Espejuelos de sol hechos por merolico. Alrededor de 1990. Regalo de Meyken Barreto. Colección Cuba Material.

Estos espejuelos de sol, de juguete, eran de Meyken Barreto. Se los compraron sus padres, alrededor de 1986 o 1987. Le he preguntado, y esto es lo que me ha dicho Meyken:

Bueno, esos eran los espejuelos que vendían los merolicos para los niños, donde quiera que había esas mesitas que ponían los merolicos para vender cositas, en los carnavales, el zoológico, en los parques de diversiones, en las ferias. Vendían estos espejuelitos, y vendían como unas trompetas, unas cornetas hechas con el mismo material, que es como un plástico de colores —los había rosados, los había azulinos—. Vendían unos yoyos que hacían como con una liga, unas pelotillas con una liga para tirar, para que jugaran los niños. [Vendían] carteritas para las niñas. Esas eran más o menos las cosas que tenían los merolicos por esa época. Y yo calculo que eso sería como en el 86, por ahí, 86 u 97, que recuerdo que me compraban ese tipo de cositas.

Audio de Meyken Barreto sobre los productos que vendían los merolicos a finales de los años ochenta:

Funda para documentos y carnés. Colección Cuba Material.

Cuando estudiaba la primaria, mi abuelo me llevó a plasticar mi distintivo escolar. Caminamos, rumbo al mar, por la avenida 23 hasta la esquina, creo, de 23 e I. Allí, al lado de una barbería que aún conservaba la espiral giratoria azul, blanca y roja que identifica a ese tipo de negocios, un señor mayor se dedicaba a plasticar documentos. Los ponía dentro de un nylon que desaparecía bajo una plancha rústica que, en cuestión de minutos, transformaba el papel en un plástico rígido e impermeable, de superficie corrugada y bordes romos.

Una versión de aquellos carneses plasticados, un poco más tosca, eran las fundas hechas con acetato de radiografías y bordes de tela, plástico o tape (cinta adhesiva), muy parecidas a las que se fabricaban para proteger las libretas de racionamiento o los cuadernos escolares. Muchos años después de que se retirara en los ochentas, incluso avanzado el siglo xxi, mi abuelo continuaba guardando sus carnés de salud e identidad en una de esas fundas. Por las tardes, cuando se bañaba y entalcaba, se ponía una camisa de algodón sobre una camiseta y se echaba en el bolsillo un peine, un pañuelo, un bolígrafo y la funda de los carnés.

Funda para documentos y carnés. Colección Cuba Material.



Matrioscas. 1980s. Colección Cuba Material.

En The Paris Review: Yanet’s Vintage Emporium, por Julia Cooke:

. . . every surface in Yanet’s home is coated with objects waiting to be lifted, appraised, perused, felt—at least an afternoon’s worth. So I browse the waist-high tables and rich wood armoires with rows of cut-crystal wine and port glasses, mod carafes with faded metallic polka dots, kitschy ceramic table lamps painted with bright pastoral scenes, and patterned blown-glass globes that once held water and fish. Technically, it’s not legal for any of these objects to be sold. Only the Cuban government can buy and sell goods in Havana. But “Five-cent Yanet,” as she’s known among the city’s connoisseurs of inexpensive antiques, has been operating mostly illegally for more than a decade and, if all goes to plan, will keep at it until she passes the business on to her daughter the way she inherited the trade from her dad.

There’s no sign in front of Yanet’s, nothing to signal that hers isn’t just another apartment. I lived in Havana for a year without visiting Yanet’s; the women I knew who shopped there never shared her address with me. Besides, my desire to visit waned once I learned I wouldn’t be able to take any furniture or design objects out of the country when I left. In bureaucratese, officials call Cuba’s affliction a “scarcity of objects” and limit what leaves the country to two suitcases. Foreigners like me may leave accompanied only by what we brought in and, if we get the right permits, contemporary art. Locals must divest themselves of the accumulation of lifetimes, give to family and neighbors or sell. So Cubans who’ll soon head into the Rest of the World arrive at Yanet’s door cradling cardboard boxes with their 1950s martini glasses, a grandmother’s lamp, the ice-cream dishes that their parents used to serve sundaes in at the Hotel Riviera, all sold to raise money for what waits on the other side of the one-way plane ticket.

Yanet ambles through her apartment as I browse, lifting her flip-flops high off the red and green tile floor as she walks the bare paths through the encroaching cliffs of glasses and lamps on either side of her hallway. She is the duchess in her domain, and based on what you pick out, she can point you toward something else you might like, which is usually buried behind a mountain of mismatched plates. If, that is, she is paying attention, which is infrequent. She opened the door to me and the friend who brought me here and then sat right back down on the stiff sofa just inside the front door, gossiping and smoking cigarette after cigarette with a neighbor who’d stopped by, her short brown ponytail bouncing with every laugh. Then she was in the dining room wrapping just-purchased breakables in scraps of Granma, the Communist Party newspaper. Now that the sale is completed, she’s on the phone in the kitchen, leaning into the doorframe and twisting the cord around her pinkie.

Yanet’s covert customers are Havana’s aesthetes. Owners of upscale paladares, in-home restaurants, pop in for stylish two-dollar daiquiri glasses. Artists and musicians, the cultural elite, pick up birthday gifts for friends. The foreign diplomats who arrive in newish cars, their black license plates marking them as important sorts, park a few blocks away and approach Yanet’s on foot—with their specific, easily legible plates, they don’t want to call attention to Yanet, who hides behind only a sheen of legality. She has a state license to work as a set designer, for which she pays a monthly tax of about ten dollars. “I just design with old things,” she tells me with a shrug. But Yanet hasn’t worked on a play in years, and her job, apartment, and everything in it relies on the discretion of her customers. Attachment to the material and the beautiful is fleeting in Havana, breakable.

And here’s the thing about nearly everyone who shops at Yanet’s: they’re all people who’ve chosen to live in Havana. Her customers are locals who have eked out privilege and chosen to stay, not leave. . . .

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Feria de la Plaza de la Catedral

Feria de la Plaza de la Catedral

Feria de la Plaza de la Catedral. 1987. Imagen tomada del libro Six Days in Havana.

La Operación adoquín fue un operativo policial  que el gobierno cubano desplegó contra los artesanos y comerciantes que vendían sus productos en la feria de la Plaza de La Catedral, conocida como los Sábados de la plaza. Durante varios años, en la década los ochenta, los habaneros se congregaron cada sábado en este mercado al aire libre para comprar productos de bisutería, calzado y confecciones de vestir, de calidad y diseño producidos por artesanos locales, de calidad y diseño muy superiores a los de los productos que se ofrecían en el comercio estatal.

Estos sábados constituyeron, para muchos, un evento cultural que sobrepasó los límites estrictamente comerciales que le dieron origen. Los productos a la venta llamaron incluso la atención de firmas comerciales alemanas y francesas, que se interesaron en su comercialización, para lo cual intentaron patrocinar la pujante artesanía local.

Pero el régimen socialista cubano siempre ha perseguido la iniciativa individual. Un amigo me contó que, para evitar que llegara a manos de artesanos privados, el gobierno ordenó que se quemara la recortería de piel que sobraba en los talleres estatales.

La Operación Adoquín fue otra de las escaladas en su contra, pero no extinguió la producción artesanal de productos utilitarios. Años después, finalizando los ochentas, yo reunía dinero para poder comprar las sandalias que en la azotea de su casa fabricaba el magnífico Carlos Téllez, justo frente al parque de mi preuniversitario, el Saúl Delgado, en El Vedado, y las boticas de piel estilo Robin Hood de un artesano que vivía en un municipio del oeste de La Habana cuyo nombre no recuerdo, para llegar al cual había que ir hasta el paradero de Playa y tomar allí, creo, la ruta 40.

Sobre la Operación Adoquín, ver Emilio Ichikawa:

La Operación Adoquín sale a la luz en la prensa oficial como acción policial que depura de artesanos ilícitos a las plazas de Armas y de la Catedral. La venta de artesanía venía arraigando allí desde la década anterior, cuando carpinteros y herreros, modistas y bordadoras, joyeros y talabarteros, alfareros y otros empezaron a plantar los sábados sus timbiriches frente a la catedral.

Aquello se convirtió en mercado abierto y se extendió a la Plaza de Armas, frente al Palalcio de los Capitanes Generales. Las autoridades dieron pita larga para ver hasta dónde llegaba el ingenio cubiche, porque salvo los basureros no había otro mercado de insumos para hacer artesanías que las propias empresas estatales. Ni otras vías de suministro que robo o cambalache.

Entonces pasó algo que se llevó de pronto a la mayoría de los artesanos, quienes fueron a dar a la cárcel bajo cargos de actividad económica ilícita y otros delitos contra la propiedad social de todo el pueblo. De este modo el casco histórico habanero quedó acendrado para su proclamación (diciembre 14, 1982) como Patrimonio Histórico de la Humanidad. La Oficina del Historiador se encargó de controlar administrativamente el movimiento artesano y hacia diciembre de 2009 sobrevino la mudanza y concentración de los artesanos de la Catedral al Centro Cultural Antiguos Almacenes San José (Avenida del Puerto), restaurados ad hoc. Dizque el trámite de acreditación como artesano se cobra en chavitos y la renta de espacios, en pesos cubanos.

El movimiento artesano había cobrado impulso a fines de la década de 1960 con egresados y defectores de la Escuela Nacional de Arte (ENA), quienes se reorientaron al no consagrarse como artistas plásticos. Así mismo se reanimaron otras muchas tradiciones artesanales, como bordado y deshilado, que darían pie (1979) a las Ferias de Arte Popular.

Tras la Operación Adoquín se creó (1986) la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACAA), como cristalización burocrática de la artesanía redefinida en términos artísticos. El auge del turismo propiciaría que los artesanos se concentraran en obras de carácter único para la venta puntual. Lo funcional artesano cedió a lo artístico profesional y la característica repetitiva de la artesanía deja de ser consustancial.

En Jatar-Hausmann, Ana Julia (1999) The Cuban Way: Capitalism, Communism and Confrontation, editado por West Hartford, CT: Kumarian Press:

Another free market reform during this period was the state’s 1978 decision to allow limited self-employment. Certain professionals such as carpenters, plumbers, electricians, and artisans were allowed to work privately, provided they had first fulfilled their time commitment to the state. Those who were able to buy a state license could essentially go into business for themselves. They charged whatever rate they could get, and payment was often made in kind with goods such as chicken or vegetables. They were not allowed to hire any staff, but they could form business alliances with colleagues.

The 1978  legalization of self-employment was considered an attempt to control what had been occurring for quite some time. Artisans and handymen had seemingly always worked outside the state apparatus, risking detention by the authorities as they attempted to improve their standard of living. Even after the 1978 reforms such work was a potentially dangerous proposition. The state strictly controlled the number of licenses issued for private work, and crackdowns such as the trial of a score of artisans in a public square in Santiago de Cuba in June, 1985, for selling jewelry without a license were common. (p.35)

In 1986, Castro also labeled the thousands of self-employed Cubans «corrupt parasites» on the public sector and curbed their activities with tighter regulations. In an effort to gain greater control over resources, the government imposed a system in which taxi drivers, artisans, street vendors, and private service workers such as plumbers and electricians had to obtain all materials via a state-issued certificate. The number of private wage and self-employed workers fell from 52,100 in 1985 to 43,200 in 1987. In monetary term, private non-farm incomes fell from 102.5 million pesos in the same period. During the Rectification Period, wage incentives for the population were also scaled back. (p. 38)

Ver también la entrevista al actor, director y productor Marcos Miranda, publicada en Cuba Inglesa, sobre las circunstancias que lo convirtieron en artesano y su relación con el movimiento de artesanos de la Plaza de la Catedral:

¿Vienes directamente a Miami o tienes tu “largo viaje” como muchos otros cubanos?

Mi salida definitiva de Cuba no pasó hasta 1984, y lo hice por España, donde viví 7 años. Una experiencia extraordinaria, que me devolvió la fe en la humanidad, que casi pierdo en Cuba. Desde año 1980 hasta el 1984, fue una época muy dura en la isla para todos los que presentamos nuestra salida del país. Nos sacaron del trabajo y sin posibilidades de recuperarlo o encontrar nuevos. Recuérdese que el sistema comunista no permite la actividad laboral privada de manera oficial, y en aquel momento no existían empresas mixtas ni corporaciones extranjeras donde pudiéramos prestar nuestros servicios ni mi esposa ni yo. La única posibilidad o camino a tomar cristalizó en hacernos artesanos (más bien zapateros) y vender nuestra producción en La Plaza de La Catedral.

¿Entonces puedo asumir que te arrestaron en la famosa “Operación Adoquín”, donde muchos artesanos, sin prueba o delito aparente, fueron a parar a los calabozos del DTI en La Habana?

No. Nunca me di a conocer como artesano. Jamás me inscribí como tal. Y aunque lo hubiese querido, como era mi deseo realmente, mi condición de “gusano” que se iba del país, me lo impedía. Mi hermano Carlos, y mi amigo, el actor Mike Romay (e.p.d.), vendían mi producción. Creo que me salvé porque nunca fui a La Plaza, a pesar de que a Norma, mi esposa, y a mí, nos interesaba aquel peculiar movimiento artístico, y también empresarial, donde el arte y la gestión de ventas se pusieron de manifiesto, y de manera muy próspera e independiente, como no había pasado antes del 59. Además, mis pocas apariciones en la calle como cualquier ciudadano de a pie y sin acceso a los medios, que hice luego de mi renuncia al ICRT como director, escritor y actor, bastaron para que fuera llamado nuevamente al Departamento de Seguridad del Estado, donde se me “aconsejó” que no saliera a la calle porque el público me reconocía como El Ingeniero de “En silencio ha tenido que ser” o El Abuelo Paco de “Variedades Infantiles”. Eso, según “ellos”, “ponía en peligro” el permiso para mi salida definitiva de Cuba. De modo que, a partir de ese momento, comenzó mi condena de cuatro años de prisión domiciliaria.

Postal de felicitación por el día de los padres

Postal de felicitación por el día de los padres hecha por un fotógrafo privado a través de la escuela. Tempranos 1970s. Colección Cuba Material.

Cuando era estudiante de primaria, todos los años iban a mi escuela fotógrafos privados que, semanas antes de la celebración del día de las madres y, quizás con menos regularidad, del día de los padres, desplegaban su utilería para hacernos a cada muchachito una foto, que nuestros padres debían comprar para luego recibir como regalo el día de la celebración oficial de su paternidad. Con antelación se anunciaba la fecha, y el día señalado las maestras nos sacaban del aula y nos ponían en fila en el vestíbulo de la escuela, llamándonos uno a uno para que nos colocáramos detrás de la pantalla de cartón o plywood y sacáramos nuestra mejor cara por un agujero justo antes de que el flash nos alumbrara el rostro mientras el obturador sonara con la única toma que nos estaba destinada. Días después, las propias maestras nos entregarían una foto impresa en papel grueso, en donde asomaban nuestras caras al lado de la frase «Felicidades mamá» o «Felicidades papá«, según el caso, y dos o tres dibujos muy kitsch.

Creo que casi todos disfrutábamos de aquellas sesiones y fotos, siendo como eran algo que nos sacaba de la monotonía de la cotidianidad escolar. Nunca había reparado, sin embargo, en que se trataba de una actividad privada, de la socas que habrían sobrevivido a la Ofensiva Revolucionaria de 1968, y que, más insólito aún, tenía lugar al amparo de instituciones estatales dedicadas a la formación de la niñez y la juventud en hombres nuevos.

Revisando la escasa colección de postales de felicitación por el día de los padres que Cuba Material conserva, «descubro» que, si bien el gobierno cubano no destinaba la misma cantidad de recursos que invertía en la impresión de postales de felicitación por el día de las madres —de hecho, apenas destinaba alguno—, en los años ochenta también se vendieron unas pocas postales de factura menos artesanal que las que hacían los fotógrafos que iban a las escuelas con sus cámaras viejas y sus pocos recursos. Es posible, sin embargo, que estas otras postales también fuera el fruto de la iniciativa privada, lo que no haría más que confirmar la poca atención que el gobierno cubano le prestó a dicha fecha. ¿Sería que no era cosa de hombres?

Postal de felicitación por el día de los padres
Postal de felicitación por el día de los padres. Alrededor de 1980. Colección Cuba Material.
Postal de felicitación por el día de los padres
Postal de felicitación por el día de los padres. Alrededor de 1980. Colección Cuba Material.
Postal de felicitación por el día de los padres
Postal de felicitación por el día de los padres. 1980s. Colección Cuba Material.
Postal de felicitación por el día de los padres
Postal de felicitación por el día de los padres. 1990s. Colección Cuba Material.
Postal de felicitación por el día de los padres
Postal de felicitación por el día de los padres. 1990s. Colección Cuba Material.