«Los felices ochenta», texto de Duanel Díaz

Botella de refresco Fres. Colección Cuba Material.
De hecho, los ochenta comenzaron con el Mariel, ese acontecimiento fundamental que nunca se menciona en El telón de acero. Los huevos tirados, los árboles deshojados del jardín de la embajada del Perú, los temibles perros de El mosquito: todo ello perturbaría esa imagen idílica de la década. Irónicamente, fue justo gracias a los que se fueron a riesgo de su propia vida que la situación mejoró un poco para los que se quedaron. Aquel imprevisto toque de atención hizo que el gobierno emprendiera algunas medidas liberalizadoras, como la apertura del Mercado Paralelo y, en La Habana, el Mercado Centro. Treinta años después de la nacionalización de aquella famosa tienda por departamentos, aun se hablaba de “ir a Sears”. Recuerdo las colas quilométricas, y el hecho absurdo, tan propiamente socialista como aquella “libreta de productos industriales” con sus inaccesibles cupones, de que hubiera que hacer una cola para entrar a cada una de las secciones del supermercado (cárnicos, enlatados, dulces, etc.) Los separadores metálicos, pintados de amarillo, entre las distintas colas, daban un toque como de cárcel o de zoológico. Alguna vez una malta, un salchichón, un cake helado, jn yogur de fresa: no llegó a mucho más el esplendor consumista de los ochenta.
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