Wendy Guerra sobre la moda en Cuba

ajustador de algodón

Ajustador de algodón, comercializado por la red minorista de comercio interior cubana. 1980s. Colección Cuba Material.

En el blog Habáname: La moda hoy en Cuba:

Éramos un país de cuello y corbata, trajes de dril, sombreros de pajilla y collares de perlas. Éramos también, un país de discreta elegancia, pobre pero acicalado, la gente se presentaba en el trabajo con su mejor atuendo, planchado, almidonado; bien zurcido.

Luego llegaron décadas de mucho sacrificio y reciclamos la moda, nos hicimos vestidos fabricados con forros de antiguos trajes, sombreamos líneas en las piernas de las mujeres con lápices de maquillaje, para crear el efecto visual de una media fina, transparente, arropando el tramo que viaja de la pantorrilla al muslo. Entraron los años duros con sus pantalones de caqui, los uniformes, las botas de trabajo y el camuflaje. No podemos olvidar los trajes Safari y los zapatos que importaban los rusos y búlgaros.  El servicio secreto se apropió de las Guayaberas, y las mujeres empezaron a salir a la calle con rolos y ropa de andar en casa. Siempre, debo decir, hubo un grupo de personas que luchó porque la moda en Cuba se trazara de modo coherente, pero contra estos diseñadores y creadores se alistó un ejército de mal gusto armados hasta los dientes con escudos creados en la realidad económica de nuestro país.

Vestir bien, para los pocos que podían, era un problema ideológico, una conducta pequeño burguesa que te señalaba de por vida.

Durante el Período Especial -que nadie aquí ha declarado oficialmente extinto-  vivimos una precariedad que daba miedo. Escaseaba el jabón y dejamos de recibir ropa interior del extranjero, la industria cubana no fabricó ni blusas, ni trajes de baño, ni abrigos o faldas, ni una sola pieza que nos pudiera abrigar, vestir, representar o distinguir como el pueblo instruido y sensible que hemos sido.

Nos quedamos desnudos frente al espejo de problemas. Los zapatos se fueron agotando y era muy complicado encontrar la vía de cómo vestir, el tema era simple, lograr andar limpio y calzado.

Los que se fueron o los que murieron nos heredaron sus pertenencias, y desde 1980, en los llamados Viajes de La Comunidad, empezamos a recibir paquetes con una moda importada que sustituyó las necesidades básicas con diseños pocas veces adecuados a nuestro clima, estilo de vida y gustos afines a nuestras aspiraciones. Los artesanos hicieron grandes aportes fabricando con creatividad y entonces empezamos a creer que la inventiva era lo máximo; ropa hecha a mano, imitación en crudo de  nuestros mayores anhelos.

¿Cómo y con qué se viste hoy el cubano?  Ahora ya con muy poca referencia sobre la moda internacional, o simplemente sin una clara idea de lo que es correcto o no llevar puesto en hospitales, oficinas, iglesias o teatros. Es muy común ver en La Habana, a personas en pantalones cortos, chancletas y topes visitando así vestidos  sitios que merecen cierta sobriedad o recato, tal vez respeto en el vestir.

El mal gusto gana y gana seguidores y los valores visuales, las etiquetas o la educación formal se ausenta de la moda cubana actual. La ropa reciclada y el mimetismo han copado nuestros cuerpos que intentan reproducir un lujo inexistente.

¿Qué se lleva hoy en Cuba?

De Miami o Panamá traen de contrabando todo lo peor, de Ecuador o de los polígonos Chinos a las afueras de Madrid, pasando por la aduana de Cuba, recibimos unos modelos espantosos que hoy distinguen la imagen de miles y miles de cubanos. Jeans bordados con  pedrería, licras fosforescentes, carteles y anuncios de todo tipo, unos raros pañuelos que se amarran al cuello luciendo estampados diversos, acompañados con zapatos de madera que suenan y se hacen sentir en los espacios públicos, así como bolsos horribles que agreden la vista, o las siempre falsas  imitaciones de carteras clásicas.

Que lo sepa de una vez Louis Vuitton, en La Habana no resulta nada caro llevar un bolso de ese nombre…

El fogonero entrevista a Mario Coyula

Edificio Naroca

Edificio Naroca (calle Línea y avenida Paseo, Vedado). 1953. Publicidad publicada en el periódico El Mundo. Colección Cuba Material.

En 1999, Camilo Venegas entrevistó al arquitecto Mario Coyula, quien entre otras cosas fue subdirector del Grupo para el Desarrollo Integral de la Capital. La entrevista fue originalmente publicada en La Gaceta de Cuba. Hace poco, Venegas publicó esta entrevista en su blog, El Fogonero: MARIO COYULA: “Mis amores con La Habana”:

Empecemos por trazar un límite, una línea de partida: ¿qué importancia tenía como conjunto arquitectónico La Habana en 1959?

Yo creo que esta ciudad tenía una gran importancia, lo que no estoy seguro es de que si todos estábamos conscientes de esa importancia. Después del triunfo de la Revolución en la mayoría de los arquitectos primaba la idea de que había que seguir modernizando la ciudad con el mismo impulso que se hizo en la década del 50.

Nosotros despreciábamos muchos de los edificios que se consideraban monumentos. En aquel entonces, por ejemplo, yo veía al Capitolio como una gran vaca echada que no nos dejaba pasar, como un desastre, como antiarquitectura. En general creo que menospreciábamos a esa arquitectura ecléctica que es la que marcó a La Habana y a todas las ciudades de Cuba en el boom constructivo de la Danza de los Millones.

Sin embargo, ahora —ahora quiere decir hace veinte años—, es que podemos ver lo valiosa que es toda esa masa construida que cubre varias épocas y donde se distinguen estilos, sectores sociales y niveles de ingreso muy diferentes, pero a veces muy bien mezclados.

Una de las cosas que tenían muchos barrios de La Habana es que si bien había una homogeneidad física, visual, sin embargo había una mezcla social al interior del barrio. El Vedado es quizás en esto un paradigma; un sitio que siempre tuvo un aura aristocrática, de suma elegancia, y que sin embargo desde sus primeros momentos estaba muy mezclado socialmente.

Un buen ejemplo es que al lado de la casa de un hombre tan rico como Ernesto Sarrá, que ocupa más de media hectárea, podía estar la de un médico de éxito, luego la de un empleado público y al doblar una ciudadela. Todo coexistía y la expresión hacia el exterior de esas diferencias sociales no se veía. La clase dominante impuso sus patrones culturales hacia los espacios públicos y esa sucesión de máscaras era más que todo un problema elemental de economía, porque ellas impedían que el barrio se devaluara.

La mayoría de las veces sólo se insiste en el valor de La Habana Vieja y entonces se corre el riesgo de que por pensamiento inverso se piense que el resto de la ciudad no tiene valor. Por eso te decía que para mí lo valioso al final de los 50 era esa gran masa construida que comienza en La Habana Vieja, pero que es también El Cerro, Centro Habana, El Vedado, Miramar, La Sierra, Ampliación de Almendares, Nicanor del Campo, Santos Suárez, La Víbora, Casino Deportivo, Lawton, Guanabacoa, Regla, Casablanca, Santa Fe, Santa María del Rosario, Santiago de las Vegas…

Yo diría que más de la mitad de la ciudad tiene valor, porque en ella aparecen estilos y tendencias de todas las épocas, desde el prebarroco con influencia mudéjar del sur de España —que son algunas de las casas que nos quedan del siglo XVII—, el barroco del siglo XVIII —que no es sólo la Catedral, aunque ella es nuestra gran fachada barroca—.

El neogótico, el neoclásico —gran parte de El Cerro es neoclásico—, el art nouveau de principios de este siglo —que más que art nouveau belga o francés, fue el modernista catalán el que se impuso aquí, porque eran maestros de obra catalanes los que lo hacían—.

Luego el gran empuje de la arquitectura ecléctica —que yo siempre trato de separar el eclecticismo mayor de los grandes edificios como el Palacio Presidencial, el Capitolio, el Centro Asturiano, el Centro Gallego o de las mansiones de la gente de más dinero; del eclecticismo menor, que se extendió por todos esos barrios antes mencionados y que a mi juicio es más importante todavía, porque le dio forma y masa a toda la ciudad—, después vino el art deco de los 30 y luego el protorracionalismo —como el stadium de la Universidad y muchos edificios que surgen con la gran explosión constructiva que hubo en la ciudad después de la Segunda Guerra Mundial, donde surgieron más de cincuenta nuevos repartos.

Creo que los dos estilos que más marcaron a La Habana y sobre los que descansa gran parte de su importancia son el eclecticismo entre el año 10 y los 30, y el movimiento moderno en los 50, que lo extiendo hasta los 60; a partir de ahí comienza la decadencia de nuestra arquitectura.

¿En qué se diferencia La Habana de La Habana cuarenta años después?

Los cambios sociales y económicos marcaron a la ciudad, pero no la cambiaron.. La mayoría de las construcciones se hicieron para bien y para mal en la periferia, fuera de la ciudad y muy pocas se integran a ella, como es el caso de Alamar que es la anticiudad o la no-ciudad.

Una vez se proyectó borrar Centro Habana y llenar todo aquel espacio con pantallas y torres; no me imagino qué hubiera sucedido, eso hubiera sido un desastre; al menos Alamar está lejos y sembrándole árboles se puede tapar un poco.

Lamentablemente no fuimos capaces de crear una nueva arquitectura que fuera cubana y que reflejara la revolución y todos los cambios de otro orden que ella propuso; apenas hay algunas obras de mucha calidad, como islas, que se destacan dentro de ese panorama tan pobre. En estos años también muchos arquitectos, de una manera equivocada, han ido a lo más superficial, creyendo que hacer algo cubano es ponerle tejas, rejas y vidrios de colores.

La arquitectura cubana contemporánea está por hacerse, porque un movimiento arquitectónico no lo hacen obras aisladas, si no la masa generalizada. Piensa que eso fue lo que le dio a esta ciudad el valor que tiene; no eran veinte, treinta o cien edificios espectaculares, sino era una masa de decena de miles de edificaciones, una al lado de la otra, muy bien organizadas; con sus portales, sus fachadas, sus columnas…

Eso es todavía, por fortuna, lo que de mucha calidad La Habana ha logrado salvar de La Habana.

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Peine Kiko Plastic

peines

peine

Peine. Colección Cuba Material.

En la Cuba de mi infancia no había abundancia de nada, ni siquiera de peines. Crecí desenredándome el pelo con uno de plástico negro marca Kico Plastics, hecho en la Cuba republicana por la compañía homónima que luego se inscribió en la Florida bajo el mismo nombre (estuvo activa desde el 1 de marzo de 1960 hasta el 28 de agosto de 1964 y su presidente, Enrique Kalusin, un judío cubano-americano, fundó también el Círculo Cubano Hebreo de Miami, o Cuban Hebrew Social Circle of Miami, Inc., el 22 de septiembre de 1961), hasta que, en algún momento en los años 1980s, mi mamá compró un peine polaco de color amarillo, mucho más bonito que el que había usado hasta entonces. Quizás por eso me gustaba siempre buscar en el bolsillo de la camisa de mi abuelo el peine de pasta color crema que acostumbraba usar desde su juventud, en los años 1940s, el más bonito de todos.

peine polaco

Peine. Hecho en Polonia. 1980s. Colección Cuba Material.

Peine Kico Plastics

Peine Kico Plastics. Hecho en Cuba. Colección Cuba Material.

graduacion Escuela del Hogar 1943

Tania Quintero: La elegancia de La Habana

graduacion Escuela del Hogar 1943

Gertrudis Caraballo Gálvez el día de su graduación de la Escuela del Hogar. 1943.

En el blog de Tania Quintero: La elegancia de La Habana:

 (…) Ella tenía 25 años y todavía estaba soltera. Al verla tan elegantemente vestida, con una chaqueta estilo Chanel, zapatos, bolso, collar, aretes, pañuelo y gafas acordes a la época, se pudiera pensar que era una joven perteneciente a la pequeña o mediana burguesía.
Pero no. Lucrecia se compraba la ropa con el dinero que ya ganaba, trabajando en los archivos del comité nacional del Partido Socialista Popular (PSP), en Carlos III entre Oquendo y Marqués González. Su padre, Armando López, era tabaquero y murió de un infarto durante una discusión sindical. Su madre, Rosa Vega, fue una ama de casa que crió a seis hijos, tres varones y tres hembras y hasta su muerte cuidó a su progenitora, que murió de 95 años. Una familia humilde que vivía en la accesoria de un solar, en la calle Hospital, Centro Habana.
Yo era hija única y también de procedencia humilde. Mi padre, José Manuel Quintero, combinaba su oficio de barbero ambulante con el de guardaespaldas de Blas Roca Calderío, secretario general del PSP. Y mi madre, Carmen Antúnez, de origen campesino, se dedicaba a los quehaceres del hogar. Vivíamos en el barrio El Pilar, Cerro.
El jumper de cuadros y la blusa blanca que llevo puestos me los hicieron mis tías paternas, modistas de profesión. Los zapatos de charol, las medias blancas, la carterita y los lazos en el pelo estaban al alcance de cualquiera, por muy modesto que fuera su nivel de vida.
Entonces, quienes no podían comprarse la ropa vendida en las tiendas -como la exhibida en las vidrieras de El Encanto, con las últimas tendencias de la moda en París, Londres o Nueva York- iban a la calle Muralla, en la Habana Vieja, donde se concentraban almacenes con un gran surtido de tejidos, encajes, hilos, botones, a precios módicos. Y adquirían unas yardas de tela y todo lo que necesitaran para confeccionar uno mismo o su costurera, un vestido igual al mostrado en una tienda o en una revista o catálogo de moda.
En el post De una dama habanera y su familia , publicado en enero de 2010 en el blog Desde La Habana, pueden verse fotos de Alina Johnson de Menocal, mujer perteneciente a la alta sociedad cubana.
Las he traído a colación porque fueron hechas en la década de 1940. Y a pesar de la diferencia de clase social y de raza, puede constatarse que antes de 1959, se fuera rico o se fuera pobre, los habaneros vestíamos correctamente. Incluso con elegancia, como Lucrecia en esa foto, que nada tiene que envidiarle al vestuario de una aristócrata.
calle L y San Lazaro

La Habana, ciudad sin terminar, por Alejo Carpentier

calle L y San Lazaro

Removiendo las líneas de tranvía en la esquina de las calles L y San Lázaro, frente a la Universidad de La Habana.

En Architecture of Necessitytexto de Alejo Carpentier La Habana, ciudad sin terminar, publicado en 1940:

(…)

La Habana es la ciudad de lo inacabado, de lo cojo, de lo asimétrico, de lo abandonado. Desde niños estamos habituados a tropezarnos, cada día, con solares yermos, donde se amontonan latas cada vez más seculares, desperdicios cada vez más diversos. Durante años padecimos el desierto en donde habría de alzarse el Capitolio, cubierto de ruinas evocadoras de las primeras grandes “mangaderas” [Manera popular de aludir, en particular, a las sustracciones del erario público por avispados políticos y funcionarios] de nuestra vida republicana. (Al menos tenían un valor histórico). Durante años hemos estado padeciendo aquel erial que se extendía a un costado de la Terminal, ofreciendo al viajero que llegaba de la provincia, un panorama capitalino lleno de acusaciones. Pero aún quedan otros…

(…)

Para desgracia nuestra, el Malecón fue poblado de casas de épocas en que los contratistas catalanes hacían estragos en nuestras avenidas y repartos, con sus columnas compradas al por mayor y balaustradas a tanto el metro. Pero también debe reconocerse que se ha hecho muy poco por embellecer ese “corso” que disfruta del adorno de puestas de sol únicas en el mundo. La explanada de La Punta –remate del Prado- se ha transformado, después de su ensanche, en un pedregal, donde hasta los perros temen aventurarse por miedo a lastimarse las patas. ¡Y no hablemos del extraño sedimento de glorieta, resto de algo informe, que nos hace pensar en ciertas fotos recientes de bombardeos de Londres!… sic transit…

Hay avenidas en el Vedado que, desde hace mucho tiempo, se asemejan a parques reservados americanos, ya que parecen terreno tabú para la mano del hombre de Obras Públicas… ¿O será que con ello pretende impedirse la desaparición de ricas especies de guisasos?…

Transcurre el tiempo y nos habituamos a tropezarnos con los mismos terrenos cercados por las mismas vallas; con las mismas casas a medio construir, con las mismas aceras hundidas en torno a una placa de alcantarilla mohosa… Y creemos recordar que en un yermo situado al costado del Parque Maceo se alzaba, antaño, una iglesia que, por lo menos, tenía un cierto valor histórico… Pero ese edificio cayó bajo la piqueta demoledora y desde entonces, solo florecieron tiovivos y tiros al blanco…

Y no hablemos del hermano bache que nos espera en todas partes, dando muestras de un prodigioso don de ubicuidad… Todos aquellos que tienen a veces la desgracia de guiar un automóvil por las calles de La Habana, se habitúan a esquivar amorosamente ciertos baches, como si quisieran preservarlos de toda lastimadura…

(…)

¿Pero qué queréis?… La Habana es ciudad atendida por coleccionistas. Y, como os decía hace un instante, una obra terminada destruye el placer de aquellos que reúnen, a capricho, edificios, calles y avenidas… Por lo tanto, mucho me temo que La Habana permanezca ciudad inconclusa por mucho tiempo.

En vista de ello, sería oportuno fundar una “Sociedad protectora de baches y yermos” para tener, al menos la soberbia de poder decir a los turistas que estos se encuentran donde se encuentran por nuestra santa y enérgica voluntad.

Plano de planta de los apartamentos de propiedad horizontal del edificio Riomar

Inventos domésticos contemporáneos: Las casas de departamentos, por Emilio Roig de Leuchsenring

Plano de planta de los apartamentos de propiedad horizontal del edificio Riomar

Planos de planta de los apartamentos de propiedad horizontal del edificio Riomar, en el reparto Miramar. 1950s. Colección Cuba Material.

En Opus Habana: Inventos domésticos contemporáneos: Las casas de departamentos, por Emilio Roig de Leuchsenring:

Al tratar en las Habladurías anteriores de ese prodigioso descubrimiento contemporáneo que es el baño intercalado, me referí, de pasada, a las casas de departamentos, otro no menos sensacional invento de nuestro siglo.
De la antigua y amplísima casona colonial habanera hemos dado en estos últimos tiempos un salto fantástico para venir a caer en las casas de departamentos.
Si quisiéramos dejar gráficamente plasmada la diferencia que existe entre nuestras casas antiguas, o coloniales, y los departamentos modernos, o republicanos, diríamos, casi sin exageración, que por la puerta principal de aquéllas podría entrar cómodamente todo un departamento, o que cualquiera de éstos cabría, sin estrecheces, en un cuarto, o los mayores, en la sala de aquellas casonas.
En efecto, distinguíanse las viejas casonas de San Cristóbal de La Habana por su altísimo puntal, sus grandes puertas y ventanas, la capacidad superabundante del zaguán de entrada, de la sala, del comedor, de los cuartos, del patio, del traspatio y de la cocina y hasta de los cuartos de la servidumbre. Y por si esto fuera poco, cuando la casa era de dos pisos, no faltaba entre ellos el entresuelo, dedicado generalmente a las oficinas del dueño de la vivienda. Respecto a la puerta de entrada, debo agregar que por ella cabía la volanta o el quitrín, que solían guardarse en el zaguán, sin que estorbaran en lo más mínimo el tránsito de los ocupantes y visitantes de la casa, no obstante e1 ancho descomunal que de rueda a rueda tenían volantas y quitrines y la enorme longitud de sus barras.
La influencia norteamericana, el afán de imitación de lo extranjero que siempre ha dominado al criollo, y el deseo de sacarle el máximum de rendimiento al terreno en que se piensa fabricar, nos han trasplantado a esta Habana del trópico, esas caricaturas de rascacielos que hoy afean muchas de nuestras plazas, avenidas y calles.
Y conste que no me pronuncio contra el rascacielo en sí, que es éste susceptible de ser transformado, tanto en los Estados Unidos como en Cuba, en una obra arquitectónica de belleza artística excepcional.
Lo que recojo y critico es la inadaptabilidad a nuestro clima de las casas de departamentos, tentativas de rascacielos. Y es lástima que dada la abundancia de tierra sin fabricar que existe en los suburbios de La Habana, la dificultad de comunicaciones rápidas no permita construir en esos terrenos yermos casas, lo más posible acomodadas a la vida del trópico, de una o dos plantas, en vez de los rascacielos que se están construyendo en el centro de la ciudad, en la misma Habana antigua y en calles estrechísimas, con grave incomodidad para los moradores, a pesar de los altos precios que suelen cobrarse por losdepartamentos–pañuelitos.
Pero la novelería criolla, así como impuso el baño intercalado y el baño de colores, ha impuesto, igualmente, los departamentos, al extremo de que hoy se considera más distinguido, chic y elegante, vivir en un «precioso departamento», aunque apenas puedan en él moverse sus ocupantes, que en una casa fabricada, según diría cualquiera de nuestras abuelas, chapada todavía a la antigua, «como Dios manda».
El departamento puede ser considerado como símbolo de la transformación aguda experimentada por la familia cubana, y por el hogar, en estos últimos tiempos.
La casona antigua permitía la convivencia en ella de toda una familia, por numerosa que ésta fuese, incluyendo, desde luego, a los yernos y nueras, con sus hijos, y hasta a los sirvientes de estas jóvenes familias. Todos almorzaban, comían y hacían la tertulia en la casona, y en ella celebraban también sus fiestas y sus duelos. Allí se nacía y se moría.
En cambio, en la mayor parte de los departamentos de estas modernísimas casas de departamentos habaneras, apenas se puede dormir con comodidad; se come, en el comedorcito, a apretujones, y es de todo punto imposible invitar a la mesa a familiares y amigos. Y tan es esto así que ya se ha introducido otra nueva moda: la de no ofrecer comidas en que los invitados puedan sentarse, como antaño, alrededor de la mesa, sino que, obligados por la fuerza mayor de la limitadísima capacidad del departamento, las comidas y fiestas se celebran en los clubs, en los restaurantes o en los cabarets, o cuando más se hacen esas cenasinformales, en que cada invitado carga con su platico, se sirve personalmente los comestibles que se hallan agrupados en una mesa, y comen de pie, en un rincón, recostados a la pared, o en alguna silla, si hay capacidad para éstas.
El departamento impide que se lleve hoy la antigua vida de hogar de nuestros abuelos, y ha de producir, a la larga, la desaparición completa de lo que fue el hogar criollo de siglos pasados.
Dije antes que en la casona antigua se nacía y se moría. No puedo decir lo mismo de los departamentos modernos. Y ahí está para probarlo el hecho innegable de que hoy, generalmente, se nace en las clínicas o en los hospitales. Se me argüirá, tal vez, que ello tiende a procurar mayor comodidad a la futura madre y sus asistentes y mejor atención facultativa de aquélla y del «tierno infante»; pero yo me inclino a creer que el auge que ha adquirido entre nosotros esta moda de nacer en clínicas y hospitales, se debe principalmente a que en losdepartamentos modernos no caben todas esas personas –médicos, enfermeras, familiares y amigos– que generalmente se agrupan en una casa cuando en ésta ocurre tan señalado y regocijado acontecimiento.
Si la moda de ir a morir fuera del departamento no se ha generalizado tanto como la del nacimiento en clínicas y hospitales, hay que encontrar su causa en que muchos fallecen sin dar tiempo a que se les traslade a la quinta o sociedad de que ya son socios el 90% de los habaneros, o a la imprevisión de aquellos que no han querido inscribirse en alguna de esas instituciones benéficas. (…)

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Glamur Cubano: Cuba 1858-1958, charla y fotografías de Ramiro Fernández

Este jueves, 26 de enero, en el Instituto Cervantes de la ciudad de Nueva York, Ramiro Fernández y Raúl Rubio repasarán parte de la colección de fotografías cubanas de Fernández sobre glamur cubano. A las 7 pm.

Brochure de la exposición anual de mesas para Pascuas

¿Quién va a comerse lo que esa mujer cocina?, por Antonio José Ponte

Brochure de la exposición anual de mesas para Pascuas

Brochure de la exposición anual de Mesas para Pascuas auspiciada por la tienda por departamentos El Encanto, en La Habana. 1960. Colección Cuba Material.

Antonio José Ponte en Diario de Cuba, ¿Quién va a comerse lo que esa mujer cocina?:

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Hace quince años, la publicación de un libro relacionado con la gastronomía me hizo viajar desde La Habana a Miami. Las comidas profundas era un libro acerca de la imaginación cubana al comer, cuando faltaban ciertos ingredientes. No se ocupaba exclusivamente de secretos nacionales: en la Cuba bajo régimen revolucionario llegamos a preparados semejantes a los del París sitiado de la guerra franco-prusiana o de la Barcelona de la guerra civil. Las carencias cubanas podían encontrar linaje cosmopolita en los diarios de Virginia Woolf durante los bombardeos o en un apunte de Eugenio Montale ante el escaparate de un comercio londinense, en medio de las restricciones de posguerra.

El cubano y cualquier otro vecino (escribí en una de sus páginas) sustituye con tal de comer. No encuentra un ingrediente y lo suple por otro, fabrica aproximadamente, a la medida de sus deseos. Esas sustituciones podían partear monstruos, como el bistec de cáscaras de toronja. En mi libro podía hallarse, vuelta a contar después de Apollinaire, la historia del enamorado que, metido en una apuesta, se hacía cocinar un zapato femenino y lo devoraba. O la leyenda de un par de balletómanos que hacían lo mismo con las zapatillas de una ballerina adorada.

Podía considerarse como un libro de recetas monstruosas, de despropósitos culinarios. En sus páginas cabía la nostalgia, el anhelo por comidas perdidas, y eso fue lo primero que percibieron los amigos y conocidos a los que fui encontrando. De manera que me llovieron las invitaciones a restaurantes y fondas.

Excursiones antropológicas hasta el batido de anón o la fritura de malanga eran un modo de resarcirme por haber escrito aquello. A un centenar de millas del país dejado atrás, podía dar con todos los alimentos que soñaban los cubanos de la Isla. El exilio era, entre otras cosas, una reserva gastronómica. La tierra de los ingredientes salvados y de las recetas que no se olvidan.

Tanteos y tanteos habían hecho posible que las frutas fueran aproximándose a como saben las frutas de la tierra. (La cocina de los exiliados es asintótica: una curva con promesa de coincidir, pero en el infinito.) En Miami, entre cubanos, cualquier otro visitante habría estado expuesto a parecidas hospitalidades, más aun el autor de un libro dedicado a la cocina.

Hablamos de recetas en las sobremesas, hablamos de recetarios, y no tardó en mencionarse a Nitza Villapol, que había cocinado delante de las cámaras de televisión, antes y después de 1959, en la abundancia pero también en la escasez. Y me hicieron ver entonces, entre los potes de especias o encima de un refrigerador, las copias de Cocina al minuto atesoradas.

A partir de aquellos ejemplares habría podido fecharse perfectamente la salida al exilio de cada uno de esos amigos y conocidos. No es que hubieran cargado con ellos como Eneas cargó con su padre y con los penates, sino que, lejos ya de Troya, se dieron a la búsqueda de un ejemplar del recetario de Nitza Villapol que fuese exactamente aquella edición por la que alguna vez se guiaran. Ella había publicado sus recetas bajo el mismo título durante más de cuatro décadas. De manera que algunos cocinaban por la primera edición de su obra, puntillosa en especificidades, y otros por ediciones posteriores, mucho menos exigentes a la hora de armar un plato.

Cada cubano metido a cocinero tenía su Nitza Villapol. Los ejemplares eran, en su mayoría, ediciones piratas o simples fotocopias. Porque, si de un lado sustituíamos, de otro fotocopiábamos. Todos forrajeábamos: la cocina cubana se salvaba en la copia y en la sustitución. Igual que cualquier otra gastronomía en tiempos tormentosos o apacibles, era invento y transmisión

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Nitza Villapol fue bautizada así por un río de los Urales, tributario del Tura y navegable a todo lo largo: el Nitsa. Su padre, Francisco Villapol, comunista o admirador de la revolución de 1917, creyó ese nombre fiel a la lengua rusa. Aunque, tal como quedó inscripto, significa en hebreo capullo de flor. O es, en griego, una de las formas de llamar a Helena.

La rama paterna de su familia había emigrado a Cienfuegos desde el pueblo de Villapol, en la provincia gallega de Lugo. El apellido de su madre, Juana María Andiarena, provendría de Navarra o de Guipúzcoa. En la Nueva York de 1923, al nacer Nitza, los Villapol Andiarena eran una familia de ciertos recursos salida de Cuba por razones políticas. Exiliados. Los más viejos recuerdos de Nitza Villapol remitían a Washington Heights, donde vivían. Su primera memoria gastronómica comprendía helados y dulces de marcas estadounidenses. Padeció la polio de niña. La familia regresó a Cuba cuando ella contaba nueve o diez años.

Su currículo varía según las fuentes consultadas, aunque no tendrían por qué excluirse esas noticias. Graduada de la Escuela del Hogar en 1940 y diplomada de doctora en Pedagogía en La Habana en 1948 según unos, otros afirman que estudió Dietética y Nutrición en la Universidad de Londres a inicios de esa década. Es de suponer que no bajo la guerra. Aunque, cualquiera que haya sido la fecha, la escasez británica debió enseñarle el arte de preparar menús con apenas ingredientes.

En 1955 cursó estudios en la Universidad de Harvard y en el Instituto Tecnológico de Massachussets. La costumbre de coleccionar recetas, de copiar a mano secretos de cocina y de recortar los que se publicaban en diarios y revistas, debió conducirla, tarde o temprano, a componer su propio recetario. Durante más de 40 años, mantuvo en el aire un programa televisivo donde enseñaba a cocinar. El espacio cambió de cadena y de frecuencia (diaria durante mucho tiempo, luego tres veces a la semana y, al final, solo los domingos), pero nunca su nombre, que es también el de su libro más difundido: “Cocina al minuto”.

“¿No sabe usted ni freír un huevo?”, puede leerse en la solapa de la edición de 1958, publicado en coautoría con Martha Martínez. “¿Cree que jamás aprenderá a cocinar? Se está engañando. Usted sabe leer, y usted sabrá cocinar cuando lea COCINA AL MINUTO.” (Muchas de las ilustraciones contenidas en ese volumen son del pintor Raúl Martínez, luego traductor de la iconografía revolucionaria al lenguaje del pop.)

Aquellos que han escrito acerca de la trayectoria de Nitza Villapol la consideran con afán competitivo: lamentan que su récord de permanencia televisiva no fuese registrado en el Libro Guinness. Ciro Bianchi Ross contabiliza que, en su tiempo, solo la superaba por cuatro años el espacio “Meet the Press” de la cadena estadounidense NBC. Sin embargo, nadie podría competir con ella en veteranía de conductora: el periodista Lawrence E. Spivak llevaba 27 años frente a los más de 40 suyos. (Compañera en esa carrera de fondo, Margot Bacallao fue ayudante de Nitza Villapol durante 41 años, 3 meses y 5 días.)

Desde los comienzos de la televisión abundaban los espacios de cocina. Unión Radio Televisión apenas llevaba un mes de operaciones en noviembre de 1951, ni siquiera poseía estudios propios, y producía desde el teatro Alcázar “Teleclub del Hogar”, con Dulce María Mestre. Meses antes, el 3 de julio de 1951, esa misma cadena había emitido el primer programa de “Cocina al minuto”.

Los canales competidores incluían en sus programaciones espacios semejantes. No faltaban autoras de recetarios: Ana Dolores Gómez, Nena Cuenco de Prieto, Carmencita San Miguel, María Radelat de Fontanills, María Antonieta de los Reyes Gavilán, María Teresa Cotta de Cal (autora de un socorrido manual de cocina con olla de presión). Ninguna, sin embargo, gozó de suerte tan larga como Nitza.

Escritora, directora, guionista y conductora, ella tuvo fama de ser persona amarga fuera de las cámaras. (Suele explicarse que a causa de la polio padecida en la infancia.) Vivía con su madre en un apartamento moderno del Vedado, y la única curiosidad que pareció despertar su vida privada consistía en suposiciones acerca de lo que se comería en aquella casa. Sin embargo, alguien con la misión de entrevistarla se presentó a la hora del almuerzo, para descubrir que todo el festín se reducía a una papilla industrial de plátano, alimento para convalecientes.

Nitza acostumbraba a cenar a solas en la barra del restaurante Emperador, platos tan sencillos como un bistec con papas fritas. No le gustaba cocinar, confesó su ayudante Margot. Igual que los cómicos negados a hacer chistes fuera del escenario, evitaba cocinar sino tenía cámaras delante. Era experta en redondear platos, una gran conocedora de su materia, aunque prefería dejar la práctica en manos de Margot.

En 1993, en lo más crudo del llamado Período Especial, se emitió por última vez “Cocina al minuto”. Los directivos de la televisión decidieron clausurar el programa. Más tarde cambiaron de idea (o cambiaron los directivos), pero para entonces ella no estaba en condiciones de volver a la televisión. A su entierro, celebrado cinco años después de la desaparición del programa, asistió muy poca gente.

Hasta aquí su biografía sin referencias políticas. ¿Quién habría sido Nitza Villapol en caso de exiliarse? A diferencia de su competidoras, cuando toda la televisión fue estatalizada, cuando se marcharon del país el propietario del canal y sus directivos, ella no se movió. Las firmas que solían publicitar productos en su programa fueron expropiadas por el Estado, y a ella debió bastarle con este nuevo y único patrocinador.

Permanecer en Cuba la hizo única. Cambiaron los tiempos y ella cambió su método de trabajo. “Sencillamente, invertí los términos”, reconoció. “En lugar de preguntarme cuáles ingredientes hacían falta para hacer tal o cual receta, empecé por preguntarme cuáles eran las recetas realizables con los productos disponibles.”

Se hizo maestra de la cocina de estación, que opera con lo que existe en los mercados. Pero maestra de cocina de una estación que ha sido, en Cuba, interminable: la de la crisis. Su programa se acogió, precavidamente, a una frecuencia semanal. Y fue entonces que se hizo legendaria. Abogó por una cocina de sustituciones, dada a las metáforas. Hizo más de la tercera parte de su carrera profesional en puro páramo: emprendió un arte hecho de atajos y de trucos.

A partir de unas pocas existencias, intentó componer siempre el rancho más sabroso. Y debió enfrentar, amén de la economía socialista, los prejuicios del cubano al comer.  (En un libro escrito después de su visita a Cuba en 1970, el poeta y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal hizo notar cuántos frutos desaprovechábamos. El país vivía una crisis de abastecimiento, y mucho de lo que se comía en tierras vecinas no era considerado alimento por los cubanos.)

Nitza Villapol enseñó a sus televidentes lo que ciertas cocinas latinoamericanas hacían con las cáscaras del plátano: una suerte de ropa vieja vegetal o de vaca frita verde. Presentó nuevas adquisiciones de la acuicultura, como la tilapia. Pero es falso que enseñara a hacer bistec de una frazada de limpiar el piso, y tampoco es suya la receta de la pizza de condones derretidos en lugar de queso. Las aberraciones de su cocina, si las tuvo, no llegaron a lo indigerible.

Se ha dicho que integró la comisión encargada de establecer las dosificaciones de la libreta de de racionamiento. La acusación (porque se trata de una acusación) puede tener alguna base: quizás fue consultada en tanto especialista en Dietética. Pero ella debió entender aquella solución como provisional y como justa. Y quién sabe cuánto cambió de parecer, luego de tantas décadas de practicar una cocina de pura sobrevivencia.

La mayor parte de su vida profesional estuvo bajo sospecha de apuntalar al régimen revolucionario, de justificarlo con la confección de platos. Conformista como era (todo cocinero de estación lo es), la acusaron de complicidad con el desabastecimiento. Aunque en este punto ella se mostró más responsable que las autoridades. Cierto que compartió el optimismo de la propaganda oficial (“Tenemos aún dificultades por vencer”, escribió de la carestía de los setenta), pero no trampeó nunca. Y quien quisiera hacerse por aquellos años una idea exacta de la economía del país hizo mejor en atender a “Cocina al minuto” que a los noticieros. Pues, mientras estos últimos mostraban cosechas exitosas que dudosamente llegarían a los mercados, Nitza ponía al fuego estrictamente aquello que su ayudante Margot Bacallao veía descargar de los camiones.

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Resulta interesante comparar distintas ediciones de Cocina al minuto. Una edición prerrevolucionaria y otra posterior a 1959, por ejemplo. Salta a la vista que la nueva época, la economía del nuevo régimen, dictó variantes a las maneras anteriores. Simplificó aquellas maneras o las volvió imposibles. Para entonces los huevos exigidos por las recetas dejaron de ser de La Dichosa, el arroz no era Gallo, el aceite no fue más de El Cocinero. Las antiguas precisiones (dictadas por la calidad de los productos o por el peso de los anunciantes) no tenían razón de ser. No existía ya más que una marca: la del Estado.

Huevos, arroz y aceite eran artículos genéricos, arquetípicos casi. No cabía elección. A juzgar por el lenguaje utilizado popularmente, ningún producto era alcanzable mediante compraventa. Venían al mercado. Los daban por la libreta de racionamiento. Venían, con lo azaroso que suelen ser los visitantes. Los daban, como una donación benevolente. La comida pertenecía ahora al ámbito de lo milagroso. Un litro de aceite rubio era un dios que bajaba. El país se abastecía en un tiempo que parecía desprovisto de conexión con el dinero. Era la emulación socialista entre brigadas la que creaba comida, era el trabajo sin retribución alguna, voluntario.

Muchos ingredientes de las primeras ediciones parecían escritos ya en una lengua muerta indescifrable. Nitza Villapol supo desprenderse de ellos como si se tratara de majaderías, pero incluyó en las reimpresiones de sus recetas un ingrediente con que apenas contara antes: la ideología política. El lugar de la publicidad comercial, tan presente en las ediciones anteriores a 1959, fue ocupado por la propaganda política. Ella dispuso como epígrafe de su libro de recetas, a la entrada de su cocina, esta frase de Friedrich Engels:  “…trasguean las tradiciones en la mente de los hombres…”.

Se trataba de un Engels no muy canónico, un Engels casi Grimm, que hablaba de trasgos. Aunque lo importante (¿quién no lo sabía entonces?) era traer a cuento a tan pesante autoridad, sin importar lo que dijera.

El prólogo a la edición de 1980 de Cocina al minuto responsabilizaba de todas las carencias padecidas al bloqueo (por embargo) estadounidense. Sostenía que los primeros habitantes del país habían alcanzado una cultura elevada en materia de alimentos (Nitza debió confundir a siboneyes y taínos con aztecas e incas), y culpaba a los conquistadores españoles de no saber aquilatar las recetas culinarias indígenas.

Después de los españoles, tocaba el turno en ese prólogo a los males del intercambio económico con Estados Unidos. La industria porcina yanqui (así la llamaba) separaba la carne de cerdo y sus derivados para la población estadounidense y dejaba a los cubanos la manteca. “Éstos”, decía de los estadounidenses, “conocedores del valor de la carne de puerco como fuente de proteína, de alta calidad, y de vitamina B-1, vendían a Cuba, un pueblo casi analfabeto y por lo tanto en gran medida desconocedor de estas cuestiones de alimentación, y a sus gobernantes de turno nada interesados en la salud popular, una buena parte de la manteca que no consumían. Así, sin saberlo, el cubano contribuía a que sus explotadores pudieran comerse la carne de puerco y sus derivados como perros calientes, jamón, jamonada, etcétera”.

Nitza Villapol trazaba para su libro de recetas un esquema donde los cubanos comían sobras como esclavos domésticos, y la economía estadounidense invadía el país con manteca de cerdo, como si se tratara del agente naranja. En contrapartida, cantaba las alabanzas de la harina de trigo y la amistad soviética: “Símbolo de alimento desde que el hombre comenzó a cultivar cereales, es para nosotros también una parte de la eterna deuda de gratitud hacia el pueblo de la Unión Soviética y otros países de la comunidad socialista que en los momentos más difíciles tendió su mano amiga”.

Pese a ello, en unos años en que la propaganda oficial eludía la idiosincracia nacional (para orbitar mejor en torno a la Unión Soviética), ella hizo hincapié en lo cubano. Y reside en este punto la mayor diferencia entre las distintas ediciones de su libro de recetas. Antes de 1959, el asunto era comer. Más tarde, pareció tratarse de comer en cubano, de dar con lo cubano en la comida.

Todo el que frecuente recetarios comprenderá que la mayoría de ellos son ordenados a la manera de un menú, desde los aperitivos y entrantes hasta los postres y licores. Cocina al minuto, en su edición de 1980, se salta esta norma y presenta una ordenación muy diferente. Comienza por las recetas de arroz, el plato base del comer cubano, y concluye, no en los dulces, sino en diversas recetas de ajiaco. Se trata de una muy extraña cena, que sirve un sopón después de lo almibarado.

La explicación puede encontrarse en ese nuevo ingrediente con que cocina Nitza Villapol, la ideología. En una conferencia de 1939, Los factores humanos de la cubanidad, Fernando Ortiz había sostenido que Cuba era, como nación, un ajiaco. Una suma heteroclítica de ingredientes que bullía en un caldero. Siguiendo esta observación, Nitza Villapol fija el nacimiento de la cocina cubana en el momento en que el cocido español pierde los garbanzos y se hace otro plato. El ajiaco es emblema de la nación, según Ortiz. A lo que agrega Nitza que nuestra cocina resulta independiente desde la invención del ajiaco. El ajiaco es, en los fogones, el grito de La Demajagua.

Cocina al minuto reserva espacio al ajiaco después de los postres por no estar interesado en planear simples cenas (como la mayoría de los recetarios), sino en ordenar una nación. Si cualquier menú que se intente puede ser entendido como historia, los postres no pueden ser la coronación, sino el ajiaco. El acto de comer tiende, al final, a ese momento de independencia. El ajiaco es la saciedad y beatitud definitiva. Y cada vez que lo emprendemos lo que se espesa en él, más que las viandas, es una conmemoración.

Cocina al minuto, en sus más recientes ediciones, intenta una teleología no muy distinta a la de Cien años de lucha, discurso pronunciado por Fidel Castro el 10 de octubre de 1968, o a la de Ese sol del mundo moral, el volumen donde Cintio Vitier historiara una ética de la nación. Comer y cocinar alcanzan, en cierta Nitza Villapol, un sentido político.

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¿Cuánto tienen que esperar los muertos para ponerse en pie?, me preguntaba. Yo era un niño frente al televisor, preocupado por el destino de los espadachines muertos. Y recuerdo de entonces esta otra preocupación, mientras caían los créditos finales sobre la imagen fija del plato confeccionado ese día por Nitza Villapol en “Cocina al minuto”: ¿quién va a comerse lo que esa mujer cocina?

Brochure de la exposición anual de mesas para Pascuas celebrada en la tienda por departamentos El Encanto

Brochure (tapa de contrcubierta) de la exposición anual de Mesas para Pascuas auspiciada por la tienda por departamentos El Encanto, en La Habana. 1960. Colección Cuba Material.

ensalada de pollo

ensalada de pollo

ensalada de pollo

Ensalada de pollo. Foto cortesía de María L. Pérez.

En Cocina con Cuba: Ensalada de pollo:

Una ensalada de este tipo, o al menos muy similar, se servía en [las tiendas por departamentos] Ten Cent de La Habana. Recuerdo que la servían con una boleadora de helados en un plato con algo de verduras y unas tostadas. Era toda una delicia para ese calor intenso que suele tener La Habana. Los Ten Cent de La Habana fueron para mí el primer encuentro de lo que en los tiempos modernos se denomina cocina abierta. Era todo un lujo ver trabajar a aquellas mujeres –pues fue básicamente el sexo femenino que dominaba sus cocinas– con esos aparatos de color metálico y esas butacas rotatorias que se podían subir a la altura necesaria. Era gracioso hacer la cola detrás de otro cliente y tratar de coincidir con mis hermanos y mi mamá para poder comer juntos.

Ver la receta.

carné de estudiante preuniversitario

Instituto Preuniversitario Saúl Delgado

carné de estudiante preuniversitario

Carné de estudiante de preuniversitario (Saúl Delgado). Curso 1964-1965. Cortesía de María A. Arús. Colección Cuba Material.

Tres generaciones de mi familia hemos estudiado en el instituto preuniversitario Saúl Delgado. No se llamaba así, sino Instituto de Segunda Enseñanza, cuando mi abuelo, quien fue miembro de la primera cohorte que se graduó de este centro de enseñanza en 1937, asistía a sus aulas. Ya para cuando le tocó el turno a mi mamá, en 1964, había sido rebautizado como Instituto Preuniversitario del Vedado Saúl Delgado, nombre que mantenía cuando mi hermana y yo pasamos por sus aulas a finales de los años 1980s. Sin embargo, a diferencia de mi mamá y mi abuelo, nosotras no teníamos que comprar los libros de texto, ni teníamos carné de estudiante.

carne de estudiante preuniversitario

Carné de estudiante de preuniversitario (reverso, con relación de libros adquiridos por el alumno). Cortesía de María A. Arús. Colección Cuba Material.

“Havana Lights”, de Adolfo V. Nodal y Kadir López Nieves

Kadir López Nieves y Afonso V. Nodal. Imagen tomada de internet.

Kadir López Nieves y Afonso V. Nodal. Imagen tomada de internet.

Adolfo V. Nodal y Kadir Lopez reviven el neón republicano en La Habana post-socialista.

Ver el video de la instalación de los lumínicos en Kickstarter y, en Los Angeles Times: L.A. helps Havana’s vintage neon signs glow again: ‘It marks a new era, a return of the light, of hope’.

brochure promocional de la propiedad horizontal

Propiedad Horizontal

brochure promocional de la propiedad horizontal

Brochure promocional de un edificio de propiedad horizontal. 1950s. Colección Cuba Material.

Algunos de mis amigos de infancia vivían en apartamentos de propiedad horizontal. Para mí, se trataba simplemente de apartamentos en edificios mucho más modernos que el pequeño Pastorita en el que yo vivía. Edificios con nombres como Naroca, que incluso tenía una peluquería de lujo (Hermanas Giralt) y una oficina de correos; con piso de granito, por lo general de color blanco, colector de basura, ventanas de cristal, instalación de aire acondicionado, cocinas eléctricas y entrada de servicio. Propiedad horizontal significaba, también, elevador, amplia entrada de paredes de mármol y canteros menos chapuceros que el de los bajos de mi casa. Pensaba también que la “verdadera” propiedad horizontal era aquella que tenía elevadores que abrían en el recibidor de los apartamentos, y que sólo aquellos que ocupaban todo un piso o planta podían considerarse como tales. Un día me tropecé con los folletos que mi abuelo conservaba de cuando hacía planes para comprar apartamento. En uno de ellos dice:

La Propiedad Horizontal en Cuba ha sido creada por el Decreto-Ley número 407 de 16 de septiembre del año 1952 y esto ha proporcionado un gran plan de financiamiento, a tal extremo, que en muchos casos se paga menos comprando la propiedad, que alquilando el apartamento.

La propiedad horizontal, en realidad, fue un término acuñado cuando se pudo adquirir propiedades independientes en edificios de vivienda, por medio del desglose y venta de cada una de sus unidades habitacionales. Esto, antes de 1952, no era posible en Cuba. Sólo se podía ser dueño del edificio y del terreno.

El brochure promocional del edificio construido justo en la intersección de las calles Línea, Calzada y 15 anuncia, sin embargo, como “La verdadera Propiedad Horizontal, un solo apartamento en cada piso”.

Vea el folleto en pdf del edificio de propiedad horizontal de Línea, Calzada y 15.

Gracias a Jacqueline Loss por traer de Cuba el documento.

camisetas perro

camisetas Perro

identidad corporativa de las camisetas perro

Sobre de correos con la identidad corporativa de las camisetas Perro. 1960s. Colección Cuba Material.

Cuando mi tía abuela se casó con un técnico inglés que trabajaba en Cuba en los tempranos 1960s, era secretaria en la fábrica de camisetas Perro. Poco después se mudó a Londres. En este sobre recibió la confirmación de su renuncia a su puesto laboral.

Esta famosa marca prerevolucionaria fue registrada en el registro de marcas y patentes cubano en el año 1979, siendo aprobada como marca en 1981.

Marca PERRO
     F.solicitud 10/04/1979
Camisetas atléticas de hombre, joven y niño
    Titular EMPRESA DE CONFECCIONES PUNTEX
     Estado administrativo Concedida desde 24/11/81
     Fecha registro 24/11/1981
     Fecha vigencia 10/04/1979
     Fecha expiración 24/11/2016
postal

postales coloniales

postal

Postal. 1902. Colección Cuba Material.

‘A Cuban Courtship’: Postcards and Colonial Nostalgia in the Early Twentieth Century, por Kris Juncker.

Cuba’s independence from Spain in 1899 ignited new movements in the depiction of Cuban culture through postcard production. Although the Cuban government and press appeared to advocate independence, this paper investigates conflicting movements that arose within popular sentiment. To be clear, in spite of rhetoric encouraging national sovereignty, a tide of Colonial nostalgia emerged among many tourism-based and creative industries. In most instances, postcard images were photographed by Cubans but mechanically printed in the United States and sold in Cuban tourist venues to both national and international audiences. These postcards regularly sought to characterise the nation and its people by transforming once-semi-anthropological materials that presented race, costume and social class into leisure-based paraphernalia. Arguably, this creative adaptation of such cultural studies involved rather extreme creative license and embellishment. In particular, postcards from the decades following Cuban independence illustrate extensive colouring of images as well as photomontage practices. This paper examines some of the more pernicious trends in the postcard representation of Cuba as these images offered inexpensive, mass-produced stereotypes of Cuban people to audiences both within Cuba and abroad. In striking contrast to the typologies printed about Cuba, many of these same postcard publishers otherwise printed images illustrating modern industrial development in European and American cities. However, in collusion, photographers and publishers continued to print images celebrating Cuba’s Colonial past and enforced stereotypes that persist even today.

Edificio López Serrano. 1940.

reparando el edificio López Serrano

lopez serrano copy

Folleto convocando a colaborar con la restauración del edificio López Serrano. 2015. Cortesía de Juan García.

El arquitecto Juan García se afana por conseguir recursos para restaurar, con la participación de los vecinos, el edificio López Serrano, obra mayor del patrimonio art deco cubano. Para ello han lanzado el lema “UNA TRADICION VERDADERA NO ES LA PRESENCIA DE UN PASADO MUERTO, ES UNA FUERZA VIVA Q ANIMA E INFORMA EL PRESENTE.” “Ánimo hay,” me cuenta, “empezamos por eso mismo, por el deseo de muchos de sus moradores de salvarlo, lo aman,” y por eso quieren, dice Juan, “informar más al presente con el recuerdo del pasado, con lo que de valioso tiene, de historia.” Sin embargo, “todo está oscuro aún,” se lamenta, y aunque confía en que “ya amanecerá” quiere recabar toda la ayuda que pueda conseguirse. Por eso, desde las páginas de Cuba Material, llama a todos los interesados en preservar este pedazo de historia y de cultura material cubana, mientras aún se oxidan las cabillas que dejó al aire el hospital Pedro Borrás en su estruendosa y polvorienta caída.

El 30 de marzo tendrá lugar en el Ministerio de la Construcción una presentación del proyecto. Quien desee asistir, o ayudar, puede comunicarse con Juan en el correo electrónico juan.garciaprieto@gmail.com.

Folleto López Serrano 1 copy

Folleto convocando a colaborar con la restauración del edificio López Serrano. 2015. Cortesía de Juan García.

Puede ver aquí un documental sobre el estado actual del edificio.

Lopez Serrano 1940 copy

Edificio López Serrano. 1940.