los objetos, la memoria y la gastronomía

Caja de alimentos anterior a 1959. Foto 2012.

Caja de alimentos anterior a 1959. Foto 2012.

En en libro Siempre nos quedará Madrid, de Enrique del Risco:

Fue ella la encargada de hacerme saber que hubo un tiempo sazonado con sopas chinas y panes polacos y en el que celebraban la Nochebuena con un pavo relleno con nueces y de postre unos turrones de los que sobrevivía sólo la lata inmensa en donde se almacenaba el azúcar. Ahora que lo pienso crecí rodeado de recipientes de comidas extintas. Los botones se guardaban en una cajita metálica que alguna vez contuvo galletas. Las agujas y los hijos en una de bombones. En un tarro inmenso de cristal, los frijoles habían reemplazado a las aceitunas, un producto que sólo conocíamos de nombre.

Juventud Rebelde: Las Fondas

Antigua fonda a un costado del Templete. 1901.

Antigua fonda a un costado del Templete. 1901.

Ciro Bianchi Ross publica en Juventud Rebelde un artículo sobre Las Fondas:

Hace mucho tiempo que quería escribir sobre la fonda cubana, aquel establecimiento gastronómico donde, mal que bien, se comía por unos pocos centavos y que existió hasta la llamada ofensiva revolucionaria de marzo del año 1968. Comercio pequeño, popular, que en el escalafón culinario estaba por encima de la fonda de chinos y por debajo del más modesto de los restaurantes. Un local generalmente abierto a la calle, con un mobiliario heterogéneo y manteles manchados de grasa y en los que, a diferencia de otras casas de comida, las mesas no eran exclusivas y ningún vestuario desentonaba.
Las fondas mantuvieron viva la tradición de la cocina cubana y no pocos grandes “chef” se iniciaron en estas. Platos habituales de la fonda cubana eran la carne asada y el pargo frito, con su carne blanca y fina, y el picadillo a la habanera, donde el timbal de arroz se corona con un huevo frito y se orla con una cadeneta de melosos platanitos orinegros. Muy recordadas son las célebres «completas» que se ofrecían, como aquella que en un solo plato incluía arroz blanco, frijoles negros y picadillo, con el añadido de dos platanitos de fruta, u otra, más cara, que sustituía el picadillo de la propuesta anterior por una generosa rueda de boliche de res asado y mechado con tiras de entreverado de cerdo.
Si no había dinero para tanto, bastaba al cliente ordenar un “sopón” al que podía añadirse aceite a discreción, pues las aceiteras de cristal, panzudas y de bocas estrechas, estaban siempre, al igual que las azucareras, al alcance de la mano del comensal.
No había, en lo esencial, diferencias entre la oferta de la fonda cubana y la de los chinos. Ambas trabajaban la línea de la cocina criolla e incluían en su menú no pocos platos de la cocina española e internacional. Lo que se conoce como comida china, y que incluye platos de la cocina de cuatro regiones de ese gran país asiático, no entraba en la carta de las fondas cubanas ni aun en aquellas regenteadas por chinos. Muy recurrida eran en unas y otras toda la gama de los arroces amarillos, las llamadas ensaladas de estación, las viandas fritas o hervidas y los potajes. La pata y panza. Toda la carne de res se identificaba en las fondas como de palomilla, cuando en verdad, la mayor parte de las veces, se trataba de cañada o boliche, y no quedaban fuera platos como el caldo gallego y la fabada asturiana.
El origen de las fondas en Cuba se pierde en la noche de los tiempos. Vienen desde los comienzos de la colonización, cuando se impuso la necesidad de alimentar y dar alojamiento a marineros y viajeros que tocaban los puertos cubanos. Es la fonda española que deriva hacia la fonda criolla. Sí puede precisarse el origen de las fondas de chinos. Lo hace el narrador Leonardo Padura en un reportaje que publicó hace muchos años en estas mismas páginas.
Dice Padura que en el año 1858, Cheng Leng, un asiático que tenía fama de sagaz y malicioso y portaba documentos a favor de Luis Pérez, abrió una pequeña casa de comidas en Zanja esquina a Rayo. Su ejemplo fue seguido por Lan Si Ye, nombrado Abraham Scull, quien inauguró también en la calle Zanja un puesto de frituras, chicharrones y frutas. Poco después en la calle Monte abrió sus puertas la bodega de Chin Pan (Pedro Pla Tan), el tercer comerciante chino registrado en la historia de la Isla.
A partir de entonces, dice Padura, en los alrededores de las calles Dragones, San Nicolás y Rayo comenzaron a asentarse una serie de chinos vendedores ambulantes de viandas, frutas, verduras, carne, prendas, quincallería y loza… Había nacido el barrio chino de La Habana.
Para familias
Las fondas por lo general estaban provistas de ventiladores de techo, que no alejaban el calor, pero espantaban las moscas, que eran también comensales ávidos de esos lugares. Las de chinos contaban con reservados para familias; espacios que se aislaban del salón mediante un biombo. Ya fuera una fonda cubana o de chinos, su propietario, al solicitar la licencia que le permitiría operar, la declaraba como “figón”, esto es, un establecimiento comercial, taberna o fonda, de ínfima categoría. De esa manera abonaba al fisco la menor cantidad de dinero.
Claro que una fonda por lo general nacía y moría en sí misma. Pocas veces lograba el propietario allegar el dinero que le permitiera ampliar su negocio y crecer. O le faltaba empuje para hacerlo.
No a todos. En 1945, José Sobrino y su esposa Elvira abrieron una pequeña barra con comida en la calle Egido esquina a Acosta, en La Habana Vieja, y lo bautizaron con el nombre de “Puerto de Sagua”. Pese a su relativamente privilegiada ubicación —frente al Gobierno Provincial y cerca de la Estación Central de Ferrocarriles— el local tenía mala sombra. Quebraban todos los comercios que allí se instalaban.
A Sobrino y su esposa, sin embargo, les fue bien, y tres meses después adquirían una casa vecina y la convirtieron en fonda especializada en cocina marinera. Como las cosas seguían yendo cada vez mejor, el matrimonio decidió ampliar aún más su negocio y adquirieron los comercios menores que se encontraban a su alrededor. Con la ampliación del local, Puerto de Sagua se hizo más atractivo y acogedor y, lógicamente, aumentó su clientela. El progreso continuó sin interrupciones. En 1953, el bar-restaurante estrenaba nuevo mobiliario y nueva decoración y se climatizaban sus salones. Un restaurante especializado en mariscos que capitalizaba en su beneficio los años de experiencia de José y Elvira Sobrino en Isabela de Sagua.
Ellos en 1922 abrieron un hotel en esa localidad de la región central de la Isla. La existencia transcurría allí plácida y rutinaria hasta que el 9 de diciembre de 1944 un incendio arrasó el edificio, perdiéndose en pocas horas el esfuerzo de muchos años. Para hacer más angustiosa la tragedia, el inmueble no estaba asegurado. El espíritu de lucha se sobrepuso a la desgracia y en los planes de José y Elvira se alzó la idea de venir a La Habana y abrir un restaurante especializado en mariscos, aunque para ello tuvieran que transitar por el oscuro peldaño de la fonda cubana.
“Puerto de Sagua” sigue siendo un acreditado restaurante. “La Bodeguita del Medio” comenzó también como una fonda, y ya sabemos en qué se convirtió. Antes de que la Bodeguita fuera la “Bodeguita”, en la trastienda, Armenia, la esposa de Martínez, el propietario, cocinaba el almuerzo para dos o tres clientes.
¡Pican, no pican!
No se puede hablar de la gastronomía popular cubana si no se mencionan las fritas, las frituras, los tamales sin y con picante, los batidos de fruta, el sándwich, los chicharrones, el guarapo y el café con leche.
La poetisa Rafaela Chacón Nardi trazó esta vívida imagen de época: «Proliferaban los timbiriches y puestos fijos en que se ofertaban pan con tortilla, papas rellenas, tamales o chicharrones. Como bebestibles abundaban el guarapo, la limonada, el refresco de tamarindo o de melón, el café… En carretillas se vendían frutas en tongas piramidales… las deliciosas naranjas de China (peladas y previsoramente colocadas sobre bloques de hielo de modo que el cliente las disfrutara bien frías. En cuanto a los helados… podían adquirirse en los carritos que a toda hora recorrían los barrios capitalinos, aunque para los habaneros no había helado más delicioso que el que se hacía en los puestos de chinos. Su oferta abarcaba toda la gama de los frutales del trópico».
El sándwich cubano pudiera registrarse como marca. Se elabora y se expende en muchos países bajo ese rubro. Pero ninguno llega a la chancleta de nuestro delicioso emparedado, esa combinación prodigiosa de lascas de jamón magro, lonjas delgadas de carne de cerdo asada y fría, rodajas de pepino encurtido y queso en el panecillo apropiado, de agua, si se trata del sándwich, para que se deshaga en la boca, y suave y ligeramente dulce si es una medianoche. Verlo preparar, con el lunchero moviendo rítmicamente los cuchillos, es toda una obra de arte.
De Sebastián, el fritero, hablamos ya en esta página. Muy famoso fue en la ciudad de Cienfuegos el chino Julio, con su cocina móvil estratégicamente situada en el Paseo del Prado entre Santa Clara y Dorticós, frente a la desaparecida planta eléctrica y a media cuadra del Teatro Luisa, lo que le garantizaba una clientela segura a la salida de cada función.
Otros friteros habaneros también dignos de elogio, fueron mujeres. Fina Siré llegó a tener fama y una sólida clientela en los portales del café León, en la calzada de 10 de Octubre, entre Estrada Palma y Luis Estévez, en la Víbora. También otra mujer cuyo nombre desconozco que instaló su puesto de fritas en 24 esquina a 25, en el Vedado, donde estaba la bodega, y además bar-cafetería, La Guajira. Allí vendía también papas rellenas y croquetas y, los domingos, pan con lechón, ya que mandaba a asar un puerco a la panadería Las Villas, en la calle 17 entre 16 y 18, también en el Vedado.
Era la señora además una experta en la elaboración de tamales. Tres tamaleros pregonaban por las calles sus productos al grito de “¡Pican y no pican!”. Cargaban los tamales en latas de cinco galones que habían contenido manteca y que tenían una tapa apropiada, o en latas de galleta. A esas latas se les ponía por encima una agarradera de alambre y ese alambre se forraba con un pedazo de manguera para que no cortara o causara molestias en las manos. La mayor parte de los días, los tres tamaleros debían regresar a 24 y 25 a recargar sus latas ya que a veces en la cantina de una bodega o en algún bar conseguían colocar toda la mercancía.
Sin contar que “La Guajira” era una fuente inagotable de clientes. Porque a partir de las cinco de la tarde sus parroquianos que habían consumido ya sus dosis de cerveza, ron o aguardiente, necesitaban echarse algo sólido en el estómago para seguir bebiendo. Una clientela muy diversa. Desde médicos y abogados hasta sepultureros y fabricantes y pulidores de bóvedas en el cercano Cementerio de Colón.
En una ocasión Justo Rodríguez Santos, uno de los diez poetas incluidos por Cintio Vitier en su antología del año 1948, invitó a cenar a Enrique Núñez Rodríguez. Le prometió que comería el mejor bisté de La Habana, superior incluso al bisté con mojo crudo que vendían en Las Maravillas, en la plaza del Cristo, un restaurante famoso por su cocina. Insistió en que el lugar donde llevaría al amigo era fabuloso, increíble, fantástico. El día de la cena, Núñez Rodríguez se vistió de saco y corbata. Sería una ocasión memorable. Rodríguez Santos lo recogió en su carro y lo llevó a la esquina de 23 y 12. Se bajó del automóvil y señaló un humilde puesto de fritas con un letrero que anunciaba: “Pan con Visté, 30 centabos”.
—Pruébalo y olvídate de la ortografía —comentó muy serio Rodríguez Santos.

AlaMesa: Directorio de restaurantes cubanos

Imagen tomada de El lagarto verde. 2012.

Imagen tomada de El lagarto verde. 2012.

El sitio AlaMesa publica un directorio de restaurantes cubanos. La lista es corta, pero ofrece detallada información sobre cada sitio, además de un utilísimo mapa con su ubicación.

Manual de la cocinera catalana y cubana

Edición 2010. Tomado de La biblioteca cubana de Barbarito.

Edición 2010. Tomado de La biblioteca cubana de Barbarito.

En La biblioteca cubana de Barbarito:

NUEVO MANUAL DE LA COCINERA
CATALANA Y CUBANA
Recopilado por Juan Cabrisas
Habana 1858

“Completísimo manual de cocina, repostería, pastelería, confitería y licoristas, según el método práctico que se usa en Cataluña y la isla de Cuba”.

“Contiene una noticia de la limpieza de la cocina y de la cocinera; utensilios y condimentos; cocidos y asados de carne, pesacado, volatería y caza; salsas y gelatinas; pasteles y embuchados; cremas y requesones; confituras y almivares; licores y refrescos, etc. etc.

Recopilado por Juan Cabrisas,
antiguo cocinero de la Fonda de los Tres Reyes.

HABANA
Imprenta y librería de D. Andrés Graupera,
Calle del Obispo, num. 115
1858

De la presente edición del 2010:
Editorial Maxtor
Valladolid, España.
ISBN: 84-9761-736-3
Depósito legal: VA-139-2010

con sabor a habano

Demostración culinaria en el Festival del Habano 2013. Imagen tomada de Cuba en noicias.

Demostración culinaria en el XV Festival del Habano 2013. Imagen tomada de Cuba en noticias.

 

Muestra gastronómica en el Festival del Habano. 2013. Imagen tomada de Cuba en noticias.

Muestra gastronómica en el Festival del Habano. 2013. Imagen tomada de Cuba en noticias.

En Cuba en noticias: Habanos a la carta:

Ante un salón repleto de aficionados en el Palacio de Convenciones de La Habana, un grupo de chefs croatas demostró que el tabaco puede servir para muchas cosas, entre ellas, para la cocina. El sugerente y poco convencional menú preparado por ellos incluyó filetes de róbalo horneado, una salsa y hasta helado, todo con sabor a tabaco.

La figura central de la demostración fue Grgur Baksic, propietario y director del club gastronómico Gastronomadi, en Zagreb, Croacia. Rodeados por muchísimas cámaras, Baksic, Zoran Simunic y Pantelija Pekic envolvieron los filetes de róbalo en hojas de tabaco y plátano. Luego los aderezaron con ajo y miel para extraer el sabor ahumado.

El pescado blanco pasó al horno y durante la media hora de cocción los croatas mostraron a los asistentes salsas de tabaco mezcladas con mantequilla. Baksic les explicó a los periodistas acreditados en el evento que para llegar a esa demostración había realizado experimentos por más de dos años. En otro momento del diálogo, el chef expresó que trató, sin éxito, de obtener su receta con variedades de tabaco estadounidense, europeo y africano. Solo el cubano funcionó.

Para llevar el sabor del tabaco a los platos preparados, los cocineros emplearon técnicas como la infusión de las mismas hojas que se usan para elaborar los puros con otros ingredientes como agua, miel, vinagre balsámico o caldos; mientras que, en otros casos, se añadieron especies y hierbas aromáticas como el romero, tomillo y la albahaca o utilizaron la técnica del ahumado.

“Parece que me fumé un habano”, declaró a la agencia Prensa Latina uno de los participantes después de probar los panes y la salsa elaborados con estas técnicas, cuya degustación deja en la boca y la garganta una sensación similar a la fumada de un veguero.

Para cerrar el Cooking Show: Tabaco y Gastronomía, un evento que debuta en el Festival del Habano, el chef italiano Bruno Luciani propuso un “helado de tabaco”, de sorprendente sabor.

Quizás la única advertencia de los chefs a los comensales haya sido la de no comerse las hojas de tabaco, porque estas eran “muy duras para el estómago”. Esta demostración culinaria fue uno de los momentos más atractivos de la jornada del XV Festival del Habano, un evento que convoca en La Habana a más de 1 500 participantes, provenientes de 70 países, la mayoría profesionales vinculados con este sector…

Me resulta muy raro que únicamente las hojas del tabaco cubano hayan resultado ópimas para la gastronomía. Creo que, en esto, exageran los croatas. A menos que a ellos, como a José Martí, la bandera… no sé, no los deje entrar.

Desde La Habana: Comida rápida cubana

La Habana. 2012. Imagen tomada de internet.

La Habana. 2012. Imagen tomada de internet.

Desde La Habana: Comida rápida cubana:

A falta de McDonald’s, Burger King o pollo frito KFC, la comida rápida por excelencia en la Cuba del siglo 21 son las fritangas y las croquetas de ingredientes desconocidos.

En toda La Habana hay miles de carros ambulantes dotados de rústicas cocinas, dedicadas a freír y vender frituras y croquetas a peso. Los hay como Ignacio, que elaboran la masa de sus frituras con harina de castilla, sal y cebollinos. José Antonio solo le añade un sazonador industrial mixto. Yoana prefiere confeccionarlas con ñame o maíz molido. No saben mal si se comen calientes.

Ya frías es otra cosa. Una bola grasienta acartonada con sabor a plástico. En la capital, las croquetas no suelen ser elaboradas por los fritureros. Las compran al por mayor en  pescaderías especializadas. Al revenderlas, ganan el 50% del dinero invertido.

Es de los alimentos más baratos que ahora mismo se puede conseguir en moneda nacional. Un paquete con diez croquetas vale 5 pesos. Al alcance de todos los bolsillos. Aunque nadie a ciencia cierta conoce su contenido.

Unos aseguran que son de claria o pez gato. Otros afirman que se elaboran con remanentes de pescados. Y una persona, que dice haber laborado en un centro donde se confeccionan croquetas, asegura que se procesan con pellejos de pollo. Da igual. Son el comodín gastronómico de ancianos, jubilados, estudiantes, vagabundos, desempleados y trabajadores.

Lo mismo desayunas con un par de croquetas de ‘averigua’, que te  sirven para la merienda del colegio de los hijos. También son habituales en almuerzos o comidas, junto al inseparable arroz blanco, potaje de chícharos o frijoles negros y ensalada de tomate.

Si los vendedores ambulantes de fritangas no son dueños del carricoche, por 50 pesos diarios se lo alquilan a un tipo que es propietario de varios cachivaches. Antes de salir el sol, los fritureros van calentando el aceite  en una gran vasija de hierro fundido. Después, con la candela bien alta, van friendo pequeñas bolas de harina. Con el mismo aceite suelen freír cientos de frituras. Las croquetas las cocinan a fuego medio.

Algunos fritureros venden las croquetas solas, a peso cada una.  Los más ingeniosos ofertan un pan con dos croquetas por 5 pesos. La comida rápida criolla se baja con refresco instántaneo, a dos pesos el vaso. Cientos de alumnos y obreros, camino a su escuela o fábrica, a paso doble desayunan frituras o croquetas. Desde hace décadas, el desayuno es un ave rara en casi todas las familias en la isla.

Para la mayoría de los cubanos, esos desayunos de huevos revueltos con bacon o jamón, tostadas con mantequilla, jugo de naranja y leche con café o chocolate es cosa de ricos, ejecutivos y ministros. O simplemente una extravagancia que uno ve en filmes extranjeros.

En Cuba, lo normal es desayunar café sin leche, y al pan de 80 gramos que toca per cápita por la libreta de racionamiento, untarle una capa fina de mayonesa casera o aceite y ajo.

Las frituras entraron en la galería de la fama en los 90, los años duros del ‘período especial’. Una etapa donde las urgencias alimentarias llevó a paliar el hambre con tisanas de cáscaras de toronja u hojas de naranja. O agua tibia con azúcar prieta, la famosa ‘sopa de gallo’.

Cuentan que algunos pícaros indolentes hicieron plata vendiendo pizzas sustituyendo el queso por preservativos chinos derretidos. En esa época, la gente perdía kilos como si estuviese en una sauna finlandesa y llegaron enfermedades exóticas como el beri beri o la neuritis óptica.

Fue entonces cuando la autocracia verde olivo sacó de la manga una lista de bodrios patentados por expertos en nutrición. En laboratorios diseñaron alimentos para engañar el estómago: pasta de oca, fricandel, perro sin tripa, masa cárnica (sin carne), cerelac, chocolatín con leche en polvo y tacos, presuntamente mexicanos, rellenos con frijoles negros.

El padre de todos esos inventos es Fidel Castro. Un incansable investigador alimentario que a sus 86 años ha declarado orgulloso que la moringa será el plato por excelencia del cubano en el futuro. La joya de la corona fue un picadillo, elaborado con restos de carne de res, puerco o pollo, y ligado con un 60% de soya. Su nombre oficial era ‘picadillo extendido’, pero la gente le decía ‘picadillo de soya’.

Los carniceros habaneros lo extrañan. Por las noches, a hurtadillas,  vertían galones de agua sobre recipientes repletos del nauseabundo picadillo. El mejunje crecía, según ellos, sin perder sus cualidades. Es, quizás, el único alimento patentado en Cuba que se acercaba a la parábola bíblica de multiplicar los panes y los peces.

De momento, los años duros han quedado atrás. Pero el asunto de la comida sigue siendo la prioridad número uno del cubano.

A falta de McDonald’s, Burger King y pollo frito KFC, las frituras de harina y las croquetas de ingredientes desconocidos están de moda en La Habana. Claro, no se pueden comparar con un sandwich de Miami, una tortilla de papas en Madrid o un Kebab turco en Berlín. Pero se venden a granel por toda la ciudad.

nuevo blog sobre cocina cubana

Hace muy poco tiempo un chef cubano que vive en Estocolmo y que ha trabajado con varios de los mejores chefs de Europa (cuyo nombre desconozco) abrió un blog de cocina al que llamó Cocina con Cuba, al que doy la bienvenida porque, además de recetas cubanas, hay en él anécdotas y comentarios sobre la cultura y la materialidad de la isla.

Comunico también que, como María Luisa se ha tomado unas vacaciones de este blog, enlazaré en su ausencia algunos comentarios sobre comida cubana que vayan apareciendo.

María Antonia

Dulce de leche

Dulce de Leche

El dulce de leche cortada, sencillo postre común en las casas cubanas, no es precisamente un plato perdido pero, a mi juicio, dada la escasez de leche en Cuba, se puede considerar en peligro de extinción. Originalmente, este postre campesino se preparaba con el calostro de la vaca recién parida. Era mas consumido en primavera, porque se hacía con el excedente de leche del día, que las vacas dan en abundancia en esa época del año.

Debido al proceso de pasterización y homogenización comercial que se aplica a la leche para conservarla, es difícil lograr que esta se corte, es decir, que se separe el suero de la parte sólida, de donde se obtienen las borugas que forman el dulce.  Después de varios fracasos, lo logré utilizando yogurt y el zumo de un limón.

Receta:

Un galón de leche entera

32 oz. de yogurt entero sin sabor

Una rama de canela

Cáscara de un limón

Zumo de un limón

2 tazas de azúcar

En una gran cazuela, revolver la leche con el yogurt y poner a hervir con el zumo de limón, la canela y la cáscara de limón. Cuando se corte la leche,  retirar cuidadosamente el suero para no romper las borugas. Dejar un mínimo de líquido, añadir el azúcar y cocinar a fuego lento hasta que se obtenga la consistencia deseada y un color acaramelado.

 

 

 

pollo frito

Pollo frito

“Añoro naranjas buenas

De la mata del ranchito

Y quisiera un pollo frito

Como el que hace Magdalena”

 

Este verso es de una larga décima guajira que mi padre escribió en un momento de gran nostalgia por su entorno y vida familiar en Cuba.

Yo solo recuerdo esta estrofa, creo que porque en ella se habla del delicioso pollo frito que preparaba mi tía abuela Magdalena.

Magdalena y Ñico eran mis tíos abuelos por doble partida (él tío de mi padre, ella de mi madre), ambos ejemplo del carácter amable y atento del guajiro cubano. La visita de sus sobrinos, mis padres, era siempre un gran acontecimiento para ellos, sobre todo porque sus tres hijos (mis hermanos y yo) “alegrábamos” su apacible vida con nuestro alboroto y majaderías, que ellos consentían con mimos y gran paciencia. Recuerdo que se preparaban por meses para nuestra llegada. Hacían postres caseros de frutas en almíbar, nos guardaban quesos, miel, cocos de agua, caña de azúcar, y otras delicias de su propia cosecha. Entre otras cosas, engordaban dos de sus mejores pollos para freírlos con ese estilo tan particular de nuestra querida Magda.

Dudo mucho que mi tía supiera que existía una técnica de cocina llamada “confitación”.  Este proceso (detallado abajo y utilizado en finos restaurantes, muchas veces para preparar pato o conejo) no es más ni menos que el mismo que mi tía utilizaba para preparar su delicioso pollo.

Yo lo he preparado utilizando aceite de oliva en vez de manteca de cerdo, y lo acompaño, como ella, con ruedas de ñame cocido.

 

Ingredientes:

1 pollo entero para freír

1 cabeza de ajo

3 limones

Aceite de oliva

Sal

 

Preparación:

Lavar y secar bien el pollo, ponerlo en un caldero de hierro y cubrirlo con el aceite de oliva. Tapar y poner a cocinar a fuego lento por una hora. Cuando el pollo este cocinado, destaparlo y subirle la llama al máximo hasta lograr que se dore bien. Cuando la piel este crujiente, sacarlo inmediatamente del aceite.

 

Para el mojo:

Machacar bien el ajo y sofreír ligeramente en un poco del aceite.

Añadir el zumo de los limones y sal a gusto. Esta salsa se pone por encima del pollo y del ñame.

 

Confitar es la acción de cocinar un alimento en aceite caliente con el recipiente tapado para lograr su cocción sin que se dore. Generalmente se utiliza en ajos, cebolletas, pescados, etc.

Para confitar es muy importante la temperatura del aceite. No debe sobrepasar los 90º C, ni ser menor a los 70º C. El alimento se cuece lentamente hasta que se ablande, bien tapado para que no tome color. Antiguamente se realizaba este procedimiento para conservar los alimentos. Las carnes se frían intensamente en su propia grasa y luego se guardaban en botes cubiertos de grasa.

 

coquitos acaramelados

Coquitos acaramelados. Imagen tomada del blog Ana Díaz Arte.

Los coquitos acaramelados figuran en la memoria de casi todos los niños de mi ciudad natal. Eran una deliciosa golosina que se vendía por las calles y las puertas del colegio a la hora de la merienda. En mi caso ocupan un lugar especial en el archivo de los recuerdos agridulces.

En 1965 fui destinada a cursar el 6to grado en el centro escolar Luz y Caballero, en Victoria de las Tunas.  Era ésta una escuela modelo donde se ensayaba un nuevo método de educación. Como parte del mismo, todas las aulas eran del 6to nivel, y los profesores especializados en las distintas materias se rotaban de clase en clase. La educación era superior a la de la escuelita de mi barrio, Rosendo Arteaga, no solo por la metodología pedagógica sino que también por el nivel del cuerpo estudiantil.

Recuerdo con claridad la mañana del último viernes de fin de curso, cuando nos reuníamos en el patio de la escuela para celebrar el pleno estudiantil. Allí, después de cantar el himno nacional y la correspondiente oda revolucionaria, se anunciaban los premios a los alumnos vanguardias y el reconocimiento del esfuerzo de cada estudiante.

Mi maestra de Biología, que me quería muchísimo, me había anticipado que sería yo la alumna premiada del curso. “Haz alcanzado la mayor puntuación y tienes el mejor expediente, 9.98″, me comentó. Yo, sin decírselo a nadie, esperaba entre las filas que la directora me llamara al frente y anunciara mi logro.  Cuál no sería mi sorpresa cuando la señora dirigente, vestida de verde olivo, anunció: ” Este año el mayor puntaje corresponde a la joven María Luisa Pérez, sin embargo, a pesar de tener un promedio casi perfecto, no podrá ser nombrada alumna vanguardia porque su expediente carece de un componente esencial para tal nombramiento. Esta alumna no participa en actividades voluntarias y carece de espíritu revolucionario. Por lo tanto, el premio será de la alumna que le sigue en el escalafón, y procedió a nombrarla y enumerar las múltiples tareas que esta jovencita desempeñaba y que la hacían más merecedora del premio académico.  Recuerdo haber quedado paralizada, sin entender lo que acababa de suceder y, sin otro recurso, caminé hacia la puerta de la escuela donde estaba el vendedor de coquitos acaramelados para comprar mi merienda.

Comparto hoy la sencilla receta que podemos preparar para postre o para una merienda en una fiesta infantil.

 

Receta de Coquitos Acaramelados (receta publicada en Utilísima):

INGREDIENTES

Coco rallado 450 g

Azúcar 400 g

Agua 1 l

Salsa de caramelo 200 cc

1- Colocar en una cacerola el coco rallado, el azúcar y un poco de agua. Cocinar hasta que tome consistencia espesa.

2- Dejar enfriar.

3- Realizar esferas pequeñas.

4. Bañar luego con caramelo  y colocar un palito en el centro.

 

Almíbar a punto caramelo (en Solo postres):

Es cuando, al dejar el almíbar sobre el fuego y continuar la cocción, llega un punto donde los bordes toman un tono más oscuro. Al tomar la cacerola y hacerla girar, el almíbar que va camino a caramelo se extiende por toda la superficie unificando su color. Una vez que toma el tono deseado, se retira y se utiliza enseguida, pues endurece rápidamente.
De contar con un termómetro serían entre 300º y 310º F o entre 155º o 160º.

 

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