sellos araña

Sellos arañas. Imagen tomada de Diario de Cuba.

Sellos arañas. Imagen tomada de Diario de Cuba.

En Diario de Cuba: Papeles sellados, arañas y Puerto Príncipes, por Ernesto Menéndez-Conde:

Los estudios sobre filatelia cubana han sido bastante prolíficos. Además de los catálogos especializados, investigadores como José Ignacio Abreu, José Luis Guerra Aguiar, Carlos Echenagusía, Ernesto Cuesta, Yamil H. Kouri, Tomás A. Terry y Mark R. Tyx, entre otros, han realizado un inestimable trabajo de archivo sobre la historia de los sellos cubanos, desde que llegaran por vez primera a La Habana, provenientes de España, el 21 de abril de 1855.

En septiembre de ese mismo año arribarían, en un vapor llamado Velazco, las primeras estampillas de correos concebidas para ser usadas exclusivamente en Cuba (las anteriores también circularon en Puerto Rico). La tarifa que se estableció para el correo interior de  La Habana fue de un cuarto de real de plata fuerte, que no coincidía con los valores faciales de ½, 1 y 2 reales de los sellos traídos de España. Para solucionar este problema local las autoridades coloniales decidieron imprimir una “Y ¼” sobre las estampillas de 2 reales de plata, de colores rojo y carmín.

Este ajuste se hizo en noviembre de 1855, coincidiendo con el aniversario de la toma de posesión de la reina Isabel II. Lo que hoy pasaría por una errata no lo era en el siglo XIX, cuando las normas ortográficas para los usos de la Y o la I no estaban todavía claramente establecidas y una letra podía sustituir indistintamente a la otra. Sin embargo, en este caso, el empleo de la Y posiblemente obedeciera a la necesidad de impedir que la I se confundiese con el número 1, ya que a continuación había que agregar la cifra de ¼, que vendría a ser el valor de uso del sello. Estas son las primeras sobrecargas que se conocen en la historia de la filatelia mundial.

Conocemos el nombre de José Pérez Varela, el diseñador de aquellos primeros sellos de las Antillas Españolas. Tenían una efigie de Isabel II, además de otros minúsculos ornamentos destinados a dificultar la labor de los falsificadores (que ya existían por aquellas tempranas fechas). Los sellos se imprimieron en un papel provisto de marcas de agua (con formas de lazos en las emisiones de 1855).

Los investigadores José Luis Guerra Aguiar y Carlos Echenagusía consiguieron establecer la ubicación exacta que debió tener cada sello en las planchas originales. Fue un “trabajo de presos”, como suele decirse en Cuba para hablar de una labor en exceso minuciosa. Aguiar y Echenagusía se sirvieron de unos 50.000 sellos para realizar este estudio. El esfuerzo resulta todavía más meritorio si se tiene en cuenta que se realizó en una época (entre la segunda mitad de los sesenta y 1976) en que la tecnología digital y los ordenadores no existían en La Habana. Echenagusía tuvo que depender de sus habilidades como dibujante para poder organizar ese inmenso rompecabezas.

No son estas las únicas investigaciones minuciosas dentro de la filatelia cubana. En la actualidad contamos con profusos análisis sobre las llamadas “Arañas”, una serie de sellos sobre los que se imprimieron unas contramarcas con las que se perseguía distinguirlos de otros similares, que las autoridades dejaron fuera de circulación, ya que fueron robados de la oficina de Administración de Rentas, el 10 de abril de 1883. (Los ladrones tuvieron la precaución de incendiar el local para encubrir el hurto.)

También existe una copiosa bibliografía sobre los llamados “Puerto Príncipe”, sellos impresos durante la Colonia y que la administración norteamericana autorizó a que se sobrecargaran en la ciudad de Puerto Príncipe con valores de centavos de dólar para que fuesen usados en esa ciudad y alrededores desde noviembre de 1898 hasta enero de 1899. Fue una solución provisional, en espera de los sellos estadounidenses habilitados para Cuba, que habrían de reemplazar a los emitidos por el Gobierno colonial español.

Estos y otros trabajos dan constancia no solo de la riqueza de la filatelia cubana, sino también de la fascinación que ejerce el sello sobre los estudiosos y los coleccionistas. Yo diría que entre los atractivos del coleccionismo figuran, por un lado, el rescate de miniaturas de la historia nacional y, por otro, la importancia que adquieren pequeñas diferencias, apenas detectables sin la ayuda de lupas. Los coleccionistas a menudo reúnen conjuntos cuyo valor reside en errores de impresión, en desplazamientos inusuales de las tintas, en variantes de color, en variedades de las cancelaciones o en irregularidades que se produjeron en las tiradas o las sobrecargas. La filatelia pertenece al ámbito de la miniatura y lo microscópico.

Historia de los papeles sellados

La bibliografía relacionada con el mundo de los sellos parece reproducir esta atención por los pequeños detalles, donde a veces se echan de menos investigaciones más generales o que comprendan periodos históricos más amplios. En el caso cubano abundan los estudios dedicados las series de la Colonia (1855-1898) y la ocupación norteamericana (1898-1902) mientras otros momentos como la República o la llamada Revolución —sobre todo este último— han sido menos atendidos y dejan un mayor margen a nuevas interpretaciones y hallazgos.

No obstante, dentro del propio Periodo Colonial existen todavía importantes lagunas, ya que las investigaciones se enfocan sobre todo en los sellos de correos y en la historia postal.  Solo recientemente comienzan a aparecer estudios consagrados a otras manifestaciones de la filatelia que todavía no han sido suficientemente estimadas por el coleccionismo. En este sentido, cabría mencionar el trabajo del experto español Eugenio de Quesada sobre los sellos que se empleaban para las comunicaciones telegráficas en Cuba.

Habría que añadir otras dos valiosas contribuciones, hechas por el coleccionista e investigador Adolfo Sarrías Enríquez. Sarrías dedicó más de una década a reunir información sobre dos géneros que —hasta la reciente aparición de un par de libros suyos— habían sido virtualmente inexplorados: los papeles sellados y los sellos del derecho judicial (este último trabajo, en colaboración con Fernando Cabello Borrás). Me detendré en el primero de esos catálogos, publicado el año pasado. Se trata de un primer tomo, que comprende desde 1646 hasta 1868 y que consta de unas 200 ilustraciones a color. El autor tiene previsto concluir el segundo tomo (desde 1868 hasta 1898) para este año.

El papel sellado se inventó en 1638, bajo el reinado de Felipe IV, y sirvió para gravar los trámites legales que se hacían en España (con anterioridad a esa fecha cualquier notario tenía potestad para legitimar documentos y transacciones). El papel sellado era una forma de recaudar fondos para las arcas de la Corona. Tendría una impresión del escudo de la realeza e incluiría el nombre del monarca de turno. Su uso legal estaría limitado a un año, de modo que anualmente saldrían nuevas emisiones, con las especificaciones del costo (en maravedíes) que era preciso abonar por las gestiones burocráticas.

Los papeles fueron impresos en la Fábrica Nacional del Sello de Madrid, con matrices que admitían ser continuamente actualizadas, tanto en el valor que iba a gravarse como en las heráldicas que aparecerían a la izquierda de los documentos y el año en que habrían de circular. Desde el punto de vista estético, como objetos coleccionables, los papeles sellados poseen el doble atractivo de su antigüedad y su materialidad (la textura de los pliegos, su filigrana, los escudos e insignias impresas, además de las tipografías y los escritos a mano, con tintas sepias que frecuentemente aparecen en estos documentos). Por otra parte, los papeles sellados, sobre todo los correspondientes al siglo XVII y la primera mitad del XVIII, poseen el valor adicional de ser piezas muy escasas.

Esta forma de pagos tributarios surgió gracias a una iniciativa del influyente Conde-duque de Olivares y la idea se propagó rápidamente por otros países europeos. Los primeros papeles sellados llegaron a tierras del Nuevo Continente en 1640. Se conserva un ejemplar usado en el Virreinato de Nueva España —y reproducido en el libro de Sarrías— con una heráldica que representa un navío atravesando los mares, flanqueado por dos columnas hercúleas. No solo es el más temprano ejemplo que se conserva en el continente americano, sino que posiblemente también sea uno de los pocos que se conocen con este motivo iconográfico, ya que en esencia, los papeles posteriores no fueron muy distintos de los que se emitieron en la península, si bien se usaban años después de haberse impreso. Contenían el mismo escudo, se hacían con el mismo papel, y provenían de la misma Fábrica Nacional del Sello. Solo se modificaban dos detalles. El nombre de la moneda —maravedíes— se sustituía por el de reales de plata o de vellón, que eran las que circulaban en las posesiones coloniales y, debido a las demoras de transportación, los papeles sellados en los territorios de ultramar estarían en vigor por dos años y a menudo se habilitaban para otros bienios.

El primer papel sellado del que se tienen noticias en Cuba está fechado en 1646. Sin embargo, Sarrías no consiguió dar con las actas capitulares que consignaran la entrada en vigor de estos documentos legales. Muchos de los materiales de archivo que el autor consultó se hallaban en un deplorable estado de conservación y sus textos resultaban por completo ilegibles. Por lo tanto, debido a estas lagunas, no debiera descartarse la posibilidad de que existan papeles sellados con fechas anteriores a 1646.

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