Cultura material de la colonia: siglo diecinueve y anteriores.

Glamur Cubano: Cuba 1858-1958, charla y fotografías de Ramiro Fernández

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Este jueves, 26 de enero, en el Instituto Cervantes de la ciudad de Nueva York, Ramiro Fernández y Raúl Rubio repasarán parte de la colección de fotografías cubanas de Fernández sobre glamur cubano. A las 7 pm.

sellos araña

sellos Aranas
Sellos arañas. Imagen tomada de Diario de Cuba.

Sellos arañas. Imagen tomada de Diario de Cuba.

En Diario de Cuba: Papeles sellados, arañas y Puerto Príncipes, por Ernesto Menéndez-Conde:

Los estudios sobre filatelia cubana han sido bastante prolíficos. Además de los catálogos especializados, investigadores como José Ignacio Abreu, José Luis Guerra Aguiar, Carlos Echenagusía, Ernesto Cuesta, Yamil H. Kouri, Tomás A. Terry y Mark R. Tyx, entre otros, han realizado un inestimable trabajo de archivo sobre la historia de los sellos cubanos, desde que llegaran por vez primera a La Habana, provenientes de España, el 21 de abril de 1855.

En septiembre de ese mismo año arribarían, en un vapor llamado Velazco, las primeras estampillas de correos concebidas para ser usadas exclusivamente en Cuba (las anteriores también circularon en Puerto Rico). La tarifa que se estableció para el correo interior de  La Habana fue de un cuarto de real de plata fuerte, que no coincidía con los valores faciales de ½, 1 y 2 reales de los sellos traídos de España. Para solucionar este problema local las autoridades coloniales decidieron imprimir una “Y ¼” sobre las estampillas de 2 reales de plata, de colores rojo y carmín.

Este ajuste se hizo en noviembre de 1855, coincidiendo con el aniversario de la toma de posesión de la reina Isabel II. Lo que hoy pasaría por una errata no lo era en el siglo XIX, cuando las normas ortográficas para los usos de la Y o la I no estaban todavía claramente establecidas y una letra podía sustituir indistintamente a la otra. Sin embargo, en este caso, el empleo de la Y posiblemente obedeciera a la necesidad de impedir que la I se confundiese con el número 1, ya que a continuación había que agregar la cifra de ¼, que vendría a ser el valor de uso del sello. Estas son las primeras sobrecargas que se conocen en la historia de la filatelia mundial.

Conocemos el nombre de José Pérez Varela, el diseñador de aquellos primeros sellos de las Antillas Españolas. Tenían una efigie de Isabel II, además de otros minúsculos ornamentos destinados a dificultar la labor de los falsificadores (que ya existían por aquellas tempranas fechas). Los sellos se imprimieron en un papel provisto de marcas de agua (con formas de lazos en las emisiones de 1855).

Los investigadores José Luis Guerra Aguiar y Carlos Echenagusía consiguieron establecer la ubicación exacta que debió tener cada sello en las planchas originales. Fue un “trabajo de presos”, como suele decirse en Cuba para hablar de una labor en exceso minuciosa. Aguiar y Echenagusía se sirvieron de unos 50.000 sellos para realizar este estudio. El esfuerzo resulta todavía más meritorio si se tiene en cuenta que se realizó en una época (entre la segunda mitad de los sesenta y 1976) en que la tecnología digital y los ordenadores no existían en La Habana. Echenagusía tuvo que depender de sus habilidades como dibujante para poder organizar ese inmenso rompecabezas.

No son estas las únicas investigaciones minuciosas dentro de la filatelia cubana. En la actualidad contamos con profusos análisis sobre las llamadas “Arañas”, una serie de sellos sobre los que se imprimieron unas contramarcas con las que se perseguía distinguirlos de otros similares, que las autoridades dejaron fuera de circulación, ya que fueron robados de la oficina de Administración de Rentas, el 10 de abril de 1883. (Los ladrones tuvieron la precaución de incendiar el local para encubrir el hurto.)

También existe una copiosa bibliografía sobre los llamados “Puerto Príncipe”, sellos impresos durante la Colonia y que la administración norteamericana autorizó a que se sobrecargaran en la ciudad de Puerto Príncipe con valores de centavos de dólar para que fuesen usados en esa ciudad y alrededores desde noviembre de 1898 hasta enero de 1899. Fue una solución provisional, en espera de los sellos estadounidenses habilitados para Cuba, que habrían de reemplazar a los emitidos por el Gobierno colonial español.

Estos y otros trabajos dan constancia no solo de la riqueza de la filatelia cubana, sino también de la fascinación que ejerce el sello sobre los estudiosos y los coleccionistas. Yo diría que entre los atractivos del coleccionismo figuran, por un lado, el rescate de miniaturas de la historia nacional y, por otro, la importancia que adquieren pequeñas diferencias, apenas detectables sin la ayuda de lupas. Los coleccionistas a menudo reúnen conjuntos cuyo valor reside en errores de impresión, en desplazamientos inusuales de las tintas, en variantes de color, en variedades de las cancelaciones o en irregularidades que se produjeron en las tiradas o las sobrecargas. La filatelia pertenece al ámbito de la miniatura y lo microscópico.

Historia de los papeles sellados

La bibliografía relacionada con el mundo de los sellos parece reproducir esta atención por los pequeños detalles, donde a veces se echan de menos investigaciones más generales o que comprendan periodos históricos más amplios. En el caso cubano abundan los estudios dedicados las series de la Colonia (1855-1898) y la ocupación norteamericana (1898-1902) mientras otros momentos como la República o la llamada Revolución —sobre todo este último— han sido menos atendidos y dejan un mayor margen a nuevas interpretaciones y hallazgos.

No obstante, dentro del propio Periodo Colonial existen todavía importantes lagunas, ya que las investigaciones se enfocan sobre todo en los sellos de correos y en la historia postal.  Solo recientemente comienzan a aparecer estudios consagrados a otras manifestaciones de la filatelia que todavía no han sido suficientemente estimadas por el coleccionismo. En este sentido, cabría mencionar el trabajo del experto español Eugenio de Quesada sobre los sellos que se empleaban para las comunicaciones telegráficas en Cuba.

Habría que añadir otras dos valiosas contribuciones, hechas por el coleccionista e investigador Adolfo Sarrías Enríquez. Sarrías dedicó más de una década a reunir información sobre dos géneros que —hasta la reciente aparición de un par de libros suyos— habían sido virtualmente inexplorados: los papeles sellados y los sellos del derecho judicial (este último trabajo, en colaboración con Fernando Cabello Borrás). Me detendré en el primero de esos catálogos, publicado el año pasado. Se trata de un primer tomo, que comprende desde 1646 hasta 1868 y que consta de unas 200 ilustraciones a color. El autor tiene previsto concluir el segundo tomo (desde 1868 hasta 1898) para este año.

El papel sellado se inventó en 1638, bajo el reinado de Felipe IV, y sirvió para gravar los trámites legales que se hacían en España (con anterioridad a esa fecha cualquier notario tenía potestad para legitimar documentos y transacciones). El papel sellado era una forma de recaudar fondos para las arcas de la Corona. Tendría una impresión del escudo de la realeza e incluiría el nombre del monarca de turno. Su uso legal estaría limitado a un año, de modo que anualmente saldrían nuevas emisiones, con las especificaciones del costo (en maravedíes) que era preciso abonar por las gestiones burocráticas.

Los papeles fueron impresos en la Fábrica Nacional del Sello de Madrid, con matrices que admitían ser continuamente actualizadas, tanto en el valor que iba a gravarse como en las heráldicas que aparecerían a la izquierda de los documentos y el año en que habrían de circular. Desde el punto de vista estético, como objetos coleccionables, los papeles sellados poseen el doble atractivo de su antigüedad y su materialidad (la textura de los pliegos, su filigrana, los escudos e insignias impresas, además de las tipografías y los escritos a mano, con tintas sepias que frecuentemente aparecen en estos documentos). Por otra parte, los papeles sellados, sobre todo los correspondientes al siglo XVII y la primera mitad del XVIII, poseen el valor adicional de ser piezas muy escasas.

Esta forma de pagos tributarios surgió gracias a una iniciativa del influyente Conde-duque de Olivares y la idea se propagó rápidamente por otros países europeos. Los primeros papeles sellados llegaron a tierras del Nuevo Continente en 1640. Se conserva un ejemplar usado en el Virreinato de Nueva España —y reproducido en el libro de Sarrías— con una heráldica que representa un navío atravesando los mares, flanqueado por dos columnas hercúleas. No solo es el más temprano ejemplo que se conserva en el continente americano, sino que posiblemente también sea uno de los pocos que se conocen con este motivo iconográfico, ya que en esencia, los papeles posteriores no fueron muy distintos de los que se emitieron en la península, si bien se usaban años después de haberse impreso. Contenían el mismo escudo, se hacían con el mismo papel, y provenían de la misma Fábrica Nacional del Sello. Solo se modificaban dos detalles. El nombre de la moneda —maravedíes— se sustituía por el de reales de plata o de vellón, que eran las que circulaban en las posesiones coloniales y, debido a las demoras de transportación, los papeles sellados en los territorios de ultramar estarían en vigor por dos años y a menudo se habilitaban para otros bienios.

El primer papel sellado del que se tienen noticias en Cuba está fechado en 1646. Sin embargo, Sarrías no consiguió dar con las actas capitulares que consignaran la entrada en vigor de estos documentos legales. Muchos de los materiales de archivo que el autor consultó se hallaban en un deplorable estado de conservación y sus textos resultaban por completo ilegibles. Por lo tanto, debido a estas lagunas, no debiera descartarse la posibilidad de que existan papeles sellados con fechas anteriores a 1646.

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directorio comercial cubano colonial

Directorio comercial. 1884. Imagen tomada de la British Library.

En IguAnalista: Un directorio cubano… de 1884:

Este directorio de empresas, recientemente adquirido por la British Library, es un recurso fascinante sobre las historias económicas y culturales entrelazadas de México, Cuba y Nueva York. Se publicó en La Habana en 1884, justo después del final de la Guerra Chiquita – la segunda de las tres guerras que dieron lugar a la independencia de Cuba. La isla fue devastada por la guerra y el directorio fue sin duda parte de un esfuerzo para apoyar el comercio y la inversión con los vecinos del Golfo de México y del norte. En perspectiva histórica, la introducción del libro, que dice: “No nos hemos olvidado, a la luz de los importantes vínculos con nuestros vecinos de los Estados Unidos, de incluir una guía comercial general de Nueva York […]”, extrañamente presagia la nueva presencia económica imperialista que los EEUU tendrán en Cuba a finales del siglo XIX.

También es importante resaltar que este libro fue publicado dos años antes de la abolición de la esclavitud en Cuba, y ofrece una visión de cómo se articulaban esclavitud y capitalismo a finales del siglo XIX.

La mayor parte del directorio se compone de anuncios de empresas y dibujos de escenas urbanas de las calles, destinados a ayudar a las personas a encontrar los negocios anunciados. Aunque las estadísticas y los anuncios son de gran utilidad para los historiadores económicos, también nos dicen mucho acerca de la tecnología, la organización del trabajo, la vida social, el consumo de alimentos, la moda, el espacio público y el ocio.

Algo que inmediatamente llama la atención del lector es lo absolutamente diverso y completo que es el directorio, con información detallada sobre todo, desde los vendedores de frutas, fabricantes de caramelos, importadores de vino, compañías de seguros, hoteles, librerías, fábricas de azúcar, cigarros, farmacias y equipamiento militar. El directorio también revela facetas “transnacionales” de la vida cubana y mexicana en aquel tiempo – incluyendo la fuerte presencia de las compañías de seguros inglesas y la Royal Mail Steam Packet Company. En la British Library también pueden consultarse mapas y cartas de las vías de navegación de esa compañía en el continente americano.

Traducido del post de Carole Holden, A Cuban directory, BL Americas Collections Blog, 26 de Abril de 2013.

Bordando con la imagen, por Diana Fernández González

Puertas de Monserrate
Puertas de Monserrate. La Habana. Obra de Federico Mialhe. Cortesía de Diana Fernández.

Puertas de Monserrate. La Habana. Obra de Federico Mialhe. Imagen cortesía de Diana Fernández.

La Habana. 1850. Calle Mercaderes. Toldos multico­lores suavi­zan la intensidad del sol para quienes asisten a realizar sus compras en algunos de los comercios que allí se concentran. Frente a uno de los tantos esta­bleci­mientos se detiene un carrua­je. El arrogante calesero -librea de color bri­llan­te adornada en oro, plata y galones, grandes po­lainas-­ controla, fusta en mano, el paso de las bestias. Las jóvenes -con sus delica­dos vestidos claros, escotados y bellos peina­dos al descubier­to- apenas se mueven de sus asientos; se abanican y sólo miran hacia el interior en busca de la atención del emplea­do. Solícito, éste se acerca y les muestra, en plena calle, sus ofertas: teji­dos varia­dos en género y color, para ser selecciona­dos por sus agraciadas clientas…

Esta escena  – común en la vida de La Habana de mediados del pasado siglo- es posible de reconstruir gracias a cronistas, pintores, grabadores y visitantes a nuestra isla, quienes nos han dejado sus múltiples y detalladas impresiones sobre los diversos aspectos de la vida cotidiana de la Cuba colonial. La vestimenta ha sido descrita –de forma textual o visual- por estos valiosos testigos de la sociedad cubana del siglo XIX, como si intuyeran el valor de la indumentaria, la cual -igual que la arquitectura, la decoración y la alimenta­ción- forma parte de la cultura mate­rial y constituye uno de los aspectos que comple­menta la imagen del hombre dentro de su medio como una manifestación más de la cultura de un pueblo.

En Cuba, la poca tradición artesanal en lo referente a textiles e indumen­taria anterior a la conquista y la casi total destruc­ción de la expresión de la cultura material y espiritual de los indígenas, explica la inexisten­cia de una indumentaria típica que -como en la mayoría de los países latinoamericanos- responda a la evolución del traje precolom­bino y a su mezcla con elementos de la vestimenta occidental y/o africana. A pesar de ello, la imagen del cubano comenzó a perfilar­se en una “manera” de vestir diferenciada del peninsu­lar, proceso que se inició a principios del siglo XIX y que se definió a mediados del mismo. El estudio de dichas peculiaridades vestimentarias en los diversos sectores de la población colonial cubana, constituye un campo fascinante y poco explorado de investigación. Entre las principales fuentes de información para cualquier acercamiento al tema se encuen­tran, sin duda, las artes plásticas. Grabado­res, retratistas e ilustrado­res, cubanos y extranjeros, dejaron sus impresio­nes convertidas en valiosos documentos para el estudio y explora­ción sobre la imagen del hombre durante la colonia.  Sobre estas fuentes y su relación con la vestimenta en Cuba durante la etapa colonial trataremos en los siguientes apuntes.

A la par que se poblaba la isla por los conquistadores y con el traslado de sus instituciones sociales y de clase  y la destrucción de casi la totalidad de los vestigios de la cultura de los indígenas, se inicia­ba la penetración de las formas del vestir europeas, según la moda imperante en España. La poca existencia de referencias –tanto escritas como visuales- del modo de vestir de los pobladores en los primeros siglos de la colonización nos impide detallar el atuendo de funcionarios, colonos y otros habitantes de la isla[i]. Cuando los criollos llegaron a componer una clase económicamente fuerte y al convivir cada día con los comerciantes y funcionarios españoles dentro de la vida social de la colonia, convirtieron en un reto tratar de alcanzar un nivel decoroso en su atuendo a fin de competir con el peninsular. Este sentimiento de competencia surgido por el contacto directo de nuestra oligarquía con los habitan­tes peninsula­res de alta jerarquía propició desde el inicio que ambos vistieran de manera muy similar[ii].

Los retratos de principios del siglo XIX que nos han legado pintores como Vicente Escobar (1757-1834) y Juan Bautista Vermay (1784-1833), nos presentan personajes de la socie­dad cubana, elegantemente vestidos, con alarde de finos encajes y a tono con la moda europea. Los personajes que retratara Vermay para los muros del Templete en 1827, como representación de la Primera misa, reflejan tanto a la jerarquía oficial de la metrópoli, como a las familias adineradas de la oligarquía criolla. Hombres y mujeres son retratados por el artista con una línea de vestir común, reafirmando el señalamiento anterior­mente expues­to: que los criollos adinerados competían en elegancia y ostentación con los miembros de las más ilustres familias europeas. A pesar de las diferencias climáticas, de modo de vida y de la existencia de una identidad nacional en la mayoría de los componentes de nuestra oligar­quía, los hombres sufrieron la incomodidad y el calor que les proporcionaban las prendas que componían el traje masculino en Europa  aquellos años[iii]La mujer, sin embargo, se benefició durante estas décadas con la moda imperante, derivada de la llamada “moda a la antigüedad clásica”, manifestada durante el breve período del Directorio francés[iv]. Tal como se observa en el retrato que hiciera Vermey a La familia Manrique de Lara, la imagen femenina respiraba sencillez y ligereza, mientras que el hombre sufría la incomodidad de un conjunto aún dentro de la línea cortesana del habit à la françoise.

A mediados del siglo XIX, con el poder económico alcanzado, la actividad social y cultural en la isla se incrementa y con ello, el afán de los criollos de ostentar su poder adquisitivo frente a los peninsula­res. Como consecuencia, hombres y mujeres brindaron una mayor atención al cuidado y arreglo de su atuendo y era común que se comentara que “… en los teatros, conciertos,  bailes y reunio­nes  se  observa un buen gusto general y con  placer oímos diariamente a los extranje­ros decir que  el bello sexo habanero puede rivalizar por su elegan­cia con el de la  parte más culta de Europa[v].

Para informarse sobre las variaciones de los detalles de modas masculinas y femeninas, nuestra oligarquía no se limitaba a copiar de los peninsula­res habitantes de la isla. El aumento de las comunicaciones permitió recoger información mediante los continuos viajes que realizaban las familias pudientes a Europa; asimismo se regularizó la difusión de variadas revistas de modas que lanzara París desde los inicios del siglo. Estas publicaciones contenían ilustracio­nes creadas por verdaderos artistas como: Helene Lelor, Compte Calix y Annais Toodouze, así como comentarios y recomendacio­nes sobre trajes, accesorios y peinados[vi]. En el primer tercio del siglo XIX, con el auge de las publicaciones, se suma a los folletos importados sobre modas el primer semanario editado en Cuba a partir de 1829: “La Moda o el Recreo semanal del Bello Sexo”, excelente fuente que nos informa sobre gustos y preferen­cias de nues­tras damas en relación a la moda importada[vii].

Las mujeres poseían variados medios para proveerse de las diversas prendas. La opción de realizar compras en Europa, en el propio París, era una vía. No obstan­te, existían en la isla condiciones adecuadas tanto para la adquisi­ción de gran variedad de géneros textiles como para la confección de la indumenta­ria. Desde el siglo XVIII había en Cuba mulatos y negros libertos que se dedicaban a la sastrería y zapatería[viii]. El oficio de sastre -por tradición y habilidad espe­cial que tenía la raza negra para la artesanía- se concentró en manos de éstos, estable­ciéndose en numerosos talleres en la capital. Algunos de estos sastres se anunciaban en los periódicos ofreciendo sus servi­cios[ix]. La presencia en la capital de una cantidad considera­ble de estableci­mientos comerciales destinados a la venta de tejidos importados y la existencia de numero­sos talleres de sastres y costureras evidencian que nuestra bur­guesía ya no sólo se proveía de ropa comprada en España, sino que vestía con indumen­taria de confección nacional, ya que la mujer cubana desarrolló grandes habilidades en la costura y el bordado como artesanía privada del hogar. Tanto la burguesa, conocedora del oficio a partir de su educación europea, como la de las clases pobres, a través de la enseñanza y costumbres españolas, llega­ron a ejecutar labores de gran calidad y belleza, lo cual se convirtió en tradición mantenida a través de genera­ciones[x].

Es en estos años cuando se iniciaron las pugnas entre las princi­pales corrientes ideológicas como expresión definito­ria de nuestra nacionali­dad, lo cual se expresó también en la vida cultural de la época. Del auto-re­conocimiento caracterís­tico de la etapa anterior se dio paso a la autodefinición de la cultura cubana. Cada corriente, cada tendencia, encontró la vía artística o cultural para materializar su función social. Se empezó a gestar una cultura diferente a la española, se perfiló un modo de vida cubano. Los criollos blancos se distinguían de los peninsulares por sus costumbres y hábitos, la forma de expresarse y hablar, por sus gustos y afinidades. A ello correspondió, lógicamente, un modo diferen­te en el vestir, apareciendo en este período las primeras referen­cias sobre las adaptaciones realizadas por las crio­llas en su vestimenta, con relación a la europea.

Las habilidades de la mujer criolla hacia la costura y su preferencia por la elaboración propia de su vestimenta, marcaron, indudablemente, la imagen de nuestras mujeres y fueron definiéndose ciertas peculiaridades que caracteriza­ron un “modo” de vestir “a la cubana”, como revelación de una búsqueda de nacionali­dad en su imagen dentro de la sociedad colonial. La simplificación en los peinados, la preferencia por prescindir del sombre­ro, el uso de vestidos escotados para el diario, el predominio del blanco en el color de los tejidos y la calidad artesanal en la costura y el bordado, resumen esos rasgos que diferenciaban a una dama cubana de la peninsular.

Estas peculiaridades de una manera de vestir diferente pueden ser observadas en la pintura de la época. Tanto en la obra de los retratistas, como en la de los grabadores costumbristas, surgidos por el auge de la industria tabaca­lera y la fundación de la Imprenta Litográfica de La Habana -al organizarse la presenta­ción y envase del tabaco-, se reflejan estas preferencias de la dama criolla.  Los france­ses Hipólito Garnerey (1787-1858), Federico Miahle (1810-1881) y Eduardo Laplante (1818-?), el inglés James Gay Sawskins (1808-1879) y los cubanos Barrera y Barrañano, retratan la vida colonial de la isla; mención aparte merece el vasco Víctor Patricio Landa­luze (1828-1889), quien se destacó, sobre todo, por reflejar con mayor interés toda la sociedad colonial y, en espe­cial, la temática negra. A pesar de que casi la totalidad de estos artistas eran extranjeros y no obstante su evidente visión idílica de la reali­dad cubana, sus obras constituyen una valiosa referen­cia sobre las costum­bres y vesti­menta de gran parte de la población de la sociedad colonial.

La obra de Miahle –El Quitrín– de una de sus escenas costumbristas, puede ser considerada uno de los documentos visuales que con mayor claridad significa el carácter nacional de nuestras criollas. Tanto en la imagen retratada – tres señoritas con sus vestidos claros, escotados y sin sombrero-[xi], hasta la postura y la forma de disfrutar del ocio de las damas, caracterizan aspectos esenciales de la vida colonial cubana[xii].El  predominio del color claro es observado en la mayoría de las representaciones pictóricas de la mujer cubana de la segunda mitad del siglo XIX. El pintor Guillermo Collazo (1850-1896), a través de La siesta, nos muestra la placidez del des­canso de una dama con su clara vestimenta, dentro del entorno de una mansión colonial[xiii].

La moda masculina, cuyas variantes durante el siglo se limitaron a detalles y accesorios, no fue motivo de variacio­nes por parte de los criollos. Casa­cas, fracs y levitas seguían, tanto en sus géneros como en su corte, las orienta­ciones de la moda francesa o ingle­sa. A pesar de que no se evidenciaron adaptaciones en la manera de vestir del criollo con relación a la moda europea, hemos encontrado referencias sobre un acen­tuado gusto por el uso del dril (algodón crudo) para la confección de los conjuntos[xiv]. Bien es sabido que la preferencia por este fresco y claro tejido -reservado en Europa para la confección de prendas de uso deportivo o de campo- fue evidente en el período republi­cano, especialmente en las décadas 40 y 50. Sin embargo, observamos cómo desde mediados del pasado siglo se apuntaba ya lo que sería un peculiaridad del vestir del cubano, rasgo observado por el pintor Walter Goodman en los hombres[xv].

Los diversos géneros textiles eran ofrecidos por los comer­ciantes distribuidos en establecimientos ubicados en su mayoría en la ya célebre calle Mercade­res “…la Broadway de La Habana…”, así como en Obispo y la calle de Ricla, mezclándose con sus tiendas de joyería y de abanicos, librerías, mercados de golosi­nas y refrescos. Las estrechas calles se llenaban de toldos a fin de proteger al transeún­te y posible comprador del castigo del sol[xvi]. Estos establecimientos no adoptaban el nombre del dueño, como era costumbre europea, sino que se denomi­naban de manera fantasiosa: Esperanza, Maravilla, La Perla, La Bella Marina, La Delicia de las Damas, El Rayo del Sol, etc., y permitían la compra a crédito por parte de su clientela. En cuanto a la confección de ropa masculina, a media­dos y fines del siglo se multiplicaron los sastres quienes asumieron en gran mayoría la ejecución de la vestimenta masculina[xvii].

Si bien el retrato -como tema más frecuente a lo largo de la pintura del siglo XIX cubano-  cuya función era consagrar a los principales personajes de las familias de alcurnia oficial y económica, nos legó un importante documento sobre las formas de vestir de las clases pudientes de la sociedad colonial, es la obra de los grabadores costumbristas quien reflejaría “…la tipología de nuestro siglo XIX, con extraordi­naria gracia y ligereza[xviii] y, dentro de ésta, a los sectores medios y pobres de la población cubana.

No cabe duda de la existencia de esta capa media negra o mulata que formaba parte importante de la población criolla cuyos patrones, en modas y maneras, eran los de la clase dominante de la sociedad colonial. Sobre la imagen del negro y la población mestiza en general, existe abundante información  -tanto visual como escrita- por el hecho de llamar la atención de los visitantes y de los residentes en la isla como elemento pintoresco, caracterizador del peculiar mosaico étnico-cultural de la isla. Sobre ello, nos detendremos en otra publicación.

Por Diana Fernández González

Texto enviado por la autora. Pueden consultar otros en su blog Vestuario Escénico.

Diana Fernández González es diseñadora de vestuario escénico y profesora de Historia y Teoría del Traje y de Vestuario para la escena de la Escuela de Cinematografía y del Audiovisual de la Comunidad de Madrid (ECAM).

Calle O´Reilly. La Habana.

Calle O´Reilly. La Habana. Imagen cortesía de Diana Fernández.

Calle Obispo. La Habana. 1900.

Calle Obispo. La Habana. 1900. Imagen cortesía de Diana Fernández.

"El quitrín", por Federico Mialhe.

“El quitrín”, por Federico Mialhe. Imagen cortesía de Diana Fernández.

32. La moda o el recreo semanal del Bello Sexo

Imagen cortesía de Diana Fernández.

Por Juan Bautista Vermay. Tempranos 1800s.

La familia Manrique de Lara, por Juan Bautista Vermay. Tempranos 1800s. Imagen cortesía de Diana Fernández.

Retrato de Justa de Alto y Bermúdez, por Vicente Escobar. Tempranos 1800s.

Retrato de Justa de Alto y Bermúdez, por Vicente Escobar. Tempranos 1800s. Imagen cortesía de Diana Fernández.

Don Agustín de las Heras, por Vicente Escobar. 1828.

Don Agustín de las Heras, por Vicente Escobar. 1828. Imagen cortesía de Diana Fernández.

 


[i] Como es sabido, las condiciones del país no favorecían el origen de un ambiente cultural que permitiera el crecimiento de las artes; las manifestaciones plásticas se limitaron al dibujo lineal: trazos, planos, esbozos de La Fuerza, La Punta y otras construcciones militares, religiosas o residenciales.

[ii]El traje usual de los hombres y mujeres en esta ciudad es el mis­mo, sin diferen­cias, que el que se estila y usa en los más celebrados salones de España, de don­de se le introducen y comunican inme­diatamente con el frecuente tráfico de los castella­nos a este puerto”  José Martín Félix de Arate. Llave del Nuevo Mundo, antemural de las Indias Occidentales. Comisión Nac. de la UNESCO. La Habana, 1964; págs. 94 y 95.

[iii] La indumentaria masculina en toda Europa Occiden­tal a partir de 1800 había renunciado a la fantasía y el esplendor que la caracterizó durante cuatro siglos de moda aristocrática; quedaron atrás las cintas, los encajes, las decoracio­nes, pelucas y plumas. La austeridad representó la imagen del burgués, financiero, comerciante o políti­co, quien sustituyó la vida cortesana y de armas por la de las tertulias, ópera, carreras y la bolsa. El traje masculino quedó así reducido a un número de prendas,  marcado su uso según la ocasión: el frac, la levita y el chaqué; todas acompañadas por pantalones largos y chalecos cortos. Los géneros usados eran sobrios en textura y color, nada de bordados o incrustaciones, ni de sedas o satines; era la imagen de un burgués cuyo escenario era esencialmente urbano.

[iv] Una total transformación sufrió el traje femenino en menos de cinco años: el talle subió bruscamente y se colocó debajo de los pechos, el pesado vestido sobre el incómodo miriñaque o panier fue sustituido por una túnica simple, que apenas requería ropa interior; los tejidos pesados y excesivamente recarga­dos cedieron su lugar a géneros ligeros y claros (batista, gasa, muselina).

[v] Eliza Ma. Hatton-Ripley. En: Viajeras al Caribe. Colección Nuestros Países. Casa de las Américas. La Habana. 1983; pág. 285

[vi]“Le Beau Monde”, “La Belle Assamblés”, “Le Fo­llet”, “Le Courreier des Salón”, “Le Moniteurde les Modes”, “Les Modes Parisiennes”, “Le Journal des Demoiselles”, “Le Petit Courrier des Dames”, son algunos títulos de publicaciones, las cuales – en ocasiones traducidas al habla hispana- llegaban a las capitales de varios países del nuevo continente.

[vii] Debemos señalar que antes de llegar a mediados del siglo, contábamos con máquinas de coser tipo industrial y posteriormente las de uso doméstico. En 1857, a pocos años de creada la patente Singer, se estableció en La Habana el primer taller de confección a máquina.

[viii] A partir de la década de los 30, se destacó como sastre preferido por las clases acomodadas de la capital, Francisco Uribe, sargento primero beneficiado del Batallón de Pardos Leales de La Habana. Por sus relaciones sociales y su popularidad entre los elegan­tes de la época, Cirilo Villaverde lo incluyó en su obra Cecilia Valdés, siendo el “sastre de moda” (como lo llamaban sus contemporá­neos) uno de los personajes del cuadro social descrito por el autor en su novela.

[ix]El subteniente del  Batallón de Morenos Leales de  esta plaza  Eusebio Marrero, ha  traslada­do su  taller de  sastrería de la cuadra de la ciudadela de La guardia, en la calle de Muralla, a la  otra  inmediata­mente  si­guiente  en  la misma calle,  unas  cuantas puertas  antes de la tienda de seda de los señores Velis.   Marrero  corta  a la  última  moda y al gusto de  quien  lo ocupa. Tiene ya hechas  y  de todos los tama­ños, casa­cas, levitas, chupas, chaquetas de librea y de  distin­tos géneros, y es equitativo no menos que puntual,  última­mente  suplica  el mencio­nado oficial Marrero que los  señores  todos  lo honren ocupándolo.” (Diario de La  Habana, 20 de enero de 1827).

[x]“El laborioso dibujo sobre la ropa de hilo fino y el bordado de los dibujos en delica­dos diseños de tela de araña, tan complica­dos que basta mirarlos para que los ojos le duelan a una (…) esa era la ocupación favorita de las señoras cubanas.” Eliza Ma. Hatton-Ripley. En: Viajeras al Caribe. Ob.cit. pág. 285

[xi] Los vestidos que llevan las damas reproducidas por el grabador siguen la línea de la moda europea. La silueta correspondiente a las décadas cuarenta y cincuenta del siglo pasado se caracterizaba por el volumen excesivo de la falda, logrado por el uso de la estructura interior llamada crinolina o jaula (malacov por los cubanos). Innumerables volantes superpuestos decoraban el volumen inferior del cuerpo, estrechísima cintura y corpiños escotados de hombro a hombro para los vestidos de noche. Podemos suponer que el rechazo al uso del tocado por parte de las cubanas se deba al deseo de lucir a sus anchas su tan celebrada cabellera, la cual realzaban únicamente con sencillos pero hermosos peinados. Ya sea ésta u otra la razón, es innegable que constituyó una peculiaridad en el vestir de la criolla la tenden­cia a no cubrirse sus cabellos.

[xii] Una visitante británica a nuestra isla, impresionada por la ausencia del sombrero en las cabezas de las damas cubanas y por el uso de vestidos escotados (reservados, según las normas, para la noche), escribió:” A duras penas uno ve el uso del som­brero aquí y es­toy empezando a andar sin él (…) El primer día pensé que la omisión del sombrero era impo­si­ble, pero la cos­tumbre general pronto lo hace a uno re­conciliar­se con ello y ayer salí en una vo­lanta descapo­tada (…) con un vestido que en Inglaterra sólo lo lleva­ría por la noche.” Amelia Nurray. Carta XX. En: Viajeras al caribe. Ob.cit. pág.216.

[xiii] El predominio del color blanco en la indumentaria de las criollas era mayor que el utilizado por las damas europeas que seguían la moda francesa de la época de Luis Felipe y el Segundo Imperio, la cual desarrolló el gusto por tejidos como la muselina, linón, percal y los algodones estampados en sus tonalidades más sentimentales (pasteles y blanco), pero reservado, fundamentalmente, para los vestidos de noche.

[xiv] El pintor inglés Walter Goodman, de visita a nuestra isla, nos describe la vestimenta de los asistentes al banquete de bienvenida ofrecido a su llegada de Europa: “La  asistencia de varias damas con sus claros trajes de muselina, los caballeros vestidos de dril blanco…” Walter Goodman. Un artista en Cuba. Consejo Nacional de Cultura. La Habana, 1965. pág.15

[xv] Se refiere a los hombres de Santiago de Cuba, zona en la que “…las características cubanas y las costumbres de sus habitantes se observan mejor(…)vestidos de dril blanco, sombrero de jipi-japa y zapatos de la mejor piel españo­la(…) vende almidón, artícu­lo de gran demanda  en  Cuba  para estirar la ropa de dril blan­co…” Ibidem. pág.241

[xvi] Llamaban la atención a quienes visitaban la isla, dos aspectos relacionados con la manera de adquirir sus trajes o tejidos las criollas. Uno de ellos era la costumbre generalizada de realizar las compras desde el coche, cuando más, en la puerta del establecimien­to, pues era común “…ver un dependiente al pié de una volanta mostrando a las bellas ocupantas pieza tras pieza de fino género de lino y de transparente pinta; o probando uno y otro par de zapatos de cabri­tilla y satín en sus delicados pies.” (Louisa Mathilde Houston. Desengaño. En: Viajeras al Caribe. ob.cit, pág.299); así como la confianza que las damas deposi­ta­ban en sus esclavas, a quienes encargaban de trasmitir a modistas y tende­ros las prendas o tejidos que deseaban adquirir.

[xvii] En el censo realizado en 1872 se refleja cómo este oficio ocupó el segundo lugar dentro de todas las profesiones artesanales de la época y estaba concen­trado fundamentalmente en manos de negros y mestizos:  

         blancos      negros y mulatos

    carpinteros        6,226           5,846

    sastres            1,419          11,923

    albañiles          3,726          41,890

[xviii] Adelaida de Juan. Pintura cubana: temas y varia­ciones. Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba. Ciudad de La Habana, 1978. pág. 25

On Cuba: La Fama y la Giraldilla

La Giraldilla
La Giraldilla. Foto tomada de internet.

La Giraldilla, La Habana. Foto tomada de internet.

On Cuba: La Fama y la Giraldilla:

Con un seno al descubierto, imponentes curvas amulatadas, una fina túnica griega cubriéndole parte del cuerpo y una trompeta en las manos se presenta La Fama, símbolo de la ciudad de Guantánamo, ante quienes visitan la provincia más oriental de Cuba. A veces, de tanto proponerse desde la cúspide del Palacio Salcines, pareciera que seduce al transeúnte.

Siempre me ha parecido una estatuilla provocadora y sin grandes semejanzas con La Giraldilla, esa otra tan conocida en Cuba y cuya leyenda se circunscribe a La Habana. De hecho, si no fuera porque la segunda lleva la falda recogida sobre el muslo derecho en una pose tan sensual como La Fama misma, estaría claro que a ambas los extremos las desigualan: una es de Oriente y la otra de Occidente, una casi desvestida y la otra con las ropas del Renacimiento español, una diosa y la otra mortal. Dos versiones diferentes de la belleza femenina trastocada en símbolo.

Estas son sus historias

La guantanamera fue situada, desde 1922, por el ingeniero José Lecticio Salcines Morlote en la cima de la que se convertiría en la construcción de estilo ecléctico más emblemática de la arquitectura local: su propia casa.  Un escultor italiano, Américo J. Chini, la pulió.

La Giraldilla, por su parte, está en la atalaya del Castillo de la Real Fuerza y tiene más de cinco siglos de haber sido fundida en bronce por Gerónimo Martín Pinzón, un artista habanero de origen canario que la trabajó a petición de don Juan Bitrián Viamonte, quien bautizó la pequeña veleta como Giraldilla, en recuerdo de la Giralda de Sevilla, en España.

Ambas fueron enclavadas en la cima de los hogares de sus dueños, pero con diferente intención. La Fama, por ejemplo, representa a la diosa mensajera de Zeus, la que propaga las buenas y malas noticias, los rumores… y siempre provoca desórdenes y malentendidos entre los mortales.

Algunas revistas digitales la catalogan como hija de Afrodita, la deidad del amor, otras fuentes señalan que es la última descendiente de Gea, la diosa de la tierra, y los romanos dicen que es la “Voz pública”. Pero nadie parece tener la verdad en la mano.

El poeta latino Virgilio, que vivió en el año 70 a. n. e, en su obra Eneida asume que La Fama habita en el centro del mundo y reside en un palacio sonoro (con mil aberturas para que entren las voces del pueblo y las deidades), se rodea de la credulidad, el error, la falsa alegría, el terror, los chismes y personifica el demoníaco poder de la publicidad y el rumor.

La Giraldilla por el contrario, lejos de representar lo etéreo y subjetivo, simboliza la presencia en lo alto del castillo de doña Isabel de Bobadilla, esposa del séptimo gobernador español en Cuba, Hernando de Soto, que en 1539 fue enviado a afianzar el poder colonial en La Florida y a al cual esperó ella, como Penélope, durante largos años.

Su historia es una de las tantas con final infeliz: ella esperó, él nunca regresó. La muerte, atraída por las altísimas fiebres que padeció el Adelantado, lo atrapó a orillas del río Missisipi.

Años después Bitrián Viamonte, gobernador de la ciudad de La Habana entre 1630 y 1634, mandó a colocar la estatuilla de 110 centímetros de alto en la atalaya de la fortaleza bajo la condición de que se moviera con los soplidos del viento. En el pecho de la figurilla pusieron un medallón con el nombre del autor, tiene una corona en la cabeza, el tronco de palma que sostiene representa la Victoria y el asta de la Real Cruz de Calatrava que porta en su mano izquierda es símbolo de la orden de la cual era caballero Bitrián.

Pero el tiempo, brusco, no ha sido clemente con ninguna de las dos estatuillas. Hoy, para acceder a La Fama hay que subir por una escalera de caracol de madera carcomida. Al edificio donde está, que además de casa fue Departamento de Correos en 1938, se le dañaron algunas puertas y ventanas en el 2012 con el huracán Sandy. Actualmente esa emblemática edificación comparte entre las oficinas del Centro Provincial de Patrimonio y una Galería de arte.

Con La Giraldilla ha sido peor: el ciclón del 20 de octubre de 1926 la  arrancó de su pedestal y la tiró al patio. Luego, para prevenir daños mayores, el Gobierno de la isla estimó ubicar una réplica en la cima de la Real Fuerza y dejar la original a buen resguardo en el antiguo Palacio de los Capitanes Generales, un museo.

Dos mujeres hermosas custodian con su belleza y sus leyendas dos ciudades cubanas. La Fama y La Giraldilla, tan desiguales y unidas a la vez por su simbolismo,  han quedado para siempre en la memoria cultural de este país. El arte las ha hecho perpetuas.

La Fama, Guantánamo. Foto tomada de internet.

La Fama, Guantánamo. Foto tomada de internet.

antiguas latas de conserva

Envase de conservas de mediados del siglo XIX

Envase de sardinas en aceite, de mediados del siglo XIX, encontrado en excavaciones en la Habana Vieja. Imagen tomada de Opus Habana.

En Opus Habana:

…en La Habana Vieja se han localizado en labores arqueológicas latas consumidas de estos primeros momentos. En sus etiquetas refieren el contenido de sardinas en aceite procedente de la fábrica de Santa María en Deusto, Bilbao, y rodaballo frito puesto en aceite del establecimiento de Andrés Cifuentes Prada, de Gijón. Además, se halló una para aceite y un pequeño bote de contenido desconocido, que se cerraba mediante tapa de presión.
El hallazgo tuvo lugar en la casa de Merced 318, donde los arqueólogos de la Empresa Constructora Puerto de Carena de la Oficina del Historiador excavaron una letrina fechada hacia mediados del siglo XIX y en su fondo, inundado por las aguas freáticas, se preservaron las piezas debido a las condiciones anaeróbicas imperantes. El envase más completo es el de sardinas en aceite, en el que se puede apreciar lo rudimentario de su apertura, realizada con algún cuchillo o mediante un martillo y punzón. Solo a mediados del siglo XIX se emplea una hojalata más fina y se inventa el abrelatas. En la prensa periódica habanera de 1849 encontramos la promoción y venta de frutas en conserva, como novedad, en las confiterías y reposterías La Dominica y La Meridiana —tanto en botellas como en latas y medias latas— españolas y francesas de «fabricantes de nombradía», con especificación de la previa extracción del aire y la inmersión en almíbar.
Dos años antes a La Dominica se le había otorgado una mención honorífica que recibiera su director, don Ramón Sendra, al presentar varios productos en la exposición pública celebrada en La Habana, dedicada a los resultados de la industria cubana. El catálogo correspondiente enumera: seis pomos de dulces en conserva y extraído el aire, una lata en igual condición y tres cajas largas de pastas y jaleas, junto a dos redondas. Para esta muestra los trabajos de hojalatería se consideraban como objeto de arte e industria, y se promovía la presentación de compuestos de los reinos vegetal y animal en todo género de conservas. La extracción del aire en los envases de dulces y manjares garantizaba su posibilidad de exportación.
En el directorio mercantil de La Habana de 1892 a 1893 se anuncian las fábricas de dulces elaborados con máquinas de vapor, así como las de conservas al natural y en dulce —para la exportación— de todas las frutas del país, con un constante surtido de novedosos envases con pasta y jalea de guayaba. Estas nuevas conductas industriales permitieron a la Isla una mayor difusión de la calidad de sus frutas y, en consecuencia, el ingreso de miles de pesos, a pesar de que todavía se considerase una industria menor.
A finales del siglo XIX, la industria conservera amplió y diversificó sus producciones. Esto propició el surgimiento de manufacturas auxiliares como las empresas metalgráficas, responsables de producir envases más adecuados que cubrieran las nuevas demandas. Antiguas latas, como las encontradas en Merced 318, dieron paso a las litografiadas con bellos anuncios, que permitieron a los productores plasmar de manera más atractiva su sello distintivo.

Ver la publicación.

Imagen tomada de Opus Habana.

Envase de conservas de mediados del siglo XIX encontrado en excavaciones en la Habana Vieja. Imagen tomada de Opus Habana.

la política y la cultura material

soldado

Según el historiador Juan Pérez de la Riva (1966), los cubanos pro-independentistas del siglo XIX preferían beber café en lugar de chocolate y comer arose blanco con frijoles negros en lugar de la paella y los garbanzos españoles. De igual modo, pintaban sus casas en los colores de la bandera de La Demanjagua.

Me cuenta mi abuela que su abuela, Gertrudis Mueses, cuyo nombre de pila ella heredó, había sido, además de prima, novia de Pascual Rodríguez y Pérez, uno de los ocho estudiantes de medicina fusilados el 27 de noviembre de 1871, acusados de profanar la tumba de un oficial español. Dice mi Gertrudis que a su Gertrudis todo lo relacionado con España le parecía feo, y que encontraba defectos en todos los objetos asociados con la antigua metrópolis.

De mi bisabuela Rosa, la madre de mi Gertrudis, heredé este muñequito, al que siempre le ha faltado una pierna. No sé la nacionalidad del uniforme que viste, pero no creo que sea español.