tela antiséptica bebitex

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Tela antiséptica Bebitex
Tela antiséptica Bebitex

Tela antiséptica Bebitex. 1973. Colección Cuba Material.

Cuando nació mi hija, en el 2002, el sistema de racionamiento de productos industriales me asignó algunos metros de tela antiséptica para hacer pañales y culeros de bebé. Cuando fui a comprar la tela, por insistencia de mi abuela, me la dieron doblada, sin protección o envase. Tampoco tenía etiqueta o nombre comercial. A cambio del cupón correspondiente y cierta cantidad de dinero, me llevé varios pliegos de la tela blanca con que las madres cubanas han hecho, por décadas, los pañales de sus hijos, festoneados y bordados por ellas mismas o por sus madres, abuelas, vecinas o costureras.

Cuando yo nací, en 1973, ya el gobierno cubano vendía tela antiséptica mediante una libreta de racionamiento emitida especialmente para las embarazadas y los recién nacidos. En aquella época, sin embargo, la tela antiséptica tenía nombre comercial: bebitex, y se vendía empaquetada en nylon, adornado con motivos infantiles. El empaquetamiento establecía, además, la cantidad de tela y su fabricación: cubana.

En algún momento, en las tres décadas que median entre el nacimiento de mi hija y el mío, el empaque de nylon y la marca comercial bebitex se dejaron de producir y comercializar. Los embarazos de las mujeres cubanas transcurrieron, entonces, menos adornados.

Tela antiséptica Bebitex

Tela antiséptica Bebitex. 1973. Colección Cuba Material.

medicamentos

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Frasco de Curare

Frasco de Curare. Producido y comercializado en Cuba por los laboratorios norteamericanos Merck. Pharmaceuticals. Colección Cuba Material.

En su artículo “Drug Wars: Revolution, Embargo, and the Politics of Scarcity in Cuba, 1959-1964”, originalmente leído en el Cold War Seminar organizado por la Tamiment Library de la Universidad de Nueva York, la historiadora Jennifer Lambe explora el impacto que tuvo en la vida cotidiana de los cubanos la sustitución del régimen farmacéutico capitalista por uno de naturaleza socialista, con posterioridad al triunfo de la revolución cubana. Según expresa el Resumen del texto:

La Revolución Cubana de 1959 marcó el comienzo de muchos cambios radicales, tanto socioeconómicos como políticos. Ahora bien, las convulsiones macropolíticas del momento también se manifestaron de forma concreta en las vidas de cubanos ordinarios. La repentina escasez de medicamentos diarios, vinculada estrechamente a las tensiones diplomáticas con los Estados Unidos, fue una de ellas. Este artículo rastrea las batallas transnacionales provocadas por la repentina desaparición de drogas farmacéuticas norteamericanas de los anaqueles cubanos. El material trata de entender las carencias farmacéuticas no sólo como un efecto político sino como una realidad social que proveyó un espacio para la articulación de nuevas formas de sociabilidad y políticas alrededor del cuerpo.

A principios de este año pude organizar la vitrina que antes estuvo en la consulta de mi abuelo, el doctor Leopoldo Arús Gálvez, hoy escondida en el cuarto de desahogo de su casa (antiguo cuarto de criados). Se trata, ahora, de un mueble de cristales empolvados y armazón oxidada que, desde hacía muchos años, se encontraba atiborrado de envases y frascos de medicamentos, emulsiones, colirios, tabletas, ámpulas de inyección, jeringuillas, agujas hipodérmicas, bandejas, termómetros y estuches de gasa y de algodón. Lo recuerdo, sobre todo, como el lugar donde mi abuelo guardaba una réplica de cerámica de un corazón, que de niña me gustaba pedirle que me ensañara, y que casi nunca me dejaba tocar para que no se rompiera. Y también como el lugar donde había un frasco de Curare que nunca vi, y donde sabía que había otros venenos como Estricnina y Morfina, porque mi abuelo también me lo había dicho.

En las cinco repisas de cristal del interior de la vitrina se mezclaban con total promiscuidad tres diferentes regímenes farmacéuticos: el del capitalismo, el del socialismo de estado, y el del postsocialismo. Nos tomó dos tardes a mi mamá y a mí deshacernos de la basura que por años también se acumuló en esa vitrina. Tuvimos que romper las ámpulas y destruir las pastillas vencidas para prevenir que las personas que viven de lo que recogen de los contenedores de basura las usaran o las revendieran. Separamos aquellos medicamentos que podían ser de utilidad, y mi mamá los donó al consultorio del médico de la familia. Alguna manguerita de suero y un par de guantes quirúrgicos estaban ya calcinados, y se deshicieron apenas los toqué.

Conservé, para la colección de Cuba Material, todos aquellos medicamentos del capitalismo que mi abuelo había guardado por más de cinco décadas. Se trataba, por lo general, de muestras médicas que los laboratorios farmacéuticos de entonces le hacían llegar a él y a su papá, que también era doctor. Muchos de estos laboratorios tenían sucursal en Cuba y todos los envases o frascos de medicamentos tenían diseños y tipografías deliciosas. A este grupo pertenece el pequeño frasco de Curare.

Otra gran parte del lote la componen los medicamentos producidos o comercializados por la industria farmacéutica socialista. Ahí encontré los medicamentos genéricos producidos por el Ministerio de Salud Pública (MINSAP) o importados de Europa del Este, similares al antibiótico oral Gricín, al que ya me he referido, vendidos luego de que se decretara el racionamiento d medicamentos el 11 de febrero de 1962. Aún se conservaba, por ejemplo, el envase de píldoras de medazepam, de aspecto bastante moderno, comercializado bajo la marca Rudotel por la empresa de Alemania del Este GERMED y producidas en la planta de Dresden Ver Arzneimittelwerk.

Finalmente, a estos dos regímenes farmacéuticos los completaba una serie de medicamentos que mi papá, mi hermana y, últimamente, yo hemos estado enviando a mis abuelos y mi mamá desde principios de los años 1990s. Pomos plásticos de 500 píldoras de vitaminas, Advil (o Ibuprofén), Tylenol (o Acetaminofén) y Tums para los problemas estomacales; tiras de curitas y de Alka Seltzer; pomadas para los dolores reumáticos, pastillas para dormir, laxantes y jeringuillas desechables. De estos no conservé ninguno. Mi mamá guardó para ella y para mi abuelo los que creyó necesitar.

Al final, tomé para Cuba Material las dos repisas inferiores, que aún siguen luciendo atiborradas de medicamentos. Mi mamá y mi abuelo tienen, en cambio, tres repisas limpias y despejadas para seguir guardando las medicinas que les mandamos desde acá.

Envase de tablets de Rudotel (medazepam). Producidas en la RDA por Ver Arzneimittelwerk y comercializadas en Cuba por GERMED. Colección Cuba Material.

Estuche de tabletas de Estricnina. Producidos y comercializados por el MINSAP. Colección Cuba Material.

Día de las Madres, sin flores

día de las madres
día de las madres

Foto tomada el día de las madres, circa 1980.

Esta foto, tomada, creo, un día de las madres más o menos cercano a 1980, es muy reveladora. En ella estamos mi hermana y yo sonrientes, en una mano un jarrón y en la otra una postal florida, de las que circulaban en Cuba por el día de las madres. Tengo muchas fotos en posiciones y con atuendos diferentes, pues durante toda mi infancia mi abuelo nos usó, a mi hermana y a mi, de modelos en las muchas fotos que tomó, reveló e imprimió como entretenimiento. Pero los elementos que componen esta fotografía son particularmente raros: dos búcaros de vidrio y dos postales de felicitación. Pienso que no debe haber habido flores ese día y, para “resolver”, mi abuelo organizó la composición de la fotografía con un sucedáneo: una representación de las flores.

Los vestidos que llevamos mi hermana y yo son, también, un manera de resolver la escasez. Los hizo mi mamá con lienzo, adornado con cintas bordadas que, por el diseño, parecen importadas de la URSS. A la izquierda, yo llevo “popis” o tenis deportivos, casi seguro de fabricación cubana. Mi hermana calza zapatos ortopédicos, estilo “Mary Jane”, hechos en Cuba. Así celebramos el día de las madres alrededor de 1980 mi hermana y yo.

algodón y gasa quirúrgicos

Rollo de algodón quirúrgico

Rollo de algodón quirúrgico. Hecho en la República Popular China. 1980s. Colección Cuba Material.

No recuerdo que, antes del desplome del socialismo soviético, en Cuba se vendiera el algodón en motas, como se puede comprar ahora en casi todas partes del mundo. EL algodón se vendía entonces en las farmacias, comprimido en rollos y envuelto en un papel gris, bajo la marca Snowflake. Los rollos más grandes pesaban 25 gramos y la etiqueta los identificaba como fabricados en Shanghai, en la República Popular China (esto lo decía en mandarín, en inglés, y en francés, nunca en español). La etiqueta de estos rollos de algodón también indicaba (sólo en francés) que la exportación de este producto corría a cargo de la Sociedad Nacional China de Importación y de Exportación de Productos Químicos. En la colección de Cuba Material tengo rollos de algodón de esta marca en al menos tres tamaños diferentes, todos más pequeños que el que se describe aquí aunque con igual factura y diseño.

En las farmacias cubanas de la era soviética también se podía adquirir gasa, esta última de fabricación cubana. Envasada en cajas de cartón, la gasa se vendía también en rollos, comercializados por el Grupo Especial de Materiales de Curación, una institución cubana. Se vendía a un precio de 15 centavos en su variante de 5 x 550 cm y de 40 centavos en el caso de vendas de dimensiones de 10 x 914 cm.

Venda de gasa. Hecha en Cuba por el Grupo Especial de Materiales de Curación. Colección Cuba Material.

Venda de gasa. Hecha en Cuba por el Grupo Especial de Materiales de Curación. Colección Cuba Material.

termómetros

Termómetro soviético
Termómetro soviético

Termómetro Normalgias. Hecho en la URSS. 1970s. Colección Cuba Material.

Todos los cubanos usábamos el mismo termómetro, un Normalgias fabricado en la URSS. Antes de la caída del socialismo en Europa del Este y la desintegración de la URSS también se vendieron en Cuba termómetros chinos, más pequeños y embutidos en un estuche de goma, de forma cuadrada y de color azul. Tengo la impresión de que estos últimos eran los que se usaban en los hospitales en los años 1980s. Era difícil leer la temperatura en ellos, pues los ángulos del cuerpo del termómetro no dejaban ver la barra de mercurio. Ambos termómetros se ponían en la axila para medir la temperatura.

Durante la crisis del Período Especial, en la que hasta los termómetros escasearon, éstos se vendían en la bolsa negra. Es posible que todavía se puedan adquirir así.

Termómetro soviético

Termómetro Normalgias. Hecho en la URSS. 1970s. Colección Cuba Material.

juguetes cubanos: plastilina para modelar Tainito

Estuche de plastilina para modelar Tainito
Estuche de plastilina para modelar Tainito

Estuche de plastilina para modelar Tainito. Hecho en Cuba. Colección Cuba Material.

Pocos de los juguetes que se comercializaron en mi infancia, en la década de los años 1970s, eran producidos en Cuba. Los juguetes cubanos eran los más feos, los de peor terminación o factura, los menos codiciados por los niños. Casi todos caían dentro de la categoría de “dirigidos”, la menos atractiva de las tres ideadas por el Ministerio de Comercio Interior para organizar la venta anual de juguetes.

Por eso me sorprendió encontrar un estuche de plastilina cubana con un bonito diseño y presentación. El estuche contiene varias barras de plastilina de diferentes colores, cada una envuelta en un papel encerado, y un instrumento de madera, con una de las puntas en forma de paleta, para trabajar la plastilina. Contiene, además, un manual con instrucciones e ideas sobre cómo trabajar y qué hacer con la plastilina. A juzgar por su factura y diseño, parece haber sido producido en los años 1960s.

Se trata, además, de un “juguete” muy nacionalista. El nombre, el de una de las culturas aborígenes que habitaban la isla antes de la colonización; el envase, con la imagen de un niño Taíno; y las ideas sugeridas, principalmente utensilios y objetos relacionados con el modo de vida de esta tribu, sugieren todos un interés en promover “lo nacional”, “lo cubano”. En este caso, la cubanidad es asociada expresamente con la cultura aborigen y no con la criolla o con las prácticas modernas.

En la obra On Becoming Cuban: Identity, Nationality, and Culture, el historiador Louis A. Pérez (1999) observaba que:

In October 1959 the Agricultural and Industrial Development Bank of Cuba (BANFAIC) sponsored an “Exposition of Cuban Toys,” designed “to exhort the public to buy toys produced in Cuba.” The organizers affirmed: “In addition, the social function of the toy must be stressed, for from the most distant past to the present this has been one of the principal means to promote in the child knowledge of the civilization in which he develops.” (p. 483)

Pinche aquí para ver el manual en pdf de la Plastilina para modelar Tainito.

(nota: Esta entrada es una actualización de una entrada publicada el 3 de septiembre de 2014)

estuches de jabones de tocador

Estuche de jabones Aquazul
Estuche de jabones Aquazul

Estuche de jabones Aquazul. 1980s. Colección Cuba Material.

Entre otras cosas, en el mercado paralelo se podían comprar, algunas veces, estuches de jabones de tocador. Algunos eran de fabricación nacional, como los de la línea masculina 5 PM o los de la marca Aquazul. Otros, se importaban de Europa del Este. Tal es el caso de los jabones Nautik, producidos en la RDA.

Estos jabones se compraban, casi siempre, para regalar en ocasiones especiales. A quienes cumplían años, o durante los días de los padres, las madres, o los enamorados, o incluso como detalle de cortesía con un médico a quien se quisiera agradecer.

Por regla general, una vez consumidos los jabones, se guardaban las cajas. Éstas servían para almacenar objetos o, incluso, para adornar coquetas y aparadores. La caja de jabones Nautik fotografiada en esta entrada contuvo, hasta hace pocos días, cintas de pelo importadas de la URSS, en un surtido de variados colores. Las cintas, cuidadosamente dobladas, tenían justo el ancho de la caja de jabones. Quien las guardó en ella tuvo el cuidado de señalizar la caja con el nombre de su nuevo contenido.

Estuche de jabones 5 PM

Estuche de jabones 5 PM. 1980s. Colección Cuba Material.

Estuche de jabones Nautik

Estuche de jabones Nautik. Hechos en la RDA. Donación de Mirta Suquet. Colección Cuba Material.

esencias de sabores de alimentos

Esencias de sabores de alimentos importados de Checoslovaquia
Esencias de sabores de alimentos importados de Checoslovaquia

Esencias de sabores de alimentos importados de Checoslovaquia. 1980s. Colección Cuba Material.

Cuando era niña, mi abuelo, que antes ya había hecho vino casero, a veces con uvas caletas que recogía en la playa de Jibacoa, heredó de un amigo, psiquiatra del hospital Mazorra donde él también trabajaba, un alambique de cristal. Mi abuelo comenzó entonces a destilar vino, del que obtenía un ron de sabor muy parecido al pisco peruano. Durante la década de los años 1980s fue perfeccionando su pasatiempo, que se convirtió en casi la única fuente de bebidas alcohólicas cuando llegó el Período Especial.

Parte de la mejoría fue posible porque mi tío, que solía viajar con frecuencia a Checoslovaquia, compraba allí esencias de alimentos para, con al aguardiente que mi abuelo obtenía, producir licores y brandies. Mi abuelo guardaba estos estos pequeños frascos, como todo lo relacionado con la producción de ron, como si fueran tesoros. Aún tiene las libretas donde anotaba la cantidad de aguardiente que obtenía de cada botellón de vino y el grado de alcohol que producían.

conjunto de contenedores de alimentos de la República Popular China

Set de contenedores plásticos
Set de contenedores plásticos

Set de contenedores plásticos para alimentos. Hechos en la República Popular China. 1980s. Colección Cuba Material.

En un país en donde las amas de casa acostumbraban a almacenar la comida en envases de alimentos reutilizados como contenedores, a falta de mejores opciones, este set o conjunto de contenedores plásticos de tres tamaños diferentes, fabricados en la República Popular China, representaba todo un lujo y una certeza de la modernidad que el socialismo era capaz de producir y llevar a los espacios domésticos.

A diferencia de otros productos de la industria china destinados a la exportación, cuyos envases e incluso marcas comerciales aparecen glosados en inglés, a los fabricantes de estos contenedores de alimentos no se les ocurrió traducir la información técnica que aparece en la parte inferior, que a continuación reproduzco, en mandarín, por si alguien se anima a traducirla.

Contenedores plásticos para alimentos

Contenedores plásticos para alimentos. Hechos en la República Popular China. 1980s. Colección Cuba Material.

avíos de pesca

flotadores pesca
flotadores pesca

Flotadores de pesca Znak. Hechos en Checoslovaquia. 1980s. Colección Cuba Material.

Los restos materiales del flujo de personas entre los países miembros del campo socialista y Cuba abarcan todas las esferas de la vida cotidiana. De ello dan cuenta una serie de productos de uso doméstico no suntuario que parecen distinguir estos intercambios de aquellos establecidos con los países del área capitalista. En estos últimos países, los pocos cubanos que tenían la suerte de viajar adquirían principalmente ropa y electrodomésticos. No tenían tiempo ni dinero para comprar otro tipo de artículos menos preciados.

Los técnicos, ingenieros y cuadros políticos cubanos que viajaban a Europa del Este, en cambio, también compraban, siempre que podían, ropa, calzado y electrodomésticos. Sin embargo, en sus maletas venían toda una serie de productos menos suntuarios. Quizás, debido a las mucho más limitadas variedad de la oferta de artículos de ropa y electrodomésticos, su limitada calidad y poca actualización con relación a las últimas tendencias del mercado, y las diferencias de clima. No pudiendo adquirir un buen pitusa Levis, los cubanos gastaban sus pensiones diarias en lo que pudieran conseguir.

Durante sus viajes a Checoslovaquia, mi tío compró avíos de pesca. Entre ellos, unos paquetes de flotadores pequeños, marca Znak, que se vendían por poco más de 4 coronas checas. En sus excursiones de pesquería a la costa del este de La Habana, él y mi abuelo no alcanzaron a utilizarlos todos. Hace poco encontré en su casa uno de estos paquetes sin abrir.

Asociación de Amistad Cubano China, calcomanía

Calcomanía propagandística de la Asociación Cultural Cubano China
Calcomanía propagandística de la Asociación Cultural Cubano China

Calcomanía propagandística de la Asociación Cultural Cubano China. 1960s. Foto 2017, Vedado, Ciudad de la Habana.

La Asociación de Amistad Cubano China se llamó, inicialmente, Asociación Cultural China-Cuba, nombre bajo el que fue fundada en 1959. Por años estuvo dirigida por el general retirado Moisés Sio Wong, hasta que éste falleciera en el 2010. Desde niña, esta calcomanía ha estado en una de las alas de la puerta del “cuarto de los tarecos” de casa de mis abuelos. En la otra, un sello con mensaje revolucionario, también de los tempranos 1960s. Por dentro, de una de las alas siempre ha colgado un Sagrado Corazón de Jesús, de metal ennegrecido, al que últimamente se le ha pulido el corazón desde que, a sus 99 años, mi abuelo se ha acercado a Dios y a la fe. Se encuentra entre cordeles que sostienen pomos y arandelas. Herramientas y quincallas cubren casi toda la superficie de la otra ala.

crayolas Arcoiris

Estuche de crayolas Arcoiris
Estuche de crayolas Arcoiris

Estuche de crayolas Arcoiris. Hecho en Cuba. 1980s. Donación de Meyken Barreto. Colección Cuba Material.

En Cuba, a los crayones para colorear se les llama crayola, como la marca norteamericana (igual pasa con el detergente de lavar, al que llamamos Fab y los refrigeradores, a los que decimos Frigidaire). Se les llamó así, incluso, durante el período de socialismo de estado, a pesar de la ruptura de relaciones diplomáticas y comerciales con los Estados Unidos, del embargo norteamericano, y de la sovietización de la sociedad y la economía cubanas. La marca local Arcoiris identifica correctamente las crayolas como crayones para colorear, aunque utiliza el cubanismo creyones, no reconocido por la RAE.

jabones de tocador del campo socialista

Jabón Palmier
Jabón Palmier

Jabón Palmier. Hecho en Rumanía. 1980s. Colección Cuba Material.

En los años 1980s se comercializaron en Cuba, en la variante conocida como “venta liberada” o “mercado paralelo”, jabones de tocador de mucha mejor calidad y diseño que los jabones Nácar del mercado racionado. Vendidos a precios mucho mayores que el de estos últimos, muchas familias los compraban para regalar o celebrar ocasiones especiales.

Mis abuelos guardaron algunos de estos jabones producidos en Europa del Este (RDA y Rumanía), junto a algunos Nácar, en el fondo de un closet, por tanto tiempo que los olvidaron. Ni siquiera se acordaron de ellos durante los años más difíciles del Período Especial.

Jabón Palmier

Jabón Palmier. Hecho en Rumanía. 1980s. Colección Cuba Material.

Jabón Palmier

Jabón Palmier. Hecho en Rumanía. 1980s. Colección Cuba Material.

Jabón Palmier

Jabón Palmier. Hecho en Rumanía. 1980s. Colección Cuba Material.

 

Jabón Lili

Jabón Lili. Hecho en la RDA. 1980s. Colección Cuba Material.

Jabón Lili

Jabón Lili. Hecho en la RDA. 1980s. Colección Cuba Material.

jabon Lili

Jabón Lili. Hecho en la RDA. 1980s. Colección Cuba Material.

Jabón Lili

Jabón Lili. Hecho en la RDA. 1980s. Colección Cuba Material.

Jabón Jubileu

Jabón Jubileu. Hecho en Rumanía. 1980s. Colección Cuba Material.

Jabón Jubileu

Jabón Jubileu. Hecho en Rumanía. 1980s. Colección Cuba Material.

jabon Eau de Cologne

Jabón Eau de Cologne. Hecho en la RDA. 1980s. Colección Cuba Material.

Jabón Eau de Cologne

Jabón Eau de Cologne. Hecho en la RDA. 1980s. Colección Cuba Material.

Jabón Pine Needle

Jabón Pine Needle. Hecho en la RDA. 1980s. Colección Cuba Material.

jabón Pine Needle

Jabón Pine Needle. Hecho en la RDA. 1980s. Colección Cuba Material.

el radio de la profesora invisible

Radio Agrícola II
Radio Agrícola II

Radio Agrícola II. 1970s. Donación de Pablo Argüelles. Colección Cuba Material.

A los 99 años, murió en Cuba Juana Rivero Casteleiro, conocida como Cuca Rivero o “la profesora invisible”, de quien varias generaciones de cubanos recibimos clases de música entre preescolar y cuarto grado. Dos veces por semana, las maestras y auxiliares pedagógicas traían a las aulas un radio Agrícola II (el de mi escuela era de color anaranjado) y, a la hora señalada, sintonizaban el programa de Educación Musical que se transmitía por la frecuencia de Radio Rebelde. En sus clases “invisibles”, Cuca Rivero orientaba ejercicios de vocalización y enseñaba a los niños canciones, casi siempre de contenido patriótico y “revolucionario”. A partir del curso escolar 1975-1976, el programa fue incorporado en el plan de estudios nacional como una asignatura.

En una entrevista publicada en el blog Desde Cuba, Cuca Rivero explica:

—Sí, durante 26 años ininterrumpidos impartí clases por radio en un programa llamado Educación Musical de Radio Rebelde, a los niños de toda Cuba, desde preescolar hasta cuarto grado. Tuve una etapa experimental de 1962 a 1974 y después comencé en 1975, hasta 1993. Un total de 376 escuelas del país oían ese espacio. Yo no olvido la experiencia de haberle impartido clases a maestros de música en ejercicio de las escuelas públicas, ¡gratis!, antes de 1959. Ellos solo habían estudiado piano, pero dirección coral, no. Fue algo hermoso, pero esta vivencia de mis clases por radio superaron todo lo vivido por mí en ese sentido profesoral y educativo.

“Esos programas se grababan en la EGREM. Yo dirigía un equipo excepcional de profesionales que me ayudaron en eso: la asesora literaria era Mirta Aguirre, las compositoras, Gisela Hernández y Olga de Blanck; el ilustrador, Nelson Castro; la cantante, Bertha González, y el pianista, Mario Romeu, todos estrellas. Se transmitían en mi voz, a las tres de la tarde, dos veces a la semana.

“Tampoco olvidaré que subimos al Pico Turquino, y estando allá, ante el busto de José Martí, cuando me dirigí a los niños presentes, uno de ellos gritó: ¡Esta es la profesora invisible! Le pregunté por qué lo sabía y me dijo: ‘Por su voz, porque yo oigo sus clases por el radio de mi casa’. Y es que en aquel programa siempre decía: ‘Llegó la hora de cantar y aquí estamos los profesores invisibles para enseñar a cantar, jugando’. ¡Se me salieron las lágrimas en la montaña más alta de Cuba, mirando al niño y a la vez la imagen del Apóstol que escribió La Edad de Oro! para muchachos como él”.

Radio Agrícola II

Radio Agrícola II. Donación de Pablo Argüelles. Colección Cuba Material.

cold cream Fiesta

Pomo de Cold Cream
Pomo de Cold Cream

Pomo de Cold Cream. 1980s. Colección Cuba Material.

En los años 1960s se emitió una ley que prohibía utilizar nombres en cualquier idioma que no fuera el español en los envases de alimento. El cold cream, sin embargo, continuó llamándose cold cream, a pesar de las políticas más nacionalistas de la era posrevolucionaria. El que se muestra, producido por la Empresa de Perfumería y Jabonería Suchel, fue cubanizado con la marca Fiesta, que atenúa su carácter extranjerizante. El pomo, poco atractivo si se le compara con otros envases de cosméticos de la mima época, incluso con aquellos producidos en Cuba, no deja dudas de que se trata de un producto nacional producido para ser consumido en el país.

Gricín, antimicótico oral

Tabletas antibióticas Gricín
Tabletas antibióticas Gricín

Tabletas antibióticas Gricín. 1980s. Hechas en la RDA. Colección Cuba Material.

El envase de las tabletas antimicóticas Gricín, fabricadas por el laboratorio farmacéutico VEB Arzneimittelwerk Dresden de la antigua RDA, es uno de los pocos envases de medicamentos de la era soviética en la colección de Cuba Material. Estos envases fueron diseñados a partir de normas técnicas, establecidas por la Comisión de Envases del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) de los países del Bloque del Este.

trabajo voluntario por la quincena de la Victoria de Girón

Carné de participación en la jornada de trabajo voluntario "quincena de la Victoria de Girón"
Carné de participación en la jornada de trabajo voluntario "quincena de la Victoria de Girón"

Carné de participación en la jornada de trabajo voluntario “quincena de la Victoria de Girón”. 1966. Colección Cuba Material.

Otro de los carnés entregados para dejar constancia y registro de la participación en el trabajo voluntario. En este caso, una movilización de apoyo a la “sexta zafra del pueblo”, en la que mi tío Leopoldo Arús Caraballo participó cortando caña.

Carné de participación en la jornada de trabajo voluntario "quincena de la Victoria de Girón"

Carné de participación en la jornada de trabajo voluntario “quincena de la Victoria de Girón”. 1966. Colección Cuba Material.

los coleros y la venta anual de juguetes

Reconocimiento a trabajadores del MINCIN que participaron en la venta anual de juguetes
Reconocimiento a trabajadores del MINCIN que participaron en la venta anual de juguetes

Reconocimiento a trabajadores del MINCIN que participaron en la venta anual de juguetes. 1971. Carné facilitado por Janet Vega Espinosa. Colección Cuba Material.

En 1971, los turnos para la venta anual de juguetes se repartieron por teléfono. Se dice que en La Habana fueron tantas las llamadas para adquirir un turno que las líneas telefónicas colapsaron. Algunas personas, los llamados “coleros“, se dedicaron a llamar por teléfono para conseguir turnos que después vendían. Contra ellos el estado lanzó una campaña que llevó por título “¿Quién mató a ‘Billy’ el colero?”. El tal Billy, de aspecto medio chulampín, con ropa que parece de procedencia extranjera, como también lo es su nombre, cuelga (posiblemente ajusticiado) del cable de un teléfono alcancía.

canicas de cristal

canica
canica

Canica. circa 1980. Colección Cuba Material.

¿Dónde se fabricaban las canicas de cristal con que jugaban los niños cubanos en las décadas de los años 1960s, 1970s y 1980s en Cuba? ¿Se importaban de China? ¿De la URSS? Se compraban una vez al año, durante la venta anual de juguetes que el gobierno organizaba en todas las tiendas del país durante varios días, única oportunidad en que los niños cubanos renovaban, o ampliaban, el repertorio de juguetes con el que jugarían durante los siguientes doce meses y única vez en que sus padres les regalarían juguetes a sus hijos, a menos que se arriesgaran a adquirirlos en la bolsa negra o tuvieran la posibilidad de viajar al extranjero por motivos de trabajo. Como era niña, nunca se me antojó comprar canicas con una de las escasas tres posibilidades de juguetes a que tenía derecho. Pero la forma y los colores de las “bolas”, como les decimos en Cuba a las canicas, me gustaban mucho.

trabajadores de avanzada

Diploma de trabajador de avanzada
Diploma de trabajador de avanzada

Diploma de trabajador de avanzada. 1969-1970. Donación de Ricardo Hernández. Colección Cuba Material.

El movimiento de trabajadores de avanzada era, según los define la historiadora Linda Fuller (1992, “Cuban Unions and Workers Control,” pp. 54-75 in Cuba: A Different America, editado por Wilber A. Chaffee y Gary Prevost), una fuerza de trabajadores de élite, electos en asambleas laborales. En 1969 sumaban 235,000 individuos, es decir, el 12 portento de la fuerza de trabajo del país (muchos más que los miembros del Partido Comunista). De 1969 es el más antiguo de los diplomas de trabajador de avanzada que conservo, gracias a Ricardo Hernández, quien donó a Cuba Material su colección de memorabilia política.

Diploma de trabajador de avanzada

Diploma de trabajador de avanzada. 1970-1971. Donación de Ricardo Hernández. Colección Cuba Material.

Diploma de trabajador de avanzada

Diploma de trabajador de avanzada. 1971-1972. Donación de Ricardo Hernández. Colección Cuba Material.

Diploma de trabajador de avanzada

Diploma de trabajador de avanzada. 1972-1973. Donación de Ricardo Hernández. Colección Cuba Material.

Diploma de trabajador de avanzada

Diploma de trabajador de avanzada. 1976. Donación de Ricardo Hernández. Colección Cuba Material.

Diploma de trabajador de avanzada

Diploma de trabajador de avanzada. 1979. Donación de Ricardo Hernández. Colección Cuba Material.

juguetes: granjas y camiones

Juguete Granja
juguete Granja

Juguete Granja, exhibido en la exposición Pioneros: Building Cuba’s Socialista Childhood, curada por Meyken Barreto y María A. Cabrera Arús. 17 de septiembre de 2015 – 1 de octubre de 2015. Arnold and Sheila Aronson Galleries, Sheila C. Johnson Design Center. Parsons School of Design, The New School. New York, NY. Colección Cuba Material.

La granjita era uno de mis juguetes preferidos. Ahora pienso que me gustaba porque me transportaba a un mundo diferente del trópico socialista donde vivía. Uno donde había haciendas y granjeros que tenían tractores, camiones y cosechadoras, animales de corral, estanques y pacas de heno. Y donde vivían en mansiones de dos pisos, bien delimitadas por muros de piedra, de las que sólo conocía por la literatura o la televisión.

La “granjita” me gustaba, además, porque tenía 103 piezas, con las podía entretenerme un largo rato. En mi infancia austera, la granjita fue uno de los mejores juguetes que tuve.

* * *

En Hechos de Hoy: Un camión gallego con volquete, el juguete al que aspiraba todo niño cubano, de Camilo Venegas:

Por estos días, una tres décadas atrás, las tiendas de los pueblos de Cuba se llenaban de juguetes. En su afán por cambiar todas las cosas de lugar, la revolución había removido el Día de Reyes para julio, de manera que coincidiera con la celebración de sus más importantes fechas.
Siguiendo los preceptos del igualitarismo, a cada niño nos correspondían tres juguetes: básico, no básico y dirigido. En el 75 o el 76 (estábamos en 3ro. o 4to. grado), por fin alcancé un camión gallego. Me pasé dos horas mirándolo, sin hacer nada con él.
En el Paradero de Camarones, un camión gallego de volteo -o volquete- era el mejor juguete al que se podía aspirar. El Chiqui tenía uno que llegó a cargar toneladas de fango de la zanja de su casa. Cuando el mío se sumó a las obras, reconstruimos por completo aquella vía fluvial, imprescindible en el desagüe durante los temporales. (…)

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Juguete Granja

Juguete Granja. Foto Geandy Pavón. 2015.

Nota. Una versión anterior de esta entrada se publicó en el 2013.

juguetes básicos, no básicos y dirigidos

munecos de goma
munecos de goma

Muñecos de goma exhibidos en la exposición Pioneros: Building Cuba’s Socialista Childhood, curada por Meyken Barreto y María A. Cabrera Arús. 17 de septiembre de 2015 – 1 de octubre de 2015. Arnold and Sheila Aronson Galleries, Sheila C. Johnson Design Center. Parsons School of Design, The New School. New York, NY.

He reunido aquí algunos comentarios sobre el sistema de venta de juguetes en la Cuba socialista, para en entradas posteriores ilustrar algunos de estos juguetes en particular.

En El fogonero: Básico, no básico y dirigido:

Ni Santa Claus ni los Tres Reyes Magos tenían permiso de entrada al Paradero de Camarones, por eso el que nos traía los juguetes era el camión del MINCIN (Ministerio de Comercio Interior). La fecha de entrega tampoco era el 6 de enero, sino un día de julio en el que siempre llovía y las horas se estiraban como si tuvieran un muelle en cada minuto. Una semana antes se hacía un sorteo.
Aracelia y su hijas, Nancy y Aracelita, echaba todos los números de los núcleos (que es el nombre por el que se llamaba a las familias en el borde superior de la Libreta de Abastecimiento) y los iban sacando de uno en uno. Con ese mismo orden consecutivo los niños podíamos pasar a comprar los juguetes. Mi suerte siempre fue pésima, pero en los dos últimos años me tocaron el 4 y el 2.
Con el cuatro alcancé un tren enorme, con estaciones, puentes, túneles, pasos a nivel y una locomotora con la luz encendida que pitaba al cambiar de vía. Con el 2, me compré una bicicleta de hembra (había ido una sola de varón y le tocó al 1). Básico, no básico y dirigido. Teníamos derecho a tres juguetes. El primero con un costo superior a los 6 pesos, el segundo de 2 a 6 pesos y el último, que sólo costaban centavos, era el que te dieran, de ahí su nombre tan preciso.  (…)
* * *
En esto de vivir es del carajo: Los Reyes Magos:
(…) Un día, de pronto, gracias a nuestro gran líder, los juguetes desaparecieron de las tiendas, así como la comida, que era mucho peor y se implantaron las así llamadas ¨libretas de racionamiento¨, desde ése momento, desaparecieron los Reyes Magos y los juguetes que llegaban al país, exclusivamente por esas fechas, se dividían en ¨básicos, no básicos y adicionales¨, a cada familia, según dónde viviera, la metían en una lista, que supuestamente, sorteaban a ver a quienes correspondía comprar el primer día, a quién el segundo y así, la clasificación de los juguetes la determinaba alguna oculta persona de ¨arriba¨, que decidía cuál era un juguete básico y cuál no. En general, se suponía que los básicos eran los más lindos y llamativos, los no básicos, los siguientes en el gusto y los adicionales la pura caca que sobrara.
A mi, en los dos años o tres, que participé en éste sistema, creo que el límite de edad era 12 años, después de eso, dejabas de ser niño a todos los efectos, jamás me tocó el primer día, mi mamá recorría con nosotros la tienda y nos decía que miráramos y decidiéramos qué queríamos, total, por gusto, porque al quinto día, cuando nos tocaba comprar, ya no quedaba nada que sirviera, mi año más afortunado fué uno en el que quedaba un muñequito de lo más chulo, que se suponía venía en pareja con la hembrita, pero que a esas alturas, habían divorciado sin más preámbulos, así que a mi me tocó el machito y a Ade, mi prima, la hembrita.
En esas lides, metían cualquier cosa que se les ocurriera, así que un año me tocó un tocadiscos portátil alemán de maletica, que no sería ningún juguete ni cosa parecida, y que cuando lo recibí me morí de desilusión, pero que en años subsiguientes fué uno de los objetos más útiles de la casa y una de las maravillas más recordadas por mi familia.
Roto entonces, el encanto de la infancia, las cosas se volvían más prácticas, y la gente negociaba en las calles juguetes de un tipo por otro y se hacían tratos de todo tipo.
Y no debería lamentarme, porque en años subsiguientes, los juguetes, sencillamente, desaparecieron, casi hasta hace poco, en los que los empezaron a vender de nuevo a precios prohibitivos, sin necesidad de libreta de racionamiento, pero sólo a aquellos que pudieran pagar semejante extravío. (…)
* * *
EN Baracutey cubano: Los Tres Reyes Magos. La Epifanía del Señor, por Zoé Valdés:
(…) Mamá empezó a pasar noches haciendo cola para un teléfono público. La cola para poder conseguir una llamada desde aquel aparato negro triplicaba la vuelta a la manzana. El teléfono se hallaba situado bajo las arcadas frente al Parque Habana, en la calle Muralla, junto a mi escuela primaria (hoy Fondo de Bienes Culturales, después mudaron mi escuela para la calle San Ignacio). Tampoco era fácil comunicar con el Centro desde donde se repartían los turnos que daban el derecho a comprar los juguetes del Día de Reyes, había que discar y discar, una y otra vez. A mi madre se le hinchaba el dedo de tanto meterlo en el disco descascarado. Tenía el derecho a veinte intentos, si en esos veinte intentos no lo conseguía debía volver al final de la cola, coger otro turno, dormir noches y madrugadas para que no le quitaran el puesto. A veces pagaba al de atrás de ella para que la dejara llamar hasta cincuenta veces. Todo eso sucedía tres meses antes o más, no recuerdo bien, al Día de Reyes, durante el castrismo, claro, y mientras hubo Día de Reyes.
Las madres debían dar el apellido del niño. A mí siempre me tocaba el último día, por lo de la V de Valdés, y entonces había que navegar con suerte para que en ese último día nos concedieran uno de los primeros números. Lo que nunca fue el caso. En consecuencia, año tras año, las opciones a las que pude acceder, eran las mismas, o casi…
Sólo teníamos derecho a tres juguetes por niño. El básico, el no básico, y el dirigido. El básico era el juguete más importante y caro, el no básico era el de menor importancia y menos caro, el dirigido era el impuesto por el gobierno, el que había que comprar obligatoriamente, y por supuesto, el más barato. Yo soñaba con una bicicleta y con patines, esos eran juguetes básicos, preferencialmente para varones. A las niñas nos tocaban juguetes “de niñas”, muñecas, juegos de tocadores, cocinitas, en ese orden… Cuando nos llegaba el turno de compra a mi madre y a mi ya sólo quedaban muñecas de las más baratuchas, juegos de tocadores plásticos (un espejo, un peine y un cepillo), y una cocinita de lata. Para el no básico sólo podía elegir entre el juego de parchís o el dominó, rara vez alcanzaba el de ajedrez. Y en el dirigido siempre escogía lo mismo: un juego de yaquis.
Aclaro que sólo se podía comprar en una tienda indicada por el gobierno. A nosotros nos dieron La Ferretería La Mina, junto a la casa, pero como era un lugar perdido en La Habana Vieja, los peores juguetes llegaban a esa tienda.
Una vez me tocó una muñeca española, de las que mandó el dictador Franco, para congraciarse con Castro. En otra ocasión mi madre compró el derecho a un juguete básico a la madre de Los Muchos, que no tenía dinero para gastárselo en juguetes, o se lo cambiaba por comida. En esa época debía elegir entre desayunar con leche condensada o tener una bicicleta. Por fin la tuve, me costó no sé cuántos, infinidad de desayunos, porque mi madre sacrificó la cuota de latas de leches condensada de varios meses para que la madre de Los Muchos le diera el derecho al juguete básico de uno de sus hijos. Así logré hacerme de la bicicleta, era azul y blanca, y todavía hoy sueño con ella. Con esa bicicleta recorrí La Habana Vieja completa. Incluso cuando me perdía la gente me localizaba por la bicicleta azul y blanca. Mi madre preguntaba de calle en calle: “¿No han visto a una chiquita menudita ella montada en una bicicleta blanca y azul?” Lo mismo hacían mi abuela y mi tía, cada una por su lado. Las respuestas eran siempre las mismas: “Pasó por aquí como una salación en dirección a Egido”. Egido era mi límite.
La bicicleta me fue quedando chiquita, y se fue poniendo mohosa, herrumbrosa, y entonces la heredó Pepito Landa Lora. Su padre la volvió a pintar y a engrasar. Y mi madre volvió a sacrificar otras cuotas de comida para que yo tuviera los patines. Tuve aquellos patines rusos que pesaban una enormidad, y cuando se les fastidió la caja de bolas, Cheo me construyó una chivichana, y luego una carriola, cuando la chivichana se partió en dos.
Maritza Landa Lora y yo cogimos vicio de parchís y de yaquis, con los yaquis éramos unas expertas. Armamos competencias de barrio donde nadie podía ganarnos porque tirábamos la pelota altísimo y hacíamos unas figuras y maniobras estelares con las manos, parecíamos más bien malabaristas.
De más está contarles –muchos de ustedes habrán pasado por lo mismo- que los cambalaches y el mercado negro de juguetes se acentuó a unos niveles grotescos. Entonces cambiaron el sistema por unos bombos o tómbolas a los que había que asistir masivamente, y los papelitos dando vueltas dentro de aquel aparato, eran repartidos al azar. Aunque el azar también se negociaba. A nosotros nos tocó el bombo o tómbola de la iglesia del Parque Cristo, pero ese día mi madre se había hecho Testigo de Jehová y no quería renunciar al teque de la que la había reclutado en eso, por ir a lo del maldito bombo. A mí me dio una especie de perreta, porque se trataba de mis últimos Reyes, o sea ya con catorce años nadie tenía más derecho a los juguetes. Y mi madre sacó el palo de trapear y me hizo ver las estrellas y los luceros del universo. La Testigo de Jehová ni se inmutó, por eso no creo en ellos ni en ninguno. Hasta que a mi madre se le pasaron los tragos y dejó de ser testigo de Jehová para pertenecer a otra secta, creo que la de Adventista del Séptimo Día; ella cambiaba de religión en dependencia de cómo le dieran los tragos mezclados con el Meprobamato. Total, que para mis últimos Reyes me tocaron los peores juguetes, que ya de por sí todos eran malos, porque para la época ya apenas llegaban juguetes de España ni de ninguna parte del mundo: Un juego de tocador, un dominó, y una muñequita plástica negra, que mi madre sentó en el sofá, o sea, la puso de adorno, y la que yo encontraba horrenda hasta que fui encariñándome con ella.
Después se acabaron los Juguetes del 6 de enero, también el concepto de Reyes Magos se había extinguido desde hacía ratón y queso; lo sustituyeron por dos eventos: los Planes de la Calle, aquellas recholatas festivas e ideológicas entre pioneros comunistas, y por el Día de los Niños, el 6 de julio, lo que lo aproximaba al día escogido por Castro para el Asalto al Cuartel Moncada, un 26 de julio, fecha intocable en la Cuba de los Castro. (…)
* * *
(…) El Básico, que era el juguete principal o el mejorcito, el No básico, era el juguete con menos importancia en cuanto a calidad o no sé qué, y el Dirigido, no era más que, si acaso, un juego de yakis, una suiza o algo menos que ésos dos mencionados.
El derecho a comprar los juguetes para el extinto Día de los Reyes en Cuba llegaba en forma de sorteo. Había varios días en los que tenías la posibilidad de comprarlos, pero cuando te tocara, que podía ser desde el primer día hasta el quinto o sexto. En fin, que el primer día, quizás, pudieras comprar hasta una bicicleta rusa, si es que te tocaba el número uno en la lista, pues solo llegaba una bicicleta por tienda. Luego eran otros tipos de juguetes como son: los bebés, las muñecas, los disfraces de vikingos para los varones, patines, etc. Si te tocaba el segundo día, al menos, podías soñar con algún juguete que valiera la pena, pero a partir del tercero, todo lo que quedaba eran juguetitos que no llenaban la imaginación de ningún niño.
De todas formas ya sabíamos que los Reyes Magos no existían. Habían sido expulsados de nuestros sueños, habían tenido que partir al exilio en busca de la libertad que necesitaban para repartir juguetes sin racionamiento, sin temor a la represión y sin que los llevaran a la cárcel con camellos y todo.
Pero la benevolente revolución tenía para nosotros, los niños de antaño, una forma de vender esos juguetes importados de la Unión Soviética y China, de la mejor manera que saben hacerlo: controlado, limitado y basados en la llamada igualdad social para el pueblo. Al final, todos éramos iguales, pero había otros más iguales que nosotros.
Y era así como siempre nos tocaba, a mi hermana y a mí, comprar casi el último día de la famosa venta de juguetes, donde teníamos que conformarnos con algo parecido a un juguetito que pudiera costar ahora el precio de noventa y nueve centavos en cualquier tienda de Miami. Por supuesto, aquellos estaban por debajo de la calidad de cualquiera de éstos ahora.
Y era así como “celebrábamos” el Día de los Reyes Magos, que ya no llamaban así, porque los Reyes Magos se habían convertido en opositores al régimen y cabalgaban por otras partes del mundo llevando sus sueños en bolsas cargadas al hombro, repartiendo ilusiones a otros niños que no tenían que usar pañoletas de pioneros comunistas, ni gritar consignas arcaicas llenas de odio. Nosotros, seguíamos siendo los niños cubanos que la revolución magnánimamente nos hacía llegar sus limosnas, mientras que los hijos de los dirigentes, o los “hijos de papá”, como se les conocía, tenían los mejores juguetes comprados en países capitalistas que los demás mirábamos como algo lejano e imposible y, boquiabiertos y estupefactos, no entendíamos entonces esa “igualdad social” de la que nos hablaban. (…)

incentivos laborales

Carné de emulación CTC "Año 26 de la Revolución".
Carné de emulación CTC "Año 26 de la Revolución".

Carné de emulación CTC “Año 26 de la Revolución”. 1985. Colección Cuba Material.

Durante el decimotercer congreso de la CTC, celebrado en 1973, se aprobó la combinación de incentivos morales y materiales a individuos y colectivos laborales destacados como mecanismo para estimular la producción. Los primeros consistían en broches y diplomas individuales, o estandartes en el caso de los colectivos laborales que obtenían altos índices de producción. El mayor incentivo moral era el título de Héroe del Trabajo o Colectivo Vanguardia. En cuanto a los incentivos materiales, distribuidos mediante el Plan CTC-CI, se trataba de bienes de consumo como refrigeradores, televisores, lavadoras, radios, bicicletas, máquinas de cocer, ollas de presión, y relojes de pulsera que el Ministerio de Comercio Interior entregaba a las empresas. Las empresas publicaban la lista de los bienes disponibles en el mural del centro y los trabajadores interesados en competir por alguno de los estímulos en oferta completaban una planilla en donde debían enumerar sus méritos laborales y político-ideológicos durante el período. Un comité de trabajadores del centro confeccionaba una lista con los trabajadores en competencia, en cuya jerarquía se tenían en cuenta los méritos acumulados.

Carné de emulación CTC "Año 26 de la Revolución".

Carné de emulación CTC “Año 26 de la Revolución” (interior). 1985. Colección Cuba Material.

Carné de emulación individual "15 congreso CTC".

Carné de emulación individual “15 congreso CTC”. 1984. Donación de Meyken Barreto. Colección Cuba Material.

Carné de emulación individual "15 congreso CTC".

Carné de emulación individual “15 congreso CTC” (Interior). 1984. Donación de Meyken Barreto. Colección Cuba Material.

Carné de emulación CTC "Cuba, primer país socialista de América"

Carné de emulación CTC “Cuba, primer país socialista de América”, en conmemoración de la celebración del X congreso de la Federación Sindical Mundial. 1982. Donación de Meyken Barreto. Colección Cuba Material.

Carné de emulación CTC "Cuba, primer país socialista de América"

Carné de emulación CTC “Cuba, primer país socialista de América”, en conmemoración de la celebración del X congreso de la Federación Sindical Mundial (espacio interior). 1982. Donación de Meyken Barreto. Colección Cuba Material.

Sellos de la Emulación Especial "XX aniversario"

Sellos de la Emulación Especial “XX aniversario”. Colección Cuba Material.

Sellos de emulación sindical.

Sellos de emulación sindical. Colección Cuba Material.

 

Wendy Guerra sobre la moda en Cuba

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ajustador de algodón

Ajustador de algodón, comercializado por la red minorista de comercio interior cubana. 1980s. Colección Cuba Material.

En el blog Habáname: La moda hoy en Cuba:

Éramos un país de cuello y corbata, trajes de dril, sombreros de pajilla y collares de perlas. Éramos también, un país de discreta elegancia, pobre pero acicalado, la gente se presentaba en el trabajo con su mejor atuendo, planchado, almidonado; bien zurcido.

Luego llegaron décadas de mucho sacrificio y reciclamos la moda, nos hicimos vestidos fabricados con forros de antiguos trajes, sombreamos líneas en las piernas de las mujeres con lápices de maquillaje, para crear el efecto visual de una media fina, transparente, arropando el tramo que viaja de la pantorrilla al muslo. Entraron los años duros con sus pantalones de caqui, los uniformes, las botas de trabajo y el camuflaje. No podemos olvidar los trajes Safari y los zapatos que importaban los rusos y búlgaros.  El servicio secreto se apropió de las Guayaberas, y las mujeres empezaron a salir a la calle con rolos y ropa de andar en casa. Siempre, debo decir, hubo un grupo de personas que luchó porque la moda en Cuba se trazara de modo coherente, pero contra estos diseñadores y creadores se alistó un ejército de mal gusto armados hasta los dientes con escudos creados en la realidad económica de nuestro país.

Vestir bien, para los pocos que podían, era un problema ideológico, una conducta pequeño burguesa que te señalaba de por vida.

Durante el Período Especial -que nadie aquí ha declarado oficialmente extinto-  vivimos una precariedad que daba miedo. Escaseaba el jabón y dejamos de recibir ropa interior del extranjero, la industria cubana no fabricó ni blusas, ni trajes de baño, ni abrigos o faldas, ni una sola pieza que nos pudiera abrigar, vestir, representar o distinguir como el pueblo instruido y sensible que hemos sido.

Nos quedamos desnudos frente al espejo de problemas. Los zapatos se fueron agotando y era muy complicado encontrar la vía de cómo vestir, el tema era simple, lograr andar limpio y calzado.

Los que se fueron o los que murieron nos heredaron sus pertenencias, y desde 1980, en los llamados Viajes de La Comunidad, empezamos a recibir paquetes con una moda importada que sustituyó las necesidades básicas con diseños pocas veces adecuados a nuestro clima, estilo de vida y gustos afines a nuestras aspiraciones. Los artesanos hicieron grandes aportes fabricando con creatividad y entonces empezamos a creer que la inventiva era lo máximo; ropa hecha a mano, imitación en crudo de  nuestros mayores anhelos.

¿Cómo y con qué se viste hoy el cubano?  Ahora ya con muy poca referencia sobre la moda internacional, o simplemente sin una clara idea de lo que es correcto o no llevar puesto en hospitales, oficinas, iglesias o teatros. Es muy común ver en La Habana, a personas en pantalones cortos, chancletas y topes visitando así vestidos  sitios que merecen cierta sobriedad o recato, tal vez respeto en el vestir.

El mal gusto gana y gana seguidores y los valores visuales, las etiquetas o la educación formal se ausenta de la moda cubana actual. La ropa reciclada y el mimetismo han copado nuestros cuerpos que intentan reproducir un lujo inexistente.

¿Qué se lleva hoy en Cuba?

De Miami o Panamá traen de contrabando todo lo peor, de Ecuador o de los polígonos Chinos a las afueras de Madrid, pasando por la aduana de Cuba, recibimos unos modelos espantosos que hoy distinguen la imagen de miles y miles de cubanos. Jeans bordados con  pedrería, licras fosforescentes, carteles y anuncios de todo tipo, unos raros pañuelos que se amarran al cuello luciendo estampados diversos, acompañados con zapatos de madera que suenan y se hacen sentir en los espacios públicos, así como bolsos horribles que agreden la vista, o las siempre falsas  imitaciones de carteras clásicas.

Que lo sepa de una vez Louis Vuitton, en La Habana no resulta nada caro llevar un bolso de ese nombre…

fotómetro Leningrad

Fotómetro Leningrad
Fotómetro Leningrad

Fotómetro Leningrad. Hecho en la URSS. Colección Cuba Material.

Mi abuelo era un aficionado a la fotografía. Ahora que, a sus 99 años, ya no puede hacer fotos, me ha regalado su pequeño arsenal de equipos y papeles relacionados con la fotografía. Entre ellos he encontrado los manuales y vales de compra de muchas de sus cámaras y accesorios, incluido el fotómetro soviético de marca Leningrad 7. No sé si era éste el que utilizaba para medir la luz y ajustar el lente de su cámara cada vez que nos pedía a mi hermana y a mi que posáramos para una sesión de fotos en su casa, pues he encontrado también entre sus cosas el manual de un fotómetro japonés, un Walz Coronet BII, y de un fotómetro inglés, marca Weston, modelo Master III. Los fotómetros Walz de la serie Coronet B se produjeron en 1956, según un sitio dedicado a compilar todas las marcas y modelos de estos artefactos. El Weston Master III data de entre 1956 y 1960, según el mismo sitio. Me llama la atención que teniendo estos equipos, a todas luces más sofisticados, mi abuelo aún comprara el fotómetro soviético, fabricado en 1984, un retroceso tecnológico aún si se compara con versiones anteriores de esta marca, según el articulista, quien enumera una serie de inconvenientes asociados con la serie 7.

Manual del fotómetro Coronet

Manual del fotómetro Walz Coronet BII. Hecho en Japón Colección Cuba Material.

Manual del fotómetro Weston

Manual del fotómetro Weston, modelo Master III. Hecho en el Reino Unido. Colección Cuba Material.

No tenemos recetas para los alimentos del futuro, lectura de Antonio José Ponte en NYU

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Impreso propagandístico de la Federación de Comercio de Cuba

Impreso propagandístico de la Federación de Comercio de Cuba. 1962. Imagen tomada de internet.

En el enlace siguiente puede descargarse el texto que el escritor y ensayista Antonio José Ponte leyó en la Universidad de Nueva York (NYU) en el 2013, cuando ocupaba la cátedra Andrés Bello del King Juan Carlos I of Spain Center. El texto, del que he copiado unos fragmentos, fue publicado por la revista EmisféricaNo tenemos recetas para los alimentos del futuro:

“Muy buenas, amigos televidentes. Con ustedes una vez más, como siempre, ‘Cocina al minuto’ con recetas fáciles y rápidas de hacer”. Este saludo no es mío. Pertenece al comienzo de un longevo espacio de la televisión en Cuba. Lo pronunciaba Nitza Villapol. Pero ya dicho, puedo darles a ustedes las buenas tardes, y agradecerles que estén aquí. Y agradecer, una vez más, al King Juan Carlos I de Spain Center por darme la oportunidad de hablar ante ustedes.

En 1997, la publicación de un libro me hizo viajar por primera vez desde La Habana a Miami. Mi libro se ocupaba de la gastronomía cubana, aunque extendía los ejemplos más allá del caso nacional, hasta sociedades que atravesaban escasez y racionamientos de víveres, países en guerra o en posguerra. No se ocupaba exclusivamente de secretos nacionales, puesto que en la Cuba bajo régimen revolucionario habíamos llegado a preparados semejantes a los del París sitiado de la guerra franco-prusiana o a los de la Barcelona de la guerra civil. Las carencias cubanas podían encontrar semejanzas en ejemplos de los diarios de Virginia Woolf durante los bombardeos o en un apunte londinense del poeta italiano Eugenio Montale ante el escaparate de un comercio, durante las restricciones de posguerra.

Las comidas profundas era un librito sobre la imaginación cubana al comer, acerca de la imaginación puesta en aprietos a la hora en que faltan los ingredientes. No se trataba de un libro de recetas (aunque aparecen las instrucciones para fabricar un bistec de frazada) sino, más bien, un recuento de forrajeos y trapicheos, acerca de cómo el cubano sustituía con tal de comer. De cómo no encontraba un ingrediente y lo suplía por otro, de cómo fabricaba por aproximación.

Editado por el pintor Ramón Alejandro y con dibujos suyos, en sus páginas cabía la nostalgia, el anhelo por las comidas perdidas, y eso fue lo primero que percibieron los amigos y conocidos a los que me fui encontrando. De manera que me llovieron las invitaciones a restaurantes y fondas miamenses. Y no solo por el tema del libro, sino también porque también yo llegaba de Cuba y había que calmarme a toda costa el hambre vieja.

Así que emprendimos, mis viejos y nuevos amigos y yo, excursiones antropológicas hasta la friturita de malanga o el batido de anón. Y un mediodía me encontré almorzando en unos bancos rústicos a la sombra de unos árboles, alrededor de una casa semejante a un bohío pero que llevaba el nombre de “Palacio de los Jugos”. Aquel palacio se alzaba junto a una autopista y entre los árboles podían distinguirse las cúpulas de una iglesia ortodoxa rusa. El lugar, con todas aquellas intersecciones, parecía quedar en un sueño o en un párrafo novelístico de Severo Sarduy. En él se intersectaban tantas líneas de la historia cubana: la choza de los primeros pobladores, la idea de un dios estadounidense—la carretera—y la idea de otro dios, eslavo, al que apelaban aquellas cúpulas en forma de cebolla.

Tantas intersecciones habían producido allí un punto de altísima concentración donde podían encontrarse todas o casi todas las comidas que hubiéramos dado por perdidas. Allí estaban, a un centenar de millas del país, las comidas con que soñaban los cubanos de la Isla. El exilio era, entre muchas otras cosas, una reserva gastronómica: la tierra de los ingredientes salvados y de las recetas que no se olvidan.

En Miami, entre cubanos, cualquier visitante habría estado expuesto a hospitalidades semejantes, más aun el autor de un libro dedicado a la cocina nacional. Y, puesto que en las sobremesas hablábamos de platos y llegábamos a detallar su modo de confección, no tardó en mencionarse el nombre de Nitza Villapol, que había cocinado delante de las cámaras de televisión, antes y después de 1959, en la abundancia pero también en la escasez. Y me hicieron ver en muchas casas, entre los potes de especias o encima de un refrigerador, las copias de Cocina al minuto que atesoraban.

A partir de aquellos ejemplares del recetario de Nitza Villapol habría podido fecharse la salida al exilio de cada uno de esos amigos y conocidos. No es que hubieran cargado con el libro como Eneas cargó con Anquises y los penates al salir de Troya, sino que, lejos ya de Troya, se dieron a la búsqueda de un ejemplar que fuese exactamente la misma edición por la que alguna vez se guiaran. Pues Nitza había publicado sus recetas bajo ese mismo título durante más de cuatro décadas, y mientras unos cocinaban guiándose por la primera edición de su obra, que era puntillosa en especificidades, otros lo hacían por las menos exigentes ediciones posteriores.

Cada cubano metido a cocinero tenía en Miami su Nitza Villapol. Aquellos ejemplares eran, en su mayoría, ediciones piratas o simples fotocopias. De manera que si dentro del país sustituíamos para comer, en el exilio se fotocopiaban instrucciones. La cocina cubana se salvaba gracias a la sustitución y la fotocopia.

(…)

“Las cosas empezaron a faltar”, recordó en Con pura magia satisfechos. El documental, dirigido por Constante Diego, Adriano Moreno, Iván Arcocha y otros, es de 1983. Antes de que terminara esa década Nitza Villapol aprendería a no hablar de carencias en pasado y volvería a testimoniar desapariciones. “Las cosas empezaron a faltar”: la frase podría ser el comienzo de una historia de terror, de una novela de fantasmas. “Unas faltaron de pronto”, se le escucha en el documental, “y otras faltaron poco a poco. Lo primero, así, notable, que faltó, fue la manteca, la grasa”.

Permanecer en Cuba la hizo única. Se esfumaron sus competidoras: habría que rastrear cada una de esas historias personales. “Yo no cambio el privilegio de haber trabajado en estos últimos 22 años por nada en el mundo”, reconoció en 1983. Escritora, directora, guionista y conductora televisiva, se vio obligada entonces a una cocina despojada, frugal y sin adornos. Intentó componer, a partir de muy pocas existencias, el rancho más sabroso.

Nitza Villapol hizo tres cuartos de su carrera profesional en puro páramo. Fue ascética, pero también imaginativa. Abogó por un régimen de sustituciones, dado a las metáforas, y emprendió un arte hecho de atajos y de trucos. Los nuevos tiempos la hicieron cambiar su método de trabajo. “Sencillamente, invertí los términos”, confesó. “En lugar de preguntarme cuáles ingredientes hacían falta para hacer tal o cual receta, empecé por preguntarme cuáles eran las recetas realizables con los productos disponibles.”

Hizo la cocina por la que abogan hoy tantos maestros: cocina de estación. Aunque con la salvedad de que ella trabajaba en una estación única e interminable: no verano o primavera, otoño o invierno, sino estación de la crisis.

Debió soportar, junto a la economía estatal centralizada, los prejuicios del cubano al comer. Que pueden ser numerosos, como reconocieron tantos visitantes extranjeros y como puede leerse, por ejemplo, en un libro que escribiera Ernesto Cardenal luego de su visita a Cuba en 1970. El poeta y sacerdote nicaragüense hizo notar cuántos frutos eran desaprovechados al no entenderlos como alimentos para el hombre. Mientras el país vivía una crisis de abastecimiento, mucho de lo que se comía en tierras vecinas no era considerado comible por los cubanos.

“Cocina al minuto” enseñó a la teleaudiencia lo que ciertas cocinas latinoamericanas hacen con las cáscaras del plátano verde: una suerte de ropa vieja vegetal o falsa vaca frita. Dio a conocer nuevas adquisiciones de la acuicultura, como la tilapia. Recurrió al sofrito con agua en lugar de grasa, al picadillo de gofio y no de carne, a los huevos fritos en agua o leche o tomate. Insistió en la tortilla de yogurt porque no había otra cosa que echarle a los huevos batidos. Pero es falso que Nitza Villapol enseñara a hacer bistec de una frazada de limpiar el piso, y tampoco es suya la receta de la pizza de condones derretidos en lugar de queso. Las aberraciones de su culinaria, si las tuvo, no llegaron a lo indigerible.

Se ha dicho que ella integró la comisión que estableció las dosificaciones de la libreta de racionamiento. La acusación (porque se trata de una acusación) tiene base: Nitza debió ser consultada en tanto nutricionista. Ella pudo entender como justa aquella solución: las carestías no iban a significar desigualdades sociales, y con el esfuerzo de todos iba a alcanzarse la prosperidad que prometían los clásicos del marxismo.

La mayor parte de su vida profesional transcurrió bajo sospecha de apuntalar al régimen revolucionario y de justificarlo con la confección de sus platos. Conformista como fue (todo cocinero de estación es conformista), la acusaron de complicidad con el desabastecimiento. Aunque en este punto ella demostró mayor responsabilidad que las autoridades políticas.

Cierto que compartió el optimismo de la propaganda oficial, pero no trampeó. Quien quisiera hacerse por aquellos años una idea exacta de la economía del país habría hecho mejor en atender a “Cocina al minuto” que a los noticieros televisivos y cinematográficos. Pues, mientras estos últimos mostraban cosechas exitosas que muy dudosamente llegarían a los mercados, Nitza ponía al fuego estrictamente aquello que su ayudante Margot Bacallao veía descargar de los camiones de distribución.

(…)

Resulta interesante comparar las distintas ediciones del recetario Cocina al minuto. Comparar, por ejemplo, una edición prerrevolucionaria y una posterior a 1959. Salta enseguida a la vista que la economía del nuevo régimen simplifica o hace imposibles las maneras anteriores. De una a otra edición desaparecen las especificidades, las marcas y los patrocinadores. Los huevos que exigen las recetas dejan de ser de La Dichosa, el arroz no es Gallo, el aceite no va a ser más de El Cocinero. Unos años después de 1959 no existe más que un productor y una marca: el Estado. Huevos, arroz y aceite cobran la calidad de los arquetipos. Y, dada su inalcanzabilidad, la calidad de los arquetipos platónicos.

A juzgar por el lenguaje utilizado, en esta nueva época ningún producto parecería obtenible mediante compraventa. Lo dan por la libreta de racionamiento, viene a la bodega. Lo dan: como si no fuera en venta, sino una donación benevolente. Viene a la bodega, como si el artículo tuviese autonomía de movimientos. La nueva economía logra que la comida entre en el ámbito de lo milagroso. Un litro de aceite comienza a ser algo así como un dios rubio que baja a la tierra. El país parece abastecerse en un tiempo desprovisto de conexión con el dinero. Es la emulación socialista entre brigadas lo que crea la comida, es el trabajo sin retribución alguna, voluntario, el que va a construir el socialismo.

Después de 1959, muchos ingredientes de aquellas primeras ediciones de Cocina al minuto parecían escritos en una lengua muerta indescifrable. Nitza debió desprenderse de ellos como si se tratara de detalles accesorios, de majaderías de la erudición culinaria. Tachó, con tal de reeditarse. Y agregó a las reimpresiones de sus recetas un ingrediente con el que antes no contaban: la ideología política. El lugar de la publicidad comercial empezó a ser ocupado por la propaganda de Estado. Y dispuso como epígrafe de las nuevas ediciones esta frase de Friedrich Engels: “trasguean las tradiciones en la mente de los hombres”.

Se trata de un Engels oblicuo, no muy canónico, un Friedrich Engels casi hermanos Grimm, que habla de duendes hogareños. Pero lo importante (como sabía todo el mundo) era traer a cuento, por la razón que fuera, a tan pesante autoridad. La frase de Engels era como el sellito de Kim Il Sung en la solapa del traje que se vistiera. Que quien entrara a la cocina distinguiera a la entrada la inscripción de ese nombre. A lo que habría que añadir las declaraciones políticas puestas en el prólogo del libro.

Las ediciones prerrevolucionarias de Cocina al minuto se abren con páginas de publicidad comercial. Contienen dibujos de Raúl Martínez, quien luego será traductor de la iconografía revolucionaria al pop art, cultivador de un despecífico pop en el que figuran los retratos seriales de Fidel Castro o de Ernesto Guevara. La introducción en esas ediciones anteriores a 1959 brinda consejos acerca de cómo combinar un menú y ofrece propuestas de menús para dos semanas.

La edición de 1980 conserva ese prólogo, aunque le antepone uno más extenso e historicista y suprime las propuestas de menús. Evidentemente, a comienzos de la tercera década de la era revolucionaria resulta arriesgado ofrecer pronósticos económicos incluso para un par de semanas. Y un listado de menús dejaría ver la pobreza y monotonía reinante. Descartados las propuestas de menú y los reclamos comerciales, iban a suprimirse también los dibujos de Raúl Martínez entre receta y receta. Cocinar y comer se había hecho un ejercicio grave, de adustez.

Los libros de recetas culinarias tratan, no importa cuál sea su fecha de publicación, de seducir a los sentidos. Prometen delicias, abren el apetito, empujan al consumo. Si un eufemismo llama a las obras de literatura erótica “libros de una sola mano”, los libros de culinaria podrían ser llamados “libros de las muchas puertas”. Porque hojearlos inclina a abrir estantes, anaqueles, despensas, refrigeradores, neveras, hornos y microwaves.

Desde sus inicios, Nitza Villapol se preocupó poco de lo placentero. Fáciles y rápidas de hacer, avisaba de sus recetas al inicio de cada emisión televisiva. No apetitosas, no sabrosas. No había adjetivo alguno que apuntara al apetito. Las fórmulas de Cocina al minuto se preciaban de velocidad y viabilidad. Como si el móvil en sus comienzos, la necesidad de comprarse de un automóvil, dictase aquellas obsesiones. Como si el disgusto por tener que cocinar hiciera apurar el paso y salir pronto de allí.

Incluso las ediciones prerrevolucionarias de su recetario apelaban, antes que a una vida de goce, a una vida de correcta nutrición. Nitza no dejó por escrito demasiadas muestras de su entusiasmo por la comida. Si algún júbilo tuvo venía de un equilibrio vitamínico antes que de una consistencia o un sabor. Fue una maestra severa, había en ella poco de gustosa. Y en sus introducciones y recetas no hay que buscar más que simple prosa comunicativa: Nitza Villapol no es M. F. K. Fisher.

De todo lo anterior puede conjeturarse que no le costara demasiado pasarse al sermón político. En la edición de 1980, su libro agrega razones históricas a las razones nutricionistas. Una nueva introducción recorre la historia nacional de los alimentos. Y comienza por la afirmación de que los primeros habitantes del país habían alcanzado una cultura elevada en materia de alimentos, cultura que los conquistadores españoles no supieron aquilatar. Cocina al minuto se hacía, pues, anticolonialista. Con tal de acusar al imperio español, su autora inventaba para Cuba los refinamientos de un imperio azteca o inca. Para hacer ver la tremenda soberbia de los conquistadores, adjudicaba a siboneyes y taínos la cultura que no tuvieron nunca.

Cocina al minuto se hacía antimperialista al detallar los males del intercambio económico con Estados Unidos. La industria porcina yanqui (así la llama Nitza Villapol) separaba la carne de cerdo y sus derivados para la población estadounidense y dejaba a los cubanos la manteca. “Éstos”, dice Nitza de los estadounidenses, “conocedores del valor de la carne de puerco como fuente de proteína, de alta calidad, y de vitamina B-1, vendían a Cuba, un pueblo casi analfabeto y por lo tanto en gran medida desconocedor de estas cuestiones de alimentación, y a sus gobernantes de turno nada interesados en la salud popular, una buena parte de la manteca que no consumían. Así, sin saberlo, el cubano contribuía a que sus explotadores pudieran comerse la carne de puerco y sus derivados como perros calientes, jamón, jamonada, etcétera”.

En este esquema histórico, los cubanos comían sobras como esclavos domésticos, y la economía estadounidense invadía el país con manteca de cerdo, como si se tratara del agente naranja. Nitza Villapol responsabilizaba al bloqueo (por embargo) estadounidense de todas de las carencias que existían en Cuba.

Cocina al minuto se hacía antimperialista, aunque sabía distinguir entre imperios. Condenaba al español y al estadounidense, pero cantaba las alabanzas de la harina de trigo y la amistad soviética. “Símbolo de alimento desde que el hombre comenzó a cultivar cereales, es para nosotros también una parte de la eterna deuda de gratitud hacia el pueblo de la Unión Soviética y otros países de la comunidad socialista que en los momentos más difíciles tendió su mano amiga”.

Todo el que haya frecuentado recetarios sabe que, en su mayoría, son organizados a la manera de un menú, desde los aperitivos y entrantes hasta los postres y licores. El orden de un recetario es el mismo de una carta de restaurante, aunque más frondoso. Cocina al minuto, que en sus primeras ediciones podía leerse de esa manera, presenta luego una ordenación muy diferente. Comienza, no por los aperitivos, sino por las recetas de arroz, el plato base del comer cubano, y concluye, no en los postres, sino en diversas recetas de ajiaco. Se trata de una muy extraña cena, capaz de servir un sopón a continuación de lo almibarado.

La explicación de estas transformaciones reposa en ese nuevo ingrediente con que cocina Nitza Villapol, la ideología. Friedrich Engels y la alabanza soviética, el discurso tercermundista y la teleología nacional. El ajiaco, pieza central en ese discurso de la nación que se conforma, viene de una conferencia de 1939 de Fernando Ortiz, Los factores humanos de la cubanidad. En ella Ortiz había sostenido que Cuba era, como nación, un ajiaco:

La imagen del ajiaco criollo nos simboliza bien la formación del pueblo cubano. Sigamos la metáfora. Ante todo una cazuela abierta. Esa es Cuba, la isla, la olla puesta al fuego de los trópicos… Cazuela singular la de nuestra tierra, como la de nuestro ajiaco, que ha de ser de barro y muy abierta. Luego, fuego de llama ardiente, y fuego de ascua y lento, para dividir en dos la cocedura… Y ahí van las sustancias de los más diversos géneros y procedencias. La indiada nos dio el maíz, la papa, la malanga, el boniato, la yuca, el ají que lo condimenta y el blanco xaoxao del casabe… Los castellanos desecharon esas carnes indias y pusieron las suyas. Ellos trajeron, con sus calabazas y nabos, las carnes frescas de res, los tasajos, las cecinas y el lacón… Con los blancos de Europa llegaron los negros de África y éstos nos aportaron guineas, plátanos, ñames y su técnica cocinera. Y luego, los asiáticos, con sus misteriosas especies de Oriente… Con todo ello se ha hecho nuestro ajiaco… Mestizaje de cocinas, mestizaje de razas, mestizaje de culturas. Caldo denso de civilización que borbollea en el fogón del Caribe.

Siguiendo esta observación, Nitza Villapol fija el nacimiento de la cocina cubana en el momento en que el cocido español pierde en Cuba los garbanzos y se convierte en ajiaco. Fernando Ortiz propone una metáfora y Nitza la data históricamente. Según ella, existe una cocina cubana desde que existe ajiaco, desde que el cocido español pierde sus garbanzos. El ajiaco es, en los fogones, el grito independentista de La Demajagua.

Cocina al minuto reserva sitio de culminación al ajiaco porque es recetario interesado en justificar un nacionalismo, no en planear simples cenas. En sus reencarnaciones posteriores a 1959, el libro de Nitza Villapol intenta una teleología no muy distinta a la de Cien años de lucha, el discurso que Fidel Castro pronunciara el 10 de octubre de 1968. Teleología no muy distinta a la de Ese sol del mundo moral, el volumen donde Cintio Vitier historiara una ética de la nación. (…)

El fogonero entrevista a Mario Coyula

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Edificio Naroca

Edificio Naroca (calle Línea y avenida Paseo, Vedado). 1953. Publicidad publicada en el periódico El Mundo. Colección Cuba Material.

En 1999, Camilo Venegas entrevistó al arquitecto Mario Coyula, quien entre otras cosas fue subdirector del Grupo para el Desarrollo Integral de la Capital. La entrevista fue originalmente publicada en La Gaceta de Cuba. Hace poco, Venegas publicó esta entrevista en su blog, El Fogonero: MARIO COYULA: “Mis amores con La Habana”:

Empecemos por trazar un límite, una línea de partida: ¿qué importancia tenía como conjunto arquitectónico La Habana en 1959?

Yo creo que esta ciudad tenía una gran importancia, lo que no estoy seguro es de que si todos estábamos conscientes de esa importancia. Después del triunfo de la Revolución en la mayoría de los arquitectos primaba la idea de que había que seguir modernizando la ciudad con el mismo impulso que se hizo en la década del 50.

Nosotros despreciábamos muchos de los edificios que se consideraban monumentos. En aquel entonces, por ejemplo, yo veía al Capitolio como una gran vaca echada que no nos dejaba pasar, como un desastre, como antiarquitectura. En general creo que menospreciábamos a esa arquitectura ecléctica que es la que marcó a La Habana y a todas las ciudades de Cuba en el boom constructivo de la Danza de los Millones.

Sin embargo, ahora —ahora quiere decir hace veinte años—, es que podemos ver lo valiosa que es toda esa masa construida que cubre varias épocas y donde se distinguen estilos, sectores sociales y niveles de ingreso muy diferentes, pero a veces muy bien mezclados.

Una de las cosas que tenían muchos barrios de La Habana es que si bien había una homogeneidad física, visual, sin embargo había una mezcla social al interior del barrio. El Vedado es quizás en esto un paradigma; un sitio que siempre tuvo un aura aristocrática, de suma elegancia, y que sin embargo desde sus primeros momentos estaba muy mezclado socialmente.

Un buen ejemplo es que al lado de la casa de un hombre tan rico como Ernesto Sarrá, que ocupa más de media hectárea, podía estar la de un médico de éxito, luego la de un empleado público y al doblar una ciudadela. Todo coexistía y la expresión hacia el exterior de esas diferencias sociales no se veía. La clase dominante impuso sus patrones culturales hacia los espacios públicos y esa sucesión de máscaras era más que todo un problema elemental de economía, porque ellas impedían que el barrio se devaluara.

La mayoría de las veces sólo se insiste en el valor de La Habana Vieja y entonces se corre el riesgo de que por pensamiento inverso se piense que el resto de la ciudad no tiene valor. Por eso te decía que para mí lo valioso al final de los 50 era esa gran masa construida que comienza en La Habana Vieja, pero que es también El Cerro, Centro Habana, El Vedado, Miramar, La Sierra, Ampliación de Almendares, Nicanor del Campo, Santos Suárez, La Víbora, Casino Deportivo, Lawton, Guanabacoa, Regla, Casablanca, Santa Fe, Santa María del Rosario, Santiago de las Vegas…

Yo diría que más de la mitad de la ciudad tiene valor, porque en ella aparecen estilos y tendencias de todas las épocas, desde el prebarroco con influencia mudéjar del sur de España —que son algunas de las casas que nos quedan del siglo XVII—, el barroco del siglo XVIII —que no es sólo la Catedral, aunque ella es nuestra gran fachada barroca—.

El neogótico, el neoclásico —gran parte de El Cerro es neoclásico—, el art nouveau de principios de este siglo —que más que art nouveau belga o francés, fue el modernista catalán el que se impuso aquí, porque eran maestros de obra catalanes los que lo hacían—.

Luego el gran empuje de la arquitectura ecléctica —que yo siempre trato de separar el eclecticismo mayor de los grandes edificios como el Palacio Presidencial, el Capitolio, el Centro Asturiano, el Centro Gallego o de las mansiones de la gente de más dinero; del eclecticismo menor, que se extendió por todos esos barrios antes mencionados y que a mi juicio es más importante todavía, porque le dio forma y masa a toda la ciudad—, después vino el art deco de los 30 y luego el protorracionalismo —como el stadium de la Universidad y muchos edificios que surgen con la gran explosión constructiva que hubo en la ciudad después de la Segunda Guerra Mundial, donde surgieron más de cincuenta nuevos repartos.

Creo que los dos estilos que más marcaron a La Habana y sobre los que descansa gran parte de su importancia son el eclecticismo entre el año 10 y los 30, y el movimiento moderno en los 50, que lo extiendo hasta los 60; a partir de ahí comienza la decadencia de nuestra arquitectura.

¿En qué se diferencia La Habana de La Habana cuarenta años después?

Los cambios sociales y económicos marcaron a la ciudad, pero no la cambiaron.. La mayoría de las construcciones se hicieron para bien y para mal en la periferia, fuera de la ciudad y muy pocas se integran a ella, como es el caso de Alamar que es la anticiudad o la no-ciudad.

Una vez se proyectó borrar Centro Habana y llenar todo aquel espacio con pantallas y torres; no me imagino qué hubiera sucedido, eso hubiera sido un desastre; al menos Alamar está lejos y sembrándole árboles se puede tapar un poco.

Lamentablemente no fuimos capaces de crear una nueva arquitectura que fuera cubana y que reflejara la revolución y todos los cambios de otro orden que ella propuso; apenas hay algunas obras de mucha calidad, como islas, que se destacan dentro de ese panorama tan pobre. En estos años también muchos arquitectos, de una manera equivocada, han ido a lo más superficial, creyendo que hacer algo cubano es ponerle tejas, rejas y vidrios de colores.

La arquitectura cubana contemporánea está por hacerse, porque un movimiento arquitectónico no lo hacen obras aisladas, si no la masa generalizada. Piensa que eso fue lo que le dio a esta ciudad el valor que tiene; no eran veinte, treinta o cien edificios espectaculares, sino era una masa de decena de miles de edificaciones, una al lado de la otra, muy bien organizadas; con sus portales, sus fachadas, sus columnas…

Eso es todavía, por fortuna, lo que de mucha calidad La Habana ha logrado salvar de La Habana.

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armónica

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Armónica Victory
Armónica Victory.

Armónica Victory. Hecha en China. Cortesía de Yasiel Pavón. Colección Cuba Material.

Cuando dejó Las Tunas, tenía muy pocas cosas que llevarse. Entre lo poco que pudo, o quiso, agarrar para traer a los Estados Unidos estaba una armónica marca Victory, gastada y abollada. Como todo exiliado, aspiraba a asimilarse a la nueva cultura y, quizás pensaría (o simplemente intuiría), la armónica lo podía ayudar.

Yo nunca tuve una armónica, pero alguien que conocí tenía una y jugar con ella equivalía a respirar el aura de las cosas “de afuera”. No lo sabía, pero la armónica, tan diferente al carnaval nacionalista del taburete, las maracas, la guayabera y el sombrero de yarey, tenía un timbre extranjero, tan norteamericano como las formas de los “pitusas” y los “popis”.

Armónica Victory

Armónica Victory. Hecha en China. Cortesía de Yasiel Pavón. Colección Cuba Material.

artesanía decorativa cubana

adorno artesanal
adorno artesanal

Figura artesanal. Hecha en Cuba. Colección Cuba Material.

La figura hecha con alambre e hilo se vendió, a un precio de cinco pesos, en las tiendas cubanas. Tiene, en la base, un cuño que certifica su fabricación nacional y, escrito con lápiz, el precio de venta. Nunca la vi en mi casa, por lo que debe haber aparecido (comprada o regalada) antes de que yo naciera, en los tempranos 1970s o, quizás, en los años 1960s.

Las otras, se usaban para adornar las vidrieras de las tiendas de La Habana. Me las donó una amiga que las descubrió cuando, hace poco, compraba unos cortes de tela de la época de la Guerra Fría que alguien que trabajaba en un almacén estatal se dedicaba a vender. De escaso atractivo ahora (¿siempre?), la persona que vendía las telas le regaló los muñecos.

Figura artesanal usada para adornar vidrieras

Figura artesanal usada para adornar vidrieras. Colección Cuba Material.

Figura artesanal usada para adornar vidrieras

Figura artesanal usada para adornar vidrieras. Colección Cuba Material.

Figura artesanal usada para adornar vidrieras

Figura artesanal usada para adornar vidrieras. Colección Cuba Material.

Figura artesanal usada para adornar vidrieras

Figura artesanal usada para adornar vidrieras. Colección Cuba Material.

peines

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Peine Kiko Plastic
peine

Peine. Colección Cuba Material.

En la Cuba de mi infancia no había abundancia de nada, ni siquiera de peines. Crecí desenredándome el pelo con uno de plástico negro marca Kico Plastics, hecho en la Cuba republicana por la compañía homónima que luego se inscribió en la Florida bajo el mismo nombre (estuvo activa desde el 1 de marzo de 1960 hasta el 28 de agosto de 1964 y su presidente, Enrique Kalusin, un judío cubano-americano, fundó también el Círculo Cubano Hebreo de Miami, o Cuban Hebrew Social Circle of Miami, Inc., el 22 de septiembre de 1961), hasta que, en algún momento en los años 1980s, mi mamá compró un peine polaco de color amarillo, mucho más bonito que el que había usado hasta entonces. Quizás por eso me gustaba siempre buscar en el bolsillo de la camisa de mi abuelo el peine de pasta color crema que acostumbraba usar desde su juventud, en los años 1940s, el más bonito de todos.

peine polaco

Peine. Hecho en Polonia. 1980s. Colección Cuba Material.

Peine Kico Plastics

Peine Kico Plastics. Hecho en Cuba. Colección Cuba Material.

polainas

Banda de música con polainas. 1980. La Habana.

Mientras estudiaba en la escuela primaria, participé varias veces en eventos interescolares de bandas de música en las que siempre me tocaba tocar el triángulo. Pensaba entonces que se trataba de un instrumento musical inventado para paliar la escasez material que caracterizaba la vida en la Cuba de mi infancia, pero hoy sé que participa en ciertos ritmos brasileños y de la Luisiana, así como también en algunas sonoridades del rock y hasta Mozart y Beethoven lo incluyeron en sus sinfonías.

Volviendo a aquellas bandas de música en las que participé en mi infancia, recuerdo que todos los estudiantes llevábamos traje blanco de aspecto militar. En las fotografías de entonces todos lucimos igualitos, como si nuestros padres hubieran comprado aquellos trajes en el mismo centro comercial o los hubieran encargado al mismo productor. Sin embargo, me cuenta mi mamá que era ella quien cosía mis uniformes de la banda de música, adornándolos con botones dorados que aún podían comprarse en las tiendas estatales y con un cordón del mismo tono que le quitó a algún cojín o bata de casa de “antes de la revolución”.

Del uniforme de las bandas de música, lo que más me gustaba eran las polainas blancas, lo más parecido a un par de botas que alguna vez calcé en Cuba. Para que yo tuviera las polainas que requería el reglamento de la banda de música, mis padres compraron un pliego de vinyl blanco en un taller de tapizado de automóviles, cerca del Malecón, y le encargaron a un talabartero de la zona que me fabricara un par. El gorro lo construyó mi mamá con cartulina blanca y remates de papel dorado. Yo sólo tuve que golpear el triangulito y posar para las fotos que mis padres me hicieron.

club nocturno El avioncito

club nocturno El Avioncito
Club El avioncito

Club El avioncito. Vedado. Circa 1977. Imagen tomada de Facebook.

Cuando era niña soñaba con poder al menos asomarme al club El Avioncito. No me dejaban entrar porque, decían mis padres, los menores de edad no podían entrar a ningún centro nocturno y, ya cuando tuve edad para ir a bares, El avioncito había sido desmantelado y retirado del solar entre las calles B y C donde permaneció gran parte de mi infancia.

Durante mi infancia, sin embargo, solía localizar cualquier punto de la geografía de la zona baja del Vedado a partir de su distancia o cercanía con relación a “el avioncito”, aún después de que el club nocturno cerrara y el avión fuera removido del lugar.

Club nocturno El Avioncito. 1975. Foto cortesía de Ramiro Fernández. Colección Ramiro Fernández.

Club nocturno El Avioncito

Club nocturno El Avioncito (al frente, una carroza construida para los carnavales). Imagen tomada del grupo de FB 3ra y A.

Nota: Una versión de este post se publicó originalmente en enero del 2013 en esta misma página.

Cosas que escuché en La Habana, por Juan Villoro

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Foto publicitaria de Alberto Korda para la industria turística. 1980s. Colección Almi Alonso. Imagen tomada del muro de Facebook de Almi Alonso.

Enlace al texto “Cosas que escuché en La Habana“, del escritor y periodista mexicano Juan Villoro, publicado en el libro Safari accidental (México, D.F.: Joaquín Mortiz, 2005, pp: 143-169).

h/t Walfrido Dorta.

la gastronomía socialista

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Portavasos promocional de la Empresa Municipal de Gastronomía Mixta de la Habana Vieja
Portavasos promocional de la Empresa Municipal de Gastronomía Mixta de la Habana Vieja

Portavasos promocional de la Empresa Municipal de Gastronomía Mixta de la Habana Vieja. 1980s. Colección Cuba Material.

En Navarro Vega, Armando. 2013. Cuba, el socialismo y sus éxodos. Bloomington, IN: Palibrio:

Ya a finales de la primera mitad de los 60′ se podía comer barato y bastante bien en los Círculos Sociales Obreros de las playas. Al que quisiera comerse un sándwich le esperaba una cola más o menos larga y tediosa, según el día y el horario escogido, en la Casa Potin, en El Carmelo de Calzada o en el de 23, en las cafeterías y restaurantes de los hoteles o, si se quería un sándwich “a la cubana” con pan de barra, en el Sloppy Joe’s Bar, en la esquina de Ánimas y Zulueta. Los ingredientes no se podían adquirir en ningún otro sitio, por lo que había que recurrir forzosamente a los establecimientos hosteleros.

Había cosas que comer, cómo no. Se podía degustar una fabada asturiana en el “Centro Vasco”, un lacón con papas o un arroz a la indiana en “Las Bulerías”, un hash gordon blue en el “Club 23”, una crema de queso en el “Monseñor”, un pollo a la barbacoa en el “Polinesio”, una sopa china en el “Yang Tse”, o una pizza de prosciutto en “Montecatini”, en “La Romanita” o en “Doña Rossina”. Estos, entre otros establecimientos, eran la élite de los restaurantes de La Habana (herencia en su mayoría de la etapa republicana) y eso se reflejaba en los precios, por lo que en cualquier caso, y sin llegar a ser prohibitivos en términos generales salvo para las familias y los jubilados de más bajos ingresos, no eran sitios que pudiera frecuentarse asiduamente.

En los antiguos “Ten Cents” de Woolworth (rebautizado con el nombre de “Variedades de Galiano, de Obispo o de 23” según la ubicación física del establecimiento) la cola para almorzar se iniciaba fuera del local hasta la hora de apertura, y después continuaba dentro, detrás d cada puesto en la barra, en filas de dos, tres o cuatro personas en fondo. Los jubilados solían acudir a estos sitios debido a los precios.

No era fácil conseguir pescado, pero en cualquier MARINIT (establecimiento de la red de restaurantes del Instituto Nacional de la Industria Turística especializados en pescados y mariscos) se podía comer cuando se inauguraron, allá por 1964, desde una rueda de largo meniere o unos camarones enchilados, hasta unas ancas de rana.

En los Fruticuba había (cuando había) mangos, melones y piñas. Las Pizzerías que inundaron La Habana tenían al inicio una excelente oferta, que degeneró progresiva y rápidamente. Pese a ello (¿o quizás gracias a ello?) las pizzas “degeneradas” se convirtieron en auténticos matahambre. . . .

El surtido y la calidad de las nuevas pizzerías se mantuvieron poco tiempo; los MARINIT en su mayoría no llegaron abiertos a los 70′, y de su esplendor solo quedaba el recuerdo, o una acera intransitable inundada de un líquido viscoso en el lugar donde se situaban los depósitos de basura, y un olor insoportable pescado podrido en los que aún existían, como en “Los Parados”, en la intersección de las calles Consulado y Neptuno. (Pp. 98-9)

Ausencia no quiere decir olvido, por Ahmel Echevarría

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Taza de café Duralex
Taza de café Duralex

Taza de café Duralex. Hecha en Francia. 1970s-1980s. Colección Cuba Material.

Publicado en Cuba Contemporánea: Ausencia no quiere decir olvido:

(…) Una tacita de café para comenzar. Porque a mi memoria esta fue la primera imagen que arribó: para la colada en la cafetera INPUD, poner en el embudo, donde va la mezcla de un polvo a base de café y chícharos, aquellas canicas de cristal con aletas de colores en su interior -esas bolas con que los niños jugábamos “a la mentira” o “la verdad”-. En el siglo XX nuestro alguien comenzó a utilizarlas no bajo el concepto de ingredientes, sino con la estrategia de hacer más con menos. Y al parecer algo en verdad sucedía, porque fue un método extendido. Sí, es exagerado. Olvídenlo.

Antes de ir a la cocina a por el café, una mujer se calza sus chancletas de goma. Coloridas, por capas, bordes corrugados. Un modelo similar a las hawaianas. Pero gordas. Chancletas gordas que por el uso y la malformación del pie, y las complicaciones a la hora del recambio por otras nuevas, se desgastaban. ¿La solución?: ponerlas en agua caliente. Y casi se recuperaban -dicen- del fuerte desgaste.

Antes de ir para la escuela o a la jornada laboral, la Revista de la mañana. Noticias y muñequitos en blanco y negro mientras en la mesa estaba la taza de café, o el café con leche, galletas y pan con algo… Por entonces no era “La Habana a todo color” si de televisores se trata. El reinado del Caribe, el Krim 218 y otras pocas marcas. De bombillos fueron en una época, de transistores (creo) más adelante. Un adelantado puso manos a la obra y con una muy pequeña inversión tuvo lo que para él fue su primer TV a color: pintar la pantalla en los bordes con los colores primarios permitiendo siempre la transparencia.

Las guarachas eran unas sandalias que se hacían con neumáticos desechados. En el gusto o en el apartado de los gratos recuerdos de no pocas amigas cuarentonas y cincuentonas que tengo en mi haber, persiste o pervive la imagen del pie calzando aquellos modelos. Incluso, algunas quisieran tener un par flamante para los días de verano y largas caminatas.

Por cierto, si tienes un Lada, los tornillos del chasis de una PC en desuso te pueden servir para resolver, en estos días que corren, problemas de ajuste de la aceleración en el carburador. Y el muelle de cualquier fotocopiadora vieja -es un muelle largo y grueso-, te servirá para arreglar el embrague.

Las etiquetas zurcidas en las patas o el trasero del jean alargaban su vida útil. Cualquier etiqueta servía. Si era grande, colorida, si era una etiqueta de alguna marca bien dura en el ranking internacional, su valor ascendía. El pitusa seguiría sirviendo para el cine, la pizzería, la fiesta, la oficina y la escuela, las salidas con la novia o el novio…

El Período especial en tiempos de paz fue una verdadera guerra. No una guerra a muerte aunque las bajas no fueran pocas. Parece que en ese punto de nuestro pasado cercano no pocos sueños quedaron a la vera del camino, liquidados. Y también cierta ilusión o realidad parecida a la candidez. Una crisis saca lo peor, también lo mejor del individuo en el proceso de adaptación.

Mientras se producía ese proceso de rotación y cambio en la perspectiva y el actuar de los individuos bajo nuevas reglas en el juego, entre nosotros se instauró la orinoterapia -creo haber leído en la prensa un texto para rebatir los supuestos beneficios-. Algo parecido ocurrió con el noni -de la prensa y el noni: recuerdo haber leído acerca de los beneficios, pero de aquella maravilla solo quedan arbustos que paren unos frutos de dudoso aspecto.

Antes de caer en las variantes culinarias a lo largo y ancho de apagones bajo el reinado de… (antes de que lo olvide: los almendrones rodaron en las calles de Qva con luz brillante o queroseno en el tanque)… Hablaba de un terrible reinado y los apagones. El reinado de tú sabes quién: el calor.

Perdí el hilo de este discurrir. Entonces tomo la madeja por este punto anterior al Período especial: hubo un día en que apareció la Casa del Oro y la Plata. Las gentes vieron allí la posibilidad de mejorar cuanto había colgado en su ropero y/o el calzado. También cabrían allí los deseos de tener una videocasetera o una grabadora -citar solo dos electrodomésticos a modo de ilustración- que antes solo eran posibles si te ganabas el bono otorgado por la CTC (por ejemplo) para llegar al ventilador, la lavadora, la batidora y… Las gentes dieron sus tesoros, nimios o en verdad significativos -un tesoro es un tesoro, da igual cómo lo mires-, por lo que había en esas tiendas. Y lo que había allí solo era un “tesoro” si se comparaba con la necesidad. Por cierto, en ese tiempo corría la leyenda de que en un viejo modelo de máquinas de coser del fabricante Singer los mecanismos eran de platino, un metal precioso que también podías cambiar por los “chavitos” necesarios para el trueque.

Mencioné las artes o la magia culinaria de aquel tiempo dolorosamente humano en tiempos de paz. Rara alquimia para confeccionar un plato; sucedáneos por lo que una vez fue común en la mesa: las fibras de la cáscara o la corteza de vegetales y viandas, molidas o en grandes trozos, adobadas, para simular la añorada carne. Dejemos aquí este párrafo, la sumatoria de ejemplos lo volvería demasiado largo.

Existía el gel de papas o clara de huevos para mantener el cabello engominado.

Existía el ventilador fabricado con el motor de las lavadoras Aurika. Aquellos ventiladores parecían tener alma propia: con la vibración podían desplazarse según el largo del cable mientras no reinara el apagón. Y aparecieron las cocinas eléctricas cuya base era una piedra siporex y un alambre enrollado a manera de resistencia, y las cocinas de luz brillante armadas con trozos reciclados o “conseguidos” Dios o el Diablo mediante, y los calentadores que el ingenio popular resolvió a partir de una vieja lata de leche condensada Nela o las soviéticas, y…

Esos aparatejos no tenían una verdadera ingeniería detrás, consumían a más no poder. Fueron criticados y sustituidos por otros fabricados en serie (y supuestamente en serio), la mitad igual de gastadores. Para muchos aquella crítica en la TV casi fue una burla. Sí, dolió. Muchísimo. Pero “la gente sabe bien lo que no quiere” -como dice Vanito Brown en su disco Vendiéndolo todo-, ante aquella batalla energética hizo lo de siempre: rotación y cambio. Adaptación o muerte -según Ch. Darwin-. Se las seguirán ingeniando, porque, a propósito de la lucha del día a día, “la gente nunca pierde la ilusión”.

Por cierto, ¿también debemos poner como ejemplo el Paquete semanal?

La breve lista anunciada en el inicio de este discurrir es en realidad muy larga. Tan larga como ejemplos desempolvemos de la memoria. Ausencia, en este caso, no quiere decir olvido.

Ahmel Echevaria

Cómo será el comunismo, por Luis Rogelio Nogueras

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Camisa marca Futura
Camisa marca Futura

Camisa de hombre marca Futura. Colección Cuba Material.

En Libreta de apuntes, Norberto Fuentes transcribe un poema de Luis Rogelio Nogueras (no se precisa la fecha):

CÓMO SERÁ EL COMUNISMO

Por Luis Rogelio Nogueras

Habrá inviernos y veranos
otoños y primaveras,
habrá cobas extranjeras
para todos los cubanos.
Se acabarán los gusanos,
habrá jama en abundancia,
se podrá viajar a Francia,
manejar un maquinón
y meterse a maricón
sin perder la militancia.

Puerta de Brandeburgo, souvenir

Souvenir de la Guerra Fría con la Puerta de Brandeburgo
Souvenir de la Guerra Fría con la Puerta de Brandeburgo

Souvenir de la Guerra Fría con la Puerta de Brandeburgo. Colección Cuba Material.

Este souvenir plástico de los tiempos de la Guerra Fría, del tamaño de un cenicero de mesa, está dedicado a la Puerta de Brandeburgo. Nótese que en él ondea una bandera soviética que se destaca por encima de la clásica cuadriga, tal y como se le vio ondear el día de la derrota del fascismo alemán y la capitulación del ejército nazi, el 8 de mayo de 1945. Años después, el 12 de junio de 1987, frente a esa misma puerta el presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan se dirigía al entonces primer secretario del partido comunista de la URSS, Mijail Gorbachev, llamándolo a derribar el muro que dividía la ciudad de Berlín y separaba, de manera más o menos simbólica, a la europa del este del mundo capitalista occidental.

Desconozco cómo llegó a Cuba este souvenir. Posiblemente lo compró algún técnico o funcionario cubano, como recuerdo de su viaje a la R.D.A.

Generación Y: Evocación de los bolos

Envases de productos cánticos del bloque socialista
Envases de productos cánticos del bloque socialista

Envases de productos cánticos del bloque socialista. Imagen tomada de Penúltimos Días.

En Generación Y: Evocación de los bolos:

La lectura del libro “El séptimo secretario” de Michel Heller me ha traído un montón de recuerdos de la “etapa soviética” de esta islita. En ese entonces, yo no pasaba de los quince años y tengo evocaciones muy sensoriales de aquel coloniaje. Rememoro los caramelos y vituallas adquiridos a través del mercado informal que regentaban las esposas de los técnicos soviéticos. Es curioso que no los llamábamos por el gentilicio de la URSS y mucho menos como “camaradas”, sino que usábamos un sustantivo cuya fonética no permitía los detalles. Ellos eran “los bolos”: informes, toscos, un trozo de barro sin trabajar; macizos y sin gracia; capaces de fabricar una lavadora que gastaba la electricidad destinada a toda una casa, pero que -todavía hoy- funciona en no pocos hogares cubanos.

Muchos de nuestros padres habían estudiado o trabajado en la URSS, pero nosotros no conocíamos la sopa borsht ni nos gustaba el vodka, así que todo lo “soviético” nos parecía pasado de moda, rígido y cheo. Lo que nos paralizaba de ellos era el poder osuno que emanaba de sus gestos, la advertencia velada de que ellos sostenían nuestro “paraíso” caribeño.

Aquella mezcla de temor y burla que nos generaban los bolos todavía se mantiene. Si ahora mismo un turista que pasea por la ciudad no quiere ser molestado por los continuos vendedores de tabacos, sexo y ron, sólo debe musitar algo como “Tavarich”, “Niet ponimayo” y el asustado mercader se esfumará.

imaginando un futuro museo del totalitarismo isleño

Logotipo de los CDR
Logotipo de los CDR

Logotipo de los CDR. Imagen tomada de internet.

En Generación Y: Reliquias y recuerdos:

Un lector de Generación Y me envió un trozo del muro de Berlín. El fragmento de concreto ha llegado hasta mí, que estoy cercada también de ciertos límites, no por intangibles menos severos. La piedra pintoreteada con restos de graffiti me sugirió una imposible colección de aquello que ha contribuido a separar a los cubanos. Al decir de un escritor latinoamericano, sería el desfile de “las cosas, todas las cosas” que han avivado la división y la crispación entre los que habitamos esta Isla.

Pondría, en esa peculiar acumulación de objetos, un tramo del alambre que alguna vez rodeó las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP); una esquirla de los cohetes nucleares emplazados en nuestra tierra y que estuvieron a punto de hacernos desaparecer a todos; una de esas páginas donde  millones firmaron –sin tener la opción de marcar “no”– que el socialismo sería irrevocable y una astilla de aquellos palos que rajaron cabezas el 5 de agosto de 1994, en la avenida del Malecón habanero. Al muestrario le faltaría una pieza importante si no coloco, también, una cáscara de los huevos que volaron cuando el éxodo del Mariel; algunos milímetros de tinta de los informes y delaciones que han abundado en los últimos años. No habría museo capaz de también cobijar a los seres y situaciones que han actuado como una gran barrera de ladrillo y cemento entre nosotros.

Cada cubano podría hacer su propio repertorio de los muros que aún tenemos. Más difícil parece confeccionar el listado de lo que nos une, de los posibles martillos y picos con los que echaremos abajo las tapias que nos quedan. Por eso me ha hecho feliz el regalo de este habitual comentarista, pues tengo la impresión que nuestras barreras y parcelaciones también serán –algún día– piezas valoradas sólo por coleccionistas de cosas pasadas.

el CAME, la ONDI, y el desarrollo tecnológico en Cuba

Jarrón de cerámica importado de Checoslovaquia
Jarrón de cerámica importado de Checoslovaquia

Jarrón de cerámica importado de Checoslovaquia. Colección Cuba Material.

El 11 de julio de 1972 Cuba ingresó al Consejo de Ayuda Mutua Económica (C.A.M.E.), organización de cooperación en materia económica entre los antiguos países socialistas de Europa del Este y la U.R.S.S. a la que también pertenecían Cambodia y Viet Nam, obteniendo enseguida la condición de miembro menos desarrollado y, con ello, trato preferencial. Gracias a acuerdos firmados a través del C.A.M.E. el país importó no sólo bienes de consumo, medios de producción, tecnología y fuentes de financiamiento a cambio, principalmente, de azúcar, cítricos y tabaco, sino también técnicos en construcción de maquinarias, procedentes de la antigua Checoslovaquia, asesores húngaros para el transporte y las telecomunicaciones, ingenieros navales polacos, especialistas alemanes en materiales de la construcción, y profesores de diseño industrial, principalmente de la R.D.A., quienes formaron los primeros graduados de nivel superior en diseño gráfico e industrial del país, producidos por el Instituto Superior de Diseño Industrial (I.S.D.I.), una entidad subordinada a la Oficina Nacional de Diseño Industrial (O.N.D.I.).

Con relación a la enseñanza del diseño industrial, a finales de los años 1970s viajó a Cuba un grupo de asesores, entre quienes se encontraban Yuri Soloviev, director del Instituto Central de Diseño de la U.R.S.S. y presidente del International Council of Societies of Industrial Design (I.C.S.I.D.); Martin Kelm, secretario de estado para el diseño de la R.D.A.; Wolfgang Schmid, vice-secretario de estado para el diseño de la R.D.A.; y Tomás Maldonado, profesor de diseño de la Universidad de Boloña y director de la revista italiana de arquitectura y diseño Casabella. Según indica el periodista Alberto Pozo en una compilación de sus artículos publicados en la Revista Bohemia editada en 1991, asesores soviéticos recomendaron al gobierno cubano la creación de una estructura institucional similar a las que existía en la antigua R.D.A. (la O.N.D.I.), para lo cual viajó a Cuba el profesor alemán Friederich Saalborn. Los cubanos contaron, además, con la asesoría de profesores y diseñadores del área capitalista, quienes viajaron a Cuba gracias a los programas de cooperación del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (P.N.U.D.) o entrenaron en sus países a técnicos cubanos.