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Carné de pesca deportiva
Carné de pesca deportiva

Carné de pesca deportiva. INDER. 1986. Colección Cuba Material.

A mi abuelo le tomó varios años obtener el carné de pesca deportiva. Aficionado a la pesca, la ley exigía que, para poder salir en una embarcación, debía estar acreditado por el Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER) y poseer el correspondiente carné. Creo haberle escuchado decir que los solicitantes eran sometidos a un estricto proceso de verificación política con el que las autoridades del Ministerio de la Pesca intentaban averiguar si en realidad el solicitante del carné aspiraba a abandonar el país de manera ilegal por vía marítima y pretendía utilizarlo como coartada en caso de ser detenido en alta mar por las tropas guardafronteras. En 1986, mi abuelo obtuvo su carné. Nunca lo vi salir en una embarcación. Siguió yendo a pescar los fines de semana, con sus avíos, sus amigos y sus nietas, a los arrecifes del litoral norte de La Habana, justo a un lugar al que llamaba La Jijiga, poco después del poblado de Santa Cruz.

Carné de pesca deportiva (reverso)

Carné de pesca deportiva (reverso). INDER. 1986. Colección Cuba Material.

 

Pelota de caucho
Pelota de caucho

Pelota de caucho. Hecha en Cuba. 1970s y 1980s. Imagen tomada de internet.

En Progreso Semanal: Una niñez muy feliz:

Yo tuve una niñez muy feliz en Cuba, y lo siento mucho por aquellos que no la tuvieron. Yo fui pionero y eso no me causó trauma alguno. Todo lo contrario, me educó en el respeto a los símbolos patrios, a mi país.

Yo tuve que ir a la escuela siempre pelado, limpio, abotonado, con las tareas completas, libretas ordenadas. Yo tuve maestros estrictos pero amables y buenos. Tuve amigos, muchos amigos, que nos permitían tener interminables horas de juegos. Yo jugué al cuatro esquinas, la tacha, el pon, el quimbe y cuarta, al taco, al burrito 21, al come fango, a los escondidos, los pistoleros, el pega´o.

Yo toqué puertas en las noches, tiré huevos, puse alambres entre los canteros. Yo tuve muchas novias que nunca lo supieron pero que me hicieron muy feliz. Yo aprendí a hacer papalotes, chiringas, picuas; aprendí a hacerles los frenillos, a ponerle cuchilla en el rabo para la competencia. Yo tuve un guante de pelota marca Batos y una pelota de poli que era roja y blanca, también un bate que me regaló un pelotero pero que estaba astillado. Todo me duró una inmensidad.

Yo tuve un triciclo de rueditas macizas y una vez arrollé a mi abuelita porque se le fue la catalina. Yo tuve patines de hierro, una carriola china inmortal y veloz. Yo hice tacos con pomos de alcohol boricado relleno con trapos y quemada la punta para que no se salieran los trapos…rompí cristales con algún batazo incierto y fui regañado muchas veces por malcriadeces típicas de niño libre y despierto.

Yo tuve un hermano que me preparaba las cervatanas plásticas con mirillas hechas por él; que me engrasaba mis patines para poder ser yo el ganador; que me enseñó a trabajar la madera haciendo avioncitos pequeños a pura talla sin recurso alguno. Yo tuve siempre una madre y un padre a mi lado…siempre…nunca faltaron, nunca faltarán.

Yo tuve unas plataformas de charol y un jeans Levi’s rojo marrón que me mandó el tío que un día abandonó Cuba. Me los ponía con una manhattan que heredé de mi hermano que era de barcos y otra de betas naranjas y blancas.

Es bueno tener poco por que uno puede recordarlo todo, y añorarlo. La abundancia atenta contra la memoria, te hace frágil al olvido, evita que puedas contar historias.

Yo tuve mis cumpleaños siempre repletos de niños, tomando refresco blanco y esperando la rifa. Tuve un beisbolito que era un juego de beisbol de mesa, con él pasaba horas, días, y me sabía todas las reglas del béisbol…todas.

Yo fuí a todas las escuelas al campo y no me rajé en ninguna. Tuve miedo en algunos momentos pero aprendí a superarlo con el pasar del tiempo. Yo pasé horas acostado mirando a las estrellas, con un libro que describía las constelaciones; un libro de astronomía que me regaló mi amigo Jorge Luis. Yo aprendí a defenderme solo, a cuidar de mis alimentos, de mi maleta siempre abierta. Yo nunca fui bueno en combates por lo que el campo me enseñó la habilidad del convencimiento y terminé siendo siempre el chico protegido por los guapos del barrio: Amió, Julian, Tony…esos eran los jefes, y yo su guía espiritual.

Yo aprendí a cortar caña, a sembrar tabaco y recogerlo, aprendí tambien a dormir encima de los cujes resecos y polvorientos. Yo supe cómo trabajar la col, el tomate, la lechuga; aprendí a entender la naturaleza, a ser parte de ella, a refugiarme cuando era necesario y a disfrutarla cuando lo merecía.

Yo corría por las calles, me iba lejos de casa, horas enteras, era libre, muy libre; nunca sentí miedo de la lejanía. Yo nunca tuve un amigo raptado, violado, con problemas de violencia doméstica.

Yo me iba solo con 12 años para la playa todo un fin de semana, con amigos claro está; era la época de la cacería de chicas, la pubertad entretenedora y dislocante de la adolescencia. Yo nunca supe qué era la marihuana, el crack, la heroína. Mi español se enriqueció en el exilio.

Yo nunca vi a mis padres pelear, por el contrario, mi hogar fue un hogar de fiestas constantes, de visitas inoportunas, de dominó, de guateque, de casino…luego lo fué (por mi hermano mayor) de rock and roll y trova. Yo me levantaba los domingos esperando ansioso el plan de la calle, eran domingos felices, alegres.

Yo tuve un papá que muchas veces me despertó en la madrugada para irnos a pescar y que no era más que un pretexto para estar a mi lado, para rellenar esos días de semana en que llegaba tarde del trabajo y no tenía tiempo para mí.

Yo inauguré el palacio de los pioneros Ernesto Guevara; trabajaba en la sección de video y edición, aunque tuve que ser camarógrafo. Yo pasaba horas pintando y nunca guardé una de mis pinturas… Lo hacía con un lapiz HB, no había otro. Pintaba rostros y competía con mi amigo Tonito a ver quién tenía la letra mas bonita.

Yo sentí amor siempre, sentí compañerismo, no recuerdo ningún sufrimiento, no recuerdo a alguien hablando de odio y de venganza. Yo fui muy feliz cuando niño…tan feliz que hoy puedo, cada día, dormir a mis hijos con una historia diferente de mi niñez; historias que ellos me piden ansiosos antes de ir al sueño. Yo no puedo odiar entonces; no puedo ser cruel, no puedo ser vil; yo solo puedo hacer felices a quienes me rodean porque no tengo otra cosa en mi interior que paz y lindos recuerdos.

h/t: Sandra Álvarez, la negra cubana.

Cartera de cuero de fabricación artesanal

Cartera de cuero de fabricación artesanal. Años setentas u ochentas. Colección Cuba Material.

En Yolanda Farr: Instantánea 43:

(…) La situación económica amenazaba convertirse en catastrófica para la familia Mariño-Pfarr. Sin la posibilidad de trabajar en mi profesión, como sucedía con cualquiera que solicitase la salida del país,  inhabilitada para percibir oficialmente un sueldo (ver instantánea anterior), las mellizas pretendieron intensificar su labor de costureras, pero la falta de materiales había diezmado  sus posibilidades y las personas capacitadas para permitirse el lujo de confeccionarse ropa eran cada día más escasas. Aquellas mujeres de la alta sociedad a las que ellas vistieran, en un principio más como hobby que por  necesidad, habían abandonado Cuba. Mi padre, a sus sesenta y muchos años estaba imposibilitado para iniciarse en  trabajo alguno. Y entonces apareció mi hada madrina con una oferta que solucionó nuestros problemas económicos y gran parte de las tensiones psicológicas.

Gladys y Gilberto trabajaban de “free lance” para el INIT, Instituto Nacional para la Industria Turística, vendiéndoles cuadros con los que decoraban sus instalaciones. Calonge, un buen hombre que Gladys había conocido no sé cómo, y que tenía un alto cargo en ese Instituto, les había abierto aquella puerta. De pronto mi genial amiga tuvo una idea que nos aportaría, a mi familia y a mí, la posibilidad de un sustento físico y espiritual. Se le ocurrió que, teniendo acceso a una serie de naves donde el INIT almacenaba muebles viejos, sillas en desuso, generalmente forradas de estupendo cuero, estanterías de caoba y roble desmanteladas, incautadas a sus antiguos dueños, en fin, los desechos del ministerio de Recuperación de Bienes, se le ocurrió, repito, que esos mismos desechos podrían ser reconvertidos en obras de arte. Su primera idea fue cortar aquellas baldas en cuadrados o rectángulos y, a base del duro mordisco de las gubias, convertirlos en decorativos y originales cuadros. Realizó una muestra que encantó a Calonge y fue así como mi padre se volvió a sentir útil durante unos meses. Recuerdo a Arsenio con una tabla previamente dibujada por mi amiga, sobre su regazo,  manejando con entusiasmo las gubias hasta conseguir el realce de aquellas figuras geométricas o la textura de los fondos. Gracias a Gladys que le hizo encargado de parte de ese trabajo, papá lograba olvidar, durante el tiempo de la dura tarea, pasados angustiosos y dudosos futuros.

Nos recuerdo a Gladys, a Gilberto y a mí trabajando sobre la madera de lo que había sido la barra de un bar, empeñados hasta el agotamiento en convertirla en un gran tótem. El trabajo  finalizó tras un mes de denodado esfuerzo y más de un accidente laboral, pues aquellas gubias, aquellos martillos y cinceles, únicos instrumentos con los que contábamos para traspasar sus treinta centímetros de grosor, eran  armas  realmente peligrosas. Pero el resultado fue tan impresionante y celebrado que nos pareció que todo había merecido la pena. Nuestro espíritu artístico se sentía realizado. Por supuesto tanto el material como  los instrumentos  habían sido aportaciones de mi hada madrina y el dinero que ella recibía por los trabajos, era compartido generosamente con nosotros.

Cuando visité esos almacenes, al ver los deteriorados y agonizantes cuerpos de aquellas sillas  y sofás que sin duda extrañaban sus días de esplendor, algunas de ellas aún portando sus lujosos vestidos de fino cuero, se me ocurrió rescatar algo de aquella grandeza para alegría de clientes y amigos. Se pidió permiso a Calonge para despojar las piezas más deterioradas del cuero que cubría sus asientos, permiso que  nos fue concedido, con la condición de que la labor se realizase en el mayor de los secretos. Y aquellos trozos de cuero se convirtieron en sencillos pero bonitos bolsos y en cinturones que salían  de las primorosas manos de las mellizas y que las amigas y las amigas de las amigas compraban, con esa naturalidad frente a la clandestinidad a la que la escasez nos tenía acostumbrados. Así logramos subsistir.
Era 1967. Leer la entrada original aquí.