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Granma: Promover el buen vestir

Desfile de modas en el Capri

Desfile de modas en el Capri. Imagen tomada de Facebook.

En Granma: Promover el buen vestir:

…Recientemente tuvo lugar la inauguración del Proyecto Modas-Café, en la céntrica esquina habanera de San Rafael y Consulado.

Se trata de un establecimiento destinado a la venta exclusiva de ropa femenina, diseñada y elaborada en el propio lugar por un equipo de reconocidos creadores bajo la guía de Raquel Expósito y Leandro Chacón, quienes gozan de amplia experiencia en la confección de textiles.

En este local, arrendado ahora a las personas mencionadas, radicaba la antigua tienda Guamá que por presentar un deplorable estado constructivo, había sido cerrada hace más de tres años. Tal situación demandó la remodelación completa de la edificación, incluyendo las redes hidráulicas y sanitarias de seis viviendas ubicadas en los altos.

Auspiciado por el Ministerio de Comercio Interior en colaboración con el Fondo de Bienes Culturales (representa a los artistas), la singular experiencia tiene el propósito de contribuir al rescate del buen gusto en el vestir, ofertando piezas caracterizadas por su sello de cubanía y originalidad, en plena correspondencia con las exigencias actuales de la moda y nuestras tradiciones.

Granma pudo conocer que en el taller de corte y costura radicado en el propio inmueble, se harán ropas por encargo de personas con talla extra. Dentro de las perspectivas figura también el ofrecer a los clientes del sector privado y estatal servicios de confecciones para bodas, celebraciones de quince, congresos, y otras ocasiones especiales.

María Cecilia García, económica del Proyecto Modas-Café, indicó que hasta ahora los productos en venta tienen una alta demanda, y el número total de trabajadores en las diferentes áreas asciende a 35.

La tienda abre de lunes a sábado en el horario de 10:00 a.m. a 7:30 p.m., y organiza desfiles de modas los sábados alternos.

guayaberas

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Guayabera EL Encanto. Imagen tomada de History Miami.

Guayabera El Encanto. Imagen tomada de History Miami.

La guayabera es la prenda de vestir más cubana, equivalente en muebles al taburete y en políticos a José Martí. Surgida a mediados del siglo XIX, con un origen que lo mismo se asocia con el río Yayabo que con las guayabas que quienes primero usaron esta prenda supuestamente guardaban en sus bolsillos, la guayabera es, también, desde hace dos años, el traje oficial de los diplomáticos cubanos.

Cuando la Revolución Cubana se apropió de los discursos nacionalistas representados por la guayabera, ya en 1948 su popularidad había llevado al Liceum Lawn Club a cuestionarse las condiciones de su uso… y abuso. En 1973, la revista Mujeres publicó unos bocetos en los que la tradicional camisa de hombre se presentaba como prenda femenina, modelos desarrollados, y producidos desde finales de los años 1970s, por la firma CONTEX, dirigida por Cachita Abrantes, también presidenta de la casa de modas La Maison. Más tarde, en los años 1980s, la guayabera uniformó a los trabajadores de la gastronomía, quienes así se adelantaron en 20 años a los de la diplomacia.

Primeros diseños de guayabera como prenda femenina, publicados en la revista Mujeres. 1973. Diseñadora Marta Verónica Vera.

Guayabera como prenda femenina, publicados en la revista Mujeres. 1973. Diseñadora Marta Verónica Vera.

Sobre los orígenes de la guayabera, Cubanos por siempre: cubanidades dice: La guayabera cubana:

La historia enseña que estas camisas se originaron en Sancti Spiritus, Cuba, ciudad fundada por don Diego Velázquez en 1514, siendo ésta la sexta villa establecida en esa preciosa isla.

Corría el año 1709 cuando llegaron a dicha ciudad, procedentes de Granada, la bella e histórica ciudad andaluza, don José Pérez Rodríguez y su esposa Encarnación Núñez García. José era de Oficio alfarero y generalmente lo llamaban «Joselillo». Al poco tiempo de haber llegado a Sancti Spiritus, ya se había construido una nave en las márgenes del río Yayabo, el cual cruza la parte sur de la ciudad de oeste a este. Después de estar trabajando un corto tiempo en su alfarería, o tejar como también comúnmente se le llama, recibieron varias piezas de tejidos que sus familiares les enviaron desde España.

Fue inmensa la alegría que ambos experimentaron cuando les fue entregado el paquete de tela, porque Encarnación, como la mayoría de las mujeres en esos tiempos, era costurera. Tiempo más tarde Josélillo dirigiéndose a Encarnación, en su típico «andalucismo” le dice: « Encarnación, estoy pensando que sería muy ‘gúeno’ que me hicieras camisas largas con bolsillos grandes a los lados, ‘asiná’ como gabán, para poder llevar la fuma y otras cosillas al «talle”.

No fue fácil, pero después de varias pruebas Encarnación pudo coser una prenda de vestir que fue del agrado de su querido esposo. Josélillo, con mucho orgullo por ser una pieza original de su esposa, comenzó a usarla y al poco tiempo los guajiros -como llaman en Cuba a los campesinos-de la comarca, viendo la comodidad y la economía que resultaba de esta prenda de vestir, también comenzaron a usarla.

En la ciudades, los poblanos lanzaron contra esta nueva vestidura todos los improperios que se les ocurrían; a lo menos decían que era mejor no vestirse; que parecían mamarrachos los que usaban. Ni las clases bajas de los pueblos eran capaces de salir a la calle con esta vestidura. Pero como la historia nos ha enseñado de que tarde o temprano el progreso seguirá avanzando, unos años más tarde los poblanos más humildes se atrevieron a usar la susodicha prenda y despacio, pero a seguros pasos, fue extensamente adoptada posteriormente por gente de la clase media, si bien con ciertos temores de ser criticada.

A los nativos de Sancti Spiritus actualmente se les conoce como espirituanos o espirituanas, pero en aquellos tiempos también se les conocía como «yayaberos” o «yayaberas”, nombre que provenía del antes mencionado río Yayabo, y por este motivo a esta vestidura se le indentificaba como «yayabera”. Además, alrededor de Sancti Spiritus- mi pueblo-abundaban plantas diversas variedades de esa deliciosa fruta que es la guayaba. Como esta camisas siempre han tenido al frente dos bolsillos bastante grandes, los guajiros acostumbraban llevar guayabas en estos bolsillos y de esta costumbre nació el nombre de «guayabera”, sustituyendo el de «yayabera”, como le llamaban a las mujeres del pueblo. Así nació la siguiente cuarteta trovadoresca local:

Y la llaman guayabera por su nombre tan sencillo por llenarse los bolsillos con guayabas cotorreras.

El tiempo permitió diversas variaciones, no solamente en su nombre, si no también en su estilo. Se les añadió las muy bien confeccionadas alforcitas y se les agregó una serie de botones por todas partes. Pero la variación más significativa nació durante las guerras de independencia de Cuba, desde 1868 hasta 1898. Cuba está reconocida por haber alcanzado su independencia con las cargas de caballos guiados por los libertadores, machete en mano. Como el machete sobresalía más arriba del cinto, por debajo de la guayabera, la guayabera fue alternada con dos aperturas laterales para facilitar la rapidez para desenfundar el machete.

Nuestros venerables veteranos de esas guerras usaban las guayaberas de hilo porque era un puro símbolo de patriotismo, y en su pecho colgaban la bandera tricolor con la estrella solitaria y la medalla de oro que los distinguía como libertadores. El general Calixto García y sus ayudantes de guerra usaban esta prenda de vestir. La guayabera, por la espalda, muestra el diseño de la bandera cubana.

Durante nuestra luchas libertadoras, los españoles consideraban ejecutor de una tremenda traición, al cubano que usara una guayabera con este diseño en la espalda, y aquellos cubanos capturados usando este tipo de camisas eran inmediatamente fusilados.

El primero de julio fue escogido por el Gobierno de la República de Cuba, para celebrar cada año El Día de la Guayabera, ya que fue en esa fecha el nacimiento del poeta cubano Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, más conocido como « El Cucalambé” (1829-1862), quien escribiera varias décimas cubanas, siendo el primero en mencionar la guayabera en una composición. A continuación reproducimos dos de las muchas «décimas” cubanos dedicadas a la guayabera:

¡ Oh, guayabera ! camisa de alegre botonadura. Cuarto bolsillos, frescura, de caña brava y de brisa. Fuiste guerra mambisa con más de un botón sangriento cuando el heroico alzamiento, y por eso la Bandera tiene algo de guayabera que viste al galán del viento. Invasora espirituana, comenzaste tu invasión y entre Júcaro y Morón te llamaban «La Trochana”. Te quiso, «Camagúeyana” el Camagúey noble y bravo, hasta que al fin, desde el Cabo de San Antonio a Maisí, Cuba no viste sin tí,- Onda fresca del Yayabo-.

* * *

Y, sobre el uso y comercio de la guayabera en Miami, ver en WSJ: Rediseñando un clásico cubano:

La guayabera, la tradicional camisa plisada y de cuatro bolsillos que se usa suelta sobre los pantalones, se ha vuelto omnipresente en esta ciudad gracias a los exiliados cubanos que huían de Fidel Castro y sus uniformes verde militar. Ahora que la primera generación de exiliados empieza a morir, algunas tiendas de ropa masculina tratan de adaptar la prenda de varios siglos de existencia a una generación más joven, que busca estar a la vanguardia de la moda. No es una tarea fácil.

Antonio García-Martínez, un hijo de exiliados cubanos criado en Miami, dice que la clásica guayabera de lino tiene sus límites: se arruga con facilidad, es de apariencia cuadrada y demasiado anticuada para su gusto. “Te hace ver como un abuelo cubano en un funeral”, dice.

Se cree que la guayabera, prenda muy popular en los países cálidos, desde el Sudeste Asiático hasta el Caribe, tiene su origen en Cuba, donde se expandió hasta convertirse en un símbolo de la elegancia en La Habana. Entre sus fieles seguidores, encontró a figuras internacionales como el escritor Ernest Hemingway.

Actualmente, la mayoría de las guayaberas —de manga corta y larga— son hechas en México o China, principalmente de algodón o telas sintéticas que se secan rápidamente después del lavado.

Sin embargo, todavía quedan algunos sastres en Miami apasionados por esta prenda y deseosos de actualizarla para atraer a los hombres más jóvenes. Algunas empresas están promoviendo versiones extremas de la guayabera, que incluyen colecciones para bebés y ropa para perros. Pero el principal énfasis es captar a los jóvenes, que están entre los principales consumidores de la moda en la ciudad.

Louis Puig, de 52 años, conoce bien a este grupo de consumidores. Su padre, Ramón Puig, un reconocido sastre, ganó fama en Cuba como un mago de la guayabera, una reputación que después lo siguió a Miami, donde pasó a ser “el rey de las guayaberas”. Ahora que el rey ha fallecido, Louis Puig—quien ha trabajado como DJ y es propietario de Club Space, una de las discotecas de música electrónica más populares de Miami— intenta tonificar el negocio de la familia al abrir una sucursal en el centro de Miami, lejos de la Pequeña Habana, donde se instaló su padre en 1971.

Costosas guayaberas de lino y algodón a rayas y de colores fuertes cuelgan de los estantes, un cambio radical frente a los tradicionales colores blanco, beige o celeste. También hay vestidos estilo guayabera para las mujeres.

La nueva boutique, denominada “Ramón Puig Guayaberas”, tiene retratos de atractivas modelos luciendo sus guayaberas por Ocean Drive, en South Beach. “La guayabera es lo más cool del mundo”, dice Puig, “Ya no es simplemente la camisa de tu papá. Es cool al estilo cubano”.

Los orígenes de la guayabera siguen siendo un misterio. Lo que está claro es que la prenda permitió a los campesinos y los soldados españoles a soportar mejor el calor de Cuba y pronto se expandió a otras colonias españolas en América Latina y el Sudeste Asiático.

Tras la revolución cubana, la mayor parte de la producción se trasladó a la Península de Yucatán en México, donde los fabricantes le añadieron bordados. La guayabera también se ha convertido en “la camisa mexicana de bodas” y ha ganado adeptos entre los jefes de Estado latinoamericanos, entre ellos el propio Fidel Castro.

En Miami, la guayabera ha tenido problemas para conquistar a los recientes inmigrantes cubanos, quienes vivieron bajo el régimen comunista y tienen una visión menos romántica de muchas tradiciones de su país. Rafael Contreras Jr., cuya marca de guayaberas D’Accord se fabrica en Yucatán y se vende en todo el mundo, dice que el amor por la guayabera pasa por ciclos. En los 80, los jóvenes de Miami las usaban con jeans y botas vaqueras en las discotecas, señala. Ahora algunos jóvenes quieren “guayamisas”— una combinación entre guayabera y camisa de vestir más sencilla.

Los apasionados de las guayaberas creen que, con algunos retoques, la prenda puede tener la misma resistencia que Fidel. “No conozco a ningún cubano en Miami que no tenga al menos una o dos”, dice Mike Valdés-Fauli, un ejecutivo de marketing de 33 años de padres cubanos. Él tiene tres, dos que le regaló su abuelo y una que compró por su cuenta. Las usa principalmente en las reuniones de familia.

Cuervo y Sobrinos

Tienda de Cuervo y Sobrinos

Tienda de Cuervo y Sobrinos. Habana Vieja. 2013.

Este verano, caminando por la Plaza Vieja, pasé por frente a la casa de relojes Cuervo y Sobrinos. Este comercio fue fundado en “1882 cuando Ramón Cuervo inauguró su primer tienda de joyería de lujo en la Calle Muralla 37-1/2, en el centro de La Habana. Pocos años después le ofrece a su sobrino Armando su participación en la empresa. En 1892, es ampliado el negocio y se adquiere un nuevo establecimiento, situado en la calle Teniente Rey No. 13”.

Dice la página de Facebook Cuba en la memoria:

Según el “Libro de Oro Hispano-Americano” editado en 1917, aparece no solo como “una de las empresas de su orden más acreditadas de toda la Isla y de las que dirigen el negocio con mayor competencia y acierto “, sino que también es “una de las entidades mercantiles más sólidas de Cuba”. Por esta misma fuente sabemos que en esa época Don Armando Río y Cuervo era primer vicepresidente del Casino Español de la Habana.

A finales del siglo XIX se produce realmente el nacimiento de la “marca”, con tres sucursales de aprovisionamiento y producción en los puntos neurálgicos de Europa: “Pforzheim” en Alemania, para los metales y las piedras preciosas, Paris para la joyería y La “Chaux-de-Fonds” para la relojería. Cuervo y Sobrinos era la única empresa importadora en Cuba de las afamadas marcas de relojes Roskopf y Longines. Tenía además un amplio surtido de yugos, sortijas, llaveros, presillas para corbatas y billetes, entre otros objetos.

(…)

Durante medio siglo la boutique de joyería y relojería disfruta de un éxito internacional. Numerosas personalidades como Ernest Hemingway, Winston Churchill, Enrico Caruso, Gary Cooper, Clark Gable, Albert Einstein, etc… visitan regularmente “La Casa” para comprar joyas y relojes.

En 1967 o 1968 Cuervo y Sobrinos fue nacionalizado. En un foro de relojes se dice:

Gran parte de estos relojes fueron vendidos al Gobierno de Castro durante las campañas de acopio de oro en los 70 (a precios preferenciales, para el Gobierno por supuesto), cambiados por electrodomésticos rusos a principios de los años 80 en comercios estatales (a precios, nuevamente ridículos), o simplemente vendidos para financiar ropa, alimentos o mobiliario para la familia durante los años más duros del Periodo Especial, donde los suministros básicos para la población, que provenían de la antigua Unión Soviética, escasearon alarmantemente y produjeron, sin lugar a dudas, la etapa más dura que ha vivido la Cuba de Castro.
 Y también:
El establecimiento sito en la esquina del Boulevard San Rafael y la calle Águila cerró definitivamente sus puertas hacia el año 1965.

Tras el triunfo de la Revolución en 1959, la tienda mantuvo su actividad pero, lógicamente, condicionada por las “directrices” del Régimen. El volumen del negocio cayó en picado y muchas de las casas suizas y americanas dejaron de suministrar piezas.
Se cree que en la última etapa se vendieron relojes que montaban calibres de la antigua Unión Soviética, principalmente Poljot y Raketa, cuyo antiguo servicio técnico en La Habana, hoy día taller de relojería general, aún conserva su letrero en la puerta.
Sobre los relojes que actualmente se comercializan con esta marca, leo en ese mismo foro:
Se marcan los movimientos con unas siglas y numeración propios, sin darnos cuenta del calibre base (normalmente una Etasa) y sin especificar suficientemente las nimias o sustanciales modificaciones realizadas(estéticas o en profundidad). Ello es esencial para juzgar sobre la justificación del precio impuesto.En definitiva, y volviendo al uso de patentes, lo que se nos oferta es un reloj compuesto de unos elementos externos con apariencia inmejorable al que se ha insertado el nombre de una manufactura histórica y proveído de un calibre genérico con modificaciones. No obstante, se nos quiere dar la idea de que el reloj es descendiente directo de sus homónimo antes de surgir la crisis del cuarzo, cuando resulta que ni siquiera es adoptado y no guarda ningún tipo de parentesco con ella a no ser la compra del nombre, aprovechándose de una situación de total ruina y desamparo.
La revista de la Oficina del historiador de la Ciudad de la Habana, Opus Habana, sin embargo, dice:
Quiso el azar que una empresa italiana, con experiencia en la relojería anticuaria, descubriera la remota existencia de Cuervo y Sobrinos y se hiciera de la antigua marca, extinta hace tantos años.
Tras una rigurosa investigación, en el caveau de la antigua joyería, los nuevos dueños descubrieron un pequeño grupo de mecanismos de época, intactos, pues nunca se habían montado.
Ello permitió recuperar la prestigiosa marca mediante una partida de elegantes modelos que evocan —de manera singular— los famosos cortes de los puros habanos.
«Espléndidos», «Robustos», «Prominentes»… los nuevos relojes tienen el mismo estilo y calidad técnica de sus antepasados, a lo que se suma ahora esa relación con el placer de fumar, en un intento de sus actuales propietarios porque Cuervo y Sobrinos nunca pierda el sello de su originaria cubanidad.
Estos relojes se convirtieron en toda una novedad durante el III Festival Internacional del Habano (19-23 de febrero de 2001, La Habana), una de las citas más importantes para los fumadores de puros de todo el mundo. Entonces, la muestra de Cuervo y Sobrinos fue premiada como Mejor Diseño de Stand Modular y, especialmente, Mejor Diseño de Producto.
A partir de los mecanismos de época que se encontraron, los «nuevos» Cuervo y Sobrinos son frutos de un delicado proceso de elaboración artesanal.
San Rafael.

San Rafael.

colecciones

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Imagen promocional de la mayonesa Doña Delicias
Imagen tomada de Collectibles Havana.

Imagen promocional de la mayonesa Doña Delicias. 1950s. Imagen tomada de Collectibles Havana.

En Alejo3399: La colección:

Cuando se reúne una familia cubana, en cumpleaños, bodas o tomadera sin motivo definido, aflora siempre el recuerdo del picadillo de cáscara de plátanos y el baño con un trapo untado en alcohol del Período Especial. De aquella época es también la colección. Y cualquiera puede pensar que coleccionar es un comportamiento natural del homo ludens, pero la colección cubana es única, épica, lírica, y sin duda alguna, parte de ese patrimonio cultural escasamente documentado de los momentos más jodidos de la historia de esta nación.

Aquí la gente siempre tuvo hábito guardador de tarecos, de modo que ese Trastorno Obsesivo Compulsivo de preservar sellos de cartas, monedas antiguas y/o de remotas regiones, chapas de autos extranjeros, chapitas de cervezas, fósforos y cualquier bobería en general, avalado como no patológico por los sicólogos, no llegó con las carencias de la década del 90. Hasta hace poco en muchas casas por ahí podían verse colecciones de botella de Coca Cola y de cuanta marca nueva comenzara a entrar al país.

Descubriendo un nuevo mundo

Sin embargo, la moda de la colección en el sentido que hoy le damos la mayoría de quienes vivimos aquella furia, sí fue algo novedoso en Cuba, a juzgar por el hecho de que hasta los viejos coleccionaron. La colección cubana no fue entonces solo cosa de niños y adolescentes sin TV; las personas adultas también tenían sus propias etiquetas de pitusas Zingaro, estuches de nylon de chocolates Sapito, o de jabones Sue, o de Zap (que se pegaban a la piel como tatuajes luego de una untada de alcohol de la tienda).

Lo lindo del caso no es que se guardaran todas estas porquerías de latón de basura de hotel, lo cual es ya de por sí bastante lindo; más curioso es recordar ahora como se olían los estuches y etiquetas, como si se oliera el perfume de Jean Baptiste Grenouville, el personaje diabólico de Patrick Susking; como si el aroma sicodélico de lo hecho fuera de la URRS nos descubriera un nuevo mundo de sensaciones ignotas y deseables.

Las prendas coleccionables, pronto adquirieron valor comercial, y la gente las vendía, las cambiaba y no pocos niños del Período Especial recibieron su primer trompón durante a una vendetta por un Triunfo (estuche dorado de galletas dulces). Se ponían en álbumes, y se contaban y clasificaban, quien tuviera más y más bonitas iba delante en la inocente competencia. Los domingos por las mañanas, cuando se acababa el show de Pocholo y su pandilla, salíamos a la calle con los álbumes de estuches y etiquetas a mercantilizar lo inaudito, a darle valor a la miseria y a hacer vida social con ella. Quien no tenía álbum ponía sus valores entre las páginas de un libro de Fidel y la Religión, o en un Atlas General.

Cristalitos y agua con azúcar

Yo, además, coleccioné cristalitos de colores, y piedras que brillaban al sol. Y en mi adolescencia conocí un retrasado mental famoso que coleccionaba botones y andaba descalzo por la tierra colorada: no recuerdo su nombre, pero sí que habitaba en una comunidad del municipio Sierra de Cubitas llamada Navarro, y que presumía de poderse comer de un solo viaje dos coles (repollos) hervidos, y beberse un jarro de cinco libras lleno de agua de azúcar. Había un hambre del carajo en aquel lugar, como en casi todos.

Ya más recientemente, adquirí un adoquín camagüeyano que fue arrancado del lugar de donde estuvo por más de cien años por los “embellecedores” autorizados de la ciudad, de modo que la colección la llevo en las venas, no la puedo evitar, como tampoco se deja evitar el recuerdo de aquellos tiempos de miseria tremenda siempre que uno ve por ahí alguna escena que los repite. (…)

A mí me parece que por cuestiones sicosociales equiparables, en cierto sentido, a las teorías locas de Einstein, uno cree que en algún punto se acabó la colección en Cuba, que se acabó el Período Especial, el duro, el de verdad. Sin embargo la colección cubana está lejos de ser cosa del pretérito, simplemente ha mutado, como mismo mutan esos parásitos indeseables que habitan en lo más profundo del intestino de un animal carnívoro que camina sin encontrar presa en medio de la sequía. Todavía para mucha gente una latica de cerveza Bucanero, por lejana y desconocida, es algo muy bonito y merecedor de ocupar el espacio preferencial de encima del TV Panda de la sala de su casa.

H/T Café Fuerte.

Bordando con la imagen, por Diana Fernández González

Puertas de Monserrate
Puertas de Monserrate. La Habana. Obra de Federico Mialhe. Cortesía de Diana Fernández.

Puertas de Monserrate. La Habana. Obra de Federico Mialhe. Imagen cortesía de Diana Fernández.

La Habana. 1850. Calle Mercaderes. Toldos multico­lores suavi­zan la intensidad del sol para quienes asisten a realizar sus compras en algunos de los comercios que allí se concentran. Frente a uno de los tantos esta­bleci­mientos se detiene un carrua­je. El arrogante calesero -librea de color bri­llan­te adornada en oro, plata y galones, grandes po­lainas-­ controla, fusta en mano, el paso de las bestias. Las jóvenes -con sus delica­dos vestidos claros, escotados y bellos peina­dos al descubier­to- apenas se mueven de sus asientos; se abanican y sólo miran hacia el interior en busca de la atención del emplea­do. Solícito, éste se acerca y les muestra, en plena calle, sus ofertas: teji­dos varia­dos en género y color, para ser selecciona­dos por sus agraciadas clientas…

Esta escena  – común en la vida de La Habana de mediados del pasado siglo- es posible de reconstruir gracias a cronistas, pintores, grabadores y visitantes a nuestra isla, quienes nos han dejado sus múltiples y detalladas impresiones sobre los diversos aspectos de la vida cotidiana de la Cuba colonial. La vestimenta ha sido descrita –de forma textual o visual- por estos valiosos testigos de la sociedad cubana del siglo XIX, como si intuyeran el valor de la indumentaria, la cual -igual que la arquitectura, la decoración y la alimenta­ción- forma parte de la cultura mate­rial y constituye uno de los aspectos que comple­menta la imagen del hombre dentro de su medio como una manifestación más de la cultura de un pueblo.

En Cuba, la poca tradición artesanal en lo referente a textiles e indumen­taria anterior a la conquista y la casi total destruc­ción de la expresión de la cultura material y espiritual de los indígenas, explica la inexisten­cia de una indumentaria típica que -como en la mayoría de los países latinoamericanos- responda a la evolución del traje precolom­bino y a su mezcla con elementos de la vestimenta occidental y/o africana. A pesar de ello, la imagen del cubano comenzó a perfilar­se en una “manera” de vestir diferenciada del peninsu­lar, proceso que se inició a principios del siglo XIX y que se definió a mediados del mismo. El estudio de dichas peculiaridades vestimentarias en los diversos sectores de la población colonial cubana, constituye un campo fascinante y poco explorado de investigación. Entre las principales fuentes de información para cualquier acercamiento al tema se encuen­tran, sin duda, las artes plásticas. Grabado­res, retratistas e ilustrado­res, cubanos y extranjeros, dejaron sus impresio­nes convertidas en valiosos documentos para el estudio y explora­ción sobre la imagen del hombre durante la colonia.  Sobre estas fuentes y su relación con la vestimenta en Cuba durante la etapa colonial trataremos en los siguientes apuntes.

A la par que se poblaba la isla por los conquistadores y con el traslado de sus instituciones sociales y de clase  y la destrucción de casi la totalidad de los vestigios de la cultura de los indígenas, se inicia­ba la penetración de las formas del vestir europeas, según la moda imperante en España. La poca existencia de referencias –tanto escritas como visuales- del modo de vestir de los pobladores en los primeros siglos de la colonización nos impide detallar el atuendo de funcionarios, colonos y otros habitantes de la isla[i]. Cuando los criollos llegaron a componer una clase económicamente fuerte y al convivir cada día con los comerciantes y funcionarios españoles dentro de la vida social de la colonia, convirtieron en un reto tratar de alcanzar un nivel decoroso en su atuendo a fin de competir con el peninsular. Este sentimiento de competencia surgido por el contacto directo de nuestra oligarquía con los habitan­tes peninsula­res de alta jerarquía propició desde el inicio que ambos vistieran de manera muy similar[ii].

Los retratos de principios del siglo XIX que nos han legado pintores como Vicente Escobar (1757-1834) y Juan Bautista Vermay (1784-1833), nos presentan personajes de la socie­dad cubana, elegantemente vestidos, con alarde de finos encajes y a tono con la moda europea. Los personajes que retratara Vermay para los muros del Templete en 1827, como representación de la Primera misa, reflejan tanto a la jerarquía oficial de la metrópoli, como a las familias adineradas de la oligarquía criolla. Hombres y mujeres son retratados por el artista con una línea de vestir común, reafirmando el señalamiento anterior­mente expues­to: que los criollos adinerados competían en elegancia y ostentación con los miembros de las más ilustres familias europeas. A pesar de las diferencias climáticas, de modo de vida y de la existencia de una identidad nacional en la mayoría de los componentes de nuestra oligar­quía, los hombres sufrieron la incomodidad y el calor que les proporcionaban las prendas que componían el traje masculino en Europa  aquellos años[iii]La mujer, sin embargo, se benefició durante estas décadas con la moda imperante, derivada de la llamada “moda a la antigüedad clásica”, manifestada durante el breve período del Directorio francés[iv]. Tal como se observa en el retrato que hiciera Vermey a La familia Manrique de Lara, la imagen femenina respiraba sencillez y ligereza, mientras que el hombre sufría la incomodidad de un conjunto aún dentro de la línea cortesana del habit à la françoise.

A mediados del siglo XIX, con el poder económico alcanzado, la actividad social y cultural en la isla se incrementa y con ello, el afán de los criollos de ostentar su poder adquisitivo frente a los peninsula­res. Como consecuencia, hombres y mujeres brindaron una mayor atención al cuidado y arreglo de su atuendo y era común que se comentara que “… en los teatros, conciertos,  bailes y reunio­nes  se  observa un buen gusto general y con  placer oímos diariamente a los extranje­ros decir que  el bello sexo habanero puede rivalizar por su elegan­cia con el de la  parte más culta de Europa[v].

Para informarse sobre las variaciones de los detalles de modas masculinas y femeninas, nuestra oligarquía no se limitaba a copiar de los peninsula­res habitantes de la isla. El aumento de las comunicaciones permitió recoger información mediante los continuos viajes que realizaban las familias pudientes a Europa; asimismo se regularizó la difusión de variadas revistas de modas que lanzara París desde los inicios del siglo. Estas publicaciones contenían ilustracio­nes creadas por verdaderos artistas como: Helene Lelor, Compte Calix y Annais Toodouze, así como comentarios y recomendacio­nes sobre trajes, accesorios y peinados[vi]. En el primer tercio del siglo XIX, con el auge de las publicaciones, se suma a los folletos importados sobre modas el primer semanario editado en Cuba a partir de 1829: “La Moda o el Recreo semanal del Bello Sexo”, excelente fuente que nos informa sobre gustos y preferen­cias de nues­tras damas en relación a la moda importada[vii].

Las mujeres poseían variados medios para proveerse de las diversas prendas. La opción de realizar compras en Europa, en el propio París, era una vía. No obstan­te, existían en la isla condiciones adecuadas tanto para la adquisi­ción de gran variedad de géneros textiles como para la confección de la indumenta­ria. Desde el siglo XVIII había en Cuba mulatos y negros libertos que se dedicaban a la sastrería y zapatería[viii]. El oficio de sastre -por tradición y habilidad espe­cial que tenía la raza negra para la artesanía- se concentró en manos de éstos, estable­ciéndose en numerosos talleres en la capital. Algunos de estos sastres se anunciaban en los periódicos ofreciendo sus servi­cios[ix]. La presencia en la capital de una cantidad considera­ble de estableci­mientos comerciales destinados a la venta de tejidos importados y la existencia de numero­sos talleres de sastres y costureras evidencian que nuestra bur­guesía ya no sólo se proveía de ropa comprada en España, sino que vestía con indumen­taria de confección nacional, ya que la mujer cubana desarrolló grandes habilidades en la costura y el bordado como artesanía privada del hogar. Tanto la burguesa, conocedora del oficio a partir de su educación europea, como la de las clases pobres, a través de la enseñanza y costumbres españolas, llega­ron a ejecutar labores de gran calidad y belleza, lo cual se convirtió en tradición mantenida a través de genera­ciones[x].

Es en estos años cuando se iniciaron las pugnas entre las princi­pales corrientes ideológicas como expresión definito­ria de nuestra nacionali­dad, lo cual se expresó también en la vida cultural de la época. Del auto-re­conocimiento caracterís­tico de la etapa anterior se dio paso a la autodefinición de la cultura cubana. Cada corriente, cada tendencia, encontró la vía artística o cultural para materializar su función social. Se empezó a gestar una cultura diferente a la española, se perfiló un modo de vida cubano. Los criollos blancos se distinguían de los peninsulares por sus costumbres y hábitos, la forma de expresarse y hablar, por sus gustos y afinidades. A ello correspondió, lógicamente, un modo diferen­te en el vestir, apareciendo en este período las primeras referen­cias sobre las adaptaciones realizadas por las crio­llas en su vestimenta, con relación a la europea.

Las habilidades de la mujer criolla hacia la costura y su preferencia por la elaboración propia de su vestimenta, marcaron, indudablemente, la imagen de nuestras mujeres y fueron definiéndose ciertas peculiaridades que caracteriza­ron un “modo” de vestir “a la cubana”, como revelación de una búsqueda de nacionali­dad en su imagen dentro de la sociedad colonial. La simplificación en los peinados, la preferencia por prescindir del sombre­ro, el uso de vestidos escotados para el diario, el predominio del blanco en el color de los tejidos y la calidad artesanal en la costura y el bordado, resumen esos rasgos que diferenciaban a una dama cubana de la peninsular.

Estas peculiaridades de una manera de vestir diferente pueden ser observadas en la pintura de la época. Tanto en la obra de los retratistas, como en la de los grabadores costumbristas, surgidos por el auge de la industria tabaca­lera y la fundación de la Imprenta Litográfica de La Habana -al organizarse la presenta­ción y envase del tabaco-, se reflejan estas preferencias de la dama criolla.  Los france­ses Hipólito Garnerey (1787-1858), Federico Miahle (1810-1881) y Eduardo Laplante (1818-?), el inglés James Gay Sawskins (1808-1879) y los cubanos Barrera y Barrañano, retratan la vida colonial de la isla; mención aparte merece el vasco Víctor Patricio Landa­luze (1828-1889), quien se destacó, sobre todo, por reflejar con mayor interés toda la sociedad colonial y, en espe­cial, la temática negra. A pesar de que casi la totalidad de estos artistas eran extranjeros y no obstante su evidente visión idílica de la reali­dad cubana, sus obras constituyen una valiosa referen­cia sobre las costum­bres y vesti­menta de gran parte de la población de la sociedad colonial.

La obra de Miahle –El Quitrín– de una de sus escenas costumbristas, puede ser considerada uno de los documentos visuales que con mayor claridad significa el carácter nacional de nuestras criollas. Tanto en la imagen retratada – tres señoritas con sus vestidos claros, escotados y sin sombrero-[xi], hasta la postura y la forma de disfrutar del ocio de las damas, caracterizan aspectos esenciales de la vida colonial cubana[xii].El  predominio del color claro es observado en la mayoría de las representaciones pictóricas de la mujer cubana de la segunda mitad del siglo XIX. El pintor Guillermo Collazo (1850-1896), a través de La siesta, nos muestra la placidez del des­canso de una dama con su clara vestimenta, dentro del entorno de una mansión colonial[xiii].

La moda masculina, cuyas variantes durante el siglo se limitaron a detalles y accesorios, no fue motivo de variacio­nes por parte de los criollos. Casa­cas, fracs y levitas seguían, tanto en sus géneros como en su corte, las orienta­ciones de la moda francesa o ingle­sa. A pesar de que no se evidenciaron adaptaciones en la manera de vestir del criollo con relación a la moda europea, hemos encontrado referencias sobre un acen­tuado gusto por el uso del dril (algodón crudo) para la confección de los conjuntos[xiv]. Bien es sabido que la preferencia por este fresco y claro tejido -reservado en Europa para la confección de prendas de uso deportivo o de campo- fue evidente en el período republi­cano, especialmente en las décadas 40 y 50. Sin embargo, observamos cómo desde mediados del pasado siglo se apuntaba ya lo que sería un peculiaridad del vestir del cubano, rasgo observado por el pintor Walter Goodman en los hombres[xv].

Los diversos géneros textiles eran ofrecidos por los comer­ciantes distribuidos en establecimientos ubicados en su mayoría en la ya célebre calle Mercade­res “…la Broadway de La Habana…”, así como en Obispo y la calle de Ricla, mezclándose con sus tiendas de joyería y de abanicos, librerías, mercados de golosi­nas y refrescos. Las estrechas calles se llenaban de toldos a fin de proteger al transeún­te y posible comprador del castigo del sol[xvi]. Estos establecimientos no adoptaban el nombre del dueño, como era costumbre europea, sino que se denomi­naban de manera fantasiosa: Esperanza, Maravilla, La Perla, La Bella Marina, La Delicia de las Damas, El Rayo del Sol, etc., y permitían la compra a crédito por parte de su clientela. En cuanto a la confección de ropa masculina, a media­dos y fines del siglo se multiplicaron los sastres quienes asumieron en gran mayoría la ejecución de la vestimenta masculina[xvii].

Si bien el retrato -como tema más frecuente a lo largo de la pintura del siglo XIX cubano-  cuya función era consagrar a los principales personajes de las familias de alcurnia oficial y económica, nos legó un importante documento sobre las formas de vestir de las clases pudientes de la sociedad colonial, es la obra de los grabadores costumbristas quien reflejaría “…la tipología de nuestro siglo XIX, con extraordi­naria gracia y ligereza[xviii] y, dentro de ésta, a los sectores medios y pobres de la población cubana.

No cabe duda de la existencia de esta capa media negra o mulata que formaba parte importante de la población criolla cuyos patrones, en modas y maneras, eran los de la clase dominante de la sociedad colonial. Sobre la imagen del negro y la población mestiza en general, existe abundante información  -tanto visual como escrita- por el hecho de llamar la atención de los visitantes y de los residentes en la isla como elemento pintoresco, caracterizador del peculiar mosaico étnico-cultural de la isla. Sobre ello, nos detendremos en otra publicación.

Por Diana Fernández González

Texto enviado por la autora. Pueden consultar otros en su blog Vestuario Escénico.

Diana Fernández González es diseñadora de vestuario escénico y profesora de Historia y Teoría del Traje y de Vestuario para la escena de la Escuela de Cinematografía y del Audiovisual de la Comunidad de Madrid (ECAM).

Calle O´Reilly. La Habana.

Calle O´Reilly. La Habana. Imagen cortesía de Diana Fernández.

Calle Obispo. La Habana. 1900.

Calle Obispo. La Habana. 1900. Imagen cortesía de Diana Fernández.

"El quitrín", por Federico Mialhe.

“El quitrín”, por Federico Mialhe. Imagen cortesía de Diana Fernández.

32. La moda o el recreo semanal del Bello Sexo

Imagen cortesía de Diana Fernández.

Por Juan Bautista Vermay. Tempranos 1800s.

La familia Manrique de Lara, por Juan Bautista Vermay. Tempranos 1800s. Imagen cortesía de Diana Fernández.

Retrato de Justa de Alto y Bermúdez, por Vicente Escobar. Tempranos 1800s.

Retrato de Justa de Alto y Bermúdez, por Vicente Escobar. Tempranos 1800s. Imagen cortesía de Diana Fernández.

Don Agustín de las Heras, por Vicente Escobar. 1828.

Don Agustín de las Heras, por Vicente Escobar. 1828. Imagen cortesía de Diana Fernández.

 


[i] Como es sabido, las condiciones del país no favorecían el origen de un ambiente cultural que permitiera el crecimiento de las artes; las manifestaciones plásticas se limitaron al dibujo lineal: trazos, planos, esbozos de La Fuerza, La Punta y otras construcciones militares, religiosas o residenciales.

[ii]El traje usual de los hombres y mujeres en esta ciudad es el mis­mo, sin diferen­cias, que el que se estila y usa en los más celebrados salones de España, de don­de se le introducen y comunican inme­diatamente con el frecuente tráfico de los castella­nos a este puerto”  José Martín Félix de Arate. Llave del Nuevo Mundo, antemural de las Indias Occidentales. Comisión Nac. de la UNESCO. La Habana, 1964; págs. 94 y 95.

[iii] La indumentaria masculina en toda Europa Occiden­tal a partir de 1800 había renunciado a la fantasía y el esplendor que la caracterizó durante cuatro siglos de moda aristocrática; quedaron atrás las cintas, los encajes, las decoracio­nes, pelucas y plumas. La austeridad representó la imagen del burgués, financiero, comerciante o políti­co, quien sustituyó la vida cortesana y de armas por la de las tertulias, ópera, carreras y la bolsa. El traje masculino quedó así reducido a un número de prendas,  marcado su uso según la ocasión: el frac, la levita y el chaqué; todas acompañadas por pantalones largos y chalecos cortos. Los géneros usados eran sobrios en textura y color, nada de bordados o incrustaciones, ni de sedas o satines; era la imagen de un burgués cuyo escenario era esencialmente urbano.

[iv] Una total transformación sufrió el traje femenino en menos de cinco años: el talle subió bruscamente y se colocó debajo de los pechos, el pesado vestido sobre el incómodo miriñaque o panier fue sustituido por una túnica simple, que apenas requería ropa interior; los tejidos pesados y excesivamente recarga­dos cedieron su lugar a géneros ligeros y claros (batista, gasa, muselina).

[v] Eliza Ma. Hatton-Ripley. En: Viajeras al Caribe. Colección Nuestros Países. Casa de las Américas. La Habana. 1983; pág. 285

[vi]“Le Beau Monde”, “La Belle Assamblés”, “Le Fo­llet”, “Le Courreier des Salón”, “Le Moniteurde les Modes”, “Les Modes Parisiennes”, “Le Journal des Demoiselles”, “Le Petit Courrier des Dames”, son algunos títulos de publicaciones, las cuales – en ocasiones traducidas al habla hispana- llegaban a las capitales de varios países del nuevo continente.

[vii] Debemos señalar que antes de llegar a mediados del siglo, contábamos con máquinas de coser tipo industrial y posteriormente las de uso doméstico. En 1857, a pocos años de creada la patente Singer, se estableció en La Habana el primer taller de confección a máquina.

[viii] A partir de la década de los 30, se destacó como sastre preferido por las clases acomodadas de la capital, Francisco Uribe, sargento primero beneficiado del Batallón de Pardos Leales de La Habana. Por sus relaciones sociales y su popularidad entre los elegan­tes de la época, Cirilo Villaverde lo incluyó en su obra Cecilia Valdés, siendo el “sastre de moda” (como lo llamaban sus contemporá­neos) uno de los personajes del cuadro social descrito por el autor en su novela.

[ix]El subteniente del  Batallón de Morenos Leales de  esta plaza  Eusebio Marrero, ha  traslada­do su  taller de  sastrería de la cuadra de la ciudadela de La guardia, en la calle de Muralla, a la  otra  inmediata­mente  si­guiente  en  la misma calle,  unas  cuantas puertas  antes de la tienda de seda de los señores Velis.   Marrero  corta  a la  última  moda y al gusto de  quien  lo ocupa. Tiene ya hechas  y  de todos los tama­ños, casa­cas, levitas, chupas, chaquetas de librea y de  distin­tos géneros, y es equitativo no menos que puntual,  última­mente  suplica  el mencio­nado oficial Marrero que los  señores  todos  lo honren ocupándolo.” (Diario de La  Habana, 20 de enero de 1827).

[x]“El laborioso dibujo sobre la ropa de hilo fino y el bordado de los dibujos en delica­dos diseños de tela de araña, tan complica­dos que basta mirarlos para que los ojos le duelan a una (…) esa era la ocupación favorita de las señoras cubanas.” Eliza Ma. Hatton-Ripley. En: Viajeras al Caribe. Ob.cit. pág. 285

[xi] Los vestidos que llevan las damas reproducidas por el grabador siguen la línea de la moda europea. La silueta correspondiente a las décadas cuarenta y cincuenta del siglo pasado se caracterizaba por el volumen excesivo de la falda, logrado por el uso de la estructura interior llamada crinolina o jaula (malacov por los cubanos). Innumerables volantes superpuestos decoraban el volumen inferior del cuerpo, estrechísima cintura y corpiños escotados de hombro a hombro para los vestidos de noche. Podemos suponer que el rechazo al uso del tocado por parte de las cubanas se deba al deseo de lucir a sus anchas su tan celebrada cabellera, la cual realzaban únicamente con sencillos pero hermosos peinados. Ya sea ésta u otra la razón, es innegable que constituyó una peculiaridad en el vestir de la criolla la tenden­cia a no cubrirse sus cabellos.

[xii] Una visitante británica a nuestra isla, impresionada por la ausencia del sombrero en las cabezas de las damas cubanas y por el uso de vestidos escotados (reservados, según las normas, para la noche), escribió:” A duras penas uno ve el uso del som­brero aquí y es­toy empezando a andar sin él (…) El primer día pensé que la omisión del sombrero era impo­si­ble, pero la cos­tumbre general pronto lo hace a uno re­conciliar­se con ello y ayer salí en una vo­lanta descapo­tada (…) con un vestido que en Inglaterra sólo lo lleva­ría por la noche.” Amelia Nurray. Carta XX. En: Viajeras al caribe. Ob.cit. pág.216.

[xiii] El predominio del color blanco en la indumentaria de las criollas era mayor que el utilizado por las damas europeas que seguían la moda francesa de la época de Luis Felipe y el Segundo Imperio, la cual desarrolló el gusto por tejidos como la muselina, linón, percal y los algodones estampados en sus tonalidades más sentimentales (pasteles y blanco), pero reservado, fundamentalmente, para los vestidos de noche.

[xiv] El pintor inglés Walter Goodman, de visita a nuestra isla, nos describe la vestimenta de los asistentes al banquete de bienvenida ofrecido a su llegada de Europa: “La  asistencia de varias damas con sus claros trajes de muselina, los caballeros vestidos de dril blanco…” Walter Goodman. Un artista en Cuba. Consejo Nacional de Cultura. La Habana, 1965. pág.15

[xv] Se refiere a los hombres de Santiago de Cuba, zona en la que “…las características cubanas y las costumbres de sus habitantes se observan mejor(…)vestidos de dril blanco, sombrero de jipi-japa y zapatos de la mejor piel españo­la(…) vende almidón, artícu­lo de gran demanda  en  Cuba  para estirar la ropa de dril blan­co…” Ibidem. pág.241

[xvi] Llamaban la atención a quienes visitaban la isla, dos aspectos relacionados con la manera de adquirir sus trajes o tejidos las criollas. Uno de ellos era la costumbre generalizada de realizar las compras desde el coche, cuando más, en la puerta del establecimien­to, pues era común “…ver un dependiente al pié de una volanta mostrando a las bellas ocupantas pieza tras pieza de fino género de lino y de transparente pinta; o probando uno y otro par de zapatos de cabri­tilla y satín en sus delicados pies.” (Louisa Mathilde Houston. Desengaño. En: Viajeras al Caribe. ob.cit, pág.299); así como la confianza que las damas deposi­ta­ban en sus esclavas, a quienes encargaban de trasmitir a modistas y tende­ros las prendas o tejidos que deseaban adquirir.

[xvii] En el censo realizado en 1872 se refleja cómo este oficio ocupó el segundo lugar dentro de todas las profesiones artesanales de la época y estaba concen­trado fundamentalmente en manos de negros y mestizos:  

         blancos      negros y mulatos

    carpinteros        6,226           5,846

    sastres            1,419          11,923

    albañiles          3,726          41,890

[xviii] Adelaida de Juan. Pintura cubana: temas y varia­ciones. Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba. Ciudad de La Habana, 1978. pág. 25

La Rampa, por Leonardo Padura

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Navidad en La Rampa
Navidad en La Rampa

Navidad en La Rampa. Vedado. 1960. Foto tomada de internet.

Texto de Leonardo Padura publicado en Café Fuerte:

Durante diez, quince años, una parte inalienable del espíritu de la época estuvo sintetizado en cinco cuadras, con sus bocacalles adyacentes, de la ciudad de La Habana.

Esos años, que corrieron desde mediados de la década de 1950 hasta la agonía del decenio de 1960 fueron posiblemente los más animados, contradictorios, promotores de cambios (políticos, económicos, morales) que se vivieran en Cuba desde la independencia hasta la llegada del Período Especial. Y todo aquel sentimiento de renovación, de búsqueda de lo nuevo, de exploración de la modernidad, tuvo sus mejores y más nítidos reflejos cubanos en el tramo de calle 23, pendiente entre L y la frontera del Malecón: la emblemática Rampa habanera.

Un estado de ánimo

Tal fue la profundidad de la relación de este espacio urbano con la vida del país que el arquitecto italiano Paolo Gasparini definió a La Rampa no como un sitio, sino como un “estado de ánimo”, como le gusta recordar al también arquitecto Mario Coyula, estudioso de las esencias pasadas y triste presente de este emblemático paseo capitalino.

Diseñada y construida en lo fundamental entre los años finales de la década de 1940 y la mitad de los años 1960 (en el año 1966 se termina la heladería Coppelia, obra de Mario Girona), la Rampa consiguió en sus años de esplendor convertirse en el corazón palpitante de la ciudad, desplazando de ese sitio al centro anterior, esencialmente comercial y mundano, ubicado en el cruce de Galeano y Neptuno, la famosa esquina del pecado. El éxito de La Rampa, sin embargo, tuvo que ver más con su vocación social, cultural, nocturna, gracias a lo cual se fue llenando de cines, restaurantes, estudios de televisión, clubes de jazz, hoteles, galerías, centros de arte y diseño, cafeterías, cuya enumeración sería casi interminable, además de algunos edificios de apartamentos, como el Retiro Médico, y el que llegaría a ser el más emblemático espacio expositivo habanero, el modernísimo y funcional Pabellón Cuba, inaugurado en 1963 precisamente en ocasión de reunirse en La Habana el VII Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos que pretendió renovar con espíritu de vanguardia las por entonces todavía vanguardistas arquitectura y urbanismo cubanos.

Espíritu de la época

Tan acogedor y propicio resultó el espacio físico de La Rampa y la utilidad pública de sus instalaciones que con notable facilidad el espíritu de la época también recaló en la avenida y sus sitios aledaños. La música cubana de aquellos años gloriosos de la década de 1950 y de principios de la siguiente, tuvo en los espacios del entorno su más notables escenarios: desde el restaurant Monsieur, animado por el imprescindible Bola de Nieve, hasta el Rincón del Filing, sobreviviente aun en los años 1980, donde recalaban César Portillo, José Antonio Méndez y otros renovadores de la canción cubana, pasando por los escenarios más sofisticados del Salón Rojo del Capri, El Parisién del Hotel Nacional y los más diversos clubes, como El Gato Tuerto y La Zorra y el Cuervo, donde bolero, jazz y filing se daban la mano y abrían el abanico de opciones. Las exposiciones de artes plásticas también tuvieron hitos en La Rampa, pues desde los mismos mosaicos empotrados en el granito de sus aceras, obras de maestros cubanos, hasta el apoteósico Salón de Mayo, forman parte de la realidad y la memoria gráfica del país. Los dos cines emblemáticos, el Radiocentro (Yara) y La Rampa, convertido en cine de ensayo, son parte de la memoria fílmica de dos generaciones de cubanos, como lo fueron las pequeñas salas teatrales de la zona. Y hasta la literatura, con obras (como Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante, vecino de La Rampa) y la presencia viva en sus inmediaciones, en sus instalaciones y a través de sus evocaciones de los escritores cubanos de aquellos años, tuvieron su espacio en esa misma Rampa donde, en la recién inaugurada Coppelia, solían reunirse los integrantes del primer Caimán Barbudo.

Sin embargo, no solo de creadores y consumidores de cultura, de eventos históricos, de edificios emblemáticos se pobló La Rampa. Su verdadero destino se lo entregó la juventud de aquellos tiempos, en buena parte proveniente de la muy cercana colina y otras facultades universitarias, pero absolutamente variopinta y ansiosa de libertades. La Rampa fue, por ello, el muestrario de las primeras melenas, las primeras minifaldas, los pantalones de tubo y de campana, las muchachas sin brasiers, los homosexuales desprejuiciados, los primeros fans de los Beatles y los Rollings, incluso de los primeros hippies tropicales, todas aquellas especies que, en una época de mayor rigidez política y supuestamente ética, resultarían fumigados con tanto esmero y encono en nombre de la homogeneidad y la prisa por el nacimiento de un hombre nuevo.

Sobreviviente de las ortodoxias

Pero tan fuerte resultó el espíritu encarnado en La Rampa que su aliento incluso sobrevivió a la época del cierre de los clubes nocturnos, a la ofensiva revolucionaria, a las cacerías de brujas de los años finales de 1960 y los años drásticos y aplanadores del decenio de 1970, pletórico de ortodoxias. Fue en época en que la Casa de la Cultura Checa se convirtió en sitio de referencia, al igual que los ciclos cinematográficos de La Rampa. Aquel empuje hasta resucitó en los años 1980, cuando el Festival de Cine se hizo carne de la avenida, con las noches interminables del Hotel Nacional, un tiempo en cual todavía era posible escuchar en el Pico Blanco a César Portillo y hasta a Elena Burke y Omara Portuondo, gastar unas horas en el Coppelia, comprar una ropa diferente en el Centro Experimental de la Moda y sostener el ejercicio tradicional de andar “Rampa arriba, Rampa abajo”, por el simple placer de caminar por el corazón moderno de una ciudad que resistía los embates de una desidia institucional que empezaba a ser alarmante. Quizás el acontecimiento capaz de marcar lo que va siendo el destino trágico de La Rampa, el fin de su esplendor y su providencial glamour cultural, fue el incendio del local del antiguo cabaret Montmartre, reconvertido en el gigantesco restaurant Moscú, convertido desde aquellos días hasta hoy en la ruina dolorosa que encarna físicamente la muestra más alarmante de lo que fue y ya no es.

Porque no solo desidia y falta de recursos han agredido el espíritu de La Rampa hasta llevarlo a su agonía actual. Quizás esos dos elementos se hayan combinado para impedir la resurrección del Montmartre/Moscú, para transformar en pústulas los balcones desconchados del Retiro Médico, para impedir la implosión del edificio Alaska sin que nada nuevo haya crecido en su territorio, para que la vida nocturna haya languidecido y se haya dolarizado (o cuquizado, si es posible llamar así al imperio del CUC)… Porque tal parece que algo mucho más macabro ha rondado sobre el destino de la calle más céntrica de La Habana para que un espacio como el de la tienda Indochina se transforme en control de pases de un ministerio, para que la Casa de la Cultura Checa devenga Centro de Prensa Internacional con escasas funciones culturales, para que las vidrieras de la antigua Ámbar Motors estén casi siempre tapiadas y definitivamente subutilizadas, para que el Centro Experimental de la Moda se convierta en nada, para que el Mandarín haya perdido su encanto y sea un restaurant de mala muerte y peor vida, para que espacios privilegiados se convierten en bancos que se oscurecen a las 3 de la tarde, mientras el Pabellón Cuba muestra unos jardines muchas veces más poblados de desperdicios urbanos que de plantas ornamentales.

No por vejez

Al menos para mí, habanero que paseé La Rampa en mis tiempos de estudiante pre y universitario, es evidente que no solo la economía ha influido para que los bares y cabarets del Habana Libre se hayan convertido en sitios ajenos y sin mayor encanto o para que el Coppelia no conserve nada de sus encantos sociales; para que varios de los clubes nocturnos y restaurantes de la zona hayan perdido su carácter o cerrado sus puertas mientras las amables cafeterías Wakamba y Carabalí ya no se sabe ni qué cosa son; para que, mientras se construye en otras partes de la ciudad, la esquina de 23 y O, y el costado de K entre 23 y 25 sean furnias donde se siembran plátanos y casetas rústicas… Y lo pienso así porque creo que no solo la mala economía le ha robado el espíritu de modernidad, irreverencia, búsqueda de placeres corporales y mentales, de juventud, en fin, que por décadas se deslizó por esta pendiente habanera cuyo fin u origen, es el mar.

Se trata de una agonía por muerte natural o parte de un plan de asesinato con premeditación y alevosía? Quizás pensar en la intencionalidad del crimen resulte algo rebuscado. Pero, con o sin intencionalidad, el resultado está siendo el mismo. La Rampa está muriendo, y no es por vejez.

modas ’75

Suplemento especial de la revista Mujeres
Suplemento especial de la revista Mujeres. 1975.

Suplemento especial de la revista Mujeres. 1975. Colección Cuba Material.

En 1975, para celebrar el segundo congreso de la Federación de Mujeres Cubanas, la revista Mujeres publicó un suplemento de modas, de aproximadamente 50 páginas de fotografías e ilustraciones de moda femenina, masculina e infantil, además de accesorios, maquillaje y patrones para confeccionar algunos de los modelos que se muestran. Llaman la atención, en el mismo, la mayoritaria ausencia de líneas o influencias nacionales en los modelos propuestos y lo que parecen ser imágenes tomadas de publicaciones de Europa del Este o de la URSS.

Este suplemeno especial fue editado por el Taller Escuela Experimental de Diseño de la FMC, la Empresa de Confecciones Textiles, y el Ministerio de la Industrial Ligera

Suplemento especial de la revista Mujeres

Suplemento especial de la revista Mujeres. 1975. Páginas interiores. Colección Cuba Material.

uniformes escolares

Presentación de prototipos de uniformes escolares.

Presentación de prototipos de uniformes escolares. 1973. Escuela Vocacional Lenin.

En 1972, el gobierno cubano le encargó al Instituto Cubano de Investigación y Orientación de la Demanda Interna (ICIODI) el rediseño del uniforme escolar. EL ICIODI procedió a diseñar, primero, un nuevo uniforme para los sectores priorizados: escuelas en el campo, escuelas vocacionales.Le siguieron los tecnológicos, los politécnicos, y las escuelas formadoras de maestros. En 1975, el proceso se extendió a los demás sectores de enseñanza. Cuando los nuevos modelos fueron finalmente implementados a escala nacional, desapareció la pañoleta de dos tonos y las faldas azules con franjas blancas cerca del dobladillo, una por cada grado cursado.

Presentación de prototipos de uniformes escolares. Circa 1973. Escuela Vocacional de Pinar del Río.

Presentación de prototipos de uniformes escolares. Circa 1973. Escuela Vocacional de Pinar del Río.

Presentación de prototipos de uniformes escolares. 1973. Escuela Vocacional Lenin.

Operación Adoquín

Feria de la Plaza de la Catedral
Feria de la Plaza de la Catedral. 1987. Imagen tomada del libro Six Days in Havana.

Feria de la Plaza de la Catedral. 1987. Imagen tomada del libro Six Days in Havana.

La Operación adoquín fue un operativo policial contra los comerciantes de los Sábados de la plaza, un mercado al aire libre que se celebraba todos los sábados en la Plaza de la Catedral, donde los habaneros podían adquirir, en los años 1980s, bisutería, calzado y confecciones de vestir hechos por artesanos locales. Estos sábados constituyeron, para muchos, un evento cultural que sobrepasó los límites estrictamente comerciales que le dieron origen. La calidad y diseño de los productos a la venta atrajo incluso a firmas comerciales alemanas y francesas, interesadas en patrocinar la pujante artesanía local. Un amigo me contó que, por entonces, por órdenes del gobierno se quemaba la recortería de piel que sobraba de los talleres estatales para evitar que llegara a manos de artesanos privados.

Sobre la Operación Adoquín, ver Emilio Ichikawa:

La Operación Adoquín sale a la luz en la prensa oficial como acción policial que depura de artesanos ilícitos a las plazas de Armas y de la Catedral. La venta de artesanía venía arraigando allí desde la década anterior, cuando carpinteros y herreros, modistas y bordadoras, joyeros y talabarteros, alfareros y otros empezaron a plantar los sábados sus timbiriches frente a la catedral.

Aquello se convirtió en mercado abierto y se extendió a la Plaza de Armas, frente al Palalcio de los Capitanes Generales. Las autoridades dieron pita larga para ver hasta dónde llegaba el ingenio cubiche, porque salvo los basureros no había otro mercado de insumos para hacer artesanías que las propias empresas estatales. Ni otras vías de suministro que robo o cambalache.

Entonces pasó algo que se llevó de pronto a la mayoría de los artesanos, quienes fueron a dar a la cárcel bajo cargos de actividad económica ilícita y otros delitos contra la propiedad social de todo el pueblo. De este modo el casco histórico habanero quedó acendrado para su proclamación (diciembre 14, 1982) como Patrimonio Histórico de la Humanidad. La Oficina del Historiador se encargó de controlar administrativamente el movimiento artesano y hacia diciembre de 2009 sobrevino la mudanza y concentración de los artesanos de la Catedral al Centro Cultural Antiguos Almacenes San José (Avenida del Puerto), restaurados ad hoc. Dizque el trámite de acreditación como artesano se cobra en chavitos y la renta de espacios, en pesos cubanos.

El movimiento artesano había cobrado impulso a fines de la década de 1960 con egresados y defectores de la Escuela Nacional de Arte (ENA), quienes se reorientaron al no consagrarse como artistas plásticos. Así mismo se reanimaron otras muchas tradiciones artesanales, como bordado y deshilado, que darían pie (1979) a las Ferias de Arte Popular.

Tras la Operación Adoquín se creó (1986) la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACAA), como cristalización burocrática de la artesanía redefinida en términos artísticos. El auge del turismo propiciaría que los artesanos se concentraran en obras de carácter único para la venta puntual. Lo funcional artesano cedió a lo artístico profesional y la característica repetitiva de la artesanía deja de ser consustancial.

En Jatar-Hausmann, Ana Julia (1999) The Cuban Way: Capitalism, Communism and Confrontation, editado por West Hartford, CT: Kumarian Press:

Another free market reform during this period was the state’s 1978 decision to allow limited self-employment. Certain professionals such as carpenters, plumbers, electricians, and artisans were allowed to work privately, provided they had first fulfilled their time commitment to the state. Those who were able to buy a state license could essentially go into business for themselves. They charged whatever rate they could get, and payment was often made in kind with goods such as chicken or vegetables. They were not allowed to hire any staff, but they could form business alliances with colleagues.

The 1978  legalization of self-employment was considered an attempt to control what had been occurring for quite some time. Artisans and handymen had seemingly always worked outside the state apparatus, risking detention by the authorities as they attempted to improve their standard of living. Even after the 1978 reforms such work was a potentially dangerous proposition. The state strictly controlled the number of licenses issued for private work, and crackdowns such as the trial of a score of artisans in a public square in Santiago de Cuba in June, 1985, for selling jewelry without a license were common. (p.35)

In 1986, Castro also labeled the thousands of self-employed Cubans “corrupt parasites” on the public sector and curbed their activities with tighter regulations. In an effort to gain greater control over resources, the government imposed a system in which taxi drivers, artisans, street vendors, and private service workers such as plumbers and electricians had to obtain all materials via a state-issued certificate. The number of private wage and self-employed workers fell from 52,100 in 1985 to 43,200 in 1987. In monetary term, private non-farm incomes fell from 102.5 million pesos in the same period. During the Rectification Period, wage incentives for the population were also scaled back. (p. 38)

Ver también la entrevista al actor, director y productor Marcos Miranda, publicada en Cuba Inglesa, sobre las circunstancias que lo convirtieron en artesano y su relación con el movimiento de artesanos de la Plaza de la Catedral:

¿Vienes directamente a Miami o tienes tu “largo viaje” como muchos otros cubanos?

Mi salida definitiva de Cuba no pasó hasta 1984, y lo hice por España, donde viví 7 años. Una experiencia extraordinaria, que me devolvió la fe en la humanidad, que casi pierdo en Cuba. Desde año 1980 hasta el 1984, fue una época muy dura en la isla para todos los que presentamos nuestra salida del país. Nos sacaron del trabajo y sin posibilidades de recuperarlo o encontrar nuevos. Recuérdese que el sistema comunista no permite la actividad laboral privada de manera oficial, y en aquel momento no existían empresas mixtas ni corporaciones extranjeras donde pudiéramos prestar nuestros servicios ni mi esposa ni yo. La única posibilidad o camino a tomar cristalizó en hacernos artesanos (más bien zapateros) y vender nuestra producción en La Plaza de La Catedral.

¿Entonces puedo asumir que te arrestaron en la famosa “Operación Adoquín”, donde muchos artesanos, sin prueba o delito aparente, fueron a parar a los calabozos del DTI en La Habana?

No. Nunca me di a conocer como artesano. Jamás me inscribí como tal. Y aunque lo hubiese querido, como era mi deseo realmente, mi condición de “gusano” que se iba del país, me lo impedía. Mi hermano Carlos, y mi amigo, el actor Mike Romay (e.p.d.), vendían mi producción. Creo que me salvé porque nunca fui a La Plaza, a pesar de que a Norma, mi esposa, y a mí, nos interesaba aquel peculiar movimiento artístico, y también empresarial, donde el arte y la gestión de ventas se pusieron de manifiesto, y de manera muy próspera e independiente, como no había pasado antes del 59. Además, mis pocas apariciones en la calle como cualquier ciudadano de a pie y sin acceso a los medios, que hice luego de mi renuncia al ICRT como director, escritor y actor, bastaron para que fuera llamado nuevamente al Departamento de Seguridad del Estado, donde se me “aconsejó” que no saliera a la calle porque el público me reconocía como El Ingeniero de “En silencio ha tenido que ser” o El Abuelo Paco de “Variedades Infantiles”. Eso, según “ellos”, “ponía en peligro” el permiso para mi salida definitiva de Cuba. De modo que, a partir de ese momento, comenzó mi condena de cuatro años de prisión domiciliaria.

prendas de la nostalgia

anillos

Tomado de LoreLama

LoreLama es hija de cubanos, de Jaguey Grande, que emigraron en 1962. Tiene un blog, que escribe en inglés, y en el post “Un poco de nostalgia” publicó estas sortijas, producidos por Santayana Jewelers.

Osmany Laffita, diseñador

Colección de Laffita

Osmany Laffita.jpg

CubaencuentroModista cubano deslumbra en Praga con su nueva colección:

Laffita estudió en la academia de bellas artes San Alejandro, en La Habana, y trabajó como editor en una revista de moda en la Isla. A los 22 años abandonó el país y se asentó en República Checa, donde ha trabajado con importantes firmas de moda como Versace y Kenzo. En 1999 comenzó su carrera como diseñador de manera independiente.

Ha sido homenajeado por su contribución al mundo de la moda en República Checa y recibió de la revista Vogue en español el premio “Designer’s Choice Award”.

El gusto exquisito, documental

Pueden ver aquí el documental, en dos partes, El gusto exquisito, documental de Lluis Hereu (2001), filmado en La Habana, Matanzas, Trinidad y Santiago de Cuba y presentado en You Tube como “una mirada un punto tierna, pero ferozmente irónica, sobre la manera de acicalarse, de adornarse para gustar al otro, de algunos cubanos”:

 

un par de botas

Imagen tomada de “Por el ojo de la aguja”. 1 de mayo de 2012.

Una amiga de la autora del blog Por el ojo de la aguja enseña el par de botas que, como todos los que en su centro de trabajo se comprometieron a desfilar este primero de mayo, recibió a cambio.

(Ampliar aquí)

comentarios sobre la VITRINA

Ha concluido el traslado de Cuba Material desde la plataforma blogger hacia su propio dominio. Han quedado, sin embargo, algunos comentarios de los lectores que, al desaparecer las páginas donde se encontraban, no pudieron exportarse hacia este sitio. En ésta y las siguientes entradas los transcribiré. Una vez más, agradezco a estos queridos lectores su colaboración.

Comentarios dejados en el archivo de la VITRINA:

  1. Anónimo 

    Los objetos que recuerdo con agrado son los libros de la coleccion Huracan, grandes obras literarias con una encuadernacion tan primitiva que las hojas se despegaban al pasarlas,. pero muy baratos, cualquier estudiante con unos centavos los compraba y formaba su coleccion.
    Otros son las sandalias , llamadas guarachas, con la suela de gomas de camion y entretejido de piel. Muy comodas y sobre todo que duraban muchisimo.
    El jabon Alborozo. Tenia un perfume muy antiguo y delicado que jamas pude encontrar otra vez en otros productos en el extranjero.
    El perfume Alicia Alonso y Gisell. Me gustaban mucho y considerando la escases y la miseria mediante eran un buen logro de nuestros tecnicos perfumistas. Tanto que consegui el telephono de Suchel y los felicite personalmente.
    El helado Copelia de Chocolate al inicio de inaugurada la heladeria .
    La crema hidratante Cirene.
    El refrigerador Westinhouse de mi familia que duro casi 50 años comprado antes de la Revolucion , claro.
    La maquina de cocer Singuer y la maquina de escribir Lettera que duraron casi 60 años.
    Mi madre escribia ya sin cinta utilizando papel carbon.
    La pluma fuente que me regalo mi hermano cuando el estudiaba en la Union Sovietica. Me duro toda la carrera en la Universidad. El peine de plastico de dientes separados comprado en Checoslovaquia , otro regalo que me hizo porque yo tenia el pelo muy largo y se me enredaba. Todavia lo tengo y ha pasado casi 20 años. En Cuba no habia ese tipo de peine en aquellos momentos.

     

  2. Anónimo

    la casa donde nací… tenía un encanto especial, fabricada por mi abuelo español mantenía la tipología de las casas españolas con su patio interior y un patio trasero donde jugaba cuando niña, grandes habitaciones que todas daban a los patios, pisos de losas blancas y negras y persianas francesas y sobre todo el angel de la familia que la habitaba… el día q la cerré porque mis padres venían para Miami y perdíamos mi querido hogar, corté mis raíces con Cuba, pero la extraño y la lloro, la tengo en mi vitrina interior

     

  3. Anónimo

    mi difraz de la Violetera… tenía unos 3 años por el 1958 y nos disfrazaron de la Violetera por la pelicula de igual nombre interpretada por Sarita Montiel, todas las niñas iguales y los niños con los cuales hacíamos pareja con tabaquitos que eran de chocolate, en el Club Campestre de mi pueblo

tres proyectos en Yagruma sobre cultura material (video)

 

Yagruma, una plataforma para gestionar el micro-financiamiento colectivo de proyectos de artistas cubanos, anuncia la campaña de recogida de fondos para Normal is Good, de Yali Romagoza, diseñadora de modas que “fuerza los límites entre arte conceptual y moda”; Navidad, de Yadniel Padrón, fotógrafo; y Alamar cuenta su historia, proyecto audiovisual de Miriam Real Arcia.

Del proyecto de Yali Romagoza dice Yagruma:

La primera colección, presentada durante la 10ª Bienal de La Habana, elimina la cartera como accesorio femenino, e incorpora espacios o bolsillos escondidos en el interior de cada prenda como modo alternativo para cargar nuestros objetos cotidianos (…).
“De este modo se enfatiza en la función social con diseños transformables que se vuelven autosuficientes”, explica.
Yadniel Padrón explica su idea:
Consiste en la acción de soltar sobre la entrada de la bahia de La Habana mil cajas de regalos de un metro cuadrado, de colores llamativos, en una hora en la que la marea envié las cajas hacia la orilla haciéndolas encallar en el muro del Malecón provocando la interacción con los espectadores presentes y cualquier tipo de reacción que pueda despertar a raíz del objeto que llega, para cuestionar el deseo por lo novedoso, ideas incorporadas en el cubano actual, con este intercambio pretendo enfocarla mirada hacia lo propio, lo autóctono, Navidad responde a esta idea y a todo lo que pueda generarse alrededor de este contexto.
En cuanto a Alamar:
Trata de un documental que contaría cómo viven las personas de Alamar, uno de los municipios más suigeneris de la isla, caracterizado por un fuerte movimiento artístico independiente, donde viven personas de diferentes niveles educacionales y sociales y donde se manifiesta claramente cómo vive el ciudadano de a pie en Cuba.
Los invito a visitar sus sitios en Yagruma para contribuir con los autores.

La Maison

Almanaque de 1983 producido por La Maison

 

Almanaque de 1983 producido por La Maison

Almanaque de 1983 promocionando La Maison con diferentes diseños inspirados en la guayabera, para hombre y mujer, producidos por CONTEX. Foto cortesía de Cachita Abrantes.

Si había un sitio en La Habana de los años 1980s que atrajera el glamour y la farándula locales, además de las fiestas del Festival de Cine Latinoamericano, que por entonces se celebraban en el círculo social del Ministerio del Interior Cristino Naranjo, era la casa de modas La Maison, con la ventaja de que sus fiestas duraban todo el año. Por allí pasaban los pocos turistas que asomaban sus narices en La Habana de entonces, los generosos parientes de la comunidad de visita en la isla y los varios personajes de la industria internacional de la moda que por entonces visitaban a Cuba (así, Giorgio Armani, Pierre Cardin y Paco Rabane, entre otros, conocieron de primera mano la isla comunista).

modernidad “a lo grande”

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“Viva Cuba.” Vogue UK. Junio 2010.

El entorno material de Cuba sirvió de escenario a Vogue UK en el 2010. Antes, en los 90s, lo explotó Mango, la marca de ropa española. Éstos no son los únicos fotoshoots en los que el mundo de la moda internacional eligió a Cuba, pero sí los más famosos. Arjun Appadurai reconocería en ellos la incorporación de Cuba al imparable flujo de imágenes, ideas, dineros, tecnología y personas que dan cuerpo a nuestra modernidad.

(h/t Penúltimos Días)

disfraces

Disfraces de odalisca. Casa de los disfraces, Habana. Circa 1980.

Un amigo me dice sobre Cuba Material: “Me hizo pensar en mi disfraz de carnaval—fui vestido de ‘andaluz,’ fue confeccionado por mi madre, ‘la gallega,’ y ahora (…) entiendo que el disfraz fue parte de una resistencia conservadora y católica a los cambios revolucionarios que se iban imponiendo dentro y fuera de nuestra familia (…) etc. Y ahora que me recuerdo del disfraz y lo que viví durante el carnaval me invade un sentido de…”. Y no sabe decirme de qué.

Yo también usé disfraces que no olvido. El de odalisca de la foto mis padres lo rentaron en la casa de los disfraces de Galiano, en La Habana. Mi hermana y yo nos vestimos de odaliscas para una actividad organizada por nuestra escuela primaria. Ese día, mi abuelo organizó una sesión de trípodes, luces, flashes y fotómetros, preparó un set en una esquina de la sala, con cojines y sábanas, y mi abuela nos adornó con sus collares y nos puso maquillaje. Nosotras hicimos nuestro papel de odaliscas lo mejor que pudimos.

Sin embargo, el disfraz más memorable de mi infancia lo llevé en primer grado, durante la fiesta de fin de curso de la escuela. Con el vestido que mi mamá usó en su primera comunión me disfracé de princesa. A los niños de mi aula les encantó saber que una compañerita suya era la niña mejor disfrazada de la escuela hasta que apareció otra niña con un traje autóctono de alguna república socialista europea, un traje colorido, floreado, exótico y mucho más moderno que el vestido de comunión de mi mamá.

Estética, documental de Enrique Colina

Estética, dirigido por Enrique Colina, fue producido por el ICAIC en 1984. Para entonces, ya desde finales de los años 1970s, existían, según el Instituto Cubano de Investigación y Orientación de la Demanda Interna (ICIODI), 809 millones de pesos en inventarios de productos ociosos, sin salida en el mercado minorista.

 

prendas

aretes de brillante y zafiro
aretes de brillante y zafiro

Aretes de brillante y zafiro. Foto cortesía de Axana Álvarez.

Cuando estaba tramitando la salida definitiva de Cuba, me informé en Aduanas sobre las regulaciones en cuanto a los objetos y propiedades personales que podía llevar conmigo. Sólo podía viajar con 20 libras de equipaje y no más de 200 pesos en prendas. Preferí destinar la mayor parte de esas libras a la ropa, libros y juguetes de mi hija, quien sólo tenía 3 años, para así facilitar su adaptación al nuevo entorno. De mis propiedades solamente me llevé algunos documentos, unos pocos libros, algunos CDs de música que sólo escuché durante el primer año que viví fuera de Cuba, y dos o tres prendas de valor que heredé de mi mamá, que heredó de mi abuela, que heredó de mi bisabuela, que heredó de….