anchares y putas en La fiesta vigilada, de Antonio José Ponte

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almendrones

Automóvil norteamericano (almendrón), también llamados anchares hasta los años 1970s, por las siglas ANCHAR de la Asociación Nacional de Choferes de Alquiler Revolucionarios. Imagen tomada de internet.

En La fiesta vigilada, de Antonio José Ponte (2007, Anagrama, p. 86):

Taxis de color amarillo y negro pertenecían a la Asociación Nacional de Choferes de Alquiler Revolucionarios (ANCHAR, ya que en la nueva sociedad todo adoptaba siglas), y en taxis de color violeta trabajaban las prostitutas reeducadas.

Hacían, de otro modo, la calle. TP eran las siglas de sus vehículos: Transporte Popular.

“Todas Putas”, les llamaba la gente.

Y aquellas conductoras recibieron enseguida, por el color de los autos, el mote popular de “violeteras”.

Ausencia no quiere decir olvido, por Ahmel Echevarría

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Taza de café Duralex
Taza de café Duralex

Taza de café Duralex. Hecha en Francia. 1970s-1980s. Colección Cuba Material.

Publicado en Cuba Contemporánea: Ausencia no quiere decir olvido:

(…) Una tacita de café para comenzar. Porque a mi memoria esta fue la primera imagen que arribó: para la colada en la cafetera INPUD, poner en el embudo, donde va la mezcla de un polvo a base de café y chícharos, aquellas canicas de cristal con aletas de colores en su interior -esas bolas con que los niños jugábamos “a la mentira” o “la verdad”-. En el siglo XX nuestro alguien comenzó a utilizarlas no bajo el concepto de ingredientes, sino con la estrategia de hacer más con menos. Y al parecer algo en verdad sucedía, porque fue un método extendido. Sí, es exagerado. Olvídenlo.

Antes de ir a la cocina a por el café, una mujer se calza sus chancletas de goma. Coloridas, por capas, bordes corrugados. Un modelo similar a las hawaianas. Pero gordas. Chancletas gordas que por el uso y la malformación del pie, y las complicaciones a la hora del recambio por otras nuevas, se desgastaban. ¿La solución?: ponerlas en agua caliente. Y casi se recuperaban -dicen- del fuerte desgaste.

Antes de ir para la escuela o a la jornada laboral, la Revista de la mañana. Noticias y muñequitos en blanco y negro mientras en la mesa estaba la taza de café, o el café con leche, galletas y pan con algo… Por entonces no era “La Habana a todo color” si de televisores se trata. El reinado del Caribe, el Krim 218 y otras pocas marcas. De bombillos fueron en una época, de transistores (creo) más adelante. Un adelantado puso manos a la obra y con una muy pequeña inversión tuvo lo que para él fue su primer TV a color: pintar la pantalla en los bordes con los colores primarios permitiendo siempre la transparencia.

Las guarachas eran unas sandalias que se hacían con neumáticos desechados. En el gusto o en el apartado de los gratos recuerdos de no pocas amigas cuarentonas y cincuentonas que tengo en mi haber, persiste o pervive la imagen del pie calzando aquellos modelos. Incluso, algunas quisieran tener un par flamante para los días de verano y largas caminatas.

Por cierto, si tienes un Lada, los tornillos del chasis de una PC en desuso te pueden servir para resolver, en estos días que corren, problemas de ajuste de la aceleración en el carburador. Y el muelle de cualquier fotocopiadora vieja -es un muelle largo y grueso-, te servirá para arreglar el embrague.

Las etiquetas zurcidas en las patas o el trasero del jean alargaban su vida útil. Cualquier etiqueta servía. Si era grande, colorida, si era una etiqueta de alguna marca bien dura en el ranking internacional, su valor ascendía. El pitusa seguiría sirviendo para el cine, la pizzería, la fiesta, la oficina y la escuela, las salidas con la novia o el novio…

El Período especial en tiempos de paz fue una verdadera guerra. No una guerra a muerte aunque las bajas no fueran pocas. Parece que en ese punto de nuestro pasado cercano no pocos sueños quedaron a la vera del camino, liquidados. Y también cierta ilusión o realidad parecida a la candidez. Una crisis saca lo peor, también lo mejor del individuo en el proceso de adaptación.

Mientras se producía ese proceso de rotación y cambio en la perspectiva y el actuar de los individuos bajo nuevas reglas en el juego, entre nosotros se instauró la orinoterapia -creo haber leído en la prensa un texto para rebatir los supuestos beneficios-. Algo parecido ocurrió con el noni -de la prensa y el noni: recuerdo haber leído acerca de los beneficios, pero de aquella maravilla solo quedan arbustos que paren unos frutos de dudoso aspecto.

Antes de caer en las variantes culinarias a lo largo y ancho de apagones bajo el reinado de… (antes de que lo olvide: los almendrones rodaron en las calles de Qva con luz brillante o queroseno en el tanque)… Hablaba de un terrible reinado y los apagones. El reinado de tú sabes quién: el calor.

Perdí el hilo de este discurrir. Entonces tomo la madeja por este punto anterior al Período especial: hubo un día en que apareció la Casa del Oro y la Plata. Las gentes vieron allí la posibilidad de mejorar cuanto había colgado en su ropero y/o el calzado. También cabrían allí los deseos de tener una videocasetera o una grabadora -citar solo dos electrodomésticos a modo de ilustración- que antes solo eran posibles si te ganabas el bono otorgado por la CTC (por ejemplo) para llegar al ventilador, la lavadora, la batidora y… Las gentes dieron sus tesoros, nimios o en verdad significativos -un tesoro es un tesoro, da igual cómo lo mires-, por lo que había en esas tiendas. Y lo que había allí solo era un “tesoro” si se comparaba con la necesidad. Por cierto, en ese tiempo corría la leyenda de que en un viejo modelo de máquinas de coser del fabricante Singer los mecanismos eran de platino, un metal precioso que también podías cambiar por los “chavitos” necesarios para el trueque.

Mencioné las artes o la magia culinaria de aquel tiempo dolorosamente humano en tiempos de paz. Rara alquimia para confeccionar un plato; sucedáneos por lo que una vez fue común en la mesa: las fibras de la cáscara o la corteza de vegetales y viandas, molidas o en grandes trozos, adobadas, para simular la añorada carne. Dejemos aquí este párrafo, la sumatoria de ejemplos lo volvería demasiado largo.

Existía el gel de papas o clara de huevos para mantener el cabello engominado.

Existía el ventilador fabricado con el motor de las lavadoras Aurika. Aquellos ventiladores parecían tener alma propia: con la vibración podían desplazarse según el largo del cable mientras no reinara el apagón. Y aparecieron las cocinas eléctricas cuya base era una piedra siporex y un alambre enrollado a manera de resistencia, y las cocinas de luz brillante armadas con trozos reciclados o “conseguidos” Dios o el Diablo mediante, y los calentadores que el ingenio popular resolvió a partir de una vieja lata de leche condensada Nela o las soviéticas, y…

Esos aparatejos no tenían una verdadera ingeniería detrás, consumían a más no poder. Fueron criticados y sustituidos por otros fabricados en serie (y supuestamente en serio), la mitad igual de gastadores. Para muchos aquella crítica en la TV casi fue una burla. Sí, dolió. Muchísimo. Pero “la gente sabe bien lo que no quiere” -como dice Vanito Brown en su disco Vendiéndolo todo-, ante aquella batalla energética hizo lo de siempre: rotación y cambio. Adaptación o muerte -según Ch. Darwin-. Se las seguirán ingeniando, porque, a propósito de la lucha del día a día, “la gente nunca pierde la ilusión”.

Por cierto, ¿también debemos poner como ejemplo el Paquete semanal?

La breve lista anunciada en el inicio de este discurrir es en realidad muy larga. Tan larga como ejemplos desempolvemos de la memoria. Ausencia, en este caso, no quiere decir olvido.

Ahmel Echevaria

Cómo será el comunismo, por Luis Rogelio Nogueras

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Camisa marca Futura
Camisa marca Futura

Camisa de hombre marca Futura. Colección Cuba Material.

En Libreta de apuntes, Norberto Fuentes transcribe un poema de Luis Rogelio Nogueras (no se precisa la fecha):

CÓMO SERÁ EL COMUNISMO

Por Luis Rogelio Nogueras

Habrá inviernos y veranos
otoños y primaveras,
habrá cobas extranjeras
para todos los cubanos.
Se acabarán los gusanos,
habrá jama en abundancia,
se podrá viajar a Francia,
manejar un maquinón
y meterse a maricón
sin perder la militancia.

De los objetos y la memoria, por Ahmel Echevarría

Índice de garantía de artículos electrodomésticos y electrónicos vendidos en Cuba en la era soviética
Índice de garantía de artículos electrodomésticos y electrónicos vendidos en Cuba en la era soviética

Índice de garantía de artículos electrodomésticos y electrónicos vendidos en Cuba en la era soviética. Colección Cuba Material.

En Cuba Contemporánea: De los objetos y la memoria:

Tómate un respiro, o mejor, detén ese agitado ritmo que te impone la vida -el trabajo, los hijos o tus padres, incluso tu pareja; para qué hablar de los arreglos en la casa, la desazón ante la tarima donde aguardan los vegetales, las frutas “listas” para el bocado gracias a los maduradores químicos, o los trozos de carne bajo el azote del sol, el polvo y las moscas.

Invéntate un paréntesis entre tanto estrés.

Inhala.

Exhala.

Dentro de las cuatro paredes de tu casa, ¿qué ves?

A veces pasan desapercibidos los objetos acumulados a lo largo de la vida; sí, la vida de tus padres, de los padres de tus padres. El de algún familiar cercano que carenó durante un tiempo bajo el mismo techo. Esos objetos ya son parte de ti; incluso están los que “habitan” tu cuarto o la sala y gracias a ti han llegado a la casa -que bien puede ser la casa de tus padres, abuelos, o la tuya, de tu propiedad.

De puro adorno, en un cuarto de desahogo o listos para el uso están los adornos, la cubertería, los efectos electrodomésticos, muebles u otros enseres. Solo a la hora de desecharlos o tras una ruptura en los afectos con la pareja o demás familiares sale a flote la otra parte de la historia de esos objetos, la que no está relacionada específicamente con el uso y las prestaciones. La cafetera y la olla de presión INPUD y el VHS Toshiba. El radio VEF, el Selena y el ventilador Órbita 5. La lavadora Aurika y el televisor Caribe. El reloj Poljot y la máquina de coser Singer. El refrigerador General Electric, Philco y las cocinas de gas INPUD.

Sí, ya lo notas. La mayoría están ahí, sobreviviendo y funcionando. Eran objetos cuya ingeniería interna no estaba asociada al concepto de obsolescencia programada. Han pasado de una generación a otra; si algunos ya no están entre nosotros se debe a planes energéticos de ahorro a nivel nacional, también debido al fin de una era (la casi total ausencia de piezas de recambio, la tecnología digital y de alta definición en las señales de TV, el imperio digital para la reproducción de música y audiovisuales), al afán de hacer más amable y grata la vida si de tareas domésticas se trata.

Me gustaría que pensaras en esos objetos de súbito entrañables, ese del que no quisieras deshacerte porque ya no da más, o del que deseas regalar a un familiar o amigo.

Me gustaría que recordaras la historia agazapada tras el plástico de la carcasa del viejo ventilador y la TV, una historia prendida como el polvo en las ranuras.

Son historias mínimas. En ellas no está contenido el destino de una nación, sino el devenir de un pequeño grupo de mujeres y hombres cohabitando bajo un mismo techo. Afuera la geopolítica, el ajedrez a nivel de Estado y Gobierno, tensiones y pactos entre naciones mientras que puertas adentro se hace la magia de la comida para luego llevarla a la mesa, la de la ropa en el closet, los malabares para las vacaciones de verano o las fiestas de fin de año.

Ante mí el Órbita 5. Pequeño ventilador, de plástico, ruso (soviético debería decir), irrompible. Llegaron a Cuba, dicen, con un lote de refrigeradores. Si la información es cierta, fueron diseñados y construidos para descongelar, porque hubo un tiempo en que los refrigeradores creaban un gruesa capa de hielo; una buena cantidad de tiempo se debía invertir para limpiarlos casi siempre los domingos. ¿Se construyeron solo para eso?

No puedo consignar que el Órbita viniera convoyado con el refrigerador hecho en la antigua URSS. Lo cierto es el pequeño ventilador irrompible. Empezaba mis estudios en la secundaria cuando mis padres me lo regalaron. Tenía tres velocidades, misteriosamente la menor (la posición última hacia la derecha) no funcionaba. Entonces digamos que mi ventilador tiene (porque todavía existe y funciona) dos posiciones de apagado. Por cierto, mis padres y mis amigos me recomendaban no utilizar el selector de velocidades para apagarlo, la operación debía hacerse (des)enchufando la espiga en la toma de corriente.

El motor… las prestaciones de su motor. Si en la madrugada se les trababan las aspas al caerle encima una camisa o un pulóver, no se quemaban. Solo se derretía la cubierta del motor. Bastaba quitarle la carcasa. Seguían funcionando.

Ese pequeño ventilador puesto en la tercera velocidad me cogió varias veces los dedos mientras yo trastabillaba medio fuera de foco en una primera historia de romance y tropiezos en mi habitación, en la madrugada, a cinco pisos de altura sobre el asfalto. O cuando en mis días de universidad y alumbrones en los duros 90 descubrí a Kundera.

Debería buscar en Internet cuánto hay del Órbita 5, un ventilador bien ajustado a los rigores de la vida en este breve y tórrido archipiélago.

Pienso en otras anécdotas relacionadas con mi ventilador. Y me sonrojo. Esas historias las guardo para mí.

Miro a mi alrededor, elijo otros objetos y hago un salto hacia mí, hacia mi memoria, justo hacia el momento en que por alguna razón se hizo significativo, por ejemplo, el quinqué, el viejo despertador de cuerdas, la radio de mi madre.

Si miraras a tu alrededor, de todos los objetos, para contar una historia cuál elegirías tú.

Ver también VercubaInventario de espacios citadinos: La cuentística de Ahmel Echevarría:

La literatura cubana actual presenta una gran diversidad de voces y heterogeneidad de formas, estilos y temas. Sin embargo, ciertos asuntos y preocupaciones se destacan como constantes en la producción de la isla hasta hoy. Uno de ellos es el tópico de la ciudad. La Habana ha fascinado a artistas, escritores, científicos, políticos, exploradores, sacerdotes, historiadores y tantos otros. En esta ocasión, vuelve a ser uno de los protagonistas de las historias de un narrador contemporáneo, quien entreabre las puertas de una Habana cansada, gris, de pérdidas y reencuentros, mientras sobrevive a las interrogantes de una nueva era. Los dos libros de Ahmel Echevarría Peré —Inventario (Ediciones UNION, 2007) y Esquirlas (Editorial Letras Cubanas, 2006) —, sumergen al lector en el cuerpo abierto de las calles citadinas y lo enfrentan a su mejor enemigo: él mismo. El hombre y la urbe miden fuerzas. El saldo: la compleja urdimbre de un texto narrativo que gana por apostar a la sobriedad, a la emoción contenida, el guiño de lo lúdico y por adentrarse sin miedos en lo recóndito del ser humano.

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Es este un inventario de aquello que forma parte de su vida, ya sea presente o pasado. En él, la ciudad retumba en los oídos y golpea en los ojos como el límite posible a lo diferente. Las calles capitalinas se apropian del libro para representar un espectáculo, para condicionarlo. Se muestran en su plenitud dialéctica y le obligan al narrador a preguntarse sobre la condición de vivir en la Cuba de principios del siglo XXI….

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En el texto se pueden distinguir tres tipos de espacios fundamentales pero íntimamente relacionados: el físico —concentrado sobre todo a partir de la propia ciudad habanera, con su arquitectura y áreas urbanas— el de la memoria y el del cuerpo. Los dos últimos elementos de esta tríada, junto a las impresiones y sensaciones del narrador, irán descubriendo la urbe. “Bastaron dos palabras: Habana,desmemoria. Con ellas, Ahmel logró evadir la realidad —aquella, incómoda, caliente; un obligado viaje en ómnibus desde la periferia al centro de La Habana— para adentrarse en otra Habana que se levantaba tras sus párpados. Ahmel cree que ha vivido en dos ciudades al mismo tiempo (…) Imaginaba la ciudad como un inmenso retablo. Un escenario repleto de cuerpos cansados, armado a retazos, sobre una lasca de piedra a la deriva (…)”

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La condición geográfica y física de la isla es igualmente sometida a varias interrogantes, en las cuales se pueden ver las reminiscencias de un Piñera —con su maldita circunstancia del agua por todas partes—, o lezamianas —pues vivir aquí es una fiesta innombrable—. Para el narrador no hay contradicción entre ambas, sino que desde la posición de observador y cuestionador de su entorno llega a cierto consenso. Ello se da sobre todo en la obra a partir de la imagen de la capital enfocada desde el Malecón, la bahía de La Habana o la colina donde se levanta El Cristo.

“— ¿Por qué te torturas? —Dije.

—No es un castigo. Desde el mar, La Habana no parece la misma. Las ruinas, la mala vida y toda la mierda no se ven desde el agua.

—La Habana siempre será la misma (…)

—La ciudad tiene una máscara. No me interesa ver nada más (…) Esta bahía es la máscara o el disfraz para dar la bienvenida. Me subo en la lancha y todo me parece nuevo. Desde aquí tengo una ciudad nueva o una nueva ciudad frente a mí (…)”

La construcción citadina surge paralelamente a la reconstrucción de la memoria, de esos hechos y personajes que la habitan. El narrador protagonista desanda las calles y crea su mundo percibido. A través de un espacio físico real, elabora el dibujo de una (ir)realidad para el lector. Cuidadosamente ha seleccionado los elementos que componen la urbe. Se abren las puertas entonces a la suciedad y la decadencia. En ella es mejor mantenerse enajenado porque es esta en realidad, la verdadera condición del ser humano.

“Tengo la sensación de que camino y no avanzo. Todo me resulta repetido. La ciudad tiene un mismo color, parejo, sucio; es una vieja enferma, de miembros mutilados por tanta ruina y remiendos. Parece no estar sembrada en el trópico. ¿A dónde habrán ido a parar sus colores? Dos tipos —una mujer y un hombre— caminan delante de mí. Cargan mochilas, agua embotellada en pomos desechables y toman fotos. ¿Qué será lo que yo no alcanzo a ver?”

El narrador edifica su ciudad a partir de las relaciones con los sucesos que tienen lugar en Cuba, como el robo de la lancha Habana-Casablanca, el triunfo de la Revolución, el Período Especial. La capital es mucho más que un entramado urbanístico o arquitectónico. Reúne las características y complejidades de una sociedad que ha sufrido y sufre importantes cambios. Aparecen el Boulevard de San Rafael y sus gentes, las calles Belascoaín y Zanja, las paradas de la ya antigua ruta 298, el Vedado como polo opuesto a una compleja Centro Habana, los aromas, la mugre de las calles: “La Habana parece un clip, pero es más que eso (…) Corro. Entro al metrobus tras la gente que forcejea y trata de subir. Una señora y un señor pelean por su lugar en la fila, por su sitio en el pasillo y porque él no tiene otro remedio que pegarse demasiado a su fondillo aunque viaje de espaldas a ella. En la acera una mujer se seca el sudor (…) Hay demasiado calor y mucha humedad. Desfallece (…) Una caravana atraviesa la calle, la patrulla ordenó que se detuviera el tráfico. Ómnibus amarillos para escolares, ómnibus amarillos con franjas negras, ómnibus amarillos repletos de estudiantes extranjeros (…)”

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Los espacios en Esquirlas coinciden en gran medida con los de Inventario: el cuerpo, la memoria y la ciudad. Sin embargo, la diferencia fundamental que se observa entre ambos libros, en relación con el espacio, está dada sobre todo por la manera narrar. Constantemente se cruzan los límites de la realidad/irrealidad en las historias. El contexto ficcionalizado se permea también de lo fantástico y de lo absurdo para dar un mundo que sólo existe tangencialmente. El narrador se adentra más en el espacio de la memoria y va uniendo cada fragmento con un fuerte hilo de dolor, de rabia contenida, de rencor tal vez. Esquirlas está por encima de lo visto o lo palpable. Si en Inventario el espacio existía en la piel del sujeto, ahora es el sujeto el que inunda todos los espacios. El desandar las calles de las memorias del primer libro conduce, en el segundo, al encuentro con aquello innombrable que se encuentra en lo más íntimo de nuestro ser.

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La ciudad, aunque sigue siendo la capital habanera, se extiende y alcanza otras significaciones. Está presente físicamente también de manera fragmentada, sin embargo, más que verse, se siente. Se han seleccionado de tal manera los lugares, que la imagen construida es distante e irreal. Predominan aquellas zonas enfocadas hacia el afuera, desde lejos. Se trata de huir de ella. Tanto la ciudad como la isla, se construyen cuales fantasmas. “El tren se alejó dando tumbos. No tenía sentido llegar a Matanzas. Con algo de comida, poco dinero y ron, bastaba Hershey…”

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la ropa del guajiro, según Cirilo Villaverde

Litografía de Federico Mialhe
Litografía de Federico Mialhe

Litografía de Federico Mialhe. Imagen tomada de Cuba Profunda.

En Hernández Gómez, Ángel R. 1984. “Características y dinámica de la moda en Cuba.” Demanda 6(1): 3-43:

Es a Cirilo Villaverde en su novela “El Guajiro” a quien se deben las siguientes descripciones de las formas de vestir de la clase campesina: “Sus pantalones eran de rusia [lienzo] con grandes bolsillos a los lados, camisas de listado azul, en la cabeza en vez de sombrero traían un pañuelo atado, en la espalda una talega de maíz desgranado, a la cintura la hoja y en los pies zapatos de berraco [sic] . . . “; la descripción de la campesina es: “El traje y adornos de la joven eran tan sencillos como sus pensamientos. Componíase de un túnico que entonces llamaban yocó, especie de lana de algodón con listones encarnados y blancos, un pañuelo de seda en los hombros y varias maravillas y moyas en la cabeza.” (p. 20)

País con literas: Cuentos cubanos sobre becas, por Laidi Fernández de Juan

Literas en un albergue de escuela en el campo
Literas en un albergue de escuela en el campo

Literas en un albergue de escuela en el campo. Captura de pantalla del documental de Jorge Fraga “La nueva escuela”. 1973.

La Jiribilla¿Somos los becados una especie en peligro de extinción?, por Laidi Fernández de Juan:

Entre la sorpresa (por lo inesperado) y la gratitud, por todo lo que significa para varias generaciones de cubanos y cubanas, me dispongo a comentar los dos volúmenes de narraciones que bajo el título de País con literas; cuentos cubanos sobre becas, aparecen en nuestro panorama literario con el sello de la Editorial Unicornio (ArtemisaCuba), en su colección Montecallado.

Ignoro por qué ha pasado tanto tiempo desde la publicación de estos cuentos hasta el presente, cuando llegan a mis manos —regalo de amigos generosos—, sin que ninguna noticia al respecto haya circulado antes en nuestras revistas culturales. Sea como fuera, siento la imperiosa necesidad de darlos a conocer, de promocionarlos, y de estimular —en lo posible— a los antologadores, en aras de continuar la línea de rescate de asuntos de nuestro pasado inmediato y sus varias formas de abordarlo.

El tema de la selección que nos ocupa: las becas, cala hondo no solo para quienes hoy rondamos la cincuentena, sino para muchos (y muchas) que nos anteceden, y también para varias generaciones integradas por nuestros hijos. Sin ánimo de adentrarme en los momentos en que se convirtió la beca como única opción para alcanzar el máximo grado de preuniversitario, y que considero un error, me gustaría señalar que mucho antes de esa imposición,  muchos de nosotros integramos con entusiasmo las primeras hornadas de becados y becadas de Cuba en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado. No niego que me revolotea la emoción al hablar de las becas, y que ello podría nublar la objetividad de este comentario, ya que pasé seis años de mi vida en dicho régimen educacional. Sin embargo, le confiero una importancia especial a País con literas, más allá de mi propia nostalgia.

La idea de agrupar a varios escritores (y a muy pocas mujeres, reconozco con pesar, por parte de Roberto Ginebra Palenzuela y de Josué Pérez Rodríguez, responsables de esta feliz iniciativa) que en un momento de sus carreras literarias abordaron el universo que gira alrededor del hecho de estudiar, enamorarse, sentir por primera vez el peso de la añoranza hacia el hogar, y casi todo el resto de los descubrimientos de la vida cuando apenas se comienza a salir de la niñez, resulta francamente loable.

Más de treinta reconocidos narradores ofrecieron textos para integrar la antología, cuyo prólogo resalta por la originalidad y eficacia, ya que están allí explicitadas todas las circunstancias, las dificultades y los aciertos al momento de la selección. A través de los correos electrónicos intercambiados por los ya mencionados antologadores, entre  los meses de agosto del año 2008 y marzo del año siguiente, se conforma la introducción al tema, de manera que el lector(a) conoce de antemano a qué se enfrentará en las páginas subsiguientes; casi sin derecho a reclamar ausencias. Allí, en esas primeras diez cuartillas está todo. Con un carácter ensayístico, salpicado con chispas de humor, los autores de la idea original nos permiten entender los motivos de esta afortunadísima selección, que, efectivamente, tiene tal validez futura e histórica que hace que valga la pena salvar en la memoria para varias generaciones de cubanos.(p.23).

Por motivos de espacio, no es posible comentar la totalidad de las narraciones. Me limitaré solo a la tercera parte de ellas, no sin antes advertir que todas cumplen con el objetivo primordial de resaltar la trascendencia de esos momentos peculiares de nuestras vidas, cuando se nos abre el mundo y no sabemos cómo enfrentar las posibles consecuencias de nuestros actos juveniles.

Alberto Guerra, con su comentado y excelente cuento “Disparos en el aula”, nos adentra en el mundo escolar desde la perspectiva de la enseñanza de la Historia frente a un grupo hasta entonces indiferente por la gloria pasada. Leonardo Padura, con su “Según pasan los años”, cuya trama se desarrolla (al igual que en el cuento anterior) no precisamente en una beca o internado, pero sí entre alumnos que comparten la misma edad, inicia el subtema de la muerte, presente en la mayoría del resto de las narraciones. La muerte, que impresiona sobremanera cuando ocurre en la juventud, porque es antinatural, inesperada y por tanto inconcebible, signa también los textos de Elizabeth Álvarez Hernández (“Círculo de silencio”) y de Dagoberto José Valdés Rodríguez ( “Réquiem por Marielita”), en los cuales aparecen críticas obvias o sutiles a ciertos dogmáticos criterios que se cumplían en las becas. Fui testigo lejana de un acto de suicidio cuando apenas tenía 13 o 14 años, en la Lenin de los primeros años, cuando se inauguró de forma oficial dicho enorme y aún prestigioso plantel, de modo que comprendo a la perfección el raro sentimiento culposo que envuelve a los adolescentes, y que resulta imborrable.

Otro elemento común que enlaza de forma inevitable a los cuentos, es la música. No solo en el televisado y clásico “Escuchando a Little Richard” de López Sacha, sino en “Mensaje azul para un día sin papel” (Carlo Calcines), en “Réquiem por Marielita”, en “Círculo de silencio” y en “Según pasan los años”, ya mencionados, la memoria musical desempeña un papel fundamental. Curiosamente, no se evocan melodías cubanas, sino inglesas o norteamericanas, muy al estilo de los gustos predominantes en la época. Siempre he considerado que, al margen de las modas, no era de buen gusto seguir los pasos de nuestra música, no se consideraba glamoroso en ese entonces. Por fortuna, no sucede exactamente así hoy,  aunque este asunto merece ser analizado por expertos, que no es mi caso. El amor, o más bien el sexo, no puede faltar cuando de jóvenes se está hablando. Porque de eso se trata: aun cuando los narradores o sus voces no pertenezcan a la juventud, se aborda el cosmos juvenil desde su justa perspectiva. Así, resalta “No le digas que la quieres”, de Senel Paz, maravillosa narración sin los visos que rozan la violencia de “Muchachos felices” (Yunier Riquenes García) —con el recurso añadido y bien logrado de imágenes fotográficas—, cruelmente bromista de “Pas de Deux inconcluso para bailarines enamorados” (Miguel Cañellas)  o las relaciones homoeróticas trasladadas hábilmente a un guión cinematográfico “En la hoja de un árbol” (Arturo Arango).

No encuentro otra forma de estimular la lectura de estos imprescindibles cuentos que poniendo mi mano sobre el fuego (a pesar de que resulte excesivamente dramático, lo sé) para dejarles saber a los más jóvenes que sí, así fueron las cosas; así éramos; así pudieron ser ellos mismos, aunque nos contemplen ahora con la mezcla de burla y de suspicaz duda con que solemos tratar a los ancianos.

h/t: Sandra Álvarez, La negra cubana.

la Cuba Material de Víctor Varela

Cuando creé el blog Cuba Material no conocía la obra homónima del dramatugo Víctor Varela, publicada en el número 40 de la revista Encuentro, correspondiente a la primavera de 2006. EL video que se muestra corresponde a la puesta en escena en Miami por Teatro Obstáculo.

Gracias a Walfrido Dorta por el enlace al texto de Encuentro.

detalles de la materialidad cubana, por Enrique del Risco

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Siempre nos quedará Madrid

Siempre nos quedará Madrid, de Enrique del Risco. Publicado por Sudaquia Editores en el 2012.

En Siempre nos quedará Madrid, libro de memorias de Enrique del Risco:

Ahora –en aquel apartamento del barrio más tranquilo y silencioso en el que hubiera vivido nunca– empezaban a aparecer los detalles. Y los detalles, los de mi vida o los de mis circunstancias, se infiltraban continuamente en las historias. Como si mi mundo hasta entonces sólo habitado por el miedo y su vasta descendencia empezara a poblarse de materia. De hecho, uno de los cuentos era una descripción detallada de un día que para mí había sido especialmente feliz. Y ahí está lo curioso. La imagen abstracta que me había hecho de aquello cuando lo tenía cerca se iba haciendo más precisa a medida que me alejaba. Como si sólo la distancia –y el contraste con la prolija materialidad de la vida española- permitiese que me fijara en los detalles. Como si sólo lejos de mi país natal las formas concretas de lo que había sido mi vida empezasen a adquirir sentido. Con el fin de la complicidad con mis lectores naturales, esos que cuando escribía “león”, “zorra”, “conejo”, “presidente” o “hijo de puta” comprendían exactamente a lo que me estaba refiriendo, comenzó mi viaje al interior de los elementos que antes había pasado por alto. La realidad había cambiado y debía reajustarme a ella si no quería que se me escapara completamente de las manos.
* * *
Al aeropuerto fuimos en el que había sido el coche de la familia durante más de quince años. Un Fiat argentino comprado nuevo por mi padre en 1977 y que había vendido dos años atrás. Mil quinientos dólares le dieron por él. No era mal negocio si se pensaba que lo había comprado por el equivalente a unos quince sueldos suyos y lo había vendido tres lustros después por un precio que correspondía a 75. El viejo pensaba que con los dólares iba a poder comprar comida durante cinco años, pero apenas le alcanzó para año y medio. Setenta y cinco sueldos extras esfumados en dieciocho meses. Para él, vender el símbolo más visible de su condición de científico respetado en el país, el artefacto que le había permitido a él y a su familia elevarse sobre la martirizada raza de los peatones, debió ser un golpe duro. El máximo sacrificio que podía hacer por la familia descontando la venta de un riñón. La venta fue ilegal, por supuesto. Me refiero al coche, no al riñón. Los coches que el gobierno vendía sólo podían ser comprados por el propio gobierno, de manera que las partes de una transacción ilícita quedaban atadas entre sí hasta que la muerte o algún sucedáneo los separara. El comprador en este caso era un miembro connotado de la mafia del barrio así que cada vez que la policía lo detenía en el coche mi padre, todavía dueño legal, debía presentarse en la estación para explicar que era un amigo a quien se lo había prestado. No creo que le creyesen pero al menos no era ilegal prestar el carro a un amigo. Así que el nuevo dueño le debía la suficiente cantidad de favores a mi padre como para negárselo en una ocasión tan especial. Volvíamos pues a estar juntos por última vez en aquel coche mi padre, mi madre, mi hermano y yo. Como cuando íbamos a la playa o recorríamos la isla durante el verano. Lo diferente era que ahora –incluidas nuestras respectivas mujeres– cabíamos a duras penas: uno no se hace adulto impunemente. Quiero pensar que ese día mi padre disfrutó el estar una vez más al timón de su antiguo FIAT.

Variedades de Galiano, de Reina María Rodríguez, por Walfrido Dorta

Calle Galiano
Calle Galiano

Calle Galiano. Circa 1940s.

Los textos de Variedades de Galiano, de Reina María Rodríguez (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2008), quieren dar cuenta de las dimensiones afectivas y materiales de la “devastación”: ese proceso implacable de desgaste, desaparición, arruinamiento, agrietamiento de los espacios y de los sujetos. Si prácticamente todo discurso producido en el campo literario insular pasa por la sobredeterminación ideológica de la Revolución como marco, entonces cabe reconocer que la fuerza de señalamiento de Variedades… tiene una potencia desestabilizadora. El ahora de Variedades… está poblado por los fragmentos desvencijados de una comunidad fantasmal de sujetos que apenas se sostienen en su integridad, porque dependen de los restos, las sobras, las menudencias escasas de la realidad. El aquí de estos textos señala unos espacios donde se superponen las imágenes del tiempo de lo ido para siempre –evocado una y otra vez, como mantra que interroga el destino de eso que se perdió, un deseo de saber a qué región se marcharon las “glorias”, el esplendor, las aristas espesas (por variadas), de lo real, frente a la monotonía y la igualdad castrante del presente-, y las terribles evidencias de lo que queda después de una guerra no sucedida­ –otra dimensión fantasmal, pero al mismo tiempo material, que también se subraya, por ejemplo, en La fiesta vigilada, de Antonio José PonteInteresa también a la voz de algunos textos de Variedades… dejar constancia de la dimensión agónica del discurso que quiere ser de la memoria, pero que se encuentra con la imposibilidad de la nostalgia.

Cuando se podría pensar que el Periodo Especial, y sus extensiones estéticas, fueron de alguna manera “agotados” a nivel de representación por la proliferación de textos sometidos a la estética de la decadencia y la precariedad, vienen La fiesta… y Variedades… a proponer otras miradas posibles. El primero, desde sus atrevimientos ideológicos, su voluntad ensayística. El segundo, desde un cuidado de la escritura y una ética de la literatura frente a la ruina, que sobrepasan con creces el tráfico a veces desquiciado de esa otra literatura cubana.

Una pregunta como esta: “¿Sobre qué posibilidad de sentir, confiar y escrutar el corazón de los objetos se arma una cultura?” (RMR) en Variedades…, bien podría haber presidido, por ejemplo, Las comidas profundas de Ponte. Y estas preocupaciones, que son centrales en la obra de Reina María Rodríguez –cuyos textos de una u otra manera remiten casi siempre a la interrogación del acto de escribir en un contexto de precariedad material, de desolación moral, de falta de ataduras a los rituales felices-, podrían verse como la continuación metaliteraria de algunas preguntas de Las comidas…: “Asustada por las sustituciones hechas [recordar las sustituciones del libro de Ponte] cuyo producto final nunca sabré con qué fue compuesto. ¿Hubiera escrito menos? ¿Hubiera escrito mejor?” (RMR)

En Variedades… se reconoce muchas veces un vínculo innegable del poema con lo real. De tal manera que las preguntas a partir de las cuales se constituye el poema, pasan por interrogar justamente ese vínculo. Esta dimensión agónica es central en la poesía de Reina María Rodríguez, y las respuestas o balbuceos (en el sentido de ensayos sin voluntad definitiva) a estas cuestiones, informan su política de escritura. “El poema, al participar de la propia enfermedad y muerte de cada día en uno, aflora y se expande por las rutinas, ‘murumacas’ y ‘abusos de confianza’ que neutralizan aquello que lo saca a flote y lo provoca a cada rato: la realidad” (RMR).

Walfrido Dorta

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“La feria del parque Fe” (fragmentos)

(…) Estaba sentada otra vez desde mi mesa (mirador del Info) cuando pasó, frente al cristal, la banda de los niños. Todos venían con sus estandartes, la ropa rayada, las polainas de disímiles materiales (a veces separadas en demasía de los zapatos dejando al aire unas medias variopintas). Todos cantaban y la música, los tambores del redoble y la batuta –a pesar de lo arrugados que estaban los trajes y de la profesora gorda que conducía la comitiva y seguro desentonaba también- me impresionaron. Era una orquesta muy pobre aquella y los estandartes rojos y azules estaban zurcidos por los bordes del satén. Pero me alegraron la mañana, como promesa a la carencia de recursos.

“¿Qué pasará este verano? ¿Cómo se aguantará?” –pregunta un joven que está sentado a mi derecha tomándose una cerveza clara, espumosa.

El humo prieto del cerdo se recalienta en las pailas donde hombres y mujeres uniformados de camareros se disponen a vender comida. Es una feria en el parque Fe. El lugar se va matizando con muchos colores. (…) (Estoy buscando un sentido a mi ubicación dentro del tapiz que acabará por tejerse este domingo). (…)

Las botellas de ron: Puerto Príncipe, Mulata y Niño liberadas de sus etiquetas por cientos de manos que las manosean, brillan entre los reflejos del sol mañanero y después sudan como “marimba de alcohol” en los labios secos. Habrá panes de variados tamaños rellenos “con algo” y peces anaranjados saltarán dentro de enormes peceras donde los niños meten los brazos y sacan “sus peleadores”. (…)

“¿Somos esto?” –pregunta el joven a la dependienta que lo atiende indicando los “tacos” rellenos de diferentes materias (con otoño, invierno, nostalgia), todo lo que nos falta, y vuelven a redoblar los tambores de la banda de los niños. (…)

Hacia una esquina opuesta, hay una improvisada barbería-peluquería donde cortan y tiñen las cabezas. (…) esas sillas de tijeras y con otras tijeras más afiladas que las sillas, cortan, tiñen, ondulan, suben o bajan a picotazos, los promontorios de la mente para lograr un cambio. (…)

Pasa otra señora con un caballo plástico (un juguete) que seguro ha comprado barato y parecería que va montada sobre él, como una mujer que sueña feliz con su infancia, pero cuando se detiene: es una bruja. La dependiente que vende frituras de maíz y otras que imitan ser de bacalao, miente con una sonrisa indulgente sobre las diferencias. (…)

Un desfile de modas hecho con pedazos de materiales sobrantes  (soga, cuero, nailon, pedrería, “tostenemos” –grita alguien) se realiza por detrás de la palma, y los muchachos y las muchachas como bellos exponentes del trópico y de la exposición que este día inauguran, sonríen bajo el entalle perfecto de una colección que se llama Vida.

Todo está tan concurrido que no queda espacio para la soledad.

Me muevo como un ciempiés, fisgoneo entre las carolinas. Por algo de todo esto vale la pena entrar hacia tal confusión de estilos, religiones, pieles y maraña de una vegetación sin podar. Por algo de todo esto. Mañana quedarán los restos de comida, las banderitas caídas y los viejos volverán a tomar su lugar (su asilo) permanente bajo los mismos árboles. Mañana la poesía estará estructurada de los huesos de pollos fritos y mollejas que los perros vagabundos hociquean dejando sobras para un después. Olerá a cosas que fueron calientes, ya calcinadas. A los globos de colores que guindan de tronco en tronco (hechos con preservativos teñidos que se habrán reventado) y a las palomitas de maíz que salpican grasa desde las cacerolas de aluminio. (…)

Otro señor vende recogedores de hojalata y, para probarlos, barre las hojas amarillas. Otro, aguacates morados, pulposos, prietos. No faltan las escobas de guano (amargas) como colas de cometas extraviados.

Cuando la prosa también se ha recalentado en su caldero, no queda otro resquicio que girar y, en el vértigo por tanta luz (donde nada se omite), comer las simples palomitas de maíz sin muchos conceptos o justificaciones. Algo se muerde y cruje. Y en los pechos, azabaches prendidos con alfileres de crianderas (rojo y negro) para los malos ojos. (…)

La mayoría, apretujada, grita, corre, vocifera, revienta, y yo escribo, yo escribo, yo escribo… palabras pisoteadas por las sandalias de otras mujeres de corvas venosas, pero flexibles. (…) De pronto, una fuente que estuvo rota por muchos años, salpica a los jugadores de dominó sobre tablas improvisadas. Salpica a los vendedores de comida frita, a los tamaleros, a los maniceros, a los “merolicos” ¡que esperaron toda la vida por el brote de esa dichosa fuente! El agua reciclada purifica las fichas, el cartón, las chapas de metal oxidadas.

(…) Por eso, en la pose definitiva que tomo dentro del tapiz este domingo, extiendo el cuerpo sobre la hierba que arranco con las uñas (pica demasiado) y reclamo un parque que se llame Fe, aunque la fe no exista.

Reina María Rodríguez

Ver también, en Libros del crepúsculo:

Hay en la poesía de Reina María Rodríguez de los 90 tanta conciencia de una escritura producida a fines del siglo XX como impulso de colección de reliquias de un mundo perdido. Celebración y duelo del naufragio de la utopía, que se manifiestan por medio de una extravagante memorabilia: miniaturas de la Atlántida, muñecas egipcias, retratos de Durero, esculturas de Zadkine, tablillas de terracota, polvo verde del Taj Mahal, flores insectívoras, un vidrio de mar en la ventana.
Podría hacerse una lectura de esa poesía como relicario o museo de la resaca de algún paraíso perdido. Una escritura de la memoria que presta más atención a ciertos desechos del pasado que a la cultura material, archivable y refuncionalizable, heredada del antiguo régimen. No sería imposible leer esa poesía como un discurso de sutil cuestionamiento a las narrativas turísticas e ideológicas que se tejieron en torno a aquella Habana, que se presentaba como escenario de la “muerte real de un pasado imaginario”.