transporte de alquiler: ¡Habana!
¿Habana?, le pregunto al chofer del lada-taxi con la ilusión de que llegue al final –o el comienzo– del recorrido habitual, el Capitolio a donde todos los caminos conducen, el inicio y el fin de Centro Habana y de la Habana Vieja; La Habana a secas, a donde todos los caminos conducen menos los de los lada-taxis –aristocracia del transporte de alquiler–, que solo llegan hasta el hotel Habana Libre. ¿Habana?, le pregunto esperando un milagro mientras desaparezco para el ahora disgustado chofer del lada-taxi, que acelera y desaparece para mí.
¡Habana!, grita el chofer del carroamericano mientras se detiene a unos metros de mí, y su voz se distorsiona alargando las aes con el calor de la tarde y el ruido del motor de petróleo, y me monto, todavía pensando en aquel lada-taxi. ¡Habana!, vuelve a gritar al pasar por la parada de la guagua, en la esquina siguiente, y su voz suena diferente desde adentro, y sube un hombre y se sienta y somos uno el hombre, yo y los dos señores que están a mi otro lado, un gran cuerpo que suda y tiene cuatro cabezas y dieciséis extremidades casi inmovilizadas; un cuerpo que ha tomado la forma del asiento de atrás del carroamericano y que salta con cada una de sus mismas sacudidas; un cuerpo de camino a la Habana, al Capitolio que es el mismísimo ombligo de esta horizontal isla, al kilómetro cero que marca un gran diamante ausente.
La Habana, 2001




Cuba Material





Cuba Material
Cuba Material
Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!