bolsas de suero


No recuerdo cuándo fue que supe que el palo de madera de color verde-azul, grisoso ya al cabo de muchos años de uso, de bordes cuadrados y puntas torneadas, que siempre veía en la consulta de mi abuelo tenía por única utilidad sostener bolsas de suero. Sí recuerdo haberlo visto, después, en el cuarto de desahogo de su casa, donde quizás aún pueda encontrarlo cuando regrese de visita. Alguna que otra vez lo vi en uso. Colgaban de él equipos para venoclisis. Bolsas, como las de las fotos, en la parte más alta, y gotas cayendo en el regulador, donde se acumulaban en un pequeño charquito antes de diluirse en las venas ¿de mi mamá, de mi abuela, o de mi bisabuela?

Estos nylons para administrar suero o extraer sangre terminaron guardando cajas de jeringuillas de metal y agujas romas, y acumulaban mucho polvo cuando los “descubrí” en la vitrina del cuarto de desahogo, la que siempre estuvo llena de medicamentos. Antes de la muerte de mi abuelo, la penúltima vez que lo visité en La Habana, me los traje.

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