Estar allí entonces: Recuerdos de Cuba 1969-1983, recuerdos de Gregory Randall

Jabón Jovel.

Jabón Jovel. 1980s. Colección Cuba Material.

Fragmentos de Estar allí entonces: Recuerdos de Cuba 1969-1983, por Gregory Randall (Edicions Trilce, 2010).

(…) En esa época llegaban a Cuba personas de todas partes del mundo a contribuir solidariamente con la Revolución cubana. Técnicos rusos, de Alemania del este, búlgaros o checos. Compañeros de toda América Latina o de Europa occidental. Ingenieros, agrónomos, matemáticos, biólogos, médicos. Los cubanos decidieron crear una libreta especial para extranjeros. También era una libreta de racionamiento pero daba derecho a algo más que la libreta común. Los cubanos no querían someter a todos esos amigos que dejaban voluntariamente las comodidades de sus países de origen a los mismos sacrificios que estaban asumiendo ellos. Cuando llegamos nos ofrecieron esa «libreta para extranjeros» pero mi madre la rechazó. (…)

(…) Como al resto de los cubanos, y a pesar de los regalos, nos faltaban muchas cosas en la vida diaria, desde jabón hasta comida.

(…) Yo quería mucho tener una pistola de fulminante pero en Cuba en esa época estaba todo racionado. No sólo la comida y la ropa sino también los juguetes. Había un único día en el año en que los niños cubanos tenían derecho a la compra de tres juguetes: uno básico y dos adicionales (el primero se distinguía por un precio mayor). Desde días antes ya se iban llenando las vitrinas y se formaban colas inmensas para conse- guir los primeros lugares para entrar a comprar. A cada quien le tocaba la tienda de su barrio. En cada una había una cantidad limitada de cada juguete. Todos los niños tenían derecho a tres pero no todos eran iguales. Había quizás treinta bicicletas en una tienda dada de modo que uno podía obtener un juguete grande como estaba estipulado pero no necesariamente la deseada bicicleta. Ser el primero en la fila era importante para poder escoger. A lo largo de los años inventaron todo tipo de métodos para evitar esos problemas: probaron otorgar los números alfabéticamente, aleatoriamente o por teléfono, pero siempre fue difícil conciliar escasez con justicia.

(…) En ese tiempo el modelo ideal de las escuelas cubanas eran los internados (que llamábamos «becas»): los niños vivíamos en ellos de lunes a viernes y nos íbamos a casa el viernes de noche para pasar el fin de semana con la familia. En la beca nos repartían libretas y lápices y teníamos acceso a los libros necesarios. Nos daban comida y vestimenta gratis —el uniforme y «ropa de trabajo», incluyendo zapatos— y recibíamos una educación que se iba construyendo con la mejor intención del mundo y con los recursos que había. Muchos niños cubanos estaban «becados», especialmente aquellos que venían de familias más humildes o de zonas de difícil acceso. Esas escuelas eran un espacio colectivo donde se pretendía ir formando el «hombre nuevo» sin el cual no parecía tener futuro la Revolución. Las becas también permitían que los padres «hicieran la Revolución y el amor» mientras el Estado se ocupaba de los niños.

(…) Durante ese año todo el país tensaba sus fuerzas para «la zafra de los 10 millones», la economía estaba en ruinas y no había casi nada en las bodegas pero en las becas cada niño tenía comida, ropa y útiles escolares asegurados. Allí teníamos deporte y estudio, atención dental y médica, cine, ajedrez y ping-pong.

Pronto los cubanos (con esa autocrítica constante que los caracte- riza) se dieron cuenta de que era muy duro para un niño de diez años separarse de la familia tanto tiempo.

(…) Nuestro hogar era ahora muy distinto del que habíamos dejado en México. Ya no había sirvientas que se ocuparan de nuestras cosas y muchas comodidades materiales habían desaparecido de nuestras vidas aunque nuestro apartamento era amplio y estaba en un barrio bello y céntrico. No había agua salvo una hora al día durante la cual llenábamos frenéticamente todo recipiente existente incluyendo la tina de un baño que había quedado destinada a ese fin. El agua debía servir hasta el día siguiente. Los apagones eran frecuentes y ya estábamos habituados a bañarnos con agua fría.

Mis padres habían establecido ciertas reglas en casa. El trabajo doméstico estaba repartido de manera muy estricta e igualitaria. Cuando llegaba de la beca debía lavar mi ropa a mano pues no existía la lavadora. Mis hermanas también lavaban su ropa. Lavar los platos, limpiar la casa, todo estaba repartido de manera que el trabajo doméstico fue- ra colectivamente asumido. Me acostumbré rápidamente a ese nuevo régimen que parecía desprenderse naturalmente de la empresa en que estábamos todos: construir la nueva sociedad con nuestras propias manos. Miro hacia atrás y a veces me doy pena lavando esas sábanas gigantes con nueve o diez años. De vez en cuando mi madre o Robert nos daban la sorpresa de lavar algo de nuestra ropa y ese era como un regalo especial.

(…) Cada apartamento ocupaba un piso entero. El nuestro era el noveno. En el décimo piso vivían Ambrosio Fornet y su familia. Sus hijos tenían edades similares a las nuestras y poseían un tesoro: la colección completa de las historietas de Tintín. También me hice muy amigo de los hijos de Tomás y Alicia, los vecinos del cuarto piso. Él era arquitecto y ella ama de casa. Con ellos fui varias veces de vacaciones a la playa.

En el segundo piso vivían Mercy y Roberto con dos hijas. Él era periodista y ella economista, ambos militantes revolucionarios de muchos años. Trabajaban en el Centro de Estudios sobre América anexo al Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC). Eran inteligentes y sofisticados y formaban parte del grupo de profesionales que contribuía a pensar la línea del Partido. Ella había estado casada con Juan Carretero, uno de los contactos entre el Che y la isla durante la guerrilla en Bolivia. Junto a él, Mercy estuvo vinculada al apoyo que Cuba brindaba al movimiento revolucionario latinoamericano y que se canalizaba a través del Departamento de América del Comité Central del PCC. En esas vueltas había estado también en Chile durante el pe- ríodo de la Unidad Popular.

(…) Miles de personas huyeron de Cuba al triunfo de la Revolución y sus propiedades fueron expropiadas y otorgadas a los que se habían quedado. Muchas de esas viviendas se convirtieron en oficinas públicas. Otras se convirtieron en las becas de Miramar donde estuvimos los primeros años. Otras fueron entregadas a los centros de trabajo para que vivieran allí sus empleados. Así fue como llegamos a ese apartamento. Como toda familia cubana después de la Ley de Reforma Urbana aprobada al principio de la Revolución, pagábamos por concepto de alquiler el 10% del principal ingreso familiar. Cuando Robert se fue y el apartamento quedó a nombre de mi madre, pasamos a pagar 21 pesos por mes de alquiler, pues su salario era de 210 pesos.

Años después fue aprobada una ley que otorgaba esas viviendas en propiedad a los inquilinos que hubieran pagado durante veinte años. Así es como miles y miles de viviendas cubanas tienen ahora legalmente varios dueños: aquellos que se fueron del país y que seguramente esperan algún día tomar posesión nuevamente de esos bienes y los que se han quedado viviendo allí, pagando su mensualidad y finalmente adquiriendo los títulos de propiedad. Mi hermana Sarah siguió allí. Luego de cumplir veinte años en esa vivienda pagando la mensualidad correspondiente —y aprovechando las regalías que le pagaron los cubanos a mi abuela por traducir a José Martí al inglés— se acogió a esa ley y ese apartamento pasó a ser propiedad de la familia a fines de los años ochenta.

A veces tocaba la puerta de nuestra casa un muchacho mal vestido y sucio. Un auténtico loco. Se decía que había sido habitante de nuestro apartamento. En ocasiones le abríamos la puerta y le hablábamos, pero cuando podíamos lo evitábamos. Nunca supe realmente quién era pero me daba la impresión de ser un fantasma del pasado. ¿Sería realmente el hijo de los antiguos dueños? ¿Y quiénes serían los antiguos dueños? ¿Quizás gente que se fue del país al principio de la Revolución y su casa fue expropiada? Pero en ese caso ¿por qué el hijo no se había ido con ellos? Los locos son mensajeros extraños.

(…) Cuando estaba terminando la primaria me enteré de que existía una escuela «vocacional» llamada Vento. Era algo así como una escuela con mayor rigor académico a la que se accedía por expediente y donde se suponía que los niños podían desarrollar mejor sus respectivas vocaciones. La entrada era muy selectiva: había un número pequeño de lugares por región y se concursaba según las calificaciones de primaria para lograr el ingreso. Sarah, que entró un par de años después, fue la única que lo logró en su escuela. Conseguí entrar allí. Era el primer año de mi educación secundaria y seguía becado. Esta escuela estaba también en casas recuperadas como las de mi beca anterior, pero en la zona de Marianao.

Había algunos cambios en la vida cotidiana. Ahora teníamos varios profesores en vez de un maestro y el trabajo manual se convertía en una actividad cotidiana. Me tocó trabajar produciendo artículos deportivos. Ese año hice redes de baloncesto y pelotas de béisbol. Las redes las tejíamos con una cuerda gruesa enrollada en una agujeta que utilizábamos con habilidad para hacer los nudos. En los ratos libres intercambiábamos con algún amigo un nuevo punto de macramé. Las pelotas de béisbol tenían un corazón de trapo que apretábamos con fuerza entre nuestras pequeñas manos mientras enrollábamos una cuerda fina en todas direcciones. Un molde y un martillo de madera nos permitían darle una forma lo más esférica posible antes de coser algo parecido a una piel que las cubría.

(…) Ese año estuvimos en Vento mientras se construía nuestra futura escuela: la escuela Lenin, que sería el buque insignia de la educación cubana. Fue equipada por la URSS que donó laboratorios y mobiliario. En realidad era una verdadera ciudad escolar para 4.500 alumnos, todos becados. Había además cientos de profesores y funcionarios, muchos de los cuales también dormían allí. Estaba formada por nu- merosos edificios dedicados a dormitorios y un conjunto de instala- ciones deportivas y culturales impresionante: decenas de laboratorios de física, química, biología e idiomas; salas acústicamente acondicionadas para el aprendizaje de la música, dos piscinas olímpicas de 50 metros, un tanque de clavados, terrenos de baloncesto y vóleibol, can- chas de béisbol y de tenis, pista de atletismo, tres museos, varias salas de teatro, un gimnasio formidable. La escuela estaba ubicada cerca del nuevo jardín botánico que incluía zonas con plantas típicas de los distintos continentes y cerca también del Parque Lenin formado por 50 hectáreas de pasto ondulado con restaurantes, juegos infantiles, palmeras y bambú y que se iba convirtiendo en uno de los lugares de esparcimiento preferido de los habaneros.

La escuela Lenin incluía a estudiantes desde séptimo hasta terminar la educación media. En ella funcionaban decenas de círculos de interés: desde espeleología hasta astronomía, pasando por química o televisión. Cada círculo de interés poseía equipamiento para que los niños pudieran aprender experimentando. Los que estábamos intere- sados en periodismo teníamos nuestro propio periódico, el Juventud de Acero, que escribíamos, editábamos y publicábamos nosotros mismos. Los muchachos de vela tenían acceso a un velero para navegar en él y los de espeleología tenían el equipamiento necesario y salían en expedición a explorar cavernas.

Para cumplir el principio de la combinación del estudio y el trabajo la escuela contaba con varias facilidades: estaba rodeada de campos sembrados con cítricos, papa, tomates y otras hortalizas que eran cul- tivados y cosechados por los alumnos. El producto de esas huertas formaba parte de nuestra dieta. Se levantaba también una verdadera zona industrial al lado de la escuela donde los alumnos producíamos pilas, radios, centrales telefónicas y las primeras computadoras cuba- nas, las llamadas CID-201-B.

(…) La Lenin funcionaba como una escuela de elite que formaba a la futura clase dirigente del país. La escuela era una mezcla extraña. Por un lado excelentes instalaciones materiales y seguramente la mejor educación a la que se podía aspirar en ese momento en Cuba. Por otro lado un sentimiento de pertenecer a una elite. A la escuela se entraba por expediente donde lo determinante eran las notas aunque estaba claro que no era ese el único mecanismo de ingreso. La concentración de autos durante las reuniones de padres indicaba la cantidad de hijos de jerarcas y profesionales. Seguramente algunos entraban por «palanca» (es decir por el favor de alguien con poder) o quizás era el efecto natural del bagaje cultural que se transmite a los hijos. Había chicos de origen humilde que venían en ocasiones del interior del país y había también unos cuantos «hijitos de papá», que a veces eran los más abusivos e impunes.

(…) Recuerdo la discusión sobre el uniforme escolar, que prácticamente fue diseñado tomando en cuenta la opinión de los chicos que íbamos a usarlo. Se discutía desde el color y el tipo de tela hasta el corte de la ropa. Las niñas exigieron que las faldas tuvieran un cierto largo, no recuerdo si arriba o abajo de la rodilla, y así se hizo. Pero luego cambió la moda y los nuevos uniformes ya estaban siendo distribuidos. No era sencillo conciliar la moda con la democracia participativa en un contexto de escasez.

(…) Las diferencias eran grandes entre esa escuela y la Escuela Lenin que había dejado. Los dormitorios eran similares pero acá no había círculos de interés, museos o piscinas. Al mismo tiempo comparaba ese ambiente con el que había dejado en la Lenin y me parecía que en Río Seco II los muchachos eran más brutales pero en cierto sentido más sinceros. Había códigos de conducta un tanto primitivos pero allí un «amigo era un amigo» y no sentía los dobleces y mezquindades de los «niñitos bien» que había dejado en mi anterior escuela. Había dos grandes bandas: la de los que estaban estudiando para profesorado de inglés eran en su mayoría «pepillos». Estos eran admiradores de la cultura norteamericana, escuchaban rock, vestían con jeans e intentaban copiar el estilo de los jóvenes norteamericanos. Se sentían sofisticados y algunos de ellos hablaban abiertamente de «irse para la Yuma» (o sea para Estados Unidos) como de un sueño. Los que estudiaban para ser profesores de Historia eran en su mayoría «guapos»: cuidaban con esmero la limpieza de sus zapatos blancos y planchaban con almidón sus ropas (o más bien las lavaban con jugo de arroz y las ponían abajo del colchón que era lo que teníamos como sucedáneo).

(…) En una de esas visitas los empleados de un centro de trabajo le plantearon a Fidel el problema de la vivienda. Uno de ellos propuso una solución. La idea era simple: cada centro de trabajo seleccionaría un grupo de personas que construiría un edificio de apartamentos destinados a todos los empleados de ese centro. Mientras unos construyeran el resto los supliría en sus tareas normales de modo que todos harían un esfuerzo suplementario. El Estado pondría la dirección técnica y los materiales. Así se hizo y el que propuso la idea quedó encargado de ponerla en práctica. Se formaron miles de «micro- brigadas», cada una formada por 25 personas. De ellas sólo 19 se dedicaban a construir su edificio, los otros 6 se incorporaban a brigadas que construían las obras de interés común de los barrios que así iban surgiendo: calles, círculos infantiles, supermercados, escuelas.

La gente sentía claramente que ese edificio era de ellos y eso se expresaba de manera muy clara: iban a trabajar allí los fines de semana, en las noches, a toda hora. Cuanto antes se terminara el edificio antes podrían ocuparlo. Los apartamentos terminados eran repartidos en una asamblea y otorgados a aquellos que más habían aportado al esfuerzo colectivo y que más necesidades tenían. Los beneficiados pagaban 5% de su salario durante veinte años y luego el apartamento era de ellos en propiedad.

(…) El modelo se propagó por todo el país en medio de un gran entusiasmo. Un día los microbrigadistas decidieron en asamblea aumentar su jornada laboral a 10 horas diarias sin aumento de salario como una contribución más a la Revolución. Para significarlo decidieron pintarse en el casco blanco la estrella tupamara de 5 puntas con la T en el me- dio que identificaba al admirado Movimiento de Liberación Nacional- Tupamaros (MLN-T) del Uruguay. No sé qué habría pensado un obrero uruguayo si le decían que en Cuba ser Tupamaro era trabajar 10 ho- ras diarias cobrando el salario de 8. Era una fiebre constructiva. Por doquier se veían los cascos blancos con la estrella tupamara. Y fueron surgiendo por todos lados los barrios de microbrigadas. Eran barrios de viviendas humildes pero hechas con amor.

(…) Un juego de sofás viejos pero acogedores llenaba la sala. En seguida estaba el comedor con una gran mesa de madera y luego la cocina, amplia y funcional.

(…) En un clóset guardaba mis más preciados tesoros: un anillo construido con el fuselaje de un avión yan- qui derribado por los vietnamitas que mi madre me trajo de su viaje a Vietnam; varios restos arqueológicos que me regaló Laurette; la pistola de juguete que me regaló Roque; el feto humano en su frasco de formol que me regaló aquella doctora con quien vi la autopsia en Pinar del Río; un manuscrito de poemas que dejó conmigo un compañero boliviano antes de irse a su patria a luchar. Las paredes se fueron cubriendo de fotos de personas que admiraba: Miguel Enríquez, Fidel, el Che, George Jackson, Albert Einstein y fotos de mujeres que había amado.

(…) Para regresar a La Habana esa vez nos tomamos el «tren rápido». Esa era una de las grandes obras de infraestructura que transformaba el país: una carretera de 8 vías que debía atravesar la isla entera pero que llegaba por el momento hasta Las Villas, un tendido de cable coaxial que debía permitir el tráfico de datos y el famoso tren rápido que se decía que hacía el trayecto Holguín-La Habana en sólo 8 horas. Así es que subimos a ese tren con la intención de llegar en poco tiempo. Pero el viaje duró en realidad 24 horas. El tren avanzaba largos trechos a paso de tortuga o paraba por razones inexplicables. Lo más increíble que nos pasó fue cuando sentimos que el tren paraba en seco en medio de un cañaveral. Los pasajeros nos asomamos curiosos y nos encontramos en medio de un océano verde. La caña de azúcar ondeaba al viento en todas direcciones hasta perderse de vista. Atónitos observamos que la locomotora desenganchaba y se iba. Allí quedamos unos cuantos vagones por un par de horas en medio de la inmensidad verde. No hubo ninguna explicación. Un rato después la locomotora volvió, enganchó los vagones y seguimos viaje. La explicación más natural que nos dimos todos era que el maquinista había ido a visitar a una novia que tenía por allí.

(…) Durante los años que viví en Cuba el transporte siempre fue un problema. Era común que las muchachas hicieran dedo y muchas conseguían aventones. Nosotros quedábamos esperando mientras las veíamos alejarse en el auto que las había recogido. Era necesario salir muy temprano de casa para no llegar tarde a clases.

(…) Como parte del esfuerzo por desarrollar la electrónica, los cubanos habían decidido en los años setenta construir computadoras en Cuba y a pesar del bloqueo se las arreglaron para llevar a Cuba una PDP11, la popular computadora de Digital. Esa máquina fue «fusilada» como se decía entonces. La copiaron detalle a detalle y empezó la producción en serie de lo que se llamó «la primera computadora cubana». La llamaron CID-201-B, era una copia fiel de la PDP11. Esa máquina estaba construida con la tecnología de la época, previa a la aparición de los microprocesadores.

(…) Los productos de primera necesidad estaban garantizados y poco a poco iba avanzando la «frontera del lujo». Algún producto antes inexistente aparecía al principio en pequeñas cantidades y era repartido a aquellos compañeros que la asamblea del centro de trabajo seleccionaba como los mejores o más necesitados. Poco después llegaban a las tiendas productos suficientes y entonces ese artículo «se liberaba», es decir que ya todos podían comprarlo. Recuerdo cuando aparecieron los relojes de pulsera. Fui con mi padre a verlos en las vitrinas de una tienda. Un año después serían ya algo banal pero entonces todavía parecían un producto raro y codiciado. Lo mismo pasó con los televisores y las radios portátiles y con productos casi imprescindibles en el calor cubano como las heladeras y los ventiladores.

(…) Una vez fui a Nueva York y un amigo me pidió un favor. Sus padres se habían ido hacía años a Estados Unidos y él no respondía sus cartas. Cuando supo que iba a Nueva York me entregó una nota para su madre y me pidió que la buscara. Eso hice. Fuimos Robert y yo a verla. Me parecía que hacía una obra grande ¿quizás llevaba un mensaje de amor? La mujer vivía en un apartamento humilde en Brooklyn. Me recibió muy emocionada junto a un pariente. Leyó para sí la carta de su hijo. Era quizás la primera carta en muchos años. Nosotros esperábamos en silencio sentados en su pequeña sala. En esa carta mi amigo le pedía que le comprara un reloj Rolex de oro que yo debía llevar a Cuba. La mujer y el hombre se miraron y casi sin darse cuenta de nuestra presencia empezaron a imaginar qué hacer. No pusieron en duda la necesidad de responder positivamente al pedido. Deberían pedir dinero prestado a varios parientes pero lo harían a como diera lugar. Unos días después me entregaron ese reloj que llevé puesto cuando volví a Cuba. La señora me suplicó que le diera a su hijo un mensaje extraño. Debía explicarle que si aprendía inglés ella le enviaría un colchón de regalo. Los años de aislamiento mutuo crearon percepciones absurdamente distorsionadas sobre el otro. La pequeñez humana hizo lo suyo. Ese amigo no respondía las cartas de su madre y ahora le pedía un Rolex de oro y esa señora obsesionada con que su hijo aprendiera inglés le mostraba desde lejos un colchón como señuelo. Cada vez que volvíamos a Cuba, los amigos y conocidos esperaban que les trajéramos algún presente «del otro lado», podía ser un bolígrafo o una tontería cualquiera. Siempre veníamos cargados de muchos regalitos de ese tipo.

Una extraña combinación de circunstancias iba desarrollando en muchos cubanos de la isla un cierto orgullo chovinista por su participación en esa Revolución y a la vez una especie de obsesión con algunos bienes materiales que no tenían al alcance de la mano. Un pantalón vaquero o un reloj de marca, un par de tenis o un bolígrafo, cualquier objeto de ese tipo adquiría un valor desmesurado. A la vez el aislamiento del mundo exterior y la vida «protegida» por un Estado paternalista iban generando una incapacidad profunda para entender ciertas cosas. Un cubano medio suponía que «afuera» era prácticamente gratis obtener muchos bienes materiales y estimaba natural que quien saliera les trajera esas «bobadas» de regalo.

(…) Adela me contó su historia. A lo largo de esos años estuvieron en varios países trabajando y desde hacía un tiempo estaban de nuevo en Cuba. Juan era militante del Partido y dirigente de una empresa. Ha- bía aceptado coimas. En algún momento el Partido decidió hacer una gran campaña contra la corrupción y como correspondía a la tradición cubana castigó con especial dureza a los dirigentes. Juan había sido condenado a seis años de cárcel de los cuales ya llevaba uno cumplido en condiciones muy duras. Estaba junto a otros presos comunes en dormitorios colectivos, trabajando en el campo y con comida escasa y pésima. Adela casi lloraba cuando me contaba que Juan pesaba sólo 50 kilos y que no era justo que estuviera allí. Estaba entre asesinos arriesgando la vida cada día. «Ahora está enfermo y lo tienen internado en el Hospital Fajardo, acá cerca», me dijo.

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