detalles de la materialidad cubana, por Enrique del Risco

, ,
Siempre nos quedará Madrid

Siempre nos quedará Madrid, de Enrique del Risco. Publicado por Sudaquia Editores en el 2012.

En Siempre nos quedará Madrid, libro de memorias de Enrique del Risco:

Ahora –en aquel apartamento del barrio más tranquilo y silencioso en el que hubiera vivido nunca– empezaban a aparecer los detalles. Y los detalles, los de mi vida o los de mis circunstancias, se infiltraban continuamente en las historias. Como si mi mundo hasta entonces sólo habitado por el miedo y su vasta descendencia empezara a poblarse de materia. De hecho, uno de los cuentos era una descripción detallada de un día que para mí había sido especialmente feliz. Y ahí está lo curioso. La imagen abstracta que me había hecho de aquello cuando lo tenía cerca se iba haciendo más precisa a medida que me alejaba. Como si sólo la distancia –y el contraste con la prolija materialidad de la vida española- permitiese que me fijara en los detalles. Como si sólo lejos de mi país natal las formas concretas de lo que había sido mi vida empezasen a adquirir sentido. Con el fin de la complicidad con mis lectores naturales, esos que cuando escribía “león”, “zorra”, “conejo”, “presidente” o “hijo de puta” comprendían exactamente a lo que me estaba refiriendo, comenzó mi viaje al interior de los elementos que antes había pasado por alto. La realidad había cambiado y debía reajustarme a ella si no quería que se me escapara completamente de las manos.
* * *
Al aeropuerto fuimos en el que había sido el coche de la familia durante más de quince años. Un Fiat argentino comprado nuevo por mi padre en 1977 y que había vendido dos años atrás. Mil quinientos dólares le dieron por él. No era mal negocio si se pensaba que lo había comprado por el equivalente a unos quince sueldos suyos y lo había vendido tres lustros después por un precio que correspondía a 75. El viejo pensaba que con los dólares iba a poder comprar comida durante cinco años, pero apenas le alcanzó para año y medio. Setenta y cinco sueldos extras esfumados en dieciocho meses. Para él, vender el símbolo más visible de su condición de científico respetado en el país, el artefacto que le había permitido a él y a su familia elevarse sobre la martirizada raza de los peatones, debió ser un golpe duro. El máximo sacrificio que podía hacer por la familia descontando la venta de un riñón. La venta fue ilegal, por supuesto. Me refiero al coche, no al riñón. Los coches que el gobierno vendía sólo podían ser comprados por el propio gobierno, de manera que las partes de una transacción ilícita quedaban atadas entre sí hasta que la muerte o algún sucedáneo los separara. El comprador en este caso era un miembro connotado de la mafia del barrio así que cada vez que la policía lo detenía en el coche mi padre, todavía dueño legal, debía presentarse en la estación para explicar que era un amigo a quien se lo había prestado. No creo que le creyesen pero al menos no era ilegal prestar el carro a un amigo. Así que el nuevo dueño le debía la suficiente cantidad de favores a mi padre como para negárselo en una ocasión tan especial. Volvíamos pues a estar juntos por última vez en aquel coche mi padre, mi madre, mi hermano y yo. Como cuando íbamos a la playa o recorríamos la isla durante el verano. Lo diferente era que ahora –incluidas nuestras respectivas mujeres– cabíamos a duras penas: uno no se hace adulto impunemente. Quiero pensar que ese día mi padre disfrutó el estar una vez más al timón de su antiguo FIAT.
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Notify via Email Only if someone replies to My Comment