electrodomésticos de la república

, ,
Tostadora y plancha
plancha-a

Plancha para sandwiches de los años 1950s. Colección Cuba Material.

En casa de mis abuelos se conservan algunos equipos electrodomésticos de los años 1950s. Una tostadora, una plancha para hacer sandwiches y una cafetera de café americano cuyas porciones de agua y polvo mi abuela aprendió a dosificar hasta obtener en ella algo muy parecido al café cubano acumulan herrumbre sobre un aparador del comedor. Aunque en algún momento anterior a mi infancia dejaron de funcionar, nadie los movió de sus lugares, pensando en algún día cambiarles la resistencia y volverlos a poner a funcionar.

El año pasado, mientras buscaba en las tiendas en divisas un colchón nuevo para la cama de mis abuelos, vi que de nuevo se vendían en Cuba una diversa gamas de efectos electrodomésticos, en divisas y a precios elevados, aún si se comparan con los estándares de los Estados Unidos. Mis abuelos no pueden adquirir ninguno, pues hace tiempo que gastaron, cuando tuvieron que arreglar el techo, los ahorros que acumularon durante toda su vida. Tampoco han podido reparar  la vieja tostadora, la sandwichera, o la cafetera de café americano en la que alguna vez hicieron el café cubano.

12 congreso mundial de art deco en La Habana

,
Imagen tomada de The Guardian.

Casa de Julia Tarafa, calle 8 entre 5ta y 7ma avenidas, Miramar, La Habana. Diseñada en 1933 por Ángel de Zárraga. Imagen tomada de The Guardian.

Esta semana tiene lugar en La Habana el 12 Congreso Mundial de Art Deco, según el diario inglés The Guardian. Este diario ofrece un reportaje fotográfico sobre las construcciones art deco en Cuba. Durante este evento, según el diario, especialistas del mundo se reunirán en La Habana para discutir las mejores maneras de preservar el patrimonio art deco de la ciudad, para lo cual impartirán conferencias, y se realizarán tours y exposiciones.

H/T Wonderful Havana.

cifras de población y de bienes de consumo

La Habana. 1950s. Imagen tomada de cjaronus blog.

La Habana. 1950s. Imagen tomada de cjaronus blog.

En Diario de Cuba:

Antes de los Castro, la Isla era un imán para atraer inmigrantes de Europa, Medio Oriente, Asia, el Caribe e incluso de Estados Unidos. Estadísticas del antiguo Ministerio de Hacienda de Cuba revelan que solo entre 1902 y 1930 llegaron a nuestro país 1.3 millones de inmigrantes, 261.587 de ellos en los últimos seis años de ese período.

En esos 28 años, encabezaron la lista 774.123 españoles, 190.046 haitianos, 120.046 jamaicanos, 34.462 estadounidenses, 19.769 ingleses, 13.930 puertorriqueños, 12.926 chinos, 10.428 italianos, 10.305 sirios, 8.895 polacos, 6.632 turcos, 6.222 franceses, 4.850 rusos, 3.726 alemanes y 3.569 griegos.

En años posteriores siguieron llegando a Cuba más inmigrantes de las nacionalidades mencionadas, así como también libaneses, judíos, palestinos, rumanos, húngaros, filipinos y mexicanos (sobre todo de Yucatán), etc. En 1958 había en la embajada de Cuba en Italia 12.000 solicitudes de ciudadanos deseosos de emigrar a la Isla.

Pero si en 1958 Cuba era uno de los tres países de Latinoamérica con mayor ingreso per cápita, con 374 dólares —el doble que en España ($180) y casi igual al de Italia—, hoy es uno de los más pobres. Es el único que en vez de avanzar involucionó y presenta ahora un grado menor de desarrollo económico y social que hace media centuria. Ni siquiera Haití sufrió tal retroceso.

Los efectos del castrismo asombran cuando se examinan algunas estadísticas del Anuario Estadístico de Naciones Unidas, el Atlas of Economic Development (1961) de Norton Ginsburg, la FAO, el Departamento de Comercio de EE UU, y el Cuban Center for Cultural Social & Strategic Studies, Inc.

En 1958, como en cualquier nación en desarrollo, había pobreza en la Isla, pero Cuba era el octavo país del mundo con mayor salario promedio en el sector industrial, con $6.00 diarios, por encima de Gran Bretaña ($5.75), Alemania Federal ($4.13) y Francia ($3.26). La lista la encabezaban EE UU ($16.80) y Canadá ($11.73). Cuba, además, ocupaba el séptimo lugar mundial en salario agrícola promedio, con $3 diarios, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

Hace 54 años Cuba registraba la mayor longitud de vías férreas en Latinoamérica, con un kilómetro de vía por cada 8 kilómetros cuadrados. Y era líder en televisores, con 28 habitantes por receptor (tercer lugar en el mundo); la primera señal de TV a color en el mundo fuera de EE UU fue lanzada en La Habana por Gaspar Pumarejo, el 19 de marzo de 1958. El país ocupaba el segundo lugar latinoamericano en número de automóviles, con 40 habitantes por vehículo.

También teníamos la más baja tasa de inflación en Latinoamérica, con 1.4%. Nos autoabastecíamos de carne de res (desde 1940), leche, frutas tropicales, café y tabaco; y éramos casi autosuficientes en pescados y mariscos, carne de cerdo, de pollo, viandas, hortalizas y huevos. Éramos el primer país latinoamericano en consumo de pescado y el tercero en consumo de calorías, con 2.682 diarias. Producíamos el 76% de los alimentos que consumíamos (hoy producimos el 21%), y había una vaca por habitante.

La Isla exportaba más de lo que importaba, y era la tercera economía más solvente de la región por sus reservas de oro y de divisas y por la estabilidad del peso, a la par con el dólar. Era el país latinoamericano con menor mortalidad infantil y el que dedicaba mayor porcentaje del gasto público a la educación, con el 23 %. (Costa Rica, 20%; Argentina, 19.6%; y México, el 14.7%). En 1953, Francia, Gran Bretaña, Holanda y Finlandia contaban proporcionalmente con menos médicos y dentistas que Cuba.

Cuba era también proporcionalmente en 1958 el país latinoamericano con más salas de cine, ostentaba el segundo puesto en cantidad de periódico impresos, con ocho habitantes por ejemplar, luego de Uruguay (seis), y tenía el segundo lugar en teléfonos, con 28 habitantes por aparato.

Conclusión, que la debacle económica cubana no es causa, sino efecto. La verdadera razón que fuerza a emigrar de Cuba es el sistema político que sepultó la libertad económica y transformó la Isla en una ameba gigante que se nutre de subsidios extranjeros.

datos de “antes” y “después”

Tienda Fin de Siglo. Imagen tomada de Contextus.

Tienda Fin de Siglo. Imagen tomada de Contextus.

Cubanidades: El Fin de Siglo que no conocieron:


Los nacidos después del 59… vistieron con ropas generacionales pues pasaban de un familiar a otro, zapatos fuera de moda aunque siempre limpios. Perfumes y desodorantes eran una joya arqueológica y el champú “Fiesta” su única opción.

Noches de Habana, sin el glamour de años anteriores, clubes nada exclusivos. Pocas playas, escasas piscinas y abundante malecón. Un par de zapatos de “Primor” para “los quince de la niña” , una fiesta con reducidas ofertas y mucha demanda. Música hasta pasada la media noche resumiendo la alegría de estar vivos. Cajas de talco a modo de rolos para amoldar el pelo. “Chancletas metedeo”, batecasas, palabras que parecían salidas de un idioma que busca el facilismo mental por lo descriptivas.

……………….
En esos momentos era conocida la ropa soviética en pleno verano, circo soviético, exposición rusa, maestrías y postgrados de cultura hispana en la Unión Soviética. Premios de los 9500 millones a la Repúblicas Socialistas. Calzado preparado para frio mas no resistente al calor. Como idioma universal el ruso, inservible y áspero en las costumbres pero útil para negociar en sus colonias. Cintas de seda con grandes lazos, batas vaporosas. Tanta Europa resumida a un solo país. Muñequitos rusos odiados pero necesarios compitiendo con el exclusivo Elpidio Valdés, palmiche y sus contrarios.

De aquellas famosas tiendas quedaron vagos recuerdos reforzados por el deseo desmesurado de aprender de un pasado que tenía un Encantonatural por más que la Época era diferente. Quizás llegaría el Fin de siglo, con otras expectativas ya no tan pendiente de los Ten cent de salario con pensamiento de miseria. Hoy la generación que toma la vanguardia de la juventud conoce de lo aprendido. Sus recuerdos son tan pobres como las vivencias de sus padres y las remembranzas de los abuelos.

Ahora todo es diferente, las famosas escaleras rodantes que cincuenta años atrás causaron impacto hoy son pirámides esculpidas sobre la inmovilidad. Mostradores que no enseñan sino ocultan la ausencia de productos. Lámparas que dejaron de ser luminarias para ocupar el puesto de espacios oscuros. Los aires acondicionados acaparan la atención en días calurosos porque su uso restringido es muestra de un pasado tan remoto como el pensamiento de querer cambiar la vida con adelantos científicos. Cuba, un país que avanza de marcha atrás, no porque busque sus orígenes sino porque desconoce su futuro.

El tono de la voz: Branson DeCou y La Habana espectral de 1932

Imagen tomada de “El tono de la voz”

El tono de la voz: Branson DeCou y La Habana espectral de 1932:

Las fotografías que tomó DeCou a lo largo de su viaje están imbuidas del evidente pasmo ante el ambiente bucólico que le sugirió la isla. Eso hace que sus fotos resulten apenas distintas de las que llenan el anverso de las tarjetas postales de la Cuba republicana —léase a Gustavo Pérez-Firmat y su magnífico The Havana Habit para el imaginario de los viajeros norteamericanos a Cuba.

Con todo, muchas veces La Habana más genuina es aquella que no se le parece. Y Branson DeCou encontró una fotogenia de La Habana anterior al morboso regodeo entre sus ruinas. Una ciudad entonces en efervescencia política, pero a la vez una urbe ordenada y desierta: un territorio espectral. Más espectral aún, cuando plasmada en fotografías en blanco y negro que eran coloreadas después en un estudio de New Jersey.

Ver todas las fotografías de DeCou en la Universidad de California en Santa Cruz (h/t: El tono de la voz).

Havana. 1932.

Havana. 1932.

heladería Coppelia

,
Centro turístico ubicado donde se encuentra ahora la heladería Coppelia

Primer boceto del arquitecto Mario Girona para la heladería Coppelia. 1965. Imagen tomada de internet.

En Apuntes de una periodista, por Angélica Mora:

Una madrugada de enero de 1966 saliendo del hotel Habana Libre, antes Habana Hilton, Fidel Castro medio “prendido”, luego de presidir un congreso internacional, se quedó contemplando la esquina diagonal opuesta donde funcionaba un centro recreativo llamado Nocturnal . Allí había estado el hospital Reina Mercedes construido en 1886 y demolido en 1954 para dar paso a un rascacielos de 50 pisos que nunca se erigió. En un arrebato Fidel hizo llamar al arquitecto Mario Girona y lo obligó a diseñar “la heladería más grande del mundo”. “Pero Comandante balbuceó Girona- no existen referencias de heladerías tan inmensas como la que usted quiere”. La mirada gélida de Fidel fue la respuesta al arquitecto que en tiempo récord construyó la Heladería Coppelia, abierta al público el 4 de junio de 1966. El día de su inauguración se ofreció un menú de 26 sabores y 24 combinaciones, y se vendieron más de 3 mil tinitas de helado durante las doce horas que estuvo abierta, con colas de varias cuadras…

En Univision.com Mi página, por Ciro Bianchi:

La heladería Coppelia cumplió, el pasado 4 de junio, 42 años de construida. Lo curioso es que este establecimiento monumental, enclavado en lo que sigue siendo el corazón de La Habana moderna, no se ha inaugurado nunca de manera oficial. Un día abrió sus áreas al público y la gente entró para saborear los 26 sabores de helados que ofertaba entonces y que, con el tiempo, llegaron a ser 54. Fue en esa época el centro de encuentro y reunión por excelencia, y en buena medida lo sigue siendo. Los jóvenes de entonces, antes de ir a cualquier lugar, iban primero a Coppelia, o terminaban la noche en sus predios. A la oferta de los helados se unía la de sueros y batidos, y los precios eran escandalosamente bajos, más si se comparan con la calidad del producto, sencillamente insuperable. Un helado Coppelia es un helado Coppelia, y punto.

El triunfo de la Revolución no solo propició a las grandes masas el acceso a la educación y la salud. Les abrió también las puertas del consumo y la recreación. Empezó a comer el que no comía, y clubes y centros de esparcimiento que fueron exclusivos de la burguesía se llenaron de trabajadores y estudiantes. El Instituto Nacional de la Industria Turística (INIT) impulsaba un plan de excursiones nacionales, con una campaña publicitaria sin precedentes que giraba en torno al lema «A viajar por mi Cuba que me lleva el INIT» y que podía pagarse hasta doce meses después de la fecha de su disfrute. Los congresos más trascendentes se celebraban entonces en el Hotel Habana Libre, y el Pabellón Cuba pasó a ser sede de grandes exposiciones, en tanto que en las aceras de La Rampa se empotraban losas de granito que reproducían obras de importantes pintores cubanos para convertirlas en una galería de arte sui géneris.

Era la época en que Miriam Acevedo cantaba poemas de Virgilio Piñera en El gato tuerto, y en La Roca, Martha Strada arrebataba con su estilo. Bola de Nieve complacía a sus admiradores en una sala pequeña, casi íntima del Museo Napoleónico y hacía que el público abarrotara el Auditórium Amadeo Roldán para escucharlo en sus recitales de medianoche, y el cantante José Tejedor tenía tres programas diarios en la radio cubana. Aquel año de 1966, cuando se inauguró Coppelia, fue también el de la primera feria del libro, que tuvo lugar en el Pabellón Cuba y sus alrededores. El año en que se reimplantó la venta liberada de los huevos, se inició, con carácter experimental, el plan de la Escuela al Campo y se creó el Centro Nacional de Permutas. Un año en que EE.UU. no pudo impedir la presencia de Cuba en los X Juegos Centroamericanos y del Caribe, que se celebraban en Puerto Rico. También un año de agresiones, sabotajes, infiltraciones enemigas, planes de atentado contra las más altas figuras de la dirección del país. Soldados norteamericanos, desde la base naval en Guantánamo, asesinaban a Luis Ramírez, combatiente del Batallón de la Frontera, y el Gobierno Revolucionario se veía obligado a decretar el estado de alerta ante una cínica declaración injerencista de Washington. Dos ciclones azotaron la Isla; el Alma, en junio, e Inés, en octubre. Se creó el Consejo Nacional de la Defensa Civil en aquel año que concluyó con una cena gigante en la Plaza de la Revolución en saludo a la victoria de enero.

Se extendía la cocina italiana en la preferencia del cubano; había croquetas que se pegaban al velo del paladar y les llamaban «mira cielo» o croquetas de ave… de averigua de qué estaban hechas. Aparecía tímidamente la guachipupa en sustitución del Son, el único refresco (de cola) que se expendía embotellado en la capital. Se comía espléndidamente en restaurantes como 1830 y Centro Vasco, y el espectacular sándwich cubano campeaba por sus respetos en El Carmelo de Calzada, en la Casa Potín y en La Alborada, del Hotel Nacional. Un sándwich y una cerveza por dos pesos de la época. Entonces en los restaurantes se ofertaba un solo plato fuerte por comensal y para repetir el sándwich y la cerveza en aquellas cafeterías se imponía hacer la cola de nuevo. ¡Y qué colas! Porque el ciudadano común de todas las procedencias y colores podía entrar a esos lugares y sentarse a una mesa, y tenía dinero para hacerlo.

El viejo hospital

Solo en una Habana así podía concebirse una heladería con mil capacidades como Coppelia. Hasta ese momento los establecimientos de ese tipo estaban dispersos por la ciudad, y muy célebre seguía siendo la heladería Ward, emplazada en la avenida de Santa Catalina, cerca de la Ciudad Deportiva, luego de haber estado situada en la calle 23. Las fábricas de helados vendían por lo general sus productos en la vía pública. Para ello, El Gallito se valía de coches tirados por caballos, alumbrados por una lámpara de carburo, en tanto que marcas como Hatuey, Guarina y San Bernardo, con un mejor posicionamiento del mercado, utilizaban camiones refrigerados, que se situaban en lugares céntricos, o carritos de mano, que el heladero empujaba mientras que, para anunciarse, hacía sonar su campanilla.

Yo no recuerdo qué hubo en la esquina de 23 y N antes de que allí se construyera, en 1963 y en solo 70 días, el Pabellón Cuba. Me inclino a pensar que se trataba de un terreno yermo que los arquitectos Juan Campos y Enrique Fuentes aprovecharon para emplazar esa edificación abierta a la brisa y a la perspectiva; un alarde de arquitectura aérea donde las suaves pendientes avanzan hacia la vegetación y el agua cristalina. Acogería entre otros eventos, la Primera Muestra de la Cultura Cubana, en 1967, y, en esa misma fecha, el importante Salón de Mayo, que trajo a Cuba desde París lo que en el mundo se hacía en el campo de las artes plásticas.

En la manzana comprendida entre las calles 23 y 21, L y K, donde se construyó la heladería Coppelia, estuvo el hospital Reina Mercedes. Se llamó así por la esposa del rey Alfonso XII, de España, bisabuelo del actual rey Juan Carlos. Mercedes murió poco después del matrimonio. Su muerte dio pie, en el Madrid de aquellos días, a un poemita que llega hasta hoy. «¿Dónde vas Alfonso XII? / ¿Dónde vas, triste de ti? / Voy en busca de Mercedes, / que ayer tarde la perdí». Pese al dolor de la pérdida, Alfonso volvió a casarse. El hospital pasó a ser entonces Nuestra Señora de las Mercedes, pero los habaneros terminaron llamándolo Mercedes a secas. Funcionó hasta 1954. Sus terrenos, que en 1886 costaron 7 000 pesos, se vendieron entonces en casi 300 000. Una compañía constructora se empeñó en edificar allí un hotel de 500 habitaciones. El triunfo de la Revolución tronchó el proyecto, y en el espacio del demolido hospital Mercedes se construyó un centro turístico con lagos y montañas artificiales, escenario flotante, bar, cafetería y restaurante para 500 comensales. Por razones que desconoce este escribidor, ese centro turístico no progresó y dio paso a un cabaret que llevó el nombre de Nocturnal. Llegó así el año de 1966. Se dice que de un congreso celebrado en el hotel Habana Libre surgió la iniciativa de convertir la zona recreativa en cuestión en un espacio más silencioso y familiar. Y fue así que alguien precisó la idea de la heladería. Cuando el arquitecto Mario Girona se enteró de que se le había confiado la ejecución del proyecto, se sintió anonadado. Se quería una cosa familiar, pero aquella heladería de mil capacidades, pensó, sería un establecimiento demasiado grande.

La rampa

Ya para entonces La Rampa era La Rampa. Llamada así por su acentuada inclinación, se edificó en un abrir y cerrar de ojos desde que en 1947 se inaugurara el teatro Warner (actual cine Yara) y al año siguiente el edificio Radio Centro. No tardó en construirse el edificio Ambar Motors (actual Ministerio del Comercio Exterior), destinado a oficinas y sede de los distribuidores en Cuba de los automóviles Cadillac, Oldsmobile y Chevrolet y donde se instalaron además los estudios del Canal 12 de TV, y una escuela de dealers para casinos de juego…

Fueron esos inmuebles, situados en los dos extremos de La Rampa y en aceras opuestas, los que impulsaron el desarrollo de la zona. A partir de ellos y en menos de diez años se construyeron allí tal cantidad de edificios para viviendas, comercios, oficinas, agencias de publicidad y lugares de esparcimiento que resulta imposible, por razones de espacio, detallarlos. Se dice que una de las formas de medir la actividad comercial de una zona es por el número de agencias bancarias establecidas en ella. No menos de ocho oficinas centrales y sucursales de bancos se asentaron en La Rampa, y otras tres, que no alcanzaron espacio, lo hicieron en calles aledañas. La Rampa fue también el milagro del comercio habanero. Porque la gente se había acostumbrado a salir de compras por calles sustancialmente planas y cuyos portales la protegían del sol y de la lluvia. Nada de eso había en La Rampa y aun así se impuso.

La obra

Pronto pasó la confusión del arquitecto Mario Girona ante la obra que se le confiaba. Comprendió que era cosa de los tiempos nuevos y había que asumirla. Influido posiblemente por su exitoso proyecto anterior, el centro turístico Guamá, en la Ciénaga de Zapata, le bastó una semana para concebir el croquis de la heladería.

Como la obra seguía pareciéndole demasiado grande, capaz de aplastar al cliente, procuró que quien degustara un helado allí encontrara cierta intimidad a escala humana. Para conseguirlo diseñó cinco áreas pequeñas, una cancha amplia, pero dividida en tres secciones y un piso alto también seccionado. Incluyó asimismo en sus planos una frondosa vegetación natural que, lejos de importunar al cliente, se integraba en alguna medida con las áreas exteriores.

Columnas de hormigón armado, fundidas en el lugar, se emplearon en el edificio central. Se utilizaron en su construcción vigas prefabricadas a pie de obra y un techo circular, cuyo domo de 40 metros de luz libre está rematado por un lucernario de cristales de colores. Las vigas vuelan sobre las terrazas y se apoyan en muros que ofician como contrafuertes. Es de doce metros el diámetro de cada piso de los salones superiores.

«La presión de la edificación fue muy grande», recordaba el arquitecto Mario Girona. Por el sistema prefabricado se buscó la repetición de elementos estructurales como vigas y elementos de cubierta. A lo largo de seis meses se trabajó las 24 horas de cada día… Finalmente se concluyó, en tiempo, la obra ciclópea. Y por esas cosas de la vida ni siquiera tuvo ceremonia de inauguración. Un buen día se abrió, justo en junio de 1966, se empezó a vender y la gente curiosa entró a saborear helados.

El almanaque

Los años han pasado. Los últimos años golpearon a Coppelia de manera sensible. No oferta ya la gama de sabores que tuvo en un tiempo, ni el helado Coppelia es siempre Coppelia. En estos días de verano, niños y adultos hacen con júbilo largas filas bajo un sol de justicia para acceder a alguna de sus áreas. Otros esperan a que llegue el invierno, aunque sea nuestro invierno fementido, para acudir a la entrañable heladería que tantos recuerdos desenreda a los que tuvimos la dicha de visitarla cuando acababa de estrenarse. Solo que ahora acudimos a la caída de la tarde, y no en la noche, como antes. Señal de que esos 42 años que cumplió ahora Coppelia también empiezan a pesar de alguna manera en nuestra alma. Es decir, en nuestro almanaque.

* * *

Aquí pueden encontrar fotos del hospital Reina Mercedes, y aquí del centro turístico que antecedió a la heladería Coppelia, publicadas por Fotos de Cuba.

Centro turístico ubicado donde se encuentra ahora la heladería Coppelia. Aproxiadamente entre 1959 y 1965. Imagen tomada de Fotos de Cuba.

Hospital Reina Mercedes. 1908. Imagen tomada de Fotos de Cuba.

El Encanto

Christian Dior en El Encanto de La Habana. Imagen tomada de internet.

En los años 50, si un millonario estadounidense quería comprar un modelo de Christian Dior, tenía que viajar a París o La Habana.

En 1956, el modisto francés, Christian Dior, que padecía de fobia a los aviones, no pudo resistir la tentación y se arriesgó a volar hasta Cuba para visitar aquella famosa tienda que había adquirido la exclusiva de sus modelos.

Ubicada en un edificio de seis pisos, con 65 departamentos, El Encanto fue un templo de la elegancia, frecuentado por grandes estrellas internacionales.

Tyrone Power y César Romero iban buscando corbatas de seda italiana.

Ray Milland, uno de los actores preferidos de Alfred Hitchcock, se surtía de camisas deportivas en el Departamento de Caballeros.

Miroslava, la actriz checa que hizo carrera en el cine mexicano, exigía en los contratos de sus películas que los vestidos fueran de El Encanto.

John Wayne confiaba en las camisas a la medida de su estatura que confeccionaban en la sastrería de la tienda.

María Félix prefería el famoso Salón Francés, decorado a imitación del palacio de Versailles y dedicado a dar una atención exquisita a las damas que venían en busca de los exclusivos modelos de Manet.
“Ella era muy elegante, sabía lo que quería”, afirmó el diseñador Alberto Suárez, ‘‘Manet”, de 88 años, que recuerda como si fuera ayer el vestido de noche, “muy escotado y entallado con un cinturón a imitación de una mariposa” que le hizo a la Doña.

“Uno de los éxitos de El Encanto es que confeccionaba la ropa en sus propios talleres”, indicó Darío Miyares, presidente de la Asociación de Antiguos Empleados de las tiendas El Encanto.

La historia se remonta a fines del siglo XIX, cuando el inmigrante asturiano José Solís “Don Pepe” abrió El Encanto en la esquina de Galiano y San Rafael, en abril de 1888. Al principio, fue una sedería y después se convirtió en almacén. A Don Pepe se le unió su hermano Bernardo y más tarde el también español Aquilino Entrialgo, quienes crearon la sociedad Solís, Entrialgo y Compañía en 1900.

Hubo una magnífica cooperación entre ellostres”, comentó José Antonio Solís, nieto de José Solís. “En un discurso en los años 20, tío Bernardo dijo que los hermanos se complementaban muy bien en los negocios. José era el visionario optimista, y Bernardo, prudente y cauteloso”.

Tanto para José Antonio como para su prima Margarita Solís Alió, hija de Humberto Solís Alió, uno de los artífices de la modernización de la tienda en los años 50, el papel de los empleados en el avance de la empresa fue extraordinario. “Nunca he visto una lealtad másgrande”, comentó Margarita.

Mi abuelo valoraba enormemente la contribución de los empleados. Tuvo una gran visión para escoger a las personas y les dio participación para que sacaran beneficios de lo que la tienda producía. Creo que fueron muy adelantados en lo que hoy se llama justicia social”, añadió José Antonio.

La Asociación de Antiguos Empleados de El Encanto se creó en 1980 para mantener vigente el nombre de la tienda y de la empresa cubana en Estados Unidos.

Todos los años, el último domingo de octubre, se reúnen en Miami numerosos ex empleados de otras ciudades y países.
Es la única reunión de cubanos que citan a las 12 y se aparecen a las 11. A las cuatro tienen que botarnos del salón; no paramos de hablar, comentó divertido Miyares, quien consideraba El Encanto como su segunda casa. Empecé a los 16 años, acabado de graduar de segunda enseñanza, y allí conocí a una muchachita que entró a trabajar en losascensores”, dijo, refiriéndose a Olga, su esposa desde hace 54 años, también ex empleada de El Encanto.

El Encanto fue pionero en ofrecer tarjeta de crédito, certificados de regalos y entregas a domicilio. En 1949, con la edificación del nuevo edificio, comenzó un proceso de modernización. Recibíamos mercancía de todo el mundo. Teníamos oficinas de compra en Londres, París, Nápoles, Barcelona, Madrid y Nueva York”, destacó Miyares, que recuerda una campaña de publicidad en la revista Harper’s Bazaar y una valla en la calle 36 y 32 avenida del noroeste en Miami.

El estricto código de etiqueta en el vestuario y la atención al cliente fueron sello de distinción.Desde que entrabas, tenías que dar unas clases de cómo vestirte. En el verano, de blanco; y en el invierno, de negro, con faja, medias largas, pelo arreglado y bien maquillada”, recordó Julie Arias, quien además de trabajar como secretaria fue modelo.
Teníamos que convencer al cliente con mucho respeto y un trato amable, añadió Arias, que solía viajar al menos dos veces al año para presentar las nuevas colecciones en las sucursales de Camagüey, Santiago de Cuba, Varadero, Cienfuegos, Hol-guín y Santa Clara.
Arias, que vivía a escasas cuadras de su lugar de trabajo, fue una de las testigos del fin de El Encanto en el incendio provocado por la explosión de varias bombas el 13 de abril de 1961.
Fui a levantar a mi hijo de la cuna y vi caer el edificio como si fuera polvo. Fue una impresión tan grande que nunca pude volver a pasar por allí”, recordó Arias, quien junto a otros colegas de El Encanto participó en la recreación del ambiente existente en la tienda para el evento anual de Cuba Nostalgia.
Cuando se inaugure la nueva sede del Museo Cubano, El Encanto tendrá allí un espacio exclusivamente dedicado a la memoria   de la célebre tienda habanera, en cuyos antiguos terrenos hoy existe un parque en La Habana.
Cortesía de Diana Arús.

los automóviles y la república

automóviles

Detalle en el piso de los jardines del Hotel Nacional de Cuba. Foto 2010.

En 1956, una exposición de autos en el estadio de la Tropical atrajo en un solo día más de 40 mil visitantes.

En 1955, existían en Cuba 125 mil automóviles en manos privadas, el 35% de los cuales eran Chevrolets y Fords. Sin embargo, se calcula que la cifra de carros que circulaban por entonces es aún mayor, pues los cubanos solían también viajar a los Estados Unidos a comprar sus automóviles allá.

En la década de los años 1950s, la Habana era la ciudad del mundo con más Cadillacs per cápita.

En 1958, 170 mil automóviles circulaban en Cuba, cifra solamente comparable con la de la ciudad de Nueva York.

(fuente: Louis A. Pérez. 1999. On Becoming Cuban. Identity, Nationality, and Culture. New York: University of North Carolina Press)

Ver también El primer automóvil en Cuba, en el blog Historia del Consejo Cubano del Exterior; Mini-historia del automóvil en Cuba, en Primavera DigitalHistoria de los inicion del automovilismo en Cuba, en Cubaweb; El auto en Cuba, en la web de la Peña Amigos de Fangio.

Encajes de metal, fotorreportaje

,
reja

Imagen tomada de Cubadebate

Fotorreportaje de Cubadebate: Encajes de , oficio y chapucería, hierro y cemento, cultura material y ruinas.

El Cayuelo

, ,

Cafetería El Cayuelo. Imagen tomada de Panoramico.

El viaje a Varadero hubiera sido demasiado largo y aburrido de no ser por el puente de Bacunayagua y la cafetería El Cayuelo. Hace unos días, en el confort climatizado de las guaguas de Vía Azul, recorrí la ruta Habana-Varadero-Habana. Apenas alcancé a ver las ruinas de lo que alguna vez fuera una moderna instalación, uno pasos más allá del litoral habanero.

Mi escuela, por Manuel Calviño

,
colegio La Salle

Costado que da a la calle C del antiguo colegio de La Salle, erigido en 1910 en el Vedado, La Habana. Foto de 2012.

En una manzana del Vedado, la que forman las calles 11, 13, C y B, fue construido en 1910 el colegio La Salle. Allí cursó mi abuelo la enseñanza elemental, a principios de los años 1930s. Siendo ya un joven médico, se casó también allí con mi abuela.

El niño que una vez fue el profesor Manuel Calviño también estudió en esta escuela, sobre la que escribió lo siguíente (ver texto completo aquí, en formato PDF, con fotografías del autor).

Mi escuela

(…) La barriada del Vedado se privilegiaba con aquella edificación que se levantaba sólida y resplandeciente. Orgullo de un poderío económico de clase media ascendente, pero sobre todo de un poderío educativo, intelectual, formativo. Los Hermanos “De La Salle” habían consagrado, inequívocamente, su vida a la Educación. Con una profunda convicción católica, y avanzadas ideas acerca del modo de “preparar hombres para la vida”, ejercitaban su vocación para el magisterio de manera excepcional, con compromiso cívico, cultivando el alma cubana.

(…) Tengo un gran vacío documentario sobre lo que sucedió. Mi vocación no es de historiador. Solo soy un narrador de sentimientos. Mis vivencias las llevo al papel. De modo que lo que conservo es que en abril de 1961 fue mi última salida del Edificio de mi Escuela. Fue por la puerta trasera. Nos llevaron apresuradamente al sótano a tomar los ómnibus. Una vez adentro nos instaron a agacharnos en nuestros asientos, a no exponernos en las ventanillas que deberíamos tener cerradas. Se sentía el nerviosismo de los hermanos, ecuánimes en apariencia, pero muy preocupados. Cuando salimos a la calle 11, atemorizados por la inusual emergencia y el desconocimiento de lo que pasaba, alcanzamos a oír gritos que venían de la calle: “Pin Pon fuera. Abajo la gusanera”, “Que se vayan los bitongos”, “Curas asesinos”, “Nacionalización”. Una rápida mirada desobediente tropezó con carteles enarbolados por un grupo numeroso de personas que, parapetados en la calle, obstaculizaban el paso de las “guaguas”, e inundaban el silencio de la tarde con la misma expresión: “Curas asesinos”. No podía, ni podré entender nunca, aquellas palabras.

(…) La Escuela quedó un largo tiempo abandonada. Habitada quizás por ecos de su historia, quizás por espectros de sotanas negras, camisas azules, pantalones de caqui beige. La erosión se imponía sobre sus fachadas. La acción destructiva sin contraposición constructiva laceraba desde todas partes las estructuras y fachadas del edificio. Mi Escuela no era una prioridad para los que definían lo que sí y lo que no. Probablemente, para muchos, ella representaba un pasado que lejos de ser historia a recuperar, se pensaba, equívocamente, como una suerte de ignominia a olvidar. “Todo al fuego” en una pésima interpretación de la sabía afirmación martiana. Ninguna Escuela católica se salvó del pie forzado. Ninguna Escuela privada.

(…) ¿Cómo no entendimos que la historia no es el cuento que los doctos o los profanos hacen, sino los sucesos reales que dejan marcas indelebles en la vida real de las personas, de las ciudades, de las naciones?…

(…) Así cómo “la diferencia entre el desierto y un jardín, no está en el agua, sino en el hombre”, la diferencia entre el edificio de mi Escuela, aquél que glamoroso ilustraba la producción cultural de una época con aciertos y desaciertos, y el destruido inmueble que a duras penas se mantenía allí en pie, no estaba en el tiempo, sino en el hombre. No fue el tiempo quien convirtió en semi ruina lo que parecía ser una irreductible edificación. Fue el hombre.

Las paredes del Edificio ya gemían cuando una sabia decisión reconvertiría al gigante en una edificación con fines educativos. Tocaría el turno a un centro de enseñanza técnica. Se podrían aprovechar condiciones propias del inmueble. El sótano trasero se transformaría en taller de mecánica. El patio lateral, con vista a la Calle C, sería techado para tener más espacio protegido de la inclemencia de las lluvias tropicales. Le llegó también el turno a la Capilla. Allí donde buena parte de los lasallistas habaneros hicimos nuestra Primera Comunión, y algunos hasta la Confirmación, los nuevos estudiantes harían su primera disección de un motor. Donde otrora, junto al magnífico coro escolar, yo entonaba el “Cristus Vinci”, ahora resonarían ensordecedores choques de metales, de instrumentos de labor, contra la maciza construcción de estructuras férreas y armazones de hormigón de todo tipo. Cada época se construye a sí misma. En altares, en talleres. En cualquier lugar. En todos los lugares. Pero siempre el gran constructor: El ser humano. Con una vocación u otra. Cuando son buenas, cuando son auténticas, se interconectan. Y solo cuando son falsas, se excluyen.

(…) Desde cuando se viene gestando una ruptura de ciertas normas elementales de conducta ciudadana, cívica, es algo que no logro precisar. Inicialmente me preocupó, luego me dolió y ahora me molesta. Los modelos relacionales se han desvirtuado. Tanto en las dimensiones espirituales, en el ámbito de las relaciones interpersonales, cuanto en lo que se refiere al respeto y cuidado del mundo material. Desde este desastre planetario que amenaza con precipitar al mito del Armagedón, hasta la falta de cuidado para con la expresión material de cualquier tipo de creación espiritual humana: una ciudad, un libro, una escultura, un jardín, un veterano edificio, una joya de la cultura nacional. No hay consciencia del esfuerzo humano objetivado en cosas que más que material, son riqueza espiritual objetivada. No hay consciencia de la necesidad de cuidar la obra humana, porque es así que se cuida lo humano en nosotros mismos. El alma cubana corre el riesgo de aparecer amancillada por la falla educativa. También mi Escuela cae en las redes inhóspitas de tal desidia. (…)

Manuel Calviño

Diciembre de 2010

(Texto enviado por el autor)

Costado que da a la calle C del antiguo colegio La Salle. Foto de 2012.

* * *

Ver también la página de la Asociación de Antiguos Alumnos de los Colegios de La Salle en Cuba.

* * *

También, en Diario de CubaLos colegios fantasmas:

Algunos, irremediablemente perdidos, unos pocos dedicados a otros fines con mejor suerte, otros en situación de derrumbe, y la mayoría en avanzado estado de deterioro acumulado, los grandes colegios privados de La Habana, tanto religiosos como laicos, existentes antes del año 1959, constituyen una prueba irrefutable de irresponsabilidad y desidia, con respecto al cuidado de los bienes nacionales.

La Salle del Vedado, los Maristas de la Víbora, los Escolapios de Guanabacoa, de La Habana y de la Víbora, Baldor, el Instituto Edison, las Ursulinas, St. George’s, Arturo Montori, Nuestra Señora del Rosario, Nuestra Señora del Pilar y otros, tanto de varones como de hembras o mixtos, sin años de mantenimientos ni de reparaciones o con reparaciones de mala calidad y un poco de “colorete” en sus fachadas, son tristes malos ejemplos a la vista de todos. Y algo similar ocurre con los existentes en otras provincias.

Dedicados los principales recursos financieros a la construcción de escuelas secundarias y preuniversitarios en el campo, y no una parte a la preservación del fondo arquitectónico-docente existente, durante los años de la fiebre por vincular a toda costa el trabajo agrícola y el estudio, en una estrecha interpretación de un precepto martiano, los grandes colegios privados, diseñados y construidos con todas las exigencias docentes, son ahora viejos fantasmas dispersos por nuestras ciudades. Fracasado el experimento agrícola-educativo, tanto desde el punto de vista docente como productivo y económico, hoy también la mayoría de esas secundarias y preuniversitarios en el campo se encuentran abandonadas y en estado deplorable, o en proceso de adaptación como viviendas y albergues para campesinos y obreros agrícolas.

Despojados los grandes colegios privados de sus nombres originales, rebautizados utilizando el santoral ideológico oficial y transformados totalmente, no precisamente para bien, en instituciones grises, han perdido su personalidad y tradiciones, logradas en años de ejercicio de la docencia. Además de estas pérdidas, también ha desaparecido el vínculo generacional donde abuelos y abuelas, padres y madres, hijos e hijas y nietos y nietas estudiaban en el mismo centro, convirtiéndose profesores y alumnos en una gran familia, a la que se pertenecía de por vida. Ser graduado de La Salle, de los Maristas, del Edison, de Belén o de las Ursulinas, por citar solo unos pocos ejemplos, formaba parte de la identidad personal y se proclamaba con sano orgullo.

Continuar leyendo.

The Quality Shop

Calle del Obispo, a finales del s XIX. Imagen tomada de AAS stereograph collection.

Cuenta el poeta Jorge Valls que su padre, Alfredo Valls, poseía una pequeña tienda en Obispo y Villegas. The Quality Shop vendía confecciones variadas, incluidas camisas para hombre. Dice Valls que una vez, alrededor de los años 1950s, su padre puso a la venta unas camisas confeccionadas en Guanabacoa, de muy buena hechura y excelente calidad, resultando de poco movimiento. Su padre, entonces, apremiado por la necesidad de vender las camisas, cambió las etiquetas donde se declaraba el lugar de confección. Allí donde decía Guanabacoa el viejo Valls encargó poner Brooklyn y, para dar más credibilidad al asunto, aumentó el precio de venta. En poco tiempo, dicen Valls, se vendieron todas las camisas.

estatuas ecuestres

Monumento a Antonio Maceo

Monumento a Antonio Maceo. Habana. Imagen tomada de “Cuba Española”.

De la Roma imperial aprendimos a esculpir las patas de los caballos de las estatuas ecuestres en dependencia de las circunstancias de la muerte del jinete. Un animal encabritado, es decir, apoyado en sus dos patas traseras significa que el jinete murió en combate. Si, en cambio, las cuatro patas del caballo reposan sobre el pedestal, el jinete habrá muerto alejado de los tiros y de la batalla, de causas que nada tienen que ver con las contiendas. Si el caballo sólo alza una de sus patas delanteras, el jinete habría muerto, no en combate, pero sí a causa de heridas recibidas en él.

Monumento a Máximo Gómez. Habana. Imagen tomada de gran-caribe.tur.cu.

república y modernidad

Detalle en el piso de los jardines del Hotel Nacional de Cuba
automóviles

Automóviles. La Habana.

Cortesía de Teresa Valladares:

El PRIMER TRANVÍA que se conoció en Latinoamérica circuló en la Habana en el año 1900.

También en 1900, antes que a ningún otro país de Latinoamérica llegó a la Habana EL PRIMER AUTOMÓVIL.

La PRIMERA CIUDAD DEL MUNDO en tener  TELEFONÍA CON DISCADO DIRECTO (sin necesidad de operadora) fue LA HABANA en 1906.

El 19 de Mayo de 1913 se realizó EL PRIMER VUELO AÉREO LATINOAMERICANO por los cubanos Agustín Parlá y Domingo Rosillo, el cual duró 2 horas y 40 minutos entre Cuba y Cayo Hueso.

En 1915 se acuña el PRIMER PESO CUBANO con un valor desde el primer día idéntico al del dólar, en muchas ocasiones hasta 1959, sobrepasando un centavo al valor del dólar norteamericano.

En 1928 Cuba tenía ya 61 EMISORAS DE RADIO, 43 de ellas en la Habana , ocupando el CUARTO LUGAR DEL MUNDO, superada solamente por E.U., Canadá y la Unión Soviética.   Fue Cuba, la PRIMERA EN EL MUNDO en número de emisoras por número de habitantes y extensión territorial.

EL PRIMER HOTEL DEL MUNDO CON AIRE ACONDICIONADO CENTRAL se construyó en la Habana : El Hotel Riviera, en 1951

EL PRIMER EDIFICIO DE APARTAMENTOS del mundo CONSTRUIDO CON HORMIGÓN se hizo en la Habana : (El FOCSA) en 1952.

En el 1953 se construyeron en este edificio los más modernos ESTUDIOS DE TV del mundo de aquellos tiempos: (C.M.Q. Televisión).

En 1957 la Habana se convierte en la SEGUNDA CIUDAD DEL MUNDO en tener cine en 3D y multipantallas (El Cine Radiocentro)

En 1958 Cuba es el SEGUNDO PAÍS DEL MUNDO en difundir  TELEVISIÓN A COLOR y posee el tercer canal de TV a color de todo el mundo.

En 1958, Cuba es el país de Iberoamérica CON MAS AUTOMÓVILES  (160 mil, uno por cada 38 habitantes).  El que más electrodomésticos tenía.  El país con más kilómetros de líneas férreas por Km2. y el SEGUNDO en el número total de receptores de radio.

En 1959,  la Habana era la ciudad del mundo con el MAYOR NÚMERO DE SALAS DE CINE: (358)  superando a Nueva York y París, que ocupaban el segundo y tercer lugar respectivamente.

el cuarto de baño

Baño de Nuevo Vedado

Baño de Nuevo Vedado construido en 1958. Foto Orlando Lache, 2001.

En una de las crónicas escritas por Emilio Roig de Leuchsenring que, desde hace mucho tiempo, viene publicando Opus Habana, se narra la evolución del baño en Cuba:

Quienes, como este Curioso Parlanchín, han visto tres banderas distintas izadas en el Morro de La Habana, recordarán, sin duda, tal vez con el cariño y la nostalgia que a veces nos produce lo vivido en otras épocas, los mil y uno contratiempos, dificultades y molestias que era necesario sufrir durante la colonia, cuando queríamos darnos un baño, de aseo, naturalmente y nunca de placer.
Esclavos o criados colocaban en el centro del cuarto dormitorio una batea, tina o palangana; aquellas dos, de madera, y esta última, de latón; más la indispensable pielera, para el uso que su nombre claramente indica.
Señalada con anticipación la hora en que tomaríamos el baño, era necesario acarrear el agua para el mismo, en cubos, sacada del pozo, aljibe o cisterna, y calentarla en un anafe, si más que el agua fría nos agradaba el agua tibiecita o quitado el frío.
Atrancadas puertas y ventanas y despojados de las ropas, poníamos en funciones el buen pedazo de jabón de Castilla legítimo, todo blanco, con sus hermosas vetas azules; la fina esponja de Batabanó y el eficaz estropajo, ya de soga, ya utilizando el fruto del bejuco silvestre así denominado. Una jícara o la esponja hacían las veces de ducha, y los restregones con el estropajo bien enjabonado completaban la obra higienizadora de nuestro cuerpo; enjuagándonos, finalmente, a fuerza de jicarazos.
Como es natural, el cuarto quedaba hecho una ensopadera, que los esclavos o criados se encargaban de limpiar debidamente cuando habíamos terminado nuestra toilette.
En las casas de gente rica, en algunos palacetes del aristocrático Cerro, se gozaba de cuartos especialmente dedicados al baño, con su lujosa bañadera de mármol blanco labrado, y hasta con piscinas cavadas en la tierra y revestidas de losas de mármol, tal como aquella que existió en el jardín de la espléndida casona criolla de la Calzada del Cerro esquina a Tulipán, donde estuvieron instalados los primeros talleres de la empresa editora de nuestra revista.
Había olvidado, lamentablemente, el citar otro artefacto higiénico de antaño: el semicupio, o sea la bañadera –de latón– en forma de poltrona, con espaldar y asiento hundido, que se usaba para baños de asiento, de la cintura a las rodillas.
Con el correr de los tiempos, y ya en los finales de la colonia, se fue generalizando el uso de las bañaderas, ya de latón o zinc, ya de porcelana, importadas estas últimas de los Estados Unidos; así como también el empleo de la ducha.
Al llevar a cabo el Gobierno de ocupación militar norteamericano la obra trascendental de la higienización de nuestras poblaciones, especialmente La Habana, bañaderas y duchas adquirieron papel importantísimo en toda casa en que sus dueños o inquilinos presumían de gentes instaladas a la moderna y entusiastas partidarias del baño diario.
…………….
Al comienzo de esa nueva era criolla que podríamos calificar de apogeo del baño diario, el cuarto de idem era situado siempre al final de los cuartos dormitorios, e inmediato al comedor y la cocina.
Pero, de la noche a la mañana, y no sé por obra de qué taumaturgo innovador, comenzó a establecerse la costumbre de colocar en las nuevas construcciones habaneras, de manera especial en los llamados chalets de los repartos y en los palacetes de La Habana, el cuarto de baño, no al final de la casa, como hasta entonces, sino intercalado entre los dos, tres, cuatro o más cuartos de cada vivienda.
Es éste el prodigioso descubrimiento que quedará perennemente fijado en la historia del progreso y civilización de nuestra República en el siglo XX, con el nombre de casa con baño intercalado.
Y las casas con baño intercalado se pusieron de moda, llegando a constituir una de las más destacadas muestras del refinamiento y confort de una familia, a tal extremo que la familia que vivía en casa con baño intercalado, por ese solo hecho, era considerada como familia distinguida, chic, elegante, pudiente. La casa con baño intercalado llegó a constituir el grado máximo del buen gusto y de la aristocracia criollos republicanos.
……………….
Ya en nuestros días, el baño intercalado no llama la atención ni constituye prueba alguna de refinamiento y elegancia, por haberse generalizado su uso, y abuso, en todas las casas, chicas y grandes, y además porque hoy en día una vivienda con pretensiones de casa grande no tiene baño intercalado, sino varios baños, con sus servicios sanitarios completos.
……………….
En los días que corren si se ha empezado a generalizar entre nosotros otra moda bañistico-hogareña, que ha venido a sustituir, sucesivamente, las de la batea, la bañadera, la ducha, el baño intercalado y el departamento con baño.
Me refiero a lo que se denomina: baño de color, o dicho en otras palabras, baño con su bañadera, lavabo y demás artefactos higiénicos, no de porcelana blanca, sino de color, azul, verde, rosa, lila, etc., y también del mismo color los azulejos del zócalo del cuarto de baño.
Estos baños de colores, que a veces tienen más de un color, y resultan, por tanto, baños de colorines, constituyen el último grito de la moda y la distinción hogarístico-contemporáneas.

las fiestas de la república

Menú de la cena ofrecida al gobernador Magoon

El 20 de mayo de 1902 se celebraba la inauguración de la República de Cuba. Cuatro años más tarde, el 29 de septiembre de 1906, Tomás Estrada Palma, su primer presidente, solicitaba ayuda militar a los Estados Unidos, dando lugar a una segunda intervención norteamericana, que se extendió hasta 1909. Durante la misma, mandaron la isla, primero, William H. Taft y, a partir del 13 de octubre de 1906, Charles E. Magoon, nombrado Gobernador Provisional de Cuba (con anterioridad, Magoon había administrado el Canal de Panamá). El 13 abril de 1907, el periódico The New York Herald celebró, en Miramar, una fiesta en su honor, cuyo souvenir se muestra.

olor a Cuba, entre la violeta y el smog

,
Placa promocional del jabón Candado
Perfume Fiesta

Perfume Fiesta. Hecho en Cuba. Colección Cuba Material.

La cubanidad no sólo se representa en el discurso, las formas del diseño y la materialidad o las representaciones artísticas y literarias. Algunos discursos nacionalistas nostálgicos también identifican ciertos olores con las maneras de vivir en la isla:

El de la tierra, húmeda tras un aguacero…

El del viento que arrastra los residuos de los cañaverales quemados…

El del jazmín del cabo, mariposa, gardenia y el galán de noche …..

El del frijol “colora’o” y el frijol negro humeando en la cocina…

El de la carne de cerdo asándose entre hojas de guayaba o plátano…

El del mar salpicando la piel en el Malecón de La Habana…

El del agua de violeta de los bebés…

El de las ropas húmedas y almidonadas, al ser planchadas…

El de la suave ternura del agua de coco…

El de los deliciosos postres de canela y vainilla. Arroz con leche, natilla, flanes, mantecados, boniatillos, toronja en almíbar, dulce de leche cortada, casquitos o mermelada de guayaba con quesito crema…

El de las frituras de bacalao, o de malanga, bollitos de carita…

El de los moros y cristianos, el congrí…

El de la sopa cocinándose con cilantro…

Pero el principal es, sin duda, el aroma del cafe colándose…

Pero sobre todo, [Cuba] huele a recuerdos, a tafetanes y tules, a rosas disecadas entre los libros.

Huele a Colonia 1800, a lavanda, a talcos, a romero para ennegrecer el pelo; huele a brillantina (¿Tres Flores o Palmolive?) en el cabello de los hombres; huele a jabón Candado; huele a añil, que es el color del cielo.

Escuché decir a unos turistas franceses que se alojaban en la casa de un vecino que rentaba habitaciones a turistas en el barrio de Nuevo Vedado, que La Habana olía a smog. No les creí, pues me parecía que la poca circulación vehicular de Cuba no podía causar tanta contaminación como para que un francés se percatara de ella, sobre todo porque imaginaba las narices francesas acostumbradas a los contaminantes de la modernidad capitalista. Sin embargo, la última vez que visité Cuba comprobé que los franceses no mintieron y que la carretera de La Habana a Matanzas, tan despoblada y vacía como está, no huele a valle, ni a montañas, ni a palmeras, ni a brisa marina, ni siquiera a los pozos de extracción de petróleo que por muchos años contaminaron el olor del tramo de carretera que pasa frente al Cayuelo, sino al más irrespirable smog.

estética batistiana

, ,
Brochure comercial del fabricante de automóviles Chrysler
Brochure comercial del fabricante de automóviles Chrysler

Brochure comercial del fabricante de automóviles Chrysler. 1958. Colección Cuba Material.

Néstor Díaz de Villegas, en Diario de Cuba:

Estética batistiana

Desde el Palacio de Bellas Artes hasta Tropicana; desde el amarillo caqui hasta la fuente de soda; desde cafetería Miami hasta la embajada americana de Harrison & Abramovitz; desde Rita Longa hasta Mateo Torriente; desde el self serve Wakamba hasta el Havana Hilton, la estética batistiana es la estética de lo cubano moderno.

La música que todavía explotamos, es música batistiana. La Habana histérica y libertina deTres Tristes Tigres, es La Habana batistiana. Todo Kcho, y el Tomás Sánchez de los manglares, son batistianos. El mobiliario del Comité Central es batistiano. El yute, la artesanía de semillas, las cabañitas, el mimbre, los bohíos y el Kawama pertenecen al Modern Karabalí (batistiano). El Plan Maestro de La Habana y el Martí de la Raspadura son batistianos. De la estética batistiana hemos vivido vicariamente: la Revolución le sacó el quilo. La estética batistiana continúa siendo fuente inagotable de admiración general y de cohesión nacional.

Como resumen y exaltación de las tendencias del batistato y de sus potencialidades, y desde la perspectiva de una sociedad avanzada, incapaz de crear otros valores que no fuesen espectaculares, Fidel Castro es el Homo Batistianus. Es decir: el hombre nacido de las condiciones objetivas del espectáculo batistiano, y la más alta creación artística de su época. Fidel Castro encarna la libertad batistiana in extremis, y su poder de seducción emana de la intensa fruición estética que trajo al mundo la Cuba batistiana.

el acento neoyorquino de la Habana

Hotel Regina
Hotel Regina

Postal del antiguo Hotel Regina, en la calle Industria de La Habana.

Penúltimos Días publica el texto de Cristopher Gray Havana´s New York Accentpublicado por el New York Times, traducido al español:

Incluso en Cuba saben que es cuestión de esperar: esperar a que los Castro salgan del escenario y que Cuba se abra. Cuando los americanos lleguen finalmente en masa, los neoyorkinos se darán cuenta de que hay algo familiar en La Habana, debido a que una sucesión de arquitectos de Nueva York encontró allí un terreno fértil hace un siglo.

A principios del siglo XX, la capital cubana era espectacularmente rica, rica como Newport, con un amplio cuadro de diseñadores locales bien entrenados. En 1902 The Real Estate Record and Guide daba ya alguna idea del sofisticado nivel de la regulación; cornisas, balcones, ornamentos e incluso colores requerían aprobación, y el arquitecto debía presentar un diseño elevado de toda la cuadra para asegurar que la casa era estéticamente agradable.

Uno de los primeros edificios de un arquitecto cubano fue la Catedral Episcopal de Bertrand Goodhue, diseñada en 1905 y arquitectónicamente optimista en la muy católica isla. Goodhue, un maestro reconocido de la arquitectura eclesial, era un firme goticista, pero para La Habana desarrolló un diseño churrigueresco, una versión florida del estilo colonial español. Donde se alzó no está del todo claro, pero ahora ya no está.

La sección más vieja de la ciudad, La Habana Vieja se enfrenta a la Bahía de La Habana con calles estrechas, casi medievales. Pero a principios del siglo XX la sección en torno a las calles Obispo y O´Reilly alojó tantas construcciones bancarias que se le llamó la “pequeña Wall Street.” En 1913 Arthur Lobo, nacido en las Indias Occidentales y educado en Columbia, trabajó en una exuberante fachada neoclásica para la sede del Bank of Nova Scotia en las calles O’Reilly y Cuba. Encajonado en un estrecho cruce, el banco de Lobo rodea la esquina, creando un vestíbulo semicircular de doble altura.

En las calles de O´Reilly y Compostela, los arquitectos Walker & Gillette, famosos por el Edificio Fuller de Madison y la 57, diseñaron una impresionante filial para el New York’s National City Bank. Construido en 1925 con coquina, la roca marcada de conchas, el banco tiene una amplia recepción, con corrientes que le dan un aire de aeropuerto tropical.

En 1919 The New York Times informaba que el ferry Key West-Havana estaba “repleto de americanos que iban a desafiar las oportunidades de la fortuna.” Uno de ellos era el hotelero Joseph Bowman, que en 1924 instaló un anexo de diez plantas a un hotel en el Prado, un boulevard considerado como la Quinta Avenida de La Habana. Schultze & Weaver, los especialistas en hoteles que hicieron el Waldorf-Astoria, dieron al hotel Sevilla-Biltmore un gran comedor en la décima planta, con vistas sobre lo que es ante todo una ciudad de cinco pisos.

Sin embargo, Bowman tenía los codos afilados de un neoyorkino y dejó las paredes laterales de sus estructuras desnudas y tristonas. Los neoyorkinos no se hubieran preocupado pero el descuido provocó irritación en La Habana.

Al sur del centro de la ciudad, en un español barroco la estación de ferrocarril de 1912 tiene grandes torres gemelas, medallones de terracota y una amplia sala de espera. Eso es bueno porque el servicio ferroviario es infrecuente, incluso errático, y las aproximadamente cincuenta personas que vi allí sentadas podrían igualmente haber estado esperando el vapor semanal. Fue diseñado por el elegante crítico/arquitecto Kenneth Murchison, que ejecutó la Terminal Erie-Lackawanna en Hoboken, y varios edificios a lo largo de Nueva York.

El oeste de La Habana Vieja está el Vedado, una zona construida durante las décadas del 10 y el 20 con confortables residencias suburbana. Muchas llegan a lo suntuoso, como la casa de 1914 de los Marqueses de Avilés, en la Calle 17. Diseñada por Carrère & Hastings, el interior es mucho más rico que su comparable Frick Mansion de Nueva York, básicamente en estilo neoclásico francés pero con toques de renacentismo español.

Otra casa cercana, incluso más exuberantes, es la del banquero Pablo González de Mendoza, famosa por su adición en 1918 de una piscina cubierta, para la que se trajo al arquitecto neoyorkino John H. Duncan. Este desarrolló una larga habitación con una piscina central; puertas de estilo francés abiertas a los vientos en tres de los lados bajo un techo atado cubierto de pinturas. Hermes Mallea, el autor de Great Houses of Havana, dice que lo llamaron el “Baño romano de los Mendoza.”

Más al oeste, en la sección de la Playa, Schultze & Weaver crearon una serie de clubes playeros, el más elaborado de los cuales era el imaginativo La Concha, con una simple torre por única decoración, algo como la torre de McKim, Mead & White en el viejo Madison Square Garden de Nueva York.

En conjunto, hay más de dos docenas de edificios de arquitectos neoyorkinos en La Habana. La estructura que los turistas probablemente conocen mejor es el Hotel Nacional de 1930, diseñado por McKim, Mead & White en un terreno alto sobre el Malecón y el Monumento al Maine. Tiene un aire renacentista español, pero en realidad es sólo un gran hotel estándar de la época.

Cerca está una espina afilada clavada en el gobierno cubano, el edificio de la Embajada de los Estados Unidos de 1953, masivo, brutalista. Diseñado por Harrison & Abramovitz, en aquel seguro, ortodoxo modernismo que nunca provoco el despido de nadie. En 1963, después de que Estados Unidos rompiese relaciones con Cuba, Fidel Castro ordenó la confiscación del edificio, pero este sigue en manos americanas, aunque su estatus esté sujeto a peleas ocasionales entre ambos países.

Por el momento se trata de esperar y vigilar, pero cuando Cuba se abra podrá haber de nuevo oportunidades para los diseñadores de Nueva York; el comunismo ha robado a los arquitectos de la isla medio siglo de experiencia.

Traducción: Juan Carlos Castillón.

diseñadores – Clara Porcet

, , ,
Silla diseñada por Clara Porcet

La cubana Clara Porcet no tuvo mucho impacto, a largo plazo, en la cultura material de su país. Y es una pena. De los muebles que diseñó para las escuelas de arte y para el programa de viviendas del Escambray y de la Sierra Maestra no debe quedar ninguno. Pocos han leído los artículos suyos que aparecieron en la revista Social, incluso después de que en el año 2005 Letras Cubanas los publicara, ya para entonces mera reliquia bibliográfica. Y su afán por fundar una escuela de diseño en Cuba nunca se realizó, como tampoco su deseo de regresar a su país cuando tenía ya avanzada edad. No se lo permitieron las autoridades cubanas, a pesar de habérselo pedido personalmente a Fidel Castro. Su nombre es, sin embargo, venerado en México, país que la adoptó y que le permitió desarrollar su obra, dar impulso a una práctica de diseño industrial que modernizaría el país, e inaugurar la enseñanza de esta profesión en la universidad mexicana.

Diseños de muebles de Clara Porcet expuestos en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA)

Diseños de muebles de bajo costo, producidos por Clara Porcet expuestos en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA). Imagen tomada de internet.

Silla diseñada por Clara Porcet

Silla diseñada por Clara Porcet. Imagen tomada de internet.

La Habana republicana

Calle Neptuno. 1941. En la foto, Consuelo Gálvez Alum, mi bisabuela.

La entrada “Habana” de la Enciclopedia Espasa-Calpe ocupa más de 30 páginas. En ella se describe la vida en la única ciudad de Cuba cuyos habitantes superan el millón (desde 1943), una ciudad pintoresca, colorida, de ebullente comercio y rica vida social. Se parece mucho esa ciudad a la que conoció mi abuelo, ahora de 94 años, cuando sus padres se trasladaron a La Habana a principios de los años 1930s. Una ciudad con tranvías; baños públicos allí donde la calle E se encuentra con el Malecón (avenida que mi abuelo sigue llamando Baños), con áreas separadas para hombres y mujeres y casillas privadas; con trenes de lavado chino como el de la esquina de 21 y C; con dulcerías de lujo como la casa Potin y el Carmelo. Una ciudad donde la Escuela de Medicina de la Universidad de la Habana aún radicaba en donde ahora está la Facultad de Biología, y cuyo claustro hoy da nombre a algunos hospitales como el Aballís; con Casas de Socorro donde muchos recibían los primeros auxilios; con Caballero de París antes de que ingresara en el hospital Mazorra. En La Habana de los años 1930s se vivía así:



los objetos y sus significados

, ,
almendron
almendron

Almendrón. 2012.

Citando a Wim Muller (Order and Meaning in Design), Peter-Paul Verbeek señala, en su libro What Things Do, que en las sociedades modernas el diseño industrial incide, tanto de manera denotativa como connotativa, en el proceso de construcción social de los significados. El diseño industrial ayudaría tanto a comunicar la utilidad de los objetos (función denotativa) como lo que ellos representan (función connotativa). Pero, según Verbeek, si bien es fácil conocer lo que los objetos denotan, pues tiende a cambiar muy poco con el tiempo, lo que los mismos representan se comporta con mucha mayor variabilidad.

En la Cuba de los años 1950s, por ejemplo, los automóviles norteamericanos connotaban modernidad y progreso. En los años 1980s, en cambio, eran los automóviles soviéticos, en especial los de la marca Lada, que el gobierno otorgaba como premio a la lealtad política o a las proezas laborales, los que mejor representaban la modernidad y el progreso. La Habana de los 1980s llamó almendrones, con desprecio, a los carros norteamericanos, que identificó con lo cheo, lo guajiro, el campo y la falta de participación de ciertos sectores de la antigua clase media. Por el contrario, en los años 1990s y, sobre todo, en los 2000s, los automóviles norteamericanos se revalorizaron en tanto marcadores de un nuevo status social.

refrigeradores

,
Recibo de compra de refrigerador Admiral
póliza de garantía de refrigerador Admiral

Póliza de garantía de refrigerador Admiral. 1952. Colección Cuba Material.

Publicado en la revista de artes visuales Heterogénesis: Good-by Rocco, por Jorge Perugorría y Juan Carlos Tabío:

Compañeras y compañeros:

Aquí yace, en contra de su voluntad, el compañero Rocco. Nace en Detroit en agosto de 1952, en la fábrica de la General Motors. En su más tierna infancia fue testigo de las confrontaciones sindicales y de las reivindicaciones raciales que sacudieron su ciudad de nacimiento, forjando así su inclaudicable espíritu de lucha.

Siendo aún muy jóven, junto a 250 hermanos suyos, es obligado a hacinarse en el vapor General Custer (primo del General Motors), arribando a la bahía de La Habana en enero de 1953. Aquí en La Habana es adquirido, como vulgar mercancía, en la tienda “El Encanto” por la familia Orozco, llevando a partir de ese momento una vida burguesa de abundancias durante la cual enfrió los más exquisitos manjares y licores. No es hasta cinco años después, en 1958, cuando Joaquinito, el benjamín de los Orozco, a la sazón estudiante de derecho en la Universidad de La Habana, comienza a esconder entre champanes y langostas, proclamas subversivas del 26 de julio, lo que provoca una retoma de conciencia del compañero Rocco y su inicio en la lucha revolucionaria, llegando incluso a acoger en sus entrañas a un compañero de Joaquinito perseguido por los Tigres de Masferrer.

Ya en 1960, los sobrevivientes de la familia Orozco, (incluyendo a Joaquinito) abandonan el país, y la mansión de los Orozco (y por supuesto el mismo compañero Rocco), pasan a ser propiedad del Estado.

Conectado activamente al voltaje de todos los procesos de transformaciones revolucionarias, el compañero Rocco participa en la Campaña de Alfabetización, Crisis de Octubre, Zafra de los 10 Millones (trabajando en ésta más de 365 días al año). En todos estos años el compañero Rocco, lejos de añorar los filetes y caviares que conservó en su juventud, se dedicó, con ahínco encomiable, a enfriar torticas, masareales, croquetas cosmonautas (las que se pegan al cielo”de la boca”) los refrescos conocidos como “líquido de freno” y agua, mucha agua que calmaron la sed de nuestros estudiantes y milicianos.

Ya a principios de los años 70, con la llegada de sus congéneres soviéticos, el compañero Rocco es confinado a un honroso “plan pijama”, olvidado en un oscuro almacén durante todo un quinquenio gris, hasta que el “inventivo” administrador del almacén lo trueca, en una maniobra “por la izquierda” por un juego de “doce sillas” a una humilde familia proletaria, en el seno de la cual, y con su esfuerzo desinteresado de siempre y con la alegría de sentirse útil nuevamente, el compañero Rocco se apresta a congelar sabrosos “durofríos”, convirtiéndose en el sostén de esa familia y ganándose así el cariño de todos los niños del barrio.

Los 80 son años en los que el compañero Rocco puede vivir del fruto de su trabajo. Con el producto de la venta de estos “durofríos” el compañero Rocco es recompensado con quesitos crema, jamón plástico, pollo a la jardinera, vinos búlgaros y algún que otro cake bombón (de los que costaban 10 pesos cubanos), llegando incluso a enfriar su pedacito de carne de puerco y su cervecita en los días festivos. Y por supuesto, los huevos de siempre. A principios de los años 90, y como consecuencia del “Período Especial”, el compañero Rocco es sometido al zozobrante sistema de apagones que lo llevaron al borde del ataque de nervios. Tan prolongados llegaron a ser estos apagones que cuando se restablecía brevemente el fluído eléctrico, el compañero Rocco llegó a pensar que le estaban aplicando “electro shocks”.

Fue en aquellos difíciles momentos que la humilde morada de la familia que acogió al compañero Rocco como a un pariente más, es escogida por el ICAIC como locación principal de la película “Fresa y Chocolate” en la cual el compañero Rocco, no obstante su deteriorada salud física y mental, asume el rol protagónico que le valió la unánime aclamación de público y crítica como (con mucho) el mejor actor de la película.

Lejos de envanecerse con tan ecuménico triunfo, el compañero Rocco acomete con renovados bríos las perspectivas que le depara su nuevo horizonte de sucesos: Jefe de Frigoríficos del Paladar “La Guarida”, porque en paladar deviene su vivienda no bien terminado el rodaje del susodicho filme.

Ahora vuelve el compañero Rocco a enfriar los manjares y licores olvidados de su juventud. En este paladar, la carismática presencia del compañero Rocco es punto de atención de todos los clientes, llegando incluso a departir con La Reina de España, para la cual sacara de sus gélidas entrañas un rotundo y criollo boniatillo que arrancó los más encomiásticos comentarios de Su Majestad.

Así trancurría la plácida vejez del compañero Rocco, esperando que llegara, como en un sueño la muerte natural con esa paz de espíritu propia de quien ha cumplido a cabalidad y conciencia toda tarea que le haya sido encomendada. Pero no, la muerte del compañero Rocco sobreviene de forma trágica y fulminante cuando es públicamente declarado “Devorador Energético”.

Sus relays y reguladores de voltaje no soportaron la vergüenza y el compañero Rocco estalla en un flamígero y fatal cortocircuito que sonó en todo el barrio como un ¡PLAFF! fatídico.

Compañero Rocco, donde quiera que tú estés ahora, que llegue hasta ti nuestro agradecimiento por todos tus desvelos y nuestro más sentido pésame para que de una vez por todas descanses en paz.

Recibo de compra de refrigerador Admiral

Recibo de compra de refrigerador Admiral. 1952. Colección Cuba Material.

* * *

Sobre la recogida de los refrigeradores norteamericanos y soviéticos y su sustitución por refrigeradores chinos, ver, en Octavo Cerco“la llegada del refrigerador”.

el cuarto de mis abuelos

,

Habitación. Vedado, Habana, 1975.

El cuarto de mis abuelos era un lugar especial, sobre todo porque tenía unas cortinas que no cubrían ventana alguna, sino la pared de los lados de la cama, hechas de un material muy parecido al papel, y una lamparita de leer, de la misma madera que la cama y adosada al respaldar de ésta, con dos tubitos diminutos de luz fría y un encendedor colgante. El lugar ideal para una vida confortable y feliz.