Zoé Valdés: Los tenicitos viejos de la yuma

Imagen tomada de Facebook. 2013

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Zoé Valdés: Los tenicitos viejos de la yuma:

En el año 1979 los “gusanos” … pudieron volver, y lo hacían cargados con regalos para sus parientes perdónandolos por su obligado olvido, también dejaban miles de millones en la isla, y así regresaron una y otra vez, invirtiendo el dinero ganado con su esfuerzo y dolor de exiliado. Un gran negociazo de los Castro.

(…)

En los años ochenta nos visitó también una Comunidad de intelectuales cubanos del exilio, la mayoría eran profesores de universidades norteamericanas, progresistas se hacían llamar varios de ellos, hijos de exiliados que habían crecido lejos de su país, o niños cuyos padres tuvoeron que enviarlos solos al exilio en la Operación Peter Pan para salvarlos del comunismo, y se habían criado y crecido en hogares ajenos al suyo. Niños desgarrados de cuyo desgarro el castrismo se iría a beneficiar una vez más.

Algunos entraron como Maceítos en esa Cuba de la escasez, otros volvieron como rescatados del “imperialismo yanqui”, por varias vías, llámense por Areítos o por componendas de Institutos de Estudios Cubanos en ciudades importantes de los Estados Unidos. (…)

Los cubanos nunca hemos tenido zapatos. Cuando habían no te tocaban y cuando te tocaban no habían. Por la libreta de racionamiento, claro. Los que viajaban a Cuba lucían zapatos que para nosotros significaban mucho, por vergüenza apenas osábamos clavarles la mirada para no parecer indiscretos.

Recuerdo que cuando transcribí los cassettes de una famosa millonaria cubana recibida en Cuba con ciertos honores, para un libro que escribió en conjunto con una ilustre investigadora del patio, me mandó sin que yo se lo pidiera a través de su chofer particular (empleado del Comité Central desde luego) unos tenicitos usados dentro de una caja de otra marca de zapatos de lujo, como agradecimiento a mi trabajo que ella no remuneró nunca. La gran señora, ex propietaria de centrales azucareros, se había enterado en aquel momento de que los cubanos no teníamos con qué calzarnos, y eso que ya llevaba meses en Cuba. Los tenis no eran mi número de pie, y por supuesto estaban gastados, viejos y hasta sucios. Los boté directamente a la basura.

La americana de la galletica de las que les hablé ayer en otro post, al parecer también oyó la bola de que los cubanos no teníamos con qué abrigar nuestros miembros inferiores. Estando yo una vez en la oficina del ICAIC se apareció con un nailon rayado y descolorido que contenían unos tenicitos también usados y viejos, no eran para mí, sino para una joven secretaria que iba a trabajar en chancleticas de goma metededos (en ella me inspiré para describir los pies de la secretaria de Yocandra en La nada cotidiana). En la guagua que tenía que coger cada mañana repleta a más no poder, le habían pisoteado los pies hasta el abuso y había debido de pedir baja médica por fracturas de los dedos en múltiples ocasiones. La muchacha no botó los tenis que le regaló la americana, como hice yo, al contrario, se puso contentísima, y aunque tampoco eran su número, pues la americana caballona usaba como el 45 se los probó metiendo en la punta papel arrugado del Diario Granma, y daba saltos y palmoteaba de alegría. La caballona se ‘venía’ en un orgasmo de felicidad al notar cómo humillaba a esa pobre cubana, o cubana pobre.

En otra oportunidad, una de esas viajantes, llegó de los Estados Unidos con una bolsa repleta de las astillas de jabón que durante un año ella y su familia habían usado hasta dejarlos casi en la nada, se dio a la tarea de repartirlos entre nosotros. Ella sabía que en Cuba carecíamos de jabones. Cuando una de las empleadas de la Cinemateca abrió la bolsa, hasta pelos de fondillo venían pegados a las astillas de jabón apurruñado y maloliente. (…)

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