La Rampa, por Leonardo Padura

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Navidad en La Rampa

Navidad en La Rampa. Vedado. 1960. Foto tomada de internet.

Texto de Leonardo Padura publicado en Café Fuerte:

Durante diez, quince años, una parte inalienable del espíritu de la época estuvo sintetizado en cinco cuadras, con sus bocacalles adyacentes, de la ciudad de La Habana.

Esos años, que corrieron desde mediados de la década de 1950 hasta la agonía del decenio de 1960 fueron posiblemente los más animados, contradictorios, promotores de cambios (políticos, económicos, morales) que se vivieran en Cuba desde la independencia hasta la llegada del Período Especial. Y todo aquel sentimiento de renovación, de búsqueda de lo nuevo, de exploración de la modernidad, tuvo sus mejores y más nítidos reflejos cubanos en el tramo de calle 23, pendiente entre L y la frontera del Malecón: la emblemática Rampa habanera.

Un estado de ánimo

Tal fue la profundidad de la relación de este espacio urbano con la vida del país que el arquitecto italiano Paolo Gasparini definió a La Rampa no como un sitio, sino como un “estado de ánimo”, como le gusta recordar al también arquitecto Mario Coyula, estudioso de las esencias pasadas y triste presente de este emblemático paseo capitalino.

Diseñada y construida en lo fundamental entre los años finales de la década de 1940 y la mitad de los años 1960 (en el año 1966 se termina la heladería Coppelia, obra de Mario Girona), la Rampa consiguió en sus años de esplendor convertirse en el corazón palpitante de la ciudad, desplazando de ese sitio al centro anterior, esencialmente comercial y mundano, ubicado en el cruce de Galeano y Neptuno, la famosa esquina del pecado. El éxito de La Rampa, sin embargo, tuvo que ver más con su vocación social, cultural, nocturna, gracias a lo cual se fue llenando de cines, restaurantes, estudios de televisión, clubes de jazz, hoteles, galerías, centros de arte y diseño, cafeterías, cuya enumeración sería casi interminable, además de algunos edificios de apartamentos, como el Retiro Médico, y el que llegaría a ser el más emblemático espacio expositivo habanero, el modernísimo y funcional Pabellón Cuba, inaugurado en 1963 precisamente en ocasión de reunirse en La Habana el VII Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos que pretendió renovar con espíritu de vanguardia las por entonces todavía vanguardistas arquitectura y urbanismo cubanos.

Espíritu de la época

Tan acogedor y propicio resultó el espacio físico de La Rampa y la utilidad pública de sus instalaciones que con notable facilidad el espíritu de la época también recaló en la avenida y sus sitios aledaños. La música cubana de aquellos años gloriosos de la década de 1950 y de principios de la siguiente, tuvo en los espacios del entorno su más notables escenarios: desde el restaurant Monsieur, animado por el imprescindible Bola de Nieve, hasta el Rincón del Filing, sobreviviente aun en los años 1980, donde recalaban César Portillo, José Antonio Méndez y otros renovadores de la canción cubana, pasando por los escenarios más sofisticados del Salón Rojo del Capri, El Parisién del Hotel Nacional y los más diversos clubes, como El Gato Tuerto y La Zorra y el Cuervo, donde bolero, jazz y filing se daban la mano y abrían el abanico de opciones. Las exposiciones de artes plásticas también tuvieron hitos en La Rampa, pues desde los mismos mosaicos empotrados en el granito de sus aceras, obras de maestros cubanos, hasta el apoteósico Salón de Mayo, forman parte de la realidad y la memoria gráfica del país. Los dos cines emblemáticos, el Radiocentro (Yara) y La Rampa, convertido en cine de ensayo, son parte de la memoria fílmica de dos generaciones de cubanos, como lo fueron las pequeñas salas teatrales de la zona. Y hasta la literatura, con obras (como Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante, vecino de La Rampa) y la presencia viva en sus inmediaciones, en sus instalaciones y a través de sus evocaciones de los escritores cubanos de aquellos años, tuvieron su espacio en esa misma Rampa donde, en la recién inaugurada Coppelia, solían reunirse los integrantes del primer Caimán Barbudo.

Sin embargo, no solo de creadores y consumidores de cultura, de eventos históricos, de edificios emblemáticos se pobló La Rampa. Su verdadero destino se lo entregó la juventud de aquellos tiempos, en buena parte proveniente de la muy cercana colina y otras facultades universitarias, pero absolutamente variopinta y ansiosa de libertades. La Rampa fue, por ello, el muestrario de las primeras melenas, las primeras minifaldas, los pantalones de tubo y de campana, las muchachas sin brasiers, los homosexuales desprejuiciados, los primeros fans de los Beatles y los Rollings, incluso de los primeros hippies tropicales, todas aquellas especies que, en una época de mayor rigidez política y supuestamente ética, resultarían fumigados con tanto esmero y encono en nombre de la homogeneidad y la prisa por el nacimiento de un hombre nuevo.

Sobreviviente de las ortodoxias

Pero tan fuerte resultó el espíritu encarnado en La Rampa que su aliento incluso sobrevivió a la época del cierre de los clubes nocturnos, a la ofensiva revolucionaria, a las cacerías de brujas de los años finales de 1960 y los años drásticos y aplanadores del decenio de 1970, pletórico de ortodoxias. Fue en época en que la Casa de la Cultura Checa se convirtió en sitio de referencia, al igual que los ciclos cinematográficos de La Rampa. Aquel empuje hasta resucitó en los años 1980, cuando el Festival de Cine se hizo carne de la avenida, con las noches interminables del Hotel Nacional, un tiempo en cual todavía era posible escuchar en el Pico Blanco a César Portillo y hasta a Elena Burke y Omara Portuondo, gastar unas horas en el Coppelia, comprar una ropa diferente en el Centro Experimental de la Moda y sostener el ejercicio tradicional de andar “Rampa arriba, Rampa abajo”, por el simple placer de caminar por el corazón moderno de una ciudad que resistía los embates de una desidia institucional que empezaba a ser alarmante. Quizás el acontecimiento capaz de marcar lo que va siendo el destino trágico de La Rampa, el fin de su esplendor y su providencial glamour cultural, fue el incendio del local del antiguo cabaret Montmartre, reconvertido en el gigantesco restaurant Moscú, convertido desde aquellos días hasta hoy en la ruina dolorosa que encarna físicamente la muestra más alarmante de lo que fue y ya no es.

Porque no solo desidia y falta de recursos han agredido el espíritu de La Rampa hasta llevarlo a su agonía actual. Quizás esos dos elementos se hayan combinado para impedir la resurrección del Montmartre/Moscú, para transformar en pústulas los balcones desconchados del Retiro Médico, para impedir la implosión del edificio Alaska sin que nada nuevo haya crecido en su territorio, para que la vida nocturna haya languidecido y se haya dolarizado (o cuquizado, si es posible llamar así al imperio del CUC)… Porque tal parece que algo mucho más macabro ha rondado sobre el destino de la calle más céntrica de La Habana para que un espacio como el de la tienda Indochina se transforme en control de pases de un ministerio, para que la Casa de la Cultura Checa devenga Centro de Prensa Internacional con escasas funciones culturales, para que las vidrieras de la antigua Ámbar Motors estén casi siempre tapiadas y definitivamente subutilizadas, para que el Centro Experimental de la Moda se convierta en nada, para que el Mandarín haya perdido su encanto y sea un restaurant de mala muerte y peor vida, para que espacios privilegiados se convierten en bancos que se oscurecen a las 3 de la tarde, mientras el Pabellón Cuba muestra unos jardines muchas veces más poblados de desperdicios urbanos que de plantas ornamentales.

No por vejez

Al menos para mí, habanero que paseé La Rampa en mis tiempos de estudiante pre y universitario, es evidente que no solo la economía ha influido para que los bares y cabarets del Habana Libre se hayan convertido en sitios ajenos y sin mayor encanto o para que el Coppelia no conserve nada de sus encantos sociales; para que varios de los clubes nocturnos y restaurantes de la zona hayan perdido su carácter o cerrado sus puertas mientras las amables cafeterías Wakamba y Carabalí ya no se sabe ni qué cosa son; para que, mientras se construye en otras partes de la ciudad, la esquina de 23 y O, y el costado de K entre 23 y 25 sean furnias donde se siembran plátanos y casetas rústicas… Y lo pienso así porque creo que no solo la mala economía le ha robado el espíritu de modernidad, irreverencia, búsqueda de placeres corporales y mentales, de juventud, en fin, que por décadas se deslizó por esta pendiente habanera cuyo fin u origen, es el mar.

Se trata de una agonía por muerte natural o parte de un plan de asesinato con premeditación y alevosía? Quizás pensar en la intencionalidad del crimen resulte algo rebuscado. Pero, con o sin intencionalidad, el resultado está siendo el mismo. La Rampa está muriendo, y no es por vejez.

1 comentario
  1. Armando de la Torre
    Armando de la Torre Dice:

    ¡Que articulazo!… No me quito el sombrero ante el autor porque no llevo sombrero, pero sí le hago una reverencia virtual desde este mensaje. Leía y me parecía que era yo quien lo escribía (pero él con muchísima mas calidad, claridad y estilo, por supuesto). Y estoy seguro que se le quedó mucho en el tintero. Gracias, Leonardo. Mis respetos y sepa que me trajo un poco de esperanza saber que, al menos, para alguien esas cosas no pasan desapercibidas. Un saludo.

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