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mural con los reyes magos

Reyes Magos revolucionarios

mural con los reyes magos

Imagen tomada del libro de Lillian Guerra “Visions of Power in Cuba.”

En Penúltimos Días: La Revolución y los Tres Reyes Magos:

El gigantesco mural muestra un belén revolucionario al que llegan los tres primeros comandantes (Fidel, el Che y Almeida en el obligatorio rol de Baltazar) con sus respectivos dones: la Industrialización, la Reforma Agraria y la Alfabetización.

Al fondo, las montañas, y sobre el Nacimiento la figura de un Martí gigante y beatífico. El mural, titulado “Jesús del Bohío”, cuyo estilo naif recuerda las primeras obras monumentales de Siqueiros, se instaló a finales de 1960 en la marquesina de la estación de radio CMQ, en La Habana, y puede verse en el documental de Chris Marker, Cuba sí (1961), cuyos primeros minutos son una antología del mito de la Revolución como consagración navideña.

El documental comienza con escenas tomadas en una famosa tienda de juguetes, entrevistas a un grupo de niños que van desgranando deseos ante la cámara. Se nota el placer de los rebeldes convertidos en representantes de los tres nuevos Reyes. Fidel Castro había anunciado que se regalarían juguetes a todos los niños cubanos, y en varios grandes almacenes se formaron colas gigantescas. Y premonitorias. Los juguetes, por supuesto, no alcanzaron, pero esa frustración sólo puede verse en otras fotos, bastante menos conocidas.

Durante esos primeros años no faltaron pruebas de la “voluntad navideña” de la Revolución. Hasta se intentó sustituir a Santa Claus por la figura autóctona de un “guajiro” barbudo, Don Feliciano, vestido con guayabera y sombrero de yarey. La idea no fue bien acogida, a diferencia de los camiones militares, que el 24 de diciembre de 1960 recorrieron los barrios pobres entregando carne de puerco, frijoles negros, arroz, turrones y golosinas.

El mito de la Revolución navideña, sin embargo, entrañaba un peligro: al convertir a los barbudos en Reyes Magos, el pueblo cubano asumía también una inequívoca condición infantil. Dejaba de ser un ente político adulto para convertirse en el niño que pide deseos, confiado en que, de alguna u otra manera, los regalos llegarán. Los principales dones (Industrialización, Reforma Agraria, Alfabetización) se anunciaban como derechos postergados, pero se entregaban como dádivas, como juguetes. Ayudada por el mito, la política se desligaba de las instituciones y de la sociedad civil para convertirse en ritual de complacencia que consagraba al Nuevo Poder en la esfera de lo inapelable.

En 1959 los juguetes no alcanzaron. A partir de 1969, las Navidades estuvieron prohibidas durante casi tres décadas. Pero todavía seguimos en lo mismo: esperando algún gesto de largueza navideña.

Por Ernesto Hernández Busto

navidades, consumo, nacionalismo y revolución

Navidades de 1961. Imagen tomada del muro de FB de EtnoCuba.

Navidades de 1961. Imagen tomada del muro de FB de EthnoCuba.

En Louis A. Pérez. 1999. On Becoming Cuban: Identity, Nationality, and Culture. NC: University of North Carolina Press:

Artist María Luisa Ríos criticized the reproduction of northern scenes as the representation of Christmas. “We Cuban painters do not have need to seek inspiration in foreign motives to create nativity scenes,” asserted Ríos. “In Cuba there exist untapped motives waiting for the magic of lines and color to shape them on the canvas.” (p. 474)

Holidays were transformed. The celebration of Thanksgiving was suspended. Christmas changed. New emphasis was given to the celebration of a “Cuban Christmas,” which signified the revival of Spanish traditions and the consumption of Cuban products. Fifty years earlier, the means of expressing Cuban involved replacing Spanish customs with North American ones. In 1959 the affirmation of Cuban implied rejection of North American practices for Spanish ones. Merchants, retailers, and advertisers were exhorted to emphasize Kings Day (January 6) as more consistent with Cuban customs. . . .  Carpentier called for te rejection of Santa Claus and the Christmas tree as practices “alien to our traditions.” Roberto Fernandez Retamar agreed . . . The time had come to banish Santa Claus –“difficult to pronounce”– from the “Cuban Christmas” and restore the three wise men. (p. 485)

On the occasions where Santa Claus did appear, his beard was often colored black to resemble a barbudo. The Ministry of Commerce discouraged merchants from importing Christmas trees, Christmas decorations, candies, and other merchandise associated with “traditions foreign to the nation.” The only exception to the ban on foreign imports was the Spanish candy turrón , which was permitted, as it formed part of the “true Spanish-Cuban traditions.” (p. 486)

En Llilian Guerra. 2012. Visions of Power in Cuba: Revolution, Redemption, and Resistance, 1959-1971. Chapel Hill: University of North Carolina Press:

Cuba’s National Institute of Culture, headed by former Ortodoxo Party stalwart Dr. Vicentina Antuña, developed plans to “cubanize” Christmas through politically engaged, commercial means. Cubans had made a “consumerist” not a “communist” Revolution, Antuña’s plan appeared to say. Given Cuba’s international context, expressing Christmas joy itself could be considered revolutionary. With this in mind, INRA’s paid advertisements promoted decorative ideas that deliberately politicized the serving of eggs and chicken (which Beef-loving Cubans apparently disdained for not being real “meat”). Now produced by state-managed cooperatives, displaying these products at holiday meals nt only showed one’s revolutionary stripes but also ensured that state ownership would succeed. In nationalizing their tastes, most Cubans needed little encouragement. In December 1959, Cuban families uncorked bottles of Cuban wines rather than imported varieties for the first time in living memory, while poor neighborhoods took up special collections to buy outdoor Christmas decorations to adorn their blocks.

An additional dimension of the National Institute of Culture’s cubanization of Christmas campaign included the publication of Cuba’s first truly national cookbook. Once again, if buying Cuban and giving Cuban made you more Cuba and therefore, more revolutionary, so did eating Cuban. Featuring recipes from all regions, the book was meant for women in the capital who rarely ventured into the campo and therefore had never discovered its culinary delights. Symbolic of their peasant origins, featured recipes in the book had delightfully ironic names, such as three styles of making the desert matahambre (hunger-killer) (two of which are labeled “traditional”), another recipe called matarrabia (rage-killer) as well as a Caibarién fisherman’s favorite dish, salsa de perro (sauce of a dog). Thus, Recetas Cubanas not only represented the national integration and embrace of the campo into the culture, identity, and kitchens of urban Cubans but also demonstrated how the socioeconomic injustices of the past had deprived affluent habaneros of the beauty of rural culture and its rustic customs.

Maximun expression of revolutionary consumerism could be found in the government campaign to influence the nature of holiday gift shopping. As one reporter put it, “The idea of fusing universal celebration of the birth of Christ with cubanía [is] certainly very patriotic.” In November 1959, officials announced a fair to exhibit different gift ideas for Christmas that would be held at Havana’s prestigious Museo de Bellas Artes on El Prado. Although a few foreign-named franchises like Sears and Escarpines Gold Seal were included, organizers focused on soliciting donations of items for a “Cuban Christmas” from all of the capital’s locally owned department stores and they also contacted Cuban-owned manufacturers such as Muñecas Lili, Camisetas Perro, and Bacardí’s Hatuey beer division. All items displayed had to be Cuban-made.

Not originally intended to solicit individual donations, the campaign nonetheless inspired citizens to donate their own handicrafts to the fair. After all, what could be more “Cuban” than a gift not made by a machine but by a real life Cuban? Organizers seemed to agree. (p. 97)

En Cubadebatepor Antonio Núñez Jiménez (tomado de En marcha con Fidel):

Muy lejos de Soplillar, un automóvil sale de la Capital. En él viaja Fidel Castro, Primer Ministro del Gobierno Revolucionario. Atravesamos ciudades y pueblos, todos igualmente engalanados con cubanísimas pencas de palmas reales, las casas con bandera y a lo largo de las calles, una profusión de guirnaldas de colores, adornos navideños. Al paso de Fidel, la gente le extiende su saludo emocionado. Todos quieren estrechar su mano, expresarle su apoyo a la Revolución. Son las primeras Navidades libres de Cuba.

En Cubadebate, del mismo texto: La Nochebuena de Fidel con los carboneros:

. . . Es el día de Nochebuena y hay que preparar la cena y traer las cosas de la bodega. Ademas, Rogelio debe pedir la liquidación a la Cooperativa. Quiere comprarales ropa a los muchachos y a Pilar “para que deje de ponerse ese ripio punzó”.

Juntos abandonan la finca Santa Teresa, antiguo latifundio, ahora propiedad del pueblo carbonero. Atraviesan un trillo hasta el campo de aterrizaje, obra construida por el INRA y, siguen la amplia calzada del aeródromo.Llegan a Soplillar. Pasan la escuelita remozada, pintada de verde claro; las casas de madera, adornadas con papelitos de colores, indican la alegría reinante.

Rogelio y Carlos se abren paso hasta el mostrador de la Tienda del Pueblo para cobrar el dinero que la Cooperativa les adeuda y comprar los víveres de la Nochebuena Carmelo Hernández, el administrador, le extiende a Carlos un cheque. No lo cambie, paga con lo que le ha quedado de meses anteriores y comenta que antes el cobro de los carboneros sólo servía para pagar lo consumido y abonar los abusivos intereses. La lista de precios que cuelga de la pared es elocuente: al aumentar los jornales del carbonero casi al doble y reducirse el costo de la vida, el nivel económico en la ciénaga se eleva en pocos meses.

Una hora después de su entrada en la Tienda del Pueblo, Rogelio y Carlos, con sendos sacos repletos de víveres, turrones y otros dulces para sus hijos, regresan a sus hogares.

. . .

-¡Que diferencia! Hace un año los amarillos vinieron a llevarme la lechona y me mataron a un sobrino que todavía nadie sabe donde lo enterraron. Señores, ¡esto ha vuelto a nacer!.

. . .

-Cuando ustedes luchaban en las montañas, para serles franco, no creía que esta Revolución iba ser tan pura. ¡Eran tantas las decepciones del pasado! Yo conozco como nadie la ciénaga y ahorita no se va a conocer. En Soplillar ya hay ciento cuarenta y ocho cooperativas, en Buenaventura ciento noventa y en Pálpite pasan de ochenta. Y a eso, súmele las carreteras, las playas, las Tiendas del Pueblo.

Antes de las doce de la noche ya todos estamos sentados frente a una mesa de rústicas tablas donde se coloca el lechón asado, una fuente de yuca, la ensalada de lechuga y rábanos y el arroz blanco. El vino es de frutas cubanas y los turrones comprador en la Tienda del Pueblo han sido producidos en el país.

Texto tomado por Cubadebate de Núñez Jiménez, Antonio (1982). En marcha con Fidel. Habana: Letras Cubanas.

La magia de Los Reyes Magos, por Vicente Vallejo

La Magia de Los Reyes Magos

 Creer en Los Tres Reyes Magos fue una de las fantasías maravillosas de mi infancia. Como mi familia pertenecía a una clase media, podíamos darnos el lujo de hacer nuestras cartas todos los años a Gaspar, Melchor o Baltasar pidiéndoles los regalos y juguetes que nos harían felices por unos días, porque en la mayor parte de las ocasiones, después de una semana ya no les hacíamos mucho caso a los juguetes nuevos y regresábamos con mucha frecuencia a los más viejos, que eran, al mismo tiempo, los más queridos. Con esta óptica, los juguetes que nos regalaban en un año adquirían su verdadero valor al año siguiente.

Ya desde los primeros días de diciembre comenzaban las promesas de portarnos bien para poder escribir a Los Reyes con la seguridad de ser merecedores de su atención. Si nos portábamos mal, la terrible amenaza consistía en decirnos que los Reyes nos dejarían un saco de carbón debajo de la cama. En las circunstancias actuales de la Isla valdría la pena portarse mal, porque con la escasez energética que hay en la misma, un saco de carbón puede considerarse un regalo de lujo.

No puedo precisar con exactitud el momento exacto en que sufrí la decepción de saber que “los Reyes son los padres”. Si recuerdo que fue un conocimiento adquirido suave, lenta y casi imperceptiblemente, de manera que no resultó una experiencia traumática. Primero fueron las dudas, cuando los niños mayores de la escuela, para demostrar su superioridad y con esa crueldad inocente característica de la infancia, nos explicaban con aire de sabihondos que los Reyes no podían existir, que era imposible que tres personas montadas en camellos repartieran juguetes por todo el mundo en una noche. Cuando no podían imponer este criterio, decían entonces que se habían hecho los dormidos en años anteriores y habían visto a sus padres colocando los juguetes en los sitios convenidos y otras tonterías por el estilo. Los más pequeños escuchábamos lo que decían, y aunque eran de una lógica aplastante, en mis más íntimos pensamientos me negaba a creer en sus argumentos y me aferraba con mi alma infantil a esa bella fantasía que había crecido conmigo. Cómo si la fantasía y los sueños pudiesen ser racionales!  Cuando, lleno de dudas, regresaba a mi casa, mía padres y abuelos me hablaban de que los muchachos mayores decían esas cosas para mortificarnos y que teníamos que creer en los Reyes, de lo contrario estos se disgustaban y no nos traían nada. Así, con una mezcla rara de amores, dudas, amenazas, sueños, ilusiones y fantasías, hacíamos nuestras cartas con las peticiones y esperábamos ansiosos la llegada de Los Magos del Oriente con su preciosa carga para los que nos habíamos portado bien.

Las cartas a Los Reyes eran precedidas por unos paseos que dábamos por el pueblo para “ver las vidrieras”. Estos se hacían temprano en las noches, habitualmente después de la comida, cuando íbamos a las diferentes tiendas que vendían juguetes y los exhibían en sus vidrieras. Además de los juguetes, se adornaban las tiendas con los tradiciones arbolitos de Navidad y los nacimientos de todos los tamaños y decoraciones donde se simbolizaba la venida al mundo del niño Jesús. Los establecimientos comerciales mostraban una variedad multicolor de las más diversas formas y dimensiones. Desde las muñecas y juegos de cocina y enfermeras para las niñas, y los autos, guantes de baseball y pelotas, ametralladoras, juegos de vaqueros y trenes eléctricos para los niños, entre otros. En aquella época no existían los juguetes electrónicos que hacen la delicia de los chicos actuales y que la mayoría de los padres y casi ningún abuelo son capaces de manipular.

Durante las noches, al regresar del paseo con las imágenes caleidoscópicas de los juguetes en nuestras mentes, salíamos al patio a mirar el cielo estrellado, donde podían verse tres estrellas brillantes dispuestas en una hilera casi vertical y separadas una de otra a la misma distancia, a las que identificábamos con Los Reyes Magos. Todas las noches, con ansiedad no disimulada, buscábamos esas estrellas, y no sé si por un fenómeno de autosugestión o por un capricho astronómico, a medida que transcurrían los días se nos antojaban cada vez más cerca. Todavía hoy no sé si estas estrellas pertenecen a alguna constelación, o han sido colocadas por Alguien para estimular la inagotable imaginación infantil y contribuir a la felicidad de millones de criaturas en el mundo. Hoy, con más de sesenta años, en los días cercanos a la Navidad, acostumbro a mirar al cielo y al ver Los Tres Reyes Magos hacer el mismo recorrido durante decenios, no puedo evitar emocionarme y darles las gracias por los maravillosos regalos que me trajeron en los primeros años de mi vida y por haber aceptado siempre, con mucho amor, mi dulce de guayaba con queso. Después de “ver las vidrieras” un sinnúmero de veces, hacíamos la carta con las peticiones con la “ayuda” de las personas mayores, pues había limitaciones que debíamos tener en cuenta a la hora de pedir. Claro que estas limitaciones no dependían de la economía familiar u otras vulgaridades terrenales (los niños no saben de eso), sino de la consideración que debíamos tener con la capacidad de carga de Los Reyes y sus camellos.

Absortos por este ambiente navideño y festivo esperábamos con mucha ansiedad la noche del 5 de Enero. Excitados, nos íbamos a la cama temprano. Había que dormir porque una de las reglas tácitas decía que los niños no podían ver a Los Reyes, pues estos se disgustaban y no dejaban nada de lo que traían. Con esos pensamientos, mi hermano y yo nos acostábamos temprano, pero no sin cumplir antes con un ritual casi religioso: dejar comida a los esperados visitantes. Nosotros vivíamos, a la sazón, en una casa colonial, de esas que tienen un patio interior con un aljibe en el centro del mismo. El aljibe tenía un brocal de más menos un metro cuadrado y unos treinta centímetros de alto, con una tapa metálica justamente en el centro del brocal. En este sitio dejábamos la comida y el agua para nuestros queridos Reyes y sus camellos. Cada año el menú era el mismo: dulce de guayaba en barra con queso blanco para los Reyes, hierba fresca, que cortábamos nosotros mismos, para los camellos y, desde luego, agua, pues no hay ser humano ni divino que se coma un buen pedazo de dulce de guayaba con queso si no tiene un vaso de agua que le “ayude a bajar” la guayaba. Después de acomodar todo cuidadosamente con los nombres de cada Rey y las respectivas cartas, nos íbamos a dormir. Y como no hay excitación, por grande que sea, capaz de quitarle el sueño a un niño, nuestros padres tenían que despertarnos temprano en la mañana con la feliz noticia de que los Reyes habían venido porque la comida que habíamos dejado en la noche no estaba y había huellas alrededor de las vasijas con agua, así como hierbas sobrantes alrededor del aljibe.

Todavía medio adormecidos nos tirábamos de la cama e íbamos directo al patio a comprobar la veracidad de lo que nos habían dicho nuestros padres. Al verificar que sólo quedaban algunas sobras de lo ofrecido no había dudas de que los Reyes nos habían visitado. Casi sin hablar y desbordantes de una alegría babilónica regresábamos a la habitación y buscábamos nuestros regalos debajo de las camas, que era el sitio tradicional de entrega. Aunque muchas veces los juguetes y regalos no coincidían totalmente con nuestros deseos, en lo más íntimo de nuestra alma infantil y de nuestra fantasía, gozábamos de uno de los momentos más sublimes de nuestras vidas y disfrutábamos hasta el éxtasis aquellos breves pero intensos e imperecederos minutos de, hasta entonces, nuestra corta existencia.

Cuando más sumergidos estábamos dentro de nuestro imaginario mundo, los adultos cometían la imperdonable torpeza de inmiscuirse en el mismo para decirnos barbaridades tales como “…los Reyes les trajeron tantos juguetes porque se portaron bien”, o …”si se hubieran portado mejor a lo mejor les hubieran dejado más juguetes”, o también …”tienen que cuidar lo que le trajeron los Reyes porque ya están más grandes y la pelota que les trajeron el año pasado se les perdió en la calle en el primer juego que echaron”.  Con esa crueldad involuntaria propia de los adultos, se ocupaban de regresarnos inmediatamente al mundo real, donde además de disfrutar de los juguetes teníamos que valorarlos y cuidarlos con una madurez que no se correspondía con nuestra edad.

Después de tomar obligados un apresurado desayuno salíamos a la calle a ver que habían dejado los Reyes en las casas de nuestros amiguitos y vecinos más cercanos e intercambiar los regalos. De esta manera, con los bates de unos los guantes y pelotas de otros se organizaba un juego de pelota (baseball) que duraba unos minutos pues inmediatamente después se intercambiaban bicicletas y patines, ametralladoras, arcos y flechas, pistolas y espadas, y todo lo que nuestra amistad infantil, despojada de todo egoísmo, pudiera concebir. Agotados los intercambios iniciales, al regresar a la casa, empezaban a llegar otros familiares y algunos amigos interesados en saber que nos habían traído los Reyes. Con exclamaciones de sorpresa compartían, entonces, nuestra alegría y excitación. Más tarde, salíamos a mostrar con orgullo parte de los juguetes que podíamos llevar con nosotros. La visita a la casa de los abuelos era también muy excitante, pues los Reyes eran tan generosos que siempre nos dejaban algún regalo deseado en la casa de nuestros abuelos. Así transcurría el día, y la impronta de la visita de aquellos magos del Oriente contribuía a forjar nuestro carácter futuro y a darnos una visión optimista del mundo, sin egoísmos y con un sentimiento, quizás inadvertido entonces, de profundo agradecimiento a todo lo bello, noble y generoso que nos ofrecía el mismo.

Todos mis Días de Reyes fueron excitantes y felices. El último que recuerdo, en 1959 ( también el último que tuve), fue quizás el más excitante y feliz de todos, pero fue también el que precedió a toda la desdicha, infelicidad e infortunio que se adueñó, casi sin darnos cuenta, de todo un país. Lo más premonitorio e irónico de todo lo que aconteció después es que en mis últimos Reyes yo tenía trece años y ya conocía la triste realidad de que los Reyes eran los padres. A alguien podrá parecerle una ingenuidad sin paralelos el hecho de que yo haya descubierto esta injusta realidad tardíamente, pero a fines de la década de los 50, en un pueblo oriental de la Isla, un niño de doce años era justamente eso: un niño. Las semanas previa al día de Reyes del año 1959 fueron días de una enorme tensión en Cuba. La lucha armada contra la dictadura de Batista estaba en su punto más álgido y todo el pueblo rezaba porque la guerra entre hermanos y el luto terminaran de una vez por todas en nuestra sufrida Patria. Nadie pudo imaginar nunca que estas últimas fiestas navideñas serían el desolador comienzo de un sinnúmero de navidades tristes para las familias cubanas que conocerían, a partir de ahora, el dolor y la tristeza de la separación, la división y hasta el odio entre seres de una misma sangre, y que permanece hasta hoy. Después de una nochebuena y una navidad marcadas por el dolor de la guerra, llegó el año nuevo con la inesperada, y entonces feliz noticia, de que el tirano había huido, que la revolución había triunfado, y que después de tanto luto, dolor y sacrificio, parecía que los cubanos íbamos a disfrutar de una vez y para siempre de los ideales de paz, libertad e independencia. Yo no entendía muy bien el alcance de todo esto, pero me sentía muy feliz porque la alegría era contagiosa.

El hecho de tener barba fue una característica importante en los combatientes de la Sierra Maestra (les llamaban barbudos), y se convirtió en un símbolo que sirvió para establecer una analogía entre los combatientes que “bajaban” de la Sierra y los Tres Reyes Magos. Lamentablemente para los cubanos, el símbolo cristiano asociado a los rebeldes de la Sierra fié brutalmente torcido, y el malvado Rey Mago Mayor en un acto de prestidigitación sin precedentes en la historia moderna de la humanidad, con un movimiento de su vara mágica hizo desaparecer los más caros y anhelados sueños de libertad e independencia de todo un país. En su brutal acto de magia desapareció la vergüenza, la ética, los principios, la moral y todas las tradiciones, cristianas o no, que contribuían a exaltar la nobleza, la humildad, la paciencia, la tolerancia y otras virtudes encaminadas a mejorarnos como seres humanos. Insatisfecho con el daño moral y en un acto de traición que haría palidecer de envidia a Judas Iscariote, el mago se propuso hundir en la más terrible miseria al heroico pueblo que lo condujo a la victoria, y utilizando de nuevo esa vara mágica que es la prepotencia y arrogancia combinada con el poder y la ineptitud hizo desaparecer, ante los ojos de todos, las infraestructuras existentes en el país, los alimentos tradicionales y no tradicionales, la ropa, el calzado y todo lo demás que tuviera relación con el bienestar de los cubanos. Al terminar el maquiavélico acto, el tenebroso  Merlín del Caribe enterró su vara y ya no sabe, ni le interesa, como restaurar lo que eliminó con una indolencia sin precedentes. Lo único alentador en toda esta desgracia es que los cubanos encuentren un día la vara enterrada y la recuperen para que en nuestra Patria sea restaurados los valores y bienes temporalmente perdidos.

Para mi y otros muchos, sin embargo, lo mas doloroso de todo lo perdido fueron nuestros sueños. Nunca pude decirle a mis hijos que le escribieran una carta a Gaspar, Melchor o Baltasar, o que en la víspera del Día de Reyes, les dejaran comida y agua a los Reyes y sus camellos, porque cuando ellos nacieron ya hacía muchos (demasiados) años que los Tres Reyes Magos habían muerto para nuestros niños. Habían sido fusilados junto a los mejores sueños de los cubanos.

Vicente Vallejo

Harrison, NJ.

Diciembre, 2013.

Navidades revolucionarias

Postal de Navidad. Tomada del muro de Facebook de Ernesto Fumero, vía Enrique del Risco.

Postal de Navidad. 1961. Tomada del muro de Facebook de Ernesto Fumero.

En lugar de Santa Claus, las Navidades de 1959 se celebraron con Don Feliciano. María del Pilar Díaz Castañón (Ideología y revolución: Cuba 1959-1962) lo describe como un “sonriente guajiro de polainas y guayabera” (nota 104, página 151), y dice que, para las celebraciones, se conminó a utilizar pinos nacionales, que ya para mediados de diciembre se habían agotado. Por su parte, Aleida Durán recuerda en Cubanet que “chicos y mayores rechazaron a Don Feliciano” y agrega que “el día 24, sin orden ni listado, camiones militares recorrieron los barrios pobres entregando paquetes de alimentos navideños: carne de puerco, frijoles negros, arroz, turrones, golosinas.”

El lema de aquella navidad fue: “Sea feliz revolucionariamente en Pascuas de Cuba libre.” Las navidades del próximo año harían circular el lema “Felices pascuas en casa propia.” Según Cubanet:

Para entonces, con el título “Jesús del Bohío” se representaba la Navidad en la marquesina de la estación de radio CMQ, en La Habana. Los tres Reyes Magos eran Castro, el Ché y Juan Almeida, el único hombre de raza negra en una alta posición dentro de la revolución. Ellos llevaban como regalos la Reforma Agraria, la Reforma Urbana y el Año de la Educación, que sería el próximo.

Las navidades de 1961 serían las “Primeras Navidades socialistas” (en ellas, en lugar de cerdo, cuya grasa escaseaba, se comería pavo). Así las anunciaba el editorial de la revista INRA de diciembre de 1961 (publicado en Díaz Castañón, María del Pilar. 2004. Ideología y Revolución. Cuba, 1959-1962. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, nota 83, p. 209):

La costumbre se hace ley, y nadie intenta afectarla en lo absoluto. Por eso tendremos una Nochebuena acorde con las más puras tradiciones y a nivel de los gustos más exigentes. Digámoslo tajantemente: por una vez, por un día, volveremos al derroche, porque habrá de todo. Solo que también habrá juicio, porque mucho hemos aprendido en la escuela de la vida; cada cual adquirirá sin limitaciones ni cortapisas lo que necesite para una celebración en grande. De nuestras granjas avícolas han salido ya a la venta los pavos, los pollos y el clásico guanajo para el tradicional guanajo relleno.

El mismo editorial también comenta: “¡se ha llegado al extremo de comprar turrones españoles con dólares-convenio!”

Para el año 1962, durante las que se llamaron “Pascuas de la dignidad,” cuenta Cubanet que “ya no se vendían arbolitos de Navidad en las tiendas, aunque se podían comprar a vendedores ambulantes. Todavía las tiendas tenían algunos juguetes para quienes hacían largas filas (colas).”

En 1969, el gobierno prohibió la celebración de la navidad.

Feliz Navidad

Postal de navidad 1962. Imagen tomada de Libreta de apuntes.

Postal de navidad 1962. Imagen tomada de Libreta de apuntes.

En Libreta de apuntes:

…Ocurrió en diciembre de 1961. La postal fue distribuida por correo a dirigentes revolucionarios y algunos cientos de militantes de la AJR. La pieza es un incunable. Solo existe este ejemplar en mi poder. Ejemplar único que, pese a todo, muestra la agudeza política de Carlos Quintela Rodríguez “El Quinte”, jefe de la Comisión Nacional de Propaganda de la AJR y director a la vez de la revista Mella, y su esfuerzo por preservar algo —más que una festividad religiosa, se trataba de una tradición familiar cubana. El negro viejo, pero aún vigoroso —¡miren esos brazos, los dorsales!—, que representa el año que termina viste el uniforme de los alfabetizadores, puesto que 1961 había sido nombrado Año de la Educación. El parvulito que se apresta a descargarle un golpe con su enorme llave inglesa al vapuleado Tío Sam (al dorso de la postal), representa a su modo —aunque no de una forma tan evidente—, el ideario ideológico de los nuevos empeños del proceso revolucionario: 1962 será el Año de la Planificación. …

Postal de navidad 1962 (reverso). Imagen tomada de Libreta de apuntes.

Postal de navidad 1962 (reverso). Imagen tomada de Libreta de apuntes.

Postal de navidad

festivales del libro y navidades cubanas

Postal navideña 1959

Cuba Material les desea a todos unas felices navidades y un próspero año nuevo!