moreno, Raúl Martínez y Mariano Rodríguez hicieron algún cartel por encargo del director de la película o de la dirección del ICAIC”. Fernández Reboiro cuenta que en 1967 los diseñadores dejaron de trabajar como freelance y pasaron a formar parte de la plantilla del ICAIC.
Acerca de cómo trabajaban, señala que “todos los carteles los aprobaba Saúl Yelín, que dejaba una total libertad de creación, hasta el punto de que muchos desafiaban la orientación del realismo socialista. Los carteles y las vallas se preparaban una semana antes del estreno, hasta que en 1965 llegó la orden de Fidel de que no podía haber propaganda de ninguna índole en la calle, salvo la del gobierno. Así acabó la inmediatez del cartel y se convirtió en un hecho plástico singular que rompió los esquemas. Al menos su primera regla: la de que un cartel es publicidad y debe anunciar un evento”.

Leer toda la reseña aquí.

datos de producción de calzado

delgado.diseñodecalzadocubano.tesis.

En el Informe del Dr. Ernesto Guevara, Ministro de Industrias en la Reunión Nacional de Producción de 1961 (publicado en Díaz Castañón, María del Pilar. 2004. Ideología y Revolución. Cuba, 1959-1962. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales):

Grupo de Cuero y Derivados. Zapatos. Todos los tipos. El aumento de la producción es del 57 por ciento. Aquí sí ha habido… aquí sí es uno de los casos donde sí ha habido presiones por el aumento enorme del consumo. Del año 60 3,840,380 pares, al año 61 6,071,22 pares en seis meses (APLAUSOS).

No aplaudan tanto porque esta es una de las industrias donde es posible que los datos sean falsos, saben. Los del año pasado; los de este año ya son exactos, ya tenemos datos más precisos, pero hay que pensar que hemos tenido que hacer un cálculo de la producción total de una industria que es, casi en un 90 por ciento, artesanal de tal manera que no hay ninguna seriedad en los cálculos. (p. 253)

Frank Delgado: Konchalovski hace rato que no monta en Lada

 

Ya no podré leer más ningún libro de esos
de Editorial Raduga, de Editorial Progreso.
No podré disfrutar más de aquel Tío Stiopa
de estatura increíble y tan horrible ropa.
No te puedo negar que los ojos me arden.
Maiakovski ya deja reptar a los cobardes
y no podré tomar el té negro en las tardes.
El teatro Bolshoi aún no ha sido saqueado
hay Noches de Moscú, crimen organizado
los Estudios Mosfilm seguro que han cerrado.

No me volveré a emocionar con “Siberiada”.
Konchalovski hace rato que no monta en Lada.
No podré disfrutar de aquellas olimpíadas
con los soviets ganando todas las medallas.
La Kasánkina grita: no me dejen sola.
Serguei Bubka se venga, toma Coca Cola
con Salenko, que juega en la Liga Española.

Alguien a mí me preguntó si me había leído “El Capital”:
Sí, pero a mí no me gustó, pues la heroína muere al final.
En fin, que no me gusta tanta economía novelada
que escribió el tal Carlos Marx.

Ahora que los censores no pitchean bajito
ya podemos burlarnos de sus muñequitos.
Ahora que los ministros cambiaron las banderas
podemos hablar mal de su industria ligera.
Hoy que llevo en la frente el cuño del vencido
y me acusan de muros que al fin se han caído
puedo ser post-moderno, perder el sentido.
Renegar de las utopías en que creo
o ensañarme con toda la ley y el deseo
con la momia de Lenin y su Mausoleo.

Hoy que sólo del vodka queda la resaca
yo me niego amor mío, cambiarme la casaca.
Hoy que los Konsomoles van pasando de todo
abrázame mi china, y no me dejes solo.
Y mientras Fukuyama repite iracundo
que estamos ante el fin de la historia del mundo
mi amigo Benedetti abre el tomo segundo.

Alguien a mí me preguntó si me había leído “El Capital”:
Sí, pero a mí no me gustó, pues la heroína muere al final.
En fin, que no me sirven estas novelitas de tres tomos
que escribió el tal Carlos Marx.

Dice Jacqueline Loss (2013): More than any other artistic piece, the 1995 nueva trova song “Konchalovsky hace rato que no monta en Lada” (Konchalovsky Hasen’t Ridden a Lada in a While) . . . captures what it feels like to inhabit the remains of the Soviet Bloc in the Caribbean. (Dreaming in Russian: The Cuban Soviet Imaginary. Austin: University of Texas Press)

Código de Defensa Socialista

Estambre adquirido en los años 1950s. Foto 2013.

Estambre. 1950s.

El Código de Defensa Socialista, promulgado en 1961 contra el acaparamiento y la especulación, prohibe, según Díaz Castañón (2004), “la venta callejera de 15 artículos: ‘cuchillas de afeitar, hilo de coser, jabón, sábanas y fundas, pasta dental, papel sanitario, vasos, platos, tazas, juegos de cristal, loza y plástico, pilas, linternas, detergente, tela antiséptica, mosquiteros, bombillos, desodorante, biberones y pezones de goma’.” (p. 169). En Díaz Castañón, María del Pilar. 2004. Ideología y Revolución. Cuba, 1959-1962. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.

guayabera

Guayabera que la familia Payá-Acevedo ofreció al papa Francisco. Imagen tomada de la cuenta de Tweeter de Rosa María Payá.

Guayabera que la familia Payá-Acevedo ofreció al papa Francisco. Imagen tomada de la cuenta de Twitter de Rosa María Payá.

Cuando digo que la guayabera es a la moda cubana lo que José Martí a la política nacional, no sólo me refiero al encumbrado sitio de ambos en el imaginario nacionalista cubano en tanto epítomes de cubanidad, sino también a su valor político para la isla y su diáspora. Con relación a la guayabera, prenda que usara antaño el ejército mambí, ya en 1959 el gobierno revolucionario había subsidiado temporalmente su producción para vestir con ella a quienes asistieron a la Concentración Campesina que se celebró el 26 de julio en la Plaza de la Revolución cuando,poco después, en 1965, creó la marca de guayaberas Criolla, producida por la empresa estatal Moda Cubana. En Cuba, en los años 1970s la guayabera se convirtió en modelo femenino; en los años 1980s fue el uniforme de los empleados de la gastronomía; en 1994 vistió a Fidel Castro en su primera aparición pública sin uniforme militar; y hace tres años fue decretada vestuario oficial de la diplomacia de la isla.

Asesores de alto nivel recomendaron al ex-presidente Jimmy Carter vestir de guayabera cuando visitó la isla en el 2002 –y así aparece en fotos junto a Fidel Castro, que también llevaba una–, al candidato presidencial Mitt Romney cuando se dirigió a los votantes del condado de Miami, en la Florida, en enero del 2008, y al presidente Obama cuando asistió a la Cumbre de las Américas celebrada en Cartagena de Indias en el año 2012 –éste, sin embargo, no se vio con ninguna.

Cubanos de Cuba han vendido guayaberas en Miami, y cubanos de Miami la han importado a Cuba. Se vende en la pequeña tiendecita del aeropuerto de La Habana desde donde salen los vuelos con destino a Miami, y en la Pequeña Habana de Miami donde viven muchos de los que vuelan a Cuba.

Ayer, cuando el papa Francisco recibió a la familia Payá-Acevedo, éstos le ofrecieron una guayabera y, según comentó Rosa María Payá por Twitter, “el Papa bromeó con posibilidad de ponerse guayabera que una familia cubana en el exilio nos dio para él”.

el nuevo precio de los trámites relacionados con la materialidad

Ticket para adquirir el almuerzo en el Instituto Superior de Arte. Cortesía de Alexis Jardines.

Ticket para adquirir el almuerzo en el Instituto Superior de Arte. 2006. Cortesía de Alexis Jardines.

En Havana Times:

La Gaceta Oficial publicó las nuevas tarifas para el procedimiento de obtención y certificación de los documentos necesarios para su aplicación fuera de la Isla, así como algunos servicios requeridos por los extranjeros que visitan o viven en Cuba, informó el sitio web Cubadebate del gobierno.

La resolución emitida por el Ministerio de Justicia incluye el costo de los documentos en el sector inmobiliario, seguros, auditorías financieras, propiedad intelectual, procedimientos de inmigración, entre otros.

La nueva legislación se aclara que las tarifas aprobadas “se aplican a las personas naturales y jurídicas, cubanas o extranjeras.

En el caso de las personas naturales cubanas residentes en el país solamente se aplican a la obtención, certificación y legalización de documentos para surtir efectos en el exterior”. Ahora todos los servicios deben ser pagados en la moneda dura cubana, el CUC.

Ver las tarifas en Havana Times.

libros de texto

Libro escolar de los tempranos 1980s. Imagen tomada de internet.

Libro escolar de los tempranos 1980s. Imagen tomada de internet.

En las escuelas públicas de los Estados Unidos, país que epitomiza el derroche, los niños deben llevar, al inicio del curso escolar, forros conque proteger cada uno de los libros de texto que usarán durante el año. En Cuba, en 1971, cerca del 50% de los libros de texto de las escuelas debían ser renovados cada año por falta de cuidado (Mesa-Lago, Carmelo, 1978, Cuba in the 1970s: Pragmatism and Institutionalization (revised edition), Albuquerque: University of New Mexico Press). No creo que en los años 1980s, época en la que yo me sentaba en los pupitres de la escuela primaria Nicolas Estévanez, la situación hubiera mejorado.

el dinero, los bienes y el poder: 1959

Foto cortesía de Axana Álvarez.

Foto cortesía de Axana Álvarez.

Tomado de: Guerra, Lillian. 2012. Visions of Power in Cuba: Revolution, Redemption, and Resistance, 1959-1971. Chapel Hill: University of North Carolina Press:

INRA also transferred the gorgeous personal estates of corrupt politicians who had fled with Batista into exile to the new tourism bureau, the Instituto Nacional de Industrias del Turismo (INIT). Almost immediately, INIT opened the doors of these lavish homes as tourist destinations and sometimes converted them into national parks.

… Not only well-to-do Cubans applaud these actions, but they visited the new tourist sites and attended exhibits of expropriated wealth en masse. In November 1959, the Ministry of Ill-Gotten Goods personally invited habaneros to put their wealth in service of the revolutionary cause by acquiring the expropriated treasures and home decor of batistianos at public auction. … Those who did not wish to buy could browse the vast display assembled at the Capitol Building’s mirrored Hall of Lost Steps. Objects included the legendary solid-gold telephone that U.S. Ambassador Arthur Gardner had presented to Batista in a public ceremony the day after the Directorio Revolucionario’s failed 1957 assault on the Presidential Palace. (pp. 57-58)

In fact, few of INRA’s early successes in subsidizing cooperatives and small farmers would have been possible without the massive financial contributions of the middle class. According to Nuñez Jiménez, private donations totaled over $8 million. In the month after the proclamation of the agrarian reform, Bohemia magazine sponsored a national campaign that raised a whopping $4,485,197.43 while donations of machinery and equipment totaled another $1,571,780.26. (p. 61)

Eduardo del Llano: Chucherías

Palitos de la paletica de helado. Foto 2013.

Palitos de la paletica de helado. Foto 2013.

Eduardo del Llano: Chucherías:

………………………….

No tuvimos chicle. Esa mierdita olorosa venía a ser, para quienes nos educaban, un comprimido de sociedad de consumo, una píldora venenosa que, nada más masticarla, te envenenaba la sangre de capitalismo de alto octanaje. Un recuerdo que habla por sí solo (y que estoy seguro compartirán muchos coetáneos) ha de ser de 1970, año más o menos: la primera vez que tuve un chicle en la boca. Sólo que, antes de llegar a la mía, había pasado por las bocas de una decena de niños del aula, partiendo de una matriz que debió ser el hijo de alguien que viajaba; lo que mastiqué, entonces, fue una cosa insípida, inficionada por restos de comidas ajenas. Luego, ya pasando la secundaria en la Lenin, quien viajó fue mi padre… a la URSS, de donde trajo unos chicles Adams fabricados allá (¡!) que ahorré cuanto pude: inauguraba una tableta el domingo por la noche, a la entrada del pase, y lo conservaba durante toda la semana, pegándola bajo la taquilla, como un moco, a la hora de dormir, y recobrándola a la mañana siguiente.

…………………….

Como ocurrió con la utopía, la calidad y la presentación de las golosinas fue decayendo. Los caramelos degeneraron de paquetes de unidades primorosamente envueltas a una masa pringosa que se vendía por el peso. El chocolate dejó de tener una denominación concreta. Aparecieron los Extrusos de maíz (debe ser difícil encontrar un nombre comercial más espantoso, probablemente obra del mismo estro sutil que más tarde creó las Tiendas de Recuperación de Divisas) que la gente bautizó Chicoticos, hasta que terminaron por llamarse así. Pero eso fue bien avanzados los ochenta, y ya yo contaba veinticinco años o más.

Generación Y: En venta las medallas

Foto 2012.

Medalla de la Alfabetización. 1986.

En Generación Y: En venta las medallas:

Grados militares, estrellitas, distinciones de mayor o menor importancia: condecoraciones que remiten a glorias pasadas. Junto a los libros que se venden en la Plaza Vieja -y las postales turísticas con el rostro del Che- tenemos el mayor mercado de medallas de todo el país. Si en Alemania oriental cayó el muro y después el comercio de las insignias ganó la calle, aquí éste ha surgido frente a los ojos de quienes prendieron esas calaminas sobre las solapas. Muchos trabajadores de vanguardia, soldados mutilados y federadas combativas que recibieron tales honores prefieren hoy intercambiarlos por pesos convertibles. Mercadean en moneda fuerte el objeto que los distinguía como modelos sociales a imitar.

Sobre un tapete rojo, carente ya de cualquier sobriedad, se exhiben los emblemas de una nación sofocada entre diplomas y distintivos. La herencia soviética nos dejó esta larguísima fila de órdenes, distinciones, ramas de olivo, laureles de blando metal, certificados de destacado, hoces y martillos pintados en rojo y escudos de la república impresos sobre zinc. Una parafernalia del reconocimiento que calcó el kitsch y la desmesura llegados desde el Kremlin. En aquellos años nadie quería quedarse sin su condecoración, pues esas distinciones se trocaban por prebendas o privilegios. En las asambleas donde se entregaba un refrigerador o una lavadora, los aspirantes al electrodoméstico iban con su ristra de galardones colgada en la camisa. La reunión se convertía así en un ring de méritos, en un carnaval de hazañas exageradas. Pero eso fue hace mucho tiempo…

A estas alturas de tan escéptico 2012, la estética de aquellas insignias nos provoca una mezcla de curiosidad y extrañeza. Algunos vagabundos de la Habana Vieja se las colocan sobre el pecho para que los sonrientes turistas les regalen unas monedas.  También, escondidas en el fondo de innumerables gavetas, yacen muchas de aquellas reliquias por la indiferencia o la decepción de su beneficiario. Otras -sencillamente- tienen un precio. Se venden en el mercado de antigüedades junto a muestras numismáticas del siglo XIX o cámaras Leica octogenarias. Los compradores sopesan las medallas, le regatean al vendedor, para al final descartar o llevarse el frío metal que contiene tanto pompa como fracaso; esplendor y caída.

Sports Illustrated: How to lose tourists

 

Raúl Castro recibe a los touroperadores norteamericanos en 1959. Imagen tomada de Lillian Guerra, Visions of Power in Cuba: Revolution, Redemption and Resistance, 1959-1971.

Raúl Castro recibe a los touroperadores norteamericanos en 1959. Imagen tomada de Lillian Guerra, Visions of Power in Cuba: Revolution, Redemption, and Resistance, 1959-1971.

Reportaje de Horace Sutton para Sports Illustrated sobre la convención de agentes de viaje norteamericanos celebrada en Cuba en octubre de 1959, y los planes turísticos del nuevo gobierno cubano: How to lose tourists:

All summer long the drums had rolled. “Go Carefree Go Cuba,” said the rollicking ads in the American newspapers. “Cuba is gayer, more friendly, more exciting than ever. Cuba’s new democracy-in-action offers you new freedom, new fun and the biggest welcome in the whole Caribbean!”

At the bottom of the ads came the clincher. The Cuban Tourist Office announced that ASTA—the American Society of Travel Agents—had chosen Havana for its 29th annual world congress in October.

The much-vaunted ASTA convention was a fat legacy that Cuba’s revolutionary government had inherited from the Batista regime. ASTA is the single largest travel association in the world. Its membership is not limited to American and Canadian travel agents, but includes foreign agencies as well, not to mention an allied roster of virtually all the world’s major transportation companies, hotel chains, and any island, government or resort from Tahiti to Tel Aviv interested in attracting the traveler. ASTA’s presence, a much-sought-after plum, has been known to open tourist floodgates, bolster sagging economies and start new travel trends.

For Fidel Castro, whose big tourist plant had been an empty, unused shell since he took over on New Year’s Day, the ASTA convention was the chance of a regime’s lifetime, and he went all-out to take advantage of it. When the first ASTA delegates arrived on Saturday afternoon before the big convention week began, Havana’s brand-new airport, rushed to completion, was ready. It was gay with flags, bunting and welcome signs. A hundred pairs of official eyes, including those of two short, scraggly soldiers only lately out of the hills sporting berets, fatigues and carbines, watched the first delegates come down the steps from the airplane.

ON THE FENCE

ASTA bags and ASTA delegates were rushed through customs without any examination at all. Flags and welcome signs were everywhere, not excluding a two-color neon diadem of welcome on the dome of the capitol and a large cutout sign wired to the fence of the Hospital de Dementes.

Fidel himself showed up on Monday morning at the Blanquita Theater to start the ASTA convention rolling. As if to signalize the peaceful nature of the occasion, he took off his ever-present gun belt and laid it aside. Then, with Carlos Almoina, the 28-year-old executive director of tourism, at his elbow, he delivered a disarming, off-the-cuff 25-minute talk in halting English. He welcomed the travel agents. He told them that Cuba was their island and that tourism was the salvation of it. He offered the sunny climate, the lovely landscapes, the friendliness of his people and a whopping promotion campaign to bring the tourists back. He got an ovation, and the editors of the convention’s daily newspaper went back to the press room to write the headline, CASTRO WOWS DELEGATES, that was to appear the next morning.

More wowing was in store. That evening, in dark uniform and tie, Castro showed up again at a reception given on the grounds of the capitol building by President Osvaldo Dorticós. This time he was mobbed by the travel agents who, playing bobbysoxers to his Elvis, fought and pushed to have their pictures taken alongside him, shoving hundreds of convention badges at him to autograph. ASTA’s president, Max Allen, tried to stop the near riot, but Castro insisted that he was pleased to sign the badges of all comers.

Even this was not the last that Fidel had to give to the convention. He disappeared into the night, but members of the press meanwhile had been notified that at 10:30 p.m. he would personally escort them through a small exposition—set up across the street from the Hilton—showing what life was like in the new Cuba. The appointed hour found a record turnout of 150 reporters, photographers, publicity people and the ASTA president waiting expectantly under a hot, brightly lighted, translucent canopy for the Premier to reappear.

We waited. After 40 minutes everybody agreed that Castro was undoubtedly held up by something important. A member of the newly organized tourist authority rose to speak for him. In eloquent terms he proceeded to explain the tremendous plan (already neatly explained in ornate press kits handed to each reporter) which would transform Cuba from a jazzy one-city tourist attraction to a 700-mile-long isle of wholesome vacation happiness.

One by one, other officials filed up to the platform, loyally vamping for their absent leader while the assembled press fidgeted and perspired under the hot lights. Cuba had relied too much on such unhealthy sports as nightclubbing and gambling, Castro’s aides said. Fidel would keep the clubs and the wheels, but he was building 43 centers for hunting and fishing too. Cuban ducks, and particularly Cuban pigeons, would fly and die for tourists. There would be vacation cabins, clubhouses, boat-launching ramps, sports rental shops, skiffs and boats for hire. In remote areas there would even be mother ships where families could relax in comfort while father took off by small boat in search of fish and game in Cuba’s keys.

A PRESENT FROM FIDEL

The minutes passed, turned into hours, and the list went on and on. Under the direction of the national Administration of Public Beaches and Tourist Attractions, Castro’s officials said, a circling string of 60 public beaches on the north and south coasts of Cuba were being prepared for the public, tourists included. Each would have restaurant, locker rooms and cabanas. The city of Santiago, center of revolutionary activity in Oriente Province, with its memories of the Spanish-American War, would be turned into a great tourist city. A new jet airport would be built, and in two years travelers would be offered direct jet service from New York. Six hundred miles of country road would be built, and travelers would be invited to enter Cuba at one end, drive cross-country visiting its new resorts and its old cities all along the way and leave at the other end. To start the tourists flowing again $400,000 would be spent in advertising between now and year’s end. Another million and a half would be spent in 1960. Not only would such annoyances as the $2.50 landing tax be swept away, but each arriving tourist would be given an envelope containing 25 postage-paid picture postcards. Fidel, they said, wanted to give each departing tourist a gift, too, and the tourist office had suggested maracas, a recording of Cuban music and a drum. Fidel himself had redesigned the package in the form of a Cuban hat and added packages of Cuban fruit.

About one a.m. there suddenly was a flurry at the entrance, and the by now familiar figure strode in, tall, heavyset, bearded. Momentarily roused, the newsmen rose and politely applauded. Unperturbed, a tourist official explained that this worthy was not Castro but a Cuban actor who frequently appears as his double.

When, a few minutes later, the real Castro appeared, there was another shock. In contrast to the affable atmosphere of the earlier morning meeting and the autographing, photographing, lionizing session at the capitol, the press conference, so long delayed, quickly disintegrated into an acrimonious political debate that did not break up until 3 a.m.

The next day, Tuesday, the convention awoke to find the delegate-wowing headline on their own paper as well as a present from Fidel they hadn’t expected. The Premier, so full of welcomes earlier in the day, had spent the intervening hours between the reception and the delayed press conference delivering a heated television diatribe against the U.S. CASTRO TEARS INTO HIS ENEMIES IN THE U.S., the Miami Daily News proclaimed that noon—and indeed he had. While the ASTA press had sat and sweated, listening to his aides unfold the tourist dream, the Premier himself had been denouncing the very country whose citizens he was so ardently wooing. Said he: “We will dig in our trenches and fight from hill to hill to defend our revolution.”

This seemed unbelievable, and most of the ASTA delegates apparently considered it so. Tuesday was given over to serious meetings, and on Wednesday the delegates were free to play, swim and travel, some even as far as Santiago, a 1,200-mile trip set up so that they would be back in time for a gala party Wednesday evening. Castro himself was off somewhere in Camagüey on a hush-hush mission. I went to Morro Castle to look at the spot where the Maine had been blown up (“it was an accident,” was now the official line) and heard other high points of the war of liberation that followed (“the intervention” is now the preferred phrase). At El Salado, a beach near Barlovento, I saw the first beginnings of the string of resorts Castro’s associates had described: a rakish central tower growing out of a nest of locker rooms complete with gleaming tiled showers, automatic hand-dryers; turquoise soap and big fluffy towels; cabanas down the beach, the first of 50 to be built, sporting television sets, electric kitchens, air conditioning and maid service, all for $15 a week, by contrast to the normal $20 a day charged by hotels.

Cuba seemed almost herself again in those two days, but Wednesday afternoon the illusion ended. Out of the blue came an airplane showering the capital with anti-Castro leaflets. Not tolerant of such point-of-sale criticism, Castro’s forces opened fire with machine guns and antiaircraft shells. Two policemen in a squad car even tried knocking down the airborne interloper with pistol fire. Cuban planes rose to give chase, but one was hit by gunfire from the ground, and the intruder escaped. There were two street explosions, and two people were killed and 45 injured. Nobody that day suggested that the explosions had anything to do with the intruding plane. Police charged, instead, that hand grenades had been thrown out of speeding cars at the height of the leaflet raid.

SOME NEW VISITORS

Meanwhile in Camagüey, Castro himself was busy arresting an old revolutionary friend, Major Hubert Matos, who, disillusioned now by the turn the revolution had taken, had offered to resign and return to private life so that his four children “would not hear their father called a traitor in the streets.” Matos and his entire staff, a group variously reported at anywhere from 19 to 38, were brought back to Havana’s La Cabaña fortress.

None of this appeared to be on Fidel’s mind when he reappeared Wednesday night at the huge reception at the Havana Riviera Hotel tendered to the ASTA registration by the combined French travel interests. But that same night chanting mobs roared past the Hilton demanding the death of all enemies of the revolution, and the next morning Castro’s own paper, Revolutión, devoted its entire front page to the headline THE PLANES CAME FROM THE U.S.

Thursday night Castro got in his own licks before his own crowd when he went on the air in a wild four-hour television address. The leaflet planes had by this time become bombers based in the U.S., the street explosions bombs. The outrage, he shouted, could only be compared in infamy and in importance with the attack on Pearl Harbor and the blowing up of the Maine.

By now there was feeling among many that blown, too, were the chances of Cuba’s marvelous tourist campaign. One who didn’t think so, apparently, was Castro himself who, in spite of the developing events, appeared at ASTA’s final business session on Saturday morning. And apparently equally oblivious of the developing events, some ASTA brass awarded him a plaque for his help in making the convention a success. Touched, he invited the inner ASTA circle to a sudden lunch in a penthouse perched high above Havana. Dates were broken as the delegates rushed to lunch with the now friendly Premier. But, alas, their new friend and host did not show up.

Then, with President Dorticós, he appeared at the final banquet Saturday night and listened while U.S. Ambassador Bonsai got a rousing hand from the delegates. Bonsai, in turn, listened while ASTA gave Castro the only honorary membership to be awarded in its 29-year history.

The schizoid performances left both Havana and the delegates dazed. The first cab driver I talked to as the convention week had begun in Havana many days ago had said to me, “Getting tourists back here is up to you.” “It isn’t only up to us,” I told him, and he understood. “If the big one will only close his mouth we will get tourists,” he said. The last driver I talked to on the way to the airport said simply, “I would like to take my family and go with you. For 18 years I have been in this business, and for 18 years I have just sat around and waited for things to quiet down.”

As the ASTA week ended, the wait was far from over. If Cuba wanted tourists more than it wanted to play war, it was time to put away the guns, sheathe the machetes and get a shave and a haircut. If it wanted to bring tourists to its beaches, to its fishing grounds, to its old Spanish towns, to its lovely greening hills, it was time to stop fanning hatred against the U.S.

Just a week to the day after Castro had wowed the delegates at their opening meeting, he arrived at a rally of 300,000 hysterical followers, descending from the skies by helicopter carrying a Belgian submachine gun. And then, while the campesinos cried for blood, the only honorary member of ASTA called for a return of the firing squads that had already killed 450, raged against “foreign vested interests,” demanded independence for “our Puerto Rican brothers,” excoriated the U.S., referred time and time again to the “bombing of Cuba” and finally deplored the damage to the Cuban economy caused by recent events. All the efforts of his regime to promote travel to Cuba, he noted sadly, had been in vain.

La Habana del matrimonio Lewis (Oscar y Ruth)

Foto Orlando Lache. 2000. Nuevo Vedado.

Foto Orlando Lache. 2000. Nuevo Vedado.

Tomado del Lewis, Oscar, Lewis, Ruth M. and Rigdon, Susan M. 1978. Neighbors. Living the Revolution. An Oral History of Contemporary Cuba. Urbana: University of Illinois Press:

By the late 1960s, Havana was far from the city of privilege it once had been. The heavy downtown traffic, motor and pedestrian, had disappeared; nightclubs, shops and small businesses, many restaurants, concessions, and vendors had been “intervened” (nationalized) and shut down, or reopened on a part-time basis under state management. Tourism was, of course, greatly curtailed. . . . Hotels, private clubs, and beaches were taken over by the National Institute of the Tourist Industry; clubs and beaches were opened to the public and hotel room rents were lowered by as much as $35 a day, making them available to large number of Cubans. (P. xiv)

In 1960, schools, clinics, and rest homes were established in Miramar’s larger vacated residences. The medium and smaller-sized homes became foreign embassies, administrative offices, and dormitories for boarding students on scholarships. . . . Single-family residences and apartments were assigned to visiting dignitaries, foreign technicians working on agricultural or industrial development programs, and diplomatic personnel. In one part of Miramar a small community was established for the families of counterrevolutionaries who were serving time in prison or on work farms. Brought to the city in 1965 at state expense, these families, once numbering 1,000 people, from rural Pinar del Río and Las Villas provinces, were to be “rehabilitated” and integrated into the Revolution while husbands, sons, and fathers underwent the same process un prison.

For the old residents who remained in Miramar, personal lives were turned upside down. . . . They were no longer able . . . to organize landowners’ associations to maintain the appearance of the community, or a private police force to keep “undesirables” from entering the neighborhood. The “undesirables” had moved next door and had taken over the private beaches and clubs. The scholarship children played in the streets, parks, and yards, picked fruit from private gardens, and marched in formation past their homes, singing and shouting slogans of the Revolution as they went. (Pp. xiv-xv)

Continúan los Lewis, reflexionando que, debido a ello, los antiguos vecinos se retrajeran al interior se sus casas, a pesar de lo cual surgieron multiples conflictos entre éstos y los nuevos ocupantes. El matrimonio Lewis identificó, no obstante, cinco principales áreas de cooperación entre los nuevos inquilinos de un edificio en Miramar: “(1) borrowing food, household items, and tools, and exchanging foods, (2) running errands, shopping or standing in line for one another, and informing each other of items available in the stores, (3) occasionally taking care of each other’s children, (4) working together in block or neighborhood organizations, (5) sharing items of luxury or privilege, such as telephones, automobiles, refrigerators, and small appliances” (p. xxxvi).

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