Wendy Guerra sobre la moda en Cuba

ajustador de algodón

Ajustador de algodón, comercializado por la red minorista de comercio interior cubana. 1980s. Colección Cuba Material.

En el blog Habáname: La moda hoy en Cuba:

Éramos un país de cuello y corbata, trajes de dril, sombreros de pajilla y collares de perlas. Éramos también, un país de discreta elegancia, pobre pero acicalado, la gente se presentaba en el trabajo con su mejor atuendo, planchado, almidonado; bien zurcido.

Luego llegaron décadas de mucho sacrificio y reciclamos la moda, nos hicimos vestidos fabricados con forros de antiguos trajes, sombreamos líneas en las piernas de las mujeres con lápices de maquillaje, para crear el efecto visual de una media fina, transparente, arropando el tramo que viaja de la pantorrilla al muslo. Entraron los años duros con sus pantalones de caqui, los uniformes, las botas de trabajo y el camuflaje. No podemos olvidar los trajes Safari y los zapatos que importaban los rusos y búlgaros.  El servicio secreto se apropió de las Guayaberas, y las mujeres empezaron a salir a la calle con rolos y ropa de andar en casa. Siempre, debo decir, hubo un grupo de personas que luchó porque la moda en Cuba se trazara de modo coherente, pero contra estos diseñadores y creadores se alistó un ejército de mal gusto armados hasta los dientes con escudos creados en la realidad económica de nuestro país.

Vestir bien, para los pocos que podían, era un problema ideológico, una conducta pequeño burguesa que te señalaba de por vida.

Durante el Período Especial -que nadie aquí ha declarado oficialmente extinto-  vivimos una precariedad que daba miedo. Escaseaba el jabón y dejamos de recibir ropa interior del extranjero, la industria cubana no fabricó ni blusas, ni trajes de baño, ni abrigos o faldas, ni una sola pieza que nos pudiera abrigar, vestir, representar o distinguir como el pueblo instruido y sensible que hemos sido.

Nos quedamos desnudos frente al espejo de problemas. Los zapatos se fueron agotando y era muy complicado encontrar la vía de cómo vestir, el tema era simple, lograr andar limpio y calzado.

Los que se fueron o los que murieron nos heredaron sus pertenencias, y desde 1980, en los llamados Viajes de La Comunidad, empezamos a recibir paquetes con una moda importada que sustituyó las necesidades básicas con diseños pocas veces adecuados a nuestro clima, estilo de vida y gustos afines a nuestras aspiraciones. Los artesanos hicieron grandes aportes fabricando con creatividad y entonces empezamos a creer que la inventiva era lo máximo; ropa hecha a mano, imitación en crudo de  nuestros mayores anhelos.

¿Cómo y con qué se viste hoy el cubano?  Ahora ya con muy poca referencia sobre la moda internacional, o simplemente sin una clara idea de lo que es correcto o no llevar puesto en hospitales, oficinas, iglesias o teatros. Es muy común ver en La Habana, a personas en pantalones cortos, chancletas y topes visitando así vestidos  sitios que merecen cierta sobriedad o recato, tal vez respeto en el vestir.

El mal gusto gana y gana seguidores y los valores visuales, las etiquetas o la educación formal se ausenta de la moda cubana actual. La ropa reciclada y el mimetismo han copado nuestros cuerpos que intentan reproducir un lujo inexistente.

¿Qué se lleva hoy en Cuba?

De Miami o Panamá traen de contrabando todo lo peor, de Ecuador o de los polígonos Chinos a las afueras de Madrid, pasando por la aduana de Cuba, recibimos unos modelos espantosos que hoy distinguen la imagen de miles y miles de cubanos. Jeans bordados con  pedrería, licras fosforescentes, carteles y anuncios de todo tipo, unos raros pañuelos que se amarran al cuello luciendo estampados diversos, acompañados con zapatos de madera que suenan y se hacen sentir en los espacios públicos, así como bolsos horribles que agreden la vista, o las siempre falsas  imitaciones de carteras clásicas.

Que lo sepa de una vez Louis Vuitton, en La Habana no resulta nada caro llevar un bolso de ese nombre…

Catálogo de la exposición "Los siglos no se olvidan", organizada por el colectivo La Campana.

La Campana, colectivo artístico

Catálogo de la exposición "Los siglos no se olvidan", organizada por el colectivo La Campana.

Catálogo de la exposición “Los siglos no se olvidan”, organizada por el colectivo La Campana. 1989. Colección Cuba Material.

El colectivo artístico La Campana, fundado en 1988 en la capital de las Tunas, permaneció en activo hasta 1993. Lo integraban “jóvenes formados en su mayoría por el sistema nacional de escuelas de arte, que habían llegado a su madurez, criterio que fue ante todo creativo y conceptual. Quienes expandieron tanto sus horizontes que su obra arremetió contra toda barrera”, según el blog Para los disgustos se hicieron los colores. El nombre del colectivo, dice también este blog, fue tomado del de la tienda homónima donde se exhibieron un grupo de obras que habían sido censuradas en el Salón de la Ciudad de Victoria de las Tunas, acción que marcó la fundación del grupo.

En este enlace pueden ver y descargar el catálogo de la exposición Los siglos no se olvidan.

Brochure de la exposición anual de mesas para Pascuas

¿Quién va a comerse lo que esa mujer cocina?, por Antonio José Ponte

Brochure de la exposición anual de mesas para Pascuas

Brochure de la exposición anual de Mesas para Pascuas auspiciada por la tienda por departamentos El Encanto, en La Habana. 1960. Colección Cuba Material.

Antonio José Ponte en Diario de Cuba, ¿Quién va a comerse lo que esa mujer cocina?:

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Hace quince años, la publicación de un libro relacionado con la gastronomía me hizo viajar desde La Habana a Miami. Las comidas profundas era un libro acerca de la imaginación cubana al comer, cuando faltaban ciertos ingredientes. No se ocupaba exclusivamente de secretos nacionales: en la Cuba bajo régimen revolucionario llegamos a preparados semejantes a los del París sitiado de la guerra franco-prusiana o de la Barcelona de la guerra civil. Las carencias cubanas podían encontrar linaje cosmopolita en los diarios de Virginia Woolf durante los bombardeos o en un apunte de Eugenio Montale ante el escaparate de un comercio londinense, en medio de las restricciones de posguerra.

El cubano y cualquier otro vecino (escribí en una de sus páginas) sustituye con tal de comer. No encuentra un ingrediente y lo suple por otro, fabrica aproximadamente, a la medida de sus deseos. Esas sustituciones podían partear monstruos, como el bistec de cáscaras de toronja. En mi libro podía hallarse, vuelta a contar después de Apollinaire, la historia del enamorado que, metido en una apuesta, se hacía cocinar un zapato femenino y lo devoraba. O la leyenda de un par de balletómanos que hacían lo mismo con las zapatillas de una ballerina adorada.

Podía considerarse como un libro de recetas monstruosas, de despropósitos culinarios. En sus páginas cabía la nostalgia, el anhelo por comidas perdidas, y eso fue lo primero que percibieron los amigos y conocidos a los que fui encontrando. De manera que me llovieron las invitaciones a restaurantes y fondas.

Excursiones antropológicas hasta el batido de anón o la fritura de malanga eran un modo de resarcirme por haber escrito aquello. A un centenar de millas del país dejado atrás, podía dar con todos los alimentos que soñaban los cubanos de la Isla. El exilio era, entre otras cosas, una reserva gastronómica. La tierra de los ingredientes salvados y de las recetas que no se olvidan.

Tanteos y tanteos habían hecho posible que las frutas fueran aproximándose a como saben las frutas de la tierra. (La cocina de los exiliados es asintótica: una curva con promesa de coincidir, pero en el infinito.) En Miami, entre cubanos, cualquier otro visitante habría estado expuesto a parecidas hospitalidades, más aun el autor de un libro dedicado a la cocina.

Hablamos de recetas en las sobremesas, hablamos de recetarios, y no tardó en mencionarse a Nitza Villapol, que había cocinado delante de las cámaras de televisión, antes y después de 1959, en la abundancia pero también en la escasez. Y me hicieron ver entonces, entre los potes de especias o encima de un refrigerador, las copias de Cocina al minuto atesoradas.

A partir de aquellos ejemplares habría podido fecharse perfectamente la salida al exilio de cada uno de esos amigos y conocidos. No es que hubieran cargado con ellos como Eneas cargó con su padre y con los penates, sino que, lejos ya de Troya, se dieron a la búsqueda de un ejemplar del recetario de Nitza Villapol que fuese exactamente aquella edición por la que alguna vez se guiaran. Ella había publicado sus recetas bajo el mismo título durante más de cuatro décadas. De manera que algunos cocinaban por la primera edición de su obra, puntillosa en especificidades, y otros por ediciones posteriores, mucho menos exigentes a la hora de armar un plato.

Cada cubano metido a cocinero tenía su Nitza Villapol. Los ejemplares eran, en su mayoría, ediciones piratas o simples fotocopias. Porque, si de un lado sustituíamos, de otro fotocopiábamos. Todos forrajeábamos: la cocina cubana se salvaba en la copia y en la sustitución. Igual que cualquier otra gastronomía en tiempos tormentosos o apacibles, era invento y transmisión

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Nitza Villapol fue bautizada así por un río de los Urales, tributario del Tura y navegable a todo lo largo: el Nitsa. Su padre, Francisco Villapol, comunista o admirador de la revolución de 1917, creyó ese nombre fiel a la lengua rusa. Aunque, tal como quedó inscripto, significa en hebreo capullo de flor. O es, en griego, una de las formas de llamar a Helena.

La rama paterna de su familia había emigrado a Cienfuegos desde el pueblo de Villapol, en la provincia gallega de Lugo. El apellido de su madre, Juana María Andiarena, provendría de Navarra o de Guipúzcoa. En la Nueva York de 1923, al nacer Nitza, los Villapol Andiarena eran una familia de ciertos recursos salida de Cuba por razones políticas. Exiliados. Los más viejos recuerdos de Nitza Villapol remitían a Washington Heights, donde vivían. Su primera memoria gastronómica comprendía helados y dulces de marcas estadounidenses. Padeció la polio de niña. La familia regresó a Cuba cuando ella contaba nueve o diez años.

Su currículo varía según las fuentes consultadas, aunque no tendrían por qué excluirse esas noticias. Graduada de la Escuela del Hogar en 1940 y diplomada de doctora en Pedagogía en La Habana en 1948 según unos, otros afirman que estudió Dietética y Nutrición en la Universidad de Londres a inicios de esa década. Es de suponer que no bajo la guerra. Aunque, cualquiera que haya sido la fecha, la escasez británica debió enseñarle el arte de preparar menús con apenas ingredientes.

En 1955 cursó estudios en la Universidad de Harvard y en el Instituto Tecnológico de Massachussets. La costumbre de coleccionar recetas, de copiar a mano secretos de cocina y de recortar los que se publicaban en diarios y revistas, debió conducirla, tarde o temprano, a componer su propio recetario. Durante más de 40 años, mantuvo en el aire un programa televisivo donde enseñaba a cocinar. El espacio cambió de cadena y de frecuencia (diaria durante mucho tiempo, luego tres veces a la semana y, al final, solo los domingos), pero nunca su nombre, que es también el de su libro más difundido: “Cocina al minuto”.

“¿No sabe usted ni freír un huevo?”, puede leerse en la solapa de la edición de 1958, publicado en coautoría con Martha Martínez. “¿Cree que jamás aprenderá a cocinar? Se está engañando. Usted sabe leer, y usted sabrá cocinar cuando lea COCINA AL MINUTO.” (Muchas de las ilustraciones contenidas en ese volumen son del pintor Raúl Martínez, luego traductor de la iconografía revolucionaria al lenguaje del pop.)

Aquellos que han escrito acerca de la trayectoria de Nitza Villapol la consideran con afán competitivo: lamentan que su récord de permanencia televisiva no fuese registrado en el Libro Guinness. Ciro Bianchi Ross contabiliza que, en su tiempo, solo la superaba por cuatro años el espacio “Meet the Press” de la cadena estadounidense NBC. Sin embargo, nadie podría competir con ella en veteranía de conductora: el periodista Lawrence E. Spivak llevaba 27 años frente a los más de 40 suyos. (Compañera en esa carrera de fondo, Margot Bacallao fue ayudante de Nitza Villapol durante 41 años, 3 meses y 5 días.)

Desde los comienzos de la televisión abundaban los espacios de cocina. Unión Radio Televisión apenas llevaba un mes de operaciones en noviembre de 1951, ni siquiera poseía estudios propios, y producía desde el teatro Alcázar “Teleclub del Hogar”, con Dulce María Mestre. Meses antes, el 3 de julio de 1951, esa misma cadena había emitido el primer programa de “Cocina al minuto”.

Los canales competidores incluían en sus programaciones espacios semejantes. No faltaban autoras de recetarios: Ana Dolores Gómez, Nena Cuenco de Prieto, Carmencita San Miguel, María Radelat de Fontanills, María Antonieta de los Reyes Gavilán, María Teresa Cotta de Cal (autora de un socorrido manual de cocina con olla de presión). Ninguna, sin embargo, gozó de suerte tan larga como Nitza.

Escritora, directora, guionista y conductora, ella tuvo fama de ser persona amarga fuera de las cámaras. (Suele explicarse que a causa de la polio padecida en la infancia.) Vivía con su madre en un apartamento moderno del Vedado, y la única curiosidad que pareció despertar su vida privada consistía en suposiciones acerca de lo que se comería en aquella casa. Sin embargo, alguien con la misión de entrevistarla se presentó a la hora del almuerzo, para descubrir que todo el festín se reducía a una papilla industrial de plátano, alimento para convalecientes.

Nitza acostumbraba a cenar a solas en la barra del restaurante Emperador, platos tan sencillos como un bistec con papas fritas. No le gustaba cocinar, confesó su ayudante Margot. Igual que los cómicos negados a hacer chistes fuera del escenario, evitaba cocinar sino tenía cámaras delante. Era experta en redondear platos, una gran conocedora de su materia, aunque prefería dejar la práctica en manos de Margot.

En 1993, en lo más crudo del llamado Período Especial, se emitió por última vez “Cocina al minuto”. Los directivos de la televisión decidieron clausurar el programa. Más tarde cambiaron de idea (o cambiaron los directivos), pero para entonces ella no estaba en condiciones de volver a la televisión. A su entierro, celebrado cinco años después de la desaparición del programa, asistió muy poca gente.

Hasta aquí su biografía sin referencias políticas. ¿Quién habría sido Nitza Villapol en caso de exiliarse? A diferencia de su competidoras, cuando toda la televisión fue estatalizada, cuando se marcharon del país el propietario del canal y sus directivos, ella no se movió. Las firmas que solían publicitar productos en su programa fueron expropiadas por el Estado, y a ella debió bastarle con este nuevo y único patrocinador.

Permanecer en Cuba la hizo única. Cambiaron los tiempos y ella cambió su método de trabajo. “Sencillamente, invertí los términos”, reconoció. “En lugar de preguntarme cuáles ingredientes hacían falta para hacer tal o cual receta, empecé por preguntarme cuáles eran las recetas realizables con los productos disponibles.”

Se hizo maestra de la cocina de estación, que opera con lo que existe en los mercados. Pero maestra de cocina de una estación que ha sido, en Cuba, interminable: la de la crisis. Su programa se acogió, precavidamente, a una frecuencia semanal. Y fue entonces que se hizo legendaria. Abogó por una cocina de sustituciones, dada a las metáforas. Hizo más de la tercera parte de su carrera profesional en puro páramo: emprendió un arte hecho de atajos y de trucos.

A partir de unas pocas existencias, intentó componer siempre el rancho más sabroso. Y debió enfrentar, amén de la economía socialista, los prejuicios del cubano al comer.  (En un libro escrito después de su visita a Cuba en 1970, el poeta y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal hizo notar cuántos frutos desaprovechábamos. El país vivía una crisis de abastecimiento, y mucho de lo que se comía en tierras vecinas no era considerado alimento por los cubanos.)

Nitza Villapol enseñó a sus televidentes lo que ciertas cocinas latinoamericanas hacían con las cáscaras del plátano: una suerte de ropa vieja vegetal o de vaca frita verde. Presentó nuevas adquisiciones de la acuicultura, como la tilapia. Pero es falso que enseñara a hacer bistec de una frazada de limpiar el piso, y tampoco es suya la receta de la pizza de condones derretidos en lugar de queso. Las aberraciones de su cocina, si las tuvo, no llegaron a lo indigerible.

Se ha dicho que integró la comisión encargada de establecer las dosificaciones de la libreta de de racionamiento. La acusación (porque se trata de una acusación) puede tener alguna base: quizás fue consultada en tanto especialista en Dietética. Pero ella debió entender aquella solución como provisional y como justa. Y quién sabe cuánto cambió de parecer, luego de tantas décadas de practicar una cocina de pura sobrevivencia.

La mayor parte de su vida profesional estuvo bajo sospecha de apuntalar al régimen revolucionario, de justificarlo con la confección de platos. Conformista como era (todo cocinero de estación lo es), la acusaron de complicidad con el desabastecimiento. Aunque en este punto ella se mostró más responsable que las autoridades. Cierto que compartió el optimismo de la propaganda oficial (“Tenemos aún dificultades por vencer”, escribió de la carestía de los setenta), pero no trampeó nunca. Y quien quisiera hacerse por aquellos años una idea exacta de la economía del país hizo mejor en atender a “Cocina al minuto” que a los noticieros. Pues, mientras estos últimos mostraban cosechas exitosas que dudosamente llegarían a los mercados, Nitza ponía al fuego estrictamente aquello que su ayudante Margot Bacallao veía descargar de los camiones.

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Resulta interesante comparar distintas ediciones de Cocina al minuto. Una edición prerrevolucionaria y otra posterior a 1959, por ejemplo. Salta a la vista que la nueva época, la economía del nuevo régimen, dictó variantes a las maneras anteriores. Simplificó aquellas maneras o las volvió imposibles. Para entonces los huevos exigidos por las recetas dejaron de ser de La Dichosa, el arroz no era Gallo, el aceite no fue más de El Cocinero. Las antiguas precisiones (dictadas por la calidad de los productos o por el peso de los anunciantes) no tenían razón de ser. No existía ya más que una marca: la del Estado.

Huevos, arroz y aceite eran artículos genéricos, arquetípicos casi. No cabía elección. A juzgar por el lenguaje utilizado popularmente, ningún producto era alcanzable mediante compraventa. Venían al mercado. Los daban por la libreta de racionamiento. Venían, con lo azaroso que suelen ser los visitantes. Los daban, como una donación benevolente. La comida pertenecía ahora al ámbito de lo milagroso. Un litro de aceite rubio era un dios que bajaba. El país se abastecía en un tiempo que parecía desprovisto de conexión con el dinero. Era la emulación socialista entre brigadas la que creaba comida, era el trabajo sin retribución alguna, voluntario.

Muchos ingredientes de las primeras ediciones parecían escritos ya en una lengua muerta indescifrable. Nitza Villapol supo desprenderse de ellos como si se tratara de majaderías, pero incluyó en las reimpresiones de sus recetas un ingrediente con que apenas contara antes: la ideología política. El lugar de la publicidad comercial, tan presente en las ediciones anteriores a 1959, fue ocupado por la propaganda política. Ella dispuso como epígrafe de su libro de recetas, a la entrada de su cocina, esta frase de Friedrich Engels:  “…trasguean las tradiciones en la mente de los hombres…”.

Se trataba de un Engels no muy canónico, un Engels casi Grimm, que hablaba de trasgos. Aunque lo importante (¿quién no lo sabía entonces?) era traer a cuento a tan pesante autoridad, sin importar lo que dijera.

El prólogo a la edición de 1980 de Cocina al minuto responsabilizaba de todas las carencias padecidas al bloqueo (por embargo) estadounidense. Sostenía que los primeros habitantes del país habían alcanzado una cultura elevada en materia de alimentos (Nitza debió confundir a siboneyes y taínos con aztecas e incas), y culpaba a los conquistadores españoles de no saber aquilatar las recetas culinarias indígenas.

Después de los españoles, tocaba el turno en ese prólogo a los males del intercambio económico con Estados Unidos. La industria porcina yanqui (así la llamaba) separaba la carne de cerdo y sus derivados para la población estadounidense y dejaba a los cubanos la manteca. “Éstos”, decía de los estadounidenses, “conocedores del valor de la carne de puerco como fuente de proteína, de alta calidad, y de vitamina B-1, vendían a Cuba, un pueblo casi analfabeto y por lo tanto en gran medida desconocedor de estas cuestiones de alimentación, y a sus gobernantes de turno nada interesados en la salud popular, una buena parte de la manteca que no consumían. Así, sin saberlo, el cubano contribuía a que sus explotadores pudieran comerse la carne de puerco y sus derivados como perros calientes, jamón, jamonada, etcétera”.

Nitza Villapol trazaba para su libro de recetas un esquema donde los cubanos comían sobras como esclavos domésticos, y la economía estadounidense invadía el país con manteca de cerdo, como si se tratara del agente naranja. En contrapartida, cantaba las alabanzas de la harina de trigo y la amistad soviética: “Símbolo de alimento desde que el hombre comenzó a cultivar cereales, es para nosotros también una parte de la eterna deuda de gratitud hacia el pueblo de la Unión Soviética y otros países de la comunidad socialista que en los momentos más difíciles tendió su mano amiga”.

Pese a ello, en unos años en que la propaganda oficial eludía la idiosincracia nacional (para orbitar mejor en torno a la Unión Soviética), ella hizo hincapié en lo cubano. Y reside en este punto la mayor diferencia entre las distintas ediciones de su libro de recetas. Antes de 1959, el asunto era comer. Más tarde, pareció tratarse de comer en cubano, de dar con lo cubano en la comida.

Todo el que frecuente recetarios comprenderá que la mayoría de ellos son ordenados a la manera de un menú, desde los aperitivos y entrantes hasta los postres y licores. Cocina al minuto, en su edición de 1980, se salta esta norma y presenta una ordenación muy diferente. Comienza por las recetas de arroz, el plato base del comer cubano, y concluye, no en los dulces, sino en diversas recetas de ajiaco. Se trata de una muy extraña cena, que sirve un sopón después de lo almibarado.

La explicación puede encontrarse en ese nuevo ingrediente con que cocina Nitza Villapol, la ideología. En una conferencia de 1939, Los factores humanos de la cubanidad, Fernando Ortiz había sostenido que Cuba era, como nación, un ajiaco. Una suma heteroclítica de ingredientes que bullía en un caldero. Siguiendo esta observación, Nitza Villapol fija el nacimiento de la cocina cubana en el momento en que el cocido español pierde los garbanzos y se hace otro plato. El ajiaco es emblema de la nación, según Ortiz. A lo que agrega Nitza que nuestra cocina resulta independiente desde la invención del ajiaco. El ajiaco es, en los fogones, el grito de La Demajagua.

Cocina al minuto reserva espacio al ajiaco después de los postres por no estar interesado en planear simples cenas (como la mayoría de los recetarios), sino en ordenar una nación. Si cualquier menú que se intente puede ser entendido como historia, los postres no pueden ser la coronación, sino el ajiaco. El acto de comer tiende, al final, a ese momento de independencia. El ajiaco es la saciedad y beatitud definitiva. Y cada vez que lo emprendemos lo que se espesa en él, más que las viandas, es una conmemoración.

Cocina al minuto, en sus más recientes ediciones, intenta una teleología no muy distinta a la de Cien años de lucha, discurso pronunciado por Fidel Castro el 10 de octubre de 1968, o a la de Ese sol del mundo moral, el volumen donde Cintio Vitier historiara una ética de la nación. Comer y cocinar alcanzan, en cierta Nitza Villapol, un sentido político.

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¿Cuánto tienen que esperar los muertos para ponerse en pie?, me preguntaba. Yo era un niño frente al televisor, preocupado por el destino de los espadachines muertos. Y recuerdo de entonces esta otra preocupación, mientras caían los créditos finales sobre la imagen fija del plato confeccionado ese día por Nitza Villapol en “Cocina al minuto”: ¿quién va a comerse lo que esa mujer cocina?

Brochure de la exposición anual de mesas para Pascuas celebrada en la tienda por departamentos El Encanto

Brochure (tapa de contrcubierta) de la exposición anual de Mesas para Pascuas auspiciada por la tienda por departamentos El Encanto, en La Habana. 1960. Colección Cuba Material.

Esta es tu casa Fidel. Serie Exilio. 1968. José A. Figueroa

la salida del país y el inventario de bienes

Sello de la Reforma Urbana. Foto de José Figueroa, tomada del libro

Sello de la Reforma Urbana. Foto “Esta es tu casa Fidel”, de José A. Figueroa, tomada del libro José A. Figueroa: Un autorretrato cubano.

El 11 de febrero de 1960, el nuevo gabinete cubano anunció que las propiedades de quienes abandonaban (o habían abandonado) el país serían confiscadas por el estado. En agosto de 1961, el mismo gabinete anunció que quienes tomaran el camino del exilio solamente podrían llevar consigo una pieza de equipaje. Poco más adelante, la ley reduciría la cantidad de bienes que los cubanos exiliados podían sacar del país a tres mudas de ropa. Todo lo demás pasaría a ser propiedad del estado cubano. El economista Armando Navarro Vega pormenoriza en su libro Cuba, el socialismo y sus éxodos (2013, Bloomington, IN: Palibrio):

Un momento cumbre de este proceso es la realización del “inventario”, recibido usualmente con júbilo por ser un indicador de que el expediente se mueve. El inventario es un registro documentado y pormenorizado de todos los bienes y pertenencias del futuro emigrante, que incluye no sólo el recuento físico o cuantitativo, sino también una valoración del grado de conservación del mismo. Se registra todo, desde un automóvil o el saldo de la cuenta en el banco, hasta los libros, los vasos y las cucharas. A la salida se verifica que nada falta, y que todo se mantiene en el estado en que estaba en el momento en que se inventarió. En caso de pérdida o deterioro de algún bien, o se repone, o no hay viaje. (P. 66)

Llega el momento de “chequear” el inventario, y si todo está bien, la familia sale de la casa con el equipaje que le permiten llevar, y la vivienda es precintada con un sello de la Reforma Urbana, el organismo que controla las viviendas. (P. 67)

Los viajeros saben que el valor total de todo cuanto pueden llevar para iniciar una nueva vida no excederá los 50 pesos cubanos. Algunos tratan inútilmente de esconder los pendientes de la abuela, los anillos de boda, el reloj de leontina que ha permanecido en la familia por tres generaciones, ya sea por su valor monetario o sentimental. De nada vale un ruego o una lágrima, salvo para recibir burlas, insultos o amenazas. Es el último despojo, la última humillación. Entre este momento final y la presentación inicial de la solicitud de salida del país han transcurrido varios años. (P. 67)

los CDR y la iglesia

Libro litúrgico

Libro litúrgico o plegable con oración dedicada a Fidel Castro. Imagen tomada de El archivo de Connie.

En Sejourné, Laurette, and Tatiana Coll. 1980. La mujer cubana en el quehacer de la historia. Mexico: Siglo Veintiuno:

Tuvimos algunos enfrentamientos violentos, porque teníamos en la zona muchas iglesias; por ejemplo, recuerdo que en Regla concretamente, que es un barrio muy difícil y bueno a la vez, porque allí vivían muchos obreros pero había también muchas asociaciones religiosas, logias masónicas y muchos santeros, en una oportunidad trataron de sacar la procesión de la virgen de Regla, ése fue un día de lluvia muy fuerte y debajo de la propia lluvia se habían dado cita toda una serie de elementos no sólo de Regla sino de toda La Habana. Había un gran número concentrado, entonces se movilizaron todos los Comités de Defensa de la zona nuestra; aquí sí hubo necesidad de enfrentarse palo a palo con esa ralea de gusanos. Recuerdo que se contaron más de 108 cabezas rotas de elementos contrarrevolucionarios, porque te digo que incluso las mujeres que aquí en Cuba siempre fueron tan miedosas y de su casa, allí se quitaron los tacones y se enfrentaron y rompieron cabezas de estos elementos que se empeñaban de todas maneras en sacar a la virgen, aquella virgen bailando en cuatro palos en medio de la calle hasta que se fue abajo y entonces dominamos la situación y la procesión no salió. Esto no era sólo por un hecho religioso, no, eran manifestaciones contrarrevolucionarios en realidad, allí la gente no iba a rezar ni nada de eso, iba a insultar a Fidel y a la Revolución, por supuesto al pueblo que les arrebataba sus instrumentos de explotación, la procesión era para tapar . . . ellos no se resignaban a perder lo que las leyes revolucionarias les expropiaban para el pueblo. (Margot Mari Alvarez, pp. 217-8)

Carátula del Álbum de la Revolución Cubana

álbum de la revolución cubana

Carátula del Álbum de la Revolución Cubana

Carátula del Álbum de la Revolución Cubana. Imagen tomada del blog vernácula Typography.

En Cuba Counterpoints: Fate, the State, and the Everyday, by Alan West-Durán:

. . . One item that stands out from the beginning of the revolution is “El álbum de la Revolución Cubana,” published by La Revista Cinegráfico (under René Jiménez in 1960, it was a reprint of a 1959 first edition), but underwritten by the company Felices, maker of candy and preserves. They had traditionally made their candies offering postalitas (baseball cards), but now they were taking the postalita concept and applying it to an album-length narrative of the Cuban revolution that begins with Batista’s coup on March 10, 1952 and ends with the triumphant arrival of Fidel to Havana on January 8, 1959 (and, interestingly enough, with the execution of prominent batistianos involved in war crimes in the last three closing images). Through 268 card-images, a colorful, if somewhat ideology-laden story unfolds, even if the facts are pretty accurate. There is one ad for Guava Marmalade, on the back cover, from Felices with a little girl in blonde pigtails saying “Thank you, mom, for today’s dessert!”

Pure fifties imagery of what is supposed to be the typical middle class Cuban family, which if not in Spanish could be an ad from any U.S. magazine of the time. The front cover has an explosion of color to match the one depicted of a battle. On top are the Cuban and the July 26th flags, below which, in bold yellow lettering are the words Revolución Cubana in full caps. Next to that lettering stands Fidel himself holding a rifle. He looms large over the landscape and to his right is both the Sierra Maestra (the mountain range that harbored the incipient guerrilla movement), and above the mountains is a kind of spirit-cloud with the face of José Martí, Cuba’s “imaginary monarch” (Rafael Rojas’s words), the political and moral inspiration of the Cuban revolutionary movement. At ground level are scenes of battle (with soldiers, planes, tanks and an explosion with billowing red smoke), as well as a depiction of the Granma, the boat used by the July 26th rebels to go from Mexico to Cuba (now prominently displayed in the Museum of the Revolution). To say the cover is over the top would be an understatement, but it does have an appeal for those who enjoy an action comic aesthetic with clear heroes and villains. The difference between the covers is striking: revolutionary propaganda (Fidel, Martí, July 26th Movement) on the front; capitalist propaganda (Guava marmalade) on the back. Blood and heroism on the cover, sweetness and pleasure on the back: good old Cuban dialectics at work.
Surprisingly, for an object for young collectors, the album depicts many scenes of violence, be it acts of repression of the Batista government to battle scenes with bodies strewn about, to attempts on the life of Batista, to the assassination of underground leader Frank País, or the blowing up of trains in Santa Clara. Indeed, it is a graphic and bloody depiction of an insurrectionary war and those who died in the revolutionary struggle are shown as heroes and spoken about in the language of Christian martyrdom.

Leer todo el texto en Cuba Counterpoints.

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Ver el álbum de la revolución cubana en pdf, a partir de las imágenes de Vernacular Typography.

Recibo entregado por la Comisión Organizadora de la Concentración Campesina

Concentración Campesina

Recibo entregado por la Comisión Organizadora de la Concentración Campesina

Recibo entregado por la Comisión Organizadora de la Concentración Campesina. 1959. Colección Cuba Material.

El 26 de julio de 1959 tuvo lugar en la Plaza Cívica de La Habana la Concentración Campesina, “the greatest drama that Cubans had witnessed since the fall of the dictatorship itself” (Guerra 2012:67). Un millón de campesinos visitaron La Habana para asistir a este simbólico evento, siendo alojados en casas de habaneros. De la Concentración, cuenta Ambrosio Fornet que “La Habana se llenó de sombreros de yarey y escarapelas con la visita de miles de campesinos que descubrían asombrados los bombillos y el teléfono” (2009:354). Sombreros, escarapelas y guayaberas que, dice Lillian Guerra, los organizadores del evento mandaron a producir, en cantidades y a una velocidad extraordinarias, a los trabajadores de la industria textil, a “substantially reduced cost” (p. 70). En cuanto a los sombreros de yarey, fueron vendidos “to the wealthy and middle-class residents of Havana who were then expected to give them away” (p. 70) a sus visitantes. Como parte de esta campaña mediática, Cubana de Aviación “took out a large ad featuring a joyful peasant wearing his yarey  hat and linen guayabera, hands thrown up in the air: ‘Brother peasants,’ the ad announced, ‘Habana is yours; feel that the home of habaneros where you are staying are your own homes. . . . At this moment in Cuba, there is no one more important than you.’” (Guerra 2012:71). Asimismo, “clothing stores like Fin de Siglo and La Filosofía also advertised special discounts for the guajiros, while a restaurant named La Pasiega boasted of donating ten thousand plates of macaroni to the nation’s distinguished guests” (Guerra 2012:71).

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Sobre la Concentración Campesina y la contribución de los habaneros, en Lillian Guerra (2006) “Una buena foto es la mejor defensa de la Revolución.’ Imagen, Producción de Imagen y la Imaginación Revolucionaria de 1959.Encuentro 46:11-21:

Traer medio millón de campesinos a La Habana requería un estimado de cinco millones de dólares en transporte, alojamiento y comida para los visitantes, muchos de los cuales no habían viajado nunca fuera de su provincia de origen, por no mencionar que no habían visitado nunca la capital. En algunos casos, los campesinos que iban a La Habana nunca habían salido de sus pequeños pueblos rurales. Al igual que la Reforma Agraria, el éxito de la visita de los guajiros a La Habana dependió, en primera instancia, de la generosidad financiera, del trabajo voluntario, y del apoyo organizativo de la clase media habanera. Igualmente significativa fue la organizada clase obrera habanera que voluntariamente donó en la fábrica su tiempo y, en algunos casos, su salario. Al final, el Gobierno nacional contribuyó, si es que lo hizo, con muy pocos fondos. . . .

Las familias pudientes abrieron sus puertas a cerca de 150.000 visitantes campesinos que no habían conocido antes. La Confederación de Trabajadores de Cuba, el sindicato más grande de Cuba, alentó a los trabajadores a donar un día de salario para la Reforma Agraria y a ofrecer alojamiento a los guajiros. Los estudiantes de la Universidad de La Habana, el personal del Ministerio de Hacienda, clubes de Rotarios y revistas como Carteles, prometieron proveer a 250.000 campesinos adicionales de un lugar donde quedarse en campamentos improvisados sólo para el evento. Los panaderos planearon hacer nueve millones de barras de pan para los desayunos y meriendas de los campesinos. Las compañías de gas acordaron donar combustible para su transportación y los ferrocarriles privados donaron 250.000 billetes gratis para hacer posibles los viajes desde las regiones más apartadas de Cuba.

Igualmente significativa fue la proporción en que los organizadores y los contentos residentes habaneros aseguraron que el espectáculo de la invasión guajira a La Habana fuera un éxito, tanto a nivel simbólico como personal. De esta forma, los trabajadores de la industria textil se ofrecieron para confeccionar, a un precio muy reducido, cientos de miles de guayaberas, las camisas tradicionales, supuestamente, usadas en el campo. Ostensiblemente, los residentes de La Habana esperaban que sus huéspedes campesinos «lucieran» como campesinos vistiendo guayaberas y el peculiar sombrero de yarey de ala ancha. Irónicamente, los campesinos ya no usaban sombreros de este estilo ni poseían guayaberas: la mayoría no podían ni pagarlas. Sabiendo esto, los organizadores movilizaron fábricas y comerciantes para vender las camisas y los sombreros a los residentes habaneros de clase media y adinerados, los cuales se esperaba fueran entregados como regalos de bienvenidas a todos los guajiros que se encontraran en las calles o que alojaran en sus hogares.

Además, los hoteles de cuatro y cinco estrellas ofrecieron cientos de paquetes vacacionales en sus habitaciones y suites, pagadas completamente, para los campesinos de Oriente, considerados los más pobres, los más olvidados, y los realmente heroicos por sus contribuciones al éxito de la lucha guerrillera. Miembros del Miramar Yacht Club, posiblemente el club social más exclusivo del país, proveyeron alojamiento en sus lujosos cuartos de huéspedes a treinta campesinos. Al final, ni los dueños de grandes extensiones de tierras, que habían sido el blanco de la Reforma Agraria, pudieron resistir el involucrarse. De acuerdo con Revolución, un grupo de hacendados pagó por 300 habitaciones en los hoteles Inglaterra y Plaza, en el corazón de la ciudad, así como un estipendio de tres pesos por campesino —¡lo cual resultaba ser mucho más de lo que ellos mismos ganarían trabajando en sus fincas! (Pp. 14-15)

Dice Graziella Pogolotti en el libro La mujer cubana en el quehacer de la historia:

El 26 de julio, después de la reforma agraria, hubo una concentración muy impresionante en la plaza de la Revolución en donde se hizo expresa la vinculación del campesino y su compromiso con la Revolución. Hubo un momento en que ellos juraron su fidelidad a la Revolución levantando el machete, el machete tradicional, todos lo traían, al aire. Y realmente eso fue un gesto gratuito porque después, cuando se constituyeron las milicias serranas, los campesinos se mostraron dispuestos a integrarse a la milicia y a defender la Revolución. La defendieron. (P.103)

Hay un detalle que la Dra. Pogolotti escamotea. No fue casualidad que todos los campesinos llevaran un machete. Así había sido previsto por los organizadores del evento. De modo que cuando éste fue blandido para reclamar el regreso de Fidel Castro al gobierno cubano no se trató más que de una representación previamente concebida.

También recuerda la Dra. Pogolotti:

Llegaron aquellos campesinos desnutridos–gente de 30 años que parecía tener 60, uno no tenía nunca la manera de calcular la edad de aquellos hombres destruidos físicamente, marginados totalmente de la vida moderna, muchos de ellos, que no conocían la electricidad, no conocían el cine; naturalmente, en una isla como ésta no habían visto el mar nunca en su vida. Entonces, iban al malecón y se quedan horas contemplando el mar. La gente realmente se estremeció. Se sintió culpable. Muchísima gente se sintió tremendamente culpable por haber tenido todo lo que tenía, poco o mucho, frente a aquella otra realidad que se presentaba de repente. (p.103)

Otros testimonios sobre la Concentración Campesina:

Los campesinos le piden [a Fidel Castro] que se mantenga en el cargo como primer ministro. Y entonces, es ante aquella masa que él pronuncia su discurso. Los campesinos le piden que se mantenga en el cargo como primer ministro y es inolvidable, inolvidable por completo, el aplauso que se produce chocando los campesinos sus machetes. Entonces el sonido, el sonido del choque de los machetes, de millares y millares de machetes al aire, chocando uno con otro, realmente yo creo que en la historia del mundo nunca se ha producido una cosa semejante. Era un sonido estremecedor, estremecedor. (Maruja Iglesias, p. 105) Cuando comenzaron a llegar los campesinos a La Habana . . .  es que uno puede recordar tantas emociones al mismo tiempo, uno se pregunta a veces ¿qué fue lo que más te impresionó? y no puede saberlo ¡eran tantas cosas! Aquel bullicio de los sombreros, todo el mundo con su sombrero, con su pañoleta . . . Todavía recuerdo la concentración de aquel año, con los machetes aquellos en las manos, “chas, chas” sonando por toda la ciudad. (Carmen Pola, p. 105)

Fidel Castro en su discurso del 26 de julio de 1959:

Porque ningún espectáculo hemos visto nunca, ni creo que nunca se haya visto, ningún espectáculo semejante al de esos machetes que se empuñan, al de esos machetes que se afilan, al de esos machetes que se rozan unos con otros. Este medio millón de machetes, este medio millón de machetes que se agitan y que hablan con la voz característica de su temple y de su filo, manejados por las manos vigorosas de nuestros campesinos; este medio millón de machetes levantados es el espectáculo más impresionante que hayamos visto en nuestras vidas, es el espectáculo más imponente que se ha visto, posiblemente, en ningún lugar del mundo; ese medio millón de machetes que convierten desde hoy, al machete en el símbolo de nuestra revolución. Si los criminales de guerra . . . pudieran ver a esos campesinos, que son los mismos a los que ayer criminal y brutalmente agredían descargando esos machetes sobre sus espaldas; si pudieran ver a esos campesinos que saben lo que son aquellos abusos felizmente desaparecidos para siempre; aquellos campesinos que antes tuvieron que soportar el plan del machete sobre sus espaldas de hombres nobles y trabajadores; si pudieran ver, sobre todo si pensaran por un minuto que estos campesinos que ahí están haciendo rechinar esos machetes son los mismos campesinos a los que estuvieron humillando, golpeando y dándoles plan de machete durante muchos años, desde el principio de nuestra república . . . es muy posible que desistirían de sus planes. (pp. 105-6)

uniforme milicias revolucionarias

Milicias Nacionales Revolucionarias

uniforme milicias revolucionarias

Uniforme de las Milicias Revolucionarias. Publicado en la revista Mella. Tomado de El Archivo de Connie.

El 27 de noviembre de 1959 el recién creado cuerpo de milicias desfiló con un uniforme compuesto por camisa color vino, boina negra, y saya o pantalón gris (Teniente Olga Ferrer, p. 179).

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En Sejourné, Laurette and Tatiana Coll. 1980. La mujer cubana en el quehacer de la historia. Mexico: Siglo Veintiuno:

Al principio era una milicia sin uniforme. Vaya, era muy bonito aquello, todo el mundo marchando. El uniforme se viene a hacer en el año 60. El primer desfile oficial que hubo con uniforme fue el primero de mayo del 60. Fue cuando salimos con uniforme a la plaza de la Revolución, cuando se dejó de ir a Palacio, porque al principio, en 59, todas las concentraciones eran en el Palacio presidencial, pero ya en el 60 se hacen aquí en la plaza de la Revolución, que todavía era Plaza Cívica. El uniforme era saya negra, blusa verde,, una boina negra, zapatos negros de esos colegiales, medias verdes, y un distintivo aquí, que lo tengo, de la milicia, que era un fusil así atravesado con las letras MR: Milicias Revolucionarias, decía. Ésas fueron las primeras milicias. (Pilar Cabrera, p. 177)

mural con los reyes magos

Reyes Magos revolucionarios

mural con los reyes magos

Imagen tomada del libro de Lillian Guerra “Visions of Power in Cuba.”

En Penúltimos Días: La Revolución y los Tres Reyes Magos:

El gigantesco mural muestra un belén revolucionario al que llegan los tres primeros comandantes (Fidel, el Che y Almeida en el obligatorio rol de Baltazar) con sus respectivos dones: la Industrialización, la Reforma Agraria y la Alfabetización.

Al fondo, las montañas, y sobre el Nacimiento la figura de un Martí gigante y beatífico. El mural, titulado “Jesús del Bohío”, cuyo estilo naif recuerda las primeras obras monumentales de Siqueiros, se instaló a finales de 1960 en la marquesina de la estación de radio CMQ, en La Habana, y puede verse en el documental de Chris Marker, Cuba sí (1961), cuyos primeros minutos son una antología del mito de la Revolución como consagración navideña.

El documental comienza con escenas tomadas en una famosa tienda de juguetes, entrevistas a un grupo de niños que van desgranando deseos ante la cámara. Se nota el placer de los rebeldes convertidos en representantes de los tres nuevos Reyes. Fidel Castro había anunciado que se regalarían juguetes a todos los niños cubanos, y en varios grandes almacenes se formaron colas gigantescas. Y premonitorias. Los juguetes, por supuesto, no alcanzaron, pero esa frustración sólo puede verse en otras fotos, bastante menos conocidas.

Durante esos primeros años no faltaron pruebas de la “voluntad navideña” de la Revolución. Hasta se intentó sustituir a Santa Claus por la figura autóctona de un “guajiro” barbudo, Don Feliciano, vestido con guayabera y sombrero de yarey. La idea no fue bien acogida, a diferencia de los camiones militares, que el 24 de diciembre de 1960 recorrieron los barrios pobres entregando carne de puerco, frijoles negros, arroz, turrones y golosinas.

El mito de la Revolución navideña, sin embargo, entrañaba un peligro: al convertir a los barbudos en Reyes Magos, el pueblo cubano asumía también una inequívoca condición infantil. Dejaba de ser un ente político adulto para convertirse en el niño que pide deseos, confiado en que, de alguna u otra manera, los regalos llegarán. Los principales dones (Industrialización, Reforma Agraria, Alfabetización) se anunciaban como derechos postergados, pero se entregaban como dádivas, como juguetes. Ayudada por el mito, la política se desligaba de las instituciones y de la sociedad civil para convertirse en ritual de complacencia que consagraba al Nuevo Poder en la esfera de lo inapelable.

En 1959 los juguetes no alcanzaron. A partir de 1969, las Navidades estuvieron prohibidas durante casi tres décadas. Pero todavía seguimos en lo mismo: esperando algún gesto de largueza navideña.

Por Ernesto Hernández Busto

navidades, consumo, nacionalismo y revolución

Navidades de 1961. Imagen tomada del muro de FB de EtnoCuba.

Navidades de 1961. Imagen tomada del muro de FB de EthnoCuba.

En Louis A. Pérez. 1999. On Becoming Cuban: Identity, Nationality, and Culture. NC: University of North Carolina Press:

Artist María Luisa Ríos criticized the reproduction of northern scenes as the representation of Christmas. “We Cuban painters do not have need to seek inspiration in foreign motives to create nativity scenes,” asserted Ríos. “In Cuba there exist untapped motives waiting for the magic of lines and color to shape them on the canvas.” (p. 474)

Holidays were transformed. The celebration of Thanksgiving was suspended. Christmas changed. New emphasis was given to the celebration of a “Cuban Christmas,” which signified the revival of Spanish traditions and the consumption of Cuban products. Fifty years earlier, the means of expressing Cuban involved replacing Spanish customs with North American ones. In 1959 the affirmation of Cuban implied rejection of North American practices for Spanish ones. Merchants, retailers, and advertisers were exhorted to emphasize Kings Day (January 6) as more consistent with Cuban customs. . . .  Carpentier called for te rejection of Santa Claus and the Christmas tree as practices “alien to our traditions.” Roberto Fernandez Retamar agreed . . . The time had come to banish Santa Claus –“difficult to pronounce”– from the “Cuban Christmas” and restore the three wise men. (p. 485)

On the occasions where Santa Claus did appear, his beard was often colored black to resemble a barbudo. The Ministry of Commerce discouraged merchants from importing Christmas trees, Christmas decorations, candies, and other merchandise associated with “traditions foreign to the nation.” The only exception to the ban on foreign imports was the Spanish candy turrón , which was permitted, as it formed part of the “true Spanish-Cuban traditions.” (p. 486)

En Llilian Guerra. 2012. Visions of Power in Cuba: Revolution, Redemption, and Resistance, 1959-1971. Chapel Hill: University of North Carolina Press:

Cuba’s National Institute of Culture, headed by former Ortodoxo Party stalwart Dr. Vicentina Antuña, developed plans to “cubanize” Christmas through politically engaged, commercial means. Cubans had made a “consumerist” not a “communist” Revolution, Antuña’s plan appeared to say. Given Cuba’s international context, expressing Christmas joy itself could be considered revolutionary. With this in mind, INRA’s paid advertisements promoted decorative ideas that deliberately politicized the serving of eggs and chicken (which Beef-loving Cubans apparently disdained for not being real “meat”). Now produced by state-managed cooperatives, displaying these products at holiday meals nt only showed one’s revolutionary stripes but also ensured that state ownership would succeed. In nationalizing their tastes, most Cubans needed little encouragement. In December 1959, Cuban families uncorked bottles of Cuban wines rather than imported varieties for the first time in living memory, while poor neighborhoods took up special collections to buy outdoor Christmas decorations to adorn their blocks.

An additional dimension of the National Institute of Culture’s cubanization of Christmas campaign included the publication of Cuba’s first truly national cookbook. Once again, if buying Cuban and giving Cuban made you more Cuba and therefore, more revolutionary, so did eating Cuban. Featuring recipes from all regions, the book was meant for women in the capital who rarely ventured into the campo and therefore had never discovered its culinary delights. Symbolic of their peasant origins, featured recipes in the book had delightfully ironic names, such as three styles of making the desert matahambre (hunger-killer) (two of which are labeled “traditional”), another recipe called matarrabia (rage-killer) as well as a Caibarién fisherman’s favorite dish, salsa de perro (sauce of a dog). Thus, Recetas Cubanas not only represented the national integration and embrace of the campo into the culture, identity, and kitchens of urban Cubans but also demonstrated how the socioeconomic injustices of the past had deprived affluent habaneros of the beauty of rural culture and its rustic customs.

Maximun expression of revolutionary consumerism could be found in the government campaign to influence the nature of holiday gift shopping. As one reporter put it, “The idea of fusing universal celebration of the birth of Christ with cubanía [is] certainly very patriotic.” In November 1959, officials announced a fair to exhibit different gift ideas for Christmas that would be held at Havana’s prestigious Museo de Bellas Artes on El Prado. Although a few foreign-named franchises like Sears and Escarpines Gold Seal were included, organizers focused on soliciting donations of items for a “Cuban Christmas” from all of the capital’s locally owned department stores and they also contacted Cuban-owned manufacturers such as Muñecas Lili, Camisetas Perro, and Bacardí’s Hatuey beer division. All items displayed had to be Cuban-made.

Not originally intended to solicit individual donations, the campaign nonetheless inspired citizens to donate their own handicrafts to the fair. After all, what could be more “Cuban” than a gift not made by a machine but by a real life Cuban? Organizers seemed to agree. (p. 97)

En Cubadebatepor Antonio Núñez Jiménez (tomado de En marcha con Fidel):

Muy lejos de Soplillar, un automóvil sale de la Capital. En él viaja Fidel Castro, Primer Ministro del Gobierno Revolucionario. Atravesamos ciudades y pueblos, todos igualmente engalanados con cubanísimas pencas de palmas reales, las casas con bandera y a lo largo de las calles, una profusión de guirnaldas de colores, adornos navideños. Al paso de Fidel, la gente le extiende su saludo emocionado. Todos quieren estrechar su mano, expresarle su apoyo a la Revolución. Son las primeras Navidades libres de Cuba.

En Cubadebate, del mismo texto: La Nochebuena de Fidel con los carboneros:

. . . Es el día de Nochebuena y hay que preparar la cena y traer las cosas de la bodega. Ademas, Rogelio debe pedir la liquidación a la Cooperativa. Quiere comprarales ropa a los muchachos y a Pilar “para que deje de ponerse ese ripio punzó”.

Juntos abandonan la finca Santa Teresa, antiguo latifundio, ahora propiedad del pueblo carbonero. Atraviesan un trillo hasta el campo de aterrizaje, obra construida por el INRA y, siguen la amplia calzada del aeródromo.Llegan a Soplillar. Pasan la escuelita remozada, pintada de verde claro; las casas de madera, adornadas con papelitos de colores, indican la alegría reinante.

Rogelio y Carlos se abren paso hasta el mostrador de la Tienda del Pueblo para cobrar el dinero que la Cooperativa les adeuda y comprar los víveres de la Nochebuena Carmelo Hernández, el administrador, le extiende a Carlos un cheque. No lo cambie, paga con lo que le ha quedado de meses anteriores y comenta que antes el cobro de los carboneros sólo servía para pagar lo consumido y abonar los abusivos intereses. La lista de precios que cuelga de la pared es elocuente: al aumentar los jornales del carbonero casi al doble y reducirse el costo de la vida, el nivel económico en la ciénaga se eleva en pocos meses.

Una hora después de su entrada en la Tienda del Pueblo, Rogelio y Carlos, con sendos sacos repletos de víveres, turrones y otros dulces para sus hijos, regresan a sus hogares.

. . .

-¡Que diferencia! Hace un año los amarillos vinieron a llevarme la lechona y me mataron a un sobrino que todavía nadie sabe donde lo enterraron. Señores, ¡esto ha vuelto a nacer!.

. . .

-Cuando ustedes luchaban en las montañas, para serles franco, no creía que esta Revolución iba ser tan pura. ¡Eran tantas las decepciones del pasado! Yo conozco como nadie la ciénaga y ahorita no se va a conocer. En Soplillar ya hay ciento cuarenta y ocho cooperativas, en Buenaventura ciento noventa y en Pálpite pasan de ochenta. Y a eso, súmele las carreteras, las playas, las Tiendas del Pueblo.

Antes de las doce de la noche ya todos estamos sentados frente a una mesa de rústicas tablas donde se coloca el lechón asado, una fuente de yuca, la ensalada de lechuga y rábanos y el arroz blanco. El vino es de frutas cubanas y los turrones comprador en la Tienda del Pueblo han sido producidos en el país.

Texto tomado por Cubadebate de Núñez Jiménez, Antonio (1982). En marcha con Fidel. Habana: Letras Cubanas.

Operación Industria Cubana

Operación Industria Cubana. 1959.

Operación Industria Cubana. 1959.

En Librínsula: Consuma productos cubanos:

(…) Con el advenimiento de la Revolución la primera exposición comercial de producciones cubanas tuvo lugar entre los días 5 y 17 de abril de 1959, en los cuatro pisos y áreas aledañas del edificio que ocupaba la antigua Escuela de Medicina, sita en calles 25 entre J e I, en el capitalino barrio del Vedado.

Esta muestra expositiva fue visitada por miles de personas de la capital y fue considerada por un connotado ejecutivo de agencia publicitaria (Raúl Gutiérrez, presidente de OCLA), como la más grande que jamás hubiera visto.

“La recaudación de aquella exposición se empleó en la construcción de la que llegaría a ser después Escuela de Medicina de Oriente, que estaría ubicada en la provincia de Santiago de Cuba”, explicó el doctor Omar Fernández quien en aquel entonces era Capitán del glorioso Ejército Rebelde.

Meses después (entre el 8 y 18 de mayo del propio año) y, por decisión del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, la muestra fue trasladada hacia el mismo centro de la ciudad de Manhattan, en Nueva York, Estados Unidos, donde fue visitada por miles de personas “con un éxito extraordinario”.

“Ya en plena crisis las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, se presentaron productos cubanos como: azúcar, tabaco, café, ron, cerámica…además de dos mil de plantas, entre ornamentales y medicinales”, puntualizó Fernández.

Recordó que, en aquella ocasión, recibieron la visita del entonces presidente norteamericano Dwight Eisenhower, quien se marchó sumamente complacido de la exhibición luego de recibir “un estuche de habanos, los mejores del mundo”, de manos del Capitán del Ejército Rebelde.

“—Voy a despertar envidia a mis amigos, cuando me fume estos excelentes habanos,” dijo Eisenhower.

Igualmente, y cumpliendo órdenes de Fidel, la exhibición comercial fue mostrada a todo el pueblo de Cuba… a través de un contexto inusual: transportada en ferrocarril. Para ello se dispusieron 62 vagones –de ellos 50 expositivos y un staff conformado por 90 personas—que, entre diciembre de 1959 y mayo1960, realizaron un recorrido por 90 lugares a todo lo largo y ancho de la Isla.

“Se partió de la ciudad pinareña de Isabel Rubio y, seis meses después de trabajo titánico y, de regreso a La Habana, la clausura la hizo el Comandante Ernesto Che Guevara…Unas 750 000 personas de otras provincias tuvieron la oportunidad de visitar la muestra, partir del tren más largo de Cuba”, rememoró en esta oportunidad Amadeo Blanco, uno de los principales coordinadores de aquella Primera Exposición de Productos Cubanos en la Acción Ferrocarril.

En esa oportunidad, algunos industriales cubanos fueron abandonando poco a poco la muestra ferroviaria debido al proceso de nacionalización de industrias y empresas privadas que se estaba desarrollando en el país. (…)

trabajador construye tu maquinaria

“construye tu propia máquina”

trabajador construye tu maquinaria

“Trabajador, construye tu propia maquinaria”. Cartel promocional del Ministerio de Industrias. Tempranos 1960s. Imagen de Ernesto Oroza.

En el Informe del Dr. Ernesto Guevara, Ministro de Industrias en la Reunión Nacional de Producción de 1961 (publicado en Díaz Castañón, María del Pilar. 2004. Ideología y Revolución. Cuba, 1959-1962. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales):

En este momento estamos estudiando una segunda campaña de emulación, basada en parecidas características, y que tendrá por nombre “Construya su propia máquina”. Es decir, tomar a los obreros, a los técnicos de mayor categoría y de más empuje revolucionario, porque también hay que tener empuje revolucionario para esto, y crear equipos de trabajo que vayan copiando todas las máquinas que hay en el país, reproduciéndolas y aumentando nuestro equipamiento industrial con los materiales que existan en el país, cuando no se pueda otra cosa comprando algunos para completar maquinarias nuevas. Es ya la tarea que va a separar nuestra lucha pasiva por mantener la máquina andando con la pieza de repuesto, y nuestra lucha activa correspondiente a un nuevo escalón en el desarrollo de la producción, con los obreros y técnicos cubanos construyendo las máquinas para producir más en el país. (p. 228)

Y así se hicieron las cosechadoras de marca Libertadora, copia cubana de las norteamericanas Henderson.

copas de gonzalo cordoba

revolución, turismo y tradición

copas de gonzalo cordoba

Juego de copas diseñado por Gonzalo Córdoba. Foto tomada de la página de FB de Ernesto Oroza.

En Hecho a mano en Trinidad de Cuba, libro de Cristina González Béquer (E&A Editions 2013):

En el año 1959, cuando la Comisión Nacional de Turismo se convirtió en el INIT (Instituto Nacional de la Industria Turística) algunos especialistas fueron a conocer y a valorar la obra de los artesanos trinitarios. Una exposición, que debe haber tenido lugar a finales de ese año o a inicios del 60, recogió los resultados de la pesquisa y del trabajo directo con los artesanos para conseguir piezas de gran calidad. Por ese tiempo, dos arquitectos, Gonzalo Córdoba y María Victoria Caignet, ambientaron las cabañas del Motel Las Cuevas utilizando piezas de artesanía local. Las bases de las lámparas se hicieron en Los Hornos de Cal y fueron modeladas siguiendo los patrones que, unos años antes, habían aprendido los alfareros trinitarios de Amelia Peláez. Las pantallas fueron tejidas de carey, lo mismo que las empleitas con las que crearon vistosas esteras. Más tarde, por obra y gracia de esos pesquisajes, se mezclaron y se estandarizaron las manualidades en todo el país y se formó una mezcolanza de artesanías que impediría, por largo tiempo, reconocer las tradiciones locales.

A mediados de la década de los años setenta, Córdoba y María Victoria regresaron a Trinidad para realizar la ambientación del hotel que se construía entonces en la playa de María Aguilar y que se llamó Costa Sur. . . . Lorenzo Urbistondo y Aurora Mesa, que fueron los diseñadores designados para esa tarea, . . . recorrieron casas y patios trinitarios, visitaron el taller de alfarería de los Santander y conocieron a mucha gente anónima –que seguía trabajando en pequeña escala– con el propósito de utilizar sus obras en los espacios del hotel. Por ejemplo, los pañuelos de malla de Enriqueta Medina, hermana de Merceditas, iban a ser enmarcados para presidir los dormitorios. Llegaron a realizar el diseño para estampar un tejido, cuyo dibujo imitaba las ensaladillas que habían encontrado en las camas trinitarias. Con ese tejido proyectaron la elaboración de las sobrecamas del hotel.

La premura pro inaugurar el hotel hizo que estos proyectos decorativos nunca llegaran a realizarse. Las sobrecamas definitivas fueron de chenille, como las de todos los hoteles cubanos de esa época. (pp. 71-74)

Fidel Castro, reloj Rolex y grados de comandante

La Jornada: Dinorah, la bordadora de Fidel

Imagen tomada de internet.

Imagen tomada de internet.

En La Jornada: Dinorah, la bordadora de Fidel:

El nombre que aparece en su carné de identidad es Lucía Lucinda Betancourt Montenegro, pero para “su familia, sus íntimos y El Jefe” ha sido toda la vida “Dinorah, la bordadora”. Tiene 83 años cumplidos, de los cuales lleva más de 50 bordando los grados de Comandante en el uniforme verde olivo de Fidel Castro -“y en la camisa de hilo que él usaba por debajo del uniforme”, aclara.

. . .

“En 1960 llegó a mi casa un escolta de Fidel. Alguien le había dado una referencia de nosotras, porque mi hermana y yo aprendimos el oficio de mi madre, y con eso nos ganábamos la vida. Él traía un uniforme y me pidió que le bordara los grados de Comandante. Yo no era nadie; qué honor”, se emociona.

En aquel momento el dibujo sólo contemplaba el rombo rojo y negro, con la estrella blanca en el centro, que comenzó a llevar al Triunfo de la Revolución. “Años después, al dibujo original se le incorporaron las dos ramitas. A mí me lo traían trazado en el uniforme, pero no siempre la línea estaba bien hecha”, admite. Su hermana Raquel tercia en la conversación: “Muchas veces la estrella venía con las puntas de diferentes tamaños, y para Dinorah todo tiene que ser perfecto.… Y es la campeona en estrellas.”

Si el rombo de Comandante con sus ramitas se distingue no es sólo por la precisión de este bordado, sino por la superficie exacta y colorida. “Utilizo hilo de algodón 50 mercerizado, que da ese acabado brillante” –explica-. Por supuesto que hay pocas actividades creativas menos instantáneas que el bordado: este tarda tres horas en armar a golpe de pespunte y punto de pasado, que se trabaja siempre con un mismo movimiento de derecha a izquierda con puntadas verticales. “A veces llegaban y me decían: ¡Esto es para ayer. El Comandante se va de viaje mañana!, y yo me quedaba bordando hasta la madrugada.”

En 1986, la bordadora se jubiló, pero siguió en la casa hilando los grados de Fidel, y luego los de Raúl Castro. Raquel apunta otro dato: los bordados de Dinorah han ido hasta el cosmos. “Sí, bordó toda la ropa de Arnaldo Tamayo (el primer cubano que voló al espacio, el 18 de septiembre de 1980, en la Soyuz 38). Esas banderitas cubanas que vimos en la televisión eran de Dinorah”.

Dinorah vio a Fidel frente a frente solo en una ocasión. Ocurrió en 1994, cuando se le entregó un diploma a los empleados de Palacio que llevaban más de 30 años de trabajo junto al Comandante. “El me dio el diploma, tengo la foto”, sonríe. “Una vez me enfermé y no pude trabajar los grados. Pensé: ‘ni sabe quién yo soy, no importa, otra compañera lo hará por mí’. Una persona me contó que había entrado a una reunión, y oyó cuando él dijo: ‘Esto no me lo bordó Dinorah’. ¡Qué lindo! Él sí lo sabía, él sabe quién es Dinorah, la bordadora”.

H/T Cubadebate.