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Habitación que mi abuelo y bisabuelo usaban para consultas médicas. Vedado, Habana. Foto 2012.

Reinaldo Escobar, en Desde aquí, comenta los cambios en La expresión material del ateísmo:

(…) Recuerdo los días en que concluíamos la construcción del edificio “de microbrigada” donde aun vivo. Fui elegido por los trabajadores para integrar una comisión que analizaría el mejor derecho de los aspirantes a ocupar la vivienda. Si mal no recuerdo, yo era el único comisionado que no era militante del partido comunista. Nos entregaron una planilla donde había que anotar cuidadosamente los datos de cada una de las personas aspirantes a vivir en el nuevo inmueble: nombres y apellidos, sexo, edad, centro de trabajo o estudio, nivel escolar, pertenencia a las organizaciones revolucionarias, si algún miembro de la familia había salido del país o si había sido sancionado por algún tribunal. Había que anotar además si se poseían efectos electrodomésticos, los muebles que tenían y otros detalles sobre el estado en que se encontraba la vivienda en el momento de la inspección. Sí, porque los miembros de la comisión teníamos que inspeccionar y al final, dejar por escrito nuestras valoraciones.

En la última página de la planilla, en el inciso B del Punto II, se abría un espacio para mencionar y describir los objetos religiosos que eran visibles en la casa inspeccionada. En el centenar de hogares visitados no apareció ni un solo corazón de Jesús, ni una postalita de la virgen, ni un solo rincón de Elegguá, ninguna cazuela con Oschún.

Han transcurrido 26 años de aquellos sondeos y ahora en el recibidor de nuestro edificio han puesto un cartel para invitar a creyentes y no creyentes a la misa que Benedicto XVI hará el próximo miércoles en La Habana. Por suerte ninguno de los que entonces creían cometió la ingenuidad (la honestidad) de dejar a la vista aquellos “objetos religiosos” que nosotros debíamos pesquisar. Ellos los ocultaron, yo conservé la planilla.

Cuarto de baño
Cuarto de baño

Cuarto de baño. Nuevo Vedado. 1958. Foto Orlando Lache. 2001.

En una de las crónicas escritas por Emilio Roig de Leuchsenring que, desde hace mucho tiempo, viene publicando Opus Habana, se narra la evolución del baño en Cuba:

Quienes, como este Curioso Parlanchín, han visto tres banderas distintas izadas en el Morro de La Habana, recordarán, sin duda, tal vez con el cariño y la nostalgia que a veces nos produce lo vivido en otras épocas, los mil y uno contratiempos, dificultades y molestias que era necesario sufrir durante la colonia, cuando queríamos darnos un baño, de aseo, naturalmente y nunca de placer.
Esclavos o criados colocaban en el centro del cuarto dormitorio una batea, tina o palangana; aquellas dos, de madera, y esta última, de latón; más la indispensable pielera, para el uso que su nombre claramente indica.
Señalada con anticipación la hora en que tomaríamos el baño, era necesario acarrear el agua para el mismo, en cubos, sacada del pozo, aljibe o cisterna, y calentarla en un anafe, si más que el agua fría nos agradaba el agua tibiecita o quitado el frío.
Atrancadas puertas y ventanas y despojados de las ropas, poníamos en funciones el buen pedazo de jabón de Castilla legítimo, todo blanco, con sus hermosas vetas azules; la fina esponja de Batabanó y el eficaz estropajo, ya de soga, ya utilizando el fruto del bejuco silvestre así denominado. Una jícara o la esponja hacían las veces de ducha, y los restregones con el estropajo bien enjabonado completaban la obra higienizadora de nuestro cuerpo; enjuagándonos, finalmente, a fuerza de jicarazos.
Como es natural, el cuarto quedaba hecho una ensopadera, que los esclavos o criados se encargaban de limpiar debidamente cuando habíamos terminado nuestra toilette.
En las casas de gente rica, en algunos palacetes del aristocrático Cerro, se gozaba de cuartos especialmente dedicados al baño, con su lujosa bañadera de mármol blanco labrado, y hasta con piscinas cavadas en la tierra y revestidas de losas de mármol, tal como aquella que existió en el jardín de la espléndida casona criolla de la Calzada del Cerro esquina a Tulipán, donde estuvieron instalados los primeros talleres de la empresa editora de nuestra revista.
Había olvidado, lamentablemente, el citar otro artefacto higiénico de antaño: el semicupio, o sea la bañadera –de latón– en forma de poltrona, con espaldar y asiento hundido, que se usaba para baños de asiento, de la cintura a las rodillas.
Con el correr de los tiempos, y ya en los finales de la colonia, se fue generalizando el uso de las bañaderas, ya de latón o zinc, ya de porcelana, importadas estas últimas de los Estados Unidos; así como también el empleo de la ducha.
Al llevar a cabo el Gobierno de ocupación militar norteamericano la obra trascendental de la higienización de nuestras poblaciones, especialmente La Habana, bañaderas y duchas adquirieron papel importantísimo en toda casa en que sus dueños o inquilinos presumían de gentes instaladas a la moderna y entusiastas partidarias del baño diario.
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Al comienzo de esa nueva era criolla que podríamos calificar de apogeo del baño diario, el cuarto de idem era situado siempre al final de los cuartos dormitorios, e inmediato al comedor y la cocina.
Pero, de la noche a la mañana, y no sé por obra de qué taumaturgo innovador, comenzó a establecerse la costumbre de colocar en las nuevas construcciones habaneras, de manera especial en los llamados chalets de los repartos y en los palacetes de La Habana, el cuarto de baño, no al final de la casa, como hasta entonces, sino intercalado entre los dos, tres, cuatro o más cuartos de cada vivienda.
Es éste el prodigioso descubrimiento que quedará perennemente fijado en la historia del progreso y civilización de nuestra República en el siglo XX, con el nombre de casa con baño intercalado.
Y las casas con baño intercalado se pusieron de moda, llegando a constituir una de las más destacadas muestras del refinamiento y confort de una familia, a tal extremo que la familia que vivía en casa con baño intercalado, por ese solo hecho, era considerada como familia distinguida, chic, elegante, pudiente. La casa con baño intercalado llegó a constituir el grado máximo del buen gusto y de la aristocracia criollos republicanos.
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Ya en nuestros días, el baño intercalado no llama la atención ni constituye prueba alguna de refinamiento y elegancia, por haberse generalizado su uso, y abuso, en todas las casas, chicas y grandes, y además porque hoy en día una vivienda con pretensiones de casa grande no tiene baño intercalado, sino varios baños, con sus servicios sanitarios completos.
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En los días que corren si se ha empezado a generalizar entre nosotros otra moda bañistico-hogareña, que ha venido a sustituir, sucesivamente, las de la batea, la bañadera, la ducha, el baño intercalado y el departamento con baño.
Me refiero a lo que se denomina: baño de color, o dicho en otras palabras, baño con su bañadera, lavabo y demás artefactos higiénicos, no de porcelana blanca, sino de color, azul, verde, rosa, lila, etc., y también del mismo color los azulejos del zócalo del cuarto de baño.
Estos baños de colores, que a veces tienen más de un color, y resultan, por tanto, baños de colorines, constituyen el último grito de la moda y la distinción hogarístico-contemporáneas.

Silla diseñada por Clara Porcet
Silla diseñada por Clara Porcet

Silla diseñada por Clara Porcet. Imagen tomada de internet.

La cubana Clara Porcet no tuvo mucho impacto, a largo plazo, en la cultura material de su país. Y es una pena. De los muebles que diseñó para las escuelas de arte y para el programa de viviendas del Escambray y de la Sierra Maestra no debe quedar ninguno. Pocos han leído los artículos suyos que aparecieron en la revista Social, incluso después de que en el año 2005 Letras Cubanas los publicara, ya para entonces mera reliquia bibliográfica. Y su sueño de una escuela de diseño en Cuba nunca se realizó, como tampoco su deseo de regresar a su país ya de avanzada edad. No se lo permitieron las autoridades cubanas, a pesar de habérselo pedido personalmente a Fidel Castro. Su obra es, sin embargo, venerada en México, país en el que impulsó la enseñanza del diseño industrial a nivel universitario, lo que no pudo realizar en Cuba.