Entradas

Club nocturno El Avioncito

club nocturno El avioncito

Club El avioncito

Club El avioncito. Vedado. Circa 1977. Imagen tomada de Facebook.

Cuando era niña soñaba con poder al menos asomarme al club El Avioncito. No me dejaban entrar porque, decían mis padres, los menores de edad no podían entrar a ningún centro nocturno y, ya cuando tuve edad para ir a bares, El avioncito había sido desmantelado y retirado del solar entre las calles B y C donde permaneció gran parte de mi infancia. Durante toda ésta, sin embargo, me acostumbré a ubicar cualquier punto de la geografía habanera cercana a la Fuente de la Juventud, del lado donde las calles llevan nombres de letras, con relación a su distancia o cercanía a El avioncito, aún después de que éste fuera removido.

Club nocturno El Avioncito

Club nocturno El Avioncito. Imagen tomada del grupo de FB 3ra y A.

Nota: Una versión de este post se publicó originalmente en enero del 2013 en esta misma página.

Jabón Jovel.

Estar allí entonces: Recuerdos de Cuba 1969-1983, recuerdos de Gregory Randall

Jabón Jovel.

Jabón Jovel. 1980s. Colección Cuba Material.

Fragmentos de Estar allí entonces: Recuerdos de Cuba 1969-1983, por Gregory Randall (Edicions Trilce, 2010).

(…) En esa época llegaban a Cuba personas de todas partes del mundo a contribuir solidariamente con la Revolución cubana. Técnicos rusos, de Alemania del este, búlgaros o checos. Compañeros de toda América Latina o de Europa occidental. Ingenieros, agrónomos, matemáticos, biólogos, médicos. Los cubanos decidieron crear una libreta especial para extranjeros. También era una libreta de racionamiento pero daba derecho a algo más que la libreta común. Los cubanos no querían someter a todos esos amigos que dejaban voluntariamente las comodidades de sus países de origen a los mismos sacrificios que estaban asumiendo ellos. Cuando llegamos nos ofrecieron esa «libreta para extranjeros» pero mi madre la rechazó. (…)

(…) Como al resto de los cubanos, y a pesar de los regalos, nos faltaban muchas cosas en la vida diaria, desde jabón hasta comida.

(…) Yo quería mucho tener una pistola de fulminante pero en Cuba en esa época estaba todo racionado. No sólo la comida y la ropa sino también los juguetes. Había un único día en el año en que los niños cubanos tenían derecho a la compra de tres juguetes: uno básico y dos adicionales (el primero se distinguía por un precio mayor). Desde días antes ya se iban llenando las vitrinas y se formaban colas inmensas para conse- guir los primeros lugares para entrar a comprar. A cada quien le tocaba la tienda de su barrio. En cada una había una cantidad limitada de cada juguete. Todos los niños tenían derecho a tres pero no todos eran iguales. Había quizás treinta bicicletas en una tienda dada de modo que uno podía obtener un juguete grande como estaba estipulado pero no necesariamente la deseada bicicleta. Ser el primero en la fila era importante para poder escoger. A lo largo de los años inventaron todo tipo de métodos para evitar esos problemas: probaron otorgar los números alfabéticamente, aleatoriamente o por teléfono, pero siempre fue difícil conciliar escasez con justicia.

(…) En ese tiempo el modelo ideal de las escuelas cubanas eran los internados (que llamábamos «becas»): los niños vivíamos en ellos de lunes a viernes y nos íbamos a casa el viernes de noche para pasar el fin de semana con la familia. En la beca nos repartían libretas y lápices y teníamos acceso a los libros necesarios. Nos daban comida y vestimenta gratis —el uniforme y «ropa de trabajo», incluyendo zapatos— y recibíamos una educación que se iba construyendo con la mejor intención del mundo y con los recursos que había. Muchos niños cubanos estaban «becados», especialmente aquellos que venían de familias más humildes o de zonas de difícil acceso. Esas escuelas eran un espacio colectivo donde se pretendía ir formando el «hombre nuevo» sin el cual no parecía tener futuro la Revolución. Las becas también permitían que los padres «hicieran la Revolución y el amor» mientras el Estado se ocupaba de los niños.

(…) Durante ese año todo el país tensaba sus fuerzas para «la zafra de los 10 millones», la economía estaba en ruinas y no había casi nada en las bodegas pero en las becas cada niño tenía comida, ropa y útiles escolares asegurados. Allí teníamos deporte y estudio, atención dental y médica, cine, ajedrez y ping-pong.

Pronto los cubanos (con esa autocrítica constante que los caracte- riza) se dieron cuenta de que era muy duro para un niño de diez años separarse de la familia tanto tiempo.

(…) Nuestro hogar era ahora muy distinto del que habíamos dejado en México. Ya no había sirvientas que se ocuparan de nuestras cosas y muchas comodidades materiales habían desaparecido de nuestras vidas aunque nuestro apartamento era amplio y estaba en un barrio bello y céntrico. No había agua salvo una hora al día durante la cual llenábamos frenéticamente todo recipiente existente incluyendo la tina de un baño que había quedado destinada a ese fin. El agua debía servir hasta el día siguiente. Los apagones eran frecuentes y ya estábamos habituados a bañarnos con agua fría.

Mis padres habían establecido ciertas reglas en casa. El trabajo doméstico estaba repartido de manera muy estricta e igualitaria. Cuando llegaba de la beca debía lavar mi ropa a mano pues no existía la lavadora. Mis hermanas también lavaban su ropa. Lavar los platos, limpiar la casa, todo estaba repartido de manera que el trabajo doméstico fue- ra colectivamente asumido. Me acostumbré rápidamente a ese nuevo régimen que parecía desprenderse naturalmente de la empresa en que estábamos todos: construir la nueva sociedad con nuestras propias manos. Miro hacia atrás y a veces me doy pena lavando esas sábanas gigantes con nueve o diez años. De vez en cuando mi madre o Robert nos daban la sorpresa de lavar algo de nuestra ropa y ese era como un regalo especial.

(…) Cada apartamento ocupaba un piso entero. El nuestro era el noveno. En el décimo piso vivían Ambrosio Fornet y su familia. Sus hijos tenían edades similares a las nuestras y poseían un tesoro: la colección completa de las historietas de Tintín. También me hice muy amigo de los hijos de Tomás y Alicia, los vecinos del cuarto piso. Él era arquitecto y ella ama de casa. Con ellos fui varias veces de vacaciones a la playa.

En el segundo piso vivían Mercy y Roberto con dos hijas. Él era periodista y ella economista, ambos militantes revolucionarios de muchos años. Trabajaban en el Centro de Estudios sobre América anexo al Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC). Eran inteligentes y sofisticados y formaban parte del grupo de profesionales que contribuía a pensar la línea del Partido. Ella había estado casada con Juan Carretero, uno de los contactos entre el Che y la isla durante la guerrilla en Bolivia. Junto a él, Mercy estuvo vinculada al apoyo que Cuba brindaba al movimiento revolucionario latinoamericano y que se canalizaba a través del Departamento de América del Comité Central del PCC. En esas vueltas había estado también en Chile durante el pe- ríodo de la Unidad Popular.

(…) Miles de personas huyeron de Cuba al triunfo de la Revolución y sus propiedades fueron expropiadas y otorgadas a los que se habían quedado. Muchas de esas viviendas se convirtieron en oficinas públicas. Otras se convirtieron en las becas de Miramar donde estuvimos los primeros años. Otras fueron entregadas a los centros de trabajo para que vivieran allí sus empleados. Así fue como llegamos a ese apartamento. Como toda familia cubana después de la Ley de Reforma Urbana aprobada al principio de la Revolución, pagábamos por concepto de alquiler el 10% del principal ingreso familiar. Cuando Robert se fue y el apartamento quedó a nombre de mi madre, pasamos a pagar 21 pesos por mes de alquiler, pues su salario era de 210 pesos.

Años después fue aprobada una ley que otorgaba esas viviendas en propiedad a los inquilinos que hubieran pagado durante veinte años. Así es como miles y miles de viviendas cubanas tienen ahora legalmente varios dueños: aquellos que se fueron del país y que seguramente esperan algún día tomar posesión nuevamente de esos bienes y los que se han quedado viviendo allí, pagando su mensualidad y finalmente adquiriendo los títulos de propiedad. Mi hermana Sarah siguió allí. Luego de cumplir veinte años en esa vivienda pagando la mensualidad correspondiente —y aprovechando las regalías que le pagaron los cubanos a mi abuela por traducir a José Martí al inglés— se acogió a esa ley y ese apartamento pasó a ser propiedad de la familia a fines de los años ochenta.

A veces tocaba la puerta de nuestra casa un muchacho mal vestido y sucio. Un auténtico loco. Se decía que había sido habitante de nuestro apartamento. En ocasiones le abríamos la puerta y le hablábamos, pero cuando podíamos lo evitábamos. Nunca supe realmente quién era pero me daba la impresión de ser un fantasma del pasado. ¿Sería realmente el hijo de los antiguos dueños? ¿Y quiénes serían los antiguos dueños? ¿Quizás gente que se fue del país al principio de la Revolución y su casa fue expropiada? Pero en ese caso ¿por qué el hijo no se había ido con ellos? Los locos son mensajeros extraños.

(…) Cuando estaba terminando la primaria me enteré de que existía una escuela «vocacional» llamada Vento. Era algo así como una escuela con mayor rigor académico a la que se accedía por expediente y donde se suponía que los niños podían desarrollar mejor sus respectivas vocaciones. La entrada era muy selectiva: había un número pequeño de lugares por región y se concursaba según las calificaciones de primaria para lograr el ingreso. Sarah, que entró un par de años después, fue la única que lo logró en su escuela. Conseguí entrar allí. Era el primer año de mi educación secundaria y seguía becado. Esta escuela estaba también en casas recuperadas como las de mi beca anterior, pero en la zona de Marianao.

Había algunos cambios en la vida cotidiana. Ahora teníamos varios profesores en vez de un maestro y el trabajo manual se convertía en una actividad cotidiana. Me tocó trabajar produciendo artículos deportivos. Ese año hice redes de baloncesto y pelotas de béisbol. Las redes las tejíamos con una cuerda gruesa enrollada en una agujeta que utilizábamos con habilidad para hacer los nudos. En los ratos libres intercambiábamos con algún amigo un nuevo punto de macramé. Las pelotas de béisbol tenían un corazón de trapo que apretábamos con fuerza entre nuestras pequeñas manos mientras enrollábamos una cuerda fina en todas direcciones. Un molde y un martillo de madera nos permitían darle una forma lo más esférica posible antes de coser algo parecido a una piel que las cubría.

(…) Ese año estuvimos en Vento mientras se construía nuestra futura escuela: la escuela Lenin, que sería el buque insignia de la educación cubana. Fue equipada por la URSS que donó laboratorios y mobiliario. En realidad era una verdadera ciudad escolar para 4.500 alumnos, todos becados. Había además cientos de profesores y funcionarios, muchos de los cuales también dormían allí. Estaba formada por nu- merosos edificios dedicados a dormitorios y un conjunto de instala- ciones deportivas y culturales impresionante: decenas de laboratorios de física, química, biología e idiomas; salas acústicamente acondicionadas para el aprendizaje de la música, dos piscinas olímpicas de 50 metros, un tanque de clavados, terrenos de baloncesto y vóleibol, can- chas de béisbol y de tenis, pista de atletismo, tres museos, varias salas de teatro, un gimnasio formidable. La escuela estaba ubicada cerca del nuevo jardín botánico que incluía zonas con plantas típicas de los distintos continentes y cerca también del Parque Lenin formado por 50 hectáreas de pasto ondulado con restaurantes, juegos infantiles, palmeras y bambú y que se iba convirtiendo en uno de los lugares de esparcimiento preferido de los habaneros.

La escuela Lenin incluía a estudiantes desde séptimo hasta terminar la educación media. En ella funcionaban decenas de círculos de interés: desde espeleología hasta astronomía, pasando por química o televisión. Cada círculo de interés poseía equipamiento para que los niños pudieran aprender experimentando. Los que estábamos intere- sados en periodismo teníamos nuestro propio periódico, el Juventud de Acero, que escribíamos, editábamos y publicábamos nosotros mismos. Los muchachos de vela tenían acceso a un velero para navegar en él y los de espeleología tenían el equipamiento necesario y salían en expedición a explorar cavernas.

Para cumplir el principio de la combinación del estudio y el trabajo la escuela contaba con varias facilidades: estaba rodeada de campos sembrados con cítricos, papa, tomates y otras hortalizas que eran cul- tivados y cosechados por los alumnos. El producto de esas huertas formaba parte de nuestra dieta. Se levantaba también una verdadera zona industrial al lado de la escuela donde los alumnos producíamos pilas, radios, centrales telefónicas y las primeras computadoras cuba- nas, las llamadas CID-201-B.

(…) La Lenin funcionaba como una escuela de elite que formaba a la futura clase dirigente del país. La escuela era una mezcla extraña. Por un lado excelentes instalaciones materiales y seguramente la mejor educación a la que se podía aspirar en ese momento en Cuba. Por otro lado un sentimiento de pertenecer a una elite. A la escuela se entraba por expediente donde lo determinante eran las notas aunque estaba claro que no era ese el único mecanismo de ingreso. La concentración de autos durante las reuniones de padres indicaba la cantidad de hijos de jerarcas y profesionales. Seguramente algunos entraban por «palanca» (es decir por el favor de alguien con poder) o quizás era el efecto natural del bagaje cultural que se transmite a los hijos. Había chicos de origen humilde que venían en ocasiones del interior del país y había también unos cuantos «hijitos de papá», que a veces eran los más abusivos e impunes.

(…) Recuerdo la discusión sobre el uniforme escolar, que prácticamente fue diseñado tomando en cuenta la opinión de los chicos que íbamos a usarlo. Se discutía desde el color y el tipo de tela hasta el corte de la ropa. Las niñas exigieron que las faldas tuvieran un cierto largo, no recuerdo si arriba o abajo de la rodilla, y así se hizo. Pero luego cambió la moda y los nuevos uniformes ya estaban siendo distribuidos. No era sencillo conciliar la moda con la democracia participativa en un contexto de escasez.

(…) Las diferencias eran grandes entre esa escuela y la Escuela Lenin que había dejado. Los dormitorios eran similares pero acá no había círculos de interés, museos o piscinas. Al mismo tiempo comparaba ese ambiente con el que había dejado en la Lenin y me parecía que en Río Seco II los muchachos eran más brutales pero en cierto sentido más sinceros. Había códigos de conducta un tanto primitivos pero allí un «amigo era un amigo» y no sentía los dobleces y mezquindades de los «niñitos bien» que había dejado en mi anterior escuela. Había dos grandes bandas: la de los que estaban estudiando para profesorado de inglés eran en su mayoría «pepillos». Estos eran admiradores de la cultura norteamericana, escuchaban rock, vestían con jeans e intentaban copiar el estilo de los jóvenes norteamericanos. Se sentían sofisticados y algunos de ellos hablaban abiertamente de «irse para la Yuma» (o sea para Estados Unidos) como de un sueño. Los que estudiaban para ser profesores de Historia eran en su mayoría «guapos»: cuidaban con esmero la limpieza de sus zapatos blancos y planchaban con almidón sus ropas (o más bien las lavaban con jugo de arroz y las ponían abajo del colchón que era lo que teníamos como sucedáneo).

(…) En una de esas visitas los empleados de un centro de trabajo le plantearon a Fidel el problema de la vivienda. Uno de ellos propuso una solución. La idea era simple: cada centro de trabajo seleccionaría un grupo de personas que construiría un edificio de apartamentos destinados a todos los empleados de ese centro. Mientras unos construyeran el resto los supliría en sus tareas normales de modo que todos harían un esfuerzo suplementario. El Estado pondría la dirección técnica y los materiales. Así se hizo y el que propuso la idea quedó encargado de ponerla en práctica. Se formaron miles de «micro- brigadas», cada una formada por 25 personas. De ellas sólo 19 se dedicaban a construir su edificio, los otros 6 se incorporaban a brigadas que construían las obras de interés común de los barrios que así iban surgiendo: calles, círculos infantiles, supermercados, escuelas.

La gente sentía claramente que ese edificio era de ellos y eso se expresaba de manera muy clara: iban a trabajar allí los fines de semana, en las noches, a toda hora. Cuanto antes se terminara el edificio antes podrían ocuparlo. Los apartamentos terminados eran repartidos en una asamblea y otorgados a aquellos que más habían aportado al esfuerzo colectivo y que más necesidades tenían. Los beneficiados pagaban 5% de su salario durante veinte años y luego el apartamento era de ellos en propiedad.

(…) El modelo se propagó por todo el país en medio de un gran entusiasmo. Un día los microbrigadistas decidieron en asamblea aumentar su jornada laboral a 10 horas diarias sin aumento de salario como una contribución más a la Revolución. Para significarlo decidieron pintarse en el casco blanco la estrella tupamara de 5 puntas con la T en el me- dio que identificaba al admirado Movimiento de Liberación Nacional- Tupamaros (MLN-T) del Uruguay. No sé qué habría pensado un obrero uruguayo si le decían que en Cuba ser Tupamaro era trabajar 10 ho- ras diarias cobrando el salario de 8. Era una fiebre constructiva. Por doquier se veían los cascos blancos con la estrella tupamara. Y fueron surgiendo por todos lados los barrios de microbrigadas. Eran barrios de viviendas humildes pero hechas con amor.

(…) Un juego de sofás viejos pero acogedores llenaba la sala. En seguida estaba el comedor con una gran mesa de madera y luego la cocina, amplia y funcional.

(…) En un clóset guardaba mis más preciados tesoros: un anillo construido con el fuselaje de un avión yan- qui derribado por los vietnamitas que mi madre me trajo de su viaje a Vietnam; varios restos arqueológicos que me regaló Laurette; la pistola de juguete que me regaló Roque; el feto humano en su frasco de formol que me regaló aquella doctora con quien vi la autopsia en Pinar del Río; un manuscrito de poemas que dejó conmigo un compañero boliviano antes de irse a su patria a luchar. Las paredes se fueron cubriendo de fotos de personas que admiraba: Miguel Enríquez, Fidel, el Che, George Jackson, Albert Einstein y fotos de mujeres que había amado.

(…) Para regresar a La Habana esa vez nos tomamos el «tren rápido». Esa era una de las grandes obras de infraestructura que transformaba el país: una carretera de 8 vías que debía atravesar la isla entera pero que llegaba por el momento hasta Las Villas, un tendido de cable coaxial que debía permitir el tráfico de datos y el famoso tren rápido que se decía que hacía el trayecto Holguín-La Habana en sólo 8 horas. Así es que subimos a ese tren con la intención de llegar en poco tiempo. Pero el viaje duró en realidad 24 horas. El tren avanzaba largos trechos a paso de tortuga o paraba por razones inexplicables. Lo más increíble que nos pasó fue cuando sentimos que el tren paraba en seco en medio de un cañaveral. Los pasajeros nos asomamos curiosos y nos encontramos en medio de un océano verde. La caña de azúcar ondeaba al viento en todas direcciones hasta perderse de vista. Atónitos observamos que la locomotora desenganchaba y se iba. Allí quedamos unos cuantos vagones por un par de horas en medio de la inmensidad verde. No hubo ninguna explicación. Un rato después la locomotora volvió, enganchó los vagones y seguimos viaje. La explicación más natural que nos dimos todos era que el maquinista había ido a visitar a una novia que tenía por allí.

(…) Durante los años que viví en Cuba el transporte siempre fue un problema. Era común que las muchachas hicieran dedo y muchas conseguían aventones. Nosotros quedábamos esperando mientras las veíamos alejarse en el auto que las había recogido. Era necesario salir muy temprano de casa para no llegar tarde a clases.

(…) Como parte del esfuerzo por desarrollar la electrónica, los cubanos habían decidido en los años setenta construir computadoras en Cuba y a pesar del bloqueo se las arreglaron para llevar a Cuba una PDP11, la popular computadora de Digital. Esa máquina fue «fusilada» como se decía entonces. La copiaron detalle a detalle y empezó la producción en serie de lo que se llamó «la primera computadora cubana». La llamaron CID-201-B, era una copia fiel de la PDP11. Esa máquina estaba construida con la tecnología de la época, previa a la aparición de los microprocesadores.

(…) Los productos de primera necesidad estaban garantizados y poco a poco iba avanzando la «frontera del lujo». Algún producto antes inexistente aparecía al principio en pequeñas cantidades y era repartido a aquellos compañeros que la asamblea del centro de trabajo seleccionaba como los mejores o más necesitados. Poco después llegaban a las tiendas productos suficientes y entonces ese artículo «se liberaba», es decir que ya todos podían comprarlo. Recuerdo cuando aparecieron los relojes de pulsera. Fui con mi padre a verlos en las vitrinas de una tienda. Un año después serían ya algo banal pero entonces todavía parecían un producto raro y codiciado. Lo mismo pasó con los televisores y las radios portátiles y con productos casi imprescindibles en el calor cubano como las heladeras y los ventiladores.

(…) Una vez fui a Nueva York y un amigo me pidió un favor. Sus padres se habían ido hacía años a Estados Unidos y él no respondía sus cartas. Cuando supo que iba a Nueva York me entregó una nota para su madre y me pidió que la buscara. Eso hice. Fuimos Robert y yo a verla. Me parecía que hacía una obra grande ¿quizás llevaba un mensaje de amor? La mujer vivía en un apartamento humilde en Brooklyn. Me recibió muy emocionada junto a un pariente. Leyó para sí la carta de su hijo. Era quizás la primera carta en muchos años. Nosotros esperábamos en silencio sentados en su pequeña sala. En esa carta mi amigo le pedía que le comprara un reloj Rolex de oro que yo debía llevar a Cuba. La mujer y el hombre se miraron y casi sin darse cuenta de nuestra presencia empezaron a imaginar qué hacer. No pusieron en duda la necesidad de responder positivamente al pedido. Deberían pedir dinero prestado a varios parientes pero lo harían a como diera lugar. Unos días después me entregaron ese reloj que llevé puesto cuando volví a Cuba. La señora me suplicó que le diera a su hijo un mensaje extraño. Debía explicarle que si aprendía inglés ella le enviaría un colchón de regalo. Los años de aislamiento mutuo crearon percepciones absurdamente distorsionadas sobre el otro. La pequeñez humana hizo lo suyo. Ese amigo no respondía las cartas de su madre y ahora le pedía un Rolex de oro y esa señora obsesionada con que su hijo aprendiera inglés le mostraba desde lejos un colchón como señuelo. Cada vez que volvíamos a Cuba, los amigos y conocidos esperaban que les trajéramos algún presente «del otro lado», podía ser un bolígrafo o una tontería cualquiera. Siempre veníamos cargados de muchos regalitos de ese tipo.

Una extraña combinación de circunstancias iba desarrollando en muchos cubanos de la isla un cierto orgullo chovinista por su participación en esa Revolución y a la vez una especie de obsesión con algunos bienes materiales que no tenían al alcance de la mano. Un pantalón vaquero o un reloj de marca, un par de tenis o un bolígrafo, cualquier objeto de ese tipo adquiría un valor desmesurado. A la vez el aislamiento del mundo exterior y la vida «protegida» por un Estado paternalista iban generando una incapacidad profunda para entender ciertas cosas. Un cubano medio suponía que «afuera» era prácticamente gratis obtener muchos bienes materiales y estimaba natural que quien saliera les trajera esas «bobadas» de regalo.

(…) Adela me contó su historia. A lo largo de esos años estuvieron en varios países trabajando y desde hacía un tiempo estaban de nuevo en Cuba. Juan era militante del Partido y dirigente de una empresa. Ha- bía aceptado coimas. En algún momento el Partido decidió hacer una gran campaña contra la corrupción y como correspondía a la tradición cubana castigó con especial dureza a los dirigentes. Juan había sido condenado a seis años de cárcel de los cuales ya llevaba uno cumplido en condiciones muy duras. Estaba junto a otros presos comunes en dormitorios colectivos, trabajando en el campo y con comida escasa y pésima. Adela casi lloraba cuando me contaba que Juan pesaba sólo 50 kilos y que no era justo que estuviera allí. Estaba entre asesinos arriesgando la vida cada día. «Ahora está enfermo y lo tienen internado en el Hospital Fajardo, acá cerca», me dijo.

toallero expandible

toallero expandible

Toallero. 1980s. Foto 2014. Vedado.

Toallero. 1980s. Foto 2014. Vedado. Colección Cuba Material.

Antes de que desapareciera la URSS, el discurso oficial del estado cubano repetía que el país marchaba hacia el progreso y la modernización, y algunos bienes de consumo debieron convencer al pueblo de la veracidad de tal pronunciamiento. Los toalleros expandibles anunciaban una industria mucho más adelantada que la nuestra en detalles tan simples como el acabado industrial o la cobertura de cada uno de los delgados travesaños con un material plástico para evitar la corrosión. También solucionaban parcialmente los problemas de espacio y funcionalidad de los baños causados por el incremento del tamaño de los núcleos familiares, hinchados para acomodar familias de tres generaciones y más de una decena de miembros en viviendas construidas para familias nucleares.

Período Especial, video

 

 

Período Especial fue filmado y producido por Ed Evans, quien visitó la isla en 1993 y estuvo allí dos semanas, con una delegación norteamericana. Todavía circulaban las guaguas Icarus, las farmacias no se habían vaciado del todo, alguna carne y ropa se podía adquirir con los cupones de racionamiento, las pizarras de las aulas tenían casi intacta su pintura verde, y circulaban más automóviles que ahora.

H/T: InCubadora

navidades, consumo, nacionalismo y revolución

Navidades de 1961. Imagen tomada del muro de FB de EtnoCuba.

Navidades de 1961. Imagen tomada del muro de FB de EthnoCuba.

En Louis A. Pérez. 1999. On Becoming Cuban: Identity, Nationality, and Culture. NC: University of North Carolina Press:

Artist María Luisa Ríos criticized the reproduction of northern scenes as the representation of Christmas. “We Cuban painters do not have need to seek inspiration in foreign motives to create nativity scenes,” asserted Ríos. “In Cuba there exist untapped motives waiting for the magic of lines and color to shape them on the canvas.” (p. 474)

Holidays were transformed. The celebration of Thanksgiving was suspended. Christmas changed. New emphasis was given to the celebration of a “Cuban Christmas,” which signified the revival of Spanish traditions and the consumption of Cuban products. Fifty years earlier, the means of expressing Cuban involved replacing Spanish customs with North American ones. In 1959 the affirmation of Cuban implied rejection of North American practices for Spanish ones. Merchants, retailers, and advertisers were exhorted to emphasize Kings Day (January 6) as more consistent with Cuban customs. . . .  Carpentier called for te rejection of Santa Claus and the Christmas tree as practices “alien to our traditions.” Roberto Fernandez Retamar agreed . . . The time had come to banish Santa Claus –“difficult to pronounce”– from the “Cuban Christmas” and restore the three wise men. (p. 485)

On the occasions where Santa Claus did appear, his beard was often colored black to resemble a barbudo. The Ministry of Commerce discouraged merchants from importing Christmas trees, Christmas decorations, candies, and other merchandise associated with “traditions foreign to the nation.” The only exception to the ban on foreign imports was the Spanish candy turrón , which was permitted, as it formed part of the “true Spanish-Cuban traditions.” (p. 486)

En Llilian Guerra. 2012. Visions of Power in Cuba: Revolution, Redemption, and Resistance, 1959-1971. Chapel Hill: University of North Carolina Press:

Cuba’s National Institute of Culture, headed by former Ortodoxo Party stalwart Dr. Vicentina Antuña, developed plans to “cubanize” Christmas through politically engaged, commercial means. Cubans had made a “consumerist” not a “communist” Revolution, Antuña’s plan appeared to say. Given Cuba’s international context, expressing Christmas joy itself could be considered revolutionary. With this in mind, INRA’s paid advertisements promoted decorative ideas that deliberately politicized the serving of eggs and chicken (which Beef-loving Cubans apparently disdained for not being real “meat”). Now produced by state-managed cooperatives, displaying these products at holiday meals nt only showed one’s revolutionary stripes but also ensured that state ownership would succeed. In nationalizing their tastes, most Cubans needed little encouragement. In December 1959, Cuban families uncorked bottles of Cuban wines rather than imported varieties for the first time in living memory, while poor neighborhoods took up special collections to buy outdoor Christmas decorations to adorn their blocks.

An additional dimension of the National Institute of Culture’s cubanization of Christmas campaign included the publication of Cuba’s first truly national cookbook. Once again, if buying Cuban and giving Cuban made you more Cuba and therefore, more revolutionary, so did eating Cuban. Featuring recipes from all regions, the book was meant for women in the capital who rarely ventured into the campo and therefore had never discovered its culinary delights. Symbolic of their peasant origins, featured recipes in the book had delightfully ironic names, such as three styles of making the desert matahambre (hunger-killer) (two of which are labeled “traditional”), another recipe called matarrabia (rage-killer) as well as a Caibarién fisherman’s favorite dish, salsa de perro (sauce of a dog). Thus, Recetas Cubanas not only represented the national integration and embrace of the campo into the culture, identity, and kitchens of urban Cubans but also demonstrated how the socioeconomic injustices of the past had deprived affluent habaneros of the beauty of rural culture and its rustic customs.

Maximun expression of revolutionary consumerism could be found in the government campaign to influence the nature of holiday gift shopping. As one reporter put it, “The idea of fusing universal celebration of the birth of Christ with cubanía [is] certainly very patriotic.” In November 1959, officials announced a fair to exhibit different gift ideas for Christmas that would be held at Havana’s prestigious Museo de Bellas Artes on El Prado. Although a few foreign-named franchises like Sears and Escarpines Gold Seal were included, organizers focused on soliciting donations of items for a “Cuban Christmas” from all of the capital’s locally owned department stores and they also contacted Cuban-owned manufacturers such as Muñecas Lili, Camisetas Perro, and Bacardí’s Hatuey beer division. All items displayed had to be Cuban-made.

Not originally intended to solicit individual donations, the campaign nonetheless inspired citizens to donate their own handicrafts to the fair. After all, what could be more “Cuban” than a gift not made by a machine but by a real life Cuban? Organizers seemed to agree. (p. 97)

En Cubadebatepor Antonio Núñez Jiménez (tomado de En marcha con Fidel):

Muy lejos de Soplillar, un automóvil sale de la Capital. En él viaja Fidel Castro, Primer Ministro del Gobierno Revolucionario. Atravesamos ciudades y pueblos, todos igualmente engalanados con cubanísimas pencas de palmas reales, las casas con bandera y a lo largo de las calles, una profusión de guirnaldas de colores, adornos navideños. Al paso de Fidel, la gente le extiende su saludo emocionado. Todos quieren estrechar su mano, expresarle su apoyo a la Revolución. Son las primeras Navidades libres de Cuba.

En Cubadebate, del mismo texto: La Nochebuena de Fidel con los carboneros:

. . . Es el día de Nochebuena y hay que preparar la cena y traer las cosas de la bodega. Ademas, Rogelio debe pedir la liquidación a la Cooperativa. Quiere comprarales ropa a los muchachos y a Pilar “para que deje de ponerse ese ripio punzó”.

Juntos abandonan la finca Santa Teresa, antiguo latifundio, ahora propiedad del pueblo carbonero. Atraviesan un trillo hasta el campo de aterrizaje, obra construida por el INRA y, siguen la amplia calzada del aeródromo.Llegan a Soplillar. Pasan la escuelita remozada, pintada de verde claro; las casas de madera, adornadas con papelitos de colores, indican la alegría reinante.

Rogelio y Carlos se abren paso hasta el mostrador de la Tienda del Pueblo para cobrar el dinero que la Cooperativa les adeuda y comprar los víveres de la Nochebuena Carmelo Hernández, el administrador, le extiende a Carlos un cheque. No lo cambie, paga con lo que le ha quedado de meses anteriores y comenta que antes el cobro de los carboneros sólo servía para pagar lo consumido y abonar los abusivos intereses. La lista de precios que cuelga de la pared es elocuente: al aumentar los jornales del carbonero casi al doble y reducirse el costo de la vida, el nivel económico en la ciénaga se eleva en pocos meses.

Una hora después de su entrada en la Tienda del Pueblo, Rogelio y Carlos, con sendos sacos repletos de víveres, turrones y otros dulces para sus hijos, regresan a sus hogares.

. . .

-¡Que diferencia! Hace un año los amarillos vinieron a llevarme la lechona y me mataron a un sobrino que todavía nadie sabe donde lo enterraron. Señores, ¡esto ha vuelto a nacer!.

. . .

-Cuando ustedes luchaban en las montañas, para serles franco, no creía que esta Revolución iba ser tan pura. ¡Eran tantas las decepciones del pasado! Yo conozco como nadie la ciénaga y ahorita no se va a conocer. En Soplillar ya hay ciento cuarenta y ocho cooperativas, en Buenaventura ciento noventa y en Pálpite pasan de ochenta. Y a eso, súmele las carreteras, las playas, las Tiendas del Pueblo.

Antes de las doce de la noche ya todos estamos sentados frente a una mesa de rústicas tablas donde se coloca el lechón asado, una fuente de yuca, la ensalada de lechuga y rábanos y el arroz blanco. El vino es de frutas cubanas y los turrones comprador en la Tienda del Pueblo han sido producidos en el país.

Texto tomado por Cubadebate de Núñez Jiménez, Antonio (1982). En marcha con Fidel. Habana: Letras Cubanas.

Fin de Siglo, documental

 

Documental de 1992, realizado por Madelin Waterlet y Simon Saleski.

H/T: Walfrido Dorta.

Frank Delgado: Konchalovski hace rato que no monta en Lada (video)

 

Ya no podré leer más ningún libro de esos
de Editorial Raduga, de Editorial Progreso.
No podré disfrutar más de aquel Tío Stiopa
de estatura increíble y tan horrible ropa.
No te puedo negar que los ojos me arden.
Maiakovski ya deja reptar a los cobardes
y no podré tomar el té negro en las tardes.
El teatro Bolshoi aún no ha sido saqueado
hay Noches de Moscú, crimen organizado
los Estudios Mosfilm seguro que han cerrado.

No me volveré a emocionar con “Siberiada”.
Konchalovski hace rato que no monta en Lada.
No podré disfrutar de aquellas olimpíadas
con los soviets ganando todas las medallas.
La Kasánkina grita: no me dejen sola.
Serguei Bubka se venga, toma Coca Cola
con Salenko, que juega en la Liga Española.

Alguien a mí me preguntó si me había leído “El Capital”:
Sí, pero a mí no me gustó, pues la heroína muere al final.
En fin, que no me gusta tanta economía novelada
que escribió el tal Carlos Marx.

Ahora que los censores no pitchean bajito
ya podemos burlarnos de sus muñequitos.
Ahora que los ministros cambiaron las banderas
podemos hablar mal de su industria ligera.
Hoy que llevo en la frente el cuño del vencido
y me acusan de muros que al fin se han caído
puedo ser post-moderno, perder el sentido.
Renegar de las utopías en que creo
o ensañarme con toda la ley y el deseo
con la momia de Lenin y su Mausoleo.

Hoy que sólo del vodka queda la resaca
yo me niego amor mío, cambiarme la casaca.
Hoy que los Konsomoles van pasando de todo
abrázame mi china, y no me dejes solo.
Y mientras Fukuyama repite iracundo
que estamos ante el fin de la historia del mundo
mi amigo Benedetti abre el tomo segundo.

Alguien a mí me preguntó si me había leído “El Capital”:
Sí, pero a mí no me gustó, pues la heroína muere al final.
En fin, que no me sirven estas novelitas de tres tomos
que escribió el tal Carlos Marx.

Dice Jacqueline Loss (2013): More than any other artistic piece, the 1995 nueva trova song “Konchalovsky hace rato que no monta en Lada” (Konchalovsky Hasen’t Ridden a Lada in a While) . . . captures what it feels like to inhabit the remains of the Soviet Bloc in the Caribbean. (Dreaming in Russian: The Cuban Soviet Imaginary. Austin: University of Texas Press)

símbolos de status

Lada 2105. Foto 1980s. Imagen tomada de Facebook.

Lada 1500 con cortinas en el parabrisas trasero. Foto 1980s. Imagen tomada de Facebook.

En Libreta de apuntes: Labor of love:

Entre 1985 y 1986 yo fui el escritor que más dinero ganó en Cuba. Desde luego, a fines de 1986 todo había sido dilapidado y si tomamos en cuenta que el único vicio que me dominaba entonces era fumar cigarros Populares (o Montecristo, de exportación, cuando se conseguían), nunca más de una cajetilla diaria, y que además, como era un vicio que yo dejaba y volvía a agarrar de vez en vez, pues no puede decirse con exactitud en qué yo boté mi fortuna. Por otro lado, en Cuba no se pagaban impuestos y el whisky me lo suministraba Antonio de la Guardia, el poco que tomaba, y los Rolex son eternos y además hay que comprarlos en dólares; y si empleaba la bolsa negra, era para los Levis, que te podían salir en la enormidad de 150 pesos moneda nacional. ¿Pero cuántos jeans tu gastas en un año? Si acaso dos. Y por último, las compañeras ciudadanas mujeres, que es a lo que más tiempo yo he dedicado en mi vida. Pero en Cuba, realmente, en mi época, lo que le atraía a las ciudadanas no era el dinero. Creo que ni la palabra jinetera se usaba entonces. El Lada, para que tú veas, si ayudaba. Era un buen imán. Pero también deben saber y quiero hacer constar enfáticamente, que mi primer Lada me fue asignado por el compañero Antonio Pérez Herrero, secretario ideológico del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, en 1983, y que hasta esa fecha nunca me faltó una compañerita al lado. Era un Lada 1500 S, color verde pálido, que yo comencé a llenar de los tarecos que me regalaban o que yo traía de mis viajes. Mas aquella época heroica de la infantería es algo para recordar. Un motivo personal de orgullo para Romeo el Peatón. Y en fin, que toda esta historia es para establecer el hecho de que gracias a Hemingway en Cuba yo fui el escritor más rico de Cuba durante un par de años. Agrego ahora que fue un libro hecho con devoción. Los primeros 50 ejemplares de la primera edición me los empaquetó con papel de estraza y cordel encerado, y entregó en la mano Rafael Almeida, que era viceministro de Cultura, en un llamado Combinado Poligráfico “Alfredo López”. Hubo una especie de ceremonia íntima, un ritual, y recuerdo que afuera del Combinado llovía a cántaros. Yo extraje dos ejemplares del paquete y firmé el primero. Para Fidel, por supuesto….

Continuar leyendo.

h/t: Enrique del Risco.

Libreta de racionamiento de productos alimenticios

libretas de racionamiento

Libreta de racionamiento de productos industriales. Imagen tomada de internet.

Libreta de racionamiento de productos industriales. Imagen tomada de internet.

Libreta de racionamiento de productos industriales. Imagen tomada de internet.

Libreta de racionamiento de productos industriales. Imagen tomada de internet.

La libreta de racionamiento pudiera considerarse como una metáfora de la “actitud de la espera” que, según Rafael Rojas, define al totalitarismo cubano (El arte de la espera: Notas al margen de la política cubana. Madrid: Colibrí, 1998). Por décadas, la cotidianidad de los cubanos–desafectos y entusiastas, de origen burgueses tanto como de las clases más humildes, jóvenes y viejos, del campo y de la ciudad–ha sido parcial o totalmente estructurada por los ritmos de la novena de carne, el turno para adquirir los tres juguetes del año, y la alternancia con la cola del plan jaba.

* * *

El 12 de marzo de 1962 fue publicada en la Gaceta Oficial de la República de Cuba la Ley 1015 mediante la cual quedaba constituida la Junta Nacional para la Distribución de los Abastecimientos.

Entre las atribuciones dadas a la entidad naciente estaban las dirigidas a proponer al Consejo de Ministros, la lista de artículos que por razones justificadas debían someterse al racionamiento local o nacional. Además, incluía las potestades para sugerir el régimen de distribución y las cantidades de cada producto a suministrar a la población. Fijar las fórmulas a emplear para el abastecimiento de las industrias privada y estatal, así como de la red comercial, gastronomía y otras, de los productos sujetos a control. La entidad formularía los mecanismos mediante los cuales se controlaría su ejecución; de los órganos estarles y populares que tomarían parte en cumplir lo dispuesto en las cuotas estipuladas para cada artículo sometido a limitaciones de consumo.

La Junta quedó integrada por un representante del Instituto Nacional de la Reforma Agraria (INRA), del Ministerio de Industrias (MININD), del Ministerio de Comercio Interior (MINCIN), del Ministerio del Trabajo (MINTRAB), del Comité Ejecutivo de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) y de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC). El 13 d amarzo de 1962 quedó constituida la Junta.

En su primera reunión este órgano, previa aprobación del Consejo de Ministros, dio a conocer los artículos de consumo sujetos a racionamiento en el territorio nacional, los estipulados para la Gran Habana y las normas fijadas para otras 25 grandes ciudades de la Isla. . . . (p.338)

También se otorgaron cuotas especiales para toda persona de avanzada edad, casos de enfermedad o necesidades de regímenes diferenciados de alimentación. . . . (p.339)

. . . Para la organización del racionamiento se instituyó una Libreta de Control de Abastecimiento que el MINCIN y la Dirección Nacional de los CDR, emitieron para ser entregada a cada cabeza de familia. El carácter de este documento fue afinado, con el tiempo pasó toda su verificación al MINCIN, creándose pro este organismo un Departamento que organizó por zonas en los municipios, secciones de control, para atender lo relacionado con las altas y bajas de los consumidores que se daban en cada núcleo familiar. Los hoteles, casas de huéspedes, fondas, hospitales, clínicas, escuelas con seminternado, etcétera, las atendió directamente el MINCIN.

. . . Quedaron fuera del racionamiento, entre otros muchos comestibles, las conservas de frutas y vegetales, embutidos y conservas cárnicas, azúcar, sal, pan y pastas alimenticias, café, dulces, bebidas, licores, refrescos, caramelos, derivados de los productos lácteos, etcétera. (p.340)

En 1963 son incorporados al racionamiento el calzado, algunas confecciones y otros conjuntos d productos industriales. Aparece, poco tiempo después, la llamada Libreta de Productos Industriales. El MINCIN crea las Oficinas de Control de Abastecimiento (OFICODA) que se encargan a nivel municipal de todo lo concerniente al papeleo burocrático que conlleva todo movimiento para incorporar, dar de baja en el Registro de Consumidores, incluidos los temporales por periodos que pueden oscilar entre uno y tres meses. (pp.340-1)

Para 1970, todos los productos, prácticamente, quedaron sometidos al control normado. Al mismo tiempo, los precios minoristas se mantuvieron congelados hasta inicios de la década de 1980. . . .

Entre 1971 y 1975, ante la acumulación de dinero en poder de la población que, según cálculos de la época rebasó los 4 000 millones de pesos, se llevó a cabo una política de saneamiento financiero con la introducción de un mercado paralelo de tabaco y bebidas a precios diferenciados, aunque manteniendo una cuota básica, la ampliación de los servicios gastronómicos, así como se procedió a estimular a los trabajadores con un sistema que se denominó distribución proletaria.

Esta distribución paralela consistió en otorgar a través de los sindicatos bonos para la adquisición de bienes como: televisores, radios, relojes, planchas, refrigeradores, batidoras, etcétera. Para optar por estos bienes el trabajador o empleado acumulaba un número determinado de méritos o deméritos, de acuerdo con los indicadores previamente determinados en el contexto de la organización sindical, por la emulación socialista.

Al recibirse, cada seis meses o un año por los centros de trabajo el número de artículos que serían objeto de adjudicación, las solicitudes se presentaban ante una comisión creada al efecto por el sindicato con representación de la administración. Los criterios para otorgar los bienes radicaban en el número de méritos cumulados por el obrero. Sólo podía solicitarse un artículo del conjunto de los ofertados, aunque esto sufrió variaciones en el tiempo.

A la vez, los sindicatos y las administraciones, de acuerdo con las prioridades estarles distribuían bonos para la compra de prendas de vestir, ropa de trabajo, calzado, etcétera. Tal como se hacía con los vestuarios de estudiantes y becarios. En el caso de estos últimos, en la beca, se les facilitaba la vestimenta, ropa de cama, artículos de uso personal, alimentación, etcétera, sin pago alguno. (p.341)

. . .

Vale distinguir que clasificaban como productos amparados en cupones anuales o semestrales, aquellos como calzado, prendas de vestir, confecciones, ropa interior, artículos de punto, etcétera, u otros objetos de uso duradero. En tanto, los agrupados en casillas comprendían a variantes que se le ofrecían al comprador, ya fueran artículos de mercería, quincalla, perfumería, etcétera, y que podían, en ocasiones, intercambiarse varias casillas por un objeto determinado o tener alternativas entre géneros. (p.345)

Tomado de Díaz Acosta, Julio C. 2010. “Consumo y distribución normada de alimentos y otros bienes.” Pp. 333-62 in Cincuenta años de la economía cubana, edited by Omar E. Pérez Villanueva. Havana: Ciencias Sociales.

* * *

The new rationing booklet distributed in the second half of 1973 remained unchanged as far as food was concerned, but introduced significant modifications in manufactured goods. Many of the latter were freed from rationing (“liberados”) and could be bought even when travelling to the interior; among them: film, still and motion-picture cameras, projectors, record players, parts for bicycle and kitchen appliances, coffee sets and crystal cups, silver wedding rings, stationary, plastic shoes and slippers, deodorants, and some cosmetics and perfumes (including brands with such exotic names as “Red Moscow” and “Bulgarian Rose”). A number of goods were put on limited distribution. Two or three times a year each consumer has the option to one or more of the following: toothbrushes, handkerchiefs, socks and stockings, underwear, slacks, pajamas, rubber shoes, raincoats, swimsuits, threads, cream cleansers, pots and pans, irons, meat grinders, hoses, and selected furniture. Hotel and vacation resorts were provided with convenient, freed goods such as swimsuits, lifesavers, sunglasses, cosmetics, and stationary. Some twenty manufactured goods remained strictly rationed such as pants, shirts, dresses, skirts, blouses, leather shoes, and fabrics. To facilitate buying, each member of the family received a booklet allowing direct purchases, certain goods (such as toys at Christmas time) were to be sold by appointment to avoid long queues, and specialized stores (e.g., for infants) were opened. (Mesa-Lago 1978:43. 1978. Cuba in the 1970s: Pragmatism and Institutionalization, revised edition. Albuquerque: University of New Mexico Press)

* * *

En Cubanet:

…La cartilla se ha convertido en un documento que forma parte inseparable de cada familia, a tal punto que a cualquier cubano humilde, principalmente del amplio sector de la tercera edad, le preocupa más la pérdida de la cartilla que la de su documento de identidad. Porque no solo se siente parcialmente protegido en sus necesidades de consumo, sino que ésta ha propiciado todo un mecanismo de trueques ideados por la creatividad popular para suplir otras carencias. De esta manera, los productos asignados que algún miembro de la familia no consume son utilizados para intercambiarlos o venderlos y así adquirir otros necesarios. Por demás, también se ha desarrollado un mercado subterráneo, tanto con la certificación ilegal de “dietas” con tarifas fijas como con los productos propiamente dichos, que escapa por completo al control de las autoridades, incapaces de cubrir las necesidades básicas de la población y de eliminar la corrupción que es fuente de subsistencia para la mayoría de los cubanos.

La cartilla además ha dado origen a nuevos vocablos y frases que algún día formarán parte del lexicón socialista que alguien habrá de escribir. Solo los nacidos y crecidos bajo un sistema que tiene el discutible mérito de haber sistematizado la miseria, sembrándola como si de una virtud se tratase en la conciencia de una parte significativa de sus víctimas, conocemos el significado de frases que, en buena lid, resultan ofensivas y humillantes para la dignidad de las personas. Quiénes, si no nosotros, sabrían interpretar el lenguaje cifrado de la pobreza estandarizada: plan jaba, pollo por pescado, pollo de población, picadillo de niño, pescado de dieta, lactoso y para viejitos, café mezclado, arroz adicional… ; o las ya desaparecidas picadillo extendido, carne rusa, fricandel, masa cárnica, perro sin tripa y otras lindezas por el estilo.

* * *

En i-friedegg:

La tarjeta de “productos industriales”, conocida popularmente como “la libreta de la tienda”, era la variante de la cartilla para el calzar, el vestir y adquirir productos para el hogar, no comestibles. Ésta, fue tan o más severa que la de la comida, y también se fue devorando a sí misma. Para 1973 cambió su diseño de casillas a uno más comprensivo de cupones a tirar que ofrecía la compra a través de la disyuntiva. Adquirías con el cupón número tal una camiseta o un pote de pulimento para muebles, y con otro un destornillador o una dulcera de cristal. La gente la bautizó como María La O. Y las combinaciones eran tan alucinantes que parecían escapadas de “El Maestro y Margarita” de Bulgákov.

Al principio se podía comprar cualquier día. Después esta tarjeta fue subdividida en “grupos de compra” identificados con letras y números (A1, A2, A3, A4; B1, B2…), de manera que había que acudir a las tiendas exclusivamente de acuerdo con un calendario que disponía un ventana de tiempo para comprar aquello con lo que se tenía la fortuna de coincidir durante el día que le tocaba a cada quien, según su grupo.

Esta libreta igualmente tenía su glosario de palabras oficiales como “básico” y “no básico” y “dirigido” para el caso de los juguetes; además de producto “adicional” y “convoyado”, éste último un engendro satánico de mercado en que el consumidor para llevarse a casa algo que podría usar —como un cepillo para el cabello— tenía que pagar también por un guante de soldador (como ha relatado el periodista y escritor Andrés Reynaldo que le pasó a su madre).

Libreta de racionamiento de productos alimenticios

Libreta de racionamiento de productos alimenticios. Imagen tomada de internet.

Libreta de racionamiento prenatal e infantil

Libreta de racionamiento prenatal e infantil. 1973. Colección Cuba Material.

Ver también en Cuba Material: OFICODA.

Zapatos plásticos

zapatos plásticos

Zapatos plásticos

Zapatos plásticos hechos en los EEUU, comercializados en Cuba en los años 1950s. Colección Cuba Material.

Si bien los zapatos plásticos –importados– que se comercializan hoy en Cuba nada tienen que ver con los Kikos plásticos de antaño, les dejo el testimonio de la autora sobre la venta y consumo de calzado algunas décadas atrás:

En Radio Coco: Kikos plásticos modernos regresan a las zapateras cubanas:

Los kikos plásticos son una leyenda en Cuba. Quienes nacieron en los años 60 del pasado siglo en Cuba los recuerdan con una mezcla extraña de cariño y desprecio: cariño porque para algunos fueron sus únicos zapatos, compañeros de escuela y travesuras en la niñez y con desprecio por lo feos y calurosos que resultaban.

Los kikos que llegué a ver en mi infancia eran unos zapatos negros, con huequitos y cordones, aunque también los había modelo mocasín. Cuentan que se hacían aquí mismo y que fueron una opción a la crisis de aquellos años, cuando escaseaban la ropa y el calzado.

Cuando yo nací a finales de la década del 70 ya los kikos habían pasado a la historia y particularmente no recuerdo haberme puesto nunca un par. Pero mi tío Juancito, 12 años mayor que yo, me contaba que los kikos fueron sus zapatos escolares durante toda la primaria. Me decía cuánto odiaba aquellos zapatos horribles, con los cuales sin embargo se conformaba, “porque eran los que teníamos todos”.

Pero que no haya llevado kikos, no quiere decir que yo no haya sufrido también la escasez de calzado. Tuve mi época de zapatos ortopédicos, después de tenis de campo pintados con tinta negra durante la secundaria, las chancletas de lacito y los zapatos Puccini de charol para mis quince y las zapatillas Yutapai ya en el pre-universitario.

La verdad es que en mi etapa de adolescente (ya tengo 35 años) no había muchas posibilidades de tener los zapatos que queríamos, sino los que se podían, y llegué a la universidad con un par para las clases, otros para salir y para de contar.

No obstante, los de mi generación nos consideramos afortunados porque jamás tuvimos que ponernos un par de esos kikos plásticos de los cuales hablaban nuestros padres y que eran el colmo del mal gusto.

. . .

Al final parece que los cubanos hemos encontrado la manera de reconciliarnos con los kikos. Llevar zapatos plásticos ha dejado de cargar con la mala fama que precedía a los kikos plásticos de los años 60 y 70 del siglo 20 cubano.

Más modernos e ideales para nuestro clima y nuestro bolsillo, los kikos plásticos han vuelto. Bienvenidos a nuestras zapateras.

Leer todo el texto aquí.

* * *

En su libro The Problem of Democracy in Cuba: Between Vision and Reality, Carollee Bengelsdorf (1994) comenta que la Ofensiva Revolucionaria de 1968 redujo los volúmenes de producción de calzado en el país, la cual dependía grandemente de la producción privada, en pequeños talleres. Según Bengelsdorf, estos talleres fueron sustituidos por una fábrica de zapatos plásticos, adquirida en la República Popular China.

kikos plásticos

Kikos plásticos. Imagen tomada de Facebook.

La Habana no aguanta más (video)

Decían los Van Van que el gobierno cubano había construido nuevas bibliotecas, cines de estreno, y apartamentos bien amueblados en el interior del país y, sin embargo, la migración hacia La Habana estaba a punto de hacerla colapsar.

Escuchar la canción en Spotify.

talco Tú

consumo en los años 1980s

Talco con mota "Tú". Imagen tomada de internet.

Talco con mota “Tú”, producido en Cuba en los años 1980s. Imagen tomada de internet.

Tomado del libro de Jatar-Hausmann, Ana Julia (1999) The Cuban Way: Capitalism, Communism and Confrontation, editado por West Hartford, CT: Kumarian Press:

But the ’80s were different. Julio’s wife, Albita, was fortunate to be pregnant in a very different era. Flourishing trade with the socialist bloc and market-oriented reforms had vastly improved life for Cubans. Fruit yogurt with buffalo milk and Coppelia, the best ice cream in Cuba, were sold in food stores; shrimp, crabs, chocolates, Polish pickles, cold cuts, cakes, perfumed soap, and shampoo were among the large variety of products available in pesos at the Amistad  stores. Julio was a university professor. he was making 320 pesos a month and his wife made 280. With the bonus system, he managed to make another 400 pesos by teaching a few more hours a week. Material incentives had also been implemented in the universities. Bonuses were been used to increase productivity and it was working. With a family income of 1,000 pesos, 55 pesos for the libreta, another 100 pesos for rent and transportation, they lived well. And under the new real state law, they could finally buy the apartment they had been living in for the past six years.

Ten years later, the same couple would be earning a salary only fifteen percent higher–without bonuses–while for would be twenty times more expensive. But in those days, Julio was optimistic about the future; he had no reason not to be. (p. 29)

La magia de Los Reyes Magos, por Vicente Vallejo

La Magia de Los Reyes Magos

 Creer en Los Tres Reyes Magos fue una de las fantasías maravillosas de mi infancia. Como mi familia pertenecía a una clase media, podíamos darnos el lujo de hacer nuestras cartas todos los años a Gaspar, Melchor o Baltasar pidiéndoles los regalos y juguetes que nos harían felices por unos días, porque en la mayor parte de las ocasiones, después de una semana ya no les hacíamos mucho caso a los juguetes nuevos y regresábamos con mucha frecuencia a los más viejos, que eran, al mismo tiempo, los más queridos. Con esta óptica, los juguetes que nos regalaban en un año adquirían su verdadero valor al año siguiente.

Ya desde los primeros días de diciembre comenzaban las promesas de portarnos bien para poder escribir a Los Reyes con la seguridad de ser merecedores de su atención. Si nos portábamos mal, la terrible amenaza consistía en decirnos que los Reyes nos dejarían un saco de carbón debajo de la cama. En las circunstancias actuales de la Isla valdría la pena portarse mal, porque con la escasez energética que hay en la misma, un saco de carbón puede considerarse un regalo de lujo.

No puedo precisar con exactitud el momento exacto en que sufrí la decepción de saber que “los Reyes son los padres”. Si recuerdo que fue un conocimiento adquirido suave, lenta y casi imperceptiblemente, de manera que no resultó una experiencia traumática. Primero fueron las dudas, cuando los niños mayores de la escuela, para demostrar su superioridad y con esa crueldad inocente característica de la infancia, nos explicaban con aire de sabihondos que los Reyes no podían existir, que era imposible que tres personas montadas en camellos repartieran juguetes por todo el mundo en una noche. Cuando no podían imponer este criterio, decían entonces que se habían hecho los dormidos en años anteriores y habían visto a sus padres colocando los juguetes en los sitios convenidos y otras tonterías por el estilo. Los más pequeños escuchábamos lo que decían, y aunque eran de una lógica aplastante, en mis más íntimos pensamientos me negaba a creer en sus argumentos y me aferraba con mi alma infantil a esa bella fantasía que había crecido conmigo. Cómo si la fantasía y los sueños pudiesen ser racionales!  Cuando, lleno de dudas, regresaba a mi casa, mía padres y abuelos me hablaban de que los muchachos mayores decían esas cosas para mortificarnos y que teníamos que creer en los Reyes, de lo contrario estos se disgustaban y no nos traían nada. Así, con una mezcla rara de amores, dudas, amenazas, sueños, ilusiones y fantasías, hacíamos nuestras cartas con las peticiones y esperábamos ansiosos la llegada de Los Magos del Oriente con su preciosa carga para los que nos habíamos portado bien.

Las cartas a Los Reyes eran precedidas por unos paseos que dábamos por el pueblo para “ver las vidrieras”. Estos se hacían temprano en las noches, habitualmente después de la comida, cuando íbamos a las diferentes tiendas que vendían juguetes y los exhibían en sus vidrieras. Además de los juguetes, se adornaban las tiendas con los tradiciones arbolitos de Navidad y los nacimientos de todos los tamaños y decoraciones donde se simbolizaba la venida al mundo del niño Jesús. Los establecimientos comerciales mostraban una variedad multicolor de las más diversas formas y dimensiones. Desde las muñecas y juegos de cocina y enfermeras para las niñas, y los autos, guantes de baseball y pelotas, ametralladoras, juegos de vaqueros y trenes eléctricos para los niños, entre otros. En aquella época no existían los juguetes electrónicos que hacen la delicia de los chicos actuales y que la mayoría de los padres y casi ningún abuelo son capaces de manipular.

Durante las noches, al regresar del paseo con las imágenes caleidoscópicas de los juguetes en nuestras mentes, salíamos al patio a mirar el cielo estrellado, donde podían verse tres estrellas brillantes dispuestas en una hilera casi vertical y separadas una de otra a la misma distancia, a las que identificábamos con Los Reyes Magos. Todas las noches, con ansiedad no disimulada, buscábamos esas estrellas, y no sé si por un fenómeno de autosugestión o por un capricho astronómico, a medida que transcurrían los días se nos antojaban cada vez más cerca. Todavía hoy no sé si estas estrellas pertenecen a alguna constelación, o han sido colocadas por Alguien para estimular la inagotable imaginación infantil y contribuir a la felicidad de millones de criaturas en el mundo. Hoy, con más de sesenta años, en los días cercanos a la Navidad, acostumbro a mirar al cielo y al ver Los Tres Reyes Magos hacer el mismo recorrido durante decenios, no puedo evitar emocionarme y darles las gracias por los maravillosos regalos que me trajeron en los primeros años de mi vida y por haber aceptado siempre, con mucho amor, mi dulce de guayaba con queso. Después de “ver las vidrieras” un sinnúmero de veces, hacíamos la carta con las peticiones con la “ayuda” de las personas mayores, pues había limitaciones que debíamos tener en cuenta a la hora de pedir. Claro que estas limitaciones no dependían de la economía familiar u otras vulgaridades terrenales (los niños no saben de eso), sino de la consideración que debíamos tener con la capacidad de carga de Los Reyes y sus camellos.

Absortos por este ambiente navideño y festivo esperábamos con mucha ansiedad la noche del 5 de Enero. Excitados, nos íbamos a la cama temprano. Había que dormir porque una de las reglas tácitas decía que los niños no podían ver a Los Reyes, pues estos se disgustaban y no dejaban nada de lo que traían. Con esos pensamientos, mi hermano y yo nos acostábamos temprano, pero no sin cumplir antes con un ritual casi religioso: dejar comida a los esperados visitantes. Nosotros vivíamos, a la sazón, en una casa colonial, de esas que tienen un patio interior con un aljibe en el centro del mismo. El aljibe tenía un brocal de más menos un metro cuadrado y unos treinta centímetros de alto, con una tapa metálica justamente en el centro del brocal. En este sitio dejábamos la comida y el agua para nuestros queridos Reyes y sus camellos. Cada año el menú era el mismo: dulce de guayaba en barra con queso blanco para los Reyes, hierba fresca, que cortábamos nosotros mismos, para los camellos y, desde luego, agua, pues no hay ser humano ni divino que se coma un buen pedazo de dulce de guayaba con queso si no tiene un vaso de agua que le “ayude a bajar” la guayaba. Después de acomodar todo cuidadosamente con los nombres de cada Rey y las respectivas cartas, nos íbamos a dormir. Y como no hay excitación, por grande que sea, capaz de quitarle el sueño a un niño, nuestros padres tenían que despertarnos temprano en la mañana con la feliz noticia de que los Reyes habían venido porque la comida que habíamos dejado en la noche no estaba y había huellas alrededor de las vasijas con agua, así como hierbas sobrantes alrededor del aljibe.

Todavía medio adormecidos nos tirábamos de la cama e íbamos directo al patio a comprobar la veracidad de lo que nos habían dicho nuestros padres. Al verificar que sólo quedaban algunas sobras de lo ofrecido no había dudas de que los Reyes nos habían visitado. Casi sin hablar y desbordantes de una alegría babilónica regresábamos a la habitación y buscábamos nuestros regalos debajo de las camas, que era el sitio tradicional de entrega. Aunque muchas veces los juguetes y regalos no coincidían totalmente con nuestros deseos, en lo más íntimo de nuestra alma infantil y de nuestra fantasía, gozábamos de uno de los momentos más sublimes de nuestras vidas y disfrutábamos hasta el éxtasis aquellos breves pero intensos e imperecederos minutos de, hasta entonces, nuestra corta existencia.

Cuando más sumergidos estábamos dentro de nuestro imaginario mundo, los adultos cometían la imperdonable torpeza de inmiscuirse en el mismo para decirnos barbaridades tales como “…los Reyes les trajeron tantos juguetes porque se portaron bien”, o …”si se hubieran portado mejor a lo mejor les hubieran dejado más juguetes”, o también …”tienen que cuidar lo que le trajeron los Reyes porque ya están más grandes y la pelota que les trajeron el año pasado se les perdió en la calle en el primer juego que echaron”.  Con esa crueldad involuntaria propia de los adultos, se ocupaban de regresarnos inmediatamente al mundo real, donde además de disfrutar de los juguetes teníamos que valorarlos y cuidarlos con una madurez que no se correspondía con nuestra edad.

Después de tomar obligados un apresurado desayuno salíamos a la calle a ver que habían dejado los Reyes en las casas de nuestros amiguitos y vecinos más cercanos e intercambiar los regalos. De esta manera, con los bates de unos los guantes y pelotas de otros se organizaba un juego de pelota (baseball) que duraba unos minutos pues inmediatamente después se intercambiaban bicicletas y patines, ametralladoras, arcos y flechas, pistolas y espadas, y todo lo que nuestra amistad infantil, despojada de todo egoísmo, pudiera concebir. Agotados los intercambios iniciales, al regresar a la casa, empezaban a llegar otros familiares y algunos amigos interesados en saber que nos habían traído los Reyes. Con exclamaciones de sorpresa compartían, entonces, nuestra alegría y excitación. Más tarde, salíamos a mostrar con orgullo parte de los juguetes que podíamos llevar con nosotros. La visita a la casa de los abuelos era también muy excitante, pues los Reyes eran tan generosos que siempre nos dejaban algún regalo deseado en la casa de nuestros abuelos. Así transcurría el día, y la impronta de la visita de aquellos magos del Oriente contribuía a forjar nuestro carácter futuro y a darnos una visión optimista del mundo, sin egoísmos y con un sentimiento, quizás inadvertido entonces, de profundo agradecimiento a todo lo bello, noble y generoso que nos ofrecía el mismo.

Todos mis Días de Reyes fueron excitantes y felices. El último que recuerdo, en 1959 ( también el último que tuve), fue quizás el más excitante y feliz de todos, pero fue también el que precedió a toda la desdicha, infelicidad e infortunio que se adueñó, casi sin darnos cuenta, de todo un país. Lo más premonitorio e irónico de todo lo que aconteció después es que en mis últimos Reyes yo tenía trece años y ya conocía la triste realidad de que los Reyes eran los padres. A alguien podrá parecerle una ingenuidad sin paralelos el hecho de que yo haya descubierto esta injusta realidad tardíamente, pero a fines de la década de los 50, en un pueblo oriental de la Isla, un niño de doce años era justamente eso: un niño. Las semanas previa al día de Reyes del año 1959 fueron días de una enorme tensión en Cuba. La lucha armada contra la dictadura de Batista estaba en su punto más álgido y todo el pueblo rezaba porque la guerra entre hermanos y el luto terminaran de una vez por todas en nuestra sufrida Patria. Nadie pudo imaginar nunca que estas últimas fiestas navideñas serían el desolador comienzo de un sinnúmero de navidades tristes para las familias cubanas que conocerían, a partir de ahora, el dolor y la tristeza de la separación, la división y hasta el odio entre seres de una misma sangre, y que permanece hasta hoy. Después de una nochebuena y una navidad marcadas por el dolor de la guerra, llegó el año nuevo con la inesperada, y entonces feliz noticia, de que el tirano había huido, que la revolución había triunfado, y que después de tanto luto, dolor y sacrificio, parecía que los cubanos íbamos a disfrutar de una vez y para siempre de los ideales de paz, libertad e independencia. Yo no entendía muy bien el alcance de todo esto, pero me sentía muy feliz porque la alegría era contagiosa.

El hecho de tener barba fue una característica importante en los combatientes de la Sierra Maestra (les llamaban barbudos), y se convirtió en un símbolo que sirvió para establecer una analogía entre los combatientes que “bajaban” de la Sierra y los Tres Reyes Magos. Lamentablemente para los cubanos, el símbolo cristiano asociado a los rebeldes de la Sierra fié brutalmente torcido, y el malvado Rey Mago Mayor en un acto de prestidigitación sin precedentes en la historia moderna de la humanidad, con un movimiento de su vara mágica hizo desaparecer los más caros y anhelados sueños de libertad e independencia de todo un país. En su brutal acto de magia desapareció la vergüenza, la ética, los principios, la moral y todas las tradiciones, cristianas o no, que contribuían a exaltar la nobleza, la humildad, la paciencia, la tolerancia y otras virtudes encaminadas a mejorarnos como seres humanos. Insatisfecho con el daño moral y en un acto de traición que haría palidecer de envidia a Judas Iscariote, el mago se propuso hundir en la más terrible miseria al heroico pueblo que lo condujo a la victoria, y utilizando de nuevo esa vara mágica que es la prepotencia y arrogancia combinada con el poder y la ineptitud hizo desaparecer, ante los ojos de todos, las infraestructuras existentes en el país, los alimentos tradicionales y no tradicionales, la ropa, el calzado y todo lo demás que tuviera relación con el bienestar de los cubanos. Al terminar el maquiavélico acto, el tenebroso  Merlín del Caribe enterró su vara y ya no sabe, ni le interesa, como restaurar lo que eliminó con una indolencia sin precedentes. Lo único alentador en toda esta desgracia es que los cubanos encuentren un día la vara enterrada y la recuperen para que en nuestra Patria sea restaurados los valores y bienes temporalmente perdidos.

Para mi y otros muchos, sin embargo, lo mas doloroso de todo lo perdido fueron nuestros sueños. Nunca pude decirle a mis hijos que le escribieran una carta a Gaspar, Melchor o Baltasar, o que en la víspera del Día de Reyes, les dejaran comida y agua a los Reyes y sus camellos, porque cuando ellos nacieron ya hacía muchos (demasiados) años que los Tres Reyes Magos habían muerto para nuestros niños. Habían sido fusilados junto a los mejores sueños de los cubanos.

Vicente Vallejo

Harrison, NJ.

Diciembre, 2013.

comercio (video)

 

Video sobre el comercio normado en la tienda Fin de Siglo, 1994.

h/t Armando Chaguaceda.

* * *

En el Informe del Dr. Ernesto Guevara, Ministro de Industrias en la Reunión Nacional de Producción de 1961 (publicado en Díaz Castañón, María del Pilar. 2004. Ideología y Revolución. Cuba, 1959-1962. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales):

Pero es verdad que al pueblo no le gustan algunas cosas, que desgraciadamente suceden, y para eso nos hemos reunido: para que no sucedan más. No es bueno, por ejemplo, que haya jabón en La Habana si no hay jabón en el campo: si no hay jabón en el campo, no debe haber jabón en La Habana (APLAUSOS). O debe distribuirse el jabón de tal forma que haya en todos lados. (p. 233)