Taza de café Duralex

Ausencia no quiere decir olvido, por Ahmel Echevarría

Taza de café Duralex

Taza de café Duralex. Hecha en Francia. 1970s-1980s. Colección Cuba Material.

Publicado en Cuba Contemporánea: Ausencia no quiere decir olvido:

(…) Una tacita de café para comenzar. Porque a mi memoria esta fue la primera imagen que arribó: para la colada en la cafetera INPUD, poner en el embudo, donde va la mezcla de un polvo a base de café y chícharos, aquellas canicas de cristal con aletas de colores en su interior -esas bolas con que los niños jugábamos “a la mentira” o “la verdad”-. En el siglo XX nuestro alguien comenzó a utilizarlas no bajo el concepto de ingredientes, sino con la estrategia de hacer más con menos. Y al parecer algo en verdad sucedía, porque fue un método extendido. Sí, es exagerado. Olvídenlo.

Antes de ir a la cocina a por el café, una mujer se calza sus chancletas de goma. Coloridas, por capas, bordes corrugados. Un modelo similar a las hawaianas. Pero gordas. Chancletas gordas que por el uso y la malformación del pie, y las complicaciones a la hora del recambio por otras nuevas, se desgastaban. ¿La solución?: ponerlas en agua caliente. Y casi se recuperaban -dicen- del fuerte desgaste.

Antes de ir para la escuela o a la jornada laboral, la Revista de la mañana. Noticias y muñequitos en blanco y negro mientras en la mesa estaba la taza de café, o el café con leche, galletas y pan con algo… Por entonces no era “La Habana a todo color” si de televisores se trata. El reinado del Caribe, el Krim 218 y otras pocas marcas. De bombillos fueron en una época, de transistores (creo) más adelante. Un adelantado puso manos a la obra y con una muy pequeña inversión tuvo lo que para él fue su primer TV a color: pintar la pantalla en los bordes con los colores primarios permitiendo siempre la transparencia.

Las guarachas eran unas sandalias que se hacían con neumáticos desechados. En el gusto o en el apartado de los gratos recuerdos de no pocas amigas cuarentonas y cincuentonas que tengo en mi haber, persiste o pervive la imagen del pie calzando aquellos modelos. Incluso, algunas quisieran tener un par flamante para los días de verano y largas caminatas.

Por cierto, si tienes un Lada, los tornillos del chasis de una PC en desuso te pueden servir para resolver, en estos días que corren, problemas de ajuste de la aceleración en el carburador. Y el muelle de cualquier fotocopiadora vieja -es un muelle largo y grueso-, te servirá para arreglar el embrague.

Las etiquetas zurcidas en las patas o el trasero del jean alargaban su vida útil. Cualquier etiqueta servía. Si era grande, colorida, si era una etiqueta de alguna marca bien dura en el ranking internacional, su valor ascendía. El pitusa seguiría sirviendo para el cine, la pizzería, la fiesta, la oficina y la escuela, las salidas con la novia o el novio…

El Período especial en tiempos de paz fue una verdadera guerra. No una guerra a muerte aunque las bajas no fueran pocas. Parece que en ese punto de nuestro pasado cercano no pocos sueños quedaron a la vera del camino, liquidados. Y también cierta ilusión o realidad parecida a la candidez. Una crisis saca lo peor, también lo mejor del individuo en el proceso de adaptación.

Mientras se producía ese proceso de rotación y cambio en la perspectiva y el actuar de los individuos bajo nuevas reglas en el juego, entre nosotros se instauró la orinoterapia -creo haber leído en la prensa un texto para rebatir los supuestos beneficios-. Algo parecido ocurrió con el noni -de la prensa y el noni: recuerdo haber leído acerca de los beneficios, pero de aquella maravilla solo quedan arbustos que paren unos frutos de dudoso aspecto.

Antes de caer en las variantes culinarias a lo largo y ancho de apagones bajo el reinado de… (antes de que lo olvide: los almendrones rodaron en las calles de Qva con luz brillante o queroseno en el tanque)… Hablaba de un terrible reinado y los apagones. El reinado de tú sabes quién: el calor.

Perdí el hilo de este discurrir. Entonces tomo la madeja por este punto anterior al Período especial: hubo un día en que apareció la Casa del Oro y la Plata. Las gentes vieron allí la posibilidad de mejorar cuanto había colgado en su ropero y/o el calzado. También cabrían allí los deseos de tener una videocasetera o una grabadora -citar solo dos electrodomésticos a modo de ilustración- que antes solo eran posibles si te ganabas el bono otorgado por la CTC (por ejemplo) para llegar al ventilador, la lavadora, la batidora y… Las gentes dieron sus tesoros, nimios o en verdad significativos -un tesoro es un tesoro, da igual cómo lo mires-, por lo que había en esas tiendas. Y lo que había allí solo era un “tesoro” si se comparaba con la necesidad. Por cierto, en ese tiempo corría la leyenda de que en un viejo modelo de máquinas de coser del fabricante Singer los mecanismos eran de platino, un metal precioso que también podías cambiar por los “chavitos” necesarios para el trueque.

Mencioné las artes o la magia culinaria de aquel tiempo dolorosamente humano en tiempos de paz. Rara alquimia para confeccionar un plato; sucedáneos por lo que una vez fue común en la mesa: las fibras de la cáscara o la corteza de vegetales y viandas, molidas o en grandes trozos, adobadas, para simular la añorada carne. Dejemos aquí este párrafo, la sumatoria de ejemplos lo volvería demasiado largo.

Existía el gel de papas o clara de huevos para mantener el cabello engominado.

Existía el ventilador fabricado con el motor de las lavadoras Aurika. Aquellos ventiladores parecían tener alma propia: con la vibración podían desplazarse según el largo del cable mientras no reinara el apagón. Y aparecieron las cocinas eléctricas cuya base era una piedra siporex y un alambre enrollado a manera de resistencia, y las cocinas de luz brillante armadas con trozos reciclados o “conseguidos” Dios o el Diablo mediante, y los calentadores que el ingenio popular resolvió a partir de una vieja lata de leche condensada Nela o las soviéticas, y…

Esos aparatejos no tenían una verdadera ingeniería detrás, consumían a más no poder. Fueron criticados y sustituidos por otros fabricados en serie (y supuestamente en serio), la mitad igual de gastadores. Para muchos aquella crítica en la TV casi fue una burla. Sí, dolió. Muchísimo. Pero “la gente sabe bien lo que no quiere” -como dice Vanito Brown en su disco Vendiéndolo todo-, ante aquella batalla energética hizo lo de siempre: rotación y cambio. Adaptación o muerte -según Ch. Darwin-. Se las seguirán ingeniando, porque, a propósito de la lucha del día a día, “la gente nunca pierde la ilusión”.

Por cierto, ¿también debemos poner como ejemplo el Paquete semanal?

La breve lista anunciada en el inicio de este discurrir es en realidad muy larga. Tan larga como ejemplos desempolvemos de la memoria. Ausencia, en este caso, no quiere decir olvido.

Ahmel Echevaria

Catálogo de la exposición "Los siglos no se olvidan", organizada por el colectivo La Campana.

La Campana, colectivo artístico

Catálogo de la exposición "Los siglos no se olvidan", organizada por el colectivo La Campana.

Catálogo de la exposición “Los siglos no se olvidan”, organizada por el colectivo La Campana. 1989. Colección Cuba Material.

El colectivo artístico La Campana, fundado en 1988 en la capital de las Tunas, permaneció en activo hasta 1993. Lo integraban “jóvenes formados en su mayoría por el sistema nacional de escuelas de arte, que habían llegado a su madurez, criterio que fue ante todo creativo y conceptual. Quienes expandieron tanto sus horizontes que su obra arremetió contra toda barrera”, según el blog Para los disgustos se hicieron los colores. El nombre del colectivo, dice también este blog, fue tomado del de la tienda homónima donde se exhibieron un grupo de obras que habían sido censuradas en el Salón de la Ciudad de Victoria de las Tunas, acción que marcó la fundación del grupo.

En este enlace pueden ver y descargar el catálogo de la exposición Los siglos no se olvidan.

Bolsa o jaba de compras hecha con alambres eléctricos

De la jaba al shopping bag, exposición

Bolsa o jaba de compras hecha con alambres eléctricos

Bolsa o jaba de compras hecha con alambres eléctricos. 1980s. Colección Cuba Material.

En 1998 la galería de la Biblioteca Pública Rubén Martínez Villena, en la Habana Vieja, presentó la exposición De la jaba al shopping bag. Sobre ella, dice la revista Opus Habana:

(…) A un grupo de diseñadores cubanos les motivó la idea y se enrolaron en el proyecto «De la jaba al shopping bag», presentado en la Galería de la Biblioteca Pública Rubén Martínez Villena, como parte de las actividades del II Salón de Arte Contemporáneo, en noviembre de 1998.
En el aspecto técnico, el soporte abrió su diapasón entre dos extremos opuestos: metal y papel; las dimensiones variaron desde propuestas gigantescas hasta otras pequeñas, más cercanas a la lógica común. Las formas: flexibles, rígidas, insospechadas.
El carácter funcional, en este caso, no se limitó a la capacidad de contener –endémica de las jabas, los bolsos– sino que explotó las posibilidades comunicativas del diseño: el anuncio, la propaganda. El concepto de la exposición abarcó el puente que existe de la jaba al shopping bag, de la esencia a la periferia, de lo asimilado a lo autóctono, de lo convencional al gesto violento de la osadía.
Fiesta de lujo del diseño cubano. Belleza, utilidad y utopía se tomaron las manos en la muestra para sacralizar, burlar, asumir o negar esa costumbre tan humana de envolver. Sabia noción: guardar, almacenar, empaquetar… en fin, poner a salvo los objetos, los elementos tangibles de la vida.

En Opus Habana vol III no. 1 (1999)

Invento, luego resisto

Invento, luego resisto: El Período Especial en Cuba como experiencia y metáfora (1990-2015), libro de Elzbieta Sklodowska

Invento, luego resisto

La editorial chilena Cuarto Propio acaba de publicar el libro de la académica, profesora de la Universidad de Washington en Saint Luis, Elzbieta Sklodowska Invento, luego resisto: El Período Especial en Cuba como experiencia y metáfora (1990-2015). En este enlace pueden leer un fragmento dedicado a examinar las representaciones artísticas y literarias del rikimbili (bicicletas a las que se les adapta, de manera rústica, motores eléctricos de poca potencia) y el “camello” (transporte colectivo tan chapucero como el rikimbili pero, a diferencia de éste, de creación estatal), hijos ambos de la escasez del Período Especial.

Elzbieta Sklodowska es académica de la Universidad de Washington, St. Louis. Su campo de investigación incluye la narrativa caribeña del siglo XIX y XX, teoría cultural y literaria, narrativa y cultura cubanas, poética y política de la memoria y literatura testimonial. Entre sus publicaciones destacan los siguientes libros: Testimonio hispanoamericano: historia, teoría, poética; La parodia en la nueva novela hispanoamericana (1960-85); Todo ojos, todo oídos: control e insubordinación en la novela hispanoamericana (1895-1935) y Espectros y espejismos: Haití en el imaginario cubano (2009).

Es coautora o coeditora de los siguientes libros: Huellas de las literaturas hispanoamericanas (con J. Garganigo, R. de Costa, G. Sabat-Rivers, A. Luiselli, B. Heller), La presencia de la literatura latinoamericana en Polonia (con Elzbieta Milewska e Irena Rymwid-Mickiewicz) y Roberto Fernández Retamar y los estudios latinoamericanos (editado junto a Ben Heller).

Período Especial, video

 

 

Período Especial fue filmado y producido por Ed Evans, quien visitó la isla en 1993 y estuvo allí dos semanas, con una delegación norteamericana. Todavía circulaban las guaguas Icarus, las farmacias no se habían vaciado del todo, alguna carne y ropa se podía adquirir con los cupones de racionamiento, las pizarras de las aulas tenían casi intacta su pintura verde, y circulaban más automóviles que ahora.

H/T: InCubadora

Hapers Bazaar 1992

los almendrones y la alta costura

Fotografía de Haper's Bazaar. 1992. Imagen tomada de Pinterest.

Fotografía de Haper’s Bazaar. 1992. Imagen tomada de Pinterest.

Hace ya unos días, el periódico español El País publicó el texto “La moda enloquece con Cuba.” No puede describirse mejor el último episodio del no tan nuevo maridaje entre los discursos simbólicos de la industria de la alta costura internacional y la cultura material de la Cuba post-soviética, país donde, sin embargo, se emite desde hace décadas una libreta de racionamiento anual para la adquisición de prendas de vestir que ni siquiera logra satisfacer las necesidades de uniforme escolar.

El compadrazgo entre la alta costura y las representaciones de la isla debutó en 1992, aún cuando ya en la “era soviética” el país se acercó a la industria de la moda internacional al invitar a creadores tan reconocidos como Emilio Pucci y Paco Rabanne, por sólo mencionar algunos de los modistos que visitaron el país en los años 1980s. Sin embargo, durante el período denominado Especial (eufemismo que distinguió a la crisis provocada en Cuba por el desplome del socialismo en Europa del Este y la desintegración de la URSS) se forjó un nuevo vínculo entre la industria de la moda foránea y algunas formas de representación de Cuba y la cubanidad que perduran hasta hoy.

Un lugar preponderante en esta identificación lo ocupan los automóviles clásicos norteamericanos, en gran medida debido a que remiten a un período anterior a 1959, con toda la nostalgia y, sobre todo, el anacronismo que ello implica en un país que, más o menos a partir de ese año, se pasó al bando contrario en el conflicto mundial conocido como la Guerra Fría. Los almendrones, como se les conoce desde hace tiempo en Cuba, constituyen la herencia más conspicua de aquel pasado donde los estrechos vínculos con los Estados Unidos, la relativamente buena salud de una abundante clase media, y las garantías a la gestión y propiedad privadas condujeron a que La Habana tuviera en su momento más Cadillacs per cápita que Nueva York.

Todo parece haber comenzado en mayo de 1992, cuando el editorial “Cuba Libre” de Harper’s Bazaar mostró a la modelo Kara Young sobre un flamante auto clásico descapotable de color rosa pelícano, en una escena con visibles errores de ambientación como el anuncio que se lee en un segundo plano. En la escena, obviamente no construida en Cuba, el único elemento que denota cubanía, más allá de dos ralas palmeras, es la presencia central del almendrón. La revista estadounidense volvió a abordar el tema cubano en 1998 cuando, esta vez sí, envió a las modelos Naomi Campbell y Kate Moss a La Habana, lo que le costó $31,000.00 de multa por infringir los términos del embargo norteamericano a la isla. En esta ocasión, puede verse a las modelos compartiendo escenas de la vida cubana, una de ellas viajando en lo que se intuye como un descapotable que necesariamente tiene que ser antiguo, pues no se importaron automóviles de este tipo con posterioridad. Éste, sin embargo, no se muestra en la imagen, que se concentra en los cabellos revueltos por la brisa, mostrando como fondo una calle habanera.

Algo después, en el 2010, la French Revue de Modes incluyó en su edición de primavera un foto-reportaje de ficción cuyo tema central eran los paseos de una pareja en una Habana ruinosa. En una escena urbana se muestra a la modelo, morena, recostada a un viejo almendrón de alquiler, azul cobalto, en una pose que sin dudas alude al fenómeno dea la prostitución en Cuba. Ese mismo año, Vogue UK 2010 también ambientó en Cuba una sesión de fotos. En “Viva Cuba”, título dado al reportaje, una modelo rubia se pasea por calles rotas, por donde circulan viejos almendrones.

En el 2012, la edición de marzo de Marie Claire France mostró a la modelo Cris Urena combinando lo mejor de la alta costura internacional con el decadente entorno de La Habana, en escenas que también incluyen automóviles clásicos. El reportaje, titulado “Mambo Show”, dice recrear el ambiente de los años 50. También en 2012, la revista Elle mostró a Rihanna viajando en un envejecido almendrón descapotable junto a un modelo que encarna el clásico estereotipo del latin lover latino, en una escena que supuestamente recrea La Habana de 1956. Para la ocasión, la revista produjo un video clip de la cantante en el que también se incluyen almendrones despintados. Ese mismo año, la firma española YERSE ambientó su colección de primavera-verano en una Cuba cuyo elemento más conspicuo parece ser el clásico almendrón. En una de las imágenes, YERSE utiliza como único “soporte” de uno de los pañuelos de su colección el asiento trasero de un auto clásico norteamericano, tapizado con un bien cuidado cuero, cosa poco común en una Cuba por décadas abatida por la escasez.

Al año siguiente, la edición de abril de Cosmopolitan UK colocó a la modelo Michelle McCallum junto a un flamante descapotable rojo. Otras imágenes también la muestran sobre el capó de un almendrón rojo un poco más deteriorado, en cuyo parabrisas puede verse la bandera cubana, o caminando por una calle desolada donde sólo circulan almendrones.

Sin embargo, como anota Begoña Gómez Urzaiz, autora del texto de El País “La moda enloquece…”, en los últimos meses la mentada componenda entre La Habana y la moda parece haber adquirido visos apoteósicos y, con ellos, también el vínculo entre los almendrones y la industria de la alta costura internacional. Está por ver si Karl Lagerfeld, que acaba de anunciar que en mayo próximo tendrá lugar en Cuba el desfile de la colección Crucero 2017 de Chanel, hará desfilar a las modelos sobre descapotables, o las pondrá a caminar en tacones en forma de almendrón, o cualquier otra variante. A día de hoy, las revistas Vanity Fair, en su edición de noviembre -cuya portada ha dedicado a la cantante y modelo Rihanna-, Marie Claire US, en su edición de septiembre, W, en su edición de agosto, y Porter Magazine, en su edición de otoño, todas con sesiones fotográficas ambientadas en una muy deteriorada, y a estas alturas pueblerina, Habana, incluyen en sus fotos al menos un almendrón.

En la última entrega de Vanity Fair, los almendrones llegan incluso a desplazar a la popularísima Rihanna, como se ve en la imagen a dos páginas que encabeza el artículo dedicado a la cantante. En ella, la estrella del mundo del espectáculo, de rojo, se pierde entre las paredes también rojas de un bar de mala muerte, ambos en un segundo plano dominado por un lustroso Lincoln Continental rojo que, según aclara el pie de foto, perteneció a Marta Fernández de Batista, la última Primera Dama que conocieron los cubanos (como también, me dijeron, perteneció a ella el Lincoln Capri de color negro en que una vez me trasladé al aeropuerto).

La revista W, por su parte, no conjuga carísimos diseños de alta costura con automóviles clásicos, pero no deja de incluir una fotografía en donde, sin que se muestre ninguna prenda de vestir, sólo aparece un automóvil clásico. Como si de no dejar ninguna duda sobre la identificación del almendrón con la isla se tratara, la disposición de los diferentes elementos de la fotografía parece sugerir el diseño de la bandera cubana, el rojo almendrón representando el escudo que, ni más ni menos, simboliza la sangre que los patriotas cubanos alguna vez derramaron por la patria.

El capital simbólico acumulado por los autos clásicos antiguos es compartido también tanto por las actrices y modelos que usualmente aparecen en las páginas de las revistas de moda como por la gente común que consume estos medios. Paris Hilton y Naomi CampbellBeyoncé y Jay Z son algunos ejemplos que han inspirado a otros a fabricar en Cuba sus escapadas de ensueño, en las que nunca falta el ubicuo almendrón. Tal es el caso de Suzie y Max, cuya boda, según la propia Suzie, hubiera estado incompleta “without a fleet of classic American cars”.

Los almendrones cargan una gran dosis nostalgia, elemento al que la industria de la moda gusta apelar, contrastando lo nuevo con lo viejo, el hoy con el ayer, el nosotros con el ellos, el imperio con las dependencias de ultramar, la modernidad con las ruinas. Es por ello que no hay en este repaso otra intención que la de anotar el recorrido, más o menos predecible, del encuentro de algunos de los discursos simbólicos de la moda contemporánea con el anacronismo de la cultura material cubana.

 

Fotografía publicada por Vanity Fair. Noviembre del 2015.

 

ruinas zona baja vedado

Cubanet: Vedado: de la modernidad a la barbarie

Casas en ruinas. Zona baja del Vedado. 2012.

Casas en ruinas. Zona baja del Vedado. 2012.

En Cubanet: Vedado: de la modernidad a la barbarie:

La identidad de El Vedado peligra desde hace mucho tiempo. Esta barriada de la antigua Habana Elegante dejó de ser un museo de arquitectura moderna. Por aquí entró a Cuba la modernidad, la cual fue siempre un acento de su identidad. No solo fue un barrio fundado por familias patricias, fue también un barrio de turismo y prosperidad.

Este barrio, que germinó del bosque, hoy envejece muy mal. Es un trozo de ciudad que ya no está preparada para asimilar grandes golpes, su paisaje ha sido saqueado, deteriorado y desdibujado, dejó de ser un sitio ostentoso, y hoy sus fachadas son apenas un juego de apariencias.

Recuerdo la patria de mi infancia como un lugar habitable, un asentamiento ecológico en cuya manera de vivir se respiraba dignidad. Haber nacido en el Sagrado Corazón y ser de El Vedado impuso una etiqueta de distinción y elegancia, incluso para los más humildes.

Teresa, una guantanamera que nació en la Loma del Chivo, se impuso, desde muy joven, no regresar a su pueblo natal: “Llegué a este barrio en 1962 –testimonia-, y quedé deslumbrada por El Vedado, uno podía distinguir la personalidad propia que tenía este lugar, tenía su propio glamour, era un lugar donde se respiraba decencia. En aquel entonces, el toque de tambor, la brujería y los sacrificios de animales bajo la ceiba era algo ajeno a este lugar. Hoy esa identidad ha desaparecido y se impuso la cultura de la chancleta y el barracón”.

Con el nuevo contrato social impuesto por la inquisición revolucionaria, las costumbres y la cultura de El Vedado, como estilo de vida propio de las élites habaneras, fue amputada por decreto y sustituida por la cultura de la barbarie.

El Hotel Trotcha, los edificios Govea y Alaska, o la casa jardín de los Loynaz, son algunos de los patrimonios locales perdidos. El edificio Alaska, que pudo ser salvado, fue dinamitado, y hoy ocupa su lugar el parqueo del Comité Provincial del Partido Comunista. Es posible que corra la misma suerte el edificio del Retiro Médico, ubicado en N, entre 23 y 25. Se han perdido salas cinematográficas, como el cine Gris, y plazas culturales, como la Casa de la Cultura Checa.

Según Hilda, una habanera nacida en el barrio de Cayo Hueso, hoy muchas mansiones de El Vedado son ciudadelas: “Recuerdo que aquí no había muchos solares, entre ellos estaba el solar de los Chala, conocido actualmente como Blúmer Caliente, y el solar de Guillermina, donde la familia más conflictiva era la de Silvia, conocida como La Cochina, una blanca de cabellos y ojos oscuros que se fue del país en 1980. Pero se impusieron otros lugares, como La Mierdita, El Sopeña, el Hormiguero y el Pentágono. Se acabó la caballerosidad, el buen gusto y una ética de orgulloso sentimiento por este lugar”.

Lugares vinculados al eco de la buena cocina, como los restaurantes Varsovia, Sofía y El Jardín, así como cafeterías, La Cocinita, El Avioncito, La Piragua, La Fuente y Sol Mar, no existen ya. Otros restaurantes, como Rancho Luna, Los Andes, Vita Nuova, El Cochinito, Centro Vasco, Casa Potin, Las Bulerías, El Castillo de Jagua, La Roca, El Mandarín, Siete Mares, donde ya es muy difícil comer mariscos y pescados, o las pizzerías Cinecittá, Buona Sera y Milán. Todos son lugares grises, abandonados a su suerte.

Los pocos espacios en divisas han cancelado oportunidades para la libre diversión de la gente corriente. El Vedado Tennis, hoy círculo social José Antonio Echevarría, es una jungla en la cual la población flotante libera sus represiones e impone la guapería. El Club Sayonara es un triste almacén de viandas administrado por la Dirección Provincial de Gastronomía del Poder Popular del municipio. También desaparecieron los clubes El Escondite de Hernando y el Club Olokkú, transformado en una piloto para el consumo masivo de cervezas. El feeling se esfumó del Pico Blanco. El hospital infantil Pedro Borrás, y el de maternidad, Clodomira Acosta, esperan por ser dinamitados desde hace más de 20 años.

Mientras El Vedado continúa perdiéndose como el barrio Jardín que fue, se imponen nuevos lugares, como parte de la economía emergente: Dulcilandia, La Farándula y La Moraleja. El paseo de la Avenida de los Presidentes es el santuario de las tribus urbanas (emos, rockeros, mikis y repa). La cultura de parques también se derrumba, el Víctor Hugo (H y 21), o Medina y Menocal son hoy cementerios de animales, por las permanentes ofrendas a la ceiba de los orichas.

Desde hace mucho tiempo, El Vedado dejó de ser ese elegante caballero, intelectual, vestido de blanco con faja azul. De sus tradiciones, que constituían toda una cultura, solo nos queda el erotismo de La Rampa y el romanticismo del Malecón.

Por Juan Antonio Madrazo Luna

H/T: Walfrido Dorta, via InCubadora.

Fin de Siglo, documental

 

Documental de 1992, realizado por Madelin Waterlet y Simon Saleski.

H/T: Walfrido Dorta.

souvenir trinidad

Trinidad

Trinidad, Cuba. Julio 2014.

Trinidad, Cuba. Julio 2014.

Cuando, en 1998, fui por primera vez a Trinidad, el dólar había vuelto a tener circulación legal en Cuba y el estado cubano regentaba tiendas y restaurantes que operaban en divisas para un público mayoritariamente extranjero. Los trinitarios, como los habaneros y el resto de los cubanos, huían en masa de casi todos los empleos estatales para trabajar en el turismo, por entonces el más codiciado sector en términos de empleo en la isla.

Cuando regresé este verano, días antes de que el periódico El País le dedicara una nota al emergente capitalismo trinitario, los restaurantes, hostales y galerías de arte privados se extendían por toda la ciudad y sobrepasaban en número y calidad a los negocios estatales, especialmente en la zona del centro histórico, declarado por la UNESCO Patrimonio Mundial de la Humanidad en 1988. Artesanos y cuentapropistas vendían todo tipo de mantelería bordada y canastas de mimbre en mercadillos callejeros, y los taxistas privados ofrecían viajes mucho más económicos y flexibles que las opciones estatales hacia la península Ancón y el Valle de los Ingenios, en donde el dueño de la estancia Guachinango sirve almuerzos campestres y ofrece excursiones a caballo por sus tierras. El camino que lleva hacia la torre Iznaga lucía ahora más parecido que nunca al de Teotihuacán, en donde los vendedores abruman al turista con la mejor artesanía local a precios que, mientras se avanza, se devalúan hasta llegar a un 10 por ciento de la cifra inicial.

En la Trinidad de hoy el negocio privado ha desplazado al estatal no solamente en cantidad y calidad como anota El País sino también en las ganancias que reporta y, sobre todo, en prestigio en la jerarquía de los puestos de trabajo locales. La prosperidad del negocio privado en Trinidad ha repoblado la villa con jóvenes que emigran desde otras regiones del país, incluyendo La Habana, y tiene cierto peso en la decisión de algunos trinitarios de no emigrar al extranjero. El taxista que contraté para hacer el recorrido por las distintas estancias del Valle de los Ingenios suele viajar a Canadá. El capital que reúne trabajando allí en la construcción lo invierte en mejorar su casa y su automóvil, tras lo cual se asentará definitivamente en tierras trinitarias para dedicarse al transporte de turistas. La habitación que renté, donde losas de barro y cenefas coloniales cohabitan con lámparas y vajilla adquiridos en una sucursal de Ikea europea, climatizada con un moderno y silencioso split, es propiedad de un matrimonio cubano-belga asentado en La Habana. Una joven familia habanera, ella promotora cultural y él músico, gestionan el negocio a cambio de cierta participación en las ganancias de la pequeña galería de arte que ocupa la sala principal de la casa y de la renta de las tres habitaciones de la estancia.

Sólo sobre las chinas pelonas de las calles, bajo el tórrido sol tropical, puede el visitante encontrar algo alegórico a la revolución cubana.

 

Souvenir de la empresa ARTEX. Trinidad. 1998.

Souvenir de la empresa ARTEX. Trinidad. 1998. Colección Cuba Material.

calzado dispar

Zoé Valdés: Los tenicitos viejos de la yuma

Imagen tomada de Facebook. 2013

Imagen tomada de Facebook. 2013

Zoé Valdés: Los tenicitos viejos de la yuma:

En el año 1979 los “gusanos” … pudieron volver, y lo hacían cargados con regalos para sus parientes perdónandolos por su obligado olvido, también dejaban miles de millones en la isla, y así regresaron una y otra vez, invirtiendo el dinero ganado con su esfuerzo y dolor de exiliado. Un gran negociazo de los Castro.

(…)

En los años ochenta nos visitó también una Comunidad de intelectuales cubanos del exilio, la mayoría eran profesores de universidades norteamericanas, progresistas se hacían llamar varios de ellos, hijos de exiliados que habían crecido lejos de su país, o niños cuyos padres tuvoeron que enviarlos solos al exilio en la Operación Peter Pan para salvarlos del comunismo, y se habían criado y crecido en hogares ajenos al suyo. Niños desgarrados de cuyo desgarro el castrismo se iría a beneficiar una vez más.

Algunos entraron como Maceítos en esa Cuba de la escasez, otros volvieron como rescatados del “imperialismo yanqui”, por varias vías, llámense por Areítos o por componendas de Institutos de Estudios Cubanos en ciudades importantes de los Estados Unidos. (…)

Los cubanos nunca hemos tenido zapatos. Cuando habían no te tocaban y cuando te tocaban no habían. Por la libreta de racionamiento, claro. Los que viajaban a Cuba lucían zapatos que para nosotros significaban mucho, por vergüenza apenas osábamos clavarles la mirada para no parecer indiscretos.

Recuerdo que cuando transcribí los cassettes de una famosa millonaria cubana recibida en Cuba con ciertos honores, para un libro que escribió en conjunto con una ilustre investigadora del patio, me mandó sin que yo se lo pidiera a través de su chofer particular (empleado del Comité Central desde luego) unos tenicitos usados dentro de una caja de otra marca de zapatos de lujo, como agradecimiento a mi trabajo que ella no remuneró nunca. La gran señora, ex propietaria de centrales azucareros, se había enterado en aquel momento de que los cubanos no teníamos con qué calzarnos, y eso que ya llevaba meses en Cuba. Los tenis no eran mi número de pie, y por supuesto estaban gastados, viejos y hasta sucios. Los boté directamente a la basura.

La americana de la galletica de las que les hablé ayer en otro post, al parecer también oyó la bola de que los cubanos no teníamos con qué abrigar nuestros miembros inferiores. Estando yo una vez en la oficina del ICAIC se apareció con un nailon rayado y descolorido que contenían unos tenicitos también usados y viejos, no eran para mí, sino para una joven secretaria que iba a trabajar en chancleticas de goma metededos (en ella me inspiré para describir los pies de la secretaria de Yocandra en La nada cotidiana). En la guagua que tenía que coger cada mañana repleta a más no poder, le habían pisoteado los pies hasta el abuso y había debido de pedir baja médica por fracturas de los dedos en múltiples ocasiones. La muchacha no botó los tenis que le regaló la americana, como hice yo, al contrario, se puso contentísima, y aunque tampoco eran su número, pues la americana caballona usaba como el 45 se los probó metiendo en la punta papel arrugado del Diario Granma, y daba saltos y palmoteaba de alegría. La caballona se ‘venía’ en un orgasmo de felicidad al notar cómo humillaba a esa pobre cubana, o cubana pobre.

En otra oportunidad, una de esas viajantes, llegó de los Estados Unidos con una bolsa repleta de las astillas de jabón que durante un año ella y su familia habían usado hasta dejarlos casi en la nada, se dio a la tarea de repartirlos entre nosotros. Ella sabía que en Cuba carecíamos de jabones. Cuando una de las empleadas de la Cinemateca abrió la bolsa, hasta pelos de fondillo venían pegados a las astillas de jabón apurruñado y maloliente. (…)

Imagen promocional de la mayonesa Doña Delicias

colecciones

Imagen tomada de Collectibles Havana.

Imagen promocional de la mayonesa Doña Delicias. 1950s. Imagen tomada de Collectibles Havana.

En Alejo3399: La colección:

Cuando se reúne una familia cubana, en cumpleaños, bodas o tomadera sin motivo definido, aflora siempre el recuerdo del picadillo de cáscara de plátanos y el baño con un trapo untado en alcohol del Período Especial. De aquella época es también la colección. Y cualquiera puede pensar que coleccionar es un comportamiento natural del homo ludens, pero la colección cubana es única, épica, lírica, y sin duda alguna, parte de ese patrimonio cultural escasamente documentado de los momentos más jodidos de la historia de esta nación.

Aquí la gente siempre tuvo hábito guardador de tarecos, de modo que ese Trastorno Obsesivo Compulsivo de preservar sellos de cartas, monedas antiguas y/o de remotas regiones, chapas de autos extranjeros, chapitas de cervezas, fósforos y cualquier bobería en general, avalado como no patológico por los sicólogos, no llegó con las carencias de la década del 90. Hasta hace poco en muchas casas por ahí podían verse colecciones de botella de Coca Cola y de cuanta marca nueva comenzara a entrar al país.

Descubriendo un nuevo mundo

Sin embargo, la moda de la colección en el sentido que hoy le damos la mayoría de quienes vivimos aquella furia, sí fue algo novedoso en Cuba, a juzgar por el hecho de que hasta los viejos coleccionaron. La colección cubana no fue entonces solo cosa de niños y adolescentes sin TV; las personas adultas también tenían sus propias etiquetas de pitusas Zingaro, estuches de nylon de chocolates Sapito, o de jabones Sue, o de Zap (que se pegaban a la piel como tatuajes luego de una untada de alcohol de la tienda).

Lo lindo del caso no es que se guardaran todas estas porquerías de latón de basura de hotel, lo cual es ya de por sí bastante lindo; más curioso es recordar ahora como se olían los estuches y etiquetas, como si se oliera el perfume de Jean Baptiste Grenouville, el personaje diabólico de Patrick Susking; como si el aroma sicodélico de lo hecho fuera de la URRS nos descubriera un nuevo mundo de sensaciones ignotas y deseables.

Las prendas coleccionables, pronto adquirieron valor comercial, y la gente las vendía, las cambiaba y no pocos niños del Período Especial recibieron su primer trompón durante a una vendetta por un Triunfo (estuche dorado de galletas dulces). Se ponían en álbumes, y se contaban y clasificaban, quien tuviera más y más bonitas iba delante en la inocente competencia. Los domingos por las mañanas, cuando se acababa el show de Pocholo y su pandilla, salíamos a la calle con los álbumes de estuches y etiquetas a mercantilizar lo inaudito, a darle valor a la miseria y a hacer vida social con ella. Quien no tenía álbum ponía sus valores entre las páginas de un libro de Fidel y la Religión, o en un Atlas General.

Cristalitos y agua con azúcar

Yo, además, coleccioné cristalitos de colores, y piedras que brillaban al sol. Y en mi adolescencia conocí un retrasado mental famoso que coleccionaba botones y andaba descalzo por la tierra colorada: no recuerdo su nombre, pero sí que habitaba en una comunidad del municipio Sierra de Cubitas llamada Navarro, y que presumía de poderse comer de un solo viaje dos coles (repollos) hervidos, y beberse un jarro de cinco libras lleno de agua de azúcar. Había un hambre del carajo en aquel lugar, como en casi todos.

Ya más recientemente, adquirí un adoquín camagüeyano que fue arrancado del lugar de donde estuvo por más de cien años por los “embellecedores” autorizados de la ciudad, de modo que la colección la llevo en las venas, no la puedo evitar, como tampoco se deja evitar el recuerdo de aquellos tiempos de miseria tremenda siempre que uno ve por ahí alguna escena que los repite. (…)

A mí me parece que por cuestiones sicosociales equiparables, en cierto sentido, a las teorías locas de Einstein, uno cree que en algún punto se acabó la colección en Cuba, que se acabó el Período Especial, el duro, el de verdad. Sin embargo la colección cubana está lejos de ser cosa del pretérito, simplemente ha mutado, como mismo mutan esos parásitos indeseables que habitan en lo más profundo del intestino de un animal carnívoro que camina sin encontrar presa en medio de la sequía. Todavía para mucha gente una latica de cerveza Bucanero, por lejana y desconocida, es algo muy bonito y merecedor de ocupar el espacio preferencial de encima del TV Panda de la sala de su casa.

H/T Café Fuerte.

Culturas vernáculas y canibalismo sígnico, conferencia de Ernesto Oroza (video)

Video de la conferencia “Culturas vernáculas y canibalismo sígnico”, de Ernesto Oroza, celebrada el 23 de Junio 2010 durante la XVII edición de las Jornadas de Estudio de la Imagen 2010 organizadas en el Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M).

H/T: inCUBAdora.

detalles de la materialidad cubana, por Enrique del Risco

Siempre nos quedará Madrid

Siempre nos quedará Madrid, de Enrique del Risco. Publicado por Sudaquia Editores en el 2012.

En Siempre nos quedará Madrid, libro de memorias de Enrique del Risco:

Ahora –en aquel apartamento del barrio más tranquilo y silencioso en el que hubiera vivido nunca– empezaban a aparecer los detalles. Y los detalles, los de mi vida o los de mis circunstancias, se infiltraban continuamente en las historias. Como si mi mundo hasta entonces sólo habitado por el miedo y su vasta descendencia empezara a poblarse de materia. De hecho, uno de los cuentos era una descripción detallada de un día que para mí había sido especialmente feliz. Y ahí está lo curioso. La imagen abstracta que me había hecho de aquello cuando lo tenía cerca se iba haciendo más precisa a medida que me alejaba. Como si sólo la distancia –y el contraste con la prolija materialidad de la vida española- permitiese que me fijara en los detalles. Como si sólo lejos de mi país natal las formas concretas de lo que había sido mi vida empezasen a adquirir sentido. Con el fin de la complicidad con mis lectores naturales, esos que cuando escribía “león”, “zorra”, “conejo”, “presidente” o “hijo de puta” comprendían exactamente a lo que me estaba refiriendo, comenzó mi viaje al interior de los elementos que antes había pasado por alto. La realidad había cambiado y debía reajustarme a ella si no quería que se me escapara completamente de las manos.
* * *
Al aeropuerto fuimos en el que había sido el coche de la familia durante más de quince años. Un Fiat argentino comprado nuevo por mi padre en 1977 y que había vendido dos años atrás. Mil quinientos dólares le dieron por él. No era mal negocio si se pensaba que lo había comprado por el equivalente a unos quince sueldos suyos y lo había vendido tres lustros después por un precio que correspondía a 75. El viejo pensaba que con los dólares iba a poder comprar comida durante cinco años, pero apenas le alcanzó para año y medio. Setenta y cinco sueldos extras esfumados en dieciocho meses. Para él, vender el símbolo más visible de su condición de científico respetado en el país, el artefacto que le había permitido a él y a su familia elevarse sobre la martirizada raza de los peatones, debió ser un golpe duro. El máximo sacrificio que podía hacer por la familia descontando la venta de un riñón. La venta fue ilegal, por supuesto. Me refiero al coche, no al riñón. Los coches que el gobierno vendía sólo podían ser comprados por el propio gobierno, de manera que las partes de una transacción ilícita quedaban atadas entre sí hasta que la muerte o algún sucedáneo los separara. El comprador en este caso era un miembro connotado de la mafia del barrio así que cada vez que la policía lo detenía en el coche mi padre, todavía dueño legal, debía presentarse en la estación para explicar que era un amigo a quien se lo había prestado. No creo que le creyesen pero al menos no era ilegal prestar el carro a un amigo. Así que el nuevo dueño le debía la suficiente cantidad de favores a mi padre como para negárselo en una ocasión tan especial. Volvíamos pues a estar juntos por última vez en aquel coche mi padre, mi madre, mi hermano y yo. Como cuando íbamos a la playa o recorríamos la isla durante el verano. Lo diferente era que ahora –incluidas nuestras respectivas mujeres– cabíamos a duras penas: uno no se hace adulto impunemente. Quiero pensar que ese día mi padre disfrutó el estar una vez más al timón de su antiguo FIAT.

La Habana, 1997, video

 

Cortesía de Emilio García Montiel. Un video, en sus palabras, de La Habana “desmaterializándose”, en contrapunteo con Memorias del Subdesarrollo.