Sobre del bombo

Sobre del bombo. 1998. Foto cortesía de Hugo García.

El éxodo de los balseros, en 1994, trajo a los Estados Unidos poco más de 32.000 cubanos, que se lanzaron al mar luego de que el gobierno de Cuba “abriera” las costas —como se le ha llamado a la decisión gubernamental de que la guardia fronteriza no detuviera a aquellos que abandonaban el país por vía marítima. Para poner fin a esa estampida, ambos países negociaron un nuevo acuerdo migratorio que admitiría en el país norteño unos 20.000 cubanos anualmente, y ante la necesidad de tamizar la emigración cubana que entraría en su territorio los Estados Unidos crearon una lotería de visas especialmente para Cuba. “El bombo”, como se le conoce en el gracejo popular, era un proceso en el que el interesado debía enviar a la entonces Sección de Intereses de los Estados Unidos en La Habana una carta de solicitud con todos sus datos de identificación. Luego vendría lo más difícil: esperar.

En los inicios no se sabía cómo funcionaría, o cuán larga sería la espera… Ni siquiera existía la certeza de que las cartas de solicitud llegarían a su destino. Pasado un tiempo, sin embargo, se comenzó a rumorar que la Sección de Intereses estaba enviando las respuestas, y que quienes habían ganado el bombo recibirían un sobre amarillo que muchos describían como “enorme”. Entonces, la atención popular se concentró en quienes serían los portadores de ese sobre.

Para el cartero del barrio, los últimos años habían transcurrido entre caminatas diarias y saludos de rutina. “¡Buenos días, Roberto!”, “¡Qué calor hace!”, “¡Uy, este sol!”, “¡Qué ganas de que termine agosto a ver si refresca!”. Frases similares, sin importancia, daban inicio a intercambios diarios amables, pero superficiales. Fácil de distinguir por su uniforme de pantalón azul oscuro y camisa más clara, y su inmensa cartera de cuero, deteriorado por el uso, el cartero recorría el barrio con un pequeño grupo de sobres en la mano. En algunas puertas pasaba de largo; en otras, se detenía. Lo más relevante que podía ocurrir en su rutina era que alguien le ofreciera un vaso de agua fría o un buchito de café, rezagos pertinaces de una antigua amabilidad que aun practicaba, sobre todo, la gente mayor que se encontraba en casa.

Un día, sin embargo, comenzaron a acercársele al cartero muchos de los vecinos a los que conocía de vista, pero con quienes nunca había entablado una conversación. En lugar de los saludos de rutina, la prudencia y el sigilo marcaban ahora el tono de la comunicación.

—Mi hijo Filiberto está esperando una carta. Es una carta importante. Debe llegarle pronto —le dijo un día una señora, con visible expectación—. Es un asunto importante… Delicado, diría yo, y es que… —Había bajado la mirada y encogido los hombros, el cuerpo girado un tanto hacia la izquierda y la cabeza reclinada como para esconderse en la penumbra de la sala—. Mi hijo Filiberto, digo, está esperando… algo importante… Yo… te quisiera pedir un favor —ahora balbuceaba más que de costumbre—, digo…, si no es mucho pedir…, es que la gente está al tanto de todo…, en todo se fija…, no tienen vida y no quieren que otros la tengan… Es un sobre grande, muy visible… ¡Ya sabes como es la gente! Mira, toma esto. —Y le colocó en la palma de la mano un apretado bultico de papel—. No… no lo rechaces, por favor, no lo tomes a mal, mira que yo puedo ser tu madre y nunca te ofendería. Lo que sí te pediría es que, si te llega un sobre como amarillo, así… un poco grande, dirigido a mi hijo Filiberto, no lo saques afuera donde la gente del barrio lo pueda ver. Tú sabes, del diablo son las cosas y la gente está muy pendiente.

Con el apretado billete en el bolsillo, el cartero continuó entregando la escasísima correspondencia que circulaba por entonces. Más tarde, en su casa, descubrió que aquella señora se había quitado diez pesos para evitar que a su hijo se le asociara con un sobre amarillo.

A medida que crecía el rumor popular sobre el sobre amarillo, se repetían las escenas de sigilo, verborrea imprecisa y propina adelantada. Ya fuera por interés personal o familiar, quienes se acercaban al cartero lo hacían con la misma cautela y movidos por el mismo interés en evitar que alguien supiera del sobre amarillo. Cada día era alguien nuevo, a veces más de uno, quien se acercaba a preguntar si había por fin llegado una carta muy importante para fulanito o menganita, un hijo, una sobrina, un nieto, una cuñada… Todos aprovechaban la pausa del cartero cuando aceptaba un vaso de agua fría o un buchito de café, para tocar el delicado tema. Protegidos del sol y de la vista de los vecinos indiscretos, la penumbra de la casa se convirtió en espacio de confesión con el cartero.

Para el verano de 1998, la relación de este con los vecinos había tomado visos de un raro entendimiento tácito. El cartero, sin saberlo, había entrado en el dramatis personaæde una representación colectiva donde reverberaban las relaciones políticas internacionales y el control del flujo migratorio entre Cuba y los Estados Unidos. Para entonces, al habitual saludo con que era recibido le seguía una cautelosa ceremonia en la que, tras mirar a un lado y otro, le preguntaban cautelosamente, “¿Nada?”. Era una pregunta cuya respuesta se sabía, “Nada”, respondía el cartero. La creatividad popular es muy efectiva a la hora de enmascarar, cubrir, codificar, disimular. Ese “nada”, que literalmente no quería decir nada, era una pequeña arca lingüística que encerraba la ansiedad de la espera y el temor a que la presencia del sobre amarillo delatara al destinatario de este.

El famoso sobre amarillo, que para muchos era “enorme”, no era más que un sobre “de Manila” (Manila envelope, en inglés) común y corriente, de los que se usan en las oficinas de los Estados Unidos. Pero, en el contexto de las carencias materiales de los años noventas en Cuba, no podía pasar inadvertido, pues no existía ninguno similar en la cultura material nacional. El sobre en sí manifestaba en su materialidad una comunicación con un “afuera” de la realidad del ciudadano común. Por eso se convirtió en una cuasi sacra entidad popular, a la que se le pedían milagros muy particulares.

Una contradicción casi mística envolvía al sobre amarillo, que debía llegar sin ser visto, anunciar su presencia y pasar inadvertido, estar presente y ausente, todo a la misma vez. Nada había sido tan anhelado y tan escondido al mismo tiempo y por la misma razón. El sobre era la evidencia material que denunciaba la intención del destinatario de abandonar el país. Su aspecto exterior permitía ubicar al remitente en la calle Calzada entre L y M. Pero, y he aquí la causa de la ansiedad y el secretismo, el sobre en sí no garantizaba la obtención de una visa. Aquello de “ganarse el bombo” era una exageración, pues la llegada del sobre solo garantizaba una cita para una entrevista en la Sección de Intereses, en la que el destinatario podía obtener o no la visa de entrada a los Estados Unidos. Es decir, el sobre no era garante de la posibilidad real de emigración.

Gracias al sobre amarillo surgió una complicidad secreta entre los vecinos de siempre y el cartero, que alejaría a los primeros entre sí. Particularmente en La Habana, ciudad de barrios densamente poblados, de ramilletes de vecinos en las aceras, de conversas en los portales y permanentes presencias en los balcones, el sobre y su secretismo marcaron el final de la década de los noventas. Unos celando de la presencia de otros, que siempre habían estado ahí, anhelando recibir el sobre y al mismo tiempo temiendo ser descubiertos en el acto.

Tengo que confesar que yo también tenía esas ansiedades y temores. La diferencia estaba en que no albergaba muchas esperanzas. Para mí era una lotería difícil de ganar y mi incredulidad hizo que nunca tomara precauciones con relación a los vecinos. Pero, un día de 1998, me llegó el sobre amarillo… A mí, que no lo creía posible y que no le había dado propina al cartero para que fuera discreto. Nunca supe quién lo vio y quién no. Y quizás para estas fechas ya todos los vecinos se hayan enterado.

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