Estar allí entonces: Recuerdos de Cuba 1969-1983, recuerdos de Gregory Randall

Jabón Jovel.
Jabón Jovel.

Jabón Jovel. 1980s. Colección Cuba Material.

Fragmentos de Estar allí entonces: Recuerdos de Cuba 1969-1983, por Gregory Randall (Edicions Trilce, 2010).

(…) En esa época llegaban a Cuba personas de todas partes del mundo a contribuir solidariamente con la Revolución cubana. Técnicos rusos, de Alemania del este, búlgaros o checos. Compañeros de toda América Latina o de Europa occidental. Ingenieros, agrónomos, matemáticos, biólogos, médicos. Los cubanos decidieron crear una libreta especial para extranjeros. También era una libreta de racionamiento pero daba derecho a algo más que la libreta común. Los cubanos no querían someter a todos esos amigos que dejaban voluntariamente las comodidades de sus países de origen a los mismos sacrificios que estaban asumiendo ellos. Cuando llegamos nos ofrecieron esa «libreta para extranjeros» pero mi madre la rechazó. (…)

(…) Como al resto de los cubanos, y a pesar de los regalos, nos faltaban muchas cosas en la vida diaria, desde jabón hasta comida.

(…) Yo quería mucho tener una pistola de fulminante pero en Cuba en esa época estaba todo racionado. No sólo la comida y la ropa sino también los juguetes. Había un único día en el año en que los niños cubanos tenían derecho a la compra de tres juguetes: uno básico y dos adicionales (el primero se distinguía por un precio mayor). Desde días antes ya se iban llenando las vitrinas y se formaban colas inmensas para conse- guir los primeros lugares para entrar a comprar. A cada quien le tocaba la tienda de su barrio. En cada una había una cantidad limitada de cada juguete. Todos los niños tenían derecho a tres pero no todos eran iguales. Había quizás treinta bicicletas en una tienda dada de modo que uno podía obtener un juguete grande como estaba estipulado pero no necesariamente la deseada bicicleta. Ser el primero en la fila era importante para poder escoger. A lo largo de los años inventaron todo tipo de métodos para evitar esos problemas: probaron otorgar los números alfabéticamente, aleatoriamente o por teléfono, pero siempre fue difícil conciliar escasez con justicia.

(…) En ese tiempo el modelo ideal de las escuelas cubanas eran los internados (que llamábamos «becas»): los niños vivíamos en ellos de lunes a viernes y nos íbamos a casa el viernes de noche para pasar el fin de semana con la familia. En la beca nos repartían libretas y lápices y teníamos acceso a los libros necesarios. Nos daban comida y vestimenta gratis —el uniforme y «ropa de trabajo», incluyendo zapatos— y recibíamos una educación que se iba construyendo con la mejor intención del mundo y con los recursos que había. Muchos niños cubanos estaban «becados», especialmente aquellos que venían de familias más humildes o de zonas de difícil acceso. Esas escuelas eran un espacio colectivo donde se pretendía ir formando el «hombre nuevo» sin el cual no parecía tener futuro la Revolución. Las becas también permitían que los padres «hicieran la Revolución y el amor» mientras el Estado se ocupaba de los niños.

(…) Durante ese año todo el país tensaba sus fuerzas para «la zafra de los 10 millones», la economía estaba en ruinas y no había casi nada en las bodegas pero en las becas cada niño tenía comida, ropa y útiles escolares asegurados. Allí teníamos deporte y estudio, atención dental y médica, cine, ajedrez y ping-pong.

Pronto los cubanos (con esa autocrítica constante que los caracte- riza) se dieron cuenta de que era muy duro para un niño de diez años separarse de la familia tanto tiempo.

(…) Nuestro hogar era ahora muy distinto del que habíamos dejado en México. Ya no había sirvientas que se ocuparan de nuestras cosas y muchas comodidades materiales habían desaparecido de nuestras vidas aunque nuestro apartamento era amplio y estaba en un barrio bello y céntrico. No había agua salvo una hora al día durante la cual llenábamos frenéticamente todo recipiente existente incluyendo la tina de un baño que había quedado destinada a ese fin. El agua debía servir hasta el día siguiente. Los apagones eran frecuentes y ya estábamos habituados a bañarnos con agua fría.

Mis padres habían establecido ciertas reglas en casa. El trabajo doméstico estaba repartido de manera muy estricta e igualitaria. Cuando llegaba de la beca debía lavar mi ropa a mano pues no existía la lavadora. Mis hermanas también lavaban su ropa. Lavar los platos, limpiar la casa, todo estaba repartido de manera que el trabajo doméstico fue- ra colectivamente asumido. Me acostumbré rápidamente a ese nuevo régimen que parecía desprenderse naturalmente de la empresa en que estábamos todos: construir la nueva sociedad con nuestras propias manos. Miro hacia atrás y a veces me doy pena lavando esas sábanas gigantes con nueve o diez años. De vez en cuando mi madre o Robert nos daban la sorpresa de lavar algo de nuestra ropa y ese era como un regalo especial.

(…) Cada apartamento ocupaba un piso entero. El nuestro era el noveno. En el décimo piso vivían Ambrosio Fornet y su familia. Sus hijos tenían edades similares a las nuestras y poseían un tesoro: la colección completa de las historietas de Tintín. También me hice muy amigo de los hijos de Tomás y Alicia, los vecinos del cuarto piso. Él era arquitecto y ella ama de casa. Con ellos fui varias veces de vacaciones a la playa.

En el segundo piso vivían Mercy y Roberto con dos hijas. Él era periodista y ella economista, ambos militantes revolucionarios de muchos años. Trabajaban en el Centro de Estudios sobre América anexo al Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC). Eran inteligentes y sofisticados y formaban parte del grupo de profesionales que contribuía a pensar la línea del Partido. Ella había estado casada con Juan Carretero, uno de los contactos entre el Che y la isla durante la guerrilla en Bolivia. Junto a él, Mercy estuvo vinculada al apoyo que Cuba brindaba al movimiento revolucionario latinoamericano y que se canalizaba a través del Departamento de América del Comité Central del PCC. En esas vueltas había estado también en Chile durante el pe- ríodo de la Unidad Popular.

(…) Miles de personas huyeron de Cuba al triunfo de la Revolución y sus propiedades fueron expropiadas y otorgadas a los que se habían quedado. Muchas de esas viviendas se convirtieron en oficinas públicas. Otras se convirtieron en las becas de Miramar donde estuvimos los primeros años. Otras fueron entregadas a los centros de trabajo para que vivieran allí sus empleados. Así fue como llegamos a ese apartamento. Como toda familia cubana después de la Ley de Reforma Urbana aprobada al principio de la Revolución, pagábamos por concepto de alquiler el 10% del principal ingreso familiar. Cuando Robert se fue y el apartamento quedó a nombre de mi madre, pasamos a pagar 21 pesos por mes de alquiler, pues su salario era de 210 pesos.

Años después fue aprobada una ley que otorgaba esas viviendas en propiedad a los inquilinos que hubieran pagado durante veinte años. Así es como miles y miles de viviendas cubanas tienen ahora legalmente varios dueños: aquellos que se fueron del país y que seguramente esperan algún día tomar posesión nuevamente de esos bienes y los que se han quedado viviendo allí, pagando su mensualidad y finalmente adquiriendo los títulos de propiedad. Mi hermana Sarah siguió allí. Luego de cumplir veinte años en esa vivienda pagando la mensualidad correspondiente —y aprovechando las regalías que le pagaron los cubanos a mi abuela por traducir a José Martí al inglés— se acogió a esa ley y ese apartamento pasó a ser propiedad de la familia a fines de los años ochenta.

A veces tocaba la puerta de nuestra casa un muchacho mal vestido y sucio. Un auténtico loco. Se decía que había sido habitante de nuestro apartamento. En ocasiones le abríamos la puerta y le hablábamos, pero cuando podíamos lo evitábamos. Nunca supe realmente quién era pero me daba la impresión de ser un fantasma del pasado. ¿Sería realmente el hijo de los antiguos dueños? ¿Y quiénes serían los antiguos dueños? ¿Quizás gente que se fue del país al principio de la Revolución y su casa fue expropiada? Pero en ese caso ¿por qué el hijo no se había ido con ellos? Los locos son mensajeros extraños.

(…) Cuando estaba terminando la primaria me enteré de que existía una escuela «vocacional» llamada Vento. Era algo así como una escuela con mayor rigor académico a la que se accedía por expediente y donde se suponía que los niños podían desarrollar mejor sus respectivas vocaciones. La entrada era muy selectiva: había un número pequeño de lugares por región y se concursaba según las calificaciones de primaria para lograr el ingreso. Sarah, que entró un par de años después, fue la única que lo logró en su escuela. Conseguí entrar allí. Era el primer año de mi educación secundaria y seguía becado. Esta escuela estaba también en casas recuperadas como las de mi beca anterior, pero en la zona de Marianao.

Había algunos cambios en la vida cotidiana. Ahora teníamos varios profesores en vez de un maestro y el trabajo manual se convertía en una actividad cotidiana. Me tocó trabajar produciendo artículos deportivos. Ese año hice redes de baloncesto y pelotas de béisbol. Las redes las tejíamos con una cuerda gruesa enrollada en una agujeta que utilizábamos con habilidad para hacer los nudos. En los ratos libres intercambiábamos con algún amigo un nuevo punto de macramé. Las pelotas de béisbol tenían un corazón de trapo que apretábamos con fuerza entre nuestras pequeñas manos mientras enrollábamos una cuerda fina en todas direcciones. Un molde y un martillo de madera nos permitían darle una forma lo más esférica posible antes de coser algo parecido a una piel que las cubría.

(…) Ese año estuvimos en Vento mientras se construía nuestra futura escuela: la escuela Lenin, que sería el buque insignia de la educación cubana. Fue equipada por la URSS que donó laboratorios y mobiliario. En realidad era una verdadera ciudad escolar para 4.500 alumnos, todos becados. Había además cientos de profesores y funcionarios, muchos de los cuales también dormían allí. Estaba formada por nu- merosos edificios dedicados a dormitorios y un conjunto de instala- ciones deportivas y culturales impresionante: decenas de laboratorios de física, química, biología e idiomas; salas acústicamente acondicionadas para el aprendizaje de la música, dos piscinas olímpicas de 50 metros, un tanque de clavados, terrenos de baloncesto y vóleibol, can- chas de béisbol y de tenis, pista de atletismo, tres museos, varias salas de teatro, un gimnasio formidable. La escuela estaba ubicada cerca del nuevo jardín botánico que incluía zonas con plantas típicas de los distintos continentes y cerca también del Parque Lenin formado por 50 hectáreas de pasto ondulado con restaurantes, juegos infantiles, palmeras y bambú y que se iba convirtiendo en uno de los lugares de esparcimiento preferido de los habaneros.

La escuela Lenin incluía a estudiantes desde séptimo hasta terminar la educación media. En ella funcionaban decenas de círculos de interés: desde espeleología hasta astronomía, pasando por química o televisión. Cada círculo de interés poseía equipamiento para que los niños pudieran aprender experimentando. Los que estábamos intere- sados en periodismo teníamos nuestro propio periódico, el Juventud de Acero, que escribíamos, editábamos y publicábamos nosotros mismos. Los muchachos de vela tenían acceso a un velero para navegar en él y los de espeleología tenían el equipamiento necesario y salían en expedición a explorar cavernas.

Para cumplir el principio de la combinación del estudio y el trabajo la escuela contaba con varias facilidades: estaba rodeada de campos sembrados con cítricos, papa, tomates y otras hortalizas que eran cul- tivados y cosechados por los alumnos. El producto de esas huertas formaba parte de nuestra dieta. Se levantaba también una verdadera zona industrial al lado de la escuela donde los alumnos producíamos pilas, radios, centrales telefónicas y las primeras computadoras cuba- nas, las llamadas CID-201-B.

(…) La Lenin funcionaba como una escuela de elite que formaba a la futura clase dirigente del país. La escuela era una mezcla extraña. Por un lado excelentes instalaciones materiales y seguramente la mejor educación a la que se podía aspirar en ese momento en Cuba. Por otro lado un sentimiento de pertenecer a una elite. A la escuela se entraba por expediente donde lo determinante eran las notas aunque estaba claro que no era ese el único mecanismo de ingreso. La concentración de autos durante las reuniones de padres indicaba la cantidad de hijos de jerarcas y profesionales. Seguramente algunos entraban por «palanca» (es decir por el favor de alguien con poder) o quizás era el efecto natural del bagaje cultural que se transmite a los hijos. Había chicos de origen humilde que venían en ocasiones del interior del país y había también unos cuantos «hijitos de papá», que a veces eran los más abusivos e impunes.

(…) Recuerdo la discusión sobre el uniforme escolar, que prácticamente fue diseñado tomando en cuenta la opinión de los chicos que íbamos a usarlo. Se discutía desde el color y el tipo de tela hasta el corte de la ropa. Las niñas exigieron que las faldas tuvieran un cierto largo, no recuerdo si arriba o abajo de la rodilla, y así se hizo. Pero luego cambió la moda y los nuevos uniformes ya estaban siendo distribuidos. No era sencillo conciliar la moda con la democracia participativa en un contexto de escasez.

(…) Las diferencias eran grandes entre esa escuela y la Escuela Lenin que había dejado. Los dormitorios eran similares pero acá no había círculos de interés, museos o piscinas. Al mismo tiempo comparaba ese ambiente con el que había dejado en la Lenin y me parecía que en Río Seco II los muchachos eran más brutales pero en cierto sentido más sinceros. Había códigos de conducta un tanto primitivos pero allí un «amigo era un amigo» y no sentía los dobleces y mezquindades de los «niñitos bien» que había dejado en mi anterior escuela. Había dos grandes bandas: la de los que estaban estudiando para profesorado de inglés eran en su mayoría «pepillos». Estos eran admiradores de la cultura norteamericana, escuchaban rock, vestían con jeans e intentaban copiar el estilo de los jóvenes norteamericanos. Se sentían sofisticados y algunos de ellos hablaban abiertamente de «irse para la Yuma» (o sea para Estados Unidos) como de un sueño. Los que estudiaban para ser profesores de Historia eran en su mayoría «guapos»: cuidaban con esmero la limpieza de sus zapatos blancos y planchaban con almidón sus ropas (o más bien las lavaban con jugo de arroz y las ponían abajo del colchón que era lo que teníamos como sucedáneo).

(…) En una de esas visitas los empleados de un centro de trabajo le plantearon a Fidel el problema de la vivienda. Uno de ellos propuso una solución. La idea era simple: cada centro de trabajo seleccionaría un grupo de personas que construiría un edificio de apartamentos destinados a todos los empleados de ese centro. Mientras unos construyeran el resto los supliría en sus tareas normales de modo que todos harían un esfuerzo suplementario. El Estado pondría la dirección técnica y los materiales. Así se hizo y el que propuso la idea quedó encargado de ponerla en práctica. Se formaron miles de «micro- brigadas», cada una formada por 25 personas. De ellas sólo 19 se dedicaban a construir su edificio, los otros 6 se incorporaban a brigadas que construían las obras de interés común de los barrios que así iban surgiendo: calles, círculos infantiles, supermercados, escuelas.

La gente sentía claramente que ese edificio era de ellos y eso se expresaba de manera muy clara: iban a trabajar allí los fines de semana, en las noches, a toda hora. Cuanto antes se terminara el edificio antes podrían ocuparlo. Los apartamentos terminados eran repartidos en una asamblea y otorgados a aquellos que más habían aportado al esfuerzo colectivo y que más necesidades tenían. Los beneficiados pagaban 5% de su salario durante veinte años y luego el apartamento era de ellos en propiedad.

(…) El modelo se propagó por todo el país en medio de un gran entusiasmo. Un día los microbrigadistas decidieron en asamblea aumentar su jornada laboral a 10 horas diarias sin aumento de salario como una contribución más a la Revolución. Para significarlo decidieron pintarse en el casco blanco la estrella tupamara de 5 puntas con la T en el me- dio que identificaba al admirado Movimiento de Liberación Nacional- Tupamaros (MLN-T) del Uruguay. No sé qué habría pensado un obrero uruguayo si le decían que en Cuba ser Tupamaro era trabajar 10 ho- ras diarias cobrando el salario de 8. Era una fiebre constructiva. Por doquier se veían los cascos blancos con la estrella tupamara. Y fueron surgiendo por todos lados los barrios de microbrigadas. Eran barrios de viviendas humildes pero hechas con amor.

(…) Un juego de sofás viejos pero acogedores llenaba la sala. En seguida estaba el comedor con una gran mesa de madera y luego la cocina, amplia y funcional.

(…) En un clóset guardaba mis más preciados tesoros: un anillo construido con el fuselaje de un avión yan- qui derribado por los vietnamitas que mi madre me trajo de su viaje a Vietnam; varios restos arqueológicos que me regaló Laurette; la pistola de juguete que me regaló Roque; el feto humano en su frasco de formol que me regaló aquella doctora con quien vi la autopsia en Pinar del Río; un manuscrito de poemas que dejó conmigo un compañero boliviano antes de irse a su patria a luchar. Las paredes se fueron cubriendo de fotos de personas que admiraba: Miguel Enríquez, Fidel, el Che, George Jackson, Albert Einstein y fotos de mujeres que había amado.

(…) Para regresar a La Habana esa vez nos tomamos el «tren rápido». Esa era una de las grandes obras de infraestructura que transformaba el país: una carretera de 8 vías que debía atravesar la isla entera pero que llegaba por el momento hasta Las Villas, un tendido de cable coaxial que debía permitir el tráfico de datos y el famoso tren rápido que se decía que hacía el trayecto Holguín-La Habana en sólo 8 horas. Así es que subimos a ese tren con la intención de llegar en poco tiempo. Pero el viaje duró en realidad 24 horas. El tren avanzaba largos trechos a paso de tortuga o paraba por razones inexplicables. Lo más increíble que nos pasó fue cuando sentimos que el tren paraba en seco en medio de un cañaveral. Los pasajeros nos asomamos curiosos y nos encontramos en medio de un océano verde. La caña de azúcar ondeaba al viento en todas direcciones hasta perderse de vista. Atónitos observamos que la locomotora desenganchaba y se iba. Allí quedamos unos cuantos vagones por un par de horas en medio de la inmensidad verde. No hubo ninguna explicación. Un rato después la locomotora volvió, enganchó los vagones y seguimos viaje. La explicación más natural que nos dimos todos era que el maquinista había ido a visitar a una novia que tenía por allí.

(…) Durante los años que viví en Cuba el transporte siempre fue un problema. Era común que las muchachas hicieran dedo y muchas conseguían aventones. Nosotros quedábamos esperando mientras las veíamos alejarse en el auto que las había recogido. Era necesario salir muy temprano de casa para no llegar tarde a clases.

(…) Como parte del esfuerzo por desarrollar la electrónica, los cubanos habían decidido en los años setenta construir computadoras en Cuba y a pesar del bloqueo se las arreglaron para llevar a Cuba una PDP11, la popular computadora de Digital. Esa máquina fue «fusilada» como se decía entonces. La copiaron detalle a detalle y empezó la producción en serie de lo que se llamó «la primera computadora cubana». La llamaron CID-201-B, era una copia fiel de la PDP11. Esa máquina estaba construida con la tecnología de la época, previa a la aparición de los microprocesadores.

(…) Los productos de primera necesidad estaban garantizados y poco a poco iba avanzando la «frontera del lujo». Algún producto antes inexistente aparecía al principio en pequeñas cantidades y era repartido a aquellos compañeros que la asamblea del centro de trabajo seleccionaba como los mejores o más necesitados. Poco después llegaban a las tiendas productos suficientes y entonces ese artículo «se liberaba», es decir que ya todos podían comprarlo. Recuerdo cuando aparecieron los relojes de pulsera. Fui con mi padre a verlos en las vitrinas de una tienda. Un año después serían ya algo banal pero entonces todavía parecían un producto raro y codiciado. Lo mismo pasó con los televisores y las radios portátiles y con productos casi imprescindibles en el calor cubano como las heladeras y los ventiladores.

(…) Una vez fui a Nueva York y un amigo me pidió un favor. Sus padres se habían ido hacía años a Estados Unidos y él no respondía sus cartas. Cuando supo que iba a Nueva York me entregó una nota para su madre y me pidió que la buscara. Eso hice. Fuimos Robert y yo a verla. Me parecía que hacía una obra grande ¿quizás llevaba un mensaje de amor? La mujer vivía en un apartamento humilde en Brooklyn. Me recibió muy emocionada junto a un pariente. Leyó para sí la carta de su hijo. Era quizás la primera carta en muchos años. Nosotros esperábamos en silencio sentados en su pequeña sala. En esa carta mi amigo le pedía que le comprara un reloj Rolex de oro que yo debía llevar a Cuba. La mujer y el hombre se miraron y casi sin darse cuenta de nuestra presencia empezaron a imaginar qué hacer. No pusieron en duda la necesidad de responder positivamente al pedido. Deberían pedir dinero prestado a varios parientes pero lo harían a como diera lugar. Unos días después me entregaron ese reloj que llevé puesto cuando volví a Cuba. La señora me suplicó que le diera a su hijo un mensaje extraño. Debía explicarle que si aprendía inglés ella le enviaría un colchón de regalo. Los años de aislamiento mutuo crearon percepciones absurdamente distorsionadas sobre el otro. La pequeñez humana hizo lo suyo. Ese amigo no respondía las cartas de su madre y ahora le pedía un Rolex de oro y esa señora obsesionada con que su hijo aprendiera inglés le mostraba desde lejos un colchón como señuelo. Cada vez que volvíamos a Cuba, los amigos y conocidos esperaban que les trajéramos algún presente «del otro lado», podía ser un bolígrafo o una tontería cualquiera. Siempre veníamos cargados de muchos regalitos de ese tipo.

Una extraña combinación de circunstancias iba desarrollando en muchos cubanos de la isla un cierto orgullo chovinista por su participación en esa Revolución y a la vez una especie de obsesión con algunos bienes materiales que no tenían al alcance de la mano. Un pantalón vaquero o un reloj de marca, un par de tenis o un bolígrafo, cualquier objeto de ese tipo adquiría un valor desmesurado. A la vez el aislamiento del mundo exterior y la vida «protegida» por un Estado paternalista iban generando una incapacidad profunda para entender ciertas cosas. Un cubano medio suponía que «afuera» era prácticamente gratis obtener muchos bienes materiales y estimaba natural que quien saliera les trajera esas «bobadas» de regalo.

(…) Adela me contó su historia. A lo largo de esos años estuvieron en varios países trabajando y desde hacía un tiempo estaban de nuevo en Cuba. Juan era militante del Partido y dirigente de una empresa. Ha- bía aceptado coimas. En algún momento el Partido decidió hacer una gran campaña contra la corrupción y como correspondía a la tradición cubana castigó con especial dureza a los dirigentes. Juan había sido condenado a seis años de cárcel de los cuales ya llevaba uno cumplido en condiciones muy duras. Estaba junto a otros presos comunes en dormitorios colectivos, trabajando en el campo y con comida escasa y pésima. Adela casi lloraba cuando me contaba que Juan pesaba sólo 50 kilos y que no era justo que estuviera allí. Estaba entre asesinos arriesgando la vida cada día. «Ahora está enfermo y lo tienen internado en el Hospital Fajardo, acá cerca», me dijo.

marinos de la flota mercante

Cuchilla de afeitar Admiral
Cuchilla de afeitar Admiral

Cuchilla de afeitar capitalista, marca Admiral. Colección Cuba Material.

En Generación Y: Llévame a navegar por el ancho mar:

En una tierra rodeada de agua, el marinero es un vínculo con el otro lado, el portador de esas imágenes que la insularidad no deja ver. En el caso cubano, quien trabaja en un barco puede, además, comprar en el extranjero muchos productos inexistentes en los mercados locales. Una especie de Ulises, que después de meses navegando, trae su maleta llena de baratijas para la familia. El marino conecta los electrodomésticos trasladados en las barrigas de los buques con el mercado negro; hace que las modas lleguen antes de lo planificado por los burócratas del comercio interior.

Durante varias décadas, ser “marino mercante” era pertenecer a una selecta cofradía que podía ir más allá del horizonte y traer objetos nunca vistos en estas latitudes. Los primeros jeans, grabadoras de cintas y chicles que toqué en mi vida fueron transportados por esos afortunados tripulantes. Lo mismo ocurrió con los relojes digitales, los televisores en colores y algunos autos, que en nada se parecían a los poco atractivos Lada y Moskovich.

Para los parientes de un marinero, los largos meses de ausencia se suavizan con el bálsamo económico que producirá la estancia en puertos con precios más baratos y mejores calidades que las tiendas cubanas. Cuando llega la edad de jubilarse y de echar el ancla, entonces a vivir de lo que se ha podido transportar y de las imágenes que han quedado en la memoria. (…)

De la jaba al shopping bag, exposición

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Bolsa o jaba de compras hecha con alambres eléctricos
Bolsa o jaba de compras hecha con alambres eléctricos

Bolsa o jaba de compras hecha con alambres eléctricos. 1980s. Colección Cuba Material.

En 1998 la galería de la Biblioteca Pública Rubén Martínez Villena, en la Habana Vieja, presentó la exposición De la jaba al shopping bag. Sobre ella, dice la revista Opus Habana:

(…) A un grupo de diseñadores cubanos les motivó la idea y se enrolaron en el proyecto «De la jaba al shopping bag», presentado en la Galería de la Biblioteca Pública Rubén Martínez Villena, como parte de las actividades del II Salón de Arte Contemporáneo, en noviembre de 1998.
En el aspecto técnico, el soporte abrió su diapasón entre dos extremos opuestos: metal y papel; las dimensiones variaron desde propuestas gigantescas hasta otras pequeñas, más cercanas a la lógica común. Las formas: flexibles, rígidas, insospechadas.
El carácter funcional, en este caso, no se limitó a la capacidad de contener –endémica de las jabas, los bolsos– sino que explotó las posibilidades comunicativas del diseño: el anuncio, la propaganda. El concepto de la exposición abarcó el puente que existe de la jaba al shopping bag, de la esencia a la periferia, de lo asimilado a lo autóctono, de lo convencional al gesto violento de la osadía.
Fiesta de lujo del diseño cubano. Belleza, utilidad y utopía se tomaron las manos en la muestra para sacralizar, burlar, asumir o negar esa costumbre tan humana de envolver. Sabia noción: guardar, almacenar, empaquetar… en fin, poner a salvo los objetos, los elementos tangibles de la vida.

En Opus Habana vol III no. 1 (1999)

¿Quién va a comerse lo que esa mujer cocina?, por Antonio José Ponte

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Brochure de la exposición anual de mesas para Pascuas
Brochure de la exposición anual de mesas para Pascuas

Brochure de la exposición anual de Mesas para Pascuas auspiciada por la tienda por departamentos El Encanto, en La Habana. 1960. Colección Cuba Material.

Antonio José Ponte en Diario de Cuba, ¿Quién va a comerse lo que esa mujer cocina?:

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Hace quince años, la publicación de un libro relacionado con la gastronomía me hizo viajar desde La Habana a Miami. Las comidas profundas era un libro acerca de la imaginación cubana al comer, cuando faltaban ciertos ingredientes. No se ocupaba exclusivamente de secretos nacionales: en la Cuba bajo régimen revolucionario llegamos a preparados semejantes a los del París sitiado de la guerra franco-prusiana o de la Barcelona de la guerra civil. Las carencias cubanas podían encontrar linaje cosmopolita en los diarios de Virginia Woolf durante los bombardeos o en un apunte de Eugenio Montale ante el escaparate de un comercio londinense, en medio de las restricciones de posguerra.

El cubano y cualquier otro vecino (escribí en una de sus páginas) sustituye con tal de comer. No encuentra un ingrediente y lo suple por otro, fabrica aproximadamente, a la medida de sus deseos. Esas sustituciones podían partear monstruos, como el bistec de cáscaras de toronja. En mi libro podía hallarse, vuelta a contar después de Apollinaire, la historia del enamorado que, metido en una apuesta, se hacía cocinar un zapato femenino y lo devoraba. O la leyenda de un par de balletómanos que hacían lo mismo con las zapatillas de una ballerina adorada.

Podía considerarse como un libro de recetas monstruosas, de despropósitos culinarios. En sus páginas cabía la nostalgia, el anhelo por comidas perdidas, y eso fue lo primero que percibieron los amigos y conocidos a los que fui encontrando. De manera que me llovieron las invitaciones a restaurantes y fondas.

Excursiones antropológicas hasta el batido de anón o la fritura de malanga eran un modo de resarcirme por haber escrito aquello. A un centenar de millas del país dejado atrás, podía dar con todos los alimentos que soñaban los cubanos de la Isla. El exilio era, entre otras cosas, una reserva gastronómica. La tierra de los ingredientes salvados y de las recetas que no se olvidan.

Tanteos y tanteos habían hecho posible que las frutas fueran aproximándose a como saben las frutas de la tierra. (La cocina de los exiliados es asintótica: una curva con promesa de coincidir, pero en el infinito.) En Miami, entre cubanos, cualquier otro visitante habría estado expuesto a parecidas hospitalidades, más aun el autor de un libro dedicado a la cocina.

Hablamos de recetas en las sobremesas, hablamos de recetarios, y no tardó en mencionarse a Nitza Villapol, que había cocinado delante de las cámaras de televisión, antes y después de 1959, en la abundancia pero también en la escasez. Y me hicieron ver entonces, entre los potes de especias o encima de un refrigerador, las copias de Cocina al minuto atesoradas.

A partir de aquellos ejemplares habría podido fecharse perfectamente la salida al exilio de cada uno de esos amigos y conocidos. No es que hubieran cargado con ellos como Eneas cargó con su padre y con los penates, sino que, lejos ya de Troya, se dieron a la búsqueda de un ejemplar del recetario de Nitza Villapol que fuese exactamente aquella edición por la que alguna vez se guiaran. Ella había publicado sus recetas bajo el mismo título durante más de cuatro décadas. De manera que algunos cocinaban por la primera edición de su obra, puntillosa en especificidades, y otros por ediciones posteriores, mucho menos exigentes a la hora de armar un plato.

Cada cubano metido a cocinero tenía su Nitza Villapol. Los ejemplares eran, en su mayoría, ediciones piratas o simples fotocopias. Porque, si de un lado sustituíamos, de otro fotocopiábamos. Todos forrajeábamos: la cocina cubana se salvaba en la copia y en la sustitución. Igual que cualquier otra gastronomía en tiempos tormentosos o apacibles, era invento y transmisión

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Nitza Villapol fue bautizada así por un río de los Urales, tributario del Tura y navegable a todo lo largo: el Nitsa. Su padre, Francisco Villapol, comunista o admirador de la revolución de 1917, creyó ese nombre fiel a la lengua rusa. Aunque, tal como quedó inscripto, significa en hebreo capullo de flor. O es, en griego, una de las formas de llamar a Helena.

La rama paterna de su familia había emigrado a Cienfuegos desde el pueblo de Villapol, en la provincia gallega de Lugo. El apellido de su madre, Juana María Andiarena, provendría de Navarra o de Guipúzcoa. En la Nueva York de 1923, al nacer Nitza, los Villapol Andiarena eran una familia de ciertos recursos salida de Cuba por razones políticas. Exiliados. Los más viejos recuerdos de Nitza Villapol remitían a Washington Heights, donde vivían. Su primera memoria gastronómica comprendía helados y dulces de marcas estadounidenses. Padeció la polio de niña. La familia regresó a Cuba cuando ella contaba nueve o diez años.

Su currículo varía según las fuentes consultadas, aunque no tendrían por qué excluirse esas noticias. Graduada de la Escuela del Hogar en 1940 y diplomada de doctora en Pedagogía en La Habana en 1948 según unos, otros afirman que estudió Dietética y Nutrición en la Universidad de Londres a inicios de esa década. Es de suponer que no bajo la guerra. Aunque, cualquiera que haya sido la fecha, la escasez británica debió enseñarle el arte de preparar menús con apenas ingredientes.

En 1955 cursó estudios en la Universidad de Harvard y en el Instituto Tecnológico de Massachussets. La costumbre de coleccionar recetas, de copiar a mano secretos de cocina y de recortar los que se publicaban en diarios y revistas, debió conducirla, tarde o temprano, a componer su propio recetario. Durante más de 40 años, mantuvo en el aire un programa televisivo donde enseñaba a cocinar. El espacio cambió de cadena y de frecuencia (diaria durante mucho tiempo, luego tres veces a la semana y, al final, solo los domingos), pero nunca su nombre, que es también el de su libro más difundido: “Cocina al minuto”.

“¿No sabe usted ni freír un huevo?”, puede leerse en la solapa de la edición de 1958, publicado en coautoría con Martha Martínez. “¿Cree que jamás aprenderá a cocinar? Se está engañando. Usted sabe leer, y usted sabrá cocinar cuando lea COCINA AL MINUTO.” (Muchas de las ilustraciones contenidas en ese volumen son del pintor Raúl Martínez, luego traductor de la iconografía revolucionaria al lenguaje del pop.)

Aquellos que han escrito acerca de la trayectoria de Nitza Villapol la consideran con afán competitivo: lamentan que su récord de permanencia televisiva no fuese registrado en el Libro Guinness. Ciro Bianchi Ross contabiliza que, en su tiempo, solo la superaba por cuatro años el espacio “Meet the Press” de la cadena estadounidense NBC. Sin embargo, nadie podría competir con ella en veteranía de conductora: el periodista Lawrence E. Spivak llevaba 27 años frente a los más de 40 suyos. (Compañera en esa carrera de fondo, Margot Bacallao fue ayudante de Nitza Villapol durante 41 años, 3 meses y 5 días.)

Desde los comienzos de la televisión abundaban los espacios de cocina. Unión Radio Televisión apenas llevaba un mes de operaciones en noviembre de 1951, ni siquiera poseía estudios propios, y producía desde el teatro Alcázar “Teleclub del Hogar”, con Dulce María Mestre. Meses antes, el 3 de julio de 1951, esa misma cadena había emitido el primer programa de “Cocina al minuto”.

Los canales competidores incluían en sus programaciones espacios semejantes. No faltaban autoras de recetarios: Ana Dolores Gómez, Nena Cuenco de Prieto, Carmencita San Miguel, María Radelat de Fontanills, María Antonieta de los Reyes Gavilán, María Teresa Cotta de Cal (autora de un socorrido manual de cocina con olla de presión). Ninguna, sin embargo, gozó de suerte tan larga como Nitza.

Escritora, directora, guionista y conductora, ella tuvo fama de ser persona amarga fuera de las cámaras. (Suele explicarse que a causa de la polio padecida en la infancia.) Vivía con su madre en un apartamento moderno del Vedado, y la única curiosidad que pareció despertar su vida privada consistía en suposiciones acerca de lo que se comería en aquella casa. Sin embargo, alguien con la misión de entrevistarla se presentó a la hora del almuerzo, para descubrir que todo el festín se reducía a una papilla industrial de plátano, alimento para convalecientes.

Nitza acostumbraba a cenar a solas en la barra del restaurante Emperador, platos tan sencillos como un bistec con papas fritas. No le gustaba cocinar, confesó su ayudante Margot. Igual que los cómicos negados a hacer chistes fuera del escenario, evitaba cocinar sino tenía cámaras delante. Era experta en redondear platos, una gran conocedora de su materia, aunque prefería dejar la práctica en manos de Margot.

En 1993, en lo más crudo del llamado Período Especial, se emitió por última vez “Cocina al minuto”. Los directivos de la televisión decidieron clausurar el programa. Más tarde cambiaron de idea (o cambiaron los directivos), pero para entonces ella no estaba en condiciones de volver a la televisión. A su entierro, celebrado cinco años después de la desaparición del programa, asistió muy poca gente.

Hasta aquí su biografía sin referencias políticas. ¿Quién habría sido Nitza Villapol en caso de exiliarse? A diferencia de su competidoras, cuando toda la televisión fue estatalizada, cuando se marcharon del país el propietario del canal y sus directivos, ella no se movió. Las firmas que solían publicitar productos en su programa fueron expropiadas por el Estado, y a ella debió bastarle con este nuevo y único patrocinador.

Permanecer en Cuba la hizo única. Cambiaron los tiempos y ella cambió su método de trabajo. “Sencillamente, invertí los términos”, reconoció. “En lugar de preguntarme cuáles ingredientes hacían falta para hacer tal o cual receta, empecé por preguntarme cuáles eran las recetas realizables con los productos disponibles.”

Se hizo maestra de la cocina de estación, que opera con lo que existe en los mercados. Pero maestra de cocina de una estación que ha sido, en Cuba, interminable: la de la crisis. Su programa se acogió, precavidamente, a una frecuencia semanal. Y fue entonces que se hizo legendaria. Abogó por una cocina de sustituciones, dada a las metáforas. Hizo más de la tercera parte de su carrera profesional en puro páramo: emprendió un arte hecho de atajos y de trucos.

A partir de unas pocas existencias, intentó componer siempre el rancho más sabroso. Y debió enfrentar, amén de la economía socialista, los prejuicios del cubano al comer.  (En un libro escrito después de su visita a Cuba en 1970, el poeta y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal hizo notar cuántos frutos desaprovechábamos. El país vivía una crisis de abastecimiento, y mucho de lo que se comía en tierras vecinas no era considerado alimento por los cubanos.)

Nitza Villapol enseñó a sus televidentes lo que ciertas cocinas latinoamericanas hacían con las cáscaras del plátano: una suerte de ropa vieja vegetal o de vaca frita verde. Presentó nuevas adquisiciones de la acuicultura, como la tilapia. Pero es falso que enseñara a hacer bistec de una frazada de limpiar el piso, y tampoco es suya la receta de la pizza de condones derretidos en lugar de queso. Las aberraciones de su cocina, si las tuvo, no llegaron a lo indigerible.

Se ha dicho que integró la comisión encargada de establecer las dosificaciones de la libreta de de racionamiento. La acusación (porque se trata de una acusación) puede tener alguna base: quizás fue consultada en tanto especialista en Dietética. Pero ella debió entender aquella solución como provisional y como justa. Y quién sabe cuánto cambió de parecer, luego de tantas décadas de practicar una cocina de pura sobrevivencia.

La mayor parte de su vida profesional estuvo bajo sospecha de apuntalar al régimen revolucionario, de justificarlo con la confección de platos. Conformista como era (todo cocinero de estación lo es), la acusaron de complicidad con el desabastecimiento. Aunque en este punto ella se mostró más responsable que las autoridades. Cierto que compartió el optimismo de la propaganda oficial (“Tenemos aún dificultades por vencer”, escribió de la carestía de los setenta), pero no trampeó nunca. Y quien quisiera hacerse por aquellos años una idea exacta de la economía del país hizo mejor en atender a “Cocina al minuto” que a los noticieros. Pues, mientras estos últimos mostraban cosechas exitosas que dudosamente llegarían a los mercados, Nitza ponía al fuego estrictamente aquello que su ayudante Margot Bacallao veía descargar de los camiones.

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Resulta interesante comparar distintas ediciones de Cocina al minuto. Una edición prerrevolucionaria y otra posterior a 1959, por ejemplo. Salta a la vista que la nueva época, la economía del nuevo régimen, dictó variantes a las maneras anteriores. Simplificó aquellas maneras o las volvió imposibles. Para entonces los huevos exigidos por las recetas dejaron de ser de La Dichosa, el arroz no era Gallo, el aceite no fue más de El Cocinero. Las antiguas precisiones (dictadas por la calidad de los productos o por el peso de los anunciantes) no tenían razón de ser. No existía ya más que una marca: la del Estado.

Huevos, arroz y aceite eran artículos genéricos, arquetípicos casi. No cabía elección. A juzgar por el lenguaje utilizado popularmente, ningún producto era alcanzable mediante compraventa. Venían al mercado. Los daban por la libreta de racionamiento. Venían, con lo azaroso que suelen ser los visitantes. Los daban, como una donación benevolente. La comida pertenecía ahora al ámbito de lo milagroso. Un litro de aceite rubio era un dios que bajaba. El país se abastecía en un tiempo que parecía desprovisto de conexión con el dinero. Era la emulación socialista entre brigadas la que creaba comida, era el trabajo sin retribución alguna, voluntario.

Muchos ingredientes de las primeras ediciones parecían escritos ya en una lengua muerta indescifrable. Nitza Villapol supo desprenderse de ellos como si se tratara de majaderías, pero incluyó en las reimpresiones de sus recetas un ingrediente con que apenas contara antes: la ideología política. El lugar de la publicidad comercial, tan presente en las ediciones anteriores a 1959, fue ocupado por la propaganda política. Ella dispuso como epígrafe de su libro de recetas, a la entrada de su cocina, esta frase de Friedrich Engels:  “…trasguean las tradiciones en la mente de los hombres…”.

Se trataba de un Engels no muy canónico, un Engels casi Grimm, que hablaba de trasgos. Aunque lo importante (¿quién no lo sabía entonces?) era traer a cuento a tan pesante autoridad, sin importar lo que dijera.

El prólogo a la edición de 1980 de Cocina al minuto responsabilizaba de todas las carencias padecidas al bloqueo (por embargo) estadounidense. Sostenía que los primeros habitantes del país habían alcanzado una cultura elevada en materia de alimentos (Nitza debió confundir a siboneyes y taínos con aztecas e incas), y culpaba a los conquistadores españoles de no saber aquilatar las recetas culinarias indígenas.

Después de los españoles, tocaba el turno en ese prólogo a los males del intercambio económico con Estados Unidos. La industria porcina yanqui (así la llamaba) separaba la carne de cerdo y sus derivados para la población estadounidense y dejaba a los cubanos la manteca. “Éstos”, decía de los estadounidenses, “conocedores del valor de la carne de puerco como fuente de proteína, de alta calidad, y de vitamina B-1, vendían a Cuba, un pueblo casi analfabeto y por lo tanto en gran medida desconocedor de estas cuestiones de alimentación, y a sus gobernantes de turno nada interesados en la salud popular, una buena parte de la manteca que no consumían. Así, sin saberlo, el cubano contribuía a que sus explotadores pudieran comerse la carne de puerco y sus derivados como perros calientes, jamón, jamonada, etcétera”.

Nitza Villapol trazaba para su libro de recetas un esquema donde los cubanos comían sobras como esclavos domésticos, y la economía estadounidense invadía el país con manteca de cerdo, como si se tratara del agente naranja. En contrapartida, cantaba las alabanzas de la harina de trigo y la amistad soviética: “Símbolo de alimento desde que el hombre comenzó a cultivar cereales, es para nosotros también una parte de la eterna deuda de gratitud hacia el pueblo de la Unión Soviética y otros países de la comunidad socialista que en los momentos más difíciles tendió su mano amiga”.

Pese a ello, en unos años en que la propaganda oficial eludía la idiosincracia nacional (para orbitar mejor en torno a la Unión Soviética), ella hizo hincapié en lo cubano. Y reside en este punto la mayor diferencia entre las distintas ediciones de su libro de recetas. Antes de 1959, el asunto era comer. Más tarde, pareció tratarse de comer en cubano, de dar con lo cubano en la comida.

Todo el que frecuente recetarios comprenderá que la mayoría de ellos son ordenados a la manera de un menú, desde los aperitivos y entrantes hasta los postres y licores. Cocina al minuto, en su edición de 1980, se salta esta norma y presenta una ordenación muy diferente. Comienza por las recetas de arroz, el plato base del comer cubano, y concluye, no en los dulces, sino en diversas recetas de ajiaco. Se trata de una muy extraña cena, que sirve un sopón después de lo almibarado.

La explicación puede encontrarse en ese nuevo ingrediente con que cocina Nitza Villapol, la ideología. En una conferencia de 1939, Los factores humanos de la cubanidad, Fernando Ortiz había sostenido que Cuba era, como nación, un ajiaco. Una suma heteroclítica de ingredientes que bullía en un caldero. Siguiendo esta observación, Nitza Villapol fija el nacimiento de la cocina cubana en el momento en que el cocido español pierde los garbanzos y se hace otro plato. El ajiaco es emblema de la nación, según Ortiz. A lo que agrega Nitza que nuestra cocina resulta independiente desde la invención del ajiaco. El ajiaco es, en los fogones, el grito de La Demajagua.

Cocina al minuto reserva espacio al ajiaco después de los postres por no estar interesado en planear simples cenas (como la mayoría de los recetarios), sino en ordenar una nación. Si cualquier menú que se intente puede ser entendido como historia, los postres no pueden ser la coronación, sino el ajiaco. El acto de comer tiende, al final, a ese momento de independencia. El ajiaco es la saciedad y beatitud definitiva. Y cada vez que lo emprendemos lo que se espesa en él, más que las viandas, es una conmemoración.

Cocina al minuto, en sus más recientes ediciones, intenta una teleología no muy distinta a la de Cien años de lucha, discurso pronunciado por Fidel Castro el 10 de octubre de 1968, o a la de Ese sol del mundo moral, el volumen donde Cintio Vitier historiara una ética de la nación. Comer y cocinar alcanzan, en cierta Nitza Villapol, un sentido político.

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¿Cuánto tienen que esperar los muertos para ponerse en pie?, me preguntaba. Yo era un niño frente al televisor, preocupado por el destino de los espadachines muertos. Y recuerdo de entonces esta otra preocupación, mientras caían los créditos finales sobre la imagen fija del plato confeccionado ese día por Nitza Villapol en “Cocina al minuto”: ¿quién va a comerse lo que esa mujer cocina?

Brochure de la exposición anual de mesas para Pascuas celebrada en la tienda por departamentos El Encanto

Brochure (tapa de contrcubierta) de la exposición anual de Mesas para Pascuas auspiciada por la tienda por departamentos El Encanto, en La Habana. 1960. Colección Cuba Material.

Fidel Castro entrevistado por Lisa Howard, de ABC News

Entrevistas concedidas por Fidel Castro, en 1963 y 1964, a la periodista estadounidense Lisa Howard, de ABC News. También entrevistas a ciudadanos de la clase media-alta, que manifiestan su oposición al nuevo gobierno y describen las duras condiciones de vida en la sociedad socialista.

toma de corriente de plancha eléctrica

Toma de corriente para plancha eléctrica
Toma de corriente para plancha eléctrica

Toma de corriente para plancha eléctrica. Hecho en la República Popular China. Colección Cuba Material.

No creo que la plancha que se comercializaba en Cuba en los años 1970s y 1980s, fabricada en la URSS, necesitara de este enchufe para conectarse a la electricidad. Parece, sin embargo, que otros modelos –con seguridad comercializados en el período prerrevolucionario– necesitaban de este aditamento, ya fuera porque el original se rompiera o porque nunca lo tuvieron incorporado.

Mis abuelos compraron este conector, fabricado en la República Popular China, alrededor de los años 1960s, y lo guardaron hasta el día de hoy. Llama la atención el desproporcionado tamaño de la caja en comparación con las dimensiones del enchufe. Eso, y el precio de 25 centavos por unidad, escrito a mano en la tapa del envase, me hacen pensar que cada caja contenía más de un enchufe.

Conector de plancha eléctrica

Enchufe o toma de corriente de plancha eléctrica. Hecho en la República Popular China. Colección Cuba Material.

Hotel Hanabanilla

Llavero del Hotel Hanabanilla.
Llavero del Hotel Hanabanilla.

Llavero del Hotel Hanabanilla. Tardíos años 1970s o principios de los años 1980s. Colección Cuba Material.

El Hotel Hanabanilla fue inaugurado por Fidel Castro el 26 de julio de 1975 en una de las orillas del lago homónimo de la Sierra del Escambray. Geopolíticamente pertenece a la región de Manicaragua, en la provincia Villa Clara, y su nombre significa en lengua aborigen cesta de oro. Tiene actualmente 125 habitaciones y se encuentra regentado por la cadena estatal Islazul.

Camilo Venegas cuenta, en su blog El fogonero, que en los años 1980s tres jóvenes que querían abandonar el país secuestraron a unos turistas norteamericanos que se hospedaban en este hotel, siendo apresados y sentenciados a largas penas de cárcel. Se desconoce el paradero de dos de ellos.

jaboneras

jaboneras
jaboneras

Jaboneras. Colección Cuba Material. Foto Geandy Pavón.

Las jaboneras se utilizan para guardar el jabón cuando se viaja. En el país de mi niñez no se salía nunca de viaje, o casi nunca. Los hoteles eran caros y escasos, el transporte, difícil, y viajar fuera del país, con la normalidad con que se viaja en otras partes del mundo, no era siquiera una posibilidad. Solamente algunos profesionales viajaban al interior por gestiones de trabajo o, en algunas ocasiones, y con mucha suerte, al extranjero. Los estudiantes becados en La Habana o en los países del campo socialista y las personas residentes en La Habana o cualquier otra provincia con familiares en el interior eran los otros dos grupos para los que viajar constituía una alternativa real.

Sin embargo, en casi todas las casas existían jaboneras. Plásticas, por lo general con tapas adornadas con una flor a relieve, como la de la foto, las usábamos cuando, todos los años, desde que ingresábamos a la secundaria básica y hasta que nos graduábamos de la universidad, la dirección de educación de nuestro municipio nos movilizaba como parte del programa de las Escuelas al Campo (también las usarían, supongo, los movilizados del Servicio Militar y la población penitenciaria).

En los años 1970s, para comprar una jabonera era necesario presentar un cupón de la libreta de la canastilla. En mi casa había varias, las rosadas y las azules tenían el mismo diseño y las deben haber comprado cuando mi hermana y yo nacimos. Había también jaboneras más viejas, que mis abuelos o mis padres habrían comprado para cuando viajaran por trabajo o vacaciones a otras regiones del país. Me he encontrado una con un jabón Nácar, de los de entonces, sin usar. Allí permaneció encerrado durante toda la crisis del Período Especial y sólo por eso se ha preservado hasta hoy, cuando las jaboneras no son más que un objeto sin mucha utilidad que aún se conserva en las gavetas y estantes de las casas.

cuenta hilos Bayer

cuentahílos Bayer
 lupa plegable Bayer

Cuentahílos promocional de la firma Bayer. 1980s. Colección Cuba Material.

No sé desde cuándo, pero ya en los años 1980s la firma alemana Bayer tenía negocios con la isla. Vendía al gobierno de Cuba, posiblemente entre otras cosas, productos fitosanitarios. Mi papá, que trabajaba para el Instituto de Sanidad Vegetal del Ministerio de la Agricultura, conoció al representante de esta firma en La Habana y, a través de éste, llegaron a mi casa varios lupas plegables (cuenta hilos, me rectifica Waldo Pérez Cino) para promocionar los productos de la compañía. Mi abuelo, mi hermana y yo tuvimos, cada uno, una pequeña lupa un cuenta hilos de la Bayer. Mi hermana y yo jugábamos con los nuestros, a los que tomábamos por lupas, abriéndolas y cerrándolos, sin habernos visto nunca en la necesidad de examinar algo a través de su cristal de aumento –en cuyo caso teníamos otras lupas mucho más cómodas y más potentes con qué hacerlo. De cualquier modo, y a pesar de nunca haber tenido utilidad práctica alguna, por sus diminutas dimensiones y sofisticado mecanismo de cierre, las lupas los cuenta hilos de promoción de la firma Bayer eran de nuestros “útiles escolares” más preciados.

invitaciones del Partido Comunista de Cuba

Credencial de la Primera Asamblea de Renovación de Mandatos del Partido Comunista de Cuba.
Primera Asamblea de Renovación de Mandatos del Partido Comunista de Cuba

Citación a la Primera Asamblea de Renovación de Mandatos del Partido Comunista de Cuba. 28 de noviembre de 1965. Donación de Ricardo Hernández Otero. Colección Cuba Material.

En noviembre de 1965, el recién (re)constituido Partido Comunista de Cuba celebró sus primeras asambleas de Renovación de Mandatos y de Balance del Trabajo. Para ambos eventos el Partido distribuyó invitaciones de muy buena calidad: cartulina gruesa, letras a relieve, diseño caracterizado por una elegante economía de recursos expresivos. Llama la atención la ausencia de elementos de la iconografía política soviética.

Primera Asamblea de Renovación de Mandatos del Partido Comunista de Cuba

Citación a la Primera Asamblea de Renovación de Mandatos del Partido Comunista de Cuba. 28 de noviembre de 1965. Donación de Ricardo Hernández Otero. Colección Cuba Material.

Primera Asamblea de Balance del Trabajo del Partido Comunista de Cuba

Primera Asamblea de Balance del Trabajo del Partido Comunista de Cuba. 27 de noviembre de 1965. Donación de Ricardo Hernández Otero. Colección Cuba Material.

carné del machetero

Carné del machetero
Carné del machetero

Carné del machetero, entregado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). 1969. Cortesía de Meyken Barreto. Colección Cuba Material.

La Zafra de los Diez Millones se comenzó a planear desde mediados de los años 1960s. Para poder alcanzar la cifra de producción de 10 millones de toneladas de azúcar en 1970, el gobierno cubano elaboró un plan de producción anual que contemplaba el aumento gradual del volumen de azúcar producido a partir de 1966 hasta llegar a diez millones en 1970. Este carné recogía los hazañas de corte de cada machetero –nótese que con menos precisión, sin embargo, que el carné entregado en 1970.

Carné del machetero

Carné del machetero (interior), entregado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). 1969. Cortesía de Meyken Barreto. Colección Cuba Material.

carné de machetero permanente, Zafra de los Diez Millones

carne de machetero permanente zafra de los diez millones
carne de machetero permanente zafra de los diez millones

Carné de machetero permanente en la Zafra de los Diez Millones. 1970. Cortesía de Meyken Barreto. Colección Cuba Material.

“Los mambises del siglo XX . . . son los cortadores de caña”, sentenció Fidel Castro en un discurso, y la frase fue reproducida en el reverso del carné de machetero permanente entregado durante la Zafra de los Diez Millones. Este expediente de los mambises modernos recogía la cantidad de arrobas de caña que cada machetero cortaba, cifra en la que luego se basaba el tipo de recompensaba que los mismos recibirían, a pesar de que uno de los discursos legitimadores del régimen político cubano era la igualdad social.

Carné de machetero permanente en la Zafra de los Diez Millones

Carné de machetero permanente en la Zafra de los Diez Millones. 1970. Cortesía de Meyken Barreto. Colección Cuba Material.

* * *

Ver el discurso de Fidel Castro en el acto de inicio de la Zafra de los Diez Millones.

Ver el panel que la revista Temas dedicó a la Zafra de los Diez Millones en el año 2010 y el comentario de Havanatimes.

bono de 3,000 arrobas

bono 3 mil arrobas
bono 3 mil arrobas

Bono tres mil arrobas. 1972. Cortesía de Meyken Barreto. Colección Cuba Material.

“El presente es de lucha; el futuro es nuestro”, prometía el gobierno de La Habana en 1972, mientras estimulaba a los habaneros a cortar caña y vinculaba la cosecha con el segundo congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC). No hay ni un atisbo en este bono de cómo sería el futuro que les pertenecería a los habaneros, pero sí, muchos, del presente de lucha. Los ceros de la cifra (tres mil arrobas) son bocas de fusiles, verde olivo.

Instituto Preuniversitario Saúl Delgado

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carné de estudiante preuniversitario
carné de estudiante preuniversitario

Carné de estudiante de preuniversitario (Saúl Delgado). Curso 1964-1965. Cortesía de María A. Arús. Colección Cuba Material.

Tres generaciones de mi familia hemos estudiado en el instituto preuniversitario Saúl Delgado. No se llamaba así, sino Instituto de Segunda Enseñanza, cuando mi abuelo, quien fue miembro de la primera cohorte que se graduó de este centro de enseñanza en 1937, asistía a sus aulas. Ya para cuando le tocó el turno a mi mamá, en 1964, había sido rebautizado como Instituto Preuniversitario del Vedado Saúl Delgado, nombre que mantenía cuando mi hermana y yo pasamos por sus aulas a finales de los años 1980s. Sin embargo, a diferencia de mi mamá y mi abuelo, nosotras no teníamos que comprar los libros de texto, ni teníamos carné de estudiante.

carne de estudiante preuniversitario

Carné de estudiante de preuniversitario (reverso, con relación de libros adquiridos por el alumno). Cortesía de María A. Arús. Colección Cuba Material.

certificado Familia Destacada

Certificado Cederista Destacado. 1975
certificado familia destacada

Certificado de Familia Destacada. 1976. Cortesía de Gerardo Fernández Fe. Colección Cuba Material.

Este certificado de Familia Destacada que la Dirección Nacional de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) entregó, en 1976, a las familias habaneras que acumulaban méritos de participación en las actividades cederistas y habían, de diversas maneras, demostrado lealtad a “la revolución” iba dirigido, exclusivamente, al “jefe de familia”. Ellos constituían el principal eslabón de transmisión de la ideología oficial a los demás familiares, de los que sólo se esperaba que reprodujeran el libreto.

Pueden ver un certificado similar, emitido en 1975, en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Muy similar a este último es el certificado de Cederista Destacado emitido ese mismo año.

Certificado Cederista Destacado. 1975

Certificado Cederista Destacado. 1975. Cortesía de Gerardo Fernández Fe. Colección Cuba Material.

colas

billete de un peso
billete de un peso

Billete de un peso. Serie de 1960. Colección Cuba Material.

En Navarro Vega, Armando. 2013. Cuba, el socialismo y sus éxodos. Bloomington, IN: Palibrio:

La vida transcurría en las colas. En todas partes se hacía cola. Había colas organizadas, colas desorganizadas y “molotes”. Colas por orden de llegada, colas por números, colas en las que se permitía “rotar” y en las que no, colas en las que se permitía “marcar” por otras personas y en las que no se podía. Colas para los que tenían reserva o número por anticipado, y “colas para los fallos”.

Colas que duraban meses ratificando el número mediante presencia física al menos una vez al día para, por ejemplo, comprar un colchón. En caso de no poder asistir a dicha “ceremonia de reafirmación” se perdía la vez. De todos modos, hacer esa cola no garantizaba en muchos casos que se pudiese adquirir el producto, porque no se sabía con anterioridad la cantidad que se iba a distribuir.

En los restaurantes y cafeterías se hacía cola durante horas, incluso para reservar una mesa para el día siguiente. (P. 97)

billete de un peso

Billete de un peso (reverso). Serie de 1960. Colección Cuba Material.

las muñecas, la igualdad y la niñez del futuro

muñecas
Muñecas. Exposición Pioneros: Building Cuba's Socialist Childhood. Colección Cuba Material.

Muñecas. Exposición Pioneros: Building Cuba’s Socialist Childhood. 2015. Colección Cuba Material. Foto de Geandy Pavón.

Mi familia materna albergó, en su casa del Vedado, a uno de los campesinos trasladados a La Habana para asistir a la Concentración Campesina del 26 de julio de 1959. Su generosidad, y una ahora sabemos que infundada confianza en el futuro, los llevó a regalarle, además, la mejor muñeca que había tenido mi mamá, para su hija. La muñeca, me cuentan mis abuelos, caminaba, decía “mamá” y “papá”, y la maleta donde se guardaba hacía también las veces de closet o ropero, el cual se encontraba bien surtido. De niña, cuando jugaba con las feas muñecas cubanas adquiridas con la libreta de racionamiento durante la venta anual de los juguetes, a veces pensaba en la hermosa muñeca de mi mamá que mis abuelos regalaron, y añoraba una muñeca así.

Conducta impropia, documental

 

Conducta impropia, dirigida por Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal, 1984.

Ver también Treinta años de ‘Conducta impropia‘”, entrevista que hiciera María Encarnación López a Orlando Jiménez Leal para Diario de Cuba.

la salida del país y el inventario de bienes

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Esta es tu casa Fidel. Serie Exilio. 1968. José A. Figueroa
Sello de la Reforma Urbana. Foto de José Figueroa, tomada del libro

Sello de la Reforma Urbana. Foto “Esta es tu casa Fidel”, de José A. Figueroa, tomada del libro José A. Figueroa: Un autorretrato cubano.

El 11 de febrero de 1960, el nuevo gabinete cubano anunció que las propiedades de quienes abandonaban (o habían abandonado) el país serían confiscadas por el estado. En agosto de 1961, el mismo gabinete anunció que quienes tomaran el camino del exilio solamente podrían llevar consigo una pieza de equipaje. Poco más adelante, la ley reduciría la cantidad de bienes que los cubanos exiliados podían sacar del país a tres mudas de ropa. Todo lo demás pasaría a ser propiedad del estado cubano. El economista Armando Navarro Vega pormenoriza en su libro Cuba, el socialismo y sus éxodos (2013, Bloomington, IN: Palibrio):

Un momento cumbre de este proceso es la realización del “inventario”, recibido usualmente con júbilo por ser un indicador de que el expediente se mueve. El inventario es un registro documentado y pormenorizado de todos los bienes y pertenencias del futuro emigrante, que incluye no sólo el recuento físico o cuantitativo, sino también una valoración del grado de conservación del mismo. Se registra todo, desde un automóvil o el saldo de la cuenta en el banco, hasta los libros, los vasos y las cucharas. A la salida se verifica que nada falta, y que todo se mantiene en el estado en que estaba en el momento en que se inventarió. En caso de pérdida o deterioro de algún bien, o se repone, o no hay viaje. (P. 66)

Llega el momento de “chequear” el inventario, y si todo está bien, la familia sale de la casa con el equipaje que le permiten llevar, y la vivienda es precintada con un sello de la Reforma Urbana, el organismo que controla las viviendas. (P. 67)

Los viajeros saben que el valor total de todo cuanto pueden llevar para iniciar una nueva vida no excederá los 50 pesos cubanos. Algunos tratan inútilmente de esconder los pendientes de la abuela, los anillos de boda, el reloj de leontina que ha permanecido en la familia por tres generaciones, ya sea por su valor monetario o sentimental. De nada vale un ruego o una lágrima, salvo para recibir burlas, insultos o amenazas. Es el último despojo, la última humillación. Entre este momento final y la presentación inicial de la solicitud de salida del país han transcurrido varios años. (P. 67)

bocetos de María Elena Molinet

Bocetos de maría Elena Molinet.

Algunos de los bocetos producidos por María Elena Molinet para el cine:

Boceto de diseño de traje para el segundo cuento de la película Lucía. Imagen tomada de La jiribilla.

Boceto de diseño de traje para el segundo cuento de la película Lucía. Imagen tomada de La jiribilla.

Boceto de traje para la película María Antonia. Imagen tomada de La Jiribilla.

Boceto de traje para la película María Antonia. Imagen tomada de La Jiribilla.

María Antonia

Boceto de traje para la película María Antonia. Imagen tomada de La jiribilla.

Ver más imágenes aquí.

aerogramas

aerograma
aerograma

Aerograma. 1974. Colección Cuba Material.

No sé por qué mi mamá compró tantos aerogramas, con las pocas cartas que se escribían en Cuba.  Aún se conservan en la segunda gaveta del aparador del comedor.

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Aerograma. 1986. Colección Cuba Material.

George Gautier: Voltus V y las primeras clases de capitalismo y mercado

juguetes
Juguetes, exposición Pioneros: Building Cuba's Socialist Childhood, inaugurada el 17 de septiembre de 2015 en el Sheila C. Johnson Galleries de Parsons School of Design. 1970s - 1980s. Foto Geandy Pavón.

Juguetes exhibidos en la exposición Pioneros: Building Cuba’s Socialist Childhood, inaugurada el 17 de septiembre de 2015 en el Sheila C. Johnson Galleries de Parsons School of Design. 1970s – 1980s. Colección Cuba Material. Foto Geandy Pavón.

No se cuantas veces, quizá mas de 50 o 60 vi repetidas tandas del anime japonés VoltusV. Con un peso, si entrabas temprano, podías ver la película cada vez que quisieras hasta que cerraran el cine ese día. Después, hambriento y acelerado por la ilusión del mundo de fantasías tecnológicas del imaginarium nipón, cruzábamos a la pizzería de 23 y 12 llamada Cinecittá a engullir deliciosas pizzas de 1.20, en un sitio que no podía tener mejor nombre, porque llegábamos ahí siempre con la ilusión del mundo cinematográfico desde donde hubiéramos estado antes.

A golpes limpios hacíamos la cola después de ver películas de Bruce Lee, o a tiros después de ver películas del oeste italiano con Trinitty y Bud Spencer. Volábamos en las naves de la guerra de las galaxias o nos abatíamos en feroces combates de espadas láser donde fingíamos ver volar nuestros miembros por el aire a cada corte de la luz imaginario. Pero lo de VoltusV fue apoteósico.

Penosamente lo que nos proyectaron en los cines no fue mas nada que unos cuantos capítulos editados de una serie con un guión mucho mas profundo y complejo que lo que nos dejaron ver. Aun así, era una historia grandiosa. Heroica, de hermandad, lealtad, perseverancia y valentía. Y la creatividad de la tecnología ficticia japonesa que aun hoy deslumbra a los mas jóvenes.

Claro, no había mercadotecnia. Al unísono en muchas escuelas se les ocurrió a los niños conseguir fotogramas de la película. Se le llamaban “Fotico e voltuV” Esa experiencia no era nueva. Nos escapábamos muy seguido de clases para ir a revisar al basurero del ICAIC por 25 y 10 en el Vedado. Ahí recogíamos los fotogramas de muchas películas de la época, ya fuera porque tiraban rollos enteros o los retazos de las ediciones manuales de los laboratorios de fotografía. Estos fotogramas se intercambiaban entre los niños, que mirándolos a trasluz comprobaban la calidad del tesoro. Estos fotogramas se podían montar en diapositivas para los curiosos o pegarlos directamente en el hierro de un proyector ruso de diapositivas para proyectarlos sobre una cartulina en la pared y dibujar sobre ella, haciendo unas reproducciones casi perfectas de actores y escenas que eran vendidos a peso y a veces hasta 1.50 en las aulas según la calidad de la hoja, si era cartulina blanca o cartulina marrón de file.

Yo mismo hacía excelentes dibujos calcados de estas proyecciones de fotogramas de las películas de karate, westerns y animados, los que fueran. A los coleccionistas les encantaba y además daba mis toques propios de claros oscuros que había oído decir por ahí y mis puntos de fuga, que también había oído decir por ahí… Pero Voltus tenía buenísima salida. Nos pagábamos la merienda y el almuerzo con esto. La competencia era sana y acordada. Mismo precio, distintos fotogramas hasta que un día arreció el mercado. Se apareció en la puerta de la escuela un señor mayor de apellido Carvajal que vendía fotos… ¡Fotos! de la película de VoltusV. Aunque estas eran mas caras, como 3 pesos, nuestro producto no se sostenía y ahí tuvimos una primera lección de mercado.

Lección comercial Nº 1: Tu producto no tardará en ser copiado y mejorado por compañías rivales.

Alguno que otro se aventuró a apedrear al señor, pero la mayoría decidimos que teníamos que adaptarnos, así que convencimos al señor que queríamos comprarle bastante fotos para poder ir a su casa y ver como lo hacía. Cuando fuimos, los integrantes de nuestra corporación de foticos de VoltuV vimos impávidos como el señor nos mostró amablemente el proceso. No tenía maldad comercial o sabía que era demasiado complicado para nosotros. Nos enseñó como positivar uno de los fotogramas en una ampliadora y después un montón de procesos químicos para imprimir la imagen en papel fotográfico común. Era demasiado complicado y costoso para nosotros. Ni de broma nuestras madres nos iban a dejar manipular nitrato de plata o como se llamase lo que usaba y mucho menos tener una habitación en nuestros magros hogares con iluminación controlada para estos menesteres. Alguno que otro arengó a comprarse la maldita ampliadora pero el resto del consejo de comerciales no lo vio factible, así que muchos de nosotros tuvimos que regresar al viejo negocio de pasar por encima de los juegos de bolas con agujeros en las suelas para, con un hábil movimiento de los dedos de los pies ir recolectando bolas que después venderíamos en 20 centavos a sus mismos dueños al día siguiente. Excepto los tiritos y cuatripaletas que esos, al no ser genéricos, podían ser reconocidos por cualquiera, pero bueno, había un procedimiento establecido para este negocio que no había fallado nunca, ni había encontrado competencia y mucho menos tan cruel como las que nos había hecho el señor Carvajal con toda su parafernalia química y técnica que nos dejó en la cuneta de la mercadotecnia cinematográfica.

Pero había uno del grupo que no se dio por vencido y buscó y buscó hasta que arreglamos con alguien del laboratorio del ICAIC que nos diera trozos de películas bastante largos y en una tienda de fotos pegábamos fotogramas hasta conseguir hacer una buena parte de la película en un rollo de diapositiva estándar para los proyectores rusos.

El estreno trascendió las fronteras del fanguito y comenzamos a vender en las ligas mayores, película de VoltusV en diapositiva con los subtítulos pegados y todo, a la astronómica cifra de 10 pesos. Cogíamos los botecitos o pomitos de las películas de diapositivas rusas y con alcohol le borrábamos el ruso titulo. Ahora el producto tenía una presentación impecable.  El negocio de las fotos fue abajo ya que en estas composiciones de diapositivas eran coleccionables auténticos de la película original, aunque la mayoría de las versiones proyectadas fueron dobladas al español en algunas se veían hasta los diálogos en los fotogramas. A 5 pesos comprábamos el rollo del extracto de la película ya editado y a 10 se vendía como por arte de magia. En aquel tiempo superó las ventas de las películas en diapositivas de Elpidio Valdés y los intercambios por todas las películas rusas. Es señor Carvajal dejó de vender sus fotos directamente.

Lección comercial Nº 2 – Consigue un buen proveedor de primera mano con la máxima calidad de producto que supere lo que está en venta.

Poco después nuestro proveedor falló. Se asustó un poco de estar cogiendo los caros rollos de 35 mm para imprimir este tipo de cosas infantiles y ya se dio por terminado la temporada de venta de foticos de VoltusV. El señor Carvajal comenzó a vender fotos del Bolo Jeun y Chuck Norris y también inició la temporada de fotos de Rambo y un personaje de Arnold el impronunciable que se cargaba a todo el mundo con su espada y sus esteroides. Nosotros volvimos al negocio de las bolas hasta que uno del grupo se le ocurrió que si las aspiraba con una cerbatana la producción de bolas robadas para reventa posterior iría en un aumento exponencial ligada a la necesidad del mercado, pero junto a las bolas aspiró varias libras de tierra en el primer día del experimento y fue hospitalizado grave por broncoaspiración sólida, de la cual tardó bastante para curarse, lo cual nos dejó una tercera ley comercial importante.

Lección comercial Nº 3 – Estudia a fondo la tecnología de todos los procesos ligados a tu producción antes de anunciar un producto, para evitar paradas improductivas y lo que es mas peligroso, la completa destrucción de los medios de producción y personal a cargo. Si no se está seguro de la introducción de nuevos cambios ¡¡No los hagas!! la casualidad nunca estuvo ligada positivamente a la innovación.

Y ahora en el 2016 un amigo me manda un link de Ebay donde venden a VoltusV que se desarma en las navecitas y todo. ¡¡Me caguen todo lo que se mueva!!! ¡¡Todos los rencores empresariales han salido a flote!! ¡¡Maldición mil veces!! ¡¡Como nunca pudimos tener este VoltusV original ¡¡Que impotencia!!

Necesitaría una máquina del tiempo para ir con este Voltus en las manos y decirle al señor Carvajal ¡¡Donde está tu dios ahora maldito!! ¡¡Donde está!! Pero el señor Carvajal no debe existir ya. Era bastante viejo en los 80s. Maldición mil veces, compraré un muñeco de estos y lo llevaré a mi tumba y en el mas allá se lo llevaré al señor Carvajal donde quiera que se encuentre y le gritaré esto:

¡¡DONDE ESTÁ TU DIOS AHORA SEÑOR CARVAJAL, DONDE ESTÁ!!!

indicadores económicos (1971-1986)

Recibo de compra de materiales de construcción
Recibo de compra de materiales de construcción

Recibo de compra de materiales de construcción. 1985. Colección Cuba Material.

En Catalejo, el blog de la revista TemasPrecisando hechos y datos. Acerca de los comentarios de Amuchástegui, por Humberto Pérez González:

4.1.2. Actividad pesquera

La rama pesquera se organizó en 1959 como Departamento de la Pesca del INRA y desde enero de 1964 como Instituto Nacional de la Pesca. A partir de 1976 se constituyó como Ministerio de la Industria Pesquera, derivado de los acuerdos del I Congreso del Partido Comunista de Cuba.

Según los datos y anuarios del CEE, las capturas totales que fueron en 1970 de 106,0 tm, pasaron a ser de 143,9 tm en 1975 y de 219,9 tm en 1985. La producción en la acuicultura, que apenas se iniciaba en 1970, fue ese año de 241 t, de 1046 t en 1975 y de 15 434,3 t en 1985. El consumo per cápita anual de productos de la pesca fue de 10,8 kg en 1970 y ya en 1984 llegaba a los 16,5 kg. Las exportaciones pesqueras fueron de 19,0 millones de pesos en 1970; de 52,2 en 1975, y de 120 millones en 1985. También en la eficiencia económica y productiva tuvo la pesca incrementos sostenidos en todos esos años.[1]

4.1.3. Marina mercante

En relación con la marina mercante, en 1970 la Flota Mercante Cubana tenía 51 barcos con 460.1 tm de peso muerto y en 1985 llegó a las 112 unidades con 1 161 tm de peso muerto.[2]

4.2. Sobre la vivienda.

En relación con este asunto, Amuchástegui plantea que también en los años 60 se desarrollaron varias políticas para atenuar el acuciante problema de la vivienda, que fueron abandonadas después.

En los 17 años que van de 1959 a 1975 se construyeron 255 513 viviendas de las tipologías I y II (con techo de teja o placas y paredes de mampostería u hormigón), para un promedio anual de 15 030. Sumando todas las tipologías, se construyeron 628 484, para un promedio anual de 36 970 viviendas. Entre 1976 y 1985 se construyeron 309 374 viviendas de las tipologías I y II, para un promedio anual de 30 907 viviendas. Sumando todas las tipologías se construyeron 674 607 para un promedio anual de 67 461 viviendas. Es decir, en los diez años enjuiciados desfavorablemente por Amuchástegui se construyeron 53 861 viviendas más de las tipologías I y II que las construidas en los 17 años anteriores y 46 123 más si se consideran todas las tipologías.[3]

4.3. Sobre la industria alimenticia y el consumo alimenticio

En el quinquenio 1976-1980 la producción de los renglones principales de la industria alimenticia se elevó en 14%. En el quinquenio 1981-1985 creció al 6,1% anual. El día 30 de diciembre de 1985 se publicó en la prensa que el Ministerio de la Industria Alimentaria había alcanzado las producciones más altas de su historia en catorce productos fundamentales. Utilizando dos indicadores sintéticos relacionados con este punto, como el consumo de calorías y proteínas per cápita, vemos que mientras en 1975 se consumían 2 622 calorías per cápita, en 1985 ascendía ya a casi 3 000 calorías, y mientras en 1975 se consumían 71,4 gramos de proteína per cápita, 32,8 de ellas de origen animal, en 1985 el consumo era de 79 gramos con 36,2 de origen animal.

4.4. Sobre el mantenimiento constructivo

El mantenimiento constructivo, incluyendo el de viviendas, estuvo siempre entre las prioridades de la planificación y de la asignación de recursos en el período 1976-1985. Desde el primer momento se estableció de manera directiva que los órganos locales del Poder Popular (provinciales y municipales) debían destinar como mínimo 70% de los recursos constructivos que se les asignaran al mantenimiento constructivo y solo 30 % como máximo a nuevas inversiones. Al mantenimiento se destinaron recursos por 76, 7 millones de pesos en 1977 y fueron aumentando significativamente hasta llegar, en 1985, a 415,8 millones de pesos, para una tasa anual de crecimiento de 27%, mientras que la producción bruta total de construcciones en ese mismo período lo hacía en 7,3%. Desde los primeros años se le comenzaron a vender libremente a la población importantes cantidades de cemento y otros recursos para el mantenimiento y la construcción de viviendas por medios propios, cifras que fueron aumentando significativamente cada año.[4]

En el período precedente, es decir en el decenio de 1966 a 1975 (todo a precios fijos de 1965), la economía en su conjunto tuvo un crecimiento promedio anual de 5,2%, logrado sobre todo por el crecimiento ocurrido en 1971-1975. Pero tuvo lugar a través de frecuentes altibajos y con una gran heterogeneidad sectorial.

En cuanto a la eficiencia económica en 1966-1970, la productividad neta del trabajo decreció y en 1970 era 12% inferior a la de 1967 y 2% inferior a la de 1965.

Las exportaciones en 1969 eran inferiores a las de 1960 y en 1975 eran escasamente 3% superiores a las de dieciséis años antes. Solo en cuatro años de ese período las exportaciones estuvieron por encima de las de 1960, mientras las importaciones crecieron sostenidamente en todos esos años, en el decenio 66-75 lo hicieron a 9,5% anual, llegando en 1975 a ser 2,6 veces superiores a las de 1960 y 2,5 veces a las de 1965.

A diferencia de lo anterior, la economía en el período 1971-1985 (medida a precios fijos de 1981) tuvo un crecimiento sostenido que abarcaba a todos los sectores. Alcanzó un crecimiento de 5,3% anual en 1976-1985, y en el quinquenio 1981-1985 fue de 7,2%. A cuenta de la productividad se obtuvo como promedio en el decenio más de 60% del Ingreso Nacional, y en 1985 representó 75,3%. El coeficiente del consumo productivo con respecto al Ingreso Nacional pasó de 0,97 en 1975 a 0,90 en 1985.

En la producción de azúcar crudo el consumo de petróleo era en 1976 de 2,1 galones por cada tonelada de caña molida; en 1980 se había reducido a 1,0 galón y en los últimos anos del quinquenio 81-85 se logró suprimir completamente el consumo de petróleo utilizando en su lugar el bagazo como combustible. En general, en 1984 se consumía 15% menos de energía total y 16% menos de petróleo y derivados que en 1975 para producir un peso de PIB.

En cuanto al sector externo (también a precios fijos de 1981), las exportaciones de bienes crecieron al 4,5% anual en 1976-85 y en el quinquenio 1981-85 al 8,2%, mientras tanto las importaciones de bienes del 76 al 85 crecieron a solo 2,5% promedio anual. En el quinquenio 1981-85, a precios fijos (es decir en términos físicos), las exportaciones crecieron cuatro veces más que las importaciones

En toda la historia anterior de la Revolución, medidas a precios fijos, nunca las exportaciones habían crecido más que las importaciones. En 1975, las importaciones representaban 31,3% de la producción total del país y 61,6% del ingreso nacional creado. En 1985, representaron 23,5% y 43,7% respectivamente.[5]

Ir aquí para leer todo el artículo.

los inventos, la moda y las UMAPs

UMAP
Imagen tomada de internet.

Imagen tomada de internet.

En el número 44 de Cuban Studies, entrevista realizada por Abel Sierra Madero a una de las psicólogas que trabajó en la rehabilitación de los homosexuales recluidos en la UMAP:

Esos que tenían conducta tan aspaventosa, ellos hacían allí concursos y nos invitaban a nosotros— los guardias no se tenían que enterar: rompían los mosquiteros, raspaban los ladrillos para echarse en la cara, raspaban las cazuelas para pintarse el pelo de negro, se hacían tremendos trajes con los mosquiteros y hacían desfiles de moda.

Ver dossier con artículos sobre las UMAP publicado por la prensa cubana, preparado por Manuel Zayas.

También en el número 44 de Cuban Studies, en el artículo de Sierra Madero “‘El trabajo os hará hombres.’ Masculinización nacional, trabajo forzado y control social en Cuba durante los años sesenta”:

 La “comunidad” homoerótica dentro de las UMAP desarrolló varias estrategias para contrarrestar el proceso de masculinización surgió una especie teatro de resistencia en las algunas unidades. Las “locas”, dice Santiago, hacían shows de travestis en los que se representaban películas mejicanas y algunos imitaban a las vedetes nacionales como Rosa Fornés y las del ámbito internacional como Tongolele, Ninón Sevilla y Carmen Miranda. La creatividad era tal que teñían mosquiteros con sustancias médicas como el mercurocromo, violeta genciana y azul de metileno. De esta manera decoraban el rústico escenario y se auxiliaban de otros materiales como sacos de yute y sogas para hacer pelucas, manillas hechas de semillas, latas de aceite en función de tambores y se maquillaban las pestañas con betún negro para limpiar zapatos y la sombra la recolectaban del hollín de las cazuelas, polvo de ladrillo. (Sierra Madero: 336)

 

toallero expandible

toallero expandible
Toallero. 1980s. Foto 2014. Vedado.

Toallero. 1980s. Foto 2014. Vedado. Colección Cuba Material.

Antes de que desapareciera la URSS, el discurso oficial del estado cubano repetía que el país marchaba hacia el progreso y la modernización, y algunos bienes de consumo debieron convencer al pueblo de la veracidad de tal pronunciamiento. Los toalleros expandibles anunciaban una industria mucho más adelantada que la nuestra en detalles tan simples como el acabado industrial o la cobertura de cada uno de los delgados travesaños con un material plástico para evitar la corrosión. También solucionaban parcialmente los problemas de espacio y funcionalidad de los baños causados por el incremento del tamaño de los núcleos familiares, hinchados para acomodar familias de tres generaciones y más de una decena de miembros en viviendas construidas para familias nucleares.

administrando la ciudad de La Habana (1976-1985), entrevista a Oscar Fernández Mell

La Cuidad de La Habana
La Cuidad de La Habana

La Cuidad de La Habana en la primera mitad del siglo XX.

En Temas: “Me pongo a disposición de ustedes, han sido elegidos miembros del Comité Central.” Entrevista a Oscar Fernández Mell:

RH: ¿Cómo eran las relaciones entre el gobierno, o sea, el Poder Popular y el Partido en una ciudad como La Habana, en ese período posterior a 1976?

(…) OFM: En los diez años que fui alcalde de La Habana, lo que nos ocupamos de hacer, primero, fue el Plan de desarrollo perspectivo de la ciudad, que se aprobó por el Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros. Después que yo salí, se abandonó un poco, no sé qué ha pasado, no se ha seguido, a pesar de que estaba aprobado por el Consejo de Ministros.

Todas las áreas de la vida de La Habana tratamos de incluirlas en el Plan perspectivo. Por ejemplo, el acueducto. Buscamos la manera de que el acueducto de La Habana, que son varios acueductos, se unieran y hacer uno solo, interconectarlos de manera tal de que las líneas tuvieran presión positiva, que es lo único que evita que se contamine. Si las líneas están siempre llenas de agua, no entra la contaminación. En cuanto tú tienes que estar cerrando para darle agua a otro lado, se produce una presión negativa, y se absorbe todo lo que está alrededor. Y cuando son tantos kilómetros, pues hay mucho chance de que se contamine.

La otra dirección en que trabajamos para mejorar el abasto de agua, que es muy importante, fue en suavizarla. El agua de La Habana es muy dura, tiene muchos carbonatos. De manera que cuando pones una llave nueva, a los seis meses, ya casi no cierra. En los países donde se suaviza el agua, los herrajes duran toda la vida; aquí están todos llenos de sarro, tienes que estarlos zafando, se le echan a perder las zapatillas, y la botadera de agua es muy grande. Hay dos mecanismos que se usan en el mundo. Uno es la planta central para suavizar el agua, que es cara. La vi en la ciudad de Atlanta, en Estados Unidos. El otro es el que se usa en Londres, donde te venden unos aparaticos que tú los pones en la entrada de la casa; cada tres meses, le echas un cartuchito de sales, y te suavizan el agua.

En cada área de necesidades, teníamos un Plan perspectivo. Por ejemplo, cuando yo llegué a hacerme cargo de la alcaldía, para recoger la basura había diez camiones.

RH: ¿Nada más, diez camiones?

OFM: Diez camiones. Y cuando yo me fui, dejé ciento cincuenta. Claro, yo tenía amigos. El alcalde de Berlín era un gran amigo de Cuba, así como el de Praga, y el de Moscú, Prómilov, que nos ayudaban muchísimo. Los primeros contenedores de basura que vinieron, que no eran de plástico, sino de lámina, me los mandaba el alcalde de Berlín. Los camiones de recoger basura, marca Skoda, algunos me los mandaba el alcalde de Praga. Y Prómilov me ayudaba en todo, sobre todo cuando venía aquí a visitarnos y se reunía con los organismos: “La ciudad tiene que tener una organización”. Eso me ayudaba. Porque en la capital todos los ministros querían hacer lo que estimaban pertinente. Porque en todos los países del mundo, el alcalde es el que manda en la ciudad, no el gobierno central. En Moscú, era Prómilov el que mandaba. En Madrid, quien manda es el alcalde o la alcaldesa que hay en este momento, el gobierno central no se mete. Mientras que aquí, los ministros, cada uno quiere hacer lo mejor para su organismo. Y eso no es fácil, las luchas son bastante. Fidel en esto me ayudó.

Nosotros no sólo actuamos, sino teníamos un plan perspectivo de desarrollo de cada una de las cosas. Por ejemplo, en Planificación Física estaba Gina Rey, que era una mujer muy preparada, y también muy valiente. Tenía conmigo a Maximiliano Isoba, el mejor ingeniero calculista que ha dado este país; y el profesor Menéndez, el padre de todos los ingenieros civiles. Además de Mario Coyula, que era el Arquitecto de la ciudad. Ese era el equipo mío de trabajo, en construcción, mientras estuve en La Habana.

Algo que aprendí con el Che fue a rodearme de gente que supiera mucho más que yo. El Che no le tenía temor a eso. Cuando lo nombran presidente del Banco Nacional, sin ser economista, se rodeó de los mejores financieros y economistas. Y empezó a dar clases con [Salvador] Vilaseca. Se hizo economista, y después él y Vilaseca estudiaron matemáticas. Porque acordaron que para ser economistas hacía falta saber matemáticas. Entre los encargados del área jurídica del Poder Popular, algunos llegaron luego a integrar el Tribunal Supremo. Ese era el equipo de trabajo que fuimos desarrollando en el Poder Popular, y que era la alcaldía.

Por ejemplo, llegamos a tener en La Habana dos mil quinientas guaguas, para que trabajaran al ochenta por ciento.

RH: ¿Cuántos habitantes tenía la ciudad en esos momentos?

OFM: Dos millones, más o menos. El jefe de la Empresa de Transporte Urbano era Julio César González, que había nacido arriba de una guagua. Él había sido chofer de las guaguas urbanas. Teníamos 2500 ómnibus.

RH: ¿Esa empresa estaba subordinada al Poder Popular?

OFM: Sí, claro. Y por supuesto, las discusiones eran muy fuertes.

RH: ¿El Ministerio de Transporte cooperaba?

OFM: Cooperaba, sí. Pero no mandaba. El sistema para reparar las calles, todo era nuestro. Había que trasladar 3,5 millones de personas cada día. La única solución era el metro. Creamos el Grupo del Metro de La Habana, con asesores soviéticos de Leningrado (hoy San Petersburgo). Se llegó a hacer el estudio de una línea completa, con estaciones de pasajeros y análisis de suelos, que arrancaba desde los talleres de Naranjito, al sur de la ciudad, pasando por el Vedado, y terminaba en La Habana Vieja.

Por otra parte, llegamos a inaugurar en un año siete mil viviendas, y al siguiente seis mil, al otro cinco mil, y teníamos quince mil en ejecución como Poder Popular.

RH: Aparte de las que construía el Ministerio de la Construcción.

OFM: El Ministerio de la Construcción tenía sus obras grandes. Cuando tenía pocas obras, se dedicaba a la vivienda; y cuando no, se llevaba a los constructores. De manera que nosotros empezamos a hacer nuestras brigadas de construcción de viviendas. El principal problema de la vivienda no es la estructura, sino los muebles sanitarios, la electricidad, los picaportes, las cocinas, el sistema hidráulico, eso es lo duro, lo que más trabajo lleva.

Leer toda la entrevista aquí.

los CDR y la iglesia

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Libro litúrgico

Libro litúrgico o plegable con oración dedicada a Fidel Castro. Imagen tomada de El archivo de Connie.

En Sejourné, Laurette, and Tatiana Coll. 1980. La mujer cubana en el quehacer de la historia. Mexico: Siglo Veintiuno:

Tuvimos algunos enfrentamientos violentos, porque teníamos en la zona muchas iglesias; por ejemplo, recuerdo que en Regla concretamente, que es un barrio muy difícil y bueno a la vez, porque allí vivían muchos obreros pero había también muchas asociaciones religiosas, logias masónicas y muchos santeros, en una oportunidad trataron de sacar la procesión de la virgen de Regla, ése fue un día de lluvia muy fuerte y debajo de la propia lluvia se habían dado cita toda una serie de elementos no sólo de Regla sino de toda La Habana. Había un gran número concentrado, entonces se movilizaron todos los Comités de Defensa de la zona nuestra; aquí sí hubo necesidad de enfrentarse palo a palo con esa ralea de gusanos. Recuerdo que se contaron más de 108 cabezas rotas de elementos contrarrevolucionarios, porque te digo que incluso las mujeres que aquí en Cuba siempre fueron tan miedosas y de su casa, allí se quitaron los tacones y se enfrentaron y rompieron cabezas de estos elementos que se empeñaban de todas maneras en sacar a la virgen, aquella virgen bailando en cuatro palos en medio de la calle hasta que se fue abajo y entonces dominamos la situación y la procesión no salió. Esto no era sólo por un hecho religioso, no, eran manifestaciones contrarrevolucionarios en realidad, allí la gente no iba a rezar ni nada de eso, iba a insultar a Fidel y a la Revolución, por supuesto al pueblo que les arrebataba sus instrumentos de explotación, la procesión era para tapar . . . ellos no se resignaban a perder lo que las leyes revolucionarias les expropiaban para el pueblo. (Margot Mari Alvarez, pp. 217-8)

“Confidencial, autores firmantes”, por Coco Fusco y Lillian Guerra

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Obra de Coco Fusco en colaboración con Lillian Guerra
Obra de Coco Fusco en colaboración con Lillian Guerra

“Confidencial, autores firmantes”. Obra de Coco Fusco en colaboración con Lillian Guerra expuesta en la galería Alexander Gray Associates, en Nueva York. 2016.

Este sábado, a las cinco de la tarde, la artista Coco Fusco clausuró su exposición homónima en la galería de Chelsea Alexander Gray Associates. En la página online de la galería la artista entrevista a la historiadora Lillian Guerra a propósito de la obra Confidencial, Autores Firmantes,” en la que ambas colaboraron:

Coco Fusco: Artists have many reasons to be interested in documents and have many ways to work with them. Some create fictitious documents to elaborate on the relationship between representation and history or the relation between visuality and truth. Others hone in on the deadpan and fact-laden formal quality of documents to embrace an approach to art making that eschews embellishment or decoration. And some artists are principally interested in documents as a means of making historical information that has been ignored or suppressed visible, as was noted by art historian Hal Foster in his essay, An Archival Impulse.

Your work as a historian is deeply involved with documents of many kinds, from government records to personal ephemera to films and literature. Can you talk about how your approach to working with documents differs from that of an artist? And how does your approach change in relation to the nature of the documents that you deal with?

Lillian Guerra: One story—regardless of its source—is never representative of
the multiple dimensions of any lived reality. As a historian who has spent a lot of
time listening to old and young Cubans as well as folks like myself who were born elsewhere (i.e. “eternally aspiring Cubans”), I have often best understood a period, political culture, or simply a point of view through humor. Humor is perhaps one of the best examples of how human expressions of an individual experience or a shared, collective interpretation of a reality can be disseminated, conserved but also—within just a generation or a period of time—lost. Keeping lists of jokes, taking oral histories on everything that might occur to the interview subject regardless of my own agenda puts archival documents and other primary sources such as the press and movies or plays into conversation with each other. More importantly, that conversational process includes us, the historian/interpreter observers: it makes us part of the past and the past a part of us. That is what I consider essential to the crafting of historical texts.

I also consider the gathering, deciphering and reproduction of such “documents” critical to the creation of art, whatever its form and whatever the intention of the artist. When art is meaningful to those to whom it is directed (and Cuban art has traditionally been about explaining “us” Cubans), it speaks to our knowledge, our desire for greater knowledge, and our soul in a language we understand, a sign language to be precise.

CF: I consider your book Visions of Power to be the most detailed and trenchant account of the political struggles and projects of the first decade of the Cuban Revolution. What was the most challenging aspect in relation to the documentation of that history, which is so contested?

LG: Frankly, the greatest challenge was not gathering the sources. It was the absolute and total disbelief on the part of my friends, family and fellow intellectuals that I would actually write about them in the way that I did. I don’t consider my interpretations particularly original: in hundreds of conversations since I started going to and living in Cuba in 1996, I learned about the way in which the revolutionary state made citizens complicit in processes that did not benefit them. For example, the elimination of the independent press, a process effectively carried out by militias categorically characterized as “el pueblo uniformado” by the state, just as the army had been. Neither armed force represented the people. They represented the desire on the
part of leaders to use force to intimidate, convince, empower citizens and thereby make citizens feel they were responsible for its uses. This process was fueled by
the euphoria that accompanied the dream of radical and just change in 1959. Later,
it was policed and enforced with the creation of watch-dog groups like the block-by-block Committees for the Defense of the Revolution. Originally supposed to have been a temporary measure meant to block the United States from backing successful counterrevolution within the island, the CDRs became permanent soon after the triumph of Cuba against the CIA‐trained invaders at the Bay of Pigs/Playa Girón in 1961. Membership became a requirement of revolutionary citizenship in 1968. In short, Fidel had prophesied in the early 1960s that one day there would be no need for a state intelligence service that mimicked those of the past because citizens would all be voluntary intelligence agents, willing even to rat on themselves. By the late 1960s through the 1980s, that was true yet complicity, compliance, culpability of the citizenry in its own repression was managed, encouraged, expected by every agency of the state and the saturation of public spaces and discourse by the state. By 1975 when the new Communist Constitution eliminated autonomous civil society and mandated unanimous votes on the part of all representative bodies of the state such as the National Assembly, there were only two ways to be: either an obedient revolutionary committed to “unanimity” or a traitor. The paradox that clearly distinguished obedience and unanimity from the values of any logical idea of revolution was not addressed; it was ignored. Citizens were asked to blind themselves to the limits of their liberation and the prevalence of oppression; they were asked to justify both whenever challenged, especially by a foreigner. I wanted to explain the origins of this paradox and this blindness, define their meaning to the hegemony of the Cuban state and reveal the painful betrayal of the dream that the majority of Cubans had for their country in 1959.

CF: Obtaining access to government records in Cuba is not as straightforward a process as it is in many other countries. What restrictions are openly acknowledged? What restrictions only become apparent upon entering the libraries and archives?

LG: One must have a research visa approved and supported by a government institution specifically charged with one’s disciplinary field. For me, that is history. The best way to do historical research in Cuba is do it as one would in any other country
of Latin America—or so my non-Cubanist doctoral advisors believed. That is, to be there for a very long stretch of time, so long that bibliographers, neighbors, fellow historians and the local fruit peddler will come to trust you. Personal archives can be gold minds when they become available as are intimate, oral history interviews that last hours. However these are not only rare but need the bulwark of traditional written sources to they can be fully comprehended. The Cuban revolutionary state produced, for instance, dozens and dozens of magazines that have hardly if ever been used to access the citizens’ experience or even how policies of the state were justified and explained. Examples include Muchachas, Cuba’s equivalent of Teen Magazine in the 1980s, Cuba Internacional for the “Soviet era” of the 1970s and Granma Campesina. This latter publication was a version of Granma, the Communist Party organ specifically published for peasants from 1964–1983 during the height of small farmers’ resistance to Communist economic controls and the criminalization of an autonomous market). In addition, many officials’ speeches were no longer transcribed and published in unedited form in the government daily, Revolución (1959–1965) and Granma (1965–present). For this reason, magazines aimed and distributed specifically for militants of the Communist Party are extremely important: they said what could not have been said publicly and included many statistical and other survey data never released publicly. There was also no “hiding” or attempt to gloss the government’s commitment to surveillance and the use of informants in the official magazines of the CDRs like Con la Guardia en Alto and Vigilancia. Here the true and honest face of official endorsement of repressive tactics comes through in articles with titles such as “Un Millón de Tapabocas [A Million Mouth-Shutters].” For my work, I mesh as many of these kinds of sources together with the rare archival variety and the rich, deep memories that many Cubans have of particular moments, speeches, policies, fashions, attitudes. Ultimately, I find those memories are not only accurate but they prove so important to a process or period I am researching that, without even trying, I find references to them in my published or archival sources: the “proof” of their centrality, accuracy and meaning, for a conventionalist. The stakes in Cuba have always been very high for forgetting and most citizens know this, especially those over the age of 35. It was only in 2001 that Cuba’s National Assembly finally passed the first law authorizing the need for the conservation and declassification of government archives since 1959. Before that point, much (possibly most) post-1959 ministries’ documentation went straight to “material prima” [recycling] every five years. If it was valuable to national security, it became what professional librarians call a “dark archive”, hidden from researchers or simply unknown, unprocessed and unused. Cuba is and has been a national security state for far longer than that term has existed in this country. Consequently, if those dark archives were ever to open, one can only imagine the history inside! Every historian I know, both on and off the island, is dreaming of that day; and of being the first in line.

Fields like anthropology were entirely eliminated in Cuba in the late 1960s and
1970s when anthropological researchers whose work was supported by Fidel Castro succeeded far too well in documenting the everyday forms of dissent and dissidence that no Cuban official was willing to acknowledge. In specific terms, one can date
the turning point in the state’s view of anthropology and its methods as detrimental
to national security to 1971: in that year, a scandal erupted after the Cuban Ministry
of the Interior declared Oscar and Ruth Lewis’ Cuba project interviewing average citizens the work of the “CIA”. This was not only a false but utterly absurd claim meant to justify domestic repression of social science methods that might make public all the state needed to deny in its search for and surveillance of the goal of “unanimity” behind its policies among citizens. Critique, particularly informed critique, and access to information about how other Cubans think and feel without state mediation or intervention in the voicing of those opinions have always been the greatest threat to the stability of the Communist Party’s monopoly on power.

For all of these reasons, the political culture and state policies have combined to make researching very difficult. Knowing that an archive exists, that it supposedly renders its contents to researchers, having a research visa and then having a letter of introduction to the archive’s staff does not necessarily make any difference: you may not get to see anything in the end. However, persistence counts as does the human building of trust between researcher and purveyors of archival, library and other such sources. In the end, I am an idealist. Many people may want to deny the past but when injustices have been committed and either impunity or indignity reign, the dead are never truly dead and they are always looking for someone to bring that forgotten past back into life.

CF: The Padilla Case has long been an obsession among Latin American intellectuals. I was drawn to the story of the poet’s “confession” because of the mysteries around the documents pertaining to the case. There was a mad attempt by the Cuban government to film, transcribe and photograph Padilla confessing so as to “prove” that he chose to do so. It seems that the state first sought to produce a political drama for a foreign audience but then pulled the production from circulation. What do you think was going on with all that document production?

LG: In the late 1960s through the 1970s Fidel Castro and his ministers maintained consistently that in Cuba there was neither a need for official censorship nor secret government censors along the lines of the Batista dictatorship and any other right‐wing dictatorship so common to Latin America before and during the Cold War. Instead, as Castro and others repeatedly said, Cubans “self-censor” because they want to “protect” the Revolution from internal doubts and creeping fissures in citizens’ commitment. According to Raúl Castro, Fidel Castro and the entire pedagogical infrastructure of the Communist state during and after the late 1960s, it would be through such weak points that imperialist propaganda would do the dirty work of undermining the Revolution from within. Starting in 1968 through 1984, doubts in the legitimacy of Communism or the policies of Communist rule expressed themselves through an array of rebellion. These included styles of dress, individual critiques of policy, homosexuality, interest in foreign music, “selfish” material discontent with rationing, resistance to unremunerated “volunteer labor”, and expressions of racial consciousness that defied the state’s claim of having defeated racism. Understood as forms of counterrevolution, these attitudes and behaviors were termed “ideological diversionism” by Raúl Castro in 1968 and persecuted accordingly through purges led by the Communist Youth at academic institutions, neighborhood courts and sanctions that relied primarily on forced labor as a means of “re‐education”. One’s political compliance with party dictates, officially approved discourse and volunteer labor demands also determined the distribution of rewards such as advancement at the university, the right to purchase luxury items such as home appliances and promotion at the workplace. For this reason, when Padilla’s arrest hit the world news, the state carried out massive damage control by attempting to refute the accusations of hypocrisy and outrage to which so many leading intellectuals of the world subjected it. Until then, in fact, the majority of those who protested–including Gabriel García Márquez and Susan Sontag–had been “incondicionales del sistema”, willing to justify and gloss over its abuses as “excesses” and “errors” rather than the violations of human rights that they really were. Calling a spade a spade in Cuba then—and, to a certain degree, now—put one in the position that the Cuban state and the United States government both created simultaneously during the Cold War: political bi- polarity, either you are with us or against us. If you criticized the Cuban state for violating human rights or for ruling through repressive means rather claiming its rule as a genuine expression of the will of the Cuban people, you were likely to be accused of being a defender of Latin American dictators, a pawn of U.S. imperialism, an agent of the CIA or simply confused ideologically. Indeed, it is the experience of most Cubanists like myself that few scholars of Latin America in the United States today feel comfortable criticizing the Cuban Revolution and/or Fidel Castro. They remain sacred because without them, it is as if the historical truths about the US-backed terror-driven regimes of Argentina, Chile, Guatemala, El Salvador and others are somehow diminished. I argue that Cuba’s regime was essentially different than these regimes but it was no less guilty of many of the very kinds of crimes and processes of repression that we have traditionally only associated with the military dictatorships supported by the United States.

CF: How did you unearth the letters related to the Padilla Case?

LG: I found them by accident in the archive of the Ministry of Culture, then housed on the twelfth floor of the Biblioteca Nacional José Martí. How did I get them out of the archive in photographic form? Through the intervention of Saint Jude, of course. The Patron of Impossible Causes.

Ver la entrevista aquí, y el catalogo de la exposición, con imágenes de ésta y otras obras, aquí.

Confidencial, autores firmantes

“Confidencial, autores firmantes”. Obra de Coco Fusco en colaboración con Lillian Guerra expuesta en la galería Alexander Gray Associates, en Nueva York. 2016.

productos de belleza

Polvo facial Minuet.
Polvo facial Minuet.

Polvo facial Minuet. Colección Cuba Material.

En el libro Más belleza para ti, de Isabel de Amado Blanco, me encuentro este glosario de productos de belleza, todos con una recomendación de cómo y cuándo utilizarlos que yo me he ahorrado transcribir. Aún cuando jamás coexistieron, ni siquiera en las tiendas, recuerdo muchos de estos productos en las gavetas de mi mamá y mi abuela. Los enumero con la misma denominación con que aparecen en el libro:

Aceites de belleza: Cirene

Aceites bronceadores: Dorado, Taíno

Cremas: crema nutritiva Cirene, crema para cutis seco Cirene, crema limpiadora para cutis graso Cirene, crema para alrededor de los ojos Cirene, crema desvanecedora Cirene, crema hidratante Cirene, crema para manchas Venus, cold cream Cirene, cold cream Fiesta, crema de almendras Didier, Aquazul

Cremas dentales: crema dental Perla, crema dental Dentol

Productos para el cabello: aceite Acuarela, champú color Aloa, champú líquido Fiesta, champú jalea Alimón, enjuague suavizador Reflejo, loción anticaspa Capilex, loción capilar Rum Quinquina, loción amoldadora Reflejo, agua de portugal [sic] Reflejo, agua de portugal platinada, brillantina líquida Fiesta, brillantina en crema Reflejo, brillantina desrizadora Estilo, brillantina sólida Fiesta, crema acondicionadora Reflejo

Jabones: jabones de tocador Nácar, JP, Tú y Aquazul; jabones neutros Alameda y Atardecer; jabón para cutis normal o graso; jabón facial Venus; jabones medicinales Supergraso, Bacteriostático y de Azufre (los tres con receta médica)

Desodorantes: Odelex, Desodoral líquido y sólido, Tú, Odorama

Cremas depilatorias: cera fácil depilatoria Venus, crema depilatoria facial Venus

Limpieza del cutis: mascarilla facial Venus, loción refrescante Cirene, loción astringente Cirene

Maquillaje: creyón labial iridiscente Fantasía (11 tonos), colorete iridiscente Fantasía (polvo compacto en 7 tonalidades), sombra para los ojos iridiscente Fantasía (en polvo compacto en 9 tonos y en casquillo metálico en 10 tonalidades), creyón labial Prisma, creyón labial iridiscente Prisma, brillo labial Prisma, creyón labial Realce (11 tonos), brillo labial Realce, sombra para los ojos Realce (9 tonos no iridiscentes en polvo, 7 tonalidades no iridiscentes en casquillo plástico), delineador para los ojos Realce, máscara para pestañas Realce, maquillaje en crema Alondra, maquillaje sólido Alondra, maquillaje líquido Alondra, polvo compacto Alondra, polvo facial Cirene

Esmaltes de uñas: Fantasía (brillo final, base y 10 colores), quitaesmaltes Prisma

Perfumes: aguas de colonia masculinas aceptables para uso femenino Galeón, Colonia de Yerbas Yal y colonia Madrigal; aguas de colonia Fiesta, Fresca, Fiesta con Vetiver; extractos Fantasía, Diamante Negro, Hechizo, Recuérdame, Capricho y Secreto; perfumes de tocador Fantasía, Hechizo, Éxtasis, Recuérdame, Diamante Negro y Yaite; lociones Tú, Imágenes, Profecía, Carnaval, Fantasía, Misterio, Éxtasis, Recuérdame, Pétalos de Violeta

Aceite de belleza Cirene

Aceite de belleza Cirene. Colección Cuba Material.

Polvo facial Venus

Polvo facial Venus. Colección Cuba Material.

Cera depilatoria Cirene

Cera depilatoria Cirene. 1980s. Colección Cuba Material.

comercio capitalista y socialismo soviético

autobuses Hino
Barco de la Flota Cubana de Pesca

Barco de la Flota Cubana de Pesca. Imagen de contraportada de la revista Bohemia. 1980s. Colección Cuba Material.

Sobre ciertos elementos de la materialidad del socialismo cubano, Armando Navarro Vega, 2013. Cuba, el socialismo y sus éxodos. Bloomington, IN: Palibrio:

Aquellos días en que los taxis de La Habana eran Ford FalconChevys adquiridos en México y Argentina, o Alfa Romeo italianos, que también se emplearon como coches de patrulla de la policía; en que los autobuses eran Leyland ingleses, o Hino japonés; en que el transporte de mercancías y la recogida de basura se hacía en camiones Barreiro, EbroPegaso españoles (importados de la España de Franco, igual que la gabardina de los uniformes del Comandante); en que se adquirían fábricas y plantas completas en Europa Occidental, como el Complejo Lácteo de La Habana, de diseño exclusivo y tecnología Alfa Laval sueca; en que los tractores que se empleaban en el cultivo de los cítricos en la Isla de la Juventud eran Picolinos italianos, igual que los miles de aparatos de la marca Carpigiani para hacer helados (los llamados Frozzen) que inundaban la ciudad; en que los barcos de la Flota Cubana de Pesca y la Flota Cubana del Golfo se fabricaban y/o reparaban en Japón y en los astilleros Vascos; en que se podían adquirir de vez en cuando tubos de luz fluorescente marca General Electric (comprados en Panamá o en Canadá) en la red de distribución de productos industriales y en moneda nacional; en que aunque el grueso de las importaciones entre 1983 y 1989 provenía de la Unión Soviética y Europa Oriental, el régimen no podía renunciar a un porcentaje fluctuante aproximadamente entre el 11% y el 16% en divisas convertibles (fertilizantes nitrogenados, plantas, partes y piezas para la industria, equipamientos y tecnología occidental), porque resultaban vitales para la economía, y eran inexistentes o de pésima calidad en el campo socialista. (Pp. 54-5)

colección de cuentos para narradores de la Biblioteca Nacional

Adaptaciones de Cuentos para Niños de 5to y 6to grados. Colección Biblioteca Nacional.

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Durante la preparación de la exposición Pioneros: Building Cuba’s Socialist Childhood, mi amiga Teresa Valladares me sugirió que contactara con María del Carmen Núñez Uncal y Mayra Navarro, dos de las especialistas que, en el entonces Departamento Filológico de Narraciones Infantiles de la Biblioteca Nacional, realizaron muchas adaptaciones de cuentos infantiles publicadas por este departamento. Por correo electrónico, ambas me hicieron llegar sus experiencias. Les he pedido permiso para publicarlas:

Te respondo con relación a lo que solicitas. Desgraciadamente en la Biblioteca Nacional desapareció el Departamento Juvenil y con ello prácticamente toda la colección. Inicialmente mandaron mesas, sillas, computadoras y parte de la colección a la Casa de la Cultura de Plaza pero un tiempo después se determinó reabrir Juvenil en la Biblioteca y un buen día lo recogieron todo, lo llevaron para allá y empezaron una construcción que jamás se terminó. No sé dónde fueron a parar las cosas que recogieron. Me jubilé en diciembre del 2007 y estuve contratada dos años más impartiendo la actividad de Bebeteca a niños de 2 a 4 años, hasta el 2009. Un buen día dijeron que tenía que cumplir el horario de 8 horas y trabajar el sábado y dejé el contrato. Hasta entonces preparaba la actividad en mi casa, los materiales, la música, e iba a la biblioteca el día en que la misma se realizaba. De la biblioteca te puedo decir que esa fue mi segunda casa porque fueron 47 años ininterrumpidos los que estuve allí.
De la publicación de las adaptaciones de cuentos te digo que se inició en 1963 con unas adaptaciones de Eliseo Diego de cuentos famosos de la literatura infantil. Estaban impresos en unas hojas sueltas y los había en los tres niveles [se refiere a 1ro y 2do grados, 3ro y 4to grados, y quinto y sexto grados]. Allí también comenzaron los artículos de Teoría y Técnica del Arte de Narrar que después conformaron los folletos.
En forma de folleto se iniciaron en 1966 en tres niveles: 1ro y 2do, 3ro y 4to y 5to y 6to grados y Teoría y Técnica del Arte de Narrar. Se llamaban Adaptaciones de Cuentos para Niños de… (y los grados correspondientes). En aquel entonces éramos un departamento independiente y se llamaba Departamento Filológico de Narraciones Infantiles. Realizábamos las adaptaciones María del Carmen Garcini, Alga Marina Elizagaray, Mayra Navarro y yo (María del Carmen Núñez Uncal).
De 1ro. y 2do. se publicaron 10 folletos, el último en 1984.
3ro y 4to fueron 9, el último en 1977.
5to y 6to, sólo 7 y el último también en 1977.
De Teoría y Técnica se hicieron 6 folletos, el último fue en 1973.
En 1983 se hizo un folleto de Adaptaciones para Nivel Prescolar. De los cuentos publicados para 1ro. y 2do. se seleccionaron aquellos que por sus características se ajustaban a los intereses de niños más pequeños y se publicaron en ese único folleto.
Esas publicaciones se enviaban a las distintas bibliotecas de la Red Nacional de Bibliotecas y se obsequiaban a maestros primarios, educadoras infantiles y toda aquella persona que fuera a solicitarlos porque trabajaba con niños y consideraba que podían resultarles de utilidad. Esto de forma gratuita, no se comercializaban.
Espero esto responda tu interés en estas publicaciones que resultaron de tanta importancia y que desgraciadamente pasaron al olvido.
Saludos,
Menchi

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Esos folletos no se comercializaban, sino que eran distibuidos gratuitamente para las bibliotecas de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas que existía entonces y para apoyar los seminarios (así se llamaban los talleres entonces) que se impartían en la Biblioteca Nacional y a otros organismos interesados como el MINED, para las bibliotecas escolares, y también para los Círculos y Jardines Infantiles. También se entregaban a otros docentes interesados.

Los primeros textos aparecieron en unas carpeticas con las hojas como sueltos y después se hicieron los folletos COLECCIÓN TEXTOS PARA NARRADORES, en dos vertientes, la dedicada a Teoría y Técnica del Arte de Narrar y otra, la de Adapataciones de cuentos para narrar, que aparaecía en tres niveles: 1º y 2º grados; 3º y 4º, y 5º y 6º. El primer folleto de teoría salió en 1966 y se editaron en total seis hasta 1974, pero sin una periodicidad específica. En principio, más frecuentes y luego más espaciados, atendiendo a las escasez de papel y a que se daba prioridad a otros intereses, pues aún la narración oral de cuentos es algo que a muchos no les parece demasiado importante.

Esas publicaciones estaban al cuidado del Departamento de Literatura y Narraciones Infantiles, que dirigía el poeta Eliseo Diego, quien fuera mi maestro. Ese Departamento era conocido como el Filológico de Narraciones y en el trabajamos la Dra. María del Cramen Garcini, quien fuera la asistente de Eliseo; estaba yo, que era la narradora digamos que “modelo” de los talleres, porque por entonces nadie entendía bien de qué se trataba el asunto. Allí se formaron otras narradoras de las cuales quedan en ejercicio Menchi Núñez, de quien también Tere te ha dado sus datos. Trabajó también durante un período importante de tiempo la Dra. Alga Marina Elizagaray, como investigadora y adaptadora de cuentos. Al desaparecer el Departamento, Menchi y yo pasamos al Departamento Juvenil, donde continuamos haciendo LA HORA DEL CUENTO y realizando adaptaciones que se iban publicando en folletos cuando era posible, pero ya habían perdido la unidad de formato que tuvieran en principio.

Del de 1º y 2º grados se publicaron creo que un total de 10, desde el primero en 1966 hasta 1984 y de ello se encargaba Menchi Nuñez porque fue quien se mantuvo en la Biblioteca ya que yo pasé a trabajar en el Ministerio de Cultura en 1977 atendiendo los grupos de teatro para niños del país y formando actores como narradores. De 3º y 4º grados tengo 9 folletos, no sé si se hizo alguno más, tal vez Menchi pueda decirte mejor, desde 1966 hasta 1977. De los de 5º y 6º grados, el primero en 1966 y hasta el 6 en 1974.

Hace un par de años, el Dr. Jesús Lozada hizo una selección de los textos teóricos para que los narradores más jóvenes puedan acceder a información de primera mano, pues esos textos no son muy fáciles de encontrar en originales y ni siquiera ya en los folletos que están deshechos porque se publicaron en papel gaceta. Consideramos que esto era importante, porque cada cual ha ido haciendo “aportes” a su conveniencia y distorcionando los orígenes contemporáneos, con todo lo que ello conspira en contra de un arte que, como ya te dije, no se le da la verdadera importancia que tiene, aunque en los útlimos tiempos hay muchos que viven de él y a toda costa. Ese libro con la selección de aquellos textos fue publicado en papel por la Editorial Tablas / Alarcos de Cuba, en la Serie ORALIA, bajo el título El vuelo de la flecha, pero también se hizo una edición virtual que trataré de mandarte a ver si puedes recibirla por esta vía.

En el Prólogo que hice para ese libro, encontrarás otros detalles complementarios sobre la historia de la narración oral en Cuba, que debe su existencia a la Dra. María Teresa Freyre de Andrade, la primera directora de la Biblioteca Nacional después de 1959. Hay un libro publicado en 1963 que fue traducido y adaptado por la Dra. Freyre y por Eliseo Diego, que se llama El Cuento en la Educación, de la norteamericana Catherine Dunlap Cather. Ella lo publicó en 1908 y considero que fue una adelantada de la Educación por el Arte por todo lo que ese libro revela. Creo que a pesar del tiempo transcurrido sigue siendo un punto de referencia importante para quienes sean narradores orales de cuentos.

En el 1999 obtuve mi Maestría en Educación por el Arte y Promoción Sociocultural y mi tesis estuvo basada en demostrar que la narración oral de cuentos es un instrumento de la Educación por el Arte, habida cuenta de que el cuento narrado de viva voz, con todas las capacidades comunicacionales y expresivas de la palabra, la voz y los gestos, es en sí mismo una acción para la sensibilización y la formación de públicos que funciona desde edades tempranas, aún cuando los niños no sepan leer, y que alcanza a todas las edades.

Saludos cordiales, Mayra

Ver El vuelo de la flecha.

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Sentir y Hacer, conferencia de Nicolás Quintana (video)

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 Nicolás Quintana dictó esta conferencia el 7 de febrero del 2011, sobre “cómo las imágenes lo afectan a uno y lo convierten en una cosa determinada.”

las cuquitas de Gertrudis Rivalta

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Cuquitas de Gertrudis Rivalta.
Cuquitas de Gertrudis Rivalta.

Cuquitas de Gertrudis Rivalta.

Ángeles de la Torre y Lucía Cintas sobre la obra de Gertrudis Rivalta:

¿Qué ha estado buscando Cuquita-Gertrudis? ¿Qué busca? Y nos lo dice:
La medida de uno mismo.
Y para mayor evidencia sitúa en unos teatrillos de papel,frágil como el mundo de lo ilusorio, la figura que se manipula fácilmente y con la que se juega sin que,desde esa perspectiva cartesiana,pueda ella intervenir para nada (Cuquita). Como consecuencia de esa visión separada del todo a causa del yo, ilusorio y permanente, Cuquita vive mirando hacia fuera y se mide y se compara. Con todo. Con todos. Y se busca,busca su yo identitario permanente en todo y en todos. Y sufre y se pierde.Y Gertrudis mide a Cuquita con todo.Y en eso radica su ilusoria búsqueda.
Y Cuquita no “ve”: sus ojos están tapados. Y no puede hacer nada: sus manos están a la espalda. Aunque sean múltiples dedos en aparentes múltiples manos, que son la misma, que son una. Cuquita escucha las voces y los ecos y surge Matriuska,otra ilusión con otro color que tampoco le puede dar la medida porque es un reflejo equivocado, y por lo tanto no le puede ayudar. La solución para Cuquita-Gertrudis es adentrarse, ensimismarse.Investigar hasta descubrir cuál es la razón,la causa que le lleva a medirse. Siempre en el gran teatro de la vida. En el laberinto de la vida.Tratando de alcanzar un yo permanente que le dé seguridad,que elimine los automáticos e involuntarios miedos. Al final del recorrido,del paso por todos los escenarios de todos los teatros, de todas las vueltas y revueltas se ha des-ilusionado y ha encontrado lo que cada uno debe encontrar. Y no lo define, pero…

Ver un dossier sobre la obra de Gertrudis Rivalta.

televisor Krim-218

Manual de usuario. Televisor Krim 2018.
Manual de usuario. Televisor Krim 2018.

Manual de usuario. Televisor Krim 218. 1981. Colección Cuba Material.

El televisor Krim-218 de mis abuelos fue adquirido en la ferretería Variedades Vedado el 24 de julio de 1981. Costó 650 pesos. El Certificado de Garantía cubrió los desperfectos del tubo de pantalla por un año y los del resto del equipo por tres meses. Para reparaciones, les correspondía el consolidado de Línea entre 4 y 6, en el Vedado. Hace unos cinco años, mi abuelo y mi mamá decidieron deshacerse del viejo televisor Krim, en el que apenas se veían sombras.

En el 2012 “759,164 televisores en blanco y negro . . ., todos con más de 25 años de explotación”, se encontraban en funcionamiento en Cuba, según censo publicado por Café Fuerte. Para descargar el manual presione aquí.

televisor Krim 218

Certificado de propiedad de televisor Krim 218. 1981. Colección Cuba Material.

camisetas Perro

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camisetas perro
identidad corporativa de las camisetas perro

Sobre de correos con la identidad corporativa de las camisetas Perro. 1960s. Colección Cuba Material.

Cuando mi tía abuela se casó con un técnico inglés que trabajaba en Cuba en los tempranos 1960s, era secretaria en la fábrica de camisetas Perro. Poco después se mudó a Londres. En este sobre recibió la confirmación de su renuncia a su puesto laboral.

Esta famosa marca prerevolucionaria fue registrada en el registro de marcas y patentes cubano en el año 1979, siendo aprobada como marca en 1981.

Marca PERRO
     F.solicitud 10/04/1979
Camisetas atléticas de hombre, joven y niño
    Titular EMPRESA DE CONFECCIONES PUNTEX
     Estado administrativo Concedida desde 24/11/81
     Fecha registro 24/11/1981
     Fecha vigencia 10/04/1979
     Fecha expiración 24/11/2016

testimonios sobre la Escuela Ana Betancourt

plantilla de corte del programa de costura Ana Betancourt
plantilla de corte del programa de costura Ana Betancourt

Plantilla de corte del programa de costura Ana Betancourt. FMC. 1970s. Colección Cuba Material.

En Bohemia:

“La escuela se instaló en el mismísimo Hotel Nacional de Cuba, cara a cara con el malecón habanero. Miles de muchachas, procedentes de las áreas rurales, recibieron clases de corte y costura, superación cultural y una preparación esencial que las capacitaba para actuar como agentes impulsores de los cambios sociales en sus comunidades.”

“A esta escuela pronto se sumaron las de superación para las antiguas domésticas y las que prepararían a las directoras, asistentes y educadoras de otro programa de estreno: el de los Círculos Infantiles.”

* * *

Entrevista a Elsa Gutiérrez Baró, antigua directora de la escuela Ana Betancourt, en Cubarte:

(…) Después del 59 yo hice muchos trabajos que no eran propiamente de un psiquiatra, pero yo era una médica que quería colaborar y contribuir al desarrollo del país y entonces la psiquiatría quedó un poco atrás, porque era necesario un cambio social y por supuesto me integré a la Revolución.

¿Entre esos trabajos estuvo la dirección de la Escuela Ana Betancourt?

Sí. Yo no soy maestra, pero fui directora de la primera escuela del plan Ana Betancourt que comenzó a funcionar en el Hotel Nacional, a finales de 1960; éste fue un proyecto de la Federación de Mujeres Cubanas, para educar a muchachas campesinas, a partir de una idea de Fidel, que, lleno de ilusiones, quería propiciar que éstas se prepararan, mejoraran su escolaridad, aprendieran corte y costura y multiplicaran en sus lugares de origen las experiencias y conocimientos que habían adquirido. La aspiración era que enseñaran a diez muchachas de sus pueblos, lo que ellas habían aprendido.

Las alumnas venían de lugares muy distantes como el Escambray o la Sierra Maestra y eran muy diferentes a las adolescentes que yo conocía de la ciudad y me dejaban asombrada porque eran muchachas que nunca habían visto nada de la llamada civilización y además tenían muchos prejuicios.

Hay una anécdota que ilustra lo que digo; en uno de los ómnibus que las traían de sus casas y que venía por una zona alta de la carretera, una adolescente de pronto preguntó: “¿qué pueblo es ese que tiene las estrellas tan bajitas?”, se estaba refiriendo a un pequeño pueblo que tenía luces eléctricas.

Ellas se instalaron fascinadas y asombradas en el Hotel Nacional, pero estaban llenas de temores, creencias y prejuicios en cuanto a la alimentación, al aseo, a la menstruación, a casi todo; por otra parte descolgaban el teléfono para oír el aparato y salían de las aulas para subir y bajar en el elevador, tenían un extraordinario nivel de ingenuidad e ignorancia.

¿Cómo llegó a desempeñar esa dirección?

Yo era la vicepresidenta nacional de la Federación de Mujeres Cubanas cuando se fundó, y me dieron la tarea de dirigir esa escuela que empezaba en el hotel con mil alumnas, pero que se iba a ampliar hasta tener una matrícula de 10 mil o 12 mil, yo no tenía experiencia, pero lo asumí como un fuerte compromiso de que debíamos triunfar porque era el triunfo de la federación y de la Revolución.

En esta etapa ocurre la invasión de Playa Girón, ¿no afectó este hecho el funcionamiento de la escuela?

No, pero las madres venían a buscar a sus hijas, estaban aterradas pensando que les podía pasar algo allí, lejos de sus familias.

Nosotros por nuestra parte estábamos preocupados por lo que podría ocurrir y por eso le pedí a Fidel que mandáramos a las muchachas de regreso a sus hogares, para seguridad de ellas porque el hotel podía ser bombardeado y Fidel me llamó y me dijo con ese optimismo suyo: “no, no te preocupes, este problema de Girón lo vamos a resolver en tres días, y si las mandamos para sus casas, para reunirlas de nuevo, se va a perder tiempo y las clases tienen que continuar”.

Por supuesto continuamos.

¿Cuáles fueron los resultados de esa primera graduación?

Aquella fue una experiencia en la que ellas aprendieron, pero nosotras, las organizadoras, aprendimos mucho más, porque aprendimos que las personas se pueden superar y pueden modificar sus pensamientos e ideas y eso fue muy importante en el trabajo que hice posteriormente como psiquiatra.

Casi todas mejoraron su escolaridad, aprendieron a coser definitivamente y se confeccionaron las ropas que usaron en la graduación y cuando se presentaron en la Ciudad Deportiva, modelando como profesionales, aquel lugar se caía abajo de los aplausos; el triunfo fue tan hermoso que siguieron viniendo las campesinas a estudiar.

Ese primer grupo se graduó el 31 de julio de 1961 y regresaron a sus hogares con una máquina de coser para que multiplicaran lo aprendido en sus lugares. Muchas de estas muchachas, después fueron maestras, dirigentes de la FMC, algunas estudiaron Derecho, o sea la escuela les dio proyectos de vida.

¿Cuándo comenzó a dirigir la revista Mujeres?

En el año 62, la dirección de la FMC me da la tarea de convertir Vanidades, ―que era una revista hermosa pero su contenido fundamentalmente era de modas y consejos― en Mujeres para que fuese realmente una publicación donde las mujeres cubanas tuvieran una representación, tanto las campesinas, como las profesionales, las amas de casa, todas.

Yo, que nunca me he considerado escritora, que nunca había dirigido algo así, me apoyé en un buen consejo de dirección que tenía mucha experiencia, muchas de sus integrantes procedían de Vanidades y aprendí mucho allí. (…)

Continuar leyendo.

* * *

En Sejourné, Laurette and Tatiana Coll. 1980. La mujer cubana en el quehacer de la historia. Mexico: Siglo Veintiuno:

Cuando regresé, bueno, aquello fue una fiesta, todo el mundo de lo más contento por ver cómo me había superado. Yo les llevé todos mis álbumes, todas las muestras, todas las cositas que había hecho; aquello fue una emoción terrible, una fiesta al otro día con toda la gente, todo el mundo iba a la casa a verme. Habíamos llegado por la noche y tremenda bulla que todo el mundo se despertó. Todo el mundo quería saber cómo era esto por acá, que cómo nos habían tratado, que cuál era la situación nuestra acá, bueno, nos hacían preguntas. (Irma Hernández Egarza, p. 131)

Lo que fue una gran novedad fue la máquina; todo el mundo pasaba a ver la máquina y sólo hablaban de la máquina, y tú me la prestas, y yo voy a aprender a coser. La muchacha les dio las clases. Decirlo hoy día parece fácil pero verlo y vivirlo en aquella época no lo era. El valor que tenía que aquella muchacha saliera del pueblo, estudiara y volviera para enseñar. Las viejitas le decían: “Préstame la máquina para remendar . . .”, y ella decía: “No, esa máquina es para enseñar.” No se la daba a todo el mundo de miedo que la estropearan. Ellas no la tocaban si no era para enseñar, pensaban que cualquier cosa les iba a echar a perder su máquina. (Manuela Martínez, p. 132)

El Fogonero: Fidel Castro nunca fue el maquinista de la 61602

Tren local. Trinidad, Cuba. 1997.

Tren local. Trinidad, Cuba. 1997.

En El Fogonero: Fidel Castro nunca fue el maquinista de la 61602:

En un museo de La Habana se exhibe la Locomotora Insignia de los Ferrocarriles de Cuba. Es una M62-K que fue construida en Ucrania en 1975, apenas unos día antes de que entrara en la historia al arribar a la estación de Placetas, en el centro de la isla.
En una placa de broce, fijada a uno de los costados de la máquina, puede leerse: “El Comandante en Jefe Fidel Castro, conduciendo esta locomotora 61602, inauguró el primer tramo Oliver- Calabazas del ferrocarril rápido Habana- Santiago De Cuba, el “Día Ferroviario”. 29 enero de 1975. Año del Primer Congreso”.
Un ferroviario que estuvo allí (fue parte de la operación), Esteban Darias Domínguez, y otro que oyó la historia de testigos presenciales, Graciel Velázquez, sostienen un relato diferente al que cuenta la tarja. Según sus testimonios, quien condujo ese tren realmente fue Papito Villa.
Graciel, que era guardafrenos en ese momento, es uno de los que en verdad saben lo que ocurrió aquel lunes: “El coche motor 2050, un Uerdingen con dos motores Leyland, estaba acoplado a la 61602. Cuando mejor iba marchando el asunto, falla la M62-K, de lo que prácticamente nadie se percató”, dice.
“Papito Villa, maquinista del 2050, lo tenía encendido y con la agilidad y picardía que le caracterizó siempre, fue empujando a la 61602 que Fidel creía conducir como todo un experto. Esa es una de las mejores anécdotas que guardo de mis 20 años en los Ferrocarriles de Cuba”, Asegura Graciel con nostalgia.
En la portada de todos los periódicos cubanos que circularon el martes 30 de enero de 1975, aparece una foto donde Fidel Castro desciende sonriente de la 61602. Desde entonces data la leyenda de una locomotora que siempre se consideró un patrimonio nacional.
Del coche motor 2050 y de Papito Villa no se conservan fotografías.

Leer el resto del texto y ver las imágenes que lo acompañan en El Fogonero.

“Ikarus”, serie de fotografías de Alfredo Betancourt

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Portada de la serie Ikarus, de Alfredo Betancourt.
Portada de la serie Ikarus, de Alfredo Betancourt.

Portada de la serie Ikarus, de Alfredo Betancourt. Imagen tomada de la página de Alfredo Betancourt.

Alfredo Betancourt, serie Icarus (1980s). Comprar el libro aquí.

Cubanet: Vedado: de la modernidad a la barbarie

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ruinas zona baja vedado
Casas en ruinas. Zona baja del Vedado. 2012.

Casas en ruinas. Zona baja del Vedado. 2012.

En Cubanet: Vedado: de la modernidad a la barbarie:

La identidad de El Vedado peligra desde hace mucho tiempo. Esta barriada de la antigua Habana Elegante dejó de ser un museo de arquitectura moderna. Por aquí entró a Cuba la modernidad, la cual fue siempre un acento de su identidad. No solo fue un barrio fundado por familias patricias, fue también un barrio de turismo y prosperidad.

Este barrio, que germinó del bosque, hoy envejece muy mal. Es un trozo de ciudad que ya no está preparada para asimilar grandes golpes, su paisaje ha sido saqueado, deteriorado y desdibujado, dejó de ser un sitio ostentoso, y hoy sus fachadas son apenas un juego de apariencias.

Recuerdo la patria de mi infancia como un lugar habitable, un asentamiento ecológico en cuya manera de vivir se respiraba dignidad. Haber nacido en el Sagrado Corazón y ser de El Vedado impuso una etiqueta de distinción y elegancia, incluso para los más humildes.

Teresa, una guantanamera que nació en la Loma del Chivo, se impuso, desde muy joven, no regresar a su pueblo natal: “Llegué a este barrio en 1962 –testimonia-, y quedé deslumbrada por El Vedado, uno podía distinguir la personalidad propia que tenía este lugar, tenía su propio glamour, era un lugar donde se respiraba decencia. En aquel entonces, el toque de tambor, la brujería y los sacrificios de animales bajo la ceiba era algo ajeno a este lugar. Hoy esa identidad ha desaparecido y se impuso la cultura de la chancleta y el barracón”.

Con el nuevo contrato social impuesto por la inquisición revolucionaria, las costumbres y la cultura de El Vedado, como estilo de vida propio de las élites habaneras, fue amputada por decreto y sustituida por la cultura de la barbarie.

El Hotel Trotcha, los edificios Govea y Alaska, o la casa jardín de los Loynaz, son algunos de los patrimonios locales perdidos. El edificio Alaska, que pudo ser salvado, fue dinamitado, y hoy ocupa su lugar el parqueo del Comité Provincial del Partido Comunista. Es posible que corra la misma suerte el edificio del Retiro Médico, ubicado en N, entre 23 y 25. Se han perdido salas cinematográficas, como el cine Gris, y plazas culturales, como la Casa de la Cultura Checa.

Según Hilda, una habanera nacida en el barrio de Cayo Hueso, hoy muchas mansiones de El Vedado son ciudadelas: “Recuerdo que aquí no había muchos solares, entre ellos estaba el solar de los Chala, conocido actualmente como Blúmer Caliente, y el solar de Guillermina, donde la familia más conflictiva era la de Silvia, conocida como La Cochina, una blanca de cabellos y ojos oscuros que se fue del país en 1980. Pero se impusieron otros lugares, como La Mierdita, El Sopeña, el Hormiguero y el Pentágono. Se acabó la caballerosidad, el buen gusto y una ética de orgulloso sentimiento por este lugar”.

Lugares vinculados al eco de la buena cocina, como los restaurantes Varsovia, Sofía y El Jardín, así como cafeterías, La Cocinita, El Avioncito, La Piragua, La Fuente y Sol Mar, no existen ya. Otros restaurantes, como Rancho Luna, Los Andes, Vita Nuova, El Cochinito, Centro Vasco, Casa Potin, Las Bulerías, El Castillo de Jagua, La Roca, El Mandarín, Siete Mares, donde ya es muy difícil comer mariscos y pescados, o las pizzerías Cinecittá, Buona Sera y Milán. Todos son lugares grises, abandonados a su suerte.

Los pocos espacios en divisas han cancelado oportunidades para la libre diversión de la gente corriente. El Vedado Tennis, hoy círculo social José Antonio Echevarría, es una jungla en la cual la población flotante libera sus represiones e impone la guapería. El Club Sayonara es un triste almacén de viandas administrado por la Dirección Provincial de Gastronomía del Poder Popular del municipio. También desaparecieron los clubes El Escondite de Hernando y el Club Olokkú, transformado en una piloto para el consumo masivo de cervezas. El feeling se esfumó del Pico Blanco. El hospital infantil Pedro Borrás, y el de maternidad, Clodomira Acosta, esperan por ser dinamitados desde hace más de 20 años.

Mientras El Vedado continúa perdiéndose como el barrio Jardín que fue, se imponen nuevos lugares, como parte de la economía emergente: Dulcilandia, La Farándula y La Moraleja. El paseo de la Avenida de los Presidentes es el santuario de las tribus urbanas (emos, rockeros, mikis y repa). La cultura de parques también se derrumba, el Víctor Hugo (H y 21), o Medina y Menocal son hoy cementerios de animales, por las permanentes ofrendas a la ceiba de los orichas.

Desde hace mucho tiempo, El Vedado dejó de ser ese elegante caballero, intelectual, vestido de blanco con faja azul. De sus tradiciones, que constituían toda una cultura, solo nos queda el erotismo de La Rampa y el romanticismo del Malecón.

Por Juan Antonio Madrazo Luna

H/T: Walfrido Dorta, via InCubadora.